Comunicación y periodismo

¿Cómo reparar un partido político?

Bildschirmfoto-2014-09-24-um-12.18.24Reconozcámoslo, no es la primera vez que se nos despedaza algún partido político. El alba y el ocaso de grupos ideológicos que emprenden la legítima búsqueda del poder o de grupos de poder que emprenden la extenuante tarea de fingir que tienen principios ideológicos son fenómenos que hemos contemplado a lo largo en nuestra muy peculiar construcción democrática. Y hay que reconocer que eso es natural: los modelos se agotan, cambian las circunstancias, se transforma el mundo.

El espejismo recurrente del poder es la eternidad. Pero es claro que la contingencia acompaña a todas las realidades sociales, incluido el poder político. Por ello, algunos partidos se van avejentando de manera natural y algunos mueren intempestivamente. Los primeros pueden desaparecer lentamente dejando dos estelas: o una escuela o un resentimiento; los segundos perecen tan rápido que ni sus simpatizantes recuerdan sus siglas ni sus eslóganes a la vuelta de los días.

En México hemos tenido ambos casos trágicos. Partidos políticos que surgieron más por la presión que del consenso; nacieron del poder, pero no de la necesidad. De esos partidos políticos casi no queda nada. Sólo operadores sobrevivientes, náufragos que sueñan con ruinas en otros barcos que los llevan a la tierra de oscuras oportunidades.

Pero también hemos tenido partidos que se erigieron gracias al clamor popular, a una convicción; como el eco de un anhelo que cruzaba por los sufrimientos de un pueblo. Partidos que nacieron tan pequeños como un vivaz riachuelo y que, con el tiempo, fueron mares estancados sin salidas ni afluentes. De la muerte de esos partidos quedan dos cosas: un ideal, el sueño por fecundar otras tierras; y una necedad, la imposibilidad de adaptarse.

La cultura del descarte -una especie de filosofía o costumbre social que prefiere tirar lo roto en lugar de repararlo- indica que los despojados del triunfo, de los reflectores o de las esperanzas no tienen remedio, que deben ser desechados. Algo nuevo lo sustituirá, algo joven (algo que, sin embargo, también tendrá fecha de caducidad).

¿Qué hacemos con los partidos políticos que fracasaron terriblemente ya fuere por su envejecimiento crónico o por su innecesaria existencia? ¿Qué es lo que sus tripulaciones desean rescatar de las naves destrozadas tras la batalla? ¿Abordarán al barco triunfante sólo por supervivencia o se aferrarán al último madero alegando entereza moral? ¿Qué tesoros guardaban las bodegas de esas embarcaciones? ¿Dinero y poder? ¿Valores y principios? ¿Bienes o personas?

Queda claro que los pragmáticos sugerirán un renacimiento entero: nueva nave y nuevos aparejos, nueva tripulación y marinos; nuevo nombre y ruta. Nuevo todo, todo nuevo. Pero los románticos lucharán por rescatar “el corazón” del navío. El poder inasible de una convicción que se podrá llamar ‘principio’ o ‘doctrina’. A veces, como nos indica la tradición japonesa del Kintsugi, la reparación de algo roto puede generar una belleza inesperada, sutil y vulnerable, pero abierta a la posibilidad de sumar partidarios.

Una última reflexión: que la reparación de un partido político sea posible no quiere decir que sea necesaria. Puede bien permanecer en las costas de nuestra memoria, encallado como un ancestral buque que se resigna a morir del todo. También allí estaría dando ejemplo, asintiendo en silencio lo que Oscar Wilde alguna vez escribió: “La experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”.

@monroyfelipe

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La estrategia del último debate

debateHay que ser muy claros, si todo sigue el curso esperado, será la última vez que los cuatro aspirantes a la presidencia de la República estarán frente a frente compartiendo el mismo salón. Es el tercer y último debate donde los candidatos y sus estrategas se jugarán su última carta dentro del marco legal; el último ejercicio abierto al juicio de los ciudadanos para ver y escuchar a los aspirantes responder ante tres temas generales (desarrollo sustentable, educación y salud) y comportarse frente al último señalamiento que sus contrincantes les hagan en su cara.

En general, para los estrategas políticos, el último debate es donde se establecen todos los diferenciadores posibles entre candidatos. Por ejemplo, en el último debate Clinton-Trump, los dos candidatos expusieron radicalmente sus diferencias: si para la primera, la actuación de los jueces de la Suprema Corte le parecía correcta, el segundo los criticaba ácidamente; cuando Clinton pidió la regulación en la posesión de armas, Trump le reviró que el norteamericano común cree profundamente en la Segunda Enmienda que le garantiza la posesión y portación de armas.

Así continuó la noche, Clinton y Trump ahondaron el abismo que les separaba: aborto, inmigración, el muro con México, seguridad interior. Las acusaciones iban de ida y vuelta, pero aún con datos correctos: Clinton acusó a Trump de usar inmigrantes ilegales para construir sus icónicos edificios aprovechándose de su necesidad y vulnerabilidad; Trump acusó a Clinton de deportar masivamente a indocumentados como una política permanente como secretaria de Estado con Obama. Sin embargo, el clímax del debate fue la provocación de Clinton contra Trump sobre su relación con Rusia y el presidente Putin, que derivó en una vulgar recriminación mutua sobre qué candidato era ‘marioneta’ de Rusia; la demócrata acusó a Trump de usar recursos de su fundación para mandarse a hacer retratos de 2 metros de altura; y el republicano le reviró con el escándalo de la fuga de información a través de los mails de la secretaria de Estado.

