Letras al paso

Semana Santa, entre la tradición y el simbolismo

Cada año, los católicos conmemoran la Semana de la Pasión de Cristo comúnmente llamada Semana Santa, la cual inicia el Domingo de Ramos y concluye el Domingo de Pascua o de Resurrección. Son los días conclusivos de la larga preparación que los cristianos hacen durante la Cuaresma para poder vivir la experiencia de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor con un espíritu abierto a los Misterios de la Redención.

Para fijar la Semana Santa en el calendario se sigue la tradición lunar hebraica de los tiempos de Jesús para la celebración de la Pascua (la fiesta judía que celebra la liberación del pueblo hebreo del dominio del faraón egipcio). La fórmula es la siguiente: primero se fija el domingo de Pascua de Resurrección que es el domingo siguiente a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. A partir del domingo se fija el triduo pascual que son del jueves al sábado inmediatos anteriores y el Domingo de Ramos, con el que inicia formalmente la Semana Santa. Del Domingo de Ramos se cuentan cuarenta días hacia atrás para fijar el Miércoles de Ceniza con el que inicia la Cuaresma que es ese periodo de preparación en el que se recomienda a los católicos renueven su compromiso cristiano a través de la conversión, arrepentimiento y de las obras de caridad.

En el marco de esta semana, los católicos expresan varios de los memoriales de la vida de Jesús a través de tradiciones que en cada país o cultura van adquiriendo. Por ejemplo, en México aún se conserva la tradición del Altar de Dolores, colocado el viernes anterior al domingo de Ramos, en el que se recuerda la profecía que el anciano Simeón hace a María sobre el destino doloroso de su hijo y las ‘siete espadas que atravesarán su corazón’. En algunas iglesias y casas particulares se erigen altares con la imagen de la Virgen Dolorosa, con banderitas doradas, naranjas agrias, retoños de trigo, esferas de cristal y vitroleros con agua de sabor que representan las lágrimas de la Virgen. En la Ciudad de México, los altares de Dolores más famosos y tradicionales se montan en el Barrio del Carmen, en San Ángel, al sur de la capital.

Comienza la Semana Santa

El Domingo de Ramos, los católicos acuden a su templo parroquial en procesión con las tradicionales palmas para que sean bendecidas y colocadas en sus hogares. Es un recuerdo de cómo recibió el pueblo de Jerusalén a Jesús, en medio de vítores y de alegría, aunque aquel iba montado en un burro. A los católicos esta escena les recuerda que el Salvador “no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército… quien lo acoge es gente humilde”, dice el papa Francisco en su meditación sobre este día y los símbolos que lleva.

Este domingo en la misa, se narra la parte central de la Pasión de Jesús. Desde la llamada Última Cena con sus apóstoles donde instituye la Sagrada Eucaristía hasta la muerte del propio Jesús en la cruz. Y a partir de este día, los católicos y las personas que profesan diferentes expresiones de credo cristiano conmemoran la Semana Santa con diferentes recomendaciones de sus obispos o pastores.

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Obispo Flores, descanso y reflexión 

Luis Artemio Flores Calzada, obispo de Tepic, explica en entrevista que los católicos tienen la oportunidad, durante la Semana Santa, de recordar el triunfo de Cristo sobre el mal y el pecado: “Que no se sientan sólo espectadores sino partícipes de esta experiencia, saber que son portadores de paz y amados por un rey que no impone, sino que conquista por el amor”. En parroquias y catedrales de México, por ejemplo, del lunes al miércoles santos se realizan meditaciones, rezo del Rosario y pláticas de formación sobre los Misterios de la Redención y la Pascua de Resurrección. El órgano oficial de la Arquidiócesis de México recomienda a los fieles católicos: “Cuando se habla de Semana Santa por lo general se piensa sólo en jueves, viernes y sábado santos, pero la llamada Semana Mayor también abarca lunes, martes y miércoles. Estos tres días nos dan la oportunidad de disponer nuestro espíritu para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo con verdadera fe y recogimiento. ¿Qué se recomienda hacer en estos días? Disponer nuestro espíritu y abrir el corazón para escuchar la Palabra de Dios. Reflexionar sobre la vida que nos ha regalado Dios. La meditación nos debe ayudar a entender dónde nos encontramos y hacia dónde debemos caminar, según la voluntad del Señor. Y aprovechar estos días para acercarnos al sacramento de la Reconciliación, donde se experimenta el gran amor misericordioso del Padre bueno que nos espera para darnos el perdón”.

El obispo Flores Calzada secunda: “Los que tengan oportunidad, pueden participar en la Eucaristía porque ahí se meditan los últimos días de Jesús antes de su Pasión; y los que no puedan asistir, les recomendaría empezar a leer la Pasión del Señor en cualquiera de los Evangelios. Y, finalmente, los que puedan acercarse al sacramento de la Penitencia, la confesión, es buen momento para hacerlo”.

Turismo sí, pero con reflexión y devoción

Del jueves al domingo santos se realiza el llamado Triduo Pascual y se siguen los pasajes bíblicos que más se representan en pueblos y parroquias como en el Santuario de la Cuevita en Iztapalapa que llega a convocar a más de un millón de turistas por año para ver la escenificación y representación de la Pasión de Cristo. Sin embargo, a lo largo de México, la gran mayoría de poblados realiza procesiones, representaciones con actores o con efigies de Cristo. Estas actuaciones o representaciones pueden estar acompañadas o no por los sacerdotes de cada localidad y, por ello, hay discordancias entre los textos bíblicos y los que emiten los actores; llegando en ocasiones a confundir entre lo tradicional y la palabra de las sagradas escrituras.

En las últimas dos décadas se ha incrementado la presencia de turistas y visitantes que, buscando experiencias de religiosidad popular, admiran y acuden a las representaciones del Viacrucis. Alex Pérez Cevallos, director general de la agencia de turismo Ideas Tours, revela: “Existe un despunte del turismo religioso. Las agencias de viajes en el exterior hoy organizan grupos bajo la denominación de peregrinaciones, las mismas que vienen acompañadas de un sacerdote. Desde nuestra experiencia, los países que nos han solicitado estos paquetes son Ecuador, Costa Rica, Colombia y Brasil”.

