Acapulco

Para concluir la guerra

“¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas? también les queda discutir con dios tanto si existe como si no existe tender manos que ayudan / abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno / sobre todo les queda hacer futuro a pesar de los ruines de pasado y los sabios granujas del presente”. -Mario Benedetti

En realidad me ha costado trabajo encontrar el texto de Carlos Vigil Lagarde Guerra, Justicia y Derecho. Cuando llegó a mis manos en fotocopias hace años me quedó grabada su frase: “Cuando la justicia se acompaña de la caridad, se desvanece el espectro de la guerra; así, la fórmula para la felicidad de las naciones y la humanidad es, pues: vivir en la justicia y la caridad”.
En ese ensayo, Vigil daba nueve sugerencias para erradicar la guerra, algunas suenan descabelladas pero otras están llenas de sensatez: “Establecimiento de una educación antibélica, educar a los padres de familia para erradicar toda violencia en la vida familiar, colocación de placas con informes sobre los daños de la guerra en los monumentos conmemorativos de las batallas”.
Algunas otras ideas de Vigil son de índole punitivo-administrativo e incluso represoras de la libertad, en síntesis: el fermento ideal de violencia institucionalizada sobre la conciencia. Sin embargo, me detengo en las que a mi juicio suenan positivas porque hablan de construir una sociedad con cimientos de educación y de memoria.
Reflexiono esto frente al Museo Memoria y Tolerancia, en el Centro Histórico del Distrito Federal; un recinto lanzado, fuertemente patrocinado y promovido por la comunidad judía en México y que, en sus palabras, ha sido su regalo de agradecimiento a la nación mexicana en el marco de la celebración del bicentenario de su Independencia y del centenario de su Revolución.
Los objetivos del museo se intuyen, son transparentes: primero, no olvidar los horrores que deja a su paso la violencia; y, segundo, construir respeto en la convivencia plural social.
Anima -y no poco- el que este espacio de íntimo reconocimiento y búsqueda de entendimiento registre una nutrida e inusual afluencia de visitantes -muchos niños, por cierto-, porque es en este tipo de proyectos donde se condensa el vaporoso sueño de Vigil y de tantos otros hombres y mujeres de buena voluntad: el fin de la violencia.
La guerra, que hace estéril toda la superficie del mundo, se alimenta a temprana edad de un olvido selectivo y de una paulatina adaptación a las violencias entre los seres humanos.
Por ello preocupa la creciente opinión de varios líderes sociales sobre la construcción del futuro del país a base de una nueva revolución o una resistencia civil pertrechada de rabia y de repudio. Quizá se hayan adaptado tanto a las violencias que piensen que una nueva y definitiva puede controlar la situación; en el fondo no hacen sino seguir el modelo de quienes creen “poder adminstrar el infierno”, como criticó Javier Sicilia.
Inquieta percibir que, como la humedad, la desesperanza ha minado la confianza en la paciencia, la templanza, la justicia y la prudencia, en la fortaleza de las ‘armas débiles’ que son el diálogo y la caridad.
Pero hay caminos de paz, estoy seguro que aún los hay. Eso es lo que pude constatar en una corta vista a Guerrero, donde la violencia se expresa en todas sus dimensiones, en todos sus rostros y en toda su crueldad. Sucedió en el saludo de paz durante una misa en Acapulco, a sugerencia del párroco los participantes nos miramos, nos abrazamos, lloramos juntos nuestras pérdidas, nos perdonamos y nos dimos la oportunidad de confiar en las manos del prójimo, de creer nuevamente en la bondad de los extraños.

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Aves sobre la ceiba

IMG_2608María ofrece un vaso grande de tepache frío. Está algo amargo y ácido, le falta piloncillo. María se disculpa porque no lo ha conseguido en la tienda. No importa, el líquido es refrescante. Desde la sala de su casa se observa una orilla de la bahía de Acapulco, estamos a 32° de temperatura y por la humedad tengo la camisa adherida al cuerpo.

–Ahora sí, platíqueme. ¿Qué pasó?

