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Cine: Dos coronas, una lectura al santo Kolbe

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Gracias al Festival Internacional de Cine Católico -una audaz iniciativa para mostrar producciones de promoción religiosa en los cines de México- se presenta de manera itinerante y en diversas salas del país el filme “Dos coronas”, un documental dramatizado sobre la vida de Maximiliano Kolbe, el sacerdote franciscano que intercambió su vida por la de un soldado polaco padre de familia en el campo de concentración de Auschwitz bajo el régimen nazi.

El filme nos lleva con el director polaco Michael Kondrat por los rincones del mundo donde Maximiliano Kolbe desempeñó su ministerio sacerdotal. En un viaje por Roma, Japón y diversos rincones dramáticos de Polonia se narra la historia del religioso antes y  durante el marco de la Segunda Guerra Mundial. La película está construida con testimonios de otros religiosos y de historiadores, y con la recreación de algunos hechos seleccionados para ejemplificar la personalidad y el carácter del religioso.

El título del filme se toma de la visión que Kolbe, interpretado en su edad adulta por Adam Woronowicz, recibió en su niñez de manos de la Virgen María; la cual, ofreciéndole la elección entre la corona de la pureza o la corona del martirio, recibe la respuesta positiva del niño para ambas distinciones que no son sino un doble sacrificio. A partir de allí se entiende que el filme presentará tanto la pureza de Kolbe ante los desafíos de promoción católica su época y el inquietante martirio que eligió al final de su vida.

El documental dramatizado vemos a Kolbe en la organización de un muy exitoso monasterio franciscano (el cual, a la postre, da refugio a judíos durante la dominación nazi), como artífice de una pequeña publicación de propaganda cristiana llamada Militia of the Immaculata (aún en edición en varias partes del mundo), en su papel de misionero al extremo oriente para llevar la fe católica y en las dificultades cotidianas para administrar todas las obras que realizaba.

El acto por el que Kolbe es ampliamente recordado (no sólo por la Iglesia católica) es aquel acontecido en medio de la ocupación nazi en Polonia cuando, un día después de una evasión del campo de concentración, diez detenidos son señalados para morir de hambre en el búnker (un cuarto aislado en la barraca once de Auschwitz). Kolbe sabe que uno de los condenados (Franciszek Gajowniczek) tiene mujer e hijos, sale de su fila y se propone para morir en su lugar: “Quiero morir en lugar de ese prisionero”. Es así que, junto a los otros prisioneros, Kolbe es recluido a morir de hambre pero, soportando la tortura mediante la oración que elevaban todos los condenados, finalmente los custodios nazis les inyectan ácido fénico y los incineran.

KolbeandAntisemitism¿Qué hay en el corazón de este hombre que expresa el heroísmo de la santidad en medio de la aterradora realidad? ¿Qué motiva a un hombre como Kolbe a estar del lado de los prisioneros cuando tuvo oportunidad –como sus hermanos sacerdotes- de ser capellán de los nazis? ¿Cómo entender esa perspectiva mística sobre Dios que le hizo ser capaz de expresar toda la causa de su fe en un ser humano común y corriente como Gajowniczek? Kolbe sintentiza el heroísmo humano y la trascendencia de la santidad en su entrega por el prójimo y “Dos coronas” explica el origen de este singular personaje.

El filme, producido por Televisión Polaca, la Filmoteca Narodowa Instituto Audiovisual y la Fundación Filmográfica de San Maximiliene Kolbe, ya fue estrenado en Europa y algunos países de América Latina; y después de su estancia escalonada en diferentes ciudades de México continuará por otros países de centro y Sudamérica.

@monroyfelipe

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Viraje al laicismo positivo, ruta transversal de iglesias, sociedad y gobierno

Si algo ha destacado del actual consejo de presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y en particular de su Secretaría General, ha sido el silencioso trabajo de andamiaje en las diferentes estructuras de la iglesia católica mexicana con las instituciones de gobierno y sociedad civil. Por primera vez en la historia, la Iglesia católica firma acuerdos y convenios de colaboración con diferentes organismos de gobierno mexicano sin mayores pretensiones que romper las inercias de un “laicismo negativo” heredado de la persecución religiosa de inicios del siglo XX y la simulación en la correlación de fuerzas políticas de los últimos 50 años.

Bajo la conducción de Alfonso Miranda Guardiola, la secretaría general de la CEM ha signado convenios con la Fiscalía Especializada para la Prevención de Delitos Electorales (FEPADE), la Procuraduría General de la República (PGR), la Secretaría de Turismo (SECTUR), la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); y ha establecido alianzas estratégicas con centros de investigación, institutos de formación y observatorios sociales. Los convenios tienen horizontes de trabajo, pero impactan más por el significado que dan a la relación del Estado y la Iglesia católica en México: “Debemos pasar de un laicismo negativo a una laicidad positiva; los convenios y el acercamiento tienen que ver con esto. Reconocer el patrimonio, coordinar acciones y trabajo en beneficio de nuestro pueblo”, apunta Miranda.

