Lecciones económicas un cachito a la vez

Entre las lecciones administrativas para príncipes se encuentra el básico manejo de la economía. El sabio Kautlilya propone: “El tesorero general sabio conducirá el trabajo de colección de ingresos gubernamentales aumentado el ingreso y disminuyendo el gasto”.

La lección es simple, en lo concerniente a las finanzas de un pueblo, es indispensable subir la recaudación y reducir los gastos. No hay más. Claro, las medidas para que esto ocurra dependen más de la creatividad y del buen trabajo que de la precisión del manual. El príncipe debe apoyar la prosperidad pública, favorecer la recompensa de quienes observen buena conducta, capturar a los ladrones, prescindir del servicio de demasiados oficiales de gobierno y disminuir la remisión de impuestos; también debe ser responsable para enfrentar situaciones fuera de sus manos como las calamidades.

Ahora vayamos al caso de México. La administración pública de la nación es de una complejidad tremenda; además, las dinámicas financieras y los modelos económicos contemporáneos han construido un inmenso andamiaje parecido a un embrollo de finos tensores cuyos intérpretes parecen utilizar más metáforas que datos para explicar crecimiento y desarrollo, o las devaluaciones, recesiones y crisis.

Y en medio de todo esto, el presidente López Obrador decide sin escrúpulo alguno simplificar el extenso embrollo en binario mediático y ejecutivo: si hay sospecha de corrupción, se erradica todo el sistema; si hace falta dinero, hay que recaudarlo con urgencia; si hay deudas, hay que perdonarlas.

Sin embargo, esta simplificación carga contra la evaluación del gobierno y, lo peor, puede afectar a los gobernados. Erradicar los sistemas que se presumen corruptos ha implicado – ¡Vaya paradoja! – afectar a contribuyentes e inocentes al detener las dinámicas preexistentes; las creativas recaudaciones (la metáfora de la “Rifa del avión” es la cumbre de esta medida) generan compromisos indecibles que invariablemente maniatarán al gobierno; y, como apunta bien el refrán: Aunque las deudas hayan sido indultadas, siguen sin ser pagadas.

Muchos analistas ofrecen agudos malabares mentales para intentar comprender por qué los grandes empresarios mexicanos aceptaron la invitación del presidente López Obrador a comprometerse en la compra de cachitos de lotería con los que se rifará parte de un fondo proveniente de la recuperación de un fraude empresarial contra el Estado y cuya recaudación serviría para dotar de recursos frescos a la asistencia sanitaria en México.

Quienes están enojados, son ambiciosos o están alarmados, así como aquellos que desprecian al gobierno en turno aseguran que el acto fue una vil extorsión, que la administración impuso su ley y sometió los empresarios; aseguran que AMLO extendió su diestra para recibirlos y en su mano izquierda enarboló el garrote de la amenaza. O también tienen otra teoría: los empresarios que muestren mayor sumisión al gobierno recibirán recompensas mayúsculas e inmediatas.

Sin embargo, hay una opinión intermedia: Así se construyen las alianzas. No todo se trata de presión o cohecho. También existe la negociación de alianzas de mutuo interés. La característica definitoria de un aliado del gobernante es proveer asistencia al gobierno; es decir, un aliado reconoce la necesidad del gobierno y sabe cuál es el valor de sus propios recursos en esa alianza.

Con todo, hay que tener cuidado en esta lectura porque el manual recomienda al rey tener muchos aliados que reciban pequeños beneficios de manera constante en lugar de tener un puñado de aliados que gocen de grandes beneficios de golpe. López Obrador comprende bien esta lección y de ahí nacen los programas que apoyan en pequeñas cantidades, pero de manera regular, a amplios sectores sociales.

Pero lo ocurrido en la ya histórica “Cena de Tamales de Chipilín” es un cambio en el escenario de las alianzas. Según el presidente, 75 empresarios aportaron mil 500 millones de pesos para una necesidad del gobierno en salud pública. En teoría cada empresario habría aportado libremente 20 millones de pesos (un profesionista promedio en México tardaría 50 años en juntar ese monto) pero ese tipo de auxilio ofrecido al gobierno tiene un riesgo y en esto también hay una lección para López Obrador: “Aquellos que gozan de grandes e inmediatos beneficios huirán cuando puedan por el temor de tener que dar su apoyo al gobierno o, cuando lo den, intentarán recuperarlo a toda costa”.

