Andrés Manuel López Obrador

1994, todavía

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Al cumplirse un cuarto de siglo del asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio Murrieta volvemos a creer que aún hay mucho por saber, por descubrir, por repensar y por cambiar del modelo y sistema político mexicano. Por supuesto, para toda una generación el caso Colosio es completamente novedoso y también para ellos es imprescindible el ejercicio del relato y de la memoria.

Ahora sabemos que, si llegasen pruebas ‘supervenientes’, la secretaría de gobernación del presidente López Obrador reabriría la investigación del caso paradigmático que reveló lo angosto y mortífero del empíreo del poder hegemónico y omnímodo del priismo de final de siglo pasado; a la distancia, sin embargo, más allá de pesquisas y señalamientos de presuntos culpables, parece más importante repensar lo que la nación aún conserva como ignominiosa herencia política.

Más allá de cerciorarnos quién lo mató, quién lo mandó matar o por qué; los acontecimientos desatados por el magnicidio del candidato priista nos obligan a reconocer el sustrato donde lograron florecer los tecnócratas, el utilitarismo y la traición que siguieron definiendo el perfil político transexenal del país o la larga y perniciosa sombra de corrupción institucionalizada al amparo del poder.

Quizá esto es lo que intuyeron los productores de la serie “Historia de un crimen: Colosio” (Netflix, 2019). Primero, que harían una serie de ficción sobre acontecimientos de un pasado que todavía mantiene vasos comunicantes con la actualidad; segundo, que no había necesidad de exponer obviedades o parodias simples de un complejo momento histórico.

Hay que ser claros: la serie Colosio es un producto de entretenimiento y de ficción. Nada más. Y, como producto televisivo, cuenta el periplo por la justicia de un policía honesto y una viuda agonizante a través de los abismos de una corrupción que les sale al paso, les somete y les acalla.

Y aunque es evidente que muchos de los episodios mostrados provienen de la imaginación, la ruta política que trazó la sangre derramada y el infame hilo de complicidades cupulares es dolorosamente certero. Son los cimientos sobre los que se construyó el tan elogiado edificio de la tecnocracia mexicana, es el espacio simbólico en donde se libraron (y quizá se sigan dirimiendo) las encarnizadas luchas de la angosta cúspide de privilegios.

Seguir repensando estos matices tras el asesinato de Colosio en 1994 no sólo es un ejercicio para recuperar la memoria de quienes lo vivimos; también es construir los argumentos históricos y narrativos que explican a las nuevas generaciones la última etapa de la llamada ‘dictadura perfecta’ así como considerar las posiciones que ocuparon entonces los políticos que supieron sobrevivir y mutar, y que hoy se refugian en nuevos espacios de poder e influencia.

Porque hay que reconocer que en pleno siglo XXI, cierta porción de la política mexicana sigue viviendo en 1994, todavía. Aún hay oscuros constructores de infamias políticas, operadores que fingen invisibilidad para sacar provecho de las rendijas del poder, políticos acomodaticios que leyendo sus circunstancias supieron cruzar los barrancos ideológicos… tan hábiles, tan indemnes, tan impunes.

@monroyfelipe

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Cuando los poderes se enfrentan en una República

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En los relatos de las guerras púnicas, Tito Livio expone el diferendo que los jueces de Cártago tuvieron con el estratega militar y jefe magistrado electo Aníbal hace 2 mil 200 años. El historiador refiere que el general acusó públicamente a los jueces “cuya demasiada soberbia y riquezas eran tan desordenadas que, por causa de ellas menospreciaban las mismas leyes”.

Las palabras de Tito Livio son casi poéticas: “Luego consideró Aníbal que eran muy gratas en los oídos de todos estas palabras y que, con callados pensamientos y ánimos, favorecía todo el pueblo a esta acusación que era justa y verdadera. Y, que los que eran en la República de la más baja condición, eran por extremo agraviados por la soberbia de estos jueces”.

Con el respaldo popular, el general Aníbal promovió dos decisiones que afectaron a los jueces de la época. La primera, que los jueces no podían permanecer a perpetuidad en sus cargos como se estilaba; y, segundo, que las deudas se pagarían del control de la renta pública porque hasta el momento “las rentas públicas que [los jueces y aristócratas] consumían y destruían sin provecho ninguno, parte por la negligencia y parte por los robos y rapiñas, los aplicaban a sí mismos como si fueran bienes particulares”.