Tomó tres años, dos equipos distintos y múltiples reuniones interdisciplinarias, pero la CEM finalmente puso acento en la agenda y prioridades de trabajo a largo plazo. En abril del 2018 se aprobó el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) y este próximo noviembre -en medio de un proceso de votación y renovación de casi 50 de los 80 cargos episcopales del colegio, incluida su presidencia y vicepresidencia-, la secretaría del organismo presentará la ruta de implementación de dicho plan.

En dicha ruta sobresale el que los obispos hayan decidido celebrar convenios de colaboración con diferentes órganos del Estado para articular los esfuerzos de autoridades civiles y entidades eclesiales al servicio de la gente. Hay que recordar que apenas en 1992, la Iglesia católica en México adquirió personalidad jurídica ante el Estado mexicano y, desde entonces, la relación institucional se había reducido a algunos encuentros diplomáticos de la Secretaría de Relaciones Exteriores con la Nunciatura Apostólica y al registro de las Asociaciones Religiosas ante la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, en el resto de los escenarios políticos y sociales, la relación se limitaba a un mutuo reconocimiento y una especie de pacto de no intervención.

Pero el obispo Miranda Guardiola considera que hay mucho más que aportar a través de estos convenios y, en un futuro próximo, con propuestas legislativas que busquen actualizar la Ley de Asociaciones Religiosas vigente bajo los escenarios de libertad religiosa y sana laicidad del Estado. “El trabajo del secretario general es articular bajo dos principios que considero indispensables: transversalidad e interlocución”; principalmente por las apremiantes necesidades del país que requieren la colaboración interinstitucional (como la atención humanitaria, resguardo y promoción de la cultura, justicia, reconciliación y pacificación) y porque también la iglesia católica “no sólo se juega la credibilidad sino su subsistencia” debido a una “hemorragia” de fieles y de confianza en la institución.

Los convenios logran vencer el muro que ha dado una singular interpretación de la doctrina de “separación Estado-Iglesia”. Por ejemplo, el convenio con Cultura prevé que Iglesia y Estado compartan sus informaciones de los bienes históricos y artísticos del Estado en manos de la Iglesia, regular el estatus jurídico de templos y bienes culturales propiedad de la nación, mejorar los inventarios de piezas de arte y liturgia, y atender con presteza las afectaciones naturales o robos de las riquezas artísticas. Con las autoridades de procuración de justicia, la Iglesia dice querer cooperar en “el abismo de la impunidad y en el proceso de reconciliación”. Con la FEPADE, la colaboración tiene un horizonte formador para que los ministros católicos conozcan a detalle sus márgenes de libertad de expresión y los límites de su participación política. “Las autoridades civiles y eclesiásticas debemos colaborar, especialmente ahora que nuestro pueblo nos necesita tanto”, plantea Miranda.

Tras engarzar la dimensión territorial (95 diócesis) y funcional (8 comisiones episcopales) de la CEM, la secretaría desarrolló una primera programación hacia el 2021 con varios objetivos en mente: poner en marcha un observatorio nacional que mantenga actualizado un directorio general de hospitales, asilos, albergues, casas de migrantes, dispensarios médicos católicos, etcétera; la conformación de un equipo jurídico institucional que coadyuve tanto en la construcción de propuestas de ley para alcanzar una verdadera libertad religiosa en México como en la asesoría para la defensa legal de los obispos de México demandados (entre 2015 y 2018 fueron denunciados más de 100 obispos y sacerdotes católicos ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y la FEPADE, muchos de ellos sólo por expresar las enseñanzas de su credo); y la elaboración de protocolos (son nueve aprobados hasta la fecha) para que todas las instancias eclesiales en México cuenten con parámetros de actuación frente a temas como crisis de comunicación, comportamiento ministerial en caso de abusos sexuales, procesos electorales, responsabilidades hacendarias y fiscales, protección de datos personales y seguridad, etcétera.

“Hoy necesitamos recuperar la confianza de los fieles y el respeto de la sociedad, que hemos perdido. Y por ello estamos trabajando. La gente quiere ver acciones reales, contundentes”, reflexiona Miranda Guardiola y adelanta: “Queremos que todo el despliegue de fuerzas y recursos que de manera individual o aislada hace la Iglesia católica en México puedan amarrarse en el Plan Global Pastoral […] Es un documento que va a desatar procesos, catapultar el desarrollo de nuevos proyectos. El documento tiene que bajar y comenzar a suscitar planes de pastoral, artículos, estudios, tesis de universidades, programas… materializarse. Hay que dejarse iluminar por él y empezar a desarrollar acciones y proyectos; siempre de una manera articulada, organizada y engarzada”.

@monroyfelipe

Cine: Abandonar los hábitos constantes

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De la mano de Netflix, la directora neoyorquina Nicole Holofcener (Una segunda oportunidad, 2013) compone una nueva pieza sentimental sobre los efectos de la separación y el divorcio tardíos: The Land of Steady Habits (2018) aborda la vida del divorciado, retirado y solitario sexagenario Anders Hill (Ben Mendelsohn) que, tras alcanzar todos los ‘éxitos’ de la vida cotidiana en los barrios privilegiados de Connecticut, decide abandonar la ruta de los ‘hábitos constantes’ para enfrentarse a un confuso escenario de trágicas elecciones.

