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Habemus líder ¿ya no tenemos problemas?

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Los brillos del poder enceguecen a cualquiera. Incluso a aquellos cuyos principios éticos o morales les ponen los pies en la tierra. En la ruta de la gobernabilidad suele emerger el espejismo de confundir la meta con el camino. Y esto genera muchos problemas a los líderes que, mirando el final del horizonte, ignoran la senda por donde caminan.
Sí, es importante contemplar el destino y la meta; pero es el camino el verdadero triunfo de los gobernantes. Parafraseando al pastor Graham: “No hay problema si uno posee ambiciones; el problema es cuando las ambiciones poseen nuestras vidas”. Los cambios que se abren paso en los diferentes perfiles de la vida social en México pueden tener en el horizonte las metas más nobles de todas: acabar con la corrupción, la impunidad y el crimen; pero las metas no son el camino y, aunque parezca una obviedad, el inicio no determina el final de la ruta, cada empresa debe enfrentarse a una senda inexplorada. Pero ¿vale cualquier camino? ¿Antecede el fin a los medios? ¿Por qué ruta se puede buscar la meta sin dejar a nadie en la vera del camino, sin pasar por encima de sus derechos, sin dejar de escuchar lo que las voces sencillas descubren a ras del suelo?
En estos días de transición administrativa, algunas organizaciones internacionales y acuciadas asociaciones particulares se aprestan a presionar a las próximas instituciones públicas en México de asumir ciertas agendas con las que nadie en sus cinco sentidos puede discrepar: el combate a la corrupción, la erradicación de la impunidad y la disminución del crimen en México. Pero, aunque haya coincidencias en los objetivos ulteriores, son sus medios inconfesables los que deben preocuparnos: la renuncia voluntaria de la soberanía nacional, la sujeción de la constitución política y sus leyes a caprichos de ‘especialistas’ impuestos desde el extranjero, la erradicación de la discrepancia o el relativismo legal que pone bajo permanente sospecha al ‘Estado de derecho’.
En estos escenarios crece el riesgo de que los liderazgos cedan ante los obsesivos espejismos que muestran estos grupos de poder: muestran el tesoro al final del arcoíris, la eficiencia de la panacea, pero no los efectos secundarios ni los sacrificios que se toman para llegar a la prometida olla de oro.
Hay un relato popular originario del Llano Grande, Jalisco, que cuenta la historia de un hombre que encontró una cueva llena de bellos tesoros; tomó cuantos pudo y quiso salir, pero una voz lo detenía al tiempo de cerrar el lugar. “¡O todo o nada!” repetía la voz que cerraba la cueva si el hombre no cargaba con todos los tesoros. Viéndose en el predicamento, el sujeto decidió ir por un par de borricos y ayuda de sus amigos al pueblo. Salió de la cueva, dejó su sombrero atado al árbol que marcaba la vera de la cueva y emprendió camino a su casa. Allá encontró la ayuda, preparó los jumentos y quiso regresar a la dichosa cueva a la que jamás volvió a encontrar. Nunca encontró el camino: perdió el tesoro y, por supuesto, su sombrero.
El relato deja en claro que la ambición puede hacernos olvidar lo importante que es el camino. Ni las reformas, ni los nuevos modelos de operación, ni la transformación de las instituciones pueden ser la meta en sí mismos. Se deben contemplar los medios, el camino, la ruta y la actitud con los que se emprende misión hacia la meta. A los dirigentes les hace falta preguntarse con serenidad ¿con quién se emprende ese trayecto? ¿Qué voces hay que escuchar debajo de los fulgores del poder? ¿Cuántas veces habrá que recular en el camino, reconocer los errores, bajar la velocidad humildemente para sentir la senda por donde se marcha?
En la tradición católica, la expresión ‘Habemus papam’ es utilizada cuando se informa que un nuevo papa ha sido elegido; y para no pocos, el personaje electo determina la meta de una iglesia bimilenaria, como diciendo: tenemos el líder, gozamos del tesoro. Pero el horizonte siempre se abre a un horizonte nuevo y, en esa confianza de la historia, el camino es el verdadero bien asequible y el mejor legado que se puede dejar.
@monroyfelipe

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Audacia, asertividad y unidad; los retos para el episcopado mexicano

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) celebrará su 106 asamblea plenaria; como cada semestre, es un momento de arduos acuerdos, trabajos, consultas y notificaciones que configuran el andar y el perfil de los líderes de la iglesia católica en el país. Pero esta edición está aderezada por las votaciones que se realizarán al interior del organismo para nombrar al nuevo presidente del colegiado tras el sexenio del cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega.

Aunque los pastores espirituales de la grey católica insisten en que los tiempos de la Iglesia no son los del poder temporal, no hay manera de comprender que los cambios en la Mesa del Consejo de Presidencia de la CEM no contemplen las singularidades nacidas tras la elección de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México. En principio, el proyecto de nación promovido por el político mantiene coincidencias éticas y morales irreprochables para los obispos mexicanos: “Recuperar la autoridad moral, asumir la honestidad en la vida privada como en la pública como tabla de salvación, desterrar la corrupción, actuar con austeridad, no mentir, no robar, no traicionar y, finalmente, buscar el bienestar material y el bienestar del alma para la felicidad de todos”.

Pero para algunos obispos mexicanos, no es momento de dormitar sobre las ruedas. Arzobispos como Rogelio Cabrera López y Carlos Garfias Merlos, de Morelia y Monterrey respectivamente, proponen lecturas y acciones más asertivas del papel de la Iglesia mexicana en el contexto contemporáneo. El planteamiento no es menor, la Iglesia en México se debate entre la pasividad de los liderazgos institucionales y la radicalizada agresividad que ciertos grupos religiosos proponen como remedio a los males del país.