“Pronunció en la congregación de todo el pueblo que, con los dineros que restaban y sin demandar nada de los particulares, la República era harto rica para pagar… Entonces, aquellos que habían sido sustentados muchos años con el robo de las rentas públicas, así como si les hubieran quitados sus propios bienes y no sacado de sus manos por fuerza el robo público, concibieron grave odio contra Aníbal y procuraban de provocar la indignación de los Romanos contra él, y buscando causas de odio los instigaban a que le tuviesen por nuevo enemigo”.

En este 2018, pleno siglo XXI, el diferendo que mantiene en tensión al presidente de la República con jueces, magistrados y ministros del poder judicial no es muy diferente del que tuvo Aníbal con el senado y los jueces cartagineses. Aníbal aprovechó su poderío y popularidad para evidenciar que la administración de la República no sólo era corrupta sino injusta; y sus decisiones en efecto lograron recaudar fondos para saldar las deudas del gobierno sin afectar a “los de más baja condición”; aunque sí afectó a muchos intereses.

En el fondo, lo que no podemos permitirnos en el México de la cuarta transformación sería olvidar la independencia y autonomía de los poderes de la federación. Es un principio republicano imperioso para la democracia y el bien general; y por ello debe explicarse con claridad para que se arraigue en la convicción popular.

Pero hay que reconocer que, por desgracia, el poder judicial en México representa a las instituciones más lejanas, desconocidas y opacas al conocimiento popular. No hay cómo defenderlas cuando se les conoce más por su “politización de la justicia” o la “judicialización de la política” que por el servicio institucional de la justicia; cuando la petición de transparencia del uso de recursos parece que no los alcanza de la misma manera que se exige al ejecutivo o al legislativo; cuando el nepotismo y el influyentismo han logrado construir imperios y linajes judiciales en las altas esferas del poder; cuando las interpretaciones de la ley ante las controversias que deben resolver parecen inclinarse más por intereses personales o ideológicos que por el bien máximo de la sociedad.

En conclusión, magistrados y ministros que defienden -con razón- la autonomía del poder judicial para evitar caer en absolutismo del poder presidencial; están obligados a lograr que el pueblo raso comprenda el valor de la justicia, la honestidad y hasta el sacrificio del servicio público que dan en bien de la nación. Es un camino que exige señales muy claras de transformación profunda del poder judicial: sin corrupción, sin politización de la justicia, sin privilegios y sin falsas vanaglorias. De lo contrario nadie creerá los argumentos que no estén soportados en lo evidente.

Por supuesto, hay otro camino, los jueces de Cártago, por ejemplo, conspiraron con Roma contra Aníbal y lograron el autoexilio del general. Esto representó el principio del fin de Cártago como potencia en la región, se sometió a las condiciones, al desprecio y al hostigamiento del imperio romano. El relato de esta ilustre sociedad termina así: “La ciudad fue arrasada y su población exterminada, los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos”.

Es un complejo escenario para el país, máxime porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación debe incorporar a un nuevo ministro de la terna enviada por López Obrador y también debe elegir un nuevo presidente apenas iniciando enero. El diferendo de lectura política y legal entre el poder ejecutivo y el poder judicial en México no es cosa menor, hay muchos intereses en juego y grupos de poder que esperan que esta confrontación debilite a las instituciones y los poderes de la federación. Roma se frotó las manos al ver que Cártago perdía unidad, ¿quiénes estarán en la misma posición mientras miran a nuestro estado mexicano?

@monroyfelipe

Transfiguraciones republicanas

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Hay una monumental diferencia entre cerrar filas en apoyo a la administración de López Obrador y la exaltación hiperbólica de la persona del presidente de la República. Las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, puede que hayan reflejado su sentimiento auténtico, pero no cabe duda fueron una desafortunada exageración místico-idílica del tabasqueño que a nadie sirve: ni al presidente, ni a sus aliados, ni al pueblo raso. Vaya, ni a sus opositores. Explico.

En el segundo día de la administración lopezobradorista, Muñoz Ledo escribió: “Confirmé que López Obrador ha tenido una transfiguración… se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado… un auténtico hijo laico de Dios”. Y la reacción no se hizo esperar. Los más críticos adelantan que es una especie de ‘endiosamiento’ de López, pero la mayoría coincide en que, por lo menos, esas expresiones traicionan los horizontes laicos de la República.

