Religión

Cicatrices del sismo, fiestas patrias y desdén institucional

s8El gobierno federal no se ocupa de sus inmuebles históricos sino hasta que los necesita como escenarios para sus eventos. El recinto histórico y cultural más importante del país, la Catedral Metropolitana de México, permaneció prácticamente abandonado por las instancias federales tras los sismos del 19 de septiembre del 2017; pero justo a un mes de que se realicen los tradicionales festejos patrios en el Zócalo capitalino, las autoridades decidieron acelerar la restauración de los muy afectados campanarios del inmueble religioso.

Aunque la Dirección General de Sitios y Monumentos realizó un dictamen antes del 5 de febrero pasado para que sólo se pudieran tocar siete campanazos para la recepción del nuevo arzobispo de México; la tradición del ritual cívico del Grito de Independencia implica el repique constante de las campanas de la Catedral de México y la colocación de fuegos artificiales masivos justo al costado del edificio. Pero, para las autoridades de la Iglesia capitalina, el riesgo puede ser grande si no se tienen las debidas precauciones.

El sacerdote José de Jesús Aguilar, director de Arte Sacro de la Arquidiócesis de México y conocido promotor del cuidado de la Catedral, denunció a esta columna que, tras el sismo de 2017, las torres campanario del recinto tuvieron que apuntalarse con andamios metálicos (los cuales atrajeron tanto a relámpagos como a nuevas afectaciones estructurales) y que las autoridades culturales desarrollaron largos proyectos de restauración pero que no fue sino justo a un mes de la fiesta patria que se dio inicio a la inyección de material consolidante en las torres campanarios de casi 70 metros de altura.

El encargado del bienestar de los inmuebles históricos y de valor cultural de la Iglesia capitalina pregunta a las autoridades federales qué tipo de restauración realizan en el simbólico recinto y si estos esfuerzos no son sólo para hacer funcional la Catedral para un solo evento sino para el servicio cotidiano religioso que allí se ofrece a fieles, turistas y visitantes, y por supuesto para la posteridad.

Para los custodios de la Catedral de México resulta incoherente que las autoridades federales les impidan tocar las campanas por los “potenciales riesgos estructurales” pero no tengan empacho en promover la utilización de grandes cantidades de pólvora que, se ha demostrado, provocan vibraciones peligrosas al pie del templo y que –como sucedió el 15 de septiembre del 2017- estos fuegos artificiales fueron los culpables de la mutilación de una escultura monumental de cantera, obra del indígena mexiquense, Santiago Cristóbal de Sandoval, director de escultura de la Real Academia de la Nueva España a finales del siglo XVIII. En efecto: CONACULTA y el Estado Mayor Presidencial tienen en su historial y conciencia el haber provocado un daño irreparable a un bien inmueble invaluable para el pueblo mexicano.

Las autoridades federales de cultura están obligadas a dar certeza mediante dictámenes especializados, tanto a los fieles como a los custodios de los recintos religiosos históricos, del verdadero grado de afectación que se provoca con el repique de campanas sobre las torres que apenas comienzan a ser restauradas y por las explosiones de pólvora que cada año se realizan al pie del recinto catedralicio.

Por supuesto, la celebración del tradicional Grito de Independencia en el Zócalo –presidido por el  titular del ejecutivo federal o local- es un gran atractivo para muchos ciudadanos y turistas nacionales y extranjeros: las luces, el sonido, la fiesta y los fuegos artificiales son un imponderable de la celebración, pero quizá sea tiempo de voltear a mirar lo que hacen otras naciones y destinos turísticos para resguardar sus tesoros históricos y culturales. Para que los inmuebles de gran valor artístico puedan recibir a muchas generaciones en el futuro.

@monroyfelipe

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Olimón Nolasco: un historiador consecuente

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Falleció en Edimburgo este 2 de agosto, el sacerdote e historiador mexicano Manuel OIimón Nolasco, justo el día de la Porciúncula, víctima de una serie de complicaciones cardiacas. Nacido en  la Ciudad de México en 1942 (por razones meramente circunstanciales, como él mismo decía), el sacerdote nayarita destacó por su prolífica producción bibliográfica sobre los más audaces temas históricos de México, de su amada Iglesia y su predilecta Nayarit.

