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Semana Santa, entre la tradición y el simbolismo

Cada año, los católicos conmemoran la Semana de la Pasión de Cristo comúnmente llamada Semana Santa, la cual inicia el Domingo de Ramos y concluye el Domingo de Pascua o de Resurrección. Son los días conclusivos de la larga preparación que los cristianos hacen durante la Cuaresma para poder vivir la experiencia de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor con un espíritu abierto a los Misterios de la Redención.

Para fijar la Semana Santa en el calendario se sigue la tradición lunar hebraica de los tiempos de Jesús para la celebración de la Pascua (la fiesta judía que celebra la liberación del pueblo hebreo del dominio del faraón egipcio). La fórmula es la siguiente: primero se fija el domingo de Pascua de Resurrección que es el domingo siguiente a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. A partir del domingo se fija el triduo pascual que son del jueves al sábado inmediatos anteriores y el Domingo de Ramos, con el que inicia formalmente la Semana Santa. Del Domingo de Ramos se cuentan cuarenta días hacia atrás para fijar el Miércoles de Ceniza con el que inicia la Cuaresma que es ese periodo de preparación en el que se recomienda a los católicos renueven su compromiso cristiano a través de la conversión, arrepentimiento y de las obras de caridad.

En el marco de esta semana, los católicos expresan varios de los memoriales de la vida de Jesús a través de tradiciones que en cada país o cultura van adquiriendo. Por ejemplo, en México aún se conserva la tradición del Altar de Dolores, colocado el viernes anterior al domingo de Ramos, en el que se recuerda la profecía que el anciano Simeón hace a María sobre el destino doloroso de su hijo y las ‘siete espadas que atravesarán su corazón’. En algunas iglesias y casas particulares se erigen altares con la imagen de la Virgen Dolorosa, con banderitas doradas, naranjas agrias, retoños de trigo, esferas de cristal y vitroleros con agua de sabor que representan las lágrimas de la Virgen. En la Ciudad de México, los altares de Dolores más famosos y tradicionales se montan en el Barrio del Carmen, en San Ángel, al sur de la capital.

Comienza la Semana Santa

El Domingo de Ramos, los católicos acuden a su templo parroquial en procesión con las tradicionales palmas para que sean bendecidas y colocadas en sus hogares. Es un recuerdo de cómo recibió el pueblo de Jerusalén a Jesús, en medio de vítores y de alegría, aunque aquel iba montado en un burro. A los católicos esta escena les recuerda que el Salvador “no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército… quien lo acoge es gente humilde”, dice el papa Francisco en su meditación sobre este día y los símbolos que lleva.

Este domingo en la misa, se narra la parte central de la Pasión de Jesús. Desde la llamada Última Cena con sus apóstoles donde instituye la Sagrada Eucaristía hasta la muerte del propio Jesús en la cruz. Y a partir de este día, los católicos y las personas que profesan diferentes expresiones de credo cristiano conmemoran la Semana Santa con diferentes recomendaciones de sus obispos o pastores.

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Obispo Flores, descanso y reflexión 

Luis Artemio Flores Calzada, obispo de Tepic, explica en entrevista que los católicos tienen la oportunidad, durante la Semana Santa, de recordar el triunfo de Cristo sobre el mal y el pecado: “Que no se sientan sólo espectadores sino partícipes de esta experiencia, saber que son portadores de paz y amados por un rey que no impone, sino que conquista por el amor”. En parroquias y catedrales de México, por ejemplo, del lunes al miércoles santos se realizan meditaciones, rezo del Rosario y pláticas de formación sobre los Misterios de la Redención y la Pascua de Resurrección. El órgano oficial de la Arquidiócesis de México recomienda a los fieles católicos: “Cuando se habla de Semana Santa por lo general se piensa sólo en jueves, viernes y sábado santos, pero la llamada Semana Mayor también abarca lunes, martes y miércoles. Estos tres días nos dan la oportunidad de disponer nuestro espíritu para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo con verdadera fe y recogimiento. ¿Qué se recomienda hacer en estos días? Disponer nuestro espíritu y abrir el corazón para escuchar la Palabra de Dios. Reflexionar sobre la vida que nos ha regalado Dios. La meditación nos debe ayudar a entender dónde nos encontramos y hacia dónde debemos caminar, según la voluntad del Señor. Y aprovechar estos días para acercarnos al sacramento de la Reconciliación, donde se experimenta el gran amor misericordioso del Padre bueno que nos espera para darnos el perdón”.