En síntesis: el último debate es la oportunidad de que los candidatos muestren una imagen lo suficientemente definida como para sobrevivir al alto contraste. Esa imagen tiene que durar hasta que el elector esté frente a la boleta.

No obstante, el tema en la actual contienda presidencial en México no es el contraste o la diferenciación entre candidatos, es justamente lo contrario: cómo convencer a esa gran porción de indecisos que exigen puntos medios de convergencia a los candidatos: más modernidad administrativa a López Obrador, más empatía con el anti-corporativismo a Meade, más sencillez y humildad a Anaya y más seriedad institucional a Rodríguez Calderón.

Sin embargo, nada parece apuntar a que los candidatos suavizarán el tono; por el contrario, seguirán el manual e irán hasta el final en la confrontación: Anaya insistirá en la alianza Peña-AMLO, Meade continuará con la estrategia del miedo, López Obrador reiterará su posición ante la mafia del poder y ‘El Bronco’ repetirá su condición ingobernable de independiente.

Bajo este modelo, los que realmente perderán serán los temas: Crecimiento económico, pobreza y desigualdad; educación, ciencia y tecnología; y desarrollo sustentable, salud y cambio climático. Es probable que ningún candidato utilice su tiempo frente al micrófono para explicar a profundidad alguna propuesta de política pública en estos rubros; al final, en realidad tampoco es lo que esperan los ciudadanos espectadores.

El debate se realizará este martes 12 de junio en el Gran Museo del Mundo Maya en Mérida, Yucatán, a las 21:00 horas. Desde el último encuentro, el único golpe mediático nuevo fue la divulgación de un video donde vuelve a posicionarse la trama del presunto lavado de dinero de Ricardo Anaya a través del empresario Barreiro en Querétaro; mientras, en el war room de José Antonio Meade se hace sentir la narrativa mercadológica de Carlos Alazraki quien caricaturiza a López Obrador con actitudes de anciano senil; y, por su parte, los estrategas de Andrés Manuel continúan pidiéndole al tabasqueño que se mantenga en su discurso de amor y paz. Sin embargo, las encuestas parecen no dar virajes importantes. Insisto, el tercer debate es la última oportunidad de usar la última carta legal de los candidatos, aunque eso abra la puerta a otras estrategias paralegales o francamente criminales. Esperemos que no.

@monroyfelipe

Tom Wolfe: el explorador del estilo

wolfeas.jpgIrónicamente, la noticia de la muerte del ícono del periodismo internacional, Tom Wolfe, aterrizó en el universo de información este 15 de mayo justo con los métodos y elementos periodísticos que el escritor pensó habían envejecido terriblemente. Si hay alguna aportación brillante que el oficio periodístico debe homenajear a este escritor norteamericano en este siglo digital es justamente la reflexión sobre el ‘nuevo periodismo’ y cómo la narración inteligente de los acontecimientos puede salvar a una profesión que, como muchas otras, está amenazada por robots y la inteligencia artificial.

Con cierta unanimidad, tanto el gremio cultural como el periodístico coinciden en que Wolfe fue el padre del nuevo periodismo, no sólo por ejercerlo, sino por descubrir ese estilo en los perfiles de otros periodistas que hacían crecer el oficio con las herramientas de la literatura. Wolfe, sin embargo, fue el primer sorprendido de los estilos periodísticos que fueron naciendo en la década de los 60 en revistas especializadas y en las redacciones de audaces diarios para la época: “Al principio no logré entenderlo, francamente”: narraciones íntimas sumamente detalladas, digresiones personales,  adornos metafóricos, escenarios crudamente explicativos y descripciones llenas de una franqueza inquietante. Estilos que rompían con todo lo que se hacía bajo la fórmula clásica de jerarquización de información norteamericana de las cinco w’s (what, who, when, where, why); Wolfe advirtió que el lenguaje periodístico tradicional no alcanzaba a relatar todos los matices de las historias y entrevistas pero contempló con satisfacción cómo el oficio periodístico comenzaba a cobrar una dimensión estética.

Esta audacia cultural y literaria –pensaba Wolfe- podía ser el remedio a los efectos soporíferos que los diarios proponían a su público lector pero también una oportunidad creativa para que los buenos reporteros no terminaran sus días como malos columnistas. El nuevo periodismo, para el escritor, era la ventana que abría el viciado ambiente de un periodismo que no podía sorprender a nadie, del periodismo “que sólo hacía lo que se esperaba de él”.

“Al mentir se puede engañar siempre a alguien pero revela una gran verdad: Que eres débil”: Tom Wolfe

Han pasado 50 años de este ‘descubrimiento’, de la audacia del gremio periodístico a traspasar las barreras de lo ‘culturalmente correcto’ y, sin embargo, en este 2018, ningún medio digital informó la noticia de la muerte de Wolfe intentando siquiera un deferencia o un reconocimiento a ese nuevo periodismo que elevó a alturas literarias un oficio despreciado muchas veces por la cultura y la historia. El peor homenaje a este tremendo escritor fueron los obituarios genéricos y las notas inmediatistas y superficiales de su fallecimiento; con todo, en cuanto los audaces logren dar orden a su mirada de este acontecimiento se estarán proponiendo lecturas más atractivas de la vida, obra, genio y figura de Tom Wolfe.