Con la partida de Olimón, el último de los intelectuales cuyas agudas observaciones sobre el acontecimiento guadalupano pusieron alarmas en la propia Iglesia católica sobre sus certezas y procesos, concluye una muy audaz etapa de la actitud del clero mexicano ante las instituciones culturales del país. Olimón, al igual que sus maestros y colegas, alzó la voz con las herramientas del método científico, la investigación, la reflexión y el estudio, para denunciar los errores formativos que se forjan, divulgan y hasta promueven los centros de construcción cultural institucionales.

Para el fecundo historiador no había tema que no mereciera ser revisado y comentado. En 2007 decidió enfrentarse a un escritor de bestsellers pseudohistóricos y le dedicó un pequeño opúsculo donde refutó prácticamente todas las “pruebas históricas” que el literato presumía de su libro. Olimón no podía dejar pasar errores, la búsqueda de la verdad le obligaba a ser consecuente y responsable hasta el riesgo de ser señalado, temido y hasta confinado.

Fue ordenado sacerdote en Tepic, el 4 de febrero de 1973; administró diferentes servicios eclesiáticos pero su inquietud intelectual (forjada en México, Estados Unidos e Italia) dio frutos en la academia: impartió diferentes asignaturas y seminarios en la Universidad Pontificia de México, Universidad Iberoamericana, Universidad Intercontinental, UNAM, Universidad Autónoma de la CIudad de México y el IPADE.

Fue Director General de la Comisión Nacional de Arte Sacro y Consultor de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia; en 2011 recibió la membresía en carácter de Corresponsal de la Academia Mexicana de Historia.

Autor de 16 libros propios (se habla de uno más que se editará póstumamente) y colaborador en artículos académicos para más de 40 títulos especializados, Olimón es recordado particularmente por su polémico libro: “La búsqueda de Juan Diego”. Un intenso tratado que cuestionó las razones de las autoridades de la Arquidiócesis de México para acelerar la canonización del vidente de las apariciones marianas de la Virgen de Guadalupe, Juan Diego Cuauhtlatoatzin acontecida en 2002: “En conclusión -apunta Stafford Poole en un apéndice de la obra-, hay serios cuestionamientos acerca de la existencia de Juan Diego. Estas cuestiones deben resolverse antes de cualquier intento de canonizarlo. En este asunto lo mejor es proceder lenta, prudente y cautelosamente. Nada se perderá por demora, mientras que mucho puede perderse por prisa”.

Olimón Nolasco advirtió los riesgos de llevar a los altares al indio Juan Diego si no se comprobaba plena y desinteresadamente su historicidad; y, aunque al final acató la canonización por tratarse de un tema de veneración, en su defensa nunca rechazó seguir buscando la verdad histórica.

Al final de su vida, el sacerdote Olimón reflexionaba sobre aquellas crisis que vivió y desató por atender con sacrificio el oficio de historiador: “La primera reconciliación de los espacios oscuros de nuestra vida -afirmó refiriéndose a los muchos márgenes negros de la cultura, vida e identidad mexicana- es con la purificación de la memoria histórica”. Afortunadamente don Manuel Olimón deja una vasta producción intelectual que seguramente ayudará a futuras generaciones a emprender esa necesaria reconciliación.

@monroyfelipe

 

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

Fanatismo electoral: ¿Compromiso o intransigencia?

joven_agrede_hombre_silla_ruedas_rusia (1)Afortunadamente ya estamos en los últimos momentos de las campañas electorales. Es un alivio para millones de mexicanos que no sólo debieron soportar con estoicismo heroico millones de spots sino ‘genialidades’ creativas como comparar el proceso electoral con la elección de un pretendiente; pero, lo peor, el fanatismo político de fidelidad incondicional que no logró abrir espacios de diálogo o conciliación entre diferentes posturas de la muy plural sociedad mexicana. Desde el inicio ya se había advertido que un ingrediente central de las campañas ha sido el maniqueísmo moral, casi religioso, de contrastar lo bueno con lo malo, la esperanza con el peligro, lo bonito de lo feo, lo necesario de lo prescindible, lo no negociable frente a lo contingente, todo en valores absolutos.

