Sociedad y política

Migración: la fuerza de la vulnerabilidad

Parece mentira que, a pesar de ser tan cercanos los innumerables testimonios del drama migratorio ninguno de ellos logra desprendernos del todo de un profundo sentimiento de exclusión del prójimo, de extraños residuos xenófobos en nuestro discurso y de inexplicables chovinismos difíciles de argumentar.

Desde hace décadas, el fenómeno migratorio en el ombligo del continente americano convive de manera constreñida y cotidiana con todas las realidades de Centroamérica, México y Estados Unidos; la inmensa y compleja maraña de venas y comunidades que ha erigido este tránsito incesante de personas hacia el norte sólo puede compararse con la profusa cultura y legado migratorios que ese caminar ha construido en este vasto territorio ‘interfronterizo’.

Esa realidad, sin embargo, continúa siendo incómoda para las certezas más abyectas de las comunidades y mentes cerradas. Y ese sentimiento, esa incomodidad, es el tesoro en bruto que cuida y alimenta, con fines naturales, la política más pragmática. Aunque no siempre con los resultados esperados:

Es de todos conocido que el presidente Donald Trump, desde su campaña por la presidencia, utilizó el sentimiento antiinmigrante de una inquieta sociedad estadounidense para apuntalar su discurso “America first”; sin embargo, tras dos años de su administración, los sondeos de opinión revelan un revés progresivo en la opinión sobre el valor de la migración para los Estados Unidos. Según publica el PewResearch Center el 62% de los norteamericanos considera actualmente que los migrantes aportan y fortalecen a su país (casi 8% más de los que tenían esa opinión en junio del 2015 cuando Trump anunció sus intenciones de llegar a la Casa Blanca construyendo un muro contra los ‘bad hombres’). Aún más: en el subconjunto generacional de los estadounidenses nacidos después de 1981, el reconocimiento a los migrantes y su servicio a la sociedad norteamericana supera el 75%.

Una historia diferente se cuenta en México: el presidente López Obrador fundamentó su última campaña política en principios cristianos de amor al prójimo y de apertura a los migrantes; sus recurrentes expresiones de acogida fomentaron en buena medida un incremento en el oleaje de migrantes en la frontera sur. Un oleaje que, por desgracia, ha derivado en una serie de tragedias indecibles que se viven en las comunidades fronterizas. Los mexicanos, a pesar de las palabras expresadas por el papa Francisco “Quiero felicitarlos porque son tan acogedores con los migrantes”, han comenzado a manifestar un lento pero creciente temor o aversión a los extranjeros. La encuestadora GEA-ISA lo pone en números: el 51% de los mexicanos opina que se deben deportar a los indocumentados y sólo el 29% piensa que se les debe permitir el paso. La mera idea de que los migrantes se integren, participen y colaboren en el desarrollo de México es tan disparatada que la encuestadora ni siquiera la incluye en sus sondeos.

Es decir: la apuesta de un gobierno por humanizar y compadecerse por el fenómeno migratorio ha provocado un inquietante rechazo a los extranjeros (en estos días es más común que deseable escuchar ideas como: “Si no tenemos suficiente trabajo, medicinas y bienestar en México para los mexicanos, por qué habríamos de ayudar a los migrantes”); y, por el contrario, el denuesto constante y cruel de los migrantes por parte de la administración Trump provoca en las nuevas generaciones compasión y reconocimiento a su servicio y a su naturaleza humana. Ese es el poder de la vulnerabilidad: inclinar la balanza hacia los distintos matices de nuestra compleja humanidad anteponiéndola a todo raciocinio  pragmático, legalista o utilitarista.

Parece una profunda contradicción, pero no lo es: La exclusión de los nuestros en nombre de la protección de los otros nos resulta insoportable; pero la exclusión de los otros en nombre de la protección de los nuestros es deseable, preponderante incluso. Esa es nuestra humanidad hablando; desde allí es donde intentamos comprender imágenes tan desgarradorascomo la del padre salvadoreño y su hija de un año muertos a la ribera del río fronterizo.

Parecía natural que los mexicanos, por compartir el drama migratorio hacia los Estados Unidos, pudieran solidarizarse en vulnerabilidad con las víctimas del complejo fenómeno migratorio de centroamericanos, caribeños o africanos; pero quizá nos pasa como aquella anécdota desgarradora que relataba el escultor Jeanclos. Decía que le parecía insoportable que su profesor de Talmud fuese un rabino sobreviviente del Holocausto que cierto día comenzó a hacer comentarios racistas sobre los palestinos. Jeanclos, sin embargo, abrazó una convicción que pude ofrecer una perspectiva para sobrevivir dentro de esa contradicción: “Sigo siendo un extraño en la sinagoga, pero no soy un extraño en mi trabajo”. Con esa frase en mente y a propósito de la migración: ¿Dónde entonces deberíamos poner nuestro templo y dónde nuestro obrar?

@monroyfelipe

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Tierra, techo, trabajo y residuos de una entrevista papal

Migración, Huir, Guerra, Refugiados, Crisis, Escape

La extraordinaria periodista Valentina Alazraki, decana de la corresponsalía vaticana, realizó hace unas semanas una larga y sumamente clarificadora entrevista al papa Francisco. Casi cada respuesta del pontífice tomó forma en diferentes informativos. Un tema quedó en el tintero de muchos medios, pero no para el pontífice que quiso retomarlo este 4 de junio: el incierto futuro de la sociedad bajo las reglas de la actual dinámica financiera.

En la entrevista, Bergoglio alertó que las sociedades pueden cometer ‘la crueldad más grande’ cuando se pretende defender la idea del ‘territorio’ o la ‘economía’ mientras se descarta a los extranjeros y a los miserables. Inmediatamente después, el Papa criticó el estatus de lo que se puede interpretar es el resultado de la inequidad en la distribución de los bienes económicos: “Cada vez hay menos ricos con la mayoría de la fortuna del mundo. Y cada vez hay más pobres con menos de lo mínimo para vivir…  claro: los pobres buscan fronteras, buscan salidas, horizontes nuevos”.

La ‘crueldad más grande’, para Bergogilo, es el desprecio y el rechazo a los pobres que, buscando horizontes nuevos, emprenden la migración o la movilidad social; pero el pontífice pone claridad: la crueldad puede nacer de la defensa de una idea del territorio o, peor, de una idea económica.

Por supuesto, en la historia del papado han existido recurrentes críticas al capitalismo salvaje producto de un liberalismo económico centrado en el consumo y la ganancia que deshumaniza al hombre y mercantiliza la vida; pero Francisco pone el acento en el sistema financiero, en su volatilidad, en lo inasible de su utilidad real para la gente: “Lo concreto de la fortuna en un mundo de finanzas es mínimo, lo demás es fantasía”, responde a la periodista.

