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La unidad está en la piel y el corazón

abrazoNunca deja de sorprenderme la sabiduría que reside en el corazón sencillo del mundo indígena. Quizá tienen los pies bien puestos en la tierra o quizá los lejanos horizontes que divisan les ensanchan la mirada tanto como su corazón. El mundo indígena tiene, en sus palabras y sus conceptos, sagaces intuiciones y demoledores principios de sentido común que ayudan a resolver muchas madejas mentales.

Vivimos en una época compleja, de muchos desafíos de orden moral, ético y práctico; aquellos que gozan de un poco de libertad para hablar y obrar tienen que definirse (por identidad o por conveniencia) en alguno de los bandos que disputa la razón y la verdad de las cosas. En la patria, la búsqueda en el orgullo nacional y la identidad patriótica genera constantemente luchas entre quienes apuestan por la unidad apelando a los símbolos, el tótem fundacional o el líder legítimo y, por otro lado, quienes no ven ya en los símbolos ni en los liderazgos -entorno a los cuales se ratifica la adhesión- los valores éticos y morales para trabajar en consecuencia. En los sistemas de creencias pasa igual: O la unidad está en la cabeza (el líder, la ley, la doctrina, la disciplina o el dogma) o está en la horizontalidad de la libertad moral, la práctica de autorregulación y la disidencia ética frente a los altos, eruditos y burocráticos edificios de control en las fronteras de la sana doctrina y la disciplina regulatoria.

Y mientras el mundo se divide (y el hombre se desgarra en su seno intentando decidir en qué bando poner su corazón), la sentencia indígena tojolabal habla con más sabiduría: “La unidad no está en la cabeza, está en la piel”.

Aún estamos en el marco de las celebraciones patrias y, en ellas vimos cómo los mexicanos debían definirse entre sentir valores nacionales en adhesión a su presidente y los pilares de su tótem fundacional o sentir la responsabilidad patriótica al repudiar precisamente al presidente y los símbolos del poder paternalista que someten al maltrato y la confusión a los más ignorantes y débiles. La legítima resistencia a estas figuras de autoridad está alimentada por un principio aún más poderoso: la libertad y la certeza en la existencia de un bien mayor.

Algo semejante pasa en estos días en la Iglesia católica: La autoridad infalible del pontífice como persona entorno a quien sólo es posible la unidad en la interpretación de la verdad y el ejercicio de la misión apostólica no sólo es debatida sino incluso cuestionada por muchos miembros de la institución que, ahora sí, voltean a rescatar las certezas que nunca necesitaron cuando el líder era su aliado en convicciones. El conflicto entre la unidad inapelable a la revolución bergoliana y la radical resistencia moral de paradigmas inalterables desgarra y confunde al hombre de fe sencilla y débil esperanza. Un hombre que se convierte finalmente en rehén de ambos bandos.

Entonces, ¿en dónde está garantizada la unidad? ¿Se confirma por la gracia de la cabeza o se encuentra en la armonía de las extremidades en comunión?

Si apostamos por la jerarquía y directriz de la cabeza es preciso contemplar que la unidad sólo puede alcanzarse por medio de la disciplina y ésta sólo puede ejercerse a través de la coerción o de un profundo convencimiento personal. En el primero de los casos, la obediencia garantiza la aplicación de la norma pero también limita las fronteras de su razón (homogeneiza la actitud y las respuestas prácticas que son reducidas a principios de recompensa, amenaza y castigo). El segundo, el convencimiento, debe pasar por un largo, sinuoso, lento y no siempre exitoso camino de madurez, comprensión y libertad. En este ámbito hay que considerar la caída y el error constante porque la disciplina aquí siempre es un proceso inacabado.

Por el contrario, si apostamos por la búsqueda en la armonía de las periferias la unidad es más un ideal pulsante que una realidad pétrea; una inasible pluralidad convocante y líquida que puede permear todas las murallas y todas las fronteras. Unidad en la heterogeneidad donde, sin embargo, también se corre el riesgo de la ligereza; de principios diluidos, licuados y difuminados. La inseguridad de las débiles certezas a las cuales asirse en medio de la tormenta conlleva el peligro de no poder ofrecer nada más que la oportunidad de cambiar de barco. Aunque, soportar la mayor de todas las tribulaciones con la más débil de las certezas es sinónimo del más noble misterio de fe.

Elegir bando parece obligar a aborrecer al contrario. “No se puede ser tibio. No elegir es ser relativo”. Pero entre uno y otro, está la piel.

