La Casa de las Flores: estilo y narrativa cinematográfica

Manolo Caro (Guadalajara, 1985) ha demostrado un peculiar refinamiento ambiental en sus producciones audiovisuales; no es sorpresa que su formación cinematográfica tenga base de “producción escénica” y en su serie La Casa de las Flores (Netflix, 2018) ha logrado un lenguaje climático audaz y vibrante que no puede pasar desapercibido.

Además de proveer el escenario propicio para devolver a la pantalla chica (aunque en otro tiempo, con otro lenguaje y otra dinámica de audiencias) a la otrora estrella popular Verónica Castro (Virginia de la Mora), Caro propone en la pantalla una mirada a los perfiles culturales estridentistas de la familia mexicana: los colores de la producción significan, enmarcan, acompañan, contrastan y abrasan a los personajes en sus absurdas peripecias.

Más allá de los muchos conflictos morales y las simulaciones que hacen de la historia el hilo conductor para los gags y el drama (la recurrente incomodidad de la vecina Carmelita, Verónica Langer y la insuperable complejidad del personaje de Paulina de la Mora, Cecilia Suárez), la narrativa de cada capítulo del serial monta la creatividad en un soporte ambiental cuidadosamente diseñado: los escenarios coinciden con las emociones, con los diálogos, trabajan visualmente para nutrir mucho más que la pupila.

El arte escénico y la fotografía de cada capítulo de La Casa de las Flores sugieren matices coloridos y vibrantes a las acciones que allí se desarrollan. Esa es quizá de las mejores aportaciones de Manolo Caro a las producciones mexicanas: el cuidado por lo que la audiencia recibe como producto final. No basta la buena filmación, hay que cuidar el set, la intromisión de la cámara y la edición que también hablan junto a los diálogos y las actuaciones. Detrás de la intensidad dramática de la angustia, Caro propone el duro tapíz onduleante, arrítmico y vibrante; en la confesión, se apoya del encuadre dentro del encuadre; en las acciones conectadas, las decoraciones como destellos de unas raíces muy profundas (que iremos conociendo qué tan hondas y oscuras a lo largo de la trama). El resto de la propuesta se dibuja tras los colores de las bellas pero frívolas flores de ornato y las estridentes pero aparentemente imprescindibles flores del deseo y sus consecuencias.

El estilo cinematográfico en La Casa de las Flores aporta un assortment visual de colores y texturas que esconde el verdadero leitmotiv de la historia: los avatares de una familia cuya riquezas y pobrezas (cómo suelen ir de la mano la bonanza económica y los deformes castillos de la moralidad) les obliga a vivir tras una colorida prisión de falsas joyas preciosas (el tratamiento de la fotografía recuerda al “jewelry tone color”) de ambigüedad, de secretos e indefiniciones.

Una calidad técnica del estilo y narrativa cinematográfica de Manolo Caro no podía no convertirse en un llamativo fenómeno popular.

@monroyfelipe

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