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Elitismo, división y connivencia: el desafío sistémico para la iglesia chilena

obisposchile.jpgLa presentación de las renuncias de todos los obispos católicos de Chile al papa Francisco es un acontecimiento sin comparación, todo un parteaguas que acudirá al gran escenario histórico como un hecho inédito pero, al mismo tiempo, no falto de lógica: los casos de abuso sexual, acciones de simulación con víctimas y encubrimiento de responsables tomaron una ruta dolorosa pero también necesaria para que la estructura eclesial y su operación institucional finalmente pueda atender y resolver este flagelo.

Histórico sí, pero ineludible. Por ello, el obispo auxiliar de Santiago de Chile y secretario de la Conferencia Episcopal, Fernando Ramos Pérez, leyó -con mucha serenidad y sin impostar afectación alguna- el comunicado de la decisión de los obispos chilenos de presentar por escrito su renuncia al gobierno y cuidado de sus respectivas diócesis en espera de que el papa Francisco les indique el camino a seguir. El día anterior, en la carta que Jorge Bergoglio les entregó personalmente a los chilenos -y que se filtró a la prensa más tarde-, les adelantaba que no sería suficiente la remoción de sólo algunas personas de sus cargos.

La renuncia en bloque de los obispos era necesaria tras conocerse el contenido de la carta de Bergoglio. En ella, primeramente les reconoce su empeño por intentar resolver la situación, por la franqueza y disponibilidad con la que se trabajó con el enviado pontificio Charles Scicluna y por el ‘firme propósito de reparar los daños causados’; pero también reconoce los hechos delictivos en los que incurrió la iglesia chilena: readmisión de religiosos expulsados de sus respectivas órdenes por abusos cometidos, la insensibilidad institucional ante las denuncias recibidas por parte de las víctimas, la destrucción de documentación comprometedora por parte de encargados de archivos eclesiásticos, el desacierto de encomendar seminarios a sacerdotes sospechosos de comportamiento homosexual y, sobre todo, la actitud elitista, clericalista y de superioridad con la que ejercieron su responsabilidad ministerial y pastoral ante esta crisis.

Tras la misión de investigación realizada en Chile por el arzobispo Charles Scicluna (el experto en delitos sexuales más respetado del Vaticano) y el diálogo personal sostenido con los prelados, el papa Francisco reconoció que el problema es sistémico, agravado por la división del colegio episcopal y la connivencia de algunos miembros de la iglesia católica local.

Los comentarios del pontífice y la renuncia conjunta parecerían ser el fondo de un abismo que comenzó con el caso del sacerdote Fernando Karadima (hoy de 87 años) hallado culpable de delitos sexuales que fue formador y referente de prominentes sacerdotes chilenos, incluso del actual obispo de Osorno, Juan Barros. El sórdido caso Karadima tomó una ruta de crisis que obliga a otras conferencias episcopales y organizaciones religiosas a ser más vigilantes y sensibles ante los casos de abuso: Karadima fue denunciado desde 2004 por abusos cometidos entre 1955 y 1980, no fue sino hasta 2010 cuando este tema saltó a la sociedad chilena con las reuniones del cardenal Errázuriz con el presidente Piñera y la visita del poderoso número dos del Vaticano, cardenal Tarsicio Bertone. Encuentros donde se abordó el caso pero que fueron relativizados por las autoridades eclesiales en un primer momento, aunque no pudieron minimizarse por mucho tiempo pues en los meses siguientes se definió la sentencia canónica contra Karadima. Sin embargo, la sentencia no dio plena satisfacción a las víctimas, aún exigen solución al tema del resarcimiento económico y su queja se escuchó con dureza, por ejemplo, cuando Juan Barros tomó posesión de la diócesis de Osorno en 2015 y, por supuesto, durante la visita del papa Francisco en enero de 2018.

La visita de Bergoglio en Chile fue también un escollo doloroso para la iglesia católica: el pontífice defendió a Barros y afirmó en público que no había pruebas contra él. El malestar del pueblo y los católicos chilenos fue tal que el Papa pidió disculpas por sus palabras e instruyó a Scicluna la investigación a fondo del caso pues todo apuntaba a que él mismo no tenía todo el panorama de la situación.

Los resultados presentados por Scicluna en abril fueron devastadores, Bergoglio nuevamente pidió perdón y sostuvo reuniones privadas con las víctimas. Con la visita de tres días de todos los obispos chilenos a Roma se cerró la pinza: el Papa comprendió que la crisis es sistémica y los obispos dejaron en manos del pontífice el gobierno de sus iglesias particulares.

Lo que viene para la iglesia chilena es, sin duda, incierto; los obispos, por lo pronto, han mostrado disposición para hacerse a un lado con tal de no entorpecer la restauración de la salud eclesial, pero sin abandonar la responsabilidad que tienen para detonar un cambio de cultura eclesiástica que ayude a mejorar los mecanismos de denuncia, de acompañamiento y de resolución de crímenes canónicos o hechos delictivos.

@monroyfelipe

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Tom Wolfe: el explorador del estilo

wolfeas.jpgIrónicamente, la noticia de la muerte del ícono del periodismo internacional, Tom Wolfe, aterrizó en el universo de información este 15 de mayo justo con los métodos y elementos periodísticos que el escritor pensó habían envejecido terriblemente. Si hay alguna aportación brillante que el oficio periodístico debe homenajear a este escritor norteamericano en este siglo digital es justamente la reflexión sobre el ‘nuevo periodismo’ y cómo la narración inteligente de los acontecimientos puede salvar a una profesión que, como muchas otras, está amenazada por robots y la inteligencia artificial.

