Transfiguraciones republicanas

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Hay una monumental diferencia entre cerrar filas en apoyo a la administración de López Obrador y la exaltación hiperbólica de la persona del presidente de la República. Las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, puede que hayan reflejado su sentimiento auténtico, pero no cabe duda fueron una desafortunada exageración místico-idílica del tabasqueño que a nadie sirve: ni al presidente, ni a sus aliados, ni al pueblo raso. Vaya, ni a sus opositores. Explico.

En el segundo día de la administración lopezobradorista, Muñoz Ledo escribió: “Confirmé que López Obrador ha tenido una transfiguración… se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado… un auténtico hijo laico de Dios”. Y la reacción no se hizo esperar. Los más críticos adelantan que es una especie de ‘endiosamiento’ de López, pero la mayoría coincide en que, por lo menos, esas expresiones traicionan los horizontes laicos de la República.

La ‘transfiguración’ proviene de los evangelios cristianos. Se da el nombre a este acontecimiento cuando Jesús, frente a tres de sus discípulos, cambia de apariencia y se revela en toda su divinidad: “El rostro de Jesús resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz”. En griego, la transfiguración es ‘metasquematizo’ y el término intenta explicar un cambio interno (imperceptible para los demás) y externo (evidente). La Transfiguración es una revelación de lo divino en Jesús, anticipa la gloria de su Resurrección, es la confirmación maravillosa de la revelación dada a los profetas y la promesa a los libertadores del pueblo de Dios y reafirma la confesión de su primer apóstol, Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pues bien, Muñoz Ledo ha llamado “hijo laico de Dios” a López Obrador. Un estrafalario apelativo que, antes de ayudar a fortalecer un camino hacia la auténtica libertad religiosa bajo los criterios republicanos del Estado laico, revive viejos enconos ideológicos.

Si bien hay sectores que exigen laicismos antirreligiosos y hasta denigrantes a una ciudadanía mayoritariamente creyente; también hay otros sectores que desean instaurar criterios de credo religioso a instituciones cuya misión central es escuchar y atender sin distingo a toda persona independientemente de su religión.

Para muestra un botón: Luego que López Obrador recibiera los ritos de una ceremonia propia de los pueblos originarios en el Zócalo capitalino, comenzaron a publicarse alucinantes acusaciones de tinte fanático que afirmaron el presidente realizó una especie de “consagración demoniaca” a ídolos paganos.

Por desgracia, no extrañan este tipo de fanatismos. Frente a ellos también hay una actitud antirreligiosa que rechaza totalmente la plena y madura libertad religiosa. Que exige a los funcionarios vivir una esquizofrenia práctica de dejar guardada (bajo llave y con todos sus valores morales) su identidad religiosa en casa mientras en público asume una actitud ideologizada complaciente a la conveniencia del mercado, la dominación cultural o la corrección política.

Muñoz Ledo atiza esa incómoda hoguera de polarización. Nadie gana reviviendo ese conflicto entre los límites de las ideologías y los credos. En la rispidez de los argumentos se perderá la oportunidad de madurar como ciudadanía hacia una plena, responsable y consecuente libertad religiosa en el país. Volverán los señalamientos y las cacerías de brujas, la oposición acusará desde la pereza del calificativo fácil, los aliados responderán con pobreza de criterio o argumentos.

En síntesis: la ciudadanía se refugiaría en las certezas de su obcecación y no abrirá su criterio a la posibilidad de un diálogo franco que normalice y humanice la libertad religiosa con todas sus oportunidades, pero también con todas sus responsabilidades.

En todo caso, la transfiguración que etimológicamente explica un cambio interno tan poderoso que se hace evidente, no la necesita sólo el presidente sino la sociedad mexicana.

@monroyfelipe

 

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Anticorrupción: A sus colaboradores, el primer aviso

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Andrés Manuel López Obrador ha insistido largamente en el diagnóstico de la decadencia y corrupción de la administración pública; y ahora, desde la investidura presidencial, hace el pronóstico de que acabará la corrupción. Pero antepone el criterio de no emprender venganza o persecución a funcionarios precedentes. Y de toda esta lógica sólo puede emerger una conclusión y un escenario: Este es un aviso de cortesía a sus colaboradores porque, muy probablemente, serán los primeros en ser juzgados bajo los nuevos estándares morales de la Cuarta Transformación.

Si por alguna razón los funcionarios cercanos al tabasqueño piensan que esa radicalidad moral no los alcanza, que no hay poder que los remueva de su actual condición de privilegio, quizá deban reflexionarlo un poco más. Están compelidos a actuar sin privilegios, sin lujos, sin intenciones de nepotismo o influyentismo porque esas “son lacras de la política” como lo afirma el presidente.

