Autor: Felipe Monroy

Periodista y escritor

Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe

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Bandersnatch: La magnapresa de Black Mirror

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A nadie escapa que la empresa de entretenimiento Netflix ha modificado profunda y quizá irreversiblemente el panorama de consumo y comercialización de filmes, series y productos digitales audiovisuales. Pero es su propuesta conjunta de la serie ‘Black Mirror’ y su producto narrativo e interactivo ‘Bandersnatch’, lo que ha abierto un debate sobre las fronteras del consumo que social e individualmente hacemos de la cultura y el entretenimiento.

La traducción literal de Black Mirror (espejo negro) no alcanza a explicar la profundidad de la metáfora que los productores de la serie proponen: La pantalla de los dispositivos digitales audiovisuales personales es el oscuro espejo que traga nuestra persona, trastorna nuestras costumbres, principios y valores y esclaviza nuestros sentidos con experiencias que creemos únicas y liberadoras pero que representan un refinado cautiverio de la masa. Cada capítulo de Black Mirror es siempre la incómoda tragedia de la relación de la naturaleza humana con la tecnología y dispositivos de comunicación (reales o ficticios).

Por ello, para el primer producto interactivo conectado a este principio reflexivo, Black Mirror presentó el 28 de diciembre pasado ‘Bandersnatch’; un singular episodio en el que los espectadores construyen el drama mediante la elección. Las opciones van desde la aparente superficialidad hasta la angustiante irreversibilidad y todas, dentro de la experiencia, influyen de modo insospechable en la historia.

El término Bandersnatch es intraducible pero tiene origen en el alucinante poema ‘Jabberwocky’ de Lewis Carroll en su obra Alicia a través del espejo. Alicia encuentra el texto una vez que ha cruzado el espejo, se encuentra en el mundo reflejo de su realidad y el escrito sólo puede ser leído en el reflejo de donde ha surgido (¿o a donde se ha inmerso?). El poema dice que debe tener cuidado de “the frumious bandersnatch”.

‘Frumious’, se ha explicado, es neologismo de ‘furious’ (fiero) y ‘fuming’ (humeante); ‘bandersnatch’ es más críptico pero lingüistas como Gabriel López Giux afirman que proviene de ‘bander’ (bestia) y ‘snatch’ (atrapar). En concreto: el poema alerta, entre otras cosas, que Alicia deberá enfrentarse a una oscura bestia que no hace otra cosa que atrapar. Más tarde, Carroll reutiliza la figura en otro poema: “The hunting of the snark” y el Bandersnatch es esa creatura acosadora, veloz, agresiva e irracional que no se deja sobornar por las riquezas del banquero sino que, inmotivado, lo deja libre hasta que aquel pierde la cordura.

Las diferentes traducciones en español del ‘Bandersnatch’ de Carroll nos dan ligera idea de cómo nuestros hermanos de lengua han interpretado a este simbólico enemigo: “Negras mariposas”, “Valencida”, “Altanero halcón”, “Zumbabandanas”, “Zamarrajo”, “Tarascazo”, “Galimatazo”, “Agarraiteata”, “Baitezampa” y “Magnapresa”. En todo caso, ‘bandersnatch’ es un monstruo de cualidades invencibles. Esa es la magnapresa de Netflix y Black Mirror: Una bestia magnífica de la que es imposible zafarse.

Un dato curioso es que los teóricos de la complejidad de computación, Garey y Johnson, en su libro ‘Computación e Intratabilidad’ denominan “Problema del Bandersnatch” al conflicto de decisión entre la imposibilidad de construcción de un algoritmo eficiente y la imposibilidad de explicación de porqué no puede haber algoritmo suficientemente eficiente. Es decir, la bestia Bandersnatch de Black Mirror vive en una compleja zona gris de intratabilidad en las decisiones que los espectadores-usuarios van tomando en la historia.

Cada decisión del usuario-espectador en Black Mirror: Bandersnatch construye una historia alrededor del joven programador Stefan Butler quien desarrolla un ambicioso videojuego en los años ochenta. Sin embargo, la complejidad de los caminos en la historia no es en realidad la recompensa para el explorador; todo lo contrario, el problema es que no hay un algoritmo de decisiones que recompense en equidad a la glotonería del espectador-usuario sino sólo un doloroso y sutil veneno de insatisfacción.