El obispo Flores Calzada secunda: “Los que tengan oportunidad, pueden participar en la Eucaristía porque ahí se meditan los últimos días de Jesús antes de su Pasión; y los que no puedan asistir, les recomendaría empezar a leer la Pasión del Señor en cualquiera de los Evangelios. Y, finalmente, los que puedan acercarse al sacramento de la Penitencia, la confesión, es buen momento para hacerlo”.

Turismo sí, pero con reflexión y devoción

Del jueves al domingo santos se realiza el llamado Triduo Pascual y se siguen los pasajes bíblicos que más se representan en pueblos y parroquias como en el Santuario de la Cuevita en Iztapalapa que llega a convocar a más de un millón de turistas por año para ver la escenificación y representación de la Pasión de Cristo. Sin embargo, a lo largo de México, la gran mayoría de poblados realiza procesiones, representaciones con actores o con efigies de Cristo. Estas actuaciones o representaciones pueden estar acompañadas o no por los sacerdotes de cada localidad y, por ello, hay discordancias entre los textos bíblicos y los que emiten los actores; llegando en ocasiones a confundir entre lo tradicional y la palabra de las sagradas escrituras.

En las últimas dos décadas se ha incrementado la presencia de turistas y visitantes que, buscando experiencias de religiosidad popular, admiran y acuden a las representaciones del Viacrucis. Alex Pérez Cevallos, director general de la agencia de turismo Ideas Tours, revela: “Existe un despunte del turismo religioso. Las agencias de viajes en el exterior hoy organizan grupos bajo la denominación de peregrinaciones, las mismas que vienen acompañadas de un sacerdote. Desde nuestra experiencia, los países que nos han solicitado estos paquetes son Ecuador, Costa Rica, Colombia y Brasil”.

EB85619A-1F14-43FB-AFF7-E0AE576CBA2ADe los 47 mil 613 millones de pesos que en promedio deja como derrama económica la Semana Santa en los distintos destinos turísticos en México, una buena fracción de turismo acude a destinos de experiencia religiosa: “El 70% de los turistas latinoamericanos que recibimos y que visitan México vienen por la Virgen de Guadalupe; en los últimos años también el 2 de noviembre se ha convertido en una fecha emblemática pues atraen mucho las tradiciones. Desde nuestra experiencia cada vez más se dan a conocer otros destinos que ya son solicitados con más frecuencia, como el Cerro del Cubilete, San Juan de los Lagos y Zapopan”, explica el director de agencia turística.

Y es que la experiencia religiosa y el turismo no están peleados. El obispo Luis Artemio Flores es pastor de una amplia zona turística del país (Puerto Vallarta, Riviera Nayarita y San Blas) y recomienda: “En mi diócesis tenemos muchas zonas de vacacionistas; primero le digo a la gente de aquí que los atiendan y los reciban bien. Y a la gente que viene a las playas les diría que disfruten pero que, así como se dan tiempo para ellos mismos, para descansar, que se den tiempo para ir a los oficios litúrgicos, que son en la tarde. Sí podemos vivir la Semana Santa como turistas y también desde nuestro lugar”.

Entre el martes y jueves santo, los obispos celebran en sus catedrales con todo su clero el ritual de la bendición de los óleos y la renovación de promesas sacerdotales. Pero la celebración central del día es la Misa de la Cena del Señor donde se conmemora la institución de la Eucaristía y simbólico lavado de pies que representa el principal servicio de los cristianos a los necesitados: la caridad. El papa Francisco insiste: “Entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, sino que debemos ayudarnos los unos a los otros. Esto es lo que Jesús nos enseña”.

—¿Qué hay que comprender de los símbolos de los días santos señor obispo?

