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Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

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Obispos llegan a una asamblea de definiciones

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Este 12 de noviembre comienza la 106 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Como cada trienio, los líderes de la grey católica mexicana realizan votaciones para elegir a los obispos representantes en diferentes áreas de servicio. Los reflectores, sin embargo, están puestos en la elección del próximo presidente del organismo colegiado porque de ello depende, en buena medida, las relaciones institucionales con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, presidió el organismo episcopal por dos periodos de suma convulsión de la Iglesia Universal: primero con la histórica renuncia del papa Benedicto XVI y después con el ascenso del primer cardenal latinoamericano a la silla del sucesor de san Pedro. Pero también de graves circunstancias en México: “violencia, corrupción, impunidad y cultura de la muerte” como las distinguió el propio episcopado.

Robles, al igual que los otros cardenales y arzobispos latinoamericanos, comenzó a tomar un peso moderadamente relevante en el concierto internacional pero, desde la presidencia del colegio de obispos mexicanos, su participación en los dos periodos se percibe apenas testimonial. Fueron sus secretarios generales los que destacaron mediáticamente. El primero, Eugenio Lira Rugarcía, quien cargó con más errores que aciertos en la organización de la visita del papa Francisco en 2013 y en la relación de la CEM con el entonces nuncio apostólico, Christophe Pierre; y en el segundo periodo, el obispo auxiliar de Monterrey, Alfonso Miranda Guardiola, quien enfocó su servicio en el rescate de la memoria episcopal, la sistematización de la vinculación de todas las diócesis y comisiones de la Iglesia católica, y la creación de varias alianzas y convenios institucionales, a veces con más audacia que contenido.

La administración saliente de la CEM pone entre sus logros la conformación de un Observatorio Nacional que compila y actualiza la vasta pero muchas veces desconocida información de las diócesis mexicanas que ofrecen servicios de caridad y asistencia social o humanitaria; un departamento de historia que reanudó un trabajo suspendido en 2009 para conservar documentación valiosa del organismo; un organismo interdisciplinario para dar seguimiento y fortalecer la prevención a los casos de abuso sexual de menores en la Iglesia; una batería de protocolos de acción operativa ante diferentes crisis institucionales; y un bloque de convenios con organismos federales como la Procuraduría General de la República (PGR), la Fiscalía Especializada para Prevenir Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Cultura, el INAH, entre otros.

Es, sin embargo, el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) el más audaz de los trabajos de la presidencia y secretaría salientes: la proyección de los trabajos de animación pastoral de la Iglesia católica en México con la mirada puesta en los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los dos mil años de la Redención.

Es en esta última materia donde los obispos mexicanos deben tomar definiciones profundas. El cardenal Robles Ortega no puede ser reelecto y, aunque Miranda Guardiola sí; no suele ser una práctica común cambiar al presidente conservando al secretario. En los corrillos eclesiales destacan los arzobispos de Monterrey y Morelia como posibles sucesores del cardenal Robles en la presidencia de la CEM. El primero, Rogelio Cabrera López, por su compromiso en el proceso y continuidad del PGP; y el segundo, Carlos Garfias, por su trabajo en el área de paz y reconciliación nacional, un tema de interés central del próximo gobierno federal por su aspiración de contar con la participación del papa Francisco en este proceso.

Pero, junto a la relación con el próximo gobierno y  dar continuidad de trabajos articulados dentro del organismo, existe un tercer factor para la próxima presidencia de la CEM: su participación institucional ante el Censo de Población y Vivienda 2020. El instrumento censal para registrar las creencias religiosas de los mexicanos ya ha recibido fuertes críticas, tanto de sociólogos como de asociaciones religiosas que se sienten sub representadas en los reactivos de consulta.

Diversas encuestas y estudios aislados ya hacen proyecciones que podrían ser muy duras para la idea de catolicidad mexicana. Hay tendencias demográficas que ubican a los católicos con márgenes de 72 a 68 por ciento de la población mientras muestran una sensible proliferación y mayor influencia política a las diferentes expresiones evangélicas, protestantes y pentecostales. Este contexto también pone un escenario para los obispos católicos poco previsto: el urgente paso del diálogo interreligioso a la cooperación interinstitucional con otras asociaciones religiosas.

