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Humillarse ante el humilde

La actitud del papa Francisco al retirar repetidamente la mano a los fieles del santuario de Loreto que intentaban besar el llamado “anillo del pescador” provocó un sinfín de reacciones entre los creyentes y los analistas de gestos pontificales. Es cierto que el pontífice argentino ha desmontado una infinidad de prácticas pseudoprotocolares que aceraron la corte vaticana; pero en el camino se ha ganado también no pocas críticas.
En general, varios sectores sociales -principalmente motivados por los medios de comunicación- han mostrado una gran aceptación a la actitud del pontífice al rechazar todo aquello que tenga filones palatinos o suntuosos. Incluso se ha interpretado como una vuelta orgánica a la cristiandad más ancestral: más horizontal que jerárquica, más servidora que ritualista, más compasiva que reglamentaria. Y, aunque exista todavía una distancia inmensa, todos los pontífices del siglo XX y XXI han dejado detrás algunos excesos del boato.
Francisco, por ejemplo, ha dejado atrás las zapatillas carmines, el anillo y pectoral de oro, la estola bordada y la muceta de terciopelo; pero sus predecesores ya habían dejado en desuso la silla gestatoria, el fanón, el camauro, el sombrero de teja y, notablemente, la tiara pontificia.
Y, sin embargo, hay algo raro en el video que se convirtió en noticia internacional donde Jorge Bergoglio retira con cierta dureza su mano mientras sonríe y hace pasar rápido a unos fieles y miembros del Santuario della Santa Casa di Loreto frente a un también inmutablemente feliz arzobispo. Es cierto que Francisco de manera reiterada ha evitado algunas formas exageradas del tradicional “besamanos” pero no se puede dejar de sentir compasión por esos fieles que pasan por ese errático y trastabillante saludo y que son despedidos por una sutil palmada en el codo para desalojar la fila.
No se puede ser tan severos con los fieles que buscaban el ‘baciamano’ pontifical. Aún hoy en varias delegaciones diplomáticas se explica que, como parte del ceremonial y protocolo, los católicos están obligados a besar el anillo papal en el saludo al pontífice. Hay también reglas para el color de la indumentaria de las esposas de los mandatarios, los hábitos de los clérigos y hasta para el conteo de segundos con los que puede pasar el pontífice tras un saludo. Así que no se puede juzgar a los fieles por inclinarse o arrodillarse ante el Sumo Pontífice.
La gente sencilla suele ser espontánea. Suele también seguir las exageraciones de los de adelante o de los ‘enterados’. Pero antes de despacharlos con rudeza, es preferible aprovechar la oportunidad para que mutuamente se pueda aprender una lección.
En mi experiencia con la Iglesia mexicana ha sido muy común ver que los obispos acepan (y hasta soporten) los gestos más inverosímiles de su grey, incluso los que les incomodan o les causan no pocos problemas. Por ejemplo, en una ocasión, cierto prelado respondió con honestidad a la pregunta de un feligrés sobre su platillo favorito. La respuesta corrió como pólvora y, todavía años más tarde de ese episodio, el obispo no puede acudir a una celebración popular donde no le sirvan ese plato, que la fuerza de repetición ha convertido casi en una tortura. Él, sin embargo, siempre agradece el gesto de la gente.
Otra anécdota con comida sucedió a un cardenal. Como primer platillo se sirvió una sopa fría de tal sazón que algunos comensales devolvieron en sus servilletas el primer sorbo que dieron. El cardenal, sin embargo, terminó sus alimentos sin hacer un gesto; al finalizar el banquete se levantó, agradeció la comida, saludó a los cocineros y en el rostro de estos últimos se veía la simple alegría.
A veces, la gente entiende. Quizá el ceremoniero debió recordar a los fieles que el Papa se siente incómodo con el besamanos y nos ahorrábamos las imágenes tan raras. Pero, a veces, la gente no entiende y entonces hay que mostrar mucha compasión con quienes desde su humildad caen en exageraciones. Y entonces es preciso humillarse ante la simpleza del humilde. Lo dijo el propio Francisco en enero del 2018: “Si no sabes vivir una humillación, tú no eres humilde. Esta es la regla de oro: No hay verdadera humildad sin humillación”.
Y, por cierto, a propósito de affaires internacionales: pedir perdón y saber perdonar son inmensos gestos del alma, son liberadores por su generosidad y magnánimos por su humildad.
@monroyfelipe

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Oda gastronómica a la dieta violenta

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Comida y cocina son mucho más que un mero vehículo de supervivencia; es imposible reducir sus esencias a simples factores en una ecuación de equilibrio homeostático. La gastronomía resguarda artes químicas y físicas, dimensiones filosóficas y ontológicas, causes políticos y sociales; la cocina manifiesta los lazos de esa proximidad entre el cuerpo y la mente, la materia y el espíritu; y, por tanto, nuestro contexto y nuestra historia.