George Orwell afirmaba que “la mayoría de nosotros sigue creyendo que todas las opciones políticas consisten en tener que elegir entre el bien y el mal… creo que sería preciso despojarnos de esta creencia que nos viene del jardín de la infancia”. Y tiene razón, máxime porque no pocos líderes aprovecharon esas murallas de radicalidad moral de sus seguidores para influenciarlos en su reflexión a favor o en contra de personas o proyectos políticos; pero lo que parece que podría germinar sólo en ciertos grupos religiosos, es evidente que encontró tierra fértil en toda la esfera social.

En los discursos abiertos, los líderes morales de grupos sociales han insistido a sus seguidores que la elección de sus representantes debe hacerse desde la reflexión razonada. Pero lo que no advierten es que la razón que piden es más cerrada que abierta. Es decir, una razón de lógica cerrada (intransigente) frente a una lógica abierta (flexible). Y lo que en el fondo los líderes piden a sus seguidores es que usen la reflexión de lógica moral cerrada para justificar ‘valores irrenunciables’ ‘principios no negociables’ o ‘actitudes irreconciliables’.

El escritor católico Charles Péguy reflexiona al respecto: “Es un prejuicio, pero absolutamente irradicable, pretender que una razón cerrada sea más razón de una razón abierta […] las lógicas cerradas son infinitamente menos exigentes que las lógicas abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas. Las morales cerradas son infinitamente menos exigentes que las morales abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas… contrariamente a todo lo que se cree, es la rigidez la que hace trampas, la que miente; y es la flexibilidad no sólo la que no hace trampas ni miente, sino la que no permite trampear, ni deja mentir. La rigidez, todo lo permite, no señala nada”.

Quizá por ello la tónica de las campañas, por desgracia, ha fluido más hacia el sectarismo intransigente que al compromiso conciliador: en la primera es más fácil la mentira y la trampa (justificarían más las fake news y el fraude, por ejemplo). Por supuesto, cuando las cosas van mal, cuando las respuestas parecen tan esquivas ante una realidad tan dolorosa como lo es la mexicana en el contexto actual, la intransigencia parece más seductora que el compromiso con la alteridad, la otredad o la conciliación.

Para evitar que el sectarismo moral en la política genere tribalismo socio-cultural y todas sus nefastas consecuencias como la discriminación y la persecución, es necesario que los liderazgos morales promuevan más el compromiso con la conciliación y la construcción de puentes entre expectativas contradictorias o entre valores opuestos; de lo contario, el fundamentalismo fanático se alimentará de los miedos y los prejuicios promovidos por las campañas electorales. “El intransigente -dice Paul Valadier- está en las antípodas del hombre del compromiso… al intransigente le gusta ufanarse de no ser como los demás… altivo y algo despectivo porque cree en su rigor, en su distinción personal que le separa de los demás, del vulgo”.

El compromiso, el verdadero compromiso, trabaja desde la vulnerabilidad y la pobreza; la intransigencia casi siempre debe pagar con componendas inconfesables el éxito de su cerrazón. Como decía: es un alivio que las campañas ya estén por concluir, pero la polarización que sembraron podrá crecer en formas más oscuras de política excluyente. Y si así fuera, ¿qué habremos de cosechar en los próximos seis años?

@monroyfelipe

Contra el abuso sexual, obispos de México apuestan por nueva cultura de prevención

cema.jpgTomó casi los dos periodos de presidencia del cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, al frente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), pero la ruta hacia una nueva cultura de prevención, atención y respuesta ante potenciales casos de pederastia en la Iglesia católica aseguró forma bajo las “Líneas Guía del Procedimiento a Seguir en Casos de Abuso Sexual de Menores por Parte de Clérigos”.

Los obispos de México publicaron este 11 de junio extractos del antecitado documento como respuesta a las peticiones del papa Francisco de “cero tolerancia a la cultura de abuso y al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse” en el seno de la Iglesia. Esto, en el marco de la aceptación de tres renuncias del medio centenar que los obispos chilenos presentaron al pontífice tras reconocer que el problema les superaba y con las que reconocieron necesitar asistencia y dirección desde el Vaticano.

