Religión

Abusos en la Iglesia, el nudo por desatar

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Dijo Orson Welles que, si deseamos tener un final feliz, eso dependerá del lugar donde detengamos la historia. Con el caso de los abusos sexuales cometidos por ministros o agentes de la Iglesia católica pasa algo semejante, el final de este terrible escándalo depende del sitio en el que pongamos la mirada.

A una semana de la cumbre mundial convocada por el papa Francisco en el Vaticano que reunirá a los presidentes de conferencias episcopales para abordar el tema de los abusos sexuales de la Iglesia católica; en México, el nudo dramático está aún lejos de haber sido resuelto.

Si bien es cierto que, en lo particular algunas diócesis mexicanas y congregaciones religiosas han realizado esfuerzos para atender, prevenir y resolver los casos de abuso sexual cometidos por miembros del clero; los mayores avances en esta materia se han dado en los últimos tres años y eso es lo que el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, lleva en su valija para compartir con sus homólogos en la cumbre.

Ya se cuenta con protocolos muy claros de actuación para obispos o superiores de congregación cuando un caso de estos les hace crisis en las manos; hay un organismo de protección al menor (el Centro de Investigación Interdisciplinar para la Protección del Menor, CEPROME); hay organismos católicos cuyo principal esfuerzo es prevenir este crimen y certificar que colegios e instituciones eclesiales sean “espacios libres de agresión y abuso”; se han logrado diálogos y encuentros con víctimas y defensores de víctimas de abuso sexual y; de lo más radical, se han puesto las condiciones para que la propia Conferencia asuma facultades de acción e intervención en aquellos obispados cuyas autoridades se vean rebasadas para dar sano seguimiento a estos actos criminales.

Es un avance, sin duda alguna, que finalmente el episcopado mexicano tenga una idea del tamaño del problema de abuso sexual en los márgenes de las instituciones católicas del país. Por primera vez, desde los primeros escándalos en México, una autoridad eclesiástica expone un escenario con datos concretos sobre el fenómeno: 152 sacerdotes suspendidos del ministerio desde 2010 por casos de pederastia.

Para las autoridades eclesiásticas, el conocimiento real del problema es una tarea indispensable; incluso el arzobispo Cabrera López deja entrever que en la próxima cumbre el papa Francisco podría solicitar a cada país un centro de información general de lo que sucede en sus diócesis.

En el pasado, sólo las organizaciones de abogados representantes de víctimas de abuso sexual presentaban estimados del número de ministros religiosos culpables de estos delitos; muchas veces mal integradas o con evidentes faltas. En 2005, por ejemplo, la Red de Sobrevivientes de Abusos cometidos por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) afirmó que había 40 curas acusados de abuso sexual refugiados en México y en 2010, incrementó su lista a 65 ministros.

Ha sido, no obstante, la cooperación de la Nunciatura apostólica dirigida por el italiano Franco Coppola la que ayudó a la CEM a tener los datos de los 152 sacerdotes suspendidos pues, la sanción canónica exige que cada caso pase por la nunciatura para ser enviado al Vaticano, tanto a la Congregación para el Clero como en la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se definen las sanciones de suspensión definitiva del ministerio a los sacerdotes hallados culpables de los delitos de abuso sexual.

Nos encontramos ante una apertura y transparencia inéditas tanto de la Nunciatura como de la Conferencia de Obispos. El propio arzobispo Cabrera López reafirma que la Iglesia católica tiene un deber con la sociedad para exponer con claridad cómo está el panorama real de abusos cometidos por sacerdotes.

Finalmente se ha desatado un gigantesco nudo de desconocimiento u ominoso silencio en la Iglesia católica mexicana sobre este terrible flagelo y, como apuntó Welles, podría ser un final satisfactorio si nos detenemos en este punto; sin embargo, el hilo narrativo ahora se extiende hacia otros complejos escenarios: ¿Qué sugerencias emitió la Nunciatura desde 2010 -por lo menos- a los obispos que suspendieron a sacerdotes por pederastia? ¿Cómo actuaron cada diócesis o congregación religiosa con los casos de abuso sexual? ¿En qué casos los culpables fueron llevados a la justicia civil, en cuáles no y por qué? ¿En qué casos se llegó a acuerdos económicos y cómo se ha procurado ‘reparar’ el daño a las víctimas? ¿Actuarán las diócesis mexicanas como lo han hecho episcopados en otras partes del mundo abriendo sus archivos al escrutinio público? ¿Cómo evitar el descrédito de aquellas iglesias particulares cuya actuación frente a estos casos fue, cuando menos, inhábil y, cuando más, cómplice?

Si nos detenemos justo detrás de los actos criminales poco podemos hacer para prevenir otras circunstancias futuras. Pero también se cae en el error cuando se detiene el relato en el momento en que la institución concreta protocolos anti-abusos, revela cifras y datos de agresiones, transparenta sus casos, reprende a sus victimarios o satisface las búsquedas de justicia solicitadas por las víctimas. Parece que todo se ha dicho y cumplido, pero corremos el riesgo de dejar todo en una compleja anécdota.