La unidad que está en la piel no rechaza a las otras consideraciones de unidad, al contrario, las enriquece. La piel que sí es tibia porque está conectada al flujo vital de todo el cuerpo, que pone en relación todo aquello que está dentro de las fronteras hacia adentro y también hacia las fronteras de los sentidos, del otro y del infinito. La piel va de la cabeza a los pies y de un brazo hacia otro; da sentido al cuerpo, protege al interior y es el órgano que pone en contacto con lo exterior. La piel es la zona del intercambio de sensaciones y es la superficie donde se experimenta el mundo. La piel conoce el dolor propio y es capaz de abrazar el dolor ajeno; gracias a la piel, el hombre es uno en sí y uno también cuando toca las llagas de la humanidad herida. Nada aprende la cabeza sin la experiencia sensorial sobre su cuerpo; nada hace el cuerpo sin la guía lógica de la cabeza; y todo, gracias a esa membrana que envuelve al universo interno y que se extiende a rozar las estrellas del cielo. Entonces ya no es importante elegir bando, simplemente no hay que dejar de abrazar.

En su concepción, el tojolabal es tojolabal porque constantemente pone en práctica su identidad en su dimensión comunitaria (uno puede tojolabalizarse o destojoabalizarse según la práctica de su vida); y así, cuando se alcanza la unidad se dice la expresión lajan lajan ‘aytik que significa “estamos emparejados” y, a veces, se dice una expresión casi poética: jk’ujoltik ‘aytik que significa “estamos de un corazón”. @monroyfelipe

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Del viejo sendero del crimen a la diáspora de la palabra

IMG-20140319-00758Soy periodista de una generación que creció leyendo los episodios de la guerra sucia, las desapariciones forzadas y el genocidio institucional en libros (no oficiales) de historia y en las crónicas que nuestros maestros del oficio dejaron para la posteridad en las hemerotecas. Nunca pensé que escucharía esas voces desgarradoras que ellos testificaron en quienes perdieron a algún ser querido bajo la orden o las balas del propio sistema político. Jamás pecamos de ingenuidad; la muerte, el crimen y la corrupción pertenecen a ese ambiente natural de la sociedad humana, pero confiábamos en que aún ellas se actualizarían según el orden político, económico o cultural en el que se registraran.

En las últimas tres décadas, el orden neoliberal levantó los muros más altos e inexpugnables de un imperio lleno de símbolos de privilegio y exclusión. La muerte, el crimen y la corrupción permanecían con su mismo grado de horror pero solo en las olvidadas esquinas y los lúgubres rincones del descarte. El sistema no dejaba de ser criminal y las fuerzas invisibles de esa maquinaria tenían la conciencia manchada por la muerte de tantos y tantos miserables. No era la sangre lo que escandalizaba, sino los fantasmas de un sistema aséptico que aniquilaba de olvido, de hambre, de miedo, desesperanza o ignorancia. Utilidad, ganancia y riesgo como el camino sobre una cuerda floja hacia el éxito y en el cual una inmensa población caía en el vacío lejos de la mirada o consternación de esos triunfadores que jamás perdieron el objetivo: conquistar.

Se suponía que el sadismo de la tortura, la brutalidad seca de las balas, los cadáveres degradándose al ras del suelo o esa orden de desprecio desde las sombras para hacer desaparecer a alguien había concluido. Pero no, no ha sido así. Quizá el orden solo renovó la ruta sobre la que ya crecía la maleza de nuestra confianza.

Vino a dar luz a la memoria el libro póstumo de  Miguel Ángel Granados Chapa titulado Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, en él nos dejó una pincelada de su preocupación en voz de su hijo Tomás Granados Salinas: “Ojalá los lectores vean aquí no solo una biografía o un libro de historia, sino también un útil diagnóstico de las condiciones que hicieron posible algunos horrores del México presente”.

A treinta años de distancia el crimen de Manuel Buendía parece más indignante que nunca pues casi un centenar de periodistas han muerto en circunstancias sospechosas mientras un sistema sigue acallando las voces que reclaman justicia y paz. Para muestra, esto que escribió en su ´Red privada´ en abril de 1982: “Se acumulan evidencias de que en México algunos empleados públicos pueden cometer crímenes impunemente –homicidios, secuestros, robos, etcétera-, porque otros empleados y aun funcionarios de superior jerarquía se encargarán de protegerlos… En México el terrorismo ya no existe oficialmente, excepto el que tal vez ejerzan entidades oficiales. De hecho, según los archivos periodísticos, se vive ahora la peor época de los crímenes encubiertos por funcionarios”.