En el último par de trienios, la presidencia del cardenal Robles se enfocó en dar cuerpo a un ambicioso plan global a largo plazo para la Iglesia mexicana, abandonó varios espacios sociales de diálogo cultural y mediático para reagruparse en un modelo de trabajo verdaderamente colegial que lograra “la unidad” que tanto les encomendó el papa Francisco. Para no pocos analistas, la agenda de autoridad moral que llevó al candidato López Obrador a la presidencia de la República fue la materia que llenó vacío que los obispos mexicanos dejaron voluntariamente para afanar con la mirada en el 2031 y 2033.

El camino emprendido para lograr el Plan Global de Pastoral podría entonces compararse con un resorte comprimido, aparentemente inerte y reducido, pero con la energía potencial para lograr que la Iglesia católica en México dé el gran salto que requiere para entrar de lleno en el siglo XXI. Dice el proverbio sirio que si molesta el viento que traen las ventanas abiertas, hay que cerrarlas y reposar. Sin embargo, fuera de la serenidad de la Conferencia, varios ventarrones sacudieron a la grey, la opinión pública y al propio pontífice romano. La violencia indómita en México que arrastra a ministros católicos y feligreses por igual; la polarización moralizante entre lecturas de políticas públicas; los nuevos escándalos de abuso sexual y la descarada ofensiva contra la autoridad y credibilidad del papa Francisco por parte de grupos conservadores, víctimas de clericalismos decimonónicos.

La política de la presidencia saliente de la CEM ha privilegiado una cautela excesiva ante la realidad, una hiperreflexión que podría parecer extremo cálculo ante las muchas incertidumbres del país, de la cultura de cambios y de la propia Iglesia católica universal. Como ejemplo, tras la reunión sostenida con el presidente electo el pasado 4 de septiembre en Monterrey, las autoridades episcopales ‘liberaron’ con casi 20 horas de retraso un escueto comunicado y cuatro indiferentes fotografías de un encuentro en el que tuvieron oportunidad de plantear la agenda que los pastores del México aún católico desean promover y en la que quieren participar.

Lo mismo ha sucedido con el posicionamiento ante los foros de paz organizados por el equipo de López Obrador y en los que se les solicitó una presencia activa en consideración con la experiencia que la Iglesia mexicana tiene en proyectos de paz como el de la campaña “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga vida digna”. Y, sin duda, también dejaron pasar la oportunidad de manifestar sólidamente su apoyo al papa Francisco en medio de la crisis de autoridad y credibilidad más difícil que ha vivido en el trono pontificio el argentino.

Hay que golpear el metal mientras está caliente. No hay otra forma de forjarlo. De lo contrario, los vacíos se llenarán y los líderes de esa aún masiva y tradicional catolicidad mexicana no hallarán quién haga eco de su voz.

@monroyfelipe

Megamanifestaciones: Signo contradictorio en la dictadura postmoderna

unam.JPGLos miles de estudiantes universitarios que marcharon en el corazón de la Ciudad Universitaria para manifestar su malestar ante diversos eventos acontecidos en diferentes planteles de la Máxima Casa de Estudios y principalmente para repudiar la agresión que sufrieron alumnos por parte de grupos de choque son un signo de contradicción ante la dictadura del relativismo posmoderno. Frente a la comodidad y autocomplacencia de la participación remota y aséptica (vía tuitazos), la identidad de la colectividad universitaria mostró el efecto de la acción puesta en común, personal, arriesgada.

Es el mejor ejemplo de lo que puede lograr un colectivo que está dispuesto a la herida y al accidente por asumir una posición en los espacios sociales, por poner en manifiesto su sentimiento, por expresar su lenguaje y su ardor en los escenarios de la cotidianidad. El otro camino es el encierro que enferma, que expresa su malestar desde la distancia, desde las herramientas de comunicación. Es el encierro que padecen las instituciones que creen posicionar sus ideas a fuerza de boletines y comunicados. Su excesiva cautela y su privilegiada indiferencia apolilla sus mensajes.

Las megamanifestaciones en el siglo XXI son un signo filosófico y antropológico contradictorio; la colectividad pudo hacer lo mismo y expresar las mismas demandas desde sus espacios privados dominados y controlados, sin arriesgar (en redes sociales, por ejemplo). Pero, por alguna razón -de manera aún desconocida- la colectividad eligió un lenguaje propio de la modernidad: el deseo colectivo de superar prejuicios, la noción de la identidad compartida y la distinción entre el prejuicio obtenido y el progreso por obtener. Algunos autores señalan que el postmodernismo es justo la convicción de que cada lenguaje es sólo una forma más (de entre muchas) en el comportamiento social; entonces ¿por qué optar por la manifestación moderna? ¿Qué disparadores emocionales o culturales fueron accionados para sustituir -al menos por un momento- el lenguaje de cosmovisión individual por el lenguaje con perspectiva de objetividad y universalidad?

Lo acontecido el 5 de septiembre entorno a la protesta de los universitarios tiene tintes de interés histórico, es el ejemplo de que esta generación cuyo ejercicio de libertad y de disidencia se realiza con mucha eficacia desde las redes sociales decidió usar un lenguaje y un ardor distinto: apersonarse, arriesgarse, solidarizarse en un acto común, en un lugar y un ánimo compartido. El sólo hecho de reconocer y reconocerse fuera del subjetivismo o el egoísmo individualista para entrar en contacto con el otro, con la dolorosa realidad compartida es un quiebre en el paradigma y la perspectiva tecnológicos.

