Religión

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

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Hay que partir de un hecho: El papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017: “En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia”. En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: “En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia”.

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque “la verdad es silenciosa y no hace ruido”. El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta: “Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración” y remató: “que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar”.

Y es que en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: “El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación”.

Ante las acusaciones, el papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio: “Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser”. Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco, al estilo de Etty Hillesum parece decir con su actitud: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos”.

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: “¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos –aun triunfando sobre él- a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?”.

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana. En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante: “Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada”. Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía –como Tolstoi- en la parte del Misterio con el que “Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe”.

@monroyfelipe

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Posaderos y emisarios, los nuevos rostros de la Basílica de Guadalupe

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A nadie escapa la complejidad que encierra la administración y el rostro que debe tener el santuario mariano más visitado del mundo. La relevancia cultural, política e incluso económica de  la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe siempre ha requerido que el arzobispo de México, en su papel heredado de ser custodio absoluto de la estampa del Tepeyac, tenga especial cuidado en la elección de sus colaboradores en ese centro de la espiritualidad cristiana del continente americano. Finalmente, tras ocho meses de plena potestad administrativa, el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, ha puesto sus cartas sobre la mesa en lo que respecta al santuario guadalupano.

El 25 y 30 de septiembre, Aguiar nombró a Salvador Martínez Ávila y a Gustavo Watson Marrón, como nuevos rector y vicerrector de la Basílica de Guadalupe respectivamente. Ambos guardan muchas semejanzas en su experiencia sacerdotal: son naturales de la Ciudad de México, tienen 55 años de edad y, en sus primeros años de ministerio, vivieron en carne propia la audacia del Segundo Sínodo Arquidiocesano convocado por el cardenal Ernesto Corripio Ahumada para “transformar mediante el Evangelio las vertientes determinantes de la cultura”.

Ambos son, por así decirlo, la primera generación de sacerdotes capitalinos que recibieron el impulso de transformar más que conservar. Las líneas del Segundo Sínodo insisten en el cambio: “hay que transformar las estructuras, leyes y funciones de la Iglesia en expresión y fuente de la caridad pastoral […] transformar las comunidades parroquiales […] transformar los criterios de juicio, líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de nuestras vidas […] transformar la vida personal y social de los hombres […] desde adentro, renovar la misma humanidad”. En fin “transformar el mundo”. Cambio y transformación son las palabras más frecuentes en los documentos del Segundo Sínodo, la conservación sólo se utiliza una vez: “Debemos conservar las tradiciones de piedad y de religiosidad cristiana portadoras de un patrimonio moral y espiritual hoy en peligro”.

Por ello, para Martínez y Watson no hay nostalgia por el pasado (aunque el primero es biblista y el segundo historiador); han andado con naturalidad sobre el perfil actual de la Iglesia contemporánea, incluso en su relación con el gobierno civil y el propio gobierno arquidiocesano. Prácticamente después de ser ordenados, México reanudó relaciones diplomáticas con el Vaticano (lo que supuso adoptar una nueva actitud frente a todo lo que implicaba una nueva relación institucional entre el Estado y sus funcionarios con la Iglesia y sus ministros) y también vivieron en 1995 la renuncia del único pastor que conocieron y que les había ordenado para dar la bienvenida al joven nuevo arzobispo Norberto Rivera (lo que les advierte una perspectiva serena sobre los cambios y las efectos que provocan).

Pero quizá como nunca antes ambos se enfrentarán a un desafío mayúsculo para sus personas y sus trayectorias: “la protección y conservación del culto guadalupano [….] el cuidado del mayor tesoro espiritual de México y América […] la atención personal y pastoral de millones de peregrinos”. Aguiar Retes ha dado esas instrucciones a estos sacerdotes herederos de la transformación: proteger, conservar, cuidar y atender. Martínez y Watson serán pues posaderos de la casa espiritual de la mexicanidad y, al mismo tiempo, emisarios de un mensaje que quiere hallar su lugar en la cultura del siglo XXI.