Los extensos depósitos de información con los que ahora contamos y que están al alcance de una búsqueda por la web nos dibujan un panorama algo más negativo del que percibió Buendía.

Y, sin embargo, en el viejo sendero del crimen autoritario también camina la palabra que relata, que denuncia y esparce por la ruta de la historia la ignominia del poder.

Nos lo recuerda Ryszard Kapuściński en su libro Shah-in-shah sobre la tragedia de Kernán, Irán, en tiempos de Agha Muhammad Khan: “En su lucha por alcanzar el trono, el Sháh ordena asesinar o cegar sin excepción a toda la población de Kernán. Sin excepción, sus soldados acataron la orden: formaron en fila a los habitantes, a los adultos les cortaron la cabeza, a los niños les arrancaron los ojos. A pesar de los pequeños descansos, al cabo de cierto tiempo los soldados están completamente exhaustos, sin siquiera poder levantar la espada o el cuchillo. Solo gracias al cansancio de los carniceros es que una parte de la población salva la vida o la vista. Fue así que desde aquella ciudad salieron huyendo procesiones de niños ciegos. Vagaban por Irán pero con frecuencia perdían la ruta y morían de sed y hambre en el desierto. Algunos acuden a asentamientos donde piden comida entonando los cantos de la masacre de Kernán”.

La procesión de los niños ciegos de Kernán es un símbolo de una especie de oposición ambulante al régimen porque en su voz portan la única arma más poderosa que cualquiera a las que pueda aspirar el tirano: la memoria.

Con diferentes palabras escucho de varias personas la convicción de que hemos vuelto a ser una sociedad en la mirilla de oscuros francotiradores, miembros de grupos que en el pasado se les denominó “fuerzas invisibles” y que con el tiempo se dijo que eran “poderes fácticos”. Lo cierto es que, sin metáforas, la responsabilidad de una ciudadanía madura que se resiste a ser víctima debe iniciar por rescatar de los meandros de la tierra y la memoria la cicatriz dolorosa de nuestras omisiones, y emprender la marcha que denuncia la corrupción y anuncia la esperanza de una sociedad mejor. @monroyfelipe

De menores basculeados a la rapiña pública

ni__osgritoInaceptable. Nada justifica la orden (ni la obediencia) de esculcar a niños y niñas como parte de la seguridad que el Estado mexicano estableció durante los festejos patrios. Simplemente, no hay vergüenza suficiente para mirar las imágenes donde menores que apenas pueden andar son palpados e inspeccionados por la Policía Federal y decir que “solo era cuestión de seguridad” o que “la orden fue revisar a todos sin excepción”.

Es cierto que la inseguridad en México es un tema preocupante para todos y que un evento donde está convocada una multitud para escuchar a artistas de moda y para ver al presidente de la República cumplir con la tradición del grito de independencia requiere un despliegue de prudente seguridad. Lo que hay que preguntarse es: ¿Para quién es ese tipo de seguridad? ¿Para qué o por qué se especificó que gendarmes armados y entrenados palparan a todos los menores de edad?

Ignoro si a los asistentes a la celebración les haya provocado cierto temor o inquietud las carriolas donde algunos padres de familia llevaron a sus vástagos a ver el grito o si una niña de apenas dos años de edad, enfundada en un vestido rosa y ballerinas de satín les representara una amenaza. Sé que no sintieron temor al subirse a un extraño autobús con la promesa de unos desconocidos de que recibirían un lunch y cien pesos para ir al zócalo a divertirse. No sintieron temor aunque en la demarcación donde los invitaron a subir a esos anónimos transportes hay una tasa de 1.5 secuestros por día y el principal modo de operación de los plagiarios es precisamente el engaño y la oferta de premios inexistentes.

Quizá por eso no cuestionaron el que la policía militarizada haya ‘basculeado’ a sus hijos e hijas menores de edad, aunque esta corporación recibió 2,529 quejas el sexenio pasado y que en el presente sexenio se lleva su buena cuota de las 10,000 denuncias que recibió la Comisión Nacional de Derechos Humanos, entre las que se encuentran “desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura y tratos crueles e inhumanos” según el propio organismo. Queda claro que las órdenes de registro no eran ‘para la seguridad de ellos’ ni tenían un ‘para qué’ útil y eficaz en mente.

