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Obispos de México: Entre la planeación y las definiciones

8eb0c2a6414543cc8dd3b1f566c7ca60Entre las ideas más bellas de Mahatma Gandhi se encuentra una frase tan breve como contundente: “Las acciones expresan prioridades”. No hay mucho que agregar a tal enunciación pero sí hay que señalar que exige reflexionar los actos que cotidianamente realizamos, los que realmente podemos hacer y los hacemos; y en los aquellos que creemos que podemos hacer, que anunciamos que haremos y que terminamos dejándolos dormir el sueño de los justos escritos en una planificación estratégica para algún momento de esta vida o la siguiente.

Traigo a cuento esto porque la próxima semana, del 25 al 28 de abril, los obispos mexicanos se reunirán para su tradicional asamblea plenaria semestral en la que abordan buena parte de la reflexión que habrá de dar sentido al caminar de sus iglesias diocesanas a lo largo de la República.

En la última reunión fue aprobado un plan estratégico integral y pastoral con horizonte al 2033 –el esperado Año de la Redención, pues se cumplirían dos milenios de historia humana desde la Resurrección de Jesucristo-; sin embargo, es claro que, para la media de los obispos mexicanos en activo, tal fecha la recibirán más allá del advenimiento de su propia Pascua Eterna.

Esta realidad, empero, no amilana a la Conferencia del Episcopado Mexicano la cual no quiere esperar al ‘cuarto para las doce’ para cumplir con lo planeado. Es por ello que en esta 103° Asamblea Plenaria tiene la encomienda de poner acción en los temas que obligatoriamente deben ser atendidos, para que la marcha hacia el 2033 no corra riesgos.

Uno de ellos: Decidir la actitud que hay que tomar ante la paulatina pérdida de fieles católicos en México.

Un tema que ya aflige a varias diócesis del país pues afecta mediante otros fenómenos adjuntos como la subutilización de grandes seminarios de formación y casas religiosas, los cuales requieren cada vez mayores esfuerzos económicos para su mantenimiento; la progresiva dificultad que tienen los obispos para la restitución de sacerdotes en parroquias, algunas de las cuales deben dejarse bajo la administración de religiosas, laicos y asociaciones comunitarias; y la proliferación de casos de ‘falsos sacerdotes’ que aprovechan la ausencia de ministros legal y legítimamente ordenados en las realidades humanas más apremiantes para su fe como es la muerte, la enfermedad, la migración, la incertidumbre laboral, etcétera.

Y en los jóvenes, principalmente pensar en los jóvenes; pues para el próximo Sínodo de Obispos, el episcopado mexicano está llamado a responder las preguntas formuladas por la Santa Sede: “¿De qué modo se hacen cargo de los jóvenes que experimentan situaciones de violencia extrema? Y ¿qué formación dan para sostener el compromiso de los jóvenes en el ámbito sociopolítico con vistas al bien común?”

Otra de las prioridades es reflexionar –y en su caso, modificar- el estilo relacional que se ha mantenido con las autoridades civiles; pues los más recientes eventos políticos han dejado más que evidente el grado de descomposición sistemática y normalizada entre la clase política.

A lo largo del país se multiplican los alcaldes, gobernadores y diversos funcionarios de la federación señalados por actos de corrupción, que se encuentran prófugos de la justicia o que son procesados en tribunales; los hay amparados bajo los fueros de la República y los que utilizan precisamente sus redes de influencia para eludir las sanciones que merecen. En el mismo documento del año 2000, los obispos afirmaban que “la autoridad pública es, ante todo, una autoridad moral” y que, por ello mismo era preciso mejorar la relación y el diálogo entre la Iglesia y el gobierno para favorecer acuerdos necesarios para la población. El diálogo, sin embargo, no obliga a la connivencia; ni los acuerdos implican complicidad. No importa cuán anhelados, históricos o sugerentes parezcan los actos religiosos de autoridades públicas para que en su nombre o por sus facultades den ejemplo de fe a toda su jurisdicción; nada de ello es deseable si están soportados en ficciones, simulaciones o el cálculo de rentabilidad política.

Es algo que es oportuno dialogar a profundidad entre los obispos del Estado de México, de Coahuila y Nayarit en medio de las campañas políticas que viven; es preciso que se plantee un nuevo modelo de relación institucional para las diócesis en los estados de Veracruz, Michoacán, Guerrero y Tamaulipas cuya descomposición política las obliga a una mayor altura moral y solidaria con el pueblo; y, finalmente, urgen definiciones muy claras para apoyar a los obispos en Morelos, Ciudad de México o Campeche, donde los conflictos con el poder pueden desviar la atención de lo verdaderamente urgente.

Es por ello que el último tema prioritario, que exige decisiones y acciones inmediatas, pasa por la unidad al interior del episcopado. Esto no por las irreflexivas suposiciones que algunos analistas religiosos describen sobre “bandos contrarios”, “clubes excluyentes” o “guerras intestinas” entre los obispos de México; sino por la actitud –nuevamente la actitud- que es preciso tomar ante el camino que la iglesia católica advierte en el horizonte de las próximas décadas, ante las nuevas formas y el fondo de la misión evangelizadora que buscan realizar en una sociedad que, como nunca antes, ya no depende de ningún modelo jerárquico para obtener las respuestas a sus inquietudes ni el consuelo para sus aflicciones.

“La misión es vasta y llevarla adelante requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes… sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la  integración de sus diversidades; de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo”, les dijo el papa Francisco apenas hace un año.

