Ayotzinapa

De las masacres a la tragedia cotidiana, el poder de la indiferencia

IMG_5891Existe un relato desgarrador de Anton Chejov en el que cierto patrón quiere ajustar cuentas del salario a la institutriz de sus hijos. A lo largo del cuasi monólogo que sostiene con la empleada, el patrón le descuenta hasta la miseria el pago acordado: los domingos, los imprevistos, los consumos, los feriados, incluso el accidente con una vajilla y el robo que cometió otro empleado son incautados del de por sí  insignificante salario de la mujer. No anticipo el final pero sí la frase que el hombre dice en conclusión: “¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!”

Y en verdad lo es.

Constantemente, de todos lados nos llegan historias que impactan e indignan por la brutalidad de las consecuencias que provocan quienes, sintiéndose más fuertes, sojuzgan de mil maneras a los más débiles, o que abusan inmisericordemente de ellos gracias a ese halo de impunidad que les confiere dicho poderío.

Para el mundo creyente, la masacre de los estudiantes de la Universidad de Garissa en Kenia se suma a una serie ininterrumpida de horrores cometidos por terroristas en contra de los cristianos: los mártires de Libia, las bombas humanas de Nigeria, los atentados en Pakistán, los desahucios de Mosul, los refugiados del Kurdistán, los millares de cristianos apátridas y un largo etcétera.

A pesar de los hechos, son pocos los que también denuncian la crueldad de las actitudes socarronas y prepotentes contra los creyentes como la bellaquería despiadada hacia las devociones en Europa, la fiscalización de la caridad en Latinoamérica o la prohibición de libertades religiosas mínimas en algunos países de Asia. Prácticamente no hay rincón en el mundo que esté libre de la persecución contra los creyentes. He allí un primer rostro del poder: la acción destructiva. Es fácil vivir en un mundo si se cuenta con ese tipo de fortaleza.

Y, sin embargo, hay otro rostro de la fuerza más inquietante que se expresa en la indiferencia. Para no arriesgar las pocas seguridades es mejor poner oídos sordos a los gritos descarnados de los sufrimientos ajenos. En principio, creyentes y no creyentes no podrían permanecer insensibles frente a la demostración de otros odios criminales que también se han dejado notar en las amenazas y agresiones contra estudiantes normalistas de inspiración socialista, contra colectivos ciudadanos librepensadores, contra miserables y hambrientos, contra trabajadores esclavizados, contra minoridades en búsqueda de representatividad  o contra inocentes dibujantes que ni buscaron ni merecían la muerte muy a pesar del cretinismo impreso en sus obras. Pero hay que elegir bando y si algunos son Charlie, otros son Ayotzinapa y otros son Kenia, pero no se puede ser todo al mismo tiempo; como si no existiera una dolorosa humanidad bajo circunstanciales fenómenos políticos, económicos o religiosos.

La indiferencia tiene el poder de la autosatisfacción, de una comodidad que no hay que arriesgar aunque el abuso del fuerte sobre el débil pueda expresarse en situaciones ordinarias y próximas a nuestras murallas: en los no menores privilegios del empleador frente al empleado, en la prepotencia que garantiza cualquier nivel de burocratismo, en la ventaja que espera toda corrupción y soborno, en la búsqueda permanente de ‘lo exclusivo’, en la desquiciada carrera por el lujo, en el microautoritarismo familiar, en la discriminación social, religiosa, laboral, sexual e ideológica; en el machismo, el sexismo, racismo, clasismo y un largo etcétera.

El relato de Chejov es relevante más allá de la sentencia, refleja la tentación del despotismo que subyace hasta en las cosas más sencillas. Es fácil ser fuerte en un mundo donde los débiles no tienen siquiera voz, pero es aún más cómodo ser fuerte en un mundo en el que los débiles anhelan ser fuertes o que admiran al poder sin cuestionar si su fortaleza proviene de la indiferencia ante otros débiles. Así como hay muchas clases de opresión, también hay mucha gente extenuada, avasallada por todos sus flancos que no espera la oportunidad de someter a otros aún más abatidos.

Quizá para los gobiernos o los detentadores reales y simbólicos del poder sea sencillo enfrentar los riesgos de una humanidad lacerada; quizá a través de discursos, promesas o propagandas, o mediante reglas, leyes o sacrificios logren complacerse en la dimensión de sus obligaciones. Pero solo una responsabilidad impregna de ética al poder: el servicio. Solo en la dimensión del servicio, arrebatando la indiferencia del concepto del poder, éste adquiere verdadero sentido. @monroyfelipe

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¿Hay riesgo de mexicanización en América Latina? 

Publicado en Vida Nueva Cono Sur (Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile)

 



Dos frases de Francisco, contundentes y privadísimas, cuyo contenido quizá habría quedado en la conciencia del receptor de un e-mail, saltaron, sin embargo, al mundo entero: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización” y “allá la cosa es de terror”.

Las expresiones nacieron en un intercambio de correos electrónicos entre el papa Francisco y su connacional Gustavo Vera. Ante la inquietud del legislador, el pontífice imploró que la nación argentina no llegue a los niveles de México en el tema del crecimiento en el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción de las autoridades.

Más allá de la indignación oficial del gobierno mexicano (poco respaldada por la ciudadanía), de la ‘minimización’ que procuraron algunos al recluir el tema al ‘estrictamente personal’ (habría que recordarles las palabras del Papa a los obispos mexicanos del 19 de mayo pasado) y del affaire diplomático que obligó a una ‘operación cicatriz’ exprés, queda la inquietud sobre qué significa mexicanización y si es verdad que los países latinoamericanos deben evitar esta condición antes de que vivan momentos “de terror”.