En el Plan Global, los obispos mexicanos aseguran tener seis compromisos: construir dignidad humana, comprometerse con las causas sociales, ser una Iglesia pueblo, misionera y compasiva principalmente con los jóvenes y adolescentes. “Concretar respuestas”, apuntan; pero sin la cooperación con otras expresiones religiosas, sus esfuerzos puede que no resulten relevantes o significativos para el país que desean servir.

Hay un último factor que no se debe minimizar, el cardenal Carlos Aguiar Retes comenzará a tomar un papel de suma relevancia para el episcopado mexicano. Como arzobispo primado de México es naturalmente un foco de atención política y mediática; sus proyectos de administración pastoral (desterritorialización parroquial, reforma a la formación sacerdotal y redistribución episcopal) y el papel que irá adquiriendo como ‘papabile’ mientras se acerque el ocaso de la era Bergoglio lo perfilan como un importante referente para la configuración del episcopado de los próximos siete u ocho años. Aguiar llega a la asamblea plenaria aún con el doble cargo de arzobispo primado y administrador apostólico de Tlalnepantla, con un muy relevante trabajo en el pasado Sínodo de los Jóvenes en Roma; con la confianza del nuncio Coppola en sus proyectos y sin jugar las dinámicas de confrontación moral con el presidente electo por los temas que han polarizado a la sociedad. Tiene la oportunidad para hacer un liderazgo que signifique pero, para comunicarlo, siempre hace falta tomar riesgos.

@monroyfelipe

AMLO más allá de su entourage

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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe

El verdadero éxito de la consulta: la muerte de la tecnocracia

En el fondo no hemos comprendido lo importante: contemplamos la agonía del modelo tecnócrata en México. Después de varios sexenios de duro perfeccionamiento, la maquinaria aceitada de la tecnocracia hiper-despolitizada respira sus últimos estertores. En su lugar, la gobernanza hiper-politizada toma posición con el consecuente temblor de cambios. La abultada elección de Andrés Manuel López Obrador, la polarización ideológica, las feroces argumentaciones y contraargumentaciones sobre aeropuertos, consultas y demás temas de interés social sólo evidencian que los políticos volvieron a tomar el sitio que los tecnócratas tomaron las últimas tres o cuatro décadas.

Desasosiego, confusión, incluso náuseas. Eso es lo que algunas personas aseguran sentir como síntomas en el proceso de transición para el gobierno de López Obrador. Ciertos opinadores y ciudadanos no dejan de decir, por ejemplo, que hay ‘incertidumbre’ en los mercados, que la falta de liderazgo provoca confusión, que la indefinición tiene al país en la zozobra. Añoran el donaire experto de los especialistas, los que nunca preguntaban, los que cobraban lo que cobraban porque sabían lo que hacían, los que comparaban la economía con gripas y pulmonías o la política diplomática con enchiladas sin considerar a los miserables de las primeras o a los desplazados de las segundas crisis. Aquellos tecnócratas acostumbraron a varias generaciones a comprender que su docta decisión siempre era mejor para la gente sin necesidad de consultarla ni de explicarles nada, total ‘qué va a saber de macroeconomía la gente promedio’.

Y, de pronto, aparece una consulta ciudadana llena de problemas, errores, intereses, sesgos y demás dolencias para preguntar a la gente qué opina sobre viabilidad aeroportuaria. Es evidente que los expertos en consultas evidenciaron sus errores, los especialistas en leyes mostraron sus lagunas legales; y los expertos en aeronáutica, inversiones e infraestructura simplemente miran con recelo que la gente opine de algo que desconoce del todo.

Quizá tengan razón, pero creo que deben dar un paso atrás para tomar perspectiva sobre la consulta. En el fondo opino que lo último que importa de ella es el resultado; lo importante es el acto en sí. El cambio de actitud frente a la gobernanza. Personalmente nunca tuve opción y, sin embargo, creo importante que la ciudadanía debe darse siempre la oportunidad de dar muestras de actitud madura, responsable y cívica.

Y, a pesar de la oportunidad, qué despreciable espectáculo vimos los ciudadanos y los medios de comunicación cuando cotejamos a gente que votó varias veces en diferentes casillas. No están probando nada excepto su capacidad de engañar.