En México, los pastores de la grey católica aceptan que el abuso sexual infantil dejó “gravísimas consecuencias” para las instituciones religiosas del país y, por ello, comunicaron que en noviembre del 2016 se aprobaron las “Líneas Guía” frente al abuso sexual de menores, que los obispos acogieron las disposiciones del papa Francisco a través del cardenal O’Malley, presidente de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores y que se elaboró un “Protocolo de Protección de Menores” aprobado en 2017.

No son ni el primer protocolo ni las primeras líneas de acción contra la pederastia que elaboran los obispos mexicanos; tras las acusaciones contra el entonces arzobispo de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, la Arquidiócesis de México publicó en 2010 unas orientaciones generales para que tanto los obispos auxiliares, superiores de congregaciones y sacerdotes en general tuvieran conocimiento sobre las disposiciones legales y las responsabilidades civiles y penales que los clérigos asumían frente a estos crímenes. Y a nivel nacional, en 2012, tras la instrucción del papa Benedicto XVI a los obispos mexicanos a elaborar unas guías de prevención y combate al abuso sexual, el obispo de Tula, Pedro Juárez Meléndez, fue el responsable de liderar el proyecto.

Pasaron cuatro años más para que finalmente se tuvieran íntegras las “Líneas Guía”, un documento de 26 páginas dividido en tres secciones generales que abordan desde “el compromiso con la transparencia y el sentido de responsabilidad, la cooperación con las autoridades del Estado, los derechos de la víctima, la asistencia al acusado, la formación de futuros clérigos y los mecanismos del proceso canónico para la investigación e integración de la denuncia.

“Reconocemos que, en el pasado, por diversas circunstancias no se actuó como era debido. Por otra parte, se debe poner atención a los casos de algunas personas que haciéndose pasar por víctimas han inventado un abuso sexual para sacar o intentar obtener un beneficio económico o para manchar y dañar la reputación del clérigo”, explican los obispos.

El documento prohíbe prácticas que hasta hace poco no eran sancionadas por la Iglesia católica como el traslado de clérigos acusados a otras diócesis o de congregaciones religiosas a la vida diocesana; las “Líneas Guías” también recuerdan que es deber de la Iglesia católica el colaborar con las autoridades civiles competentes “proporcionándoles la información recabada en nuestros Tribunales Eclesiásticos, siempre y cuando medie un mandado judicial o del Ministerio Público debidamente fundado y motivado”.

En el tercer apartado del documento se detallan los pasos del “proceso canónico” con el que se reciben las denuncias, se investigan, de dirimen las responsabilidades institucionales, se resguarda la confidencialidad del caso, así como la buena fama, la dignidad y el respeto de todas las personas involucradas.

Las “Líneas Guía” proponen que a los acusados también se les debe asistir: “Deberá someterse a un programa terapéutico inspirado en los modernos protocolos clínicos especialmente elaborados para tratar patologías” y recuerda que, si la denuncia es falsa, el denunciante incurre en entredicho lateae sententiae la cual puede ser sancionada “con una pena justa y obligar a quien a calumniado a dar la satisfacción conveniente”.

“Debemos estar al lado de todos aquellos que han sido heridos y han sufrido. Un día las víctimas de abuso sexual nos mirarán no como a un enemigo sino como a su defensor y amigo. Todavía ese día no ha llegado y, por lo tanto, no somos completamente la Iglesia que debemos ser, un hogar seguro para las niñas, niños y adolescentes”, concluye el histórico documento.

Cardenal Aguiar valora desmembrar la poderosa iglesia capitalina

34598765_1185626698254713_8690352044071976960_n.jpgEl cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, estudia dividir la Arquidiócesis de México. Tras cuatro meses de haber recibido la Iglesia capitalina de manos del cardenal Norberto Rivera Carrera, el purpurado nayarita ya realiza valoraciones para que la diócesis que preside, que hasta el momento coincide en delimitación geográfica con la Ciudad de México, se divida en dos o tres territorios más que tendrían un obispo autónomo residencial con todas las facultades, derechos y responsabilidades canónicas y representativas.

A través de un comunicado signado por la directora de Comunicación de la Arquidiócesis de México el 6 de junio -justo en el cumpleaños del cardenal Rivera Carrera-, las instituciones eclesiales afirman que se ha iniciado un Proceso de Consulta para la Creación de Nuevas Diócesis, desmembradas de la Arquidiócesis Primada de México.

