Educación

Bullying: tapar el pozo y quedarse sin agua

Holding the kid handLas agresiones entre estudiantes en escuelas y colegios en México ya han cobrado víctimas mortales; el fenómeno denominado bullying parece crecer tanto en crueldad como en frecuencia y, frente al espanto, también aumenta la indignación, la cacería de culpables y la exigencia de más controles institucionales.

El nivel dramático de esta situación ha orillado a las instancias de educación pública a establecer medidas de control e intervención en las aulas y espacios educativos, a endurecer la ley, a incrementar la vigilancia y a certificar la ejecución de los protocolos previstos por nuevos reglamentos emergentes. Es lo que llamaríamos ‘tapar el pozo’ y parece correcto, al menos por lo pronto, pero la expresión intuye situaciones difíciles comúnmente obviadas.

Tapar el pozo es la reacción radical, lógica y busca ser proporcionalmente inversa al daño original pero es claro que nada puede remediar. Cuando se tapa el pozo se pretende evitar probabilísticamente daños posteriores terribles pero, mientras tanto (y hasta que la razón que llevó a su clausura se olvide), el pueblo debe aguantar la sed. Al ocurrir esto, es frecuente que el rencor crezca, que surjan nuevas avaricias y que la desconfianza tome asiento entre la gente.

Comienzan las expresiones: “No ha sido culpa mía, ni de los míos, ¿por qué deberíamos padecer estas medidas si han sido otros los culpables?” o “No sé los demás, no me importan; pero con nuestros recursos podemos sobrellevar esta situación con comodidad”; y finalmente: “No creo que la medida lleve a ningún lado, los malhechores no tienen remedio, más que soportar privaciones todos, habría que castigar a los culpables”.

Esto está pasando con el bullying en México: salvaguardándonos de la autocrítica, señalamos a todos los que creemos responsables: al Estado, a la televisión, las películas, la indisciplina, la familia, el consumismo, los horarios de trabajo, los salarios y un largo etcétera. Pero dice el proverbio inglés que cuando apuntamos con el dedo, otros tres nos señalan de vuelta. En este, como en muchos casos, todos debemos pagar nuestra cuota de sudor y de vergüenza para avanzar en la construcción de una cultura menos violenta y más corresponsable.

Tapar el pozo es el voto unánime de legisladores locales al crear ‘leyes antibullying’, es endurecer las penas del código para agresores, practicar el escarmiento público a infractores, es implementar métodos de centros de readaptación social en los colegios y las escuelas, es hacer campañas sensibileras que escandalicen a las ‘buenas conciencias’. Nada de esto tendrá resultados fecundos, no habrá frutos porque no habrá con qué regar la siembra.

Para continuar con la alegoría, opino que hay que mirar al pozo, reconocernos en el reflejo oscuro de su fondo, dolernos por los que allí han caído y construir cultura trascendente a partir de nuestro honesto arrepentimiento. Mirar el pozo es no olvidarlo, es buscar la transformación desde el contacto con la realidad y su esencia, es imaginar alternativas desde el centro de nuestra desgracia y compartir en perspectiva y esperanza, conciencia de nuestro pasado y expectativa de nuestro futuro.

Por desgracia en medio del fenómeno del bullying, aún nada hay como respuesta al drama personal de las víctimas o de los victimarios, de sus familiares y de quienes son testigos cotidianos de la agresión y la vulnerabilidad a la que están expuestos. Son solo pocas las voces que dan esperanza y trazan rutas de trabajo en el horizonte emocional de niños y jóvenes, de padres y maestros, y que desean abrazar a una sociedad que vive constantemente bajo el asedio de la violencia, la superioridad y el desprecio por el prójimo. Quizá solo así, tanto autoridades como las familias puedan encontrar salidas humanitarias a la crisis social que nos agobia.

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Para no academizar el testimonio

JORDAN2014 099El mundo de la antigua Grecia suele tener las palabras precisas para conceptualizar todo un horizonte. Sucede así con la palabra academia que refiere en primera instancia a esa especie de escuela de educación superior fundada por Platón en los jardines dedicados al héroe Academo en la ciudad de Atenas.

Sin embargo, la palabra tiene un significado más profundo: en el estricto sentido alude a “aquello lejano del pueblo” (por estar dicha escuela a las afueras de la ciudad) pero también refiere a la respuesta que da Academo a Cástor y Pólux cuando llegan a Atenas (la ciudad de la prudencia y la sabiduría) buscando a su hermana Helena (aquella que brilla como antorcha, que resplandece) quien había sido raptada por Teseo. Academo dice: “aquí no está, está lejos del pueblo”, lo que era cierto.

La academia tiene su complejo origen en estos dos supuestos: ser una voz certera e inspirada por la verdad y, al mismo tiempo, llevar el sino de la lejanía, de distancia aparentemente insalvable entre su naturaleza y la satisfacción del encuentro requerido. Y aunque la academia es la idea de mayor trascendencia en el desarrollo del pensamiento en las civilizaciones suele tener un espejismo hipnótico: teorizarlo todo.

