Insumisos frente a la violencia

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A estas alturas es claro que el cambio de régimen en México no contagió de buenismo cívico a los antisociales del país. Además del crimen organizado, la violencia en lo que va del año parece indomable y muy poco parece prometer la Guardia Nacional con los malabares entre los derechos humanos y su cuestionado mando militar. En el fondo, se están agotando las estrategias desde la fuerza pública, hay que comenzar a pensar en acciones desde otros valores sociales y culturales.

Este mes inició con un tenebroso panorama sobre el tamaño de la violencia. No sólo por los 81 asesinatos del primer fin de semana de abril o el promedio aproximado 157 mil delitos comunes por mes que registra el Sistema Nacional de Seguridad Pública; también los efectos económicos ponen en alerta a la administración pública. El Instituto para la Economía y la Paz, por ejemplo, aseguró que el costo de la violencia en México es de 5.16 billones de pesos, es decir: 24% del Producto Interno Bruto Nacional. Un capital que seguro es muy doloroso perder para un régimen que busca remediar los desequilibrios económicos de sus gobernados mediante subsidios universales.

Es muy difícil pensar las acciones policiales o militares puedan revertir esta tendencia en el corto plazo; que el escenario pueda dar un giro suficientemente positivo. Y, sin embargo, la actitud social frente a este panorama sí es importante en el proceso.

El filósofo Tzvetan Todorov en ‘Insumisos’ plantea la idea de que, a pesar de que la moral y la política se encuentran en las antípodas por su naturaleza y fines, en ocasiones las cualidades morales pueden convertirse en un arma política. Incluso más poderosas que las balas o la cárcel. Las cualidades morales -apuntaría Andrea Riccardi, fundador de la comunidad Sant’Egidio- pueden ser esa fuerza débil que no tiene armas ni recursos pero que es real y, a su modo, poderosa.

El miedo, el victimismo y la autopreservación, por ejemplo, generan más violencia; y, por el contrario, la sana indignación, la compasión y el heroísmo humanitario remedian tensiones, proveen espacios de paz.

Sin embargo, esas actitudes morales no suelen tener espacio en nuestro consumo cotidiano de noticias, de cultura o de diálogo social. No solemos conocerlas y, si no las vemos, es difícil que las aprendamos o las reproduzcamos. Pero, como apuntó el teórico arquitectónico Steven Holl: “Incluso la luz que no se ve con los ojos, se puede sentir”. Hay pequeñas rendijas de luz que iluminan el escenario social de México: a veces en colectivos humanitarios de acciones concretas a favor de los derechos humanos, migrantes o poblaciones vulnerables; a veces en forma de espacios de formación, auxilio, escucha u orientación comunitarios.

Cientos de organizaciones operan diferentes dimensiones de acción política y lo hacen desde sus principios y cualidades morales. En este año, la Conferencia del Episcopado Mexicano -por ejemplo- puso en línea un mapa interactivo con los centros de acción humanitaria que la Iglesia católica ofrece en el país en forma de comedores, centros de escucha, orfanatos, geriátricos, dispensarios médicos, albergues para pacientes con VIH, etcétera; aún no compila toda la información, pero cada punto en ese mapa es una oportunidad para que la luz sea sensible. No es la única institución, cientos de asociaciones religiosas, grupos cívicos, organizaciones no gubernamentales, centros académicos y hasta colectivos vecinales hacen algo en la medida de sus capacidades.

No se malinterprete: frente al crimen organizado, el narcotráfico y la delincuencia siempre será importante la acción directa de la ley y de disuasores de las actitudes antisociales; pero el verdadero cambio, la ruptura de modelo violento pasa invariablemente por la sensibilidad ante estas obras sociales. Obras que, incluso si no las vemos, podemos conmovernos por todo el bien que hacen sin esperar un solo voto o punto de aprobación social.