— El jueves santo tenemos la Cena del Señor y participamos de la institución de la Eucaristía, también tenemos el lavatorio de los pies que es otro signo que indica que aquel que quiera ser el primero, no debe ser dominador sino servidor de sus hermanos. El viernes participamos del Viacrucis meditando cuánto nos ama el Señor que aceptó la Pasión, la traición, los golpes y la muerte porque nos ama, reconocemos que esto que Jesús pasó es porque nos ama y para liberarnos de lo que nos hace daño y también para descubrir que también debemos entregar la vida, que podemos encontrar momentos duros difíciles en nuestra vida, pero debemos permanecer fieles como Cristo. Y, sobre todo, la liturgia de la tarde nos invita a meditar en la Pasión del Señor, en el trofeo, la Cruz. Porque la cruz, que era considerado un signo de maldición, se convierte en un signo de bendición porque Cristo con su cruz destruyó el mal. La Vigilia Pascual (el sábado por la noche) con todos sus símbolos como el fuego, que significa a Cristo emergiendo de la tierra, de las tinieblas venciendo la muerte y el pecado. Él surge como una luz que viene a disipar todo lo negativo. Y allí, al encender nuestro cirio pascual, significa que participamos en el triunfo de Cristo y con él disipamos las tinieblas e iniciamos una etapa nueva. El domingo de Resurrección debemos meditar qué hace el Señor desde la Creación hasta la Nueva Creación; es decir: de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Esta creación es un mundo mejor, que pasa de la violencia a la paz, de los odios al amor. Es el significado de una Pascua que debemos realizar y después renovar nuestro bautismo como hijos de Dios. Es el triunfo y el encuentro con Cristo el Resucitado, por ello debemos ser actores no sólo espectadores de la Semana Santa.

Las autoridades eclesiásticas han insistido en los últimos años que la participación de los fieles en la Semana Santa no sólo debe ser tradicional sino que debe transformar las vidas de los creyentes y sus semejantes; a propósito, el sacerdote Rogelio Alcántara, director de la Comisión para la Doctrina de la Fe en la Ciudad de México, explica: “Quien más participa en la Redención, no es el que materialmente asiste a los oficios de Semana Santa, sino el que se une vitalmente al Misterio Pascual del Señor; y es que alguien puede ir a todo lo que organice su parroquia pero no por mera costumbre, incluso hay quien acude con deseos de protagonismo de fama y prestigio o para sacar ventajas personales… quien no rectifique su intención le aprovechará poco ir a la iglesia”.

—Señor obispo Luis Artemio, ¿qué decir a las personas que, aún queriendo, no pueden participar de los ritos de semana santa por su trabajo o sus responsabilidades?

—Pienso que si en un ratito tienen la oportunidad lean algún pasaje de la Pasión del Señor. Ahora se pueden hacer lecturas en los teléfonos inteligentes. Que ojalá mediten los días santos, que lean un pasaje pequeño de la Biblia y que, si no tienen oportunidad por su trabajo o labor, que sepan que en esta Semana celebramos el triunfo de Jesús, que sepan que haciendo bien su papel y su trabajo están atendiendo a Cristo. Y, finalmente, que ofrezcan su trabajo al Señor: que pongan en práctica el amor.

Algunas tradiciones populares

Además de los actos religiosos litúrgicos y oficiales, los creyentes católicos viven con diferentes tradiciones estas fechas. Por ejemplo, el jueves santo se distribuye y come el “pan bendito con manzanilla”. Según la liturgia católica, el viernes santo no se celebra misa y, por tanto, los creyentes no pueden tomar la Eucaristía; por ello, el pan y la manzanilla bendecidos el jueves suelen consumirse como sacramentales al día siguiente. También el jueves permanece la tradición de la Visita de las Siete Casas, los fieles visitan siete templos en los cuales está expuesto el Santísimo Sacramento en sus Monumentos adornados; este gesto recuerda el recorrido que hizo Jesús la noche que fue aprehendido y llevado a las autoridades romanas y judías para ser juzgado.

En el viernes santo es común que la gente participe del Vía Crucis que es acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario cargando la cruz; atender la reflexión de las “siete palabras”. Por la tarde-noche, dar el Pésame a la Virgen, realizar la Procesión del Silencio y hacer el Vía Matris, que es acompañar a la Virgen María en su doloroso camino de vuelta del Calvario.