Lo mismo sucede en la sociedad. Quizá este largo y doloroso proceso para la Iglesia católica satisfaga en cierta medida la conciencia de la sociedad respecto a la cultura de abusos sexuales (la gran mayoría cometidos en el seno del hogar); pero si algo puede enseñar esta historia es que estos crímenes pueden decantar en más dolor o pueden construir en iluminación y crecimiento. Lo más importante no es quedarse en la atención de las crisis (que pueden ser más o menos cíclicas) sino en crear fuentes de formación y aprendizaje continuo, el establecimiento de medidas de prevención y de permanente evaluación y supervisión de los espacios de convivencia. Sí, de todos los espacios de convivencia social.

@monroyfelipe

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Transfiguraciones republicanas

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Hay una monumental diferencia entre cerrar filas en apoyo a la administración de López Obrador y la exaltación hiperbólica de la persona del presidente de la República. Las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, puede que hayan reflejado su sentimiento auténtico, pero no cabe duda fueron una desafortunada exageración místico-idílica del tabasqueño que a nadie sirve: ni al presidente, ni a sus aliados, ni al pueblo raso. Vaya, ni a sus opositores. Explico.

En el segundo día de la administración lopezobradorista, Muñoz Ledo escribió: “Confirmé que López Obrador ha tenido una transfiguración… se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado… un auténtico hijo laico de Dios”. Y la reacción no se hizo esperar. Los más críticos adelantan que es una especie de ‘endiosamiento’ de López, pero la mayoría coincide en que, por lo menos, esas expresiones traicionan los horizontes laicos de la República.

La ‘transfiguración’ proviene de los evangelios cristianos. Se da el nombre a este acontecimiento cuando Jesús, frente a tres de sus discípulos, cambia de apariencia y se revela en toda su divinidad: “El rostro de Jesús resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz”. En griego, la transfiguración es ‘metasquematizo’ y el término intenta explicar un cambio interno (imperceptible para los demás) y externo (evidente). La Transfiguración es una revelación de lo divino en Jesús, anticipa la gloria de su Resurrección, es la confirmación maravillosa de la revelación dada a los profetas y la promesa a los libertadores del pueblo de Dios y reafirma la confesión de su primer apóstol, Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pues bien, Muñoz Ledo ha llamado “hijo laico de Dios” a López Obrador. Un estrafalario apelativo que, antes de ayudar a fortalecer un camino hacia la auténtica libertad religiosa bajo los criterios republicanos del Estado laico, revive viejos enconos ideológicos.

Si bien hay sectores que exigen laicismos antirreligiosos y hasta denigrantes a una ciudadanía mayoritariamente creyente; también hay otros sectores que desean instaurar criterios de credo religioso a instituciones cuya misión central es escuchar y atender sin distingo a toda persona independientemente de su religión.

Para muestra un botón: Luego que López Obrador recibiera los ritos de una ceremonia propia de los pueblos originarios en el Zócalo capitalino, comenzaron a publicarse alucinantes acusaciones de tinte fanático que afirmaron el presidente realizó una especie de “consagración demoniaca” a ídolos paganos.

Por desgracia, no extrañan este tipo de fanatismos. Frente a ellos también hay una actitud antirreligiosa que rechaza totalmente la plena y madura libertad religiosa. Que exige a los funcionarios vivir una esquizofrenia práctica de dejar guardada (bajo llave y con todos sus valores morales) su identidad religiosa en casa mientras en público asume una actitud ideologizada complaciente a la conveniencia del mercado, la dominación cultural o la corrección política.

Muñoz Ledo atiza esa incómoda hoguera de polarización. Nadie gana reviviendo ese conflicto entre los límites de las ideologías y los credos. En la rispidez de los argumentos se perderá la oportunidad de madurar como ciudadanía hacia una plena, responsable y consecuente libertad religiosa en el país. Volverán los señalamientos y las cacerías de brujas, la oposición acusará desde la pereza del calificativo fácil, los aliados responderán con pobreza de criterio o argumentos.

En síntesis: la ciudadanía se refugiaría en las certezas de su obcecación y no abrirá su criterio a la posibilidad de un diálogo franco que normalice y humanice la libertad religiosa con todas sus oportunidades, pero también con todas sus responsabilidades.

En todo caso, la transfiguración que etimológicamente explica un cambio interno tan poderoso que se hace evidente, no la necesita sólo el presidente sino la sociedad mexicana.

@monroyfelipe

 

Religión y política, lecturas transversales

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Antes de que concluya este trepidante año político, el antropólogo Elio Mansferrer nos propone una provocativa reflexión en el actual concierto nacional entorno a los sutiles vasos de comunicación entre las expresiones religiosas y los sentimientos políticos, así como el cada vez más complejo universo de asociaciones religiosas ante las instituciones civiles en el país: “El papel de lo religioso y lo simbólico fue muy importante en las definiciones electorales del 2018 debido al contexto de crisis social, política y económica de México”.

