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Navidad, reconstrucción y solidaridad

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Justo en el tiempo de las fiestas navideñas, la temporada trae actitudes colectivas de renovado compromiso con la generosidad, solidaridad y restauración. Aún en las sociedades o culturas más secularizadas es de bien nacidos desear el bien, hablar de la bondad y obrar correctamente en estas fechas.

Son, sin embargo, las comunidades religiosas las que tienen aún más compromiso frente a este espíritu colectivo y, en realidad, no defraudan. En este diciembre, la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada-México lanzó su campaña para acompañar a las personas que fueron afectadas por los desastres naturales de septiembre y, al mismo tiempo, recaba ayudas para la restauración de los pueblos en Irak.

Esta fundación católica provee refugio temporal a mexicanos desplazados y da acompañamiento espiritual y emocional muy especialmente a las comunidades que perdieron sus capillas o templos dañados por los sismos de septiembre; y, al mismo tiempo, reúne fondos para el sostenimiento de religiosas misioneras, la reconstrucción de casas destruidas en Nínive y el sostenimiento alimenticio para niños desplazados por la guerra en Medio Oriente.

“Se hace fuera de casa lo que se enseña dentro”, parece ser la motivación y el mensaje que quiere dar aquella fundación. No son los únicos católicos que se comprometen doblemente en estas fechas: parroquias y comunidades religiosas hacen un esfuerzo extra al finalizar el año, quizá porque el frío desnuda las dolorosas realidades que padecen millones de personas o porque la conclusión de año exige un balance de nuestros errores y nuestros servicios realizados por el prójimo.

Los católicos no son los únicos que toman una actitud de mayor entrega en estas fechas. La comunidad musulmana en México, particularmente la que cuenta con presencia en Chiapas, robusteció su estrategia de ayuda humanitaria en las zonas devastadas por los terremotos de septiembre. Además de la reconstrucción de algunos centros de enseñanza del Corán, algunas comunidades islámicas mexicanas junto a la organización mundial Muslim Hands United for de Needy con sede en Inglaterra, relanzaron su campaña de asistencia humanitaria en las zonas del sureste mexicano destrozadas por los terremotos. La organización ha tenido conflictos en el pasado, pero en este rubro humanitario hay esfuerzo para atender comunidades vulnerables.

Por su parte, la presidencia del Área México de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (mormones) presentaron su informe de asistencia humanitaria en el 2017 y se abrió un capítulo especial para continuar con el servicio en México: “Los miembros visitaron las regiones afectadas por los terremotos… consolaron a los miembros y los alentaron a prestar servicio a sus vecinos. Las donaciones económicas de los fieles de esta iglesia crecieron en septiembre cuatro veces más que el promedio mensual”. Los fondos ayudaron a México y la hermana Jean Bingham adelantó que se continuará con la ayuda.

De manera particular, las iglesias evangélicas y cristianas también han aportado según sus posibilidades y en estas fechas organizan bazares, cenas y donaciones para aportar un poco de auxilio social y humanitario.

Como dice la Fundación ACN, la ayuda navideña de las iglesias y los creyentes no tratan sólo de poner ladrillos sino de reconstruir vidas y devolver vida a las comunidades. Es parte de las responsabilidades humanitarias que tienen los creyentes en medio del dolor de sus semejantes: compartir la esperanza, reconstruir el tejido social y permitirse crecer mientras se abajan a estas realidades terrenas.

@monroyfelipe

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Santa Madre Teresa de Calcuta y México

151218090036_mother_teresa_640x360_afpgettyimages_nocreditFinalmente la Madre Teresa de Calcuta ha sido inscrita en el perenne libro de los santos de la Iglesia católica. Para muchos es mera formalidad la celebración de canonización que el papa Francisco preside este 4 de septiembre en Roma, porque Agnes Gonxha Bojaxhiu (su nombre antes de la profesión religiosa) es la mujer que personificó la práctica de la santidad en la segunda mitad del siglo XX.

Originaria de la golpeada región balcánica y ‘descubierta’ al mundo por su labor con los enfermos de Calcuta, India; Madre Teresa es ejemplo del ejercicio de la caridad aún en medio de las situaciones más precarias y vulnerables. Su profunda convicción por procurar el cuidado de las personas y de velar por su suprema dignidad humana como reflejo de los dones y los misterios divinos, le confirió varios reconocimientos públicos y el Premio Nobel de la Paz en 1979. A partir de ese punto, Teresa de Calcuta, la religiosa católica fundadora de los Misioneros de la Caridad, fue un notable personaje que caminó con seguridad con su credo y su voluntad a lo largo de toda la Guerra Fría, de la era del desarrollo tecnológico y la revolución de las comunicaciones.