El sábado santo ya no se llama sábado de gloria por una adecuación de la fiesta pascual en el siglo XVI por ello no es recomendable que los fieles se mojen recordando el bautismo; las autoridades tampoco promueven ya otra tradición de este día como es la Quema de Judas. Ambos actos afectan directamente al medio ambiente y no ayudan a reflexionar en este día que simboliza la espera de la Resurrección de Jesús.

Finalmente, el Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, se vive la fiesta más importante para todos los cristianos. La fiesta litúrgica dura ocho días y el tiempo pascual cincuenta días a partir de este domingo. Es tan importante esta fecha para los católicos que las autoridades eclesiales promueven entre los fieles que se celebre, además de acudir a Misa, con una reunión familiar donde se comparta la alegría y, en lo posible, el pan de la unidad. Dice el papa Francisco: “El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer las paces. Esas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona alzada en la Cruz”.

@monroyfelipe

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Los atributos poéticos y cristianos de Bob Dylan

dylan2Acostumbrada a las decisiones controversiales, la Academia Sueca de Letras sorprendió este 2016 con la designación del Premio Nobel de Literatura al músico, cantante y poeta norteamericano Bob Dylan quien desde la década de los 60 ha desarrollado una prolífica obra lírica cuya influencia ha marcado a varias generaciones de la segunda mitad del siglo XX y, ahora seguramente, lo hará con los millenials.

Fuera de toda discusión, el reconocimiento a la obra de Dylan reside en la tremenda calidad poética en lengua inglesa sembrada en muchas de sus canciones y no –como algunos creen- en la popularidad de un puñado de tonadas que han sido utilizadas casi hasta el cansancio con intenciones altamente contrastantes. Sobre esto, no haría falta recordar las innumerables campañas políticas o publicitarias armonizadas bajo los acordes de Like a Rolling Stone o, en el otro polo cultural, la versión castellanizada de Blowin’ in the wind con letra propicia para el canto durante el ofertorio eucarístico denominada Saber que vendrás.

Es precisamente ese gran universo de posibilidades en la producción del músico lo que ha generado la polémica sobre si era el candidato ideal para recibir el más prestigioso galardón de literatura universal; aunque, para ser justos, Dylan había sido valorado por la Academia desde 1996 y esa misma Academia es la que otorgó el Nobel de las letras al primer ministro británico, Winston Churchill en 1953, prácticamente centrándose en su oratoria.

Dejando a un lado los detractores, quienes conocen el trabajo de Dylan y se alegran por su Nobel intentan reafirmarse junto a él y convalidar su criterio, su creencia o su posición política. Es decir, cuando se trata de vencedores, cada nación reclama sus héroes. Sin embargo, no es sencillo en este caso. Aunque la poliédrica sociedad contemporánea exige desde cada trinchera un fragmento de la genialidad de Dylan como certificado de su propia propuesta y discurso, es difícil ubicar al poeta bajo una misma sombrilla que resguarde todas nuestras convicciones.

Para explicarlo mejor: Quienes elogian sus cualidades como poeta antisistema y provocador contracultural y las separan de su lenguaje profundamente cristiano, cometen un error. De igual manera se equivocan aquellos que elogian su radical conversión cristiana en la cúspide de su fama pero no contemplan su mayúsculo compromiso con una humanidad sometida, engañada y traicionada por promesas de justicia o fraternidad.

 

De la protesta a la conversión

La conversión cristiana de Dylan a finales de los años 70 fue una noticia que sacudió al mundo de la música no sólo porque el genio del folk, rock y blues favorito de los movimientos juveniles contraculturales y críticos de las instituciones se entregaba al universo dogmático del cristianismo sino por los tres álbumes (Slow train coming,  Saved y Shot of love) claramente catalogados como música religiosa.

Dylan comenzó a hablar de Jesucristo en sus conciertos, de expresar públicamente su fe e incluso rechazaba cantar sus clásicas canciones producidas antes de su ‘renacimiento cristiano’. Esto produjo un rechazo de muchos de sus seguidores, colaboradores y hasta de otros artistas famosos que lo consideraban un profeta antes de que Dylan señalara que el verdadero profeta es Jesús.

El sentimiento de saberse rechazado por profesar una fe, lo expresa precisamente en su canción I believe in you: “No me quieren cerca / porque creo en ti. / Me muestran la puerta, / me piden que no vuelva, / porque no soy como ellos desean. / Y yo, que voy por mi cuenta / a miles de millas de casa, / no me siento solo / porque creo en ti”.