Encontrar una historia que sume narcotráfico, crimen organizado, violencia, corrupción, impunidad y brutal salvajismo en México es igual que tirar un dardo en cualquier dirección con los ojos vendados, y acertar en el centro de un episodio infame que, a nuestro juicio, podría ser el más cruel con el que nos podríamos haber topado… hasta que volvemos a tirar el dardo.

Esto comenzó hace una década, cuando encapuchados lanzaron desde una camioneta en movimiento bolsas negras con las cabezas cercenadas de sus rivales en el negocio; con esto, querían dejar una idea clara: el crimen goza de total impunidad. Por eso luego hubo un sujeto que se deshacía de los cadáveres disolviéndolos en tambos de ácido, un grupo de secuestradores enterró a más de doscientos migrantes en fosas clandestinas (después aparecieron decenas de fosas con restos de personas que también habían desaparecido), el líder de un cártel desmembraba a sus víctimas aún con vida y con frecuencia les arrancaba el rostro, otro grupo ‘levantaba’ y secuestraba menores para obligarlos al oficio de ‘sicario’

Las confrontaciones entre cárteles de la droga llevaron a situaciones inverosímiles: una docena de cadáveres colgados de un puente vehicular, centenares de ‘encobijados’ sembrados en todos los páramos, enfrentamientos en plena luz del día, ciudadanos que murieron en medio del fuego cruzado, localidades enteras que debían pagar ‘protección’ al crimen organizado, carreteras enteras usurpadas por los criminales, largas tardes de balaceras interminables en varias ciudades del país. La respuesta del gobierno entonces fue la confrontación directa y la persecución de los criminales; la estrategia no calculó que las fuerzas públicas estaban infiltradas y corrompidas por el crimen. Tropa y mandos de las policías municipales y estatales completamente dedicadas a la protección y al servicio de bandas criminales y cárteles de la droga. El caso de Ayotzinapa, con la desaparición de 43 estudiantes de mano de la policía local y bajo el conocimiento del Ejército, como convidados de piedra, es el mejor ejemplo de aquello.

El problema no concluye allí: líderes políticos, representantes populares, legisladores, directivos de partidos políticos, empresarios y toda clase de funcionarios públicos han sido evidenciados por sus vínculos con el crimen organizado; algunos bajo amenaza y otros por convicción, dejan trabajar a los delincuentes en el ejercicio del poder. Sin duda, con cierta regularidad han caído los líderes de estos grupos criminales; a veces, en medio de un festín de sangre, como en el caso de los Beltrán Leyva o Edgar Valdéz La Barbie; y otras con total control como con Joaquín El Chapo Guzmán o Servando Gómez La Tuta. Con todo, los ejecutados y desaparecidos se acumulan cada semana, muchos criminales continúan operando desde prisión. Del otro lado, los muertos y secuestrados son ciudadanos inocentes, líderes sociales, defensores de derechos humanos, activistas políticos y, también, sacerdotes.

Esto le platicaron los obispos mexicanos al papa Francisco en la visita Ad Limina del año pasado y de allí la expresión que, aunque no le haya gustado a la administración del presidente Peña Nieto, fue ampliamente asumida con vergüenza por la ciudadanía.

¿Hay riesgo de esto en Argentina o en los países latinoamericanos? Leo un breve resumen sobre las noticias de los últimos diez días sobre el crimen organizado en La Nación: jueces y fiscales amenazados por la mafia, un tiroteo entre narcotraficantes deja muertos y heridos en un asentamiento, apresan a un sicario presunto responsable del asesinato de un subcomisario, robo de avionetas para trasiego de drogas y armas, madre e hija en prisión por narcomenudistas, guerra de narcos en Rosario, un cura denuncia el problema de la droga en su comunidad, la banda delictiva de Los Monos opera crímenes desde la cárcel y la autocomplacencia del Estado en sus estrategias y medidas de seguridad… Sí, Argentina, al igual que todo el subcontinente, tiene riesgos de ‘mexicanización’.

El problema está en el imperio de la ley y del peculio, en la corrupción de las autoridades y en la apatía de la ciudadanía; en la impunidad con que gozan los criminales y el egoísmo con el que se afrontan los problemas; en la ambición de éxito y poder que vende valores por dinero. Pero Francisco no señala carencias si no anticipa propuestas, las dijo a los obispos de México: “Ustedes con su pueblo siempre y desde allí promover este espíritu de concordia a través de la cultura del encuentro, del diálogo y de la paz”. Esperamos, junto al Papa, que otras naciones aún estén a tiempo.

 

Ser y no ser (Charlie Hebdo); pero primero: creer

pencilCharlie Hebdo. La sangre de sus mártires hace universal sus portadas, sus dibujantes y su línea editorial. De alguna manera, con el ataque mortal a sus miembros, se inauguró una cruzada para recuperar ese ambiguo territorio de la libertad y el derecho a la expresión de las convicciones.

De las primeras reacciones tras los trágicos acontecimientos estuvo la del gremio, los periodistas, los que sintieron el zumbar de las balas al repensar alguno de sus textos, ilustraciones o discursos. La respuesta era obvia: Yo también soy Charlie.

Después vino una adhesión social; más que multitudinaria, masiva. Ser Charlie Hebdo significó solidaridad y repudio, miedo y valentía, ser liberal y conservador. Todo al mismo tiempo, todo tan difuso e inabarcable como la masa misma. Ser Charlie era tan buena como mala idea, tan legítima como impostada, tan moderna como reaccionaria, tan mediática como marginal, tan circunstancial como planificada. Entonces, algunos quisieron no ser Charlie.

‘Yo no soy Charlie’ dijeron los que condenaban el acto terrorista en contra de los dibujantes pero que rechazaban su línea editorial. “Lloramos a aquellos que no nos hacían reír”, apuntó el autor de Padreblog que rápidamente fue traducido a varios idiomas y recorrió el mundo montado en las olas de la difusión internauta.

