Autor: monroyfelipe

La Casa de las Flores: estilo y narrativa cinematográfica

Manolo Caro (Guadalajara, 1985) ha demostrado un peculiar refinamiento ambiental en sus producciones audiovisuales; no es sorpresa que su formación cinematográfica tenga base de “producción escénica” y en su serie La Casa de las Flores (Netflix, 2018) ha logrado un lenguaje climático audaz y vibrante que no puede pasar desapercibido.

Además de proveer el escenario propicio para devolver a la pantalla chica (aunque en otro tiempo, con otro lenguaje y otra dinámica de audiencias) a la otrora estrella popular Verónica Castro (Virginia de la Mora), Caro propone en la pantalla una mirada a los perfiles culturales estridentistas de la familia mexicana: los colores de la producción significan, enmarcan, acompañan, contrastan y abrasan a los personajes en sus absurdas peripecias.

Más allá de los muchos conflictos morales y las simulaciones que hacen de la historia el hilo conductor para los gags y el drama (la recurrente incomodidad de la vecina Carmelita, Verónica Langer y la insuperable complejidad del personaje de Paulina de la Mora, Cecilia Suárez), la narrativa de cada capítulo del serial monta la creatividad en un soporte ambiental cuidadosamente diseñado: los escenarios coinciden con las emociones, con los diálogos, trabajan visualmente para nutrir mucho más que la pupila.

El arte escénico y la fotografía de cada capítulo de La Casa de las Flores sugieren matices coloridos y vibrantes a las acciones que allí se desarrollan. Esa es quizá de las mejores aportaciones de Manolo Caro a las producciones mexicanas: el cuidado por lo que la audiencia recibe como producto final. No basta la buena filmación, hay que cuidar el set, la intromisión de la cámara y la edición que también hablan junto a los diálogos y las actuaciones. Detrás de la intensidad dramática de la angustia, Caro propone el duro tapíz onduleante, arrítmico y vibrante; en la confesión, se apoya del encuadre dentro del encuadre; en las acciones conectadas, las decoraciones como destellos de unas raíces muy profundas (que iremos conociendo qué tan hondas y oscuras a lo largo de la trama). El resto de la propuesta se dibuja tras los colores de las bellas pero frívolas flores de ornato y las estridentes pero aparentemente imprescindibles flores del deseo y sus consecuencias.

El estilo cinematográfico en La Casa de las Flores aporta un assortment visual de colores y texturas que esconde el verdadero leitmotiv de la historia: los avatares de una familia cuya riquezas y pobrezas (cómo suelen ir de la mano la bonanza económica y los deformes castillos de la moralidad) les obliga a vivir tras una colorida prisión de falsas joyas preciosas (el tratamiento de la fotografía recuerda al “jewelry tone color”) de ambigüedad, de secretos e indefiniciones.

Una calidad técnica del estilo y narrativa cinematográfica de Manolo Caro no podía no convertirse en un llamativo fenómeno popular.

@monroyfelipe

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Cicatrices del sismo, fiestas patrias y desdén institucional

s8El gobierno federal no se ocupa de sus inmuebles históricos sino hasta que los necesita como escenarios para sus eventos. El recinto histórico y cultural más importante del país, la Catedral Metropolitana de México, permaneció prácticamente abandonado por las instancias federales tras los sismos del 19 de septiembre del 2017; pero justo a un mes de que se realicen los tradicionales festejos patrios en el Zócalo capitalino, las autoridades decidieron acelerar la restauración de los muy afectados campanarios del inmueble religioso.

Aunque la Dirección General de Sitios y Monumentos realizó un dictamen antes del 5 de febrero pasado para que sólo se pudieran tocar siete campanazos para la recepción del nuevo arzobispo de México; la tradición del ritual cívico del Grito de Independencia implica el repique constante de las campanas de la Catedral de México y la colocación de fuegos artificiales masivos justo al costado del edificio. Pero, para las autoridades de la Iglesia capitalina, el riesgo puede ser grande si no se tienen las debidas precauciones.

El sacerdote José de Jesús Aguilar, director de Arte Sacro de la Arquidiócesis de México y conocido promotor del cuidado de la Catedral, denunció a esta columna que, tras el sismo de 2017, las torres campanario del recinto tuvieron que apuntalarse con andamios metálicos (los cuales atrajeron tanto a relámpagos como a nuevas afectaciones estructurales) y que las autoridades culturales desarrollaron largos proyectos de restauración pero que no fue sino justo a un mes de la fiesta patria que se dio inicio a la inyección de material consolidante en las torres campanarios de casi 70 metros de altura.

El encargado del bienestar de los inmuebles históricos y de valor cultural de la Iglesia capitalina pregunta a las autoridades federales qué tipo de restauración realizan en el simbólico recinto y si estos esfuerzos no son sólo para hacer funcional la Catedral para un solo evento sino para el servicio cotidiano religioso que allí se ofrece a fieles, turistas y visitantes, y por supuesto para la posteridad.