La pantalla no suplanta la realidad y el masivo trending topic no sustituye la irremplazable acción personal. Se ha teorizado sobre el cuerpo individual y el cuerpo colectivo, al parecer hay un remplazo de este en los marcos del cambio de milenio. El posmodernismo intenta ir más allá de la existencia y la conciencia; y en el proceso algunos afirman que ha perdido todo idealismo. Pero quizá esto último no sea tan certero. Ojalá estén equivocados porque aún hay muchos ideales por los cuales vale la pena salir a construir.

@monroyfelipe

Cine: Furlough, comedia femenina humanizada

furlough4La directora Laurie Collyer (1967) nuevamente aborda su interés por tortuosos viajes de autodescubrimiento a través de singulares historias de mujeres norteamericanas contemporáneas. Furlough (USA, 2018) tiene parecidos a sus hermanas menores Sherrybaby (2006) y Sunlight Jr (2013) al presentar relatos de jóvenes mujeres que se enfrentan a los desafíos de vida que las han alcanzado de manera natural, sin violencia ni irrupciones dramáticas y que, por tanto, se han alojado en ellas sin demasiada molestia ni incomodidad. Sin embargo, estas mujeres comienzan un periplo que les obliga a remontar su identidad y personalidad en búsqueda de libertades y pequeñas alegrías.

Furlough significa ‘el permiso’ que el Estado de Nueva York hace a la prisionera Joan Anderson (Mellisa Leo) para que visite a su madre quien se encuentra agonizando. La oficial de correccional, Nicole Stevens (Tessa Thompson) recibe la instrucción de acompañar por 36 horas a esta mujer de muchas habilidades maliciosas en un pequeño recorrido para garantizar la voluntad de la moribunda (más que la compasión con la prisionera). Apenas día y medio que son también una especie de liberación para la propia Nicole, pues le permite apartarse de la pesada e impositiva carga de atender a su propia madre enferma (Whoopi Goldberg).

El filme, encuadrado en un sutil equilibrio del drama y la comedia, pretende abordar los problemas de la independencia, la libertad y la sororidad en un lenguaje femenino. Las agonistas de la historia son todas mujeres cuyas vidas están sujetas a las expectativas de su contexto: proveer atención y cuidados, sentir compasión y ternura, encontrar el amor y luchar por la autonomía. Sin embargo, al igual que sucede en los otros filmes de Collyer, los personajes de autoridad y consejo son masculinos: el jefe de la prisión,  el ‘capitán’ del autobús, el administrador del edificio, etc.

Al igual que los best sellers norteamericanos actuales (Su cuerpo y sus otras partes de Carmen María Machado o Lili  de Marilynne Robinson), Furlough propone una ligera meditación femenina sobre la familia, la esperanza y la pertenencia, cómo se puede abrazar la duda cotidiana al tiempo de descubrir la actitud de vida correcta a través de la gracia interna.

La historia original viene de la mano del escritor de comedias Barry Strugatz, es quizá esa génesis sardónica de Furlough lo que facilita a Collyer una ligereza discursiva para evitar el melodrama alcanzado en sus piezas precedentes. Collyer, en Sherrybaby (con una muy aplaudida Maggie Gyllenhaal) y en Sunlight Jr (con la estupenda Naomi Watts), acentúa la carga emotiva en historias que también involucran la prisión, la búsqueda del equilibrio emocional y las relaciones familiares laceradas. Ambas películas fueron selecciones oficiales para festivales cinematográficos (Sundance y Tribeca, respectivamente) y son un foro de exploración para el talento actoral femenino.

Furlough es una “road movie” porque es sobre el camino cuando la agente Stevens y la reclusa Anderson concretan el autodescubrimiento, encuentran las sensaciones que las hacen apostar y confiar, les devuelve la alegría de la realidad y la oportunidad de creer en alguien más y en ellas mismas; la muerte, la soledad, el aislamiento, la distancia, la enfermedad y la incomprensión continuarán con ellas, con todos los que ellas amen, pero ambas se darán ‘el permiso’ de volver a sonreír.

@monroyfelipe

Los indelebles casos de corrupción

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Con su singular talento, Bertolt Brecht dijo alguna vez que “hay muchos jueces que son incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”; y esa amarga ironía es lo que sienten hoy muchos mexicanos al intentar comprender las razones detrás de las decisiones de los jueces o de las autoridades encargadas de investigar e implementar la justicia en el país.

Para variar, la explicación más sencilla -la que más deja satisfecho el prurito inquisidor que todos llevamos dentro- es que el ejercicio de la ley y la justicia están supeditados a los intereses políticos y económicos. Nadie en sus cabales tiene ganas ni tiempo de convertirse en un perito judicial o experto abogado (o ingeniero civil, ya que estamos en esas) sólo para convencer a sus vecinos sobre la noticia del día.

Y es que, aunque se expliquen con peras y manzanas sus resoluciones, nadie estaría dispuesto a meter las manos al fuego por la honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad de aquellos jueces o instituciones que abrieron la puerta a extrañas decisiones como la liberación de Elba Esther Gordillo, la reclasificación de los delitos a Javier Duarte, el sometimiento del sistema penitenciario a los caprichos del capo criminal “Betito”, el caso del juez de amparo que decidió prestar sus servicios profesionales al exgobernador César Duarte, la resolución de ese otro juez de no vinculación a proceso contra otro exgobernador (Rogelio Medina) quien comenzó siendo acusado por desvío de 3 mil millones de pesos y ahora sólo le resta comprobar unos tickets de gasolina.