La ‘transfiguración’ proviene de los evangelios cristianos. Se da el nombre a este acontecimiento cuando Jesús, frente a tres de sus discípulos, cambia de apariencia y se revela en toda su divinidad: “El rostro de Jesús resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz”. En griego, la transfiguración es ‘metasquematizo’ y el término intenta explicar un cambio interno (imperceptible para los demás) y externo (evidente). La Transfiguración es una revelación de lo divino en Jesús, anticipa la gloria de su Resurrección, es la confirmación maravillosa de la revelación dada a los profetas y la promesa a los libertadores del pueblo de Dios y reafirma la confesión de su primer apóstol, Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pues bien, Muñoz Ledo ha llamado “hijo laico de Dios” a López Obrador. Un estrafalario apelativo que, antes de ayudar a fortalecer un camino hacia la auténtica libertad religiosa bajo los criterios republicanos del Estado laico, revive viejos enconos ideológicos.

Si bien hay sectores que exigen laicismos antirreligiosos y hasta denigrantes a una ciudadanía mayoritariamente creyente; también hay otros sectores que desean instaurar criterios de credo religioso a instituciones cuya misión central es escuchar y atender sin distingo a toda persona independientemente de su religión.

Para muestra un botón: Luego que López Obrador recibiera los ritos de una ceremonia propia de los pueblos originarios en el Zócalo capitalino, comenzaron a publicarse alucinantes acusaciones de tinte fanático que afirmaron el presidente realizó una especie de “consagración demoniaca” a ídolos paganos.

Por desgracia, no extrañan este tipo de fanatismos. Frente a ellos también hay una actitud antirreligiosa que rechaza totalmente la plena y madura libertad religiosa. Que exige a los funcionarios vivir una esquizofrenia práctica de dejar guardada (bajo llave y con todos sus valores morales) su identidad religiosa en casa mientras en público asume una actitud ideologizada complaciente a la conveniencia del mercado, la dominación cultural o la corrección política.

Muñoz Ledo atiza esa incómoda hoguera de polarización. Nadie gana reviviendo ese conflicto entre los límites de las ideologías y los credos. En la rispidez de los argumentos se perderá la oportunidad de madurar como ciudadanía hacia una plena, responsable y consecuente libertad religiosa en el país. Volverán los señalamientos y las cacerías de brujas, la oposición acusará desde la pereza del calificativo fácil, los aliados responderán con pobreza de criterio o argumentos.

En síntesis: la ciudadanía se refugiaría en las certezas de su obcecación y no abrirá su criterio a la posibilidad de un diálogo franco que normalice y humanice la libertad religiosa con todas sus oportunidades, pero también con todas sus responsabilidades.

En todo caso, la transfiguración que etimológicamente explica un cambio interno tan poderoso que se hace evidente, no la necesita sólo el presidente sino la sociedad mexicana.

@monroyfelipe

 

Anticorrupción: A sus colaboradores, el primer aviso

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Andrés Manuel López Obrador ha insistido largamente en el diagnóstico de la decadencia y corrupción de la administración pública; y ahora, desde la investidura presidencial, hace el pronóstico de que acabará la corrupción. Pero antepone el criterio de no emprender venganza o persecución a funcionarios precedentes. Y de toda esta lógica sólo puede emerger una conclusión y un escenario: Este es un aviso de cortesía a sus colaboradores porque, muy probablemente, serán los primeros en ser juzgados bajo los nuevos estándares morales de la Cuarta Transformación.

Si por alguna razón los funcionarios cercanos al tabasqueño piensan que esa radicalidad moral no los alcanza, que no hay poder que los remueva de su actual condición de privilegio, quizá deban reflexionarlo un poco más. Están compelidos a actuar sin privilegios, sin lujos, sin intenciones de nepotismo o influyentismo porque esas “son lacras de la política” como lo afirma el presidente.

López Obrador pretende recuperar modelos teóricos de la administración pública clásicos que afirman que, si bien son complejos los procesos para facilitar la labor de gobierno, lo primero es armonizar a los colaboradores, luego a la sociedad. Esto hace sentido por el diagnóstico de López Obrador sobre el estado de la impunidad y corrupción en la administración pública.

Así, para mantener y conservar el poder que le confió el pueblo mexicano (así como la riqueza que amortiguaría todos los programas sociales) parece hacer caso a la conseja de mantener opuestos a sus colaboradores para que se controlen mutuamente y evitar que uno o más funcionarios acumulen poder que ponga en peligro el mando central.

