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El tiempo de los prosélitos

brucMientras el recambio administrativo en México toma forma y velocidad, parece que lo único que alimenta la incertidumbre es el alarmismo. Las profecías apocalípticas pre electorales fueron conjuradas -hasta el momento, porque ese es el misterio de las visiones- y los medios publican la impresión de que todo ha encontrado una relativa estabilidad que tranquiliza.

Por eso es el tiempo de los prosélitos, de los que buscarán avecindarse en el centro de la acción y los que preferirán quedarse en la periferia del nuevo cosmos, en la puerta de la ciudad. Las transformaciones son así: se cambia el centroide de poder y giran en diferentes órbitas los elegidos y los recién llegados.  En la tradición hebraica, los prosélitos se distinguían en dos clases: los “justos” y los “de la puerta”. Para los primeros, no sólo las estrictas obligaciones sino la plena identidad; para los segundos, la convivencia respetuosa y sólo la responsabilidad de seguir apenas siete preceptos.

En el caso de la transición de la administración federal, el nuevo gobierno parece ir imponiendo esta visión: el primer círculo, de identidad plena con la propuesta Cuarta Transformación; el resto, sólo coincidir en los preceptos, pero no son siete, sino cincuenta puntos de un plan de austeridad y trasparencia radicales. Algunos que se antoja difícil aplicar, como el número 30: “Los funcionarios de Hacienda, Comunicaciones, de Energía y de otras dependencias, no podrán convivir en fiestas, comidas, juegos deportivos o viajar con contratistas, grandes contribuyentes, proveedores o inversionistas vinculados a la función pública”.

Nadie dijo que la vida de un prosélito no tenga sus sacrificios; ese es quizá el primordial sentido de los cincuenta puntos anticorrupción de López Obrador. El cambio no sólo de personal sino de una nueva moral: “Hay más alegría en dar que en recibir… No hay nada más noble y más bello que preocuparse por los demás y hacer algo por ellos, por mínimo que sea”, reza la declaración de principios del futuro presidente. Por supuesto, no todos comparten la visión y hasta la llaman “romántica, utópica o irrealizable”.

Quienes alertan que este tipo de transformación radical del servicio público puede no ser la solución aducen que los verdaderos talentos no querrán ni tendrán incentivo alguno para trabajar seis días a la semana, ocho horas diarias, por menos de 80 o 70 mil pesos mensuales. Es decir, que la competitividad del funcionario público depende, en buena medida, de la gratificación económica y no de la vocación de servicio. En los corrillos de las dependencias públicas corre ya el sardónico comentario que afirma no será difícil la remoción de las plazas de confianza porque la gran mayoría de ese personal ya busca cómo acomodarse en el sector privado.

En la historia de los gobiernos siempre existen aquellas personas que no quieren adoptar la nueva identidad o simplemente no comparten los nuevos preceptos morales; esto es normal y precisamente la democracia es uno de los sistemas más acabados para dar voz y voto a los necesarios opositores.

Es buen tiempo para los prosélitos, pero también para los objetores; y se espera de ambos una altura ética y una sacrificada responsabilidad social. El interés no sólo es hacer cambiar de opinión al contrario sino evitar que la tensión ideológica rompa la posibilidad de diálogo.

@monroyfelipe

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Colaborar con la oposición

Si hubiera alguna pregunta incómoda en la casa donde despacha el inminente presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sería: ¿Cómo colaborar con la oposición en la construcción de la cuarta transformación? La abrumadora, masiva y legítima victoria obtenida podría colocar a los morenistas en una posición de autosuficiencia que no ayudaría ni al país ni al movimiento político que bien puede configurar la política mexicana del siglo XXI.

Bien lo ha dicho AMLO: el próximo gobierno tiene potencial de transformar la nación y hasta influir en modelos políticos de otras latitudes. El tabasqueño no ha entrado en el despacho presidencial y sus resoluciones ya impactan la política exterior con los Estados Unidos; sin embargo, la realidad indica que independientemente del estilo que adquiera el equipo de López Obrador para atender la dinámicas del gobierno es inevitable colaborar con los partidos políticos, sectores y grupos que fueron y seguirán siendo oposición a su gobierno.

No es una tarea sencilla. Insisto, menos cuando los indicadores políticos dan ventaja absoluta a la administración: un gabinete aparentemente bien amalgamado y fuertemente leal, un cuerpo legislativo federal capaz de hacer avanzar las iniciativas del ejecutivo, un nuevo grupo de gobernadores y diputados locales que honrarían el pacto federal en favor de la cuarta transformación y, lo más importante, una legitimidad social que no se había visto en décadas.

Dicen los analistas políticos que a los anteriores presidentes (quizá desde Salinas de Gortari) terminaban legitimándose ante la opinión pública mediante la venganza contra líderes del viejo régimen: Salinas a Joaquín Hernández “La Quina”, Zedillo a Raúl Salinas, Fox a Napoleón Gómez Urrutia, Calderón a Manuel Espino y Peña a Elba Esther Gordillo. La búsqueda de legitimidad ha detonado las actitudes más extrañas de los presientes: desde engolar la voz hasta vestirse de militares, eso sin contar las malcalculadas guerras contra el narco, los sindicatos o la oposición.

Fue Peña el que permitió que su gestión fuera venciendo la tentación del enimismo: para sacar adelante las reformas estructurales debió colaborar con la oposición en el famoso Pacto por México. Pero si el Pacto solo requirió votos a granel por las iniciativas, lo que la Cuarta Transformación sugiere es una cooperación más profunda.

Así que Andrés Manuel tiene frente a sí el reto de emprender una búsqueda para incluir e incluirse en un trabajo con aquellos con los que no está de acuerdo, con quienes simplemente no confía.