A diferencia de Una segunda oportunidad (con la comediante Julia Louis-Dreyfus, Eleine en Seinfield), Holofcener desarrolla un humor más complejo y duro al presentar las dolorosas peripecias de Anders en la frontera de la responsabilidad de la edad madura. El protagonista experimenta la acelerada pérdida de sus principales relaciones humanas basadas en su proveeduría, su trabajo, el consumo, las obligaciones sociales y las expectativas de su comportamiento. Al abandonar esos hábitos constantes, Anders se siente como un nodo ausente en una gran trama que conserva su función y estructura a pesar de que ha sido arrancado de ella. Así lo confiesa en un bar ante un habitué: “Solía tener esa visión: Mi vida era como una telaraña. Mientras más líneas de esa telaraña salían de ti, se sostenían a ti, más importante eras. Pero, si desapareces, entonces la gente que estaba en tu vida ahora confía en alguien más. Y así la telaraña simplemente se reajusta por sí sola y continúa sin ti”.

The Land of Steady Habits (que también es uno de los lema del estado de Connecticut) es la adaptación de la novela homónima de Ted Thompson; “una propuesta narrativa sobre la dolorosa compasión de aquellos silenciosos solitarios y una mirada honesta a las tradiciones norteamericanas de los suburbios”, según afirma en el propio escritor en su blog. El filme, sin embargo, logra retratar esa angustia pre-navideña autodestructiva de Anders al permitir que su liberación de los hábitos constantes lo convierta en un confundido varón entrado en años que coloca excesivos adornos navideños en su modesta residencia de soltero, que inicia relaciones infructíferas y vergonzosas con desconocidas, que se permite un comportamiento auténticamente irresponsable y que, entrado en problemas, vuelve a la búsqueda de las comodidades del hogar que él abandonó. Anders vive una clásica sobrecompensación ante su desorientado estado anímico mientras su mujer Helene (Edie Falco) y su nueva pareja (Bill Camp), su hijo Preston (Thomas Mann) y las antiguas parejas en su estrecho círculo social le han cerrado las puertas de sus vidas, tanto las abstractas como las necesarias, pero no las de la costumbre.

El filme está construido bajo la clásica estructura de personajes en la tragedia griega: el protagonista es Anders, el marido; su hijo Preston es el deuteragonista y su exmujer, Helene, la tritagonista; pero Charlie y su madre -amiga de Helene- son los verdaderos facilitadores del drama. La amiga, inalterable y confidente, que ha ayudado en la nueva relación afectiva a Helene; y Charlie, el joven adicto a las drogas, que Anders reconoce en su propio hijo. Anders, Preston y Helene tendrán que padecer el tormento de los impulsos irracionales que cuestionan la formalidad del mundo racional.

loshThe Land of Steady Habits, junto a otras obras norteamericanas contemporáneas (Fourlough de Laurie Collyer; y la impecable Three Billboards Outside Ebbing Missouri, Martin McDonagh), forma parte de los esfuerzos de analizar los diferentes perfiles sociales y culturales de la Norteamérica profunda a través de personajes inusuales. Es el caso de estos “hábitos constantes” a los que está acostumbrada la clase media-alta privilegiada en Estados Unidos, que esconde tras los muros de sus perfectas residencias los problemas de sus familias: el individualismo, la posición económica, las adicciones, el hastío y el irreflexivo sentido de vivir en una falsa libertad.

Son filmes, sin duda muy diferentes en calidad cinematográfica, narrativa y actoral, pero en el fondo comparten el leitmotiv de sus agonistas: su nula sensación de origen, camino y trascendencia. Es quizá un reflejo de una cultura norteamericana ‘estancada’, de ignorancia etiológica que ya no reconoce ningún origen ni va a sitio alguno, que sólo acontece en una realidad sucedánea, padecer síntomas sin causas ni consecuencias. Anders está convencido de lo que dejar atrás en su vida y desea ya no formar parte de esos “hábitos constantes” (frente a los trenes de la tarde que llegan con los trabajadores de la ciudad, su colega del bar le pregunta: “¿En realidad quieres volver a eso?”); pero en lugar de emprender un nuevo camino permanece erosionándose, como un tronco viejo que ha perdido todas sus hojas en el invierno.

@monroyfelipe

Miguel y la Sixtina capitalina, una oda al tesón

WhatsApp Image 2018-09-14 at 15.12.07Caminó sobre la obra de un portentoso artista durante 18 años. Miguel Macías comenzó su más grande hazaña en el 2000 en su primer año como jubilado: Tras un viaje a Europa, donde tuvo oportunidad de visitar la Capilla Sixtina en el Vaticano, Miguel cayó en cuenta que el famoso recinto religioso pintado por el inmortal Miguel Ángel Buonarroti tenía mucho en común con la parroquia de su barrio en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México; decidió reproducir los frescos de la bóveda pontificia en el templo a donde acude a misa de manera regular y, tras 18 años, finalmente será inaugurada la totalidad de la obra el 21 de septiembre del 2018.