Concluyo con la última reflexión sobre las alianzas entre los gobernantes y sus aliados: “Aquellos que reciban pequeños y constantes beneficios proveerán pequeños apoyos de manera regular al gobierno que, en largos periodos de tiempo, sumarán más que los que puedan dar grandes aliados”. Es decir, quizá no sea mala idea volver a una economía de cachitos y no a una economía de grandes tiburones. Es decir, que el gobierno y los empresarios buscasen una alianza con la ciudadanía o los trabajadores; en este caso no ha sucedido, así que será más difícil lograrlo en el futuro.

@monroyfelipe

Narrar, que somos historias

Vivimos en una época donde se sugiere que los relatos deben ir siempre revestidos. En innumerables reuniones editoriales y de expertos en comunicación se habla del vehículo en el que se transporta una historia, pero suele dejarse de lado la historia en sí. El ‘cómo’ se privilegia por encima del ‘qué’. Hoy, prácticamente nadie quiere contar historias sin antes maquillarlas, sin producirlas, sin parafernalia o aditamentos audiovisuales. Pero las historias, las buenas historias, guardan un potencial inmenso, profundo y trascendental, conmovedor y dinamizante; no requieren más que el libre acto de compartirse y entregarse para transformar vidas y conciencias.

Pareciera que estas buenas historias tendrían que ser escasas o excepcionales, pero no. Son abundantes, aunque no por ello dejan de ser extraordinarias ni sencillas de extraer. La narración de la vida, de la vida humana -de cada vida humana-, es una fuente de riqueza indesdeñable que requiere un honesto esfuerzo para explorarla.

Esto es lo que está en el fondo del mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales de este 2020:  la narración humana habla del mundo, de la realidad, de la belleza y la verdad, habla de los acontecimientos que tejen la larga andadura de los pueblos por la costra de la Tierra; pero también expresa las ensoñaciones de las mentes inquietas de la raza humana, su creatividad infinita, la mirada hambrienta de horizontes que trasgreden las aparentes barreras de la realidad.

Pero ¿qué sucede cuando esos relatos se maquillan al absurdo, cuando se imponen filtros que falsean la verdad, cuando los empaques son más brillantes que el contenido o cuando una terrible idea es envuelta en una dulce ficción? El inmortal Aristóteles, en su Arte Poética, apuntó que la esencia narratoria carece de música, representación o aparato; aseguraba que la historia se podía compartir recitada, representada e incluso cantada pero que su esencia permanecía indemne.

Es una obligación -y además un privilegio- encontrarse con esa esencia. Aristóteles la describe como ‘anagnórisis’ o reconocimiento. En las tragedias griegas, después de las peripecias del protagonista, llega el momento de la revelación y el reconocimiento; el personaje descubre información vital de su identidad, de sus seres amados o de su pueblo. Disuelta la farsa y superada la capa de la superficialidad es posible revelar y reconocerse; revelar lo esencial y reconocerse a sí mismo. En nuestro contexto, más allá de los chismes y las habladurías, de la falsedad y los discursos o proclamas triviales y falsamente persuasivos-diría el papa Francisco-, hay una verdad que vale la pena ser revelada y en la que es importante reconocernos todos.

¿Pero somos hoy capaces de revelar la esencia de las historias detrás de las máscaras o de reconocernos en las historias para avanzar hacia la verdad?  ¿Cómo lucen en la actualidad los farsantes y cómo logramos despojarnos de los adornos que la mercadotecnia y la imagen nos han vendido? ¿Cómo limpiarnos los filtros que nos impiden acercarnos realmente, que nos narcotizan el amor al prójimo? La respuesta es simple, pero no sencilla: narrando.

Es necesario narrar quiénes somos y escuchar los relatos de los demás; reconocer la esencia de lo que somos más allá de lo que tenemos, poseemos o consumimos, reencontrarnos con las raíces compartidas de la humanidad y con la amplia mirada de nuestra inigualable y efímera existencia en el universo.