–Pues qué va a pasar, que mataron a mi hijo.

Escucho cerca de media hora; la historia inicia con un secuestro, la solicitud del pago por el rescate, el drama que la gente pobre padece en juntar ahorros, préstamos y deudas con extraños y familiares en cuestión de minutos, son horas de angustia. Al final, la única certeza que les pudo dar la autoridad pública: “Encontramos a su hijo. Muerto”. El relato es semejante a varios que vengo escuchando desde que llegué al puerto dos días atrás.

Acapulco lleva meses liderando las estadísticas de rapto en el país, aunque no es necesario conocer las cifras,  el miedo se constata en la vida cotidiana.

Al llegar a mi hotel, por ejemplo, pusieron un cincho de plástico en mi muñeca mientras decían que con el brazalete podía hacer uso de todas las instalaciones del lugar, comer y beber en los restaurantes. “Pero si va a salir mejor tápelo con la camisa o con el reloj”. Minutos después cuando tomé un taxi para encontrarme con un viejo amigo el conductor dijo mientras me estiraba una tarjeta con su número telefónico: “No confíe en cualquiera, anda la cosa muy grave; llámeme y yo lo llevo muy segurito”. Nuevamente cuando llamé al mismo taxi y me dijo que no podía llevarme porque tenía servicios ‘especiales’.

–¿Cómo especiales?

–Es la hora en que salen de la escuela los niños y los papás nos pagan servicios especiales por recogerlos y llevarlos hasta su casa.

–Así, los niños van muy seguritos…

–Qué le digo. No se puede confiar en cualquiera…

María paga 1,000 pesos al mes por un servicio especial para su hija menor.

–No puede dejarlos solos, ya ve cómo está la cosa.

–Así que diario pasa un taxista y trae a su hija a casa. ¿El taxista es de su confianza?

–Era amigo de mi esposo, de mi exesposo, trabajaban juntos.

–¿En qué trabajaban?

–En el sector turístico. Mi esposo era mesero y temprano vendían paquetes para el Continental. Javier perdió el trabajo después de lo de nuestro hijo; y también por otras razones nos separamos. El señor Raúl también dejó de trabajar y comenzó con lo del taxi.

FullSizeRender (2)María es enfermera con el turno nocturno, también vende comida y renta el piso de debajo de su casa. Su hija y la mujer de abajo le ayudan con la cocina. El pequeño negocio es un buen ingreso para el matrimonio que llegó a rentar allí; según cuenta María, la pareja estaba amenazada en su pueblo natal, después de varios intentos de extorsión, el matrimonio y su pequeño vástago huyeron desde la montaña de Guerrero a Acapulco donde tenían familiares.

–¿Tenían?

–Según tenían quesque un tío rico que tenía un bar en la Costera.

Con el brazalete del hotel bajo el reloj camino unos pasos por la Costera Miguel Alemán, el corazón turístico del puerto acapulqueño. Ya ha pasado el atardecer y hasta donde la memoria y las leyendas recuerdan, caminar por la Costera o subir a una calandria iluminada, son el inicio del paseo-bulevar con más ambiente festivo de la zona. Hasta hace poco, los bares, discotecas, restaurantes y espectáculos de Acapulco daban un significado apoteótico al término “vida nocturna”.

El que vi era un espectáculo lamentable. Decenas de bares cerrados, clausurados o simplemente abandonados; tanto polvo de tantos días vacíos, el persistente e inquietante correo acumulándose tras las puertas, la humedad y el salitre arrancando trozos de los muros, algunos adornos hurtados por el malandrín furtivo, pintas y grafiti que se hicieron bajo la lóbrega ausencia de un farol que no han reparado hace meses. Alguna mirada que indaga desde las sombras, manchas viejas y basura descolorida por una incuantificable cantidad de soles sobre la acera. En la esquina, una tienda de veinticuatro horas es la única luz de la cuadra. Cruzando el bulevar hay un bar de gran tamaño, tiene decoración de un galeón pirata, está iluminado y se escucha una melodía caribeña. Junto a él un restaurante pequeño y dos meseros que invitan a pasar. El interior luce desierto.