Algo de esto reflexiona Adam Kahane en su libro Collaborating with the enemy, y por  desgracia una de las realidades mexicanas que desnudó la polarizada contienda electoral (más allá del clasismo y el racismo o la famosa aporofobia de Adela Cortina) fue el esa inadaptabilidad al cambio, el arrinconamiento desde  certeza moral o intelectual. La dureza y rigidez de las expresiones: “Yo estoy bien, aquel mal; nosotros estamos en lo correcto, ellos son los equivocados”.

No sólo es falta de respeto e intolerancia a las diferentes posiciones ideológicas entre los mexicanos, es hartazgo y ceguera: hartazgo de los errores de los demás, ceguera de los errores propios.

El país aún transita por sentimientos de inconformidad, polarización y descalificación constante de lo que no estamos acuerdo, no nos agrada o no confiamos. Es necesario cambiar la perspectiva para colaborar positivamente a pesar de esta situación. Kahane apunta que en situaciones de tal tensión o polarización, el entuerto se puede resolver de cuatro maneras: salirse del sistema, adaptarse, forzar una solución o, finalmente, colaborar.

Salir del sistema es eludir (es el quinazo de siempre), adaptarse es no cambiar nada y forzar una solución se parece al malogrado Pacto por México. Colaborar es realmente lo único que no se ha intentado en el país en materia de política interna, a pesar de que la ciudadanía ha dado cátedra de lo que eso significa especialmente durante las tragedias naturales.

Es preciso que comencemos a reconocer (lo deberá asumir el nuevo gobierno y los partidos políticos que se recuperarán de su humillante derrota) que México tiene necesidades conjuntas en las que se deben trabajar por la vía de la colaboración, dejando momentáneamente a un lado la rigidez ideológica o pragmática. La colaboración es el reto inmediato para atender desafíos concretos pero desde diversas aproximaciones. El país requiere que las cosas se lleven a cabo con sensación de urgencia, claridad, transparencia y bien común.

Hay una ventana de oportunidad de trabajar todos juntos, sin chivos expiatorios para variar.

Kahane llama a este tipo de trabajo: colaboración flexible. Encontrar flexibilidad para aceptar el conflicto y nuestra conexión personal en él, fomentar el diálogo desde la presencia y practicar tanto el involucramiento como el compromiso. No es un modelo de trabajo sencillo pero bien dice el filósofo: “Mientras más necesitamos la paz, más difícil nos resulta vivirla”.

@monroyfelipe

¿Cómo reparar un partido político?

Bildschirmfoto-2014-09-24-um-12.18.24Reconozcámoslo, no es la primera vez que se nos despedaza algún partido político. El alba y el ocaso de grupos ideológicos que emprenden la legítima búsqueda del poder o de grupos de poder que emprenden la extenuante tarea de fingir que tienen principios ideológicos son fenómenos que hemos contemplado a lo largo en nuestra muy peculiar construcción democrática. Y hay que reconocer que eso es natural: los modelos se agotan, cambian las circunstancias, se transforma el mundo.

El espejismo recurrente del poder es la eternidad. Pero es claro que la contingencia acompaña a todas las realidades sociales, incluido el poder político. Por ello, algunos partidos se van avejentando de manera natural y algunos mueren intempestivamente. Los primeros pueden desaparecer lentamente dejando dos estelas: o una escuela o un resentimiento; los segundos perecen tan rápido que ni sus simpatizantes recuerdan sus siglas ni sus eslóganes a la vuelta de los días.

En México hemos tenido ambos casos trágicos. Partidos políticos que surgieron más por la presión que del consenso; nacieron del poder, pero no de la necesidad. De esos partidos políticos casi no queda nada. Sólo operadores sobrevivientes, náufragos que sueñan con ruinas en otros barcos que los llevan a la tierra de oscuras oportunidades.

Pero también hemos tenido partidos que se erigieron gracias al clamor popular, a una convicción; como el eco de un anhelo que cruzaba por los sufrimientos de un pueblo. Partidos que nacieron tan pequeños como un vivaz riachuelo y que, con el tiempo, fueron mares estancados sin salidas ni afluentes. De la muerte de esos partidos quedan dos cosas: un ideal, el sueño por fecundar otras tierras; y una necedad, la imposibilidad de adaptarse.

La cultura del descarte -una especie de filosofía o costumbre social que prefiere tirar lo roto en lugar de repararlo- indica que los despojados del triunfo, de los reflectores o de las esperanzas no tienen remedio, que deben ser desechados. Algo nuevo lo sustituirá, algo joven (algo que, sin embargo, también tendrá fecha de caducidad).

¿Qué hacemos con los partidos políticos que fracasaron terriblemente ya fuere por su envejecimiento crónico o por su innecesaria existencia? ¿Qué es lo que sus tripulaciones desean rescatar de las naves destrozadas tras la batalla? ¿Abordarán al barco triunfante sólo por supervivencia o se aferrarán al último madero alegando entereza moral? ¿Qué tesoros guardaban las bodegas de esas embarcaciones? ¿Dinero y poder? ¿Valores y principios? ¿Bienes o personas?

Queda claro que los pragmáticos sugerirán un renacimiento entero: nueva nave y nuevos aparejos, nueva tripulación y marinos; nuevo nombre y ruta. Nuevo todo, todo nuevo. Pero los románticos lucharán por rescatar “el corazón” del navío. El poder inasible de una convicción que se podrá llamar ‘principio’ o ‘doctrina’. A veces, como nos indica la tradición japonesa del Kintsugi, la reparación de algo roto puede generar una belleza inesperada, sutil y vulnerable, pero abierta a la posibilidad de sumar partidarios.

Una última reflexión: que la reparación de un partido político sea posible no quiere decir que sea necesaria. Puede bien permanecer en las costas de nuestra memoria, encallado como un ancestral buque que se resigna a morir del todo. También allí estaría dando ejemplo, asintiendo en silencio lo que Oscar Wilde alguna vez escribió: “La experiencia es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores”.