A las personas les gustan las historias porque -como apunta el pontífice- en todo gran relato entra en juego el nuestro. No hay esencia humana ni ruta trágica que nos sea ajena, como tampoco hay naturaleza trascendente ni acto de compasión que nos sea imposible. Todo ello es parte de nuestra propia narratoria y, aunque se nos despoje de todo lo contingente o circunstancial, manifiesta la verdad, la belleza y la bondad de nuestra identidad. Compartir la propia y recibir la oportunidad de encontrar la próxima, configura la realidad.

@monroyfelipe

‘Parásitos’, ateridos en la escala inhumana

No hay duda: el cineasta Joon Ho Bong (Corea del Sur, 1969) ha realizado una obra maestra con Parasite (2019), se trata de un relato crudo y simbólico, ricamente narrativo y audazmente metafórico, íntimo y universal. Es el tipo de filme que, mientras más se dialoga más emergen lecturas y realidades que suelen ser difíciles de desentrañar del modelo económico y social dominante.

Resulta imposible hacer una apreciación ligera del filme de Bong, porque se trata de una compleja declaración filosófica. Es producto de una brillante amalgama entre la sensible mirada sobre las sutiles dinámicas sociales de la economía global y un desalmado relato que estremece tanto por su perfección técnica como por su inteligente narrativa (el montaje del primer acto es pura genialidad).

Parásitos cuenta la historia de la familia Kim que sobrevive en los barrios periféricos soportando la inmundicia que descargan los intoxicados por los excesos (su hogar suele ser rincón donde orinan los borrachos, aunque es una metáfora que se descubre más adelante) y se encuentran sujetos a esa angustiante asfixia que causa la pobreza a pesar de los intentos que hacen por mejorar su situación económica (este ahogamiento se simboliza desde el pesticida o las aguas negras hasta el indefinible aroma de su clase social).

Por una cuestión del azar, el hijo mayor recibe, junto a una roca de colección que sirve como metáfora del vehículo de la tragedia, la oportunidad de reemplazar a su amigo como tutor de inglés en una familia altamente privilegiada de la ciudad. Sin embargo, para ser maestro de la hija del rico matrimonio de los Park, el chico debe mentir sobre su condición y estatus.

El joven Ki-Woo entrará en contacto con la familia Park y descubrirá pronto las rendijas por las cuales su hermana, su padre y su madre pueden entrar a trabajar en la pudiente residencia (aunque algunos de los trabajos sean sólo ficciones de la ingenuidad y la necesidad de estatus de los Park, como la ‘Terapeuta de arte’). Por supuesto, los métodos para lograrlo están lejos de ser honestos y en ello se entiende que los parásitos son esta desvergonzada familia. Sin embargo, pronto se descubre que ellos no son los únicos parásitos en la historia y que la familia Park, en la cumbre de su privilegio, es la peor expresión de la vida parasitaria de las economías contemporáneas.

Con todo, Parásitos no es una historia de las tensiones entre los extremos de la sociedad capitalista, es una cruda representación sobre las despiadadas luchas entre los pobres y los miserables; entre la esclavizada clase trabajadora que jamás alcanzará ni un fragmento del bienestar de la clase pudiente (por cierto, el nombre de la canción de Parasite es ‘564’, que corresponde a los años que necesita trabajar la clase baja para adquirir una casa como la de los Park) y la alienada clase casi menesterosa, lumpenproletariado moderno, que deifica al millonario por las sobras que derrama indiferente desde el empíreo de su opulencia hasta el sótano de la indigencias invisibles.

Parásitos es un filme lleno de símbolos y alegorías que giran en torno a los peldaños de la bonanza y la estrechez: La residencia de los Park se encuentra en la cima de una colina soleada y espaciosa; mientras la casa de los Kim se ubica en la penumbra hacinada, en el punto más bajo de los cinturones de miseria propios de las grandes urbes. Los Kim emergen momentáneamente de su hogar semisubterráneo para descubrir con repugnancia -debido a su efímera e ilusoria prosperidad- que hay miserias aún más profundas, perturbadas y lastimosas; pero están obligados a descender como por los círculos de los infiernos hacia la ciénaga putrefacta de su tragedia, provocada -quién lo diría- por los efectos del hiperconsumismo y la cultura del descarte que ellos mismos anhelan gozar.

