Abusos en la Iglesia, el nudo por desatar

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Dijo Orson Welles que, si deseamos tener un final feliz, eso dependerá del lugar donde detengamos la historia. Con el caso de los abusos sexuales cometidos por ministros o agentes de la Iglesia católica pasa algo semejante, el final de este terrible escándalo depende del sitio en el que pongamos la mirada.

A una semana de la cumbre mundial convocada por el papa Francisco en el Vaticano que reunirá a los presidentes de conferencias episcopales para abordar el tema de los abusos sexuales de la Iglesia católica; en México, el nudo dramático está aún lejos de haber sido resuelto.

Si bien es cierto que, en lo particular algunas diócesis mexicanas y congregaciones religiosas han realizado esfuerzos para atender, prevenir y resolver los casos de abuso sexual cometidos por miembros del clero; los mayores avances en esta materia se han dado en los últimos tres años y eso es lo que el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, lleva en su valija para compartir con sus homólogos en la cumbre.

Ya se cuenta con protocolos muy claros de actuación para obispos o superiores de congregación cuando un caso de estos les hace crisis en las manos; hay un organismo de protección al menor (el Centro de Investigación Interdisciplinar para la Protección del Menor, CEPROME); hay organismos católicos cuyo principal esfuerzo es prevenir este crimen y certificar que colegios e instituciones eclesiales sean “espacios libres de agresión y abuso”; se han logrado diálogos y encuentros con víctimas y defensores de víctimas de abuso sexual y; de lo más radical, se han puesto las condiciones para que la propia Conferencia asuma facultades de acción e intervención en aquellos obispados cuyas autoridades se vean rebasadas para dar sano seguimiento a estos actos criminales.

Es un avance, sin duda alguna, que finalmente el episcopado mexicano tenga una idea del tamaño del problema de abuso sexual en los márgenes de las instituciones católicas del país. Por primera vez, desde los primeros escándalos en México, una autoridad eclesiástica expone un escenario con datos concretos sobre el fenómeno: 152 sacerdotes suspendidos del ministerio desde 2010 por casos de pederastia.

Para las autoridades eclesiásticas, el conocimiento real del problema es una tarea indispensable; incluso el arzobispo Cabrera López deja entrever que en la próxima cumbre el papa Francisco podría solicitar a cada país un centro de información general de lo que sucede en sus diócesis.

En el pasado, sólo las organizaciones de abogados representantes de víctimas de abuso sexual presentaban estimados del número de ministros religiosos culpables de estos delitos; muchas veces mal integradas o con evidentes faltas. En 2005, por ejemplo, la Red de Sobrevivientes de Abusos cometidos por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) afirmó que había 40 curas acusados de abuso sexual refugiados en México y en 2010, incrementó su lista a 65 ministros.

Ha sido, no obstante, la cooperación de la Nunciatura apostólica dirigida por el italiano Franco Coppola la que ayudó a la CEM a tener los datos de los 152 sacerdotes suspendidos pues, la sanción canónica exige que cada caso pase por la nunciatura para ser enviado al Vaticano, tanto a la Congregación para el Clero como en la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se definen las sanciones de suspensión definitiva del ministerio a los sacerdotes hallados culpables de los delitos de abuso sexual.

Nos encontramos ante una apertura y transparencia inéditas tanto de la Nunciatura como de la Conferencia de Obispos. El propio arzobispo Cabrera López reafirma que la Iglesia católica tiene un deber con la sociedad para exponer con claridad cómo está el panorama real de abusos cometidos por sacerdotes.

Finalmente se ha desatado un gigantesco nudo de desconocimiento u ominoso silencio en la Iglesia católica mexicana sobre este terrible flagelo y, como apuntó Welles, podría ser un final satisfactorio si nos detenemos en este punto; sin embargo, el hilo narrativo ahora se extiende hacia otros complejos escenarios: ¿Qué sugerencias emitió la Nunciatura desde 2010 -por lo menos- a los obispos que suspendieron a sacerdotes por pederastia? ¿Cómo actuaron cada diócesis o congregación religiosa con los casos de abuso sexual? ¿En qué casos los culpables fueron llevados a la justicia civil, en cuáles no y por qué? ¿En qué casos se llegó a acuerdos económicos y cómo se ha procurado ‘reparar’ el daño a las víctimas? ¿Actuarán las diócesis mexicanas como lo han hecho episcopados en otras partes del mundo abriendo sus archivos al escrutinio público? ¿Cómo evitar el descrédito de aquellas iglesias particulares cuya actuación frente a estos casos fue, cuando menos, inhábil y, cuando más, cómplice?