Insisto en que de ningún modo podría justificar tal acción pero hay que reconocer que tenemos un vergonzoso antecedente cultural que hace desconfiar. ¿Por qué el exceso de las fuerzas federales? ¿Habría alguna razón para sospechar el que algún adulto utilice a los menores para pasar alcohol, drogas, armas a un evento donde todo eso está prohibido? ¿Deberíamos preocuparnos si los niños se usan de escudos humanos, mulas traficantes, mercancía barata o como el simple subproducto de desecho en la industria de la muerte?

Con tristeza debemos asentir. El absurdo de la mexicanidad kafkiana vuelve junto a cada tragedia. Lo testificamos recientemente en Baja California Sur después del paso del huracán Odile que destrozó gran parte del Pacífico mexicano: hordas irracionales orientando su sed de rapiña hacia los centros comerciales, robando televisores para una ciudad sin energía eléctrica, llevándose bicicletas para esos caminos destrozados, sustrayendo motonetas ante la escasez de gasolina, cerveza para remediar el desabasto de comida y agua potable.

¿Por qué el exceso de la policía? Porque el absurdo es posible. Porque no solo padecemos una cultura corrupta, también sufrimos liderazgos cuestionables y cínicos, porque hacer el bien, obrar correctamente es relativismo puro; porque el acarreo no es solo político, porque sentir temor y tomar ventaja es código de supervivencia: temor de los otros, ventaja de mis fuerzas; temor del otro, ventaja de sus carencias.

Algo de esto lo retrató crudamente José Agustín en su Ciudades desiertas, donde Susana y Eligio viven su relación bajo esa tensión de miedo y dominación. Hay un pasaje, justo a la mitad de la novela, en el que ambos viajan en un coche en carretera en medio de las interminables planicies norteamericanas. Para Eligio, el campo es monótono, aburrido, está vacío. Susana le dice: “todavía no te sintonizas con estos campos, son un espejo, mi amor, reflejan el cielo, ¿te has fijado qué cielo?” Con ello Susana quiere decir que en esa tierra y bajo ese cielo, ella encuentra todo para vivir; mientras Eligio no encuentra absolutamente nada. Su pensamiento es opuesto. Por ello, a lo largo de la novela, la pareja expresa temor y ambos sacan ventaja del temor del otro, el resultado es una relación absurda, dolorosamente absurda.

Francisco  advierte en Evangelii Gaudium  que en esto hay “un relativismo todavía más peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida”. Y sentencia que tal ‘relativismo práctico’ es “soñar como si los demás no existieran”. Viendo aquellos casos irracionales opino que más nos vale despertar, porque en ese sueño toda crueldad, injusticia, indiferencia, abuso o egoísmo son ese absurdo posible al que podríamos estar tercamente aferrados.

Futuro de la educación católica en México

DSC_0255Cuando el episcopado mexicano presentó su documento Educar para una Nueva Sociedad, la doctora María Luisa Aspe Armella, presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), advertía que en el tema específico de la educación católica en México se requería, además de un diagnóstico preciso y complejo, la formulación de “estrategias para la formación de formadores y de maestros católicos en formación permanente con el mundo secular y el de las culturas, que participen activamente en las iniciativas de la sociedad civil”.

Para acompañar este reto de los centros docentes, la editorial SM realizó el Tercer Foro Nacional de Reflexión sobre la Escuela Católica con el fin de plantear desafíos y rumbos de la educación católica en México.

La temática en general giró en torno a la participación y la corresponsabilidad de religiosos y laicos en la misión compartida de educar en el contexto nacional y global actual. Superiores y directivos de colegios en el país tuvieron oportunidad de compartir experiencias y enfoques teóricos-prácticos de su tarea magisterial.

En materia pedagógica, los retos que señalan los obispos mexicanos como prioritarios para un desarrollo social y cultural en México son: mejorar en equidad la calidad y la cobertura educativa, revertir los bajos índices de aprendizaje, responder ante la deserción escolar y promover una educación significativa y atractiva para el alumno y para su contexto específico.

A dichos retos, la escuela católica ha dado un paso al frente. El objetivo es certificar lo que se espera de ella: “formar con mayor libertad a sus alumnos a través de una adecuada educación profesional y mayor conciencia social efectiva; no basta la ‘excelencia académica’, México necesita hombres y mujeres capaces de asumir –como responsabilidad propia- las necesidades de los demás, en especial, de los más pobres y marginados”. Para el religioso marista Alexandro Aldape Barrios, presidente de la Confederación de Escuelas Particulares de México, es importante que en los colegios haya una formación humanista, que debe partir de los maestros, basada en valores universales como el respeto, la libertad, la justicia, la honestidad y la equidad.