Con cierta unanimidad, tanto el gremio cultural como el periodístico coinciden en que Wolfe fue el padre del nuevo periodismo, no sólo por ejercerlo, sino por descubrir ese estilo en los perfiles de otros periodistas que hacían crecer el oficio con las herramientas de la literatura. Wolfe, sin embargo, fue el primer sorprendido de los estilos periodísticos que fueron naciendo en la década de los 60 en revistas especializadas y en las redacciones de audaces diarios para la época: “Al principio no logré entenderlo, francamente”: narraciones íntimas sumamente detalladas, digresiones personales,  adornos metafóricos, escenarios crudamente explicativos y descripciones llenas de una franqueza inquietante. Estilos que rompían con todo lo que se hacía bajo la fórmula clásica de jerarquización de información norteamericana de las cinco w’s (what, who, when, where, why); Wolfe advirtió que el lenguaje periodístico tradicional no alcanzaba a relatar todos los matices de las historias y entrevistas pero contempló con satisfacción cómo el oficio periodístico comenzaba a cobrar una dimensión estética.

Esta audacia cultural y literaria –pensaba Wolfe- podía ser el remedio a los efectos soporíferos que los diarios proponían a su público lector pero también una oportunidad creativa para que los buenos reporteros no terminaran sus días como malos columnistas. El nuevo periodismo, para el escritor, era la ventana que abría el viciado ambiente de un periodismo que no podía sorprender a nadie, del periodismo “que sólo hacía lo que se esperaba de él”.

“Al mentir se puede engañar siempre a alguien pero revela una gran verdad: Que eres débil”: Tom Wolfe

Han pasado 50 años de este ‘descubrimiento’, de la audacia del gremio periodístico a traspasar las barreras de lo ‘culturalmente correcto’ y, sin embargo, en este 2018, ningún medio digital informó la noticia de la muerte de Wolfe intentando siquiera un deferencia o un reconocimiento a ese nuevo periodismo que elevó a alturas literarias un oficio despreciado muchas veces por la cultura y la historia. El peor homenaje a este tremendo escritor fueron los obituarios genéricos y las notas inmediatistas y superficiales de su fallecimiento; con todo, en cuanto los audaces logren dar orden a su mirada de este acontecimiento se estarán proponiendo lecturas más atractivas de la vida, obra, genio y figura de Tom Wolfe.

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‘El nuevo periodismo’, una propuesta audaz

Wolfe exploró los estilos periodísticos de la mano de la narración y la creatividad, del exhaustivo trabajo de recuperación de datos, de la incómoda observación del perfil de la historia; el periodista en este terreno es un personaje que se implica, se compromete con los fenómenos sociales hasta el más nimio detalle.

 

No es una tarea fácil pero tampoco imposible, el propio Wolfe consideraba que “con frecuencia le resulta más fácil a un reportero penetrar una situación delicada de lo que él mismo u otra persona pudiera imaginar”; el desafío radica más en las dinámicas del medio que en la exposición frente a la costra social: La franqueza del trabajo periodístico puede poner en riesgo al propio medio. Esa es la audacia a la que incitó Tom Wolfe a varias generaciones de periodistas, a explorar nuevos estilos, a arriesgar la comodidad de la cotidianidad. El escritor sentenció que “el periodismo perfecto trataría constantemente de un tema: el estatus”; a las 10 de la mañana, en una redacción de noticias de la Ciudad de México nos enteramos de la partida de Wolfe y nos enfrentamos a dos opciones: mantener o trasgredir el estatus al que estamos acostumbrados.

@monroyfelipe

Candidatos y periodistas: ¿condescendencia premeditada?

img_0078-1.jpgEl desfile de candidatos en los medios de comunicación es un imperativo del tiempo de campañas políticas; en principio, es el momento idóneo para que periodistas y medios noticiosos den espacio a los políticos para que la ciudadanía evalúe sus perfiles y propuestas. Los periodistas fungen como un ciudadano altamente informado y con habilidades probadas para ser los facilitadores del diálogo y los actores que inquieren con sagacidad las dudas que los diferentes sectores sociales tienen de los candidatos a representación popular.

En las semanas posteriores al debate de los candidatos a la presidencia de la República –y debido al alto raiting que produce la presencia de las principales figuras políticas- varios medios de comunicación organizaron mesas redondas donde los políticos acuerdan comparecer y establecer un diálogo ante los periodistas titulares de las principales empresas mediáticas del país.

El ejercicio parece simple: en libertad, con los juicios individuales y en representación de sector social, ideológico o económico de su predilección, los periodistas realizan una serie de preguntas a los candidatos y éstos deben expresar con claridad sus ideas y su aprovechar el espacio masivo para promover la imagen. El objetivo central de los periodistas es abrir el diálogo; el de los políticos, el convencer de entre las audiencias algún potencial votante. Sin embargo, algo parece no estar convenciendo a las audiencias ni a la ciudadanía.

Gracias a que el espacio de opinión ya no está sólo bajo el control de instituciones políticas o mediáticas formales, la ciudadanía cada vez utiliza más los recursos tecnológicos a su alcance para reclamar tanto la capacidad y desenvoltura de los candidatos como el profesionalismo o la probidad de los mismos comunicadores. Las redes sociales otorgan una herramienta democratizadora a la opinión pública, con todas las bondades y riesgos que ello conlleva; y en el particular caso de la contienda electoral actual, el fenómeno parece anteponer los negativos. Pero no hay que apasionarse mucho en esta idea.