Las canciones de estos álbumes tienen un claro manifiesto religioso que pronto fue apropiado por muy diversas iglesias cristianas, evangélicas y católicas en Estados Unidos. Algunas fueron incorporadas a los servicios litúrgicos y –como en el caso hispanohablante- modificadas para ajustarse a credos particulares.

Incluso, años más tarde, esta cercanía con la fe y los creyentes lo llevó a tocar durante el Congreso Eucarístico en Bolonia en 1997 frente al papa Juan Pablo II, quien–tras escuchar Blowin’ in the wind– respondía así a las inquietudes propuestas por el cantautor: “Hace poco, uno de sus representantes ha dicho, en nombre de ustedes jóvenes, que la respuesta a los interrogantes de su vida ‘está silbando en el viento’. Es verdad. Pero no en el viento que todo lo dispersa en los torbellinos de la nada, sino en el viento que es soplo y voz del Espíritu, voz que llama y dice: ‘Ven’. Además, me han preguntado: ‘¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre para poder reconocerse hombre?’ Les  respondo: Uno. Uno solo es el camino del hombre; es Cristo, que dijo: Yo soy el camino”.

Con todo, el activismo religioso de Dylan fue pasajero porque –se dice- un pastor lo impulsó a cantar sus viejas canciones pues en realidad ninguna era sacrílega ni atentaba contra la fe y, porque, incluso las “abiertamente cristianas” dejaban entrever el inconformismo de Dylan con el orden establecido. Como en la mística Slow Train Coming (donde se entiende que el tren que lentamente se aproxima es en realidad la parusía): “Grandes negociadores, falsos sanadores y enemigos de la mujer; / maestros de la presunción y de la oferta. / El enemigo que veo porta un manto de decencia / todos los no creyentes, los esclavistas hablando en nombre de la religión. / [Pero] Hay un tren que se acerca lentamente hacia esta locura”.

 

Lenguaje, sustrato de un creyente

Es decir, la fuente poética de Bob Dylan siempre ha tenido corrientes de cristianismo occidental como en The times they are a-changing de 1964: “Nadie puede decir / que es él quien ha sido llamado / porque hoy el perdedor / será el que gane después… el que ahora es lento / después será el rápido / como el presente / será luego pasado. / El orden se diluye rápidamente / y  el que es ahora el primero / será después el último”. Incluso en su mordaz rabieta jactanciosa al examor en desgracia de Like a rolling stone, Dylan deja entrever su crítica moral a la persona que arroja una miserable limosna desde la posición de primera clase (Once upon a time you dressed so fine / Threw the bums a dime in your prime, didn’t you?). O, en canciones tempranas como Father of night (1970), el poeta prueba con la plegaria descriptiva al Creador: “Padre de la noche y el día / que ahuyenta la oscuridad / que enseña a las aves a volar, / constructor de los arcoíris del cielo / Padre de la soledad y del dolor. / Padre del amor y padre de la lluvia. /… / Padre de lo negro y lo blanco / que construye las montañas tan altas / y perfila las nubes del cielo /… Padre del aire de los árboles / que habita en nuestros corazones y nuestra memoria / Padre de los minutos y los días / Padre de los que alaban de la manera más solemne”.

Esto es, Dylan despliega en gran parte de su obra un modelo de plegaria que no se sujeta a la fórmula ‘enaltecer para clamar’ sino en la ‘introspección para sabernos contemplados’. También la encontramos en los versos de Mr. Tambourine (1964): “[Señor pandereta] hazme desaparecer / tras los anillos de humo de mi mente / debajo de las turbias ruinas del tiempo / lejos de las hojas congeladas / de los hechizados / de los árboles estremecidos / fuera de la playa borrascosa / lejos del retorcido alcance de la irracional tristeza”. O en el fraseo de una de sus últimas producciones Long and wasted years (2011): “¿Habrá un lugar donde podremos ir? / ¿Alguien a quien podamos ver? / Tal vez sea igual para ti como lo es para mí /… / Lloramos en una mañana fría y escarchada / porque nuestras almas estaban rotas. / Ya estamos más allá de las lágrimas, / es suficiente de esos largos años desperdiciados”.