Francisco tiene serias preocupaciones por el mundo de las finanzas (“En este mundo de las finanzas es donde se dan estas injusticias sociales”), distingue con claridad que la economía puede armonizarse con el ser humano, pero acusa sin piedad al modelo financiero. Casi lo ubica en la dimensión ‘antinatural’: “Una economista famosa me dijo que intentó hacer un dialogo entre economía, humanismo y espiritualidad, y le fue bien… Quiso hacer lo mismo entre finanzas, humanismo y espiritualidad y no le funcionó porque por eso gaseoso y abstracto que tiene, la finanza”.

Es decir, el papa Francisco le “trae bronca” al modelo financiero global. La imparable migración, el desastre ecológico, la alienación mercantilista, el consumismo desaforado, la pérdida de sentido, la falta de ternura con el prójimo, las guerras contemporáneas, la indiferencia, el egoísmo y el descarte de los débiles tienen raíz en el desequilibrio propiciado por leyes absolutas de mercado.

Un desequilibrio que sólo se remedia atendiendo la tríada “tierra, techo y trabajo” como garantía social para todas las comunidades. Por lo menos es lo que reflexionó la Cumbre de Jueces Panamericanos sobre Derechos Sociales y Doctrina Franciscana celebrada el 3 y 4 de junio por la Pontificia Academia de Ciencias Sociales de la Santa Sede.

Se trata de una cumbre en la que se analiza la implementación efectiva de los derechos sociales económicos y culturales (DESCS), se buscan los caminos para implementar la triada tierra, techo y trabajo, se estudia cómo hacer frente a las restricciones presupuestarias y los controles bancarios o financieros exógenos basados ​​en la deuda externa de los países y cómo superar las presiones políticas y crear un movimiento mundial basado en la defensa sin restricciones de los derechos sociales.

Es decir, cómo quitarle lo vacío al sistema financiero y -nunca mejor dicho- aterrizarlo, poner a ras de suelo, palpable y disponible para el disfrute y responsabilidad de las personas, de los pueblos.

Este tema es recurrente en Bergoglio, en 1998 como arzobispo de Buenos Aires criticó al capitalismo moderno por utilizar el dinero como elemento opresor del hombre, por alienarlo con anhelos de autosatisfacción individualista y no de búsqueda de bien común. El propio Bergoglio en su encíclica Laudato Si’ (2015) explica: “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”.

No es el primer pontífice de expresar esta preocupación. Ya antes las encíclicas Rerum Novarum (Leon XIII, 1891), Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), Centesimus Annus (Juan Pablo II, 1991) o Caritas in veritate (Benedicto XVI, 2009) dejaban en claro que el derecho de la propiedad privada no es absoluto: “La propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social”. A partir de esta convicción, para los católicos la libertad humana antecede a la libertad económica; cuando se ‘adoctrina’ en el sentido contrario, el hombre y la tierra sufren.

Para ahondar en esto, el papa Francisco clausuró la Cumbre con un clamor contra las desigualdades de las sociedades actuales, criticó a ‘doctrinarios’ que intentan explicar que los derechos sociales son viejos y que no aportan a las sociedades actuales dominadas por las leyes del mercado o las finanzas; y repudió a quienes “confirman políticas económicas y sociales que llevan a nuestros pueblos a la aceptación y justificación de la desigualdad e indignidad”.

La ‘crueldad más grande’ del hombre contra el hombre surge, por tanto, cuando se condicionan (o relativizan) los derechos sociales a la tierra, techo y trabajo para priorizar la ideología financiera o las leyes del mercado. Un asunto que parecía residuo de una genial entrevista pero que, está en el centro del pontificado, aunque los poderes financieros hagan oídos sordos.

@monroyfelipe

Un nuevo horizonte para la Iglesia católica en México

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Sólo imprevistos muy graves podrían retrasar la creación de las tres diócesis de la Ciudad de México. No se habla de otra cosa en la Arquidiócesis capitalina: octubre se vislumbra como un horizonte de no retorno. Desde la Semana Santa de este 2019, los vicarios episcopales han transmitido a los presbíteros un memorándum donde se les invita a discernir y definir su estadía o su incardinación a las nuevas circunscripciones. La división es inevitable.

El cardenal arzobispo, Carlos Aguiar Retes, inició su gobierno de la Iglesia de México siguiendo esta encomienda que llevaba al menos treinta años proponiéndose desde Roma. Desde 1989, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha sostenido discusiones internas sobre la necesidad de la división territorial de la Ciudad de México.

Los argumentos sobran: es una de las diócesis más densamente pobladas y con mayor número de católicos del mundo; en la capital residen los poderes de la federación y prácticamente todas las representaciones formales de los estados, de organismos internacionales, embajadas y corporativos; también la gran mayoría de las congregaciones religiosas de representación internacional tienen su casa central mexicana en la capital; hay más de 600 territorios parroquiales, más de mil 200 templos y el número de sacerdotes incardinados, en estadía temporal o en tránsito es de vértigo.

Desde finales de los ochenta, la necesidad de la división parecía inaplazable por la cantidad de fieles. Para poner en contexto, la arquidiócesis de Madrid tiene 3.7 millones de católicos aproximadamente; Los Ángeles, 4.4; Guadalajara, 5.7; Río de Janeiro (el país con más católicos del mundo), 6.5; y finalmente, la arquidiócesis de México, 7.9.

En aquel entonces se proyectaron seis diócesis en los márgenes del entonces Distrito Federal; pero el proyecto no prosperó por las tensiones respecto a la autonomía de la Basílica de Guadalupe. Años más tarde, durante la administración pastoral de Norberto Rivera Carrera, Roma continuó insistiendo en el tema de la división territorial pero el primado de México defendió su argumento a lo largo de 22 años: El gobierno eclesiástico de la Arquidiócesis de México requiere de todo el soporte territorial y administrativo para dialogar -y en su caso, defender- los intereses de la Iglesia católica capitalina con el regente y el jefe de gobierno del Distrito Federal.

 

Delimitaciones y críticas

Finalmente, Aguiar Retes dará cuerpo al largo deseo de Roma y del episcopado mexicano; pero enfocado en sus prioridades: Habrá -por lo pronto- cuatro diócesis al interior de la Ciudad de México: 1. Azcapotzalco (con las alcaldías de Azcapotzalco, Gustavo A. Madero y Miguel Hidalgo (excepto Basílica de Guadalupe y Polanco); 2. México (Venustiano Carranza, Cuauhtémoc, Iztacalco, Benito Juárez, Coyoacán, Cuajimalpa, Magdalena Contreras y porciones de la GAM, Tlalpan y Miguel Hidalgo); 3. Iztapalapa y 4. Xochimilco (alcaldías Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta).