En su libro ‘Lo religioso dentro de lo político. Las elecciones de México 2018’, Mansferrer reúne una serie de reflexiones sobre el peso social que los diferentes fenómenos religiosos imprimen en la construcción de identidad política, organización ciudadana y búsquedas de bien social. Un tema que muchas veces se obvia en el contexto del análisis político o cultural de la sociedad mexicana o que, en todo caso, se limita a una serie de encuestas de opinión que cruzan variables de valores morales y opciones políticas.

Lo importante de la provocación de Mansferrer es la visibilización de un muy pequeño y especializado ejercicio de análisis y de información de los márgenes de las expresiones religiosas en México. En nuestro país, a diferencia de muchas otras naciones que comprenden la importancia de los fenómenos religiosos en la construcción de la identidad y las decisiones de la sociedad, la historia nos ha heredado una especie de mantra de ‘no ver, no oír ni comprender’ los profundos latidos de una población sumamente religiosa, así como sus implicaciones en los destinos culturales, sociales o políticos de la nación.

Las últimas “dos transformaciones” del país han atravesado por un doloroso procedimiento de separación artificial de la cualidad religiosa y ciudadana de los mexicanos. Si bien la Guerra de Reforma representó un conflicto político entre conservadores y liberales; fueron las instituciones religiosas las que en ese momento sacaron la peor parte del enfrentamiento (aunque a la luz de los avances sociales, queda claro que la separación de la Iglesia y el Estado es ideal para los países democráticos). Y la Revolución Mexicana, por su parte, devino en un conflicto de caudillos que en pos de lograr la institucionalidad nacional pasó por una sangrienta persecución, intolerancia y simulación religiosa. Esos escenarios propiciaron un estado de simulación y disociación entre las identidad religiosa e identidad cívica en los mexicanos, una especie de ‘esquizofrenia moral’ entre la vida pública y la vida privada de la ciudadanía.

Esta simulación (apenas con avances mínimos en 1992 con la ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y las reformas constitucionales del 2011) ha evitado la creación de espacios de reflexión, información y análisis sobre la importancia de los fenómenos religiosos. En muchos de los medios de comunicación europeos, centroamericanos y sudamericanos, la dimensión social de la religión forma parte de sus secciones cotidianas de información; la antropología y sociología de las universidades favorece el estudio de los diferentes fenómenos religiosos más allá del folclore y sus expresiones de piedad; finalmente, los análisis de reacción entre votantes ante procesos electorales involucran variables que traspasan la identidad y la participación comunitaria de las convicciones religiosas de los ciudadanos.

México debe remover las telarañas jacobinas de su historia política para que existan más lecturas sobre las relaciones entre las instituciones sociales y las asociaciones religiosas, entre las construcciones de marcos legales y los sentimientos morales y espirituales de los ciudadanos. Debe actualizar sus marcos jurídicos para que la participación de las diferentes asociaciones religiosas en los procesos de construcción política y social no regatee la responsabilidad de los ministros de culto ni los mantenga en la condición de una ciudadanía disminuida en derechos y obligaciones.

Una de las grandes aportaciones de Mansferrer en su libro ‘Lo religioso dentro de lo político’ es la actualización sociológica de la importancia de las confesiones cristianas, evangélicas, pentecostales y neopentecostales en el país. Es una lástima que para el análisis religioso, antropológico o político de México se siga considerando que ‘los cristianos’ forman una maraña de incognosibles fronteras. La identidad de los fieles cristianos no católicos romanos es casi un enigma para nuestra conciencia social, incluso para los propios fieles que suelen conocer poco de su ubicación en el extenso mapa de la cristiandad histórica y geográfica.

Si acaso necesitara una crítica constructiva este ejercicio reflexivo de Mansferrer sería la obsesión del antropólogo por demostrar la caída en picada no sólo de la feligresía católica sino de la propia credibilidad de la institución. Es un hecho que, año con año, el descenso de los declarantes de su catolicidad en México se refleja en los ejercicios estadísticos y, sin hacer muchos vaticinios, es altamente probable que el Censo de población y Vivienda 2020 recoja esta tendencia.

Sin embargo, el antropólogo señala que incluso esos datos “no son creíbles”; además apunta que la jerarquía católica “infla” cifras de sus sacramentos católicos y pone un ejemplo: “En la Ciudad de México hay una notable inflación de cifras de bautismos en por lo menos siete años de la serie reportada… estimamos que se han inflado pues resulta poco probable que se puedan bautizar más niños de los que nacieron en ese periodo”. Sin censurar su razonamiento, es claro que el fenómeno religioso requiere una mirada más cercana con la realidad, al pie de los creyentes y no creyentes, porque de lo contrario las cifras pueden engañar a la mente.

Retomo el ejemplo del investigador y sugiero una mirada antropológica: Tan sólo por los registros de edad del bautisterio de la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, resulta evidente que cada vez menos familias bautizan a los hijos de manera inmediata al nacimiento. Los bautizados tienen más de uno o dos años cuando son presentados al sacramento. Y un dato más, muchos menores bautizados en la Ciudad de México no nacieron allí, son originarios del Estado de México (de alguno de los muchos municipios de la megalópolis) u otra entidad. Viven en periferias, pero se ven obligados a integrarse a la vida económica, educativa y social como los 1.6 millones de mexiquenses que cruzan diariamente las fronteras físicas y simbólicas de la Ciudad de México. De esta manera es posible explicarnos las cuentas que plantea el investigador.