No hay otra salida para el presidente López Obrador. Sus colaboradores tendrán una función más cercana a los comisionados que a los oficiales: su cargo es extraordinario en virtud de que el dueño de la legitimidad se los puede retirar en cualquier momento. Es decir: Si no somete a su equipo a las altísimas exigencias éticas y morales de la administración pública, establecerá una dominación potencial sobre sus labores. En concreto: Si fallan, o los reprende o asumirá la comisión de las tropelías. Parecería que para Andrés Manuel no le bastará el rendimiento óptimo de sus funcionarios sino la docilidad que muestren ante principios morales muy específicos.

López Obrador no ha manifestado ningún deseo de imponer ‘castigos’ a quienes corrompan la vida pública del país; pero el castigo crea sí puede crear condiciones positivas para el proceso de trabajo de los funcionarios, no es sólo un elemento decisivo de la política sino también de la administración pública.

A López Obrador habrá que recordarle constantemente lo que escribió el politólogo romano Frontino: “No hay nada más desafortunado para un hombre decente que conducir un cargo que le ha sido delegado de acuerdo con las instrucciones de sus colaboradores”.

Es decir: la cultura de privilegios e influyentismo también puede corromper a los colaboradores más cercanos de López Obrador. Algunos incluso ya han manifestado síntomas de esta putrefacción. Y, si no hay castigo en ellos, si no hay consecuencia o congruencia en el repudio absoluto del presidente a este cáncer social, la inmoralidad del propio presidente hundirá aún más al pueblo en el oscuro abismo de la simulación y la corrupción.

@monroyfelipe

Nueva economía y justa medianía burocrática: el discurso de la Cuarta Transformación

El primer mensaje a la nación del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, estuvo soportado por una crítica absoluta al modelo neoliberal económico, al que definió como fuente y culmen de los efectos de corrupción, impunidad, pobreza, violencia e injusticias en México desde 1983.

Ante un muy agitado Congreso de la Unión (el cual no olvidó de hacer el pase de lista de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa), López Obrador repitió varios de sus principales mensajes de las últimas tres campañas presidenciales: combate a la corrupción y la impunidad, la transformación de la vida pública del país y un plan de pacificación y reconciliación mediante la defensa soberana de las instituciones mexicanas.

Pero la línea guía de su disertación se enfocó en las afectaciones que ha dejado el modelo político neoliberal en México. Al hacer un recuento grosso modo de la historia económica postrevolucionaria, López Obrador insistió en que la cuarta transformación política de México “transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical”, acabará con la corrupción y con la impunidad al abandonar las prácticas administrativas e ideológicas del neoliberalismo económico.

Para contrastar el neoliberalismo, López Obrador propone no sólo el modelo del Estado de Bienestar sino “la honestidad y la fraternidad como forma de vida y de gobierno”. Y aseguró: “No se trata de un asunto retórico o propagandístico. Estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio de la más inmunda corrupción pública y privada. En otras palabras, como lo hemos repetido en los últimos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la principal causa de la crisis de la inseguridad y la violencia que padecemos. Y, en cuanto a la ineficiencia del modelo económico neoliberal, ni siquiera en términos cuantitativos ha dado buenos resultados”.

Tras una veintena de compromisos de gobierno (entre los que incluye la reducción del precio de combustibles condicionado a la conclusión y remodelación de refinerías en el país), López Obrador destacó el cariz moral de su administración federal: “Haremos a un lado la hipocresía neoliberal. No se condenará a morir pobres a los que nacen pobres. Es inhumano utilizar el gobierno para generar beneficios personales y desvanecerlo en beneficio de las mayorías. Vamos a atender y gobernar a todos pero daremos preferencia a los vulnerables y los desposeídos. Nuestra consigna de siempre es a partir de hoy principio de gobierno. Por el bien de todos, primeros los pobres”.

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A diferencia de su campaña, en su discurso de una hora cuarenta minutos no mencionó el papel de las instituciones religiosas o de los valores morales y espirituales del pueblo mexicano para lograr la transformación esperada. Tampoco, entre la larga lista de los saludos a líderes y representantes de las naciones, mencionó a Franco Coppola, Nuncio Apostólico del papa Francisco en México, quien se encontraba en el recinto.

AMLO más allá de su entourage

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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe

El verdadero éxito de la consulta: la muerte de la tecnocracia

En el fondo no hemos comprendido lo importante: contemplamos la agonía del modelo tecnócrata en México. Después de varios sexenios de duro perfeccionamiento, la maquinaria aceitada de la tecnocracia hiper-despolitizada respira sus últimos estertores. En su lugar, la gobernanza hiper-politizada toma posición con el consecuente temblor de cambios. La abultada elección de Andrés Manuel López Obrador, la polarización ideológica, las feroces argumentaciones y contraargumentaciones sobre aeropuertos, consultas y demás temas de interés social sólo evidencian que los políticos volvieron a tomar el sitio que los tecnócratas tomaron las últimas tres o cuatro décadas.