Nada en el exterior de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro adelanta al visitante la asombrosa aparición de la obra de Miguel Ángel Buonarroti a lo largo y ancho de la bóveda del templo. La Moctezuma es una colonia popular, en la Plaza de la Aviación hay un quiosco y una estructura para mitigar el sol, por las calles se suceden locales nuevos y viejos, oficios y servicios que los vecinos ofrecen principalmente a residentes locales; el templo mismo está ligeramente oculto tras frondosos árboles donde sólo destaca un sencillo campanario y un moderno vitral redondo con la imagen de la Virgen María.

Pero al cruzar el umbral de la parroquia capitalina, la obra de la Capilla Sixtina se abre con plenitud ante los ojos del visitante: Son más de 500 metros cuadrados de obra pictórica que reproducen los nueve pasajes bíblicos del Génesis, los simbólicos retratos de sibilas y profetas, y las escenas familiares de los antepasados de Jesús. Macías y la gente que le ayudó desinteresadamente en este trascendental proyecto lograron reproducir los trampantojos de columnas, cuerpos y formas que han hecho mundialmente famosa a esta obra renacentista.

Sin ser pintor, Miguel Macías se las arregló para reproducir en 13 lienzos de 15×3 metros los detalles más acabados de la obra. Al igual que en la Capilla Sixtina original -donde se realiza a puerta cerrada la elección del Santo Padre de la Iglesia católica-, la bóveda de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro no se puede ver de un solo golpe de ojo. Cada personaje y todos los detalles están allí, pintados con cuidado milimétrico. Además, por si fuera poco, Miguel y algunos de los ayudantes que le apoyaron en diferentes etapas de estos 18 años para avanzar en el proyecto dejaron testimonio de su trabajo: “Pues sí, pusieron su nombre, es un pequeño gesto que intenta compensar sus esfuerzos; allí están sus nombres, casi no se ven a diez metros de altura, pero son cosas que, en efecto no están en la pintura original”.

Por si fuera poco, Macías recuerda que uno de sus colaboradores decidió pintar el perfil de la Virgen de Guadalupe en un lugar donde Miguel Ángel sólo había puesto un broche que ata un manto.

WhatsApp Image 2018-09-13 at 12.17.34La empresa de trabajar el proyecto no fue sencilla, ni barata. A lo largo de los 18 años, Macías debió padecer penurias económicas, falta de apoyo y grandes momentos de soledad; sin embargo, de cuando en cuando, los apoyos llegaron: Estudiantes o aficionados a la pintura que trabajaron bajo su guía, donadores generosos del proyecto y sorpresivos apoyos por parte de autoridades de la Ciudad. Lienzos, pinceles, pintura, bastidores, un improvisado taller al costado del templo, pegamentos, grúas hidráulicas, andamios especializados, iluminación y toda especie de necesidades consumieron decenas de miles -si no cientos de miles- de pesos en este proyecto que cabalgó a través de dos arzobispados (Norberto Rivera Carrera inauguró los primeros esfuerzos del artista) y tres jefaturas de gobierno capitalinas. Incluso, también debió sortear los cambios de los párrocos pues, sólo con la autorización de éstos, se pudo dar cauce a esta magna obra.

Macías relata que todo inició con un pequeño cuadro en el que reproducía apenas el detalle de las manos de Dios y Adán en “La creación de Adán”. Por alguna razón comenzó la obra justo en ese espacio entre la mano del creador y del primer hombre: “Me conmueve ese pequeño espacio entre la mano de Dios y de Adán en el momento de la creación del hombre”. En efecto, es un espacio vacío pero lleno de significado, de tensión y gracia, de silencio y de milagro. Las manos humanas que simbolizan la mano del Creador y la mano del primer hombre buscando ese contacto que les llevará todo el tiempo y a lo largo de todas las generaciones, concretar plenamente.

“Yo le agradezco a Dios por permitirme concluir esta obra; por supuesto a todos los que ayudaron -a Gustavo Moreno, por ejemplo, viajó de Cuernavaca a la Ciudad de México cada semana para ayudar durante cinco años al proyecto-, a las autoridades que en algún momento aportaron recursos y apoyo, y a los párrocos que permitieron hacer esta locura durante todos estos años”.

La magna obra será inaugurada por el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, el próximo 21 de septiembre a las 18 horas. Celebrará la comunión eucarística con los feligreses, donantes del proyecto y el párroco del lugar, José Guadalupe Ramírez Murillo.

Audacia, asertividad y unidad; los retos para el episcopado mexicano

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) celebrará su 106 asamblea plenaria; como cada semestre, es un momento de arduos acuerdos, trabajos, consultas y notificaciones que configuran el andar y el perfil de los líderes de la iglesia católica en el país. Pero esta edición está aderezada por las votaciones que se realizarán al interior del organismo para nombrar al nuevo presidente del colegiado tras el sexenio del cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega.