Con esos ejemplos resulta muy difícil confiar en el sistema judicial y la procuración de justicia en el país. No es sorpresa para nadie, pero los datos son más elocuentes: Según el reporte “Perspectivas económicas 2018. Repensando las instituciones para el desarrollo” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), sólo el 32% de los mexicanos manifestó tener confianza en el sistema judicial y los tribunales del país; y el 85% de la población considera que la corrupción es el principal factor para no confiar en las instituciones.

¿Y el remedio para que vuelva la confianza? Fácil: o se hace verdadera justicia en los tribunales o por lo menos se debe generar la sensación de que se ha hecho justicia. La sociedad merece tener certeza de que puede beber del vino de la justicia sin sospechar veneno alguno, pero ya lo dijo el poeta romano Horacio: “Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

Es un hecho que siempre es un encanto tomar de donde hay mucho; y si hay mucha confusión en el sistema judicial mexicano, también habrá placer en los jueces y litigantes en optar por el caos que por la escasa -muy escasa- claridad. Al respecto, me viene en mente la enigmática novela El indeleble caso de Borelli del intelectual y divulgador de cultura universal, Ernesto de la Peña. La historia comienza con el juicio que se hace al asistente y cómplice de un personaje monstruoso y criminal (condenado previamente a la guillotina). En la aprehensión del cómplice y durante la ejecución de quien fuera su superior, la gente sabía que aquel era culpable; pero tras los alegatos de su abogado, “tras la línea siempre infalible de sus razonamientos, las patéticas señales de su contrición y el ardor con que pidió que se le castigara su culpable debilidad” no sólo el cómplice logró la exculpación de los delitos fincados (y una liberación preventiva con arraigo domiciliario) sino la adhesión de buena parte del pueblo y la atención obsesiva de los reporteros. Pero el pueblo jamás esperó a que el proceso concluyera, perdió la paciencia, “se olvidó de él y se ocupó de otros temas; y el caso quedaba cerrado definitivamente para el vulgo”, aunque no para la justicia. En realidad, el problema de fondo del sistema judicial es la abundancia, de casos, confusión, impericia e ignorancia; es entonces cuando la gente corre el riesgo de olvidarlos y hasta de exculparlos, aunque el signo de la impunidad permanezca indeleble; incorruptible, diría Brecht.

@monroyfelipe

Abuso en la Iglesia: Lo que Pensilvania reveló

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La publicación del extenso informe sobre los más de mil casos de abuso sexual contra menores acontecidos en seis diócesis de la Provincia Eclesiástica de Filadelfia no deja lugar a la indiferencia. La terrible indignación, vergüenza y dolor que deja en la Iglesia católica ese conjunto de detallados reportes que evidencian los abusos cometidos por más de 300 ministros y miembros de las comunidades arañan apenas la superficie de una profunda y desgarradora realidad social cuya problemática no ha logrado atenderse del todo.

El informe de mil 356 páginas intitulado 40th Statewide Investigating Grand Jury Report 1 es un gran compendio de informaciones obtenidas de investigaciones sobre casos de abuso sexual contra menores realizadas en seis diócesis del estado de Pensilvania desde los años 40: Allentown, Eire, Greensburg, Harrisburg, Pittsburg y Scranton. En la parte introductoria (de las seis partes en que está constituido el profuso informe) se asegura que “se recabaron decenas de testimonios, los cuales fueron contrastados con millones de páginas de documentos diocesanos; ellos contenían alegaciones creíbles contra trescientos sacerdotes abusadores. Más de mil menores víctimas fueron identificados tan sólo de los propios registros de las iglesias”.

En el proceso de recopilación de información, el Gran Jurado advirtió una especie de “procedimiento” o “manual” con el que las diócesis intentaron resolver las acusaciones contra sus ministros: Primero, usar eufemismos. Nunca decir ‘violar’ sino ‘contacto inapropiado’. Segundo, no realizar pesquisas genuinas sino enviar a otros clérigos cercanos. Tercero, enviar a sacerdotes a ‘evaluaciones’ en centros psiquiátricos administrados por la propia Iglesia. Cuarto, no informar a la grey de las verdaderas razones del cambio del sacerdote. Quinto, aun cuando un sacerdote haya violado a un menor seguir proveyéndolo de alojamiento y medios de vida, recursos que en muchos casos le facilitaron cometer otros crímenes. Sexto, cuando el comportamiento de un ministro se hace del conocimiento de la grey (y se genera el escándalo), transferirlo a una nueva localidad. Y séptimo, no pedir la intervención policial.

jury.jpgEl informe del Gran Jurado es un terrible pero necesario registro del tipo de documentación que suele transitar por las viejas venas de instituciones sumamente grandes, burocratizadas y embozadas de códigos jerárquicos, de control y de poder. Entre las páginas del profuso reporte se encuentran desde el inmenso pantano del historial de los casos (en el que muchos medios de comunicación han deseado regodearse), hasta los “códigos de comportamiento pastoral” que algún obispo instruyó entre su clero, hasta reproducciones de cartas confidenciales en las que queda evidencia de la impericia o el dolo (cada caso es diferente) con el que superiores y obispos atendieron estos crímenes.

