Carlos Monsiváis

Comunicación como auténtico encuentro

vnm69Del 13 al 16 de octubre, nos encontramos en la Provincia de Acapulco para participar en el XII Encuentro Nacional de Pastoral de la Comunicación cuyo primordial objetivo es mirar hacia los nuevos escenarios donde se experimenta la adquisición, transmisión y correspondencia de una cultura de la información y que, al mismo tiempo, transforma la vida cotidiana de millones de seres humanos.

Bajo el lema Comunicación al Servicio de una Auténtica Cultura del Encuentro, la Comisión Episcopal de Pastoral de la Comunicación busca en este encuentro –además de poder compartir experiencias desde las diferentes trincheras de la información se han acumulado en los servicios que periodistas, fotoreporteros, camarógrafos, administradores de portales y sitios web de noticias, etcétera- proveer técnicas, herramientas, servicios y conocimientos para enfrentar el gran reto de comunicar en la era digital.

Este es el vigésimo segundo encuentro entre los responsables de información y comunicación de las diócesis, con lo cual se confirma la importancia en la profesionalización que las diferentes circunscripciones particulares han puesto en la ruta del diálogo y encuentro con las culturas.

El reto de los comunicadores no es solo el de proponer la verdad y la realidad bajo el análisis de nuevas configuraciones tecnológicas o sociales sino el de reflexionar desde dónde aquellas configuraciones pueden construir puentes para resarcir fenómenos como la corrupción, la desconfianza, la desesperanza y la mentira.

Frente a ese complejo horizonte, compartimos dos convicciones: la  del periodista Alex Grijelmo quien apunta que “la mentira imposibilita toda comunicación leal” y la del escritor Carlos Monsiváis quien acuciaba a desterrar la creencia de que “la información es poder”.

La comunicación leal se hace solo con la verdad y la información es un servicio. Estas son dos condiciones sin las cuales no hay ejercicio periodístico o informativo verdaderamente digno, responsable y solidario. Por desgracia, muchas veces advertimos que la verdad y el servicio son, podríamos figurar, los dos remos de una barcaza en un océano de información, donde buques, trasatlánticos y submarinos nucleares avasallan con poder, prepotencia y desprecio. Pero la navegación no se hizo para hombres o mujeres temerosos, ni para aquellos que confían demasiado en sus propios aparejos. Además, la historia enseña que hasta un simple leño está convocado al inmarcesible sino del ejemplo.

Gracias a la oportunidad y la convocatoria del presidente de la CEPCOM, Luis Artemio Flores, obispo de Tepic, y a la hospitalidad del arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias Merlos, es que al menos un centenar de profesionales de la comunicación provenientes de varios rincones del país estarán llegando a un puerto donde realimentarse del primer deseo de su oficio comunicador: compartir. Compartir desde la incesante lucha contra la mentira y desde sus heroicos esfuerzos por sobrevivir.

Y, sin embargo, no es este –como ningún otro- un puerto tranquilo. Desde hace ya varios años en esta ciudad y estado federado se han testimoniado una serie de eventos que laceran y vulneran la posibilidad de confianza y de encuentro. La violencia en casi todas sus trágicas expresiones se ha manifestado en esta región bajo una no siempre eficiente ni honesta vigilancia de las autoridades. La descomposición del orden social en el que incluso los supuestos democráticos, representativos, de justicia, paz y equidad son fuertemente cuestionados hace más urgente la propuesta de una comunicación al servicio de una auténtica cultura de encuentro.

Finalmente, hay que mencionar que este encuentro de comunicadores se suma a otros grandes esfuerzos por compartir el camino de diálogo con las culturas presentes en el país. Por ejemplo, en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, también se testifica una cumbre para analizar la teología indígena y, en la ciudad de Puebla de los Ángeles, los especialistas en bienes muebles e inmuebles de arte sacro fueron convocados para el Taller de Bienes Eclesiásticos Mexicanos cuyo interés es preservar y mejorar los diferentes acervos artísticos e históricos de temática religiosa en México.