Si nos detenemos justo detrás de los actos criminales poco podemos hacer para prevenir otras circunstancias futuras. Pero también se cae en el error cuando se detiene el relato en el momento en que la institución concreta protocolos anti-abusos, revela cifras y datos de agresiones, transparenta sus casos, reprende a sus victimarios o satisface las búsquedas de justicia solicitadas por las víctimas. Parece que todo se ha dicho y cumplido, pero corremos el riesgo de dejar todo en una compleja anécdota.

Lo mismo sucede en la sociedad. Quizá este largo y doloroso proceso para la Iglesia católica satisfaga en cierta medida la conciencia de la sociedad respecto a la cultura de abusos sexuales (la gran mayoría cometidos en el seno del hogar); pero si algo puede enseñar esta historia es que estos crímenes pueden decantar en más dolor o pueden construir en iluminación y crecimiento. Lo más importante no es quedarse en la atención de las crisis (que pueden ser más o menos cíclicas) sino en crear fuentes de formación y aprendizaje continuo, el establecimiento de medidas de prevención y de permanente evaluación y supervisión de los espacios de convivencia. Sí, de todos los espacios de convivencia social.

@monroyfelipe

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Venezuela, lectura desde la tragedia clásica

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Hay que dejar algo muy claro: Todo debate sobre la geopolítica internacional con motivo del clímax de la prolongada crisis política en Venezuela es inútil para el venezolano de a pie. Para el ciudadano común, el juego de fuerzas de intereses internacionales no busca dar resolución al largo proceso de descomposición social y económico, apenas son el corifeo yámbico que quiere encontrar ventaja de un entuerto político.

El pueblo no se encuentra en una disyuntiva entre elegir una u otra resolución sino en una singular oportunidad de reconocimiento profundo de su destino. En la estructura clásica de un drama griego se diría que Venezuela está en epitasis: la pruebas y tribulaciones del personaje central se edifican irremediablemente hacia la catástrofe.

La asunción de Juan Guaidó a la presidencia ‘en funciones’ del país bolivariano bajo el auspicio, venia y soporte de las fuerzas económicas, militares y diplomáticas norteamericanas marcó el final de un largo episodio de devastación social y degradación política provocado por el empecinamiento absolutista y mitómano del sucesor chavista, Nicolás Maduro.

A la distancia es difícil comprender del todo las penurias que debe pasar el pueblo venezolano pero es ingenuo pensar que los intereses de las fuerzas supranacionales sean sólo las nobles que expresan en sus campañas contra el régimen. Al igual que es ingenuo creer que los procesos electorales y la vida pública institucional de Venezuela, bajo el gobierno de Maduro, sirven a los deseos de las voluntades ciudadanas y no a los caprichos del poder. En síntesis: Hay abuso en un gobierno que mantiene en miseria a un pueblo y hay deseos de cambio de régimen que no tienen el menor interés de mejorar la condición de la población.

La decisión de la ya mayoritaria oposición venezolana de quemar las naves sucedió, para variar, en un difícil momento para el mandatario estadounidense en turno. Una clásica apelación a su papel de ‘policía del mundo’ cuando las dificultades se acrecientan dentro de sus fronteras. Bastó poner en pie de guerra al país de las barras y las estrellas con eslóganes ‘democratizadores’ para, por ejemplo, sacar al gobierno de un prolongado cierre de actividades, para dar margen de operación a un aseidado Donald Trump.

Como en otras crisis, en los próximos acontecimientos se intensificará la idea de que hay sólo dos personajes en la historia: Maduro contra Guaidó, las fuerzas imperialistas contra el escudo socialista, una parte del mundo contra otra parte del mundo. Hay reportes de una especie de campaña política ‘cuartel por cuartel’ que ambos bandos realizan para sumar aliados. Maduro fue al Fuerte Paramacay a visitar a sus tropas, mientras Guaidó repartió folletos a militares en Caracas.

En este juego maniqueo sorprendió la celeridad que se le exigió a los gobiernos de los diferentes pueblos del orbe para definir sus lealtades. En México, por ejemplo, la torpe (o tramposa) filtración de un subalterno de Relaciones Exteriores a las horas del pronunciamiento favorable a Guaidó de la OEA y los Estados Unidos, obligó a que las autoridades de cancillería emitieran un pronunciamiento formal.

Pero hay una tercera vía y un tercer personaje. El personaje es la sociedad venezolana y su camino es inagotable en creatividad. Por ello, aunque tibia, ha sido correcta la declaración del gobierno mexicano y otras naciones que apelan al diálogo. Bien por la neutralidad, débil en cuanto a su implicación discursiva a favor del tercer personaje.

En el fondo, el clímax narrativo de la crisis política debe alcanzar la anagnórisis poética, para comenzar el ansiado desenlace de la tragedia bolivariana. Maduro continuará su campaña sobre las tanquetas de su desgastado régimen al que le exige lealtad; Guaidó introducirá con la fuerza que le den sus aliados los cambios legislativos y económicos que lo catapulten al Palacio de Miraflores. Pero la sociedad venezolana está llamada a definir su peso en la historia, a salir del estásimo de su desgracia.