En nuestra edición impresa de Vida Nueva México publicamos una reseña de lo trabajado durante este Tercer Foro Nacional: las nuevas fronteras y desafíos pedagógicos planteados por Mons. Alberto Agustín Bustamante, consejero superior de educación católica de la región Cono Sur; y la voz de las congregaciones religiosas femeninas con misión docente en México, representada por Georgina Zubiría, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. En concreto, hay avances y aún hay retos en la respuesta al desafío de una ‘educación con valores’ lanzado por los obispos: que los valores sean reconocidos e interiorizados al grado que se conviertan en ideales que orienten la vida.

Buscar el alma

9788420675954Cuando leí la extraordinaria novela Rojo y Negro de Stendhal quedé absolutamente fascinado por el universo que descubría el joven multiagraciado Julián Sorel en su insalvable periplo hacia la desgracia alimentado por sus ambiciones, su desconfianza y orgullo. Pero particularmente me llenó de preguntas aquel pasaje cuando Julián cambia el uniforme de gala militar,  con el que acompañaba al rey, por la sotana negra y sobrepelliz para buscar al obispo de Adge que presentaría al monarca la famosa reliquia de san Clemente. Julián, con todos los talentos del mundo entre sus jóvenes manos, hace este salto intelectual, social, cultural y afectivo una y otra vez a lo largo de su caída libre sin encontrar su esencia ni su alma. Su determinación y rabia lo conducen inexorablemente al éxito de cada empresa que se propone hasta ese día cuando descubre al obispo de Adge, un niño a los ojos de Julián, que bendice con la mano derecha una y otra vez frente al espejo, ensayando. La superficialidad del joven obispo queda manifiesta en sus preocupaciones: “¿Qué le parece a usted mi mitra, señor? ¿No le parece que la llevo muy inclinada hacia atrás?” y es Julián quien realmente se refleja en la figura del obispo y él queda vacío, más vacío.

Ayer tuve el lujo de que el muy ilustre sochantre de la Catedral de México, Felipe Galicia, me presentara el artesonado y el alma de los órganos monumentales del Coro de la Colegiata de la Iglesia Mayor que datan del siglo XVII (los más grandes del mundo iberoamericano, según el sacerdote). Recorridos sus rincones como quien camina por la cubierta de un galeón magnífico, herido su cuerpo igual por la inclemencia del tiempo, la tragedia impensable o la bellaquería de truhanes, es notable cómo es fácil dejarse sorprender por lo aparente, las tallas de finas maderas recubiertas de oro, las monumentales flautas plateadas y sus mascarones dorados o la indubitable presencia majestuosa rompiendo el espacio interior del templo. Pero lo visible es accesorio, la verdadera esencia de este instrumento está (literal y figurativamente) en el secreto, en un corazón oculto a lo evidente y cuya función dota de alma al cuerpo.

El sendero de lo aparente nos lleva al desenlace de lo obvio en lo ficticio y lo supuesto, pero no a la sorpresa, al misterio ni al asombro.

Conocemos el final antes de pasar la mitad de las páginas de nuestra novela incluso queriendo evitar la sentencia popular que nos obliga a que por caminos no pensados habremos de purgar nuestros pecados.

Así como nuestro heroico Julián Sorel en la búsqueda incesante a su interior ha de ir a descubrir su alma en el fondo de un calabozo y bajo el signo de la muerte, o los secretos del temperamento de un instrumento casi vivo se han de mirar sin los ojos sino con un sentido que se extiende en la oscuridad hacia la dimensión en que esa partícula de alma nos ha abandonado, dejándonos incompletos, inseguros e irreparables; así también la búsqueda de la esencia nuestra ha de prescindir del orgullo y autosuficiencia. Suplirlo con lo que Walt Whitman intuye  en su canto: “aquello que satisface al alma es la verdad” o lo que Víctor Hugo fabula: “He encontrado en las calles a un joven, muy pobre y enamorado. Su sombrero era viejo, su abrigo desgastado, el agua se colaba a través de sus zapatos  y las estrellas, a través de su alma”. La búsqueda del alma es salir -en todo sentido- del sitio en el que estamos para no volver jamás.