Cuento

Semana Santa, entre la tradición y el simbolismo

Cada año, los católicos conmemoran la Semana de la Pasión de Cristo comúnmente llamada Semana Santa, la cual inicia el Domingo de Ramos y concluye el Domingo de Pascua o de Resurrección. Son los días conclusivos de la larga preparación que los cristianos hacen durante la Cuaresma para poder vivir la experiencia de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor con un espíritu abierto a los Misterios de la Redención.

Para fijar la Semana Santa en el calendario se sigue la tradición lunar hebraica de los tiempos de Jesús para la celebración de la Pascua (la fiesta judía que celebra la liberación del pueblo hebreo del dominio del faraón egipcio). La fórmula es la siguiente: primero se fija el domingo de Pascua de Resurrección que es el domingo siguiente a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. A partir del domingo se fija el triduo pascual que son del jueves al sábado inmediatos anteriores y el Domingo de Ramos, con el que inicia formalmente la Semana Santa. Del Domingo de Ramos se cuentan cuarenta días hacia atrás para fijar el Miércoles de Ceniza con el que inicia la Cuaresma que es ese periodo de preparación en el que se recomienda a los católicos renueven su compromiso cristiano a través de la conversión, arrepentimiento y de las obras de caridad.

En el marco de esta semana, los católicos expresan varios de los memoriales de la vida de Jesús a través de tradiciones que en cada país o cultura van adquiriendo. Por ejemplo, en México aún se conserva la tradición del Altar de Dolores, colocado el viernes anterior al domingo de Ramos, en el que se recuerda la profecía que el anciano Simeón hace a María sobre el destino doloroso de su hijo y las ‘siete espadas que atravesarán su corazón’. En algunas iglesias y casas particulares se erigen altares con la imagen de la Virgen Dolorosa, con banderitas doradas, naranjas agrias, retoños de trigo, esferas de cristal y vitroleros con agua de sabor que representan las lágrimas de la Virgen. En la Ciudad de México, los altares de Dolores más famosos y tradicionales se montan en el Barrio del Carmen, en San Ángel, al sur de la capital.

Comienza la Semana Santa

El Domingo de Ramos, los católicos acuden a su templo parroquial en procesión con las tradicionales palmas para que sean bendecidas y colocadas en sus hogares. Es un recuerdo de cómo recibió el pueblo de Jerusalén a Jesús, en medio de vítores y de alegría, aunque aquel iba montado en un burro. A los católicos esta escena les recuerda que el Salvador “no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército… quien lo acoge es gente humilde”, dice el papa Francisco en su meditación sobre este día y los símbolos que lleva.

Este domingo en la misa, se narra la parte central de la Pasión de Jesús. Desde la llamada Última Cena con sus apóstoles donde instituye la Sagrada Eucaristía hasta la muerte del propio Jesús en la cruz. Y a partir de este día, los católicos y las personas que profesan diferentes expresiones de credo cristiano conmemoran la Semana Santa con diferentes recomendaciones de sus obispos o pastores.

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Obispo Flores, descanso y reflexión 

Luis Artemio Flores Calzada, obispo de Tepic, explica en entrevista que los católicos tienen la oportunidad, durante la Semana Santa, de recordar el triunfo de Cristo sobre el mal y el pecado: “Que no se sientan sólo espectadores sino partícipes de esta experiencia, saber que son portadores de paz y amados por un rey que no impone, sino que conquista por el amor”. En parroquias y catedrales de México, por ejemplo, del lunes al miércoles santos se realizan meditaciones, rezo del Rosario y pláticas de formación sobre los Misterios de la Redención y la Pascua de Resurrección. El órgano oficial de la Arquidiócesis de México recomienda a los fieles católicos: “Cuando se habla de Semana Santa por lo general se piensa sólo en jueves, viernes y sábado santos, pero la llamada Semana Mayor también abarca lunes, martes y miércoles. Estos tres días nos dan la oportunidad de disponer nuestro espíritu para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo con verdadera fe y recogimiento. ¿Qué se recomienda hacer en estos días? Disponer nuestro espíritu y abrir el corazón para escuchar la Palabra de Dios. Reflexionar sobre la vida que nos ha regalado Dios. La meditación nos debe ayudar a entender dónde nos encontramos y hacia dónde debemos caminar, según la voluntad del Señor. Y aprovechar estos días para acercarnos al sacramento de la Reconciliación, donde se experimenta el gran amor misericordioso del Padre bueno que nos espera para darnos el perdón”.