@monroyfelipe

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Humillarse ante el humilde

La actitud del papa Francisco al retirar repetidamente la mano a los fieles del santuario de Loreto que intentaban besar el llamado “anillo del pescador” provocó un sinfín de reacciones entre los creyentes y los analistas de gestos pontificales. Es cierto que el pontífice argentino ha desmontado una infinidad de prácticas pseudoprotocolares que aceraron la corte vaticana; pero en el camino se ha ganado también no pocas críticas.
En general, varios sectores sociales -principalmente motivados por los medios de comunicación- han mostrado una gran aceptación a la actitud del pontífice al rechazar todo aquello que tenga filones palatinos o suntuosos. Incluso se ha interpretado como una vuelta orgánica a la cristiandad más ancestral: más horizontal que jerárquica, más servidora que ritualista, más compasiva que reglamentaria. Y, aunque exista todavía una distancia inmensa, todos los pontífices del siglo XX y XXI han dejado detrás algunos excesos del boato.
Francisco, por ejemplo, ha dejado atrás las zapatillas carmines, el anillo y pectoral de oro, la estola bordada y la muceta de terciopelo; pero sus predecesores ya habían dejado en desuso la silla gestatoria, el fanón, el camauro, el sombrero de teja y, notablemente, la tiara pontificia.
Y, sin embargo, hay algo raro en el video que se convirtió en noticia internacional donde Jorge Bergoglio retira con cierta dureza su mano mientras sonríe y hace pasar rápido a unos fieles y miembros del Santuario della Santa Casa di Loreto frente a un también inmutablemente feliz arzobispo. Es cierto que Francisco de manera reiterada ha evitado algunas formas exageradas del tradicional “besamanos” pero no se puede dejar de sentir compasión por esos fieles que pasan por ese errático y trastabillante saludo y que son despedidos por una sutil palmada en el codo para desalojar la fila.
No se puede ser tan severos con los fieles que buscaban el ‘baciamano’ pontifical. Aún hoy en varias delegaciones diplomáticas se explica que, como parte del ceremonial y protocolo, los católicos están obligados a besar el anillo papal en el saludo al pontífice. Hay también reglas para el color de la indumentaria de las esposas de los mandatarios, los hábitos de los clérigos y hasta para el conteo de segundos con los que puede pasar el pontífice tras un saludo. Así que no se puede juzgar a los fieles por inclinarse o arrodillarse ante el Sumo Pontífice.
La gente sencilla suele ser espontánea. Suele también seguir las exageraciones de los de adelante o de los ‘enterados’. Pero antes de despacharlos con rudeza, es preferible aprovechar la oportunidad para que mutuamente se pueda aprender una lección.
En mi experiencia con la Iglesia mexicana ha sido muy común ver que los obispos acepan (y hasta soporten) los gestos más inverosímiles de su grey, incluso los que les incomodan o les causan no pocos problemas. Por ejemplo, en una ocasión, cierto prelado respondió con honestidad a la pregunta de un feligrés sobre su platillo favorito. La respuesta corrió como pólvora y, todavía años más tarde de ese episodio, el obispo no puede acudir a una celebración popular donde no le sirvan ese plato, que la fuerza de repetición ha convertido casi en una tortura. Él, sin embargo, siempre agradece el gesto de la gente.
Otra anécdota con comida sucedió a un cardenal. Como primer platillo se sirvió una sopa fría de tal sazón que algunos comensales devolvieron en sus servilletas el primer sorbo que dieron. El cardenal, sin embargo, terminó sus alimentos sin hacer un gesto; al finalizar el banquete se levantó, agradeció la comida, saludó a los cocineros y en el rostro de estos últimos se veía la simple alegría.
A veces, la gente entiende. Quizá el ceremoniero debió recordar a los fieles que el Papa se siente incómodo con el besamanos y nos ahorrábamos las imágenes tan raras. Pero, a veces, la gente no entiende y entonces hay que mostrar mucha compasión con quienes desde su humildad caen en exageraciones. Y entonces es preciso humillarse ante la simpleza del humilde. Lo dijo el propio Francisco en enero del 2018: “Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde. Esta es la regla de oro: No hay verdadera humildad sin humillación”.
Y, por cierto, a propósito de affaires internacionales: pedir perdón y saber perdonar son inmensos gestos del alma, son liberadores por su generosidad y magnánimos por su humildad.
@monroyfelipe

1994, todavía

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Al cumplirse un cuarto de siglo del asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio Murrieta volvemos a creer que aún hay mucho por saber, por descubrir, por repensar y por cambiar del modelo y sistema político mexicano. Por supuesto, para toda una generación el caso Colosio es completamente novedoso y también para ellos es imprescindible el ejercicio del relato y de la memoria.

Ahora sabemos que, si llegasen pruebas ‘supervenientes’, la secretaría de gobernación del presidente López Obrador reabriría la investigación del caso paradigmático que reveló lo angosto y mortífero del empíreo del poder hegemónico y omnímodo del priismo de final de siglo pasado; a la distancia, sin embargo, más allá de pesquisas y señalamientos de presuntos culpables, parece más importante repensar lo que la nación aún conserva como ignominiosa herencia política.