¿Alguien en realidad puede despreciar las inquietudes que plantea la gastronomía mexicana?: ¿Cuál es el efecto bioeléctrico de una salsa tatemada y martajada? ¿Cuánta versatilidad tiene una humilde calabaza o el fidelísimo frijol? ¿Qué pueblo seríamos sin los tamales y su monolítica mercadotecnia? ¿Cómo se expresa el poder político en una torta? ¿Cuántos inframundos descendentes puede hacernos cruzar un mole? ¿Cuánto de nuestro lenguaje le debemos al metamórfico taco? O, para seguir la audaz apreciación: ¿Cuánto peso simbólico e histórico tienen las carnitas de cazo? ¿Qué sacrificios mítico-fundacionales debieron ocurrir para que surgiera del fondo de la tierra la majestuosa barbacoa en penca? ¿Cuánto romanticismo nacional reside en unos candorosos chiles en nogada? ¿Qué oscuros rincones de la psique se cierran para siempre después de un bocado de escamoles? ¿Dónde termina la incertidumbre de aquello que no pica?

México y su cosmogonía mestiza requieren pensarse también desde su comida, comprender el papel que juega en la riqueza inmaterial del mundo y en los apetitos de sus pueblos. Es preciso repensar el valor trascendental de la humilde y genial cocina; hay que intentar comprender sus razones, sus exploraciones culinarias sobre la naturaleza y sus productos; analizar su composición, la alquimia de su andamiaje, los efectos de su producción y de consumo. Debemos intentar comprender el profundo significado político y social de una garnacha, la inestabilidad emocional que provocan las quesadillas sin queso, la reconciliación histórica del chilmole de frijol con puerco.

Nuestra gastronomía nos recuerda que quizá no es nuestro cuerpo sino nuestra alma la que está hecha de maíz y que, en el fondo, es la parte más pura. Es el lienzo donde se han levantado y se siguen construyendo los edificios culturales de nuestra historia, el cuenco metafísico donde se conservan los tesoros de la comunión nacional.

Decir que todo esto es “una dieta violenta impuesta por fanáticos y asesinos” tal como aseguró la senadora suplente de la República, Jesusa Rodríguez Ramírez, más que un despropósito es pura infelicidad, es vaciedad de espíritu. No es la primera vez que esta directora teatral evidencia la oquedad de su provocación (“Todas las hembras somos iguales: las vacas, las puercas, las burras…”), incluso la investigadora Rosalyn Constantino no titubea en explicar que “las elecciones estéticas e ideológicas de Rodríguez -explica en su libro Corpus Delicti- expresan su sentido de conexión entre el performance y la política”.

Ni hablar, hay que contemplar con tristeza que para algunos políticos el poder es performance y viceversa, es la puesta en escena de un manifiesto bisoñamente disruptivo. Y, sin embargo, para nuestra fortuna y placer, cualquier persona, incluso un no iniciado, puede comprender lo profundo, honesto, auténtico y trascendente de esencia histórica y política que tiene un taco de carnitas.

@monroyfelipe

La cumbre no es el final, apenas abre camino

La cumbre antipederastia convocada por el papa Francisco ha sido, sin lugar a dudas, la audacia más trascendente del pontificado de este pastor latinoamericano. Lo que es decir mucho puesto que Bergoglio llegó a la cátedra de San Pedro con una inmensa reserva de gestos, reformas y transformaciones discursivas para el seno de la Iglesia católica.

Con esta cumbre, los abusos sexuales contra menores o adultos en condición de vulnerabilidad dejaron de ser tema episódico de cierta frecuencia que escandalizaban más o menos a las sociedad para convertirse en parte de una conciencia transgeneracional de los católicos. Las historias están allí aunque por mucho tiempo fueron desoídas y también los casos aunque se hayan archivado en burocráticas actitudes; ahora hay toda una oportunidad para que, recuperando el centro del mensaje cristiano, se abrace a los heridos y despojados bajo la confianza de que Dios acompaña a la humanidad incluso cuando los cimientos de la tierra estén abrasados hasta el tuétano.