Pero también hubo otros que fueron más lejos con los artistas de Charlie: “no quiero decir que lo merecían, pero se lo buscaron”. Reprobable. Una voz así solo es eco de otras que devastan el tejido social. No hay cara para decirlo frente a las víctimas. Pensemos en quienes sufren extorsión y, en el momento en el que no pueden pagar el derecho de piso o cumplir los deseos de los criminales, son ejecutados bajo esa misma frase: “no es que lo merezcan, pero ellos se lo buscaron”. Esa frase se repitió en Tlatlaya, en Iguala, en Tlatelolco, en Aguas Blancas; vaya, incluso Poncio Pilato la pensó.

Entonces, la esquizofrenia: no saber si se podía ser Charlie o no. Serlo también significaba ser blasfemo o partidario de la ridiculización de la fe de la gente inocente; no serlo, convertía en un insensible inhumano. Pero la moral debe guardar el orden de la naturaleza del hombre con el uso de la razón. En función de esta moral, más allá de ser o no ser, se debe creer que podemos aspirar a un entendimiento de hábitos y virtudes razonables de nuestras palabras y obras. Algo que los asesinos, simplemente no ven.

No hay razón para la autocensura por parcialidades del ser o no ser, porque dicha ordenanza nace del miedo o el interés de silenciar lo que se debe decir; pero sí de tener la convicción de ser más estrictos en el autocontrol, porque debemos garantizar estándares más altos de calidad en nuestras publicaciones. Esos estándares pueden ser técnicos, tecnológicos o estilísticos; aunque también éticos, morales y culturales. Dice el clásico: “El necio da rienda suelta a su enojo, pero el sabio sabe calmarlo”.

No es hora de abandonar

enmDonde termina el camino crece la hierba, la maleza invade el terreno. Y hay que decir sobre la tierra mexicana que se abandonaron muchos senderos, algunos desde hace mucho tiempo.

No solo por miedo se desolaron los caminos, que no es para menos; también se renunció a ellos por mezquindad, por malsana complicidad e intereses, por suprema comodidad.

La semana pasada, un grupo de estudiantes sacudió las conciencias aletargadas de muchos para construir caminos de unidad frente a una urgencia nacional ineludible. Su iniciativa tuvo mayor repercusión de lo que cualquier medio de comunicación pueda asegurar.

Porque vi a un grupo de estudiantes colocarse en el seno del dolor de las víctimas y no sectorizar la agonía, ni privatizar la justicia.

Porque vi a un rector universitario y a un colegiado académico que custodian a su comunidad estudiantil, porque de su cercanía y orientación dependerá el futuro de las instituciones que acompañen o conduzcan.

Porque no faltaron las detracciones, los extrañamientos y murmuraciones que criticaron el porqué del acercamiento con las ‘ovejas negras’. ¿Por qué curar en sábado? ¿Por qué saludar a los impuros?

Porque la búsqueda de acuerdos, de diálogo y de construcción de paz no es cuestión de partidismos ni gobiernismos.

Hay universalidad cuando se promueve, propicia y resguarda la misión ulterior de un centro que produce cultura con el respeto por la historia y la audacia por el futuro… ojalá otras universidades tomaran ejemplo de esto que he visto.

“No demoren en acudir a lo que deben, se pierde tiempo”, urgía santa Guadalupe García Zavala a sus religiosas. Pero ¿qué es lo que se debe hacer? El papa Francisco exaltó la misión más importante de religiosa: “Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto daño, sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza, de afecto sincero y de amor”.

Haríamos muy mal en subrayar con rojo todas las desgracias en el país sin proponer ningún camino para enmendar la plana, para remediar las injusticias o, por lo menos, atenderlas. Nos gusta señalar pero no participar.

Compartimos los cadáveres de un sistema asesino, que reprende a los disidentes, hipnotiza a los indiferentes y descarta a los miserables; y, en el caso de los desparecidos, las sombras de su ausencia habitan en nuestro duelo tanto como en nuestra esperanza.

La conciencia de este dolor por el país nos mueve a exigir justicia, a manifestar nuestra indignación y a anunciar nuestro legítimo derecho a discrepar de los modelos políticos, económicos y culturales que no educar en la paz ni respetan la dignidad de las personas.

Pero, precisamente, para dar marcha a un camino de reeducación social requerimos un cambio de actitud. No basta señalar el mal y atrincherarse en las fantasías de seguridad que provee el dinero y el poder; porque hemos visto que solo se traducen en prepotencia e impunidad.

Todos somos responsables del grave momento que pasa el país, del grado de descomposición social, de la indiferencia frente al prójimo, de la apatía ante a la vida y de los múltiples atropellos a la dignidad del prójimo, sea vecino, hermano, migrante, mujer, menor, discapacitado, pobre, desempleado, desplazado o marginado.

¿Cómo remediarlo? Con pequeñas obras y actitudes cotidianas que reviertan la indiferencia. Precisamente en Vida Nueva México siempre buscamos a diferentes actores de la sociedad civil a que compartan un mínimo común desde el cual se puede construir la acción de paz. Sean de liderazgos notables, o de hombres y mujeres soterradas en el olvido de la marginación y el descarte, sus voces deben ser escuchadas y sus anhelos acompañados.

Desde el nacimiento de esta revista, en nuestras páginas, sociólogos, educadores, activistas sociales y líderes religiosos nos han compartido sus experiencias que marcan pautas para la construcción de paz: el respeto al medio ambiente, la convivencia entre creencias, garantizar los derechos humanos, el rechazo explícito de la violencia. Todo aquello en el contexto de la familia, de la comunidad, la escuela, el trabajo, el espacio público, el religioso y en el acompañamiento de las periferias materiales y existenciales.

