Benedicto XVI

Malinformar: la insidia que amenaza el pontificado

Por si alguno llegó a dudarlo, ahora es claro que el arribo del papa Francisco a la cátedra de Pedro comenzó como un huracán y ya va haciéndose terremoto. En parte hay que darle crédito a su predecesor, Benedicto XVI, que en un hecho aún más trepidante de lo supusimos y apenas con tres palabras (“Declaro que renuncio”), le dio un vuelco entero a las dinámicas superficiales que la iglesia católica fue acumulando con los siglos. Claro, no a todos les gustan las sacudidas.

Perdonará la analogía pero la renuncia del pontífice Joseph Ratzinger fue como ese acto en el que se jala el mantel de la mesa –sobre la cual hay pan y vino, platos y copas-, sin derramar ni una miga ni una gota. Tras la renuncia de Benedicto XVI, la mesa siguió siendo mesa, el pan y el vino quedaron intactos y, lo más importante, los instrumentos con los cuales los comensales siguen siendo invitados a sentarse siguen siendo útiles.

Entonces llegó Jorge Mario Bergoglio, un cardenal latinoamericano, cura porteño, jesuita y arzobispo callejero. Y al principio todo fue alegría con la “Iglesia de los pobres que sale a la calle”, “la revolución de la esperanza”, “la reforma de las actitudes”, “el Papa-párroco”. Todo olía a oveja y a novedad. Pero no tardó mucho para que algunos engranes de la milenaria y gigantesca maquinaria vaticana comenzaran a friccionar, a rechinar y hacer humo. 

Al principio se le cuestionó “el estilo”, luego su “inclinación política”, más tarde la “formación teológica” y la “legitimidad de su magisterio”. Ahora ya vemos franca oposición institucional. La abierta crítica que cuatro cardenales hicieron en forma de duda a los documentos de Francisco fue la conclusión natural de todas las inquietudes que crecían entre los círculos tradicionales de la iglesia que le recelaron sus audacias. Y, el problema con la duda es que, una vez sembrada, se riega sola. 

No aventuremos conspiraciones pero creo que todo esto es efecto de la malinformación (no una desinformación sino el acto personal y voluntario de informar con intereses diferentes a los de la libertad para elegir o decidir) que busca un solo objetivo: presionar al Papa. Se ‘malinforma’ para intentar forzar, bajo mentiras, una toma de decisión que beneficie al final alguna agenda.

Debíamos haber intuido que, debajo de aquellas intenciones y palabras se concretaba una abierta traición al Papa, pactada en voz baja entre los muros de los palacios vaticanos y que se dejó entrever tras la fulminante renuncia de Marie Collins a Pontificia Comisión de Protección de Menores de la Santa Sede y tras las ‘informaciones oficiales’ que recogió la agencia de noticias AP donde se afirma que Bergoglio personalmente redujo penas canónicas a clérigos acusados de abuso sexual contra menores.

Collins, una sobreviviente y una figura clave en la construcción de una oficina necesarísima en la iglesia para abordar la cuestión del abuso sexual de los clérigos, literalmente renunció cuando los constantes reveses a las recomendaciones, la resistencia de miembros de la curia y la falta de cooperación de la Congregación para la Doctrina de la Fe colmaron su “última gota”.

Bajo este asedio, ha sido el cardenal secretario del Estado Vaticano, Pietro Parolin, quien ha salido a calmar las aguas afirmando que Bergoglio “tiene la gran capacidad de mantener la calma y no dramatizar” pero, resulta evidente que la tensión sufrida por Ratzinger y los famosos “cuervos” sigue devastando la confianza dentro de la Ciudad Eterna.

El gran reto por ahora para Francisco es, como puede imaginar, el sopesar los consejos y las iniciativas de sus colaboradores más cercanos. Porque los malinformantes suelen ser eficientes endulzando o vertiendo la insidia en los oídos del aconsejado.