–Pase. Tenemos vista al mar. Mire la carta. –Uno extiende la carta, el otro con una sonrisa exagerada indica la puerta

–No gracias, ya he cenado.

–Bueno, véngase a desayunar. –insiste el sonriente.

–¿Y a qué hora abren? –pregunto.

–¿Cómo a qué hora quiere venir?

FullSizeRenderSeguro hubo un tiempo en que la gente esperaba turno para cenar aquí porque el bar contiguo se daba el lujo de ‘dosificar’ a su clientela. Zona VIP, acceso exclusivo, shows en vivo, meseros en disfraces, valet parking. Solo cuando termina la música merengue se escucha a dos mujeres conversar en una mesa del bar, fuman y toman alguna especie de coctel. Después de algunos segundos, el diyei decide poner otra canción, una balada; poco afortunada porque ahora parece un galeón fantasma. De hecho, todo en derredor lo parece.

“Acapulco está agonizando. Es un paciente moribundo. Y la poquita transfusión de vida que se le puede dar, nos la ahorcan con los bloqueos y con la mala fama”.

El derrochador de metáforas es Manuel Pineda, administra una agencia de turismo, “la mejor experiencia de Acapulco. Paquete Total”. Viste camisa y mocasines negros, pantalón blanco, cabello hirsuto con algunas canas: “Hay que repensar Guerrero, repensar Acapulco. Yo creo que aún tiene destino este maravilloso puerto”.

Manuel parafrasea el artículo de Ramón Sosamontes de esa mañana en el Novedades de Acapulco pero no lo interrumpo y prosigue: “Tenemos bellezas naturales, selva, montañas, playas… como el gran Acapulco que se niega a morir… necesitamos una inyección de oxígeno urgentemente para este paciente moribundo”.

A pesar de la imprecisión médica, su preocupación es comprensible. El fin de semana anterior el bloqueo en la caseta Palo Blanco de la autopista México-Acapulco por parte del FUNPEG (Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero) desanimaron al turismo nacional; pero es la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa (a 15 kilómetros de Chilpancigo) y la aparición de fosas clandestinas en Iguala así como asesinatos arteros contra inocentes por parte de autoridades presuntamente vinculadas a grupos del crimen organizado, lo que puede desanimar al más entusiasta.

Aquella mañana, había llegado a Acapulco y compré los diarios locales. Conocía los antecedentes y en realidad no sorprende mucho el titular de la página dos de los tres periódicos disponibles: “En Acapulco no hay policías”.

Quizá inquiete por dos razones: uno, que aparezca en el diario como novedad porque aquello no es noticia, sino un hecho que se ha añejado ocho meses por lo menos; y dos, porque los dos lugareños que me han llevado entre las colonias y barrios de este aún paradisíaco y turístico lugar han dicho con el mismo entusiasmo: “¡Mejor! ¡Ya no hay quienes muerdan!”.

No lo han dicho al unísono, cada uno habla frente a su propio volante de un taxi volskswagen con los tradicionales colores blanquiazules del puerto. Seguro es un chiste que han escuchado varias veces. Pero, en efecto, no hay policías. Y la vialidad, lo mismo en la Costera como en las callejas de la colonia Progreso, no llega a reglamento es más un ‘pacto de no agresión’ tácito.

IMG_2485Mientras escucho al conductor una más de las historias de tragedia que conoce, recuerdo el relato La mariposa y el tanque de Ernest Hemingway y me pregunto cómo relatar esta guerra si uno puede ir allí, escuchar los lamentos de los deudos, presenciar sus lágrimas perderse entre sus puños apretados y su callada oración, y después dejarlos atrás, volver a la comodidad de un hotel, a la tranquilidad de saberse visitante y no habitante de la desgracia. ¿Cómo sobrevivir tras mirar el caudal de su incontenible furia y después abandonarlos a su suerte?