“Las acciones expresan prioridades” y para el pontífice Bergoglio, la prioridad en la iglesia católica es la reforma de las actitudes. Algo que el cardenal arzobispo de Guadalajara y presidente de la CEM, Francisco Robles Ortega, parece comprender y adelantar con este mensaje: “Cada uno lleva un sufrimiento personal en la vida. Pero, al mismo tiempo, somos testigos de tanto sufrimiento en la vida de los demás, de tantos inocentes, enfermos, abandonados, víctimas de la violencia… Ya es hora de que muramos a nuestra soberbia, enojo, deseo de venganza, a todo aquello que mata en nosotros el amor de Dios y el amor a los demás”.

@monroyfelipe

Los desafíos del catolicismo en México

catolicismo-700x443El catolicismo, si goza de vitalidad y energía, se nota. No sólo en el estilo evangélico “miren cómo se aman” sino en las prácticas populares, devocionales y tradicionales que inundan toda cultura en la que ha crecido.

Para el católico, cada momento del año tiene un particular tono y sentido; como un filtro de color con el cual se aprecian mejor ciertos detalles y contrastes de la realidad. Si en un instante hay gozo intenso por la promesa eterna, en otro hay necesidad de profunda introspección ante el dolor del prójimo y ante los misterios trascendentales. Esos sentimientos y esas actitudes se distinguen porque se exteriorizan; ya sea en actos litúrgicos singulares o a través de actos individuales o colectivos.

Sin embargo, es sintomático que hoy más católicos en México noten el inicio de la Cuaresma más por el florecimiento de las jacarandas y no tanto por la voluntaria renuncia de los excesos; habla mucho el que la Semana Santa se represente más por las actividades al aire libre y no por la participación devota de los fieles en sus templos; y que la Pascua sea un momento casi inadvertido para el grueso cristiano o que la Navidad se simplifique apenas en comida y regalos.

Una explicación de estos fenómenos podría estar en la paulatina pérdida de fieles católicos en el país que, al no participar en nuevos espacios públicos o políticos, no pueden compartir la riqueza espiritual, artística y cultural de cada momento especial para su fe. Peor aún, la poca presencia cultural católica en un país en el que aún un 80% declara tener esa fe podría explicarse por el desafiante relativismo religioso de quienes conservan una creencia por costumbre o por inercia.

En cualquier caso, los desafíos del catolicismo en México pasan por ambas inquietudes: No sólo es cómo reducir el ritmo en la pérdida en el volumen de creyentes sino cómo hacer que los fieles que perseveran conserven los rasgos de identidad personal y comunitaria allí donde aún pueden participar.

No hay que ser adivino para predecir que en el censo poblacional del 2020 el volumen de católicos en el país será menor. Creo que no es debatible este punto. Lo necesario por atender y comprender no es saber cuántos católicos se han perdido sino a qué ritmo han abandonado la fe de sus padres y por qué. Habrá que valorar, sin apasionamiento y con amplio criterio, cuánto han impactado en una década los escándalos que han ensombrecido la misión y razón de ser de la iglesia; y cuántas oportunidades se han dejado pasar por el obsesivo autorreferencialismo, por la defensa a ultranza o porque la institución no ha dejado de mirarse el obligo como si en él se encontrara la respuesta a sus principales retos.

Hay una anécdota –entre muchas- de la terrible y conmovedora experiencia de Viktor Frankl en el contexto de su cautiverio en los campos de concentración nazi. Sucedió cuando fue transferido de Auschwitz a Dachau: dice Frankl que a pesar del agotamiento, el hambre y la tortura de sus almas y cuerpos, los sobrevivientes descubrieron, en apenas una puesta de sol (imposibles de ver en Auschwitz), que la belleza de la naturaleza hacía toda la diferencia para su espíritu contemplativo, para su esperanza y su vida.

Tremenda actitud que se puede tomar ante la adversidad. La belleza de la realidad tiene potencial para que, quien la contempla pueda abrirse a la esperanza aún en medio de las circunstancias más difíciles.

Para el catolicismo contemporáneo, el reto es volver a ser, si no masivo, sí representativo y significativo, pero no puede partir de fantasías o de viejas glorias; sino de la realidad que, a pesar de todo, sigue enalteciendo la belleza del catolicismo. Ahí está su bagaje cultural y artístico, sus tradiciones y devociones, sus sentidos populares y comunitarios, sus católicos activos y sus servicios humanitarios. El catolicismo no debe dejarse hipnotizar por espejismos sino dejarse tocar por una realidad que le sigue reclamando humanidad.

@monroyfelipe

Terrorismo y religión: los medios para la virtud

Celebrating a funeral for victims of 11.12.2016 bomb attack in Coptic church in CairoJusto antes de apagar su teléfono celular para participar del Domingo de Ramos en su parroquia leyó la noticia en su timeline: “Atentado terrorista contra iglesias coptas en Egipto”. El feligrés notó que, en el video que difundían las agencias de noticias, estaban los cristianos –como él y el resto de los presentes- con las tradicionales hojas de palma en las manos y los celebrantes vestían el mismo rojo litúrgico martirial; luego miró cómo, en una fracción de segundo, fueron borrados entre el humo y metralla que las explosiones de los suicidas dejaron como restos de su inmolación.

De pronto, junto a ese centenar de católicos que esperaban el inicio de la procesión afuera de su parroquia en los márgenes de la Ciudad de México escuchó el grito de un automovilista que se quejaba por que la muchedumbre invadía el paso vehicular: “¡Mochos ignorantes!” “¡Fanáticos!” Y, al final, lo vio alejarse bramando el motor, pitando al claxon la singular tonada y ondeando el dedo medio por encima del toldo. La muchedumbre calló, reprobaba con la mirada pero contuvo su ira, en las manos llevaban las palmas que representan a aquellos que padecen por su fe.

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Los recientes atentados contra las dos comunidades cristianas coptas en Egipto no son actos aislados, no hablan de lobos solitarios ni de un mero acto terrorista mediático. Son efectos de una tenaz y organizada persecución religiosa pervertida por intereses políticos, no hay otra manera de mirarlos. Esta agresión a la iglesia copta inició en 2013 cuando, a manera de represalia por la libertad cívica de los cristianos, fueron quemados 40 templos de esta comunidad en el sur de Egipto.