Frente a este incontrovertible reporte, las diócesis aludidas (al igual que la Iglesia norteamericana y la Iglesia Universal en voz del propio Papa Francisco) han intentado dar acciones concretas no sólo de vergüenza y arrepentimiento moral sino de cambios radicales de organización y liderazgo para ayudar de veras a las víctimas y para establecer protocolos que eviten estos crímenes en sus organizaciones e instituciones diocesanas. Las diócesis del reporte ya han levantado oficinas y servicios especializados (incluso bilingües) para ayudar a víctimas de abuso sexual; también han autorizado nuevos modelos de cooperación con las autoridades locales. Por supuesto, los obispos, los ministros y la grey católica no esperan recuperar la confianza de la sociedad de inmediato, pero en general -y a pesar de lo que algunos han señalado- confían en que las medidas de “tolerancia cero”, implementadas desde el pontificado de Benedicto XVI son las correctas.

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Los datos obtenidos por el Gran Jurado de Pensilvania revelan que en esas diócesis hubo casos de abuso sexual contra menores aún después de la “tolerancia cero” e incluso ya en el pontificado de Francisco; pero hay un dato esclarecedor también proveniente del informe: En la diócesis de Pittsburgh, los incidentes reportados por década desde los años 40, indican que entre 1960 y 1989 existió un crecimiento exponencial de reportes de abusos (entre 60 y 80 casos por década) pero disminuyen radicalmente a partir de los 90 (15 casos) y a menos de cinco y seis en las primeras décadas del siglo XXI.

Lo acontecido en la Iglesia católica de Pensilvania no es exclusivo de los Estados Unidos, hay muchas latitudes y países que deben reflejarse en ese espejo del informe del Gran Jurado. Hay que reconocer también los esfuerzos a largo plazo que algunas instituciones intentan desarrollar hoy para que solidifiquen y prosperen mañana: Ahí está el programa de la Facultad de Psicología de la Universidad Anáhuac, el Centro Especializado en el Tratamiento Preventivo y Restaurativo de casos de Abuso y certificación de comunidades seguras (REPARARE). Todas las grandes instituciones cuya masividad, burocracia y códigos jerárquicos de control y de poder suelen acallar las voces de las víctimas y eluden el acto definitivo de la justicia; pero si algún cambio puede propiciar el caso de Pensilvania, sería la rotunda convicción de que aquello no puede ser nunca tolerado.

@monroyfelipe

La Casa de las Flores: estilo y narrativa cinematográfica

Manolo Caro (Guadalajara, 1985) ha demostrado un peculiar refinamiento ambiental en sus producciones audiovisuales; no es sorpresa que su formación cinematográfica tenga base de “producción escénica” y en su serie La Casa de las Flores (Netflix, 2018) ha logrado un lenguaje climático audaz y vibrante que no puede pasar desapercibido.

Además de proveer el escenario propicio para devolver a la pantalla chica (aunque en otro tiempo, con otro lenguaje y otra dinámica de audiencias) a la otrora estrella popular Verónica Castro (Virginia de la Mora), Caro propone en la pantalla una mirada a los perfiles culturales estridentistas de la familia mexicana: los colores de la producción significan, enmarcan, acompañan, contrastan y abrasan a los personajes en sus absurdas peripecias.

Más allá de los muchos conflictos morales y las simulaciones que hacen de la historia el hilo conductor para los gags y el drama (la recurrente incomodidad de la vecina Carmelita, Verónica Langer y la insuperable complejidad del personaje de Paulina de la Mora, Cecilia Suárez), la narrativa de cada capítulo del serial monta la creatividad en un soporte ambiental cuidadosamente diseñado: los escenarios coinciden con las emociones, con los diálogos, trabajan visualmente para nutrir mucho más que la pupila.

El arte escénico y la fotografía de cada capítulo de La Casa de las Flores sugieren matices coloridos y vibrantes a las acciones que allí se desarrollan. Esa es quizá de las mejores aportaciones de Manolo Caro a las producciones mexicanas: el cuidado por lo que la audiencia recibe como producto final. No basta la buena filmación, hay que cuidar el set, la intromisión de la cámara y la edición que también hablan junto a los diálogos y las actuaciones. Detrás de la intensidad dramática de la angustia, Caro propone el duro tapíz onduleante, arrítmico y vibrante; en la confesión, se apoya del encuadre dentro del encuadre; en las acciones conectadas, las decoraciones como destellos de unas raíces muy profundas (que iremos conociendo qué tan hondas y oscuras a lo largo de la trama). El resto de la propuesta se dibuja tras los colores de las bellas pero frívolas flores de ornato y las estridentes pero aparentemente imprescindibles flores del deseo y sus consecuencias.

El estilo cinematográfico en La Casa de las Flores aporta un assortment visual de colores y texturas que esconde el verdadero leitmotiv de la historia: los avatares de una familia cuya riquezas y pobrezas (cómo suelen ir de la mano la bonanza económica y los deformes castillos de la moralidad) les obliga a vivir tras una colorida prisión de falsas joyas preciosas (el tratamiento de la fotografía recuerda al “jewelry tone color”) de ambigüedad, de secretos e indefiniciones.

Una calidad técnica del estilo y narrativa cinematográfica de Manolo Caro no podía no convertirse en un llamativo fenómeno popular.

@monroyfelipe

Cicatrices del sismo, fiestas patrias y desdén institucional

s8El gobierno federal no se ocupa de sus inmuebles históricos sino hasta que los necesita como escenarios para sus eventos. El recinto histórico y cultural más importante del país, la Catedral Metropolitana de México, permaneció prácticamente abandonado por las instancias federales tras los sismos del 19 de septiembre del 2017; pero justo a un mes de que se realicen los tradicionales festejos patrios en el Zócalo capitalino, las autoridades decidieron acelerar la restauración de los muy afectados campanarios del inmueble religioso.