Bong ha creado un filme en el que la escala de las clases y posiciones sociales supera discursos de prosperidad y oportunidad. La primera ya no se alcanza por la vía del esfuerzo y la segunda ya no concreta en derechos y posesiones. Para Bong, en la escalera del inhumano capitalismo, el desprecio por el trabajo físico va de la mano de la embriaguez de las efímeras prebendas y la posición económica determina infalible el grado de la tragedia, la profundidad de las lesiones. Pero el filme también revela cómo la violencia descomunal y salvaje tiende a brotar desde los oscuros cimientos de la sociedad para verter toda su carga de rencor, miedo e ignorancia sobre la brillantez de un inopinado día. La historia es, en fin, la cruda declaración de la muerte de la ‘movilidad social’.

Parásitos es una profusa parábola que requiere ser deconstruida en cada gesto y elemento porque en el agua y la luz, la sombra o desagüe, el ascenso y el descenso, lo visible y lo invisible, se entienden las sutilezas del discurso. Como con la roca gongshi que es el verdadero percutor del drama; no sólo es un regalo extraño e inapropiado, es metáfora del bienestar deseado, es ofrenda que se hace esperanza, pero también tormento; es el símbolo de lo correcto y lo justo, y también vehículo que aniquila la paz, el orden y la vida.

@monroyfelipe

Cine: Los dos papas, alegoría en búsqueda de unidad

En estas épocas de hipersensibilidad hay que comenzar remarcando que The two popes (2019) es una comedia ficticia basada en hipotéticos acontecimientos donde dos personajes de la realidad son más bien mal comprendidos. Es decir, para quienes no tienen ningún conocimiento sobre la Iglesia católica (quizá excepto sus perfiles mediatizados), el filme no aporta juicio real sobre la compleja institución en su más alta jerarquía; y, por el otro lado, nadie que realmente participe en ella o la conozca en sus dinámicas podría molestarse por las faltas de veracidad o justicia porque es un filme a todas luces figurativo y no biográfico ni histórico.

En Los dos papas escuchamos más bien la voz de su sensible director Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, 2002) y, principalmente, del laureado guionista Anthony McCarten, quien es conocido por joyas narrativas de reinterpretaciones biográficas como Las horas más oscuras (Winston Churchill), La teoría del todo (Stephen Hawking) y Bohemian Rhapsody (Freddy Mercury).

McCarten compila la investigación de los personajes centrales Joseph Ratzinger/Benedicto XVI y Jorge Mario Bergoglio/Francisco para colocarlos en hipotéticos encuentros tras la muerte del papa Juan Pablo II y en las vísperas de la histórica renuncia del primero. Pero allí donde Meirelles acierta (elegantes secuencias de los cardenales en cónclave o la pequeñez humana en medio de los aparentemente eternos salones, patios y jardines pontificios), McCarten yerra al proporcionarle al director varios diálogos cargados de intencionalidad maniquea y figuraciones prejuiciosas sobre lo que evidentemente desconoce.

Nuevamente, eso no importa porque el filme no pretende reflejar la realidad sino interpretar algo que, desde fuera de la Iglesia católica parece verse como una gran brecha entre el conservadurismo disciplinar y el liberalismo tolerante en la Iglesia católica. Y allí está el verdadero interés de esta producción cuya banda sonora nos insiste en la jocosa morfología de este cuento extraordinario.

Al aprovechar el indudable talento histriónico de Anthony Hopkins como Benedicto XVI y el gran trabajo de Jonathan Pryce al encarnar al cardenal Bergoglio, Meirelles construye una compleja alegoría sobre cómo el mundo contempla a la Iglesia católica mar adentro del siglo que vivimos. Más que intentar responder quiénes son estos dos hombres, explora cuáles son las respuestas que millones de católicos alrededor del mundo esperan de uno y de otro.