¿Los periodistas se muestran más condescendientes con alguno de los candidatos? ¿Teniendo la oportunidad de hacer las preguntas que la sociedad realmente quiere hacer, prefieren callar beneficiando a los candidatos? ¿Por qué con ciertos políticos parecen ser más hábiles en su responsabilidad periodística que con otros? ¿Hay acuerdos innombrables que definen esta actitud de los representantes de los medios? ¿Qué tanto representan los intereses sociales los periodistas frente a los políticos? ¿Será todo responsabilidad de los comunicadores o también dependerá de las habilidades del político frente a ellos?

¿Será un problema que atañe sólo de los candidatos y los periodistas, a los políticos o a los medios? ¿Podría ser también de nosotros, las audiencias?

La respuesta es categórica: Sí.

Sin minimizar o relativizar las responsabilidades de los medios de comunicación y sus profesionales así como de los políticos y sus equipos de estrategia; las audiencias tienen hoy una gran responsabilidad en la construcción de la percepción de lo que sucede en los encuentros políticos-periodistas. Los prejuicios en contra o a favor de los participantes en estos ejercicios hablan antes de que el espectador lo note. Es un hecho que, aún sin que se haga la primera pregunta o el político exprese su primera idea, una buena parte de la audiencia tendrá su valoración o prejuicio de lo que está por seguir. Algunos querrán ver a periodistas combativos contra el político que les provoca animadversión y, aunque los periodistas hagan un trabajo moderadamente profesional, esa audiencia dirá que fueron complacientes. Otro tipo de audiencia creerá que el candidato de su preferencia fue ferozmente atacado por los periodistas, pero no será fácil que esos espectadores acepten que quizá no estuvo fino ni brillante el político de su predilección.

La comunicación contemporánea se realiza en un mundo complejo; políticos, periodistas y ciudadanía debemos reconocer esa complejidad y saber que los temas de la sociedad no se resuelven bajo prejuicios o simplificaciones porque eso sólo ayuda a la polarización social, al error, y al miedo. Saber la verdad es muy difícil en nuestra cultura actual, existe mucho escepticismo y demasiada confianza sectaria; pero la verdad existe, no es relativa, y para llegar a ella se requiere ecuanimidad, humildad. Reconocer que no se sabe todo, que nuestra cosmovisión puede mejorar con la evidencia y con la experiencia de otros, incluso cuando no piensan como nosotros.

@monroyfelipe

La censura en la era de las ‘fake news’

censura.jpgDice el filósofo que “el viejo mundo siempre nos pisa los recuerdos”. Y es que, aunque el mundo moderno parece insistir que todos sus cambios son irreversibles, el contexto y el perfil de la realidad nos indican que algunas prácticas no fueron derrotadas sino que simplemente trasmutaron. Tal es el caso de la censura a la libertad de expresión.

La lucha por el reconocimiento a la libertad de expresión es casi tan añeja como los primeros intentos de plasmar las expresiones culturales para ser transmitidos, ya fueran largas distancias físicas o largas distancias temporales. Con la producción de pensamiento expresado, casi de la mano, viene la censura del mismo. La censura es una reacción que tiene por objetivo intervenir la expresión ya sea para cambiarla de forma, de contenido o, incluso, de silenciarla. La censura siempre ha sido vertical y descendente, se ejerce desde una autoridad y tiene la capacidad de integrarse a cualquier tipo de poder, sea fáctico, legítimo o institucional.

La censura es una de esas expresiones que parece podrían vivir sólo en el pasado, pero no. Es un hecho que no termina de irse pero ya no tiene el mismo rostro. Hasta el siglo anterior, la censura tenía el rostro del poder; casi siempre representaba a un gobierno o bien a un enorme potentado económico, fáctico o cultural. La censura nacía en un elegante despacho o en un bunker lleno de armas, siempre del lado de quien tira el gatillo o de quien tiene el privilegio del poder. Pero hoy la censura ha tomado otro camino, uno más complejo.

En buena parte se debe a los avances tecnológicos que han convertido prácticamente a cada ciudadano –con cierto poder adquisitivo- en un productor de noticias, un realizador de contenidos, una fuente de información y un divulgador masivo de cierta relevancia en las dinámicas sociales imperantes. Pero no sólo el acceso a estas formas de producción y transmisión han cambiado el escenario, también las nuevas relaciones de los individuos con las estructuras sociales participan hoy de un nuevo modelo de operación entre gobiernos, estructuras, ciudadanos, consumidores, influenciadores y todo el resto de sujetos sociales en capacidad de expresión.

El volumen de información que cada día consume un individuo promedio es inmenso. Pensemos sólo en la actual contienda electoral en México. La cantidad de información que se desprende de un seguimiento permanente a cada uno de los candidatos así como de la producción de noticias falsas, memes, parodias, análisis, lecturas y hasta de la verificación de la veracidad y certeza de las fuentes hace prácticamente imposible que una sola persona pueda asimilar y comprender todo el fenómeno. Mientras más información consumimos es más difícil evaluar la calidad de esa información.

La censura del pasado eliminaría buena parte de la noticia y, bajo el sesgo del control, haría llegar a los consumidores sólo los datos que le fuesen convenientes; pero la censura hoy se enfoca más en los efectos de las decisiones de cada consumidor. No es simplemente ‘autocensura’ porque su acto no es del todo voluntario, está sujeto a la construcción de su perfil social, sus preferencias y sus redes de información. Es el individuo al que el sistema de información le ha sesgado sus posibilidades para informarse según su perfil. El moderno ‘individuo informado’, con su actividad cotidiana para informarse en el mundo digital, no sólo ha seleccionado con criterio sus fuentes de información sino que ha decidido aislarse en continentes enteros de sus preferencias, un sistema que elude todo lo que le molesta y reafirma sólo lo que le da la razón. La censura moderna es la segmentación racional, emocional e ideológica basada en la seguridad de nuestras conciencias.