López Obrador pretende recuperar modelos teóricos de la administración pública clásicos que afirman que, si bien son complejos los procesos para facilitar la labor de gobierno, lo primero es armonizar a los colaboradores, luego a la sociedad. Esto hace sentido por el diagnóstico de López Obrador sobre el estado de la impunidad y corrupción en la administración pública.

Así, para mantener y conservar el poder que le confió el pueblo mexicano (así como la riqueza que amortiguaría todos los programas sociales) parece hacer caso a la conseja de mantener opuestos a sus colaboradores para que se controlen mutuamente y evitar que uno o más funcionarios acumulen poder que ponga en peligro el mando central.

No hay otra salida para el presidente López Obrador. Sus colaboradores tendrán una función más cercana a los comisionados que a los oficiales: su cargo es extraordinario en virtud de que el dueño de la legitimidad se los puede retirar en cualquier momento. Es decir: Si no somete a su equipo a las altísimas exigencias éticas y morales de la administración pública, establecerá una dominación potencial sobre sus labores. En concreto: Si fallan, o los reprende o asumirá la comisión de las tropelías. Parecería que para Andrés Manuel no le bastará el rendimiento óptimo de sus funcionarios sino la docilidad que muestren ante principios morales muy específicos.

López Obrador no ha manifestado ningún deseo de imponer ‘castigos’ a quienes corrompan la vida pública del país; pero el castigo crea sí puede crear condiciones positivas para el proceso de trabajo de los funcionarios, no es sólo un elemento decisivo de la política sino también de la administración pública.

A López Obrador habrá que recordarle constantemente lo que escribió el politólogo romano Frontino: “No hay nada más desafortunado para un hombre decente que conducir un cargo que le ha sido delegado de acuerdo con las instrucciones de sus colaboradores”.

Es decir: la cultura de privilegios e influyentismo también puede corromper a los colaboradores más cercanos de López Obrador. Algunos incluso ya han manifestado síntomas de esta putrefacción. Y, si no hay castigo en ellos, si no hay consecuencia o congruencia en el repudio absoluto del presidente a este cáncer social, la inmoralidad del propio presidente hundirá aún más al pueblo en el oscuro abismo de la simulación y la corrupción.

@monroyfelipe

Nueva economía y justa medianía burocrática: el discurso de la Cuarta Transformación

El primer mensaje a la nación del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, estuvo soportado por una crítica absoluta al modelo neoliberal económico, al que definió como fuente y culmen de los efectos de corrupción, impunidad, pobreza, violencia e injusticias en México desde 1983.

Ante un muy agitado Congreso de la Unión (el cual no olvidó de hacer el pase de lista de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa), López Obrador repitió varios de sus principales mensajes de las últimas tres campañas presidenciales: combate a la corrupción y la impunidad, la transformación de la vida pública del país y un plan de pacificación y reconciliación mediante la defensa soberana de las instituciones mexicanas.

Pero la línea guía de su disertación se enfocó en las afectaciones que ha dejado el modelo político neoliberal en México. Al hacer un recuento grosso modo de la historia económica postrevolucionaria, López Obrador insistió en que la cuarta transformación política de México “transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical”, acabará con la corrupción y con la impunidad al abandonar las prácticas administrativas e ideológicas del neoliberalismo económico.

Para contrastar el neoliberalismo, López Obrador propone no sólo el modelo del Estado de Bienestar sino “la honestidad y la fraternidad como forma de vida y de gobierno”. Y aseguró: “No se trata de un asunto retórico o propagandístico. Estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio de la más inmunda corrupción pública y privada. En otras palabras, como lo hemos repetido en los últimos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la principal causa de la crisis de la inseguridad y la violencia que padecemos. Y, en cuanto a la ineficiencia del modelo económico neoliberal, ni siquiera en términos cuantitativos ha dado buenos resultados”.

Tras una veintena de compromisos de gobierno (entre los que incluye la reducción del precio de combustibles condicionado a la conclusión y remodelación de refinerías en el país), López Obrador destacó el cariz moral de su administración federal: “Haremos a un lado la hipocresía neoliberal. No se condenará a morir pobres a los que nacen pobres. Es inhumano utilizar el gobierno para generar beneficios personales y desvanecerlo en beneficio de las mayorías. Vamos a atender y gobernar a todos pero daremos preferencia a los vulnerables y los desposeídos. Nuestra consigna de siempre es a partir de hoy principio de gobierno. Por el bien de todos, primeros los pobres”.