EB85619A-1F14-43FB-AFF7-E0AE576CBA2ADe los 47 mil 613 millones de pesos que en promedio deja como derrama económica la Semana Santa en los distintos destinos turísticos en México, una buena fracción de turismo acude a destinos de experiencia religiosa: “El 70% de los turistas latinoamericanos que recibimos y que visitan México vienen por la Virgen de Guadalupe; en los últimos años también el 2 de noviembre se ha convertido en una fecha emblemática pues atraen mucho las tradiciones. Desde nuestra experiencia cada vez más se dan a conocer otros destinos que ya son solicitados con más frecuencia, como el Cerro del Cubilete, San Juan de los Lagos y Zapopan”, explica el director de agencia turística.

Y es que la experiencia religiosa y el turismo no están peleados. El obispo Luis Artemio Flores es pastor de una amplia zona turística del país (Puerto Vallarta, Riviera Nayarita y San Blas) y recomienda: “En mi diócesis tenemos muchas zonas de vacacionistas; primero le digo a la gente de aquí que los atiendan y los reciban bien. Y a la gente que viene a las playas les diría que disfruten pero que, así como se dan tiempo para ellos mismos, para descansar, que se den tiempo para ir a los oficios litúrgicos, que son en la tarde. Sí podemos vivir la Semana Santa como turistas y también desde nuestro lugar”.

Entre el martes y jueves santo, los obispos celebran en sus catedrales con todo su clero el ritual de la bendición de los óleos y la renovación de promesas sacerdotales. Pero la celebración central del día es la Misa de la Cena del Señor donde se conmemora la institución de la Eucaristía y simbólico lavado de pies que representa el principal servicio de los cristianos a los necesitados: la caridad. El papa Francisco insiste: “Entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, sino que debemos ayudarnos los unos a los otros. Esto es lo que Jesús nos enseña”.

—¿Qué hay que comprender de los símbolos de los días santos señor obispo?

— El jueves santo tenemos la Cena del Señor y participamos de la institución de la Eucaristía, también tenemos el lavatorio de los pies que es otro signo que indica que aquel que quiera ser el primero, no debe ser dominador sino servidor de sus hermanos. El viernes participamos del Viacrucis meditando cuánto nos ama el Señor que aceptó la Pasión, la traición, los golpes y la muerte porque nos ama, reconocemos que esto que Jesús pasó es porque nos ama y para liberarnos de lo que nos hace daño y también para descubrir que también debemos entregar la vida, que podemos encontrar momentos duros difíciles en nuestra vida, pero debemos permanecer fieles como Cristo. Y, sobre todo, la liturgia de la tarde nos invita a meditar en la Pasión del Señor, en el trofeo, la Cruz. Porque la cruz, que era considerado un signo de maldición, se convierte en un signo de bendición porque Cristo con su cruz destruyó el mal. La Vigilia Pascual (el sábado por la noche) con todos sus símbolos como el fuego, que significa a Cristo emergiendo de la tierra, de las tinieblas venciendo la muerte y el pecado. Él surge como una luz que viene a disipar todo lo negativo. Y allí, al encender nuestro cirio pascual, significa que participamos en el triunfo de Cristo y con él disipamos las tinieblas e iniciamos una etapa nueva. El domingo de Resurrección debemos meditar qué hace el Señor desde la Creación hasta la Nueva Creación; es decir: de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Esta creación es un mundo mejor, que pasa de la violencia a la paz, de los odios al amor. Es el significado de una Pascua que debemos realizar y después renovar nuestro bautismo como hijos de Dios. Es el triunfo y el encuentro con Cristo el Resucitado, por ello debemos ser actores no sólo espectadores de la Semana Santa.

Las autoridades eclesiásticas han insistido en los últimos años que la participación de los fieles en la Semana Santa no sólo debe ser tradicional sino que debe transformar las vidas de los creyentes y sus semejantes; a propósito, el sacerdote Rogelio Alcántara, director de la Comisión para la Doctrina de la Fe en la Ciudad de México, explica: “Quien más participa en la Redención, no es el que materialmente asiste a los oficios de Semana Santa, sino el que se une vitalmente al Misterio Pascual del Señor; y es que alguien puede ir a todo lo que organice su parroquia pero no por mera costumbre, incluso hay quien acude con deseos de protagonismo de fama y prestigio o para sacar ventajas personales… quien no rectifique su intención le aprovechará poco ir a la iglesia”.

—Señor obispo Luis Artemio, ¿qué decir a las personas que, aún queriendo, no pueden participar de los ritos de semana santa por su trabajo o sus responsabilidades?

—Pienso que si en un ratito tienen la oportunidad lean algún pasaje de la Pasión del Señor. Ahora se pueden hacer lecturas en los teléfonos inteligentes. Que ojalá mediten los días santos, que lean un pasaje pequeño de la Biblia y que, si no tienen oportunidad por su trabajo o labor, que sepan que en esta Semana celebramos el triunfo de Jesús, que sepan que haciendo bien su papel y su trabajo están atendiendo a Cristo. Y, finalmente, que ofrezcan su trabajo al Señor: que pongan en práctica el amor.

Algunas tradiciones populares

Además de los actos religiosos litúrgicos y oficiales, los creyentes católicos viven con diferentes tradiciones estas fechas. Por ejemplo, el jueves santo se distribuye y come el “pan bendito con manzanilla”. Según la liturgia católica, el viernes santo no se celebra misa y, por tanto, los creyentes no pueden tomar la Eucaristía; por ello, el pan y la manzanilla bendecidos el jueves suelen consumirse como sacramentales al día siguiente. También el jueves permanece la tradición de la Visita de las Siete Casas, los fieles visitan siete templos en los cuales está expuesto el Santísimo Sacramento en sus Monumentos adornados; este gesto recuerda el recorrido que hizo Jesús la noche que fue aprehendido y llevado a las autoridades romanas y judías para ser juzgado.