Y ese tipo de ruta sólo nos puede conducir a un destino: la polarización social. Volvamos a las campañas políticas: es cierto que poco a poco cada grupo comienza a radicalizarse más, comienza a tirar más de esa cobija que nos cubre a todos y que es la realidad. Cada opción política afirma que tiene la razón y, gracias a la inmensa información actual, en efecto hay un ‘ambiente’ en el que siempre la tienen. La única opción para mirar más allá de esa polarización, de no alimentar el monstruo de nuestra vanidad, es reventar la burbuja de nuestra tranquila conciencia, romper la censura del sistema de ‘preferencias’ y ubicarnos en un punto de cierta incomodidad, de vulnerabilidad dogmática. Sólo así se pueden remontar tanto la censura como las falsas noticias.

@monroyfelipe

Infinity war: La balada del hombre triste

thanosAntes de todo, hay que reconocer que muy pocos fenómenos culturales son capaces de generar tanta expectativa entre las audiencias y consumidores como la construcción que el Universo Cinematográfico de Marvel (MCU) hizo de sus 18 filmes para culminar en la entrega Avengers Infinity war en este 2018.

El trabajo de los hermanos Russo no sólo debía dar redondez al trabajo de los anteriores directores a través de sus estilos particulares y sus propios mundos construidos junto a una docena de personajes que se han vuelto icónicos en la cultura pop del arranque del siglo XXI; también estaban obligados a construir un filme que hablara por sí mismo, que usara su propio lenguaje narrativo y que diera profundidad a un villano largamente esperado. Porque de eso trata el crossover cinematográfico más esperado de la historia: de un villano en su irrefrenable búsqueda.

No han sido pocos los expertos en cine que han destacado que en el lenguaje del MCU traslucen argumentos sobre virtudes que van emparentadas con el drama del héroe clásico: la amistad, la confianza en sí mismo, la rectitud, la entrega, el sobreponerse a la crisis moral, el sacrificio desinteresado, la persistencia en los ideales, la responsabilidad permanente y, por supuesto, el amor. Amor que abarca diferentes expresiones de este sentimiento: luchar junto al ser amado o por el ser amado, entregarse hasta el sacrificio por el amor a las virtudes humanas o por las creaciones del espíritu trascendente. En fin, héroes clásicos que obran en favor de la verdad, la justicia, la libertad, la paz, el bien colectivo y, en esta reciente entrega: el bienestar cósmico.

Pero en Avengers Infinity War finalmente conocemos al ser autárquico por antonomasia, el ser que se basta a sí mismo: Thanos. El creador de este personaje, Jim Starlin, no pudo darle un origen más colosal: hijo de un mentor eterno, nació en Titán, la inmensa luna de Saturno que recuerda precisamente al titán Cronos, recaudador del tiempo y de la libertad. En los comics, Thanos es un ser inteligentísimo que se da a sí mismo su poder y fortaleza; un individuo que, obsesionado con la ciencia y la filosofía nihilista, desea cortejar a la muerte para lo cual requiere las seis gemas del infinito que le darán un poder tan absoluto como el de la segadora de la vida.

En la versión cinematográfica de Marvel, sin embargo, Thanos es un concienzudo y tiránico salvador que ha llegado a convencerse –a fuerza de malas experiencias- de que el universo ha entrado en un desequilibrio autodestructivo y que, para remediarlo, es necesaria la muerte de la mitad de los seres del cosmos. Su motivación es el equilibrio: la muerte revela lo especial de la vida. El filme nos presenta a este Thanos, que vive un sentido de la piedad trastornado y la torcida compasión de un mortal que, de pronto, desea convertirse en una especie de deidad, un magnánimo defensor de lo creado pero no de lo posible.

Esto es lo que se encuentra en la línea narrativa de Infinty War, el cierre de una década de historias cuyos personajes centrales son los héroes en su periplo trágico. Héroes que, en el pasado, debieron despejar su egoísmo, comprender los valores del sacrificio; luchar por valores éticos y morales; enfrentar la corrupción de las instituciones; reconocer las fortalezas del adversario y las debilidades personales; aliarse en la adversidad; anticiparse al caos; y creer en el triunfo del bien sobre el mal. Todas estas historias, en su conjunto, son el primer acto de este épico crossover, Infinity war es la confrontación narrativa y la resolución final es realmente el clímax que siempre se buscó evitar.

[Y, a partir de ahora, revelaciones menores de lo que sucede en la película. Por lo que se deja a la personal decisión el continuar con la lectura.]

La presencia de una fuerza irrefrenable, Thanos dominando el poder de las gemas, sólo puede conducir a un destino posible (el Dr. Strange lo corrobora mirando en el futuro los más de 14 millones de desenlaces posibles). Hay dos guiños en el filme que anticipan el clímax, el final y la base de la narración futura: la obtención de la gema del alma sacrificando lo único amado y la –casi voluntaria- entrega de la gema del tiempo a cambio de preservar una sola vida. En ambos casos, se está hablando de lo mismo: el precio de la soledad. ¿Qué es mejor, tener un alma sin nadie a quién amar o controlar el tiempo sin darle posibilidad a alguien para vivir? En Infinity war, ganar conlleva una alta tristeza, padecer el desamparo, implica el destierro solitario en los páramos de los vencedores.

Ningún otro personaje en el universo de Marvel ha tenido que enfrentar tal decisión; de hecho, cada uno de los héroes ha lidiado en su propio fuero alguna lucha contra esta condición de villanía, pero Thanos recorre el camino hasta el final: la azarosa aniquilación en la punta de sus dedos. ¿El resultado? Un hombre triste situado en el confín de la realidad que se ha creado, el gran contemplador del vacío, el celador de la ausencia.