Los pontífices Benedicto XVI y Francisco son ya las dos plantas sobre las que el cuerpo de la Iglesia católica ha de asentarse e involucrarse en el siglo XXI y, para el director -como quizá para muchos creyentes y no creyentes- parece inverosímil que haya lecturas tan discordantes entrambos.

Quizá por eso trastoca la historia y crea la oportunidad de un encuentro, de un diálogo en el que se exploren las razones entre la seguridad de la rigidez dogmática y el riesgo de la flexibilidad humanitaria. Los dos papas es una alegoría en búsqueda de unidad -algo difícil de encontrar por estos días incluso en la Iglesia-, y es la apuesta por un encuentro, improbable, pero dolorosamente necesario entre ratzingerianos y bergoglianos.

La sensibilidad de Meirelles y el catolicismo no practicante de McCarten ofrecen -quizá involuntariamente- una peculiar lectura sobre el debate más complejo en la Iglesia católica contemporánea. Se encuentra en el momento resolutivo de este ficticio encuentro, sucede después de que ambos personajes confiesan sus personales errores que cometieron y, tras comprenderse mutuamente, Bergoglio utiliza una frase apócrifa de Caritas in veritate, la encíclica de Benedicto XVI: “La verdad quizás sea vital, pero sin amor es insoportable”. En realidad, el citado documento expresa: “Las exigencias del amor no contradicen las de la razón” (CV, 30), aunque tiene todo el sentido la tensa reinterpretación: porque el filme tiene oportunidad de ser alegoría; pero la realidad, no.

@monroyfelipe

Presidente expuesto

Quienes juegan ajedrez saben que un rey expuesto en el tablero agita los pensamientos tanto como los ánimos. Es una situación tensa, que puede ser altamente provechosa para quien amenaza; y sumamente desafiante para quien debe encontrar la mejor estrategia de protegerse y voltear la jugada.

Valga la analogía para intentar explicar los positivos y los riesgos del presidente López Obrador de exponerse en el espacio público. Más allá de si las conferencias matutinas son verdadera ágora donde los periodistas pueden (o no) ejercer a conciencia su oficio; es claro que el presidente se expone permanentemente al juicio de aliados y opositores.

Por supuesto, hay un nivel de exposición que conocemos bien en las conferencias matutinas. No toca juzgar a los asistentes acreditados como periodistas porque ha sido claro que algunos acuden con auténtico respeto al oficio y otros se presentan con expectativas meramente mercadológicas. La evaluación es para el titular del ejecutivo por tres razones: por la preparación de la información, por la veracidad de lo divulgado y por la credibilidad de las respuestas a pie de atril.

En este primer año, López Obrador ha recibido una calificación negativa en dos de tres rubros. Uno, en no pocas ocasiones el presidente ha tenido que ‘pasar’ preguntas con la promesa de abordarlas al día siguiente, lo que evidencia falta de información; y dos, según los reportes de verificación de datos, López Obrador ha sido inexacto (o flagrantemente falaz) en más del 60% de sus afirmaciones.

Sin embargo, en el último aspecto (credibilidad), el presidente no ha perdido tantos puntos como se esperaría. Ya en el poder, López Obrador mantuvo alto su nivel de credibilidad en los primeros seis meses de gobierno; y de allí en adelante, la tendencia ha sido discretamente a la baja. Aunque incluso hay encuestas que apuntan que su credibilidad creció entre ciertos sectores.

Este escenario no es una contradicción. Es resultado de la exposición presidencial que mantiene al ejecutivo en la opinión pública más un elemento que se suele despreciar en aras de la eficiencia administrativa: el contenido. Esa es la razón detrás de la publicación del libro “Hacia una economía moral” de López Obrador y de los tres largos informes de gobierno en menos de un año.

En el fondo, el contenido de ‘Hacia una economía moral’ no es secundario; aunque en él haya mucho de historia y política pública pero poco sobre economía o de filosofía moral. Lo importante es que exista esa ventana para establecer un diálogo (receptivo o crítico) con las ideas del presidente.