Para los custodios de la Catedral de México resulta incoherente que las autoridades federales les impidan tocar las campanas por los “potenciales riesgos estructurales” pero no tengan empacho en promover la utilización de grandes cantidades de pólvora que, se ha demostrado, provocan vibraciones peligrosas al pie del templo y que –como sucedió el 15 de septiembre del 2017- estos fuegos artificiales fueron los culpables de la mutilación de una escultura monumental de cantera, obra del indígena mexiquense, Santiago Cristóbal de Sandoval, director de escultura de la Real Academia de la Nueva España a finales del siglo XVIII. En efecto: CONACULTA y el Estado Mayor Presidencial tienen en su historial y conciencia el haber provocado un daño irreparable a un bien inmueble invaluable para el pueblo mexicano.

Las autoridades federales de cultura están obligadas a dar certeza mediante dictámenes especializados, tanto a los fieles como a los custodios de los recintos religiosos históricos, del verdadero grado de afectación que se provoca con el repique de campanas sobre las torres que apenas comienzan a ser restauradas y por las explosiones de pólvora que cada año se realizan al pie del recinto catedralicio.

Por supuesto, la celebración del tradicional Grito de Independencia en el Zócalo –presidido por el  titular del ejecutivo federal o local- es un gran atractivo para muchos ciudadanos y turistas nacionales y extranjeros: las luces, el sonido, la fiesta y los fuegos artificiales son un imponderable de la celebración, pero quizá sea tiempo de voltear a mirar lo que hacen otras naciones y destinos turísticos para resguardar sus tesoros históricos y culturales. Para que los inmuebles de gran valor artístico puedan recibir a muchas generaciones en el futuro.

@monroyfelipe

El estertor de la guerra por Tenochtitlán

llorona*En las crónicas de la llegada de los españoles a tierras del imperio azteca, así como en la indispensable Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla, los sonidos del encuentro surgen como personajes en el complejo proceso que debieron vivir nativos y exploradores en este intenso choque de culturas. En los relatos, los sonidos se pueden hallar en todas sus formas: desde el murmullo de una profecía, en el primer diálogo que pasa de lengua en lengua, en los cañones y los hierros, en el eco de los cascos de los caballos, el crujir de madera, el tintineo de cristales y piedras, de miles de mazos golpeando miles de escudos y, por supuesto, en los gritos de batalla. Pero allí donde hay guerra, hay indefectiblemente llanto, pesar, clamor y, por supuesto, búsqueda de esperanza y fe. Búsqueda de sentido.

Poesía y profecía

Ya antes del encuentro con los cristianos, la cultura prehispánica era rica en cosmogonía trascendental, las inquietudes del alma las expresaba así el poeta Cuacuautzin (en tiempos de Nezahualcóyotl): “Can nel pa tonyazque / in aic timiquizque? / Ma zan nichalchihuitl nÍleocuitlatl oo / zan ye nipitzaloz nimalalihuiaz in tlatillan / O zan ye noyollo zan ye ni Cuacuauhtzin, / ninotolinia” ¿A dónde hemos de ir que nunca muramos? Aunque fuera yo jade, aunque fuera yo oro, seré fundido, seré perforado en el crisol. Es mi corazón: Yo soy Cuacuauhtzin. ¡Soy un desdichado!”. Quizá por ello, Moctecuhzoma “se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia” cuando le fueron transmitidas las primeras voces de la presencia de los viajeros en su imperio: porque los prodigios que presagiaron la presencia de los españoles fueron todos fuegos, excepto de un ave sin voz que reflejó visiones y el persistente e inconsolable llanto de una madre por sus hijos en los escondidos rincones de las ciudades.

Si algo cambió durante el asedio de la gran Tenochtitlán fue el sonido de la cotidianidad: el ruido normal de las ciudades, de la camaradería, de la laboriosidad diaria, del rezo común, del diálogo y la música dejaron paso a los estertores de guerra, al grito de los combatientes, a la orden militar, el rugir de la pólvora estallando y el golpe seco de piedras afiladas sobre la carne. Lo recupera de las crónicas el historiador: “Dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada […] Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios […] Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aún con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas, furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa aurilla, las cañas sobre los españoles se tienden”.

Sangre y lluvia: contra el silencio

La guerra cambia el sonido de los pueblos: cambia el ritmo de la palabra y el canto; de la música y el llanto. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl señala que algo así sucedió durante la fiesta religiosa de Tóxcatl en honor a los dioses Huitzilopochtil y Tezcatlipoca (finales de mayo de 1520): Los sacerdotes y fieles mexicas celebraban a sus deidades, desarmados, con el permiso de festejar su fe. Pero Pedro de Alvarado, sin la presencia del capitán Hernán Cortés, pensó que era una trampa, cerró la plaza del Templo Mayor donde los creyentes celebraban y danzaban, y los mató ventajosamente. “Zan nocuicanentlamati O zan nocuicayeyecohua / in tlalticpac ye ni Cuacuauhtzin” (Sólo sufro con cantos, sólo ensayo mis cantos, aquí en la tierra, yo Cuacuauhtzin).

Bien se advierte que tras este episodio ningún rezo ni verso alguno volvió a tener el mismo tono confiado y amistoso. Las crónicas insisten en que se avecinaba el verano, que las lluvias comenzaron a caer en los caminos y las piedras de Tenochtitlán pero principalmente la lluvia hacía ese sonido peculiar al caer sobre el agua del lago mientras expulsaban a los españoles de la ciudad hacia su “Noche Triste”. Si Hernán Cortés lloró o no, no se sabe; si llovía sobre los canales de agua y las milpas, tampoco; pero nuevamente el estertor del fuego y el horror irrumpió el valle en aire de cañones, del choque metálico, de alaridos de heridos mortales y golpes rabiosos sobre el huéhuetl.