Aunque los pastores espirituales de la grey católica insisten en que los tiempos de la Iglesia no son los del poder temporal, no hay manera de comprender que los cambios en la Mesa del Consejo de Presidencia de la CEM no contemplen las singularidades nacidas tras la elección de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México. En principio, el proyecto de nación promovido por el político mantiene coincidencias éticas y morales irreprochables para los obispos mexicanos: “Recuperar la autoridad moral, asumir la honestidad en la vida privada como en la pública como tabla de salvación, desterrar la corrupción, actuar con austeridad, no mentir, no robar, no traicionar y, finalmente, buscar el bienestar material y el bienestar del alma para la felicidad de todos”.

Pero para algunos obispos mexicanos, no es momento de dormitar sobre las ruedas. Arzobispos como Rogelio Cabrera López y Carlos Garfias Merlos, de Morelia y Monterrey respectivamente, proponen lecturas y acciones más asertivas del papel de la Iglesia mexicana en el contexto contemporáneo. El planteamiento no es menor, la Iglesia en México se debate entre la pasividad de los liderazgos institucionales y la radicalizada agresividad que ciertos grupos religiosos proponen como remedio a los males del país.

En el último par de trienios, la presidencia del cardenal Robles se enfocó en dar cuerpo a un ambicioso plan global a largo plazo para la Iglesia mexicana, abandonó varios espacios sociales de diálogo cultural y mediático para reagruparse en un modelo de trabajo verdaderamente colegial que lograra “la unidad” que tanto les encomendó el papa Francisco. Para no pocos analistas, la agenda de autoridad moral que llevó al candidato López Obrador a la presidencia de la República fue la materia que llenó vacío que los obispos mexicanos dejaron voluntariamente para afanar con la mirada en el 2031 y 2033.

El camino emprendido para lograr el Plan Global de Pastoral podría entonces compararse con un resorte comprimido, aparentemente inerte y reducido, pero con la energía potencial para lograr que la Iglesia católica en México dé el gran salto que requiere para entrar de lleno en el siglo XXI. Dice el proverbio sirio que si molesta el viento que traen las ventanas abiertas, hay que cerrarlas y reposar. Sin embargo, fuera de la serenidad de la Conferencia, varios ventarrones sacudieron a la grey, la opinión pública y al propio pontífice romano. La violencia indómita en México que arrastra a ministros católicos y feligreses por igual; la polarización moralizante entre lecturas de políticas públicas; los nuevos escándalos de abuso sexual y la descarada ofensiva contra la autoridad y credibilidad del papa Francisco por parte de grupos conservadores, víctimas de clericalismos decimonónicos.

La política de la presidencia saliente de la CEM ha privilegiado una cautela excesiva ante la realidad, una hiperreflexión que podría parecer extremo cálculo ante las muchas incertidumbres del país, de la cultura de cambios y de la propia Iglesia católica universal. Como ejemplo, tras la reunión sostenida con el presidente electo el pasado 4 de septiembre en Monterrey, las autoridades episcopales ‘liberaron’ con casi 20 horas de retraso un escueto comunicado y cuatro indiferentes fotografías de un encuentro en el que tuvieron oportunidad de plantear la agenda que los pastores del México aún católico desean promover y en la que quieren participar.

Lo mismo ha sucedido con el posicionamiento ante los foros de paz organizados por el equipo de López Obrador y en los que se les solicitó una presencia activa en consideración con la experiencia que la Iglesia mexicana tiene en proyectos de paz como el de la campaña “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga vida digna”. Y, sin duda, también dejaron pasar la oportunidad de manifestar sólidamente su apoyo al papa Francisco en medio de la crisis de autoridad y credibilidad más difícil que ha vivido en el trono pontificio el argentino.

Hay que golpear el metal mientras está caliente. No hay otra forma de forjarlo. De lo contrario, los vacíos se llenarán y los líderes de esa aún masiva y tradicional catolicidad mexicana no hallarán quién haga eco de su voz.

@monroyfelipe

Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

Cine: Furlough, comedia femenina humanizada

furlough4La directora Laurie Collyer (1967) nuevamente aborda su interés por tortuosos viajes de autodescubrimiento a través de singulares historias de mujeres norteamericanas contemporáneas. Furlough (USA, 2018) tiene parecidos a sus hermanas menores Sherrybaby (2006) y Sunlight Jr (2013) al presentar relatos de jóvenes mujeres que se enfrentan a los desafíos de vida que las han alcanzado de manera natural, sin violencia ni irrupciones dramáticas y que, por tanto, se han alojado en ellas sin demasiada molestia ni incomodidad. Sin embargo, estas mujeres comienzan un periplo que les obliga a remontar su identidad y personalidad en búsqueda de libertades y pequeñas alegrías.

Furlough significa ‘el permiso’ que el Estado de Nueva York hace a la prisionera Joan Anderson (Mellisa Leo) para que visite a su madre quien se encuentra agonizando. La oficial de correccional, Nicole Stevens (Tessa Thompson) recibe la instrucción de acompañar por 36 horas a esta mujer de muchas habilidades maliciosas en un pequeño recorrido para garantizar la voluntad de la moribunda (más que la compasión con la prisionera). Apenas día y medio que son también una especie de liberación para la propia Nicole, pues le permite apartarse de la pesada e impositiva carga de atender a su propia madre enferma (Whoopi Goldberg).