El obispo Flores Calzada secunda: “Los que tengan oportunidad, pueden participar en la Eucaristía porque ahí se meditan los últimos días de Jesús antes de su Pasión; y los que no puedan asistir, les recomendaría empezar a leer la Pasión del Señor en cualquiera de los Evangelios. Y, finalmente, los que puedan acercarse al sacramento de la Penitencia, la confesión, es buen momento para hacerlo”.

Turismo sí, pero con reflexión y devoción

Del jueves al domingo santos se realiza el llamado Triduo Pascual y se siguen los pasajes bíblicos que más se representan en pueblos y parroquias como en el Santuario de la Cuevita en Iztapalapa que llega a convocar a más de un millón de turistas por año para ver la escenificación y representación de la Pasión de Cristo. Sin embargo, a lo largo de México, la gran mayoría de poblados realiza procesiones, representaciones con actores o con efigies de Cristo. Estas actuaciones o representaciones pueden estar acompañadas o no por los sacerdotes de cada localidad y, por ello, hay discordancias entre los textos bíblicos y los que emiten los actores; llegando en ocasiones a confundir entre lo tradicional y la palabra de las sagradas escrituras.

En las últimas dos décadas se ha incrementado la presencia de turistas y visitantes que, buscando experiencias de religiosidad popular, admiran y acuden a las representaciones del Viacrucis. Alex Pérez Cevallos, director general de la agencia de turismo Ideas Tours, revela: “Existe un despunte del turismo religioso. Las agencias de viajes en el exterior hoy organizan grupos bajo la denominación de peregrinaciones, las mismas que vienen acompañadas de un sacerdote. Desde nuestra experiencia, los países que nos han solicitado estos paquetes son Ecuador, Costa Rica, Colombia y Brasil”.

EB85619A-1F14-43FB-AFF7-E0AE576CBA2ADe los 47 mil 613 millones de pesos que en promedio deja como derrama económica la Semana Santa en los distintos destinos turísticos en México, una buena fracción de turismo acude a destinos de experiencia religiosa: “El 70% de los turistas latinoamericanos que recibimos y que visitan México vienen por la Virgen de Guadalupe; en los últimos años también el 2 de noviembre se ha convertido en una fecha emblemática pues atraen mucho las tradiciones. Desde nuestra experiencia cada vez más se dan a conocer otros destinos que ya son solicitados con más frecuencia, como el Cerro del Cubilete, San Juan de los Lagos y Zapopan”, explica el director de agencia turística.

Y es que la experiencia religiosa y el turismo no están peleados. El obispo Luis Artemio Flores es pastor de una amplia zona turística del país (Puerto Vallarta, Riviera Nayarita y San Blas) y recomienda: “En mi diócesis tenemos muchas zonas de vacacionistas; primero le digo a la gente de aquí que los atiendan y los reciban bien. Y a la gente que viene a las playas les diría que disfruten pero que, así como se dan tiempo para ellos mismos, para descansar, que se den tiempo para ir a los oficios litúrgicos, que son en la tarde. Sí podemos vivir la Semana Santa como turistas y también desde nuestro lugar”.

Entre el martes y jueves santo, los obispos celebran en sus catedrales con todo su clero el ritual de la bendición de los óleos y la renovación de promesas sacerdotales. Pero la celebración central del día es la Misa de la Cena del Señor donde se conmemora la institución de la Eucaristía y simbólico lavado de pies que representa el principal servicio de los cristianos a los necesitados: la caridad. El papa Francisco insiste: “Entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, sino que debemos ayudarnos los unos a los otros. Esto es lo que Jesús nos enseña”.

—¿Qué hay que comprender de los símbolos de los días santos señor obispo?

— El jueves santo tenemos la Cena del Señor y participamos de la institución de la Eucaristía, también tenemos el lavatorio de los pies que es otro signo que indica que aquel que quiera ser el primero, no debe ser dominador sino servidor de sus hermanos. El viernes participamos del Viacrucis meditando cuánto nos ama el Señor que aceptó la Pasión, la traición, los golpes y la muerte porque nos ama, reconocemos que esto que Jesús pasó es porque nos ama y para liberarnos de lo que nos hace daño y también para descubrir que también debemos entregar la vida, que podemos encontrar momentos duros difíciles en nuestra vida, pero debemos permanecer fieles como Cristo. Y, sobre todo, la liturgia de la tarde nos invita a meditar en la Pasión del Señor, en el trofeo, la Cruz. Porque la cruz, que era considerado un signo de maldición, se convierte en un signo de bendición porque Cristo con su cruz destruyó el mal. La Vigilia Pascual (el sábado por la noche) con todos sus símbolos como el fuego, que significa a Cristo emergiendo de la tierra, de las tinieblas venciendo la muerte y el pecado. Él surge como una luz que viene a disipar todo lo negativo. Y allí, al encender nuestro cirio pascual, significa que participamos en el triunfo de Cristo y con él disipamos las tinieblas e iniciamos una etapa nueva. El domingo de Resurrección debemos meditar qué hace el Señor desde la Creación hasta la Nueva Creación; es decir: de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Esta creación es un mundo mejor, que pasa de la violencia a la paz, de los odios al amor. Es el significado de una Pascua que debemos realizar y después renovar nuestro bautismo como hijos de Dios. Es el triunfo y el encuentro con Cristo el Resucitado, por ello debemos ser actores no sólo espectadores de la Semana Santa.

Las autoridades eclesiásticas han insistido en los últimos años que la participación de los fieles en la Semana Santa no sólo debe ser tradicional sino que debe transformar las vidas de los creyentes y sus semejantes; a propósito, el sacerdote Rogelio Alcántara, director de la Comisión para la Doctrina de la Fe en la Ciudad de México, explica: “Quien más participa en la Redención, no es el que materialmente asiste a los oficios de Semana Santa, sino el que se une vitalmente al Misterio Pascual del Señor; y es que alguien puede ir a todo lo que organice su parroquia pero no por mera costumbre, incluso hay quien acude con deseos de protagonismo de fama y prestigio o para sacar ventajas personales… quien no rectifique su intención le aprovechará poco ir a la iglesia”.

—Señor obispo Luis Artemio, ¿qué decir a las personas que, aún queriendo, no pueden participar de los ritos de semana santa por su trabajo o sus responsabilidades?

—Pienso que si en un ratito tienen la oportunidad lean algún pasaje de la Pasión del Señor. Ahora se pueden hacer lecturas en los teléfonos inteligentes. Que ojalá mediten los días santos, que lean un pasaje pequeño de la Biblia y que, si no tienen oportunidad por su trabajo o labor, que sepan que en esta Semana celebramos el triunfo de Jesús, que sepan que haciendo bien su papel y su trabajo están atendiendo a Cristo. Y, finalmente, que ofrezcan su trabajo al Señor: que pongan en práctica el amor.

Algunas tradiciones populares

Además de los actos religiosos litúrgicos y oficiales, los creyentes católicos viven con diferentes tradiciones estas fechas. Por ejemplo, el jueves santo se distribuye y come el “pan bendito con manzanilla”. Según la liturgia católica, el viernes santo no se celebra misa y, por tanto, los creyentes no pueden tomar la Eucaristía; por ello, el pan y la manzanilla bendecidos el jueves suelen consumirse como sacramentales al día siguiente. También el jueves permanece la tradición de la Visita de las Siete Casas, los fieles visitan siete templos en los cuales está expuesto el Santísimo Sacramento en sus Monumentos adornados; este gesto recuerda el recorrido que hizo Jesús la noche que fue aprehendido y llevado a las autoridades romanas y judías para ser juzgado.

En el viernes santo es común que la gente participe del Vía Crucis que es acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario cargando la cruz; atender la reflexión de las “siete palabras”. Por la tarde-noche, dar el Pésame a la Virgen, realizar la Procesión del Silencio y hacer el Vía Matris, que es acompañar a la Virgen María en su doloroso camino de vuelta del Calvario.

El sábado santo ya no se llama sábado de gloria por una adecuación de la fiesta pascual en el siglo XVI por ello no es recomendable que los fieles se mojen recordando el bautismo; las autoridades tampoco promueven ya otra tradición de este día como es la Quema de Judas. Ambos actos afectan directamente al medio ambiente y no ayudan a reflexionar en este día que simboliza la espera de la Resurrección de Jesús.

Finalmente, el Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, se vive la fiesta más importante para todos los cristianos. La fiesta litúrgica dura ocho días y el tiempo pascual cincuenta días a partir de este domingo. Es tan importante esta fecha para los católicos que las autoridades eclesiales promueven entre los fieles que se celebre, además de acudir a Misa, con una reunión familiar donde se comparta la alegría y, en lo posible, el pan de la unidad. Dice el papa Francisco: “El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer las paces. Esas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona alzada en la Cruz”.

@monroyfelipe

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El hombre que paraba la lluvia

view_to_the_end_of_the_world_petraAquí mismo, desde donde escribo, hubo un hombre al que le fue concedido el don de parar la lluvia. Según dicen, esto sucedió hace muchos años y que sólo los viejos lo recuerdan; vagamente, como un aroma capturado en la infancia, la tonada de la primera nana que los arrulló o la sensación de vértigo frente a su primer horizonte en la vida, pero lo recuerdan.

No era un gran don el poder detener la lluvia. Primero -obviamente- debía llover y sólo entonces el dotado podía hacer que parara.

Hubiera sido mejor –por lo menos más vistoso- que pudiera sostener ingrávidas las gotas de agua en el aire, aquello sería prodigioso y hermoso aunque inútil. No, su habilidad tenía una aplicación concreta: el portento simplemente entraba por los espacios de la borrasca y la absorbía -o la engullía, quién sabe- dejando débiles miajas del chubasco sobre el lodazal.

Al principio fue difícil convencer al resto de que en realidad él, y no un capricho del temporal, detenía las precipitaciones. Luego, había días en que él mismo quería que la lluvia continuara toda la noche y, nada más formular ese deseo, el diluvio paraba. Era un don veleidoso.

Con el tiempo, cuando el resto se convenció del extraño don, quisieron verle el lado productivo y lo pusieron a disposición de aquellos sitios que vivían agobiados por tantas tormentas. Pronto descubrieron lo poco práctico del servicio pues, al tiempo en que aquel llegaba al lugar, sólo lo recibían las silenciosas charcas y las indiferentes miradas de los pobladores que salían al sol para calentarse los huesos. Aunque nunca le reconocieron el milagro, el hombre sabía que sólo el ponerse en marcha a donde se requerían sus servicios él lograba parar la tromba.

Fue así que se convirtió en un amuleto peregrino de la sequía, el relicario caminante de una promesa árida: Un prodigio para prevenir inundaciones. Sin embargo, con el tiempo dejó de recibir a la gente que venía de rumbos anegados; preferían vivir con el agua en las rodillas que preguntándose cuándo volvería a llover. Pronto dejaron de nombrarlo milagroso y, de frente, la gente no lo llamaba como lo hacía en privado. El destierro fue la consecuencia indiscutible de su peculiar talento.

Vivió solo y apartado del resto, sí; pero nunca desdeñado. Con frecuencia, el hombre recibía visitas de gente que le pedía dejara llover un poco más, le llevaban regalos, principalmente alcohol pues se corrió el rumor que mientras el hombre dormía embriagado la lluvia corría por la tierra tanto como la voluntad de Dios quería. Pero aquel hombre les contestaba encogiéndose de hombros mientras sostenía en sus manos las ofrendas que recibía. Al despedirlos, veía a los implorantes alejarse calle abajo mientras murmuraban con descaro y entonces el hombre escudriñaba con inquietud el vasto cielo azul sobre su cabeza el milagro que cada día lucía más normal que el precedente.

Como dije, no era un gran don.

 

Pajillas para la inundación (Informe de gobierno para una casa anegada)

informeSuele ser ligeramente incómodo que, al entrar de visita en un hogar, la casa esté completamente inundada, con apenas treinta centímetros de aire al techo. Básicamente no puede uno romper el hielo preguntando por el clima o comentando el partido de futbol de la tarde; con todo, conozco casos de personas que toman café importado y patisserie francesa mientras un tiburón hace círculos alrededor de ellos, lo hacen con mucha propiedad a pesar de esas penosas circunstancias. Incluso hay gente tan circunspecta –tan afianzada al protocolo- que cuando salta el tema del agua en la conversación puede atreverse a decir que apenas lo había notado.

Lo grave, sin embargo, no es ir de visita sino ser el anfitrión.

Casi siempre pienso en esto cada vez que se presenta un informe anual de administración: el dueño dejó encargada la casa y el administrador lo recibe así, con el agua hasta el cuello. El administrador tiene que informar al dueño sobre el mantenimiento, los gastos, los desperfectos y las intervenciones que se hicieron en ese tiempo y bajo su decisión en el hogar.

Como administrador sabes que es imposible sacar el agua y secar la casa. Principalmente porque no quieres abrir la ventana pues crees que en la corriente puedan salir los diamantes que arrancaste del fondo de las joyas del dueño. Tampoco das todo por perdido. Contrataste a dos amigos que van a buscar las piedras preciosas (les prometes una parte del botín) y se les ocurre que, para sacar el agua, pueden utilizar las cucharas de plata. Y, en efecto, cucharada a cucharada sacan algo de líquido, aunque sospechosamente han agotado ya todas las cucharas del juego de cubiertos porque nadie sabe qué termina pasando con ellas y ahora intentan sacar el agua con los tenedores de plata.

Tarde o temprano reparas en una verdad inefable: por algún lugar debe estar entrando toda esa cantidad de agua. Por lógica, encontrando el origen quizá se pueda parar la inundación desde allí. Contratas a alguien más para que explore todos los grifos, mangueras, tubos y drenajes (tú estás muy ocupado revisando el atuendo con el que recibirás al dueño y elaborando tu lista de invitados para que contemplen tu magnífico informe). Después de gastar todo el dinero que le diste, el hombre-buzo regresa de su profunda exploración para llevarte la noticia más impactante que has escuchado desde aquella otra que te dejó literalmente helado y que te dijo el científico que también contrataste: “El agua, al enfriarse, se congela”. El hombre-buzo te revela algo más aterrador: “El agua, viene de afuera”.

Patidifuso sientes que tus pies no tocan el suelo, luego reparas que en efecto no tocan el suelo porque el agua sigue subiendo. De inmediato le pides -¡No! ¡Le exiges!- al buzo que corrija esa situación pero te dice que él es buzo no fontanero. Concedes y te dispones a llamar a un fontanero pero el buzo te dice que solo hay un fontanero capaz de hacer el trabajo. Concedes nuevamente. Te dice que es su amigo y que le ayudó en su propia casa –aunque no te dice que el trabajo que le hizo el fontanero en su casa salió gratis porque le prometió que tú lo contratarías y que le pagarías con parte de los diamantes que aún están perdidos entre la inundación y que les tienes prometidos a esos dos idiotas que ahora ya están intentando sacar el agua con los cuchillos; sí, con los de plata (por alguna razón las cubetas de plástico no serían tan útiles para tus amigos cuyo trabajo es echar el agua hacia afuera).

Entonces llega el día. El dueño se apersona en la casa para que le informes el estado de sus bienes. Antes de recibirlo con esa sonrisa que has ensayado día y noche (redecoraste la casa con tus fotografías sonriendo, incluso pusiste una foto tuya enfrente del wáter) abres un poco –solo un poco- el grifo del baño para peinarte ese copete que te hace sentir todo un campeón.

Tienes todo listo: el café, las galletas… y unos popotes para respirar con ellos bajo el agua, solo si se complican las cosas.

Las preguntas que te hace el dueño son simples pero ánimo, no son preguntas difíciles. Si te pregunta por qué está toda esa agua allí, le dices que es un fenómeno global, que vaya a visitar otras casas para que constate y compare, que podrían estar peor. Si te pregunta por qué no has hecho nada al respecto es mejor que te indignes un poco, dices que has hecho todo lo posible, todo lo que ha estado en tus manos y le echas la culpa a los que sacaron el agua con los cubiertos de plata. Quizá el dueño te exija ver a esos rufianes y, ni hablar, le pides perdón porque se escaparon. Pero, ¡atención! Le cuentas de esa vez que recapturaste a uno de esos malhechores con las manos en la masa y lograste salvar a la casa inundada de la incertidumbre. Claro, si te vuelve a preguntar en dónde está, le explicas que se escapó otra vez porque el buzo le ayudó  a salir por un túnel subacuático.

Finalmente, quizá el dueño te llegue a preguntar por ese pequeño detalle que dejaste en el sótano y a oscuras. No te preocupes, finalmente sabes que son daños colaterales. Sí, es molesto que algún buzo no oficial haga hoyos por todo el piso y salgan a flote los cadáveres pero es comprensible, no todos pudieron comprarse un bote cuando las cosas empezaban a ponerse mal. Y eso te lleva a la último acto como administrador: le entregas la llave al dueño, le prometes que intentaste hacer lo mejor y hasta le pides disculpas por los esos pequeños errores (claro, aunque lo pienses ni le menciones que dejaste abierta la llave del grifo con el que te peinaste y lavaste la cara). Sales del compromiso, afuera te espera el yate que ¡sorpresa! el fontanero te ha regalado, así como así. Te aflojas el nudo de la corbata y dices con un discreto orgullo al decorador que te ayudó a colocar tu imagen sonriente hasta en las llaves de agua: “¿Viste? Nos comprometimos y, al final, hemos hecho mucho”.

Lid y lastre

348sVolví a pasar frente a ese bar al que recurrí cuando no soportaba el peso del alma. Recordé su interior de muros guindas y alfombra gris, con algunos detalles ennegrecidos por quemaduras de ceniza y cigarros; era uno de esos bares de antaño con mesas redondas plateadas muy pequeñas y sillones marrones de imitación de piel donde campeaba un silencio indiferente y el karaoke inútilmente pasaba sobre una pantalla gigante la letra de ‘Cama y mesa’ de Roberto Carlos. El micrófono de cabeza dorada yacía olvidado en el centro del amplio templete donde quizá en otras épocas alguna banda romántica amenizó veladas menos patéticas. Por allá surgían murmullos incomprensibles de una pareja de oficinistas. Él llevaba la corbata floja reposando en una redonda barriga, en su camisa amarilla destacaban unas manchas oscuras bajo los brazos y en el pecho, enmarcaban un tupido vello gris que se adivinaba húmedo y caliente; de ella me llamó la atención sus medias casi blancas, brillantes, que hacían de sus piernas un puente grueso y blando entre sus zapatillas y la minifalda roja, su blusa negra tenía unos olanes imposibles de filigrana blanca y los largos oscuros rizos de su cabello se confundían entre los caprichos de la blusa. Pensé que ella estaba triste pero era más bien una contención cinética, una abeja permaneciendo inmóvil frente a tus ojos apuntando su aguijón justo en medio de tu frente sin ninguna emoción, inescrutable. El hombre bebía una cuba mientras devoraba un caldo de camarón, ella tomaba traguitos de un refresco de manzana. De cuando en cuando intercambiaban un par de frases, preguntas impersonales, respuestas monosilábicas. Ella no quería arruinarle la comida, esperaría allí pacientemente a que él terminara, que hiciera un par de preguntas inútiles, que pidiera un segundo trago. Si aquel hubiera sabido lo que ella estaba por decirle, había tomado con más tranquilidad sus camarones. O quizá si lo sabía y también quizá ella sí estaba triste porque intuía que él terminaría su sopa, tomaría todo su ron hasta que los hielos tintinearan golpeándose a su bigote, él haría ese chasquido con el paladar y ella comenzaría a perder el alma que le quedaba; allí, en este lóbrego bar cuyas débiles luces escondidas tras pantallas de cristal esmerilado nunca pudieron iluminar una sonrisa sincera.