Andrés Manuel López Obrador

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

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Obispos de México, muchas dudas ante las definiciones del país

obisposcemDel 9 al 13 de abril, los obispos de México se reúnen para participar de la 105ª asamblea plenaria en un momento de particular complejidad social y política para el país. Sin dejar de lado el programa de trabajo que vienen desarrollando, los líderes de las comunidades católicas de la República se enfrentan a diversos dramas para los cuales nunca hay suficiente experiencia.

Por supuesto, todos los reflectores se los llevarán los candidatos a la presidencia de la República que visitarán a los obispos. Los políticos presentarán sus ideales y plataformas pero también deberán escuchar las inquietudes de los pastores de una grey aún masiva, fuertemente simbólica de la identidad nacional y sumamente plural.

El episcopado recibirá a los candidatos en plena campaña. Los obispos conocen bien a todos, excepto quizá a Ricardo Anaya, quien se estrena en este foro de por sí complejo para presentar, cual Víctor Frankenstein, las razones de crear un Frente que parece sólo un amasijo de confusiones pragmáticas e ideológicas. El queretano de 39 años tiene contra sí una lectura –ya no digamos inmoral- sino poco ética de su persona pues quedó evidenciado que sólo a costa de traiciones y acuerdos inconfesables ha construido la plataforma de sus ambiciones.

Andrés Manuel López Obrador pisa terreno conocido. Estuvo frente al pleno de obispos en 2006 y en 2012 y sorteó las dudas de los obispos sobre su ‘peligrosidad’ para el país. El tabasqueño carga en su valija no pocas heridas políticas y también su propio golem partidista; pero lleva consigo el argumento irrefutable de que los gobiernos de Calderón y Peña no han resuelto la violencia, la corrupción y la impunidad (donde coinciden todos). El catolicismo practicante y la cercanía pública de sus predecesores con la iglesia católica no fue garantía para hacer permear los principios morales y cristianos en la conducción del país: la normalización de la corrupción, la legal inmoralidad y el nulo compromiso con la dignidad de la vida humana de los últimos dos sexenios han sido más que evidentes. Con todo, López Obrador sigue cargando con el estigma de su extraña personalidad y, para muestra, acude ante los obispos con esa confusión republicana-juarista-cristiana como su estandarte moral.

A José Antonio Meade se le conoce bien y se le reconocen sus buenos oficios al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores; pues con su gestión mejoraron sustancialmente las relaciones entre la Santa Sede y México; y, por ende, con el cuerpo colegiado del episcopado nacional. Sin embargo, la madurez institucional alcanzada en un despacho se convirtió fácilmente en perfidia política cuando se traicionó la palabra (“Las causas del Papa son también las causas de México”, dijo Peña a Francisco sólo para trabajar 15 días después iniciativas que molestaron a los obispos) y cuando el gobierno peñista tomó ventaja una y otra vez de esa buena voluntad. Pero si a Meade se le reconoce el oficio y la técnica, se le cuestiona el liderazgo o la capacidad de controlar a un partido que suma 22 gobernadores cuyas administraciones han dañado los recursos públicos sólo durante la gestión de Peña Nieto. Incluso, sobre Meade pesa la duda razonable de que sea capaz de romper la cadena de impunidad con el gobierno del que formó parte y que está obligado a responder por casos de corrupción (institucionalmente encubiertos) como los de PEMEX-Odebrecth, la ‘Estafa maestra’, el espionaje ‘Pegasus’, la Casa Blanca, etcétera.

Para Margarita Zavala, el encuentro con los obispos no anticipa tensión. Ni su catolicismo militante está bajo duda ni su trayectoria acusa baches. Pero sin partido, sin estructura y sin definiciones sobre ese feminismo conservador que predica, parece que la presencia de la abogada tiene mucho más de cortesía que de posicionamiento.  Como siempre, Zavala carga con los éxitos y fracasos de la administración de Felipe Calderón; está, por supuesto, la sombra de fraude y el ‘haiga sido como haiga sido’ (incompatibles con la doctrina social cristiana); pero, el Waterloo calderonista con el país y el episcopado mexicano es la enorme mancha de violencia que despertó el único presidente que se ha vestido de militar desde la Guerra Cristera y que triplicó los asesinatos de sacerdotes en México.

Ahí están los entretelones de la agenda política sin descartar que los obispos recibirán al secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, quien inquirirá diplomáticamente “qué ocurrió” antes, durante y después de la reciente reunión del obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, con miembros del narcotráfico. Una acción pastoral que a todas luces cuestiona la capacidad rectora del Estado mexicano y evidencia el dominio de la corrupción que ha permeado todas las estructuras legítimas y legales del orden y la administración pública. Y que, al mismo tiempo, da cuenta de los recursos con los que aún cuenta la iglesia católica –autoridad y argumentos- para establecer diálogo y compromisos a favor del respeto a la dignidad de la vida humana, a las familias y a las libertades.

