Justicia y paz

Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

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Cadáveres no identificados, problema ético más que técnico

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Es simple: El trato que las sociedades dan a las personas fallecidas y sus restos mortales refleja todos los matices en la valoración que damos a la vida propia y a la del prójimo. Por ello no hay otra manera de decirlo, el pésimo manejo que las autoridades han dado a las fosas clandestinas, anfiteatros desbordados y tráileres de cadáveres tiene implicaciones no sólo en el presente administrativo sino con el futuro antropológico de la misma sociedad mexicana.

Por ello es preocupante la aparente normalización administrativa ante la indiferente acumulación en morgues y anfiteatros de cientos de personas en diferentes zonas del país; y aun peor, inquietan las “soluciones” que algunas autoridades han deslizado. El gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, por ejemplo, anunció la construcción de una cámara frigorífica más grande para que quepan los cadáveres que hoy reposan en la caja de un tráiler. O en Guerrero, el gobernador Héctor Astudillo puso en marcha el Plan Guerrero 751 (el número corresponde a los cadáveres no identificados acumulados en los Servicios Médicos Forenses del estado) para recolectar datos genéticos de cada cuerpo antes de ser enviados al llamado “Panteón forense”; el proyecto ha sido criticado porque la administración estatal instauró la fosa en los terrenos privados de un correligionario político del gobernador y porque, detrás de la adquisición de equipo y material de resguardo de datos genéticos, habría un interés económico más que humanitario.

Por más secularizada en la inmanencia filosófica, la sociedad mexicana sigue escandalizándose ante el drama del mal tratamiento de los restos humanos. Pongo un ejemplo: Ante la progresiva moda de esparcir las cenizas de un ser querido al viento o el mar, de dividir entre los familiares el contenido de las urnas mortuorias o crear un diamante con 600 de los 1200 gramos de cenizas humanas producto de la cremación (el deshumanizado y escabroso dato exacto lo da el director de una famosa funeraria mexicana), en 2016, el Vaticano publicó una breve instrucción pontificia sobre el trato correcto de los muertos y sus cenizas, y el mundo se volvió loco. Aseguraron que el catolicismo ‘exageraba’, que sus planteamientos eran anacrónicos para el contexto moderno.

Sin embargo, el tiempo (y las dramáticas expresiones del fenómeno) ha terminado por darles la razón: nos preocupa el correcto tratamiento a las personas fallecidas y a sus restos mortales; nos preguntamos qué tanto impacta en la psique de los deudos el conocer no sólo el destino de su ser querido sino cómo fueron tratados sus restos por las autoridades sanitarias y periciales; nos conmueve el sentimiento de aquella persona que se llena lo mismo de esperanza como de terror al saber que uno de esos cadáveres apilados en tráileres u oficinas forenses podría ser quien el familiar desaparecido que busca.

Por supuesto, hay protocolos de actuación cuando el volumen de cadáveres supera el trabajo de las instituciones -por ejemplo, tras los desastres naturales que dejan cientos de miles de muertes-; y en varios puntos de esos protocolos se insiste en no deshumanizar los restos mortales y proveer todos los medios posibles para que los familiares puedan identificar a su ser querido. Incluso, para que la misma sociedad e instituciones, tengan registro claro de las víctimas.

Los gestos y los rituales alrededor del tratamiento a las personas fallecidas tienen un significado profundo y revelan el grado de respeto que se le da a la vida humana misma. La sociedad mexicana aún guarda varios grados de escrúpulo ante la muerte y, por tanto, de la vida; aún no se ha caído del todo en el cinismo amoral, de lo contrario no nos provocarían tanta repulsión algunos procedimientos de disposición de restos mortales humanos que se popularizan en otras latitudes: Canadá tiene un proceso de hidrólisis alcalina que disuelve un cuerpo en cuatro horas para ser desechado en el desagüe, en Estados Unidos se mezclan las cenizas con fuegos de artificio, en Reino Unido se hacen discos de vinilo, en Italia se hacen cápsulas ecológica cuya degradación alimenta el retoño de un árbol o en los Himalayas se dispone el cuerpo al aire libre para carroña de las aves.

Es claro que la naturaleza y sus leyes desafían las susceptibilidades de las culturas humanas, la muerte biológica es absoluta y rápida pero la muerte social es mucho más compleja: ¿Cuándo deja de doler la pérdida de un ser amado? ¿Cuánto tiempo tarda en descomponerse la memoria de nuestros muertos o nuestros ausentes? ¿Cómo se burocratiza la angustia de buscar a un desaparecido? ¿Cuántos trámites hay que concluir para olvidar un recuerdo?