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A diferencia de su campaña, en su discurso de una hora cuarenta minutos no mencionó el papel de las instituciones religiosas o de los valores morales y espirituales del pueblo mexicano para lograr la transformación esperada. Tampoco, entre la larga lista de los saludos a líderes y representantes de las naciones, mencionó a Franco Coppola, Nuncio Apostólico del papa Francisco en México, quien se encontraba en el recinto.

Cine: El papa Francisco, revisiones filosóficas

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El aclamado cineasta alemán Wim Wenders (¡Tan lejos, tan cerca!, 1993; Buena Vista Social Club, 1999; La sal de la tierra, 2014) entrega este 2018 su documental ‘El papa Francisco, un hombre de palabra’; filme que fue galardonado como mejor película en el Festival de Traverse y nominado en la misma categoría en Cannes. Algo ha logrado mover a los jurados de sendos festivales internacionales pues, más allá de la pulcritud técnica -la fotografía, edición y musicalización son impecables-, el filme estructura con sentido y emotividad el testimonio intelectual más audaz del pontífice argentino.

El documental no es, como sugieren algunos críticos, una obra biográfica de Jorge Bergoglio como papa Francisco sino la compilación ordenada, razonable y constructiva del pensamiento filosófico del líder católico en estos seis años de su pontificado. Quien acude a ver este filme esperando encontrar al papa Francisco en melosas imágenes litúrgicas o rebosantes rituales católicos podría decepcionarse; Wenders entrevista a este simbólico y relevante personaje del catolicismo contemporáneo y lo convierte en un imprescindible para la reflexión filosófica y teológica del siglo XXI.

El cineasta presenta una popular, accesible y universal síntesis del testimonio intelectual del pontificado de Francisco. Quienes hemos seguido de manera cotidiana los discursos y la producción de magisterio pontificio de Bergoglio no nos sorprende el contenido discursivo en el filme, pero sí encontramos que Wenders pone el acento en temas de alto interés para la sociedad actual como la economía, la ecología, la globalización y el poder; y pone estos fenómenos a dialogar con expresiones humildemente humanas como la ternura, el perdón, el diálogo, la tolerancia o la esperanza.

Wenders nos pone frente a un personaje cuyo discurso es consecuente y comprometido con su identidad cristiana tanto como con su realidad contemporánea; si acaso la academia no se ha dado la oportunidad de explorar la riqueza intelectual del magisterio del papa Francisco, este filme revela la urgente necesidad de incluir los razonamientos filosóficos -y teológicos- de este líder religioso en el concierto del debate cultural contemporáneo. Los planteamientos de Francisco abren escenarios de reflexión intelectual moderna que intentan explicar la realidad inmediata y el destino de la humanidad y sus civilizaciones.

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Win Wenders y Francisco, diálogo universal

Wenders extrae del pontífice un posicionamiento frente a las malsanas obsesiones por el privilegio y la seguridad del poder, critica la acumulación, el abuso y el descarte del sistema económico; y, sobre todo, cuestiona la ambición desmedida, la narcotización de la falsa felicidad, el frenético modo de vivir y el descarte de los humillados de la tierra. Francisco llama a la desobediencia civil cuando un gobierno hace leyes que atentan contra los desamparados, los despojados y la madre tierra, propone actitudes como el desprendimiento, el silencio, el perdón y la ternura frente a los males inmediatos de la realidad. Reconoce que todas las culturas y todas las civilizaciones deben dar dignidad humana a través del trabajo, la tierra y el techo; comprende que “vivir significa ensuciarse los pies”, que la libertad es una condición irrestricta del ser humano y que, sin embargo, supone un riesgo para el sufrimiento en el amor.

El papa Francisco, un hombre de palabra’ es un filme de lenguaje universal, de actualidad filosófica contemporánea. Una invitación a la reflexión, la introspección y el diálogo franco en los modernos areópagos del pensamiento.

@monroyfelipe

 

Religión y política, lecturas transversales

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Antes de que concluya este trepidante año político, el antropólogo Elio Mansferrer nos propone una provocativa reflexión en el actual concierto nacional entorno a los sutiles vasos de comunicación entre las expresiones religiosas y los sentimientos políticos, así como el cada vez más complejo universo de asociaciones religiosas ante las instituciones civiles en el país: “El papel de lo religioso y lo simbólico fue muy importante en las definiciones electorales del 2018 debido al contexto de crisis social, política y económica de México”.