Aunque la Dirección General de Sitios y Monumentos realizó un dictamen antes del 5 de febrero pasado para que sólo se pudieran tocar siete campanazos para la recepción del nuevo arzobispo de México; la tradición del ritual cívico del Grito de Independencia implica el repique constante de las campanas de la Catedral de México y la colocación de fuegos artificiales masivos justo al costado del edificio. Pero, para las autoridades de la Iglesia capitalina, el riesgo puede ser grande si no se tienen las debidas precauciones.

El sacerdote José de Jesús Aguilar, director de Arte Sacro de la Arquidiócesis de México y conocido promotor del cuidado de la Catedral, denunció a esta columna que, tras el sismo de 2017, las torres campanario del recinto tuvieron que apuntalarse con andamios metálicos (los cuales atrajeron tanto a relámpagos como a nuevas afectaciones estructurales) y que las autoridades culturales desarrollaron largos proyectos de restauración pero que no fue sino justo a un mes de la fiesta patria que se dio inicio a la inyección de material consolidante en las torres campanarios de casi 70 metros de altura.

El encargado del bienestar de los inmuebles históricos y de valor cultural de la Iglesia capitalina pregunta a las autoridades federales qué tipo de restauración realizan en el simbólico recinto y si estos esfuerzos no son sólo para hacer funcional la Catedral para un solo evento sino para el servicio cotidiano religioso que allí se ofrece a fieles, turistas y visitantes, y por supuesto para la posteridad.

Para los custodios de la Catedral de México resulta incoherente que las autoridades federales les impidan tocar las campanas por los “potenciales riesgos estructurales” pero no tengan empacho en promover la utilización de grandes cantidades de pólvora que, se ha demostrado, provocan vibraciones peligrosas al pie del templo y que –como sucedió el 15 de septiembre del 2017- estos fuegos artificiales fueron los culpables de la mutilación de una escultura monumental de cantera, obra del indígena mexiquense, Santiago Cristóbal de Sandoval, director de escultura de la Real Academia de la Nueva España a finales del siglo XVIII. En efecto: CONACULTA y el Estado Mayor Presidencial tienen en su historial y conciencia el haber provocado un daño irreparable a un bien inmueble invaluable para el pueblo mexicano.

Las autoridades federales de cultura están obligadas a dar certeza mediante dictámenes especializados, tanto a los fieles como a los custodios de los recintos religiosos históricos, del verdadero grado de afectación que se provoca con el repique de campanas sobre las torres que apenas comienzan a ser restauradas y por las explosiones de pólvora que cada año se realizan al pie del recinto catedralicio.

Por supuesto, la celebración del tradicional Grito de Independencia en el Zócalo –presidido por el  titular del ejecutivo federal o local- es un gran atractivo para muchos ciudadanos y turistas nacionales y extranjeros: las luces, el sonido, la fiesta y los fuegos artificiales son un imponderable de la celebración, pero quizá sea tiempo de voltear a mirar lo que hacen otras naciones y destinos turísticos para resguardar sus tesoros históricos y culturales. Para que los inmuebles de gran valor artístico puedan recibir a muchas generaciones en el futuro.

@monroyfelipe

El estertor de la guerra por Tenochtitlán

llorona*En las crónicas de la llegada de los españoles a tierras del imperio azteca, así como en la indispensable Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla, los sonidos del encuentro surgen como personajes en el complejo proceso que debieron vivir nativos y exploradores en este intenso choque de culturas. En los relatos, los sonidos se pueden hallar en todas sus formas: desde el murmullo de una profecía, en el primer diálogo que pasa de lengua en lengua, en los cañones y los hierros, en el eco de los cascos de los caballos, el crujir de madera, el tintineo de cristales y piedras, de miles de mazos golpeando miles de escudos y, por supuesto, en los gritos de batalla. Pero allí donde hay guerra, hay indefectiblemente llanto, pesar, clamor y, por supuesto, búsqueda de esperanza y fe. Búsqueda de sentido.

Poesía y profecía

Ya antes del encuentro con los cristianos, la cultura prehispánica era rica en cosmogonía trascendental, las inquietudes del alma las expresaba así el poeta Cuacuautzin (en tiempos de Nezahualcóyotl): “Can nel pa tonyazque / in aic timiquizque? / Ma zan nichalchihuitl nÍleocuitlatl oo / zan ye nipitzaloz nimalalihuiaz in tlatillan / O zan ye noyollo zan ye ni Cuacuauhtzin, / ninotolinia” ¿A dónde hemos de ir que nunca muramos? Aunque fuera yo jade, aunque fuera yo oro, seré fundido, seré perforado en el crisol. Es mi corazón: Yo soy Cuacuauhtzin. ¡Soy un desdichado!”. Quizá por ello, Moctecuhzoma “se llenó de grande temor y como que se le amorteció el corazón, se le encogió el corazón, se le abatió con la angustia” cuando le fueron transmitidas las primeras voces de la presencia de los viajeros en su imperio: porque los prodigios que presagiaron la presencia de los españoles fueron todos fuegos, excepto de un ave sin voz que reflejó visiones y el persistente e inconsolable llanto de una madre por sus hijos en los escondidos rincones de las ciudades.