Queda claro que las respuestas meramente técnicas y administrativas no atienden el drama profundo que trastoca la conciencia humana sobre el tratamiento y disposición de las personas muertas a toda la sociedad mexicana. Comprender que el problema de los cadáveres sin paz en México no es sólo técnico sino ético, moral, cultural y antropológico es parte de la ruta de la respuesta. Ya lo dijo Lord Byron: “La adversidad es el primer camino hacia la verdad”.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

Habemus líder ¿ya no tenemos problemas?

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Los brillos del poder enceguecen a cualquiera. Incluso a aquellos cuyos principios éticos o morales les ponen los pies en la tierra. En la ruta de la gobernabilidad suele emerger el espejismo de confundir la meta con el camino. Y esto genera muchos problemas a los líderes que, mirando el final del horizonte, ignoran la senda por donde caminan.
Sí, es importante contemplar el destino y la meta; pero es el camino el verdadero triunfo de los gobernantes. Parafraseando al pastor Graham: “No hay problema si uno posee ambiciones; el problema es cuando las ambiciones poseen nuestras vidas”. Los cambios que se abren paso en los diferentes perfiles de la vida social en México pueden tener en el horizonte las metas más nobles de todas: acabar con la corrupción, la impunidad y el crimen; pero las metas no son el camino y, aunque parezca una obviedad, el inicio no determina el final de la ruta, cada empresa debe enfrentarse a una senda inexplorada. Pero ¿vale cualquier camino? ¿Antecede el fin a los medios? ¿Por qué ruta se puede buscar la meta sin dejar a nadie en la vera del camino, sin pasar por encima de sus derechos, sin dejar de escuchar lo que las voces sencillas descubren a ras del suelo?
En estos días de transición administrativa, algunas organizaciones internacionales y acuciadas asociaciones particulares se aprestan a presionar a las próximas instituciones públicas en México de asumir ciertas agendas con las que nadie en sus cinco sentidos puede discrepar: el combate a la corrupción, la erradicación de la impunidad y la disminución del crimen en México. Pero, aunque haya coincidencias en los objetivos ulteriores, son sus medios inconfesables los que deben preocuparnos: la renuncia voluntaria de la soberanía nacional, la sujeción de la constitución política y sus leyes a caprichos de ‘especialistas’ impuestos desde el extranjero, la erradicación de la discrepancia o el relativismo legal que pone bajo permanente sospecha al ‘Estado de derecho’.
En estos escenarios crece el riesgo de que los liderazgos cedan ante los obsesivos espejismos que muestran estos grupos de poder: muestran el tesoro al final del arcoíris, la eficiencia de la panacea, pero no los efectos secundarios ni los sacrificios que se toman para llegar a la prometida olla de oro.
Hay un relato popular originario del Llano Grande, Jalisco, que cuenta la historia de un hombre que encontró una cueva llena de bellos tesoros; tomó cuantos pudo y quiso salir, pero una voz lo detenía al tiempo de cerrar el lugar. “¡O todo o nada!” repetía la voz que cerraba la cueva si el hombre no cargaba con todos los tesoros. Viéndose en el predicamento, el sujeto decidió ir por un par de borricos y ayuda de sus amigos al pueblo. Salió de la cueva, dejó su sombrero atado al árbol que marcaba la vera de la cueva y emprendió camino a su casa. Allá encontró la ayuda, preparó los jumentos y quiso regresar a la dichosa cueva a la que jamás volvió a encontrar. Nunca encontró el camino: perdió el tesoro y, por supuesto, su sombrero.
El relato deja en claro que la ambición puede hacernos olvidar lo importante que es el camino. Ni las reformas, ni los nuevos modelos de operación, ni la transformación de las instituciones pueden ser la meta en sí mismos. Se deben contemplar los medios, el camino, la ruta y la actitud con los que se emprende misión hacia la meta. A los dirigentes les hace falta preguntarse con serenidad ¿con quién se emprende ese trayecto? ¿Qué voces hay que escuchar debajo de los fulgores del poder? ¿Cuántas veces habrá que recular en el camino, reconocer los errores, bajar la velocidad humildemente para sentir la senda por donde se marcha?
En la tradición católica, la expresión ‘Habemus papam’ es utilizada cuando se informa que un nuevo papa ha sido elegido; y para no pocos, el personaje electo determina la meta de una iglesia bimilenaria, como diciendo: tenemos el líder, gozamos del tesoro. Pero el horizonte siempre se abre a un horizonte nuevo y, en esa confianza de la historia, el camino es el verdadero bien asequible y el mejor legado que se puede dejar.
@monroyfelipe

Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

Los indelebles casos de corrupción

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Con su singular talento, Bertolt Brecht dijo alguna vez que “hay muchos jueces que son incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”; y esa amarga ironía es lo que sienten hoy muchos mexicanos al intentar comprender las razones detrás de las decisiones de los jueces o de las autoridades encargadas de investigar e implementar la justicia en el país.

Para variar, la explicación más sencilla -la que más deja satisfecho el prurito inquisidor que todos llevamos dentro- es que el ejercicio de la ley y la justicia están supeditados a los intereses políticos y económicos. Nadie en sus cabales tiene ganas ni tiempo de convertirse en un perito judicial o experto abogado (o ingeniero civil, ya que estamos en esas) sólo para convencer a sus vecinos sobre la noticia del día.

Y es que, aunque se expliquen con peras y manzanas sus resoluciones, nadie estaría dispuesto a meter las manos al fuego por la honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad de aquellos jueces o instituciones que abrieron la puerta a extrañas decisiones como la liberación de Elba Esther Gordillo, la reclasificación de los delitos a Javier Duarte, el sometimiento del sistema penitenciario a los caprichos del capo criminal “Betito”, el caso del juez de amparo que decidió prestar sus servicios profesionales al exgobernador César Duarte, la resolución de ese otro juez de no vinculación a proceso contra otro exgobernador (Rogelio Medina) quien comenzó siendo acusado por desvío de 3 mil millones de pesos y ahora sólo le resta comprobar unos tickets de gasolina.

Con esos ejemplos resulta muy difícil confiar en el sistema judicial y la procuración de justicia en el país. No es sorpresa para nadie, pero los datos son más elocuentes: Según el reporte “Perspectivas económicas 2018. Repensando las instituciones para el desarrollo” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), sólo el 32% de los mexicanos manifestó tener confianza en el sistema judicial y los tribunales del país; y el 85% de la población considera que la corrupción es el principal factor para no confiar en las instituciones.

¿Y el remedio para que vuelva la confianza? Fácil: o se hace verdadera justicia en los tribunales o por lo menos se debe generar la sensación de que se ha hecho justicia. La sociedad merece tener certeza de que puede beber del vino de la justicia sin sospechar veneno alguno, pero ya lo dijo el poeta romano Horacio: “Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

Es un hecho que siempre es un encanto tomar de donde hay mucho; y si hay mucha confusión en el sistema judicial mexicano, también habrá placer en los jueces y litigantes en optar por el caos que por la escasa -muy escasa- claridad. Al respecto, me viene en mente la enigmática novela El indeleble caso de Borelli del intelectual y divulgador de cultura universal, Ernesto de la Peña. La historia comienza con el juicio que se hace al asistente y cómplice de un personaje monstruoso y criminal (condenado previamente a la guillotina). En la aprehensión del cómplice y durante la ejecución de quien fuera su superior, la gente sabía que aquel era culpable; pero tras los alegatos de su abogado, “tras la línea siempre infalible de sus razonamientos, las patéticas señales de su contrición y el ardor con que pidió que se le castigara su culpable debilidad” no sólo el cómplice logró la exculpación de los delitos fincados (y una liberación preventiva con arraigo domiciliario) sino la adhesión de buena parte del pueblo y la atención obsesiva de los reporteros. Pero el pueblo jamás esperó a que el proceso concluyera, perdió la paciencia, “se olvidó de él y se ocupó de otros temas; y el caso quedaba cerrado definitivamente para el vulgo”, aunque no para la justicia. En realidad, el problema de fondo del sistema judicial es la abundancia, de casos, confusión, impericia e ignorancia; es entonces cuando la gente corre el riesgo de olvidarlos y hasta de exculparlos, aunque el signo de la impunidad permanezca indeleble; incorruptible, diría Brecht.