Sirva este ejemplo para reforzar la tesis del propio Mansferrer que comparto extensamente: “Lo religioso sigue teniendo un papel significativo en la vida social y política en México”. Hace falta que promovamos la información, el trabajo a ras de suelo e investigación de campo sobre los fenómenos religiosos en el país para integrarlos en análisis más certeros de nuestra realidad y nuestros horizontes civilizatorios.

@monroyfelipe

Avanza proyecto de diócesis originarias en CDMX

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Vista aérea de la Ciudad de México

Los obispos de México, reunidos en la pasada 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), resolvieron a favor de la solicitud que el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, les hiciera a manera de consulta para la aprobación del proyecto de creación de tres nuevas diócesis para la Ciudad de México. Ahora sólo falta la anuencia de la Santa Sede para que la capital tenga cuatro obispos residenciales con todas las potestades y obligaciones canónicas.

Actualmente la Ciudad de México tiene los mismos márgenes territoriales que la Arquidiócesis de México y esto significa que es una de las porciones eclesiales más grandes y populosas de todo el mundo (con alrededor de 8.8 millones de residentes y 1.8 millones de población flotante). Ante esta realidad, desde el inicio de su gobierno, el cardenal Aguiar Retes realizó un proyecto para fragmentar la actual arquidiócesis de México y fundar tres nuevas diócesis en la capital de la República: Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco.

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Obispo Colín, confianza del proyecto en la zona norte

El proyecto para dotar de nuevos derechos y obligaciones a cada una de estas porciones diocesanas está sustentado en los pueblos originarios capitalinos que aún guardan elementos de identidad, tradiciones y prácticas religiosas en cada una de estas circunscripciones. De culminar este proyecto, Azcapotzalco, al norte de la ciudad, tendrá un territorio que iría desde la región alta de Cuautepec hasta las colonias populares de la alcaldía Miguel Hidalgo: Tacuba, Legaria, Pensil, etc. Pasando por la zona industrial Vallejo pero principalmente por las zonas habitacionales creadas a partir de los pueblos originarios de Azcapotzalco. La catedral diocesana sería la actual parroquia de los Santos Felipe y Santiago. Un dato importante sobre la tradición católica de los pueblos chintololos es que, según los registros históricos, estos naturales fueron los primeros peregrinos al Tepeyac para venerar la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe apenas en 1532.

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Representación de la Pasión del Señor, Semana Santa en Iztapalapa

La nueva diócesis de Iztapalapa abarcaría los ocho barrios originarios asentados a las faldas del Cerro de la Estrella pero se extendería en todo el territorio de la alcaldía de Iztapalapa, la cual cuenta con casi dos millones de habitantes. Antes del largo proceso de desecación de la Ciudad de México, Iztapalapa se encontraba al margen del Lago de Texcoco; de este ancestral poblado (se tienen registros de presencia humana hasta de nueve mil años de antigüedad) fue originario el célebre tlatoani Cuitláhuac, líder de los mexicas a la muerte de Moctezuma Xocoyotzin, quien logró vencer a los españoles en la legendaria Noche Triste. La diócesis de Iztapalapa tendría un territorio que correría a lo largo de Aculco, Centro, Ermita-Zaragoza, San Lorenzo Tezonco, Paraje San Juan y la Sierra de Santa Catarina; su catedral sería el Santuario del Señor de la Cuevita desde donde parte la célebre y multitudinaria tradición de la Representación del Viacrucis del Cristo de Iztapalapa en Semana Santa.

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Niñopa de Xochimilco, profunda devoción popular

Finalmente, la nueva diócesis de Xochimilco tendría el territorio más extendido de la Ciudad de México pues abarcaría las alcaldías de Xochimilco, Milpa Alta, Tláhuac y algunas zonas de Tlalpan. Esta nueva diócesis está justificada por los barrios tradicionales asentados en la zona lacustre (aún viva de la ciudad) y al pie del Eje Neovolcánico. Esta región aún conserva profundas tradiciones indígenas y de sincretismo cristiano como la devoción al Niñopa de los barrios de Xochimilco, las procesiones de los pueblos de las montañas y las celebraciones florales y dancísticas de los pueblos originarios de la meseta de Milpa Alta. Es la única zona rural de la Ciudad de México y donde aún buena parte de la población conserva la lengua materna indígena que es pasada de generación en generación. La catedral de esta diócesis sería la parroquia de San Bernardino Xochimilco que alberga a cientos de mayordomías religiosas y que cada 2 de febrero vive una multitudinaria Fiesta de la Candelaria que atrae a cientos de miles de fieles y turistas.