Más tarde, en febrero del 2015, el ISIS irrumpió en el terrorismo mediático con la decapitación de 21 cristianos coptos a las orillas del mar en Libia; y en diciembre del 2016, justo en la misa dominical de los coptos en la iglesia de San Pedro y San Pablo, en El Cairo, una bomba arrancó la vida a 25 personas y provocó medio centenar de heridos.

Finalmente, los atentados con hombres-bomba en las iglesias de Alejandría y Tanta reflejan el violento asedio contra las comunidades cristianas en Egipto (que apenas representan el 10% de la población del país). Un asedio que no sólo se explica mediante los actos detonantes en sí, sino por el largo y profundo trabajo de alienación religiosa de fundamentalismo anticristiano del cual muchas personas son víctimas en este preciso momento.

Es cierto que la fe cristiana también guarda en su historia atrocidades terribles en contra de los que consideró heréticos y, en muchos casos, sus métodos son altamente cuestionables precisamente por aquellas. Sin embargo, en general parece haber una convicción entre los fieles cristianos que la época de “una sola fe y una sola religión a cualquier costo” ha terminado y no debe volver. Shenouda III, el patriarca de la Iglesia ortodoxa copta entre 1971 y 2012, por ejemplo, enseñaba así a sus seguidores: “En todos los actos del hombre, no es suficiente que el objetivo tenga que ser santo, sino que también los medios deben ser sanos. Muy a menudo, el hombre erra y falla porque sus medios están equivocados”.

Y, en los últimos cinco años, el patriarcado de la iglesia católica ortodoxa copta con el papa Teodoro II de Alejandría a la cabeza, no deja de repetir: “La comunicación humana es la habilidad vital que todo mundo necesita: tener una sonrisa y un espíritu acogedor, una palabra alegre y, en el pensamiento, un permanente optimismo que llene la mirada de personalidad y gracia”.

La voluntad de permanecer allí para seguir proponiendo esa comunicación humana, incluso bajo la amenaza constante, se lee entre las líneas que el obispo copto Kyrillos William de la ciudad de Asiut en Egipto compartió con la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada después de los bombazos del Domingo de Ramos pasado: “Cabe esperar más atentados; el ataque del 2016 en El Cairo fue entendido como un ‘preludio’. No estamos suficientemente preparados para estos sucesos [y, sin embargo,] no es probable que los cristianos emigren de Egipto… aquí la gente está muy apegada a su tierra; aquí la solidaridad es más fuerte que en otros lugares. La intención de los terroristas es destruir esa solidaridad”.

Las palabras de estos líderes cristianos en estas comunidades amenazadas a muerte parecen no responder al verdadero desafío que viven: frente a los kamikazes de la fe alienados por el fanatismo proponen más comunicación humana afectiva; y frente al terrorismo político que pone en riesgo la vida de familias enteras, proponen actos de cohesión y solidaridad comunitaria. ¿No sería lógico combatir ese acoso a través de otros medios que no sean la oración y la participación cívica?

Parece que no, la persecución religiosa pervertida por intereses políticos no se puede enfrentar de otra manera; no basta tener un alma bella para triunfar sobre el mal. Parafraseando al filósofo Tzvetan Todorov: la defensa más eficaz contra el terrorismo, que es un hecho político, es también política: la participación; y la defensa más prudente contra la alienación fundamentalista, que es una propuesta moral, es también moral: la humildad.

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Sin política y sin humildad, la lucha contra el odio y el terrorismo –aun  triunfando sobre él- sólo podrá ofrecer la oscura victoria de habernos convertido en verdugos de los verdugos. Y es que la diferencia entre los agresores y la comunidad agredida a la vera del camino de la historia es que la posibilidad de optar por valores morales está siempre presente en los últimos. Porque aquel agresor ha perdido su primera oportunidad; aunque no la próxima; y es que -como diría el papa Francisco que visitará precisamente a la iglesia copta en El Cairo a finales de abril- “nadie está perdido definitivamente”.

@monroyfelipe

Ghost in the Shell: un ardor oculto de humanidad

NEpdJODR6Jq1sy_2_aGhost in the Shell/Vigilante del futuro (Rupert Sanders, 2017) es la adaptación en acción real de la historia homónima del manga creado por Masamune Shirow en 1989 y cuyo éxito e influencia cultural ha marcado un estilo ambiental y narrativo denominado ‘ciberpunk’, el cual representa una distopia industrial hiper-tecnológica donde los avances cibernéticos e informáticos agudizan la deshumanización de las lacras sociales.

En esta versión live-action se presenta a la mayor Mira Killian (Scarlett Johansson), una cyborg agente de policía cuyo único vestigio humano es su cerebro; aunque, en el fondo, no su mente que –como al resto de la humanidad en ese futuro- es susceptible de ser ‘hackeada’ tanto para ‘mejorar’ su aprendizaje de idiomas como para ‘limpiar’ posibles errores de programación.

Esa mente encerrada en un avanzado cuerpo robótico (Ghost in the Shell significa literalmente: ‘Fantasma dentro de un caparazón’) es un prodigio del desarrollo tecnológico, tan singular como funcional, y eficiente como ningún humano podría serlo nunca. Por ello, las habilidades de la mayor Mira son aprovechadas por el Sector 9, una división policial dedicada a investigar crímenes tecnológicos.

La historia detona a partir de la búsqueda de un ciber-criminal que irrumpe y controla a voluntad los sistemas de inteligencia artificial y las mentes humanas mejoradas a través de nanoconexiones y redes informáticas. El problema es que tal maleante parece ser una entidad omnipresente en toda la fibra de interconexiones, un ser inasible capaz de arrancar la identidad (o la programación) de cualquier ser humano (o de cualquier robot) sin más dificultad que montar una interfaz para subyugar a sus presas.