El criterio para la división -se ha explicado- corresponde a la presencia histórica de pueblos originarios en las tres nuevas diócesis y por los perfiles de las comunidades. También se ha insistido en que la densidad urbana hace muy complejo que el arzobispo local visite y atienda con dedicación a todas las instituciones religiosas de la diócesis. La Arquidiócesis de México tiene una consideración especial (igual que otras diócesis masivas) para realizar la Visita Apostólica en un plazo mayor al estipulado; la segunda visita pastoral del cardenal Rivera, por ejemplo, duró tres años consecutivos.

Sin embargo, los límites territoriales parecen responder a criterios urbanísticos y de perfil socioeconómico; de otra manera se hace incomprensible que la arquidiócesis no conserve para su responsabilidad pastoral ninguna de las trece cárceles capitalinas, o que la diócesis de Azcapotzalco no absorba -con naturalidad de vialidades y accesos- toda la alcaldía de Miguel Hidalgo donde se encuentra uno de los centros económicos más dinámicos de la ciudad.

La primera crítica: Una de las siete obras de misericordia que los católicos están obligados a cumplir es “Visitar a los presos”. El actual proyecto de división territorial impedirá que el arzobispo actual o sus sucesores tengan oportunidad de realizar esta actividad de manera institucional y en su propio territorio; aunque -como sucedió el Jueves Santo pasado- los presos sí han tenido oportunidad de salir momentáneamente de la cárcel para ir hasta la sede del arzobispo. La población actual de reclusorios capitalinos asciende a 25 mil 698 personas privadas de su libertad.

Otra de las críticas -no de la reorganización sino de los criterios en la delimitación- es la dinámica socioeconómica que define la división territorial de las diócesis. Según el sitio de especialistas inmobiliarios ‘Metros cúbicos’, las 20 de 20 colonias más exclusivas y con habitantes de mayor poder adquisitivo de la ciudad se ubicarán en la Arquidiócesis de México; por el contrario, según el Observatorio de Seguridad de la Ciudad de México, 25 de las 50 colonias más peligrosas estarán en las nuevas diócesis y sólo una de las zonas más seguras de la capital se encontrará en la nueva diócesis de Xochimilco.

Para atender estos contextos tan disímbolos, la arquidiócesis capitalina también hace una evaluación de los perfiles de los sacerdotes al frente de las parroquias. La intención es que cada comunidad reciba a un presbítero con el perfil más adecuado a sus realidades y a sus expectativas.

 

Guadalupe, ¿nueva diócesis?

El proceso de división territorial de la Arquidiócesis de México ha despertado el viejo debate sobre la autonomía del Santuario Nacional de la Basílica de Guadalupe y aún más con el decreto del 6 de mayo pasado con el que el arzobispo de México creó la Zona Pastoral de Guadalupe (Santuario).

Según consta en las crónicas de Homero Campa en 1989, los obispos mexicanos recibieron desde Roma la solicitud de un estudio de viabilidad para que la Basílica de Guadalupe se erigiera en Prelatura Territorial. Promovieron ese proyecto el abad Guillermo Schulemburg y el nuncio Girolamo Prigione pero los obispos mexicanos cerraron filas en torno al cardenal Ernesto Corripio Ahumada; 84 de los 86 miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano votaron a favor del planteamiento del tamaulipeco.

Desde entonces, incluso el papa Juan Pablo II tuvo que intervenir en la organización, responsabilidad y los límites de administración de servicios en el Santuario Guadalupano: el custodio del ayate es el arzobispo de México y sus sucesores; pero el Santuario es el corazón de la nación y, por tanto, los obispos mexicanos tienen voz en él.

Cada seis años, por ejemplo, se elige a seis obispos para formar parte del Consejo Nacional de la Basílica Santa María de Guadalupe; asumen responsabilidades de tesorería, catequesis y secretaría general con un suplente para cada área. Hacia el interior, el arzobispo de México mantenía una “Vicaría Funcional” porque su responsabilidad se abocaba a peregrinos y visitantes provenientes de todo el país y el resto del mundo.

Sin embargo, el nuevo decreto del cardenal Carlos Aguiar para la creación de la Zona Pastoral de Guadalupe (Santuario) contempla que el complejo guadalupano más veinte territorios parroquiales estarán bajo una nueva jurisdicción pastoral. El responsable es el rector de la Basílica, Salvador Martínez Ávila; desde esa posición tiene facultades de verificar la cura pastoral de los fieles, de garantizar y procurar la administración de los sacramentos (incluso de aquellos propios de los obispos como la Confirmación), y de atender la Visita Pastoral de sus decanatos, párrocos y parroquias con la consecuente revisión de los libros y finanzas.

Es un modelo que recuerda -aunque con enormes distancias por los estatutos definidos por el papa Juan Pablo II en 1998- a la Prelatura Territorial del Santuario de Loreto. La Basílica de Loreto funge como catedral arzobispal y administra cinco pequeños territorios parroquiales atendidos por cinco congregaciones religiosas diferentes. Las razones de esta prelatura son históricas y en algún momento fue administrada totalmente por Roma; pero poco a poco la Santa Sede ha favorecido la integración de la prelatura del santuario a la región episcopal italiana y a la arquidiócesis de Ancona-Osimo, donde se ubica territorialmente.

Pero eso no significa que en el corto plazo la Basílica de Guadalupe llegue a convertirse en una diócesis autónoma; para ello se necesitaría más que la autorización o sugerencia de Roma, requiere un acuerdo transversal de los obispos mexicanos y la explícita cesión del arzobispo metropolitano al título histórico de custodio de la imagen. Un proceso que se antoja sumamente difícil.

Con todo, el horizonte de la iglesia capitalina bajo la administración del arzobispo Carlos Aguiar y los nuevos obispos que designe el papa Francisco sugiere cambios de relaciones sociales, de relaciones con las instituciones civiles y culturales de la ciudad. Las nuevas diócesis capitalinas habrán de compactar sus equipos y estrechar la confianza de cada obispo con su círculo de colaboradores, de clarificar los desafíos más apremiantes y atender las dinámicas de sus territorios con autonomía e independencia. Habrá retos comunes como la formación de nuevos sacerdotes o la evangelización de una urbe masiva e interconectada; pero, principalmente, la búsqueda de una voz pública que supere las fronteras del ‘territorialismo’.

@monroyfelipe

 

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¿Es necesario el periodismo católico?