Con todo, hay que reconocer que cualquiera de los escenarios que ponga fin a esta prolongada crisis política en Venezuela no va a resolver ni atender de cerca la crisis humanitaria que ha desgastado literalmente el alma y el cuerpo del pueblo venezolano. En los barrios populares, como bien apuntan los audaces corresponsales, ya no hay ni chavismo ni madurismo pero tampoco gustan las palabras imperialismo ni injerencismo. Hay un orgulloso sentimiento de oposición, de resuelta voluntad por un cambio; lo demostrarán, parece indicar, esta semana durante la manifestación masiva que se convoca. Será una oportunidad para que Guaidó y Maduro confirmen su papel en el drama; no de protagonistas sino de facilitadores del personaje central, el pueblo, en ruta hacia su próximo ciclo trágico: la larga y penosa búsqueda del bienestar que les fue arrancado.

@monroyfelipe

Comunidad y espada

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Sólo en la virtualidad de las redes sociales pueden converger pensamientos tan extremos de especímenes humanos tan radicales. No es un descubrimiento. Desde la aparición de las redes sociales y el inmenso crecimiento de plataformas de información digital, hemos sido testigos de una encarnizada lucha de millares de personas por abrogarse la razón absoluta en una ‘realidad’ construida de ficciones.

Que esos usuarios construyan desde la ignorancia o la perversión un mundo virtual lleno de engaños y egoísmo nunca ha sido el problema porque, en principio, la libertad de dicho mundo también abre espacios de información real y conectividad humana; sin embargo, el drama consiste en que las estructuras falaces trascienden su espacio y adquieren corporeidad en la vida cotidiana.

El fenómeno de la falsedad digital que se convierte en realidad humana se ha enfocado en las noticias e incluso lleva el nombre de la información periodística (‘fake news’); pero el problema trasciende al periodismo. Es la ‘fake life’ de la que debemos preocuparnos.

Basta mirar los principales eventos de la semana: el clímax de la crisis política en Venezuela, las trágicas muertes del fenómeno del huachicoleo en México o el drama humanitario de las migraciones de la cintura americana; todos han sido evaluados y calificados por los usuarios de las plataformas digitales, prácticamente no hay opinión -por más absurda que sea- que no se haya vertido en el inmenso cuerpo de la red. Pero esa pulverización de opiniones no se queda en ese espacio, salta a la realidad con todas las fronteras de seguridad y certeza, con los muros de la convicción irracional y quizá hasta con la violencia del narcisismo.

Como consecuencia, presenciamos la disolución de la comunidad real humana. Y no es una exageración sino una descripción. Las comunidades reales -debilitadas por la modernidad líquida- son, en esta época, “las últimas reliquias de las antiguas utopías de la buena sociedad”, como apuntó Zygmunt Bauman. Este fenómeno es un tema recurrente en la reflexión de los filósofos contemporáneos porque toca y trastoca la experiencia y realidad de la comunidad humana.

Incluso el propio papa Francisco difundió su pensar en este tema en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019. Bergoglio parte de la idea de que, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el hombre no desea permanecer en su propia soledad, y reconoce que este ambiente mediático es tan omnipresente que “resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana”.

Como dos rostros en una inasible esfera, Francisco asegura que, si bien este ambiente abre una posibilidad extraordinaria de acceso al saber también reconoce que es uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente de los hechos. El pontífice critica que la identidad del mundo de las redes virtuales se basa “en la contraposición frente al otro” y propone al encuentro, la proximidad y al compañerismo como recursos de comunidad.

Es una mirada más compasiva a lo que sugiere el filósofo René Girard (“El nacimiento de la comunidad es primordialmente un acto de división”) pero lleva la carga de la acción y la radicalidad cristiana (“No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” Mt 10,34).

La espada o la división son la figuración de una acción, de la opción por no permanecer en la neutralidad, exige involucramiento, propone una renuncia a los intereses propios y puede incluso suponer no pocos sacrificios.

Aunque más lúgubre, incluso Bauman coincide: La utopía de la armonía en la comunidad humana puede estar reducida al tamaño del vecindario inmediato, es lo más lejos que pueden llegar nuestros esfuerzos y sacrificios; pero si esa comunidad humana es la última reliquia de las antiguas utopías hay que conmoverse porque aún sueña con una vida compartida, con mejores vecinos y mejores reglas de cohabitación.

Sólo así, las redes digitales, el inmenso ambiente mediático contemporáneo, no esclavizan ni atrapan; liberan cuando más de uno se implica, se compromete.