Y esto es relevante porque la exposición de López Obrador no es vacua. Explico. La exposición del presidente por sí sola es puro riesgo y vanidad; y cuando sólo se centra en las formas o el estilo es frívola. Pero, si hay contenido, la exposición sobrevive; resiste tanto como lo exija cada relectura. Y ese es el papel del contenido en el libro presidente.

Dejo a los expertos juzgar lo certero o irreal de las ideas de economía moral expresadas por López Obrador en su libro; pero es un hecho que en ese contenido se juega su credibilidad. Insisto, no porque sea correcto o brillante, sino porque a sus aliados les ofrece argumentos narrativos y a sus adversarios oportunidades de crítica.

Para López Obrador, dirigir la nación implica exponerse y expresarse. No es nueva la idea, la dijo Benjamín Franklin: “Escribe algo digno de leer o haz algo digno de ser escrito”. En cualquier caso, producir contenido es fundamental para López Obrador. Y allí lleva ventaja a sus opositores en el tablero.

La escritora de ‘The handmaid’s tale’, Margaret Artwood, lo tiene claro: “Expresar una palabra después de otra palabra después de otra, eso es poder”. Y la idea no vale sólo para los políticos: Un líder que no se expone y no se expresa, puede pensar que es muy estratégico, pero no tendrá credibilidad. La credibilidad proviene como respuesta a una amalgama entre audacia y autenticidad que vemos en alguien más, nace en un escenario de riesgo y de cierto nivel de osadía por parte de quien hace suyas las palabras de Cicerón: “No hay nada tan increíble que la palabra no pueda hacerlo aceptable”.

@monroyfelipe

Manipulación religiosa en la polarización política

No importa si son textos sagrados sobre una bandera nacional, una docena de manos de pastores bendiciendo la cabeza de algún candidato o un militar depositando en Dios su castrense promesa de imponer su ley en el orden público; todos son símbolos de un nuevo lenguaje político que, aparentando convicciones religiosas, sólo exprimen los sentimientos más profundos de la identidad y cultura de sus pueblos.

Los regímenes y sus sistemas opositores (partidistas o no), al menos en América Latina, han encontrado oportunidades de éxito bajo esa narrativa. Al apelar a los símbolos y sentimientos religiosos de sus pueblos parecen legitimar sus intereses, búsquedas y opciones políticas; pero no hay nada más lejano que eso.

En realidad, las tensiones por el control y el poder en las diferentes naciones latinoamericanas en el siglo XXI saben que están obligadas a utilizar recursos emotivos o emocionales de sus potenciales votantes, simpatizantes y adversarios. Lejos del marco racional, las estrategias políticas contemporáneas no hablan de otra cosa sino de emociones. Desde el marketing político emocional hasta la segmentación psicográfica, el juego por la búsqueda, administración y conservación del poder quiere adueñarse de los sentimientos y emociones de las personas.

El documental ‘The Great Hack’ (2019) rasga apenas la superficie de estas estrategias que utilizan todos los recursos disponibles para tocar e intervenir las fibras emocionales de millones de personas; estrategias políticas que logran cambiar la confianza en duda, la duda por miedo y el miedo por odio.

Y hay que ser claros: la religión, la fe o los sentimientos de espiritualidad trascendente son las amplias arterias de la psique humana que conectan con las fibras más profundas de nuestras emociones.

Evidentemente esto no es nuevo; y a lo largo de la historia se han usado estos sentimientos a favor o en contra de proyectos políticos. Sin embargo, en la sociedad postmoderna (el cambio de época) las religiones institucionales han perdido margen de influencia con los grupos de poder, con los precursores de cambios sociales y hasta con el pueblo sencillo; y así, a la deriva de las emociones religiosas de los pueblos, los operadores políticos pescan dinamitando el lecho del mar.

Aunque parezca lejano, esto tiene todo que ver con las tensiones y resoluciones políticas en Nicaragua, Bolivia, Brasil, Chile o México (incluso en los propios Estados Unidos). A pesar de que, en casi todos estos países las instituciones religiosas llaman a la mesura, al diálogo y a la reconciliación; los operadores políticos se zambullen en cruzadas para-religiosas donde las fronteras de su particular búsqueda de poder se difuminan con la voluntad divina, la revelación mística o las promesas sagradas.