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‘El nuevo periodismo’, una propuesta audaz

Wolfe exploró los estilos periodísticos de la mano de la narración y la creatividad, del exhaustivo trabajo de recuperación de datos, de la incómoda observación del perfil de la historia; el periodista en este terreno es un personaje que se implica, se compromete con los fenómenos sociales hasta el más nimio detalle.

 

No es una tarea fácil pero tampoco imposible, el propio Wolfe consideraba que “con frecuencia le resulta más fácil a un reportero penetrar una situación delicada de lo que él mismo u otra persona pudiera imaginar”; el desafío radica más en las dinámicas del medio que en la exposición frente a la costra social: La franqueza del trabajo periodístico puede poner en riesgo al propio medio. Esa es la audacia a la que incitó Tom Wolfe a varias generaciones de periodistas, a explorar nuevos estilos, a arriesgar la comodidad de la cotidianidad. El escritor sentenció que “el periodismo perfecto trataría constantemente de un tema: el estatus”; a las 10 de la mañana, en una redacción de noticias de la Ciudad de México nos enteramos de la partida de Wolfe y nos enfrentamos a dos opciones: mantener o trasgredir el estatus al que estamos acostumbrados.

@monroyfelipe

Candidatos y periodistas: ¿condescendencia premeditada?

img_0078-1.jpgEl desfile de candidatos en los medios de comunicación es un imperativo del tiempo de campañas políticas; en principio, es el momento idóneo para que periodistas y medios noticiosos den espacio a los políticos para que la ciudadanía evalúe sus perfiles y propuestas. Los periodistas fungen como un ciudadano altamente informado y con habilidades probadas para ser los facilitadores del diálogo y los actores que inquieren con sagacidad las dudas que los diferentes sectores sociales tienen de los candidatos a representación popular.

En las semanas posteriores al debate de los candidatos a la presidencia de la República –y debido al alto raiting que produce la presencia de las principales figuras políticas- varios medios de comunicación organizaron mesas redondas donde los políticos acuerdan comparecer y establecer un diálogo ante los periodistas titulares de las principales empresas mediáticas del país.

El ejercicio parece simple: en libertad, con los juicios individuales y en representación de sector social, ideológico o económico de su predilección, los periodistas realizan una serie de preguntas a los candidatos y éstos deben expresar con claridad sus ideas y su aprovechar el espacio masivo para promover la imagen. El objetivo central de los periodistas es abrir el diálogo; el de los políticos, el convencer de entre las audiencias algún potencial votante. Sin embargo, algo parece no estar convenciendo a las audiencias ni a la ciudadanía.

Gracias a que el espacio de opinión ya no está sólo bajo el control de instituciones políticas o mediáticas formales, la ciudadanía cada vez utiliza más los recursos tecnológicos a su alcance para reclamar tanto la capacidad y desenvoltura de los candidatos como el profesionalismo o la probidad de los mismos comunicadores. Las redes sociales otorgan una herramienta democratizadora a la opinión pública, con todas las bondades y riesgos que ello conlleva; y en el particular caso de la contienda electoral actual, el fenómeno parece anteponer los negativos. Pero no hay que apasionarse mucho en esta idea.

¿Los periodistas se muestran más condescendientes con alguno de los candidatos? ¿Teniendo la oportunidad de hacer las preguntas que la sociedad realmente quiere hacer, prefieren callar beneficiando a los candidatos? ¿Por qué con ciertos políticos parecen ser más hábiles en su responsabilidad periodística que con otros? ¿Hay acuerdos innombrables que definen esta actitud de los representantes de los medios? ¿Qué tanto representan los intereses sociales los periodistas frente a los políticos? ¿Será todo responsabilidad de los comunicadores o también dependerá de las habilidades del político frente a ellos?

¿Será un problema que atañe sólo de los candidatos y los periodistas, a los políticos o a los medios? ¿Podría ser también de nosotros, las audiencias?

La respuesta es categórica: Sí.

Sin minimizar o relativizar las responsabilidades de los medios de comunicación y sus profesionales así como de los políticos y sus equipos de estrategia; las audiencias tienen hoy una gran responsabilidad en la construcción de la percepción de lo que sucede en los encuentros políticos-periodistas. Los prejuicios en contra o a favor de los participantes en estos ejercicios hablan antes de que el espectador lo note. Es un hecho que, aún sin que se haga la primera pregunta o el político exprese su primera idea, una buena parte de la audiencia tendrá su valoración o prejuicio de lo que está por seguir. Algunos querrán ver a periodistas combativos contra el político que les provoca animadversión y, aunque los periodistas hagan un trabajo moderadamente profesional, esa audiencia dirá que fueron complacientes. Otro tipo de audiencia creerá que el candidato de su preferencia fue ferozmente atacado por los periodistas, pero no será fácil que esos espectadores acepten que quizá no estuvo fino ni brillante el político de su predilección.

La comunicación contemporánea se realiza en un mundo complejo; políticos, periodistas y ciudadanía debemos reconocer esa complejidad y saber que los temas de la sociedad no se resuelven bajo prejuicios o simplificaciones porque eso sólo ayuda a la polarización social, al error, y al miedo. Saber la verdad es muy difícil en nuestra cultura actual, existe mucho escepticismo y demasiada confianza sectaria; pero la verdad existe, no es relativa, y para llegar a ella se requiere ecuanimidad, humildad. Reconocer que no se sabe todo, que nuestra cosmovisión puede mejorar con la evidencia y con la experiencia de otros, incluso cuando no piensan como nosotros.