Pienso en esos policías, el texto de los periódicos dice que la mayoría no volverá a ser servidor público, que otros pocos tendrán una larga y difícil capacitación.

Dice el periódico El Sur de Acapulco: “Día violento en el estado y siguen sin aparecer los 43 normalistas” y, enseguida: “Balean policías ministeriales a estudiantes del Tec de Monterrey; uno de ellos, alemán, resulta herido”.

El taxista dice: “Ahora todo mundo habla del estudiante alemán herido pero nadie habla del policía ministerial que murió. Mi madre fue a su velorio. Fue muy difícil ver que los familiares del ministerial no recibieron apoyo alguno, el policía llevaba poco en la corporación… y toda la atención se centró en el estudiante herido, incluso se vio como si el propio policía muerto había sido el culpable de su herida”.

El conductor habla de Raúl Gallegos Mendoza, policía ministerial de Chilpancingo asesinado a balazos cuando participaba en el rescate de una persona secuestrada. Es el primer relato de violencia en la página del lunes 13 de octubre en el El Sur, más abajo se consigna otro enfrentamiento en Chilpancingo donde resultan heridos dos policías ciudadano; dos muertos y cinco heridos –quizá más- en Ajuchitlán también por un enfrentamiento; dos hermanos ejecutados en Coyuca de Catalán; un marino atacado a balazos en la carretera Cayaco-Puerto Marqués; y un inquietante etcétera.

–¿Qué cree que se pueda hacer? –pregunto al conductor.

–Yo ya no confío en la policía, está muy difícil. Tampoco en ninguna autoridad. Creo que no hay sino comenzar en casa, tuvimos que regresar a lo básico, a enseñar a nuestros hijos.

FullSizeRender (1)El taxi aparca frente a la iglesia de San Cristóbal, en la colonia El Progreso. Afuera hay una manta blanca que dice: “Arquidiócesis de Acapulco. Jornada de oración por la paz en Guerrero y por las víctimas de la violencia. En especial por los asesinados y desaparecidos en Iguala. Octubre 2014”.

Es martes a mediodía, el templo está lleno. Al pie del altar un par de mujeres ponen veladoras a algunas fotografías de fieles desaparecidos o asesinados; en una esquina están las 43 fotografías de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa que ya se han convertido en un símbolo de repudio de la violencia sistemática de Guerrero y México.

La Jornada de Oración por la Paz es una iniciativa de la Iglesia de Acapulco, es itinerante y constante. Es coordinada por el sacerdote local, Jesús Mendoza Zaragoza. Ésta en particular la anunció el día anterior a través de su columna en El Sur.  La misa da inicio, participan ocho ministros, y es como cualquier otra pero el acento está en la construcción de paz y en las muy detalladas peticiones por los secuestrados y asesinados. La oración por la paz se hace al unísono, se hace un clamor que estremece: “Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, / mira nuestra Patria dañada por la violencia / y dispersa por el miedo y la inseguridad. // Consuela el dolor de quienes sufren. / Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. / Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos / y provocan sufrimiento y muerte. / Dales el don de la conversión.”

María llora. La fotografía de su hijo está frente al altar. Accede a relatarme su historia.

–Quiero pensar que no se ha ido. Que es como un pajarito que nos visita. Que no le mocharon sus alas. Es mi angelito, siempre será mi angelito.

En la ventana de su sala, la luz de la bahía se ha hecho mortecina; entre el color violeta del cielo se yergue la silueta de una arbolada y muy por encima, una parvada de gaviotas se dirige hacia el mar.

Acapulco, Guerrero. 17 de octubre 2014.

Comunicación como auténtico encuentro

vnm69Del 13 al 16 de octubre, nos encontramos en la Provincia de Acapulco para participar en el XII Encuentro Nacional de Pastoral de la Comunicación cuyo primordial objetivo es mirar hacia los nuevos escenarios donde se experimenta la adquisición, transmisión y correspondencia de una cultura de la información y que, al mismo tiempo, transforma la vida cotidiana de millones de seres humanos.