Es claro que las fallas de los sistemas de votación deben reducirse lo más posible; pero mientras exista el factor humano, todo sistema es falible. Creo que lo único positivo es el nivel de indignación y profunda conciencia que se gesta entre la gente, nos ayuda como ciudadanía a ser más exigentes, a dudar más, a desconfiar mejor. Así se obliga a los grupos de poder a adecuarse. El gran reto ahora es para el propio grupo de poder: porque si quiere hacer una nueva consulta en otro tema o si deja de consultar a la gente, igual la ciudadanía le reclamaría. Ya fuera por la falta de aprendizaje o por la falta de compromiso.

En su mejor expresión, los tecnócratas quieren mirar este ejercicio de consulta desde la eficiencia y verificación; pero los políticos ponen acento en el marco ético y moral. Yo no creo que el médico debe arrancar un dedo al paciente para verificar que sangra; basta un pinchazo en la punta de este. Todos los datos arrojan lo evidente: la consulta tiene miles de errores técnicos y políticos, obrar con malicia como un acto incorrecto más para ‘comprobar su vulnerabilidad’ es un acto agresivo, innecesario, gandalla decimos. No es experimentación, es dolo.

He ahí el verdadero triunfo de la consulta (y de lo que venga en el horizonte): la muerte de la tecnocracia. La vuelta de la política dura, el renacimiento de un estilo que busca, lucha, conserva o retoma el poder; el inefable poder.

@monroyfelipe

¿Qué hacemos con las obras inconclusas?

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No me lo tome a mal, no estoy vaticinando nada. Sólo creo que no existe una verdadera preocupación sobre los proyectos que, abandonados, comienzan a levantar maleza en el silencio. Las obras inconclusas o los llamados ‘elefantes blancos’ son la ominosa prueba del verdadero dispendio, de corrupción, falta de liderazgo y ausencia de creatividad.

Prácticamente no hay rincón del país donde no exista alguna de estas pruebas: cuando no es un centro de artes y oficios abandonado en su sola estructura en la Ciudad de México, es un hospital en obra negra en Veracruz, un distribuidor vial en Guanajuato, centros de salud en Oaxaca, centros urbanos, carreteras, vías de tren, presas, puentes, deportivos y un largo etcétera.

Y no sólo causan problemas las obras inconclusas, también las obras presurosamente concluidas para beneplácito de la comunicación del gobernante en turno: hospitales perfectamente erigidos, pero sin galenos ni instrumental, sin servicios populares; vialidades expuestas al desastre y, por supuesto, el epítome de estos fraudes: sistemas de transporte sin pruebas de seguridad ni eficiencia.

La obra inconclusa gubernamental y las obras entregadas al vapor son una afrenta al sistema de solidaridad y de corresponsabilidad institucional. No sólo representan el gasto y los costos en las inversiones que no proveen el servicio original al que fueron destinados; también provocan una incertidumbre mayúscula sobre la eficacia de la gobernanza, laceran la confianza representativa y fomentan una actitud de depredación por parte de las empresas.

Lo más natural es que las obras inconclusas o inservibles sean retomadas por nuevos gobiernos o participantes económicos; obras que en principio tuvieron un estudio de necesidad y viabilidad, se concursaron o asignaron licitaciones, se aprobaron presupuestos, en teoría tendrían todos los permisos y autorizaciones desde el aparato de gobierno y tuvieron un horizonte de cumplimento que -evidentemente- no se cumplió. Otra solución es reacondicionar lo pobremente construido, darles una utilidad diferente a la original pero necesaria para un sector social. Esto en principio puede ser un sinsentido, pero hay que mirar algunas obras que, concluida su vida útil, se pueden convertir en un nuevo espacio de servicio.

Sin embargo, lo importante no es reanudar la obra o darle un nuevo sentido. Lo absolutamente indispensable es fincar las responsabilidades económicas, legales y políticas a aquellos que dejaron abandonados los proyectos o cuyas corruptelas reventaron la burbuja de viabilidad y continuidad del proyecto. En su ensayo sobre la gobernanza de sociedades complejas, Daniel Innerarity explica que “el arte de la gestión presupone que, ante las dificultades encontradas, hay siempre una solución óptima única. Por el contrario, el campo político descansa sobre el reconocimiento de la incertidumbre”. Mientras la política permite la audacia de hacer lo mejor posible en unas condiciones determinadas, la gestión exige soluciones sin importar las condiciones.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador tiene frente a sí justo este doble desafío particularmente en lo que respecta al aeropuerto mexiquense en Texcoco o en Santa Lucía. En lo político, demostrar que se toman las decisiones audaces para fincar responsabilidades a las personas que reventaron el presupuesto original de la construcción o que mintieron en el proceso del proyecto; pero en la gobernanza administrativa, dar la solución óptima a dos escenarios contrapuestos: si se continúa el aeropuerto en Texcoco, sanar lo corregible; si se abandona la infraestructura ya construida, resolver qué hacer con esos 734 mil metros cuadrados ya transformados por el inicio de la obra.