La relevancia de Ghost in the Shell en la cultura ciberpunk es total y su influencia es notable en otros filmes de ciencia ficción (Blade Runner, The Terminator, El Vengador del Futuro, The Matrix) cuyo ambiente es una dramática estampa de un postmodernismo cibertecnológico donde las fronteras de la identidad y la dignidad han sido borradas por una omnímoda red de datos, la realidad virtual y la insignificancia de la autenticidad como valor trascendente. Bruce Sterling, uno de los padres del género, explica: “Cualquier cosa que se le pueda hacer a una rata se le puede hacer a un humano. Y podemos hacer casi cualquier cosa a las ratas. Es duro pensar en esto, pero es la verdad. Esto no cambiará con cubrirnos los ojos. Esto es ciberpunk”.

Bajo la distopia de Ghost in the Shell el ser humano carece de dignidad auténtica, es un recurso disponible, si acaso una compleja programación cuya naturaleza puede ser modificada a voluntad de los códigos de hackeo. En ese mundo no hay sacralidad para el cuerpo humano; más que prótesis, las modificaciones del cuerpo mediante fragmentos robóticos están sujetas al deseo pero no a la necesidad, al capricho funcional bajo la estética que se prefiera. La humanidad, por tanto, se fragmenta en porcentajes y, en la mínima expresión –la mayor Mira Killian- la humanidad es apenas el ‘fantasma’ de una mente habitando el impersonal cyborg que se rompe indoloramente, porque todo puede ser reparado.

Y, sin embargo, tales rupturas no son tan ajenas al rumbo que toma la humanidad hoy en día. La identidad maleable, la tecnificación de la reproducción y la cosificación económica de las funciones corporales son realidades con las que lidian la cultura y las leyes actuales, todo bajo la convicción estética de llamar belleza a lo que nace entre el metal, el aceite y los códigos de programación.

En sus versiones japonesas originales (tanto el manga como los filmes y series de televisión), Ghost in the Shell es implacable con el orden establecido por esa cultura distópica pero no así en esta versión live-action; en ésta aún late la sensibilidad por el ‘alma humana’, por la ‘heroicidad del espíritu’ y el ‘sacrificio del amor’. Para los puristas del ciberpunk esto es el principal error de la adaptación; pero, mientras exista un remanente de humanidad en nuestra vida, puede que Sanders haya tomado la decisión correcta al involucrarlas.

@monroyfelipe

El BMW de Reforma y el derecho a ser cretinos

bmxwEntre los inmutables despojos del hoy ya icónico y terrible choque de un BMW sobre Paseo de la Reforma –debíamos  haberlo advertido- se encontraba un ejemplo más de lo que el filósofo Paul Virilio llama “el accidente de los conocimientos”. Desde hace décadas, el pensador francés ha centrado su reflexión sobre cuáles son los destinos que el incremento de la velocidad aguardan al horizonte humano; y su planteamiento es muy sencillo: mientras más rápido se mueven las decisiones científicas y políticas del hombre, más violento y desastroso será el accidente al final de la curva.

En una de sus más angustiantes inquietudes, Virilio preguntó a los científicos del famoso acelerador de partículas del CERN (cuyas investigaciones básicamente implican la colisión de partículas aceleradas a velocidades muy próximas a la velocidad de la luz) qué les daba derecho a experimentar con la posibilidad de crear un agujero negro, quién les daba autorización de experimentar con algo tan desconocido y cuyo riesgo es absoluto, quién de ellos tenía autoridad suficiente para hacer desaparecer una parte de un espacio o de una materia, de un fragmento de realidad.

La pregunta planteada por Virilio no se reduce a la ética o a la responsabilidad cívica, sino a la filosofía natural, al derecho natural (¿Qué nos da derecho a acelerar arriesgando a todos a la inminente colisión?); y, por tanto, la respuesta pertenece a la naturaleza misma de la conciencia humana.

Quizá desde esa reflexión hay que mirar el accidente del BMW en Reforma, no sólo en la simplicidad de los juicios sobre quién ha sido el culpable o en la descripción del salvaje y feroz desastre; sino desde la validez y los riesgos de nuestro derecho a ser cretinos. ¿Quién, en ese momento, le dio autorización a ese sujeto de acelerar con semejante riesgo de colisión? ¿Quién le da derecho a los deudos y afectados a esparcir la culpa de la ruta del desastre sobre el resto de los testigos? ¿Quién nos da la autoridad para juzgar los vestigios morales de la destrucción? ¿Qué tan natural es el derecho a ser cretino desde nuestra conciencia humana?

El principal riesgo es que contemplemos los residuos de aquel impacto (o de cualquier otro impacto terrible, como la guerra) desde una conciencia tecnopolítica o tecnocientífica; desde una razón sujeta al aparente señorío de la rapidez y al aparente imperio del absoluto conocimiento en la virtualidad.

El derecho a ser cretinos, por tanto, nos puede provenir de la ilusión que tenemos sobre nuestra autosuficiencia para controlar la velocidad y para dominar todo lo conocible. El problema es que con toda la rapidez y todo el conocimiento al alcance de nuestras burdas manos borramos las fronteras de la sensibilidad y la lógica; y, desde nuestro indemne pedestal moral, exclamamos cosas como: “La mujer que iba en ese automóvil a terrible velocidad murió por su inmoralidad”, “El irresponsable conductor alcoholizado y drogado, arrogante y despectivo, no tiene la culpa del impacto pero sí el humilde trabajador a la vera de su desprecio”, “Un sensor de velocidad es la mejor respuesta a esta tragedia”, “Los familiares de deudos tienen más tiempo para litigar en tribunales que para llorar la muerte de sus seres queridos”, “Es imposible que un empleado paletero maneje un BMW” o “Los muertos en el accidente son tan corresponsables de su muerte que podría calificarse casi de suicidio involuntario”.