En conclusión, Bob Dylan –como la mayoría de los escritores de la segunda mitad del siglo XX- explora las grandes inquietudes de la humanidad frente a sí misma, en una época donde la búsqueda de respuestas frente al asombro, al horror y al dolor del que es capaz el hombre (y que, al parecer, también Dios puede soportar) no queda satisfecha bajo dogmas impuestos sino mediante la profunda introspección que contempla sin definir del todo las cualidades de la realidad, la razón y la belleza. Dylan, consciente de su historia y su contexto, no descarta la posibilidad de errar, de perderse o de no tener la respuesta correcta (“¿Sabes? A veces Satán viene como hombre de paz”. Infidels, 1983) pero a lo largo de sus versos podemos descubrir que sólo una actitud es reprochable para él: permanecer en el desdén. El no preguntarse, no inquietarse, no conmoverse ni sufrir la otredad nos impide comprender algo tan obvio, tan común y tan simple como el aire que compartimos. Así lo apunta en Blowin’ in the wind: “¿Cuántas veces puede un hombre volver su cabeza, fingiendo simplemente no ver? / / ¿Cuántas veces debe un hombre alzar la vista antes de que pueda ver el cielo? / ¿Cuántas orejas debe tener un hombre para poder oír gritar a la gente? / ¿Cuántas muertes serán necesarias hasta que él comprenda que ya ha muerto demasiada gente?”. @monroyfelipe

Órganos de Catedral de México: Voz restaurada

ImagenTuvieron que pasar ocho años para que el empeño por recuperar los órganos del Coro de la Catedral de México concluyera en un programa de festejos por la re inauguración de ambos instrumentos que incluirá, además de las solemnes Celebraciones Eucarísticas, conferencias, conciertos y clases magistrales para compartir a nivel mundial el logro técnico y artístico que se conjuntó en este esfuerzo.

Se trata de un acontecimiento histórico y de orden mundial pues son los únicos órganos gemelos de esta naturaleza en el mundo hispano armonizados para ‘cantar’ al unísono.

Origen de los órganos

Se debe señalar que los órganos son del Coro de la Catedral de México, cuya construcción fue realizada en la última etapa de edificación del templo, entre 1664 y 1667. La ubicación del coro (en la bóveda central, entre la cúpula principal de la planta en forma de cruz latina y la puerta santa) corresponde a lo que generalmente estaba dispuesto en las catedrales españolas, conforme a lo marcado en la Instrucción para Construcción Eclesiástica escrito por san Carlos Borromeo hacia 1577.

Aunque en un inicio se contó con la antigua sillería del coro de la primera catedral de México (1530-1626), el Cabildo Catedralicio ordenó a Juan de Rojas la construcción de una nueva sillería para los ilustres canónigos. Actualmente, es en este coro donde reposan los dos órganos monumentales que miden más de 18 metros de alto.

El primer órgano en concluirse es el ubicado en el lado oriente de la Catedral, lo fabricó Jorge de Sesma en España, llegó a México en 1693 gracias a la intervención del rey Felipe IV. Participaron en él los artesanos Juan de Rojas (armado de la caja) y el maestre Tiburcio Sanz que lo declararon culminado en 1695. Se le conoce también como “El Español” o “De la Epístola”

El órgano colocado en el marco poniente del Coro fue construido en México, su realizador José Nazarre y fue estrenado en 1735. También se le llama “El Mexicano” o “Del Evangelio”. En aquel año, la Gazeta de México del 23 de octubre apunta: “Se hizo entrega de los dos suntuosos órganos de esta Metropolitana, y consta cada uno de primorosa y bien tallada caja de exquisitas maderas; tiene diez y siete varas de alto y once de ancho, y haciendo asiento en la hermosa tribuna llena todo aquél hueco y sube hasta arriba del medio punto que al sitio corresponde; y su formal composición se reduce a un capaz secreto suficiente a que suene por ambas vistas e impelido viento que despiden cinco fuelles de marca mayor, que lo comunican de alto a bajo sin ser vistos ni oídos, por ser contenidos en lo interior y más alto de las cajas, que son tan corpulentas que cada una encierra en lo interior de sus fachadas más de tres mil trescientas cincuenta flautas, de que se forman las armoniosas mixturas de sus flautados, llenos, cornetas, trompetas, clarines, nazardos, ecos, tambores, campanas, cascabeles, violines, flavioletes, bajoncillos y todo lo demás que constituye un órgano con todos sus cabales.”