El político gobernante está obligado a enlazar dos parámetros diferentes entre sí y -en este caso- opuestos. Nuevamente Innerarity nos recuerda: “No puede agravar el mal que pretender disminuir, no debe emprenderla contra los valores de la comunidad, debe proponer soluciones viables… debe estar preocupado por el porvenir sin creerse, no obstante, que lo conoce con certeza”.

@monroyfelipe

 

Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

Francisco rechaza conspirar para erradicar conspiraciones

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Hay que partir de un hecho: El papa Francisco arrancó su quinto año de pontificado con quizá una de las más complejas crisis de orden, confianza y credibilidad en los corrillos de la jerarquía eclesiástica. En medio de la aún delicada tarea de atender las causas y efectos de los abusos sexuales cometidos por clérigos alrededor del mundo (y la reforma de actitudes de los pastores), desde el seno de las cortes vaticanas y sus aliados, le asestaron un dardo envenenado que básicamente buscaba desacreditarlo en su figura de líder y autoridad moral sobre la ruta de la Iglesia católica en el siglo XXI.

La insidia de sus detractores ha sido tan rabiosa que incluso periodistas especializados intentaron evidenciar las mentiras de las acusaciones apelando a la memoria, a los datos y a la veracidad de los argumentos; y, sin embargo, por mucho que se recomendaba al pontífice devolver la acusación, responder contra el ataque, Francisco optó por otro tipo de respuesta.

Para comprender por qué, hay que acercarse a algunas ideas que Bergoglio ha expresado en sus mensajes, homilías y discursos. La primera, de una homilía en Casa Santa Marta en 2017: “En el camino del cristiano, la verdad no se negocia, pero hay que ser justos en la misericordia”. En aquella reflexión el pontífice afirma que la justicia y la misericordia son una misma cosa: “En Dios, justicia es misericordia y misericordia es justicia”.

Por ello Francisco optó por no dar su respuesta fulminante (justa pero inmisericorde) contra sus acusadores porque “la verdad es silenciosa y no hace ruido”. El 3 de septiembre, una semana después de la acusación del exnuncio Carlo María Viganó, el Papa también reflexionó sobre ello durante una celebración nuevamente en Santa Marta: “Con las personas que no tienen buena voluntad, que buscan sólo el escándalo, que buscan sólo la división, que buscan sólo la destrucción, también en las familias (lo que hay que hacer es): silencio y oración” y remató: “que el Señor dé la gracia de discernir cuándo se debe hablar y cuándo callar”.

Y es que en su viaje a Filipinas de 2015, el pontífice argentino había dejado en claro que el mal, el enemigo, es quien está detrás de las personas que buscan escándalo, división y destrucción: “El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación”.

Ante las acusaciones, el papa Francisco ha optado por una actitud que igual define y comunica: no usar las mismas armas que el enemigo

Es decir, en Francisco hay una negativa para no utilizar los mismos medios que el enemigo; porque hacerlo implica modificar el propio fin, hacernos renunciar a la misión intrínseca de nuestra oposición. El Papa quizá tenga en mente el precepto del enorme Marco Aurelio: “Haré mejor en aprender a callarme, provisionalmente, y a ser”. Ser congruente con lo que ha predicado es un valor importante a considerar para Francisco, al estilo de Etty Hillesum parece decir con su actitud: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido ya en nosotros mismos. Tenemos que cambiar tantas cosas en nosotros mismos que no deberíamos ni siquiera preocuparnos de odiar a quienes llamamos nuestros enemigos”.

El filósofo Tzvetan Todorov plantea sobre esto: “¿Debemos combatir al enemigo con sus propios medios? ¿No nos arriesgaríamos –aun triunfando sobre él- a ofrécele esa sombría victoria subterránea: la de habernos convertido en sus semejantes? ¿Es justa la lucha de esos hombres que conspiran para que no hubiera ya conspiraciones, que roban para que ya no hubiera robo sobre la tierra, que asesinan para que no se asesinara a los hombres?”.