La cumbre -se sabía también- no podía quedarse en circunloquios perfectos tras los controlados muros de la diplomacia. Al igual que se comanda la prédica del Evangelio, en lo alto y en las calles, no había otra manera de mirar y atender a este mal y al efecto de sus crímenes sino bajo el escrutinio de la ‘polis’, de los ciudadanos, los medios de comunicación, las autoridades de los pueblos e, incluso, a pesar de la comprensible resistencia de quienes se busca ayudar.

A lo largo de las sesiones, la cumbre nos ha recordado que el dolor se reparte sin avaricia y nos ha mostrado lo difícil que es abajarse del empíreo de las certezas para situarse junto al error y conducirlo (conducirnos) hacia la verdad.

No pocos delegados de esta cumbre quisieron llegar a Roma con parte de la difícil tarea ya hecha en sus países para afrontar, castigar y prevenir los casos de abuso sexual contra menores o encubrimiento cometidos por sacerdotes y obispos: protocolos más o menos afinados, diálogo con las víctimas, transparencia de gestión, apertura de archivos privados, etcétera; pero la misma cumbre mostró que esto no es el final del camino. Para una institución que tiene la confianza puesta en la perenne presencia y asistencia del Espíritu Santo, este punto de los acontecimientos abre ruta en la historia misma de la salvación.

La cumbre, inaugurada por la estremecedora frase “el santo pueblo de Dios nos mira”, ha expuesto sin reservas los horrores que tanto dolor costó evidenciarlos, que tanto ahínco se puso desde las instituciones eclesiales acallar y minimizar. Ahora, el pueblo santo militante, purgante y triunfante de Dios mira esta inflexión en un largo y oscuro contexto de ocultamiento y simulación; clama porque se concrete una profunda transformación de la comunidad cristiana y, como hizo en el pasado, transforme también el mundo en el que vivimos.

@monroyfelipe

Comunidad y espada

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Sólo en la virtualidad de las redes sociales pueden converger pensamientos tan extremos de especímenes humanos tan radicales. No es un descubrimiento. Desde la aparición de las redes sociales y el inmenso crecimiento de plataformas de información digital, hemos sido testigos de una encarnizada lucha de millares de personas por abrogarse la razón absoluta en una ‘realidad’ construida de ficciones.

Que esos usuarios construyan desde la ignorancia o la perversión un mundo virtual lleno de engaños y egoísmo nunca ha sido el problema porque, en principio, la libertad de dicho mundo también abre espacios de información real y conectividad humana; sin embargo, el drama consiste en que las estructuras falaces trascienden su espacio y adquieren corporeidad en la vida cotidiana.

El fenómeno de la falsedad digital que se convierte en realidad humana se ha enfocado en las noticias e incluso lleva el nombre de la información periodística (‘fake news’); pero el problema trasciende al periodismo. Es la ‘fake life’ de la que debemos preocuparnos.

Basta mirar los principales eventos de la semana: el clímax de la crisis política en Venezuela, las trágicas muertes del fenómeno del huachicoleo en México o el drama humanitario de las migraciones de la cintura americana; todos han sido evaluados y calificados por los usuarios de las plataformas digitales, prácticamente no hay opinión -por más absurda que sea- que no se haya vertido en el inmenso cuerpo de la red. Pero esa pulverización de opiniones no se queda en ese espacio, salta a la realidad con todas las fronteras de seguridad y certeza, con los muros de la convicción irracional y quizá hasta con la violencia del narcisismo.

Como consecuencia, presenciamos la disolución de la comunidad real humana. Y no es una exageración sino una descripción. Las comunidades reales -debilitadas por la modernidad líquida- son, en esta época, “las últimas reliquias de las antiguas utopías de la buena sociedad”, como apuntó Zygmunt Bauman. Este fenómeno es un tema recurrente en la reflexión de los filósofos contemporáneos porque toca y trastoca la experiencia y realidad de la comunidad humana.

Incluso el propio papa Francisco difundió su pensar en este tema en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019. Bergoglio parte de la idea de que, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el hombre no desea permanecer en su propia soledad, y reconoce que este ambiente mediático es tan omnipresente que “resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana”.

Como dos rostros en una inasible esfera, Francisco asegura que, si bien este ambiente abre una posibilidad extraordinaria de acceso al saber también reconoce que es uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente de los hechos. El pontífice critica que la identidad del mundo de las redes virtuales se basa “en la contraposición frente al otro” y propone al encuentro, la proximidad y al compañerismo como recursos de comunidad.

Es una mirada más compasiva a lo que sugiere el filósofo René Girard (“El nacimiento de la comunidad es primordialmente un acto de división”) pero lleva la carga de la acción y la radicalidad cristiana (“No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” Mt 10,34).