Pero volvamos a la estructura narrativa para hacer la última valoración moral de estos diez años de universo Marvel. Dieciocho filmes a lo largo de una década son la preparación argumentativa, el primer acto; Avengers Infinity Wars es el desarrollo del conflicto central y el clímax del segundo acto. El canon narrativo exige un tercer acto que resuelva los efectos del apogeo pero ¿hay algo qué resolver? ¿Devolver la vida de los héroes caídos? ¿Regresar al orden previo? ¿A que todas las fuerzas estén dispersas nuevamente? Y, si se resolvieran, ¿quiénes juzgarán que ese escenario es el correcto?

En la tragedia griega ‘Las Euménides’ (la tercera parte de la trilogía de ‘La Orestiada’), las diosas de la venganza, que reclaman los crímenes de sangre, obligan a los dioses a instalar un tribunal para definir el destino del acusado; pero, cuando la votación queda empatada, prevalece el beneficio del culpable. Es decir, el bien sí triunfa aun cuando las fuerzas del mal estén equilibradas (y hay que recordar que Thanos busca el equilibrio). En el comic, Thanos Quest, el titán consigue el poder de las gemas sólo para demostrar que está a la altura de su amada ‘damisela muerte’; pero su poder finalmente es superior al de la muerte y por tanto no pueden coincidir. La conclusión es evidente: Thanos se petrifica contemplando el infinito, aguardando el momento de perder, porque la victoria es vacía cuando el logro es absoluto.

@monroyfelipe

 

#Debate2018 Ganó el formato, faltaron aportaciones de fondo

asd.JPGConcluido el primero de tres debates entre los candidatos a la Presidencia de la República, los cinco candidatos –como ya lo habían trabajado en sus equipos de campaña- se declararon ganadores de su trinchera y pusieron en marcha sus tácticas para posicionarse en los espacios noticiosos de la semana. Sin embargo, como nunca antes, las estrategias en las redes sociales presidieron el análisis de lo acontecido en tiempo real y con miles de matices de opinión. Lo que quedó fuera, no obstante, fue la oportunidad de abordar los temas de fondo, que sí los hubo, pero palidecieron bajo las tácticas de imagen y campaña.

Los esfuerzos del Instituto Nacional Electoral para trabajar con las empresas controladoras de las principales redes sociales del mundo y que éstas operaran a favor de lograr audiencias y conversación fueron notorios, pero inquieta mirar los resultados: un inmenso volumen de participantes, pero igualmente inmensa la basura que allí se produce. Eso, sin contar aquello que los vendedores de fantasías llaman “estrategias de redes” pero que no son sino la compra burda de tecleadores obsesivos.

Las redes sociales rompieron el monopolio de opinión de los medios de comunicación tradicionales de noticiarios. Nueve de las diez tendencias masivas en Twitter en México hablaban sobre el debate; además, la utilización de diversos hashtags del INE para generar y concentrar la conversación que produjeron cientos de miles de usuarios facilitó dar seguimiento no sólo a las intervenciones de la sociedad sino a los usos que los equipos de campaña de los candidatos están dando a estas herramientas. Por supuesto, Facebook y Whatsapp también fueron receptáculos inmensos donde creció la exposición de lo acontecido en el debate pero hay datos muy preocupantes sobre este enorme esfuerzo: sólo uno de los diez principales influencers en México decidió participar y colaborar en la conversación sobre el debate presidencial; el resto, para mantener su autenticidad y lo que sus audiencias les piden, decidieron no intervenir, ni voluntariamente ni por medio de intereses económicos que les sugirieron tuitear a favor de ciertos candidatos a cambio de un atractivo bono económico.

Esto quedó reflejado involuntariamente en una encuesta realizada por la empresa Pauta: tras el debate realizó mil 196 llamadas telefónicas a hogares mexicanos, sólo 27% de los encuestados había seguido el ejercicio democrático. Es decir, aún permanece un gran volumen de indiferencia social ante estos temas políticos. Y, cuando los hay, la banalización o la burla antecede a la reflexión desapasionada. En la encuesta de un destacado informativo de Jalisco, más de la mitad de sus audiencias confirmó que lo más importante del debate fueron los ‘memes’ y los ataques. Así que, al igual que otras redacciones de noticias, se colocaron en portada principal dos notas: Los memes de los candidatos y un contador de ataques durante el debate.

Ya se esperaba, los ataques se centraron en el candidato puntero y los analistas coinciden en que esta circunstancia redujo las posibilidades de que los participantes expusieran temas concretos y exploraran respuestas a los temas que se les presentaron en este primer debate. Según el contador de ataques emitidos y recibidos: Anaya hizo 17 ataques y recibió 14; Zavala atacó 14 veces y recibió sólo una crítica; Rodríguez no recibió ninguna embestida pero hizo 15; Meade arremetió en 17 ocasiones y recibió 7 agresiones; y, finalmente, López Obrador, atacó dos veces y recibió 43 señalamientos de sus opositores.

En el balance de los analistas políticos y de imagen pública hay cierta coincidencia en que el candidato Ricardo Anaya, fue el que realizó un mejor desempeño en la técnica; que José Antonio Meade, desaprovechó la oportunidad de salir del tercer lugar en la intención de votos; que Andrés Manuel López Obrador, aportó muy poco en el ejercicio y soportó con estoicismo las acérrimas críticas de sus oponentes; que Margarita Zavala, se esforzó demasiado en el tono y en la emoción pero no en el fondo de las ideas; y que Jaime Rodríguez, destacó por las insensateces vertidas y la disruptiva actitud.