Francisco oferta su respuesta desde un terreno de la política moral cristiana y eso sorprende a todos quienes confunden la inacción discursiva con la aceptación. Y en este último caso, el Papa está muy lejos de aceptar que muchas cosas en la Iglesia permanezcan igual: ni el clericalismo, ni la actitud principesca de los pastores, ni el encubrimiento de los crímenes.

Bergoglio ratifica la tolerancia cero, pero antepone la voz de la institución a la propia, porque ésta última conlleva toda la debilidad humana. En el comunicado con el que el pontífice ordenó el 6 de octubre pasado el estudio exhaustivo de los archivos del Vaticano sobre el escándalo sexual del excardenal Theodore McCarrick, el caso que desató la intentona de Viganó para que el Papa renunciara y que intentó dinamitar la credibilidad de Bergoglio, es terminante: “Abuso y encubrimiento no pueden ser tolerados más […] un trato distinto de parte de los obispos que han cometido abusos o los han encubierto, de hecho representa una forma de clericalismo que no puede ser más aceptada”. Es decir, Francisco no evita dar una respuesta; comprende quién debe responder y aparta las fallas humanas de la búsqueda del bien ulterior.

Aún faltan capítulos a este penoso evento pero el papa Francisco rechaza  la tentación de entrar en el debate por la verdad sólo con las herramientas del poder y la razón; diríamos que confía –como Tolstoi- en la parte del Misterio con el que “Dios ve la verdad, pero no la suelta de golpe”.

@monroyfelipe

Cine: Dos coronas, una lectura al santo Kolbe

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Gracias al Festival Internacional de Cine Católico -una audaz iniciativa para mostrar producciones de promoción religiosa en los cines de México- se presenta de manera itinerante y en diversas salas del país el filme “Dos coronas”, un documental dramatizado sobre la vida de Maximiliano Kolbe, el sacerdote franciscano que intercambió su vida por la de un soldado polaco padre de familia en el campo de concentración de Auschwitz bajo el régimen nazi.

El filme nos lleva con el director polaco Michael Kondrat por los rincones del mundo donde Maximiliano Kolbe desempeñó su ministerio sacerdotal. En un viaje por Roma, Japón y diversos rincones dramáticos de Polonia se narra la historia del religioso antes y  durante el marco de la Segunda Guerra Mundial. La película está construida con testimonios de otros religiosos y de historiadores, y con la recreación de algunos hechos seleccionados para ejemplificar la personalidad y el carácter del religioso.

El título del filme se toma de la visión que Kolbe, interpretado en su edad adulta por Adam Woronowicz, recibió en su niñez de manos de la Virgen María; la cual, ofreciéndole la elección entre la corona de la pureza o la corona del martirio, recibe la respuesta positiva del niño para ambas distinciones que no son sino un doble sacrificio. A partir de allí se entiende que el filme presentará tanto la pureza de Kolbe ante los desafíos de promoción católica su época y el inquietante martirio que eligió al final de su vida.

El documental dramatizado vemos a Kolbe en la organización de un muy exitoso monasterio franciscano (el cual, a la postre, da refugio a judíos durante la dominación nazi), como artífice de una pequeña publicación de propaganda cristiana llamada Militia of the Immaculata (aún en edición en varias partes del mundo), en su papel de misionero al extremo oriente para llevar la fe católica y en las dificultades cotidianas para administrar todas las obras que realizaba.

El acto por el que Kolbe es ampliamente recordado (no sólo por la Iglesia católica) es aquel acontecido en medio de la ocupación nazi en Polonia cuando, un día después de una evasión del campo de concentración, diez detenidos son señalados para morir de hambre en el búnker (un cuarto aislado en la barraca once de Auschwitz). Kolbe sabe que uno de los condenados (Franciszek Gajowniczek) tiene mujer e hijos, sale de su fila y se propone para morir en su lugar: “Quiero morir en lugar de ese prisionero”. Es así que, junto a los otros prisioneros, Kolbe es recluido a morir de hambre pero, soportando la tortura mediante la oración que elevaban todos los condenados, finalmente los custodios nazis les inyectan ácido fénico y los incineran.

