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Miguel y la Sixtina capitalina, una oda al tesón

WhatsApp Image 2018-09-14 at 15.12.07Caminó sobre la obra de un portentoso artista durante 18 años. Miguel Macías comenzó su más grande hazaña en el 2000 en su primer año como jubilado: Tras un viaje a Europa, donde tuvo oportunidad de visitar la Capilla Sixtina en el Vaticano, Miguel cayó en cuenta que el famoso recinto religioso pintado por el inmortal Miguel Ángel Buonarroti tenía mucho en común con la parroquia de su barrio en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México; decidió reproducir los frescos de la bóveda pontificia en el templo a donde acude a misa de manera regular y, tras 18 años, finalmente será inaugurada la totalidad de la obra el 21 de septiembre del 2018.

Nada en el exterior de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro adelanta al visitante la asombrosa aparición de la obra de Miguel Ángel Buonarroti a lo largo y ancho de la bóveda del templo. La Moctezuma es una colonia popular, en la Plaza de la Aviación hay un quiosco y una estructura para mitigar el sol, por las calles se suceden locales nuevos y viejos, oficios y servicios que los vecinos ofrecen principalmente a residentes locales; el templo mismo está ligeramente oculto tras frondosos árboles donde sólo destaca un sencillo campanario y un moderno vitral redondo con la imagen de la Virgen María.

Pero al cruzar el umbral de la parroquia capitalina, la obra de la Capilla Sixtina se abre con plenitud ante los ojos del visitante: Son más de 500 metros cuadrados de obra pictórica que reproducen los nueve pasajes bíblicos del Génesis, los simbólicos retratos de sibilas y profetas, y las escenas familiares de los antepasados de Jesús. Macías y la gente que le ayudó desinteresadamente en este trascendental proyecto lograron reproducir los trampantojos de columnas, cuerpos y formas que han hecho mundialmente famosa a esta obra renacentista.

Sin ser pintor, Miguel Macías se las arregló para reproducir en 13 lienzos de 15×3 metros los detalles más acabados de la obra. Al igual que en la Capilla Sixtina original -donde se realiza a puerta cerrada la elección del Santo Padre de la Iglesia católica-, la bóveda de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro no se puede ver de un solo golpe de ojo. Cada personaje y todos los detalles están allí, pintados con cuidado milimétrico. Además, por si fuera poco, Miguel y algunos de los ayudantes que le apoyaron en diferentes etapas de estos 18 años para avanzar en el proyecto dejaron testimonio de su trabajo: “Pues sí, pusieron su nombre, es un pequeño gesto que intenta compensar sus esfuerzos; allí están sus nombres, casi no se ven a diez metros de altura, pero son cosas que, en efecto no están en la pintura original”.

Por si fuera poco, Macías recuerda que uno de sus colaboradores decidió pintar el perfil de la Virgen de Guadalupe en un lugar donde Miguel Ángel sólo había puesto un broche que ata un manto.

WhatsApp Image 2018-09-13 at 12.17.34La empresa de trabajar el proyecto no fue sencilla, ni barata. A lo largo de los 18 años, Macías debió padecer penurias económicas, falta de apoyo y grandes momentos de soledad; sin embargo, de cuando en cuando, los apoyos llegaron: Estudiantes o aficionados a la pintura que trabajaron bajo su guía, donadores generosos del proyecto y sorpresivos apoyos por parte de autoridades de la Ciudad. Lienzos, pinceles, pintura, bastidores, un improvisado taller al costado del templo, pegamentos, grúas hidráulicas, andamios especializados, iluminación y toda especie de necesidades consumieron decenas de miles -si no cientos de miles- de pesos en este proyecto que cabalgó a través de dos arzobispados (Norberto Rivera Carrera inauguró los primeros esfuerzos del artista) y tres jefaturas de gobierno capitalinas. Incluso, también debió sortear los cambios de los párrocos pues, sólo con la autorización de éstos, se pudo dar cauce a esta magna obra.

Macías relata que todo inició con un pequeño cuadro en el que reproducía apenas el detalle de las manos de Dios y Adán en “La creación de Adán”. Por alguna razón comenzó la obra justo en ese espacio entre la mano del creador y del primer hombre: “Me conmueve ese pequeño espacio entre la mano de Dios y de Adán en el momento de la creación del hombre”. En efecto, es un espacio vacío pero lleno de significado, de tensión y gracia, de silencio y de milagro. Las manos humanas que simbolizan la mano del Creador y la mano del primer hombre buscando ese contacto que les llevará todo el tiempo y a lo largo de todas las generaciones, concretar plenamente.

“Yo le agradezco a Dios por permitirme concluir esta obra; por supuesto a todos los que ayudaron -a Gustavo Moreno, por ejemplo, viajó de Cuernavaca a la Ciudad de México cada semana para ayudar durante cinco años al proyecto-, a las autoridades que en algún momento aportaron recursos y apoyo, y a los párrocos que permitieron hacer esta locura durante todos estos años”.

La magna obra será inaugurada por el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, el próximo 21 de septiembre a las 18 horas. Celebrará la comunión eucarística con los feligreses, donantes del proyecto y el párroco del lugar, José Guadalupe Ramírez Murillo.