Al respecto tengo la fortuna de contar en mis manos con el gran texto del fraile historiador Carlos Francisco Vera Soto, Vida del clero secular durante la revolución mexicana y por alguna razón no me causa tanta sorpresa leer la disparidad en los dos informes enviados al papa Pío X sobre el estado de las cosas en la iglesia de México en 1914. En uno, el arzobispo de México, José Mora y del Río, le informa que “las costumbres de los sacerdotes son honestas y recomendables, cada servicio a ellos encomendados lo cumplen convenientemente… su doctrina es recta, se entregan al verdadero estudio, sostienen la fe de pueblo, corrigen a los desviados, cultivan ellos mismos la piedad y son adictos y obedientes tanto al obispo como a la Sede Apostólica”.

Pero el delegado apostólico, Tommaso Boggiani vio otra película y le explica al Papa: “Debo decir que la falta de disciplina eclesiástica es suma… se va a los toros, a los teatros, a los cinematógrafos y a cosas peores. El prelado no muestra ninguna energía en corregir estos graves abusos”.

Ahí están, dos informes realizados por dos hombres de buena confianza a un Papa que fue llamado con el oxímoron “reformador y conservador” pero que a la postre fue elevado a los altares por las decisiones que tomó ante las circunstancias. Sin duda, algo habrá hecho bien.

Felipe Monroy

@monroyfelipe

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Francisco, el Papa de la ‘buena onda’

2013891Francisco sigue dinamitando las peanas de cristal donde cierta raigambre católica había ya hecho su morada. Y, por ello, ya no son pocos los miembros de ese “círculo rojo eclesiástico” que no dudan en cuestionar abiertamente los gestos, lenguajes y hasta fundamentos teológicos del pontífice argentino.

Los amantes de las conspiraciones ideológicas, llaman a este fenómeno un conflicto entre los partidarios del conservadurismo de ancestral abolengo católico y los progresistas que impulsan una reforma de actitudes cristianas desde las últimas periferias sociales y culturales. El fenómeno, sin duda, ha alcanzado verdaderas problemáticas institucionales ventiladas ante la opinión pública (como las sendas cartas enviadas al Papa por dos grupos de cardenales distintos entre 2015 y 2016 para insinuarle su error en la toma de decisiones y en su aproximación a la teología y el magisterio); pero su verdadera esencia parece no estar en los detalles sino en el contexto.

En marzo de 1983, desde Puerto Príncipe en Haití, el papa Juan Pablo II compartió con los obispos latinoamericanos presentes una idea hasta ese momento inédita para la Iglesia católica –y ciertamente polémica- sobre “una evangelización nueva, en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. El pontífice polaco emitía así su interés por que los principios y elementos del mensaje cristiano encontraran su propio camino en el inescrutable milenio que se acercaba.

No fue sino hasta 2010 cuando su sucesor Benedicto XVI instituyó formalmente el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y recordaba constantemente que se debían buscar “medios y lenguaje adecuados” para proponer el sentido de la fe a quienes se han alejado de ella. Su mensaje ante los cardenales, obispos y expertos de dicho Consejo refleja la gran preocupación del pontífice alemán por los métodos con los que la Iglesia católica bimilenaria podría aportar en un mundo donde se había diluido su peso cultural y el escenario ya no era el futuro incierto planteado su predecesor sino en el incontrovertible hoy y ahora de la realidad: “En las décadas pasadas –decía Ratzinger- todavía era posible encontrar un sentido cristiano general que unificaba el sentir común de generaciones enteras, crecidas a la sombra de la fe que había plasmado la cultura. Hoy, lamentablemente, se asiste al drama de la fragmentación que ya no permite tener una referencia unificadora; además, se verifica con frecuencia el fenómeno de personas que desean pertenecer a la Iglesia, pero que están fuertemente plasmadas por una visión de la vida en contraste con la fe”.

A Francisco, como a cualquier pontífice que hubiera sido electo en 2013, le corresponde lidiar con ese contexto, pero no es el único que debe hacerlo. No son pocos los obispos que constatan esta realidad en sus propias diócesis, incluso de lugares donde el catolicismo forma parte de la cultura, el lenguaje y las tradiciones del pueblo. Durante una reunión en la Ciudad de México, el arzobispo de León (una de las regiones en México de catolicismo de gran solera), Alfonso Cortés Contreras, confiaba a sus interlocutores lo fácil que es aprovechar la inercia de tradiciones católicas en su grey pero el mayúsculo desafío que implica entretejer verdaderos valores cristianos significativos y trascendentales en dichas inercias. Dicho en otras palabras: las prácticas culturales católicas pueden ser muchas y muy arraigadas, pueden estar revestidas de símbolos que alguna vez significaron algo, pero bajo las cuales ya no fluye ni un riachuelo del manantial evangélico.