Desasosiego, confusión, incluso náuseas. Eso es lo que algunas personas aseguran sentir como síntomas en el proceso de transición para el gobierno de López Obrador. Ciertos opinadores y ciudadanos no dejan de decir, por ejemplo, que hay ‘incertidumbre’ en los mercados, que la falta de liderazgo provoca confusión, que la indefinición tiene al país en la zozobra. Añoran el donaire experto de los especialistas, los que nunca preguntaban, los que cobraban lo que cobraban porque sabían lo que hacían, los que comparaban la economía con gripas y pulmonías o la política diplomática con enchiladas sin considerar a los miserables de las primeras o a los desplazados de las segundas crisis. Aquellos tecnócratas acostumbraron a varias generaciones a comprender que su docta decisión siempre era mejor para la gente sin necesidad de consultarla ni de explicarles nada, total ‘qué va a saber de macroeconomía la gente promedio’.

Y, de pronto, aparece una consulta ciudadana llena de problemas, errores, intereses, sesgos y demás dolencias para preguntar a la gente qué opina sobre viabilidad aeroportuaria. Es evidente que los expertos en consultas evidenciaron sus errores, los especialistas en leyes mostraron sus lagunas legales; y los expertos en aeronáutica, inversiones e infraestructura simplemente miran con recelo que la gente opine de algo que desconoce del todo.

Quizá tengan razón, pero creo que deben dar un paso atrás para tomar perspectiva sobre la consulta. En el fondo opino que lo último que importa de ella es el resultado; lo importante es el acto en sí. El cambio de actitud frente a la gobernanza. Personalmente nunca tuve opción y, sin embargo, creo importante que la ciudadanía debe darse siempre la oportunidad de dar muestras de actitud madura, responsable y cívica.

Y, a pesar de la oportunidad, qué despreciable espectáculo vimos los ciudadanos y los medios de comunicación cuando cotejamos a gente que votó varias veces en diferentes casillas. No están probando nada excepto su capacidad de engañar.

Es claro que las fallas de los sistemas de votación deben reducirse lo más posible; pero mientras exista el factor humano, todo sistema es falible. Creo que lo único positivo es el nivel de indignación y profunda conciencia que se gesta entre la gente, nos ayuda como ciudadanía a ser más exigentes, a dudar más, a desconfiar mejor. Así se obliga a los grupos de poder a adecuarse. El gran reto ahora es para el propio grupo de poder: porque si quiere hacer una nueva consulta en otro tema o si deja de consultar a la gente, igual la ciudadanía le reclamaría. Ya fuera por la falta de aprendizaje o por la falta de compromiso.

En su mejor expresión, los tecnócratas quieren mirar este ejercicio de consulta desde la eficiencia y verificación; pero los políticos ponen acento en el marco ético y moral. Yo no creo que el médico debe arrancar un dedo al paciente para verificar que sangra; basta un pinchazo en la punta de este. Todos los datos arrojan lo evidente: la consulta tiene miles de errores técnicos y políticos, obrar con malicia como un acto incorrecto más para ‘comprobar su vulnerabilidad’ es un acto agresivo, innecesario, gandalla decimos. No es experimentación, es dolo.

He ahí el verdadero triunfo de la consulta (y de lo que venga en el horizonte): la muerte de la tecnocracia. La vuelta de la política dura, el renacimiento de un estilo que busca, lucha, conserva o retoma el poder; el inefable poder.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

Obispos de México, muchas dudas ante las definiciones del país

obisposcemDel 9 al 13 de abril, los obispos de México se reúnen para participar de la 105ª asamblea plenaria en un momento de particular complejidad social y política para el país. Sin dejar de lado el programa de trabajo que vienen desarrollando, los líderes de las comunidades católicas de la República se enfrentan a diversos dramas para los cuales nunca hay suficiente experiencia.

Por supuesto, todos los reflectores se los llevarán los candidatos a la presidencia de la República que visitarán a los obispos. Los políticos presentarán sus ideales y plataformas pero también deberán escuchar las inquietudes de los pastores de una grey aún masiva, fuertemente simbólica de la identidad nacional y sumamente plural.