Más allá de cerciorarnos quién lo mató, quién lo mandó matar o por qué; los acontecimientos desatados por el magnicidio del candidato priista nos obligan a reconocer el sustrato donde lograron florecer los tecnócratas, el utilitarismo y la traición que siguieron definiendo el perfil político transexenal del país o la larga y perniciosa sombra de corrupción institucionalizada al amparo del poder.

Quizá esto es lo que intuyeron los productores de la serie “Historia de un crimen: Colosio” (Netflix, 2019). Primero, que harían una serie de ficción sobre acontecimientos de un pasado que todavía mantiene vasos comunicantes con la actualidad; segundo, que no había necesidad de exponer obviedades o parodias simples de un complejo momento histórico.

Hay que ser claros: la serie Colosio es un producto de entretenimiento y de ficción. Nada más. Y, como producto televisivo, cuenta el periplo por la justicia de un policía honesto y una viuda agonizante a través de los abismos de una corrupción que les sale al paso, les somete y les acalla.

Y aunque es evidente que muchos de los episodios mostrados provienen de la imaginación, la ruta política que trazó la sangre derramada y el infame hilo de complicidades cupulares es dolorosamente certero. Son los cimientos sobre los que se construyó el tan elogiado edificio de la tecnocracia mexicana, es el espacio simbólico en donde se libraron (y quizá se sigan dirimiendo) las encarnizadas luchas de la angosta cúspide de privilegios.

Seguir repensando estos matices tras el asesinato de Colosio en 1994 no sólo es un ejercicio para recuperar la memoria de quienes lo vivimos; también es construir los argumentos históricos y narrativos que explican a las nuevas generaciones la última etapa de la llamada ‘dictadura perfecta’ así como considerar las posiciones que ocuparon entonces los políticos que supieron sobrevivir y mutar, y que hoy se refugian en nuevos espacios de poder e influencia.

Porque hay que reconocer que en pleno siglo XXI, cierta porción de la política mexicana sigue viviendo en 1994, todavía. Aún hay oscuros constructores de infamias políticas, operadores que fingen invisibilidad para sacar provecho de las rendijas del poder, políticos acomodaticios que leyendo sus circunstancias supieron cruzar los barrancos ideológicos… tan hábiles, tan indemnes, tan impunes.

@monroyfelipe

Oda gastronómica a la dieta violenta

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Comida y cocina son mucho más que un mero vehículo de supervivencia; es imposible reducir sus esencias a simples factores en una ecuación de equilibrio homeostático. La gastronomía resguarda artes químicas y físicas, dimensiones filosóficas y ontológicas, causes políticos y sociales; la cocina manifiesta los lazos de esa proximidad entre el cuerpo y la mente, la materia y el espíritu; y, por tanto, nuestro contexto y nuestra historia.

¿Alguien en realidad puede despreciar las inquietudes que plantea la gastronomía mexicana?: ¿Cuál es el efecto bioeléctrico de una salsa tatemada y martajada? ¿Cuánta versatilidad tiene una humilde calabaza o el fidelísimo frijol? ¿Qué pueblo seríamos sin los tamales y su monolítica mercadotecnia? ¿Cómo se expresa el poder político en una torta? ¿Cuántos inframundos descendentes puede hacernos cruzar un mole? ¿Cuánto de nuestro lenguaje le debemos al metamórfico taco? O, para seguir la audaz apreciación: ¿Cuánto peso simbólico e histórico tienen las carnitas de cazo? ¿Qué sacrificios mítico-fundacionales debieron ocurrir para que surgiera del fondo de la tierra la majestuosa barbacoa en penca? ¿Cuánto romanticismo nacional reside en unos candorosos chiles en nogada? ¿Qué oscuros rincones de la psique se cierran para siempre después de un bocado de escamoles? ¿Dónde termina la incertidumbre de aquello que no pica?

México y su cosmogonía mestiza requieren pensarse también desde su comida, comprender el papel que juega en la riqueza inmaterial del mundo y en los apetitos de sus pueblos. Es preciso repensar el valor trascendental de la humilde y genial cocina; hay que intentar comprender sus razones, sus exploraciones culinarias sobre la naturaleza y sus productos; analizar su composición, la alquimia de su andamiaje, los efectos de su producción y de consumo. Debemos intentar comprender el profundo significado político y social de una garnacha, la inestabilidad emocional que provocan las quesadillas sin queso, la reconciliación histórica del chilmole de frijol con puerco.