No será sencillo, principalmente para el rector Salvador Martínez, integrarse a una dinámica de trabajo con el Cabildo Guadalupano y con los personajes que, desde allí, han mantenido una desagradable tensión al interior del Santuario. Los defectos humanos, las búsquedas de poder y privilegio, los odiosos protagonismos y las insatisfechas suspicacias sobre el destino real de los recursos económicos de la Basílica de Guadalupe son un terrible testimonio de fraternidad sacerdotal en el hogar de la Virgen Morena. Por su parte, en sus impecables 15 años al frente del Archivo Histórico de Guadalupe, Gustavo Watson comprende –porque la ha padecido- la desgastante e incómoda política eclesiástica que se vive en el seno de este recinto y, como vicerrector, seguramente buscará devolver la sana inocencia de ser servidor de los peregrinos.

No tendrán, además, la completa preocupación por la engorrosa y tentadora administración financiera del Santuario. La centralización económica que Aguiar Retes desea implementar en las principales instancias diocesanas les releva en ciertas tareas de esa delicada responsabilidad. Por si fuera poco, el cardenal Aguiar ha hecho también del santuario nacional, el estrado de su misión pastoral en la Ciudad: allí ha trasladado simbólicamente la cátedra arquidiocesana pues celebra de ordinario al pie de la Virgen de Guadalupe y sólo de manera eventual en la propia Catedral de México. Además, mientras se designa a su sucesor en la Arquidiócesis de Tlalnepantla (se especula en la posibilidad del también tepicense Mario Espinosa Contreras, actualmente obispo de Mazatlán), el cardenal mantiene una cercanía física con el territorio donde aún es administrador apostólico.

Martínez y Watson tendrán la tremenda responsabilidad de hacer sentir bienvenidos a los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de todas las diócesis mexicanas en sus tradicionales peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe; hacerles saber a todos los peregrinos nacionales y extranjeros que, si bien el arzobispo de México es el custodio del ayate de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el santuario es nacional y es el espacio donde todos los pastores pueden hacer participar a sus comunidades de la difusión y el fortalecimiento del culto guadalupano.

Este último análisis no es circunstancial, con mucha frecuencia se afirma -sin ningún tipo de rubor- que los mexicanos son más guadalupanos que católicos. La expresión es un sinsentido, porque la Virgen María en su advocación guadalupana sólo puede comprenderse desde las fronteras de una estricta teología católica; y, sin embargo, la afirmación es el más puro reflejo de la identidad nacional. La profunda contradicción emotiva y las infinitas capas de devoción tradicional hacia la virgen morena hacen verdadera la paradoja que lo mismo concede un profesionista ateo que un nuncio apostólico. Ser posaderos y emisarios; Martínez y Watson podrían cristalizar esa aparente contradicción en beneficio de una compleja sociedad guadalupana. Y empezaron con el pie derecho: con un fraterno y sincero abrazo.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

Miguel y la Sixtina capitalina, una oda al tesón

WhatsApp Image 2018-09-14 at 15.12.07Caminó sobre la obra de un portentoso artista durante 18 años. Miguel Macías comenzó su más grande hazaña en el 2000 en su primer año como jubilado: Tras un viaje a Europa, donde tuvo oportunidad de visitar la Capilla Sixtina en el Vaticano, Miguel cayó en cuenta que el famoso recinto religioso pintado por el inmortal Miguel Ángel Buonarroti tenía mucho en común con la parroquia de su barrio en la colonia Moctezuma de la Ciudad de México; decidió reproducir los frescos de la bóveda pontificia en el templo a donde acude a misa de manera regular y, tras 18 años, finalmente será inaugurada la totalidad de la obra el 21 de septiembre del 2018.

Nada en el exterior de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro adelanta al visitante la asombrosa aparición de la obra de Miguel Ángel Buonarroti a lo largo y ancho de la bóveda del templo. La Moctezuma es una colonia popular, en la Plaza de la Aviación hay un quiosco y una estructura para mitigar el sol, por las calles se suceden locales nuevos y viejos, oficios y servicios que los vecinos ofrecen principalmente a residentes locales; el templo mismo está ligeramente oculto tras frondosos árboles donde sólo destaca un sencillo campanario y un moderno vitral redondo con la imagen de la Virgen María.