Y el peligro de todo esto no sólo es la vuelta al maurrasianismo: el utilitarismo político de los símbolos y de las instituciones religiosas sin que, ni sus afiliados ni sus simpatizantes ideológicos se comprometan a profundidad a ser interpelados por los mínimos morales de la fe que manipulan. Sino que también se acorta la distancia de las violencias político-religiosas.

Charles Maurras, fue un político francés del siglo pasado cuya estrategia para defender sus intereses políticos (la vuelta de la monarquía francesa) fue la instrumentalización de la Iglesia católica, de la que le servía su cuerpo jerárquico institucionalizado, pero no su mensaje evangélico. De hecho, Maurras – agnóstico y positivista contumaz- reconocía el papel histórico e institucional de la Iglesia católica pero sólo porque había superado la oscuridad original de los pasajes Bíblicos y Evangélicos.

Hoy, la pluralidad de nuevos o reinterpretados credos, así como la multiplicación de modernas jerarquías religiosas, vuelve más sencilla la estrategia maurrasiana. Las inmensas e indistinguibles comunidades religiosas crecientes en muchos pueblos de América (principalmente de corte evangélico-cristiano) junto a la pléyade inasible de sus modernos pastores son los nuevos instrumentos de los operadores políticos. Las pequeñas venas por donde se inoculan los catalizadores emocionales de los creyentes son recursos preciosos para el éxito de las estrategias utilitarias de perversos ordenes políticos.

¿Hay vacuna para esto? Quizá. Y es el propio Maurras quien nos ofrece una pista con este silogismo provocador: “Para que funcione la monarquía, sólo un hombre debe ser sabio; pero para que funcione la democracia, la mayoría de la gente debe ser sabia. ¿Cuál es más probable?” Sabemos qué respuesta prefería aquel; pero, por el bien común y la paz, será mejor que hagamos la segunda posible.

@monroyfelipe

Definiciones en sinodalidad, el reto central de los obispos mexicanos

El fantasma de un nuevo cisma en la Iglesia ronda entre las élites de pensamiento y jerarquías católicas; la mayúscula palabra está en boca de muchos -quizá demasiados- obispos y cardenales que, no hay que explicar, influyen decididamente entre los fieles.

Si bien algunos conjuran su existencia; parece que la absoluta mayoría de fieles intenta mirar los vasos comunicantes que logran mantener el sano equilibrio entre la doctrina y la comunión. Fieles que, a pesar de las andanadas e intentos de confusión separatista, buscan seguir con fidelidad la tradición y el Evangelio, con la humildad de reconocerse transitorios en la historia de la salvación.

Hay que ser claros, estas tensiones no iniciaron con las estatuillas indígenas o el Sínodo de la Amazonía, vienen creciendo y enrareciéndose desde que conocimos los primeros matices de lenguaje, las opciones pastorales y el estilo de gobierno del papa Francisco. Inició cuando el propio pontífice decidió salir del Palacio Apostólico para descansar cada final de jornada en Casa Santa Marta, afectando sin duda las dinámicas largamente afianzadas en las ‘logge Vaticane’.

Pero quizá la audacia más grande de Francisco ha sido el cambio en los trabajos sinodales. No sólo ha optado por nuevos estilos de diálogo, también ha experimentado novedosos mecanismos de participación, de libertad ante los análisis y de consulta transversal ante propuestas que pretenden “informar y perfeccionar el orden de las realidades temporales con el espíritu cristiano”.

Por estas audacias, el papa Francisco ha recibido desde gentiles ‘dudas’ hasta abiertas acusaciones de herejía por permitir la expresión siquiera de las preguntas difíciles en los instrumentos de trabajo. Cada sínodo presidido por el pontífice ha sido un esfuerzo de renovación, de reactivar la estructura conciliar de manera creativa, de actualizar la metodología “Ver-Juzgar-Actuar” del siglo XX en un nuevo método que bien podría ser: “Ver, dialogar y discernir actuando”.

Francisco parece proponer el amalgamiento del juzgar con el actuar; y por ello la periferia puede expresarse en el centro del diálogo. Pareciera que, para el pontífice, si el juicio se encuentra lejano de la vida y el contacto cercano con la realidad, aquel puede propiciar malinterpretaciones y dureza de corazón desde ciertas posiciones de suficiencia intelectual o moral.