@monroyfelipe

Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe

Bandersnatch: La magnapresa de Black Mirror

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A nadie escapa que la empresa de entretenimiento Netflix ha modificado profunda y quizá irreversiblemente el panorama de consumo y comercialización de filmes, series y productos digitales audiovisuales. Pero es su propuesta conjunta de la serie ‘Black Mirror’ y su producto narrativo e interactivo ‘Bandersnatch’, lo que ha abierto un debate sobre las fronteras del consumo que social e individualmente hacemos de la cultura y el entretenimiento.

La traducción literal de Black Mirror (espejo negro) no alcanza a explicar la profundidad de la metáfora que los productores de la serie proponen: La pantalla de los dispositivos digitales audiovisuales personales es el oscuro espejo que traga nuestra persona, trastorna nuestras costumbres, principios y valores y esclaviza nuestros sentidos con experiencias que creemos únicas y liberadoras pero que representan un refinado cautiverio de la masa. Cada capítulo de Black Mirror es siempre la incómoda tragedia de la relación de la naturaleza humana con la tecnología y dispositivos de comunicación (reales o ficticios).

Por ello, para el primer producto interactivo conectado a este principio reflexivo, Black Mirror presentó el 28 de diciembre pasado ‘Bandersnatch’; un singular episodio en el que los espectadores construyen el drama mediante la elección. Las opciones van desde la aparente superficialidad hasta la angustiante irreversibilidad y todas, dentro de la experiencia, influyen de modo insospechable en la historia.

El término Bandersnatch es intraducible pero tiene origen en el alucinante poema ‘Jabberwocky’ de Lewis Carroll en su obra Alicia a través del espejo. Alicia encuentra el texto una vez que ha cruzado el espejo, se encuentra en el mundo reflejo de su realidad y el escrito sólo puede ser leído en el reflejo de donde ha surgido (¿o a donde se ha inmerso?). El poema dice que debe tener cuidado de “the frumious bandersnatch”.

‘Frumious’, se ha explicado, es neologismo de ‘furious’ (fiero) y ‘fuming’ (humeante); ‘bandersnatch’ es más críptico pero lingüistas como Gabriel López Giux afirman que proviene de ‘bander’ (bestia) y ‘snatch’ (atrapar). En concreto: el poema alerta, entre otras cosas, que Alicia deberá enfrentarse a una oscura bestia que no hace otra cosa que atrapar. Más tarde, Carroll reutiliza la figura en otro poema: “The hunting of the snark” y el Bandersnatch es esa creatura acosadora, veloz, agresiva e irracional que no se deja sobornar por las riquezas del banquero sino que, inmotivado, lo deja libre hasta que aquel pierde la cordura.

Las diferentes traducciones en español del ‘Bandersnatch’ de Carroll nos dan ligera idea de cómo nuestros hermanos de lengua han interpretado a este simbólico enemigo: “Negras mariposas”, “Valencida”, “Altanero halcón”, “Zumbabandanas”, “Zamarrajo”, “Tarascazo”, “Galimatazo”, “Agarraiteata”, “Baitezampa” y “Magnapresa”. En todo caso, ‘bandersnatch’ es un monstruo de cualidades invencibles. Esa es la magnapresa de Netflix y Black Mirror: Una bestia magnífica de la que es imposible zafarse.

Un dato curioso es que los teóricos de la complejidad de computación, Garey y Johnson, en su libro ‘Computación e Intratabilidad’ denominan “Problema del Bandersnatch” al conflicto de decisión entre la imposibilidad de construcción de un algoritmo eficiente y la imposibilidad de explicación de porqué no puede haber algoritmo suficientemente eficiente. Es decir, la bestia Bandersnatch de Black Mirror vive en una compleja zona gris de intratabilidad en las decisiones que los espectadores-usuarios van tomando en la historia.

Cada decisión del usuario-espectador en Black Mirror: Bandersnatch construye una historia alrededor del joven programador Stefan Butler quien desarrolla un ambicioso videojuego en los años ochenta. Sin embargo, la complejidad de los caminos en la historia no es en realidad la recompensa para el explorador; todo lo contrario, el problema es que no hay un algoritmo de decisiones que recompense en equidad a la glotonería del espectador-usuario sino sólo un doloroso y sutil veneno de insatisfacción.

En Black Mirror: Bandersnatch somos como Alicia, asechados por el abrumador monstruo de nuestras decisiones; suficientemente ingenuos e inconscientes como para arrojarnos en la negrura de nuestros dispositivos; solitarios y alegres calculadores del tedio a un paso siempre de la bestia Baitezampa; opulentos de bienes inservibles en un universo insondable.

@monroyfelipe

Páramos de inseguridad

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No hay empresa legal cuyo crecimiento sea realmente nocivo para México; pero cuando existe una explosión desmedida de ciertos negocios es evidencia de que existen graves fallas en el desarrollo del país en tres particulares áreas de la Nación: la educación, la salud y la seguridad. En México, si estos tres rubros crecen sin control en la iniciativa privada, significa que hay problemas más graves que su regulación.

