Comunicación y periodismo

¿Es necesario el periodismo católico?

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Siempre he considerado que el periodismo católico nos es indispensable más por la identidad de quienes construyen esos medios de comunicación que por la etiqueta de la institución religiosa.
La misión del católico de oficio periodista siempre será la de explorar la realidad con la mirada y la sensibilidad del cristiano, con la confianza de que Dios tiene voz en todos los perfiles humanos y fenómenos de la naturaleza.
En la comprensión de su identidad católica en la vida contemporánea, el periodista puede ofrecer una mirada apasionada por el hombre, por su cultura y por su trascendencia; y, al mismo tiempo, desapasionarse de los poderes temporales, de las jerarquías efímeras y de las tiranías de lo inmediato.
No pocas veces he retomado el pensamiento de León Bloy sobre la actitud cristiana de inclinarse ante los abismos: “En él [el corazón del abismo] debemos aguardar a ver cuando se agoten las cosas visibles…  lo absoluto, la irrefragable morada, es el inmenso abismo que tenemos al lado, a nuestro alrededor, en nosotros mismos. Para descubrirlo es indispensable ser precipitado en él”. El católico periodista puede encontrar en estas ideas un perfil trascendente de su responsabilidad al ejercer el complejo servicio de búsqueda, diálogo y  transmisión de la verdad.
Sin embargo, no pocas veces he escuchado que el periodismo católico está asido e invariablemente sujeto al servicio a alguna institución católica (diócesis, obispo, ministerio, congregación, movimiento, pontífice, etcétera). En esos casos, se dice que la fidelidad a la institución y sus márgenes es proporcional a la fidelidad del servicio periodístico; pero no hay algo más equivocado.
Traigo a cuento la reflexión -provocadora sin duda- de Tzvetan Todorov (“Sólo las naciones muertas han adquirido una identidad inmutable”) para insistir que el periodismo católico nos es útil cuando se realiza desde la identidad del cristiano y no desde la identidad institucional. Porque lo primero es insondable; y lo segundo, apenas superficial o transitorio.
La identidad institucional es mutable, evoluciona, porque los intereses de los personajes y grupos que la conforman no coinciden, porque las instituciones humanas siempre estarán sujetas a jerarquías inestables.
El católico de oficio periodista siente ese abismo perforando su corazón permanentemente y sabe que debe arriesgarse a transitarlo con dosis semejantes de duda, asombro y confianza; porque sólo una institución muerta ha cerrado su catálogo de todo lo posible y todo lo imposible.
Por ello, la identidad del católico periodista resplandece al nombrar y actualizar el inmarcesible peregrinar de él mismo y de sus contemporáneos a través de las largas penumbras hacia la eternidad, de testificar la luz con noble duda porque la peregrinación siempre es sobre lo incógnito, de mantener vivo el asombro a cada paso y, sobre todo, compartir la confianza de que nunca nadie camina en la absoluta oscuridad. (Publicado en ‘El Observador de la Actualidad’ No. 1246)
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¿Por qué el periodismo está en crisis?

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Lo digo con toda simpleza: En el fondo siempre será más dolorosa la crisis en los periodistas que la crisis en los medios de comunicación. Los medios de comunicación pueden padecer un sinnúmero de peligros que amenazan su supervivencia (el más grave siempre será la viabilidad económica); sin embargo, cuando los periodistas entramos en crisis, la sociedad misma está en riesgo.

Es una aseveración temeraria, pero voy a explicarla más adelante.

Es cierto que los medios de comunicación se encuentran frente a desafíos mayúsculos y se hace urgente una transformación radical en su auto concepción. No sólo los cambios culturales, tecnológicos y económicos urgen a los medios a cambiar sus dinámicas laborales y de relación con sus audiencias o lectores; el nacimiento de una sociedad cuyo narcisismo e hiper suspicacia van de la mano con el consumo de auto satisfacción “informativa” sugieren vastos espejismos de popularidad a directivos y dueños de medios, trampas de las que es muy difícil salir.