Basta de quejarnos. Basta de creer que solo los demás son responsables de cambiar el panorama en que vivimos. Basta de poner la culpa exclusivamente en los otros por la situación de México. Con actitudes sencillas y prácticas, el día a día puede ser distinto; y con una manifestación social consciente, fortalecida y corresponsable son posibles las grandes transformaciones que requiere el país. Eso queremos demostrar. Si comenzamos a tener acciones que denuncien la iniquidad y que anuncien la justicia, que denuncien la corrupción y que anuncien la responsabilidad, que denuncien las violencias y anuncien la fraternidad, la solidaridad y la esperanza, entonces podremos aspirar a la construcción de paz, a lograr ambientes sin violencia, sanos y cordiales.

No es hora de abandonar aunque parezca demasiado débil nuestra difícil comunión y mientras sea tan fácil poner etiquetas, marcar diferencias y juzgar. Eso solo trae discordia y aislamiento en guetos.

No estoy dispuesto a creer que ese es el camino de mi comunidad ni el del país. Por ello en la convocatoria fueron todos, de manera inédita, todos juntos, con sus fascinaciones por los reflectores, con sus peculiares modos de pensar y sus loables trabajos. Los que no quisieron ir fue porque no querían ‘mancharse’, no querían ‘arriesgarse’; prefirieron amurallarse con sus colectivos que les festejan todo y no les critican nada.

Con frecuencia, los miembros de la Iglesia católica solemos no hacer mucha justicia al principio de solidaridad, hermandad y comunión que en principio debería convocarnos; en ocasiones sentimos que hay una Iglesia demasiado dividida entre diferentes sociedades, tanto por actitudes como por perspectivas ideológicas; por eso no solo saludamos esta iniciativa sino que nos involucramos con ella, nos ha sido grata porque intenta evitar que esas divisiones tan notorias dentro de los colectivos eclesiales, interrumpan esta misión trascendental que tenemos frente al país que es la recuperación de una estabilidad y la articulación de diferentes procesos de paz.

Porque solo hay dos maneras para que crezcan las flores: cuando se siembran y cuando son necesarias.

Inestabilidad en México, más profunda de lo que parece

43 Ayotzinapa Vivos los Queremos

En no pocas ocasiones se ha insistido en que los 43 normalistas de Ayotzinapa son un símbolo. Aunque no lo eran cuando protestaban por la reivindicación de su causa o cuando eran sometidos por las fuerzas del orden; no lo eran incluso cuando fueron detenidos y desaparecidos ese 26 de septiembre. Pero los 43 se convirtieron en ese símbolo que ejemplifica en toda su crudeza la crisis institucional que se venía añejando en el país.

Esa crisis, hasta antes de que el símbolo fuera más importante que la realidad, se debía a tres factores que corroen toda estructura y organización: corrupción, impunidad y violencia.

El cansancio, el hartazgo, el repudio y la necesaria movilización masiva están plenamente justificados por esa escandalosa verdad nacional en la que pueden morir 49 niños en una guardería vigilada por el Estado o donde 22 personas pueden ser acribilladas extrajudicialmente por el ejército apenas por una ligera presunción no comprobada –ni comprobable- de que pertenecían a un grupo criminal. Esa verdad que no ve ni ilegal ni inmoral el enriquecimiento inexplicable de una pléyade de líderes sindicales y políticos, que no cuestiona prácticas como el tráfico de influencias con sus consecuente baile de millones de dólares y que censura informaciones bajo el argumento de ‘seguridad nacional’ cuando casi 60 mil personas han sido ejecutadas en menos de dos años.

Pero la escandalosa verdad no es un símbolo, es la realidad.

Atacar el símbolo, tratar de recomponerlo, de reconfigurarlo o rediseñarlo puede ser una tarea importante pero igual insuficiente. Piense en el símbolo de un cigarrillo encendido en un círculo rojo; luego, reconfigurar el símbolo haciendo cruzar una banda roja por en medio cambia su significado y en lugar de decir ‘zona para fumar’ dice ‘prohibido fumar’ pero eso no remedia los problemas del consumo de tabaco, ni los enfisemas pulmonares que provoca ni genera una cultura de respeto y tolerancia entre fumadores y no fumadores.

Pero el símbolo es importante. Tanto, que la fundación Teletón usó sus mejores armas para intentar reparar un símbolo que la corrupción y la impunidad le habían resquebrajado: la bondad solidaria y desinteresada con los niños discapacitados.

Incluso el presidente Peña Nieto ha girado su mirada al símbolo (y con la de él, la de todo el aparato nacional). Su ‘Todos somos Ayotzinapa’ no ampliaba el drama de la crisis, lo restringió al símbolo de la crisis.

Atender al símbolo fue la recepción en el senado de los familiares de los 43, la llamada de los obispos a los familiares de Alexander Mora para ofrecerle consuelo incluso el mensaje a la nación de Peña; sin embargo, entrar en la realidad más allá del símbolo es la operación de directrices que construyan nuevas relaciones de servicio, trabajo y convivencia con la representación política, la participación ciudadana y la organización comunitaria.

La inestabilidad en el país es más profunda de lo que parece porque no importa que, uno a uno, los normalistas sean reconocidos entre las cenizas o que la administración federal, los partidos políticos y hasta los medios de comunicación paguen caro con los contribuyentes, electores o audiencias su ineficiente actuar. La inestabilidad es profunda porque nadie voltea a ver el terreno de esa realidad que sí está estable, ese terreno que aún tiene esos tres venenos que lo erosionan: corrupción, impunidad y violencia.