En Black Mirror: Bandersnatch somos como Alicia, asechados por el abrumador monstruo de nuestras decisiones; suficientemente ingenuos e inconscientes como para arrojarnos en la negrura de nuestros dispositivos; solitarios y alegres calculadores del tedio a un paso siempre de la bestia Baitezampa; opulentos de bienes inservibles en un universo insondable.

@monroyfelipe

Páramos de inseguridad

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No hay empresa legal cuyo crecimiento sea realmente nocivo para México; pero cuando existe una explosión desmedida de ciertos negocios es evidencia de que existen graves fallas en el desarrollo del país en tres particulares áreas de la Nación: la educación, la salud y la seguridad. En México, si estos tres rubros crecen sin control en la iniciativa privada, significa que hay problemas más graves que su regulación.

Es el particular caso de la seguridad pública. Sabemos que la violencia y el crimen en México son un problema que no sorprende a nadie. Desde hace ya más de una década sumamos entre 60 y 80 homicidios dolosos diarios; en los mejores momentos registramos 53 y en los peores hemos llegado a 117 pero nos mantenemos en esos márgenes.

Esto nos ha colocado entre las posiciones 138 y 144 de las 163 naciones que revisa el Gobal Pax Index bajo una compleja metodología de bienestar, seguridad y procuración de justicia. Por su puesto, habitamos el vecindario oscuro e impune del ranking mundial,

Para los expertos en seguridad pública hay recomendaciones muy claras para los países en esas circunstancias. No sólo es inversión en armamento o en estructuras operativas; la sugerencia central pasa principalmente por fortalecer las responsabilidades de la participación ciudadana en y para la seguridad pública. Es decir, mientras la ciudadanía no esté involucrada en la seguridad con una cercana y permanente vigilancia, francamente no podrá haber una mejoría en los cuerpos de seguridad ni en la pacificación de la sociedad.

Las responsabilidades ciudadanas no sólo deben vigilar y condenar las tendencias a la corrupción que pueda haber al interior de las corporaciones policiacas sino dar seguimiento y tener conocimiento de las normativas, los alcances, abusos o limitaciones de dichas instituciones.

A todas luces, esa responsabilidad cívica ha sido una quimera en México. La sociedad se ha rendido y ha preferido contratar seguridad privada antes que confiar en la seguridad pública. En 1983 existía solamente una empresa de seguridad en el país y hoy hay más de 7 mil 500; más de la mitad no están en el Registro Nacional de Empresas de Seguridad y apenas el tres por ciento tienen certificaciones o evaluaciones profesionales sobre sus elementos de seguridad privada.

Hoy podemos voltear a casi cualquier espacio industrial, empresarial, de oficinas e incluso zonas habitacionales en el país y veremos a cuerpos de seguridad privada en también muy desconocidas circunstancias laborales. Es decir, incluso en los cuerpos privados de seguridad (aunque algunos de estos servicios tienen más elementos, más herramientas y más recursos que no pocos cuerpos policiacos municipales) también fallamos en conocer las verdaderas normativas, los alcances, abusos o limitaciones de estos negocios.

Y esto lleva a una reflexión final: En el primer día de trabajo del gobierno federal este 2019 se divulgó un video promocional que invita a los jóvenes mexicanos a enlistarse en la Guardia Nacional. Aún no hay ninguna normativa ni marcos legales de dicha agrupación pero es un hecho que no pocos jóvenes verán en ella una oportunidad para salir del tedio de no tener oportunidades de estudio o de trabajo.

Tener nuevos o diferentes cuerpos de seguridad en México jamás ha sido el problema, hay suficiente necesidad para integrar los más alucinantes proyectos de fuerza pública. El dilema constante es conocer los marcos legales y normativos, de operación y responsabilidades, de derechos humanos y de límites a las responsabilidades cívicas para vigilar el correcto funcionamiento de los mismos.

De esto se debería discutir en las próximas semanas. ¿Cuál debe ser el papel de la sociedad civil en la vigilancia de los cuerpos policiacos y de la seguridad ciudadana? Especialmente en la constitución de la Guardia Nacional del presidente López Obrador. Porque si la ciudadanía no tiene acceso, ni voz para vigilar y construir mejores instituciones públicas en el país, continuaremos en estos páramos de inseguridad e incertidumbre, detrás de lo que nuestro bolsillo pueda pagar para protegernos, inquietos porque también habremos de dudar del profesionalismo o de las lealtades de nuestro servicio privado.