En México hay que añadir a esta lista de desafíos la compleja relación con el poder político y las nuevas condiciones que el gobierno federal ha impuesto a este -muchas veces tóxico- vínculo. Una muy larga tradición de connivencia, de desencuentros muchas veces simulados y condiciones de franca persecución. Ahora mismo, muchos medios de comunicación tradicionales y otros tantos emergentes esperan con paciencia abyecta la gracia del gobierno federal para contratarles publicidad, para divulgar campañas institucionales o para construir contenidos a la medida de la administración.

Algunos de esos medios “nacionales” tienen ediciones menores a los diez mil ejemplares o redacciones con menos de cinco periodistas; hay medios de comunicación “grandes” que no cuentan con corresponsales en las principales ciudades de la República y recuperan la información gracias a publicaciones ciudadanas en redes sociales. Durante años se ha agudizado el despido constante de informadores en diferentes medios y ciudades sin que todavía encontremos reemplazos en esos vacíos. Por ello, no es raro que la ciudadanía no confíe en sus medios ni los apoye; y que, por el contrario, favorezca con su suscripción digital a productores de cuestionables video-noticiarios que, más que comunicar o informar, refuerzan las filias y fobias de sus seguidores.

Y, sin embargo, insisto en que la crisis más dolorosa no es la de los medios de comunicación sino la de los periodistas. Quienes ejercemos este oficio y esta profesión aún estamos dilucidando cuál es o cuál debe ser nuestro papel en la sociedad que está fuertemente influenciada por el descrédito de cualquier autoridad y en la soberbia de sus propias búsquedas y seguridades.

Ha sido muy sencillo culpar a los saltos tecnológicos de esta distancia entre el periodista y su comunidad (audiencia). Los informadores se empeñan mucho en actualizarse en las tecnologías y herramientas de comunicación modernas; pero, por muy modernos que sean los soportes de información, la credibilidad del periodista no se compra con software.

La crisis que debe preocupar a la sociedad no está en los medios, sino en los periodistas y en particular la identidad de los profesionales del oficio periodístico. ¿Quiénes somos y para qué realizamos este servicio? ¿Qué deseamos ser para la sociedad, qué queremos que suceda en nuestras comunidades? ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante el poder (y no sólo ante sus administradores)? El veterano periodista colombiano, Javier Darío Restrepo, lleva años insistiendo en que el periodismo debe volverse “indispensable” a los ojos de la sociedad y no sólo el ruido de fondo cotidiano que generan millones de personas con un dispositivo o herramienta de comunicación.

Pero ¿cómo ser ‘indispensables’ en una sociedad donde los usuarios tienen acceso casi ilimitado a todas las fuentes de información (reales y falsas), en una economía que premia la docilidad de la prensa ante el poder (incluso ante la fantasía de su propio poder) y en una cultura que prefiere radicalizarse en sus certezas (aunque sean erróneas) en lugar de arriesgarse a conocer algo nuevo y a confiar en alguien más?

Esa es la verdadera crisis periodística para la cual no hay respuestas fáciles ni atajos. Hace falta reencontrarnos con nuestra identidad en los márgenes de los siempre desafiantes cambios sociales y culturales. Hoy, ante tantos conflictos en la prensa y en sus profesionales, quizá sea oportuno recordar que el trabajo del periodista no es indispensable porque diga la verdad absoluta sino porque siempre mantiene la sana duda y busca permanentemente el sentido a la realidad; la naturaleza del periodismo no está en su poder sino en su servicio; y su supervivencia no yace en su economía sino en su credibilidad.

@monroyfelipe

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Retos de la post-democracia

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Imagen de eak_kkk en Pixabay

Se realizó en Madrid, la XIV edición de la Cumbre Mundial de Comunicación Política, encuentro que reúne a los especialistas de las diferentes disciplinas que construyen las campañas de comunicación electoral, marketing político, de administración pública y contienda del escenario del debate social.

El encuentro convoca a un amplio espectro de profesionales que van desde la mera audacia creativa hasta la más sofisticada implementación de herramientas tecnológicas para comprender y modificar los patrones de conducta de electores o ciudadanos. Sin embargo, sólo muy pocos consultores -que ven más allá de la vorágine de creación o promoción de personajes- se han enfocado en la reflexión del modelo cultural, social y económico que supone esta tarea en este muy avanzado siglo XXI.