La espada o la división son la figuración de una acción, de la opción por no permanecer en la neutralidad, exige involucramiento, propone una renuncia a los intereses propios y puede incluso suponer no pocos sacrificios.

Aunque más lúgubre, incluso Bauman coincide: La utopía de la armonía en la comunidad humana puede estar reducida al tamaño del vecindario inmediato, es lo más lejos que pueden llegar nuestros esfuerzos y sacrificios; pero si esa comunidad humana es la última reliquia de las antiguas utopías hay que conmoverse porque aún sueña con una vida compartida, con mejores vecinos y mejores reglas de cohabitación.

Sólo así, las redes digitales, el inmenso ambiente mediático contemporáneo, no esclavizan ni atrapan; liberan cuando más de uno se implica, se compromete.

@monroyfelipe

Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe

Bandersnatch: La magnapresa de Black Mirror

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A nadie escapa que la empresa de entretenimiento Netflix ha modificado profunda y quizá irreversiblemente el panorama de consumo y comercialización de filmes, series y productos digitales audiovisuales. Pero es su propuesta conjunta de la serie ‘Black Mirror’ y su producto narrativo e interactivo ‘Bandersnatch’, lo que ha abierto un debate sobre las fronteras del consumo que social e individualmente hacemos de la cultura y el entretenimiento.

La traducción literal de Black Mirror (espejo negro) no alcanza a explicar la profundidad de la metáfora que los productores de la serie proponen: La pantalla de los dispositivos digitales audiovisuales personales es el oscuro espejo que traga nuestra persona, trastorna nuestras costumbres, principios y valores y esclaviza nuestros sentidos con experiencias que creemos únicas y liberadoras pero que representan un refinado cautiverio de la masa. Cada capítulo de Black Mirror es siempre la incómoda tragedia de la relación de la naturaleza humana con la tecnología y dispositivos de comunicación (reales o ficticios).

Por ello, para el primer producto interactivo conectado a este principio reflexivo, Black Mirror presentó el 28 de diciembre pasado ‘Bandersnatch’; un singular episodio en el que los espectadores construyen el drama mediante la elección. Las opciones van desde la aparente superficialidad hasta la angustiante irreversibilidad y todas, dentro de la experiencia, influyen de modo insospechable en la historia.

El término Bandersnatch es intraducible pero tiene origen en el alucinante poema ‘Jabberwocky’ de Lewis Carroll en su obra Alicia a través del espejo. Alicia encuentra el texto una vez que ha cruzado el espejo, se encuentra en el mundo reflejo de su realidad y el escrito sólo puede ser leído en el reflejo de donde ha surgido (¿o a donde se ha inmerso?). El poema dice que debe tener cuidado de “the frumious bandersnatch”.

‘Frumious’, se ha explicado, es neologismo de ‘furious’ (fiero) y ‘fuming’ (humeante); ‘bandersnatch’ es más críptico pero lingüistas como Gabriel López Giux afirman que proviene de ‘bander’ (bestia) y ‘snatch’ (atrapar). En concreto: el poema alerta, entre otras cosas, que Alicia deberá enfrentarse a una oscura bestia que no hace otra cosa que atrapar. Más tarde, Carroll reutiliza la figura en otro poema: “The hunting of the snark” y el Bandersnatch es esa creatura acosadora, veloz, agresiva e irracional que no se deja sobornar por las riquezas del banquero sino que, inmotivado, lo deja libre hasta que aquel pierde la cordura.

Las diferentes traducciones en español del ‘Bandersnatch’ de Carroll nos dan ligera idea de cómo nuestros hermanos de lengua han interpretado a este simbólico enemigo: “Negras mariposas”, “Valencida”, “Altanero halcón”, “Zumbabandanas”, “Zamarrajo”, “Tarascazo”, “Galimatazo”, “Agarraiteata”, “Baitezampa” y “Magnapresa”. En todo caso, ‘bandersnatch’ es un monstruo de cualidades invencibles. Esa es la magnapresa de Netflix y Black Mirror: Una bestia magnífica de la que es imposible zafarse.

Un dato curioso es que los teóricos de la complejidad de computación, Garey y Johnson, en su libro ‘Computación e Intratabilidad’ denominan “Problema del Bandersnatch” al conflicto de decisión entre la imposibilidad de construcción de un algoritmo eficiente y la imposibilidad de explicación de porqué no puede haber algoritmo suficientemente eficiente. Es decir, la bestia Bandersnatch de Black Mirror vive en una compleja zona gris de intratabilidad en las decisiones que los espectadores-usuarios van tomando en la historia.