@monroyfelipe

La censura en la era de las ‘fake news’

censura.jpgDice el filósofo que “el viejo mundo siempre nos pisa los recuerdos”. Y es que, aunque el mundo moderno parece insistir que todos sus cambios son irreversibles, el contexto y el perfil de la realidad nos indican que algunas prácticas no fueron derrotadas sino que simplemente trasmutaron. Tal es el caso de la censura a la libertad de expresión.

La lucha por el reconocimiento a la libertad de expresión es casi tan añeja como los primeros intentos de plasmar las expresiones culturales para ser transmitidos, ya fueran largas distancias físicas o largas distancias temporales. Con la producción de pensamiento expresado, casi de la mano, viene la censura del mismo. La censura es una reacción que tiene por objetivo intervenir la expresión ya sea para cambiarla de forma, de contenido o, incluso, de silenciarla. La censura siempre ha sido vertical y descendente, se ejerce desde una autoridad y tiene la capacidad de integrarse a cualquier tipo de poder, sea fáctico, legítimo o institucional.

La censura es una de esas expresiones que parece podrían vivir sólo en el pasado, pero no. Es un hecho que no termina de irse pero ya no tiene el mismo rostro. Hasta el siglo anterior, la censura tenía el rostro del poder; casi siempre representaba a un gobierno o bien a un enorme potentado económico, fáctico o cultural. La censura nacía en un elegante despacho o en un bunker lleno de armas, siempre del lado de quien tira el gatillo o de quien tiene el privilegio del poder. Pero hoy la censura ha tomado otro camino, uno más complejo.

En buena parte se debe a los avances tecnológicos que han convertido prácticamente a cada ciudadano –con cierto poder adquisitivo- en un productor de noticias, un realizador de contenidos, una fuente de información y un divulgador masivo de cierta relevancia en las dinámicas sociales imperantes. Pero no sólo el acceso a estas formas de producción y transmisión han cambiado el escenario, también las nuevas relaciones de los individuos con las estructuras sociales participan hoy de un nuevo modelo de operación entre gobiernos, estructuras, ciudadanos, consumidores, influenciadores y todo el resto de sujetos sociales en capacidad de expresión.

El volumen de información que cada día consume un individuo promedio es inmenso. Pensemos sólo en la actual contienda electoral en México. La cantidad de información que se desprende de un seguimiento permanente a cada uno de los candidatos así como de la producción de noticias falsas, memes, parodias, análisis, lecturas y hasta de la verificación de la veracidad y certeza de las fuentes hace prácticamente imposible que una sola persona pueda asimilar y comprender todo el fenómeno. Mientras más información consumimos es más difícil evaluar la calidad de esa información.

La censura del pasado eliminaría buena parte de la noticia y, bajo el sesgo del control, haría llegar a los consumidores sólo los datos que le fuesen convenientes; pero la censura hoy se enfoca más en los efectos de las decisiones de cada consumidor. No es simplemente ‘autocensura’ porque su acto no es del todo voluntario, está sujeto a la construcción de su perfil social, sus preferencias y sus redes de información. Es el individuo al que el sistema de información le ha sesgado sus posibilidades para informarse según su perfil. El moderno ‘individuo informado’, con su actividad cotidiana para informarse en el mundo digital, no sólo ha seleccionado con criterio sus fuentes de información sino que ha decidido aislarse en continentes enteros de sus preferencias, un sistema que elude todo lo que le molesta y reafirma sólo lo que le da la razón. La censura moderna es la segmentación racional, emocional e ideológica basada en la seguridad de nuestras conciencias.

Y ese tipo de ruta sólo nos puede conducir a un destino: la polarización social. Volvamos a las campañas políticas: es cierto que poco a poco cada grupo comienza a radicalizarse más, comienza a tirar más de esa cobija que nos cubre a todos y que es la realidad. Cada opción política afirma que tiene la razón y, gracias a la inmensa información actual, en efecto hay un ‘ambiente’ en el que siempre la tienen. La única opción para mirar más allá de esa polarización, de no alimentar el monstruo de nuestra vanidad, es reventar la burbuja de nuestra tranquila conciencia, romper la censura del sistema de ‘preferencias’ y ubicarnos en un punto de cierta incomodidad, de vulnerabilidad dogmática. Sólo así se pueden remontar tanto la censura como las falsas noticias.

@monroyfelipe

#Debate2018 Ganó el formato, faltaron aportaciones de fondo

asd.JPGConcluido el primero de tres debates entre los candidatos a la Presidencia de la República, los cinco candidatos –como ya lo habían trabajado en sus equipos de campaña- se declararon ganadores de su trinchera y pusieron en marcha sus tácticas para posicionarse en los espacios noticiosos de la semana. Sin embargo, como nunca antes, las estrategias en las redes sociales presidieron el análisis de lo acontecido en tiempo real y con miles de matices de opinión. Lo que quedó fuera, no obstante, fue la oportunidad de abordar los temas de fondo, que sí los hubo, pero palidecieron bajo las tácticas de imagen y campaña.