Si algo cambió durante el asedio de la gran Tenochtitlán fue el sonido de la cotidianidad: el ruido normal de las ciudades, de la camaradería, de la laboriosidad diaria, del rezo común, del diálogo y la música dejaron paso a los estertores de guerra, al grito de los combatientes, a la orden militar, el rugir de la pólvora estallando y el golpe seco de piedras afiladas sobre la carne. Lo recupera de las crónicas el historiador: “Dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada […] Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios […] Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aún con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas, furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa aurilla, las cañas sobre los españoles se tienden”.

Sangre y lluvia: contra el silencio

La guerra cambia el sonido de los pueblos: cambia el ritmo de la palabra y el canto; de la música y el llanto. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl señala que algo así sucedió durante la fiesta religiosa de Tóxcatl en honor a los dioses Huitzilopochtil y Tezcatlipoca (finales de mayo de 1520): Los sacerdotes y fieles mexicas celebraban a sus deidades, desarmados, con el permiso de festejar su fe. Pero Pedro de Alvarado, sin la presencia del capitán Hernán Cortés, pensó que era una trampa, cerró la plaza del Templo Mayor donde los creyentes celebraban y danzaban, y los mató ventajosamente. “Zan nocuicanentlamati O zan nocuicayeyecohua / in tlalticpac ye ni Cuacuauhtzin” (Sólo sufro con cantos, sólo ensayo mis cantos, aquí en la tierra, yo Cuacuauhtzin).

Bien se advierte que tras este episodio ningún rezo ni verso alguno volvió a tener el mismo tono confiado y amistoso. Las crónicas insisten en que se avecinaba el verano, que las lluvias comenzaron a caer en los caminos y las piedras de Tenochtitlán pero principalmente la lluvia hacía ese sonido peculiar al caer sobre el agua del lago mientras expulsaban a los españoles de la ciudad hacia su “Noche Triste”. Si Hernán Cortés lloró o no, no se sabe; si llovía sobre los canales de agua y las milpas, tampoco; pero nuevamente el estertor del fuego y el horror irrumpió el valle en aire de cañones, del choque metálico, de alaridos de heridos mortales y golpes rabiosos sobre el huéhuetl.

La guerra cambia el sonido de varios pueblos, los deja en silencio como anotó el poeta anónimo sobreviviente del horror: “En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros […]”.

Los sobrevivientes (indígenas y españoles) tenían que golpear algo no sólo para comprobar la realidad sino para crear el sonido que perdieron en las batallas. Del lado de los conquistadores, Bernal Díaz del Castillo comienza su magnífico relato al descubrir Tenochtitlán haciendo elogio del ruido, del murmullo de voces: “Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua”; pero tras la caída de Tenochtitlán, el cronista sólo encuentra silencio, crudo y terrible, del que constantemente tiene que apartar la mirada y la pluma. Y es que a lo largo de su crónica sólo en ese capítulo aparta la voz una y otra vez para callar lo que sus ojos no soportaban ver: “[…] todas las casas llenas de indios muertos y aún algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba. Y hallóse toda la ciudad arada, y sacadas las raíces de las hierbas que habían comido cocidas, hasta las cortezas de los árboles, también las habían comido. De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran tlaxcaltecas y las nuestras que apañaban: Y no se ha hallado generación en el mundo que tanto sufriere el hambre y sed, y continuas guerras, como esta. Dejemos de hablar de esto y pasemos adelante […]”

Nuevamente el poeta Cuacuauhtzin revela cuál era el clamor del alma antes de los españoles; antes de la guerra, antes de las tragedias, ya había la búsqueda de una voz que consolara al pueblo. La necesidad de sentirse amados, protegidos, mimados: “Tinemia in tinech cocolia, / ti nech miquitlani. / In onoya yehua in on opoliuh. / In anca zan yoquic oo / noca hual chocaz, noca huallamatiz, / zan ti nocniuh. / O zan ye niauh, o zan ye niauh”. (Vives tú y me aborreces, me preparas la muerte… ¡A uno que se va, a uno que va a perecer! Pudiera ser que alguna vez lloraras tú por mí, pudiera ser que por mí te afligieras… pero yo me voy, yo me voy…). No sucedería de inmediato tras la guerra, sino diez años más tarde en 1531 cuando una voz nueva comenzó a resonar por todos los rincones del corazón de un nuevo pueblo: “Porque yo en verdad soy su madre compasiva, tuya y de todos los hombres […] porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa”. Y cambió los estertores de guerra por una nueva flor y un nuevo canto.

*Publicado en El Observador de la Actualidad 

@monroyfelipe

Milenial, el cambio de paradigma

jovenesvoluntariosBien se dice que la historia no es sólo el devenir de acontecimientos sino el espacio para comprender la verdad compartiendo la realidad. Y entre los hechos más incontrovertibles de nuestra época está el cambio de paradigma generacional. Las generaciones nacidas después de la gran revolución digital asisten a los acontecimientos de la realidad con otra mirada y con otras herramientas; conviven y comparten este tramo de la civilización junto a otras generaciones cuyo contexto de aprendizaje y de conveniencias sociales es diferente en la forma pero no el fondo, donde yace la naturaleza humana más rica y fecunda.