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Audacia, asertividad y unidad; los retos para el episcopado mexicano

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) celebrará su 106 asamblea plenaria; como cada semestre, es un momento de arduos acuerdos, trabajos, consultas y notificaciones que configuran el andar y el perfil de los líderes de la iglesia católica en el país. Pero esta edición está aderezada por las votaciones que se realizarán al interior del organismo para nombrar al nuevo presidente del colegiado tras el sexenio del cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega.

Aunque los pastores espirituales de la grey católica insisten en que los tiempos de la Iglesia no son los del poder temporal, no hay manera de comprender que los cambios en la Mesa del Consejo de Presidencia de la CEM no contemplen las singularidades nacidas tras la elección de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México. En principio, el proyecto de nación promovido por el político mantiene coincidencias éticas y morales irreprochables para los obispos mexicanos: “Recuperar la autoridad moral, asumir la honestidad en la vida privada como en la pública como tabla de salvación, desterrar la corrupción, actuar con austeridad, no mentir, no robar, no traicionar y, finalmente, buscar el bienestar material y el bienestar del alma para la felicidad de todos”.

Pero para algunos obispos mexicanos, no es momento de dormitar sobre las ruedas. Arzobispos como Rogelio Cabrera López y Carlos Garfias Merlos, de Morelia y Monterrey respectivamente, proponen lecturas y acciones más asertivas del papel de la Iglesia mexicana en el contexto contemporáneo. El planteamiento no es menor, la Iglesia en México se debate entre la pasividad de los liderazgos institucionales y la radicalizada agresividad que ciertos grupos religiosos proponen como remedio a los males del país.

En el último par de trienios, la presidencia del cardenal Robles se enfocó en dar cuerpo a un ambicioso plan global a largo plazo para la Iglesia mexicana, abandonó varios espacios sociales de diálogo cultural y mediático para reagruparse en un modelo de trabajo verdaderamente colegial que lograra “la unidad” que tanto les encomendó el papa Francisco. Para no pocos analistas, la agenda de autoridad moral que llevó al candidato López Obrador a la presidencia de la República fue la materia que llenó vacío que los obispos mexicanos dejaron voluntariamente para afanar con la mirada en el 2031 y 2033.

El camino emprendido para lograr el Plan Global de Pastoral podría entonces compararse con un resorte comprimido, aparentemente inerte y reducido, pero con la energía potencial para lograr que la Iglesia católica en México dé el gran salto que requiere para entrar de lleno en el siglo XXI. Dice el proverbio sirio que si molesta el viento que traen las ventanas abiertas, hay que cerrarlas y reposar. Sin embargo, fuera de la serenidad de la Conferencia, varios ventarrones sacudieron a la grey, la opinión pública y al propio pontífice romano. La violencia indómita en México que arrastra a ministros católicos y feligreses por igual; la polarización moralizante entre lecturas de políticas públicas; los nuevos escándalos de abuso sexual y la descarada ofensiva contra la autoridad y credibilidad del papa Francisco por parte de grupos conservadores, víctimas de clericalismos decimonónicos.

La política de la presidencia saliente de la CEM ha privilegiado una cautela excesiva ante la realidad, una hiperreflexión que podría parecer extremo cálculo ante las muchas incertidumbres del país, de la cultura de cambios y de la propia Iglesia católica universal. Como ejemplo, tras la reunión sostenida con el presidente electo el pasado 4 de septiembre en Monterrey, las autoridades episcopales ‘liberaron’ con casi 20 horas de retraso un escueto comunicado y cuatro indiferentes fotografías de un encuentro en el que tuvieron oportunidad de plantear la agenda que los pastores del México aún católico desean promover y en la que quieren participar.

Lo mismo ha sucedido con el posicionamiento ante los foros de paz organizados por el equipo de López Obrador y en los que se les solicitó una presencia activa en consideración con la experiencia que la Iglesia mexicana tiene en proyectos de paz como el de la campaña “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga vida digna”. Y, sin duda, también dejaron pasar la oportunidad de manifestar sólidamente su apoyo al papa Francisco en medio de la crisis de autoridad y credibilidad más difícil que ha vivido en el trono pontificio el argentino.

Hay que golpear el metal mientras está caliente. No hay otra forma de forjarlo. De lo contrario, los vacíos se llenarán y los líderes de esa aún masiva y tradicional catolicidad mexicana no hallarán quién haga eco de su voz.

@monroyfelipe

Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

Cine: Furlough, comedia femenina humanizada

furlough4La directora Laurie Collyer (1967) nuevamente aborda su interés por tortuosos viajes de autodescubrimiento a través de singulares historias de mujeres norteamericanas contemporáneas. Furlough (USA, 2018) tiene parecidos a sus hermanas menores Sherrybaby (2006) y Sunlight Jr (2013) al presentar relatos de jóvenes mujeres que se enfrentan a los desafíos de vida que las han alcanzado de manera natural, sin violencia ni irrupciones dramáticas y que, por tanto, se han alojado en ellas sin demasiada molestia ni incomodidad. Sin embargo, estas mujeres comienzan un periplo que les obliga a remontar su identidad y personalidad en búsqueda de libertades y pequeñas alegrías.