Nuestra gastronomía nos recuerda que quizá no es nuestro cuerpo sino nuestra alma la que está hecha de maíz y que, en el fondo, es la parte más pura. Es el lienzo donde se han levantado y se siguen construyendo los edificios culturales de nuestra historia, el cuenco metafísico donde se conservan los tesoros de la comunión nacional.

Decir que todo esto es “una dieta violenta impuesta por fanáticos y asesinos” tal como aseguró la senadora suplente de la República, Jesusa Rodríguez Ramírez, más que un despropósito es pura infelicidad, es vaciedad de espíritu. No es la primera vez que esta directora teatral evidencia la oquedad de su provocación (“Todas las hembras somos iguales: las vacas, las puercas, las burras…”), incluso la investigadora Rosalyn Constantino no titubea en explicar que “las elecciones estéticas e ideológicas de Rodríguez -explica en su libro Corpus Delicti- expresan su sentido de conexión entre el performance y la política”.

Ni hablar, hay que contemplar con tristeza que para algunos políticos el poder es performance y viceversa, es la puesta en escena de un manifiesto bisoñamente disruptivo. Y, sin embargo, para nuestra fortuna y placer, cualquier persona, incluso un no iniciado, puede comprender lo profundo, honesto, auténtico y trascendente de esencia histórica y política que tiene un taco de carnitas.

@monroyfelipe

Retos de la post-democracia

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Se realizó en Madrid, la XIV edición de la Cumbre Mundial de Comunicación Política, encuentro que reúne a los especialistas de las diferentes disciplinas que construyen las campañas de comunicación electoral, marketing político, de administración pública y contienda del escenario del debate social.

El encuentro convoca a un amplio espectro de profesionales que van desde la mera audacia creativa hasta la más sofisticada implementación de herramientas tecnológicas para comprender y modificar los patrones de conducta de electores o ciudadanos. Sin embargo, sólo muy pocos consultores -que ven más allá de la vorágine de creación o promoción de personajes- se han enfocado en la reflexión del modelo cultural, social y económico que supone esta tarea en este muy avanzado siglo XXI.

No es un tema menor. Mientras los políticos, sus partidos y grupos de poder siguen extasiados en las posibilidades que dan las tecnologías para la manipulación de las masas o decreciente ética o moral de los mercadólogos que hacen campañas de odio, miedo y fantasía, sólo un puñado de expertos visualiza con preocupación el futuro de la construcción del Estado, la ciudadanía, la democracia y la participación social.

La tesis es radical: Las democracias se han pervertido a tal grado que no sólo ya no representan la posibilidad de auténtico gobierno de los pueblos sino que adormecen la conciencia de los potenciadores sociales y simulan la cooperación entre grupos y naciones. Los indistintos ciclos de triunfo y derrota, de transiciones y alternancias, nada parecen representar para el verdadero desarrollo o bienestar de las estructuras y poblaciones. Por algún motivo aún complejo de explicar, la ciudadanía elige decididamente la mentira y la ignominia: el fanatismo pararreligioso, el anticientificismo radical, el egomesianismo político y la autopreservación onanista. Y el horizonte de este panorama es espeluznante: Entre el poder y la naturaleza humana se crea una distancia tan absoluta que la realidad se hace insoportable.

Paul Virilio (1932-2018), el filósofo de la velocidad y el poder, ya alertaba desde los años setenta que la sociedad tecnificada se encaminaba hacia “el accidente integral”, una colisión tan violenta que la realidad queda desgarrada. Y hoy en día, con las herramientas de comprensión y manipulación mental de la percepción, consumo y obediencia de los usuarios y audiencias, la política se aproxima hacia su horizonte de sucesos, hacia su ‘meteorito fractal’ que engulle de oscuridad todas las futuras confrontaciones entre lo real y lo ficticio, entre la verdad y la mentira.

Sin duda, la velocidad trae consigo la colisión y, en política, ese choque comienza a desgajar conceptos que ya no significan lo mismo como servicio, bienestar, seguridad, control, administración, confrontación, elección o participación. En la post-democracia, como en un agujero negro, la velocidad y masividad informática de los procesos superan al proceso en sí, el simulacro del poder vence a la política y la idea de la democracia somete a la democracia.