En el viernes santo es común que la gente participe del Vía Crucis que es acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario cargando la cruz; atender la reflexión de las “siete palabras”. Por la tarde-noche, dar el Pésame a la Virgen, realizar la Procesión del Silencio y hacer el Vía Matris, que es acompañar a la Virgen María en su doloroso camino de vuelta del Calvario.

El sábado santo ya no se llama sábado de gloria por una adecuación de la fiesta pascual en el siglo XVI por ello no es recomendable que los fieles se mojen recordando el bautismo; las autoridades tampoco promueven ya otra tradición de este día como es la Quema de Judas. Ambos actos afectan directamente al medio ambiente y no ayudan a reflexionar en este día que simboliza la espera de la Resurrección de Jesús.

Finalmente, el Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, se vive la fiesta más importante para todos los cristianos. La fiesta litúrgica dura ocho días y el tiempo pascual cincuenta días a partir de este domingo. Es tan importante esta fecha para los católicos que las autoridades eclesiales promueven entre los fieles que se celebre, además de acudir a Misa, con una reunión familiar donde se comparta la alegría y, en lo posible, el pan de la unidad. Dice el papa Francisco: “El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer las paces. Esas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona alzada en la Cruz”.

@monroyfelipe

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Vivir después del sismo

IMG_2987Dice el libro de Job: “Hay un sitio de donde se extrae la plata y un lugar donde se refina el oro; el hierro se saca del polvo y la piedra fundida da el cobre”. Con los sismos del 7 y 19 de septiembre en México, el pueblo y la ciudadanía ha demostrado que buena parte de su identidad bruñida se forja entre los escombros de las tragedias.

Han sido los sismos los que, a pesar de su breve instante, no sólo dejan una larga estela de desastres sino los primeros cimientos de una cultura que acompañará décadas a una nación que sigue siendo joven por la vía de la reinvención. Desde el minuto cero de la calamidad, el mexicano pisa sin sacralidad ni afectación lo que antes fue habitado por lo indebido, posa su planta sobre los muros derrumbados y de entre las piedras busca lo único que siempre ha sido importante: la posibilidad de salvar una vida y la convicción de estar allí para fundar un fragmento de la nueva historia.

Son estos gestos solidarios en esta escena desolada los que cambian el cauce de lo inevitable. Se abandona el derrotismo y la indolencia porque la entrega y el sacrificio toman un cariz multitudinario; sobre el asfalto, como si fuese un provisional hogar escarpado, lo mínimo se vuelve esencial y el exceso no merece una segunda mirada. En cada rincón, de entre cuatro manos, nace un centro de acopio; y cada hogar sabe que, ante la necesidad, puede hacer el milagro de ensancharse. Mientras, los albergues, tan necesarios, tan indispensables, lucen paradójicamente indiferentes, fríos y pasajeros.

Sentimos que hacía falta calor.

Por ello, un taquero movió su trompo de carne al pastor hasta la frontera de las ruinas, por eso miles de ciudadanos llevan sobre sus hombros la obra de su ardiente corazón para derramar sobre lo siniestrado. Es el calor de la generosidad lo que mueve los pies de los voluntarios hasta los espacios de dolor, hasta los confines de la prudencia. Es el fuego de la esperanza el que alza el puño y aguza el oído para rescatar lo improbable.

Como apuntó José Emilio Pacheco: “La tierra desconoce la piedad”; pero no hay lugar desconocido donde el pie de la caridad humana no haga cimiento. Las ciudades afectadas no duermen sólo sobre el polvillo y las rocas de tanta desgracia, se funden en la fragua de la voluntad hasta revelar su verdadero brillo, el que siempre ha sido pero que se reviste de oscura jactancia e hipócrita certeza.

Los sismos y las ruinas que dejan a su paso desnudan el alma de un pueblo vulnerable, atado a la mezquindad de quienes construyeron la ciudad vertical con varillas a medio desgaste, aprovechando con perversidad la especulación de vivienda; revela la indiferencia institucional ante los edificios históricos e iglesias que sobrevivieron cinco siglos y desaparecieron tras treinta años de indolente burocracia; evidencia lo poco que hicimos para corregir las grietas estructurales de nuestra sociedad.

Los escombros nos interpelan con su cruda verdad, nos dicen que lo más firme se quiebra; pero sobre ellos es donde debemos volver a construir nuestra historia, con los pies sobre el dolor y las manos junto a la herida. Porque la riqueza erigida en el corazón humano es interminable y porque el único desecho de la historia sería una vida sin la posibilidad heroica y un despojo que no quiere afrontar otras ruinas y otras terribles desventuras.

Con cariño y solidaridad para los sobrevivientes.

@monroyfelipe

Ruido

tanto ruido en el corazón que late (que se entrega) que remedia soles de invierno y humedales

golpes de locura, trepidantes

un cristal irrompible girando sobre rocas (sin dejar de sonar, sin despertar a nadie) redobles intermitentes que se alimentan de deseo por entregarse (por remediarse, por reencontrarse con el silencio)

cuánto ruido desperdiciado en la hora cuando te busco sin encontrarte (cuánto árbol seco, cuánta guarida sonora despejando un armonioso desastre)

tanto ruido en el corazón,

tanto cuanto clama en la refriega.

El hombre que paraba la lluvia

view_to_the_end_of_the_world_petraAquí mismo, desde donde escribo, hubo un hombre al que le fue concedido el don de parar la lluvia. Según dicen, esto sucedió hace muchos años y que sólo los viejos lo recuerdan; vagamente, como un aroma capturado en la infancia, la tonada de la primera nana que los arrulló o la sensación de vértigo frente a su primer horizonte en la vida, pero lo recuerdan.

No era un gran don el poder detener la lluvia. Primero -obviamente- debía llover y sólo entonces el dotado podía hacer que parara.

Hubiera sido mejor –por lo menos más vistoso- que pudiera sostener ingrávidas las gotas de agua en el aire, aquello sería prodigioso y hermoso aunque inútil. No, su habilidad tenía una aplicación concreta: el portento simplemente entraba por los espacios de la borrasca y la absorbía -o la engullía, quién sabe- dejando débiles miajas del chubasco sobre el lodazal.