Es claro que los obispos mexicanos advierten que en todo el espectro social, político y cultural se requieren definiciones inaplazables para desterrar la violencia, la corrupción y la impunidad. En su mensaje conjunto frente al proceso electoral en marcha, los ministros católicos urgen “a trabajar comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan”. Por supuesto, los procesos electorales son indispensables para alcanzar este deseo, pero no sólo y esa posibilidad sólo está en la ciudadanía.

@monroyfelipe

#Elección2018: Patrones oscuros y hoteles de cucarachas

candidatosPara los políticos en campaña este julio les parece como la frontera de otro país, de otro México en el que todo estaría definido y ordenado a su placer o a su pesar. Detrás de ellos -cadáveres de la ambición-, quedarán los restos de una demencial campaña encarnizada por obtener el poder. Las tácticas y estrategias de sus respectivos búnkeres habrán calculado sólo los riesgos de anteponer escrúpulos frente a la eficiencia del dinero y las promesas inviables; pero, instalados en el triunfo o el fracaso, los excandidatos, sus equipos de campaña y simpatizantes enajenados no lograrán salir de una sutil y sugerente trampa: el miedo a lo posible.

Queda claro que gane quien gane, pierda quien pierda, seguirá existiendo una sociedad sumamente polarizada y fanatizada. Es decir, ni julio es una frontera ni nos habremos liberado de esta pequeña prisión de superficial fanfarronería política. Esta pequeña mazmorra que fue diseñada para mantenernos intoxicados de pedante superioridad defendiendo a ultranza a nuestro candidato preferido y atacando sin razón a sus opositores.

Hemos caído en un patrón oscuro de insatisfacciones. Y es muy riesgoso.

En el diseño de páginas web, aplicaciones y demás interfaces pantalla-usuario existe una práctica muy cuestionable de mercadotecnia que se denomina precisamente: “patrones oscuros”. Se trata de diseños engañosos que hacen que el usuario elija algo que en realidad nunca deseó, compre bajo condiciones que le fueron encubiertas o entregue su información ‘dios-sabe-dónde’. Pero el que más llama la atención de estos diseños es el llamado “Hotel de cucharachas”. Se trata de lugares donde es muy fácil (y muy atractivo) entrar, pero muy difícil salir. Están inspirados (vaya ironía) en un producto antiplaga: las trampas para cucarachas. El sistema de este producto es sencillo: los insectos entran allí atraídos por algo en su interior y, satisfecha o no su curiosidad, les es imposible salir.

Por desgracia, eso justo es lo que parece que sucede en la sociedad mexicana en estas campañas políticas: Entramos muy fácilmente en el discurso de odio y miedo, y ahora nos es casi imposible salir. Tal cretinismo y furia expresados en medios de comunicación e interacciones sociales sobre los políticos y la política nunca se había experimentado. Ha sido tal es asedio en la siembra de odio, miedo, beligerancia y alarmismo en las redes sociales que algunos usuarios claman por paz en sus muros o historiales. Estos usuarios, pocos por otra parte, son muy probablemente el grueso de votantes indecisos que advierte pequeña esta trampa de odios y fanatismos políticos.

Salir de este patrón oscuro significa pensar que el mejor escenario para las próximas elecciones es que la democracia mexicana pueda mejorarse en sus instituciones y en su confianza, que las búsquedas políticas no se limitan a procesos electorales sino a la vigilancia de las políticas públicas cotidianas, que los derrotados entiendan cómo pueden ser una mejor oposición, que los vencedores involucren indefectiblemente los talentos y las ideas fuera de su círculo de influencias, que la ciudadanía se apasione menos de las elecciones y más de la participación ciudadana.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, escribió en su ‘Révolution’ un potente llamado a salir de estas cárceles oscuras de la política: “Todos debemos salir de nuestros hábitos. El estado, los políticos, los altos funcionarios, los líderes de sindicatos y los cuerpos intermedios. Es nuestra responsabilidad y sería un error robarnos a nosotros mismos para acomodarnos en el statu quo. Estamos acostumbrados a un mundo que nos preocupa. Que realmente no queremos nombrar ni mirar a la cara. Entonces nos quejamos, gemimos. Los dramas están llegando. La desesperación también. El miedo se instala y nosotros lo jugamos. Deseamos cambios, pero sin realmente quererlos”.

El miedo, como estrategia y narrativa para trastocar las emociones del respetable, ha tenido un perverso éxito político y un caótico efecto social. No hay nada peor que el sentimiento de alienación conducido por confusas emociones. Desconfiemos sí, pero también de nuestras filias y nuestras fobias inmediatistas y pasajeras. Por eso me gustan las palabras que Macron usó en la introducción de su plataforma política, creo que inspiran a mirar más allá de procesos electorales cíclicos: “Estoy convencido de que este siglo XXI, en el que finalmente entramos, también está lleno de promesas, cambios que pueden hacernos más felices”.

@monroyfelipe