La importancia del símbolo es que la crisis mexicana pudo llegar a la conciencia de mucha gente. En varios idiomas y contextos se entiende que el 43 está tatuado en la frente de los mexicanos para vergüenza de una nación entera. Un símbolo que no se ve en el egoísmo sino en el encuentro con el otro, en sus temores, padecimientos y humillaciones. Ese 43 que, aunque se quede con nosotros por muchos años, tiene que recordarnos cotidianamente las razones del esfuerzo que habremos de hacer para no volver a repetirlo. @monroyfelipe

Del “he decidido” al “me he visto forzado” y otras anfibologías de un mensaje presidencial en tiempos de crisis

27376-800-533El presidente de lo que queda de la República, Enrique Peña Nieto, emitió el “Mensaje a la Nación: Por un México en Paz con Justicia, Unidad y Desarrollo” a dos meses de los acontecimientos de Iguala, Guerrero, cuyos tristes despojos se han vuelto símbolos de la crisis transversal en el aparato institucional en cada rincón del país.

Tanto en la apertura como en las conclusiones, el ejecutivo nacional dibujó un panorama de los acontecimientos en el país y de los sentimientos que provoca dicha crisis institucional. En realidad, la crónica de los eventos y su adhesión a la indignación no convenció a quienes han y hemos seguido hombro a hombro el clamor de la gente y las víctimas, pero quizá sí permeó entre sus correligionarios, sus miembros operativos, sus primeros colaboradores y sus más radicales defensores. Ahora es posible decir que vivimos en un ‘Estado fallido’ no solo entre los ciudadanos que hemos constatado esa verdad cada día, sino entre los muros del palacio y las cumbres del poder, como los asesores, los secretarios, funcionarios públicos y beneficiarios del modelo económico vigente; es hasta ahora que pueden hablar de esto abiertamente porque “el Estado ha cedido espacios”, lo ha dicho el presidente. La primera ambigüedad es suponer que el mensaje iba dirigido a quienes sostenemos una crítica frente al régimen; todo lo contrario, sus destinatarios eran quienes se preguntaban por qué había tanto escándalo en las calles.

Entonces habrá quienes aplaudan y reconozcan en este mensaje al estadista que esta crisis necesita. Pero he aquí su primer error: ¿Qué significa que el primer mandatario, uno que doblegó a la oposición para hacer pasar las reformas de su interés, se sume a la exigencia de la justicia en su propio país? ¿Qué significa la (re)afirmación de su voto de servicio y compromiso a un tercio del camino sexenal? ¿Será él quien al asumir la responsabilidad de liberar a México de la criminalidad, asuma también los costos políticos de esta declaración?

Peña se colocó nuevamente como blanco de diana y le han disparado nada más que la verdad: “¡Tú no eres Ayotzinapa!”

Algo suena detrás de cada inquietud que presenta el mandatario: si el presidente exige justicia, ¿quién la está impartiendo hoy en día?; si anuncia su compromiso a mitad del camino, ¿no lo había asumido hasta ahora?; si Peña recogerá los lastres de la batalla, ¿quién recibirá el relevo sin la presión de la inmovilidad?

Con todo, el verdadero cuerpo del mensaje está en las nuevas diez medidas prácticas y operativas para “recomponer el rumbo, para impulsar el cambio de fondo en materia de seguridad, justicia y Estado de Derecho”: 1. Aprobación de una ley contra la infiltración del crimen organizado en autoridades (municipales, principalmente); 2. Redefinición de competencias de autoridades en el combate al delito; 3. Policía estatal única con 32 corporaciones; 4. Teléfono único de emergencias en materia de seguridad (911); 5. Clave única de identidad; 6. Operativo especial en Tierra Caliente; 7. Reformas de acceso a la justicia; 8. Fortalecimiento de instituciones de defensa de Derechos Humanos (articulación de un Sistema Nacional de Búsqueda de Personas no Ubicadas, Banco Genético y Registro Nacional de Víctimas); 9. Aprobación de leyes anticorrupción; y 10. Fortalecer mecanismos de transparencia y rendición de cuentas.

La primera crítica que recibe Peña Nieto sobre este decálogo es precisamente lo que le habrá motivado a pronunciarlas: Si no logra hacer cumplir mínimamente las leyes vigentes, ni responde al clamor popular para remover funcionarios, ¿para qué proponer nuevas leyes, para qué proponer nuevos organismos que indefectiblemente estarán en manos de funcionarios intocables?

Cada una de las propuestas merecen un análisis exhaustivo y serán estudiadas por los especialistas; sin embargo, me atrevo a señalar que todas las medidas están encaminadas a lo que el presidente enfatizó: unidad. Pero cierta unidad que sueña con uniformidad, unidad a la que no le basta el equilibrio. Esto no es nuevo, paulatinamente parece que vamos mudando de las instituciones ‘federales’, a las instituciones ‘nacionales’. Se busca armonía pero se sacrifica autonomía. Ante la desarticulación del país, parece obvio buscar una mayor centralización en el ejercicio del gobierno y el control administrativo, judicial, electoral, legislativo incluso; pero no podemos menospreciar la reaparición de fantasmas hegemónicos absolutamente inoperantes en la era de la ciudadanía politizada y participativa.

En el mensaje también anunció la creación de tres Zonas Económicas Especiales (ZEE) en el sur del país, algo de no poca trascendencia. Las ZEE en el mundo son muy valoradas en el marco de la economía global, por su éxito en la reactivación productiva y comercial de economías ralentizadas,  aunque muchas veces a costa de dos sacrificios muy claros: el ‘cierto grado’ de explotación laboral, la pérdida de tierras de cultivo y una (aún) menor intervención del gobierno en las empresas y sus relaciones inmobiliarias en la zona.