Los esfuerzos del Instituto Nacional Electoral para trabajar con las empresas controladoras de las principales redes sociales del mundo y que éstas operaran a favor de lograr audiencias y conversación fueron notorios, pero inquieta mirar los resultados: un inmenso volumen de participantes, pero igualmente inmensa la basura que allí se produce. Eso, sin contar aquello que los vendedores de fantasías llaman “estrategias de redes” pero que no son sino la compra burda de tecleadores obsesivos.

Las redes sociales rompieron el monopolio de opinión de los medios de comunicación tradicionales de noticiarios. Nueve de las diez tendencias masivas en Twitter en México hablaban sobre el debate; además, la utilización de diversos hashtags del INE para generar y concentrar la conversación que produjeron cientos de miles de usuarios facilitó dar seguimiento no sólo a las intervenciones de la sociedad sino a los usos que los equipos de campaña de los candidatos están dando a estas herramientas. Por supuesto, Facebook y Whatsapp también fueron receptáculos inmensos donde creció la exposición de lo acontecido en el debate pero hay datos muy preocupantes sobre este enorme esfuerzo: sólo uno de los diez principales influencers en México decidió participar y colaborar en la conversación sobre el debate presidencial; el resto, para mantener su autenticidad y lo que sus audiencias les piden, decidieron no intervenir, ni voluntariamente ni por medio de intereses económicos que les sugirieron tuitear a favor de ciertos candidatos a cambio de un atractivo bono económico.

Esto quedó reflejado involuntariamente en una encuesta realizada por la empresa Pauta: tras el debate realizó mil 196 llamadas telefónicas a hogares mexicanos, sólo 27% de los encuestados había seguido el ejercicio democrático. Es decir, aún permanece un gran volumen de indiferencia social ante estos temas políticos. Y, cuando los hay, la banalización o la burla antecede a la reflexión desapasionada. En la encuesta de un destacado informativo de Jalisco, más de la mitad de sus audiencias confirmó que lo más importante del debate fueron los ‘memes’ y los ataques. Así que, al igual que otras redacciones de noticias, se colocaron en portada principal dos notas: Los memes de los candidatos y un contador de ataques durante el debate.

Ya se esperaba, los ataques se centraron en el candidato puntero y los analistas coinciden en que esta circunstancia redujo las posibilidades de que los participantes expusieran temas concretos y exploraran respuestas a los temas que se les presentaron en este primer debate. Según el contador de ataques emitidos y recibidos: Anaya hizo 17 ataques y recibió 14; Zavala atacó 14 veces y recibió sólo una crítica; Rodríguez no recibió ninguna embestida pero hizo 15; Meade arremetió en 17 ocasiones y recibió 7 agresiones; y, finalmente, López Obrador, atacó dos veces y recibió 43 señalamientos de sus opositores.

En el balance de los analistas políticos y de imagen pública hay cierta coincidencia en que el candidato Ricardo Anaya, fue el que realizó un mejor desempeño en la técnica; que José Antonio Meade, desaprovechó la oportunidad de salir del tercer lugar en la intención de votos; que Andrés Manuel López Obrador, aportó muy poco en el ejercicio y soportó con estoicismo las acérrimas críticas de sus oponentes; que Margarita Zavala, se esforzó demasiado en el tono y en la emoción pero no en el fondo de las ideas; y que Jaime Rodríguez, destacó por las insensateces vertidas y la disruptiva actitud.

Con todo, más allá de la imagen y desenvoltura de los aspirantes, finalmente los temas de fondo sí aparecieron en estos ejercicios democráticos, aunque con tibieza y abordados sin claridad. Quedan para posteriores reflexiones y diálogos: La elección de un fiscal independiente para combatir la corrupción en el gobierno, la exploración de una reforma legislativa para revocar el mandato presidencial, el diálogo por una estrategia de seguridad eficiente y la gobernabilidad en medio de una crisis de Estado.

En conclusión, ganó el formato del debate y será un error dar marcha atrás en ello. Eso obliga a los aspirantes a mejorar sus técnicas y sus argumentos, a ordenar sus ideas y plantearse una imagen que converja con sus planteamientos y a aprovechar su tiempo porque es el tiempo que los ciudadanos (los pocos interesados) les están dando. El terreno está asentado y la audiencia interesada está deseosa de participar, esperemos que –ahora sí- haya más propuestas para hacer coincidir esos dos espacios.

@monroyfelipe

Ideas para un debate

Este domingo 22 de abril se realizará el primer debate presidencial del proceso electoral 2018, acuden cinco candidatos bajo un escenario que, si se simplificase al extremo, sería como sigue: el aspirante opositor va a la cabeza con varios puntos de ventaja en las encuestas; el abanderado del partido en el poder va en un lejano tercer lugar; el segundo lugar se sostiene sobre una explosiva amalgama artificial; y, al final de la carrera, dos candidatos sin partido que atacan al puntero más por ser como es que por alcanzarlo en el frente de las preferencias.

Por supuesto, la simplificación se hace caricatura y peca en objetividad. La construcción histórica de cada candidatura, la constitución real de cada estructura partidista, el panorama actual y futuro del país al que se aspira a gobernar y los acuerdos cupulares institucionales, políticos o económicos, hacen mucho más complejo el escenario en el que los ciudadanos deben valorar con criterio su apoyo a uno u otro aspirante. Pero bien dicen los mercadólogos de la política: el debate no es la oportunidad ciudadana para someter a los candidatos a escrutinio, es la oportunidad de los candidatos a sembrar ideas (reales o falsas) de su persona o de sus contrincantes.