Miremos al conductor sobreviviente de la colisión y notemos cómo continúa, junto a sus cercanos, queriéndose pasar de listo, torciendo la lógica, queriendo ir más rápido que ella, venciéndola mediante el conocimiento hallado en la infinita enciclopedia del agandalle que ofrece la Internet y la globalidad; miremos, además, a los familiares de las víctimas tratando de armar hagiografías a partir de fragmentos inconexos.

Valoremos ahora cómo reaccionamos frente a ello, porque si no notamos compasión o empatía, no nos hemos dado cuenta que también somos pasajeros de un enorme bólido de ego que se enfila hacia la sólida e imperturbable realidad.

@monroyfelipe

¿Tiene sentido debatir si estamos o no en crisis?

“El presidente comenzó por hacer comentarios casuales alrededor de ideas que ponía sobre la mesa sin que estuviera claro por qué lo hacía. Algunos pensaron que su intención era crear una discusión académica más que pretender un propósito práctico, sobre todo porque algunos de esos comentarios eran audaces. Lo curioso fue ver, que una vez encendido el debate, él no asumía una posición específica sino que cambiaba constantemente de bando, por lo que nunca quedaba claro si estaba a favor o en contra de una idea vertida por él…”. El anterior es un fragmento de la novela La inoportuna muerte del Presidente de Alfredo Acle Tomasini. Mejor conocido como “el libro que sí leyó Enrique Peña Nieto”.
En el fondo, aquello es realmente lo que está sucediendo en Los Pinos. Los discursos presidenciales están sustentados en un nivel académico con argumentos con los que no se sabe si el propio Peña Nieto está de acuerdo o no. Cuando ofreció ese largo pronunciamiento respecto a la desaparición y muerte de los jóvenes de Ayotzinapa llamó a que los deudos “superaran el dolor” de las pérdidas de sus hijos; ahora, afirmó sin miramientos que “la crisis sólo está en la mente de algunos”.

En juicio desapasionado, Peña Nieto podría tener razón. Pero su responsabilidad no es convencer a nadie de nada, no está obligado a explicar cómo debe funcionar la resiliencia o el optimismo, su responsabilidad es práctica, representativa y ejecutiva; no por nada así se le conoce a su función.

Como sabrá todo viejo lobo de mar, en la política se puede decidir una u otra cosa, eso realmente no importa; lo importante es comprender que solo hay un error y es: no decidir. Por eso parece tan desastroso este último tercio de gobierno, porque en el discurso no hay definiciones sino conceptos que buscan jugar en el debate. Un debate al que, en principio, se entra para perder.

La crisis, por definición, es una ruptura. Para Borges, las palabras ‘creación’ y ‘crisis’ provenían de la misma raíz indoeuropea ‘kri’, que era el sonido de algo desgarrándose, el grito de un cristal perdiendo su perfección. Esto significa que tanto lo creado como la crisis generan un escándalo, quiebran la naturalidad de la inercia y su evidencia es incuestionable.

Si Peña no ve crisis o quiere montar un debate sobre si México está o no en crisis, solo puede significar dos cosas: Que en realidad no hay o que él no escucha dónde es que gime él país. Sucede igual con quienes justifican ese decir: No escuchan el quebranto.

Pero la crisis existe, su terrible grito se escucha en forma de extorsiones, de los crímenes sumarios que no cesaron después del sexenio pasado; la crisis suena cuando no hay ni un gramo de pudor en la competencia salvaje por el poder y el dinero, el grito viene de quienes han sido despojados, engañados, ultimados y revictimizados. La crisis suena del lado de quien padece la impunidad pero jamás la escuchará quien la domina.

Así que, en principio, no hay razón alguna para debatir si estamos o no en crisis. Lo importante es reconocer el origen de ese lamento, escucharlo con atención y actuar para remediarlo, decidir hacer algo, lo que sea, como sea, pero hacerlo porque, de lo contrario, alguien más querrá decidir por nosotros y, sí, hay quienes prefieren los estertores perennes. @monroyfelipe

Soberanía, corrupción y las tragedias que no cesan

El claro que las tragedias –con cierta excepción de las que provoca la cruel naturaleza- están directamente vinculadas a la corrupción. Es más, incluso los intempestivos fenómenos naturales golpean con más brutalidad en aquellos que han sido víctimas de la corrupción; ya sea porque sus casas fueron levantadas en terrenos a todas luces inestables pero aprobados en el cochupo de inspectores o porque los servicios médicos a los que tienen derecho son secuestrados por infames prestidigitadores de los recursos públicos. El combate a la corrupción es, sin duda, el más apremiante desafío de las sociedades contemporáneas pues es indignante tanto que enfermos con cáncer sean tratados con agua destilada como que villorrios enteros dependan del indigno retruécano caritativo de líderes políticos: “Dénme para que les dé”. Pero, la pregunta que hoy muchos países se hacen es: ¿Combatir la corrupción a costa de lo que sea?

Lo anterior porque en un sencillo restaurante de la ciudad de Guatemala, donde ahora me encuentro, un par de meseras sirven las primeras tazas del café en el desayuno mientras, cruzando la calle, policías ministeriales irrumpen en uno de los edificios del Congreso Nacional de este país para arrestar a dos legisladores acusados por fabricar ‘plazas fantasma’.

La escena, me dicen, se ha vuelto tan cotidiana que ninguno de los diputados presentes en el restaurante soltó su tenedor ni dejó de sorber pausadamente el café de la mañana. El porqué de su impasividad reside en el criterio que rechaza que el combate a la corrupción se haga en detrimento de la soberanía nacional; es decir, los funcionarios acusados de corruptos aún tienen bajo la manga el argumento de la soberanía.