Funcionaron aparentemente bien hasta aquel fatídico incendio de 1967 que calcinó gran parte del artesonado de ambos órganos, las maderas del Coro y el Altar del Perdón que integran este cuerpo central de la Catedral Metropolitana.

Fue necesaria una primera restauración, realizada en 1975. Las flautas, trompetas y lengüetas fueron reparadas en el taller Flentrop Orgelbow en Holanda; mientras la caja y el artesonado de madera se restauró en México.

Nueva restauración

En 2006 dio inicio un nuevo proyecto de restauración de los órganos. Se comenzó con el órgano del Evangelio y fue patrocinado por Alfredo Harp Helú, a través de Fomento Social Banamex, con una inversión de 15.5 millones de pesos; por su parte, el Instituto Nacional de Antropología e Historia aportó 600,000 pesos. El trabajo concluyó en el 2009 y se anunció la intervención en el órgano de la Epístola, bajo el mismo esquema de financiación. Este marzo del 2014, toda esta labor se ve coronada con su próxima re inauguración. A lo largo del proyecto han intervenido: la Arquidiócesis Primada de México, con el cardenal Norberto Rivera Carrera al frente, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, las autoridades del Gobierno del DF, la Asociación de Amigos de la Catedral, la Comisión de Arte de la Arquidiócesis y el personal de la Catedral Metropolitana.

Es en este marco que el sochantre de la Catedral de México y director del Coro, el sacerdote Felipe Galicia, nos presentó el artesonado y el alma de los órganos monumentales del Coro de la Colegiata de la Iglesia Mayor que datan del siglo XVII. Escribí en estas páginas en aquel entonces: “Recorridos sus rincones como quien camina por la cubierta de un galeón magnífico, herido su cuerpo igual por la inclemencia del tiempo, la tragedia impensable o la bellaquería de truhanes, es notable cómo es fácil dejarse sorprender por lo aparente, las tallas de finas maderas recubiertas de oro, las monumentales flautas plateadas y sus mascarones dorados o la indubitable presencia majestuosa rompiendo el espacio interior del templo. Pero lo visible es accesorio, la verdadera esencia de este instrumento está (literal y figurativamente) en el secreto, en un corazón oculto a lo evidente y cuya función dota de alma al cuerpo”.

Galicia comenta: “la importancia de estos órganos no reside exclusivamente en su historicidad o en su tamaño ni materiales utilizados en su construcción sino en la indudable calidad artística del instrumento para el culto divino -y añade-; a pesar de todo, los órganos no se encuentran en tan mal estado porque somos casi la única Catedral del mundo que continúa utilizándolos diariamente para el Oficio Divino… estos instrumentos se echan a perder si no se usan”.

Incluso antes de la intervención, un órgano era utilizado hasta seis horas diarias y doce en domingo pues siempre han servido al culto de la Catedral y las actividades del recinto: “una vez restaurados los dos instrumentos, lo seguirán siendo y, cuando tengamos los dos, ya podremos utilizarlos como se utilizaron de origen, en las grandes fiestas y solemnidades”, asegura el sacerdote.

La restauración de los órganos la capitaneó el maestro Gerhard Grenzing quien ha intervenido o restaurado más de 250 órganos y otro tanto que ha construido, el segundo al mando, José Roberto Ramírez Vega. Alrededor de medio centenar de músicos y artesanos participaron en las labores de restauración física y mecánica de los instrumentos.

Sin embargo, la labor más delicada de estas restauraciones no se verá, si acaso se percibirá por el oído. Se trata de la armonización y afinación de cerca de 6,000 mil flautas entre labiales, nazardos y lengüeterías que ejecutó Andrés Cea Galán, director de la Academia de Órgano de Andalucía. En una exquisitez sicoacústica ambos órganos estarán afinados a 415 vibraciones por segundo y vibrarán al compás de la música barroca tradicional.