Pero al cruzar el umbral de la parroquia capitalina, la obra de la Capilla Sixtina se abre con plenitud ante los ojos del visitante: Son más de 500 metros cuadrados de obra pictórica que reproducen los nueve pasajes bíblicos del Génesis, los simbólicos retratos de sibilas y profetas, y las escenas familiares de los antepasados de Jesús. Macías y la gente que le ayudó desinteresadamente en este trascendental proyecto lograron reproducir los trampantojos de columnas, cuerpos y formas que han hecho mundialmente famosa a esta obra renacentista.

Sin ser pintor, Miguel Macías se las arregló para reproducir en 13 lienzos de 15×3 metros los detalles más acabados de la obra. Al igual que en la Capilla Sixtina original -donde se realiza a puerta cerrada la elección del Santo Padre de la Iglesia católica-, la bóveda de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro no se puede ver de un solo golpe de ojo. Cada personaje y todos los detalles están allí, pintados con cuidado milimétrico. Además, por si fuera poco, Miguel y algunos de los ayudantes que le apoyaron en diferentes etapas de estos 18 años para avanzar en el proyecto dejaron testimonio de su trabajo: “Pues sí, pusieron su nombre, es un pequeño gesto que intenta compensar sus esfuerzos; allí están sus nombres, casi no se ven a diez metros de altura, pero son cosas que, en efecto no están en la pintura original”.

Por si fuera poco, Macías recuerda que uno de sus colaboradores decidió pintar el perfil de la Virgen de Guadalupe en un lugar donde Miguel Ángel sólo había puesto un broche que ata un manto.

WhatsApp Image 2018-09-13 at 12.17.34La empresa de trabajar el proyecto no fue sencilla, ni barata. A lo largo de los 18 años, Macías debió padecer penurias económicas, falta de apoyo y grandes momentos de soledad; sin embargo, de cuando en cuando, los apoyos llegaron: Estudiantes o aficionados a la pintura que trabajaron bajo su guía, donadores generosos del proyecto y sorpresivos apoyos por parte de autoridades de la Ciudad. Lienzos, pinceles, pintura, bastidores, un improvisado taller al costado del templo, pegamentos, grúas hidráulicas, andamios especializados, iluminación y toda especie de necesidades consumieron decenas de miles -si no cientos de miles- de pesos en este proyecto que cabalgó a través de dos arzobispados (Norberto Rivera Carrera inauguró los primeros esfuerzos del artista) y tres jefaturas de gobierno capitalinas. Incluso, también debió sortear los cambios de los párrocos pues, sólo con la autorización de éstos, se pudo dar cauce a esta magna obra.

Macías relata que todo inició con un pequeño cuadro en el que reproducía apenas el detalle de las manos de Dios y Adán en “La creación de Adán”. Por alguna razón comenzó la obra justo en ese espacio entre la mano del creador y del primer hombre: “Me conmueve ese pequeño espacio entre la mano de Dios y de Adán en el momento de la creación del hombre”. En efecto, es un espacio vacío pero lleno de significado, de tensión y gracia, de silencio y de milagro. Las manos humanas que simbolizan la mano del Creador y la mano del primer hombre buscando ese contacto que les llevará todo el tiempo y a lo largo de todas las generaciones, concretar plenamente.

“Yo le agradezco a Dios por permitirme concluir esta obra; por supuesto a todos los que ayudaron -a Gustavo Moreno, por ejemplo, viajó de Cuernavaca a la Ciudad de México cada semana para ayudar durante cinco años al proyecto-, a las autoridades que en algún momento aportaron recursos y apoyo, y a los párrocos que permitieron hacer esta locura durante todos estos años”.

La magna obra será inaugurada por el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, el próximo 21 de septiembre a las 18 horas. Celebrará la comunión eucarística con los feligreses, donantes del proyecto y el párroco del lugar, José Guadalupe Ramírez Murillo.

Abuso en la Iglesia: Lo que Pensilvania reveló

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La publicación del extenso informe sobre los más de mil casos de abuso sexual contra menores acontecidos en seis diócesis de la Provincia Eclesiástica de Filadelfia no deja lugar a la indiferencia. La terrible indignación, vergüenza y dolor que deja en la Iglesia católica ese conjunto de detallados reportes que evidencian los abusos cometidos por más de 300 ministros y miembros de las comunidades arañan apenas la superficie de una profunda y desgarradora realidad social cuya problemática no ha logrado atenderse del todo.