Cada decisión del usuario-espectador en Black Mirror: Bandersnatch construye una historia alrededor del joven programador Stefan Butler quien desarrolla un ambicioso videojuego en los años ochenta. Sin embargo, la complejidad de los caminos en la historia no es en realidad la recompensa para el explorador; todo lo contrario, el problema es que no hay un algoritmo de decisiones que recompense en equidad a la glotonería del espectador-usuario sino sólo un doloroso y sutil veneno de insatisfacción.

En Black Mirror: Bandersnatch somos como Alicia, asechados por el abrumador monstruo de nuestras decisiones; suficientemente ingenuos e inconscientes como para arrojarnos en la negrura de nuestros dispositivos; solitarios y alegres calculadores del tedio a un paso siempre de la bestia Baitezampa; opulentos de bienes inservibles en un universo insondable.

@monroyfelipe

Páramos de inseguridad

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No hay empresa legal cuyo crecimiento sea realmente nocivo para México; pero cuando existe una explosión desmedida de ciertos negocios es evidencia de que existen graves fallas en el desarrollo del país en tres particulares áreas de la Nación: la educación, la salud y la seguridad. En México, si estos tres rubros crecen sin control en la iniciativa privada, significa que hay problemas más graves que su regulación.

Es el particular caso de la seguridad pública. Sabemos que la violencia y el crimen en México son un problema que no sorprende a nadie. Desde hace ya más de una década sumamos entre 60 y 80 homicidios dolosos diarios; en los mejores momentos registramos 53 y en los peores hemos llegado a 117 pero nos mantenemos en esos márgenes.

Esto nos ha colocado entre las posiciones 138 y 144 de las 163 naciones que revisa el Gobal Pax Index bajo una compleja metodología de bienestar, seguridad y procuración de justicia. Por su puesto, habitamos el vecindario oscuro e impune del ranking mundial,

Para los expertos en seguridad pública hay recomendaciones muy claras para los países en esas circunstancias. No sólo es inversión en armamento o en estructuras operativas; la sugerencia central pasa principalmente por fortalecer las responsabilidades de la participación ciudadana en y para la seguridad pública. Es decir, mientras la ciudadanía no esté involucrada en la seguridad con una cercana y permanente vigilancia, francamente no podrá haber una mejoría en los cuerpos de seguridad ni en la pacificación de la sociedad.

Las responsabilidades ciudadanas no sólo deben vigilar y condenar las tendencias a la corrupción que pueda haber al interior de las corporaciones policiacas sino dar seguimiento y tener conocimiento de las normativas, los alcances, abusos o limitaciones de dichas instituciones.

A todas luces, esa responsabilidad cívica ha sido una quimera en México. La sociedad se ha rendido y ha preferido contratar seguridad privada antes que confiar en la seguridad pública. En 1983 existía solamente una empresa de seguridad en el país y hoy hay más de 7 mil 500; más de la mitad no están en el Registro Nacional de Empresas de Seguridad y apenas el tres por ciento tienen certificaciones o evaluaciones profesionales sobre sus elementos de seguridad privada.

Hoy podemos voltear a casi cualquier espacio industrial, empresarial, de oficinas e incluso zonas habitacionales en el país y veremos a cuerpos de seguridad privada en también muy desconocidas circunstancias laborales. Es decir, incluso en los cuerpos privados de seguridad (aunque algunos de estos servicios tienen más elementos, más herramientas y más recursos que no pocos cuerpos policiacos municipales) también fallamos en conocer las verdaderas normativas, los alcances, abusos o limitaciones de estos negocios.

Y esto lleva a una reflexión final: En el primer día de trabajo del gobierno federal este 2019 se divulgó un video promocional que invita a los jóvenes mexicanos a enlistarse en la Guardia Nacional. Aún no hay ninguna normativa ni marcos legales de dicha agrupación pero es un hecho que no pocos jóvenes verán en ella una oportunidad para salir del tedio de no tener oportunidades de estudio o de trabajo.

Tener nuevos o diferentes cuerpos de seguridad en México jamás ha sido el problema, hay suficiente necesidad para integrar los más alucinantes proyectos de fuerza pública. El dilema constante es conocer los marcos legales y normativos, de operación y responsabilidades, de derechos humanos y de límites a las responsabilidades cívicas para vigilar el correcto funcionamiento de los mismos.