@monroyfelipe

Y ahora… la reconciliación

Reconciliación. Es la palabra más repetida tras la declaración que todos los candidatos y todas las instituciones hicieron al reconocer el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia. Tienen razón: México necesita reconciliación. Pero la ha necesitado desde hace décadas por diversos motivos y no todos de índole política: por la violencia e inseguridad, por la corrupción e impunidad, por el utilitarismo cultural y económico, por la segregación social y la esquizofrenia moral.

El triunfo de López Obrador parece absoluto, los datos preliminares parecen asemejarse a lo que las encuestas dijeron a lo largo de la contienda: No sólo aventajaba a sus opositores, los superaba por un gran margen. Había un escondido clamor popular que fue difícil interpretar para ciertas instituciones y organizaciones, para diferentes grupos sociales que no sólo manifestaron su oposición al candidato tabasqueño y a sus ideas sino que bordearon la frontera del insulto contra él y contra sus simpatizantes.

Pero López Obrador tampoco está libre de este pecado. El señalamiento fácil de sus críticos como malquerientes, miembros o marionetas de una mafia inmoralmente poderosa también exige camino de perdón, reconciliación y proceso de paz.

El primero de julio del 2018 ya se ha convertido en un día histórico para la nación mexicana; no sólo por el triunfo de aquel que buscó tres veces la silla presidencial o porque México tendría el primer presidente de su historia emanado de la oposición de izquierda, sino porque la participación ciudadana en la jornada electoral superó las expectativas, porque a pesar de la gran convulsión social, el proceso electoral transitó con moderados exabruptos y, principalmente, porque las instituciones que llamaron ‘loco’, ‘demente’ y ‘peligro’ a López Obrador, fueron las primeras que extendieron su mano de apoyo, reconocimiento y respeto a aquel que las masas prefirieron con su voto. Algo parece que ha cambiado en esta larga y dolorosa tensión maniquea en la que se había instalado la conciencia mexicana.

Diría Chesterton que uno envejece para el amor y para la mentira pero nunca para el asombro. Y lo que ha sucedido es un asombro en toda regla. Los estrategas militares siempre recomiendan que tras una lucha encarnizada hay que replegarse para fortificar las posiciones pero la reconciliación exige una práctica más audaz: perdonar, descalzarse para andar por lo agreste, saberse vulnerable, necesitado de amistad y armonía.

Por supuesto, hay otro camino; el de la vanidad absoluta, el de la autosuficiencia. Pero ya lo dice el adagio: “Cualquier cosa que uno crea por sí mismo, lo aprisiona”. Y nada puede ser peor en estos momentos que apertrecharse en las seguridades del egoísmo. La ciudadanía lo ha comprendido: Ha cumplido con su responsabilidad al salir a votar, pero ahora falta la vigilancia de las autoridades, la participación en el servicio ciudadano y comunitario, el compromiso ético frente a los desafíos políticos y el combate a las degradaciones morales que deben ser revertidas como la violencia, la corrupción y la impunidad.

@monroyfelipe

El deber ciudadano

INEParecen pocas, pero las obligaciones de los ciudadanos mexicanos condensadas en el artículo 36 de la Constitución Política implican grandes responsabilidades cívicas y morales: todas están orientadas a colaborar en sociedad, con las instituciones que amalgaman a la nación en su modelo de República democrática y federada.

Y no es una simple casualidad que las obligaciones tengan carácter colectivo, es un reflejo de que nuestra constitución considera a los derechos -si bien individuales- orientados al bien común. Es por ello por lo que el deber ciudadano no es un acto exclusivamente individual y egoísta, es la responsabilidad que asumimos con la comunidad, con los otros, con el resto de los habitantes, con los que compartimos todas las bondades de una nación.

Tres de las cinco obligaciones ciudadanas tienen que ver con nuestra democracia y las funciones públicas de responsabilidad política: votar, ejercer cargos de elección popular y ejercer cargos de la administración pública. Esto pone en evidencia el peso que representa para un país como el nuestro, la participación y la necesidad de que los ciudadanos se involucren a cabalidad en la conducción, vigilancia y control de las instituciones locales y nacionales.

Sin embargo, frecuentemente se insiste en que los mexicanos somos apáticos, que nos cuesta trabajo participar en las responsabilidades políticas y democráticas del país. Por ejemplo, para las elecciones de este 1 de julio más de 3.5 millones de ciudadanos sorteados para ser funcionarios de casilla (una enorme responsabilidad para vigilar la transparencia electoral) rechazaron participar con esta responsabilidad, representan más del 50% de las personas a las que se invitó a hacerse cargo de esta indispensable tarea democrática.

Hay que señalar que, a diferencia de muchos países, en México el voto es una obligación y nuestro país registra el mayor abstencionismo electoral de entre los países donde este ejercicio ciudadano está mandatado por su constitución. Además, cada año un buen porcentaje de las todas las posiciones de administración pública por designación ejecutiva suelen caer en manos de apenas un puñado de apellidos y familias bien conocidas por cada localidad (algunas desde hace más de 6 décadas); es decir, mucha de la crítica a la llamada ‘clase política’ se hace casi siempre desde el nulo involucramiento ciudadano.

Insistir en una mayor participación ante los deberes ciudadanos no es tema baladí, menos cuando las búsquedas más comunes en Internet sobre procesos electorales son: “¿Cuánto pagan por ser funcionario de casilla?” y “¿Cuánto gana un diputado?”. Es decir: pareciera que la gran mayoría de los mexicanos desea comprometerse en las responsabilidades sociales sólo tras la perspectiva de remuneración económica y no desde la ética-política-ideal a favor de una democracia “de valores”, en pos del mayor bien posible y del siempre deseado bien común.