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Siempre he considerado que el periodismo católico nos es indispensable más por la identidad de quienes construyen esos medios de comunicación que por la etiqueta de la institución religiosa.
La misión del católico de oficio periodista siempre será la de explorar la realidad con la mirada y la sensibilidad del cristiano, con la confianza de que Dios tiene voz en todos los perfiles humanos y fenómenos de la naturaleza.
En la comprensión de su identidad católica en la vida contemporánea, el periodista puede ofrecer una mirada apasionada por el hombre, por su cultura y por su trascendencia; y, al mismo tiempo, desapasionarse de los poderes temporales, de las jerarquías efímeras y de las tiranías de lo inmediato.
No pocas veces he retomado el pensamiento de León Bloy sobre la actitud cristiana de inclinarse ante los abismos: “En él [el corazón del abismo] debemos aguardar a ver cuando se agoten las cosas visibles…  lo absoluto, la irrefragable morada, es el inmenso abismo que tenemos al lado, a nuestro alrededor, en nosotros mismos. Para descubrirlo es indispensable ser precipitado en él”. El católico periodista puede encontrar en estas ideas un perfil trascendente de su responsabilidad al ejercer el complejo servicio de búsqueda, diálogo y  transmisión de la verdad.
Sin embargo, no pocas veces he escuchado que el periodismo católico está asido e invariablemente sujeto al servicio a alguna institución católica (diócesis, obispo, ministerio, congregación, movimiento, pontífice, etcétera). En esos casos, se dice que la fidelidad a la institución y sus márgenes es proporcional a la fidelidad del servicio periodístico; pero no hay algo más equivocado.
Traigo a cuento la reflexión -provocadora sin duda- de Tzvetan Todorov (“Sólo las naciones muertas han adquirido una identidad inmutable”) para insistir que el periodismo católico nos es útil cuando se realiza desde la identidad del cristiano y no desde la identidad institucional. Porque lo primero es insondable; y lo segundo, apenas superficial o transitorio.
La identidad institucional es mutable, evoluciona, porque los intereses de los personajes y grupos que la conforman no coinciden, porque las instituciones humanas siempre estarán sujetas a jerarquías inestables.
El católico de oficio periodista siente ese abismo perforando su corazón permanentemente y sabe que debe arriesgarse a transitarlo con dosis semejantes de duda, asombro y confianza; porque sólo una institución muerta ha cerrado su catálogo de todo lo posible y todo lo imposible.
Por ello, la identidad del católico periodista resplandece al nombrar y actualizar el inmarcesible peregrinar de él mismo y de sus contemporáneos a través de las largas penumbras hacia la eternidad, de testificar la luz con noble duda porque la peregrinación siempre es sobre lo incógnito, de mantener vivo el asombro a cada paso y, sobre todo, compartir la confianza de que nunca nadie camina en la absoluta oscuridad. (Publicado en ‘El Observador de la Actualidad’ No. 1246)
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¿Por qué el periodismo está en crisis?

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Lo digo con toda simpleza: En el fondo siempre será más dolorosa la crisis en los periodistas que la crisis en los medios de comunicación. Los medios de comunicación pueden padecer un sinnúmero de peligros que amenazan su supervivencia (el más grave siempre será la viabilidad económica); sin embargo, cuando los periodistas entramos en crisis, la sociedad misma está en riesgo.

Es una aseveración temeraria, pero voy a explicarla más adelante.

Es cierto que los medios de comunicación se encuentran frente a desafíos mayúsculos y se hace urgente una transformación radical en su auto concepción. No sólo los cambios culturales, tecnológicos y económicos urgen a los medios a cambiar sus dinámicas laborales y de relación con sus audiencias o lectores; el nacimiento de una sociedad cuyo narcisismo e hiper suspicacia van de la mano con el consumo de auto satisfacción “informativa” sugieren vastos espejismos de popularidad a directivos y dueños de medios, trampas de las que es muy difícil salir.

En México hay que añadir a esta lista de desafíos la compleja relación con el poder político y las nuevas condiciones que el gobierno federal ha impuesto a este -muchas veces tóxico- vínculo. Una muy larga tradición de connivencia, de desencuentros muchas veces simulados y condiciones de franca persecución. Ahora mismo, muchos medios de comunicación tradicionales y otros tantos emergentes esperan con paciencia abyecta la gracia del gobierno federal para contratarles publicidad, para divulgar campañas institucionales o para construir contenidos a la medida de la administración.

Algunos de esos medios “nacionales” tienen ediciones menores a los diez mil ejemplares o redacciones con menos de cinco periodistas; hay medios de comunicación “grandes” que no cuentan con corresponsales en las principales ciudades de la República y recuperan la información gracias a publicaciones ciudadanas en redes sociales. Durante años se ha agudizado el despido constante de informadores en diferentes medios y ciudades sin que todavía encontremos reemplazos en esos vacíos. Por ello, no es raro que la ciudadanía no confíe en sus medios ni los apoye; y que, por el contrario, favorezca con su suscripción digital a productores de cuestionables video-noticiarios que, más que comunicar o informar, refuerzan las filias y fobias de sus seguidores.

Y, sin embargo, insisto en que la crisis más dolorosa no es la de los medios de comunicación sino la de los periodistas. Quienes ejercemos este oficio y esta profesión aún estamos dilucidando cuál es o cuál debe ser nuestro papel en la sociedad que está fuertemente influenciada por el descrédito de cualquier autoridad y en la soberbia de sus propias búsquedas y seguridades.

Ha sido muy sencillo culpar a los saltos tecnológicos de esta distancia entre el periodista y su comunidad (audiencia). Los informadores se empeñan mucho en actualizarse en las tecnologías y herramientas de comunicación modernas; pero, por muy modernos que sean los soportes de información, la credibilidad del periodista no se compra con software.

La crisis que debe preocupar a la sociedad no está en los medios, sino en los periodistas y en particular la identidad de los profesionales del oficio periodístico. ¿Quiénes somos y para qué realizamos este servicio? ¿Qué deseamos ser para la sociedad, qué queremos que suceda en nuestras comunidades? ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante el poder (y no sólo ante sus administradores)? El veterano periodista colombiano, Javier Darío Restrepo, lleva años insistiendo en que el periodismo debe volverse “indispensable” a los ojos de la sociedad y no sólo el ruido de fondo cotidiano que generan millones de personas con un dispositivo o herramienta de comunicación.

Pero ¿cómo ser ‘indispensables’ en una sociedad donde los usuarios tienen acceso casi ilimitado a todas las fuentes de información (reales y falsas), en una economía que premia la docilidad de la prensa ante el poder (incluso ante la fantasía de su propio poder) y en una cultura que prefiere radicalizarse en sus certezas (aunque sean erróneas) en lugar de arriesgarse a conocer algo nuevo y a confiar en alguien más?

Esa es la verdadera crisis periodística para la cual no hay respuestas fáciles ni atajos. Hace falta reencontrarnos con nuestra identidad en los márgenes de los siempre desafiantes cambios sociales y culturales. Hoy, ante tantos conflictos en la prensa y en sus profesionales, quizá sea oportuno recordar que el trabajo del periodista no es indispensable porque diga la verdad absoluta sino porque siempre mantiene la sana duda y busca permanentemente el sentido a la realidad; la naturaleza del periodismo no está en su poder sino en su servicio; y su supervivencia no yace en su economía sino en su credibilidad.

@monroyfelipe

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Obispos asumen crisis y plantean prioridades

“Estamos en apuros, pero no desesperanzados”. Con esa confesión central, los obispos de México realizaron su 107ª Asamblea Plenaria en la que reconocieron la grave crisis que la Iglesia católica atraviesa en el mundo contemporáneo y plantearon prioridades de trabajo para encaminarse a los horizontes celebrativos de los 500 años del Acontecimiento Guadalupano (2031) y los dos mil años de la Redención (2033).

En la apertura de los trabajos de la Asamblea, el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Rogelio Cabrera López, hizo hincapié en ese desafío: “Debemos reconocer que, como Iglesia, atravesamos una etapa de crisis y de gran dificultad. No sólo por los escándalos que tanto han afectado nuestra credibilidad y autoridad moral, sino por el cambio de época que estamos viviendo y al que no estamos respondiendo de manera adecuada. No está cambiando algo, sino alguien; está cambiando la persona que vive una profunda crisis antropológica-cultural”. En nombre del episcopado, el arzobispo Cabrera reconoció que algunos grupos sociales como los migrantes, los jóvenes, las mujeres, las minorías y hasta los mismos sacerdotes, “no siempre nos sienten cercanos y sensibles ante sus problemas”; por ello, adelantó que los trabajos del Proyecto Global e Pastoral 2031+2033 se enfocarán en atender tres “emergencias pastorales”: jóvenes, migrantes y sacerdotes.

Miranda, Coppola, Cabera: por más autocrítica y esperanza al interior de la Iglesia

Los jóvenes, porque representan una cuarta parte de la población del país y que, con frecuencia, se encuentran ausentes de la Iglesia; los migrantes, por el creciente fenómeno de caravanas masivas que entran a México y desbordan los servicios humanitarios; y los sacerdotes, porque en el combate de abusos sexuales se suele minar la confianza filial entre clero y obispos, sembrando la idea de que los obispos deben perseguir e imponer, en lugar de dialogar y acompañar.

Sobre esto último, los obispos actualizaron el nombre del Equipo Nacional para la Protección de Menores a Consejo Nacional y, en conformidad con los proyectos de prevención y actuación, los consejeros no impondrán medidas sino que sólo aportarán recomendaciones a obispos que lo requieran.

El Nuncio apostólico en México, Franco Coppola, también coincidió en la autocrítica; y, en su saludo a los obispos reunidos, señaló algunos problemas internos e hizo una fuerte crítica al clericalismo, a las élites, al intelectualismo y a la incensación jerárquica: “Los últimos meses en la vida de la Iglesia han sido sin duda muy intensos. Los desafíos, muchos e impostergables, los hemos querido ver como signos del grito de Dios que nos llama, ante todo a nosotros mismos, a la conversión”.

Ha sido el obispo auxiliar de Monterrey, secretario general de la CEM, Alfonso Miranda, quien ha coordinado los esfuerzos de vinculación entre organizaciones diocesanas y eclesiales con la finalidad de responder a estos desafíos: “Generar espacios de encuentro, diálogo y trabajo con otros actores de la sociedad, para colaborar en la reconstrucción de la dignidad de las personas y el tejido social; dialogar y colaborar con la sociedad civil y con los organismos nacionales e internacionales para construir la paz; apoyar la fundación de centros de Derechos Humanos en las comunidades cristianas, de manera que se fortalezca el Estado de derecho; recibir con caridad, acompañar, defender los derechos e integrar a los migrantes; promover el liderazgo femenino; acompañar a los grupos vulnerables; y crear centros de apoyo para el desarrollo integral de las personas a través de la promoción económica para el trabajo comunitario y solidario”.

 

Miranda,  vincular los esfuerzos de toda la obra social e institucional católica

El tema urgente: migración

A lo largo de la semana, sin embargo, el tema que más ocupó las reflexiones y trabajos de los obispos de México fue el fenómeno migratorio, principalmente en  la frontera sur. Comenzó con una alerta del obispo de Tapachula, Jaime Calderón, el 28 de abril, donde señalaba una grave crisis de autoridad: “No vemos acciones claras de parte del gobierno mexicano para hacer frente y acompañar a las caravanas de migrantes. Permiten la entrada a los grupos extranjeros, los han vigilado, los acompañan en la carretera bajo el inclemente sol y luego los emboscan para llevarlos a la estación migratoria Siglo XXI. No les ofrecen un trato digno y humanitario. Ni siquiera respetan el mismo documento que les dan, donde les permiten el libre tránsito. Algunos migrantes llevan más de dos meses esperando sus papeles… la crisis de autoridad ha hecho que algunos se desesperen y asuman actitudes donde faltan a las leyes mexicanas y al sano respeto y convivencia”.

Calderón: “ambigüedad política afecta migrantes”

El lunes 29, encargados y agentes de la pastoral migratoria se reunieron con el subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración, Alejandro Encinas Rodríguez, a quien se le planteó el drama migratorio y los problemas de abuso y engaño que sufren los extranjeros en el país. Los obispos confirmaron que pseudo agentes del Estado mexicano cobraron mil dólares por visa de tránsito falsa a un grupo de migrantes cubanos; y otro tipo de abusos.

Los obispos exigieron al gobierno federal una política migratoria clara, sin ingenuidad y sin ambigüedad, “porque nos parece que el ofrecimiento de trabajo no es tan real; la gente misma lo evidencia […] se ha hablado de una política de puertas abiertas pero constatamos algo diferente”, reclama el obispo Calderón.

Finalmente, los obispos de México adelantaron que los 500 mil dólares donados por el papa Francisco para la asistencia de los migrantes centroamericanos están en un proceso de asignación a proyectos humanitarios, de acuerdo a necesidades y en cumplimiento con las instituciones hacendarias. Actualmente hay trece proyectos autorizados para que se ejecuten en favor de obras sociales que ayudan a migrantes en su paso por México. Los centros o proyectos que recibirán parte del donativo pontificio son las diócesis de Cuautitlán, Nogales, Mazatlán, Querétaro, San Andrés Tuxtla, Nuevo Laredo, Tijuana y Tapachula. También se apoyarán proyectos de las Hermanas Josefinas, la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; y las religiosas Scalabrinianas. Aunque aún hay otra docena de proyectos en evaluación.

@monroyfelipe

Venezuela, ¿vence la causa?

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Ante todo hay que señalar que la búsqueda de cambio de régimen -en cualquier lugar del mundo y cuantas veces sean necesarias- es una actitud social sumamente respetable, además de profundamente legítima cuando sus protagonistas constatan y sufren la precariedad de la vida, la impotencia ante el abuso de las autoridades y las necesidades insatisfechas de sí mismos y de sus congéneres.
Sin embargo, cualquier lucha política donde la eficacia de los objetivos ensombrezca la virtud de las acciones tendrá el grave problema de responder tarde o temprano el juicio moral de sus actos y, en su caso, la fragilidad histórica de su posible victoria. Y eso es justo lo que sucede en Venezuela.
Desde tiempos inmemoriales se relatan historias de líderes que, al mirar las calles viejas, los edificios pobres y su ciudad cayéndose literalmente a pedazos, piensan que da igual prenderle fuego a todo y comenzar de nuevo. Siempre se juzga a aquellos como dementes, irracionales y despiadados por una razón: porque en ellos vence la causa imprescindible, la cual les exige abandonar a seres humanos, eliminar conciudadanos e, incluso, sacrificar al prójimo anónimo.
La crisis en Venezuela ha llegado a este punto. Las imágenes de venezolanos intentando aniquilar a venezolanos mientras pasan sus tanquetas por encima de sus compatriotas, además de horribles, provocan un terrible desaliento. En el colmo de la indolencia, los líderes de ambos bandos publican sus fotografías en actitud épica frente a las oscuras horas de su nación donde los ciudadanos a los que desean servir yacen bajo la maquinaria de la confrontación.
No pretendo comprender toda la ruta de intereses y descomposición que ha llevado a la crisis social y política del país bolivariano; las confrontaciones internas de los países también responden a deseos de apropiación de bienes, de ejercicio de poder y autoprotección ante amenazas reales o imaginarias. No hay conflicto social donde exclusivamente estén en juego principios y valores (democracia, autonomía, libertad, etcétera); los conceptos y las ideologías son elementos importantes para mantener la tensión aunque, en el fondo no constituyan el verdadero precursor de las detonaciones.
Es por ello que, a lo largo de este triste episodio, hay que señalar que no hay inocentes en los gobiernos extranjeros o los liderazgos internacionales. Más allá del utilitarismo o de las teorías de beneficio que les deja la crisis venezolana; las autoridades de otros pueblos u organismos han fomentado una provocación figurativa que mantiene la hoguera y el cadalso: mientras se empuja a un puñado de venezolanos a la idea del poder o de las nuevas posesiones, se margina al resto (a los neutrales, los pacifistas) de su posibilidad dialogante, creativa o constructora.
El resultado es una profunda impotencia y envida como fermento de la agitación social. Y, como he insistido, es evidente que esos sentimientos se han acrecentado tanto en los simpatizantes del gobierno chavista como en los opositores. Desposeídos e impotentes frente a sus oponentes; los venezolanos convierten la frustración en fidelidad: Fidelidad a una causa, a una ideología o una misión que olvida la humanidad del adversario. Todo acto se vuelve heroico por la causa pero no por el auxilio al prójimo.
Esa es la tragedia del pueblo venezolano, desde dentro y fuera se les ha orillado a anteponer la causa a su semejantes. Es cierto que parece sencillo llamar bestias asesinas e irracionales a quienes son capaces de ver el éxito de su causa en los caídos tras el combate (para unos se aniquiló a los traidores, para otros se evidenció la monstruosidad del poder); pero es mucho más difícil pensar que aquellos no están tan radicalmente ajenos a nuestras propias convicciones. Si algo se puede hacer para favorecer la pacificación de un pueblo es no renunciar a la comprensión de las motivaciones de los propios tanto como de los extraños, a no permitir que una idea nos sustituya la razón que comanda preservar la dignidad y vida de nuestro prójimo, aun de nuestros adversarios.
@monroyfelipe

Laicismo sin superioridad y derechos humanos plenos

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La creciente tasa de incidentes violentos y criminales contra ministros de culto en el país hace imperante un debate sobre reformas profundas al régimen de Asociaciones Religiosas vigente y una reflexión sobre el cuidado de los derechos humanos de estos olvidados líderes comunitarios. Esta es la lectura que hizo la diputada federal, Graciela Zavaleta, en el marco de la presentación del documental “Tragedia y Crisol del Sacerdocio en México”, realizado por el Centro Católico Multimedial en el Palacio Legislativo.
El documental, producido por el sacerdote paulino Omar Sotelo Aguilar, presenta las voces e historias de más de medio centenar de agresiones criminales contra ministros de culto en la última década en el país; y, para la legisladora Zavaleta, es una evidencia de la necesidad de reflexión sobre el cuidado que el Estado provee a los derechos humanos de este colectivo ciudadano.
Un tema muy pocas veces abordado desde la esfera pública nacional debido a lecturas institucionales de laicismo que invisibilizan al colectivo de ministros de culto. Los delitos contra sacerdotes, líderes religiosos y agresiones a templos se han multiplicado exponencialmente (de tres o cuatro casos por sexenio pasamos a más de 25) y, según constata Sotelo Aguilar, la gran mayoría de estos casos quedan en la sombra de la impunidad o peor, en el olvido.
Los realizadores del documental, los políticos o los representantes de la Iglesia en México no olvidan que el país se encuentra en una descomposición social alarmante que provoca miles de muertes violentas prácticamente en todos los estados y a los sectores vulnerables más diversos; pero destacan que el colectivo de ministros de culto prácticamente ha sido omitido de la procuración de sus derechos humanos.
Son interesantes de reflexión las palabras de la legisladora Zavaleta: “[Se trata de] los derechos humanos de un sector social que prácticamente está en las sombras; son pocos los estudios que abonan al conocimiento del estado de vulnerabilidad de este sector social particularmente por el trabajo que desarrollan acompañando comunidades y pueblos cuando la autoridad está ausente y los grupos criminales pretender sustraerse al imperio de la ley que nos hemos dado”.
Para la diputada, los ministros de culto suelen ser “factor de estabilidad en comunidades golpeadas por la violencia” y por ello los atentados contra éstos, desestabilizan la paz: “El homicidio de cualquier ministro de culto toca fatalmente a sus comunidades… no son hechos de efectos aislados, repercuten socialmente”.
La presentación del documental en el palacio legislativo también fue la oportunidad para que, en nombre de la Iglesia católica de México, se hiciera un reconocimiento de que, en la historia de la humanidad, “no siempre fue claro para las diferentes culturas y sociedades que todo miembro de la especie humana es persona y que posee una altísima dignidad, y que ella se desprenden todos los derechos humanos”.
El obispo Alfonso Miranda Guardiola, secretario general del Episcopado Mexicano, admite que la propia Iglesia Católica “ha vivido sus propias conquistas, omisiones y negaciones en referencia a los derechos humanos”; pero que, gracias a muchos testimonios y reflexiones históricas de personajes cristianos, hoy hay un abierto compromiso por la promoción y defensa de los derechos de todas las personas: “Hay un llamado a contribuir con coraje y determinación a respetar los derechos fundamentales de cada persona, especialmente de las personas ‘invisibles’ que viven en los márgenes de la sociedad o son descartados”.
De hecho, en la actualidad operan en el país veinte Centros de Derechos Humanos y más de 2 mil 466 obras sociales patrocinados y operados por la Iglesia católica. Y se planea poner en marcha un plan de Construcción de Paz con el que la Iglesia quiere colaborar al Plan Nacional de Paz y Seguridad del gobierno federal, a través de espacios de encuentro para colaborar en la reconstrucción de la dignidad de las personas, del diálogo con la sociedad civil, del fortalecimiento de centros de derechos humanos, la asistencia a personas vulnerables, la promoción del liderazgo femenino y el fomento al desarrollo integral de las comunidades.
Es un trabajo que ya ha comenzado el arzobispo de Morelia, vicepresidente de la CEM y responsable de coordinar los trabajos desde la Iglesia para la pacificación en México, Carlos Garfias Merlos: “Implementar el Proyecto Integral para la Construcción de Paz es sumarse a los esfuerzos del Plan Nacional presentado por el presidente López Obrador… la realización es a través de tres líneas de acción: Atención y acompañamiento a víctimas de la violencia; capacitación, prevención y dignificación de la persona; y la vinculación interinstitucional para mayor impacto social”.
Pero, todos estos proyectos podrían estar aún más vulnerables si las instituciones civiles no participan bajo principios de laicidad positiva y respeto a los derechos humanos de los propios ministros de culto: “Estaríamos en una situación grave de discriminación teniendo a ciudadanos de segunda”, como señala la diputada Zavaleta.
“Se trata exclusivamente de la defensa y promoción de los derechos humanos: Hoy los ministros de culto se convierten en blanco de la violencia por ser incómodos estabilizadores de comunidades y procuradores de la paz”, explica la legisladora y urge a revisar la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público promulgada en 1992 y desfasada tras las reformas constitucionales del 2011 con la garantía de la libertad de religión y la declaratoria del Estado laico.
De este modo, el documental del Centro Católico Multimedial sobre la violencia contra ministros de culto en México aporta dos reflexiones necesarias en la inflexión histórica de la Cuarta Transformación de la vida pública del país: una laicidad moderna y positiva que garantice los derechos humanos de un colectivo social cuyo compromiso es contrubuir a la pacificación de los pueblos. “La violencia en México es una batalla enorme y fuerte; pero no es un reto indabatible. Sólo si el enemigo nos encuentra divididos, caeremos uno a uno”, sintetiza el sacerdote Sotelo Aguilar.
El arte y el periodismo pueden y quizá deban provocar reflexiones sobre nuestra realidad y contexto; en ello radica el potencial del documental sobre crímenes contra ministros de culto: ofrece lecturas sobre lo que se ha dejado de trabajar en conjunto con las Asociaciones Religiosas en materia de construcción de paz debido a extremismos antirreligiosos y también visibiliza las graves omisiones cometidas desde las instituciones sobre los crímenes contra líderes religiosos y comunitarios.

Se trata, por tanto, de reflexionar en la construcción de un Estado en el que se superen las visiones políticas o moralizantes del laicismo o de la laicidad. Se requiere un Estado que viva la laicidad sin la superioridad moral de una confesión religiosa o de un humanismo sin religión; un Estado en el que los derechos humanos fundamentales sean garantizados para todos sus ciudadanos, sus habitantes, migrantes y refugiados. La justicia y la alteridad que pueden recomponer el tejido social y el funcionamiento de las instituciones.

Por último hay que señalar un último logro de este documental. Es la primera vez que en el recinto legislativo federal convergen constructores de leyes, sociedad civil, líderes religiosos y representantes de los tres niveles de gobierno que estarían involucrados en las reformas necesarias para lograr una participación colectiva, ciudadana y plural contra las violencias.
Al evento asistieron representantes de la Secretaría de Gobernación: el director de Asociaciones Religiosas, Héctor Miranda Anzá; el director de Diseño de Construcción de Paz, Fernando Villalovs; y el director de Ministros de Culto, Jorge Basaldúa. Por parte de la Mesa Directiva de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el vicepresidente y arzobispo de Morelia, Carlos Garfias; y el secretario general, obispo Alfonso Miranda. También estuvieron presentes los representantes estatales de Morelos y Veracruz de las unidades de Asuntos Religiosos: Luis Héctor Herrera y Sergio Ulises Montes, respectivamente.

 

@monroyfelipe

Insumisos frente a la violencia

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A estas alturas es claro que el cambio de régimen en México no contagió de buenismo cívico a los antisociales del país. Además del crimen organizado, la violencia en lo que va del año parece indomable y muy poco parece prometer la Guardia Nacional con los malabares entre los derechos humanos y su cuestionado mando militar. En el fondo, se están agotando las estrategias desde la fuerza pública, hay que comenzar a pensar en acciones desde otros valores sociales y culturales.

Este mes inició con un tenebroso panorama sobre el tamaño de la violencia. No sólo por los 81 asesinatos del primer fin de semana de abril o el promedio aproximado 157 mil delitos comunes por mes que registra el Sistema Nacional de Seguridad Pública; también los efectos económicos ponen en alerta a la administración pública. El Instituto para la Economía y la Paz, por ejemplo, aseguró que el costo de la violencia en México es de 5.16 billones de pesos, es decir: 24% del Producto Interno Bruto Nacional. Un capital que seguro es muy doloroso perder para un régimen que busca remediar los desequilibrios económicos de sus gobernados mediante subsidios universales.

Es muy difícil pensar las acciones policiales o militares puedan revertir esta tendencia en el corto plazo; que el escenario pueda dar un giro suficientemente positivo. Y, sin embargo, la actitud social frente a este panorama sí es importante en el proceso.

El filósofo Tzvetan Todorov en ‘Insumisos’ plantea la idea de que, a pesar de que la moral y la política se encuentran en las antípodas por su naturaleza y fines, en ocasiones las cualidades morales pueden convertirse en un arma política. Incluso más poderosas que las balas o la cárcel. Las cualidades morales -apuntaría Andrea Riccardi, fundador de la comunidad Sant’Egidio- pueden ser esa fuerza débil que no tiene armas ni recursos pero que es real y, a su modo, poderosa.

El miedo, el victimismo y la autopreservación, por ejemplo, generan más violencia; y, por el contrario, la sana indignación, la compasión y el heroísmo humanitario remedian tensiones, proveen espacios de paz.

Sin embargo, esas actitudes morales no suelen tener espacio en nuestro consumo cotidiano de noticias, de cultura o de diálogo social. No solemos conocerlas y, si no las vemos, es difícil que las aprendamos o las reproduzcamos. Pero, como apuntó el teórico arquitectónico Steven Holl: “Incluso la luz que no se ve con los ojos, se puede sentir”. Hay pequeñas rendijas de luz que iluminan el escenario social de México: a veces en colectivos humanitarios de acciones concretas a favor de los derechos humanos, migrantes o poblaciones vulnerables; a veces en forma de espacios de formación, auxilio, escucha u orientación comunitarios.

Cientos de organizaciones operan diferentes dimensiones de acción política y lo hacen desde sus principios y cualidades morales. En este año, la Conferencia del Episcopado Mexicano -por ejemplo- puso en línea un mapa interactivo con los centros de acción humanitaria que la Iglesia católica ofrece en el país en forma de comedores, centros de escucha, orfanatos, geriátricos, dispensarios médicos, albergues para pacientes con VIH, etcétera; aún no compila toda la información, pero cada punto en ese mapa es una oportunidad para que la luz sea sensible. No es la única institución, cientos de asociaciones religiosas, grupos cívicos, organizaciones no gubernamentales, centros académicos y hasta colectivos vecinales hacen algo en la medida de sus capacidades.

No se malinterprete: frente al crimen organizado, el narcotráfico y la delincuencia siempre será importante la acción directa de la ley y de disuasores de las actitudes antisociales; pero el verdadero cambio, la ruptura de modelo violento pasa invariablemente por la sensibilidad ante estas obras sociales. Obras que, incluso si no las vemos, podemos conmovernos por todo el bien que hacen sin esperar un solo voto o punto de aprobación social.

@monroyfelipe

Humillarse ante el humilde

La actitud del papa Francisco al retirar repetidamente la mano a los fieles del santuario de Loreto que intentaban besar el llamado “anillo del pescador” provocó un sinfín de reacciones entre los creyentes y los analistas de gestos pontificales. Es cierto que el pontífice argentino ha desmontado una infinidad de prácticas pseudoprotocolares que aceraron la corte vaticana; pero en el camino se ha ganado también no pocas críticas.
En general, varios sectores sociales -principalmente motivados por los medios de comunicación- han mostrado una gran aceptación a la actitud del pontífice al rechazar todo aquello que tenga filones palatinos o suntuosos. Incluso se ha interpretado como una vuelta orgánica a la cristiandad más ancestral: más horizontal que jerárquica, más servidora que ritualista, más compasiva que reglamentaria. Y, aunque exista todavía una distancia inmensa, todos los pontífices del siglo XX y XXI han dejado detrás algunos excesos del boato.
Francisco, por ejemplo, ha dejado atrás las zapatillas carmines, el anillo y pectoral de oro, la estola bordada y la muceta de terciopelo; pero sus predecesores ya habían dejado en desuso la silla gestatoria, el fanón, el camauro, el sombrero de teja y, notablemente, la tiara pontificia.
Y, sin embargo, hay algo raro en el video que se convirtió en noticia internacional donde Jorge Bergoglio retira con cierta dureza su mano mientras sonríe y hace pasar rápido a unos fieles y miembros del Santuario della Santa Casa di Loreto frente a un también inmutablemente feliz arzobispo. Es cierto que Francisco de manera reiterada ha evitado algunas formas exageradas del tradicional “besamanos” pero no se puede dejar de sentir compasión por esos fieles que pasan por ese errático y trastabillante saludo y que son despedidos por una sutil palmada en el codo para desalojar la fila.
No se puede ser tan severos con los fieles que buscaban el ‘baciamano’ pontifical. Aún hoy en varias delegaciones diplomáticas se explica que, como parte del ceremonial y protocolo, los católicos están obligados a besar el anillo papal en el saludo al pontífice. Hay también reglas para el color de la indumentaria de las esposas de los mandatarios, los hábitos de los clérigos y hasta para el conteo de segundos con los que puede pasar el pontífice tras un saludo. Así que no se puede juzgar a los fieles por inclinarse o arrodillarse ante el Sumo Pontífice.
La gente sencilla suele ser espontánea. Suele también seguir las exageraciones de los de adelante o de los ‘enterados’. Pero antes de despacharlos con rudeza, es preferible aprovechar la oportunidad para que mutuamente se pueda aprender una lección.
En mi experiencia con la Iglesia mexicana ha sido muy común ver que los obispos acepan (y hasta soporten) los gestos más inverosímiles de su grey, incluso los que les incomodan o les causan no pocos problemas. Por ejemplo, en una ocasión, cierto prelado respondió con honestidad a la pregunta de un feligrés sobre su platillo favorito. La respuesta corrió como pólvora y, todavía años más tarde de ese episodio, el obispo no puede acudir a una celebración popular donde no le sirvan ese plato, que la fuerza de repetición ha convertido casi en una tortura. Él, sin embargo, siempre agradece el gesto de la gente.
Otra anécdota con comida sucedió a un cardenal. Como primer platillo se sirvió una sopa fría de tal sazón que algunos comensales devolvieron en sus servilletas el primer sorbo que dieron. El cardenal, sin embargo, terminó sus alimentos sin hacer un gesto; al finalizar el banquete se levantó, agradeció la comida, saludó a los cocineros y en el rostro de estos últimos se veía la simple alegría.
A veces, la gente entiende. Quizá el ceremoniero debió recordar a los fieles que el Papa se siente incómodo con el besamanos y nos ahorrábamos las imágenes tan raras. Pero, a veces, la gente no entiende y entonces hay que mostrar mucha compasión con quienes desde su humildad caen en exageraciones. Y entonces es preciso humillarse ante la simpleza del humilde. Lo dijo el propio Francisco en enero del 2018: “Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde. Esta es la regla de oro: No hay verdadera humildad sin humillación”.
Y, por cierto, a propósito de affaires internacionales: pedir perdón y saber perdonar son inmensos gestos del alma, son liberadores por su generosidad y magnánimos por su humildad.
@monroyfelipe