@monroyfelipe

Abuso en la Iglesia: Lo que Pensilvania reveló

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La publicación del extenso informe sobre los más de mil casos de abuso sexual contra menores acontecidos en seis diócesis de la Provincia Eclesiástica de Filadelfia no deja lugar a la indiferencia. La terrible indignación, vergüenza y dolor que deja en la Iglesia católica ese conjunto de detallados reportes que evidencian los abusos cometidos por más de 300 ministros y miembros de las comunidades arañan apenas la superficie de una profunda y desgarradora realidad social cuya problemática no ha logrado atenderse del todo.

El informe de mil 356 páginas intitulado 40th Statewide Investigating Grand Jury Report 1 es un gran compendio de informaciones obtenidas de investigaciones sobre casos de abuso sexual contra menores realizadas en seis diócesis del estado de Pensilvania desde los años 40: Allentown, Eire, Greensburg, Harrisburg, Pittsburg y Scranton. En la parte introductoria (de las seis partes en que está constituido el profuso informe) se asegura que “se recabaron decenas de testimonios, los cuales fueron contrastados con millones de páginas de documentos diocesanos; ellos contenían alegaciones creíbles contra trescientos sacerdotes abusadores. Más de mil menores víctimas fueron identificados tan sólo de los propios registros de las iglesias”.

En el proceso de recopilación de información, el Gran Jurado advirtió una especie de “procedimiento” o “manual” con el que las diócesis intentaron resolver las acusaciones contra sus ministros: Primero, usar eufemismos. Nunca decir ‘violar’ sino ‘contacto inapropiado’. Segundo, no realizar pesquisas genuinas sino enviar a otros clérigos cercanos. Tercero, enviar a sacerdotes a ‘evaluaciones’ en centros psiquiátricos administrados por la propia Iglesia. Cuarto, no informar a la grey de las verdaderas razones del cambio del sacerdote. Quinto, aun cuando un sacerdote haya violado a un menor seguir proveyéndolo de alojamiento y medios de vida, recursos que en muchos casos le facilitaron cometer otros crímenes. Sexto, cuando el comportamiento de un ministro se hace del conocimiento de la grey (y se genera el escándalo), transferirlo a una nueva localidad. Y séptimo, no pedir la intervención policial.

jury.jpgEl informe del Gran Jurado es un terrible pero necesario registro del tipo de documentación que suele transitar por las viejas venas de instituciones sumamente grandes, burocratizadas y embozadas de códigos jerárquicos, de control y de poder. Entre las páginas del profuso reporte se encuentran desde el inmenso pantano del historial de los casos (en el que muchos medios de comunicación han deseado regodearse), hasta los “códigos de comportamiento pastoral” que algún obispo instruyó entre su clero, hasta reproducciones de cartas confidenciales en las que queda evidencia de la impericia o el dolo (cada caso es diferente) con el que superiores y obispos atendieron estos crímenes.

Frente a este incontrovertible reporte, las diócesis aludidas (al igual que la Iglesia norteamericana y la Iglesia Universal en voz del propio Papa Francisco) han intentado dar acciones concretas no sólo de vergüenza y arrepentimiento moral sino de cambios radicales de organización y liderazgo para ayudar de veras a las víctimas y para establecer protocolos que eviten estos crímenes en sus organizaciones e instituciones diocesanas. Las diócesis del reporte ya han levantado oficinas y servicios especializados (incluso bilingües) para ayudar a víctimas de abuso sexual; también han autorizado nuevos modelos de cooperación con las autoridades locales. Por supuesto, los obispos, los ministros y la grey católica no esperan recuperar la confianza de la sociedad de inmediato, pero en general -y a pesar de lo que algunos han señalado- confían en que las medidas de “tolerancia cero”, implementadas desde el pontificado de Benedicto XVI son las correctas.

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Los datos obtenidos por el Gran Jurado de Pensilvania revelan que en esas diócesis hubo casos de abuso sexual contra menores aún después de la “tolerancia cero” e incluso ya en el pontificado de Francisco; pero hay un dato esclarecedor también proveniente del informe: En la diócesis de Pittsburgh, los incidentes reportados por década desde los años 40, indican que entre 1960 y 1989 existió un crecimiento exponencial de reportes de abusos (entre 60 y 80 casos por década) pero disminuyen radicalmente a partir de los 90 (15 casos) y a menos de cinco y seis en las primeras décadas del siglo XXI.