Con todo, más allá de la imagen y desenvoltura de los aspirantes, finalmente los temas de fondo sí aparecieron en estos ejercicios democráticos, aunque con tibieza y abordados sin claridad. Quedan para posteriores reflexiones y diálogos: La elección de un fiscal independiente para combatir la corrupción en el gobierno, la exploración de una reforma legislativa para revocar el mandato presidencial, el diálogo por una estrategia de seguridad eficiente y la gobernabilidad en medio de una crisis de Estado.

En conclusión, ganó el formato del debate y será un error dar marcha atrás en ello. Eso obliga a los aspirantes a mejorar sus técnicas y sus argumentos, a ordenar sus ideas y plantearse una imagen que converja con sus planteamientos y a aprovechar su tiempo porque es el tiempo que los ciudadanos (los pocos interesados) les están dando. El terreno está asentado y la audiencia interesada está deseosa de participar, esperemos que –ahora sí- haya más propuestas para hacer coincidir esos dos espacios.

@monroyfelipe

Un crimen sagrado

padreApenas un kilómetro y una semana de distancia separan la más reciente escena del crimen contra un sacerdote mexicano de la reunión de los obispos con los candidatos a la presidencia de la República en la sede de la Conferencia Episcopal en el Estado de México, mismo municipio, misma diócesis pero un abismo en el discurso. El asesinato del vicario judicial de la diócesis de Izcalli, Rubén Díaz Alcántara, es la prueba irrefutable de que la violencia y el crimen prevalecen como una especie de ‘orden social’ en el territorio nacional.

El Centro Católico Multimedial -organización que da seguimiento a los crímenes contra ministros de culto y miembros de la iglesia católica en México- reportó que con Díaz Alcántara se alcanzó la cifra de 22 sacerdotes asesinados en el país desde el inicio de la administración del presidente Enrique Peña Nieto; además, han sido asesinados 40 periodistas, 73 políticos y más de diez mil mujeres, para redondear en 117 mil, la cifra de homicidios de este sexenio.

Cada crimen, desaparición o secuestro revela la ineficacia de las estrategias de seguridad propuestas en los últimos dos sexenios, desnuda también la crisis humana y moral en la que ha caído gran parte de la sociedad mexicana. Por eso sorprende que el mensaje que los obispos mexicanos dieron a los candidatos a próximo presidente de México hablara tan poco y con ambigua cortesía de este gran drama nacional: “No podemos concebir un orden social basado en la impunidad, la corrupción, la inseguridad, la violencia, la cultura de la muerte”, expuso el cardenal Francisco Robles en nombre del episcopado nacional sólo para matizar más adelante: “Muchas cosas las hemos hecho bien. En los últimos años hemos logrado conformar avances significativos en materia política, económica y social”.

Frente a ese cuerpo episcopal que ha perdido a 22 sacerdotes en menos de un lustro y una cantidad desconocida de fieles católicos, el cardenal Robles dijo a los aspirantes a dirigir el país: “Hay indignación y graves realidades de exclusión que nos sacuden y violentan. Sin embargo, éstos no pueden opacar nuestra mirada sobre el bien conquistado”. Las únicas conquistas en el rubro de inseguridad han sido, sin embargo, indeseables: el 2017 se convirtió en año más violento de la era moderna del país, los crímenes contra ministros pasaron de tres (1994-2000), a cuatro (2000-2006), a 17 (2006-2012) y finalmente a 22 (2012-abril 2018). El Índice de Paz reporta que en 25 de los 32 estados de la República experimentaron un deterioro del nivel de paz y más de 100 millones de personas ven afectadas las relaciones sociales en sus hogares y comunidades por la violencia. Por si fuera poco, la tasa nacional de delitos aumentó en 15% y la tasa mensual de violencia en la familia escaló 32% en los últimos tres años.

El arzobispo Robles aseguró a los políticos que, en el extranjero, hay “admiración” de ciertos avances en México (especialmente en materia macroeconómica, salud, educación, vivienda y democracia) y planteó que “la crisis ética, hay que decirlo, no es exclusiva del gobierno, ni de nuestra Nación, sino que es un cáncer presente en toda la humanidad”. Pero es claro que a ningún obispo se le puede exigir atender el cáncer de la humanidad sino el drama que padece su prójimo inmediato: “El obispo -apuntó el papa Francisco en 2016- debe ante todo vivir para los fieles, y no solamente presidirlos […] estar cercanos a los pobres, a los débiles, a los que no tienen hogar y a los inmigrantes. Miren a los fieles en los ojos. Pero miren el corazón. Y que aquel fiel tuyo sea presbítero, diacono o laico, pueda mirar tu corazón. Pero mirar siempre en los ojos”.

Los obispos tuvieron la oportunidad que millones de fieles católicos no tienen: estar frente a los que aspiran a gobernar el país; tuvieron oportunidad de expresar con claridad evangélica los dramas que su grey y su clero padecen todos los días, tuvieron oportunidad de utilizar las palabras precisas para denunciar “la alarmante violencia” como mencionaron en las condolencias por el asesinato del sacerdote Díaz Alcántara; para iniciar ese “diálogo nacional en el que se escuchen todas las voces, especialmente de aquellos y aquellas que sufren violencias e injusticias” como propusieron en su mensaje final de la 105 asamblea plenaria; o para “reconstruir nuestra Patria […] ante la injusticia e inequidad, la corrupción e impunidad, las violencias, el narcotráfico, los asesinatos y desaparecidos, la inseguridad y extorsión” como dijeron en la 104 asamblea nacional. Una oportunidad que se diluyó en cortesías políticas y que silenciaron buena parte de una indignación social ante una crisis que, si bien no es exclusiva del país, sí es la más cercana y es la que podemos ver directamente a los ojos.