El objetivo del arzobispo de México, Aguiar Retes, es reestructurar el territorio episcopal para que, de esta manera, el obispo pueda estar presente con más frecuencia en las parroquias de su demarcación. Bajo este nuevo modelo, la Arquidiócesis Primada de México conservaría las zonas más urbanizadas de la capital en una especie de diagonal desde las alcaldías Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza e Iztacalco, hasta Cuajimalpa, Álvaro Obregón, Magdalena Contreras y Tlalpan, pasando por las céntricas Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Cuauhtémoc y Coyoacán. Al ser el arzobispo de México el custodio de la imagen de la Virgen de Guadalupe, la arquidiócesis conservaría bajo su territorio la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe para el servicio a todas las diócesis del país.

Un tema que en días previos a la Asamblea fue cuestionado al Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola, fue lo referente al futuro de la labor de pastoral penitenciaria que actualmente realiza la Arquidiócesis de México en ocho centros de reclusión y readaptación social. Ya que todos estos centros penitenciaros quedarán en los territorios de las nuevas diócesis bajo la tutela de sus obispos residenciales; con lo cual el primado de México no tendría oportunidad de ‘visitar a los presos’ que es una de las ‘Obras de Misericordia’ encomendadas a los católicos. Para el Nuncio, si un obispo no tiene una cárcel en su territorio tiene la responsabilidad moral de propiciar proyectos de acompañamiento a exreclusos o a las familias de quienes se encuentren privados de su libertad en otro sitio pero, principalmente, coordinarse con los obispos y autoridades de otras diócesis para poder cumplir personalmente con ese mandato cristiano.

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Nuevos horizontes territoriales en el firmamento del catolicismo capitalino

Con el visto bueno del pleno de los obispos de México, el proyecto de reestructuración pastoral y administrativa del centro de la República será enviado a Roma para que la Sagrada Congregación de los Obispos en el Vaticano y el propio papa Francisco aprueben las nuevas diócesis a las que les serán dados nuevos derechos como catedral, obispo residencial, vicario general, canciller y consejo presbiteral; pero que también adquirirán nuevas obligaciones como la generación de espacios de formación sacerdotal (seminario), vicarías funcionales para vida consagrada, laicos, ministros ordenados, etcétera; y estructuras de pastoral social que garanticen el ejercicio de la caridad y la promoción social. Será el Vaticano quien apruebe finalmente este proyecto en el que también se contempla la posibilidad de escindir la Provincia Eclesiástica de México que actualmente tiene como sede metropolitana a la Arquidiócesis de México y sus sufragáneas Toluca, Atlacomulco, Tenancingo y Cuernavaca; pero, con las nuevas diócesis, se abre la posibilidad de que Toluca se convierta en nueva sede metropolitana. Y México pasaría de 18 a 19 arzobispos metropolitanos.

@monroyfelipe

Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

Obispos llegan a una asamblea de definiciones

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Este 12 de noviembre comienza la 106 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Como cada trienio, los líderes de la grey católica mexicana realizan votaciones para elegir a los obispos representantes en diferentes áreas de servicio. Los reflectores, sin embargo, están puestos en la elección del próximo presidente del organismo colegiado porque de ello depende, en buena medida, las relaciones institucionales con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, presidió el organismo episcopal por dos periodos de suma convulsión de la Iglesia Universal: primero con la histórica renuncia del papa Benedicto XVI y después con el ascenso del primer cardenal latinoamericano a la silla del sucesor de san Pedro. Pero también de graves circunstancias en México: “violencia, corrupción, impunidad y cultura de la muerte” como las distinguió el propio episcopado.

Robles, al igual que los otros cardenales y arzobispos latinoamericanos, comenzó a tomar un peso moderadamente relevante en el concierto internacional pero, desde la presidencia del colegio de obispos mexicanos, su participación en los dos periodos se percibe apenas testimonial. Fueron sus secretarios generales los que destacaron mediáticamente. El primero, Eugenio Lira Rugarcía, quien cargó con más errores que aciertos en la organización de la visita del papa Francisco en 2013 y en la relación de la CEM con el entonces nuncio apostólico, Christophe Pierre; y en el segundo periodo, el obispo auxiliar de Monterrey, Alfonso Miranda Guardiola, quien enfocó su servicio en el rescate de la memoria episcopal, la sistematización de la vinculación de todas las diócesis y comisiones de la Iglesia católica, y la creación de varias alianzas y convenios institucionales, a veces con más audacia que contenido.

La administración saliente de la CEM pone entre sus logros la conformación de un Observatorio Nacional que compila y actualiza la vasta pero muchas veces desconocida información de las diócesis mexicanas que ofrecen servicios de caridad y asistencia social o humanitaria; un departamento de historia que reanudó un trabajo suspendido en 2009 para conservar documentación valiosa del organismo; un organismo interdisciplinario para dar seguimiento y fortalecer la prevención a los casos de abuso sexual de menores en la Iglesia; una batería de protocolos de acción operativa ante diferentes crisis institucionales; y un bloque de convenios con organismos federales como la Procuraduría General de la República (PGR), la Fiscalía Especializada para Prevenir Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Cultura, el INAH, entre otros.

Es, sin embargo, el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) el más audaz de los trabajos de la presidencia y secretaría salientes: la proyección de los trabajos de animación pastoral de la Iglesia católica en México con la mirada puesta en los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los dos mil años de la Redención.