No es un tema menor. Mientras los políticos, sus partidos y grupos de poder siguen extasiados en las posibilidades que dan las tecnologías para la manipulación de las masas o decreciente ética o moral de los mercadólogos que hacen campañas de odio, miedo y fantasía, sólo un puñado de expertos visualiza con preocupación el futuro de la construcción del Estado, la ciudadanía, la democracia y la participación social.

La tesis es radical: Las democracias se han pervertido a tal grado que no sólo ya no representan la posibilidad de auténtico gobierno de los pueblos sino que adormecen la conciencia de los potenciadores sociales y simulan la cooperación entre grupos y naciones. Los indistintos ciclos de triunfo y derrota, de transiciones y alternancias, nada parecen representar para el verdadero desarrollo o bienestar de las estructuras y poblaciones. Por algún motivo aún complejo de explicar, la ciudadanía elige decididamente la mentira y la ignominia: el fanatismo pararreligioso, el anticientificismo radical, el egomesianismo político y la autopreservación onanista. Y el horizonte de este panorama es espeluznante: Entre el poder y la naturaleza humana se crea una distancia tan absoluta que la realidad se hace insoportable.

Paul Virilio (1932-2018), el filósofo de la velocidad y el poder, ya alertaba desde los años setenta que la sociedad tecnificada se encaminaba hacia “el accidente integral”, una colisión tan violenta que la realidad queda desgarrada. Y hoy en día, con las herramientas de comprensión y manipulación mental de la percepción, consumo y obediencia de los usuarios y audiencias, la política se aproxima hacia su horizonte de sucesos, hacia su ‘meteorito fractal’ que engulle de oscuridad todas las futuras confrontaciones entre lo real y lo ficticio, entre la verdad y la mentira.

Sin duda, la velocidad trae consigo la colisión y, en política, ese choque comienza a desgajar conceptos que ya no significan lo mismo como servicio, bienestar, seguridad, control, administración, confrontación, elección o participación. En la post-democracia, como en un agujero negro, la velocidad y masividad informática de los procesos superan al proceso en sí, el simulacro del poder vence a la política y la idea de la democracia somete a la democracia.

Como en una superautopista, el paisaje se torna borroso mientras se incrementa la velocidad; la comunicación política experimenta esa falta de visión si continúa en el torbellino caótico de sus ambiciones. Bajar la velocidad, detenerse un poco y mirar con amplitud el ambiente basta para optar por caminos que reencuentren las necesidades originales del hombre político, sus búsquedas legítimas, la verdad de su naturaleza y la dignidad de su servicio.

@monroyfelipe

Comunidad y espada

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Sólo en la virtualidad de las redes sociales pueden converger pensamientos tan extremos de especímenes humanos tan radicales. No es un descubrimiento. Desde la aparición de las redes sociales y el inmenso crecimiento de plataformas de información digital hemos sido testigos de una encarnizada lucha de millares de personas por abrogarse la razón absoluta en una ‘realidad’ construida de ficciones.

Que esos usuarios construyan desde la ignorancia o la perversión un mundo virtual lleno de engaños y egoísmo nunca ha sido el problema porque, en principio, la libertad de dicho mundo también abre espacios de información real y conectividad humana; sin embargo, el drama consiste en que las estructuras falaces trascienden su espacio y adquieren corporeidad en la vida cotidiana.

El fenómeno de la falsedad digital que se convierte en realidad humana se ha enfocado en las noticias e incluso lleva el nombre de la información periodística (‘fake news’); pero el problema trasciende al periodismo. Es la ‘fake life’ de la que debemos preocuparnos.

Basta mirar los principales eventos de la semana: el clímax de la crisis política en Venezuela, las trágicas muertes del fenómeno del huachicoleo en México o el drama humanitario de las migraciones de la cintura americana; todos han sido evaluados y calificados por los usuarios de las plataformas digitales, prácticamente no hay opinión -por más absurda que sea- que no se haya vertido en el inmenso cuerpo de la red. Pero esa pulverización de opiniones no se queda en ese espacio, salta a la realidad con todas las fronteras de seguridad y certeza, con los muros de la convicción irracional y quizá hasta con la violencia del narcisismo.