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En defensa del periodismo

“La mentira imposibilita toda comunicación leal”. Alex Grijelmo

teclado-maquina-de-escribirNo puedo dejar de pensar que detrás del nuevo ‘videoescándalo’ en el que se muestra a dos periodistas vender y cobrar sus servicios profesionales a un exaltado capo de la mafia michoacana existe una estructura de complicidad y criminalidad que ha estado allí siempre, frente a nuestros ojos, tan grande y cercana que es casi imposible distinguirla a simple vista.

Las imágenes donde los periodistas Eliseo Caballero, corresponsal de Televisa en Michoacán, y José Luis Díaz Pérez, dueño y director de la agencia de noticias Esquema, aparecen charlando con Servando Gómez “La Tuta”, denominado líder de la organización criminal “Los Caballeros Templarios”, trascienden a la presunta complicidad de estos tres personajes sentados en torno a una mesa portátil. En la ecuación también está el mensaje junto a los videos que recibe la periodista Carmen Aristegui por parte de la misma organización apelando a una conocida ‘rivalidad’ entre ella y los servicios de noticias de la cadena Televisa; se entiende que los videos son una especie de arma argumentativa a favor de Aristegui en contra de lo que ella ha denunciado sobre el estilo de trabajo en la poderosa televisora mexicana. Y, por si fuera poco, sorprende el silencio –que dice tanto- por parte de las autoridades de investigación y procuración de justicia del país que por años han declarado estar buscado a Gómez Martínez, creándole un perfil casi mítico, excusándose de no lograrlo capturar porque el capo vive en las cuevas, yendo y viniendo entre las orografía de la Sierra Madre del Sur, cuando el video muestra a un despreocupado Gómez en medio del patio de una residencia que no podría pasar desapercibida.

De esta historia nos avergüenza la superficie que descubrimos en el acto de periodismo inmoral pero alarma aún más la certeza de saber que detrás de esa cicatriz herrumbrada hay una sólida columna de corrupción aparentemente imperturbable y sobre la cual también nosotros hacemos pie. El toparnos con esta percepción de la realidad solo lleva a una consecución lógica: tener desconfianza y sentir pesimismo.

Pero podemos y debemos ser mejores que eso, aunque aquello no sea nada fácil.

Por ejemplo, apenas un día antes de que estos hechos fueran revelados, el 21 de septiembre, el gremio periodístico lamentaba el asesinato del reportero gráfico Raúl López Mendoza de Cambio de Michoacán. Cuando se tuvo noticia de su desaparición (el 18 de septiembre), “en un hecho sin precedentes en la historia del periodismo michoacano, medios de comunicación, reporteros, camarógrafos, redactores y conductores buscaron afanosamente dar con el paradero del reportero gráfico”, relataba el corresponsal de Apro, Francisco Castellanos.

¿Se habrían solidarizado Caballero y Díaz Pérez a este reclamo que el gremio hizo al comisionado de seguridad en Michoacán, Alfredo Castillo, para dar con su colega desaparecido? ¿Habrían tenido conciencia de sus acciones al reclamar respuestas bajo la vieja consigna de que ‘atacar a un periodista es atacar a la sociedad’ cuando todo parece indicar que sostienen una perversa relación con el crimen organizado? ¿Podemos confiar en el resto de los periodistas? ¿Será distinta esa complicidad que se advierte entre la prensa y el crimen organizado, que la que tradicionalmente se realiza con las autoridades civiles? ¿Aquel que desconfía de todos los actores anteriores realmente está haciendo un mejor periodismo?

Carlos Monsiváis era escéptico ante toda esta desconfianza y la creciente denuncia de escándalos públicos que, en teoría forjaba un periodismo más combativo, crítico y comprometido, porque “por mucho que se desacredite a los implicados, muy poco hace que suceda y, mientras, el sistema sigue intacto, fascinado por su capacidad auto regenerativa y con la conversión del escándalo en industria del desquite efímero… y la prensa sirve al deseo de cambio hasta que la corrompen, o se corrompe para que llegue tarde el intento de cambio, o se burocratiza para impedir que la corrupción la corrompa”. Pero, ¿cuál es la causa del pesimismo? Lacónico Monsiváis decía que el problema era la creencia de que la información es poder.