A lo largo de sus múltiples travesías alrededor del mundo, Teresa de Calcuta tuvo oportunidad de visitar México en seis ocasiones y su legado aún late con el mismo empeño de servicio a los más necesitados.

Antes de toda la fama, la Madre Teresa estuvo en México en 1975 para participar en el Año Internacional de la Mujer; fue miembro de la delegación que la Santa Sede eligió para representar la voz católica femenina en el Congreso Mundial. Con esa visita, también se inauguraría la presencia de las Misioneras de la Caridad el país, en el barrio de Santa Fe de la Ciudad de México, comunidad que cumple 40 años de presencia mexicana en este 2016.

En 1982, fue invitada a participar en el II Congreso Internacional para las Familias de las Américas que se realizó en Acapulco. A pesar de ser ya una celebridad, la Madre Teresa dedicó una larga jornada a visitar la colonia Renacimiento, una localidad profundamente marginada y empobrecida próxima a la bahía. Regresaría a México en 1985 para inaugurar un asilo de ancianos en Villahermosa y un albergue para niños pobres en Tijuana. En 1986, 1988 y 1991, la religiosa visitaría Mérida y Tijuana principalmente para recorrer zonas marginales de las ciudades y animar los trabajos de solidaridad, caridad y pastoral social.

En diciembre pasado, cuando el papa Francisco anunció que canonizaría a la Madre Teresa, charlé con la religiosa María de Lourdes Guerrero Zavala, Hermana Franciscana de San José, quien la recibió en su convento aquel 1982 en Acapulco. Cuando le pregunté qué era lo que mejor recordaba de la santa, me sorprendió la respuesta: “Que ni se sentó”.

La Hna. Lourdes aseguró que el obispo les había pedido organizar una estancia a la altura de una Premio Nobel: refrigerios, servicio, silencio, privacidad y una cómoda alcoba: “pero no quiso nada, ni un vaso de agua. A ella no le interesaba quedarse mucho, su interés eran los pobres”.

La Madre Teresa, sin embargo, les agradeció de viva voz y con una carta a las religiosas que habían tomado tantas gentilezas con ella y les insistió en no olvidar que su misión como consagradas era el servicio al prójimo. La madre Lourdes concluyó: “Se le veía inquieta, como si no quisiera sentirse cómoda; quizá porque sabía que no debíamos perder tiempo para ayudar a los pobres”.

Santa Teresa de Calcuta ahora puede ser venerada universalmente, la Iglesia católica la presenta como una mujer con cualidades y virtudes dignas de imitar y de reconocer; y el mundo también la presenta y considera un ejemplo de humanitarismo y solidaridad.

En mi experiencia, todas las personas que en México y en otros países lograron convivir, charlar o participar junto a la Madre Teresa en los empeños por los pobres, aseguran sentir, desde dentro, una convicción moral más grande que los principales pesimismos del mundo contemporáneo. Puede ser. El periodista Malcolm Muggeridge (agnóstico convertido al catolicismo a sus 80 años) conoció a Teresa de Calcuta en los años 70 y muchos aseguran que su libro Something beautiful for God sobre ella, catapultó mundialmente la historia de esta menuda y humilde religiosa. Es claro que la vida de Muggeridge también cambió después de conocerla, basta una frase del escritor: “No existe tal cosa como la oscuridad; simplemente es una falla de nuestro mirar”.  @monroyfelipe

Xochimilco, El Paraíso y vidas extintas que humean como candelas recién apagadas

El sacerdote Adrián Huerta camina entre las barriadas miserables de Xochimilco

El sacerdote Adrián Huerta camina entre las barriadas miserables de Xochimilco

Pocas festividades hay en México tan vibrantes o apoteósicas como la del 2 de febrero en Xochimilco. En el día de la Purificación de María, día de la Candelaria, el Niño Jesús ‘Niñopa’, rey de los barrios lacustres que sobreviven en la capital, es el sol donde gira todo un universo de fe, tan ancestral como su nombre y tan perenne como la esperanza de las generaciones que aún no nacen.