Como consecuencia, presenciamos la disolución de la comunidad real humana. Y no es una exageración sino una descripción. Las comunidades reales -debilitadas por la modernidad líquida- son, en esta época, “las últimas reliquias de las antiguas utopías de la buena sociedad”, como apuntó Zygmunt Bauman. Este fenómeno es un tema recurrente en la reflexión de los filósofos contemporáneos porque toca y trastoca la experiencia y realidad de la comunidad humana.

Incluso el propio papa Francisco ha manifestado sus inquietudes en este tema. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019, Bergoglio parte de la idea de que, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el hombre no desea permanecer en su propia soledad, y reconoce que este ambiente mediático es tan omnipresente que “resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana”.

Como dos rostros en una inasible esfera, Francisco asegura que, si bien este ambiente abre una posibilidad extraordinaria de acceso al saber y al contacto social también reconoce que es uno de los lugares más expuestos a la desinformación, a la distorsión consciente de los hechos y a la anomia. Por si fuera poco, el pontífice critica que, a menudo, la identidad del mundo de las redes virtuales se basa en la contraposición frente al otro, en la exhibición del propio narcisismo, en el autoaislamiento y en la ilusión de que las redes satisfacen completamente el plano relacional de las personas.

La alternativa a estos fenómenos -sugiere el pontífice- es un auténtico camino de humanización: reconocimiento del otro en lugar de contraposición; encuentro y proximidad antes que aislamiento; y compañerismo como el principal recurso de la comunidad. Ahora bien, ¿este camino evita toda discordia o disonancia de pensamientos o actitudes? Todo lo contrario. Lo dice Francisco: “El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje”.

Es una mirada más compasiva a lo que sugiere el filósofo René Girard (“El nacimiento de la comunidad es primordialmente un acto de división”) pero lleva la carga de la acción y la radicalidad cristiana (“No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” Mt 10,34).

Es decir, la espada o la división cristianas son la figuración de una acción, de la opción por no permanecer en la neutralidad, de abandonar la satisfacción del ego;  exige involucramiento, propone una renuncia a los intereses propios y puede incluso suponer no pocos sacrificios.

Francisco lo explica de otra manera en su mensaje: “La verdad se revela en la comunión; en cambio la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo (de Cristo), es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrase uno mismo”.

Bauman lo pone en otras palabras: “La utopía de la armonía en la comunidad humana puede estar reducida al tamaño del vecindario inmediato, es lo más lejos que pueden llegar nuestros esfuerzos y sacrificios; pero si esa comunidad humana es la última reliquia de las antiguas utopías hay que conmoverse porque aún sueña con una vida compartida, con mejores vecinos y mejores reglas de cohabitación”.

¿Será posible construir verdad y comunión en las comunidades virtuales o nos tendremos que limitar a la frágil y compleja armonía de nuestras comunidades inmediatas? ¿En qué lugar de nuestro egotismo cibernético debemos poner el tajo de la espada para hacer “nuestros” a los “otros”?

Es decir, aún falta mucho por reflexionar cómo la interacción virtual, en el inmenso ambiente mediático contemporáneo, esclaviza y atrapa en la red de la vanidad y complacencia. Pero también, repensar cómo aprovechar la comunidad real para liberar, para implicarse, para comprometerse y para integrarse; y cómo -frente al autoengaño y el egoísmo de los excesos de la virtualidad- el encuentro es respuesta humanizadora incluso en las comunidades virtuales. En cuatro palabras: Ser realidad humana y compartida.

@monroyfelipe

AMLO más allá de su entourage

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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe

Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

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Hay que partir de un hecho: El papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017: “En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia”. En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: “En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia”.

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque “la verdad es silenciosa y no hace ruido”. El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta: “Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración” y remató: “que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar”.

Y es que en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: “El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación”.