Furlough significa ‘el permiso’ que el Estado de Nueva York hace a la prisionera Joan Anderson (Mellisa Leo) para que visite a su madre quien se encuentra agonizando. La oficial de correccional, Nicole Stevens (Tessa Thompson) recibe la instrucción de acompañar por 36 horas a esta mujer de muchas habilidades maliciosas en un pequeño recorrido para garantizar la voluntad de la moribunda (más que la compasión con la prisionera). Apenas día y medio que son también una especie de liberación para la propia Nicole, pues le permite apartarse de la pesada e impositiva carga de atender a su propia madre enferma (Whoopi Goldberg).

El filme, encuadrado en un sutil equilibrio del drama y la comedia, pretende abordar los problemas de la independencia, la libertad y la sororidad en un lenguaje femenino. Las agonistas de la historia son todas mujeres cuyas vidas están sujetas a las expectativas de su contexto: proveer atención y cuidados, sentir compasión y ternura, encontrar el amor y luchar por la autonomía. Sin embargo, al igual que sucede en los otros filmes de Collyer, los personajes de autoridad y consejo son masculinos: el jefe de la prisión,  el ‘capitán’ del autobús, el administrador del edificio, etc.

Al igual que los best sellers norteamericanos actuales (Su cuerpo y sus otras partes de Carmen María Machado o Lili  de Marilynne Robinson), Furlough propone una ligera meditación femenina sobre la familia, la esperanza y la pertenencia, cómo se puede abrazar la duda cotidiana al tiempo de descubrir la actitud de vida correcta a través de la gracia interna.

La historia original viene de la mano del escritor de comedias Barry Strugatz, es quizá esa génesis sardónica de Furlough lo que facilita a Collyer una ligereza discursiva para evitar el melodrama alcanzado en sus piezas precedentes. Collyer, en Sherrybaby (con una muy aplaudida Maggie Gyllenhaal) y en Sunlight Jr (con la estupenda Naomi Watts), acentúa la carga emotiva en historias que también involucran la prisión, la búsqueda del equilibrio emocional y las relaciones familiares laceradas. Ambas películas fueron selecciones oficiales para festivales cinematográficos (Sundance y Tribeca, respectivamente) y son un foro de exploración para el talento actoral femenino.

Furlough es una “road movie” porque es sobre el camino cuando la agente Stevens y la reclusa Anderson concretan el autodescubrimiento, encuentran las sensaciones que las hacen apostar y confiar, les devuelve la alegría de la realidad y la oportunidad de creer en alguien más y en ellas mismas; la muerte, la soledad, el aislamiento, la distancia, la enfermedad y la incomprensión continuarán con ellas, con todos los que ellas amen, pero ambas se darán ‘el permiso’ de volver a sonreír.

@monroyfelipe

Los indelebles casos de corrupción

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Con su singular talento, Bertolt Brecht dijo alguna vez que “hay muchos jueces que son incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”; y esa amarga ironía es lo que sienten hoy muchos mexicanos al intentar comprender las razones detrás de las decisiones de los jueces o de las autoridades encargadas de investigar e implementar la justicia en el país.

Para variar, la explicación más sencilla -la que más deja satisfecho el prurito inquisidor que todos llevamos dentro- es que el ejercicio de la ley y la justicia están supeditados a los intereses políticos y económicos. Nadie en sus cabales tiene ganas ni tiempo de convertirse en un perito judicial o experto abogado (o ingeniero civil, ya que estamos en esas) sólo para convencer a sus vecinos sobre la noticia del día.

Y es que, aunque se expliquen con peras y manzanas sus resoluciones, nadie estaría dispuesto a meter las manos al fuego por la honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad de aquellos jueces o instituciones que abrieron la puerta a extrañas decisiones como la liberación de Elba Esther Gordillo, la reclasificación de los delitos a Javier Duarte, el sometimiento del sistema penitenciario a los caprichos del capo criminal “Betito”, el caso del juez de amparo que decidió prestar sus servicios profesionales al exgobernador César Duarte, la resolución de ese otro juez de no vinculación a proceso contra otro exgobernador (Rogelio Medina) quien comenzó siendo acusado por desvío de 3 mil millones de pesos y ahora sólo le resta comprobar unos tickets de gasolina.

Con esos ejemplos resulta muy difícil confiar en el sistema judicial y la procuración de justicia en el país. No es sorpresa para nadie, pero los datos son más elocuentes: Según el reporte “Perspectivas económicas 2018. Repensando las instituciones para el desarrollo” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), sólo el 32% de los mexicanos manifestó tener confianza en el sistema judicial y los tribunales del país; y el 85% de la población considera que la corrupción es el principal factor para no confiar en las instituciones.