Detrás del fervor, más de 400 años de historia cuyos ecos devocionales han construido un pueblo; y en las riberas de la imaginación, las décadas que habrán de pasar para que aquellos que ahora inscriban su nombre en el magnífico almanaque de mayordomos puedan recibir al Niñopa.

Pero en El Paraíso, en la periferia de todo este esplendor, la vida es algo más breve y las familias deben ver morir a sus futuras generaciones apenas a los meses, o días, de haber nacido. “En el mismo día encontré cinco bebés muertos en la misma comunidad, hijos de familias en la miseria. Cuatro de estos bebés salieron muertos del hospital de Xochimilco”, escribe el sacerdote local, Adrián Huerta Mora en una misiva que envió al arzobispo de México para que favoreciera el diálogo con las autoridades de la ciudad de México y se emprendiera una campaña de atención integral. Algo que inmediatamente sucedió.

Sin embargo, la oportuna denuncia del sacerdote no logró salvar la vida a Ingrid Itzel de ocho meses ni a su primo, que fallecieron apenas unas horas más tarde del Día de Reyes. Para Huerta Mora no hay otra manera de decirlo: “murieron de pobreza”.

Entre los improvisados senderos de una reserva natural protegida se yerguen los precarios jacales, los techos de láminas, pedecería y metal herrumbrado que hacen de paredes, suciedad, despojos y enfermedad acumulados en cada rincón. Son cientos de personas cuyas vidas duran menos que una vela encendida, se extinguen en el silencio del abandono y de la indiferencia.

Ni el gobierno, ni los programas sociales, ni las organizaciones no gubernamentales ponían su mirada en esa porción de miseria paradójicamente llamado El Paraíso. Solo la caridad parroquial podía alcanzar alimento, cobijo, medicamentos y demás enseres para hacer ligeramente menos martirial la vida en la barriada. Pero, la indignación no la cubre solo la Iglesia.

Por eso el párroco hizo el reclamo sin anestesia, sin eufemismos, ni miramientos de la sensibilidad politiquera a la que malamente llaman diplomacia en el mundo o prudencia pastoral en la Iglesia. El párroco simplemente no soportó la idea de seguir auxiliando este drama hasta el sacrificio mientras continuaba enterrando cadáveres de vidas tan cortas. La gestión funcionó y, por lo pronto, algunas autoridades, algo más de voluntarios y gente comprometida comenzaron a auxiliar a la población. Para el título de esa historia, escribí en la revista: “Al amparo de El Paraíso”. La ambigüedad fue premeditada: un párroco que sale a cuidar a sus fieles más necesitados pero que, además, solo a través de lo buenamente promovido por la devoción popular en Xochimilco, de lo místico y trascendente, es que se tienen recursos para la obra de caridad. Algo digno de reflexionar en este día que Xochimilco se viste de todas las galas necesarias, cuando parece que solo el humo de esas otras candelas apagadas enturbia el clima de fiesta y de efusividad.

Conocemos a este párroco desde tiempo atrás, sabemos de su buen hacer en comunidad, su responsabilidad con sus superiores y su sacrificio entre el pueblo que pastorea; llegó a este pueblo icónico mexicano, a esta barriada ancestral que tiene más fiestas patronales que días del año. Todo. Lo social, lo económico y lo político en toda la demarcación es congregado por la expresión religiosa. Hay un orgullo y una responsabilidad por pertenecer al pueblo que es ‘Campo de Flores’. Pero la abundancia no llega a todos, aún peor, ni siquiera la justicia. La muerte de bebés por pobreza y desatención social en la localidad cuestiona el modelo y conmueve al sacerdote. Profundiza su misión, sale a su encuentro, contempla las condiciones paupérrimas de las familias y atiende sus necesidades. Es un sacerdote con y para los pobres pero no va solo, con él van los frutos de la religiosidad popular. Este 2 de febrero, el día del Niñopa, abundan los cohetes al cielo y, mientras, alguien obra por paz en la tierra. @monroyfelipe