Ante las acusaciones, el papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio: “Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser”. Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco, al estilo de Etty Hillesum parece decir con su actitud: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos”.

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: “¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos –aun triunfando sobre él- a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?”.

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana. En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante: “Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada”. Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía –como Tolstoi- en la parte del Misterio con el que “Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe”.

@monroyfelipe

Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

¿Cómo reparar un partido político?

Bildschirmfoto-2014-09-24-um-12.18.24Reconozcámoslo, no es la primera vez que se nos despedaza algún partido político. El alba y el ocaso de grupos ideológicos que emprenden la legítima búsqueda del poder o de grupos de poder que emprenden la extenuante tarea de fingir que tienen principios ideológicos son fenómenos que hemos contemplado a lo largo en nuestra muy peculiar construcción democrática. Y hay que reconocer que eso es natural: los modelos se agotan, cambian las circunstancias, se transforma el mundo.

El espejismo recurrente del poder es la eternidad. Pero es claro que la contingencia acompaña a todas las realidades sociales, incluido el poder político. Por ello, algunos partidos se van avejentando de manera natural y algunos mueren intempestivamente. Los primeros pueden desaparecer lentamente dejando dos estelas: o una escuela o un resentimiento; los segundos perecen tan rápido que ni sus simpatizantes recuerdan sus siglas ni sus eslóganes a la vuelta de los días.

En México hemos tenido ambos casos trágicos. Partidos políticos que surgieron más por la presión que del consenso; nacieron del poder, pero no de la necesidad. De esos partidos políticos casi no queda nada. Sólo operadores sobrevivientes, náufragos que sueñan con ruinas en otros barcos que los llevan a la tierra de oscuras oportunidades.

Pero también hemos tenido partidos que se erigieron gracias al clamor popular, a una convicción; como el eco de un anhelo que cruzaba por los sufrimientos de un pueblo. Partidos que nacieron tan pequeños como un vivaz riachuelo y que, con el tiempo, fueron mares estancados sin salidas ni afluentes. De la muerte de esos partidos quedan dos cosas: un ideal, el sueño por fecundar otras tierras; y una necedad, la imposibilidad de adaptarse.

La cultura del descarte -una especie de filosofía o costumbre social que prefiere tirar lo roto en lugar de repararlo- indica que los despojados del triunfo, de los reflectores o de las esperanzas no tienen remedio, que deben ser desechados. Algo nuevo lo sustituirá, algo joven (algo que, sin embargo, también tendrá fecha de caducidad).

¿Qué hacemos con los partidos políticos que fracasaron terriblemente ya fuere por su envejecimiento crónico o por su innecesaria existencia? ¿Qué es lo que sus tripulaciones desean rescatar de las naves destrozadas tras la batalla? ¿Abordarán al barco triunfante sólo por supervivencia o se aferrarán al último madero alegando entereza moral? ¿Qué tesoros guardaban las bodegas de esas embarcaciones? ¿Dinero y poder? ¿Valores y principios? ¿Bienes o personas?

Queda claro que los pragmáticos sugerirán un renacimiento entero: nueva nave y nuevos aparejos, nueva tripulación y marinos; nuevo nombre y ruta. Nuevo todo, todo nuevo. Pero los románticos lucharán por rescatar “el corazón” del navío. El poder inasible de una convicción que se podrá llamar ‘principio’ o ‘doctrina’. A veces, como nos indica la tradición japonesa del Kintsugi, la reparación de algo roto puede generar una belleza inesperada, sutil y vulnerable, pero abierta a la posibilidad de sumar partidarios.

Una última reflexión: que la reparación de un partido político sea posible no quiere decir que sea necesaria. Puede bien permanecer en las costas de nuestra memoria, encallado como un ancestral buque que se resigna a morir del todo. También allí estaría dando ejemplo, asintiendo en silencio lo que Oscar Wilde alguna vez escribió: “La experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”.