Lo acontecido en la Iglesia católica de Pensilvania no es exclusivo de los Estados Unidos, hay muchas latitudes y países que deben reflejarse en ese espejo del informe del Gran Jurado. Hay que reconocer también los esfuerzos a largo plazo que algunas instituciones intentan desarrollar hoy para que solidifiquen y prosperen mañana: Ahí está el programa de la Facultad de Psicología de la Universidad Anáhuac, el Centro Especializado en el Tratamiento Preventivo y Restaurativo de casos de Abuso y certificación de comunidades seguras (REPARARE). Todas las grandes instituciones cuya masividad, burocracia y códigos jerárquicos de control y de poder suelen acallar las voces de las víctimas y eluden el acto definitivo de la justicia; pero si algún cambio puede propiciar el caso de Pensilvania, sería la rotunda convicción de que aquello no puede ser nunca tolerado.

@monroyfelipe

Fanatismo electoral: ¿Compromiso o intransigencia?

joven_agrede_hombre_silla_ruedas_rusia (1)Afortunadamente ya estamos en los últimos momentos de las campañas electorales. Es un alivio para millones de mexicanos que no sólo debieron soportar con estoicismo heroico millones de spots sino ‘genialidades’ creativas como comparar el proceso electoral con la elección de un pretendiente; pero, lo peor, el fanatismo político de fidelidad incondicional que no logró abrir espacios de diálogo o conciliación entre diferentes posturas de la muy plural sociedad mexicana. Desde el inicio ya se había advertido que un ingrediente central de las campañas ha sido el maniqueísmo moral, casi religioso, de contrastar lo bueno con lo malo, la esperanza con el peligro, lo bonito de lo feo, lo necesario de lo prescindible, lo no negociable frente a lo contingente, todo en valores absolutos.

George Orwell afirmaba que “la mayoría de nosotros sigue creyendo que todas las opciones políticas consisten en tener que elegir entre el bien y el mal… creo que sería preciso despojarnos de esta creencia que nos viene del jardín de la infancia”. Y tiene razón, máxime porque no pocos líderes aprovecharon esas murallas de radicalidad moral de sus seguidores para influenciarlos en su reflexión a favor o en contra de personas o proyectos políticos; pero lo que parece que podría germinar sólo en ciertos grupos religiosos, es evidente que encontró tierra fértil en toda la esfera social.

En los discursos abiertos, los líderes morales de grupos sociales han insistido a sus seguidores que la elección de sus representantes debe hacerse desde la reflexión razonada. Pero lo que no advierten es que la razón que piden es más cerrada que abierta. Es decir, una razón de lógica cerrada (intransigente) frente a una lógica abierta (flexible). Y lo que en el fondo los líderes piden a sus seguidores es que usen la reflexión de lógica moral cerrada para justificar ‘valores irrenunciables’ ‘principios no negociables’ o ‘actitudes irreconciliables’.

El escritor católico Charles Péguy reflexiona al respecto: “Es un prejuicio, pero absolutamente irradicable, pretender que una razón cerrada sea más razón de una razón abierta […] las lógicas cerradas son infinitamente menos exigentes que las lógicas abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas. Las morales cerradas son infinitamente menos exigentes que las morales abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas… contrariamente a todo lo que se cree, es la rigidez la que hace trampas, la que miente; y es la flexibilidad no sólo la que no hace trampas ni miente, sino la que no permite trampear, ni deja mentir. La rigidez, todo lo permite, no señala nada”.

Quizá por ello la tónica de las campañas, por desgracia, ha fluido más hacia el sectarismo intransigente que al compromiso conciliador: en la primera es más fácil la mentira y la trampa (justificarían más las fake news y el fraude, por ejemplo). Por supuesto, cuando las cosas van mal, cuando las respuestas parecen tan esquivas ante una realidad tan dolorosa como lo es la mexicana en el contexto actual, la intransigencia parece más seductora que el compromiso con la alteridad, la otredad o la conciliación.

Para evitar que el sectarismo moral en la política genere tribalismo socio-cultural y todas sus nefastas consecuencias como la discriminación y la persecución, es necesario que los liderazgos morales promuevan más el compromiso con la conciliación y la construcción de puentes entre expectativas contradictorias o entre valores opuestos; de lo contario, el fundamentalismo fanático se alimentará de los miedos y los prejuicios promovidos por las campañas electorales. “El intransigente -dice Paul Valadier- está en las antípodas del hombre del compromiso… al intransigente le gusta ufanarse de no ser como los demás… altivo y algo despectivo porque cree en su rigor, en su distinción personal que le separa de los demás, del vulgo”.