El informe de mil 356 páginas intitulado 40th Statewide Investigating Grand Jury Report 1 es un gran compendio de informaciones obtenidas de investigaciones sobre casos de abuso sexual contra menores realizadas en seis diócesis del estado de Pensilvania desde los años 40: Allentown, Eire, Greensburg, Harrisburg, Pittsburg y Scranton. En la parte introductoria (de las seis partes en que está constituido el profuso informe) se asegura que “se recabaron decenas de testimonios, los cuales fueron contrastados con millones de páginas de documentos diocesanos; ellos contenían alegaciones creíbles contra trescientos sacerdotes abusadores. Más de mil menores víctimas fueron identificados tan sólo de los propios registros de las iglesias”.

En el proceso de recopilación de información, el Gran Jurado advirtió una especie de “procedimiento” o “manual” con el que las diócesis intentaron resolver las acusaciones contra sus ministros: Primero, usar eufemismos. Nunca decir ‘violar’ sino ‘contacto inapropiado’. Segundo, no realizar pesquisas genuinas sino enviar a otros clérigos cercanos. Tercero, enviar a sacerdotes a ‘evaluaciones’ en centros psiquiátricos administrados por la propia Iglesia. Cuarto, no informar a la grey de las verdaderas razones del cambio del sacerdote. Quinto, aun cuando un sacerdote haya violado a un menor seguir proveyéndolo de alojamiento y medios de vida, recursos que en muchos casos le facilitaron cometer otros crímenes. Sexto, cuando el comportamiento de un ministro se hace del conocimiento de la grey (y se genera el escándalo), transferirlo a una nueva localidad. Y séptimo, no pedir la intervención policial.

jury.jpgEl informe del Gran Jurado es un terrible pero necesario registro del tipo de documentación que suele transitar por las viejas venas de instituciones sumamente grandes, burocratizadas y embozadas de códigos jerárquicos, de control y de poder. Entre las páginas del profuso reporte se encuentran desde el inmenso pantano del historial de los casos (en el que muchos medios de comunicación han deseado regodearse), hasta los “códigos de comportamiento pastoral” que algún obispo instruyó entre su clero, hasta reproducciones de cartas confidenciales en las que queda evidencia de la impericia o el dolo (cada caso es diferente) con el que superiores y obispos atendieron estos crímenes.

Frente a este incontrovertible reporte, las diócesis aludidas (al igual que la Iglesia norteamericana y la Iglesia Universal en voz del propio Papa Francisco) han intentado dar acciones concretas no sólo de vergüenza y arrepentimiento moral sino de cambios radicales de organización y liderazgo para ayudar de veras a las víctimas y para establecer protocolos que eviten estos crímenes en sus organizaciones e instituciones diocesanas. Las diócesis del reporte ya han levantado oficinas y servicios especializados (incluso bilingües) para ayudar a víctimas de abuso sexual; también han autorizado nuevos modelos de cooperación con las autoridades locales. Por supuesto, los obispos, los ministros y la grey católica no esperan recuperar la confianza de la sociedad de inmediato, pero en general -y a pesar de lo que algunos han señalado- confían en que las medidas de “tolerancia cero”, implementadas desde el pontificado de Benedicto XVI son las correctas.

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Los datos obtenidos por el Gran Jurado de Pensilvania revelan que en esas diócesis hubo casos de abuso sexual contra menores aún después de la “tolerancia cero” e incluso ya en el pontificado de Francisco; pero hay un dato esclarecedor también proveniente del informe: En la diócesis de Pittsburgh, los incidentes reportados por década desde los años 40, indican que entre 1960 y 1989 existió un crecimiento exponencial de reportes de abusos (entre 60 y 80 casos por década) pero disminuyen radicalmente a partir de los 90 (15 casos) y a menos de cinco y seis en las primeras décadas del siglo XXI.