Para ser más claros: el pontífice ha lamentado la existencia de católicos “que piensan más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel (…) El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano”, como dijo ante sacerdotes, religiosos y seminaristas de Chile.

Ese es todo el perfil del fantasma cismático y, por desgracia, ha encontrado la excusa perfecta en una simple efigie indígena cuyas lecturas levantan las pasiones más diversas. En ese pequeño infierno se ahogan todos los escándalos que llegan hasta la puerta y los oídos de los pastores católicos, al menos de los del nuncio apostólico en México, Franco Coppola.

Todo esto quizá pase por la mente de los obispos mexicanos que esta semana tienen su 108ª Asamblea Plenaria; pero sabemos que sí está en los pensamientos del nuncio: “De suyo, a veces me he encontrado con católicos que, del Santo Padre y de su magisterio, casi sólo conocen lo que con maligna tenacidad difunden quienes le son contrarios, a él y/o a la Iglesia. Y es, sin duda, muy lamentable que haya religiosos que, en lugar de pedir humildemente explicaciones a quien pueda dárselas, se arrogan el derecho de juzgar y condenar al Papa; y lo hacen públicamente, causando confusión entre los fieles”.

¿Qué definiciones en comunión habrán de tomar los obispos de México respecto a esta realidad? Es un hecho que la gran mayoría de ellos conoce, se inserta, se compromete e implica a profundidad en sus diócesis y que, colegiadamente, han sido capaces de emprender caminos de largo aliento como lo confirma el Plan Global de Pastoral 2031+2033.

Como obispos a ras de suelo quizá sean testigos de experiencias pastorales de ‘frontera’ como las que compartió el nuncio Coppola: “Puedo decir, por ejemplo, que en el país africano donde tuve oportunidad de servir antes de venir a México, un signo de dar honor es el quedarse sentado y no el ponerse de pie. Por lo cual el Evangelio mismo se escucha sentado, y hasta durante la Consagración también permanecen sentados. En todas las zonas indígenas de México existen, entre sus moradores, rituales perfectamente católicos, pero que para quien no los conoce, podrían parecer paganos o casi paganos. Y me viene a la mente la celebración en México del ‘día de los muertos’. El que mexicanos hagan altares de muertos en México, es algo normal: todo mexicano sabe lo que significa y conlleva; pero, si se hace en algún otro país del mundo, en donde no se conoce lo que el mexicano sí conoce, ¿sería justo que muchos lo juzguen como pagano e idolatría?

Es claro que aquellas situaciones sin duda escandalizarían a no pocos puristas del catolicismo europeo (aunque la misma Europa vive sus propias inculturaciones contemporáneas); pero es justo afirmar que la gran mayoría de aquellas se intentan comprender, purificar e inculturar como contextos de realidad y la cultura en el inescrutable camino del Pueblo de Dios en la Historia de su Salvación.

De allí la importancia del método que intuimos favorece el papa Francisco: Ver, para reconocer la realidad; dialogar, para contrastar nuestras certezas; y discernir actuando, para reconocer la interpretación del mensaje evangélico sin perder el contacto con los más humildes. Francisco exaltó justo esta actitud de la santa mexicana, Guadalupe García Zavala: “Madre Lupita se arrodillaba en el suelo del hospital ante los enfermos, ante los abandonados para servirles con ternura y compasión. Y esto se llama tocar la carne de Cristo. Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. Y Madre Lupita tocaba la carne de Cristo y nos enseñaba esta conducta de no avergonzarnos, no tener miedo, no tener repugnancia de tocar la carne de Cristo. Madre Lupita había entendido que significa esto de tocar la carne de Cristo”.

Esta es la definición en comunión que buscarán tomar los obispos mexicanos, un discernimiento en acción, en salida, incluso con el riesgo de accidentarse; porque la otra opción es mirar desde las altas almenas e intentar pastorear a la grey sin reconocerse inmersos en la compleja cultura de este radical cambio de época.

@monroyfelipe

 

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