Como en una superautopista, el paisaje se torna borroso mientras se incrementa la velocidad; la comunicación política experimenta esa falta de visión si continúa en el torbellino caótico de sus ambiciones. Bajar la velocidad, detenerse un poco y mirar con amplitud el ambiente basta para optar por caminos que reencuentren las necesidades originales del hombre político, sus búsquedas legítimas, la verdad de su naturaleza y la dignidad de su servicio.

@monroyfelipe

La cumbre no es el final, apenas abre camino

La cumbre antipederastia convocada por el papa Francisco ha sido, sin lugar a dudas, la audacia más trascendente del pontificado de este pastor latinoamericano. Lo que es decir mucho puesto que Bergoglio llegó a la cátedra de San Pedro con una inmensa reserva de gestos, reformas y transformaciones discursivas para el seno de la Iglesia católica.

Con esta cumbre, los abusos sexuales contra menores o adultos en condición de vulnerabilidad dejaron de ser tema episódico de cierta frecuencia que escandalizaban más o menos a las sociedad para convertirse en parte de una conciencia transgeneracional de los católicos. Las historias están allí aunque por mucho tiempo fueron desoídas y también los casos aunque se hayan archivado en burocráticas actitudes; ahora hay toda una oportunidad para que, recuperando el centro del mensaje cristiano, se abrace a los heridos y despojados bajo la confianza de que Dios acompaña a la humanidad incluso cuando los cimientos de la tierra estén abrasados hasta el tuétano.

La cumbre -se sabía también- no podía quedarse en circunloquios perfectos tras los controlados muros de la diplomacia. Al igual que se comanda la prédica del Evangelio, en lo alto y en las calles, no había otra manera de mirar y atender a este mal y al efecto de sus crímenes sino bajo el escrutinio de la ‘polis’, de los ciudadanos, los medios de comunicación, las autoridades de los pueblos e, incluso, a pesar de la comprensible resistencia de quienes se busca ayudar.

A lo largo de las sesiones, la cumbre nos ha recordado que el dolor se reparte sin avaricia y nos ha mostrado lo difícil que es abajarse del empíreo de las certezas para situarse junto al error y conducirlo (conducirnos) hacia la verdad.

No pocos delegados de esta cumbre quisieron llegar a Roma con parte de la difícil tarea ya hecha en sus países para afrontar, castigar y prevenir los casos de abuso sexual contra menores o encubrimiento cometidos por sacerdotes y obispos: protocolos más o menos afinados, diálogo con las víctimas, transparencia de gestión, apertura de archivos privados, etcétera; pero la misma cumbre mostró que esto no es el final del camino. Para una institución que tiene la confianza puesta en la perenne presencia y asistencia del Espíritu Santo, este punto de los acontecimientos abre ruta en la historia misma de la salvación.

La cumbre, inaugurada por la estremecedora frase “el santo pueblo de Dios nos mira”, ha expuesto sin reservas los horrores que tanto dolor costó evidenciarlos, que tanto ahínco se puso desde las instituciones eclesiales acallar y minimizar. Ahora, el pueblo santo militante, purgante y triunfante de Dios mira esta inflexión en un largo y oscuro contexto de ocultamiento y simulación; clama porque se concrete una profunda transformación de la comunidad cristiana y, como hizo en el pasado, transforme también el mundo en el que vivimos.

@monroyfelipe

Abusos en la Iglesia, el nudo por desatar

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Dijo Orson Welles que, si deseamos tener un final feliz, eso dependerá del lugar donde detengamos la historia. Con el caso de los abusos sexuales cometidos por ministros o agentes de la Iglesia católica pasa algo semejante, el final de este terrible escándalo depende del sitio en el que pongamos la mirada.

A una semana de la cumbre mundial convocada por el papa Francisco en el Vaticano que reunirá a los presidentes de conferencias episcopales para abordar el tema de los abusos sexuales de la Iglesia católica; en México, el nudo dramático está aún lejos de haber sido resuelto.

Si bien es cierto que, en lo particular algunas diócesis mexicanas y congregaciones religiosas han realizado esfuerzos para atender, prevenir y resolver los casos de abuso sexual cometidos por miembros del clero; los mayores avances en esta materia se han dado en los últimos tres años y eso es lo que el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, lleva en su valija para compartir con sus homólogos en la cumbre.