@monroyfelipe

El noble valor de la crítica

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Hay un propósito -relativamente sencillo- que muy probablemente pocos incorporaron en sus rituales de noche vieja: el propósito de ser serenamente crítico con lo que ve, escucha o cree saber para el año que comienza.

La crítica no sólo será un privilegio de la inteligencia y la razón humanas, será un gesto de valentía, de coraje y de justa indignación; y tendrá un gran valor en el año. No sólo porque las comunicaciones populares están ya saturadas de falsedad y engaños; sino porque los espacios de convivencia humana comenzarán a parecer guetos de ficticia libertad donde las más alucinantes certezas son la droga o vacuna que mantiene en la pureza a legiones de radicales. Y todo, alimentado por los intereses de privilegios.

De inmediato nos viene a la mente, por ejemplo, la prolongada insistencia del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la construcción del muro fronterizo al punto de ‘cerrar’ el gobierno del país más poderoso del mundo para presionar a su congreso por dinero. Por supuesto, un muro es la representación más simple de la división, la separación y la protección, de encierro y de frontera; de miedo, sí, pero también de apropiación y de control; sin embargo, también hay otras acciones que representan los mismos problemas de aislamiento y necedad.

Son las acciones tiránicas o absolutistas, las certezas invulnerables e irrenunciables, la autoritaria superioridad, el rechazo a la crítica, el chovinismo patológico y, la más perniciosa, la simplificación polarizante. Todas estas actitudes, invariablemente, tienen dos caras y el engaño nos insiste en que una de ellas es la única correcta, la única pura o la única útil.

El engaño, pues, tendrá una privilegiada posición entre las irracionales búsquedas de hits o ‘likes’ en las redes sociales; entre la infinita desconfianza de las fuerzas políticas y fermentará entre la ignominia de los fanáticos, los aplaudidores a ultranza o los negadores sistemáticos.

Piense en el tema que usted quiera y encontrará radicales que se empeñen en hacernos ver que los problemas sólo tienen dos posiciones: ser aliados absolutos o enemigos irreconciliables. Allí tiene usted el origen de la mentira, del error o la falsedad.

Apuntó el genial Nicolás de Condorcet hace 300 años que “los errores, cuando nacen, no infectan más que a un pequeño número de hombres, pero, con el tiempo, el número de imbéciles aumenta” y explica: “Entre el momento en que esos errores alarman a los partidarios de los errores anteriores y el momento en que estos últimos desaparecen, en cada nación se forman dos partidos, y si es verdad que no siempre esos dos partidos dan lugar a una guerra, provocan continuas revueltas y acaban con la opresión de uno de ellos por el otro”.

¿Qué falsedades cree usted que unos u otros partidarios le han sabido vender? ¿Cuáles errores ha adoptado y defendido sistemáticamente? ¿En qué lugar se visualiza a usted mismo cuando piensa que está siendo crítico: desde alguno de los lados del muro o por encima de éste?

El ejercicio de la crítica será mucho más importante en los meses por venir que ser abierta oposición o formal adversario. La radicalidad sólo profundizará la hendidura del error. El propio Condorcet vaticina con tristeza que sin la crítica serena se abre la puerta a un riesgo enorme porque “es imposible que, quien establece errores que él mismo considera inocentes, prevea cuántas extravagancias funestas y monstruosas saldrán a la luz en el futuro a partir de la semilla fatal que sembró”.

@monroyfelipe

Accidente sobre la realidad

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Entre todos los enigmas del desastre aéreo poblano hay una evidencia irrefutable: el estéril páramo miserable donde impactó el helicóptero particular en el que la pareja de gobernadores viajaba hacia la Ciudad de México en plena víspera navideña. Sobre esa polvorienta y ajada tierra hay más que una ironía sardónica del trágico destino de la cuasi monárquica clase política.

Dejemos a los especuladores y a los fantasiosos hacer historias infames sobre los supuestos intereses detrás de la muerte de los políticos panistas, dejemos a los carroñeros de la tragedia levantar estratagemas políticas sobre los cadáveres y miremos lo que siempre se omite: el ominoso abandono del campo mexicano.