Las diócesis que se crearían -adelanta el comunicado-, podrían ser la que hoy está delimitada en la Primera Vicaría Episcopal cuyo territorio integra las delegaciones Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, y las vicarías Séptima y Octava cuyos territorios abarcan las delegaciones Iztapalapa, Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco. Al frente de estas demarcaciones pastorales, Rivera dejó a los obispos auxiliares Florencio Armando Colín, Jesús Antonio Lerma y Andrés Vargas Peña.

El estudio de la división territorial de la Iglesia capitalina ha sido permanente, incluso el arzobispo Rivera Carrera recibió varias valoraciones sobre los positivos y negativos que generaría tal división. Para el purpurado duranguense, la coincidencia territorial del entonces Distrito Federal con la Arquidiócesis Primada facilitaba la relación de las autoridades eclesiales con las de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México: Un jefe de gobierno – un sólo obispo residencial titular; pero también ayudaba a manifestar la unidad simbólica de los capitalinos como habitantes culturales de una ciudad de inmensos contrastes.

Por el otro lado, la Iglesia arquidiocesana es a todas luces ingobernable; el cardenal Rivera utilizó un modelo de responsabilidades gerenciales y cedió gran parte de su representación en sus ocho obispos auxiliares; pero una administración centralizada exige muy altas capacidades de gobierno y no pocos sacrificios para caminar en una iglesia tan masiva y dinámica. Sólo los arzobispos de Milán y de Madrid tienen más sacerdotes, parroquias y centros neurálgicos de la política y la economía como los que tiene la Ciudad de México.

De esta manera, si los obispos de México, la Nunciatura y el propio papa Francisco lo validan, en breve existiría una diócesis autónoma al norte de la ciudad que separaría a la Provincia de Tlalnepantla de la Ciudad de México y que sólo salvaría el polígono del Santuario Mariano del Tepeyac porque el arzobispo de México es el custodio histórico del Ayate de Juan Diego, la venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe; y una diócesis más (si no dos) al sur y oriente capitalino, que es la zona que aún conserva áreas rurales y naturales protegidas, donde se concentran más de 3 millones de habitantes, así como las expresiones religiosas católicas populares más icónicas y masivas de la Ciudad de México: la Candelaria del Niñopa en Xochimilco y Semana Santa de Iztapalapa. Sitios de profundo arraigo religioso que son el principal proveedor de vocaciones sacerdotales de la capital.

Aguiar Retes quedaría como primado capitalino y arzobispo metropolitano con la Basílica de Guadalupe y los territorios más urbanizados, de mayor desarrollo vertical y de alto potencial económico comercial de la ciudad: desde Polanco, Tacubaya, la Condesa, Juárez, Centro, Lomas, Santa Fe, Del Valle, Mixcoac, San Ángel, Coyoacán, Churubusco, Pedregal y Tlalpan.

Si se aprobase la creación de nuevas diócesis: la del norte de la ciudad (en Azcapotzalco básicamente) se quedaría con una diócesis muy estructurada parroquialmente hablando pero con un cuerpo sacerdotal cuyo promedio de edad es muy superior a los 65 años y con pocas vocaciones sacerdotales en el corto plazo; mientras que la potencialmente nueva diócesis del sur se quedaría con la delegación Iztapalapa que es la zona más densamente poblada, marginada, empobrecida y tristemente violenta de la capital y con Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac, los únicos territorios con espacios aún rurales de la capital que cuentan con las parroquias, capillas, barrios, mayordomías y expresiones populares más ricas de religiosidad católica.

@monroyfelipe

Szymanski

szymanski_2En persona parecía muy alto y de muy fácil sonrisa; tras saludarlo en el soleado jardín de su casa en San Luis Potosí no tardé mucho en darme cuenta de que Szymanski mantenía permanentemente una mirada vivaz y una interesante conversación de los acontecimientos actuales. Tenía 92 años entonces y, aunque fui a entrevistarlo para que hablara del pasado (en ese entonces era uno de los cuatro obispos sobrevivientes del histórico Concilio Vaticano II de 1962), a don Arturo le fascinaba el futuro porque hacia allá planteaba todas sus ideas, sus inquietudes y sus anhelos.