Al principio fue difícil convencer al resto de que en realidad él, y no un capricho del temporal, detenía las precipitaciones. Luego, había días en que él mismo quería que la lluvia continuara toda la noche y, nada más formular ese deseo, el diluvio paraba. Era un don veleidoso.

Con el tiempo, cuando el resto se convenció del extraño don, quisieron verle el lado productivo y lo pusieron a disposición de aquellos sitios que vivían agobiados por tantas tormentas. Pronto descubrieron lo poco práctico del servicio pues, al tiempo en que aquel llegaba al lugar, sólo lo recibían las silenciosas charcas y las indiferentes miradas de los pobladores que salían al sol para calentarse los huesos. Aunque nunca le reconocieron el milagro, el hombre sabía que sólo el ponerse en marcha a donde se requerían sus servicios él lograba parar la tromba.

Fue así que se convirtió en un amuleto peregrino de la sequía, el relicario caminante de una promesa árida: Un prodigio para prevenir inundaciones. Sin embargo, con el tiempo dejó de recibir a la gente que venía de rumbos anegados; preferían vivir con el agua en las rodillas que preguntándose cuándo volvería a llover. Pronto dejaron de nombrarlo milagroso y, de frente, la gente no lo llamaba como lo hacía en privado. El destierro fue la consecuencia indiscutible de su peculiar talento.

Vivió solo y apartado del resto, sí; pero nunca desdeñado. Con frecuencia, el hombre recibía visitas de gente que le pedía dejara llover un poco más, le llevaban regalos, principalmente alcohol pues se corrió el rumor que mientras el hombre dormía embriagado la lluvia corría por la tierra tanto como la voluntad de Dios quería. Pero aquel hombre les contestaba encogiéndose de hombros mientras sostenía en sus manos las ofrendas que recibía. Al despedirlos, veía a los implorantes alejarse calle abajo mientras murmuraban con descaro y entonces el hombre escudriñaba con inquietud el vasto cielo azul sobre su cabeza el milagro que cada día lucía más normal que el precedente.

Como dije, no era un gran don.

 

Invasión de errores

De un pestañazo crece la ortiga,

pero no en los sepulcros,

sino en los jardines del anhelo

donde la oruga orada la perfección 

de un escrupuloso desvelo.

El universo, que es insuperable,

depende de la invasión

de errores que se acumulan;

como el polvo, como la pez,

o las lágrimas de las ortigas.

Por ello el tiempo suena a caída,

a un lento derrumbe

o una lenta sucesión de derrumbes,

a una hoja que se desploma

desde lo alto del origen mismo.

Todo lo demás es resistencia

la fricción de un freno que emana

una chispa en rebelión,

una terca imprudencia, 

que abre los ojos al imposible.

Enero, 2017@monroyfelipe 

Así se celebraron dos tipos de ‘Navidad’ en la India

 

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Celebración navideña en un ashram de la India

25 de diciembre

 

La escena es cautivadora. El templo está adornado exquisitamente, sin lujo, pero todo brilla sutilmente; la mayoría de los fieles participaron en la limpieza desde temprano. Otros pasaron varias horas haciendo un sencillo banquete para compartir al final de la ceremonia. A la izquierda del santuario, los músicos y cantantes del coro ultiman detalles del concierto que ofrecerán a los casi mil asistentes. Todos, sin embargo, están involucrados y lucen felices, se saludan con una sonrisa abierta. Un gran volumen de los asistentes son extranjeros, norteamericanos y europeos principalmente, quienes programaron sus vacaciones en estas fechas para vivir una experiencia espiritual.
La congregación fue fundada en los años sesenta y hoy tiene más de mil 200 casas en 126 países junto a varios hospitales, clínicas, escuelas, proyectos sociales y culturales. Desde un pequeño ambón se hacen las lecturas y una mujer entona el responsorio “Caminaré junto a ti / más allá de las lágrimas y la alegría / confío en ti…” y la asamblea responde cantando “Hubo una pausa en la quietud y en quietud estaba su presencia”.
Al finalizar el rezo, el concierto es magnífico, las piezas elegidas van de villancicos populares a melodías litúrgicas de Adviento y Navidad. “El templo resplandece como pocas veces al año –dice la lectora ante las cámaras-, la Navidad es una de nuestras mejores celebraciones”. El documental muestra ahora unas bellas esculturas de María y José inclinados frente al Niño Jesús rodeados de rosas rojas y crisantemos blancos. Junto a la Sagrada Familia se alza un cirio monumental que se encendió en el clímax de la celebración. Detrás de ellos, el altar. Sin mesa ni crucifijo. Sólo las palabras “Ama a todo, sirve a todo” y una imagen de su polémico fundador: Sathya Sai Baba rodeado de flores rosas y amarillas.
Esta es la Navidad sin sentido cristiano profundo, realizada por costumbre y tradición, engalanada por la fiesta y la estética pero, como dice el papa Francisco “para vivir una Navidad verdaderamente cristiana, libre de toda mundanidad, se debe comprender la humildad de Dios llevada hasta el extremo: es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones”.

07-christmas-celebration-2012-at-puttaparthi-sai-baba-ashram-radiosai-8Francisco ha explicado que cuando “Dios manda un ángel, no nos damos cuenta de que está allí porque estamos inmersos en nuestros pensamientos, en nuestros asuntos y, en estos días, en los preparativos de la Navidad”. Y, para el pontífice, una verdadera celebración navideña requiere “la alegre disposición de acoger al Salvador… recibir el mensaje que buscamos en lo más profundo del alma: a Dios que nos mira llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, a Dios enamorado de nuestra pequeñez”.

Una Navidad de sentido cristiano

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Niños ‘dalit’ con pocas oportunidades educativas en la India, reciben apoyos para su formación como gesto de Navidad

Lejos de ese ashram de espiritualidad sincrética en Prasanthi, a 50 kilómetros de Chennai, se encuentra la catedral de San José de Chingleput (una localidad de gran desarrollo demográfico y altos contrastes socioeconómicos). En el exterior lucen resplandecientes su torre campanario y el pináculo central, pero lo que llama la atención son los jóvenes que salen del templo. Llevan sus uniformes escolares, la catedral es más que el templo, es su escuela, su espacio de convivencia y de inclusión; y la Navidad es la oportunidad de encontrar más oportunidades para su vida. Minutos antes, el obispo Anthonisamy Neethinathan leía su mensaje de Adviento: “En esta Navidad intercambiemos regalos y felicitaciones. Es mi deseo y oración que continuemos buscando y encontrando a Jesús en todas las pequeñas cosas y en las sencillas personas que nos rodean”.

Neethinathan sabe de pequeñez y sencillez. Es el obispo católico encargado de la oficina episcopal que atiende a los indios de castas ‘inferiores’ como los ‘dalit’ (parias intocables) y los ‘tribals’ (nativos indígenas). Estas castas aún siguen considerándose como ‘atrasadas’ y las leyes de protección a estos ‘débiles’ sólo amparan a los dalit y tribes hindúes, sikhs y budistas, pero no a cristianos ni musulmanes. Así que el llamado del obispo a ir “por las sencillas personas” implica hacer esfuerzos para atender a un aproximado de 28 millones de indios, de los cuales, hasta el 60% son cristianos

La Iglesia local ha tomado la palabra a su pastor. El secretario del Ministerio Penitenciario Diocesano, el sacerdote Paul Raj, organizó una serie de visitas a los centros de reclusión presentes en la circunscripción eclesiástica. La más esperada fue la Misa en el Centro de Reclusión Femenil de Puzhal, cuyas autoridades e internas mostraron una gran solidaridad durante las inundaciones del 2015 debido a que la prisión fue uno de los lugares más seguros durante la crisis humanitaria. El obispo también acudió el 20 de diciembre a un centro de reclusión juvenil para llevarles, además de una celebración, algunos regalos como en años anteriores: “El obispo les lleva un mensaje de amor, esperanza y alegría principalmente, pero también el obispo hace siempre un esfuerzo económico para llevarles un regalo. El año pasado les llevó pelotas de volibol, toallas, relojes y una cena de biryani”, dice fray Raj.
“Para celebrar la Navidad realizaremos nuevamente nuestro Campamento Médico Gratuito -dice el sacerdote S. Amulraj, director de la Comisión de Salud de la diócesis,- procuramos en cada tiempo litúrgico uno de estos eventos. El año anterior los realizamos en el santuario de Mazhai Malai Madha y en la parroquia de Sahayamatha; los doctores y enfermeras del hospital Egmore nos apoyan con consultas y atenciones médicas básicas gratuitas”.
Para Navidad la diócesis también entrega las becas escolares que otorga a los estudiantes de formación básica para que estos no abandonen sus estudios, el pasado 11 de diciembre el obispo dio estos apoyos y bendijo a los niños beneficiados por las becas en el Centro Pastoral Diocesano. Un día, antes, durante la celebración navideña en el centro pastoral, el propio obispo recibió los tradicionales regalos de sus sacerdotes y colaboradores, que consistieron en donaciones y ropa para la Cáritas diocesana; y él también “aportó un regalo para el Niño Jesús que será llevado a los pobres de la diócesis”.
No es el único que redobla el servicio cristiano durante la Navidad, el vicario general de la diócesis, Backiya Regis, por ejemplo visitó a los niños ‘dalit’, los hijos de la antigua casta india que son considerados parias sin derecho a ser siquiera tocados, en la localidad de Sandivakkam. A pesar de la erradicación del sistema de castas, los dalit siguen siendo víctimas de violencia, pobreza, exclusión y discriminación en las ciudades indias. El vicario trabaja junto a las organizaciones diocesanas en un programa de “empoderamiento de los estudiantes dalit” y los recursos, así como los acuerdos para que se incorporen a universidades y trabajos, se entregan en la primera semana de Navidad.
“No son solo fiestas, la Navidad nos recuerda que debemos contribuir fraternalmente en dar siempre un nuevo rostro a nuestra Iglesia. Nuestra responsabilidad no termina en alcanzar lo que esperamos sino en permanecer buscando las metas comunes por el bien del prójimo, siguiendo los pasos de Jesús, el verbo encarnado”, apunta el obispo Neethinathan en su mensaje.

 

Epílogo
El pasado 13 de diciembre, Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos, recordó a los norteamericanos que, entre sus promesas de campaña, estaba el cambiar la inercia ‘políticamente correcta’ de festejar las fechas decembrinas deseando “Happy Holydays” (felices fiestas) en lugar de “Merry Christmas” (Feliz Navidad). Así que, frente a la audiencia de Winsconsin, deseó: “Un feliz año nuevo pero, principalmente, una feliz Navidad”.
El gesto fue muy bien tomado por ciertos creyentes y cadenas de TV como FOX News que han hecho largas coberturas a lo que llaman “War on Christmas”, que no es otra cosa sino el constante desplazamiento de los elementos cristianos de la propia Navidad. Por ejemplo, desde hace años, el gobierno norteamericano reemplazo el Feliz Navidad por el Felices Fiestas en todos sus mensajes navideños y, en el 2015, la cadena de cafeterías Starbucks removió la frase “Merry Christmas” de sus vasos festivos.
Aunque sectores cristianos y católicos en EU celebraron este gesto de Trump, lo que verdaderamente importa no está tanto en las formas –como la preciosa celebración navideña de los seguidores de Sai Baba-, sino en el fondo, tal como lo hacen los creyentes –como aquella diócesis en la India-, reforzando las virtudes y las prácticas cristianas al “primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar bajo el ejemplo de Jesús”, como diría el papa Francisco. Entonces ¿qué es más importante para celebrar en Navidad: la forma o el fondo? @monroyfelipe

El nombre de la Navidad

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Deborah Nell, 2014

Llega la Navidad con su buena carga de felices deseos, festividades de alegría y la natural pausa en la agitada cotidianidad de la vida. No hay quien escape de las ilusiones del mercado y del consumo; se cumple con mayor o menor devoción los rituales sociales o religiosos; y se perdona todo porque es tiempo para eludir —brevemente- el rostro del sufrimiento. Y, sin embargo, quizá como siempre para quien mira en la Navidad ese acto desgarrador en que Dios se hace hombre con el único propósito de amarlo en las fronteras de su tacto, su llanto y su risa, su presencia entre nosotros vuelve a estar tocada por el clamor de los que sufren, las innumerables víctimas, las voces de los pueblos que imploran justicia y paz o de quienes padecen la enfermedad o la barbarie. Es verdad que siempre habrá motivos para el llanto y el dolor, para la angustia y la soledad, para la rabia y el desahucio, pero la esperanza sucede en fragmentos inesperados de misericordia, solidaridad y humanización.

Es cierto que la esperanza no parece obvia en medio del terror, de gobiernos criminales o autoridades corrompidas, de la indiferencia de los poderosos o la criminalización de la sociedad, no es tampoco perceptible la esperanza en medio de la superioridad, el desprecio y la agresividad con la que se malconvive con el prójimo en nuestras ciudades. Pero, paradójicamente, es precisamente allí donde podemos encontrarla. La esperanza no es una entelequia; tiene un nombre depositado en las personas y en sus obras, en su realidad incontrovertible.

La esperanza marcha en el sendero de la historia de cada ser humano, y más entre aquellos a los que se les ha despojado todo y no son sino descartables para el estándar de valor de esta sociedad. El nombre de esa esperanza, para los cristianos, es Jesús. En su persona se sintetiza el anhelo máximo que habla de una humanidad llamada a la ulterior dignidad. El hijo del hombre habla y se hace presente, abaja la mirada del ‘ser’ para ‘hacer’ con nosotros, para caminar, luchar, sufrir, consolar y acompañar la travesía individual y colectiva de todos los pueblos.

La esperanza contiene la fuerza para liberar de la opresión, comunica el ímpetu de caridad al corazón indolente y, frente al ostracismo de los últimos, dona la palabra justa para rescatarlos del olvido. Porque es el misterio encarnado el que consigue avenir la realidad con la esperanza. @monroyfelipe

Juzgar, nuestro deporte favorito

f55b5f074bbcab326a6c59451d333cfbEl poeta pakistaní Muhammad Iqbal decía que cuando somos polvo la gente nos esparce por los aires pero que, si fuésemos piedras, nos arrojarían directamente a las ventanas. Es decir: la grandeza puede ser un artilugio violento.

Reflexionaba en esto al ver las transmisiones de las Olimpiadas en Río de Janeiro y también al leer los comentarios que se desataron entre la opinión pública respecto a las actuaciones y las presencias de los deportistas mexicanos en la cita olímpica. Mientras unos apuntan que la razón por la cual México no mejora en competitividad es la mentalidad anodina de los deportistas, otros indican que el proyecto deportivo nacional está cooptado por liderazgos corruptos cortoplacistas. En otras esferas menos brillantes hay quienes critican la imagen y fisionomía de los atletas; y desde la baranda opuesta, otros defienden la dignidad de los deportistas ante el escarnio de los palurdos criticones. Unos, destacan entre los miles de deportistas al grupo de atletas ‘más atractivos’; y, otros, le hacen fiesta a los ‘más devotos’. Mientras unos apoyan con rabia chovinista a sus connacionales, otros celebran a los deportistas sin nación ni patria. En fin, a diferencia de lo que apuntó Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, en la inauguración de las Olimpiadas  (“Hay una ley universal en este mundo olímpico: todos somos iguales”), la verdad es que la justa deportiva celebra la diferencia y potencia la oposición para presentar a quien llega más alto, al más veloz y al más fuerte.

Y para declarar a ese deportista o equipo que despunta entre el resto es necesario un un personaje discreto pero fundamental en cada disputa deportiva: el juez.

En La Iliada se relata quizá una de las historias más antiguas de los juegos griegos. Fueron organizados por Aquiles para rendir homenaje a su amigo Patroclo muerto en batalla. Mientras los nobles griegos realizan deportes como lucha, pugilato, lanzamiento de peso, lanzamiento de jabalina, carrera a pie y carrera de cuadrigas, Aquiles se abroga el derecho de ser el juez que determina los premios a los vencedores. El juez a veces premia a los ganadores, a veces a los perdedores, a veces declara empate y, en uno de los juegos, le da el premio a quien considera más hábil sin siquiera haberse realizado la justa.

Todas las competencias tienen un juez o un árbitro, pero en la actualidad algunas tecnologías han sustituido a las personas por fenomenales sensores que cronometran o documentan fracciones de segundo. Así, hoy hay menos jueces oficiales pero hay más juicios.

Aquiles el juez, celebraba a sus gladiadores jactándose de sus habilidades para arrojarlas como ídolos de piedra a ese cristal olímpico desde el cual los dioses contemplan el drama de la humanidad.

Aunque sea difícil de asumir, la sociedad moderna utiliza los actos de nuestros grandes deportistas para arrojarlos contra nuestros miedos o contra nuestros defectos. Es por ello que todos nos convertimos en jueces y nos sentimos con derecho de opinar y pronunciarnos a favor o en contra de las cosas más inverosímiles. En el fondo, mediante la nobleza y las proezas del atleta (o por la ausencia de ellas) intentamos validar nuestra opinión. Es decir, somos como niños arrojando atletas de piedra a las ventanas de nuestras obsesiones.

Pero, ¿por qué me atrevo a decir ‘nuestros grandes deportistas’? Es sencillo: porque se han levantado un día a intentarlo y a confrontar sus habilidades con otro. Es lo que el erudito Iqbal concluía: “Es cierto que somos polvo; y que el mundo también lo es. Pero aún en el polvo hay briznas que se yerguen”. @monroyfelipe

Para comprender los milenios que nos faltan

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Hay una gran distancia entre la fe y lo absurdo; entre el milagro, lo ilógico y lo improbable. Pero si algo nos enseña la ciencia es que el vasto horizonte que nuestra inteligencia puede explorar es apenas una minúscula distancia de la sabiduría a la que podemos aspirar; es decir: por ancho, alto y profundo que sea nuestro mundo, el universo no se estremece si en una fracción de segundo desaparece un lunar de su piel y con él todo lo que creemos conocer y todo lo que jamás conoceremos. Entonces, desde la perspectiva de lo infinito, de lo absoluto, la distancia jamás será lo suficientemente amplia como para no confundir lo primero con lo segundo.

Si un hombre habla con un burro y éste resulta más versado en teología no faltarán los alarmistas que vean en este inusual acontecimiento un rasguño a la esfera del mundo en el que se sienten tranquilos; sucedería igual si el cabello de cierta mujer comenzara a crecer y trenzarse a su voluntad y fortalecer sus fibras lavando y encerando obsesivamente un Ford Deluxe de 1947. Serían fenómenos habitantes del absurdo. Sin embargo, para comprender los milenios que nos faltan hay que mirar los minutos que tenemos en la historia y a partir de ellos repensar si en algún momento la extravagancia que hacemos en un día inusual no se convertirá en un ritual inamovible, incuestionable y aparentemente perpetuo de una religión futura que se empeñe en mirarnos como sus predecesores no evolucionados.

¿Será posible que la moda de las barbas de leñador tenga una conexión con la prohibición litúrgico-pontifical para que el Papa no lleve vello facial? ¿En dónde termina la lógica que nos aseguran imposibles las plagas bíblicas del desierto cuando creemos que un puñado de bytes repartidos en un ciberespacio puede derrocar regímenes de balas y guerras? ¿Cómo asumirá la estirpe milenaria, del patriarca que hoy nace, nuestra obsesión con la pantalla luminosa? ¿Cuándo seremos ángeles o gigantes, extraterrestres o enviados divinos que fundaron civilizaciones sobre la costra del mundo antes de marcharse y prometer volver?

Es difícil sentir la convicción de que el relato de nuestra historia, tamizada por el filtro de lo improbable, pueda ser el origen de un relato cosmogónico, pre mítico; sacralizado para enseñar la verdad. Pero, ¿si lo llegamos a sentir? ¿Será fe o será fantasía? ¿Y aquello que hoy hacemos es normal o es milagro? ¿Cuántas leyes lógicas y naturales del futuro son violentadas por nuestro impasible costumbrismo?

Por ejemplo: En un sólo día encontré a un hombre que un día años atrás desvaneció detrás de una ventanilla de la oficina de impuestos, a un niño con cáncer que ocupaba un lugar en las salas de espera de un hospital para que otros niños con fracturas o dislocaciones no tuvieran que esperar tanto tiempo antes de entrar a emergencias, a una mujer que moría cada cinco minutos por las ofertas y revivía a través del crédito de su tarjeta bancaria y a otra mujer que cambiaba de raza cada vez que la golpeaban.

El hombre inmaterial aparecía intermitentemente cada mes, los días de corte de facturación sólo para pagar sus deudas. Su inconsistencia no le había privado de su trabajo ni de su vida cotidiana, tan cotidiana como la puede vivir una persona inasible. Para sus empleadores, él lucía muy bien en traje sastre detrás del mostrador de la oficina burocrática para la  cual trabajaba y por eso conservó el puesto a pesar de su impalpable densidad. Allí lo conocí yo, mientras esperaba a que finalmente alguien apareciera detrás del mostrador para realizar un trámite con mi carné de identidad.

Al chiquillo lo conocí porque el director del hospital había convocado a los medios de comunicación para que conocieran en primera mano la estremecedora historia. Los reporteros y cámaras no paraban de destacar el rostro del pequeño, su mirada atenta al infinito, sus mandíbulas apretadas que no dejaban salir ni un suspiro, los músculos tensos aguardando el momento en que pasaría del asiento 15 al 16; y lo transmitieron en vivo porque llegó un niño con un chichón que quiso meter de palomita un gol de tablet, luego pasó al asiento 17 porque el niño portero resbaló con la pantalla de cristal y se pinchó con una aguja que algún jugador profesional había dejado en la cancha; y luego pasó hasta el asiento 20 porque tres niños habían decidido imitar a sus astros del balompié itercambiando patadas, puñetazos y cabezazos en medio de ese basurero que insisten en llamarle cancha deportiva.

La mujer que moría cada cinco minutos -al ver las ofertas- y que revivía -al usar su tarjeta de crédito -sirviera o no-, me pareció algo histriónica y falsamente afectada por el famoso juego de la oferta y la demanda. Sin embargo, sentí una gran pena al conocer a la mujer que cambiaba de raza cada vez que era golpeada, humillada, violentada, minusvalorada, sometida o sojuzgada. Me pareció, que si la regla del absurdo ordena nuestras vidas, aquella azarosa condición era de lo más cruel. La mujer se dio cuenta de esta extrañeza cuando la abofeteó su marido y de ser caucásica, se volvió negra. Luego fue a denunciar la agresión y ante el juez se tornó indígena caribeña. Horas más tarde iba camino a casa de su madre y volvió a ser blanca pero tenía aspecto de una joven de Europa del este. Al llegar con su madre se transformó en china, en vietnamita y hasta en coreana. Pasó varios días, entre su empleo, su refugio y ministerios públicos, convirtiéndose en palestina, keniata, venezolana, griega, indiana, australiana, paquistaní, rusa, mexicana… árabe, judía, latinoamericana, nativa norteamericana, gitana… musulmana, católica, protestante, atea… pero, para su desgracia, nunca dejaba de ser mujer.

¿Cuánta es la distancia entre la fe y el absurdo, entre el milagro y lo ilógico? Las cuatro historias precedentes son absurdas e ilógicas, no se parecen al mundo en el que racionalmente vivimos y actuamos; permanecerían en la ficción y en lo improbable pero para la fe son posibles porque se trata de personas y se trata de su existencia en el inefable universo del que formamos parte donde lo esperable y lo imposible comparten un mismo rincón del alma. El que dichas historias, a pesar de ser ilógicas y absurdas, sean escuchadas, abrazadas o consoladas constituye en sí mismas, el milagro que necesitan. En fin, quizá en los milenios por venir, esos gestos podrían significar mucho más de lo que hoy pueden, incluso podrían significar lo mucho que aún creemos.

Pajillas para la inundación (Informe de gobierno para una casa anegada)

informeSuele ser ligeramente incómodo que, al entrar de visita en un hogar, la casa esté completamente inundada, con apenas treinta centímetros de aire al techo. Básicamente no puede uno romper el hielo preguntando por el clima o comentando el partido de futbol de la tarde; con todo, conozco casos de personas que toman café importado y patisserie francesa mientras un tiburón hace círculos alrededor de ellos, lo hacen con mucha propiedad a pesar de esas penosas circunstancias. Incluso hay gente tan circunspecta –tan afianzada al protocolo- que cuando salta el tema del agua en la conversación puede atreverse a decir que apenas lo había notado.

Lo grave, sin embargo, no es ir de visita sino ser el anfitrión.

Casi siempre pienso en esto cada vez que se presenta un informe anual de administración: el dueño dejó encargada la casa y el administrador lo recibe así, con el agua hasta el cuello. El administrador tiene que informar al dueño sobre el mantenimiento, los gastos, los desperfectos y las intervenciones que se hicieron en ese tiempo y bajo su decisión en el hogar.

Como administrador sabes que es imposible sacar el agua y secar la casa. Principalmente porque no quieres abrir la ventana pues crees que en la corriente puedan salir los diamantes que arrancaste del fondo de las joyas del dueño. Tampoco das todo por perdido. Contrataste a dos amigos que van a buscar las piedras preciosas (les prometes una parte del botín) y se les ocurre que, para sacar el agua, pueden utilizar las cucharas de plata. Y, en efecto, cucharada a cucharada sacan algo de líquido, aunque sospechosamente han agotado ya todas las cucharas del juego de cubiertos porque nadie sabe qué termina pasando con ellas y ahora intentan sacar el agua con los tenedores de plata.

Tarde o temprano reparas en una verdad inefable: por algún lugar debe estar entrando toda esa cantidad de agua. Por lógica, encontrando el origen quizá se pueda parar la inundación desde allí. Contratas a alguien más para que explore todos los grifos, mangueras, tubos y drenajes (tú estás muy ocupado revisando el atuendo con el que recibirás al dueño y elaborando tu lista de invitados para que contemplen tu magnífico informe). Después de gastar todo el dinero que le diste, el hombre-buzo regresa de su profunda exploración para llevarte la noticia más impactante que has escuchado desde aquella otra que te dejó literalmente helado y que te dijo el científico que también contrataste: “El agua, al enfriarse, se congela”. El hombre-buzo te revela algo más aterrador: “El agua, viene de afuera”.

Patidifuso sientes que tus pies no tocan el suelo, luego reparas que en efecto no tocan el suelo porque el agua sigue subiendo. De inmediato le pides -¡No! ¡Le exiges!- al buzo que corrija esa situación pero te dice que él es buzo no fontanero. Concedes y te dispones a llamar a un fontanero pero el buzo te dice que solo hay un fontanero capaz de hacer el trabajo. Concedes nuevamente. Te dice que es su amigo y que le ayudó en su propia casa –aunque no te dice que el trabajo que le hizo el fontanero en su casa salió gratis porque le prometió que tú lo contratarías y que le pagarías con parte de los diamantes que aún están perdidos entre la inundación y que les tienes prometidos a esos dos idiotas que ahora ya están intentando sacar el agua con los cuchillos; sí, con los de plata (por alguna razón las cubetas de plástico no serían tan útiles para tus amigos cuyo trabajo es echar el agua hacia afuera).

Entonces llega el día. El dueño se apersona en la casa para que le informes el estado de sus bienes. Antes de recibirlo con esa sonrisa que has ensayado día y noche (redecoraste la casa con tus fotografías sonriendo, incluso pusiste una foto tuya enfrente del wáter) abres un poco –solo un poco- el grifo del baño para peinarte ese copete que te hace sentir todo un campeón.

Tienes todo listo: el café, las galletas… y unos popotes para respirar con ellos bajo el agua, solo si se complican las cosas.

Las preguntas que te hace el dueño son simples pero ánimo, no son preguntas difíciles. Si te pregunta por qué está toda esa agua allí, le dices que es un fenómeno global, que vaya a visitar otras casas para que constate y compare, que podrían estar peor. Si te pregunta por qué no has hecho nada al respecto es mejor que te indignes un poco, dices que has hecho todo lo posible, todo lo que ha estado en tus manos y le echas la culpa a los que sacaron el agua con los cubiertos de plata. Quizá el dueño te exija ver a esos rufianes y, ni hablar, le pides perdón porque se escaparon. Pero, ¡atención! Le cuentas de esa vez que recapturaste a uno de esos malhechores con las manos en la masa y lograste salvar a la casa inundada de la incertidumbre. Claro, si te vuelve a preguntar en dónde está, le explicas que se escapó otra vez porque el buzo le ayudó  a salir por un túnel subacuático.

Finalmente, quizá el dueño te llegue a preguntar por ese pequeño detalle que dejaste en el sótano y a oscuras. No te preocupes, finalmente sabes que son daños colaterales. Sí, es molesto que algún buzo no oficial haga hoyos por todo el piso y salgan a flote los cadáveres pero es comprensible, no todos pudieron comprarse un bote cuando las cosas empezaban a ponerse mal. Y eso te lleva a la último acto como administrador: le entregas la llave al dueño, le prometes que intentaste hacer lo mejor y hasta le pides disculpas por los esos pequeños errores (claro, aunque lo pienses ni le menciones que dejaste abierta la llave del grifo con el que te peinaste y lavaste la cara). Sales del compromiso, afuera te espera el yate que ¡sorpresa! el fontanero te ha regalado, así como así. Te aflojas el nudo de la corbata y dices con un discreto orgullo al decorador que te ayudó a colocar tu imagen sonriente hasta en las llaves de agua: “¿Viste? Nos comprometimos y, al final, hemos hecho mucho”.