De esto se debería discutir en las próximas semanas. ¿Cuál debe ser el papel de la sociedad civil en la vigilancia de los cuerpos policiacos y de la seguridad ciudadana? Especialmente en la constitución de la Guardia Nacional del presidente López Obrador. Porque si la ciudadanía no tiene acceso, ni voz para vigilar y construir mejores instituciones públicas en el país, continuaremos en estos páramos de inseguridad e incertidumbre, detrás de lo que nuestro bolsillo pueda pagar para protegernos, inquietos porque también habremos de dudar del profesionalismo o de las lealtades de nuestro servicio privado.

@monroyfelipe

Anticorrupción: A sus colaboradores, el primer aviso

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Andrés Manuel López Obrador ha insistido largamente en el diagnóstico de la decadencia y corrupción de la administración pública; y ahora, desde la investidura presidencial, hace el pronóstico de que acabará la corrupción. Pero antepone el criterio de no emprender venganza o persecución a funcionarios precedentes. Y de toda esta lógica sólo puede emerger una conclusión y un escenario: Este es un aviso de cortesía a sus colaboradores porque, muy probablemente, serán los primeros en ser juzgados bajo los nuevos estándares morales de la Cuarta Transformación.

Si por alguna razón los funcionarios cercanos al tabasqueño piensan que esa radicalidad moral no los alcanza, que no hay poder que los remueva de su actual condición de privilegio, quizá deban reflexionarlo un poco más. Están compelidos a actuar sin privilegios, sin lujos, sin intenciones de nepotismo o influyentismo porque esas “son lacras de la política” como lo afirma el presidente.

López Obrador pretende recuperar modelos teóricos de la administración pública clásicos que afirman que, si bien son complejos los procesos para facilitar la labor de gobierno, lo primero es armonizar a los colaboradores, luego a la sociedad. Esto hace sentido por el diagnóstico de López Obrador sobre el estado de la impunidad y corrupción en la administración pública.

Así, para mantener y conservar el poder que le confió el pueblo mexicano (así como la riqueza que amortiguaría todos los programas sociales) parece hacer caso a la conseja de mantener opuestos a sus colaboradores para que se controlen mutuamente y evitar que uno o más funcionarios acumulen poder que ponga en peligro el mando central.

No hay otra salida para el presidente López Obrador. Sus colaboradores tendrán una función más cercana a los comisionados que a los oficiales: su cargo es extraordinario en virtud de que el dueño de la legitimidad se los puede retirar en cualquier momento. Es decir: Si no somete a su equipo a las altísimas exigencias éticas y morales de la administración pública, establecerá una dominación potencial sobre sus labores. En concreto: Si fallan, o los reprende o asumirá la comisión de las tropelías. Parecería que para Andrés Manuel no le bastará el rendimiento óptimo de sus funcionarios sino la docilidad que muestren ante principios morales muy específicos.

López Obrador no ha manifestado ningún deseo de imponer ‘castigos’ a quienes corrompan la vida pública del país; pero el castigo crea sí puede crear condiciones positivas para el proceso de trabajo de los funcionarios, no es sólo un elemento decisivo de la política sino también de la administración pública.

A López Obrador habrá que recordarle constantemente lo que escribió el politólogo romano Frontino: “No hay nada más desafortunado para un hombre decente que conducir un cargo que le ha sido delegado de acuerdo con las instrucciones de sus colaboradores”.

Es decir: la cultura de privilegios e influyentismo también puede corromper a los colaboradores más cercanos de López Obrador. Algunos incluso ya han manifestado síntomas de esta putrefacción. Y, si no hay castigo en ellos, si no hay consecuencia o congruencia en el repudio absoluto del presidente a este cáncer social, la inmoralidad del propio presidente hundirá aún más al pueblo en el oscuro abismo de la simulación y la corrupción.

@monroyfelipe

Cine: El papa Francisco, revisiones filosóficas

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El aclamado cineasta alemán Wim Wenders (¡Tan lejos, tan cerca!, 1993; Buena Vista Social Club, 1999; La sal de la tierra, 2014) entrega este 2018 su documental ‘El papa Francisco, un hombre de palabra’; filme que fue galardonado como mejor película en el Festival de Traverse y nominado en la misma categoría en Cannes. Algo ha logrado mover a los jurados de sendos festivales internacionales pues, más allá de la pulcritud técnica -la fotografía, edición y musicalización son impecables-, el filme estructura con sentido y emotividad el testimonio intelectual más audaz del pontífice argentino.