KolbeandAntisemitism¿Qué hay en el corazón de este hombre que expresa el heroísmo de la santidad en medio de la aterradora realidad? ¿Qué motiva a un hombre como Kolbe a estar del lado de los prisioneros cuando tuvo oportunidad –como sus hermanos sacerdotes- de ser capellán de los nazis? ¿Cómo entender esa perspectiva mística sobre Dios que le hizo ser capaz de expresar toda la causa de su fe en un ser humano común y corriente como Gajowniczek? Kolbe sintentiza el heroísmo humano y la trascendencia de la santidad en su entrega por el prójimo y “Dos coronas” explica el origen de este singular personaje.

El filme, producido por Televisión Polaca, la Filmoteca Narodowa Instituto Audiovisual y la Fundación Filmográfica de San Maximiliene Kolbe, ya fue estrenado en Europa y algunos países de América Latina; y después de su estancia escalonada en diferentes ciudades de México continuará por otros países de centro y Sudamérica.

@monroyfelipe

Viraje al laicismo positivo, ruta transversal de iglesias, sociedad y gobierno

Si algo ha destacado del actual consejo de presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y en particular de su Secretaría General, ha sido el silencioso trabajo de andamiaje en las diferentes estructuras de la iglesia católica mexicana con las instituciones de gobierno y sociedad civil. Por primera vez en la historia, la Iglesia católica firma acuerdos y convenios de colaboración con diferentes organismos de gobierno mexicano sin mayores pretensiones que romper las inercias de un “laicismo negativo” heredado de la persecución religiosa de inicios del siglo XX y la simulación en la correlación de fuerzas políticas de los últimos 50 años.

Bajo la conducción de Alfonso Miranda Guardiola, la secretaría general de la CEM ha signado convenios con la Fiscalía Especializada para la Prevención de Delitos Electorales (FEPADE), la Procuraduría General de la República (PGR), la Secretaría de Turismo (SECTUR), la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); y ha establecido alianzas estratégicas con centros de investigación, institutos de formación y observatorios sociales. Los convenios tienen horizontes de trabajo, pero impactan más por el significado que dan a la relación del Estado y la Iglesia católica en México: “Debemos pasar de un laicismo negativo a una laicidad positiva; los convenios y el acercamiento tienen que ver con esto. Reconocer el patrimonio, coordinar acciones y trabajo en beneficio de nuestro pueblo”, apunta Miranda.

Tomó tres años, dos equipos distintos y múltiples reuniones interdisciplinarias, pero la CEM finalmente puso acento en la agenda y prioridades de trabajo a largo plazo. En abril del 2018 se aprobó el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) y este próximo noviembre -en medio de un proceso de votación y renovación de casi 50 de los 80 cargos episcopales del colegio, incluida su presidencia y vicepresidencia-, la secretaría del organismo presentará la ruta de implementación de dicho plan.

En dicha ruta sobresale el que los obispos hayan decidido celebrar convenios de colaboración con diferentes órganos del Estado para articular los esfuerzos de autoridades civiles y entidades eclesiales al servicio de la gente. Hay que recordar que apenas en 1992, la Iglesia católica en México adquirió personalidad jurídica ante el Estado mexicano y, desde entonces, la relación institucional se había reducido a algunos encuentros diplomáticos de la Secretaría de Relaciones Exteriores con la Nunciatura Apostólica y al registro de las Asociaciones Religiosas ante la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, en el resto de los escenarios políticos y sociales, la relación se limitaba a un mutuo reconocimiento y una especie de pacto de no intervención.

Pero el obispo Miranda Guardiola considera que hay mucho más que aportar a través de estos convenios y, en un futuro próximo, con propuestas legislativas que busquen actualizar la Ley de Asociaciones Religiosas vigente bajo los escenarios de libertad religiosa y sana laicidad del Estado. “El trabajo del secretario general es articular bajo dos principios que considero indispensables: transversalidad e interlocución”; principalmente por las apremiantes necesidades del país que requieren la colaboración interinstitucional (como la atención humanitaria, resguardo y promoción de la cultura, justicia, reconciliación y pacificación) y porque también la iglesia católica “no sólo se juega la credibilidad sino su subsistencia” debido a una “hemorragia” de fieles y de confianza en la institución.