Quizá esa sea un esbozo de respuesta a la constante pregunta que los últimos nuncios en México se hacen sobre el país: “¿Por qué un país con una población tan católica, tan fiel, tenga niveles de violencia así?”

Esto, pensando en los pueblos que conservan esos castillos simbólicos del catolicismo, pero ¿qué hay de esos otros países y sociedades donde ni siquiera se asoma la cruz en la vida cotidiana?

Quizá por ello es que Francisco arriesga, se expone al error, se compromete “como el chancho con el jamón”, al escribirle a la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena que “si no reza, piénseme bien y envíeme buena onda”. O, cuando escribió a la madre del músico Gustavo Cerati quien aún permanecía en un prolongado coma: “es difícil decir algo frente a la relación tan sagrada como es la de la madre con un hijo”; o en su carta al juez Eugenio Zaffaroni: “rece por mí, porque lo necesito bastante”; o el texto que envió a la niña Paolina Libraro que agonizaba de cáncer: “Uno mis manos a las tuyas y a las de aquellos que están rezando por ti. De esta forma haremos una larga cadena que, estoy seguro, llegará al cielo”. ¿Por qué recojo estos casos? Porque sólo los destinatarios saben lo personal que han sentido las palabras del Papa, saben que han recibido la carta cálida e íntima de un creyente; firmada con la franqueza y el error que la amistad agradece y perdona.

Esto, insisto, es lo que el contexto contemporáneo exige a cualquier cristiano y por supuesto al pontífice máximo; es una fortuna la naturalidad y la sencillez con la que Jorge Bergoglio se inclina sobre ese abismo y sonríe con plena confianza. Una apuesta a esa  “Evangelización nueva”: en sus métodos, en su ardor y en su expresión. @monroyfelipe

 

7 mil jóvenes mexicanos en Polonia, ¿qué llevan, qué encontrarán?

13698209_811947085572809_3259879454799805308_oA partir de este 26 de julio y hasta fin de mes la ciudad de Cracovia, Polonia, recibirá el encuentro juvenil bienal que la Iglesia católica propone para refrescar y dejarse rejuvenecer por las nuevas generaciones que abren paso en el siglo. Las Jornadas Mundiales de la Juventud han sido, en cada sede donde se realizan, una oportunidad de mostrar el rostro joven de la Iglesia y renovar un deseo del papa Juan Pablo II: que los jóvenes cristianos se redescubran en la alegría, la sorpresa y la audacia de construir mundo haciendo a un lado el desánimo, el inmovilismo y el miedo provocados por los muchos flagelos de la sociedad contemporánea.

Aunque en esta edición se han registrado más de medio millón de jóvenes peregrinos a la JMJ de Cracovia, resulta interesante que al menos 7,000 de ellos serán mexicanos. Son muchas las delegaciones de sacerdotes y jóvenes que comenzaron su peregrinar veraniego hace algunas semanas. Han partido en grupos compactos desde sus localidades y en Polonia se reencontrarán con sus connacionales. Algunos lo hacen ya a través de grupos en redes sociales, utilizan las etiquetas #JovenesDeMéxico y #YoVoyaCracovia para compartir imágenes de su periplo y de los encuentros que van teniendo en el camino. En la próxima semana, los jóvenes acudirán a los centros de acogida, las catequesis generales en parroquias, las peregrinaciones a santuarios y a las actividades festivas y celebrativas de la JMJ presididas por el Papa.