La guerra cambia el sonido de varios pueblos, los deja en silencio como anotó el poeta anónimo sobreviviente del horror: “En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros […]”.

Los sobrevivientes (indígenas y españoles) tenían que golpear algo no sólo para comprobar la realidad sino para crear el sonido que perdieron en las batallas. Del lado de los conquistadores, Bernal Díaz del Castillo comienza su magnífico relato al descubrir Tenochtitlán haciendo elogio del ruido, del murmullo de voces: “Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua”; pero tras la caída de Tenochtitlán, el cronista sólo encuentra silencio, crudo y terrible, del que constantemente tiene que apartar la mirada y la pluma. Y es que a lo largo de su crónica sólo en ese capítulo aparta la voz una y otra vez para callar lo que sus ojos no soportaban ver: “[…] todas las casas llenas de indios muertos y aún algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba. Y hallóse toda la ciudad arada, y sacadas las raíces de las hierbas que habían comido cocidas, hasta las cortezas de los árboles, también las habían comido. De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran tlaxcaltecas y las nuestras que apañaban: Y no se ha hallado generación en el mundo que tanto sufriere el hambre y sed, y continuas guerras, como esta. Dejemos de hablar de esto y pasemos adelante […]”

Nuevamente el poeta Cuacuauhtzin revela cuál era el clamor del alma antes de los españoles; antes de la guerra, antes de las tragedias, ya había la búsqueda de una voz que consolara al pueblo. La necesidad de sentirse amados, protegidos, mimados: “Tinemia in tinech cocolia, / ti nech miquitlani. / In onoya yehua in on opoliuh. / In anca zan yoquic oo / noca hual chocaz, noca huallamatiz, / zan ti nocniuh. / O zan ye niauh, o zan ye niauh”. (Vives tú y me aborreces, me preparas la muerte… ¡A uno que se va, a uno que va a perecer! Pudiera ser que alguna vez lloraras tú por mí, pudiera ser que por mí te afligieras… pero yo me voy, yo me voy…). No sucedería de inmediato tras la guerra, sino diez años más tarde en 1531 cuando una voz nueva comenzó a resonar por todos los rincones del corazón de un nuevo pueblo: “Porque yo en verdad soy su madre compasiva, tuya y de todos los hombres […] porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa”. Y cambió los estertores de guerra por una nueva flor y un nuevo canto.

*Publicado en El Observador de la Actualidad 

@monroyfelipe

Milenial, el cambio de paradigma

jovenesvoluntariosBien se dice que la historia no es sólo el devenir de acontecimientos sino el espacio para comprender la verdad compartiendo la realidad. Y entre los hechos más incontrovertibles de nuestra época está el cambio de paradigma generacional. Las generaciones nacidas después de la gran revolución digital asisten a los acontecimientos de la realidad con otra mirada y con otras herramientas; conviven y comparten este tramo de la civilización junto a otras generaciones cuyo contexto de aprendizaje y de conveniencias sociales es diferente en la forma pero no el fondo, donde yace la naturaleza humana más rica y fecunda.

A veces pareciera que la etiqueta “milenial” representa un nuevo código genético con el que la juventud se conecta al mundo y a su realidad. Revestidos de nuevos lenguajes, comunicaciones, tecnologías, anhelos, búsquedas y sentimientos, los jóvenes del siglo XXI parecen no tener nada en común con quienes fueron jóvenes en el siglo XX. Pero quizá no haya tanta distancia como la publicidad y los gurúes de la sociedad tecnificada quieren hacer creer. Todas las generaciones –con las limitaciones propias de su historia y tiempo-, comparten al menos el ímpetu por conseguir un mundo más justo y sostenible del que los mayores les están dejando, donde su voz y su pensar se traduzcan en realidades trascendentales, en alegría, motivación y –si se permite el oxímoron- en ruptura constructiva.

Hace apenas un lustro, el acercamiento hacia la generación milenial se estudiaba desde las generaciones precedentes: ¿Cómo entenderlos? ¿Cómo dialogar con ellos? ¿Cómo hacerlos partícipes de las búsquedas de sus padres y abuelos? ¿Cómo adaptarnos al mundo que la nueva generación impone? El educador español, José María Bautista,  por ejemplo, exponía a maestros y padres de familia que al joven de la generación milenial se le tenía que hablar en menos de tres minutos, que no se les expusieran los conceptos sino que les anima a investigarlos, que se les debía atender con mente abierta y alerta, que no había que dejarlos sentarse ni aislarse, que plantearan la realidad como un hipertexto, multidimensional, correlacional, interconectada.

Es decir: la tradicional preocupación de adaptación para lograr conectar –sin prisa pero sin pausas- con la generación que habrá de remplazarles. Sin embargo, la imperante realidad nos indica que los milenials son ya la mitad de la Población Económicamente Activa en México (aunque con varios problemas en el escenario) y que el remplazo demográfico, cultural y económico de la generación precedente es más veloz de lo que imaginábamos: los procesos educativos intergeneracionales deben ser inmediatos. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo en México 2017, apunta que los milenials en el país suman 37.65 millones de habitantes pero que la generación zeta les rebasa en un millón de personas. Esto es, la mirada que compara la generación milenial con ‘los jóvenes’ podría no ser tan acertada en estos momentos. Los milenials son ya jóvenes adultos que tienen en sus manos la posibilidad de consolidar los cambios esperados para su generación y las que les sucedan; pero también, deben lidiar con no pocos conflictos que su generación les exige.