La primera vez que supe del ya legendario obispo emérito de San Luis Potosí, Arturo Antonio Szymanski Ramírez, fue en 2008 cuando la muerte de otro ilustre católico tampiqueño nos hizo coincidir. Tras las exequias del cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de México, su amigo y coterráneo escribió una homilía donde destacaba algo que llamó “la segunda conversión” que no es otra cosa sino la amorosa renuncia del ser al Creador y a sus designios. Szymanski intentaba decir que, tras el vigor juvenil para abandonar lo material para seguir con bríos el camino de Jesús, en el ocaso de la vida sólo quedaba cargar la Cruz sin quejarse y enfrentar el final confiados en que Dios sabrá cuánto se intentó hacer el bien en su nombre.

Pero el que crea que el nonagenario Szymanski había perdido los bríos, está muy equivocado. Aquella tarde en su hogar me presumió que a sus 92 años aún podía hacer lagartijas y sentadillas (y realizó dos de estas últimas para demostrarlo); que comía y bebía con disciplina, pero con el apetito y la frugalidad de un jovial obrero; que seguía con interés varias publicaciones y noticiarios para debatir con actualidad los temas más urgentes de reflexión; y que prefería recorrer el país en carretera en lugar de acortar la distancia en un avión. Sin ir lejos, apenas hace año y medio realizó un viaje trasatlántico para encontrase con el papa Francisco y dialogar con él sobre lo que sus 56 años de experiencia episcopal le habían dejado en el caminar de la Iglesia católica antes y después del Concilio Vaticano II.

En sus últimos años, Szymanski profundizó mucho en la “teología del encuentro” y planteaba que si las personas no comparten el mismo temperamento necesitan dialogar, construir, participar y compartir más; consideraba que el cristianismo “siempre es revolución en un mundo revuelto” y promovió el uso de la palabra, la razón, la prensa y el diálogo como pilares de un mundo donde sea posible respetarnos como personas, para promover la libertad y la alegría de la existencia humana.

Don Arturo Szymanski murió la mañana de este 29 de mayo del 2018 a los 96 años de edad, falleció aquel obispo que a sus cuarenta años manejaba por las carreteras europeas explorando el mundo que se avecinaba tras esa ventana que la Iglesia católica estaba abriendo pensando en futuro y en aires nuevos; fue un obispo de inagotables anécdotas (conoció en los años 60 al joven Karol Wojtila -futuro san Juan Pablo II- cuando el legendario cardenal, Stefan Wyszynski, invitó a todos los obispos del mundo de apellido polaco a una pequeña recepción en Roma) y fue un hombre de mucha fortaleza incluso frente al dolor que provoca la verdad (un sacerdote de mucha confianza para él fue hallado culpable de abuso sexual a menores).

En uno de nuestros últimos encuentros, el obispo insistía en que en México faltaba humanismo y sobraban los tecnócratas: “Tenemos que renovarnos interiormente, renovar nuestro corazón. Creo que el tema básico es la caridad, querernos, tratarnos bien. Si usted es de un modo, por qué no voy a quererlo, por qué voy a estarme peleando. Hay tres cosas que he tenido muy claro que se debe ser: Una persona que se entrega a algo, como usted al periodismo, debe ser primero un profesional, después un servidor y, lo tercero, un santo. Para mí, ese es el camino que Dios nos pone. Puede ser que haya unos muy listos como profesionales y hasta serviciales, pero de santidad tienen cero. Creo que nos hace falta tener una poquita de fe”.

Descanse en paz, don Arturo.

@monroyfelipe

Iglesia y política, forzados a convivir

elecciones.jpgEl genial Chesterton afirmó que la Biblia pedía amar a tanto a los enemigos como a los vecinos porque en general suelen terminar siendo las mismas personas; y la reflexión cae a cuento porque en el presente proceso electoral, las instituciones religiosas parecen estar obligadas a convivir con la política electoral tanto por vecindad como por imbricadas asociaciones.

En los últimos meses, las estrategias políticas de diferentes grupos han querido involucrar a las instituciones religiosas al feroz ritmo de las campañas electorales. En algunos casos lo hacen de manera casi corporativa mediante asambleas enteras de fieles que entran de cuerpo entero en plataformas de ciertos candidatos; y en otros, más sutiles, mediante estrategias de miedo o de presión para que otros grupos de creyentes detonen a favor o en contra de los aspirantes.