Es el particular caso de la seguridad pública. Sabemos que la violencia y el crimen en México son un problema que no sorprende a nadie. Desde hace ya más de una década sumamos entre 60 y 80 homicidios dolosos diarios; en los mejores momentos registramos 53 y en los peores hemos llegado a 117 pero nos mantenemos en esos márgenes.

Esto nos ha colocado entre las posiciones 138 y 144 de las 163 naciones que revisa el Gobal Pax Index bajo una compleja metodología de bienestar, seguridad y procuración de justicia. Por su puesto, habitamos el vecindario oscuro e impune del ranking mundial,

Para los expertos en seguridad pública hay recomendaciones muy claras para los países en esas circunstancias. No sólo es inversión en armamento o en estructuras operativas; la sugerencia central pasa principalmente por fortalecer las responsabilidades de la participación ciudadana en y para la seguridad pública. Es decir, mientras la ciudadanía no esté involucrada en la seguridad con una cercana y permanente vigilancia, francamente no podrá haber una mejoría en los cuerpos de seguridad ni en la pacificación de la sociedad.

Las responsabilidades ciudadanas no sólo deben vigilar y condenar las tendencias a la corrupción que pueda haber al interior de las corporaciones policiacas sino dar seguimiento y tener conocimiento de las normativas, los alcances, abusos o limitaciones de dichas instituciones.

A todas luces, esa responsabilidad cívica ha sido una quimera en México. La sociedad se ha rendido y ha preferido contratar seguridad privada antes que confiar en la seguridad pública. En 1983 existía solamente una empresa de seguridad en el país y hoy hay más de 7 mil 500; más de la mitad no están en el Registro Nacional de Empresas de Seguridad y apenas el tres por ciento tienen certificaciones o evaluaciones profesionales sobre sus elementos de seguridad privada.

Hoy podemos voltear a casi cualquier espacio industrial, empresarial, de oficinas e incluso zonas habitacionales en el país y veremos a cuerpos de seguridad privada en también muy desconocidas circunstancias laborales. Es decir, incluso en los cuerpos privados de seguridad (aunque algunos de estos servicios tienen más elementos, más herramientas y más recursos que no pocos cuerpos policiacos municipales) también fallamos en conocer las verdaderas normativas, los alcances, abusos o limitaciones de estos negocios.

Y esto lleva a una reflexión final: En el primer día de trabajo del gobierno federal este 2019 se divulgó un video promocional que invita a los jóvenes mexicanos a enlistarse en la Guardia Nacional. Aún no hay ninguna normativa ni marcos legales de dicha agrupación pero es un hecho que no pocos jóvenes verán en ella una oportunidad para salir del tedio de no tener oportunidades de estudio o de trabajo.

Tener nuevos o diferentes cuerpos de seguridad en México jamás ha sido el problema, hay suficiente necesidad para integrar los más alucinantes proyectos de fuerza pública. El dilema constante es conocer los marcos legales y normativos, de operación y responsabilidades, de derechos humanos y de límites a las responsabilidades cívicas para vigilar el correcto funcionamiento de los mismos.

De esto se debería discutir en las próximas semanas. ¿Cuál debe ser el papel de la sociedad civil en la vigilancia de los cuerpos policiacos y de la seguridad ciudadana? Especialmente en la constitución de la Guardia Nacional del presidente López Obrador. Porque si la ciudadanía no tiene acceso, ni voz para vigilar y construir mejores instituciones públicas en el país, continuaremos en estos páramos de inseguridad e incertidumbre, detrás de lo que nuestro bolsillo pueda pagar para protegernos, inquietos porque también habremos de dudar del profesionalismo o de las lealtades de nuestro servicio privado.

@monroyfelipe

El noble valor de la crítica

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Hay un propósito -relativamente sencillo- que muy probablemente pocos incorporaron en sus rituales de noche vieja: el propósito de ser serenamente crítico con lo que ve, escucha o cree saber para el año que comienza.

La crítica no sólo será un privilegio de la inteligencia y la razón humanas, será un gesto de valentía, de coraje y de justa indignación; y tendrá un gran valor en el año. No sólo porque las comunicaciones populares están ya saturadas de falsedad y engaños; sino porque los espacios de convivencia humana comenzarán a parecer guetos de ficticia libertad donde las más alucinantes certezas son la droga o vacuna que mantiene en la pureza a legiones de radicales. Y todo, alimentado por los intereses de privilegios.

De inmediato nos viene a la mente, por ejemplo, la prolongada insistencia del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la construcción del muro fronterizo al punto de ‘cerrar’ el gobierno del país más poderoso del mundo para presionar a su congreso por dinero. Por supuesto, un muro es la representación más simple de la división, la separación y la protección, de encierro y de frontera; de miedo, sí, pero también de apropiación y de control; sin embargo, también hay otras acciones que representan los mismos problemas de aislamiento y necedad.