En la misma Encuesta, se evidencia que la generación milenial tiene un mayor umbral educativo que el de sus padres, que su natural búsqueda de satisfactores les ha orillado a abandonar pueblos o ciudades pequeñas, que más de la mitad de ellos vive en pareja (pero sólo el 30% bajo la figura matrimonial tradicional); esto les motiva a incorporarse al mercado laboral y aunque representan ya la mitad de la población económicamente activa, todo parece indicar que no alcanzarán más que eso: la generación x sigue laborando aún en edades muy tardías y la generación z se integra en el mercado a muy corta edad. El desempleo en la generación milenial es fermento de varios conflictos sociales.

Una generación con la mirada puesta en todos los horizontes posibles gracias a la tecnología, con los anhelos de todos los satisfactores que se muestran en las redes sociales y los contenidos de internet, puede perder la paciencia rápidamente si no encuentra salida real a sus demandas. La indignación de esta generación no viene por el miedo a la extinción (como lo pensaron las generaciones de la postguerra y la guerra fía) o por el vacío e intrascendencia (como en la generación x) sino por la abrumadora realidad que no todo puede ser para todos a pesar de que políticamente parezca esa la única opción. Para esta generación la respuesta ya no la esperan de la autoridad o de las instituciones, sino de las redes de acción, de la comunidad sementada (ni siquiera la colectividad). Y, aunque a las generaciones precedentes les parezca que esta generación se aleja de lo que con tanto esfuerzo hubieron ellos construido, hay que recordarles lo que apuntó el filósofo Emmanuel Mounier: “Los hombres no se distinguirán por la postura que tomen ante el tema de Dios, sino por la que tomen ante los condenados de la tierra”.

Por estas y muchas otras razones que seguramente no alcanzamos a ver aún, es que la mirada hacia el futuro puede estar llena de esperanza, porque las riquezas de la civilización pre-digital y las expectativas de la generación post-digital poseen valores de humanidad. Porque el presente –en constante construcción- requiere de hombres y mujeres que se conduzcan siempre en crecimiento de su persona y del espacio que habitan. A pesar de la tecnificación de la vida y de la aparente despersonalización de las relaciones, la persona humana siempre será el medio, sujeto y fin de toda la cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Es muy positiva –y ecuánime- esta definición que los obispos de México dieron al ser humano en su particular tiempo y su  circunstancia: “El hombre es un ser complejo de eminente dignidad; espíritu encarnado que con inteligencia y libertad participa en la construcción del mundo. Que por su individualidad es idéntico a sí mismo y diferente a los demás; por su sociabilidad se encuentra vinculado esencialmente a la comunidad, al cosmos y, por supuesto, a Dios. Su bien personal y el bien de la comunidad [aunque sea digital] son sus objetivos. Recibe influencias exteriores e interiores que lo condicionan, pero no lo determinan. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar” (cfr. 101, Conmemorar nuestra historia… CEM. 2010)

Quizá el milenial haya impreso un cambio de paradigma en el lenguaje, el sentimiento y en la comprensión de la realidad pero no en la naturaleza humana: la utopía, la cooperación y la empatía siguen impresos en el alma humana; pero para ellos la utopía se ha hecho multidimensional, la cooperación, inasible, y la empatía, global. Como se ve, el horizonte de la generación milenial se ha ensanchado y, con él también las miradas y los brazos.

@monroyfelipe

*Publicado en El Observador 12 de agosto 2018

Olimón Nolasco: un historiador consecuente

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Falleció en Edimburgo este 2 de agosto, el sacerdote e historiador mexicano Manuel OIimón Nolasco, justo el día de la Porciúncula, víctima de una serie de complicaciones cardiacas. Nacido en  la Ciudad de México en 1942 (por razones meramente circunstanciales, como él mismo decía), el sacerdote nayarita destacó por su prolífica producción bibliográfica sobre los más audaces temas históricos de México, de su amada Iglesia y su predilecta Nayarit.

Con la partida de Olimón, el último de los intelectuales cuyas agudas observaciones sobre el acontecimiento guadalupano pusieron alarmas en la propia Iglesia católica sobre sus certezas y procesos, concluye una muy audaz etapa de la actitud del clero mexicano ante las instituciones culturales del país. Olimón, al igual que sus maestros y colegas, alzó la voz con las herramientas del método científico, la investigación, la reflexión y el estudio, para denunciar los errores formativos que se forjan, divulgan y hasta promueven los centros de construcción cultural institucionales.

Para el fecundo historiador no había tema que no mereciera ser revisado y comentado. En 2007 decidió enfrentarse a un escritor de bestsellers pseudohistóricos y le dedicó un pequeño opúsculo donde refutó prácticamente todas las “pruebas históricas” que el literato presumía de su libro. Olimón no podía dejar pasar errores, la búsqueda de la verdad le obligaba a ser consecuente y responsable hasta el riesgo de ser señalado, temido y hasta confinado.