Estos jóvenes peregrinos a la JMJ de Cracovia ya no son la famosa generación Juan Pablo II, pero irán “a donde todo comenzó” para el pontífice que dio perfil a la segunda mitad del siglo XX. A su país, a su casa, a su sede arzobispal donde aprendió a ser pastor y a confiar en que su ser cristiano puede transformar el mundo. Eso es lo que encontrarán los jóvenes en Cracovia, la tierra que Juan Pablo II fue animando como sacerdote, obispo y como pontífice en las siete visitas apostólicas, el sitio que se erige como un nuevo centro de peregrinación hasta donde ya han acudido el papa Benedicto XVI en mayo del 2005 y ahora Francisco este mes.

Los jóvenes encontrarán en Cracovia uno de los pilares que la Iglesia católica conserva en el Viejo Continente. Una resistencia de tradición y eclesialidad en la frontera del este europeo, un dique de cristiandad, historia y organización social que impugna el camino hacia la secularización y el radicalismo frente a la multiculturalidad acelerada por las migraciones y los refugiados. En palabras simples, para el catolicismo occidental, Polonia significa la posibilidad de mirar en la devoción mariana, el martirio por persecución y en el sacrificado ministerio (Polonia tiene una larga lista de obispos y sacerdotes santos) un reducto cristiano que los jóvenes católicos de hoy están obligados a conocer y a preservar.

México aún registra un alto porcentaje de jóvenes (27.3% del total de la población) los cuales proporcionan un dinamismo y una riqueza importante a la sociedad, pero también sus necesidades de educación, trabajo y esparcimiento son todo un desafío. Muchos de los jóvenes que hoy se encuentran en Polonia para vivir la experiencia de la JMJ tienen que lidiar en su ciudad o estado de origen con la búsqueda de oportunidades. El sistema educativo patrocinado por el Estado ha corroborado una y otra vez la imposibilidad institucional de dar educación superior y media superior a toda la demanda actual de jóvenes; mientras que las modalidades de educación particular privada requieren de grandes inversiones para proveer opciones educativas a una mayor matrícula juvenil. La situación en el sector laboral para jóvenes no es más halagüeña: la precarización de las condiciones de trabajo, las cada vez menores responsabilidades patronales y la pulverización del sentido colectivo del trabajo mantiene en una efímera ilusión adquisitiva a aquellos que tienen trabajo y en una apática búsqueda de trabajos sin horizontes de estabilidad. Para la revista Forbes, el verdadero problema en el fenómeno de jóvenes que no estudian ni trabajan (llamados ninis) es que desistan definitivamente de buscar trabajo o de volver a las aulas.

Muchos de los jóvenes mexicanos optan por emprender sus propios proyectos alentados por los muchos testimonios de éxito e independencia; sin embargo, la gran mayoría de observatorios de negocios apuntan que apenas 8 de cada 100 proyectos logran mantenerse apenas tres años y, si a ese panorama se agregan variables como el crimen organizado, la violencia, la volatilidad en el mercado cambiario y la corrupción, los emprendedores tienen un panorama muy difícil. El camino fácil, sin embargo, se abre hacia la corrupción, el abuso y la criminalidad como procuradores de supervivencia.

A diferencia de la JMJ de 1991 que presidió Juan Pablo II también en Polonia (en Czestochowa concretamente), hoy la juventud ya no padece la división de bloques ideológicos y militares, ya han caído los altos muros de acero y concreto que partían al mundo en dos (aunque aún existan liderazgos que no lo comprenden). Logros en parte animados por el grito de libertad y el llamado a no tener miedo que Wojtyla insistió durante su pontificado. Hoy, la JMJ de Cracovia quiere desmontar nuevos muros alimentados de temor y de egoísmo, de consumismo y relativismo, de indiferencia y de insatisfacción (la tercera causa de muerte en menores mexicanos es suicidio). Y frente a los nuevos retos que enfrenta hoy la sociedad, la propuesta de Francisco es misericordia: “una mirada que es capaz de cambiar la vida de ustedes y de sanar sus almas, una mirada que sacia la profunda sed que demora en sus corazones jóvenes: sed de amor, de paz, de alegría y de auténtica felicidad”. Esperemos que eso sea suficiente para ese medio millón de jóvenes que volverán a sus países a intentar ponerla en práctica y para esos siete mil mexicanos que puedan compartir con sus connacionales que el futuro es mucho más que una salvaje supervivencia. @monroyfelipe

Pedir perdón a los gays ¿por qué unos sí quieren y otros no?