El bien común vs el privilegio egoísta

El deber ciudadano es inseparable de las necesidades colectivas; por el contrario: justo cuando pierde su dimensión comunitaria es cuando aparece el peor de los rostros de este ‘deber’: la corrupción del poder, de la posición, de privilegio en el uso de la información, los recursos o las herramientas de la administración pública.

El “lado oscuro” de los deberes ciudadanos, por desgracia, pueden palparse en todos los regímenes políticos sean democráticos o no: la compra y venta de conciencias, la usurpación de funciones ciudadanas por parte de los centros de poder, la persecución o el adormecimiento de la libertad de expresión, la corrupción sistemática o institucionalizada del ejercicio del poder público, el desvío de recursos, etcétera. Y aunque parecieran actividades muy diferentes, la perversión del deber ciudadano tiene un elemento en común: el privilegio egoísta antepuesto el bien común.

Este privilegio egoísta se manifiesta cuando el interés personal o apenas sectario somete a toda una comunidad al riesgo de que sus derechos sean vulnerados, que sus decisiones no sean tomadas en cuenta o que el resto de la sociedad soporte la creciente ambición de prerrogativas de unos pocos. El papa Francisco, durante su visita a México en febrero del 2016, dijo a los liderazgos políticos y económicos del país que la experiencia demuestra que cada vez que se busca el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, narcotráfico, exclusión, violencia, tráfico de personas, secuestro y muerte.

Por desgracia, es común que servidores públicos aseguren que sólo responden al “deber ciudadano” que la población les ha confiado, pero en el camino hacen uso indiscriminado de las prebendas y privilegios de su posición. Incluso bajo el supuesto de hacer el bien, es fácil que el funcionario crea que las prebendas son parte de sus derechos inalienables.

Por si fuera poco, la confusión entre el bien común y el privilegio egoísta en el marco del “deber ciudadano” no es exclusiva del funcionario o del representante electo; muchas veces el deber ciudadano se empaña incluso desde el sufragio libre. En las recientes campañas electorales la organización Frente Ciudadano contra la Pobreza denunció tanto las prácticas de compra de votos como el precio que los ciudadanos le dan a su propia responsabilidad cívica. El precio en la práctica de compra de votos en México, según la organización, fluctúa entre los 200 y 5000 pesos por sufragio dependiendo de las localidades y de la competencia política entre partidos de las entidades.

Sanar la moral cívica

Pero ¿hay cura para sanar el verdadero sentido del ‘deber ciudadano’ o es irremediable la descomposición pragmática de la responsabilidad social?

En las últimas décadas, la única opción que las sociedades han emprendido para curar la enfermedad de la corrupción ha sido la creación de nuevas leyes o regulaciones, o endurecer los castigos institucionales a quienes vulneran los pactos de orden cívico. Sin embargo, la experiencia también indica que estas medidas en nada han cambiado la actitud y operación de los pervertidores del ‘deber ciudadano’. Incluso en México se ha vuelto famosa la expresión: “Es absolutamente inmoral pero completamente legal”, para ejemplificar que los abusos no siempre pueden ser perseguidos por la ley.

Y es que para recuperar el compromiso con la colectividad desde esas responsabilidades ciudadanas no basta la ley, se requiere una profunda búsqueda ética y moral.

Por ejemplo, el deber ciudadano en el ejercicio del voto debe tener interés colectivo y comunitario, incluso fuera de los márgenes sociales a los que se pertenece: la persona que ha sido exitosa en los negocios debe pensar en el bienestar de quienes no han tenido ni esa fortuna ni esa oportunidad; y, por el contrario, las clases más humildes de la sociedad también deben mirar la potencia que como comunidad tienen para mover la balanza contra regímenes que abofetean la dignidad de las personas ubicadas en los márgenes sociales. Votar por aquel que me asegure contratos millonarios o por aquel que me regala despensas o promete programas sociales innecesarios es igualmente indigno, sobaja al elector y lo somete al servilismo del poder. “Ningún hombre es una isla”, diría John Donne y yo añadiría que ninguna victoria es realmente buena si hay que celebrarla en soledad, extasiado en las ganancias, escondido detrás de las cortinas de la vergüenza.

Para desintoxicar el deber ciudadano, para curar la moral cívica, es necesaria la colectividad: Si el deber ciudadano no tiene el rostro de todo el pueblo puede transformarse en cualquier cosa, pero jamás será un actuar encaminado al bien común.

Actuar implica asumir responsabilidades con el prójimo, dicen Christoph Krauß y Joachim Hupkes en el DOCAT, el libro que condensa dudas y respuestas sobre la Doctrina Social de la Iglesia Católica: “El Mandamiento del Amor a Dios y al prójimo es un compromiso profundamente moral para que los cristianos ayudemos, sirvamos al bien común, asistamos a cualquier individuo en el desarrollo de una vida digna del hombre y protejamos a las asociaciones y comunidades en sus propios derechos”.

El deber ciudadano no es un acto heroico en sí, no requiere ni fuerza sobre humana ni extrema inteligencia -incluso ni siquiera inteligencia humana ‘promedio’ como largas generaciones de políticos nos lo han demostrado-; es más, a pesar de que se realice bajo generosa entrega, radical honestidad y constante sacrificio, el cumplir con “el deber ciudadano” ni siguiera dota a la persona de un aura inmaculada ante las críticas de la sociedad, todo lo contrario lo invita a expresar la mayor humildad y resiliencia ante la historia democrática pasada y futura del pueblo al que ha servido.

El “deber ciudadano”, considero, es más una oportunidad. La posibilidad de inclinarse en los abismos de nuestra convivencia social, de compartir tanto las alegrías como las amarguras de nuestros sistemas democráticos y regímenes políticos; pero si aún no lo convenzo, retomo lo escrito por Eduardo Mendoza luego de reconocer que no supo qué contestar a la reportera que le inquirió: “¿Usted, por qué vota?” El escritor se llenó de vergüenza al no poder responder de inmediato a la prensa; pero luego, en la tranquilidad de su casa -suponemos-, reflexionó: “Entonces, ¿por qué había ido a votar? Porque todavía me conmueve votar con la gente de mi barrio un domingo soleado por la mañana; y porque una desconfianza última me lleva a pensar que si luego las cosas se tuercen por culpa de quien sea, me quedará el consuelo de saber que yo sí he cumplido”.