¿Y el remedio para que vuelva la confianza? Fácil: o se hace verdadera justicia en los tribunales o por lo menos se debe generar la sensación de que se ha hecho justicia. La sociedad merece tener certeza de que puede beber del vino de la justicia sin sospechar veneno alguno, pero ya lo dijo el poeta romano Horacio: “Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

Es un hecho que siempre es un encanto tomar de donde hay mucho; y si hay mucha confusión en el sistema judicial mexicano, también habrá placer en los jueces y litigantes en optar por el caos que por la escasa -muy escasa- claridad. Al respecto, me viene en mente la enigmática novela El indeleble caso de Borelli del intelectual y divulgador de cultura universal, Ernesto de la Peña. La historia comienza con el juicio que se hace al asistente y cómplice de un personaje monstruoso y criminal (condenado previamente a la guillotina). En la aprehensión del cómplice y durante la ejecución de quien fuera su superior, la gente sabía que aquel era culpable; pero tras los alegatos de su abogado, “tras la línea siempre infalible de sus razonamientos, las patéticas señales de su contrición y el ardor con que pidió que se le castigara su culpable debilidad” no sólo el cómplice logró la exculpación de los delitos fincados (y una liberación preventiva con arraigo domiciliario) sino la adhesión de buena parte del pueblo y la atención obsesiva de los reporteros. Pero el pueblo jamás esperó a que el proceso concluyera, perdió la paciencia, “se olvidó de él y se ocupó de otros temas; y el caso quedaba cerrado definitivamente para el vulgo”, aunque no para la justicia. En realidad, el problema de fondo del sistema judicial es la abundancia, de casos, confusión, impericia e ignorancia; es entonces cuando la gente corre el riesgo de olvidarlos y hasta de exculparlos, aunque el signo de la impunidad permanezca indeleble; incorruptible, diría Brecht.

@monroyfelipe

La Casa de las Flores: estilo y narrativa cinematográfica

Manolo Caro (Guadalajara, 1985) ha demostrado un peculiar refinamiento ambiental en sus producciones audiovisuales; no es sorpresa que su formación cinematográfica tenga base de “producción escénica” y en su serie La Casa de las Flores (Netflix, 2018) ha logrado un lenguaje climático audaz y vibrante que no puede pasar desapercibido.

Además de proveer el escenario propicio para devolver a la pantalla chica (aunque en otro tiempo, con otro lenguaje y otra dinámica de audiencias) a la otrora estrella popular Verónica Castro (Virginia de la Mora), Caro propone en la pantalla una mirada a los perfiles culturales estridentistas de la familia mexicana: los colores de la producción significan, enmarcan, acompañan, contrastan y abrasan a los personajes en sus absurdas peripecias.

Más allá de los muchos conflictos morales y las simulaciones que hacen de la historia el hilo conductor para los gags y el drama (la recurrente incomodidad de la vecina Carmelita, Verónica Langer y la insuperable complejidad del personaje de Paulina de la Mora, Cecilia Suárez), la narrativa de cada capítulo del serial monta la creatividad en un soporte ambiental cuidadosamente diseñado: los escenarios coinciden con las emociones, con los diálogos, trabajan visualmente para nutrir mucho más que la pupila.

El arte escénico y la fotografía de cada capítulo de La Casa de las Flores sugieren matices coloridos y vibrantes a las acciones que allí se desarrollan. Esa es quizá de las mejores aportaciones de Manolo Caro a las producciones mexicanas: el cuidado por lo que la audiencia recibe como producto final. No basta la buena filmación, hay que cuidar el set, la intromisión de la cámara y la edición que también hablan junto a los diálogos y las actuaciones. Detrás de la intensidad dramática de la angustia, Caro propone el duro tapíz onduleante, arrítmico y vibrante; en la confesión, se apoya del encuadre dentro del encuadre; en las acciones conectadas, las decoraciones como destellos de unas raíces muy profundas (que iremos conociendo qué tan hondas y oscuras a lo largo de la trama). El resto de la propuesta se dibuja tras los colores de las bellas pero frívolas flores de ornato y las estridentes pero aparentemente imprescindibles flores del deseo y sus consecuencias.

El estilo cinematográfico en La Casa de las Flores aporta un assortment visual de colores y texturas que esconde el verdadero leitmotiv de la historia: los avatares de una familia cuya riquezas y pobrezas (cómo suelen ir de la mano la bonanza económica y los deformes castillos de la moralidad) les obliga a vivir tras una colorida prisión de falsas joyas preciosas (el tratamiento de la fotografía recuerda al “jewelry tone color”) de ambigüedad, de secretos e indefiniciones.

Una calidad técnica del estilo y narrativa cinematográfica de Manolo Caro no podía no convertirse en un llamativo fenómeno popular.

@monroyfelipe

El estertor de la guerra por Tenochtitlán

llorona*En las crónicas de la llegada de los españoles a tierras del imperio azteca, así como en la indispensable Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla, los sonidos del encuentro surgen como personajes en el complejo proceso que debieron vivir nativos y exploradores en este intenso choque de culturas. En los relatos, los sonidos se pueden hallar en todas sus formas: desde el murmullo de una profecía, en el primer diálogo que pasa de lengua en lengua, en los cañones y los hierros, en el eco de los cascos de los caballos, el crujir de madera, el tintineo de cristales y piedras, de miles de mazos golpeando miles de escudos y, por supuesto, en los gritos de batalla. Pero allí donde hay guerra, hay indefectiblemente llanto, pesar, clamor y, por supuesto, búsqueda de esperanza y fe. Búsqueda de sentido.