Es en esta última materia donde los obispos mexicanos deben tomar definiciones profundas. El cardenal Robles Ortega no puede ser reelecto y, aunque Miranda Guardiola sí; no suele ser una práctica común cambiar al presidente conservando al secretario. En los corrillos eclesiales destacan los arzobispos de Monterrey y Morelia como posibles sucesores del cardenal Robles en la presidencia de la CEM. El primero, Rogelio Cabrera López, por su compromiso en el proceso y continuidad del PGP; y el segundo, Carlos Garfias, por su trabajo en el área de paz y reconciliación nacional, un tema de interés central del próximo gobierno federal por su aspiración de contar con la participación del papa Francisco en este proceso.

Pero, junto a la relación con el próximo gobierno y  dar continuidad de trabajos articulados dentro del organismo, existe un tercer factor para la próxima presidencia de la CEM: su participación institucional ante el Censo de Población y Vivienda 2020. El instrumento censal para registrar las creencias religiosas de los mexicanos ya ha recibido fuertes críticas, tanto de sociólogos como de asociaciones religiosas que se sienten sub representadas en los reactivos de consulta.

Diversas encuestas y estudios aislados ya hacen proyecciones que podrían ser muy duras para la idea de catolicidad mexicana. Hay tendencias demográficas que ubican a los católicos con márgenes de 72 a 68 por ciento de la población mientras muestran una sensible proliferación y mayor influencia política a las diferentes expresiones evangélicas, protestantes y pentecostales. Este contexto también pone un escenario para los obispos católicos poco previsto: el urgente paso del diálogo interreligioso a la cooperación interinstitucional con otras asociaciones religiosas.

En el Plan Global, los obispos mexicanos aseguran tener seis compromisos: construir dignidad humana, comprometerse con las causas sociales, ser una Iglesia pueblo, misionera y compasiva principalmente con los jóvenes y adolescentes. “Concretar respuestas”, apuntan; pero sin la cooperación con otras expresiones religiosas, sus esfuerzos puede que no resulten relevantes o significativos para el país que desean servir.

Hay un último factor que no se debe minimizar, el cardenal Carlos Aguiar Retes comenzará a tomar un papel de suma relevancia para el episcopado mexicano. Como arzobispo primado de México es naturalmente un foco de atención política y mediática; sus proyectos de administración pastoral (desterritorialización parroquial, reforma a la formación sacerdotal y redistribución episcopal) y el papel que irá adquiriendo como ‘papabile’ mientras se acerque el ocaso de la era Bergoglio lo perfilan como un importante referente para la configuración del episcopado de los próximos siete u ocho años. Aguiar llega a la asamblea plenaria aún con el doble cargo de arzobispo primado y administrador apostólico de Tlalnepantla, con un muy relevante trabajo en el pasado Sínodo de los Jóvenes en Roma; con la confianza del nuncio Coppola en sus proyectos y sin jugar las dinámicas de confrontación moral con el presidente electo por los temas que han polarizado a la sociedad. Tiene la oportunidad para hacer un liderazgo que signifique pero, para comunicarlo, siempre hace falta tomar riesgos.

@monroyfelipe

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

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Hay que partir de un hecho: El papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017: “En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia”. En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: “En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia”.

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque “la verdad es silenciosa y no hace ruido”. El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta: “Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración” y remató: “que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar”.

Y es que en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: “El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación”.

Ante las acusaciones, el papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio: “Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser”. Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco, al estilo de Etty Hillesum parece decir con su actitud: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos”.

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: “¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos –aun triunfando sobre él- a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?”.

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana. En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante: “Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada”. Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía –como Tolstoi- en la parte del Misterio con el que “Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe”.

@monroyfelipe

Posaderos y emisarios, los nuevos rostros de la Basílica de Guadalupe

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A nadie escapa la complejidad que encierra la administración y el rostro que debe tener el santuario mariano más visitado del mundo. La relevancia cultural, política e incluso económica de  la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe siempre ha requerido que el arzobispo de México, en su papel heredado de ser custodio absoluto de la estampa del Tepeyac, tenga especial cuidado en la elección de sus colaboradores en ese centro de la espiritualidad cristiana del continente americano. Finalmente, tras ocho meses de plena potestad administrativa, el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, ha puesto sus cartas sobre la mesa en lo que respecta al santuario guadalupano.

El 25 y 30 de septiembre, Aguiar nombró a Salvador Martínez Ávila y a Gustavo Watson Marrón, como nuevos rector y vicerrector de la Basílica de Guadalupe respectivamente. Ambos guardan muchas semejanzas en su experiencia sacerdotal: son naturales de la Ciudad de México, tienen 55 años de edad y, en sus primeros años de ministerio, vivieron en carne propia la audacia del Segundo Sínodo Arquidiocesano convocado por el cardenal Ernesto Corripio Ahumada para “transformar mediante el Evangelio las vertientes determinantes de la cultura”.