@monroyfelipe

Ideas para un debate

Este domingo 22 de abril se realizará el primer debate presidencial del proceso electoral 2018, acuden cinco candidatos bajo un escenario que, si se simplificase al extremo, sería como sigue: el aspirante opositor va a la cabeza con varios puntos de ventaja en las encuestas; el abanderado del partido en el poder va en un lejano tercer lugar; el segundo lugar se sostiene sobre una explosiva amalgama artificial; y, al final de la carrera, dos candidatos sin partido que atacan al puntero más por ser como es que por alcanzarlo en el frente de las preferencias.

Por supuesto, la simplificación se hace caricatura y peca en objetividad. La construcción histórica de cada candidatura, la constitución real de cada estructura partidista, el panorama actual y futuro del país al que se aspira a gobernar y los acuerdos cupulares institucionales, políticos o económicos, hacen mucho más complejo el escenario en el que los ciudadanos deben valorar con criterio su apoyo a uno u otro aspirante. Pero bien dicen los mercadólogos de la política: el debate no es la oportunidad ciudadana para someter a los candidatos a escrutinio, es la oportunidad de los candidatos a sembrar ideas (reales o falsas) de su persona o de sus contrincantes.

Esos mismos mercadólogos afirman que el ganador del debate sube cuatro puntos en las encuestas de intención de voto popular y por eso preparan a los candidatos con técnicas y artilugios para salir victoriosos; sin embargo, en debates modernos ha habido candidatos que no acuden a estos ejercicios y de igual manera ganan elecciones (Theresa May del Reino Unido, por ejemplo) o debates donde son las reacciones del público presente las que ajustan los estilos o las temáticas de las propuestas políticas.

En México seguimos teniendo formatos muy rígidos, muy cómodos para los candidatos. De tal suerte que sigue siendo poco claro saber qué esperamos en realidad de estos ejercicios de comunicación política. ¿Qué se evalúa en un debate? ¿Las ideas? ¿La claridad con la que se exponen? ¿El temple y el carácter del candidato para recibir o sortear ataques? ¿El ingenio para hacerlos? Y finalmente, ¿quiénes hacen esas evaluaciones? ¿La audiencia como espectador entretenido o como ciudadanía receptiva? ¿O en el fondo es la opinocracia interesada la que califica bajo sospechosos o arbitrarios criterios?

¿Quiénes deben contrastar las palabras con la realidad? ¿Qué instancias verifican la viabilidad de las promesas? Pero, sobre todo, ¿cómo hacer para que la ciudadanía incida en la elección de los tópicos, de los formatos y de los candidatos sobre los que sí tiene interés escuchar?

Y es que en los debates se somete al crisol mucho más que las palabras y actitudes de los candidatos; se pone en evidencia el tipo de sociedad que somos y el nivel de la participación ciudadana que está convocada a pensar y reflexionar sus intenciones electorales.

Que los debates en México estén organizados para que cada candidato (independientemente de cómo haya llegado a la contienda o de sus posibilidades reales de ganar) pueda expeler cualquier agresión que le venga a la mente o prometer la fantasía más alucinante, refleja nuestro oscuro deseo de hablar sólo por tener el micrófono y la falta de sanciones sociales a la mentira. Pero, esa libertad, no explica esa falsa cortesía o protección a los políticos que no tienen posibilidad ni capacidad de soportar el juicio público cuando debaten. Que los moderadores de estos encuentros políticos en México sean periodistas no se compara con la presencia de público general en debates de Estados Unidos o el Reino Unido, ni con la preselección de candidatos a los que se les exige debatir sin ser distraídos por otros aspirantes que, aunque tengan legítimo derecho de contender, no representan plataformas de interés nacional ni debates sociales urgentes (como en Francia, por ejemplo).

La posibilidad para que -legítima, legal o paralegalmente- casi cualquier ciudadano mexicano pueda aspirar a puestos ejecutivos es parte de los avances y tropezones de la democracia; los debates también lo son. Ambos mecanismos son perfectibles y ambos siguen necesitando más participación popular.

@monroyfelipe

Candidatos y obispos: caminos bifurcados

PAPA_TODOSLa semana pasada, los obispos católicos del país lograron convocar a los candidatos a la presidencia de la República para que éstos se apersonaran en su 105ª Asamblea Plenaria y expresaran de viva voz sus planteamientos políticos. Poco de lo ocurrido en la singular pasarela fue comunicado institucionalmente, excepto el mensaje que el cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles, emitió a cada uno de los aspirantes en nombre de sus hermanos obispos, y lo que cada candidato quiso explicar de la reunión.

Justo antes de los encuentros, los obispos dieron un Mensaje al Pueblo de Dios donde plantearon la urgencia de hacer prevalecer las propuestas políticas por encima de las descalificaciones personales: “invitamos al compromiso por la transparencia, la legalidad, la honradez, la equidad, el dialogo, y la verdad, y  evitar la mentira, el fraude, la coacción, la simulación, la violencia, el engaño a los pobres con dádivas pasajeras y todo lo que desvirtúe la democracia de cuya construcción todos somos responsables”. El diálogo con los candidatos fue la oportunidad perfecta para hacer eco de estas exigencias ciudadanas pero, por alguna razón, los encuentros hallaron otros caminos, menos morales y más políticos.

El arzobispo Francisco Robles, que entró en su último semestre como presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, hizo un largo discurso donde presentó cinco “anhelos/compromisos” políticos de los obispos para el país y una reflexión sobre la situación actual de la nación; pero ya no habló de la “dignidad humana” ni el “compromiso por la paz y las causas sociales” de la que habían hablado esa misma mañana ante los medios de comunicación.