Bajo el lema Comunicación al Servicio de una Auténtica Cultura del Encuentro, la Comisión Episcopal de Pastoral de la Comunicación busca en este encuentro –además de poder compartir experiencias desde las diferentes trincheras de la información se han acumulado en los servicios que periodistas, fotoreporteros, camarógrafos, administradores de portales y sitios web de noticias, etcétera- proveer técnicas, herramientas, servicios y conocimientos para enfrentar el gran reto de comunicar en la era digital.

Este es el vigésimo segundo encuentro entre los responsables de información y comunicación de las diócesis, con lo cual se confirma la importancia en la profesionalización que las diferentes circunscripciones particulares han puesto en la ruta del diálogo y encuentro con las culturas.

El reto de los comunicadores no es solo el de proponer la verdad y la realidad bajo el análisis de nuevas configuraciones tecnológicas o sociales sino el de reflexionar desde dónde aquellas configuraciones pueden construir puentes para resarcir fenómenos como la corrupción, la desconfianza, la desesperanza y la mentira.

Frente a ese complejo horizonte, compartimos dos convicciones: la  del periodista Alex Grijelmo quien apunta que “la mentira imposibilita toda comunicación leal” y la del escritor Carlos Monsiváis quien acuciaba a desterrar la creencia de que “la información es poder”.

La comunicación leal se hace solo con la verdad y la información es un servicio. Estas son dos condiciones sin las cuales no hay ejercicio periodístico o informativo verdaderamente digno, responsable y solidario. Por desgracia, muchas veces advertimos que la verdad y el servicio son, podríamos figurar, los dos remos de una barcaza en un océano de información, donde buques, trasatlánticos y submarinos nucleares avasallan con poder, prepotencia y desprecio. Pero la navegación no se hizo para hombres o mujeres temerosos, ni para aquellos que confían demasiado en sus propios aparejos. Además, la historia enseña que hasta un simple leño está convocado al inmarcesible sino del ejemplo.

Gracias a la oportunidad y la convocatoria del presidente de la CEPCOM, Luis Artemio Flores, obispo de Tepic, y a la hospitalidad del arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias Merlos, es que al menos un centenar de profesionales de la comunicación provenientes de varios rincones del país estarán llegando a un puerto donde realimentarse del primer deseo de su oficio comunicador: compartir. Compartir desde la incesante lucha contra la mentira y desde sus heroicos esfuerzos por sobrevivir.

Y, sin embargo, no es este –como ningún otro- un puerto tranquilo. Desde hace ya varios años en esta ciudad y estado federado se han testimoniado una serie de eventos que laceran y vulneran la posibilidad de confianza y de encuentro. La violencia en casi todas sus trágicas expresiones se ha manifestado en esta región bajo una no siempre eficiente ni honesta vigilancia de las autoridades. La descomposición del orden social en el que incluso los supuestos democráticos, representativos, de justicia, paz y equidad son fuertemente cuestionados hace más urgente la propuesta de una comunicación al servicio de una auténtica cultura de encuentro.

Finalmente, hay que mencionar que este encuentro de comunicadores se suma a otros grandes esfuerzos por compartir el camino de diálogo con las culturas presentes en el país. Por ejemplo, en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, también se testifica una cumbre para analizar la teología indígena y, en la ciudad de Puebla de los Ángeles, los especialistas en bienes muebles e inmuebles de arte sacro fueron convocados para el Taller de Bienes Eclesiásticos Mexicanos cuyo interés es preservar y mejorar los diferentes acervos artísticos e históricos de temática religiosa en México.

Eficientar y transparentar donativos, ¿para qué?

Algo querrá decir el papa Francisco con las cartas apostólicas en forma de motu proprio del último año. Ha signado cuatro reformas del aparato interno de la curia: la nueva estructura de coordinación de asuntos económicos (la creación de una Secretaría de Economía y un Consejo Económico), los nuevos estatutos de la Autoridad de Información Financiera, el Comité de Seguridad Financiera para prevenir el blanqueo, financiación del terrorismo y la proliferación de armas; y la adecuación de la jurisdicción en materia penal de los órganos judiciales del Estado Vaticano. Cada una representa una posibilidad de ofrecer mayor certeza a las grandes inquietudes de los fieles y de la sociedad en su conjunto sobre los mitos y verdades a medias que se han creado entorno al binomio Iglesia y dinero.