En los días previos al segundo debate de los candidatos a la presidencia de la República, se divulgó la noticia de un supuesto panfleto (del que sólo se conoce la fotografía en redes sociales) donde presuntamente un partido político agrede los sentimientos religiosos de un particular credo. Sin ninguna prueba física o alguna otra fuente fidedigna de veracidad, el tema creció incontrolable hasta propiciar un posicionamiento de la Iglesia católica. Los obispos de México afirmaron que el panfleto comenzó a circular en redes sociales y, aunque reconocieron que desconocían incluso su origen, no impidió que con su autoridad reprobaran “que se utilice como instrumento de discordia” y pedir a las autoridades competentes “investiguen estos hechos, y no permitan que circule ningún tipo de propaganda electoral que contenga imágenes o símbolos religiosos venerados por gran parte del pueblo de México”.

Días más tarde, otro organismo de una asociación religiosa rechazó que sus miembros hicieran peticiones de datos personales y promesas de entregas de despensas u otras ayudas económicas a instituciones, fundaciones o agrupaciones religiosas. Detrás de estas denuncias sin duda se encuentra alguna estrategia electorera que utiliza organizaciones religiosas (de alta confianza para el mexicano promedio) para hacerse de adherentes, votos potenciales o padrones espurios para partidos políticos (que sin quizá las instituciones de menor confianza entre los ciudadanos).

Sin embargo, también hay grupos o iglesias que aprovechan los espacios doctrinales para inducir el voto de sus fieles. Se hace de manera velada o francamente abierta, con y sin riesgo de ser señalados ante las autoridades electorales de actos violatorios del proceso electoral. Como decía Chesterton: enemigos y vecinos a veces son las mismas personas.

El tema delicado es que la política y las asociaciones religiosas están, más que nunca, obligadas a convivir en un momento de alta tensión social, en medio de campañas de odio, mentira, tergiversación, señalamientos y marrullerías. El peligro es que grupos religiosos enteros pueden estar vulnerables a los efectos de la mentira y, no es novedad que, a pesar de los permanentes llamados a la mesura por parte de los líderes religiosos o políticos, siempre hay individuos o células radicales que contravengan el principio ético de no hacer en el otro lo que no se quiera experimentar en la carne propia.

El genial escritor de ‘Los viajes de Gulliver’, Jonathan Swift, en pleno siglo XVIII describía la mentira política como una herramienta que sólo es útil cuando hay ingenuos que desean creerla. Así, el vulgo trasmite rumores sobre la vida sexual, la salud, la riqueza o la moral de los políticos sin saber que es utilizado por los hilos del poder. La divulgación de mentiras políticas provoca las más virulentas reacciones y, al final, no importa que se revele la verdad: para quien tiene un prejuicio inoculado al tuétano creerá la mentira hasta la ignominia. Aquí es donde la vecindad de la política y las religiones deben atender más la calidad de su convivencia pues todo fanático tiene su punto de presión; basta que lo activen para que explote revelando su verdadero rostro.

Los panfletos antirreligiosos o los intentos de captación de voto corporativo religioso pueden venir de cualquier lado y, aunque ese es un tema legal por atender, lo que importa es contemplar y explicar cómo estos fenómenos logran revelar el verdadero rostro de quienes ya están fanatizados en sus criterios ideológicos, políticos o religiosos. El arte de la mentira política lleva 400 años perfeccionándose; y resulta vergonzoso cómo la sociedad sigue conservando la misma dosis de credulidad.

@monroyfelipe

Elitismo, división y connivencia: el desafío sistémico para la iglesia chilena

obisposchile.jpgLa presentación de las renuncias de todos los obispos católicos de Chile al papa Francisco es un acontecimiento sin comparación, todo un parteaguas que acudirá al gran escenario histórico como un hecho inédito pero, al mismo tiempo, no falto de lógica: los casos de abuso sexual, acciones de simulación con víctimas y encubrimiento de responsables tomaron una ruta dolorosa pero también necesaria para que la estructura eclesial y su operación institucional finalmente pueda atender y resolver este flagelo.