Son las acciones tiránicas o absolutistas, las certezas invulnerables e irrenunciables, la autoritaria superioridad, el rechazo a la crítica, el chovinismo patológico y, la más perniciosa, la simplificación polarizante. Todas estas actitudes, invariablemente, tienen dos caras y el engaño nos insiste en que una de ellas es la única correcta, la única pura o la única útil.

El engaño, pues, tendrá una privilegiada posición entre las irracionales búsquedas de hits o ‘likes’ en las redes sociales; entre la infinita desconfianza de las fuerzas políticas y fermentará entre la ignominia de los fanáticos, los aplaudidores a ultranza o los negadores sistemáticos.

Piense en el tema que usted quiera y encontrará radicales que se empeñen en hacernos ver que los problemas sólo tienen dos posiciones: ser aliados absolutos o enemigos irreconciliables. Allí tiene usted el origen de la mentira, del error o la falsedad.

Apuntó el genial Nicolás de Condorcet hace 300 años que “los errores, cuando nacen, no infectan más que a un pequeño número de hombres, pero, con el tiempo, el número de imbéciles aumenta” y explica: “Entre el momento en que esos errores alarman a los partidarios de los errores anteriores y el momento en que estos últimos desaparecen, en cada nación se forman dos partidos, y si es verdad que no siempre esos dos partidos dan lugar a una guerra, provocan continuas revueltas y acaban con la opresión de uno de ellos por el otro”.

¿Qué falsedades cree usted que unos u otros partidarios le han sabido vender? ¿Cuáles errores ha adoptado y defendido sistemáticamente? ¿En qué lugar se visualiza a usted mismo cuando piensa que está siendo crítico: desde alguno de los lados del muro o por encima de éste?

El ejercicio de la crítica será mucho más importante en los meses por venir que ser abierta oposición o formal adversario. La radicalidad sólo profundizará la hendidura del error. El propio Condorcet vaticina con tristeza que sin la crítica serena se abre la puerta a un riesgo enorme porque “es imposible que, quien establece errores que él mismo considera inocentes, prevea cuántas extravagancias funestas y monstruosas saldrán a la luz en el futuro a partir de la semilla fatal que sembró”.

@monroyfelipe

Accidente sobre la realidad

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Entre todos los enigmas del desastre aéreo poblano hay una evidencia irrefutable: el estéril páramo miserable donde impactó el helicóptero particular en el que la pareja de gobernadores viajaba hacia la Ciudad de México en plena víspera navideña. Sobre esa polvorienta y ajada tierra hay más que una ironía sardónica del trágico destino de la cuasi monárquica clase política.

Dejemos a los especuladores y a los fantasiosos hacer historias infames sobre los supuestos intereses detrás de la muerte de los políticos panistas, dejemos a los carroñeros de la tragedia levantar estratagemas políticas sobre los cadáveres y miremos lo que siempre se omite: el ominoso abandono del campo mexicano.

No importa cuántos discursos triunfalistas sobre el desarrollo económico del estado se hayan vertido en campañas o en informes de gobierno, la realidad del campo mexicano se evidencia en las imágenes de la aeronave de los gobernadores rota sobre un marchito maizal y los fuegos del siniestro apagados a brazadas de tierra suelta que humildes campesinos echaron.

En agosto pasado, el Foro Estatal Campesino en Puebla reclamó que las políticas públicas de los últimos siete gobiernos locales habían provocado sólo “hambre, abandono e injusticia” en las zonas rurales poblanas; se dijo que el morenovallismo mostró indolencia ante las necesidades del campo y sus campesinos; y el Movimiento Nacional Play de Ayala Siglo XXI aseguró que de las 300 mil unidades rurales sólo el 5% son productivas y rentables.

Prácticamente no hay analista local que no señale que la gestión, regencia y dinastía morenovallista en Puebla se centró en obras urbanas, faraónicas y de relumbrón enfocadas en su proyecto rumbo a la silla presidencial. En el quinto informe de gobierno de Rafael Moreno Valle, por ejemplo, se presume una capacitación para 833 productores del campo, que el Programa Integral de Desarrollo Rural dio “asesoría técnica” a 6 mil personas con un costo de 32 millones 833 mil pesos (5 mil 500 pesos por asesorado) y que se entregaron mil 339 motocultores (tractores de un eje manejados a pie por el campesino).

En los informes de apoyos al campo, Santa María Corolango (el municipio donde cayó el helicóptero) con el 40% de su territorio con capacidad agrícola o ganadera no aparece en los reportes. Y las imágenes que han dado vuelta al mundo de la tragedia lo comprueban.

La ascendente, meteórica y fulgurante carrera política de Rafael Moreno Valle y Martha Erika Alonso cesó en la trágica ironía de su privilegiada clase y posición; cayeron del empíreo al yermo donde pacen los olvidados y, de sus manos toscas y desnudas, les fueron apagando las ascuas de su siniestro.