¿Es tan millonaria la Iglesia como se dice? ¿Funcionan sus organismos de caridad como centros de lavado de dinero internacional? ¿Qué entidad global vigila las transacciones bancarias de la Santa Sede o de las diócesis? ¿Hay organismos que evitan que los obispos utilicen arbitrariamente los recursos de sus diócesis? ¿Tienen derecho los fieles a conocer los balances financieros de su parroquia, de las congregaciones religiosas o de sus institutos apostólicos? Sin duda el estigma crítico de no poca gente que imagina a una Iglesia que vive con las rodillas sobre cojines de seda orando para erradicar el hambre de los pueblos mientras suplica a estos mismos pueblos la contribución del diezmo para obras de caridad y el sostenimiento de sus estructuras, nunca será convencido de que su visión caricaturizada es injusta y parcial de una gran y compleja obra de solidaridad y caridad que opera en cada rincón del planeta, con millones de agentes comprometidos y, primordialmente, casi sin recursos que los financien.

Sin embargo, quienes albergan la duda razonable merecen respuestas razonables. Estas personas pueden, si se fomenta la transparencia y la información oportuna del origen y uso de los recursos financieros de las obras de Iglesia, participar de manera más constructiva, solidaria y comprometida con las necesidades de la misma y de los más necesitados. Y esto también lo está realizando Francisco.

A raíz de las inundaciones en Bolivia, que hasta este 25 de febrero ha dejado 59 personas muertas, 11 desaparecidos, 12 carreteras destrozadas, 120.000 cabezas de ganado muertas, 1.730 viviendas derruidas, 61.235 familias afectadas y 39.289 hectáreas de cultivos dañados, el papa Francisco envió un donativo de 50,000 dólares como parte de la participación de la Santa Sede para el auxilio y reconstrucción de las zonas afectadas.

Hizo igual con México cuando las inundaciones de agosto y septiembre del 2013 afectaron varios estados de la república. En aquella ocasión, envió apoyo económico a través del Pontificio Consejo Cor Unum para que obispos y diócesis costearan proyectos de desarrollo social, rehabilitación estructural y reconstrucción de espacios perdidos. Según el informe de la Secretaría General del Episcopado Mexicano, el papa Francisco habría enviado un millón 280 mil pesos (97 mil dólares aproximadamente) y que fueron destinados en principio a las diócesis de Acapulco, Ciudad Altamirano, Tlapa, Chilpancingo-Chilapa, Tampico, Papantla, Huejutla y Huajuapan. Recursos que habrían sido aprovechados con rigor y prudencia, y que ojalá sean un contraste moral con la pobre actuación de las autoridades mexicanas que reclaman la ausencia de 30 millones de pesos prometidos.

Volvamos a Bolivia. El sacerdote Juan Carlos Velásquez, secretario de la Pastoral Social, aseguró que los 50,000 dólares enviados por el Papa serán administrados por la Cáritas local en coordinación con la oficina estatal de Defensa Civil, que canaliza las labores de socorro, para que la ayuda “sea eficaz en el marco de un plan interinstitucional”. Se comprometió además, a dar seguimiento puntual de los fondos y a informar a la sociedad de cómo y con qué propósito fueron utilizados. Es, quizá, lo menos que podría hacer.

El Papa ha dado pasos oportunos en materia de transparencia y responsabilidad, el dinero de la Iglesia siempre es el dinero de los pobres y de los más necesitados, está para ellos. Sus donaciones van con nombre, apellido, circunstancia y cantidad. Y esto puede y es necesario que se replique en cada estructura eclesial. Da certeza, esfuma fantasmas, evita intrigas… quizá no elimine críticas pero ¿estarían justificadas?