Histórico sí, pero ineludible. Por ello, el obispo auxiliar de Santiago de Chile y secretario de la Conferencia Episcopal, Fernando Ramos Pérez, leyó -con mucha serenidad y sin impostar afectación alguna- el comunicado de la decisión de los obispos chilenos de presentar por escrito su renuncia al gobierno y cuidado de sus respectivas diócesis en espera de que el papa Francisco les indique el camino a seguir. El día anterior, en la carta que Jorge Bergoglio les entregó personalmente a los chilenos -y que se filtró a la prensa más tarde-, les adelantaba que no sería suficiente la remoción de sólo algunas personas de sus cargos.

La renuncia en bloque de los obispos era necesaria tras conocerse el contenido de la carta de Bergoglio. En ella, primeramente les reconoce su empeño por intentar resolver la situación, por la franqueza y disponibilidad con la que se trabajó con el enviado pontificio Charles Scicluna y por el ‘firme propósito de reparar los daños causados’; pero también reconoce los hechos delictivos en los que incurrió la iglesia chilena: readmisión de religiosos expulsados de sus respectivas órdenes por abusos cometidos, la insensibilidad institucional ante las denuncias recibidas por parte de las víctimas, la destrucción de documentación comprometedora por parte de encargados de archivos eclesiásticos, el desacierto de encomendar seminarios a sacerdotes sospechosos de comportamiento homosexual y, sobre todo, la actitud elitista, clericalista y de superioridad con la que ejercieron su responsabilidad ministerial y pastoral ante esta crisis.

Tras la misión de investigación realizada en Chile por el arzobispo Charles Scicluna (el experto en delitos sexuales más respetado del Vaticano) y el diálogo personal sostenido con los prelados, el papa Francisco reconoció que el problema es sistémico, agravado por la división del colegio episcopal y la connivencia de algunos miembros de la iglesia católica local.

Los comentarios del pontífice y la renuncia conjunta parecerían ser el fondo de un abismo que comenzó con el caso del sacerdote Fernando Karadima (hoy de 87 años) hallado culpable de delitos sexuales que fue formador y referente de prominentes sacerdotes chilenos, incluso del actual obispo de Osorno, Juan Barros. El sórdido caso Karadima tomó una ruta de crisis que obliga a otras conferencias episcopales y organizaciones religiosas a ser más vigilantes y sensibles ante los casos de abuso: Karadima fue denunciado desde 2004 por abusos cometidos entre 1955 y 1980, no fue sino hasta 2010 cuando este tema saltó a la sociedad chilena con las reuniones del cardenal Errázuriz con el presidente Piñera y la visita del poderoso número dos del Vaticano, cardenal Tarsicio Bertone. Encuentros donde se abordó el caso pero que fueron relativizados por las autoridades eclesiales en un primer momento, aunque no pudieron minimizarse por mucho tiempo pues en los meses siguientes se definió la sentencia canónica contra Karadima. Sin embargo, la sentencia no dio plena satisfacción a las víctimas, aún exigen solución al tema del resarcimiento económico y su queja se escuchó con dureza, por ejemplo, cuando Juan Barros tomó posesión de la diócesis de Osorno en 2015 y, por supuesto, durante la visita del papa Francisco en enero de 2018.

La visita de Bergoglio en Chile fue también un escollo doloroso para la iglesia católica: el pontífice defendió a Barros y afirmó en público que no había pruebas contra él. El malestar del pueblo y los católicos chilenos fue tal que el Papa pidió disculpas por sus palabras e instruyó a Scicluna la investigación a fondo del caso pues todo apuntaba a que él mismo no tenía todo el panorama de la situación.

Los resultados presentados por Scicluna en abril fueron devastadores, Bergoglio nuevamente pidió perdón y sostuvo reuniones privadas con las víctimas. Con la visita de tres días de todos los obispos chilenos a Roma se cerró la pinza: el Papa comprendió que la crisis es sistémica y los obispos dejaron en manos del pontífice el gobierno de sus iglesias particulares.

Lo que viene para la iglesia chilena es, sin duda, incierto; los obispos, por lo pronto, han mostrado disposición para hacerse a un lado con tal de no entorpecer la restauración de la salud eclesial, pero sin abandonar la responsabilidad que tienen para detonar un cambio de cultura eclesiástica que ayude a mejorar los mecanismos de denuncia, de acompañamiento y de resolución de crímenes canónicos o hechos delictivos.

@monroyfelipe