La premisa es simple: el combate a la corrupción en los órdenes de gobierno sólo puede realizarse por organismos independientes al Estado; pero, al mismo tiempo, las decisiones de esos organismos podrían vulnerar la soberana elección del pueblo que hace de sus representantes. Al final, me explica un diputado, se tiene un pueblo rehén de la ‘corrección política’ que dictan organizaciones internacionales no emanadas de la voluntad democrática del pueblo.

¿Extraño? En absoluto. Esto no sólo sucede en Guatemala. En muchos de los países donde la corrupción se ha arraigado en la cultura política, el grito desesperado de la población parece dar carta abierta a organismos internacionales para que intervengan directamente en las políticas públicas; que ‘nos rescaten’ del monstruo de poder y privilegios que se creó bajo el amparo del remedo democrático.

Entonces, ¿en un país democrático seguirá contando o no la voluntad del pueblo? ¿Para qué hacer la farsa de elegir representantes populares si de cualquier modo son los lobbies que operan en las organizaciones internacionales los que definen las políticas públicas? ¿Cómo se hace presente el lamento del pueblo en el camino democrático de su patria? ¿Con la voz de sus víctimas y con los brazos de sus ciudadanos o sólo bajo la conducción de organismos aparentemente neutrales, aparentemente impolutos? ¿Qué tanto margen conserva la ciudadanía para ejercer su voluntad sobre el destino de sus políticas públicas y los idearios que desean conservar como nación?

Más vale que nos hagamos estas preguntas hoy más que nunca y constantemente porque la corrupción en los países de aspiración democrática continúa siendo un flagelo terrible y las tragedias que lloran millones de víctimas parecen perpetuarse y normalizarse en nuestra cotidianidad; aunque, como diría el nobel Miguel Ángel Asturias: “Nada es comparable al grito de una pequeña porción de hueso y carne con piel humana frente al diablo colgado de la nuca”. @monroyfelipe

¿Estamos preparados para la post-verdad?

n_artejoven_circuitos2-1024x724Por primera vez, México tendrá una larga carrera electoral hacia el 2018 con un nuevo elemento a considerar en el horizonte: la post-verdad. Es cierto que las fronteras de la verdad, las promesas y las mentiras no son nuevas para los políticos y los ciudadanos pero, a diferencia del pasado, hoy muchas de las estrategias y campañas políticas estarán aderezadas con este juego perverso que se condensan en las expresiones que la administración Trump ha hecho virales: fake news (noticias falsas) y alternative facts (hechos alternativos).

Decir que los políticos mienten es claramente una obviedad, todos tienen que hacerlo y valorar cuánto de ello les supone un riesgo controlable o no. Politifacts, una empresa norteamericana dedicada a verificar los hechos que los políticos dicen en discursos ha asegurado, por ejemplo, que durante sus dos periodos presidenciales Barack Obama promedió un 25% de mentiras en sus declaraciones. Esa misma empresa aseguró que, durante su campaña, Donald Trump alcanzó en sus discursos hasta un 70% de afirmaciones con premisas falsas.

Cuando sus opositores y algunos medios de comunicación criticaron al magnate por estos alarmantes números, él y su equipo reviraron la acusación y señalaron que los medios hacían ‘noticias falsas’ y que, por el contrario, sólo ellos podían confirmar ‘hechos alternativos’.

Es decir, Trump no sólo calculó que el riesgo en su campaña era mucho menor que el daño que podría causar el mantener un discurso de hasta 70% de mentiras; sino que, cuando fue cuestionado, utilizó la mentira como plataforma para revirar las acusaciones.

Así ganó la presidencia de los Estados Unidos. Y ahora, no son pocos los aspirantes presidenciales (en México y el mundo) que quieren ser “el Donald Trump inculturado”.

Lo peor, es que muchos medios de comunicación también caen en la trampa: llaman a Greert Wilders “el Donald Trump holandés”; a Marine LePen “la Donald Trump francesa”; etcétera. Es más, dependiendo el perfil de informativo que usted tenga, seguramente se habrá convencido de quien, entre los personajes políticos de México, podría ser “el Donald Trump mexicano”.

En realidad las ‘noticias falsas’ y los ‘hechos alternativos’ funcionan de la siguiente manera: un personaje del ambiente digital publica una opinión sobre su contexto (por ejemplo, “el partido demócrata utiliza millones de votantes ilegales”); el planteamiento lo recogen medios de comunicación ideologizados y lo muestran con cierta objetividad (“Ciudadano denuncia votación ilegal de millones de indocumentados”); la información llega a un líder-tomador de decisiones para quien es útil ese planteamiento (“Mis opositores hacen fraude electoral por los millones de votos ilegales”); al ser un personaje público, la información se disemina globalmente (“Trump denuncia de fraude al partido demócrata por utilizar millones de votos ilegales”). De ese modo, cuando se le pregunta a Trump o a sus asesores de dónde salió la información, basta que busquen en Google “millón de votos ilegales” para verificar que la noticia es real. Sí, la noticia es real; aunque el hecho no haya sido verificado ni argumentado con pruebas.

¿Ha visto las noticias donde Andrés Manuel López Obrador le grita ‘¡cállate!’ a uno de los padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa? ¿Qué me dice del famoso pacto entre el presidente del PAN y Peña Nieto para evitar que López Obrador llegue a Los Pinos? ¿Y de los miles de pesos que la fundación de la excandidata presidencial, Vázquez Mota, recibió del gobierno federal?

Seguro tiene su postura frente a cada una de ellas, alguna más o menos favorable, lo que es un hecho es que este tipo de informaciones se multiplicará en los próximos 12 meses. Los asesores de los políticos ya analizan qué tipo de historia quieren vender de ellos y de sus oponentes.