En su libro ‘Lo religioso dentro de lo político. Las elecciones de México 2018’, Mansferrer reúne una serie de reflexiones sobre el peso social que los diferentes fenómenos religiosos imprimen en la construcción de identidad política, organización ciudadana y búsquedas de bien social. Un tema que muchas veces se obvia en el contexto del análisis político o cultural de la sociedad mexicana o que, en todo caso, se limita a una serie de encuestas de opinión que cruzan variables de valores morales y opciones políticas.

Lo importante de la provocación de Mansferrer es la visibilización de un muy pequeño y especializado ejercicio de análisis y de información de los márgenes de las expresiones religiosas en México. En nuestro país, a diferencia de muchas otras naciones que comprenden la importancia de los fenómenos religiosos en la construcción de la identidad y las decisiones de la sociedad, la historia nos ha heredado una especie de mantra de ‘no ver, no oír ni comprender’ los profundos latidos de una población sumamente religiosa, así como sus implicaciones en los destinos culturales, sociales o políticos de la nación.

Las últimas “dos transformaciones” del país han atravesado por un doloroso procedimiento de separación artificial de la cualidad religiosa y ciudadana de los mexicanos. Si bien la Guerra de Reforma representó un conflicto político entre conservadores y liberales; fueron las instituciones religiosas las que en ese momento sacaron la peor parte del enfrentamiento (aunque a la luz de los avances sociales, queda claro que la separación de la Iglesia y el Estado es ideal para los países democráticos). Y la Revolución Mexicana, por su parte, devino en un conflicto de caudillos que en pos de lograr la institucionalidad nacional pasó por una sangrienta persecución, intolerancia y simulación religiosa. Esos escenarios propiciaron un estado de simulación y disociación entre las identidad religiosa e identidad cívica en los mexicanos, una especie de ‘esquizofrenia moral’ entre la vida pública y la vida privada de la ciudadanía.

Esta simulación (apenas con avances mínimos en 1992 con la ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y las reformas constitucionales del 2011) ha evitado la creación de espacios de reflexión, información y análisis sobre la importancia de los fenómenos religiosos. En muchos de los medios de comunicación europeos, centroamericanos y sudamericanos, la dimensión social de la religión forma parte de sus secciones cotidianas de información; la antropología y sociología de las universidades favorece el estudio de los diferentes fenómenos religiosos más allá del folclore y sus expresiones de piedad; finalmente, los análisis de reacción entre votantes ante procesos electorales involucran variables que traspasan la identidad y la participación comunitaria de las convicciones religiosas de los ciudadanos.

México debe remover las telarañas jacobinas de su historia política para que existan más lecturas sobre las relaciones entre las instituciones sociales y las asociaciones religiosas, entre las construcciones de marcos legales y los sentimientos morales y espirituales de los ciudadanos. Debe actualizar sus marcos jurídicos para que la participación de las diferentes asociaciones religiosas en los procesos de construcción política y social no regatee la responsabilidad de los ministros de culto ni los mantenga en la condición de una ciudadanía disminuida en derechos y obligaciones.

Una de las grandes aportaciones de Mansferrer en su libro ‘Lo religioso dentro de lo político’ es la actualización sociológica de la importancia de las confesiones cristianas, evangélicas, pentecostales y neopentecostales en el país. Es una lástima que para el análisis religioso, antropológico o político de México se siga considerando que ‘los cristianos’ forman una maraña de incognosibles fronteras. La identidad de los fieles cristianos no católicos romanos es casi un enigma para nuestra conciencia social, incluso para los propios fieles que suelen conocer poco de su ubicación en el extenso mapa de la cristiandad histórica y geográfica.

Si acaso necesitara una crítica constructiva este ejercicio reflexivo de Mansferrer sería la obsesión del antropólogo por demostrar la caída en picada no sólo de la feligresía católica sino de la propia credibilidad de la institución. Es un hecho que, año con año, el descenso de los declarantes de su catolicidad en México se refleja en los ejercicios estadísticos y, sin hacer muchos vaticinios, es altamente probable que el Censo de población y Vivienda 2020 recoja esta tendencia.

Sin embargo, el antropólogo señala que incluso esos datos “no son creíbles”; además apunta que la jerarquía católica “infla” cifras de sus sacramentos católicos y pone un ejemplo: “En la Ciudad de México hay una notable inflación de cifras de bautismos en por lo menos siete años de la serie reportada… estimamos que se han inflado pues resulta poco probable que se puedan bautizar más niños de los que nacieron en ese periodo”. Sin censurar su razonamiento, es claro que el fenómeno religioso requiere una mirada más cercana con la realidad, al pie de los creyentes y no creyentes, porque de lo contrario las cifras pueden engañar a la mente.