El documental no es, como sugieren algunos críticos, una obra biográfica de Jorge Bergoglio como papa Francisco sino la compilación ordenada, razonable y constructiva del pensamiento filosófico del líder católico en estos seis años de su pontificado. Quien acude a ver este filme esperando encontrar al papa Francisco en melosas imágenes litúrgicas o rebosantes rituales católicos podría decepcionarse; Wenders entrevista a este simbólico y relevante personaje del catolicismo contemporáneo y lo convierte en un imprescindible para la reflexión filosófica y teológica del siglo XXI.

El cineasta presenta una popular, accesible y universal síntesis del testimonio intelectual del pontificado de Francisco. Quienes hemos seguido de manera cotidiana los discursos y la producción de magisterio pontificio de Bergoglio no nos sorprende el contenido discursivo en el filme, pero sí encontramos que Wenders pone el acento en temas de alto interés para la sociedad actual como la economía, la ecología, la globalización y el poder; y pone estos fenómenos a dialogar con expresiones humildemente humanas como la ternura, el perdón, el diálogo, la tolerancia o la esperanza.

Wenders nos pone frente a un personaje cuyo discurso es consecuente y comprometido con su identidad cristiana tanto como con su realidad contemporánea; si acaso la academia no se ha dado la oportunidad de explorar la riqueza intelectual del magisterio del papa Francisco, este filme revela la urgente necesidad de incluir los razonamientos filosóficos -y teológicos- de este líder religioso en el concierto del debate cultural contemporáneo. Los planteamientos de Francisco abren escenarios de reflexión intelectual moderna que intentan explicar la realidad inmediata y el destino de la humanidad y sus civilizaciones.

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Win Wenders y Francisco, diálogo universal

Wenders extrae del pontífice un posicionamiento frente a las malsanas obsesiones por el privilegio y la seguridad del poder, critica la acumulación, el abuso y el descarte del sistema económico; y, sobre todo, cuestiona la ambición desmedida, la narcotización de la falsa felicidad, el frenético modo de vivir y el descarte de los humillados de la tierra. Francisco llama a la desobediencia civil cuando un gobierno hace leyes que atentan contra los desamparados, los despojados y la madre tierra, propone actitudes como el desprendimiento, el silencio, el perdón y la ternura frente a los males inmediatos de la realidad. Reconoce que todas las culturas y todas las civilizaciones deben dar dignidad humana a través del trabajo, la tierra y el techo; comprende que “vivir significa ensuciarse los pies”, que la libertad es una condición irrestricta del ser humano y que, sin embargo, supone un riesgo para el sufrimiento en el amor.

El papa Francisco, un hombre de palabra’ es un filme de lenguaje universal, de actualidad filosófica contemporánea. Una invitación a la reflexión, la introspección y el diálogo franco en los modernos areópagos del pensamiento.

@monroyfelipe

 

Religión y política, lecturas transversales

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Antes de que concluya este trepidante año político, el antropólogo Elio Mansferrer nos propone una provocativa reflexión en el actual concierto nacional entorno a los sutiles vasos de comunicación entre las expresiones religiosas y los sentimientos políticos, así como el cada vez más complejo universo de asociaciones religiosas ante las instituciones civiles en el país: “El papel de lo religioso y lo simbólico fue muy importante en las definiciones electorales del 2018 debido al contexto de crisis social, política y económica de México”.

En su libro ‘Lo religioso dentro de lo político. Las elecciones de México 2018’, Mansferrer reúne una serie de reflexiones sobre el peso social que los diferentes fenómenos religiosos imprimen en la construcción de identidad política, organización ciudadana y búsquedas de bien social. Un tema que muchas veces se obvia en el contexto del análisis político o cultural de la sociedad mexicana o que, en todo caso, se limita a una serie de encuestas de opinión que cruzan variables de valores morales y opciones políticas.

Lo importante de la provocación de Mansferrer es la visibilización de un muy pequeño y especializado ejercicio de análisis y de información de los márgenes de las expresiones religiosas en México. En nuestro país, a diferencia de muchas otras naciones que comprenden la importancia de los fenómenos religiosos en la construcción de la identidad y las decisiones de la sociedad, la historia nos ha heredado una especie de mantra de ‘no ver, no oír ni comprender’ los profundos latidos de una población sumamente religiosa, así como sus implicaciones en los destinos culturales, sociales o políticos de la nación.