El compromiso, el verdadero compromiso, trabaja desde la vulnerabilidad y la pobreza; la intransigencia casi siempre debe pagar con componendas inconfesables el éxito de su cerrazón. Como decía: es un alivio que las campañas ya estén por concluir, pero la polarización que sembraron podrá crecer en formas más oscuras de política excluyente. Y si así fuera, ¿qué habremos de cosechar en los próximos seis años?

@monroyfelipe

Contra el abuso sexual, obispos de México apuestan por nueva cultura de prevención

cema.jpgTomó casi los dos periodos de presidencia del cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, al frente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), pero la ruta hacia una nueva cultura de prevención, atención y respuesta ante potenciales casos de pederastia en la Iglesia católica aseguró forma bajo las “Líneas Guía del Procedimiento a Seguir en Casos de Abuso Sexual de Menores por Parte de Clérigos”.

Los obispos de México publicaron este 11 de junio extractos del antecitado documento como respuesta a las peticiones del papa Francisco de “cero tolerancia a la cultura de abuso y al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse” en el seno de la Iglesia. Esto, en el marco de la aceptación de tres renuncias del medio centenar que los obispos chilenos presentaron al pontífice tras reconocer que el problema les superaba y con las que reconocieron necesitar asistencia y dirección desde el Vaticano.

En México, los pastores de la grey católica aceptan que el abuso sexual infantil dejó “gravísimas consecuencias” para las instituciones religiosas del país y, por ello, comunicaron que en noviembre del 2016 se aprobaron las “Líneas Guía” frente al abuso sexual de menores, que los obispos acogieron las disposiciones del papa Francisco a través del cardenal O’Malley, presidente de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores y que se elaboró un “Protocolo de Protección de Menores” aprobado en 2017.

No son ni el primer protocolo ni las primeras líneas de acción contra la pederastia que elaboran los obispos mexicanos; tras las acusaciones contra el entonces arzobispo de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, la Arquidiócesis de México publicó en 2010 unas orientaciones generales para que tanto los obispos auxiliares, superiores de congregaciones y sacerdotes en general tuvieran conocimiento sobre las disposiciones legales y las responsabilidades civiles y penales que los clérigos asumían frente a estos crímenes. Y a nivel nacional, en 2012, tras la instrucción del papa Benedicto XVI a los obispos mexicanos a elaborar unas guías de prevención y combate al abuso sexual, el obispo de Tula, Pedro Juárez Meléndez, fue el responsable de liderar el proyecto.

Pasaron cuatro años más para que finalmente se tuvieran íntegras las “Líneas Guía”, un documento de 26 páginas dividido en tres secciones generales que abordan desde “el compromiso con la transparencia y el sentido de responsabilidad, la cooperación con las autoridades del Estado, los derechos de la víctima, la asistencia al acusado, la formación de futuros clérigos y los mecanismos del proceso canónico para la investigación e integración de la denuncia.

“Reconocemos que, en el pasado, por diversas circunstancias no se actuó como era debido. Por otra parte, se debe poner atención a los casos de algunas personas que haciéndose pasar por víctimas han inventado un abuso sexual para sacar o intentar obtener un beneficio económico o para manchar y dañar la reputación del clérigo”, explican los obispos.

El documento prohíbe prácticas que hasta hace poco no eran sancionadas por la Iglesia católica como el traslado de clérigos acusados a otras diócesis o de congregaciones religiosas a la vida diocesana; las “Líneas Guías” también recuerdan que es deber de la Iglesia católica el colaborar con las autoridades civiles competentes “proporcionándoles la información recabada en nuestros Tribunales Eclesiásticos, siempre y cuando medie un mandado judicial o del Ministerio Público debidamente fundado y motivado”.

En el tercer apartado del documento se detallan los pasos del “proceso canónico” con el que se reciben las denuncias, se investigan, de dirimen las responsabilidades institucionales, se resguarda la confidencialidad del caso, así como la buena fama, la dignidad y el respeto de todas las personas involucradas.

Las “Líneas Guía” proponen que a los acusados también se les debe asistir: “Deberá someterse a un programa terapéutico inspirado en los modernos protocolos clínicos especialmente elaborados para tratar patologías” y recuerda que, si la denuncia es falsa, el denunciante incurre en entredicho lateae sententiae la cual puede ser sancionada “con una pena justa y obligar a quien a calumniado a dar la satisfacción conveniente”.