Lo acontecido en la Iglesia católica de Pensilvania no es exclusivo de los Estados Unidos, hay muchas latitudes y países que deben reflejarse en ese espejo del informe del Gran Jurado. Hay que reconocer también los esfuerzos a largo plazo que algunas instituciones intentan desarrollar hoy para que solidifiquen y prosperen mañana: Ahí está el programa de la Facultad de Psicología de la Universidad Anáhuac, el Centro Especializado en el Tratamiento Preventivo y Restaurativo de casos de Abuso y certificación de comunidades seguras (REPARARE). Todas las grandes instituciones cuya masividad, burocracia y códigos jerárquicos de control y de poder suelen acallar las voces de las víctimas y eluden el acto definitivo de la justicia; pero si algún cambio puede propiciar el caso de Pensilvania, sería la rotunda convicción de que aquello no puede ser nunca tolerado.

@monroyfelipe

Cicatrices del sismo, fiestas patrias y desdén institucional

s8El gobierno federal no se ocupa de sus inmuebles históricos sino hasta que los necesita como escenarios para sus eventos. El recinto histórico y cultural más importante del país, la Catedral Metropolitana de México, permaneció prácticamente abandonado por las instancias federales tras los sismos del 19 de septiembre del 2017; pero justo a un mes de que se realicen los tradicionales festejos patrios en el Zócalo capitalino, las autoridades decidieron acelerar la restauración de los muy afectados campanarios del inmueble religioso.

Aunque la Dirección General de Sitios y Monumentos realizó un dictamen antes del 5 de febrero pasado para que sólo se pudieran tocar siete campanazos para la recepción del nuevo arzobispo de México; la tradición del ritual cívico del Grito de Independencia implica el repique constante de las campanas de la Catedral de México y la colocación de fuegos artificiales masivos justo al costado del edificio. Pero, para las autoridades de la Iglesia capitalina, el riesgo puede ser grande si no se tienen las debidas precauciones.

El sacerdote José de Jesús Aguilar, director de Arte Sacro de la Arquidiócesis de México y conocido promotor del cuidado de la Catedral, denunció a esta columna que, tras el sismo de 2017, las torres campanario del recinto tuvieron que apuntalarse con andamios metálicos (los cuales atrajeron tanto a relámpagos como a nuevas afectaciones estructurales) y que las autoridades culturales desarrollaron largos proyectos de restauración pero que no fue sino justo a un mes de la fiesta patria que se dio inicio a la inyección de material consolidante en las torres campanarios de casi 70 metros de altura.

El encargado del bienestar de los inmuebles históricos y de valor cultural de la Iglesia capitalina pregunta a las autoridades federales qué tipo de restauración realizan en el simbólico recinto y si estos esfuerzos no son sólo para hacer funcional la Catedral para un solo evento sino para el servicio cotidiano religioso que allí se ofrece a fieles, turistas y visitantes, y por supuesto para la posteridad.

Para los custodios de la Catedral de México resulta incoherente que las autoridades federales les impidan tocar las campanas por los “potenciales riesgos estructurales” pero no tengan empacho en promover la utilización de grandes cantidades de pólvora que, se ha demostrado, provocan vibraciones peligrosas al pie del templo y que –como sucedió el 15 de septiembre del 2017- estos fuegos artificiales fueron los culpables de la mutilación de una escultura monumental de cantera, obra del indígena mexiquense, Santiago Cristóbal de Sandoval, director de escultura de la Real Academia de la Nueva España a finales del siglo XVIII. En efecto: CONACULTA y el Estado Mayor Presidencial tienen en su historial y conciencia el haber provocado un daño irreparable a un bien inmueble invaluable para el pueblo mexicano.

Las autoridades federales de cultura están obligadas a dar certeza mediante dictámenes especializados, tanto a los fieles como a los custodios de los recintos religiosos históricos, del verdadero grado de afectación que se provoca con el repique de campanas sobre las torres que apenas comienzan a ser restauradas y por las explosiones de pólvora que cada año se realizan al pie del recinto catedralicio.

Por supuesto, la celebración del tradicional Grito de Independencia en el Zócalo –presidido por el  titular del ejecutivo federal o local- es un gran atractivo para muchos ciudadanos y turistas nacionales y extranjeros: las luces, el sonido, la fiesta y los fuegos artificiales son un imponderable de la celebración, pero quizá sea tiempo de voltear a mirar lo que hacen otras naciones y destinos turísticos para resguardar sus tesoros históricos y culturales. Para que los inmuebles de gran valor artístico puedan recibir a muchas generaciones en el futuro.