@monroyfelipe

Fanatismo electoral: ¿Compromiso o intransigencia?

joven_agrede_hombre_silla_ruedas_rusia (1)Afortunadamente ya estamos en los últimos momentos de las campañas electorales. Es un alivio para millones de mexicanos que no sólo debieron soportar con estoicismo heroico millones de spots sino ‘genialidades’ creativas como comparar el proceso electoral con la elección de un pretendiente; pero, lo peor, el fanatismo político de fidelidad incondicional que no logró abrir espacios de diálogo o conciliación entre diferentes posturas de la muy plural sociedad mexicana. Desde el inicio ya se había advertido que un ingrediente central de las campañas ha sido el maniqueísmo moral, casi religioso, de contrastar lo bueno con lo malo, la esperanza con el peligro, lo bonito de lo feo, lo necesario de lo prescindible, lo no negociable frente a lo contingente, todo en valores absolutos.

George Orwell afirmaba que “la mayoría de nosotros sigue creyendo que todas las opciones políticas consisten en tener que elegir entre el bien y el mal… creo que sería preciso despojarnos de esta creencia que nos viene del jardín de la infancia”. Y tiene razón, máxime porque no pocos líderes aprovecharon esas murallas de radicalidad moral de sus seguidores para influenciarlos en su reflexión a favor o en contra de personas o proyectos políticos; pero lo que parece que podría germinar sólo en ciertos grupos religiosos, es evidente que encontró tierra fértil en toda la esfera social.

En los discursos abiertos, los líderes morales de grupos sociales han insistido a sus seguidores que la elección de sus representantes debe hacerse desde la reflexión razonada. Pero lo que no advierten es que la razón que piden es más cerrada que abierta. Es decir, una razón de lógica cerrada (intransigente) frente a una lógica abierta (flexible). Y lo que en el fondo los líderes piden a sus seguidores es que usen la reflexión de lógica moral cerrada para justificar ‘valores irrenunciables’ ‘principios no negociables’ o ‘actitudes irreconciliables’.

El escritor católico Charles Péguy reflexiona al respecto: “Es un prejuicio, pero absolutamente irradicable, pretender que una razón cerrada sea más razón de una razón abierta […] las lógicas cerradas son infinitamente menos exigentes que las lógicas abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas. Las morales cerradas son infinitamente menos exigentes que las morales abiertas, al ser infinitamente menos ajustadas… contrariamente a todo lo que se cree, es la rigidez la que hace trampas, la que miente; y es la flexibilidad no sólo la que no hace trampas ni miente, sino la que no permite trampear, ni deja mentir. La rigidez, todo lo permite, no señala nada”.

Quizá por ello la tónica de las campañas, por desgracia, ha fluido más hacia el sectarismo intransigente que al compromiso conciliador: en la primera es más fácil la mentira y la trampa (justificarían más las fake news y el fraude, por ejemplo). Por supuesto, cuando las cosas van mal, cuando las respuestas parecen tan esquivas ante una realidad tan dolorosa como lo es la mexicana en el contexto actual, la intransigencia parece más seductora que el compromiso con la alteridad, la otredad o la conciliación.

Para evitar que el sectarismo moral en la política genere tribalismo socio-cultural y todas sus nefastas consecuencias como la discriminación y la persecución, es necesario que los liderazgos morales promuevan más el compromiso con la conciliación y la construcción de puentes entre expectativas contradictorias o entre valores opuestos; de lo contario, el fundamentalismo fanático se alimentará de los miedos y los prejuicios promovidos por las campañas electorales. “El intransigente -dice Paul Valadier- está en las antípodas del hombre del compromiso… al intransigente le gusta ufanarse de no ser como los demás… altivo y algo despectivo porque cree en su rigor, en su distinción personal que le separa de los demás, del vulgo”.

El compromiso, el verdadero compromiso, trabaja desde la vulnerabilidad y la pobreza; la intransigencia casi siempre debe pagar con componendas inconfesables el éxito de su cerrazón. Como decía: es un alivio que las campañas ya estén por concluir, pero la polarización que sembraron podrá crecer en formas más oscuras de política excluyente. Y si así fuera, ¿qué habremos de cosechar en los próximos seis años?

@monroyfelipe

Lecturas pamboleras

noticia-130222No voy a engañarlos, el futbol es el pretexto en las lecturas siguientes. Lo que realmente hay que saborear detrás de los trabajos de estos escritores en su aproximación a este fenómeno deportivo, no son los goles, las reglas ni las estadísticas del popular balompié, es reconocer ese poder irresistible de la pasión humana que se expresa en los márgenes del deporte más humilde y más tiránico que ha inventado hasta ahora la humanidad.

Escribir entorno al futbol es una de las actividades más ingratas y limitadas; no importa la belleza ni el equilibrio ni lo salvaje ni lo intrépido que pueda ser un texto sobre el futbol, el peor drible del más torpe de los jugadores en el más inapropiado de los momentos durante el más lánguido de los partidos puede ser más elocuente que todo un estilo narrativo o todo el esfuerzo del literato pambolero por provocar un ápice de emoción en sus lectores.