Poesía y profecía

Ya antes del encuentro con los cristianos, la cultura prehispánica era rica en cosmogonía trascendental, las inquietudes del alma las expresaba así el poeta Cuacuautzin (en tiempos de Nezahualcóyotl): “Can nel pa tonyazque / in aic timiquizque? / Ma zan nichalchihuitl nÍleocuitlatl oo / zan ye nipitzaloz nimalalihuiaz in tlatillan / O zan ye noyollo zan ye ni Cuacuauhtzin, / ninotolinia” ¿A dónde hemos de ir que nunca muramos? Aunque fuera yo jade, aunque fuera yo oro, seré fundido, seré perforado en el crisol. Es mi corazón: Yo soy Cuacuauhtzin. ¡Soy un desdichado!”. Quizá por ello, Moctecuhzoma “se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia” cuando le fueron transmitidas las primeras voces de la presencia de los viajeros en su imperio: porque los prodigios que presagiaron la presencia de los españoles fueron todos fuegos, excepto de un ave sin voz que reflejó visiones y el persistente e inconsolable llanto de una madre por sus hijos en los escondidos rincones de las ciudades.

Si algo cambió durante el asedio de la gran Tenochtitlán fue el sonido de la cotidianidad: el ruido normal de las ciudades, de la camaradería, de la laboriosidad diaria, del rezo común, del diálogo y la música dejaron paso a los estertores de guerra, al grito de los combatientes, a la orden militar, el rugir de la pólvora estallando y el golpe seco de piedras afiladas sobre la carne. Lo recupera de las crónicas el historiador: “Dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada […] Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios […] Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aún con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas, furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa aurilla, las cañas sobre los españoles se tienden”.

Sangre y lluvia: contra el silencio

La guerra cambia el sonido de los pueblos: cambia el ritmo de la palabra y el canto; de la música y el llanto. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl señala que algo así sucedió durante la fiesta religiosa de Tóxcatl en honor a los dioses Huitzilopochtil y Tezcatlipoca (finales de mayo de 1520): Los sacerdotes y fieles mexicas celebraban a sus deidades, desarmados, con el permiso de festejar su fe. Pero Pedro de Alvarado, sin la presencia del capitán Hernán Cortés, pensó que era una trampa, cerró la plaza del Templo Mayor donde los creyentes celebraban y danzaban, y los mató ventajosamente. “Zan nocuicanentlamati O zan nocuicayeyecohua / in tlalticpac ye ni Cuacuauhtzin” (Sólo sufro con cantos, sólo ensayo mis cantos, aquí en la tierra, yo Cuacuauhtzin).

Bien se advierte que tras este episodio ningún rezo ni verso alguno volvió a tener el mismo tono confiado y amistoso. Las crónicas insisten en que se avecinaba el verano, que las lluvias comenzaron a caer en los caminos y las piedras de Tenochtitlán pero principalmente la lluvia hacía ese sonido peculiar al caer sobre el agua del lago mientras expulsaban a los españoles de la ciudad hacia su “Noche Triste”. Si Hernán Cortés lloró o no, no se sabe; si llovía sobre los canales de agua y las milpas, tampoco; pero nuevamente el estertor del fuego y el horror irrumpió el valle en aire de cañones, del choque metálico, de alaridos de heridos mortales y golpes rabiosos sobre el huéhuetl.

La guerra cambia el sonido de varios pueblos, los deja en silencio como anotó el poeta anónimo sobreviviente del horror: “En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros […]”.

Los sobrevivientes (indígenas y españoles) tenían que golpear algo no sólo para comprobar la realidad sino para crear el sonido que perdieron en las batallas. Del lado de los conquistadores, Bernal Díaz del Castillo comienza su magnífico relato al descubrir Tenochtitlán haciendo elogio del ruido, del murmullo de voces: “Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua”; pero tras la caída de Tenochtitlán, el cronista sólo encuentra silencio, crudo y terrible, del que constantemente tiene que apartar la mirada y la pluma. Y es que a lo largo de su crónica sólo en ese capítulo aparta la voz una y otra vez para callar lo que sus ojos no soportaban ver: “[…] todas las casas llenas de indios muertos y aún algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba. Y hallóse toda la ciudad arada, y sacadas las raíces de las hierbas que habían comido cocidas, hasta las cortezas de los árboles, también las habían comido. De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran tlaxcaltecas y las nuestras que apañaban: Y no se ha hallado generación en el mundo que tanto sufriere el hambre y sed, y continuas guerras, como esta. Dejemos de hablar de esto y pasemos adelante […]”

Nuevamente el poeta Cuacuauhtzin revela cuál era el clamor del alma antes de los españoles; antes de la guerra, antes de las tragedias, ya había la búsqueda de una voz que consolara al pueblo. La necesidad de sentirse amados, protegidos, mimados: “Tinemia in tinech cocolia, / ti nech miquitlani. / In onoya yehua in on opoliuh. / In anca zan yoquic oo / noca hual chocaz, noca huallamatiz, / zan ti nocniuh. / O zan ye niauh, o zan ye niauh”. (Vives tú y me aborreces, me preparas la muerte… ¡A uno que se va, a uno que va a perecer! Pudiera ser que alguna vez lloraras tú por mí, pudiera ser que por mí te afligieras… pero yo me voy, yo me voy…). No sucedería de inmediato tras la guerra, sino diez años más tarde en 1531 cuando una voz nueva comenzó a resonar por todos los rincones del corazón de un nuevo pueblo: “Porque yo en verdad soy su madre compasiva, tuya y de todos los hombres […] porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa”. Y cambió los estertores de guerra por una nueva flor y un nuevo canto.