@monroyfelipe

Olimón Nolasco: un historiador consecuente

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Falleció en Edimburgo este 2 de agosto, el sacerdote e historiador mexicano Manuel OIimón Nolasco, justo el día de la Porciúncula, víctima de una serie de complicaciones cardiacas. Nacido en  la Ciudad de México en 1942 (por razones meramente circunstanciales, como él mismo decía), el sacerdote nayarita destacó por su prolífica producción bibliográfica sobre los más audaces temas históricos de México, de su amada Iglesia y su predilecta Nayarit.

Con la partida de Olimón, el último de los intelectuales cuyas agudas observaciones sobre el acontecimiento guadalupano pusieron alarmas en la propia Iglesia católica sobre sus certezas y procesos, concluye una muy audaz etapa de la actitud del clero mexicano ante las instituciones culturales del país. Olimón, al igual que sus maestros y colegas, alzó la voz con las herramientas del método científico, la investigación, la reflexión y el estudio, para denunciar los errores formativos que se forjan, divulgan y hasta promueven los centros de construcción cultural institucionales.

Para el fecundo historiador no había tema que no mereciera ser revisado y comentado. En 2007 decidió enfrentarse a un escritor de bestsellers pseudohistóricos y le dedicó un pequeño opúsculo donde refutó prácticamente todas las “pruebas históricas” que el literato presumía de su libro. Olimón no podía dejar pasar errores, la búsqueda de la verdad le obligaba a ser consecuente y responsable hasta el riesgo de ser señalado, temido y hasta confinado.

Fue ordenado sacerdote en Tepic, el 4 de febrero de 1973; administró diferentes servicios eclesiáticos pero su inquietud intelectual (forjada en México, Estados Unidos e Italia) dio frutos en la academia: impartió diferentes asignaturas y seminarios en la Universidad Pontificia de México, Universidad Iberoamericana, Universidad Intercontinental, UNAM, Universidad Autónoma de la CIudad de México y el IPADE.

Fue Director General de la Comisión Nacional de Arte Sacro y Consultor de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia; en 2011 recibió la membresía en carácter de Corresponsal de la Academia Mexicana de Historia.

Autor de 16 libros propios (se habla de uno más que se editará póstumamente) y colaborador en artículos académicos para más de 40 títulos especializados, Olimón es recordado particularmente por su polémico libro: “La búsqueda de Juan Diego”. Un intenso tratado que cuestionó las razones de las autoridades de la Arquidiócesis de México para acelerar la canonización del vidente de las apariciones marianas de la Virgen de Guadalupe, Juan Diego Cuauhtlatoatzin acontecida en 2002: “En conclusión -apunta Stafford Poole en un apéndice de la obra-, hay serios cuestionamientos acerca de la existencia de Juan Diego. Estas cuestiones deben resolverse antes de cualquier intento de canonizarlo. En este asunto lo mejor es proceder lenta, prudente y cautelosamente. Nada se perderá por demora, mientras que mucho puede perderse por prisa”.

Olimón Nolasco advirtió los riesgos de llevar a los altares al indio Juan Diego si no se comprobaba plena y desinteresadamente su historicidad; y, aunque al final acató la canonización por tratarse de un tema de veneración, en su defensa nunca rechazó seguir buscando la verdad histórica.

Al final de su vida, el sacerdote Olimón reflexionaba sobre aquellas crisis que vivió y desató por atender con sacrificio el oficio de historiador: “La primera reconciliación de los espacios oscuros de nuestra vida -afirmó refiriéndose a los muchos márgenes negros de la cultura, vida e identidad mexicana- es con la purificación de la memoria histórica”. Afortunadamente don Manuel Olimón deja una vasta producción intelectual que seguramente ayudará a futuras generaciones a emprender esa necesaria reconciliación.