Retomo el ejemplo del investigador y sugiero una mirada antropológica: Tan sólo por los registros de edad del bautisterio de la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, resulta evidente que cada vez menos familias bautizan a los hijos de manera inmediata al nacimiento. Los bautizados tienen más de uno o dos años cuando son presentados al sacramento. Y un dato más, muchos menores bautizados en la Ciudad de México no nacieron allí, son originarios del Estado de México (de alguno de los muchos municipios de la megalópolis) u otra entidad. Viven en periferias, pero se ven obligados a integrarse a la vida económica, educativa y social como los 1.6 millones de mexiquenses que cruzan diariamente las fronteras físicas y simbólicas de la Ciudad de México. De esta manera es posible explicarnos las cuentas que plantea el investigador.

Sirva este ejemplo para reforzar la tesis del propio Mansferrer que comparto extensamente: “Lo religioso sigue teniendo un papel significativo en la vida social y política en México”. Hace falta que promovamos la información, el trabajo a ras de suelo e investigación de campo sobre los fenómenos religiosos en el país para integrarlos en análisis más certeros de nuestra realidad y nuestros horizontes civilizatorios.

@monroyfelipe

Avanza proyecto de diócesis originarias en CDMX

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Vista aérea de la Ciudad de México

Los obispos de México, reunidos en la pasada 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), resolvieron a favor de la solicitud que el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, les hiciera a manera de consulta para la aprobación del proyecto de creación de tres nuevas diócesis para la Ciudad de México. Ahora sólo falta la anuencia de la Santa Sede para que la capital tenga cuatro obispos residenciales con todas las potestades y obligaciones canónicas.

Actualmente la Ciudad de México tiene los mismos márgenes territoriales que la Arquidiócesis de México y esto significa que es una de las porciones eclesiales más grandes y populosas de todo el mundo (con alrededor de 8.8 millones de residentes y 1.8 millones de población flotante). Ante esta realidad, desde el inicio de su gobierno, el cardenal Aguiar Retes realizó un proyecto para fragmentar la actual arquidiócesis de México y fundar tres nuevas diócesis en la capital de la República: Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco.

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Obispo Colín, confianza del proyecto en la zona norte

El proyecto para dotar de nuevos derechos y obligaciones a cada una de estas porciones diocesanas está sustentado en los pueblos originarios capitalinos que aún guardan elementos de identidad, tradiciones y prácticas religiosas en cada una de estas circunscripciones. De culminar este proyecto, Azcapotzalco, al norte de la ciudad, tendrá un territorio que iría desde la región alta de Cuautepec hasta las colonias populares de la alcaldía Miguel Hidalgo: Tacuba, Legaria, Pensil, etc. Pasando por la zona industrial Vallejo pero principalmente por las zonas habitacionales creadas a partir de los pueblos originarios de Azcapotzalco. La catedral diocesana sería la actual parroquia de los Santos Felipe y Santiago. Un dato importante sobre la tradición católica de los pueblos chintololos es que, según los registros históricos, estos naturales fueron los primeros peregrinos al Tepeyac para venerar la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe apenas en 1532.

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Representación de la Pasión del Señor, Semana Santa en Iztapalapa

La nueva diócesis de Iztapalapa abarcaría los ocho barrios originarios asentados a las faldas del Cerro de la Estrella pero se extendería en todo el territorio de la alcaldía de Iztapalapa, la cual cuenta con casi dos millones de habitantes. Antes del largo proceso de desecación de la Ciudad de México, Iztapalapa se encontraba al margen del Lago de Texcoco; de este ancestral poblado (se tienen registros de presencia humana hasta de nueve mil años de antigüedad) fue originario el célebre tlatoani Cuitláhuac, líder de los mexicas a la muerte de Moctezuma Xocoyotzin, quien logró vencer a los españoles en la legendaria Noche Triste. La diócesis de Iztapalapa tendría un territorio que correría a lo largo de Aculco, Centro, Ermita-Zaragoza, San Lorenzo Tezonco, Paraje San Juan y la Sierra de Santa Catarina; su catedral sería el Santuario del Señor de la Cuevita desde donde parte la célebre y multitudinaria tradición de la Representación del Viacrucis del Cristo de Iztapalapa en Semana Santa.