No importa cuántos discursos triunfalistas sobre el desarrollo económico del estado se hayan vertido en campañas o en informes de gobierno, la realidad del campo mexicano se evidencia en las imágenes de la aeronave de los gobernadores rota sobre un marchito maizal y los fuegos del siniestro apagados a brazadas de tierra suelta que humildes campesinos echaron.

En agosto pasado, el Foro Estatal Campesino en Puebla reclamó que las políticas públicas de los últimos siete gobiernos locales habían provocado sólo “hambre, abandono e injusticia” en las zonas rurales poblanas; se dijo que el morenovallismo mostró indolencia ante las necesidades del campo y sus campesinos; y el Movimiento Nacional Play de Ayala Siglo XXI aseguró que de las 300 mil unidades rurales sólo el 5% son productivas y rentables.

Prácticamente no hay analista local que no señale que la gestión, regencia y dinastía morenovallista en Puebla se centró en obras urbanas, faraónicas y de relumbrón enfocadas en su proyecto rumbo a la silla presidencial. En el quinto informe de gobierno de Rafael Moreno Valle, por ejemplo, se presume una capacitación para 833 productores del campo, que el Programa Integral de Desarrollo Rural dio “asesoría técnica” a 6 mil personas con un costo de 32 millones 833 mil pesos (5 mil 500 pesos por asesorado) y que se entregaron mil 339 motocultores (tractores de un eje manejados a pie por el campesino).

En los informes de apoyos al campo, Santa María Corolango (el municipio donde cayó el helicóptero) con el 40% de su territorio con capacidad agrícola o ganadera no aparece en los reportes. Y las imágenes que han dado vuelta al mundo de la tragedia lo comprueban.

La ascendente, meteórica y fulgurante carrera política de Rafael Moreno Valle y Martha Erika Alonso cesó en la trágica ironía de su privilegiada clase y posición; cayeron del empíreo al yermo donde pacen los olvidados y, de sus manos toscas y desnudas, les fueron apagando las ascuas de su siniestro.

Ya han comenzado los peritajes e investigaciones para intentar explicar el terrible desastre aéreo y se han realizado los actos fúnebres propios de la fatalidad. Por desgracia, se dice que en la política nada sucede por accidente y que, incluso los auténticos azares, despiertan oscuras motivaciones. Solía decir la periodista británica Sue Townsend: “Ahora hay que ver quién saca ventaja manteniendo a los cadáveres bailando”.

En esto consisten los accidentes sobre la realidad: ahí donde el humanismo llora la tragedia, la política aguza el interés de su revancha.

@monroyfelipe

Cine: ROMA, esperpento cuaronesco

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Alfonso Cuarón (México, 1961) es un cineasta fascinante y difícil. Prácticamente no hay filme dirigido por él que no ofrezca capas narrativas subyacentes, pliegues de historias abiertas al juego de la interpretación: una comedia romántica que explora los matices del engaño, una road movie adolescente que habla de una crítica política, un thriller distópico que es una oda a la vida humana, la tropical reversión sonora y visual de un clásico literario europeo o una aventura espacial que explica la inevitabilidad del diálogo en el duelo y la “gravedad de la pesadumbre”.

Con Roma (2018), Cuarón no hace una excepción: Es un esperpento cinematográfico (esperpento a lo Valle Inclán) que parece hablar del drama de dos mujeres sometidas a los pesos de una sociedad convulsa pero que celebra la memoria casi documental de una ciudad que ofrece los últimos estertores de su existencia.

Roma es una epopeya de heroísmo silente; un drama con diálogos inconexos; es un homenaje íntimo. Un esperpento que celebra las deformidades de una historia alojada en la memoria. Pero como apuntaba Azorín: “La deformación deja de serlo cuando está sujeta a la matemática perfecta”; y Cuarón nos ofrece esa matemática perfecta, una técnica pulimentada y una estética audiovisual que conforman belleza en rincones mutilados del trabajo, el servicio, el amor, la ternura, el abandono, la inasible expectativa.

Al estilo esperpéntico, Roma es el reflejo dramatizado de la Ciudad de México y sus periferias en la década de los setenta; pero distorsionado en la justa proporción para despertar una falsa memoria disfrazada de nostalgia, una intimidad distanciante y una narrativa que -más que expresarse- se intuye.