@monroyfelipe

 

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

Fanatismo electoral: ¿Compromiso o intransigencia?

joven_agrede_hombre_silla_ruedas_rusia (1)Afortunadamente ya estamos en los últimos momentos de las campañas electorales. Es un alivio para millones de mexicanos que no sólo debieron soportar con estoicismo heroico millones de spots sino ‘genialidades’ creativas como comparar el proceso electoral con la elección de un pretendiente; pero, lo peor, el fanatismo político de fidelidad incondicional que no logró abrir espacios de diálogo o conciliación entre diferentes posturas de la muy plural sociedad mexicana. Desde el inicio ya se había advertido que un ingrediente central de las campañas ha sido el maniqueísmo moral, casi religioso, de contrastar lo bueno con lo malo, la esperanza con el peligro, lo bonito de lo feo, lo necesario de lo prescindible, lo no negociable frente a lo contingente, todo en valores absolutos.

George Orwell afirmaba que “la mayoría de nosotros sigue creyendo que todas las opciones políticas consisten en tener que elegir entre el bien y el mal… creo que sería preciso despojarnos de esta creencia que nos viene del jardín de la infancia”. Y tiene razón, máxime porque no pocos líderes aprovecharon esas murallas de radicalidad moral de sus seguidores para influenciarlos en su reflexión a favor o en contra de personas o proyectos políticos; pero lo que parece que podría germinar sólo en ciertos grupos religiosos, es evidente que encontró tierra fértil en toda la esfera social.

En los discursos abiertos, los líderes morales de grupos sociales han insistido a sus seguidores que la elección de sus representantes debe hacerse desde la reflexión razonada. Pero lo que no advierten es que la razón que piden es más cerrada que abierta. Es decir, una razón de lógica cerrada (intransigente) frente a una lógica abierta (flexible). Y lo que en el fondo los líderes piden a sus seguidores es que usen la reflexión de lógica moral cerrada para justificar ‘valores irrenunciables’ ‘principios no negociables’ o ‘actitudes irreconciliables’.

El escritor católico Charles Péguy reflexiona al respecto: “Es un prejuicio, pero absolutamente irradicable, pretender que una razón cerrada sea más razón de una razón abierta […] las lógicas cerradas son infinitamente menos exigentes que las lógicas abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas. Las morales cerradas son infinitamente menos exigentes que las morales abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas… contrariamente a todo lo que se cree, es la rigidez la que hace trampas, la que miente; y es la flexibilidad no sólo la que no hace trampas ni miente, sino la que no permite trampear, ni deja mentir. La rigidez, todo lo permite, no señala nada”.

Quizá por ello la tónica de las campañas, por desgracia, ha fluido más hacia el sectarismo intransigente que al compromiso conciliador: en la primera es más fácil la mentira y la trampa (justificarían más las fake news y el fraude, por ejemplo). Por supuesto, cuando las cosas van mal, cuando las respuestas parecen tan esquivas ante una realidad tan dolorosa como lo es la mexicana en el contexto actual, la intransigencia parece más seductora que el compromiso con la alteridad, la otredad o la conciliación.

Para evitar que el sectarismo moral en la política genere tribalismo socio-cultural y todas sus nefastas consecuencias como la discriminación y la persecución, es necesario que los liderazgos morales promuevan más el compromiso con la conciliación y la construcción de puentes entre expectativas contradictorias o entre valores opuestos; de lo contario, el fundamentalismo fanático se alimentará de los miedos y los prejuicios promovidos por las campañas electorales. “El intransigente -dice Paul Valadier- está en las antípodas del hombre del compromiso… al intransigente le gusta ufanarse de no ser como los demás… altivo y algo despectivo porque cree en su rigor, en su distinción personal que le separa de los demás, del vulgo”.

El compromiso, el verdadero compromiso, trabaja desde la vulnerabilidad y la pobreza; la intransigencia casi siempre debe pagar con componendas inconfesables el éxito de su cerrazón. Como decía: es un alivio que las campañas ya estén por concluir, pero la polarización que sembraron podrá crecer en formas más oscuras de política excluyente. Y si así fuera, ¿qué habremos de cosechar en los próximos seis años?