Ambos son, por así decirlo, la primera generación de sacerdotes capitalinos que recibieron el impulso de transformar más que conservar. Las líneas del Segundo Sínodo insisten en el cambio: “hay que transformar las estructuras, leyes y funciones de la Iglesia en expresión y fuente de la caridad pastoral […] transformar las comunidades parroquiales […] transformar los criterios de juicio, líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de nuestras vidas […] transformar la vida personal y social de los hombres […] desde adentro, renovar la misma humanidad”. En fin “transformar el mundo”. Cambio y transformación son las palabras más frecuentes en los documentos del Segundo Sínodo, la conservación sólo se utiliza una vez: “Debemos conservar las tradiciones de piedad y de religiosidad cristiana portadoras de un patrimonio moral y espiritual hoy en peligro”.

Por ello, para Martínez y Watson no hay nostalgia por el pasado (aunque el primero es biblista y el segundo historiador); han andado con naturalidad sobre el perfil actual de la Iglesia contemporánea, incluso en su relación con el gobierno civil y el propio gobierno arquidiocesano. Prácticamente después de ser ordenados, México reanudó relaciones diplomáticas con el Vaticano (lo que supuso adoptar una nueva actitud frente a todo lo que implicaba una nueva relación institucional entre el Estado y sus funcionarios con la Iglesia y sus ministros) y también vivieron en 1995 la renuncia del único pastor que conocieron y que les había ordenado para dar la bienvenida al joven nuevo arzobispo Norberto Rivera (lo que les advierte una perspectiva serena sobre los cambios y las efectos que provocan).

Pero quizá como nunca antes ambos se enfrentarán a un desafío mayúsculo para sus personas y sus trayectorias: “la protección y conservación del culto guadalupano [….] el cuidado del mayor tesoro espiritual de México y América […] la atención personal y pastoral de millones de peregrinos”. Aguiar Retes ha dado esas instrucciones a estos sacerdotes herederos de la transformación: proteger, conservar, cuidar y atender. Martínez y Watson serán pues posaderos de la casa espiritual de la mexicanidad y, al mismo tiempo, emisarios de un mensaje que quiere hallar su lugar en la cultura del siglo XXI.

No será sencillo, principalmente para el rector Salvador Martínez, integrarse a una dinámica de trabajo con el Cabildo Guadalupano y con los personajes que, desde allí, han mantenido una desagradable tensión al interior del Santuario. Los defectos humanos, las búsquedas de poder y privilegio, los odiosos protagonismos y las insatisfechas suspicacias sobre el destino real de los recursos económicos de la Basílica de Guadalupe son un terrible testimonio de fraternidad sacerdotal en el hogar de la Virgen Morena. Por su parte, en sus impecables 15 años al frente del Archivo Histórico de Guadalupe, Gustavo Watson comprende –porque la ha padecido- la desgastante e incómoda política eclesiástica que se vive en el seno de este recinto y, como vicerrector, seguramente buscará devolver la sana inocencia de ser servidor de los peregrinos.

No tendrán, además, la completa preocupación por la engorrosa y tentadora administración financiera del Santuario. La centralización económica que Aguiar Retes desea implementar en las principales instancias diocesanas les releva en ciertas tareas de esa delicada responsabilidad. Por si fuera poco, el cardenal Aguiar ha hecho también del santuario nacional, el estrado de su misión pastoral en la Ciudad: allí ha trasladado simbólicamente la cátedra arquidiocesana pues celebra de ordinario al pie de la Virgen de Guadalupe y sólo de manera eventual en la propia Catedral de México. Además, mientras se designa a su sucesor en la Arquidiócesis de Tlalnepantla (se especula en la posibilidad del también tepicense Mario Espinosa Contreras, actualmente obispo de Mazatlán), el cardenal mantiene una cercanía física con el territorio donde aún es administrador apostólico.

Martínez y Watson tendrán la tremenda responsabilidad de hacer sentir bienvenidos a los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de todas las diócesis mexicanas en sus tradicionales peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe; hacerles saber a todos los peregrinos nacionales y extranjeros que, si bien el arzobispo de México es el custodio del ayate de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el santuario es nacional y es el espacio donde todos los pastores pueden hacer participar a sus comunidades de la difusión y el fortalecimiento del culto guadalupano.

Este último análisis no es circunstancial, con mucha frecuencia se afirma -sin ningún tipo de rubor- que los mexicanos son más guadalupanos que católicos. La expresión es un sinsentido, porque la Virgen María en su advocación guadalupana sólo puede comprenderse desde las fronteras de una estricta teología católica; y, sin embargo, la afirmación es el más puro reflejo de la identidad nacional. La profunda contradicción emotiva y las infinitas capas de devoción tradicional hacia la virgen morena hacen verdadera la paradoja que lo mismo concede un profesionista ateo que un nuncio apostólico. Ser posaderos y emisarios; Martínez y Watson podrían cristalizar esa aparente contradicción en beneficio de una compleja sociedad guadalupana. Y empezaron con el pie derecho: con un fraterno y sincero abrazo.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

Miguel y la Sixtina capitalina, una oda al tesón

WhatsApp Image 2018-09-14 at 15.12.07Caminó sobre la obra de un portentoso artista durante 18 años. Miguel Macías comenzó su más grande hazaña en el 2000 en su primer año como jubilado: Tras un viaje a Europa, donde tuvo oportunidad de visitar la Capilla Sixtina en el Vaticano, Miguel cayó en cuenta que el famoso recinto religioso pintado por el inmortal Miguel Ángel Buonarroti tenía mucho en común con la parroquia de su barrio en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México; decidió reproducir los frescos de la bóveda pontificia en el templo a donde acude a misa de manera regular y, tras 18 años, finalmente será inaugurada la totalidad de la obra el 21 de septiembre del 2018.