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Niñopa de Xochimilco, profunda devoción popular

Finalmente, la nueva diócesis de Xochimilco tendría el territorio más extendido de la Ciudad de México pues abarcaría las alcaldías de Xochimilco, Milpa Alta, Tláhuac y algunas zonas de Tlalpan. Esta nueva diócesis está justificada por los barrios tradicionales asentados en la zona lacustre (aún viva de la ciudad) y al pie del Eje Neovolcánico. Esta región aún conserva profundas tradiciones indígenas y de sincretismo cristiano como la devoción al Niñopa de los barrios de Xochimilco, las procesiones de los pueblos de las montañas y las celebraciones florales y dancísticas de los pueblos originarios de la meseta de Milpa Alta. Es la única zona rural de la Ciudad de México y donde aún buena parte de la población conserva la lengua materna indígena que es pasada de generación en generación. La catedral de esta diócesis sería la parroquia de San Bernardino Xochimilco que alberga a cientos de mayordomías religiosas y que cada 2 de febrero vive una multitudinaria Fiesta de la Candelaria que atrae a cientos de miles de fieles y turistas.

El objetivo del arzobispo de México, Aguiar Retes, es reestructurar el territorio episcopal para que, de esta manera, el obispo pueda estar presente con más frecuencia en las parroquias de su demarcación. Bajo este nuevo modelo, la Arquidiócesis Primada de México conservaría las zonas más urbanizadas de la capital en una especie de diagonal desde las alcaldías Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza e Iztacalco, hasta Cuajimalpa, Álvaro Obregón, Magdalena Contreras y Tlalpan, pasando por las céntricas Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Cuauhtémoc y Coyoacán. Al ser el arzobispo de México el custodio de la imagen de la Virgen de Guadalupe, la arquidiócesis conservaría bajo su territorio la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe para el servicio a todas las diócesis del país.

Un tema que en días previos a la Asamblea fue cuestionado al Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola, fue lo referente al futuro de la labor de pastoral penitenciaria que actualmente realiza la Arquidiócesis de México en ocho centros de reclusión y readaptación social. Ya que todos estos centros penitenciaros quedarán en los territorios de las nuevas diócesis bajo la tutela de sus obispos residenciales; con lo cual el primado de México no tendría oportunidad de ‘visitar a los presos’ que es una de las ‘Obras de Misericordia’ encomendadas a los católicos. Para el Nuncio, si un obispo no tiene una cárcel en su territorio tiene la responsabilidad moral de propiciar proyectos de acompañamiento a exreclusos o a las familias de quienes se encuentren privados de su libertad en otro sitio pero, principalmente, coordinarse con los obispos y autoridades de otras diócesis para poder cumplir personalmente con ese mandato cristiano.

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Nuevos horizontes territoriales en el firmamento del catolicismo capitalino

Con el visto bueno del pleno de los obispos de México, el proyecto de reestructuración pastoral y administrativa del centro de la República será enviado a Roma para que la Sagrada Congregación de los Obispos en el Vaticano y el propio papa Francisco aprueben las nuevas diócesis a las que les serán dados nuevos derechos como catedral, obispo residencial, vicario general, canciller y consejo presbiteral; pero que también adquirirán nuevas obligaciones como la generación de espacios de formación sacerdotal (seminario), vicarías funcionales para vida consagrada, laicos, ministros ordenados, etcétera; y estructuras de pastoral social que garanticen el ejercicio de la caridad y la promoción social. Será el Vaticano quien apruebe finalmente este proyecto en el que también se contempla la posibilidad de escindir la Provincia Eclesiástica de México que actualmente tiene como sede metropolitana a la Arquidiócesis de México y sus sufragáneas Toluca, Atlacomulco, Tenancingo y Cuernavaca; pero, con las nuevas diócesis, se abre la posibilidad de que Toluca se convierta en nueva sede metropolitana. Y México pasaría de 18 a 19 arzobispos metropolitanos.

@monroyfelipe

Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

Obispos llegan a una asamblea de definiciones

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Este 12 de noviembre comienza la 106 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Como cada trienio, los líderes de la grey católica mexicana realizan votaciones para elegir a los obispos representantes en diferentes áreas de servicio. Los reflectores, sin embargo, están puestos en la elección del próximo presidente del organismo colegiado porque de ello depende, en buena medida, las relaciones institucionales con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, presidió el organismo episcopal por dos periodos de suma convulsión de la Iglesia Universal: primero con la histórica renuncia del papa Benedicto XVI y después con el ascenso del primer cardenal latinoamericano a la silla del sucesor de san Pedro. Pero también de graves circunstancias en México: “violencia, corrupción, impunidad y cultura de la muerte” como las distinguió el propio episcopado.