Sobre los anhelos (que incluyen el abatimiento a la pobreza, el sistema económico humano, el fortalecimiento del Estado derecho y la educación de calidad), el cardenal jalisciense expresó el deseo de que en México se respeten los derechos fundamentales: “principalmente, la libertad de conciencia y la libertad de religión”.

En el mensaje final de esa asamblea, los obispos habían solicitado buscar qué afecta la vida y la dignidad de las personas para así trabajar a su favor; pero a los políticos no se les mencionó que el derecho fundamental que la iglesia católica promueve y defiende universalmente es precisamente la vida humana. El propio Francisco, en su última exhortación apostólica Exultate et Gaudete reclama: “Se olvida que ‘no es que la vida tenga una misión, sino que es misión’”.

Es claro que la promoción del derecho a la vida ha generado más tirantez que acuerdos en el país; pero ese derecho a la vida es el que justamente mueve y conmueve al obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, a dialogar con narcotraficantes para preservar la vida de sus fieles y de los ciudadanos. Dignidad de la vida humana que el Papa jesuita explica así: “Porque Dios está misteriosamente en la vida de toda persona, está en la vida de cada uno como él quiere, y no podemos negarlo con nuestras supuestas certezas”. Sin duda las libertades de conciencia y de religión son importantes, pero la dignidad de la vida como derecho humano fundamental es uno de los principales reclamos de los cristianos a las políticas públicas que permiten la muerte de tanta gente bajo condiciones de ignorancia, pobreza, indiferencia, miedo, amenaza, venganza o coacción.

En su primer mensaje, los obispos exigían que las campañas no debían engañar a los pobres con dádivas pasajeras; pero a los candidatos se les reconoció lo bien que se ha hecho: “En los últimos años hemos logrado conformar avances significativos en materia política, económica y social”; dijo Robles. Además, ¿por qué en su primer mensaje los obispos habrían pedido a los políticos que evitaran la mentira, el fraude, la coacción, la simulación y la violencia, si después iban a afirmar que en el extranjero causa “admiración… el manejo macroeconómico, la consolidación de instituciones democráticas y, por supuesto en algunos índices de salud, educación, vivienda, entre otros”?

Ante los políticos, los obispos afirman que México ha creado “un ámbito de instituciones creíbles en el contexto electoral” pero a la convocatoria sólo pudieron asistir Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade y Margarita Zavala debido a que las instituciones electorales han sido cuestionadas porque el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación avaló de último momento una candidatura presidencial idependiente (y  aún estudia otra más) a pesar de que el propio Instituto Nacional Electoral documentara la invalidez de las firmas ciudadanas que fueron presentadas como requisito para aparecer en la boleta electoral.

En nombre de los obispos, el purpurado jalisciense pidió que la realidad de exclusión que se vive en el país no opaque la mirada sobre el bien conquistado: “La crisis ética, hay que decirlo, no es exclusiva del gobierno, ni de nuestra Nación”. Y, aunque dijo que es un cáncer de la humanidad que se debe combatir; sólo México sigue perdiendo credibilidad global en el índice de percepción de corrupción realizado por Transparencia Internacional debido a que la mayoría de casos de escándalos de abuso de autoridad o corrupción en el país se reservan bajo leyes de confidencialidad. Por ejemplo, la PGR clasificó la información del caso PEMEX-Odebrecht que involucraba funcionarios de los últimos dos sexenios mexicanos cuando en Argentina, Colombia, Perú, Ecuador, Brasil y Panamá ya hay funcionarios corruptos en la cárcel o, por lo menos, bajo juicio público ciudadano. Sólo en Venezuela y México se ha impedido la investigación pública de estos hechos. Además, en el último sexenio, los casos de ejecuciones extrajudiciales (Tlatlaya y Tláhuac) han sido reservados al conocimiento público; los conflictos de interés del propio presidente Peña Nieto y algunos de sus más cercanos colaboradores han sido reconocidos en el extranjero pero desestimados por las autoridades nacionales; y las denuncias de desvío del erario público a través de transferencias a universidades (7 mil millones de pesos) o programas de apoyo al campo (3 mil 500 millones de pesos) no han sido atendidas por las autoridades federales.

En el mensaje, el cardenal Robles describió al jefe del ejecutivo ideal para la jerarquía católica: “Necesitamos un Jefe de Estado capaz de orientar con firmeza y suavidad los esfuerzos de la sociedad y el gobierno, con una mirada de largo alcance, en este marco nacional e internacional que nos desafía. Además de estrategias y modelos de gestión, requerimos de la configuración de presupuestos civilizatorios capaces de impulsar un desarrollo humano, sostenible, integral y solidario”. Sin embargo, en su Mensaje con ocasión del Proceso Electoral, los obispos invitaban a elegir “el bien posible”: “Hacer el bien posible significa impulsar lo que aporte al bien común, a la paz, a la seguridad, a la justicia, al respeto a los derechos humanos, al desarrollo humano integral y a la solidaridad real con los más pobres y excluidos”

Tras la reunión con los obispos, los candidatos sintetizaron los temas que abordaron en sus respectivos encuentros: Ricardo Anaya presentó su modelo de economía incluyente y se solidarizó con los obispos por los asesinatos de sacerdotes; José Antonio Meade dijo que se comprometió a combatir la pobreza y a fortalecer el Estado de derecho; López Obrador anunció que invitará al papa Francisco para que coopere en un diálogo por la paz; y Margarita Zavala comentó que “entendía perfectamente que un líder espiritual trate de calmar las cosas ante la debilidad del Estado”.

Al final, cada uno habló de lo que quiso porque se perdió una gran oportunidad de poner en el centro las búsquedas éticas y morales de la política, de contrastar la realidad, de hacer eco de lo que los católicos quieren de los liderazgos políticos: “trabajar comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan”.

@monroyfelipe