Nada en el exterior de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro adelanta al visitante la asombrosa aparición de la obra de Miguel Ángel Buonarroti a lo largo y ancho de la bóveda del templo. La Moctezuma es una colonia popular, en la Plaza de la Aviación hay un quiosco y una estructura para mitigar el sol, por las calles se suceden locales nuevos y viejos, oficios y servicios que los vecinos ofrecen principalmente a residentes locales; el templo mismo está ligeramente oculto tras frondosos árboles donde sólo destaca un sencillo campanario y un moderno vitral redondo con la imagen de la Virgen María.

Pero al cruzar el umbral de la parroquia capitalina, la obra de la Capilla Sixtina se abre con plenitud ante los ojos del visitante: Son más de 500 metros cuadrados de obra pictórica que reproducen los nueve pasajes bíblicos del Génesis, los simbólicos retratos de sibilas y profetas, y las escenas familiares de los antepasados de Jesús. Macías y la gente que le ayudó desinteresadamente en este trascendental proyecto lograron reproducir los trampantojos de columnas, cuerpos y formas que han hecho mundialmente famosa a esta obra renacentista.

Sin ser pintor, Miguel Macías se las arregló para reproducir en 13 lienzos de 15×3 metros los detalles más acabados de la obra. Al igual que en la Capilla Sixtina original -donde se realiza a puerta cerrada la elección del Santo Padre de la Iglesia católica-, la bóveda de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro no se puede ver de un solo golpe de ojo. Cada personaje y todos los detalles están allí, pintados con cuidado milimétrico. Además, por si fuera poco, Miguel y algunos de los ayudantes que le apoyaron en diferentes etapas de estos 18 años para avanzar en el proyecto dejaron testimonio de su trabajo: “Pues sí, pusieron su nombre, es un pequeño gesto que intenta compensar sus esfuerzos; allí están sus nombres, casi no se ven a diez metros de altura, pero son cosas que, en efecto no están en la pintura original”.

Por si fuera poco, Macías recuerda que uno de sus colaboradores decidió pintar el perfil de la Virgen de Guadalupe en un lugar donde Miguel Ángel sólo había puesto un broche que ata un manto.

WhatsApp Image 2018-09-13 at 12.17.34La empresa de trabajar el proyecto no fue sencilla, ni barata. A lo largo de los 18 años, Macías debió padecer penurias económicas, falta de apoyo y grandes momentos de soledad; sin embargo, de cuando en cuando, los apoyos llegaron: Estudiantes o aficionados a la pintura que trabajaron bajo su guía, donadores generosos del proyecto y sorpresivos apoyos por parte de autoridades de la Ciudad. Lienzos, pinceles, pintura, bastidores, un improvisado taller al costado del templo, pegamentos, grúas hidráulicas, andamios especializados, iluminación y toda especie de necesidades consumieron decenas de miles -si no cientos de miles- de pesos en este proyecto que cabalgó a través de dos arzobispados (Norberto Rivera Carrera inauguró los primeros esfuerzos del artista) y tres jefaturas de gobierno capitalinas. Incluso, también debió sortear los cambios de los párrocos pues, sólo con la autorización de éstos, se pudo dar cauce a esta magna obra.

Macías relata que todo inició con un pequeño cuadro en el que reproducía apenas el detalle de las manos de Dios y Adán en “La creación de Adán”. Por alguna razón comenzó la obra justo en ese espacio entre la mano del creador y del primer hombre: “Me conmueve ese pequeño espacio entre la mano de Dios y de Adán en el momento de la creación del hombre”. En efecto, es un espacio vacío pero lleno de significado, de tensión y gracia, de silencio y de milagro. Las manos humanas que simbolizan la mano del Creador y la mano del primer hombre buscando ese contacto que les llevará todo el tiempo y a lo largo de todas las generaciones, concretar plenamente.

“Yo le agradezco a Dios por permitirme concluir esta obra; por supuesto a todos los que ayudaron -a Gustavo Moreno, por ejemplo, viajó de Cuernavaca a la Ciudad de México cada semana para ayudar durante cinco años al proyecto-, a las autoridades que en algún momento aportaron recursos y apoyo, y a los párrocos que permitieron hacer esta locura durante todos estos años”.

La magna obra será inaugurada por el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, el próximo 21 de septiembre a las 18 horas. Celebrará la comunión eucarística con los feligreses, donantes del proyecto y el párroco del lugar, José Guadalupe Ramírez Murillo.