Robles, al igual que los otros cardenales y arzobispos latinoamericanos, comenzó a tomar un peso moderadamente relevante en el concierto internacional pero, desde la presidencia del colegio de obispos mexicanos, su participación en los dos periodos se percibe apenas testimonial. Fueron sus secretarios generales los que destacaron mediáticamente. El primero, Eugenio Lira Rugarcía, quien cargó con más errores que aciertos en la organización de la visita del papa Francisco en 2013 y en la relación de la CEM con el entonces nuncio apostólico, Christophe Pierre; y en el segundo periodo, el obispo auxiliar de Monterrey, Alfonso Miranda Guardiola, quien enfocó su servicio en el rescate de la memoria episcopal, la sistematización de la vinculación de todas las diócesis y comisiones de la Iglesia católica, y la creación de varias alianzas y convenios institucionales, a veces con más audacia que contenido.

La administración saliente de la CEM pone entre sus logros la conformación de un Observatorio Nacional que compila y actualiza la vasta pero muchas veces desconocida información de las diócesis mexicanas que ofrecen servicios de caridad y asistencia social o humanitaria; un departamento de historia que reanudó un trabajo suspendido en 2009 para conservar documentación valiosa del organismo; un organismo interdisciplinario para dar seguimiento y fortalecer la prevención a los casos de abuso sexual de menores en la Iglesia; una batería de protocolos de acción operativa ante diferentes crisis institucionales; y un bloque de convenios con organismos federales como la Procuraduría General de la República (PGR), la Fiscalía Especializada para Prevenir Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Cultura, el INAH, entre otros.

Es, sin embargo, el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) el más audaz de los trabajos de la presidencia y secretaría salientes: la proyección de los trabajos de animación pastoral de la Iglesia católica en México con la mirada puesta en los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los dos mil años de la Redención.

Es en esta última materia donde los obispos mexicanos deben tomar definiciones profundas. El cardenal Robles Ortega no puede ser reelecto y, aunque Miranda Guardiola sí; no suele ser una práctica común cambiar al presidente conservando al secretario. En los corrillos eclesiales destacan los arzobispos de Monterrey y Morelia como posibles sucesores del cardenal Robles en la presidencia de la CEM. El primero, Rogelio Cabrera López, por su compromiso en el proceso y continuidad del PGP; y el segundo, Carlos Garfias, por su trabajo en el área de paz y reconciliación nacional, un tema de interés central del próximo gobierno federal por su aspiración de contar con la participación del papa Francisco en este proceso.

Pero, junto a la relación con el próximo gobierno y  dar continuidad de trabajos articulados dentro del organismo, existe un tercer factor para la próxima presidencia de la CEM: su participación institucional ante el Censo de Población y Vivienda 2020. El instrumento censal para registrar las creencias religiosas de los mexicanos ya ha recibido fuertes críticas, tanto de sociólogos como de asociaciones religiosas que se sienten sub representadas en los reactivos de consulta.

Diversas encuestas y estudios aislados ya hacen proyecciones que podrían ser muy duras para la idea de catolicidad mexicana. Hay tendencias demográficas que ubican a los católicos con márgenes de 72 a 68 por ciento de la población mientras muestran una sensible proliferación y mayor influencia política a las diferentes expresiones evangélicas, protestantes y pentecostales. Este contexto también pone un escenario para los obispos católicos poco previsto: el urgente paso del diálogo interreligioso a la cooperación interinstitucional con otras asociaciones religiosas.

En el Plan Global, los obispos mexicanos aseguran tener seis compromisos: construir dignidad humana, comprometerse con las causas sociales, ser una Iglesia pueblo, misionera y compasiva principalmente con los jóvenes y adolescentes. “Concretar respuestas”, apuntan; pero sin la cooperación con otras expresiones religiosas, sus esfuerzos puede que no resulten relevantes o significativos para el país que desean servir.

Hay un último factor que no se debe minimizar, el cardenal Carlos Aguiar Retes comenzará a tomar un papel de suma relevancia para el episcopado mexicano. Como arzobispo primado de México es naturalmente un foco de atención política y mediática; sus proyectos de administración pastoral (desterritorialización parroquial, reforma a la formación sacerdotal y redistribución episcopal) y el papel que irá adquiriendo como ‘papabile’ mientras se acerque el ocaso de la era Bergoglio lo perfilan como un importante referente para la configuración del episcopado de los próximos siete u ocho años. Aguiar llega a la asamblea plenaria aún con el doble cargo de arzobispo primado y administrador apostólico de Tlalnepantla, con un muy relevante trabajo en el pasado Sínodo de los Jóvenes en Roma; con la confianza del nuncio Coppola en sus proyectos y sin jugar las dinámicas de confrontación moral con el presidente electo por los temas que han polarizado a la sociedad. Tiene la oportunidad para hacer un liderazgo que signifique pero, para comunicarlo, siempre hace falta tomar riesgos.