@monroyfelipe

Contra el abuso sexual, obispos de México apuestan por nueva cultura de prevención

cema.jpgTomó casi los dos periodos de presidencia del cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, al frente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), pero la ruta hacia una nueva cultura de prevención, atención y respuesta ante potenciales casos de pederastia en la Iglesia católica aseguró forma bajo las “Líneas Guía del Procedimiento a Seguir en Casos de Abuso Sexual de Menores por Parte de Clérigos”.

Los obispos de México publicaron este 11 de junio extractos del antecitado documento como respuesta a las peticiones del papa Francisco de “cero tolerancia a la cultura de abuso y al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse” en el seno de la Iglesia. Esto, en el marco de la aceptación de tres renuncias del medio centenar que los obispos chilenos presentaron al pontífice tras reconocer que el problema les superaba y con las que reconocieron necesitar asistencia y dirección desde el Vaticano.

En México, los pastores de la grey católica aceptan que el abuso sexual infantil dejó “gravísimas consecuencias” para las instituciones religiosas del país y, por ello, comunicaron que en noviembre del 2016 se aprobaron las “Líneas Guía” frente al abuso sexual de menores, que los obispos acogieron las disposiciones del papa Francisco a través del cardenal O’Malley, presidente de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores y que se elaboró un “Protocolo de Protección de Menores” aprobado en 2017.

No son ni el primer protocolo ni las primeras líneas de acción contra la pederastia que elaboran los obispos mexicanos; tras las acusaciones contra el entonces arzobispo de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, la Arquidiócesis de México publicó en 2010 unas orientaciones generales para que tanto los obispos auxiliares, superiores de congregaciones y sacerdotes en general tuvieran conocimiento sobre las disposiciones legales y las responsabilidades civiles y penales que los clérigos asumían frente a estos crímenes. Y a nivel nacional, en 2012, tras la instrucción del papa Benedicto XVI a los obispos mexicanos a elaborar unas guías de prevención y combate al abuso sexual, el obispo de Tula, Pedro Juárez Meléndez, fue el responsable de liderar el proyecto.

Pasaron cuatro años más para que finalmente se tuvieran íntegras las “Líneas Guía”, un documento de 26 páginas dividido en tres secciones generales que abordan desde “el compromiso con la transparencia y el sentido de responsabilidad, la cooperación con las autoridades del Estado, los derechos de la víctima, la asistencia al acusado, la formación de futuros clérigos y los mecanismos del proceso canónico para la investigación e integración de la denuncia.

“Reconocemos que, en el pasado, por diversas circunstancias no se actuó como era debido. Por otra parte, se debe poner atención a los casos de algunas personas que haciéndose pasar por víctimas han inventado un abuso sexual para sacar o intentar obtener un beneficio económico o para manchar y dañar la reputación del clérigo”, explican los obispos.

El documento prohíbe prácticas que hasta hace poco no eran sancionadas por la Iglesia católica como el traslado de clérigos acusados a otras diócesis o de congregaciones religiosas a la vida diocesana; las “Líneas Guías” también recuerdan que es deber de la Iglesia católica el colaborar con las autoridades civiles competentes “proporcionándoles la información recabada en nuestros Tribunales Eclesiásticos, siempre y cuando medie un mandado judicial o del Ministerio Público debidamente fundado y motivado”.

En el tercer apartado del documento se detallan los pasos del “proceso canónico” con el que se reciben las denuncias, se investigan, de dirimen las responsabilidades institucionales, se resguarda la confidencialidad del caso, así como la buena fama, la dignidad y el respeto de todas las personas involucradas.

Las “Líneas Guía” proponen que a los acusados también se les debe asistir: “Deberá someterse a un programa terapéutico inspirado en los modernos protocolos clínicos especialmente elaborados para tratar patologías” y recuerda que, si la denuncia es falsa, el denunciante incurre en entredicho lateae sententiae la cual puede ser sancionada “con una pena justa y obligar a quien a calumniado a dar la satisfacción conveniente”.

“Debemos estar al lado de todos aquellos que han sido heridos y han sufrido. Un día las víctimas de abuso sexual nos mirarán no como a un enemigo sino como a su defensor y amigo. Todavía ese día no ha llegado y, por lo tanto, no somos completamente la Iglesia que debemos ser, un hogar seguro para las niñas, niños y adolescentes”, concluye el histórico documento.