El episcopado recibirá a los candidatos en plena campaña. Los obispos conocen bien a todos, excepto quizá a Ricardo Anaya, quien se estrena en este foro de por sí complejo para presentar, cual Víctor Frankenstein, las razones de crear un Frente que parece sólo un amasijo de confusiones pragmáticas e ideológicas. El queretano de 39 años tiene contra sí una lectura –ya no digamos inmoral- sino poco ética de su persona pues quedó evidenciado que sólo a costa de traiciones y acuerdos inconfesables ha construido la plataforma de sus ambiciones.

Andrés Manuel López Obrador pisa terreno conocido. Estuvo frente al pleno de obispos en 2006 y en 2012 y sorteó las dudas de los obispos sobre su ‘peligrosidad’ para el país. El tabasqueño carga en su valija no pocas heridas políticas y también su propio golem partidista; pero lleva consigo el argumento irrefutable de que los gobiernos de Calderón y Peña no han resuelto la violencia, la corrupción y la impunidad (donde coinciden todos). El catolicismo practicante y la cercanía pública de sus predecesores con la iglesia católica no fue garantía para hacer permear los principios morales y cristianos en la conducción del país: la normalización de la corrupción, la legal inmoralidad y el nulo compromiso con la dignidad de la vida humana de los últimos dos sexenios han sido más que evidentes. Con todo, López Obrador sigue cargando con el estigma de su extraña personalidad y, para muestra, acude ante los obispos con esa confusión republicana-juarista-cristiana como su estandarte moral.

A José Antonio Meade se le conoce bien y se le reconocen sus buenos oficios al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores; pues con su gestión mejoraron sustancialmente las relaciones entre la Santa Sede y México; y, por ende, con el cuerpo colegiado del episcopado nacional. Sin embargo, la madurez institucional alcanzada en un despacho se convirtió fácilmente en perfidia política cuando se traicionó la palabra (“Las causas del Papa son también las causas de México”, dijo Peña a Francisco sólo para trabajar 15 días después iniciativas que molestaron a los obispos) y cuando el gobierno peñista tomó ventaja una y otra vez de esa buena voluntad. Pero si a Meade se le reconoce el oficio y la técnica, se le cuestiona el liderazgo o la capacidad de controlar a un partido que suma 22 gobernadores cuyas administraciones han dañado los recursos públicos sólo durante la gestión de Peña Nieto. Incluso, sobre Meade pesa la duda razonable de que sea capaz de romper la cadena de impunidad con el gobierno del que formó parte y que está obligado a responder por casos de corrupción (institucionalmente encubiertos) como los de PEMEX-Odebrecth, la ‘Estafa maestra’, el espionaje ‘Pegasus’, la Casa Blanca, etcétera.

Para Margarita Zavala, el encuentro con los obispos no anticipa tensión. Ni su catolicismo militante está bajo duda ni su trayectoria acusa baches. Pero sin partido, sin estructura y sin definiciones sobre ese feminismo conservador que predica, parece que la presencia de la abogada tiene mucho más de cortesía que de posicionamiento.  Como siempre, Zavala carga con los éxitos y fracasos de la administración de Felipe Calderón; está, por supuesto, la sombra de fraude y el ‘haiga sido como haiga sido’ (incompatibles con la doctrina social cristiana); pero, el Waterloo calderonista con el país y el episcopado mexicano es la enorme mancha de violencia que despertó el único presidente que se ha vestido de militar desde la Guerra Cristera y que triplicó los asesinatos de sacerdotes en México.

Ahí están los entretelones de la agenda política sin descartar que los obispos recibirán al secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, quien inquirirá diplomáticamente “qué ocurrió” antes, durante y después de la reciente reunión del obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, con miembros del narcotráfico. Una acción pastoral que a todas luces cuestiona la capacidad rectora del Estado mexicano y evidencia el dominio de la corrupción que ha permeado todas las estructuras legítimas y legales del orden y la administración pública. Y que, al mismo tiempo, da cuenta de los recursos con los que aún cuenta la iglesia católica –autoridad y argumentos- para establecer diálogo y compromisos a favor del respeto a la dignidad de la vida humana, a las familias y a las libertades.

Es claro que los obispos mexicanos advierten que en todo el espectro social, político y cultural se requieren definiciones inaplazables para desterrar la violencia, la corrupción y la impunidad. En su mensaje conjunto frente al proceso electoral en marcha, los ministros católicos urgen “a trabajar comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan”. Por supuesto, los procesos electorales son indispensables para alcanzar este deseo, pero no sólo y esa posibilidad sólo está en la ciudadanía.

@monroyfelipe