Ya se cuenta con protocolos muy claros de actuación para obispos o superiores de congregación cuando un caso de estos les hace crisis en las manos; hay un organismo de protección al menor (el Centro de Investigación Interdisciplinar para la Protección del Menor, CEPROME); hay organismos católicos cuyo principal esfuerzo es prevenir este crimen y certificar que colegios e instituciones eclesiales sean “espacios libres de agresión y abuso”; se han logrado diálogos y encuentros con víctimas y defensores de víctimas de abuso sexual y; de lo más radical, se han puesto las condiciones para que la propia Conferencia asuma facultades de acción e intervención en aquellos obispados cuyas autoridades se vean rebasadas para dar sano seguimiento a estos actos criminales.

Es un avance, sin duda alguna, que finalmente el episcopado mexicano tenga una idea del tamaño del problema de abuso sexual en los márgenes de las instituciones católicas del país. Por primera vez, desde los primeros escándalos en México, una autoridad eclesiástica expone un escenario con datos concretos sobre el fenómeno: 152 sacerdotes suspendidos del ministerio desde 2010 por casos de pederastia.

Para las autoridades eclesiásticas, el conocimiento real del problema es una tarea indispensable; incluso el arzobispo Cabrera López deja entrever que en la próxima cumbre el papa Francisco podría solicitar a cada país un centro de información general de lo que sucede en sus diócesis.

En el pasado, sólo las organizaciones de abogados representantes de víctimas de abuso sexual presentaban estimados del número de ministros religiosos culpables de estos delitos; muchas veces mal integradas o con evidentes faltas. En 2005, por ejemplo, la Red de Sobrevivientes de Abusos cometidos por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) afirmó que había 40 curas acusados de abuso sexual refugiados en México y en 2010, incrementó su lista a 65 ministros.

Ha sido, no obstante, la cooperación de la Nunciatura apostólica dirigida por el italiano Franco Coppola la que ayudó a la CEM a tener los datos de los 152 sacerdotes suspendidos pues, la sanción canónica exige que cada caso pase por la nunciatura para ser enviado al Vaticano, tanto a la Congregación para el Clero como en la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se definen las sanciones de suspensión definitiva del ministerio a los sacerdotes hallados culpables de los delitos de abuso sexual.

Nos encontramos ante una apertura y transparencia inéditas tanto de la Nunciatura como de la Conferencia de Obispos. El propio arzobispo Cabrera López reafirma que la Iglesia católica tiene un deber con la sociedad para exponer con claridad cómo está el panorama real de abusos cometidos por sacerdotes.

Finalmente se ha desatado un gigantesco nudo de desconocimiento u ominoso silencio en la Iglesia católica mexicana sobre este terrible flagelo y, como apuntó Welles, podría ser un final satisfactorio si nos detenemos en este punto; sin embargo, el hilo narrativo ahora se extiende hacia otros complejos escenarios: ¿Qué sugerencias emitió la Nunciatura desde 2010 -por lo menos- a los obispos que suspendieron a sacerdotes por pederastia? ¿Cómo actuaron cada diócesis o congregación religiosa con los casos de abuso sexual? ¿En qué casos los culpables fueron llevados a la justicia civil, en cuáles no y por qué? ¿En qué casos se llegó a acuerdos económicos y cómo se ha procurado ‘reparar’ el daño a las víctimas? ¿Actuarán las diócesis mexicanas como lo han hecho episcopados en otras partes del mundo abriendo sus archivos al escrutinio público? ¿Cómo evitar el descrédito de aquellas iglesias particulares cuya actuación frente a estos casos fue, cuando menos, inhábil y, cuando más, cómplice?

Si nos detenemos justo detrás de los actos criminales poco podemos hacer para prevenir otras circunstancias futuras. Pero también se cae en el error cuando se detiene el relato en el momento en que la institución concreta protocolos anti-abusos, revela cifras y datos de agresiones, transparenta sus casos, reprende a sus victimarios o satisface las búsquedas de justicia solicitadas por las víctimas. Parece que todo se ha dicho y cumplido, pero corremos el riesgo de dejar todo en una compleja anécdota.

Lo mismo sucede en la sociedad. Quizá este largo y doloroso proceso para la Iglesia católica satisfaga en cierta medida la conciencia de la sociedad respecto a la cultura de abusos sexuales (la gran mayoría cometidos en el seno del hogar); pero si algo puede enseñar esta historia es que estos crímenes pueden decantar en más dolor o pueden construir en iluminación y crecimiento. Lo más importante no es quedarse en la atención de las crisis (que pueden ser más o menos cíclicas) sino en crear fuentes de formación y aprendizaje continuo, el establecimiento de medidas de prevención y de permanente evaluación y supervisión de los espacios de convivencia. Sí, de todos los espacios de convivencia social.