El novelista español Juan Marsé relata que cierta vez una joven estudiante le hacía una entrevista sobre su trabajo literario pues desarrollaba una extensa tesis de grado. Al notar que las respuestas del premio Cervantes no satisfacían sus altas inquietudes ni hipótesis políticas, filológicas, gramaticales o culturales, la joven parecía decepcionada. La chica le había preguntado, por ejemplo, cómo se le había ocurrido desnudar a la burguesía catalana a través de su novela Pijoaparte y Marsé, sorprendido, respondió que no se le ocurrió nada de eso, tan solo quería encandilar a cierta amiga destinataria de la novela.

El escritor se cuestionó entonces: “¿Quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole solo la obligación de aprender?” A Marsé le quedaba claro que el ‘eruditismo’ había hecho imposible la acción misma de leer, de leer como acto personalísimo, libre, auténtico, espontáneo, abierto a la belleza y a la sorpresa: “parece que hay que saber demasiadas cosas, hay que amueblar la mente de bidets teóricos, hay que ser experto en demasiadas chorradas”.

Algo de esto me ha resonado cuando leí las palabras del papa Francisco que la Radio Vaticana destacó de su homilía desde la Casa Santa Marta: “La Iglesia no es una universidad  de la religión… nosotros no somos una ‘religión’ de ideas, de pura teología… somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio”.

En ambos casos no se debe menospreciar los grandes esfuerzos del pensamiento, de construcción teórica o de la indómita inquietud por conocer y comprender al mundo que el ser humano siente incontrovertible y que utiliza para descubrir y desarrollar la técnica y la ciencia que hace más amplio el horizonte de su realidad y de su progreso.

Sin embargo, andarse por las ramas debatiendo minucias técnicas o perderse en la maraña argumentando doctos conceptos en ocasiones implica cierta falta de compromiso para mirar al hombre, para encontrase con él verdaderamente en sus raíces dignificando la plena libertad de su existencia.

Los deseos de alegría, esperanza y misericordia que se han colado hasta en las fibras del mundo contemporáneo, incluso a través de los heraldos de la posmodernidad, podrían llevar las maletas vacías sin la experiencia de servicio, de encuentro o de ternura.

El tesoro del testimonio radica en su siempre renovada capacidad de asombro, en la oportunidad de buscar en el otro el sentido de la vida propia, en el libre ejercicio de la expresión creativa, en la imaginación penetrante, en la audacia de permanecer junto a un misterio que jamás es etéreo, sino que traspasa al hombre y se hace carne en el prójimo.

Parafraseando a Marsé habría que preguntarnos quién o quiénes nos han quitado el deseo de encontrarnos con nuestro prójimo hoy en día, de compadecernos ante su sufrimiento o de gozar junto a sus alegrías; quién o quiénes nos han arrebatado la libertad de abrazar sin prejuicios, sin rigorismos legales, sin mirar sobre nuestros hombros esperando aprobación; quién o quiénes nos han hecho ciegos selectivos de la dignidad de todo hombre y toda mujer regateando credenciales, membresías, títulos u obsesivas distinciones.

Futuro de la educación católica en México

DSC_0255Cuando el episcopado mexicano presentó su documento Educar para una Nueva Sociedad, la doctora María Luisa Aspe Armella, presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), advertía que en el tema específico de la educación católica en México se requería, además de un diagnóstico preciso y complejo, la formulación de “estrategias para la formación de formadores y de maestros católicos en formación permanente con el mundo secular y el de las culturas, que participen activamente en las iniciativas de la sociedad civil”.

Para acompañar este reto de los centros docentes, la editorial SM realizó el Tercer Foro Nacional de Reflexión sobre la Escuela Católica con el fin de plantear desafíos y rumbos de la educación católica en México.

La temática en general giró en torno a la participación y la corresponsabilidad de religiosos y laicos en la misión compartida de educar en el contexto nacional y global actual. Superiores y directivos de colegios en el país tuvieron oportunidad de compartir experiencias y enfoques teóricos-prácticos de su tarea magisterial.

En materia pedagógica, los retos que señalan los obispos mexicanos como prioritarios para un desarrollo social y cultural en México son: mejorar en equidad la calidad y la cobertura educativa, revertir los bajos índices de aprendizaje, responder ante la deserción escolar y promover una educación significativa y atractiva para el alumno y para su contexto específico.

A dichos retos, la escuela católica ha dado un paso al frente. El objetivo es certificar lo que se espera de ella: “formar con mayor libertad a sus alumnos a través de una adecuada educación profesional y mayor conciencia social efectiva; no basta la ‘excelencia académica’, México necesita hombres y mujeres capaces de asumir –como responsabilidad propia- las necesidades de los demás, en especial, de los más pobres y marginados”. Para el religioso marista Alexandro Aldape Barrios, presidente de la Confederación de Escuelas Particulares de México, es importante que en los colegios haya una formación humanista, que debe partir de los maestros, basada en valores universales como el respeto, la libertad, la justicia, la honestidad y la equidad.

En nuestra edición impresa de Vida Nueva México publicamos una reseña de lo trabajado durante este Tercer Foro Nacional: las nuevas fronteras y desafíos pedagógicos planteados por Mons. Alberto Agustín Bustamante, consejero superior de educación católica de la región Cono Sur; y la voz de las congregaciones religiosas femeninas con misión docente en México, representada por Georgina Zubiría, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. En concreto, hay avances y aún hay retos en la respuesta al desafío de una ‘educación con valores’ lanzado por los obispos: que los valores sean reconocidos e interiorizados al grado que se conviertan en ideales que orienten la vida.