@monroyfelipe

AMLO más allá de su entourage

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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe

El verdadero éxito de la consulta: la muerte de la tecnocracia

En el fondo no hemos comprendido lo importante: contemplamos la agonía del modelo tecnócrata en México. Después de varios sexenios de duro perfeccionamiento, la maquinaria aceitada de la tecnocracia hiper-despolitizada respira sus últimos estertores. En su lugar, la gobernanza hiper-politizada toma posición con el consecuente temblor de cambios. La abultada elección de Andrés Manuel López Obrador, la polarización ideológica, las feroces argumentaciones y contraargumentaciones sobre aeropuertos, consultas y demás temas de interés social sólo evidencian que los políticos volvieron a tomar el sitio que los tecnócratas tomaron las últimas tres o cuatro décadas.

Desasosiego, confusión, incluso náuseas. Eso es lo que algunas personas aseguran sentir como síntomas en el proceso de transición para el gobierno de López Obrador. Ciertos opinadores y ciudadanos no dejan de decir, por ejemplo, que hay ‘incertidumbre’ en los mercados, que la falta de liderazgo provoca confusión, que la indefinición tiene al país en la zozobra. Añoran el donaire experto de los especialistas, los que nunca preguntaban, los que cobraban lo que cobraban porque sabían lo que hacían, los que comparaban la economía con gripas y pulmonías o la política diplomática con enchiladas sin considerar a los miserables de las primeras o a los desplazados de las segundas crisis. Aquellos tecnócratas acostumbraron a varias generaciones a comprender que su docta decisión siempre era mejor para la gente sin necesidad de consultarla ni de explicarles nada, total ‘qué va a saber de macroeconomía la gente promedio’.

Y, de pronto, aparece una consulta ciudadana llena de problemas, errores, intereses, sesgos y demás dolencias para preguntar a la gente qué opina sobre viabilidad aeroportuaria. Es evidente que los expertos en consultas evidenciaron sus errores, los especialistas en leyes mostraron sus lagunas legales; y los expertos en aeronáutica, inversiones e infraestructura simplemente miran con recelo que la gente opine de algo que desconoce del todo.

Quizá tengan razón, pero creo que deben dar un paso atrás para tomar perspectiva sobre la consulta. En el fondo opino que lo último que importa de ella es el resultado; lo importante es el acto en sí. El cambio de actitud frente a la gobernanza. Personalmente nunca tuve opción y, sin embargo, creo importante que la ciudadanía debe darse siempre la oportunidad de dar muestras de actitud madura, responsable y cívica.

Y, a pesar de la oportunidad, qué despreciable espectáculo vimos los ciudadanos y los medios de comunicación cuando cotejamos a gente que votó varias veces en diferentes casillas. No están probando nada excepto su capacidad de engañar.

Es claro que las fallas de los sistemas de votación deben reducirse lo más posible; pero mientras exista el factor humano, todo sistema es falible. Creo que lo único positivo es el nivel de indignación y profunda conciencia que se gesta entre la gente, nos ayuda como ciudadanía a ser más exigentes, a dudar más, a desconfiar mejor. Así se obliga a los grupos de poder a adecuarse. El gran reto ahora es para el propio grupo de poder: porque si quiere hacer una nueva consulta en otro tema o si deja de consultar a la gente, igual la ciudadanía le reclamaría. Ya fuera por la falta de aprendizaje o por la falta de compromiso.

En su mejor expresión, los tecnócratas quieren mirar este ejercicio de consulta desde la eficiencia y verificación; pero los políticos ponen acento en el marco ético y moral. Yo no creo que el médico debe arrancar un dedo al paciente para verificar que sangra; basta un pinchazo en la punta de este. Todos los datos arrojan lo evidente: la consulta tiene miles de errores técnicos y políticos, obrar con malicia como un acto incorrecto más para ‘comprobar su vulnerabilidad’ es un acto agresivo, innecesario, gandalla decimos. No es experimentación, es dolo.

He ahí el verdadero triunfo de la consulta (y de lo que venga en el horizonte): la muerte de la tecnocracia. La vuelta de la política dura, el renacimiento de un estilo que busca, lucha, conserva o retoma el poder; el inefable poder.

@monroyfelipe