Actos festivos

Los actos por la re inauguración de los órganos de Coro de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México comenzarán con una solemne misa el 2 de marzo a mediodía y con la presentación de materiales y piezas históricas que fueron removidas de los órganos durante los trabajos de restauración.

El lunes 3, el restaurador Gerhard Grenzing ofrecerá una conferencia magistral sobre el proceso de la restauración de ambos instrumentos.

Finalmente del 4 al 11 de marzo, los organistas Andrés Cea Galán (España), Jürgen Essl (Alemania), Pedro Alberto Sánchez (España) y Jesús López Moreno (México) tendrán oportunidad de presentar piezas musicales para uno o dos órganos con la intención de compartir con el público mexicano las capacidades sonoras de ambos instrumentos.

Buscar el alma

9788420675954Cuando leí la extraordinaria novela Rojo y Negro de Stendhal quedé absolutamente fascinado por el universo que descubría el joven multiagraciado Julián Sorel en su insalvable periplo hacia la desgracia alimentado por sus ambiciones, su desconfianza y orgullo. Pero particularmente me llenó de preguntas aquel pasaje cuando Julián cambia el uniforme de gala militar,  con el que acompañaba al rey, por la sotana negra y sobrepelliz para buscar al obispo de Adge que presentaría al monarca la famosa reliquia de san Clemente. Julián, con todos los talentos del mundo entre sus jóvenes manos, hace este salto intelectual, social, cultural y afectivo una y otra vez a lo largo de su caída libre sin encontrar su esencia ni su alma. Su determinación y rabia lo conducen inexorablemente al éxito de cada empresa que se propone hasta ese día cuando descubre al obispo de Adge, un niño a los ojos de Julián, que bendice con la mano derecha una y otra vez frente al espejo, ensayando. La superficialidad del joven obispo queda manifiesta en sus preocupaciones: “¿Qué le parece a usted mi mitra, señor? ¿No le parece que la llevo muy inclinada hacia atrás?” y es Julián quien realmente se refleja en la figura del obispo y él queda vacío, más vacío.

Ayer tuve el lujo de que el muy ilustre sochantre de la Catedral de México, Felipe Galicia, me presentara el artesonado y el alma de los órganos monumentales del Coro de la Colegiata de la Iglesia Mayor que datan del siglo XVII (los más grandes del mundo iberoamericano, según el sacerdote). Recorridos sus rincones como quien camina por la cubierta de un galeón magnífico, herido su cuerpo igual por la inclemencia del tiempo, la tragedia impensable o la bellaquería de truhanes, es notable cómo es fácil dejarse sorprender por lo aparente, las tallas de finas maderas recubiertas de oro, las monumentales flautas plateadas y sus mascarones dorados o la indubitable presencia majestuosa rompiendo el espacio interior del templo. Pero lo visible es accesorio, la verdadera esencia de este instrumento está (literal y figurativamente) en el secreto, en un corazón oculto a lo evidente y cuya función dota de alma al cuerpo.

El sendero de lo aparente nos lleva al desenlace de lo obvio en lo ficticio y lo supuesto, pero no a la sorpresa, al misterio ni al asombro.

Conocemos el final antes de pasar la mitad de las páginas de nuestra novela incluso queriendo evitar la sentencia popular que nos obliga a que por caminos no pensados habremos de purgar nuestros pecados.

Así como nuestro heroico Julián Sorel en la búsqueda incesante a su interior ha de ir a descubrir su alma en el fondo de un calabozo y bajo el signo de la muerte, o los secretos del temperamento de un instrumento casi vivo se han de mirar sin los ojos sino con un sentido que se extiende en la oscuridad hacia la dimensión en que esa partícula de alma nos ha abandonado, dejándonos incompletos, inseguros e irreparables; así también la búsqueda de la esencia nuestra ha de prescindir del orgullo y autosuficiencia. Suplirlo con lo que Walt Whitman intuye  en su canto: “aquello que satisface al alma es la verdad” o lo que Víctor Hugo fabula: “He encontrado en las calles a un joven, muy pobre y enamorado. Su sombrero era viejo, su abrigo desgastado, el agua se colaba a través de sus zapatos  y las estrellas, a través de su alma”. La búsqueda del alma es salir -en todo sentido- del sitio en el que estamos para no volver jamás.