Aún hay más respecto a la narrativa de estas propuestas: ¿Habrían sido presentadas sin la emergencia que vivimos? ¿Era necesaria la sangre de las víctimas, la ausencia de los desaparecidos, la indiferencia de las fuerzas del orden, la corrupción de las autoridades, el mar infinito de muertos anónimos? ¿Era necesario reconocer que “el Estado había cedido espacios”? ¿Hacía falta que el presidente asumiera personalmente la responsabilidad de “liberar a México de la criminalidad, la corrupción y la impunidad”? Todo el mensaje parece señalar que sí: que se aplicarán medidas emergentes para un escenario no previsto.

De allí la inquietud por el “he decidido” presidencial que, en el fondo, habla de un viraje inesperado que doblega a los cambios y no de una reflexionada estrategia a largo plazo. Fuera de las propuestas emergentes, el mensaje denota una serie de ambigüedades que intentan cubrir cierta verdad subyacente.

Cuando Peña Nieto dice que “México sufrió uno de los ataques más cobardes y crueles del crimen organizado” es claro que no habla de los estudiantes de Ayotzinapa sino del propio Estado a través de autoridades corruptas y delincuentes. Cuando habla de “indignación y agravio” no hay elementos emocionales sino pragmáticos y políticos.

Es esto lo que aún no mira el presidente y por eso no logra empatía con el pueblo que representa. Él se ha visto forzado, mientras que el pueblo ha decidido a plantear un nuevo modelo de relación con el gobierno. Esperemos que esto último sí logre dar frutos. @monroyfelipe

Aves sobre la ceiba

IMG_2608María ofrece un vaso grande de tepache frío. Está algo amargo y ácido, le falta piloncillo. María se disculpa porque no lo ha conseguido en la tienda. No importa, el líquido es refrescante. Desde la sala de su casa se observa una orilla de la bahía de Acapulco, estamos a 32° de temperatura y por la humedad tengo la camisa adherida al cuerpo.

–Ahora sí, platíqueme. ¿Qué pasó?

–Pues qué va a pasar, que mataron a mi hijo.

Escucho cerca de media hora; la historia inicia con un secuestro, la solicitud del pago por el rescate, el drama que la gente pobre padece en juntar ahorros, préstamos y deudas con extraños y familiares en cuestión de minutos, son horas de angustia. Al final, la única certeza que les pudo dar la autoridad pública: “Encontramos a su hijo. Muerto”. El relato es semejante a varios que vengo escuchando desde que llegué al puerto dos días atrás.

Acapulco lleva meses liderando las estadísticas de rapto en el país, aunque no es necesario conocer las cifras,  el miedo se constata en la vida cotidiana.

Al llegar a mi hotel, por ejemplo, pusieron un cincho de plástico en mi muñeca mientras decían que con el brazalete podía hacer uso de todas las instalaciones del lugar, comer y beber en los restaurantes. “Pero si va a salir mejor tápelo con la camisa o con el reloj”. Minutos después cuando tomé un taxi para encontrarme con un viejo amigo el conductor dijo mientras me estiraba una tarjeta con su número telefónico: “No confíe en cualquiera, anda la cosa muy grave; llámeme y yo lo llevo muy segurito”. Nuevamente cuando llamé al mismo taxi y me dijo que no podía llevarme porque tenía servicios ‘especiales’.

–¿Cómo especiales?

–Es la hora en que salen de la escuela los niños y los papás nos pagan servicios especiales por recogerlos y llevarlos hasta su casa.

–Así, los niños van muy seguritos…

–Qué le digo. No se puede confiar en cualquiera…

María paga 1,000 pesos al mes por un servicio especial para su hija menor.

–No puede dejarlos solos, ya ve cómo está la cosa.

–Así que diario pasa un taxista y trae a su hija a casa. ¿El taxista es de su confianza?

–Era amigo de mi esposo, de mi exesposo, trabajaban juntos.

–¿En qué trabajaban?

–En el sector turístico. Mi esposo era mesero y temprano vendían paquetes para el Continental. Javier perdió el trabajo después de lo de nuestro hijo; y también por otras razones nos separamos. El señor Raúl también dejó de trabajar y comenzó con lo del taxi.

FullSizeRender (2)María es enfermera con el turno nocturno, también vende comida y renta el piso de debajo de su casa. Su hija y la mujer de abajo le ayudan con la cocina. El pequeño negocio es un buen ingreso para el matrimonio que llegó a rentar allí; según cuenta María, la pareja estaba amenazada en su pueblo natal, después de varios intentos de extorsión, el matrimonio y su pequeño vástago huyeron desde la montaña de Guerrero a Acapulco donde tenían familiares.

–¿Tenían?

–Según tenían quesque un tío rico que tenía un bar en la Costera.

Con el brazalete del hotel bajo el reloj camino unos pasos por la Costera Miguel Alemán, el corazón turístico del puerto acapulqueño. Ya ha pasado el atardecer y hasta donde la memoria y las leyendas recuerdan, caminar por la Costera o subir a una calandria iluminada, son el inicio del paseo-bulevar con más ambiente festivo de la zona. Hasta hace poco, los bares, discotecas, restaurantes y espectáculos de Acapulco daban un significado apoteótico al término “vida nocturna”.

El que vi era un espectáculo lamentable. Decenas de bares cerrados, clausurados o simplemente abandonados; tanto polvo de tantos días vacíos, el persistente e inquietante correo acumulándose tras las puertas, la humedad y el salitre arrancando trozos de los muros, algunos adornos hurtados por el malandrín furtivo, pintas y grafiti que se hicieron bajo la lóbrega ausencia de un farol que no han reparado hace meses. Alguna mirada que indaga desde las sombras, manchas viejas y basura descolorida por una incuantificable cantidad de soles sobre la acera. En la esquina, una tienda de veinticuatro horas es la única luz de la cuadra. Cruzando el bulevar hay un bar de gran tamaño, tiene decoración de un galeón pirata, está iluminado y se escucha una melodía caribeña. Junto a él un restaurante pequeño y dos meseros que invitan a pasar. El interior luce desierto.