En el fondo, el problema no es de la clase política o sus mercadólogos; como dije, ellos calcularán cuántas mentiras y de qué tipo podrán decir sin despeinarse o sin desplomarse en las encuestas. La responsabilidad recae en las audiencias y en el potencial electorado.

Esto lo comprendió Politifacts en Estados Unidos o el ‘Décodex’ de Le Monde donde las audiencias pueden verificar el nivel de confianza de los medios e informativos de donde provienen ‘los hechos’ porque lo siguiente es una realidad: La comprobación de los datos es de las pocas respuestas que tenemos contra el discurso político que usa y abusa de la mentira, incluso nos previene de un lavado de cerebro.

Lo grave del asunto es que aún ningún medio mexicano ha comenzado a trabajar en la comprobación de datos y hechos. Así que ahí hay un riesgo que nos puede estallar en la cara.

Como dije, no es algo nuevo, pero deberá tenerlo muy presente en este trepidar electoral que ya ha tomado camino porque quizá mucho de lo que usted ya está viendo o leyendo, sea básicamente una mentira bien armada.

@monroyfelipe

Bergoglio, la reinvención de Francisco

Este 13 de marzo del 2017, el argentino Jorge Mario Bergoglio cumple cuatro años de presidir la cátedra de san Pedro. Un pontificado intenso si se pone en la balanza la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre él, de sus discursos y su participación en el ámbito político-diplomático. Francisco ha firmado dos encíclicas y dos exhortaciones apostólicas, quince motu proprio que se traducen en nuevos estatutos para varias oficinas vaticanas y, según el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, coordinador del Consejo de Cardenales, ya se han logrado dieciocho reformas a la Curia romana que establecerán la base de la nueva constitución del gobierno de la Iglesia católica.En este periodo, sin embargo, no le han faltado opositores ni detractores y, si continúa la tendencia de abiertos cuestionamientos a su estilo y decisiones, es claro que en su quinto año de pontificado empeorarán las tensiones antagonistas. Este fenómeno ya lo anticipaba Benedicto XVI con tanta claridad que comprendió debía cimbrar el pontificado no sin antes dejar el testimonio del milenio cristiano en código de las virtudes teologales centrales: fe, esperanza y caridad.

Ahora, el pontificado de Francisco es el primero del siglo XXI que ya no debate en las fronteras culturales ideológicas tradicionales, pues los desafíos contemporáneos ya no pueden enfrentarse a través de contingentes abanderados o uniformados; hoy, la dignidad y la salvación de la persona (objetivos centrales de la cristiandad) ya no dependen de gremios ni de etiquetas sino de la universalidad que reside en el corazón etimológico del catolicismo.

En ese contexto, la Iglesia católica puso en el timón de su barca a un hombre que ya no habita corrientes ideológicas que aseguran llegar al destino más rápido, pero tampoco se refugia en la seguridad de las islas administrativas para garantizar unidad en torno suyo. Pero hay que ser claros: Francisco no reinventa al papado; en todo caso, Francisco reinventa a Bergoglio. Porque la ‘reforma de las actitudes’ propuesta por el Papa va de las instituciones hacia la persona, inclina la filosofía sobre la realidad y vive en diluidas fronteras culturales arriesgando los fueros que alguna vez se creyeron imperturbables. Explico:
Inclinar la filosofía sobre la realidad

No puedo iniciar esta exploración de los cuatro años de pontificado de Francisco sin recuperar la dimensión filosófica sobre la cual Bergoglio soporta su caminar pontifical. Las expone con claridad en su revolucionaria exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “Quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero: El tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea; y el todo es superior a la parte”.

Con estos principios, Francisco propone que los miembros de la Iglesia católica deben abandonar la idea de ‘un catolicismo’ entendido como una porción ganada de los territorios del orbe y recobrar la mirada trascendente más allá de nuestras obsesiones. En la audaz revolución bergogliana el ‘ismo’ deja de ser un concepto inasible entre las páginas de un magisterio bimilenario o una fracción de la identidad confrontándose a su destino; por el contario, el ser cristiano, la identidad católica y la realidad superior de la salvación se debaten en el horizonte de la divinidad que yace en el seno del ser humano, allí donde realmente pertenecen, en el riesgo que implica creer con la mirada puesta en el horizonte de la promesa.

Para Francisco, la perspectiva filosófica es fundamental para entender el papel de los cristianos en el hoy y ahora, pues el cambio de época es absoluto: “El cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos en distintos campos de la naturaleza y de la vida”. Es por ello que sus aportaciones al magisterio cotidiano intentan adjuntar, en estos saltos, el mensaje atemporal cristiano pero sin jactancia de su triunfo sino en la esperanza de creer en el camino: “¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?”, como Francisco interroga en la introducción de su encíclica Lumen fidei.
Vivir fronteras disueltas arriesgando el status

Francisco no sólo ha manifestado constantemente su preocupación por las últimas fronteras de las periferias materiales y existenciales del ser humano, las habita con una simplicidad que incomoda a no pocas personas. En el mundo de la cultura líquida, Francisco vive en fronteras disueltas. Fronteras entre el ‘catolicismo’ y el resto de los credos, entre la pobreza y el privilegio, entre el valor y el baluarte. No por nada se le identifica con un pontífice implicado en el fenómeno migratorio, en la radicalidad de habitar la creación como la casa común, en su evidente participación diplomática en la geopolítica y en su insistencia en el ‘encuentro’, en el ‘contacto’, en el accidente y la salida. Francisco convence a Bergoglio a renunciar al fortín y al palacio, a la comprensión dramática de la sublime trascendencia atada a la miseria atemporal. 