Papa-dice-que-cristianos-deben-pedir-perdón-a-homosexuales_369x274_exact_1467038001Pedir perdón está en el corazón de la religión judeocristiana, al menos en los textos sagrados: perdonar setenta veces siete, pedir perdón por nuestras ofensas y poner la otra mejilla. Pero quizá no todos compartan la misma lectura a las palabras del papa Francisco sobre pedir perdón, en nombre de la Iglesia, a todas las personas que han sentido una agresión o exclusión, incluidas a las homosexuales.

Para el registro hay que recordar que Francisco no es el primero en pedir perdón en nombre de la Iglesia por errores concretos que fueron cometidos por sus miembros en situaciones históricas y culturales particulares. Juan Pablo II, en el año 2000, durante una ceremonia, pidió perdón por la intolerancia, la violencia contra los disidentes, los abusos en las Cruzadas y en la Inquisición; perdón por la presteza en excomuniones, persecuciones y divisiones; perdón a los judíos; perdón por las ofensas contra el amor, la paz y los derechos de los pueblos; perdón por no respetar a las culturas, la dignidad humana, a las mujeres, los indígenas, las diferentes razas y los derechos humanos excluidos y marginados.

En 2010 Benedicto XVI pidió perdón a las víctimas por los actos de pederastia cometidos por ministros o miembros de la Iglesia; y este año Francisco pidió perdón en Chiapas a los indígenas por la exclusión y el maltrato de sus tierras.

Visto de una manera simple, pareciera que los pontífices van por el mundo de puntillas excusándose frente a los hombres por todo lo malo que la Iglesia ha hecho sobre sus pueblos. Y en esta lectura, varios cardenales, obispos y ministros se preguntan si ellos también deberían pedir perdón. La duda no es banal: algunos creen que no tendrían de qué pedir perdón si personalmente no han cometido agresión alguna (sería falsa humildad) y, además, en varias regiones del mundo, la agresión contra creyentes no es censurada, incluso en algunos espacios es fomentada. Lo cual parecería forzar a los cristianos y a los creyentes a pedir perdón prácticamente por existir. Así, mientras la sociedad usufructúa los servicios culturales y humanitarios de los creyentes (hospitales, escuelas, comedores, tradiciones, procesiones, recintos religiosos artísticos, etc), estos no tienen derecho a expresar su opinión ni su convicción y, si lo hicieran, estarían obligados a pedir perdón.

En América y en África ya se han alzado algunas voces que no comparten la actitud del papa Francisco o del cardenal Reinhard Marx (quien fue el primero en desatar el tema en el marco del día del orgullo LGBTTTI), es el caso del cardenal africano Wilfrid Fox Napier quien lamentó que “lo políticamente correcto sea la mayor herejía de hoy”; “A los cristianos –sintetiza una periodista católica mexicana- nos exigen que pidamos perdón por opinar de una manera diferente al resto”.

A esto es lo que Jorge Traslosheros investigador de la UNAM o el director de comunicación del Arzobispado de México, Hugo Valdemar, han llamado ‘cristianofobia’ y está fomentada desde lo institucional, lo mediático y lo cultural. Una actitud discriminatoria que aplaude las consignas antirreligiosas contra ministros y cristianos en manifestaciones públicas pero censura la opinión religiosa colocándola en el mismo saco junto al fanatismo, la intolerancia y el odio. En el plano institucional, por ejemplo, reconoce y respeta que la embajadora de EU, Roberta Jacobson, participe en la marcha del orgullo gay pero censura –y sanciona- que el embajador del Vaticano participe en manifestaciones a favor de la familia.

En efecto, muchas actitudes y acciones de creyentes en Occidente aún están alimentadas por la soberbia de saberse los elegidos, la exclusividad de Dios, el privilegio de la última ciencia, la ofuscación por la posesión de la única absoluta verdad y el alucinante derecho de anatemizar y juzgar a todo aquel que disienta. Por estas actitudes, algunos liderazgos católicos están pidiendo perdón.