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En Las llaves del reino, el escritor argentino y periodista deportivo, Eduardo Sacheri expresa: “Esté bien o mal, el fútbol para mí es, también, eso. Una llave que conduce a lugares más profundos. Más importantes. Probablemente yo sería un hombre más profundo, más digno, más cabal, si pudiese entrarle a los temas importantes de la vida y de la muerte sin mediaciones, sin rodeos y sin antecámaras. Aunque, si quiero ser benévolo conmigo mismo, puedo conformarme y agradecerle al fútbol actuar como una puerta, un territorio conocido, una zona feliz de mi vida en la que puedo sentirme en casa. Y una vez allí, en esa casa segura y conocida sí, abrir esas puertas necesarias donde habitan, a veces, el dolor y la tragedia”.

red4Es decir, el futbol como un vehículo que conduce a infinidad de experiencias o quizá a una sola, la necesaria.  Eduardo Galeano, en su extensa disección del balompié El futbol a sol y sombra, por ejemplo, reprocha a los críticos del futbol utilizar su esnobismo como vacuna de humanidad: “Como si hubiera gente señalada por el dedo de Dios, para decir cuáles son las alegrías permitidas y cuáles no”. El uruguayo es capaz de comparar al futbol con la divinidad y se coloca en el equipo de los piadosos: “Se parecen en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.

red3En Cerrado por futbol, el mismo Galeano utiliza ese vehículo para explorar los marcos oscuros de la humanidad y su historia gracias al girar de este terrible esférico. De las historias más estremecedoras, aquella de los famélicos obreros ucranianos contra la poderosa Alemania de la segunda guerra mundial. Los jugadores de Kiev se crecieron después de que fueran amenazados con ser fusilados si ganaban a los nazis. Un contundente 4-1 a favor de Ucrania y una veintena de cadáveres ante un barranco reflejan el temple y orgullo que sólo el futbol es capaz de dar.

“El futbol es sencillo, pero es muy difícil jugar sencillamente”. Johan Cruyff

redaNo podemos pasar de largo las obras pamboleras de Juan Villoro (Dios es redondo, Balón Dividido y Los once de la tribu). En Balón dividido Villoro intenta explicar las razones y pasiones de su propia historia personal al experimentar el fenómeno futbolero: desde la intimidad de la relación de los padres e hijos en el estadio hasta las dinámicas económicas de las estrellas del juego. Es filosofía pura su interpretación lúdica, política y humanista del futbol: “Disputar por una pelota es una peculiar forma de estar unidos”. En Los once de la tribu, sin embargo, Villoro vuelve a la erudición sobre el futbol: una mezcla de lo que han dicho los protagonistas de la historia respecto al humildísimo deporte de anécdotas tanto anodinas como definitorias de la cultura futbolera.

Finalmente, en Dios es redondo Villoro explora la extravagancia de las escenas más costumbristas emanadas de la fiebre futbolera: la filosofía del triunfo, el sacrificado canje del dolor por el trofeo, los héroes debilitados, el delirio de la fama, la diferencia entre un triunfo amargo y una derrota dulce, psicología pura del futbol nutrida con datos exactos del fenómeno: “El juego sucede dos veces, en la cancha y en la mente del público”.

Galeano y Villoro intentan darle sentido al futbol, a sus personajes, exploran el juego desde ideas académicas y brillantes. Pero hay otros dos tipos de aproximaciones literarias al deporte: la periodística y la exclusivamente lúdica.

red5En los grandes ensayos periodísticos se encuentra La guerra del futbol del genial Ryszard Kapuscinski; más contemporáneo El futbol y la guerra: entre balas y balones de Luis Felipe Silva Schurmann que logra recrear pasajes históricos que no habrían sido como los conocemos sin el aderezo del balompié.

Pero donde la literatura se hace igual de grave y patética que el futbol es en los relatos breves, la ficción lúdica que explora con más naturalidad por qué fascina el futbol. Están los cuentos futboleros de Roberto Fontanarrosa como en Memorias de un wing derecho donde el escritor habla de la pasión desde la pasión misma: “Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad. ¡Por favor!”

Fontanarrosa es conocido por su humor sencillo, lleno de ingenuidad y de sentimiento, en ¡Qué lástima Cattamarancio! el autor juega con la posibilidad de la destrucción global a la mitad de un partido de futbol que ni siquiera es tan emocionante. Fontanarrosa usa el lenguaje simplón, de lugares comunes, apasionadamente lerdo, el hombre de barro haciéndose de oro puro mientras relata su hazaña, la exageración, la tierna devoción eterna a la camiseta, a los colores y al himno incoherente del equipo.

reda2Sachieri, por el contrario, usa sus cuentos como una vitrina de vidas ordinarias: “escribo de futbol… tal vez porque me seduce y me emociona lo que hay de excepcional y de sublime en nuestras existencias ordinarias y anónimas. […] En esas vidas habita con frecuencia el futbol” dice en su nota introductoria a La vida que pensamos.

Sachieri, en sus cuentos, recompone al juego desde la confrontación personal, de los enemigos que no están en la cancha, de la imposibilidad ontológica de cambiar el bando, del tremendo peso que dejan las decisiones absolutas que sí importan en la vida como elegir un equipo o participar involuntaria pero dócilmente de ese fenómeno que es el futbol porque en el fondo se trata “de esos nudos de la historia que, para cuando uno nace, ya están anudados”.

@monroyfelipe

Lujitos institucionalizados

El uso de recursos públicos (o corporativos) para satisfacciones o ‘lujitos’ personales es completamente reprobable. Es una de las acciones que más destruye la confianza en instituciones por obra directa de los individuos. Y es, al mismo tiempo, muy fácil para las personas creer que merecen esos ‘pellizcos’ que le dan al erario cuando tienen oportunidad.

Lo que recientemente se hizo público con el caso de la senadora que a todas luces ha utilizado su posición para hacer gastos personales con carga al presupuesto de la Cámara Alta es, sin ser complacientes ni minimizando la gravedad de los hechos, una práctica generalizada en todos los sectores de la administración pública e incluso de no pocas organizaciones privadas, aunque estas últimas exigen una reflexión de otra naturaleza.