Pero si los esperpentos valleinclanescos son reflejos distorsionados en espejos torcidos, Roma es un reflejo sobre cuerpos de líquido turbio: el agua jabonosa, el granizo, el pulque, las charcas (todas las charcas), la sangre y, por supuesto, el revuelto mar.

En contraposición, la ausencia del agua es la literalidad de la fábula: el patio sisífico, el áspero humo del cine, el páramo agreste, la habitación impersonal, la ciudad indiferente, las piedras y balas, el hospital mecanicista. La realidad, la premonitoria tragedia, es un incendio que el agua no logra vencer, concluye hasta que consume todo lo que toca; es el cántaro roto capaz de rearmarse, pero impedido de recuperar su contenido.

En esto, Roma es ‘La tierra baldía’ de Cuarón (de hecho, lo sugiere con las palabras finales de los créditos que son las mismas del inmortal poema de T.S. Eliot), una construcción poética en varias lenguas, un ensayo narrativo con guiños a otros cineastas (se deja entrever ‘Reconstruction’ de Christoffer Boe) o a sus obras previas, un desahogo profesional sobre la historia personal y crisis existencial que forjaron sus valores, sus orígenes y anhelos en su infancia: “Cuando yo era grande, tú estabas ahí, pero eras otra”.

Roma es una obra para reflejarse, es un juego a la memoria con sonidos preclaros de la identidad capitalina. El filme de Cuarón es un impecable documento visual que recrea márgenes del pasado. pero también un testimonio sonoro inagotable. Es la reconstrucción de una compartida complejidad cultural mexicana de la que, incluso ahora e inconscientemente, somos deudores.

Y, sin embargo, Roma es un filme simbólico, lleno de conceptos y contextos para descubrir: una calavera que baila mientras otros se hacen los muertos, un rescate social que es una trampa esclavizante, una presencia que duele más que la ausencia, un auto que no va a ninguna parte, una fortaleza que se derrumba, una ensoñación que descubre una realidad. Es, en síntesis, la realidad de una metáfora.

Roma es una audacia cinematográfica en toda la extensión de la palabra; sin intentar complacer, inquieta profundamente, por ello lleva acumulados 77 premios de las 89 nominaciones y se perfila a ganar muchos más. Todo esto, a pesar del frontal desafío a la industria cinematográfica: de la rebeldía ante los mecanismos de distribución y proyección o la construcción de ídolos cinematográficos (indiscutible el papel de Yalitza Aparicio, auténtica).

@monroyfelipe

Cuando los poderes se enfrentan en una República

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En los relatos de las guerras púnicas, Tito Livio expone el diferendo que los jueces de Cártago tuvieron con el estratega militar y jefe magistrado electo Aníbal hace 2 mil 200 años. El historiador refiere que el general acusó públicamente a los jueces “cuya demasiada soberbia y riquezas eran tan desordenadas que, por causa de ellas menospreciaban las mismas leyes”.

Las palabras de Tito Livio son casi poéticas: “Luego consideró Aníbal que eran muy gratas en los oídos de todos estas palabras y que, con callados pensamientos y ánimos, favorecía todo el pueblo a esta acusación que era justa y verdadera. Y, que los que eran en la República de la más baja condición, eran por extremo agraviados por la soberbia de estos jueces”.

Con el respaldo popular, el general Aníbal promovió dos decisiones que afectaron a los jueces de la época. La primera, que los jueces no podían permanecer a perpetuidad en sus cargos como se estilaba; y, segundo, que las deudas se pagarían del control de la renta pública porque hasta el momento “las rentas públicas que [los jueces y aristócratas] consumían y destruían sin provecho ninguno, parte por la negligencia y parte por los robos y rapiñas, los aplicaban a sí mismos como si fueran bienes particulares”.

“Pronunció en la congregación de todo el pueblo que, con los dineros que restaban y sin demandar nada de los particulares, la República era harto rica para pagar… Entonces, aquellos que habían sido sustentados muchos años con el robo de las rentas públicas, así como si les hubieran quitados sus propios bienes y no sacado de sus manos por fuerza el robo público, concibieron grave odio contra Aníbal y procuraban de provocar la indignación de los Romanos contra él, y buscando causas de odio los instigaban a que le tuviesen por nuevo enemigo”.

