Autor: Felipe Monroy

Periodista y escritor

Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

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Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

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Hay que partir de un hecho: El papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017: “En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia”. En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: “En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia”.

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque “la verdad es silenciosa y no hace ruido”. El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta: “Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración” y remató: “que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar”.

Y es que en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: “El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación”.

Ante las acusaciones, el papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio: “Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser”. Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco, al estilo de Etty Hillesum parece decir con su actitud: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos”.

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: “¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos –aun triunfando sobre él- a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?”.

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana. En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante: “Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada”. Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía –como Tolstoi- en la parte del Misterio con el que “Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe”.

@monroyfelipe

Cine: Dos coronas, una lectura al santo Kolbe

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Gracias al Festival Internacional de Cine Católico -una audaz iniciativa para mostrar producciones de promoción religiosa en los cines de México- se presenta de manera itinerante y en diversas salas del país el filme “Dos coronas”, un documental dramatizado sobre la vida de Maximiliano Kolbe, el sacerdote franciscano que intercambió su vida por la de un soldado polaco padre de familia en el campo de concentración de Auschwitz bajo el régimen nazi.

El filme nos lleva con el director polaco Michael Kondrat por los rincones del mundo donde Maximiliano Kolbe desempeñó su ministerio sacerdotal. En un viaje por Roma, Japón y diversos rincones dramáticos de Polonia se narra la historia del religioso antes y  durante el marco de la Segunda Guerra Mundial. La película está construida con testimonios de otros religiosos y de historiadores, y con la recreación de algunos hechos seleccionados para ejemplificar la personalidad y el carácter del religioso.

El título del filme se toma de la visión que Kolbe, interpretado en su edad adulta por Adam Woronowicz, recibió en su niñez de manos de la Virgen María; la cual, ofreciéndole la elección entre la corona de la pureza o la corona del martirio, recibe la respuesta positiva del niño para ambas distinciones que no son sino un doble sacrificio. A partir de allí se entiende que el filme presentará tanto la pureza de Kolbe ante los desafíos de promoción católica su época y el inquietante martirio que eligió al final de su vida.

El documental dramatizado vemos a Kolbe en la organización de un muy exitoso monasterio franciscano (el cual, a la postre, da refugio a judíos durante la dominación nazi), como artífice de una pequeña publicación de propaganda cristiana llamada Militia of the Immaculata (aún en edición en varias partes del mundo), en su papel de misionero al extremo oriente para llevar la fe católica y en las dificultades cotidianas para administrar todas las obras que realizaba.

El acto por el que Kolbe es ampliamente recordado (no sólo por la Iglesia católica) es aquel acontecido en medio de la ocupación nazi en Polonia cuando, un día después de una evasión del campo de concentración, diez detenidos son señalados para morir de hambre en el búnker (un cuarto aislado en la barraca once de Auschwitz). Kolbe sabe que uno de los condenados (Franciszek Gajowniczek) tiene mujer e hijos, sale de su fila y se propone para morir en su lugar: “Quiero morir en lugar de ese prisionero”. Es así que, junto a los otros prisioneros, Kolbe es recluido a morir de hambre pero, soportando la tortura mediante la oración que elevaban todos los condenados, finalmente los custodios nazis les inyectan ácido fénico y los incineran.

KolbeandAntisemitism¿Qué hay en el corazón de este hombre que expresa el heroísmo de la santidad en medio de la aterradora realidad? ¿Qué motiva a un hombre como Kolbe a estar del lado de los prisioneros cuando tuvo oportunidad –como sus hermanos sacerdotes- de ser capellán de los nazis? ¿Cómo entender esa perspectiva mística sobre Dios que le hizo ser capaz de expresar toda la causa de su fe en un ser humano común y corriente como Gajowniczek? Kolbe sintentiza el heroísmo humano y la trascendencia de la santidad en su entrega por el prójimo y “Dos coronas” explica el origen de este singular personaje.

El filme, producido por Televisión Polaca, la Filmoteca Narodowa Instituto Audiovisual y la Fundación Filmográfica de San Maximiliene Kolbe, ya fue estrenado en Europa y algunos países de América Latina; y después de su estancia escalonada en diferentes ciudades de México continuará por otros países de centro y Sudamérica.