Ahora, a esperar que se acepten las disculpas; también se necesita gran humildad para ello y reconocer la dignidad compartida con quien está tendiendo la mano. Entonces veremos quién valora realmente la diversidad de pensamiento y la superior dignidad de las personas. @monroyfelipe

La canonización va por la persona no por el pontificado

santsHenri Nouwen apuntó que una de las áreas primordiales de la teología es encontrar palabras que no dividan sino que sumen, que no creen conflicto sino unidad y que no lastimen sino que curen. Renace este deseo en el seno de la Iglesia con la canonización de dos de los pontífices más trascendentes para el catolicismo y su relación con el universo moderno: Juan XXIII y Juan Pablo II.
El primero, italiano proveniente de una realidad aún rural que se veía avasallada por severos cambios de paradigmas sociales y culturales, Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II, una experiencia que cimbró la estructura de la Iglesia en su estilo, su práctica y su autopercepción sobre su participación en la misión que le ha sido encomendada. Y cuyo espíritu ha alimentado las fuerzas vivas de la Iglesia en el último medio siglo.
El segundo, de origen polaco, testigo y sufriente de la transformación política y económica en su nación y en el orbe, Karol Józef Wojtyla, Juan Pablo II, concretó a lo largo de su pontificado modelos de gobierno, evangelización, misión y encuentro con las realidades sociopolíticas. La vigilancia, disciplina, animación y sacrificio del camino elegido para el cristiano como signo de contradicción en el mundo entusiasmó al mundo entero y colocó a la Iglesia católica como un interlocutor indispensable en la búsqueda por la construcción de sociedades humanitarias y libres.
Juan Pablo II llega a los altares, distinguiendo su experiencia de fe y de pastor en el libro de los santos; sin embargo, para el pueblo el Papa Wojtyla ya era santo y lo exigió así a la Iglesia que sirvió y a su sucesor el papa Benedicto XVI quien respondió al grito unísono de “¡Santo subito!” concediendo la excepción pontificia para iniciar su proceso de canonización sin esperar los cinco años que prescribe la reglamentación de la Congregación para los Santos. Por su parte, Juan XXIII también es inscrito en el Canon de los santos por una concesión pontificia que el papa Francisco solicitó para eximir del estudio y comprobación de un segundo milagro atribuido a la intercesión del Papa Roncalli, como beato también es reconocido por la comunión anglicana.
Ambos titanes del siglo XX configuraron un estilo de Iglesia, una búsqueda de servicio y abrieron la posibilidad de dialogar en un mundo que ya no precisaba de cruzadas ideológicas sino de presencia testimonial, de encuentro y de experiencia latente de la fe en cada cultura existente en los cinco continentes.
Hay, por tanto, más coincidencia que distancia entre ambos pontífices. Frente a la inminencia de la canonización de Juan Pablo II se suele esgrimir la idea de la ‘compensación’ que Francisco quiso hacer con la exención de la regla para equilibrar con la canonización de Juan XXIII la abrumadora personalidad del Papa polaco y de sus 26 años de ministerio petrino. Suele argumentarse desde una mentalidad acostumbrada a los malabares, condicionada e inconsecuente, que juzga en la santidad al gobierno pontificio de cada uno. La santidad, como apunta nuestro amigo y director global de Vida Nueva, Juan Rubio, va por la persona no por el pontificado.
¿Puede haber más diferencia entre un pontificado de cuatro años y medio frente a uno de más de 26? ¿Es válido comparar la cantidad de magisterio pontificio, de las decisiones de gobierno, de los acontecimientos vividos entre un pontificado de apenas un lustro frente a otro de más de un cuarto de siglo? La santidad que ahora reconoce la Iglesia de Roncalli y Wojtyla no está sujeta a su función ni a su dignidad pontificia sino a la elección que hicieron de Dios y de su mensaje, de su búsqueda incansable del corazón de los seres humanos, de su respuesta positiva frente a un horizonte de desafíos, de la esperanza experimentada en medio de los grandes cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra: de su fe encarnada en la realidad de su contexto inmediato.
Es innegable que este 27 de abril, domingo de la Misericordia se coloque en el centro al Papa del Concilio, a Juan XXIII “El Bueno” y al Papa Viajero, a Juan Pablo II “El Grande”. Ojalá puedan estar con su pensamiento y su disposición frente a la necesidad de Dios por el hombre que barbecha la tierra para que Él siembre la eternidad en la humanidad. Ojalá esté san Juan XXIII en su frase: “Miré con mis ojos dentro de los tuyos, puse mi oído junto a tu corazón” y san Juan Pablo II con su convicción sobre que “el futuro inicia hoy, no mañana”.
Dice la frase anónima que “Dios no bendice los toques a retirada” y ambos hombres eligieron permanecer junto al Misterio, tal como ahora lo hacen el papa emérito Joseph Aloisus Ratzinger y el pontífice Jorge Mario Bergoglio. La riqueza de la Iglesia está precisamente en la diversidad de sus carismas y en la pluralidad de miras tanto como lo está en la comunión de sus miembros, la certeza de su tarea y la unidad en torno al destino del hombre.
Esta doble canonización es la certificación que hace la Iglesia de la conclusión del siglo XX y de la apertura que hacemos en el siglo XXI como comunidad renovada en espíritu, misión y desafíos. Ha aparecido un nuevo continente para el hombre -el digital- y los parámetros culturales y sociales han dejado de ser los del siglo de las dos guerras mundiales; hoy las economías no dependen de dos centroides de poder y la polarización del mundo no es entre dos naciones o dos conceptos de sociedad. Los desafíos se perfilan en torno al relativismo indolente, la deshumanización de la vida, el individualismo ideológico y la distancia entre el ser y la ficción de ser. Y en esta realidad también habrá santos que caminen con provisiones de fe, esperanza y caridad.