Las últimas “dos transformaciones” del país han atravesado por un doloroso procedimiento de separación artificial de la cualidad religiosa y ciudadana de los mexicanos. Si bien la Guerra de Reforma representó un conflicto político entre conservadores y liberales; fueron las instituciones religiosas las que en ese momento sacaron la peor parte del enfrentamiento (aunque a la luz de los avances sociales, queda claro que la separación de la Iglesia y el Estado es ideal para los países democráticos). Y la Revolución Mexicana, por su parte, devino en un conflicto de caudillos que en pos de lograr la institucionalidad nacional pasó por una sangrienta persecución, intolerancia y simulación religiosa. Esos escenarios propiciaron un estado de simulación y disociación entre las identidad religiosa e identidad cívica en los mexicanos, una especie de ‘esquizofrenia moral’ entre la vida pública y la vida privada de la ciudadanía.

Esta simulación (apenas con avances mínimos en 1992 con la ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y las reformas constitucionales del 2011) ha evitado la creación de espacios de reflexión, información y análisis sobre la importancia de los fenómenos religiosos. En muchos de los medios de comunicación europeos, centroamericanos y sudamericanos, la dimensión social de la religión forma parte de sus secciones cotidianas de información; la antropología y sociología de las universidades favorece el estudio de los diferentes fenómenos religiosos más allá del folclore y sus expresiones de piedad; finalmente, los análisis de reacción entre votantes ante procesos electorales involucran variables que traspasan la identidad y la participación comunitaria de las convicciones religiosas de los ciudadanos.

México debe remover las telarañas jacobinas de su historia política para que existan más lecturas sobre las relaciones entre las instituciones sociales y las asociaciones religiosas, entre las construcciones de marcos legales y los sentimientos morales y espirituales de los ciudadanos. Debe actualizar sus marcos jurídicos para que la participación de las diferentes asociaciones religiosas en los procesos de construcción política y social no regatee la responsabilidad de los ministros de culto ni los mantenga en la condición de una ciudadanía disminuida en derechos y obligaciones.

Una de las grandes aportaciones de Mansferrer en su libro ‘Lo religioso dentro de lo político’ es la actualización sociológica de la importancia de las confesiones cristianas, evangélicas, pentecostales y neopentecostales en el país. Es una lástima que para el análisis religioso, antropológico o político de México se siga considerando que ‘los cristianos’ forman una maraña de incognosibles fronteras. La identidad de los fieles cristianos no católicos romanos es casi un enigma para nuestra conciencia social, incluso para los propios fieles que suelen conocer poco de su ubicación en el extenso mapa de la cristiandad histórica y geográfica.

Si acaso necesitara una crítica constructiva este ejercicio reflexivo de Mansferrer sería la obsesión del antropólogo por demostrar la caída en picada no sólo de la feligresía católica sino de la propia credibilidad de la institución. Es un hecho que, año con año, el descenso de los declarantes de su catolicidad en México se refleja en los ejercicios estadísticos y, sin hacer muchos vaticinios, es altamente probable que el Censo de población y Vivienda 2020 recoja esta tendencia.

Sin embargo, el antropólogo señala que incluso esos datos “no son creíbles”; además apunta que la jerarquía católica “infla” cifras de sus sacramentos católicos y pone un ejemplo: “En la Ciudad de México hay una notable inflación de cifras de bautismos en por lo menos siete años de la serie reportada… estimamos que se han inflado pues resulta poco probable que se puedan bautizar más niños de los que nacieron en ese periodo”. Sin censurar su razonamiento, es claro que el fenómeno religioso requiere una mirada más cercana con la realidad, al pie de los creyentes y no creyentes, porque de lo contrario las cifras pueden engañar a la mente.

Retomo el ejemplo del investigador y sugiero una mirada antropológica: Tan sólo por los registros de edad del bautisterio de la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, resulta evidente que cada vez menos familias bautizan a los hijos de manera inmediata al nacimiento. Los bautizados tienen más de uno o dos años cuando son presentados al sacramento. Y un dato más, muchos menores bautizados en la Ciudad de México no nacieron allí, son originarios del Estado de México (de alguno de los muchos municipios de la megalópolis) u otra entidad. Viven en periferias, pero se ven obligados a integrarse a la vida económica, educativa y social como los 1.6 millones de mexiquenses que cruzan diariamente las fronteras físicas y simbólicas de la Ciudad de México. De esta manera es posible explicarnos las cuentas que plantea el investigador.

Sirva este ejemplo para reforzar la tesis del propio Mansferrer que comparto extensamente: “Lo religioso sigue teniendo un papel significativo en la vida social y política en México”. Hace falta que promovamos la información, el trabajo a ras de suelo e investigación de campo sobre los fenómenos religiosos en el país para integrarlos en análisis más certeros de nuestra realidad y nuestros horizontes civilizatorios.

@monroyfelipe