*Publicado en El Observador de la Actualidad 

@monroyfelipe

Episcopado para una transformación  

La Iglesia católica en México se encuentra en un singular momento de adaptación y reorganización. No sólo reflexiona sobre su papel en los contextos culturales contemporáneos (para el cual ya desarrolló un Plan Global con escenario al 2033) sino también se enfrenta a procesos más mundanos e inmediatos: la designación de los obispos que habrán de llevar la interlocución con el próximo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, al menos en los primeros tres años de su mandato.

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) renueva al Consejo de Presidencia (así como otras posiciones relevantes de animación y operación institucional) con un contexto social, político y eclesial sumamente desafiante. En primer lugar, los nuevos liderazgos episcopales tendrán encomienda de dar continuidad a algunos procesos eclesiales desarrollados bajo la presidencia del cardenal Francisco Robles Ortega; pero también hay necesidad de fortalecer la unidad del episcopado (una sentida petición que el propio papa Francisco y su nuncio apostólico, Franco Coppola, han hecho en público y privado a los obispos mexicanos).

Sin embargo, para llevar a cabo estos dos objetivos, los obispos también tendrán puesta la mirada en el ritmo que el nuevo gobierno imprima a las relaciones institucionales de la autoridad federal con las asociaciones religiosas. Ya se anticipan varios cambios del gobierno de López Obrador en el tono, estilo y relevancia que le dará a las relaciones de las instituciones con las iglesias: ha manifestado su interés de que el papa Francisco coopere en un proceso de reconciliación y paz en el país, ha reconocido la labor de pacificación y diálogo de los pastores y ministros religiosos en medio de las crisis sociales y, hasta el momento, ha dejado fuera del control de la Secretaría de Gobernación el área de Asuntos Religiosos y Culto Público.

Estos tres temas no son anodinos, podrían representar finalmente un cambio de actitud y de marcos institucionales necesarios para liberar tanto a las autoridades civiles como a las eclesiásticas de viejas simulaciones políticas y orientarlos hacia nuevos modelos de convivencia, respeto y mutua cooperación.

La próxima mesa directiva de la CEM, por lo tanto, requiere perfiles de obispos con una alta capacidad de diálogo y tolerancia, de energía para atender una muy demandante agenda social, política y religiosa; pero, principalmente, grandes oficios diplomáticos para lograr unidad al interior y comunicar cooperación al exterior sin caer ni en el servilismo ni en la fría institucionalidad. Sí, también el avasallante triunfo de López Obrador influye en la reflexión de los obispos en la conformación del Consejo de Presidencia 2018-2021.

Desde La Paz, BCS, el obispo Miguel Alba Díaz pone el tono de reflexión para sus hermanos obispos sobre el papel de la Iglesia en el contexto postelectoral: “No debemos pensar sólo en nuestros intereses o ambiciones ni en las simpatías o antipatías personales […] pedimos que incluyan una voluntad de lograr acuerdos y consensos para lograr reconciliación nacional, para que México pueda seguir adelante; si el próximo periodo empieza con divisiones, vamos indudablemente hacia la ruina”.

Otra de las voces muy respetadas en el episcopado es el obispo de Zacatecas y vocal del actual consejo de presidencia de la CEM, Sigifredo Noriega, quien ha manifestado su disposición de cooperar con el equipo de Andrés Manuel “en todo lo que se refiera a reconciliación” pero asegura que hay muchos temas que están fuera del control de las autoridades y de la Iglesia: “No están en nuestras manos, las mismas autoridades no tienen todos  los hilos… necesitamos de la sociedad organizada”.

Son, sin embargo, los arzobispos metropolitanos los que tienen un voto cualitativo importante en estas decisiones. Los arzobispos del noroeste (Moreno, Rendón, Fernández y Miranda) han manifestado su inquietud principalmente por la migración y la violencia. Fernández, de Durango, ha hablado de “sumarse a los proyectos, colaborar y ser corresponsables”.

En el Occidente y Bajío (Robles, Cortés, Garfias), sólo el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias, ha confirmado que estableció diálogo con el equipo de López Obrador –aunque otros obispos han sostenido reuniones con Beatriz Gutiérrez, esposa del presidente electo- y todo parece indicar que él será un articulador importante en la realización de los foros de paz y pondrá el liderazgo en esta etapa.

Para los arzobispos del sureste (González, Vázquez y Martínez) la preocupación apremiante es la pobreza y sus violencias derivadas en regiones de gran riqueza natural, turística e histórica. En la en la montaña de Guerrero ha adquirido un protagonismo importante el obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel, quien hace de intermediador entre el narco y las comunidades para evitar la escalada de violencia y el respeto a las libertades básicas. Rangel incluso ha puesto el hombro en la adolorida diócesis de Ciudad Altamirano tras la anticipada e inesperada renuncia del obispo local.