En este 2018, pleno siglo XXI, el diferendo que mantiene en tensión al presidente de la República con jueces, magistrados y ministros del poder judicial no es muy diferente del que tuvo Aníbal con el senado y los jueces cartagineses. Aníbal aprovechó su poderío y popularidad para evidenciar que la administración de la República no sólo era corrupta sino injusta; y sus decisiones en efecto lograron recaudar fondos para saldar las deudas del gobierno sin afectar a “los de más baja condición”; aunque sí afectó a muchos intereses.

En el fondo, lo que no podemos permitirnos en el México de la cuarta transformación sería olvidar la independencia y autonomía de los poderes de la federación. Es un principio republicano imperioso para la democracia y el bien general; y por ello debe explicarse con claridad para que se arraigue en la convicción popular.

Pero hay que reconocer que, por desgracia, el poder judicial en México representa a las instituciones más lejanas, desconocidas y opacas al conocimiento popular. No hay cómo defenderlas cuando se les conoce más por su “politización de la justicia” o la “judicialización de la política” que por el servicio institucional de la justicia; cuando la petición de transparencia del uso de recursos parece que no los alcanza de la misma manera que se exige al ejecutivo o al legislativo; cuando el nepotismo y el influyentismo han logrado construir imperios y linajes judiciales en las altas esferas del poder; cuando las interpretaciones de la ley ante las controversias que deben resolver parecen inclinarse más por intereses personales o ideológicos que por el bien máximo de la sociedad.

En conclusión, magistrados y ministros que defienden -con razón- la autonomía del poder judicial para evitar caer en absolutismo del poder presidencial; están obligados a lograr que el pueblo raso comprenda el valor de la justicia, la honestidad y hasta el sacrificio del servicio público que dan en bien de la nación. Es un camino que exige señales muy claras de transformación profunda del poder judicial: sin corrupción, sin politización de la justicia, sin privilegios y sin falsas vanaglorias. De lo contrario nadie creerá los argumentos que no estén soportados en lo evidente.

Por supuesto, hay otro camino, los jueces de Cártago, por ejemplo, conspiraron con Roma contra Aníbal y lograron el autoexilio del general. Esto representó el principio del fin de Cártago como potencia en la región, se sometió a las condiciones, al desprecio y al hostigamiento del imperio romano. El relato de esta ilustre sociedad termina así: “La ciudad fue arrasada y su población exterminada, los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos”.

Es un complejo escenario para el país, máxime porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación debe incorporar a un nuevo ministro de la terna enviada por López Obrador y también debe elegir un nuevo presidente apenas iniciando enero. El diferendo de lectura política y legal entre el poder ejecutivo y el poder judicial en México no es cosa menor, hay muchos intereses en juego y grupos de poder que esperan que esta confrontación debilite a las instituciones y los poderes de la federación. Roma se frotó las manos al ver que Cártago perdía unidad, ¿quiénes estarán en la misma posición mientras miran a nuestro estado mexicano?

@monroyfelipe

Transfiguraciones republicanas

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Hay una monumental diferencia entre cerrar filas en apoyo a la administración de López Obrador y la exaltación hiperbólica de la persona del presidente de la República. Las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, puede que hayan reflejado su sentimiento auténtico, pero no cabe duda fueron una desafortunada exageración místico-idílica del tabasqueño que a nadie sirve: ni al presidente, ni a sus aliados, ni al pueblo raso. Vaya, ni a sus opositores. Explico.

En el segundo día de la administración lopezobradorista, Muñoz Ledo escribió: “Confirmé que López Obrador ha tenido una transfiguración… se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado… un auténtico hijo laico de Dios”. Y la reacción no se hizo esperar. Los más críticos adelantan que es una especie de ‘endiosamiento’ de López, pero la mayoría coincide en que, por lo menos, esas expresiones traicionan los horizontes laicos de la República.