@monroyfelipe

Venezuela, lectura desde la tragedia clásica

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Hay que dejar algo muy claro: Todo debate sobre la geopolítica internacional con motivo del clímax de la prolongada crisis política en Venezuela es inútil para el venezolano de a pie. Para el ciudadano común, el juego de fuerzas de intereses internacionales no busca dar resolución al largo proceso de descomposición social y económico, apenas son el corifeo yámbico que quiere encontrar ventaja de un entuerto político.

El pueblo no se encuentra en una disyuntiva entre elegir una u otra resolución sino en una singular oportunidad de reconocimiento profundo de su destino. En la estructura clásica de un drama griego se diría que Venezuela está en epitasis: la pruebas y tribulaciones del personaje central se edifican irremediablemente hacia la catástrofe.

La asunción de Juan Guaidó a la presidencia ‘en funciones’ del país bolivariano bajo el auspicio, venia y soporte de las fuerzas económicas, militares y diplomáticas norteamericanas marcó el final de un largo episodio de devastación social y degradación política provocado por el empecinamiento absolutista y mitómano del sucesor chavista, Nicolás Maduro.

A la distancia es difícil comprender del todo las penurias que debe pasar el pueblo venezolano pero es ingenuo pensar que los intereses de las fuerzas supranacionales sean sólo las nobles que expresan en sus campañas contra el régimen. Al igual que es ingenuo creer que los procesos electorales y la vida pública institucional de Venezuela, bajo el gobierno de Maduro, sirven a los deseos de las voluntades ciudadanas y no a los caprichos del poder. En síntesis: Hay abuso en un gobierno que mantiene en miseria a un pueblo y hay deseos de cambio de régimen que no tienen el menor interés de mejorar la condición de la población.

La decisión de la ya mayoritaria oposición venezolana de quemar las naves sucedió, para variar, en un difícil momento para el mandatario estadounidense en turno. Una clásica apelación a su papel de ‘policía del mundo’ cuando las dificultades se acrecientan dentro de sus fronteras. Bastó poner en pie de guerra al país de las barras y las estrellas con eslóganes ‘democratizadores’ para, por ejemplo, sacar al gobierno de un prolongado cierre de actividades, para dar margen de operación a un aseidado Donald Trump.

Como en otras crisis, en los próximos acontecimientos se intensificará la idea de que hay sólo dos personajes en la historia: Maduro contra Guaidó, las fuerzas imperialistas contra el escudo socialista, una parte del mundo contra otra parte del mundo. Hay reportes de una especie de campaña política ‘cuartel por cuartel’ que ambos bandos realizan para sumar aliados. Maduro fue al Fuerte Paramacay a visitar a sus tropas, mientras Guaidó repartió folletos a militares en Caracas.

En este juego maniqueo sorprendió la celeridad que se le exigió a los gobiernos de los diferentes pueblos del orbe para definir sus lealtades. En México, por ejemplo, la torpe (o tramposa) filtración de un subalterno de Relaciones Exteriores a las horas del pronunciamiento favorable a Guaidó de la OEA y los Estados Unidos, obligó a que las autoridades de cancillería emitieran un pronunciamiento formal.

Pero hay una tercera vía y un tercer personaje. El personaje es la sociedad venezolana y su camino es inagotable en creatividad. Por ello, aunque tibia, ha sido correcta la declaración del gobierno mexicano y otras naciones que apelan al diálogo. Bien por la neutralidad, débil en cuanto a su implicación discursiva a favor del tercer personaje.

En el fondo, el clímax narrativo de la crisis política debe alcanzar la anagnórisis poética, para comenzar el ansiado desenlace de la tragedia bolivariana. Maduro continuará su campaña sobre las tanquetas de su desgastado régimen al que le exige lealtad; Guaidó introducirá con la fuerza que le den sus aliados los cambios legislativos y económicos que lo catapulten al Palacio de Miraflores. Pero la sociedad venezolana está llamada a definir su peso en la historia, a salir del estásimo de su desgracia.