Los convenios logran vencer el muro que ha dado una singular interpretación de la doctrina de “separación Estado-Iglesia”. Por ejemplo, el convenio con Cultura prevé que Iglesia y Estado compartan sus informaciones de los bienes históricos y artísticos del Estado en manos de la Iglesia, regular el estatus jurídico de templos y bienes culturales propiedad de la nación, mejorar los inventarios de piezas de arte y liturgia, y atender con presteza las afectaciones naturales o robos de las riquezas artísticas. Con las autoridades de procuración de justicia, la Iglesia dice querer cooperar en “el abismo de la impunidad y en el proceso de reconciliación”. Con la FEPADE, la colaboración tiene un horizonte formador para que los ministros católicos conozcan a detalle sus márgenes de libertad de expresión y los límites de su participación política. “Las autoridades civiles y eclesiásticas debemos colaborar, especialmente ahora que nuestro pueblo nos necesita tanto”, plantea Miranda.

Tras engarzar la dimensión territorial (95 diócesis) y funcional (8 comisiones episcopales) de la CEM, la secretaría desarrolló una primera programación hacia el 2021 con varios objetivos en mente: poner en marcha un observatorio nacional que mantenga actualizado un directorio general de hospitales, asilos, albergues, casas de migrantes, dispensarios médicos católicos, etcétera; la conformación de un equipo jurídico institucional que coadyuve tanto en la construcción de propuestas de ley para alcanzar una verdadera libertad religiosa en México como en la asesoría para la defensa legal de los obispos de México demandados (entre 2015 y 2018 fueron denunciados más de 100 obispos y sacerdotes católicos ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y la FEPADE, muchos de ellos sólo por expresar las enseñanzas de su credo); y la elaboración de protocolos (son nueve aprobados hasta la fecha) para que todas las instancias eclesiales en México cuenten con parámetros de actuación frente a temas como crisis de comunicación, comportamiento ministerial en caso de abusos sexuales, procesos electorales, responsabilidades hacendarias y fiscales, protección de datos personales y seguridad, etcétera.

“Hoy necesitamos recuperar la confianza de los fieles y el respeto de la sociedad, que hemos perdido. Y por ello estamos trabajando. La gente quiere ver acciones reales, contundentes”, reflexiona Miranda Guardiola y adelanta: “Queremos que todo el despliegue de fuerzas y recursos que de manera individual o aislada hace la Iglesia católica en México puedan amarrarse en el Plan Global Pastoral […] Es un documento que va a desatar procesos, catapultar el desarrollo de nuevos proyectos. El documento tiene que bajar y comenzar a suscitar planes de pastoral, artículos, estudios, tesis de universidades, programas… materializarse. Hay que dejarse iluminar por él y empezar a desarrollar acciones y proyectos; siempre de una manera articulada, organizada y engarzada”.

@monroyfelipe

Posaderos y emisarios, los nuevos rostros de la Basílica de Guadalupe

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A nadie escapa la complejidad que encierra la administración y el rostro que debe tener el santuario mariano más visitado del mundo. La relevancia cultural, política e incluso económica de  la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe siempre ha requerido que el arzobispo de México, en su papel heredado de ser custodio absoluto de la estampa del Tepeyac, tenga especial cuidado en la elección de sus colaboradores en ese centro de la espiritualidad cristiana del continente americano. Finalmente, tras ocho meses de plena potestad administrativa, el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, ha puesto sus cartas sobre la mesa en lo que respecta al santuario guadalupano.

El 25 y 30 de septiembre, Aguiar nombró a Salvador Martínez Ávila y a Gustavo Watson Marrón, como nuevos rector y vicerrector de la Basílica de Guadalupe respectivamente. Ambos guardan muchas semejanzas en su experiencia sacerdotal: son naturales de la Ciudad de México, tienen 55 años de edad y, en sus primeros años de ministerio, vivieron en carne propia la audacia del Segundo Sínodo Arquidiocesano convocado por el cardenal Ernesto Corripio Ahumada para “transformar mediante el Evangelio las vertientes determinantes de la cultura”.

Ambos son, por así decirlo, la primera generación de sacerdotes capitalinos que recibieron el impulso de transformar más que conservar. Las líneas del Segundo Sínodo insisten en el cambio: “hay que transformar las estructuras, leyes y funciones de la Iglesia en expresión y fuente de la caridad pastoral […] transformar las comunidades parroquiales […] transformar los criterios de juicio, líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de nuestras vidas […] transformar la vida personal y social de los hombres […] desde adentro, renovar la misma humanidad”. En fin “transformar el mundo”. Cambio y transformación son las palabras más frecuentes en los documentos del Segundo Sínodo, la conservación sólo se utiliza una vez: “Debemos conservar las tradiciones de piedad y de religiosidad cristiana portadoras de un patrimonio moral y espiritual hoy en peligro”.