Ya han comenzado los peritajes e investigaciones para intentar explicar el terrible desastre aéreo y se han realizado los actos fúnebres propios de la fatalidad. Por desgracia, se dice que en la política nada sucede por accidente y que, incluso los auténticos azares, despiertan oscuras motivaciones. Solía decir la periodista británica Sue Townsend: “Ahora hay que ver quién saca ventaja manteniendo a los cadáveres bailando”.

En esto consisten los accidentes sobre la realidad: ahí donde el humanismo llora la tragedia, la política aguza el interés de su revancha.

@monroyfelipe

Cine: ROMA, esperpento cuaronesco

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Alfonso Cuarón (México, 1961) es un cineasta fascinante y difícil. Prácticamente no hay filme dirigido por él que no ofrezca capas narrativas subyacentes, pliegues de historias abiertas al juego de la interpretación: una comedia romántica que explora los matices del engaño, una road movie adolescente que habla de una crítica política, un thriller distópico que es una oda a la vida humana, la tropical reversión sonora y visual de un clásico literario europeo o una aventura espacial que explica la inevitabilidad del diálogo en el duelo y la “gravedad de la pesadumbre”.

Con Roma (2018), Cuarón no hace una excepción: Es un esperpento cinematográfico (esperpento a lo Valle Inclán) que parece hablar del drama de dos mujeres sometidas a los pesos de una sociedad convulsa pero que celebra la memoria casi documental de una ciudad que ofrece los últimos estertores de su existencia.

Roma es una epopeya de heroísmo silente; un drama con diálogos inconexos; es un homenaje íntimo. Un esperpento que celebra las deformidades de una historia alojada en la memoria. Pero como apuntaba Azorín: “La deformación deja de serlo cuando está sujeta a la matemática perfecta”; y Cuarón nos ofrece esa matemática perfecta, una técnica pulimentada y una estética audiovisual que conforman belleza en rincones mutilados del trabajo, el servicio, el amor, la ternura, el abandono, la inasible expectativa.

Al estilo esperpéntico, Roma es el reflejo dramatizado de la Ciudad de México y sus periferias en la década de los setenta; pero distorsionado en la justa proporción para despertar una falsa memoria disfrazada de nostalgia, una intimidad distanciante y una narrativa que -más que expresarse- se intuye.

Pero si los esperpentos valleinclanescos son reflejos distorsionados en espejos torcidos, Roma es un reflejo sobre cuerpos de líquido turbio: el agua jabonosa, el granizo, el pulque, las charcas (todas las charcas), la sangre y, por supuesto, el revuelto mar.

En contraposición, la ausencia del agua es la literalidad de la fábula: el patio sisífico, el áspero humo del cine, el páramo agreste, la habitación impersonal, la ciudad indiferente, las piedras y balas, el hospital mecanicista. La realidad, la premonitoria tragedia, es un incendio que el agua no logra vencer, concluye hasta que consume todo lo que toca; es el cántaro roto capaz de rearmarse, pero impedido de recuperar su contenido.

En esto, Roma es ‘La tierra baldía’ de Cuarón (de hecho, lo sugiere con las palabras finales de los créditos que son las mismas del inmortal poema de T.S. Eliot), una construcción poética en varias lenguas, un ensayo narrativo con guiños a otros cineastas (se deja entrever ‘Reconstruction’ de Christoffer Boe) o a sus obras previas, un desahogo profesional sobre la historia personal y crisis existencial que forjaron sus valores, sus orígenes y anhelos en su infancia: “Cuando yo era grande, tú estabas ahí, pero eras otra”.

Roma es una obra para reflejarse, es un juego a la memoria con sonidos preclaros de la identidad capitalina. El filme de Cuarón es un impecable documento visual que recrea márgenes del pasado. pero también un testimonio sonoro inagotable. Es la reconstrucción de una compartida complejidad cultural mexicana de la que, incluso ahora e inconscientemente, somos deudores.

Y, sin embargo, Roma es un filme simbólico, lleno de conceptos y contextos para descubrir: una calavera que baila mientras otros se hacen los muertos, un rescate social que es una trampa esclavizante, una presencia que duele más que la ausencia, un auto que no va a ninguna parte, una fortaleza que se derrumba, una ensoñación que descubre una realidad. Es, en síntesis, la realidad de una metáfora.

Roma es una audacia cinematográfica en toda la extensión de la palabra; sin intentar complacer, inquieta profundamente, por ello lleva acumulados 77 premios de las 89 nominaciones y se perfila a ganar muchos más. Todo esto, a pesar del frontal desafío a la industria cinematográfica: de la rebeldía ante los mecanismos de distribución y proyección o la construcción de ídolos cinematográficos (indiscutible el papel de Yalitza Aparicio, auténtica).