Esos mismos mercadólogos afirman que el ganador del debate sube cuatro puntos en las encuestas de intención de voto popular y por eso preparan a los candidatos con técnicas y artilugios para salir victoriosos; sin embargo, en debates modernos ha habido candidatos que no acuden a estos ejercicios y de igual manera ganan elecciones (Theresa May del Reino Unido, por ejemplo) o debates donde son las reacciones del público presente las que ajustan los estilos o las temáticas de las propuestas políticas.

En México seguimos teniendo formatos muy rígidos, muy cómodos para los candidatos. De tal suerte que sigue siendo poco claro saber qué esperamos en realidad de estos ejercicios de comunicación política. ¿Qué se evalúa en un debate? ¿Las ideas? ¿La claridad con la que se exponen? ¿El temple y el carácter del candidato para recibir o sortear ataques? ¿El ingenio para hacerlos? Y finalmente, ¿quiénes hacen esas evaluaciones? ¿La audiencia como espectador entretenido o como ciudadanía receptiva? ¿O en el fondo es la opinocracia interesada la que califica bajo sospechosos o arbitrarios criterios?

¿Quiénes deben contrastar las palabras con la realidad? ¿Qué instancias verifican la viabilidad de las promesas? Pero, sobre todo, ¿cómo hacer para que la ciudadanía incida en la elección de los tópicos, de los formatos y de los candidatos sobre los que sí tiene interés escuchar?

Y es que en los debates se somete al crisol mucho más que las palabras y actitudes de los candidatos; se pone en evidencia el tipo de sociedad que somos y el nivel de la participación ciudadana que está convocada a pensar y reflexionar sus intenciones electorales.

Que los debates en México estén organizados para que cada candidato (independientemente de cómo haya llegado a la contienda o de sus posibilidades reales de ganar) pueda expeler cualquier agresión que le venga a la mente o prometer la fantasía más alucinante, refleja nuestro oscuro deseo de hablar sólo por tener el micrófono y la falta de sanciones sociales a la mentira. Pero, esa libertad, no explica esa falsa cortesía o protección a los políticos que no tienen posibilidad ni capacidad de soportar el juicio público cuando debaten. Que los moderadores de estos encuentros políticos en México sean periodistas no se compara con la presencia de público general en debates de Estados Unidos o el Reino Unido, ni con la preselección de candidatos a los que se les exige debatir sin ser distraídos por otros aspirantes que, aunque tengan legítimo derecho de contender, no representan plataformas de interés nacional ni debates sociales urgentes (como en Francia, por ejemplo).

La posibilidad para que -legítima, legal o paralegalmente- casi cualquier ciudadano mexicano pueda aspirar a puestos ejecutivos es parte de los avances y tropezones de la democracia; los debates también lo son. Ambos mecanismos son perfectibles y ambos siguen necesitando más participación popular.

@monroyfelipe

La mentira inspira a los audaces

MentirasNo es broma: el video de la #NiñaBien, el escándalo de Facebook con Cambridge Analytica, la dimisión del encargado de comunicación del Vaticano por manipular la información y la aparición de la plataforma Verificado.mx tienen mucho más en común de lo que aparentan. Todas son consecuencias de acciones orientadas a engañar a poblaciones enteras aprovechando las debilidades y los prejuicios de las audiencias.

Dicen que si el más vil de los escritores llega a tener lectores es normal que el más grande de los mentirosos tenga también sus crédulos; y sucede que en la era del acceso a la información se nos han multiplicado los ingenuos. La creación y difusión de las mentiras han encontrado en la inmensidad de la nube internauta el vehículo perfecto para sembrar el error y cosechar la ignominia.

Parece inverosímil que tras la aparición de un extraño video de oscuros intereses políticos que se divulgó masivamente, no se pueda dar con la paternidad de tal contenido jacarandoso; parece también increíble que esos inocentes cuestionarios en Facebook que nos prometen revelar cómo nos veríamos si fuésemos del sexo opuesto o con qué retrato antiguo tenemos parecido estén extrayendo información más confidencial y privada de la que podríamos declarar ante nuestro mayor confidente. Pero ocurre y seguirá sucediendo: no sabemos qué tipo de contenido nos desnudará y nos utilizará aprovechándose de nuestras inseguridades, prejuicios u obsesiones. Por lo pronto, el video de la #NiñaBien ya evidenció -y manipula- a quienes se han sentido tocados a tal grado que ahora son los más virulentos promotores de prejuicios infundados en medio de una campaña política.

Por supuesto, aunque sea a veces tarde, la verdad prevalece como está sucediendo en este embrollo de compra venta de información desde los usuarios de Facebook hacia compañías que utilizaron esa información para orientar y presionar comportamientos sociales, políticos presumiblemente. Pero también, como en este caso, la “verdad” tiene un dejo de autopromoción útil de los mentirosos. Explico: Si es cierto que la cosecha ilegal de información de usuarios en Facebook (o cualquier otra plataforma de redes sociales) logra presionar actitudes de consumo o políticas de grandes grupos poblacionales, en realidad no importa que haya culpables, sino que para los inversionistas del engaño habrá un método particularmente útil para sus fines, aunque en ello arriesguen los escrúpulos o la moral. Lo dice como si estuviera en un infomercial el propio “soplón” que desató este escándalo en EU, Christopher Wyle: “¿Sabes? Es todo un sistema de propaganda”.