La información, sin embargo, es un servicio; buscarla y compartirla es un ejercicio de libertad e independencia, el transmitirla con exactitud e íntegramente solo puede inducir y proteger la libertad de las personas. Los periodistas pueden ser agentes que propicien la libertad en la toma de decisiones cuando comparten la información que constituye conocimiento. Adelino Cattani sugiere cómo hacer de la información un servicio: “Trata de decir la verdad; y si pretender la verdad es excesivo, basta con no decir lo que uno sabe que es mentira, para lo cual no tiene pruebas suficientes y no puede justificar o defender”.

En defesa del periodismo, casi providenciales resultaron las distinciones que recibieron Marcela Turati (México) y Javier Darío Restrepo (Colombia) por sendas trayectorias periodísticas, pues es vital y urgente tener referencias certeras de un periodismo ético y corresponsable. Más en estos momentos tan complejos que vivimos.

La prensa y los periodistas necesitamos preguntarnos constantemente en ánimo autocrítico cómo resistir desde esta trinchera ante las seducciones o las coacciones de los poderes, cómo desterramos esa idea que hace de la información un poder y no un servicio, cómo sobrevivir a este pesimismo que nos agobia, cómo confiar de nuevo y porqué debemos confiar nuevamente. El ideal y la utopía son indispensables para nuestro oficio, sin ellos no hay un punto de referencia al cual aspirar cotidianamente. @monroyfelipe

Esa tardía reacción ante las reformas en México

presidencialismo-absolutoEra de esperarse tal candidez. La mayoría de los sectores sociales en México dudaron legítimamente que las ansiadas reformas estructurales, promovidas desde el presidente de la República, llegaran a prosperar. Llevaban décadas con solo una certeza en el alma: nada pasa en México. Pero, fueron aprobadas y muchos, incluidos los propios partidos políticos, aún no saben cómo fue que sucedió. Queda claro que el Pacto por México y la peculiar operación política, tuvieron que ver en algo; pero las representaciones sociales se mantuvieron al margen de todo aquello y en el momento de reconocerse víctimas de las consecuencias parece ser muy tarde para pedir justicia y, en cambio, ahora piden clemencia.

Hoy, los nuevos parámetros legales que conforman reformas y misceláneas en materia fiscal, energética, telecomunicaciones, laboral, política y educativa entran en vigor paulatina e inexorablemente. Antes de ser aprobadas nadie pudo opinar ni expresar duda alguna porque nadie estaba a la altura  en la especialización de los temas. Sé de varios medios de comunicación que preferían no dar voz a ningún académico o especialista porque nadie era ‘suficientemente experto’ en el tema y tan solo difundieron lo que las instituciones políticas aportaban, lo que el erario podía solventar.

Así sucedió con la reforma política, con la creación de un nuevo organismo electoral y la modificación de algunas reglas en el proceso. Fue mucho tiempo después de ser aprobada cuando se supo que tan solo actualizar las credenciales para votar costará 870 millones de pesos a los contribuyentes. No sería raro suponer que el único beneficiario de tal reforma sea el proveedor de los plásticos y la papelería del flamante Instituto Nacional Electoral. Aunque esto es un ejemplo apenas, así ha sido con las otras reformas: fueron aprobadas bajo la mirada displicente de grupos, líderes y organismos sociales, pero en el momento de sentirse vulnerados por las nuevas disposiciones, quizá sienten que vendieron muy barato su silencio cómplice.

Todo parece indicar que ha terminado el tiempo para la negociación, y que  ha iniciado el de las ofrendas y los tributos. Y la historia de nuestro país nos ayuda a comprender.