Rivera Carrera y las piezas clave de la Secretaría de Economía

Tal como adelantaba la constitución del nuevo instituto de economía de la Santa Sede que el papa Francisco creó el pasado 24 de febrero, se nombraría a un Consejo de Economía que tuviera como tarea el supervisar la gestión económica y vigilar las estructuras y actividades administrativas y financieras de los Dicasterios de la Curia Romana, de las Instituciones relacionadas con la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Este Consejo quedó definido en sus quince miembros, ocho cardenales y siete laicos expertos en competencias financieras y económicas. El arzobispo de Múnich y Frisinga, Reinhard Marx, será el coordinador. Cabe destacar que los cardenales convocados ya eran miembros del Consejo de Estudio para los Problemas Organizativos y Económicos de la Santa Sede (creado en 1981 por Juan Pablo II con 15 cardenales miembros ordinarios), consejo que fue disuelto con la entrada en vigor de la Secretaría de Economía y de su nuevo consejo.

En un comentario explicativo, la Santa Sede asegura que este consejo mantendrá nuevas relaciones estatutarias con la Secretaría de Economía y se tratará de un cuerpo colegiado con autoridad de decisión en políticas financieras y no sólo como un órgano consultivo.

A pesar de lo novedoso de esta noticia, esta reforma del papa Francisco es un proceso iniciado por su predecesor Benedicto XVI que está encontrando causes a los trabajos iniciados en el 2010 por el anterior consejo. En aquel entonces, se quería dar una respuesta a varios problemas financieros de la Santa Sede, entre ellos la sospecha por presunto lavado de dinero desde el Instituto para las Obras Religiosas (IOR) mejor conocido como Banco Vaticano y el déficit recurrente en los balances anuales de la gestión económica de la Santa Sede.

Tan solo como un par de datos: para el 2012, los gastos en el governatorato de la Santa Sede ascendieron a más de 230 millones de euros; la Curia erogó casi 250; la Pastoral, 72; y las obras de caridad (sostenidas casi íntegramente por donativos de fieles), 274. Las otras áreas obtuvieron ingresos por la actividad comercial y la gestión patrimonial de sus bienes.

Miembro de ambos consejos, el cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de la ciudad de México, aparentemente ha sido una pieza clave en este proceso de saneamiento y reorganización financiera. La gestión administrativa ha sido siempre de gran interés para el purpurado; como responsable de una de las diócesis más grandes, vastas, complejas y políticamente delicadas del mundo, Rivera ha trabajado por dejar claras las reglas del gobierno administrativo y pastoral, aunque esto siempre ha supuesto conflictos y tensiones internas. Intentar ordenar los bolsillos de monjes y curas siempre provoca lágrimas y risas.