Fue ordenado sacerdote en Tepic, el 4 de febrero de 1973; administró diferentes servicios eclesiáticos pero su inquietud intelectual (forjada en México, Estados Unidos e Italia) dio frutos en la academia: impartió diferentes asignaturas y seminarios en la Universidad Pontificia de México, Universidad Iberoamericana, Universidad Intercontinental, UNAM, Universidad Autónoma de la CIudad de México y el IPADE.

Fue Director General de la Comisión Nacional de Arte Sacro y Consultor de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia; en 2011 recibió la membresía en carácter de Corresponsal de la Academia Mexicana de Historia.

Autor de 16 libros propios (se habla de uno más que se editará póstumamente) y colaborador en artículos académicos para más de 40 títulos especializados, Olimón es recordado particularmente por su polémico libro: “La búsqueda de Juan Diego”. Un intenso tratado que cuestionó las razones de las autoridades de la Arquidiócesis de México para acelerar la canonización del vidente de las apariciones marianas de la Virgen de Guadalupe, Juan Diego Cuauhtlatoatzin acontecida en 2002: “En conclusión -apunta Stafford Poole en un apéndice de la obra-, hay serios cuestionamientos acerca de la existencia de Juan Diego. Estas cuestiones deben resolverse antes de cualquier intento de canonizarlo. En este asunto lo mejor es proceder lenta, prudente y cautelosamente. Nada se perderá por demora, mientras que mucho puede perderse por prisa”.

Olimón Nolasco advirtió los riesgos de llevar a los altares al indio Juan Diego si no se comprobaba plena y desinteresadamente su historicidad; y, aunque al final acató la canonización por tratarse de un tema de veneración, en su defensa nunca rechazó seguir buscando la verdad histórica.

Al final de su vida, el sacerdote Olimón reflexionaba sobre aquellas crisis que vivió y desató por atender con sacrificio el oficio de historiador: “La primera reconciliación de los espacios oscuros de nuestra vida -afirmó refiriéndose a los muchos márgenes negros de la cultura, vida e identidad mexicana- es con la purificación de la memoria histórica”. Afortunadamente don Manuel Olimón deja una vasta producción intelectual que seguramente ayudará a futuras generaciones a emprender esa necesaria reconciliación.

@monroyfelipe

 

Episcopado para una transformación  

La Iglesia católica en México se encuentra en un singular momento de adaptación y reorganización. No sólo reflexiona sobre su papel en los contextos culturales contemporáneos (para el cual ya desarrolló un Plan Global con escenario al 2033) sino también se enfrenta a procesos más mundanos e inmediatos: la designación de los obispos que habrán de llevar la interlocución con el próximo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, al menos en los primeros tres años de su mandato.

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) renueva al Consejo de Presidencia (así como otras posiciones relevantes de animación y operación institucional) con un contexto social, político y eclesial sumamente desafiante. En primer lugar, los nuevos liderazgos episcopales tendrán encomienda de dar continuidad a algunos procesos eclesiales desarrollados bajo la presidencia del cardenal Francisco Robles Ortega; pero también hay necesidad de fortalecer la unidad del episcopado (una sentida petición que el propio papa Francisco y su nuncio apostólico, Franco Coppola, han hecho en público y privado a los obispos mexicanos).

Sin embargo, para llevar a cabo estos dos objetivos, los obispos también tendrán puesta la mirada en el ritmo que el nuevo gobierno imprima a las relaciones institucionales de la autoridad federal con las asociaciones religiosas. Ya se anticipan varios cambios del gobierno de López Obrador en el tono, estilo y relevancia que le dará a las relaciones de las instituciones con las iglesias: ha manifestado su interés de que el papa Francisco coopere en un proceso de reconciliación y paz en el país, ha reconocido la labor de pacificación y diálogo de los pastores y ministros religiosos en medio de las crisis sociales y, hasta el momento, ha dejado fuera del control de la Secretaría de Gobernación el área de Asuntos Religiosos y Culto Público.

Estos tres temas no son anodinos, podrían representar finalmente un cambio de actitud y de marcos institucionales necesarios para liberar tanto a las autoridades civiles como a las eclesiásticas de viejas simulaciones políticas y orientarlos hacia nuevos modelos de convivencia, respeto y mutua cooperación.

La próxima mesa directiva de la CEM, por lo tanto, requiere perfiles de obispos con una alta capacidad de diálogo y tolerancia, de energía para atender una muy demandante agenda social, política y religiosa; pero, principalmente, grandes oficios diplomáticos para lograr unidad al interior y comunicar cooperación al exterior sin caer ni en el servilismo ni en la fría institucionalidad. Sí, también el avasallante triunfo de López Obrador influye en la reflexión de los obispos en la conformación del Consejo de Presidencia 2018-2021.

Desde La Paz, BCS, el obispo Miguel Alba Díaz pone el tono de reflexión para sus hermanos obispos sobre el papel de la Iglesia en el contexto postelectoral: “No debemos pensar sólo en nuestros intereses o ambiciones ni en las simpatías o antipatías personales […] pedimos que incluyan una voluntad de lograr acuerdos y consensos para lograr reconciliación nacional, para que México pueda seguir adelante; si el próximo periodo empieza con divisiones, vamos indudablemente hacia la ruina”.

Otra de las voces muy respetadas en el episcopado es el obispo de Zacatecas y vocal del actual consejo de presidencia de la CEM, Sigifredo Noriega, quien ha manifestado su disposición de cooperar con el equipo de Andrés Manuel “en todo lo que se refiera a reconciliación” pero asegura que hay muchos temas que están fuera del control de las autoridades y de la Iglesia: “No están en nuestras manos, las mismas autoridades no tienen todos  los hilos… necesitamos de la sociedad organizada”.

Son, sin embargo, los arzobispos metropolitanos los que tienen un voto cualitativo importante en estas decisiones. Los arzobispos del noroeste (Moreno, Rendón, Fernández y Miranda) han manifestado su inquietud principalmente por la migración y la violencia. Fernández, de Durango, ha hablado de “sumarse a los proyectos, colaborar y ser corresponsables”.

En el Occidente y Bajío (Robles, Cortés, Garfias), sólo el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias, ha confirmado que estableció diálogo con el equipo de López Obrador –aunque otros obispos han sostenido reuniones con Beatriz Gutiérrez, esposa del presidente electo- y todo parece indicar que él será un articulador importante en la realización de los foros de paz y pondrá el liderazgo en esta etapa.

Para los arzobispos del sureste (González, Vázquez y Martínez) la preocupación apremiante es la pobreza y sus violencias derivadas en regiones de gran riqueza natural, turística e histórica. En la en la montaña de Guerrero ha adquirido un protagonismo importante el obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel, quien hace de intermediador entre el narco y las comunidades para evitar la escalada de violencia y el respeto a las libertades básicas. Rangel incluso ha puesto el hombro en la adolorida diócesis de Ciudad Altamirano tras la anticipada e inesperada renuncia del obispo local.

En la región del Golfo (Reyes, Rodríguez), los temas pasan por las responsabilidades políticas de los gobernantes y los gobernados: El arzobispo de Xalapa apremia la transparencia y honestidad del servicio público y en la península (que registra los índices más bajos de violencia en el país) el metropolitano llama a legalidad y orden en la construcción de la paz social.

Para las sedes de México y Tlalnepantla (ambas administradas por Aguiar), Tulancingo, Puebla y hasta San Luis Potosí (Díaz, Sánchez, Cabrero), las posturas de los arzobispos son ambivalentes respecto al próximo gobierno pero coinciden en la principal necesidad del país: la reconstrucción, la restauración de un tejido social hoy lacerado. Aunque, la voz más autorizada en esta zona es, sin lugar a dudas, la del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, quien no sólo lidia con la reconstrucción material de prácticamente toda su diócesis sino en la restauración de una ciudadanía que es capaz de sobreponerse a las peores tragedias, incluida la de padecer un pésimo gobierno.

Es, sin embargo, el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera, el que podría contar con la confianza de más obispos para la conducción de la CEM en el próximo trienio. Los jóvenes obispos promovidos por él han destacado en diferentes responsabilidades nacionales y el propio arzobispo ha expresado con mucha claridad la voz de la Iglesia en temas como el combate a la corrupción, el respeto a la consulta ciudadana y la erradicación de la pobreza. Temas con los que López Obrador podría coincidir.

Cabrera personaliza el liderazgo que conjuga el gesto con la misión; asegura estar dispuesto a acudir a las periferias para llevar la naturalidad de una opción de vida. No deja de abordar asunto alguno, no elude ninguna pregunta ni se recluye en las defensas de su investidura o en las certezas de la institución (ordenó a un sacerdote dentro de una prisión y organizó diálogos con famosos influencies sin guión ni cortapisas).

En la coyuntura de las transformaciones son pocos los obispos que han sido capaces de aplicar una nueva narrativa del liderazgo social desde el fondo y no sólo en la forma; la voz del episcopado tiene respaldo popular para reclamar con vehemencia a las autoridades por los errores, abusos u omisiones (hay que mirar Nicaragua) pero pierde autoridad cuando se refugia en seguridades displicentes. Llevar ante el gobernante las verdaderas voces de una sociedad que exige ser escuchada no es sencillo, se renuncia a mucho, excepto a la responsabilidad.

@monroyfelipe

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

El tiempo de los prosélitos

brucMientras el recambio administrativo en México toma forma y velocidad, parece que lo único que alimenta la incertidumbre es el alarmismo. Las profecías apocalípticas pre electorales fueron conjuradas -hasta el momento, porque ese es el misterio de las visiones- y los medios publican la impresión de que todo ha encontrado una relativa estabilidad que tranquiliza.

Por eso es el tiempo de los prosélitos, de los que buscarán avecindarse en el centro de la acción y los que preferirán quedarse en la periferia del nuevo cosmos, en la puerta de la ciudad. Las transformaciones son así: se cambia el centroide de poder y giran en diferentes órbitas los elegidos y los recién llegados.  En la tradición hebraica, los prosélitos se distinguían en dos clases: los “justos” y los “de la puerta”. Para los primeros, no sólo las estrictas obligaciones sino la plena identidad; para los segundos, la convivencia respetuosa y sólo la responsabilidad de seguir apenas siete preceptos.

En el caso de la transición de la administración federal, el nuevo gobierno parece ir imponiendo esta visión: el primer círculo, de identidad plena con la propuesta Cuarta Transformación; el resto, sólo coincidir en los preceptos, pero no son siete, sino cincuenta puntos de un plan de austeridad y trasparencia radicales. Algunos que se antoja difícil aplicar, como el número 30: “Los funcionarios de Hacienda, Comunicaciones, de Energía y de otras dependencias, no podrán convivir en fiestas, comidas, juegos deportivos o viajar con contratistas, grandes contribuyentes, proveedores o inversionistas vinculados a la función pública”.

Nadie dijo que la vida de un prosélito no tenga sus sacrificios; ese es quizá el primordial sentido de los cincuenta puntos anticorrupción de López Obrador. El cambio no sólo de personal sino de una nueva moral: “Hay más alegría en dar que en recibir… No hay nada más noble y más bello que preocuparse por los demás y hacer algo por ellos, por mínimo que sea”, reza la declaración de principios del futuro presidente. Por supuesto, no todos comparten la visión y hasta la llaman “romántica, utópica o irrealizable”.

Quienes alertan que este tipo de transformación radical del servicio público puede no ser la solución aducen que los verdaderos talentos no querrán ni tendrán incentivo alguno para trabajar seis días a la semana, ocho horas diarias, por menos de 80 o 70 mil pesos mensuales. Es decir, que la competitividad del funcionario público depende, en buena medida, de la gratificación económica y no de la vocación de servicio. En los corrillos de las dependencias públicas corre ya el sardónico comentario que afirma no será difícil la remoción de las plazas de confianza porque la gran mayoría de ese personal ya busca cómo acomodarse en el sector privado.

En la historia de los gobiernos siempre existen aquellas personas que no quieren adoptar la nueva identidad o simplemente no comparten los nuevos preceptos morales; esto es normal y precisamente la democracia es uno de los sistemas más acabados para dar voz y voto a los necesarios opositores.

Es buen tiempo para los prosélitos, pero también para los objetores; y se espera de ambos una altura ética y una sacrificada responsabilidad social. El interés no sólo es hacer cambiar de opinión al contrario sino evitar que la tensión ideológica rompa la posibilidad de diálogo.

@monroyfelipe

Colaborar con la oposición

Si hubiera alguna pregunta incómoda en la casa donde despacha el inminente presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sería: ¿Cómo colaborar con la oposición en la construcción de la cuarta transformación? La abrumadora, masiva y legítima victoria obtenida podría colocar a los morenistas en una posición de autosuficiencia que no ayudaría ni al país ni al movimiento político que bien puede configurar la política mexicana del siglo XXI.

Bien lo ha dicho AMLO: el próximo gobierno tiene potencial de transformar la nación y hasta influir en modelos políticos de otras latitudes. El tabasqueño no ha entrado en el despacho presidencial y sus resoluciones ya impactan la política exterior con los Estados Unidos; sin embargo, la realidad indica que independientemente del estilo que adquiera el equipo de López Obrador para atender la dinámicas del gobierno es inevitable colaborar con los partidos políticos, sectores y grupos que fueron y seguirán siendo oposición a su gobierno.

No es una tarea sencilla. Insisto, menos cuando los indicadores políticos dan ventaja absoluta a la administración: un gabinete aparentemente bien amalgamado y fuertemente leal, un cuerpo legislativo federal capaz de hacer avanzar las iniciativas del ejecutivo, un nuevo grupo de gobernadores y diputados locales que honrarían el pacto federal en favor de la cuarta transformación y, lo más importante, una legitimidad social que no se había visto en décadas.

Dicen los analistas políticos que a los anteriores presidentes (quizá desde Salinas de Gortari) terminaban legitimándose ante la opinión pública mediante la venganza contra líderes del viejo régimen: Salinas a Joaquín Hernández “La Quina”, Zedillo a Raúl Salinas, Fox a Napoleón Gómez Urrutia, Calderón a Manuel Espino y Peña a Elba Esther Gordillo. La búsqueda de legitimidad ha detonado las actitudes más extrañas de los presientes: desde engolar la voz hasta vestirse de militares, eso sin contar las malcalculadas guerras contra el narco, los sindicatos o la oposición.

Fue Peña el que permitió que su gestión fuera venciendo la tentación del enimismo: para sacar adelante las reformas estructurales debió colaborar con la oposición en el famoso Pacto por México. Pero si el Pacto solo requirió votos a granel por las iniciativas, lo que la Cuarta Transformación sugiere es una cooperación más profunda.

Así que Andrés Manuel tiene frente a sí el reto de emprender una búsqueda para incluir e incluirse en un trabajo con aquellos con los que no está de acuerdo, con quienes simplemente no confía.

Algo de esto reflexiona Adam Kahane en su libro Collaborating with the enemy, y por  desgracia una de las realidades mexicanas que desnudó la polarizada contienda electoral (más allá del clasismo y el racismo o la famosa aporofobia de Adela Cortina) fue el esa inadaptabilidad al cambio, el arrinconamiento desde  certeza moral o intelectual. La dureza y rigidez de las expresiones: “Yo estoy bien, aquel mal; nosotros estamos en lo correcto, ellos son los equivocados”.

No sólo es falta de respeto e intolerancia a las diferentes posiciones ideológicas entre los mexicanos, es hartazgo y ceguera: hartazgo de los errores de los demás, ceguera de los errores propios.

El país aún transita por sentimientos de inconformidad, polarización y descalificación constante de lo que no estamos acuerdo, no nos agrada o no confiamos. Es necesario cambiar la perspectiva para colaborar positivamente a pesar de esta situación. Kahane apunta que en situaciones de tal tensión o polarización, el entuerto se puede resolver de cuatro maneras: salirse del sistema, adaptarse, forzar una solución o, finalmente, colaborar.

Salir del sistema es eludir (es el quinazo de siempre), adaptarse es no cambiar nada y forzar una solución se parece al malogrado Pacto por México. Colaborar es realmente lo único que no se ha intentado en el país en materia de política interna, a pesar de que la ciudadanía ha dado cátedra de lo que eso significa especialmente durante las tragedias naturales.

Es preciso que comencemos a reconocer (lo deberá asumir el nuevo gobierno y los partidos políticos que se recuperarán de su humillante derrota) que México tiene necesidades conjuntas en las que se deben trabajar por la vía de la colaboración, dejando momentáneamente a un lado la rigidez ideológica o pragmática. La colaboración es el reto inmediato para atender desafíos concretos pero desde diversas aproximaciones. El país requiere que las cosas se lleven a cabo con sensación de urgencia, claridad, transparencia y bien común.

Hay una ventana de oportunidad de trabajar todos juntos, sin chivos expiatorios para variar.

Kahane llama a este tipo de trabajo: colaboración flexible. Encontrar flexibilidad para aceptar el conflicto y nuestra conexión personal en él, fomentar el diálogo desde la presencia y practicar tanto el involucramiento como el compromiso. No es un modelo de trabajo sencillo pero bien dice el filósofo: “Mientras más necesitamos la paz, más difícil nos resulta vivirla”.

@monroyfelipe

¿Cómo reparar un partido político?

Bildschirmfoto-2014-09-24-um-12.18.24Reconozcámoslo, no es la primera vez que se nos despedaza algún partido político. El alba y el ocaso de grupos ideológicos que emprenden la legítima búsqueda del poder o de grupos de poder que emprenden la extenuante tarea de fingir que tienen principios ideológicos son fenómenos que hemos contemplado a lo largo en nuestra muy peculiar construcción democrática. Y hay que reconocer que eso es natural: los modelos se agotan, cambian las circunstancias, se transforma el mundo.

El espejismo recurrente del poder es la eternidad. Pero es claro que la contingencia acompaña a todas las realidades sociales, incluido el poder político. Por ello, algunos partidos se van avejentando de manera natural y algunos mueren intempestivamente. Los primeros pueden desaparecer lentamente dejando dos estelas: o una escuela o un resentimiento; los segundos perecen tan rápido que ni sus simpatizantes recuerdan sus siglas ni sus eslóganes a la vuelta de los días.

En México hemos tenido ambos casos trágicos. Partidos políticos que surgieron más por la presión que del consenso; nacieron del poder, pero no de la necesidad. De esos partidos políticos casi no queda nada. Sólo operadores sobrevivientes, náufragos que sueñan con ruinas en otros barcos que los llevan a la tierra de oscuras oportunidades.

Pero también hemos tenido partidos que se erigieron gracias al clamor popular, a una convicción; como el eco de un anhelo que cruzaba por los sufrimientos de un pueblo. Partidos que nacieron tan pequeños como un vivaz riachuelo y que, con el tiempo, fueron mares estancados sin salidas ni afluentes. De la muerte de esos partidos quedan dos cosas: un ideal, el sueño por fecundar otras tierras; y una necedad, la imposibilidad de adaptarse.

La cultura del descarte -una especie de filosofía o costumbre social que prefiere tirar lo roto en lugar de repararlo- indica que los despojados del triunfo, de los reflectores o de las esperanzas no tienen remedio, que deben ser desechados. Algo nuevo lo sustituirá, algo joven (algo que, sin embargo, también tendrá fecha de caducidad).

¿Qué hacemos con los partidos políticos que fracasaron terriblemente ya fuere por su envejecimiento crónico o por su innecesaria existencia? ¿Qué es lo que sus tripulaciones desean rescatar de las naves destrozadas tras la batalla? ¿Abordarán al barco triunfante sólo por supervivencia o se aferrarán al último madero alegando entereza moral? ¿Qué tesoros guardaban las bodegas de esas embarcaciones? ¿Dinero y poder? ¿Valores y principios? ¿Bienes o personas?

Queda claro que los pragmáticos sugerirán un renacimiento entero: nueva nave y nuevos aparejos, nueva tripulación y marinos; nuevo nombre y ruta. Nuevo todo, todo nuevo. Pero los románticos lucharán por rescatar “el corazón” del navío. El poder inasible de una convicción que se podrá llamar ‘principio’ o ‘doctrina’. A veces, como nos indica la tradición japonesa del Kintsugi, la reparación de algo roto puede generar una belleza inesperada, sutil y vulnerable, pero abierta a la posibilidad de sumar partidarios.

Una última reflexión: que la reparación de un partido político sea posible no quiere decir que sea necesaria. Puede bien permanecer en las costas de nuestra memoria, encallado como un ancestral buque que se resigna a morir del todo. También allí estaría dando ejemplo, asintiendo en silencio lo que Oscar Wilde alguna vez escribió: “La experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”.

@monroyfelipe