Por ello, para Martínez y Watson no hay nostalgia por el pasado (aunque el primero es biblista y el segundo historiador); han andado con naturalidad sobre el perfil actual de la Iglesia contemporánea, incluso en su relación con el gobierno civil y el propio gobierno arquidiocesano. Prácticamente después de ser ordenados, México reanudó relaciones diplomáticas con el Vaticano (lo que supuso adoptar una nueva actitud frente a todo lo que implicaba una nueva relación institucional entre el Estado y sus funcionarios con la Iglesia y sus ministros) y también vivieron en 1995 la renuncia del único pastor que conocieron y que les había ordenado para dar la bienvenida al joven nuevo arzobispo Norberto Rivera (lo que les advierte una perspectiva serena sobre los cambios y las efectos que provocan).

Pero quizá como nunca antes ambos se enfrentarán a un desafío mayúsculo para sus personas y sus trayectorias: “la protección y conservación del culto guadalupano [….] el cuidado del mayor tesoro espiritual de México y América […] la atención personal y pastoral de millones de peregrinos”. Aguiar Retes ha dado esas instrucciones a estos sacerdotes herederos de la transformación: proteger, conservar, cuidar y atender. Martínez y Watson serán pues posaderos de la casa espiritual de la mexicanidad y, al mismo tiempo, emisarios de un mensaje que quiere hallar su lugar en la cultura del siglo XXI.

No será sencillo, principalmente para el rector Salvador Martínez, integrarse a una dinámica de trabajo con el Cabildo Guadalupano y con los personajes que, desde allí, han mantenido una desagradable tensión al interior del Santuario. Los defectos humanos, las búsquedas de poder y privilegio, los odiosos protagonismos y las insatisfechas suspicacias sobre el destino real de los recursos económicos de la Basílica de Guadalupe son un terrible testimonio de fraternidad sacerdotal en el hogar de la Virgen Morena. Por su parte, en sus impecables 15 años al frente del Archivo Histórico de Guadalupe, Gustavo Watson comprende –porque la ha padecido- la desgastante e incómoda política eclesiástica que se vive en el seno de este recinto y, como vicerrector, seguramente buscará devolver la sana inocencia de ser servidor de los peregrinos.

No tendrán, además, la completa preocupación por la engorrosa y tentadora administración financiera del Santuario. La centralización económica que Aguiar Retes desea implementar en las principales instancias diocesanas les releva en ciertas tareas de esa delicada responsabilidad. Por si fuera poco, el cardenal Aguiar ha hecho también del santuario nacional, el estrado de su misión pastoral en la Ciudad: allí ha trasladado simbólicamente la cátedra arquidiocesana pues celebra de ordinario al pie de la Virgen de Guadalupe y sólo de manera eventual en la propia Catedral de México. Además, mientras se designa a su sucesor en la Arquidiócesis de Tlalnepantla (se especula en la posibilidad del también tepicense Mario Espinosa Contreras, actualmente obispo de Mazatlán), el cardenal mantiene una cercanía física con el territorio donde aún es administrador apostólico.

Martínez y Watson tendrán la tremenda responsabilidad de hacer sentir bienvenidos a los obispos, sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de todas las diócesis mexicanas en sus tradicionales peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe; hacerles saber a todos los peregrinos nacionales y extranjeros que, si bien el arzobispo de México es el custodio del ayate de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el santuario es nacional y es el espacio donde todos los pastores pueden hacer participar a sus comunidades de la difusión y el fortalecimiento del culto guadalupano.

Este último análisis no es circunstancial, con mucha frecuencia se afirma -sin ningún tipo de rubor- que los mexicanos son más guadalupanos que católicos. La expresión es un sinsentido, porque la Virgen María en su advocación guadalupana sólo puede comprenderse desde las fronteras de una estricta teología católica; y, sin embargo, la afirmación es el más puro reflejo de la identidad nacional. La profunda contradicción emotiva y las infinitas capas de devoción tradicional hacia la virgen morena hacen verdadera la paradoja que lo mismo concede un profesionista ateo que un nuncio apostólico. Ser posaderos y emisarios; Martínez y Watson podrían cristalizar esa aparente contradicción en beneficio de una compleja sociedad guadalupana. Y empezaron con el pie derecho: con un fraterno y sincero abrazo.

@monroyfelipe