La canonización va por la persona no por el pontificado

santsHenri Nouwen apuntó que una de las áreas primordiales de la teología es encontrar palabras que no dividan sino que sumen, que no creen conflicto sino unidad y que no lastimen sino que curen. Renace este deseo en el seno de la Iglesia con la canonización de dos de los pontífices más trascendentes para el catolicismo y su relación con el universo moderno: Juan XXIII y Juan Pablo II.
El primero, italiano proveniente de una realidad aún rural que se veía avasallada por severos cambios de paradigmas sociales y culturales, Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II, una experiencia que cimbró la estructura de la Iglesia en su estilo, su práctica y su autopercepción sobre su participación en la misión que le ha sido encomendada. Y cuyo espíritu ha alimentado las fuerzas vivas de la Iglesia en el último medio siglo.
El segundo, de origen polaco, testigo y sufriente de la transformación política y económica en su nación y en el orbe, Karol Józef Wojtyla, Juan Pablo II, concretó a lo largo de su pontificado modelos de gobierno, evangelización, misión y encuentro con las realidades sociopolíticas. La vigilancia, disciplina, animación y sacrificio del camino elegido para el cristiano como signo de contradicción en el mundo entusiasmó al mundo entero y colocó a la Iglesia católica como un interlocutor indispensable en la búsqueda por la construcción de sociedades humanitarias y libres.
Juan Pablo II llega a los altares, distinguiendo su experiencia de fe y de pastor en el libro de los santos; sin embargo, para el pueblo el Papa Wojtyla ya era santo y lo exigió así a la Iglesia que sirvió y a su sucesor el papa Benedicto XVI quien respondió al grito unísono de “¡Santo subito!” concediendo la excepción pontificia para iniciar su proceso de canonización sin esperar los cinco años que prescribe la reglamentación de la Congregación para los Santos. Por su parte, Juan XXIII también es inscrito en el Canon de los santos por una concesión pontificia que el papa Francisco solicitó para eximir del estudio y comprobación de un segundo milagro atribuido a la intercesión del Papa Roncalli, como beato también es reconocido por la comunión anglicana.
Ambos titanes del siglo XX configuraron un estilo de Iglesia, una búsqueda de servicio y abrieron la posibilidad de dialogar en un mundo que ya no precisaba de cruzadas ideológicas sino de presencia testimonial, de encuentro y de experiencia latente de la fe en cada cultura existente en los cinco continentes.
Hay, por tanto, más coincidencia que distancia entre ambos pontífices. Frente a la inminencia de la canonización de Juan Pablo II se suele esgrimir la idea de la ‘compensación’ que Francisco quiso hacer con la exención de la regla para equilibrar con la canonización de Juan XXIII la abrumadora personalidad del Papa polaco y de sus 26 años de ministerio petrino. Suele argumentarse desde una mentalidad acostumbrada a los malabares, condicionada e inconsecuente, que juzga en la santidad al gobierno pontificio de cada uno. La santidad, como apunta nuestro amigo y director global de Vida Nueva, Juan Rubio, va por la persona no por el pontificado.
¿Puede haber más diferencia entre un pontificado de cuatro años y medio frente a uno de más de 26? ¿Es válido comparar la cantidad de magisterio pontificio, de las decisiones de gobierno, de los acontecimientos vividos entre un pontificado de apenas un lustro frente a otro de más de un cuarto de siglo? La santidad que ahora reconoce la Iglesia de Roncalli y Wojtyla no está sujeta a su función ni a su dignidad pontificia sino a la elección que hicieron de Dios y de su mensaje, de su búsqueda incansable del corazón de los seres humanos, de su respuesta positiva frente a un horizonte de desafíos, de la esperanza experimentada en medio de los grandes cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra: de su fe encarnada en la realidad de su contexto inmediato.
Es innegable que este 27 de abril, domingo de la Misericordia se coloque en el centro al Papa del Concilio, a Juan XXIII “El Bueno” y al Papa Viajero, a Juan Pablo II “El Grande”. Ojalá puedan estar con su pensamiento y su disposición frente a la necesidad de Dios por el hombre que barbecha la tierra para que Él siembre la eternidad en la humanidad. Ojalá esté san Juan XXIII en su frase: “Miré con mis ojos dentro de los tuyos, puse mi oído junto a tu corazón” y san Juan Pablo II con su convicción sobre que “el futuro inicia hoy, no mañana”.
Dice la frase anónima que “Dios no bendice los toques a retirada” y ambos hombres eligieron permanecer junto al Misterio, tal como ahora lo hacen el papa emérito Joseph Aloisus Ratzinger y el pontífice Jorge Mario Bergoglio. La riqueza de la Iglesia está precisamente en la diversidad de sus carismas y en la pluralidad de miras tanto como lo está en la comunión de sus miembros, la certeza de su tarea y la unidad en torno al destino del hombre.
Esta doble canonización es la certificación que hace la Iglesia de la conclusión del siglo XX y de la apertura que hacemos en el siglo XXI como comunidad renovada en espíritu, misión y desafíos. Ha aparecido un nuevo continente para el hombre -el digital- y los parámetros culturales y sociales han dejado de ser los del siglo de las dos guerras mundiales; hoy las economías no dependen de dos centroides de poder y la polarización del mundo no es entre dos naciones o dos conceptos de sociedad. Los desafíos se perfilan en torno al relativismo indolente, la deshumanización de la vida, el individualismo ideológico y la distancia entre el ser y la ficción de ser. Y en esta realidad también habrá santos que caminen con provisiones de fe, esperanza y caridad.