–Pase. Tenemos vista al mar. Mire la carta. –Uno extiende la carta, el otro con una sonrisa exagerada indica la puerta

–No gracias, ya he cenado.

–Bueno, véngase a desayunar. –insiste el sonriente.

–¿Y a qué hora abren? –pregunto.

–¿Cómo a qué hora quiere venir?

FullSizeRenderSeguro hubo un tiempo en que la gente esperaba turno para cenar aquí porque el bar contiguo se daba el lujo de ‘dosificar’ a su clientela. Zona VIP, acceso exclusivo, shows en vivo, meseros en disfraces, valet parking. Solo cuando termina la música merengue se escucha a dos mujeres conversar en una mesa del bar, fuman y toman alguna especie de coctel. Después de algunos segundos, el diyei decide poner otra canción, una balada; poco afortunada porque ahora parece un galeón fantasma. De hecho, todo en derredor lo parece.

“Acapulco está agonizando. Es un paciente moribundo. Y la poquita transfusión de vida que se le puede dar, nos la ahorcan con los bloqueos y con la mala fama”.

El derrochador de metáforas es Manuel Pineda, administra una agencia de turismo, “la mejor experiencia de Acapulco. Paquete Total”. Viste camisa y mocasines negros, pantalón blanco, cabello hirsuto con algunas canas: “Hay que repensar Guerrero, repensar Acapulco. Yo creo que aún tiene destino este maravilloso puerto”.

Manuel parafrasea el artículo de Ramón Sosamontes de esa mañana en el Novedades de Acapulco pero no lo interrumpo y prosigue: “Tenemos bellezas naturales, selva, montañas, playas… como el gran Acapulco que se niega a morir… necesitamos una inyección de oxígeno urgentemente para este paciente moribundo”.

A pesar de la imprecisión médica, su preocupación es comprensible. El fin de semana anterior el bloqueo en la caseta Palo Blanco de la autopista México-Acapulco por parte del FUNPEG (Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero) desanimaron al turismo nacional; pero es la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa (a 15 kilómetros de Chilpancigo) y la aparición de fosas clandestinas en Iguala así como asesinatos arteros contra inocentes por parte de autoridades presuntamente vinculadas a grupos del crimen organizado, lo que puede desanimar al más entusiasta.

Aquella mañana, había llegado a Acapulco y compré los diarios locales. Conocía los antecedentes y en realidad no sorprende mucho el titular de la página dos de los tres periódicos disponibles: “En Acapulco no hay policías”.

Quizá inquiete por dos razones: uno, que aparezca en el diario como novedad porque aquello no es noticia, sino un hecho que se ha añejado ocho meses por lo menos; y dos, porque los dos lugareños que me han llevado entre las colonias y barrios de este aún paradisíaco y turístico lugar han dicho con el mismo entusiasmo: “¡Mejor! ¡Ya no hay quienes muerdan!”.

No lo han dicho al unísono, cada uno habla frente a su propio volante de un taxi volskswagen con los tradicionales colores blanquiazules del puerto. Seguro es un chiste que han escuchado varias veces. Pero, en efecto, no hay policías. Y la vialidad, lo mismo en la Costera como en las callejas de la colonia Progreso, no llega a reglamento es más un ‘pacto de no agresión’ tácito.

IMG_2485Mientras escucho al conductor una más de las historias de tragedia que conoce, recuerdo el relato La mariposa y el tanque de Ernest Hemingway y me pregunto cómo relatar esta guerra si uno puede ir allí, escuchar los lamentos de los deudos, presenciar sus lágrimas perderse entre sus puños apretados y su callada oración, y después dejarlos atrás, volver a la comodidad de un hotel, a la tranquilidad de saberse visitante y no habitante de la desgracia. ¿Cómo sobrevivir tras mirar el caudal de su incontenible furia y después abandonarlos a su suerte?

Pienso en esos policías, el texto de los periódicos dice que la mayoría no volverá a ser servidor público, que otros pocos tendrán una larga y difícil capacitación.

Dice el periódico El Sur de Acapulco: “Día violento en el estado y siguen sin aparecer los 43 normalistas” y, enseguida: “Balean policías ministeriales a estudiantes del Tec de Monterrey; uno de ellos, alemán, resulta herido”.

El taxista dice: “Ahora todo mundo habla del estudiante alemán herido pero nadie habla del policía ministerial que murió. Mi madre fue a su velorio. Fue muy difícil ver que los familiares del ministerial no recibieron apoyo alguno, el policía llevaba poco en la corporación… y toda la atención se centró en el estudiante herido, incluso se vio como si el propio policía muerto había sido el culpable de su herida”.

El conductor habla de Raúl Gallegos Mendoza, policía ministerial de Chilpancingo asesinado a balazos cuando participaba en el rescate de una persona secuestrada. Es el primer relato de violencia en la página del lunes 13 de octubre en el El Sur, más abajo se consigna otro enfrentamiento en Chilpancingo donde resultan heridos dos policías ciudadano; dos muertos y cinco heridos –quizá más- en Ajuchitlán también por un enfrentamiento; dos hermanos ejecutados en Coyuca de Catalán; un marino atacado a balazos en la carretera Cayaco-Puerto Marqués; y un inquietante etcétera.

–¿Qué cree que se pueda hacer? –pregunto al conductor.

–Yo ya no confío en la policía, está muy difícil. Tampoco en ninguna autoridad. Creo que no hay sino comenzar en casa, tuvimos que regresar a lo básico, a enseñar a nuestros hijos.