A veces pareciera que la etiqueta “milenial” representa un nuevo código genético con el que la juventud se conecta al mundo y a su realidad. Revestidos de nuevos lenguajes, comunicaciones, tecnologías, anhelos, búsquedas y sentimientos, los jóvenes del siglo XXI parecen no tener nada en común con quienes fueron jóvenes en el siglo XX. Pero quizá no haya tanta distancia como la publicidad y los gurúes de la sociedad tecnificada quieren hacer creer. Todas las generaciones –con las limitaciones propias de su historia y tiempo-, comparten al menos el ímpetu por conseguir un mundo más justo y sostenible del que los mayores les están dejando, donde su voz y su pensar se traduzcan en realidades trascendentales, en alegría, motivación y –si se permite el oxímoron- en ruptura constructiva.

Hace apenas un lustro, el acercamiento hacia la generación milenial se estudiaba desde las generaciones precedentes: ¿Cómo entenderlos? ¿Cómo dialogar con ellos? ¿Cómo hacerlos partícipes de las búsquedas de sus padres y abuelos? ¿Cómo adaptarnos al mundo que la nueva generación impone? El educador español, José María Bautista,  por ejemplo, exponía a maestros y padres de familia que al joven de la generación milenial se le tenía que hablar en menos de tres minutos, que no se les expusieran los conceptos sino que les anima a investigarlos, que se les debía atender con mente abierta y alerta, que no había que dejarlos sentarse ni aislarse, que plantearan la realidad como un hipertexto, multidimensional, correlacional, interconectada.

Es decir: la tradicional preocupación de adaptación para lograr conectar –sin prisa pero sin pausas- con la generación que habrá de remplazarles. Sin embargo, la imperante realidad nos indica que los milenials son ya la mitad de la Población Económicamente Activa en México (aunque con varios problemas en el escenario) y que el remplazo demográfico, cultural y económico de la generación precedente es más veloz de lo que imaginábamos: los procesos educativos intergeneracionales deben ser inmediatos. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo en México 2017, apunta que los milenials en el país suman 37.65 millones de habitantes pero que la generación zeta les rebasa en un millón de personas. Esto es, la mirada que compara la generación milenial con ‘los jóvenes’ podría no ser tan acertada en estos momentos. Los milenials son ya jóvenes adultos que tienen en sus manos la posibilidad de consolidar los cambios esperados para su generación y las que les sucedan; pero también, deben lidiar con no pocos conflictos que su generación les exige.

En la misma Encuesta, se evidencia que la generación milenial tiene un mayor umbral educativo que el de sus padres, que su natural búsqueda de satisfactores les ha orillado a abandonar pueblos o ciudades pequeñas, que más de la mitad de ellos vive en pareja (pero sólo el 30% bajo la figura matrimonial tradicional); esto les motiva a incorporarse al mercado laboral y aunque representan ya la mitad de la población económicamente activa, todo parece indicar que no alcanzarán más que eso: la generación x sigue laborando aún en edades muy tardías y la generación z se integra en el mercado a muy corta edad. El desempleo en la generación milenial es fermento de varios conflictos sociales.

Una generación con la mirada puesta en todos los horizontes posibles gracias a la tecnología, con los anhelos de todos los satisfactores que se muestran en las redes sociales y los contenidos de internet, puede perder la paciencia rápidamente si no encuentra salida real a sus demandas. La indignación de esta generación no viene por el miedo a la extinción (como lo pensaron las generaciones de la postguerra y la guerra fía) o por el vacío e intrascendencia (como en la generación x) sino por la abrumadora realidad que no todo puede ser para todos a pesar de que políticamente parezca esa la única opción. Para esta generación la respuesta ya no la esperan de la autoridad o de las instituciones, sino de las redes de acción, de la comunidad sementada (ni siquiera la colectividad). Y, aunque a las generaciones precedentes les parezca que esta generación se aleja de lo que con tanto esfuerzo hubieron ellos construido, hay que recordarles lo que apuntó el filósofo Emmanuel Mounier: “Los hombres no se distinguirán por la postura que tomen ante el tema de Dios, sino por la que tomen ante los condenados de la tierra”.

Por estas y muchas otras razones que seguramente no alcanzamos a ver aún, es que la mirada hacia el futuro puede estar llena de esperanza, porque las riquezas de la civilización pre-digital y las expectativas de la generación post-digital poseen valores de humanidad. Porque el presente –en constante construcción- requiere de hombres y mujeres que se conduzcan siempre en crecimiento de su persona y del espacio que habitan. A pesar de la tecnificación de la vida y de la aparente despersonalización de las relaciones, la persona humana siempre será el medio, sujeto y fin de toda la cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Es muy positiva –y ecuánime- esta definición que los obispos de México dieron al ser humano en su particular tiempo y su  circunstancia: “El hombre es un ser complejo de eminente dignidad; espíritu encarnado que con inteligencia y libertad participa en la construcción del mundo. Que por su individualidad es idéntico a sí mismo y diferente a los demás; por su sociabilidad se encuentra vinculado esencialmente a la comunidad, al cosmos y, por supuesto, a Dios. Su bien personal y el bien de la comunidad [aunque sea digital] son sus objetivos. Recibe influencias exteriores e interiores que lo condicionan, pero no lo determinan. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar” (cfr. 101, Conmemorar nuestra historia… CEM. 2010)

Quizá el milenial haya impreso un cambio de paradigma en el lenguaje, el sentimiento y en la comprensión de la realidad pero no en la naturaleza humana: la utopía, la cooperación y la empatía siguen impresos en el alma humana; pero para ellos la utopía se ha hecho multidimensional, la cooperación, inasible, y la empatía, global. Como se ve, el horizonte de la generación milenial se ha ensanchado y, con él también las miradas y los brazos.

@monroyfelipe

*Publicado en El Observador 12 de agosto 2018