En un breve tratado de 1733 sobre la naturaleza de la mentira atribuido al genial escritor Jonathan Swift, el autor describe a la mentira bajo diversas alegorías, pero quizá la más poderosa es aquella que la imagina como un ave de alas enormes, llenas de lodo que descarga sobre los ojos de la muchedumbre: “más cada tanto debe encorvarse en pos de nuevos suministros”. Quiere decir que la mentira vuela mientras la verdad se arrastra lentamente, que la mentira enceguece a todo aquel que alza la mirada buscando respuesta pero permanece en aquellos que prefieren no limpiar sus ojos propios o los ojos de sus semejantes; pero también asegura que la mentira -por más altanera que parezca- suele arrodillarse ante el lodo que nos rodea. Esto es: la mentira se nutre de nuestros desechos y prejuicios, de nuestros ídolos de barro y de nuestra esencia. A veces, cuando ese mismo lodo cae en nuestros ojos impidiéndonos ver sentimos tanto orgullo de que provenga de nuestras obsesiones que la dejamos allí, resecándose hasta la costra.

Pero ¿qué podemos hacer? ¿Cómo ayudarnos a abrir los ojos? Allí es donde entra la iniciativa de verificado.mx. Una plataforma que contrasta noticias con fuentes que -en teoría- no tienen otro interés que el de la verificación informativa. Hacía falta en México y aún hace falta que haya más plataformas que también se dediquen a corroborar el origen y el fin de las noticias. Estados Unidos, Francia, Reino Unido y -vaya sorpresa- aun Rusia tienen instituciones o iniciativas de esta naturaleza. Pero el propósito de estas plataformas no debe ser “la información” sino un derecho más sutil y más poderoso: el derecho a la resistencia. A resistir la tentación de ceder ante las propagandas disfrazadas de información, resistir frente a los prejuicios que confunden la verdad con los deseos y la realidad con las creencias. Y la resistencia no sólo debe estar en manos de un grupo porque bien lo dice Marqués de Condorcet -contemporáneo de Swift-: “Mientras uno armará [con la resistencia] hombres virtuosos, buenos patriotas; el otro, pondrá la espada en manos de fanáticos”.

@monroyfelipe

Narrativas políticas para una catástrofe

cndaNo importa cuánto lo maquillen, la verdadera construcción electoral en México para la presente campaña se reduce a un solo objetivo: “cimentar estructura”. Los liderazgos políticos que legítimamente contienden por los principales puestos de elección popular se han armado de un alucinante tinglado donde caben todos los absurdos con tal de que, bajo esa informe techumbre, convivan los operadores más astutos para garantizar: promoción, movilización, organización, vigilancia y defensa (legal o meta legal) de los votos en cada distrito y ante las autoridades electorales; así como las atractivas posiciones en una posterior negociación de fuerzas de poder.

Esto es lo que se derrama bajo la evidencia de las decisiones que cada liderazgo político ha tomado mediante alianzas, coaliciones, sospechosos acuerdos, intercambios de siglas partidistas y demás inverosímiles invitaciones. Sin embargo, a la par de esa construcción de monstruos informes, los candidatos trabajan en la historia que desean sembrar en la mente colectiva de los potenciales votantes. Y es la ‘narrativa política’ (hoy llamada así por la moda de la comunicación política) la mejor herramienta para construir ideas en un sector muy codiciado por los partidos y liderazgos políticos: los votantes indecisos.

Frederick W. Mayer, profesor en Políticas Públicas en la Universidad de Duke, en su libro “Narrative Politics” se pregunta porqué hay tanta recurrencia a las historias cuando se trata de alcanzar objetivos políticos como la adhesión, el voto, el reclutamiento o la movilización. Mayer concluye que los relatos operan a nivel emocional: “En realidad, es ilógico para la gran mayoría de las personas el preocuparse por el cambio climático porque su impacto se sentirá mucho después de que hayamos partido. Pero la razón por la cual la gente se preocupa es porque hay una narrativa, una historia, en la que nosotros impedimos la tragedia. Esa empatía, esa emoción, mueve a la acción y a la toma de decisiones”.

Volvamos al contexto electoral mexicano. Tanto los candidatos de las megaestructuras pertidistas como los candidatos nominativamente independientes (con estructuras menos evidentes pero funcionales) comparten la misma narrativa política con la que desean convencer a los indecisos: “impedir la tragedia”.

Por ello no es raro que, a través de exageraciones delirantes, políticos, politólogos y hasta periodistas, afirmen sin ruborizarse que “estamos frente a las elecciones más importantes para la historia de México”. Cuando, si nos serenamos en objetividad, lo más importante para nuestra democracia es que en seis, doce o dieciocho años sigamos teniendo procesos electorales y que la ciudadanía cuente con mecanismos funcionales para evaluar, responsabilizar y acotar a los representantes populares electos en cualquier momento de su servicio.

No es raro (y seguramente crecerá la intensidad) que se opte por la narrativa facilona de que tal o cual candidato es sinónimo de la catástrofe, que tal o cual partido o alianza es la representación de la hecatombe, que no hay futuro posible si se elige al equivocado pero que todos los triunfos y parabienes se alcanzan optando por el falso modesto. La narrativa política elegida para estas elecciones se sintetiza: “Mientras más grande el monstruo, más audaz parece el héroe”.