@monroyfelipe

Cuando los poderes se enfrentan en una República

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En los relatos de las guerras púnicas, Tito Livio expone el diferendo que los jueces de Cártago tuvieron con el estratega militar y jefe magistrado electo Aníbal hace 2 mil 200 años. El historiador refiere que el general acusó públicamente a los jueces “cuya demasiada soberbia y riquezas eran tan desordenadas que, por causa de ellas menospreciaban las mismas leyes”.

Las palabras de Tito Livio son casi poéticas: “Luego consideró Aníbal que eran muy gratas en los oídos de todos estas palabras y que, con callados pensamientos y ánimos, favorecía todo el pueblo a esta acusación que era justa y verdadera. Y, que los que eran en la República de la más baja condición, eran por extremo agraviados por la soberbia de estos jueces”.

Con el respaldo popular, el general Aníbal promovió dos decisiones que afectaron a los jueces de la época. La primera, que los jueces no podían permanecer a perpetuidad en sus cargos como se estilaba; y, segundo, que las deudas se pagarían del control de la renta pública porque hasta el momento “las rentas públicas que [los jueces y aristócratas] consumían y destruían sin provecho ninguno, parte por la negligencia y parte por los robos y rapiñas, los aplicaban a sí mismos como si fueran bienes particulares”.

“Pronunció en la congregación de todo el pueblo que, con los dineros que restaban y sin demandar nada de los particulares, la República era harto rica para pagar… Entonces, aquellos que habían sido sustentados muchos años con el robo de las rentas públicas, así como si les hubieran quitados sus propios bienes y no sacado de sus manos por fuerza el robo público, concibieron grave odio contra Aníbal y procuraban de provocar la indignación de los Romanos contra él, y buscando causas de odio los instigaban a que le tuviesen por nuevo enemigo”.

En este 2018, pleno siglo XXI, el diferendo que mantiene en tensión al presidente de la República con jueces, magistrados y ministros del poder judicial no es muy diferente del que tuvo Aníbal con el senado y los jueces cartagineses. Aníbal aprovechó su poderío y popularidad para evidenciar que la administración de la República no sólo era corrupta sino injusta; y sus decisiones en efecto lograron recaudar fondos para saldar las deudas del gobierno sin afectar a “los de más baja condición”; aunque sí afectó a muchos intereses.

En el fondo, lo que no podemos permitirnos en el México de la cuarta transformación sería olvidar la independencia y autonomía de los poderes de la federación. Es un principio republicano imperioso para la democracia y el bien general; y por ello debe explicarse con claridad para que se arraigue en la convicción popular.

Pero hay que reconocer que, por desgracia, el poder judicial en México representa a las instituciones más lejanas, desconocidas y opacas al conocimiento popular. No hay cómo defenderlas cuando se les conoce más por su “politización de la justicia” o la “judicialización de la política” que por el servicio institucional de la justicia; cuando la petición de transparencia del uso de recursos parece que no los alcanza de la misma manera que se exige al ejecutivo o al legislativo; cuando el nepotismo y el influyentismo han logrado construir imperios y linajes judiciales en las altas esferas del poder; cuando las interpretaciones de la ley ante las controversias que deben resolver parecen inclinarse más por intereses personales o ideológicos que por el bien máximo de la sociedad.

En conclusión, magistrados y ministros que defienden -con razón- la autonomía del poder judicial para evitar caer en absolutismo del poder presidencial; están obligados a lograr que el pueblo raso comprenda el valor de la justicia, la honestidad y hasta el sacrificio del servicio público que dan en bien de la nación. Es un camino que exige señales muy claras de transformación profunda del poder judicial: sin corrupción, sin politización de la justicia, sin privilegios y sin falsas vanaglorias. De lo contrario nadie creerá los argumentos que no estén soportados en lo evidente.

Por supuesto, hay otro camino, los jueces de Cártago, por ejemplo, conspiraron con Roma contra Aníbal y lograron el autoexilio del general. Esto representó el principio del fin de Cártago como potencia en la región, se sometió a las condiciones, al desprecio y al hostigamiento del imperio romano. El relato de esta ilustre sociedad termina así: “La ciudad fue arrasada y su población exterminada, los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos”.

Es un complejo escenario para el país, máxime porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación debe incorporar a un nuevo ministro de la terna enviada por López Obrador y también debe elegir un nuevo presidente apenas iniciando enero. El diferendo de lectura política y legal entre el poder ejecutivo y el poder judicial en México no es cosa menor, hay muchos intereses en juego y grupos de poder que esperan que esta confrontación debilite a las instituciones y los poderes de la federación. Roma se frotó las manos al ver que Cártago perdía unidad, ¿quiénes estarán en la misma posición mientras miran a nuestro estado mexicano?

@monroyfelipe