Por ello creo que, como navegante de la barca petrina, Francisco no opta ni por corrientes ni por islas. Prefiere, por el contrario, habitar el piélago inmenso de contradicciones donde ya naufragan el creyente y su idea de Dios, el poder y la política, la familia y su naturaleza, los derechos y las injusticias. Es un riesgo que asume Bergoglio por las complejas ambigüedades de la cultura contemporánea.

En esta convicción, Francisco arriesga los fueros recobrando la simpleza de la falibilidad de Bergoglio. La historia de aquella tarde-noche romana cuando se elevó la columna de humo blanco desde la chimenea de la Capilla Sixtina dice que Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, eligió el nombre de Francisco por pensar en los pobres a quienes ha puesto en el centro de sus documentos y ministerios; sin embargo, en el turbio océano del siglo XXI, la posibilidad es que ha sido Francisco y sus pobres quienes eligieron a Bergoglio y ahora lo reinventan porque Jesús siempre interpela. Porque en el ocaso de los castillos institucionales, abundan los desterrados, los parias. 

Don Marcelo Sánchez Sorondo, titular de la Academia Pontificia de la Ciencia, sintetiza esto con un comentario sobre el pensamiento de Bergoglio: “El Papa Francisco plantea que la solución no pasa tanto por discurrir sobre la esencia del cristianismo, porque es relativamente fácil entender el umbral del misterio, sino sobre todo por practicar el ejercicio concreto de la fe y de la caridad, que es más difícil. En esto es existencial como Kierkegaard, quien decía que el cristianismo no tiene esencia sino una práctica a realizar en la ‘existencia’: la de hacernos contemporáneos con Cristo por la participación activa de su gracia y de la caridad de su Espíritu”.

Hacernos contemporáneos es reinventarnos, ir de la certeza de la institución a la fragilidad de la persona. Bergoglio vive esto cada día siendo Francisco. Algo que puede ser sumamente ejemplar para los cristianos. @monroyfelipe

Logan, la familia en el debate de la próxima generación

wolverine-3-posterOlvidemos por un momento la brutal carnicería con la que el escritor y director James Mangold decidió revestir su filme Logan (2017) y pongamos la mirada en la narrativa central de la última aparición en la pantalla grande del famoso mutante casi-invulnerable Wolverine bajo el estupendo trabajo de Hugh Jackman.

De principio a fin, Mangold ofrece un ambiente en el que se respira el pesado sentido de derrota y eso dignifica al personaje en su terrible periplo porque lo muestra como un sobreviviente que lo único que no alcanza es la victoria. Logan, con pesadas –e innombrables- cargas físicas y emocionales es un hombre al que aparentemente le cuesta trabajo entregarse voluntariamente a un propósito más grande que el de sus miedos pero que no duda en dar atención –aparentemente inútil- y cuidar a un amigo senil y lisiado.

La vida de Logan y el profesor Charles Xavier (preso más de la decrepitud que de su silla de ruedas) podría reducirse en lo que Samuel Beckett describió: “Viejo ir, viejas paradas, ir ausente, ausente, detenerse […] Entrever, parecer entrever, necesidad de parecer entrever, desvaído a lo lejos, lejos allá cómo una locura para necesitar parecer, entrever”; sin embargo, Laura, la hija genética de Logan irrumpe en ese desierto –nunca mejor descrito- y les abre la mirada con ese sueño que sólo puede pertenecerle a cada nueva generación: el Edén, la utopía.

Laura es una niña de laboratorio, un producto gestado a través de mujeres pobres (en México) que rentaron su vientre por un montón de dólares, es una niña-mercancía con un destino presupuesto y unas expectativas de calidad. Sin embargo, los ‘defectos’ del alma y la dignidad humana obligan a sus ‘dueños’ a decidir interrumpir su vida puesto que les pertenece.

Laura logra sobrevivir gracias a una mujer mexicana que le cuidó durante sus primeros años y quien comprendió, a través de la ternura, que la vida de esos niños-mercancías no se sujeta al derecho de sus ‘creadores’. Allí es donde entra Logan, convencido mediante una fuerte suma de dinero para llevar a Laura al otro lado del país, se ve envuelto en un viaje de supervivencia.

Pero no es una supervivencia épica, sino aquella de las personas normales. ¿Cómo cuidar a un anciano que no puede valerse por sí mismo? ¿Cómo educar en la solidaridad afectiva a una ‘mercancía de laboratorio’? ¿Cómo ser jefe de familia y reeducarse en el sacrificio por los seres queridos? ¿Cómo vivir la pérdida? ¿A dónde ir si hemos perdido más de lo que somos?

Mangold siembra imágenes y momentos que van construyendo estas respuestas para sus personajes y para la audiencia. Ellos y nosotros (herederos del apocalipsis) comprendemos que las motivaciones del amor, la ternura, los cuidados y el sacrificio en las dinámicas familiares son más desgarradoras (más descarnadas, para justificar la cruda violencia del filme) de lo que comúnmente se intenta caricaturizar. ¿Qué significa ser padre, hijo o abuelo? ¿Será esa estampa estúpida de felicidad sin tragedias? ¿Será esa visión posmoderna que monetiza la vida, vicia e intoxica la juventud, y descarta la ancianidad?

Logan es una verdadera sorpresa para el público adormilado de ver héroes de ficción en sus ficticias epopeyas; es una audaz interrogante sobre las dinámicas que enfrentan las familias. Lo hace con madurez y sutileza, sin propaganda ni ideologización.

Suelen decir algunos cinéfilos que, tras ver una película heroica, se levantan de su butaca creyendo tener los poderes fantásticos que acaban de ver. Pero si termina de ver Logan y cree que en esa tragedia no apareció un héroe digno de imitar, yo le recomiendo que regrese a las caricaturas. Me temo que no está listo.

@monroyfelipe