En La prensa y los poderes, Carlos Monsiváis relata el proceso de ‘institucionalización’ de la Revolución mexicana bajo los regímenes de Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán (1940-1952): “el sometimiento colectivo fluye hacia la meta ideal, el progreso, lo que se llamará después la modernización. Son notorias las ventajas de promover ‘la amnesia histórica’, aquella en donde solo los directamente afectados perciben las represiones. La fórmula es segura: si no hay información, se evapora el hecho represivo”. También apunta que fueron precisamente los medios (la prensa escrita) los que fueron utilizados por el recién instaurado presidencialismo para desarmar ideológicamente a la oposición y hasta el propio partido en el poder: “la prensa ‘viste’ a la República pero no dialoga con el poder, es a lo más un ‘coro griego’”.

El país pasó del caudillismo revolucionario al presidencialismo institucionalizado, nació la expresión ‘señor-presidente’ como anáfora en cada discurso y metonimia de suprema autoridad. Para sobrevivir a tal idealización del poder, el único camino fue el sometimiento colectivo.

Solo así se comprende un texto como el publicado por Guillermo Ibarra, director del diario El Nacional el 7 de junio de 1950: “Miguel Alemán –conductor de nuestros destinos, en esta etapa de la Revolución Mexicana- está ya en la historia de México como un auténtico sembrador de caminos. Y lo hemos visto a través de los caminos del Sureste, reafirmándose en la voluntad popular gracias a la indiscutible calidad humana que resalta en cada uno de sus actos, en todos sus gestos y en su sonrisa ancha, como un ejido abierto a todos los vientos de la patria”.

Tal vez la única diferencia entre aquello y lo expresado esta semana por Lilly Téllez (“Pero, señor-presidente, ¿cómo fue usted tan pero tan valiente para lograr esto?”) en el programa Conversaciones a fondo donde seis periodistas entrevistaron a Enrique Peña Nieto sea la cualidad poética. No es la única, los conductores de un programa de televisión le transmiten “la preguntas que el público tiene sobre las reformas” al mandatario pero cada vez que toman la palabra dicen: señor-presidente, señor-presidente, señor-presidente.

Terminó la negociación, se ha roto el equilibrio. La inconmensurable construcción idealizada del poder no acepta diálogo, recibe ofrendas y súplicas. Cuando fue el tiempo de debate algunos supusieron que las reformas no los alcanzarían, no serían afectados en sus privilegios, que –para variar- solo se haría la ley en la yunta de los compadres. Por ello, mucho tiempo después, cuando los tentáculos de las reformas alcanzaron sus huertos privados, algunos se mostraron sorprendidos, ahora piden comprensión y prórrogas. Según la fortaleza de su autopercepción, carraspearán molestas, mirarán amenazantes al poder erigido, pero nada pueden hacer sólo cederán cuando se reinstale un nuevo privilegio en su beneficio.

Monsiváis concluye con una reflexión que quizá pueda ser ahora oportuna: “Todo [la modernización, la institucionalización] ocurre entre el diluvio de homenajes: ‘Señor Licenciado, el país vuelve a nacer gracias a usted’. Por lo común, las críticas en la prensa son inaudibles o son reprimidas, y en televisión son inexistentes. Y no importa que el presidencialismo omnímodo sea un mito y que el límite del poder máximo sean los otros poderes máximos. Lo básico es la sujeción psicológica de la mayoría, convencida de que una persona, el Presidente, decide lo de todos, y ‘sólo él sabe la magnitud de los problemas’. La prensa algo conoce de lo que sucede, pero eso es nada más enterarse de un fragmento, ya que la única sabiduría totalizadora es la del poder supremo”.

El temor de los días

flower_in_desertParece haber llegado el día que siempre temimos, aquel en el que no hay más autores en los diarios ni en las revistas. Nosotros, los que quedamos, apenas juntamos algunas frases para intercalar entre las imágenes, videos y metatextos que lanzan a las audiencias a un viaje al espacio exterior, sin arnés ni carta astronómica; mientras, en el siglo de enfrente, con frecuencia hallamos que las noticias parecen calcas de otras noticias y ni siquiera de noticias de otro día sino del mismo día: comienzan igual, continúan igual y llegan al mismo lugar, como si cualquier cosa fuera vivir.