La ‘transfiguración’ proviene de los evangelios cristianos. Se da el nombre a este acontecimiento cuando Jesús, frente a tres de sus discípulos, cambia de apariencia y se revela en toda su divinidad: “El rostro de Jesús resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz”. En griego, la transfiguración es ‘metasquematizo’ y el término intenta explicar un cambio interno (imperceptible para los demás) y externo (evidente). La Transfiguración es una revelación de lo divino en Jesús, anticipa la gloria de su Resurrección, es la confirmación maravillosa de la revelación dada a los profetas y la promesa a los libertadores del pueblo de Dios y reafirma la confesión de su primer apóstol, Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pues bien, Muñoz Ledo ha llamado “hijo laico de Dios” a López Obrador. Un estrafalario apelativo que, antes de ayudar a fortalecer un camino hacia la auténtica libertad religiosa bajo los criterios republicanos del Estado laico, revive viejos enconos ideológicos.

Si bien hay sectores que exigen laicismos antirreligiosos y hasta denigrantes a una ciudadanía mayoritariamente creyente; también hay otros sectores que desean instaurar criterios de credo religioso a instituciones cuya misión central es escuchar y atender sin distingo a toda persona independientemente de su religión.

Para muestra un botón: Luego que López Obrador recibiera los ritos de una ceremonia propia de los pueblos originarios en el Zócalo capitalino, comenzaron a publicarse alucinantes acusaciones de tinte fanático que afirmaron el presidente realizó una especie de “consagración demoniaca” a ídolos paganos.

Por desgracia, no extrañan este tipo de fanatismos. Frente a ellos también hay una actitud antirreligiosa que rechaza totalmente la plena y madura libertad religiosa. Que exige a los funcionarios vivir una esquizofrenia práctica de dejar guardada (bajo llave y con todos sus valores morales) su identidad religiosa en casa mientras en público asume una actitud ideologizada complaciente a la conveniencia del mercado, la dominación cultural o la corrección política.

Muñoz Ledo atiza esa incómoda hoguera de polarización. Nadie gana reviviendo ese conflicto entre los límites de las ideologías y los credos. En la rispidez de los argumentos se perderá la oportunidad de madurar como ciudadanía hacia una plena, responsable y consecuente libertad religiosa en el país. Volverán los señalamientos y las cacerías de brujas, la oposición acusará desde la pereza del calificativo fácil, los aliados responderán con pobreza de criterio o argumentos.

En síntesis: la ciudadanía se refugiaría en las certezas de su obcecación y no abrirá su criterio a la posibilidad de un diálogo franco que normalice y humanice la libertad religiosa con todas sus oportunidades, pero también con todas sus responsabilidades.

En todo caso, la transfiguración que etimológicamente explica un cambio interno tan poderoso que se hace evidente, no la necesita sólo el presidente sino la sociedad mexicana.

@monroyfelipe

 

Anticorrupción: A sus colaboradores, el primer aviso

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Andrés Manuel López Obrador ha insistido largamente en el diagnóstico de la decadencia y corrupción de la administración pública; y ahora, desde la investidura presidencial, hace el pronóstico de que acabará la corrupción. Pero antepone el criterio de no emprender venganza o persecución a funcionarios precedentes. Y de toda esta lógica sólo puede emerger una conclusión y un escenario: Este es un aviso de cortesía a sus colaboradores porque, muy probablemente, serán los primeros en ser juzgados bajo los nuevos estándares morales de la Cuarta Transformación.

Si por alguna razón los funcionarios cercanos al tabasqueño piensan que esa radicalidad moral no los alcanza, que no hay poder que los remueva de su actual condición de privilegio, quizá deban reflexionarlo un poco más. Están compelidos a actuar sin privilegios, sin lujos, sin intenciones de nepotismo o influyentismo porque esas “son lacras de la política” como lo afirma el presidente.

López Obrador pretende recuperar modelos teóricos de la administración pública clásicos que afirman que, si bien son complejos los procesos para facilitar la labor de gobierno, lo primero es armonizar a los colaboradores, luego a la sociedad. Esto hace sentido por el diagnóstico de López Obrador sobre el estado de la impunidad y corrupción en la administración pública.

Así, para mantener y conservar el poder que le confió el pueblo mexicano (así como la riqueza que amortiguaría todos los programas sociales) parece hacer caso a la conseja de mantener opuestos a sus colaboradores para que se controlen mutuamente y evitar que uno o más funcionarios acumulen poder que ponga en peligro el mando central.