El filme, encuadrado en un sutil equilibrio del drama y la comedia, pretende abordar los problemas de la independencia, la libertad y la sororidad en un lenguaje femenino. Las agonistas de la historia son todas mujeres cuyas vidas están sujetas a las expectativas de su contexto: proveer atención y cuidados, sentir compasión y ternura, encontrar el amor y luchar por la autonomía. Sin embargo, al igual que sucede en los otros filmes de Collyer, los personajes de autoridad y consejo son masculinos: el jefe de la prisión,  el ‘capitán’ del autobús, el administrador del edificio, etc.

Al igual que los best sellers norteamericanos actuales (Su cuerpo y sus otras partes de Carmen María Machado o Lili  de Marilynne Robinson), Furlough propone una ligera meditación femenina sobre la familia, la esperanza y la pertenencia, cómo se puede abrazar la duda cotidiana al tiempo de descubrir la actitud de vida correcta a través de la gracia interna.

La historia original viene de la mano del escritor de comedias Barry Strugatz, es quizá esa génesis sardónica de Furlough lo que facilita a Collyer una ligereza discursiva para evitar el melodrama alcanzado en sus piezas precedentes. Collyer, en Sherrybaby (con una muy aplaudida Maggie Gyllenhaal) y en Sunlight Jr (con la estupenda Naomi Watts), acentúa la carga emotiva en historias que también involucran la prisión, la búsqueda del equilibrio emocional y las relaciones familiares laceradas. Ambas películas fueron selecciones oficiales para festivales cinematográficos (Sundance y Tribeca, respectivamente) y son un foro de exploración para el talento actoral femenino.

Furlough es una “road movie” porque es sobre el camino cuando la agente Stevens y la reclusa Anderson concretan el autodescubrimiento, encuentran las sensaciones que las hacen apostar y confiar, les devuelve la alegría de la realidad y la oportunidad de creer en alguien más y en ellas mismas; la muerte, la soledad, el aislamiento, la distancia, la enfermedad y la incomprensión continuarán con ellas, con todos los que ellas amen, pero ambas se darán ‘el permiso’ de volver a sonreír.

@monroyfelipe

Los indelebles casos de corrupción

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Con su singular talento, Bertolt Brecht dijo alguna vez que “hay muchos jueces que son incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”; y esa amarga ironía es lo que sienten hoy muchos mexicanos al intentar comprender las razones detrás de las decisiones de los jueces o de las autoridades encargadas de investigar e implementar la justicia en el país.

Para variar, la explicación más sencilla -la que más deja satisfecho el prurito inquisidor que todos llevamos dentro- es que el ejercicio de la ley y la justicia están supeditados a los intereses políticos y económicos. Nadie en sus cabales tiene ganas ni tiempo de convertirse en un perito judicial o experto abogado (o ingeniero civil, ya que estamos en esas) sólo para convencer a sus vecinos sobre la noticia del día.

Y es que, aunque se expliquen con peras y manzanas sus resoluciones, nadie estaría dispuesto a meter las manos al fuego por la honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad de aquellos jueces o instituciones que abrieron la puerta a extrañas decisiones como la liberación de Elba Esther Gordillo, la reclasificación de los delitos a Javier Duarte, el sometimiento del sistema penitenciario a los caprichos del capo criminal “Betito”, el caso del juez de amparo que decidió prestar sus servicios profesionales al exgobernador César Duarte, la resolución de ese otro juez de no vinculación a proceso contra otro exgobernador (Rogelio Medina) quien comenzó siendo acusado por desvío de 3 mil millones de pesos y ahora sólo le resta comprobar unos tickets de gasolina.

Con esos ejemplos resulta muy difícil confiar en el sistema judicial y la procuración de justicia en el país. No es sorpresa para nadie, pero los datos son más elocuentes: Según el reporte “Perspectivas económicas 2018. Repensando las instituciones para el desarrollo” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), sólo el 32% de los mexicanos manifestó tener confianza en el sistema judicial y los tribunales del país; y el 85% de la población considera que la corrupción es el principal factor para no confiar en las instituciones.

¿Y el remedio para que vuelva la confianza? Fácil: o se hace verdadera justicia en los tribunales o por lo menos se debe generar la sensación de que se ha hecho justicia. La sociedad merece tener certeza de que puede beber del vino de la justicia sin sospechar veneno alguno, pero ya lo dijo el poeta romano Horacio: “Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

Es un hecho que siempre es un encanto tomar de donde hay mucho; y si hay mucha confusión en el sistema judicial mexicano, también habrá placer en los jueces y litigantes en optar por el caos que por la escasa -muy escasa- claridad. Al respecto, me viene en mente la enigmática novela El indeleble caso de Borelli del intelectual y divulgador de cultura universal, Ernesto de la Peña. La historia comienza con el juicio que se hace al asistente y cómplice de un personaje monstruoso y criminal (condenado previamente a la guillotina). En la aprehensión del cómplice y durante la ejecución de quien fuera su superior, la gente sabía que aquel era culpable; pero tras los alegatos de su abogado, “tras la línea siempre infalible de sus razonamientos, las patéticas señales de su contrición y el ardor con que pidió que se le castigara su culpable debilidad” no sólo el cómplice logró la exculpación de los delitos fincados (y una liberación preventiva con arraigo domiciliario) sino la adhesión de buena parte del pueblo y la atención obsesiva de los reporteros. Pero el pueblo jamás esperó a que el proceso concluyera, perdió la paciencia, “se olvidó de él y se ocupó de otros temas; y el caso quedaba cerrado definitivamente para el vulgo”, aunque no para la justicia. En realidad, el problema de fondo del sistema judicial es la abundancia, de casos, confusión, impericia e ignorancia; es entonces cuando la gente corre el riesgo de olvidarlos y hasta de exculparlos, aunque el signo de la impunidad permanezca indeleble; incorruptible, diría Brecht.