Por alguna razón hoy siento falta de esos periodistas de larga prosa y creativa lírica que comenzaron a vivir como escritores, artífices de ficciones tan sublimes cuyos argumentos podrían salir sin problema en las ocho columnas del diario de mañana; también faltan esos otros peritos amantes de las letras que para sobrevivir y hacerse famosos no les quedó de otra que hacerle al picateclas informativo y dejaron, sutiles, fuentes fértiles donde mana el arte entre la miseria.

No sé bien qué sucede en estos aires que los maestros en el oficio se nos mueren como inalterable secuencia de fichas de dominó. No nos habíamos recuperado de José Emilio, ni de Fuentes; y por supuesto están aún las ausencias de Monsiváis, Montemayor y Granados Chapa. También tenemos que aguantarnos las partidas de Gabo, Mutis, Marré, José María Pérez-Gay y Carballo. Esta década nos está obligando a la triste costumbre de ir a funerales y a homenajes post-mortem; y es que, a veces, la muerte irrumpe con tanta cadencia seductora que se nos olvida cómo comportarnos ante un nacimiento o una boda. “Pobres, lo que les espera”, he llegado a escuchar en alguno de estos últimos. Aunque tampoco es tan grave, decimos todo esto mientras intentamos colocarnos en la fila.

Javier Marías suele decir que el hombre contemporáneo recibe sin tregua la razón de su pesimismo: desastres incesantes, desgracias encadenadas, terror en sesión continua, y que por lo mismo se le puede disculpar cierta insensibilidad, el desánimo, la falta de entusiasmo. Basta mirar la edición de nuestro diario predilecto de hoy para asentir cómplices.

Hay tanto tedio en este periodismo que incluso hay ‘informativos’ que disfrazan al hecho, lo tuercen a propósito y a conciencia, y nos advierten que sus noticias son remedos de nuestra realidad; ‘parodias’, dicen, pero en el fondo son el fiel retrato de un alma llena de hastío. Hasta dónde habrá llegado el aburrimiento que la realidad ya no asombra, nos distraemos inventando el matiz de nuestro entorno solo para reírnos de nuestro chiste o para anestesiar nuestra conciencia.

La verdad, que suele mostrar su piel desnuda y brillante, en ocasiones es obvia pero hallarla jamás es simple y portarla es como llevar el agua en el cuenco de las manos.  Encontrar en ella alguna historia para contar y compartir es como buscar una aguja en un pajar; pero allí donde algunos usarían un imán, otros encenderían un cerillo.

¿Puede dejar de sorprenderse el oficio que busca sorpresas del mundo? Parecería un sinsentido pero frente a esto nos sentamos día a día; ya sea el televisor, la radio, el internet o un medio impreso: informaciones trasferibles, anónimas, autógenas e inconexas. La dificultad de encontrar al autor, al instigador de miradas y reflexiones, aquel a quien Segura Munguía llama “el que hace crecer, brotar o surgir algo; el que aumenta la confianza, el fiador, garante y responsable” es –casi siempre- una búsqueda sin caminos.

El periodista y escritor Vicente Leñero, maestro en el oficio para varias generaciones, recoge esta voz en La voz adolorida que hoy debe hacernos temer por estos días pero también debe llenarnos de esperanza: “¿De qué está enferma… quiero saber de qué está enferma mi pobre mamá, encerrada para siempre sin ver la luz del sol, sin ver los charcos de agua que se forman en el patio de la casa de San Ángel después que ha llovido muy fuerte; sin ver los mastuerzos del jardín… sin ver la reja, sin ver la calle a la que sale por donde está la reja, y los árboles que hay afuera, y el viejo empedrado de la calle, de ciudad empedrada toda, y donde uno que otro coche pasa de repente y se va dando tumbos…”. Los nuevos autores, los que recojan el gran legado de tantos hombres y mujeres de palabra, los que nos hagan superar el temor de los días, deben preguntarse de qué está enferma esta sociedad y, al preguntárselo, han de mirar con certeza, el hermoso horizonte que hoy nos estamos perdiendo.