Legalización de drogas: ¿estar en el debate o en la caridad?

aDrogas-chris brittLa presentación de iniciativas legislativas en México para regular la producción, distribución, consumo y liberación comercial de sustancias psicoactivas o psicotrópicas como la marihuana ha acaparado la atención del debate público y privado entorno a las ventajas y riesgos que el país asumiría frente a su responsabilidad social.

En un primer escenario los argumentos a favor de la legalización intuyen que la regulación de la producción y distribución de la droga supondría un cese a la escalada de violencia que genera el mercado negro de su comercialización. Mercado que, para garantizar rentabilidad, adultera los psicotrópicos causando aún más estragos en la salud de los consumidores.

Además, están los considerandos fiscales y económicos que suponen ingresos importantes para la nación provenientes de esta actividad una vez que esté regulada (solo el cártel de Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”, capturado el pasado 22 de febrero, se dice que vende 10,000 toneladas de marihuana por mes a Estados Unidos); y los aspectos laborales de esta actividad que, según la Secretaría de Defensa Nacional, en el 2008 ‘daba trabajo’ a medio millón de mexicanos, sólo 300,000 dedicados a la siembra del estupefaciente.

Del otro lado del debate hay voces preocupadas porque una regulación de la producción, venta y consumo de la marihuana desarrollaría una sociedad indolente frente al uso de psicoactivos y que éstos, al estar a un alcance mayor de las personas, provocarían adicciones en un gran volumen de la población a las que ningún gobierno podría atender de una manera sistemática ni organizada. En esto último, me inclino a creer que tienen razón.

El principal efecto de las sustancias psicoactivas es la alteración de los sentidos frente a los efectos de la realidad, hasta aquí no hay ningún problema si en verdad hay enfermedades que merecen la prescripción de alguna de estas sustancias. Sin embargo, la liberalización de su uso supone que la sociedad está enferma de realidad y cuya única cura radica en la elusión momentánea de aquella.

Afortunadamente, en medio de todo debate, hay experiencias que trascienden cualquier discusión de esta naturaleza: son las de los hombres y mujeres que por décadas llevan acompañando, curando, desintoxicando y reeducando a quienes han caído en los excesos de la droga, en la toxicomanía y en la pérdida de su voluntad frente a la lógica despiadada de los traficantes que los mantienen atados a su adicción. Estas experiencias, nunca suficientes y no siempre edificantes, han sabido estar lo mismo en la alegría de un rehabilitado que en la impotencia de testimoniar vidas que que se diluyen en la búsqueda de falso placer.

La solidaridad humanitaria siempre ha estado allí. Si hay legisladores que se ufanan de estar a la vanguardia de estos debates; miles de centros de atención de adicciones han primereado en la caridad la atención humanitaria de quienes padecen los efectos de este fenómeno. Es el caso de Hermelinda Villarreal, directora del Centro de Rehabilitación Mi Casa, de Chihuahua, quien durante 25 años ha trabajado con la rehabilitación de alrededor de 50,000 drogadictos a quien no le preocupa el debate político sobre la legalización de la marihuana: “no hay que poner tanta atención en el tema, sino buscar y trabajar en cómo proteger a los potenciales usuarios de estupefacientes”. El centro ‘Mi Casa” es apenas un ejemplo entre una pléyade de gente comprometida con su prójimo; y que con sus actos certifica lo que Walt Withman aclara: “Yo no doy conferencias o un poco de caridad. Cuando doy, me doy a mí mismo”.