@monroyfelipe

La Casa de las Flores: estilo y narrativa cinematográfica

Manolo Caro (Guadalajara, 1985) ha demostrado un peculiar refinamiento ambiental en sus producciones audiovisuales; no es sorpresa que su formación cinematográfica tenga base de “producción escénica” y en su serie La Casa de las Flores (Netflix, 2018) ha logrado un lenguaje climático audaz y vibrante que no puede pasar desapercibido.

Además de proveer el escenario propicio para devolver a la pantalla chica (aunque en otro tiempo, con otro lenguaje y otra dinámica de audiencias) a la otrora estrella popular Verónica Castro (Virginia de la Mora), Caro propone en la pantalla una mirada a los perfiles culturales estridentistas de la familia mexicana: los colores de la producción significan, enmarcan, acompañan, contrastan y abrasan a los personajes en sus absurdas peripecias.

Más allá de los muchos conflictos morales y las simulaciones que hacen de la historia el hilo conductor para los gags y el drama (la recurrente incomodidad de la vecina Carmelita, Verónica Langer y la insuperable complejidad del personaje de Paulina de la Mora, Cecilia Suárez), la narrativa de cada capítulo del serial monta la creatividad en un soporte ambiental cuidadosamente diseñado: los escenarios coinciden con las emociones, con los diálogos, trabajan visualmente para nutrir mucho más que la pupila.

El arte escénico y la fotografía de cada capítulo de La Casa de las Flores sugieren matices coloridos y vibrantes a las acciones que allí se desarrollan. Esa es quizá de las mejores aportaciones de Manolo Caro a las producciones mexicanas: el cuidado por lo que la audiencia recibe como producto final. No basta la buena filmación, hay que cuidar el set, la intromisión de la cámara y la edición que también hablan junto a los diálogos y las actuaciones. Detrás de la intensidad dramática de la angustia, Caro propone el duro tapíz onduleante, arrítmico y vibrante; en la confesión, se apoya del encuadre dentro del encuadre; en las acciones conectadas, las decoraciones como destellos de unas raíces muy profundas (que iremos conociendo qué tan hondas y oscuras a lo largo de la trama). El resto de la propuesta se dibuja tras los colores de las bellas pero frívolas flores de ornato y las estridentes pero aparentemente imprescindibles flores del deseo y sus consecuencias.

El estilo cinematográfico en La Casa de las Flores aporta un assortment visual de colores y texturas que esconde el verdadero leitmotiv de la historia: los avatares de una familia cuya riquezas y pobrezas (cómo suelen ir de la mano la bonanza económica y los deformes castillos de la moralidad) les obliga a vivir tras una colorida prisión de falsas joyas preciosas (el tratamiento de la fotografía recuerda al “jewelry tone color”) de ambigüedad, de secretos e indefiniciones.

Una calidad técnica del estilo y narrativa cinematográfica de Manolo Caro no podía no convertirse en un llamativo fenómeno popular.

@monroyfelipe

El estertor de la guerra por Tenochtitlán

llorona*En las crónicas de la llegada de los españoles a tierras del imperio azteca, así como en la indispensable Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla, los sonidos del encuentro surgen como personajes en el complejo proceso que debieron vivir nativos y exploradores en este intenso choque de culturas. En los relatos, los sonidos se pueden hallar en todas sus formas: desde el murmullo de una profecía, en el primer diálogo que pasa de lengua en lengua, en los cañones y los hierros, en el eco de los cascos de los caballos, el crujir de madera, el tintineo de cristales y piedras, de miles de mazos golpeando miles de escudos y, por supuesto, en los gritos de batalla. Pero allí donde hay guerra, hay indefectiblemente llanto, pesar, clamor y, por supuesto, búsqueda de esperanza y fe. Búsqueda de sentido.

Poesía y profecía

Ya antes del encuentro con los cristianos, la cultura prehispánica era rica en cosmogonía trascendental, las inquietudes del alma las expresaba así el poeta Cuacuautzin (en tiempos de Nezahualcóyotl): “Can nel pa tonyazque / in aic timiquizque? / Ma zan nichalchihuitl nÍleocuitlatl oo / zan ye nipitzaloz nimalalihuiaz in tlatillan / O zan ye noyollo zan ye ni Cuacuauhtzin, / ninotolinia” ¿A dónde hemos de ir que nunca muramos? Aunque fuera yo jade, aunque fuera yo oro, seré fundido, seré perforado en el crisol. Es mi corazón: Yo soy Cuacuauhtzin. ¡Soy un desdichado!”. Quizá por ello, Moctecuhzoma “se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia” cuando le fueron transmitidas las primeras voces de la presencia de los viajeros en su imperio: porque los prodigios que presagiaron la presencia de los españoles fueron todos fuegos, excepto de un ave sin voz que reflejó visiones y el persistente e inconsolable llanto de una madre por sus hijos en los escondidos rincones de las ciudades.