Algunos de estos actos son en extremo evidentes como comprar con recursos públicos artículos de uso personal; pero se vuelven más sutiles cuando se trata de pagar ciertos servicios cuya necesidad es debatible costear con dinero público o con los emolumentos personales: gastos de representación (alimentos, traslados y hospedajes), servicios de imagen personal (peluquero, maquillista, asesores de imagen), choferes y seguridad privada, consumo ilimitado de gasolina y peajes, servicios de salud y bienestar (nutriólogos, entrenadores, masajistas), formación y educación (capacitaciones, diplomados, entrenamientos, etcétera).

Por supuesto, mucha gente no quiere comparar lo que “roban los políticos” con lo que “toma la sociedad”. Pero pongamos el ejemplo de las conchas sin azúcar, muebles y artículos personales que la senadora cargó al gasto público frente a lo que muchos ciudadanos hicieron al registrar sus automóviles (muchos de lujo) en el estado de Morelos para no pagar tenencia y evitar fotomultas. ¿Cuál actitud provoca una mayor pérdida a los recursos públicos? ¿Cuál es más sancionable moral y públicamente? ¿Qué consecuencias penales puede tener el primero y cuáles el segundo? Y finalmente, ¿cuál estaría dispuesto a hacer usted, querido lector, si tuviera la oportunidad?

Por supuesto, es muy probable que afirme que la primera acción (ser funcionario y aprovechar la posición para cargar al gasto público satisfactores personales) es más grave porque pone todas las alarmas sobre esa persona en el ejercicio honesto y desinteresado de sus responsabilidades: ¿No acaso un funcionario que gasta sin pudor los recursos de la nación puede también pedir una tajada por negocios, licitaciones o adjudicaciones directas? ¿No acaso un servidor público que no se ruboriza al pellizcar la partida presupuestal puede también crear enormes boquetes financieros en deuda o engañosos proyectos de infraestructura con material de cuarta que terminan en socavones mortales? Y ni siquiera estamos hablando de la prepotencia, la impunidad, el fuero o el tráfico de influencias que también podrían considerarse lujitos institucionales.

Pero los ciudadanos de a pie también pecamos del mismo mal: desde la simulación o evasión en el pago de impuestos hasta la innoble recepción de bienes o beneficios económicos a cambio de la venta de la conciencia o del voto. En general no se critica esta actitud, todo lo contrario: se aplaude a aquel individuo que descubre oportunidades de ganancia ocultas para la mayoría de las personas, aún cuando esas oportunidades lindan en la frontera de lo legal, lo legítimo o lo moralmente correcto.

Aceptar un bien que se obtiene de una manera injusta habla de una cultura del agandalle que hace mucho mal a las sociedades donde se le da carta de naturalización. Y hay que reconocer con vergüenza que México ha adoptado este estilo cuya imagen más cruda es la del pernicioso victimismo pegado a la ubre del presupuesto o del grosero acaparamiento de ventajas inmorales, pero perfectamente legales.

@monroyfelipe

La estrategia del último debate

debateHay que ser muy claros, si todo sigue el curso esperado, será la última vez que los cuatro aspirantes a la presidencia de la República estarán frente a frente compartiendo el mismo salón. Es el tercer y último debate donde los candidatos y sus estrategas se jugarán su última carta dentro del marco legal; el último ejercicio abierto al juicio de los ciudadanos para ver y escuchar a los aspirantes responder ante tres temas generales (desarrollo sustentable, educación y salud) y comportarse frente al último señalamiento que sus contrincantes les hagan en su cara.

En general, para los estrategas políticos, el último debate es donde se establecen todos los diferenciadores posibles entre candidatos. Por ejemplo, en el último debate Clinton-Trump, los dos candidatos expusieron radicalmente sus diferencias: si para la primera, la actuación de los jueces de la Suprema Corte le parecía correcta, el segundo los criticaba ácidamente; cuando Clinton pidió la regulación en la posesión de armas, Trump le reviró que el norteamericano común cree profundamente en la Segunda Enmienda que le garantiza la posesión y portación de armas.

Así continuó la noche, Clinton y Trump ahondaron el abismo que les separaba: aborto, inmigración, el muro con México, seguridad interior. Las acusaciones iban de ida y vuelta, pero aún con datos correctos: Clinton acusó a Trump de usar inmigrantes ilegales para construir sus icónicos edificios aprovechándose de su necesidad y vulnerabilidad; Trump acusó a Clinton de deportar masivamente a indocumentados como una política permanente como secretaria de Estado con Obama. Sin embargo, el clímax del debate fue la provocación de Clinton contra Trump sobre su relación con Rusia y el presidente Putin, que derivó en una vulgar recriminación mutua sobre qué candidato era ‘marioneta’ de Rusia; la demócrata acusó a Trump de usar recursos de su fundación para mandarse a hacer retratos de 2 metros de altura; y el republicano le reviró con el escándalo de la fuga de información a través de los mails de la secretaria de Estado.

En síntesis: el último debate es la oportunidad de que los candidatos muestren una imagen lo suficientemente definida como para sobrevivir al alto contraste. Esa imagen tiene que durar hasta que el elector esté frente a la boleta.

No obstante, el tema en la actual contienda presidencial en México no es el contraste o la diferenciación entre candidatos, es justamente lo contrario: cómo convencer a esa gran porción de indecisos que exigen puntos medios de convergencia a los candidatos: más modernidad administrativa a López Obrador, más empatía con el anti-corporativismo a Meade, más sencillez y humildad a Anaya y más seriedad institucional a Rodríguez Calderón.

Sin embargo, nada parece apuntar a que los candidatos suavizarán el tono; por el contrario, seguirán el manual e irán hasta el final en la confrontación: Anaya insistirá en la alianza Peña-AMLO, Meade continuará con la estrategia del miedo, López Obrador reiterará su posición ante la mafia del poder y ‘El Bronco’ repetirá su condición ingobernable de independiente.