Es evidente que las historias (aunque no sean sino disparates de fanáticos) no son malignas ni perversas por sí mismas; son sólo historias que pueden o no convencer en la profunda emotividad a los destinatarios. Sin embargo, sí es importante alertar a los ciudadanos, más en medio de una contienda política, que muchas veces estas historias son las armas que los políticos usan para intentar manipular las emociones de aliados y contrincantes.

Las elecciones no son el umbral ni del infierno ni del paraíso prometido, no se trata de un cedazo donde se ciernen todos los triunfos y todas las tragedias; son un proceso donde se encuentran imbricadas muchas instituciones y aspiraciones donde nos debe preocupar mucho más cómo se amalgaman y bajo qué oscuros acuerdos se levantan esas “formas sin conformar”. Estas estructuras metapolíticas donde sin coherencia de las historias personales ni las siglas de ninguna ideología o proyecto se arman ‘coaliciones’ al alimón, sin duda posicionan ya a los verdaderos ganadores de ese territorio que los políticos se empeñan que veamos como el cataclismo cuando aquellos ya han fincado una oficina de tributos.

@monroyfelipe

Custodios de noticias

media-2-1.jpgCada 24 de enero, desde 1967, los pontífices de la Iglesia católica envían un mensaje para celebrar y reflexionar los fenómenos entorno a los cambios en las comunicaciones sociales. Desde Paulo VI hasta Francisco, los máximos jerarcas de la iglesia han aportado sus ideas respecto a la prensa, la publicidad, el cine, la radio y el internet; pero también han profundizado en fenómenos humanos intrínsecos de la comunicación como la reconciliación, la interpretación, la claridad de la palabra, el valor del silencio, la verdad y la mentira.

Este 24 de enero, día de san Francisco de Sales -patrono de los periodistas y escritores-, el papa Bergoglio publicó su quinto mensaje de reflexión sobre la comunicación. En su pontificado, Francisco ha meditado sobre lo que “debe” ser comunicado en el contexto contemporáneo: “la cultura del encuentro”, “la gratuidad del amor”, “la misericordia” y “la esperanza”. Pero en este 2018, el argentino alerta sobre un fenómeno que no ha dejado a nadie indiferente en el negocio de las noticias y el servicio de la información: las noticias falsas o “fake news”.

Francisco alerta que las “fake news” son un fenómeno complejo. Dice que básicamente se trata de desinformación difundida basada en datos inexistentes o distorsionados que tienen como fin engañar y manipular a las audiencias. Y su perversidad radica en parecerse a la realidad (‘se mimetizan’, dice Bergoglio). Son “falsas pero verosímiles” y parecen ser más verosímiles mientras más apelan a los sentimientos gremiales, populares, a los prejuicios sociales, a la frustración, las ansias o al desprecio.

Bergoglio no se toma con sutileza este fenómeno: si esa ‘divulgación de información’ sigue la “lógica de la serpiente” (es decir: es capaz de camuflarse, engañar, ser insidiosa y morder) entonces proviene de una sola persona: del ‘padre de la mentira’ que en el catolicismo no es sino el mismo diablo.

Para el papa Francisco, la mejor manera de combatir a las “noticias falsas” es por medio de periodistas que sean “verdaderos custodios de la noticia”, que los profesionales de la comunicación no se dejen vencer por los eslóganes ni por el ruido de las declaraciones altisonantes (esto creo que es muy pertinente para los periodistas que informamos procesos electorales); el pontífice le pide a los periodistas a ser verdaderamente hostiles a la falsedad y que, principalmente, no se pierdan ni desgasten “quemando las noticias” -escribir una tras otra las noticias que provienen de todos y ningún lado a la vez- sino que busquen sus causas reales, contemplen a la gente y su humanidad en ellas y favorezcan a esclarecer una ruta de solución, una potencial respuesta al conflicto.

Custodiar la veracidad y la integridad de las noticias es un mínimo social para el bien común que hacen los periodistas, que deberíamos hacer todos. Pensemos en la actual carrera por el poder en el proceso electoral el México: ¿Cuánto de lo que se divulga y se declara debemos creer que es verdad o mentira? ¿Cuántos intereses subyacen para que una información falsa sobre candidatos y partidos llegue hasta nuestros ojos y oídos? ¿Cuánto hacemos para mantenernos ecuánimes ante la información que nos presentan cuando evidentemente apelan a nuestros prejuicios, creencias, discriminaciones o egocentrismos? ¿Dónde podemos informarnos con moderada objetividad y quiénes son esos “custodios de noticias” en los que confiamos? ¿Quiénes, por el contrario, son mercenarios de la noticia, títeres de la manipulación mediática o víctimas del ‘padre de la mentira’?

El Papa concluye que “la verdad” es una especie de soporte: “La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer”. Y con esa metáfora me viene en mente ese proverbio del funambulista (esos acróbatas que cruzan el espacio vacío suspendidos en delgados cables atados a grandes alturas) que explica la diferencia entre ‘creer’ y ‘confiar’. Sabemos que el artista ha cruzado siempre con éxito un gran abismo y, para ‘creer’ que lo hará nuevamente, basta mirar desde abajo para comprobarlo; pero ‘confiar’ en que lo hará es porque vamos montados en sus hombros mientras intenta la proeza una vez más.

En conclusión: ¿Ya se preguntó en quién o quiénes confía usted, que son verdaderos soportes de la verdad en las noticias que consume todos los días en estas campañas electorales? Si no. Piénselo bien; muy, pero muy bien.

@monroyfelipe