A pocos meses de su llegada a la Arquidiócesis de México promulgó un Decreto de Reordenación Económica. Entró en vigor en 1997 y declaraba entre otras cosas: que el monto total de la colecta del Seminario Conciliar de México se destinaría íntegramente al Seminario; que la colecta del Óbolo de San Pedro se dividiría a la mitad: una que a través de la curia arzobispal y la Nunciatura Apostólica se entregara a la Santa Sede y la otra mitad, quedaría en las parroquias de la ciudad; la colecta a las Obras del Episcopado Mexicano: el 75% a la curia y al Episcopado y el 25% a las parroquias; el 100% de la colecta del Domingo Mundial de las Misiones se entregaría a las Obras Misionales Pontificias Episcopales.

Aquel decreto también actualizaba los procedimientos de un seguro médico accesible a todos los clérigos así como la reorganización del fondo económico para la pensión de los sacerdotes jubilados tras cumplir la edad canónica del retiro. Un tópico de naturaleza grave y que se complica conforme el promedio de edad asciende entre los ministros religiosos.

Este decreto fue actualizado en el 2000 y en el 2007, clarificando áreas de competencia y validando con los organismos de la Santa Sede los alcances legales y canónicos del decreto. En la última reforma, el arzobispo insistió en la creación en todas las parroquias del DF de un “Consejo de Asuntos Económicos” en el que, de manera gradual, pudieran participar tanto sacerdotes como religiosas y laicos, así como la simplificación de procesos administrativos mediante una aportación mensual obligatoria del 10% de los ingresos brutos constatados de cada parroquia, rectoría y capilla capitalina.

Sin duda, en la ciudad de México persiste el manejo discrecional de los fondos de las iglesias y aún hace falta la solidaridad intraeclesial para apoyar a las comunidades más desfavorecidas; las reglas, sin embargo, están puestas y esperamos que, aunque a nivel vaticano también lo estén, no se repitan las vergonzosas historias de malversación de los recursos de la Iglesia.

Primer año del papa Francisco. Los incómodos (I)

ImagenAquel 13 de marzo de hace un año, millones de mexicanos apreciaron en vivo la nominación del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, como el nuevo pontífice de la Iglesia Católica. De él, solo tenían dos datos: que era argentino y que llevaría Francisco como nombre apostólico. “Sencishito y carismático”, fueron los primeros comentarios en tono de sorna como se estila en México cuando se habla de algún argentino. Pero sí, Francisco ha resultado un Papa sumamente sencillo en su estilo y rotundamente carismático para los medios.

Para no pocos, Francisco es visto como un líder que pronuncia con claridad sus sentimientos y que, sin dobleces, denuncia las pobrezas espirituales de su propia persona y de la Iglesia que representa. Y aunque es aplaudido por muchos, hay aún algunos correligionarios incómodos que chasquean el gesto y se sienten, lo menos, desamparados.

Es una peculiaridad del pueblo latinoamericano –si bien sumamente mexicana- el acostumbrar a doblar el espinazo sin ton ni son; solemos ser, en una cultura cortesana, la zalamería andante. Y aunque resulta cómodo saber en qué dirección hacer reverencia, Francisco se ha colocado en la periferia; descolocando al adulón que, buscando el tótem, se encontró con Pedro.

Así, han sido bien recibidas “la revolución de la ternura”, “la reforma de las actitudes” y “el primerear en el amor” con los más urgidos de caridad; pero tras la ovación se olvida el contorno. Casi la totalidad de los medios festejan las frases del Papa y les colocan una especie de ‘amén’ al final de cada una, situación diferente a Benedicto XVI, al que se le cuestionaba y regateaba todo.

Francisco parece no requerir cortesanos consentidores ni cruzados defensores a ultranza que alaben su profética misión buscando el martirio mediático, quizá de allí el desamparo. Al parecer este primer año de pontificado ha propiciado un camino hacia la autenticidad de la Iglesia, autenticidad que –nos guste o no- refleja lo que es y lo que ha sido, pero también del potencial que guarda.