@monroyfelipe

La estrategia del último debate

debateHay que ser muy claros, si todo sigue el curso esperado, será la última vez que los cuatro aspirantes a la presidencia de la República estarán frente a frente compartiendo el mismo salón. Es el tercer y último debate donde los candidatos y sus estrategas se jugarán su última carta dentro del marco legal; el último ejercicio abierto al juicio de los ciudadanos para ver y escuchar a los aspirantes responder ante tres temas generales (desarrollo sustentable, educación y salud) y comportarse frente al último señalamiento que sus contrincantes les hagan en su cara.

En general, para los estrategas políticos, el último debate es donde se establecen todos los diferenciadores posibles entre candidatos. Por ejemplo, en el último debate Clinton-Trump, los dos candidatos expusieron radicalmente sus diferencias: si para la primera, la actuación de los jueces de la Suprema Corte le parecía correcta, el segundo los criticaba ácidamente; cuando Clinton pidió la regulación en la posesión de armas, Trump le reviró que el norteamericano común cree profundamente en la Segunda Enmienda que le garantiza la posesión y portación de armas.

Así continuó la noche, Clinton y Trump ahondaron el abismo que les separaba: aborto, inmigración, el muro con México, seguridad interior. Las acusaciones iban de ida y vuelta, pero aún con datos correctos: Clinton acusó a Trump de usar inmigrantes ilegales para construir sus icónicos edificios aprovechándose de su necesidad y vulnerabilidad; Trump acusó a Clinton de deportar masivamente a indocumentados como una política permanente como secretaria de Estado con Obama. Sin embargo, el clímax del debate fue la provocación de Clinton contra Trump sobre su relación con Rusia y el presidente Putin, que derivó en una vulgar recriminación mutua sobre qué candidato era ‘marioneta’ de Rusia; la demócrata acusó a Trump de usar recursos de su fundación para mandarse a hacer retratos de 2 metros de altura; y el republicano le reviró con el escándalo de la fuga de información a través de los mails de la secretaria de Estado.

En síntesis: el último debate es la oportunidad de que los candidatos muestren una imagen lo suficientemente definida como para sobrevivir al alto contraste. Esa imagen tiene que durar hasta que el elector esté frente a la boleta.

No obstante, el tema en la actual contienda presidencial en México no es el contraste o la diferenciación entre candidatos, es justamente lo contrario: cómo convencer a esa gran porción de indecisos que exigen puntos medios de convergencia a los candidatos: más modernidad administrativa a López Obrador, más empatía con el anti-corporativismo a Meade, más sencillez y humildad a Anaya y más seriedad institucional a Rodríguez Calderón.

Sin embargo, nada parece apuntar a que los candidatos suavizarán el tono; por el contrario, seguirán el manual e irán hasta el final en la confrontación: Anaya insistirá en la alianza Peña-AMLO, Meade continuará con la estrategia del miedo, López Obrador reiterará su posición ante la mafia del poder y ‘El Bronco’ repetirá su condición ingobernable de independiente.

Bajo este modelo, los que realmente perderán serán los temas: Crecimiento económico, pobreza y desigualdad; educación, ciencia y tecnología; y desarrollo sustentable, salud y cambio climático. Es probable que ningún candidato utilice su tiempo frente al micrófono para explicar a profundidad alguna propuesta de política pública en estos rubros; al final, en realidad tampoco es lo que esperan los ciudadanos espectadores.

El debate se realizará este martes 12 de junio en el Gran Museo del Mundo Maya en Mérida, Yucatán, a las 21:00 horas. Desde el último encuentro, el único golpe mediático nuevo fue la divulgación de un video donde vuelve a posicionarse la trama del presunto lavado de dinero de Ricardo Anaya a través del empresario Barreiro en Querétaro; mientras, en el war room de José Antonio Meade se hace sentir la narrativa mercadológica de Carlos Alazraki quien caricaturiza a López Obrador con actitudes de anciano senil; y, por su parte, los estrategas de Andrés Manuel continúan pidiéndole al tabasqueño que se mantenga en su discurso de amor y paz. Sin embargo, las encuestas parecen no dar virajes importantes. Insisto, el tercer debate es la última oportunidad de usar la última carta legal de los candidatos, aunque eso abra la puerta a otras estrategias paralegales o francamente criminales. Esperemos que no.

@monroyfelipe