Bajo este modelo, los que realmente perderán serán los temas: Crecimiento económico, pobreza y desigualdad; educación, ciencia y tecnología; y desarrollo sustentable, salud y cambio climático. Es probable que ningún candidato utilice su tiempo frente al micrófono para explicar a profundidad alguna propuesta de política pública en estos rubros; al final, en realidad tampoco es lo que esperan los ciudadanos espectadores.

El debate se realizará este martes 12 de junio en el Gran Museo del Mundo Maya en Mérida, Yucatán, a las 21:00 horas. Desde el último encuentro, el único golpe mediático nuevo fue la divulgación de un video donde vuelve a posicionarse la trama del presunto lavado de dinero de Ricardo Anaya a través del empresario Barreiro en Querétaro; mientras, en el war room de José Antonio Meade se hace sentir la narrativa mercadológica de Carlos Alazraki quien caricaturiza a López Obrador con actitudes de anciano senil; y, por su parte, los estrategas de Andrés Manuel continúan pidiéndole al tabasqueño que se mantenga en su discurso de amor y paz. Sin embargo, las encuestas parecen no dar virajes importantes. Insisto, el tercer debate es la última oportunidad de usar la última carta legal de los candidatos, aunque eso abra la puerta a otras estrategias paralegales o francamente criminales. Esperemos que no.

@monroyfelipe

Cardenal Aguiar valora desmembrar la poderosa iglesia capitalina

34598765_1185626698254713_8690352044071976960_n.jpgEl cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, estudia dividir la Arquidiócesis de México. Tras cuatro meses de haber recibido la Iglesia capitalina de manos del cardenal Norberto Rivera Carrera, el purpurado nayarita ya realiza valoraciones para que la diócesis que preside, que hasta el momento coincide en delimitación geográfica con la Ciudad de México, se divida en dos o tres territorios más que tendrían un obispo autónomo residencial con todas las facultades, derechos y responsabilidades canónicas y representativas.

A través de un comunicado signado por la directora de Comunicación de la Arquidiócesis de México el 6 de junio -justo en el cumpleaños del cardenal Rivera Carrera-, las instituciones eclesiales afirman que se ha iniciado un Proceso de Consulta para la Creación de Nuevas Diócesis, desmembradas de la Arquidiócesis Primada de México.

Las diócesis que se crearían -adelanta el comunicado-, podrían ser la que hoy está delimitada en la Primera Vicaría Episcopal cuyo territorio integra las delegaciones Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, y las vicarías Séptima y Octava cuyos territorios abarcan las delegaciones Iztapalapa, Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco. Al frente de estas demarcaciones pastorales, Rivera dejó a los obispos auxiliares Florencio Armando Colín, Jesús Antonio Lerma y Andrés Vargas Peña.

El estudio de la división territorial de la Iglesia capitalina ha sido permanente, incluso el arzobispo Rivera Carrera recibió varias valoraciones sobre los positivos y negativos que generaría tal división. Para el purpurado duranguense, la coincidencia territorial del entonces Distrito Federal con la Arquidiócesis Primada facilitaba la relación de las autoridades eclesiales con las de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México: Un jefe de gobierno – un sólo obispo residencial titular; pero también ayudaba a manifestar la unidad simbólica de los capitalinos como habitantes culturales de una ciudad de inmensos contrastes.

Por el otro lado, la Iglesia arquidiocesana es a todas luces ingobernable; el cardenal Rivera utilizó un modelo de responsabilidades gerenciales y cedió gran parte de su representación en sus ocho obispos auxiliares; pero una administración centralizada exige muy altas capacidades de gobierno y no pocos sacrificios para caminar en una iglesia tan masiva y dinámica. Sólo los arzobispos de Milán y de Madrid tienen más sacerdotes, parroquias y centros neurálgicos de la política y la economía como los que tiene la Ciudad de México.

De esta manera, si los obispos de México, la Nunciatura y el propio papa Francisco lo validan, en breve existiría una diócesis autónoma al norte de la ciudad que separaría a la Provincia de Tlalnepantla de la Ciudad de México y que sólo salvaría el polígono del Santuario Mariano del Tepeyac porque el arzobispo de México es el custodio histórico del Ayate de Juan Diego, la venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe; y una diócesis más (si no dos) al sur y oriente capitalino, que es la zona que aún conserva áreas rurales y naturales protegidas, donde se concentran más de 3 millones de habitantes, así como las expresiones religiosas católicas populares más icónicas y masivas de la Ciudad de México: la Candelaria del Niñopa en Xochimilco y Semana Santa de Iztapalapa. Sitios de profundo arraigo religioso que son el principal proveedor de vocaciones sacerdotales de la capital.

Aguiar Retes quedaría como primado capitalino y arzobispo metropolitano con la Basílica de Guadalupe y los territorios más urbanizados, de mayor desarrollo vertical y de alto potencial económico comercial de la ciudad: desde Polanco, Tacubaya, la Condesa, Juárez, Centro, Lomas, Santa Fe, Del Valle, Mixcoac, San Ángel, Coyoacán, Churubusco, Pedregal y Tlalpan.

Si se aprobase la creación de nuevas diócesis: la del norte de la ciudad (en Azcapotzalco básicamente) se quedaría con una diócesis muy estructurada parroquialmente hablando pero con un cuerpo sacerdotal cuyo promedio de edad es muy superior a los 65 años y con pocas vocaciones sacerdotales en el corto plazo; mientras que la potencialmente nueva diócesis del sur se quedaría con la delegación Iztapalapa que es la zona más densamente poblada, marginada, empobrecida y tristemente violenta de la capital y con Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac, los únicos territorios con espacios aún rurales de la capital que cuentan con las parroquias, capillas, barrios, mayordomías y expresiones populares más ricas de religiosidad católica.

@monroyfelipe