Si algo cambió durante el asedio de la gran Tenochtitlán fue el sonido de la cotidianidad: el ruido normal de las ciudades, de la camaradería, de la laboriosidad diaria, del rezo común, del diálogo y la música dejaron paso a los estertores de guerra, al grito de los combatientes, a la orden militar, el rugir de la pólvora estallando y el golpe seco de piedras afiladas sobre la carne. Lo recupera de las crónicas el historiador: “Dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada […] Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios […] Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aún con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas, furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa aurilla, las cañas sobre los españoles se tienden”.

Sangre y lluvia: contra el silencio

La guerra cambia el sonido de los pueblos: cambia el ritmo de la palabra y el canto; de la música y el llanto. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl señala que algo así sucedió durante la fiesta religiosa de Tóxcatl en honor a los dioses Huitzilopochtil y Tezcatlipoca (finales de mayo de 1520): Los sacerdotes y fieles mexicas celebraban a sus deidades, desarmados, con el permiso de festejar su fe. Pero Pedro de Alvarado, sin la presencia del capitán Hernán Cortés, pensó que era una trampa, cerró la plaza del Templo Mayor donde los creyentes celebraban y danzaban, y los mató ventajosamente. “Zan nocuicanentlamati O zan nocuicayeyecohua / in tlalticpac ye ni Cuacuauhtzin” (Sólo sufro con cantos, sólo ensayo mis cantos, aquí en la tierra, yo Cuacuauhtzin).

Bien se advierte que tras este episodio ningún rezo ni verso alguno volvió a tener el mismo tono confiado y amistoso. Las crónicas insisten en que se avecinaba el verano, que las lluvias comenzaron a caer en los caminos y las piedras de Tenochtitlán pero principalmente la lluvia hacía ese sonido peculiar al caer sobre el agua del lago mientras expulsaban a los españoles de la ciudad hacia su “Noche Triste”. Si Hernán Cortés lloró o no, no se sabe; si llovía sobre los canales de agua y las milpas, tampoco; pero nuevamente el estertor del fuego y el horror irrumpió el valle en aire de cañones, del choque metálico, de alaridos de heridos mortales y golpes rabiosos sobre el huéhuetl.

La guerra cambia el sonido de varios pueblos, los deja en silencio como anotó el poeta anónimo sobreviviente del horror: “En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros […]”.

Los sobrevivientes (indígenas y españoles) tenían que golpear algo no sólo para comprobar la realidad sino para crear el sonido que perdieron en las batallas. Del lado de los conquistadores, Bernal Díaz del Castillo comienza su magnífico relato al descubrir Tenochtitlán haciendo elogio del ruido, del murmullo de voces: “Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua”; pero tras la caída de Tenochtitlán, el cronista sólo encuentra silencio, crudo y terrible, del que constantemente tiene que apartar la mirada y la pluma. Y es que a lo largo de su crónica sólo en ese capítulo aparta la voz una y otra vez para callar lo que sus ojos no soportaban ver: “[…] todas las casas llenas de indios muertos y aún algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba. Y hallóse toda la ciudad arada, y sacadas las raíces de las hierbas que habían comido cocidas, hasta las cortezas de los árboles, también las habían comido. De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran tlaxcaltecas y las nuestras que apañaban: Y no se ha hallado generación en el mundo que tanto sufriere el hambre y sed, y continuas guerras, como esta. Dejemos de hablar de esto y pasemos adelante […]”

Nuevamente el poeta Cuacuauhtzin revela cuál era el clamor del alma antes de los españoles; antes de la guerra, antes de las tragedias, ya había la búsqueda de una voz que consolara al pueblo. La necesidad de sentirse amados, protegidos, mimados: “Tinemia in tinech cocolia, / ti nech miquitlani. / In onoya yehua in on opoliuh. / In anca zan yoquic oo / noca hual chocaz, noca huallamatiz, / zan ti nocniuh. / O zan ye niauh, o zan ye niauh”. (Vives tú y me aborreces, me preparas la muerte… ¡A uno que se va, a uno que va a perecer! Pudiera ser que alguna vez lloraras tú por mí, pudiera ser que por mí te afligieras… pero yo me voy, yo me voy…). No sucedería de inmediato tras la guerra, sino diez años más tarde en 1531 cuando una voz nueva comenzó a resonar por todos los rincones del corazón de un nuevo pueblo: “Porque yo en verdad soy su madre compasiva, tuya y de todos los hombres […] porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa”. Y cambió los estertores de guerra por una nueva flor y un nuevo canto.

*Publicado en El Observador de la Actualidad 

@monroyfelipe