En la región del Golfo (Reyes, Rodríguez), los temas pasan por las responsabilidades políticas de los gobernantes y los gobernados: El arzobispo de Xalapa apremia la transparencia y honestidad del servicio público y en la península (que registra los índices más bajos de violencia en el país) el metropolitano llama a legalidad y orden en la construcción de la paz social.

Para las sedes de México y Tlalnepantla (ambas administradas por Aguiar), Tulancingo, Puebla y hasta San Luis Potosí (Díaz, Sánchez, Cabrero), las posturas de los arzobispos son ambivalentes respecto al próximo gobierno pero coinciden en la principal necesidad del país: la reconstrucción, la restauración de un tejido social hoy lacerado. Aunque, la voz más autorizada en esta zona es, sin lugar a dudas, la del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, quien no sólo lidia con la reconstrucción material de prácticamente toda su diócesis sino en la restauración de una ciudadanía que es capaz de sobreponerse a las peores tragedias, incluida la de padecer un pésimo gobierno.

Es, sin embargo, el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera, el que podría contar con la confianza de más obispos para la conducción de la CEM en el próximo trienio. Los jóvenes obispos promovidos por él han destacado en diferentes responsabilidades nacionales y el propio arzobispo ha expresado con mucha claridad la voz de la Iglesia en temas como el combate a la corrupción, el respeto a la consulta ciudadana y la erradicación de la pobreza. Temas con los que López Obrador podría coincidir.

Cabrera personaliza el liderazgo que conjuga el gesto con la misión; asegura estar dispuesto a acudir a las periferias para llevar la naturalidad de una opción de vida. No deja de abordar asunto alguno, no elude ninguna pregunta ni se recluye en las defensas de su investidura o en las certezas de la institución (ordenó a un sacerdote dentro de una prisión y organizó diálogos con famosos influencies sin guión ni cortapisas).

En la coyuntura de las transformaciones son pocos los obispos que han sido capaces de aplicar una nueva narrativa del liderazgo social desde el fondo y no sólo en la forma; la voz del episcopado tiene respaldo popular para reclamar con vehemencia a las autoridades por los errores, abusos u omisiones (hay que mirar Nicaragua) pero pierde autoridad cuando se refugia en seguridades displicentes. Llevar ante el gobernante las verdaderas voces de una sociedad que exige ser escuchada no es sencillo, se renuncia a mucho, excepto a la responsabilidad.

@monroyfelipe

Colaborar con la oposición

Si hubiera alguna pregunta incómoda en la casa donde despacha el inminente presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sería: ¿Cómo colaborar con la oposición en la construcción de la cuarta transformación? La abrumadora, masiva y legítima victoria obtenida podría colocar a los morenistas en una posición de autosuficiencia que no ayudaría ni al país ni al movimiento político que bien puede configurar la política mexicana del siglo XXI.

Bien lo ha dicho AMLO: el próximo gobierno tiene potencial de transformar la nación y hasta influir en modelos políticos de otras latitudes. El tabasqueño no ha entrado en el despacho presidencial y sus resoluciones ya impactan la política exterior con los Estados Unidos; sin embargo, la realidad indica que independientemente del estilo que adquiera el equipo de López Obrador para atender la dinámicas del gobierno es inevitable colaborar con los partidos políticos, sectores y grupos que fueron y seguirán siendo oposición a su gobierno.

No es una tarea sencilla. Insisto, menos cuando los indicadores políticos dan ventaja absoluta a la administración: un gabinete aparentemente bien amalgamado y fuertemente leal, un cuerpo legislativo federal capaz de hacer avanzar las iniciativas del ejecutivo, un nuevo grupo de gobernadores y diputados locales que honrarían el pacto federal en favor de la cuarta transformación y, lo más importante, una legitimidad social que no se había visto en décadas.

Dicen los analistas políticos que a los anteriores presidentes (quizá desde Salinas de Gortari) terminaban legitimándose ante la opinión pública mediante la venganza contra líderes del viejo régimen: Salinas a Joaquín Hernández “La Quina”, Zedillo a Raúl Salinas, Fox a Napoleón Gómez Urrutia, Calderón a Manuel Espino y Peña a Elba Esther Gordillo. La búsqueda de legitimidad ha detonado las actitudes más extrañas de los presientes: desde engolar la voz hasta vestirse de militares, eso sin contar las malcalculadas guerras contra el narco, los sindicatos o la oposición.

Fue Peña el que permitió que su gestión fuera venciendo la tentación del enimismo: para sacar adelante las reformas estructurales debió colaborar con la oposición en el famoso Pacto por México. Pero si el Pacto solo requirió votos a granel por las iniciativas, lo que la Cuarta Transformación sugiere es una cooperación más profunda.

Así que Andrés Manuel tiene frente a sí el reto de emprender una búsqueda para incluir e incluirse en un trabajo con aquellos con los que no está de acuerdo, con quienes simplemente no confía.