“Debemos estar al lado de todos aquellos que han sido heridos y han sufrido. Un día las víctimas de abuso sexual nos mirarán no como a un enemigo sino como a su defensor y amigo. Todavía ese día no ha llegado y, por lo tanto, no somos completamente la Iglesia que debemos ser, un hogar seguro para las niñas, niños y adolescentes”, concluye el histórico documento.

Víctimas y victimarios; las fronteras del verdugo

Sobre el caso Nestora Salgado, ¿en realidad sólo podemos entenderlo bajo criterios absolutos? ¿Es ella únicamente víctima o solamente victimaria en toda la historia? ¿Nos es lícito juzgar a una persona como perfectamente buena o absolutamente mala? Sus defensores: ¿Podrían sentir compasión por las personas que la acusan de secuestro? Y sus acusadores: ¿Podrán compartir la posibilidad que, bajo las ingobernables condiciones de violencia y corrupción de autoridad en sus comunidades, hubo algo positivo en las acciones lideradas por esta policía comunitaria? ¿Podríamos tener una mirada desde la alteridad respecto a lo que ella denunció fue su encarcelamiento injusto y, al mismo tiempo, expresar otredad con quienes la acusan de secuestro? ¿Por qué para juzgar preferimos armarnos también bajo la actitud de verdugo, pero eludimos intentar comprender la naturaleza de los actos y responsabilidades de cada ser humano, así como de las instituciones?

Los relatos sobre las situaciones extremas que padecen innumerables pueblos de México ante la ausencia de autoridad (o de su ignominiosa corrupción) y los abusos que personas o grupos cometen en esos páramos sin ley pueden ser releídos desde perspectivas diversas. Por un lado, nos podemos estremecer ante el dolor de centenares de víctimas que padecen actos de absoluta barbarie institucionalizada en estas fronteras olvidadas, pero también nos enternece cada gesto de bondad que algún hombre o mujer común realiza para evitar abusos, despojo o cualquier intento de atropello a la dignidad de su prójimo, aun si estos actos están fuera del orden legal o el casi utópico ‘Estado de derecho’.

Que la sociedad mexicana se debata furibunda entre acusaciones maniqueas, revela la poca comprensión que intentamos sobre la naturaleza humana y social. En ‘Frente al límite’ de Tzvetan Todorov, el filósofo recupera historias de sobrevivientes de campos de concentración nazis y soviéticos; pero no se limita a escuchar sólo la parte de la población que fue recluida y dispuesta a sufrir las torturas y crímenes más atroces del siglo XX, también recupera los testimonios de los que estuvieron fuera de las rejas (custodios, guardias, directores de los campos de concentración) y la manera en cómo asimilaban e intentaban comprender sus responsabilidades y sus actos. Son estos últimos testimonios los más complejos de comprender: ¿Cómo es posible que un monstruo conduzca a cientos de personas al patíbulo mientras escribe tiernas cartas de amor y nostalgia a sus padres y hermanos? ¿Cómo la vigilante en jefe de Birkenau era capaz de ordenar las torturas más inhumanas, pero abrazaba y regalaba chocolate a los niños en el campo de concentración? ¿Qué tipo de padre fue el comandante Schwarzhuber que le colocó un letrero al cuello a su hijo para que, mientras el niño vagaba por la prisión, los soldados no lo confundieran con los condenados a la cámara de gas?

En las situaciones extremas (y no podemos negar que muchas comunidades de México padecen esta condición), la fragmentación de la psique es un recurso de la mente para la supervivencia no sólo de nuestra persona sino del mundo en el que creemos o deseamos existir. Dice el escritor Primo Levi (sobreviviente del campo de concentración de Monowice) que “una cosa que uno no puede comprender se convierte en un vacío doloroso, una picadura, una irritación permanente”. ¿Qué queremos comprender del caso Nestora Salgado y las víctimas de secuestro en medio de un contexto de Estado fallido? ¿Con qué actitud queremos explorar las tinieblas morales y criminales de un caso tan extremo como el que debieron enfrentar Salgado, el pueblo, las autoridades y las víctimas? ¿Seremos capaces de otredad o nos contentaremos con permanecer en la posición de verdugo, esperando la víctima perfecta de nuestros prejucios?

@monroyfelipe