Con todo, hay que reconocer que cualquiera de los escenarios que ponga fin a esta prolongada crisis política en Venezuela no va a resolver ni atender de cerca la crisis humanitaria que ha desgastado literalmente el alma y el cuerpo del pueblo venezolano. En los barrios populares, como bien apuntan los audaces corresponsales, ya no hay ni chavismo ni madurismo pero tampoco gustan las palabras imperialismo ni injerencismo. Hay un orgulloso sentimiento de oposición, de resuelta voluntad por un cambio; lo demostrarán, parece indicar, esta semana durante la manifestación masiva que se convoca. Será una oportunidad para que Guaidó y Maduro confirmen su papel en el drama; no de protagonistas sino de facilitadores del personaje central, el pueblo, en ruta hacia su próximo ciclo trágico: la larga y penosa búsqueda del bienestar que les fue arrancado.

@monroyfelipe

Comunidad y espada

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Sólo en la virtualidad de las redes sociales pueden converger pensamientos tan extremos de especímenes humanos tan radicales. No es un descubrimiento. Desde la aparición de las redes sociales y el inmenso crecimiento de plataformas de información digital, hemos sido testigos de una encarnizada lucha de millares de personas por abrogarse la razón absoluta en una ‘realidad’ construida de ficciones.

Que esos usuarios construyan desde la ignorancia o la perversión un mundo virtual lleno de engaños y egoísmo nunca ha sido el problema porque, en principio, la libertad de dicho mundo también abre espacios de información real y conectividad humana; sin embargo, el drama consiste en que las estructuras falaces trascienden su espacio y adquieren corporeidad en la vida cotidiana.

El fenómeno de la falsedad digital que se convierte en realidad humana se ha enfocado en las noticias e incluso lleva el nombre de la información periodística (‘fake news’); pero el problema trasciende al periodismo. Es la ‘fake life’ de la que debemos preocuparnos.

Basta mirar los principales eventos de la semana: el clímax de la crisis política en Venezuela, las trágicas muertes del fenómeno del huachicoleo en México o el drama humanitario de las migraciones de la cintura americana; todos han sido evaluados y calificados por los usuarios de las plataformas digitales, prácticamente no hay opinión -por más absurda que sea- que no se haya vertido en el inmenso cuerpo de la red. Pero esa pulverización de opiniones no se queda en ese espacio, salta a la realidad con todas las fronteras de seguridad y certeza, con los muros de la convicción irracional y quizá hasta con la violencia del narcisismo.

Como consecuencia, presenciamos la disolución de la comunidad real humana. Y no es una exageración sino una descripción. Las comunidades reales -debilitadas por la modernidad líquida- son, en esta época, “las últimas reliquias de las antiguas utopías de la buena sociedad”, como apuntó Zygmunt Bauman. Este fenómeno es un tema recurrente en la reflexión de los filósofos contemporáneos porque toca y trastoca la experiencia y realidad de la comunidad humana.

Incluso el propio papa Francisco difundió su pensar en este tema en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019. Bergoglio parte de la idea de que, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el hombre no desea permanecer en su propia soledad, y reconoce que este ambiente mediático es tan omnipresente que “resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana”.

Como dos rostros en una inasible esfera, Francisco asegura que, si bien este ambiente abre una posibilidad extraordinaria de acceso al saber también reconoce que es uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente de los hechos. El pontífice critica que la identidad del mundo de las redes virtuales se basa “en la contraposición frente al otro” y propone al encuentro, la proximidad y al compañerismo como recursos de comunidad.

Es una mirada más compasiva a lo que sugiere el filósofo René Girard (“El nacimiento de la comunidad es primordialmente un acto de división”) pero lleva la carga de la acción y la radicalidad cristiana (“No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” Mt 10,34).

La espada o la división son la figuración de una acción, de la opción por no permanecer en la neutralidad, exige involucramiento, propone una renuncia a los intereses propios y puede incluso suponer no pocos sacrificios.

Aunque más lúgubre, incluso Bauman coincide: La utopía de la armonía en la comunidad humana puede estar reducida al tamaño del vecindario inmediato, es lo más lejos que pueden llegar nuestros esfuerzos y sacrificios; pero si esa comunidad humana es la última reliquia de las antiguas utopías hay que conmoverse porque aún sueña con una vida compartida, con mejores vecinos y mejores reglas de cohabitación.

Sólo así, las redes digitales, el inmenso ambiente mediático contemporáneo, no esclavizan ni atrapan; liberan cuando más de uno se implica, se compromete.

@monroyfelipe

Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe