Educación

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

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Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

Milenial, el cambio de paradigma

jovenesvoluntariosBien se dice que la historia no es sólo el devenir de acontecimientos sino el espacio para comprender la verdad compartiendo la realidad. Y entre los hechos más incontrovertibles de nuestra época está el cambio de paradigma generacional. Las generaciones nacidas después de la gran revolución digital asisten a los acontecimientos de la realidad con otra mirada y con otras herramientas; conviven y comparten este tramo de la civilización junto a otras generaciones cuyo contexto de aprendizaje y de conveniencias sociales es diferente en la forma pero no el fondo, donde yace la naturaleza humana más rica y fecunda.

A veces pareciera que la etiqueta “milenial” representa un nuevo código genético con el que la juventud se conecta al mundo y a su realidad. Revestidos de nuevos lenguajes, comunicaciones, tecnologías, anhelos, búsquedas y sentimientos, los jóvenes del siglo XXI parecen no tener nada en común con quienes fueron jóvenes en el siglo XX. Pero quizá no haya tanta distancia como la publicidad y los gurúes de la sociedad tecnificada quieren hacer creer. Todas las generaciones –con las limitaciones propias de su historia y tiempo-, comparten al menos el ímpetu por conseguir un mundo más justo y sostenible del que los mayores les están dejando, donde su voz y su pensar se traduzcan en realidades trascendentales, en alegría, motivación y –si se permite el oxímoron- en ruptura constructiva.

Hace apenas un lustro, el acercamiento hacia la generación milenial se estudiaba desde las generaciones precedentes: ¿Cómo entenderlos? ¿Cómo dialogar con ellos? ¿Cómo hacerlos partícipes de las búsquedas de sus padres y abuelos? ¿Cómo adaptarnos al mundo que la nueva generación impone? El educador español, José María Bautista,  por ejemplo, exponía a maestros y padres de familia que al joven de la generación milenial se le tenía que hablar en menos de tres minutos, que no se les expusieran los conceptos sino que les anima a investigarlos, que se les debía atender con mente abierta y alerta, que no había que dejarlos sentarse ni aislarse, que plantearan la realidad como un hipertexto, multidimensional, correlacional, interconectada.

Es decir: la tradicional preocupación de adaptación para lograr conectar –sin prisa pero sin pausas- con la generación que habrá de remplazarles. Sin embargo, la imperante realidad nos indica que los milenials son ya la mitad de la Población Económicamente Activa en México (aunque con varios problemas en el escenario) y que el remplazo demográfico, cultural y económico de la generación precedente es más veloz de lo que imaginábamos: los procesos educativos intergeneracionales deben ser inmediatos. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo en México 2017, apunta que los milenials en el país suman 37.65 millones de habitantes pero que la generación zeta les rebasa en un millón de personas. Esto es, la mirada que compara la generación milenial con ‘los jóvenes’ podría no ser tan acertada en estos momentos. Los milenials son ya jóvenes adultos que tienen en sus manos la posibilidad de consolidar los cambios esperados para su generación y las que les sucedan; pero también, deben lidiar con no pocos conflictos que su generación les exige.

En la misma Encuesta, se evidencia que la generación milenial tiene un mayor umbral educativo que el de sus padres, que su natural búsqueda de satisfactores les ha orillado a abandonar pueblos o ciudades pequeñas, que más de la mitad de ellos vive en pareja (pero sólo el 30% bajo la figura matrimonial tradicional); esto les motiva a incorporarse al mercado laboral y aunque representan ya la mitad de la población económicamente activa, todo parece indicar que no alcanzarán más que eso: la generación x sigue laborando aún en edades muy tardías y la generación z se integra en el mercado a muy corta edad. El desempleo en la generación milenial es fermento de varios conflictos sociales.

Una generación con la mirada puesta en todos los horizontes posibles gracias a la tecnología, con los anhelos de todos los satisfactores que se muestran en las redes sociales y los contenidos de internet, puede perder la paciencia rápidamente si no encuentra salida real a sus demandas. La indignación de esta generación no viene por el miedo a la extinción (como lo pensaron las generaciones de la postguerra y la guerra fía) o por el vacío e intrascendencia (como en la generación x) sino por la abrumadora realidad que no todo puede ser para todos a pesar de que políticamente parezca esa la única opción. Para esta generación la respuesta ya no la esperan de la autoridad o de las instituciones, sino de las redes de acción, de la comunidad sementada (ni siquiera la colectividad). Y, aunque a las generaciones precedentes les parezca que esta generación se aleja de lo que con tanto esfuerzo hubieron ellos construido, hay que recordarles lo que apuntó el filósofo Emmanuel Mounier: “Los hombres no se distinguirán por la postura que tomen ante el tema de Dios, sino por la que tomen ante los condenados de la tierra”.

Por estas y muchas otras razones que seguramente no alcanzamos a ver aún, es que la mirada hacia el futuro puede estar llena de esperanza, porque las riquezas de la civilización pre-digital y las expectativas de la generación post-digital poseen valores de humanidad. Porque el presente –en constante construcción- requiere de hombres y mujeres que se conduzcan siempre en crecimiento de su persona y del espacio que habitan. A pesar de la tecnificación de la vida y de la aparente despersonalización de las relaciones, la persona humana siempre será el medio, sujeto y fin de toda la cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Es muy positiva –y ecuánime- esta definición que los obispos de México dieron al ser humano en su particular tiempo y su  circunstancia: “El hombre es un ser complejo de eminente dignidad; espíritu encarnado que con inteligencia y libertad participa en la construcción del mundo. Que por su individualidad es idéntico a sí mismo y diferente a los demás; por su sociabilidad se encuentra vinculado esencialmente a la comunidad, al cosmos y, por supuesto, a Dios. Su bien personal y el bien de la comunidad [aunque sea digital] son sus objetivos. Recibe influencias exteriores e interiores que lo condicionan, pero no lo determinan. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar” (cfr. 101, Conmemorar nuestra historia… CEM. 2010)

Quizá el milenial haya impreso un cambio de paradigma en el lenguaje, el sentimiento y en la comprensión de la realidad pero no en la naturaleza humana: la utopía, la cooperación y la empatía siguen impresos en el alma humana; pero para ellos la utopía se ha hecho multidimensional, la cooperación, inasible, y la empatía, global. Como se ve, el horizonte de la generación milenial se ha ensanchado y, con él también las miradas y los brazos.

@monroyfelipe

*Publicado en El Observador 12 de agosto 2018

Bullying: tapar el pozo y quedarse sin agua

Holding the kid handLas agresiones entre estudiantes en escuelas y colegios en México ya han cobrado víctimas mortales; el fenómeno denominado bullying parece crecer tanto en crueldad como en frecuencia y, frente al espanto, también aumenta la indignación, la cacería de culpables y la exigencia de más controles institucionales.

El nivel dramático de esta situación ha orillado a las instancias de educación pública a establecer medidas de control e intervención en las aulas y espacios educativos, a endurecer la ley, a incrementar la vigilancia y a certificar la ejecución de los protocolos previstos por nuevos reglamentos emergentes. Es lo que llamaríamos ‘tapar el pozo’ y parece correcto, al menos por lo pronto, pero la expresión intuye situaciones difíciles comúnmente obviadas.

Tapar el pozo es la reacción radical, lógica y busca ser proporcionalmente inversa al daño original pero es claro que nada puede remediar. Cuando se tapa el pozo se pretende evitar probabilísticamente daños posteriores terribles pero, mientras tanto (y hasta que la razón que llevó a su clausura se olvide), el pueblo debe aguantar la sed. Al ocurrir esto, es frecuente que el rencor crezca, que surjan nuevas avaricias y que la desconfianza tome asiento entre la gente.

Comienzan las expresiones: “No ha sido culpa mía, ni de los míos, ¿por qué deberíamos padecer estas medidas si han sido otros los culpables?” o “No sé los demás, no me importan; pero con nuestros recursos podemos sobrellevar esta situación con comodidad”; y finalmente: “No creo que la medida lleve a ningún lado, los malhechores no tienen remedio, más que soportar privaciones todos, habría que castigar a los culpables”.

Esto está pasando con el bullying en México: salvaguardándonos de la autocrítica, señalamos a todos los que creemos responsables: al Estado, a la televisión, las películas, la indisciplina, la familia, el consumismo, los horarios de trabajo, los salarios y un largo etcétera. Pero dice el proverbio inglés que cuando apuntamos con el dedo, otros tres nos señalan de vuelta. En este, como en muchos casos, todos debemos pagar nuestra cuota de sudor y de vergüenza para avanzar en la construcción de una cultura menos violenta y más corresponsable.

Tapar el pozo es el voto unánime de legisladores locales al crear ‘leyes antibullying’, es endurecer las penas del código para agresores, practicar el escarmiento público a infractores, es implementar métodos de centros de readaptación social en los colegios y las escuelas, es hacer campañas sensibileras que escandalicen a las ‘buenas conciencias’. Nada de esto tendrá resultados fecundos, no habrá frutos porque no habrá con qué regar la siembra.

Para continuar con la alegoría, opino que hay que mirar al pozo, reconocernos en el reflejo oscuro de su fondo, dolernos por los que allí han caído y construir cultura trascendente a partir de nuestro honesto arrepentimiento. Mirar el pozo es no olvidarlo, es buscar la transformación desde el contacto con la realidad y su esencia, es imaginar alternativas desde el centro de nuestra desgracia y compartir en perspectiva y esperanza, conciencia de nuestro pasado y expectativa de nuestro futuro.

Por desgracia en medio del fenómeno del bullying, aún nada hay como respuesta al drama personal de las víctimas o de los victimarios, de sus familiares y de quienes son testigos cotidianos de la agresión y la vulnerabilidad a la que están expuestos. Son solo pocas las voces que dan esperanza y trazan rutas de trabajo en el horizonte emocional de niños y jóvenes, de padres y maestros, y que desean abrazar a una sociedad que vive constantemente bajo el asedio de la violencia, la superioridad y el desprecio por el prójimo. Quizá solo así, tanto autoridades como las familias puedan encontrar salidas humanitarias a la crisis social que nos agobia.

Para no academizar el testimonio

JORDAN2014 099El mundo de la antigua Grecia suele tener las palabras precisas para conceptualizar todo un horizonte. Sucede así con la palabra academia que refiere en primera instancia a esa especie de escuela de educación superior fundada por Platón en los jardines dedicados al héroe Academo en la ciudad de Atenas.

Sin embargo, la palabra tiene un significado más profundo: en el estricto sentido alude a “aquello lejano del pueblo” (por estar dicha escuela a las afueras de la ciudad) pero también refiere a la respuesta que da Academo a Cástor y Pólux cuando llegan a Atenas (la ciudad de la prudencia y la sabiduría) buscando a su hermana Helena (aquella que brilla como antorcha, que resplandece) quien había sido raptada por Teseo. Academo dice: “aquí no está, está lejos del pueblo”, lo que era cierto.

La academia tiene su complejo origen en estos dos supuestos: ser una voz certera e inspirada por la verdad y, al mismo tiempo, llevar el sino de la lejanía, de distancia aparentemente insalvable entre su naturaleza y la satisfacción del encuentro requerido. Y aunque la academia es la idea de mayor trascendencia en el desarrollo del pensamiento en las civilizaciones suele tener un espejismo hipnótico: teorizarlo todo.

El novelista español Juan Marsé relata que cierta vez una joven estudiante le hacía una entrevista sobre su trabajo literario pues desarrollaba una extensa tesis de grado. Al notar que las respuestas del premio Cervantes no satisfacían sus altas inquietudes ni hipótesis políticas, filológicas, gramaticales o culturales, la joven parecía decepcionada. La chica le había preguntado, por ejemplo, cómo se le había ocurrido desnudar a la burguesía catalana a través de su novela Pijoaparte y Marsé, sorprendido, respondió que no se le ocurrió nada de eso, tan solo quería encandilar a cierta amiga destinataria de la novela.

El escritor se cuestionó entonces: “¿Quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole solo la obligación de aprender?” A Marsé le quedaba claro que el ‘eruditismo’ había hecho imposible la acción misma de leer, de leer como acto personalísimo, libre, auténtico, espontáneo, abierto a la belleza y a la sorpresa: “parece que hay que saber demasiadas cosas, hay que amueblar la mente de bidets teóricos, hay que ser experto en demasiadas chorradas”.

Algo de esto me ha resonado cuando leí las palabras del papa Francisco que la Radio Vaticana destacó de su homilía desde la Casa Santa Marta: “La Iglesia no es una universidad  de la religión… nosotros no somos una ‘religión’ de ideas, de pura teología… somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio”.

En ambos casos no se debe menospreciar los grandes esfuerzos del pensamiento, de construcción teórica o de la indómita inquietud por conocer y comprender al mundo que el ser humano siente incontrovertible y que utiliza para descubrir y desarrollar la técnica y la ciencia que hace más amplio el horizonte de su realidad y de su progreso.

Sin embargo, andarse por las ramas debatiendo minucias técnicas o perderse en la maraña argumentando doctos conceptos en ocasiones implica cierta falta de compromiso para mirar al hombre, para encontrase con él verdaderamente en sus raíces dignificando la plena libertad de su existencia.

Los deseos de alegría, esperanza y misericordia que se han colado hasta en las fibras del mundo contemporáneo, incluso a través de los heraldos de la posmodernidad, podrían llevar las maletas vacías sin la experiencia de servicio, de encuentro o de ternura.

El tesoro del testimonio radica en su siempre renovada capacidad de asombro, en la oportunidad de buscar en el otro el sentido de la vida propia, en el libre ejercicio de la expresión creativa, en la imaginación penetrante, en la audacia de permanecer junto a un misterio que jamás es etéreo, sino que traspasa al hombre y se hace carne en el prójimo.

Parafraseando a Marsé habría que preguntarnos quién o quiénes nos han quitado el deseo de encontrarnos con nuestro prójimo hoy en día, de compadecernos ante su sufrimiento o de gozar junto a sus alegrías; quién o quiénes nos han arrebatado la libertad de abrazar sin prejuicios, sin rigorismos legales, sin mirar sobre nuestros hombros esperando aprobación; quién o quiénes nos han hecho ciegos selectivos de la dignidad de todo hombre y toda mujer regateando credenciales, membresías, títulos u obsesivas distinciones.

Futuro de la educación católica en México

DSC_0255Cuando el episcopado mexicano presentó su documento Educar para una Nueva Sociedad, la doctora María Luisa Aspe Armella, presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), advertía que en el tema específico de la educación católica en México se requería, además de un diagnóstico preciso y complejo, la formulación de “estrategias para la formación de formadores y de maestros católicos en formación permanente con el mundo secular y el de las culturas, que participen activamente en las iniciativas de la sociedad civil”.

Para acompañar este reto de los centros docentes, la editorial SM realizó el Tercer Foro Nacional de Reflexión sobre la Escuela Católica con el fin de plantear desafíos y rumbos de la educación católica en México.

La temática en general giró en torno a la participación y la corresponsabilidad de religiosos y laicos en la misión compartida de educar en el contexto nacional y global actual. Superiores y directivos de colegios en el país tuvieron oportunidad de compartir experiencias y enfoques teóricos-prácticos de su tarea magisterial.

En materia pedagógica, los retos que señalan los obispos mexicanos como prioritarios para un desarrollo social y cultural en México son: mejorar en equidad la calidad y la cobertura educativa, revertir los bajos índices de aprendizaje, responder ante la deserción escolar y promover una educación significativa y atractiva para el alumno y para su contexto específico.

A dichos retos, la escuela católica ha dado un paso al frente. El objetivo es certificar lo que se espera de ella: “formar con mayor libertad a sus alumnos a través de una adecuada educación profesional y mayor conciencia social efectiva; no basta la ‘excelencia académica’, México necesita hombres y mujeres capaces de asumir –como responsabilidad propia- las necesidades de los demás, en especial, de los más pobres y marginados”. Para el religioso marista Alexandro Aldape Barrios, presidente de la Confederación de Escuelas Particulares de México, es importante que en los colegios haya una formación humanista, que debe partir de los maestros, basada en valores universales como el respeto, la libertad, la justicia, la honestidad y la equidad.

En nuestra edición impresa de Vida Nueva México publicamos una reseña de lo trabajado durante este Tercer Foro Nacional: las nuevas fronteras y desafíos pedagógicos planteados por Mons. Alberto Agustín Bustamante, consejero superior de educación católica de la región Cono Sur; y la voz de las congregaciones religiosas femeninas con misión docente en México, representada por Georgina Zubiría, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. En concreto, hay avances y aún hay retos en la respuesta al desafío de una ‘educación con valores’ lanzado por los obispos: que los valores sean reconocidos e interiorizados al grado que se conviertan en ideales que orienten la vida.