@monroyfelipe

Viraje al laicismo positivo, ruta transversal de iglesias, sociedad y gobierno

Si algo ha destacado del actual consejo de presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y en particular de su Secretaría General, ha sido el silencioso trabajo de andamiaje en las diferentes estructuras de la iglesia católica mexicana con las instituciones de gobierno y sociedad civil. Por primera vez en la historia, la Iglesia católica firma acuerdos y convenios de colaboración con diferentes organismos de gobierno mexicano sin mayores pretensiones que romper las inercias de un “laicismo negativo” heredado de la persecución religiosa de inicios del siglo XX y la simulación en la correlación de fuerzas políticas de los últimos 50 años.

Bajo la conducción de Alfonso Miranda Guardiola, la secretaría general de la CEM ha signado convenios con la Fiscalía Especializada para la Prevención de Delitos Electorales (FEPADE), la Procuraduría General de la República (PGR), la Secretaría de Turismo (SECTUR), la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); y ha establecido alianzas estratégicas con centros de investigación, institutos de formación y observatorios sociales. Los convenios tienen horizontes de trabajo, pero impactan más por el significado que dan a la relación del Estado y la Iglesia católica en México: “Debemos pasar de un laicismo negativo a una laicidad positiva; los convenios y el acercamiento tienen que ver con esto. Reconocer el patrimonio, coordinar acciones y trabajo en beneficio de nuestro pueblo”, apunta Miranda.

Tomó tres años, dos equipos distintos y múltiples reuniones interdisciplinarias, pero la CEM finalmente puso acento en la agenda y prioridades de trabajo a largo plazo. En abril del 2018 se aprobó el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) y este próximo noviembre -en medio de un proceso de votación y renovación de casi 50 de los 80 cargos episcopales del colegio, incluida su presidencia y vicepresidencia-, la secretaría del organismo presentará la ruta de implementación de dicho plan.

En dicha ruta sobresale el que los obispos hayan decidido celebrar convenios de colaboración con diferentes órganos del Estado para articular los esfuerzos de autoridades civiles y entidades eclesiales al servicio de la gente. Hay que recordar que apenas en 1992, la Iglesia católica en México adquirió personalidad jurídica ante el Estado mexicano y, desde entonces, la relación institucional se había reducido a algunos encuentros diplomáticos de la Secretaría de Relaciones Exteriores con la Nunciatura Apostólica y al registro de las Asociaciones Religiosas ante la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, en el resto de los escenarios políticos y sociales, la relación se limitaba a un mutuo reconocimiento y una especie de pacto de no intervención.

Pero el obispo Miranda Guardiola considera que hay mucho más que aportar a través de estos convenios y, en un futuro próximo, con propuestas legislativas que busquen actualizar la Ley de Asociaciones Religiosas vigente bajo los escenarios de libertad religiosa y sana laicidad del Estado. “El trabajo del secretario general es articular bajo dos principios que considero indispensables: transversalidad e interlocución”; principalmente por las apremiantes necesidades del país que requieren la colaboración interinstitucional (como la atención humanitaria, resguardo y promoción de la cultura, justicia, reconciliación y pacificación) y porque también la iglesia católica “no sólo se juega la credibilidad sino su subsistencia” debido a una “hemorragia” de fieles y de confianza en la institución.

Los convenios logran vencer el muro que ha dado una singular interpretación de la doctrina de “separación Estado-Iglesia”. Por ejemplo, el convenio con Cultura prevé que Iglesia y Estado compartan sus informaciones de los bienes históricos y artísticos del Estado en manos de la Iglesia, regular el estatus jurídico de templos y bienes culturales propiedad de la nación, mejorar los inventarios de piezas de arte y liturgia, y atender con presteza las afectaciones naturales o robos de las riquezas artísticas. Con las autoridades de procuración de justicia, la Iglesia dice querer cooperar en “el abismo de la impunidad y en el proceso de reconciliación”. Con la FEPADE, la colaboración tiene un horizonte formador para que los ministros católicos conozcan a detalle sus márgenes de libertad de expresión y los límites de su participación política. “Las autoridades civiles y eclesiásticas debemos colaborar, especialmente ahora que nuestro pueblo nos necesita tanto”, plantea Miranda.

Tras engarzar la dimensión territorial (95 diócesis) y funcional (8 comisiones episcopales) de la CEM, la secretaría desarrolló una primera programación hacia el 2021 con varios objetivos en mente: poner en marcha un observatorio nacional que mantenga actualizado un directorio general de hospitales, asilos, albergues, casas de migrantes, dispensarios médicos católicos, etcétera; la conformación de un equipo jurídico institucional que coadyuve tanto en la construcción de propuestas de ley para alcanzar una verdadera libertad religiosa en México como en la asesoría para la defensa legal de los obispos de México demandados (entre 2015 y 2018 fueron denunciados más de 100 obispos y sacerdotes católicos ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y la FEPADE, muchos de ellos sólo por expresar las enseñanzas de su credo); y la elaboración de protocolos (son nueve aprobados hasta la fecha) para que todas las instancias eclesiales en México cuenten con parámetros de actuación frente a temas como crisis de comunicación, comportamiento ministerial en caso de abusos sexuales, procesos electorales, responsabilidades hacendarias y fiscales, protección de datos personales y seguridad, etcétera.

“Hoy necesitamos recuperar la confianza de los fieles y el respeto de la sociedad, que hemos perdido. Y por ello estamos trabajando. La gente quiere ver acciones reales, contundentes”, reflexiona Miranda Guardiola y adelanta: “Queremos que todo el despliegue de fuerzas y recursos que de manera individual o aislada hace la Iglesia católica en México puedan amarrarse en el Plan Global Pastoral […] Es un documento que va a desatar procesos, catapultar el desarrollo de nuevos proyectos. El documento tiene que bajar y comenzar a suscitar planes de pastoral, artículos, estudios, tesis de universidades, programas… materializarse. Hay que dejarse iluminar por él y empezar a desarrollar acciones y proyectos; siempre de una manera articulada, organizada y engarzada”.

@monroyfelipe

Posaderos y emisarios, los nuevos rostros de la Basílica de Guadalupe

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A nadie escapa la complejidad que encierra la administración y el rostro que debe tener el santuario mariano más visitado del mundo. La relevancia cultural, política e incluso económica de  la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe siempre ha requerido que el arzobispo de México, en su papel heredado de ser custodio absoluto de la estampa del Tepeyac, tenga especial cuidado en la elección de sus colaboradores en ese centro de la espiritualidad cristiana del continente americano. Finalmente, tras ocho meses de plena potestad administrativa, el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, ha puesto sus cartas sobre la mesa en lo que respecta al santuario guadalupano.

El 25 y 30 de septiembre, Aguiar nombró a Salvador Martínez Ávila y a Gustavo Watson Marrón, como nuevos rector y vicerrector de la Basílica de Guadalupe respectivamente. Ambos guardan muchas semejanzas en su experiencia sacerdotal: son naturales de la Ciudad de México, tienen 55 años de edad y, en sus primeros años de ministerio, vivieron en carne propia la audacia del Segundo Sínodo Arquidiocesano convocado por el cardenal Ernesto Corripio Ahumada para “transformar mediante el Evangelio las vertientes determinantes de la cultura”.

Ambos son, por así decirlo, la primera generación de sacerdotes capitalinos que recibieron el impulso de transformar más que conservar. Las líneas del Segundo Sínodo insisten en el cambio: “hay que transformar las estructuras, leyes y funciones de la Iglesia en expresión y fuente de la caridad pastoral […] transformar las comunidades parroquiales […] transformar los criterios de juicio, líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de nuestras vidas […] transformar la vida personal y social de los hombres […] desde adentro, renovar la misma humanidad”. En fin “transformar el mundo”. Cambio y transformación son las palabras más frecuentes en los documentos del Segundo Sínodo, la conservación sólo se utiliza una vez: “Debemos conservar las tradiciones de piedad y de religiosidad cristiana portadoras de un patrimonio moral y espiritual hoy en peligro”.

Por ello, para Martínez y Watson no hay nostalgia por el pasado (aunque el primero es biblista y el segundo historiador); han andado con naturalidad sobre el perfil actual de la Iglesia contemporánea, incluso en su relación con el gobierno civil y el propio gobierno arquidiocesano. Prácticamente después de ser ordenados, México reanudó relaciones diplomáticas con el Vaticano (lo que supuso adoptar una nueva actitud frente a todo lo que implicaba una nueva relación institucional entre el Estado y sus funcionarios con la Iglesia y sus ministros) y también vivieron en 1995 la renuncia del único pastor que conocieron y que les había ordenado para dar la bienvenida al joven nuevo arzobispo Norberto Rivera (lo que les advierte una perspectiva serena sobre los cambios y las efectos que provocan).

Pero quizá como nunca antes ambos se enfrentarán a un desafío mayúsculo para sus personas y sus trayectorias: “la protección y conservación del culto guadalupano [….] el cuidado del mayor tesoro espiritual de México y América […] la atención personal y pastoral de millones de peregrinos”. Aguiar Retes ha dado esas instrucciones a estos sacerdotes herederos de la transformación: proteger, conservar, cuidar y atender. Martínez y Watson serán pues posaderos de la casa espiritual de la mexicanidad y, al mismo tiempo, emisarios de un mensaje que quiere hallar su lugar en la cultura del siglo XXI.

No será sencillo, principalmente para el rector Salvador Martínez, integrarse a una dinámica de trabajo con el Cabildo Guadalupano y con los personajes que, desde allí, han mantenido una desagradable tensión al interior del Santuario. Los defectos humanos, las búsquedas de poder y privilegio, los odiosos protagonismos y las insatisfechas suspicacias sobre el destino real de los recursos económicos de la Basílica de Guadalupe son un terrible testimonio de fraternidad sacerdotal en el hogar de la Virgen Morena. Por su parte, en sus impecables 15 años al frente del Archivo Histórico de Guadalupe, Gustavo Watson comprende –porque la ha padecido- la desgastante e incómoda política eclesiástica que se vive en el seno de este recinto y, como vicerrector, seguramente buscará devolver la sana inocencia de ser servidor de los peregrinos.

No tendrán, además, la completa preocupación por la engorrosa y tentadora administración financiera del Santuario. La centralización económica que Aguiar Retes desea implementar en las principales instancias diocesanas les releva en ciertas tareas de esa delicada responsabilidad. Por si fuera poco, el cardenal Aguiar ha hecho también del santuario nacional, el estrado de su misión pastoral en la Ciudad: allí ha trasladado simbólicamente la cátedra arquidiocesana pues celebra de ordinario al pie de la Virgen de Guadalupe y sólo de manera eventual en la propia Catedral de México. Además, mientras se designa a su sucesor en la Arquidiócesis de Tlalnepantla (se especula en la posibilidad del también tepicense Mario Espinosa Contreras, actualmente obispo de Mazatlán), el cardenal mantiene una cercanía física con el territorio donde aún es administrador apostólico.

Martínez y Watson tendrán la tremenda responsabilidad de hacer sentir bienvenidos a los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de todas las diócesis mexicanas en sus tradicionales peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe; hacerles saber a todos los peregrinos nacionales y extranjeros que, si bien el arzobispo de México es el custodio del ayate de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el santuario es nacional y es el espacio donde todos los pastores pueden hacer participar a sus comunidades de la difusión y el fortalecimiento del culto guadalupano.

Este último análisis no es circunstancial, con mucha frecuencia se afirma -sin ningún tipo de rubor- que los mexicanos son más guadalupanos que católicos. La expresión es un sinsentido, porque la Virgen María en su advocación guadalupana sólo puede comprenderse desde las fronteras de una estricta teología católica; y, sin embargo, la afirmación es el más puro reflejo de la identidad nacional. La profunda contradicción emotiva y las infinitas capas de devoción tradicional hacia la virgen morena hacen verdadera la paradoja que lo mismo concede un profesionista ateo que un nuncio apostólico. Ser posaderos y emisarios; Martínez y Watson podrían cristalizar esa aparente contradicción en beneficio de una compleja sociedad guadalupana. Y empezaron con el pie derecho: con un fraterno y sincero abrazo.

@monroyfelipe

Cadáveres no identificados, problema ético más que técnico

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Es simple: El trato que las sociedades dan a las personas fallecidas y sus restos mortales refleja todos los matices en la valoración que damos a la vida propia y a la del prójimo. Por ello no hay otra manera de decirlo, el pésimo manejo que las autoridades han dado a las fosas clandestinas, anfiteatros desbordados y tráileres de cadáveres tiene implicaciones no sólo en el presente administrativo sino con el futuro antropológico de la misma sociedad mexicana.

Por ello es preocupante la aparente normalización administrativa ante la indiferente acumulación en morgues y anfiteatros de cientos de personas en diferentes zonas del país; y aun peor, inquietan las “soluciones” que algunas autoridades han deslizado. El gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, por ejemplo, anunció la construcción de una cámara frigorífica más grande para que quepan los cadáveres que hoy reposan en la caja de un tráiler. O en Guerrero, el gobernador Héctor Astudillo puso en marcha el Plan Guerrero 751 (el número corresponde a los cadáveres no identificados acumulados en los Servicios Médicos Forenses del estado) para recolectar datos genéticos de cada cuerpo antes de ser enviados al llamado “Panteón forense”; el proyecto ha sido criticado porque la administración estatal instauró la fosa en los terrenos privados de un correligionario político del gobernador y porque, detrás de la adquisición de equipo y material de resguardo de datos genéticos, habría un interés económico más que humanitario.

Por más secularizada en la inmanencia filosófica, la sociedad mexicana sigue escandalizándose ante el drama del mal tratamiento de los restos humanos. Pongo un ejemplo: Ante la progresiva moda de esparcir las cenizas de un ser querido al viento o el mar, de dividir entre los familiares el contenido de las urnas mortuorias o crear un diamante con 600 de los 1200 gramos de cenizas humanas producto de la cremación (el deshumanizado y escabroso dato exacto lo da el director de una famosa funeraria mexicana), en 2016, el Vaticano publicó una breve instrucción pontificia sobre el trato correcto de los muertos y sus cenizas, y el mundo se volvió loco. Aseguraron que el catolicismo ‘exageraba’, que sus planteamientos eran anacrónicos para el contexto moderno.

Sin embargo, el tiempo (y las dramáticas expresiones del fenómeno) ha terminado por darles la razón: nos preocupa el correcto tratamiento a las personas fallecidas y a sus restos mortales; nos preguntamos qué tanto impacta en la psique de los deudos el conocer no sólo el destino de su ser querido sino cómo fueron tratados sus restos por las autoridades sanitarias y periciales; nos conmueve el sentimiento de aquella persona que se llena lo mismo de esperanza como de terror al saber que uno de esos cadáveres apilados en tráileres u oficinas forenses podría ser quien el familiar desaparecido que busca.

Por supuesto, hay protocolos de actuación cuando el volumen de cadáveres supera el trabajo de las instituciones -por ejemplo, tras los desastres naturales que dejan cientos de miles de muertes-; y en varios puntos de esos protocolos se insiste en no deshumanizar los restos mortales y proveer todos los medios posibles para que los familiares puedan identificar a su ser querido. Incluso, para que la misma sociedad e instituciones, tengan registro claro de las víctimas.

Los gestos y los rituales alrededor del tratamiento a las personas fallecidas tienen un significado profundo y revelan el grado de respeto que se le da a la vida humana misma. La sociedad mexicana aún guarda varios grados de escrúpulo ante la muerte y, por tanto, de la vida; aún no se ha caído del todo en el cinismo amoral, de lo contrario no nos provocarían tanta repulsión algunos procedimientos de disposición de restos mortales humanos que se popularizan en otras latitudes: Canadá tiene un proceso de hidrólisis alcalina que disuelve un cuerpo en cuatro horas para ser desechado en el desagüe, en Estados Unidos se mezclan las cenizas con fuegos de artificio, en Reino Unido se hacen discos de vinilo, en Italia se hacen cápsulas ecológica cuya degradación alimenta el retoño de un árbol o en los Himalayas se dispone el cuerpo al aire libre para carroña de las aves.

Es claro que la naturaleza y sus leyes desafían las susceptibilidades de las culturas humanas, la muerte biológica es absoluta y rápida pero la muerte social es mucho más compleja: ¿Cuándo deja de doler la pérdida de un ser amado? ¿Cuánto tiempo tarda en descomponerse la memoria de nuestros muertos o nuestros ausentes? ¿Cómo se burocratiza la angustia de buscar a un desaparecido? ¿Cuántos trámites hay que concluir para olvidar un recuerdo?

Queda claro que las respuestas meramente técnicas y administrativas no atienden el drama profundo que trastoca la conciencia humana sobre el tratamiento y disposición de las personas muertas a toda la sociedad mexicana. Comprender que el problema de los cadáveres sin paz en México no es sólo técnico sino ético, moral, cultural y antropológico es parte de la ruta de la respuesta. Ya lo dijo Lord Byron: “La adversidad es el primer camino hacia la verdad”.

@monroyfelipe

Cine: Abandonar los hábitos constantes

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De la mano de Netflix, la directora neoyorquina Nicole Holofcener (Una segunda oportunidad, 2013) compone una nueva pieza sentimental sobre los efectos de la separación y el divorcio tardíos: The Land of Steady Habits (2018) aborda la vida del divorciado, retirado y solitario sexagenario Anders Hill (Ben Mendelsohn) que, tras alcanzar todos los ‘éxitos’ de la vida cotidiana en los barrios privilegiados de Connecticut, decide abandonar la ruta de los ‘hábitos constantes’ para enfrentarse a un confuso escenario de trágicas elecciones.

A diferencia de Una segunda oportunidad (con la comediante Julia Louis-Dreyfus, Eleine en Seinfield), Holofcener desarrolla un humor más complejo y duro al presentar las dolorosas peripecias de Anders en la frontera de la responsabilidad de la edad madura. El protagonista experimenta la acelerada pérdida de sus principales relaciones humanas basadas en su proveeduría, su trabajo, el consumo, las obligaciones sociales y las expectativas de su comportamiento. Al abandonar esos hábitos constantes, Anders se siente como un nodo ausente en una gran trama que conserva su función y estructura a pesar de que ha sido arrancado de ella. Así lo confiesa en un bar ante un habitué: “Solía tener esa visión: Mi vida era como una telaraña. Mientras más líneas de esa telaraña salían de ti, se sostenían a ti, más importante eras. Pero, si desapareces, entonces la gente que estaba en tu vida ahora confía en alguien más. Y así la telaraña simplemente se reajusta por sí sola y continúa sin ti”.

The Land of Steady Habits (que también es uno de los lema del estado de Connecticut) es la adaptación de la novela homónima de Ted Thompson; “una propuesta narrativa sobre la dolorosa compasión de aquellos silenciosos solitarios y una mirada honesta a las tradiciones norteamericanas de los suburbios”, según afirma en el propio escritor en su blog. El filme, sin embargo, logra retratar esa angustia pre-navideña autodestructiva de Anders al permitir que su liberación de los hábitos constantes lo convierta en un confundido varón entrado en años que coloca excesivos adornos navideños en su modesta residencia de soltero, que inicia relaciones infructíferas y vergonzosas con desconocidas, que se permite un comportamiento auténticamente irresponsable y que, entrado en problemas, vuelve a la búsqueda de las comodidades del hogar que él abandonó. Anders vive una clásica sobrecompensación ante su desorientado estado anímico mientras su mujer Helene (Edie Falco) y su nueva pareja (Bill Camp), su hijo Preston (Thomas Mann) y las antiguas parejas en su estrecho círculo social le han cerrado las puertas de sus vidas, tanto las abstractas como las necesarias, pero no las de la costumbre.

El filme está construido bajo la clásica estructura de personajes en la tragedia griega: el protagonista es Anders, el marido; su hijo Preston es el deuteragonista y su exmujer, Helene, la tritagonista; pero Charlie y su madre -amiga de Helene- son los verdaderos facilitadores del drama. La amiga, inalterable y confidente, que ha ayudado en la nueva relación afectiva a Helene; y Charlie, el joven adicto a las drogas, que Anders reconoce en su propio hijo. Anders, Preston y Helene tendrán que padecer el tormento de los impulsos irracionales que cuestionan la formalidad del mundo racional.

loshThe Land of Steady Habits, junto a otras obras norteamericanas contemporáneas (Fourlough de Laurie Collyer; y la impecable Three Billboards Outside Ebbing Missouri, Martin McDonagh), forma parte de los esfuerzos de analizar los diferentes perfiles sociales y culturales de la Norteamérica profunda a través de personajes inusuales. Es el caso de estos “hábitos constantes” a los que está acostumbrada la clase media-alta privilegiada en Estados Unidos, que esconde tras los muros de sus perfectas residencias los problemas de sus familias: el individualismo, la posición económica, las adicciones, el hastío y el irreflexivo sentido de vivir en una falsa libertad.

Son filmes, sin duda muy diferentes en calidad cinematográfica, narrativa y actoral, pero en el fondo comparten el leitmotiv de sus agonistas: su nula sensación de origen, camino y trascendencia. Es quizá un reflejo de una cultura norteamericana ‘estancada’, de ignorancia etiológica que ya no reconoce ningún origen ni va a sitio alguno, que sólo acontece en una realidad sucedánea, padecer síntomas sin causas ni consecuencias. Anders está convencido de lo que dejar atrás en su vida y desea ya no formar parte de esos “hábitos constantes” (frente a los trenes de la tarde que llegan con los trabajadores de la ciudad, su colega del bar le pregunta: “¿En realidad quieres volver a eso?”); pero en lugar de emprender un nuevo camino permanece erosionándose, como un tronco viejo que ha perdido todas sus hojas en el invierno.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

Miguel y la Sixtina capitalina, una oda al tesón

WhatsApp Image 2018-09-14 at 15.12.07Caminó sobre la obra de un portentoso artista durante 18 años. Miguel Macías comenzó su más grande hazaña en el 2000 en su primer año como jubilado: Tras un viaje a Europa, donde tuvo oportunidad de visitar la Capilla Sixtina en el Vaticano, Miguel cayó en cuenta que el famoso recinto religioso pintado por el inmortal Miguel Ángel Buonarroti tenía mucho en común con la parroquia de su barrio en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México; decidió reproducir los frescos de la bóveda pontificia en el templo a donde acude a misa de manera regular y, tras 18 años, finalmente será inaugurada la totalidad de la obra el 21 de septiembre del 2018.

Nada en el exterior de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro adelanta al visitante la asombrosa aparición de la obra de Miguel Ángel Buonarroti a lo largo y ancho de la bóveda del templo. La Moctezuma es una colonia popular, en la Plaza de la Aviación hay un quiosco y una estructura para mitigar el sol, por las calles se suceden locales nuevos y viejos, oficios y servicios que los vecinos ofrecen principalmente a residentes locales; el templo mismo está ligeramente oculto tras frondosos árboles donde sólo destaca un sencillo campanario y un moderno vitral redondo con la imagen de la Virgen María.

Pero al cruzar el umbral de la parroquia capitalina, la obra de la Capilla Sixtina se abre con plenitud ante los ojos del visitante: Son más de 500 metros cuadrados de obra pictórica que reproducen los nueve pasajes bíblicos del Génesis, los simbólicos retratos de sibilas y profetas, y las escenas familiares de los antepasados de Jesús. Macías y la gente que le ayudó desinteresadamente en este trascendental proyecto lograron reproducir los trampantojos de columnas, cuerpos y formas que han hecho mundialmente famosa a esta obra renacentista.

Sin ser pintor, Miguel Macías se las arregló para reproducir en 13 lienzos de 15×3 metros los detalles más acabados de la obra. Al igual que en la Capilla Sixtina original -donde se realiza a puerta cerrada la elección del Santo Padre de la Iglesia católica-, la bóveda de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro no se puede ver de un solo golpe de ojo. Cada personaje y todos los detalles están allí, pintados con cuidado milimétrico. Además, por si fuera poco, Miguel y algunos de los ayudantes que le apoyaron en diferentes etapas de estos 18 años para avanzar en el proyecto dejaron testimonio de su trabajo: “Pues sí, pusieron su nombre, es un pequeño gesto que intenta compensar sus esfuerzos; allí están sus nombres, casi no se ven a diez metros de altura, pero son cosas que, en efecto no están en la pintura original”.

Por si fuera poco, Macías recuerda que uno de sus colaboradores decidió pintar el perfil de la Virgen de Guadalupe en un lugar donde Miguel Ángel sólo había puesto un broche que ata un manto.

WhatsApp Image 2018-09-13 at 12.17.34La empresa de trabajar el proyecto no fue sencilla, ni barata. A lo largo de los 18 años, Macías debió padecer penurias económicas, falta de apoyo y grandes momentos de soledad; sin embargo, de cuando en cuando, los apoyos llegaron: Estudiantes o aficionados a la pintura que trabajaron bajo su guía, donadores generosos del proyecto y sorpresivos apoyos por parte de autoridades de la Ciudad. Lienzos, pinceles, pintura, bastidores, un improvisado taller al costado del templo, pegamentos, grúas hidráulicas, andamios especializados, iluminación y toda especie de necesidades consumieron decenas de miles -si no cientos de miles- de pesos en este proyecto que cabalgó a través de dos arzobispados (Norberto Rivera Carrera inauguró los primeros esfuerzos del artista) y tres jefaturas de gobierno capitalinas. Incluso, también debió sortear los cambios de los párrocos pues, sólo con la autorización de éstos, se pudo dar cauce a esta magna obra.

Macías relata que todo inició con un pequeño cuadro en el que reproducía apenas el detalle de las manos de Dios y Adán en “La creación de Adán”. Por alguna razón comenzó la obra justo en ese espacio entre la mano del creador y del primer hombre: “Me conmueve ese pequeño espacio entre la mano de Dios y de Adán en el momento de la creación del hombre”. En efecto, es un espacio vacío pero lleno de significado, de tensión y gracia, de silencio y de milagro. Las manos humanas que simbolizan la mano del Creador y la mano del primer hombre buscando ese contacto que les llevará todo el tiempo y a lo largo de todas las generaciones, concretar plenamente.

“Yo le agradezco a Dios por permitirme concluir esta obra; por supuesto a todos los que ayudaron -a Gustavo Moreno, por ejemplo, viajó de Cuernavaca a la Ciudad de México cada semana para ayudar durante cinco años al proyecto-, a las autoridades que en algún momento aportaron recursos y apoyo, y a los párrocos que permitieron hacer esta locura durante todos estos años”.

La magna obra será inaugurada por el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, el próximo 21 de septiembre a las 18 horas. Celebrará la comunión eucarística con los feligreses, donantes del proyecto y el párroco del lugar, José Guadalupe Ramírez Murillo.

Habemus líder ¿ya no tenemos problemas?

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Los brillos del poder enceguecen a cualquiera. Incluso a aquellos cuyos principios éticos o morales les ponen los pies en la tierra. En la ruta de la gobernabilidad suele emerger el espejismo de confundir la meta con el camino. Y esto genera muchos problemas a los líderes que, mirando el final del horizonte, ignoran la senda por donde caminan.
Sí, es importante contemplar el destino y la meta; pero es el camino el verdadero triunfo de los gobernantes. Parafraseando al pastor Graham: “No hay problema si uno posee ambiciones; el problema es cuando las ambiciones poseen nuestras vidas”. Los cambios que se abren paso en los diferentes perfiles de la vida social en México pueden tener en el horizonte las metas más nobles de todas: acabar con la corrupción, la impunidad y el crimen; pero las metas no son el camino y, aunque parezca una obviedad, el inicio no determina el final de la ruta, cada empresa debe enfrentarse a una senda inexplorada. Pero ¿vale cualquier camino? ¿Antecede el fin a los medios? ¿Por qué ruta se puede buscar la meta sin dejar a nadie en la vera del camino, sin pasar por encima de sus derechos, sin dejar de escuchar lo que las voces sencillas descubren a ras del suelo?
En estos días de transición administrativa, algunas organizaciones internacionales y acuciadas asociaciones particulares se aprestan a presionar a las próximas instituciones públicas en México de asumir ciertas agendas con las que nadie en sus cinco sentidos puede discrepar: el combate a la corrupción, la erradicación de la impunidad y la disminución del crimen en México. Pero, aunque haya coincidencias en los objetivos ulteriores, son sus medios inconfesables los que deben preocuparnos: la renuncia voluntaria de la soberanía nacional, la sujeción de la constitución política y sus leyes a caprichos de ‘especialistas’ impuestos desde el extranjero, la erradicación de la discrepancia o el relativismo legal que pone bajo permanente sospecha al ‘Estado de derecho’.
En estos escenarios crece el riesgo de que los liderazgos cedan ante los obsesivos espejismos que muestran estos grupos de poder: muestran el tesoro al final del arcoíris, la eficiencia de la panacea, pero no los efectos secundarios ni los sacrificios que se toman para llegar a la prometida olla de oro.
Hay un relato popular originario del Llano Grande, Jalisco, que cuenta la historia de un hombre que encontró una cueva llena de bellos tesoros; tomó cuantos pudo y quiso salir, pero una voz lo detenía al tiempo de cerrar el lugar. “¡O todo o nada!” repetía la voz que cerraba la cueva si el hombre no cargaba con todos los tesoros. Viéndose en el predicamento, el sujeto decidió ir por un par de borricos y ayuda de sus amigos al pueblo. Salió de la cueva, dejó su sombrero atado al árbol que marcaba la vera de la cueva y emprendió camino a su casa. Allá encontró la ayuda, preparó los jumentos y quiso regresar a la dichosa cueva a la que jamás volvió a encontrar. Nunca encontró el camino: perdió el tesoro y, por supuesto, su sombrero.
El relato deja en claro que la ambición puede hacernos olvidar lo importante que es el camino. Ni las reformas, ni los nuevos modelos de operación, ni la transformación de las instituciones pueden ser la meta en sí mismos. Se deben contemplar los medios, el camino, la ruta y la actitud con los que se emprende misión hacia la meta. A los dirigentes les hace falta preguntarse con serenidad ¿con quién se emprende ese trayecto? ¿Qué voces hay que escuchar debajo de los fulgores del poder? ¿Cuántas veces habrá que recular en el camino, reconocer los errores, bajar la velocidad humildemente para sentir la senda por donde se marcha?
En la tradición católica, la expresión ‘Habemus papam’ es utilizada cuando se informa que un nuevo papa ha sido elegido; y para no pocos, el personaje electo determina la meta de una iglesia bimilenaria, como diciendo: tenemos el líder, gozamos del tesoro. Pero el horizonte siempre se abre a un horizonte nuevo y, en esa confianza de la historia, el camino es el verdadero bien asequible y el mejor legado que se puede dejar.
@monroyfelipe