FullSizeRender (1)El taxi aparca frente a la iglesia de San Cristóbal, en la colonia El Progreso. Afuera hay una manta blanca que dice: “Arquidiócesis de Acapulco. Jornada de oración por la paz en Guerrero y por las víctimas de la violencia. En especial por los asesinados y desaparecidos en Iguala. Octubre 2014”.

Es martes a mediodía, el templo está lleno. Al pie del altar un par de mujeres ponen veladoras a algunas fotografías de fieles desaparecidos o asesinados; en una esquina están las 43 fotografías de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa que ya se han convertido en un símbolo de repudio de la violencia sistemática de Guerrero y México.

La Jornada de Oración por la Paz es una iniciativa de la Iglesia de Acapulco, es itinerante y constante. Es coordinada por el sacerdote local, Jesús Mendoza Zaragoza. Ésta en particular la anunció el día anterior a través de su columna en El Sur.  La misa da inicio, participan ocho ministros, y es como cualquier otra pero el acento está en la construcción de paz y en las muy detalladas peticiones por los secuestrados y asesinados. La oración por la paz se hace al unísono, se hace un clamor que estremece: “Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, / mira nuestra Patria dañada por la violencia / y dispersa por el miedo y la inseguridad. // Consuela el dolor de quienes sufren. / Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. / Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos / y provocan sufrimiento y muerte. / Dales el don de la conversión.”

María llora. La fotografía de su hijo está frente al altar. Accede a relatarme su historia.

–Quiero pensar que no se ha ido. Que es como un pajarito que nos visita. Que no le mocharon sus alas. Es mi angelito, siempre será mi angelito.

En la ventana de su sala, la luz de la bahía se ha hecho mortecina; entre el color violeta del cielo se yergue la silueta de una arbolada y muy por encima, una parvada de gaviotas se dirige hacia el mar.

Acapulco, Guerrero. 17 de octubre 2014.

La muerte del párroco Ascensión

Ascensión-Acuña-Osorio1El 25 de agosto del 2013 publicábamos en Vida Nueva México la historia de San Miguel Totolapan, un municipio localizado en la denominada “Tierra caliente” del estado de Guerrero. El relato periodístico recuperaba las voces de más de un centenar de familias desplazadas por la violencia. Las amenazas del crimen organizado las narraron los vecinos: “Nos dijeron que nos saliéramos o nos iban a quemar adentro de nuestras casas”. La única y precaria tranquilidad que lograron encontrar esas 631 personas fue en la iglesia de la cabecera municipal donde pidieron refugio. De este templo era párroco Ascensión Acuña Osorio quien apareció muerto el 24 de septiembre pasado.

Aún recuerdo su voz del otro lado del teléfono: “Por favor, no vaya a publicar mi nombre. No es por otra cosa. Usted sabe”.

Le respondí que sí, aunque no sé bien por qué; le dije que perdiera cuidado y le hice una promesa. Ahora me apena no haber roto ese juramento, la labor de Acuña era simplemente heroica.

“La situación en Guerrero, pero muy particularmente en esta zona de Tierra Caliente nos habla de un estado convulsionado. Se ha convertido en un foco rojo donde todo está intimidado por el crimen organizado. Y cuando digo todo, quiero decir que no se puede pasear por ninguna población de estos municipios sin constatar que está controlado por el crimen organizado… Esto ha sido un caos total”, me relató Acuña aquella mañana de agosto.

El tiempo ha decantado las crónicas de ese caos en Tierra Caliente: los jóvenes abatidos por la policía en  la escuela Normal Rural de Ayotzinapa; el grupo armado que asesinó a miembros de un equipo de futbol; el crimen del dirigente político Braulio Zaragoza Maganda; las 23 personas ejecutadas por el ejército en Tlatlaya; etcétera.

¿Qué hacía Ascensión Acuña? ¿Qué hacía la Iglesia en medio de esta crisis?

Durante el éxodo de Totolapan, los poblados presenciaban enfrentamientos armados entre grupos criminales y de los mismos grupos contra el ejército. Muchos fueron despojados de sus casas y, los que no, permanecían escondidos por largas temporadas, teniendo casi tanto miedo a las balas que a morir de hambre. Solo la figura del sacerdote zigzagueaba entre las veredas del campo de miedo llevando víveres y algunos recursos hasta esos refugios forzados: “Tratamos de acercar estas despensas a la gente que está allí, llevar comida a los amigos, a los conocidos, a los feligreses. Gracias a Dios vemos que los sacerdotes no hemos tenido dificultad para ir y venir entre las poblaciones”. Es claro, que Acuña se mentía: años atrás otro sacerdote, Habacuc Hernández, y dos seminaristas fueron ultimados a tiros en la misma región.

Ante la cruel, ignominiosa y constante violencia, el obispo local Maximino Martínez había instruido a los sacerdotes de ese territorio a que realizaran “dinámicas de oración” y “una encuesta sobre la situación”.

La muerte del párroco Ascensión es también la de cientos de familias que permanecen asediadas por el crimen organizado, es la prueba inobjetable de un estado fallido que le da la espalda a la población, donde se criminaliza y erradica la organización social. Tierra Caliente es una tormenta disuasoria para las estrategias pero aún no para el testimonio.

“La potencia socializadora y solidaria de la Iglesia es una de las vías para fomentar a la sociedad civil y para animar a las asambleas a ser corresponsables de los miembros de las poblaciones vulnerables. Esto me quedó claro cuando platiqué con el sacerdote que lleva la pastoral en Totolapan, en este momento de crisis, una de las estructuras intermedias de acción solidaria es la parroquia, la comunidad cristiana que ora pero que también acerca una mano y arriesga su tranquilidad por el beneficio de su prójimo”, escribía aquí mismo aquella vez.

Reporte en Vida Nueva México 42