No hay otra salida para el presidente López Obrador. Sus colaboradores tendrán una función más cercana a los comisionados que a los oficiales: su cargo es extraordinario en virtud de que el dueño de la legitimidad se los puede retirar en cualquier momento. Es decir: Si no somete a su equipo a las altísimas exigencias éticas y morales de la administración pública, establecerá una dominación potencial sobre sus labores. En concreto: Si fallan, o los reprende o asumirá la comisión de las tropelías. Parecería que para Andrés Manuel no le bastará el rendimiento óptimo de sus funcionarios sino la docilidad que muestren ante principios morales muy específicos.

López Obrador no ha manifestado ningún deseo de imponer ‘castigos’ a quienes corrompan la vida pública del país; pero el castigo crea sí puede crear condiciones positivas para el proceso de trabajo de los funcionarios, no es sólo un elemento decisivo de la política sino también de la administración pública.

A López Obrador habrá que recordarle constantemente lo que escribió el politólogo romano Frontino: “No hay nada más desafortunado para un hombre decente que conducir un cargo que le ha sido delegado de acuerdo con las instrucciones de sus colaboradores”.

Es decir: la cultura de privilegios e influyentismo también puede corromper a los colaboradores más cercanos de López Obrador. Algunos incluso ya han manifestado síntomas de esta putrefacción. Y, si no hay castigo en ellos, si no hay consecuencia o congruencia en el repudio absoluto del presidente a este cáncer social, la inmoralidad del propio presidente hundirá aún más al pueblo en el oscuro abismo de la simulación y la corrupción.

@monroyfelipe

Nueva economía y justa medianía burocrática: el discurso de la Cuarta Transformación

El primer mensaje a la nación del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, estuvo soportado por una crítica absoluta al modelo neoliberal económico, al que definió como fuente y culmen de los efectos de corrupción, impunidad, pobreza, violencia e injusticias en México desde 1983.

Ante un muy agitado Congreso de la Unión (el cual no olvidó de hacer el pase de lista de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa), López Obrador repitió varios de sus principales mensajes de las últimas tres campañas presidenciales: combate a la corrupción y la impunidad, la transformación de la vida pública del país y un plan de pacificación y reconciliación mediante la defensa soberana de las instituciones mexicanas.

Pero la línea guía de su disertación se enfocó en las afectaciones que ha dejado el modelo político neoliberal en México. Al hacer un recuento grosso modo de la historia económica postrevolucionaria, López Obrador insistió en que la cuarta transformación política de México “transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical”, acabará con la corrupción y con la impunidad al abandonar las prácticas administrativas e ideológicas del neoliberalismo económico.

Para contrastar el neoliberalismo, López Obrador propone no sólo el modelo del Estado de Bienestar sino “la honestidad y la fraternidad como forma de vida y de gobierno”. Y aseguró: “No se trata de un asunto retórico o propagandístico. Estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio de la más inmunda corrupción pública y privada. En otras palabras, como lo hemos repetido en los últimos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la principal causa de la crisis de la inseguridad y la violencia que padecemos. Y, en cuanto a la ineficiencia del modelo económico neoliberal, ni siquiera en términos cuantitativos ha dado buenos resultados”.

Tras una veintena de compromisos de gobierno (entre los que incluye la reducción del precio de combustibles condicionado a la conclusión y remodelación de refinerías en el país), López Obrador destacó el cariz moral de su administración federal: “Haremos a un lado la hipocresía neoliberal. No se condenará a morir pobres a los que nacen pobres. Es inhumano utilizar el gobierno para generar beneficios personales y desvanecerlo en beneficio de las mayorías. Vamos a atender y gobernar a todos pero daremos preferencia a los vulnerables y los desposeídos. Nuestra consigna de siempre es a partir de hoy principio de gobierno. Por el bien de todos, primeros los pobres”.

1-12-18 FOTOS 01 TOMA PROTESTA ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR, PRESIDENTE DE MÉXICO

A diferencia de su campaña, en su discurso de una hora cuarenta minutos no mencionó el papel de las instituciones religiosas o de los valores morales y espirituales del pueblo mexicano para lograr la transformación esperada. Tampoco, entre la larga lista de los saludos a líderes y representantes de las naciones, mencionó a Franco Coppola, Nuncio Apostólico del papa Francisco en México, quien se encontraba en el recinto.