Algo de esto reflexiona Adam Kahane en su libro Collaborating with the enemy, y por  desgracia una de las realidades mexicanas que desnudó la polarizada contienda electoral (más allá del clasismo y el racismo o la famosa aporofobia de Adela Cortina) fue el esa inadaptabilidad al cambio, el arrinconamiento desde  certeza moral o intelectual. La dureza y rigidez de las expresiones: “Yo estoy bien, aquel mal; nosotros estamos en lo correcto, ellos son los equivocados”.

No sólo es falta de respeto e intolerancia a las diferentes posiciones ideológicas entre los mexicanos, es hartazgo y ceguera: hartazgo de los errores de los demás, ceguera de los errores propios.

El país aún transita por sentimientos de inconformidad, polarización y descalificación constante de lo que no estamos acuerdo, no nos agrada o no confiamos. Es necesario cambiar la perspectiva para colaborar positivamente a pesar de esta situación. Kahane apunta que en situaciones de tal tensión o polarización, el entuerto se puede resolver de cuatro maneras: salirse del sistema, adaptarse, forzar una solución o, finalmente, colaborar.

Salir del sistema es eludir (es el quinazo de siempre), adaptarse es no cambiar nada y forzar una solución se parece al malogrado Pacto por México. Colaborar es realmente lo único que no se ha intentado en el país en materia de política interna, a pesar de que la ciudadanía ha dado cátedra de lo que eso significa especialmente durante las tragedias naturales.

Es preciso que comencemos a reconocer (lo deberá asumir el nuevo gobierno y los partidos políticos que se recuperarán de su humillante derrota) que México tiene necesidades conjuntas en las que se deben trabajar por la vía de la colaboración, dejando momentáneamente a un lado la rigidez ideológica o pragmática. La colaboración es el reto inmediato para atender desafíos concretos pero desde diversas aproximaciones. El país requiere que las cosas se lleven a cabo con sensación de urgencia, claridad, transparencia y bien común.

Hay una ventana de oportunidad de trabajar todos juntos, sin chivos expiatorios para variar.

Kahane llama a este tipo de trabajo: colaboración flexible. Encontrar flexibilidad para aceptar el conflicto y nuestra conexión personal en él, fomentar el diálogo desde la presencia y practicar tanto el involucramiento como el compromiso. No es un modelo de trabajo sencillo pero bien dice el filósofo: “Mientras más necesitamos la paz, más difícil nos resulta vivirla”.

@monroyfelipe

Y ahora… la reconciliación

Reconciliación. Es la palabra más repetida tras la declaración que todos los candidatos y todas las instituciones hicieron al reconocer el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia. Tienen razón: México necesita reconciliación. Pero la ha necesitado desde hace décadas por diversos motivos y no todos de índole política: por la violencia e inseguridad, por la corrupción e impunidad, por el utilitarismo cultural y económico, por la segregación social y la esquizofrenia moral.

El triunfo de López Obrador parece absoluto, los datos preliminares parecen asemejarse a lo que las encuestas dijeron a lo largo de la contienda: No sólo aventajaba a sus opositores, los superaba por un gran margen. Había un escondido clamor popular que fue difícil interpretar para ciertas instituciones y organizaciones, para diferentes grupos sociales que no sólo manifestaron su oposición al candidato tabasqueño y a sus ideas sino que bordearon la frontera del insulto contra él y contra sus simpatizantes.

Pero López Obrador tampoco está libre de este pecado. El señalamiento fácil de sus críticos como malquerientes, miembros o marionetas de una mafia inmoralmente poderosa también exige camino de perdón, reconciliación y proceso de paz.

El primero de julio del 2018 ya se ha convertido en un día histórico para la nación mexicana; no sólo por el triunfo de aquel que buscó tres veces la silla presidencial o porque México tendría el primer presidente de su historia emanado de la oposición de izquierda, sino porque la participación ciudadana en la jornada electoral superó las expectativas, porque a pesar de la gran convulsión social, el proceso electoral transitó con moderados exabruptos y, principalmente, porque las instituciones que llamaron ‘loco’, ‘demente’ y ‘peligro’ a López Obrador, fueron las primeras que extendieron su mano de apoyo, reconocimiento y respeto a aquel que las masas prefirieron con su voto. Algo parece que ha cambiado en esta larga y dolorosa tensión maniquea en la que se había instalado la conciencia mexicana.

Diría Chesterton que uno envejece para el amor y para la mentira pero nunca para el asombro. Y lo que ha sucedido es un asombro en toda regla. Los estrategas militares siempre recomiendan que tras una lucha encarnizada hay que replegarse para fortificar las posiciones pero la reconciliación exige una práctica más audaz: perdonar, descalzarse para andar por lo agreste, saberse vulnerable, necesitado de amistad y armonía.

Por supuesto, hay otro camino; el de la vanidad absoluta, el de la autosuficiencia. Pero ya lo dice el adagio: “Cualquier cosa que uno crea por sí mismo, lo aprisiona”. Y nada puede ser peor en estos momentos que apertrecharse en las seguridades del egoísmo. La ciudadanía lo ha comprendido: Ha cumplido con su responsabilidad al salir a votar, pero ahora falta la vigilancia de las autoridades, la participación en el servicio ciudadano y comunitario, el compromiso ético frente a los desafíos políticos y el combate a las degradaciones morales que deben ser revertidas como la violencia, la corrupción y la impunidad.

@monroyfelipe