confrontación

Juzgar, nuestro deporte favorito

f55b5f074bbcab326a6c59451d333cfbEl poeta pakistaní Muhammad Iqbal decía que cuando somos polvo la gente nos esparce por los aires pero que, si fuésemos piedras, nos arrojarían directamente a las ventanas. Es decir: la grandeza puede ser un artilugio violento.

Reflexionaba en esto al ver las transmisiones de las Olimpiadas en Río de Janeiro y también al leer los comentarios que se desataron entre la opinión pública respecto a las actuaciones y las presencias de los deportistas mexicanos en la cita olímpica. Mientras unos apuntan que la razón por la cual México no mejora en competitividad es la mentalidad anodina de los deportistas, otros indican que el proyecto deportivo nacional está cooptado por liderazgos corruptos cortoplacistas. En otras esferas menos brillantes hay quienes critican la imagen y fisionomía de los atletas; y desde la baranda opuesta, otros defienden la dignidad de los deportistas ante el escarnio de los palurdos criticones. Unos, destacan entre los miles de deportistas al grupo de atletas ‘más atractivos’; y, otros, le hacen fiesta a los ‘más devotos’. Mientras unos apoyan con rabia chovinista a sus connacionales, otros celebran a los deportistas sin nación ni patria. En fin, a diferencia de lo que apuntó Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, en la inauguración de las Olimpiadas  (“Hay una ley universal en este mundo olímpico: todos somos iguales”), la verdad es que la justa deportiva celebra la diferencia y potencia la oposición para presentar a quien llega más alto, al más veloz y al más fuerte.

Y para declarar a ese deportista o equipo que despunta entre el resto es necesario un un personaje discreto pero fundamental en cada disputa deportiva: el juez.

En La Iliada se relata quizá una de las historias más antiguas de los juegos griegos. Fueron organizados por Aquiles para rendir homenaje a su amigo Patroclo muerto en batalla. Mientras los nobles griegos realizan deportes como lucha, pugilato, lanzamiento de peso, lanzamiento de jabalina, carrera a pie y carrera de cuadrigas, Aquiles se abroga el derecho de ser el juez que determina los premios a los vencedores. El juez a veces premia a los ganadores, a veces a los perdedores, a veces declara empate y, en uno de los juegos, le da el premio a quien considera más hábil sin siquiera haberse realizado la justa.

Todas las competencias tienen un juez o un árbitro, pero en la actualidad algunas tecnologías han sustituido a las personas por fenomenales sensores que cronometran o documentan fracciones de segundo. Así, hoy hay menos jueces oficiales pero hay más juicios.

Aquiles el juez, celebraba a sus gladiadores jactándose de sus habilidades para arrojarlas como ídolos de piedra a ese cristal olímpico desde el cual los dioses contemplan el drama de la humanidad.

Aunque sea difícil de asumir, la sociedad moderna utiliza los actos de nuestros grandes deportistas para arrojarlos contra nuestros miedos o contra nuestros defectos. Es por ello que todos nos convertimos en jueces y nos sentimos con derecho de opinar y pronunciarnos a favor o en contra de las cosas más inverosímiles. En el fondo, mediante la nobleza y las proezas del atleta (o por la ausencia de ellas) intentamos validar nuestra opinión. Es decir, somos como niños arrojando atletas de piedra a las ventanas de nuestras obsesiones.

Pero, ¿por qué me atrevo a decir ‘nuestros grandes deportistas’? Es sencillo: porque se han levantado un día a intentarlo y a confrontar sus habilidades con otro. Es lo que el erudito Iqbal concluía: “Es cierto que somos polvo; y que el mundo también lo es. Pero aún en el polvo hay briznas que se yerguen”. @monroyfelipe

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La unidad está en la piel y el corazón

abrazoNunca deja de sorprenderme la sabiduría que reside en el corazón sencillo del mundo indígena. Quizá tienen los pies bien puestos en la tierra o quizá los lejanos horizontes que divisan les ensanchan la mirada tanto como su corazón. El mundo indígena tiene, en sus palabras y sus conceptos, sagaces intuiciones y demoledores principios de sentido común que ayudan a resolver muchas madejas mentales.

Vivimos en una época compleja, de muchos desafíos de orden moral, ético y práctico; aquellos que gozan de un poco de libertad para hablar y obrar tienen que definirse (por identidad o por conveniencia) en alguno de los bandos que disputa la razón y la verdad de las cosas. En la patria, la búsqueda en el orgullo nacional y la identidad patriótica genera constantemente luchas entre quienes apuestan por la unidad apelando a los símbolos, el tótem fundacional o el líder legítimo y, por otro lado, quienes no ven ya en los símbolos ni en los liderazgos -entorno a los cuales se ratifica la adhesión- los valores éticos y morales para trabajar en consecuencia. En los sistemas de creencias pasa igual: O la unidad está en la cabeza (el líder, la ley, la doctrina, la disciplina o el dogma) o está en la horizontalidad de la libertad moral, la práctica de autorregulación y la disidencia ética frente a los altos, eruditos y burocráticos edificios de control en las fronteras de la sana doctrina y la disciplina regulatoria.

Y mientras el mundo se divide (y el hombre se desgarra en su seno intentando decidir en qué bando poner su corazón), la sentencia indígena tojolabal habla con más sabiduría: “La unidad no está en la cabeza, está en la piel”.

Aún estamos en el marco de las celebraciones patrias y, en ellas vimos cómo los mexicanos debían definirse entre sentir valores nacionales en adhesión a su presidente y los pilares de su tótem fundacional o sentir la responsabilidad patriótica al repudiar precisamente al presidente y los símbolos del poder paternalista que someten al maltrato y la confusión a los más ignorantes y débiles. La legítima resistencia a estas figuras de autoridad está alimentada por un principio aún más poderoso: la libertad y la certeza en la existencia de un bien mayor.

Algo semejante pasa en estos días en la Iglesia católica: La autoridad infalible del pontífice como persona entorno a quien sólo es posible la unidad en la interpretación de la verdad y el ejercicio de la misión apostólica no sólo es debatida sino incluso cuestionada por muchos miembros de la institución que, ahora sí, voltean a rescatar las certezas que nunca necesitaron cuando el líder era su aliado en convicciones. El conflicto entre la unidad inapelable a la revolución bergoliana y la radical resistencia moral de paradigmas inalterables desgarra y confunde al hombre de fe sencilla y débil esperanza. Un hombre que se convierte finalmente en rehén de ambos bandos.

Entonces, ¿en dónde está garantizada la unidad? ¿Se confirma por la gracia de la cabeza o se encuentra en la armonía de las extremidades en comunión?

Si apostamos por la jerarquía y directriz de la cabeza es preciso contemplar que la unidad sólo puede alcanzarse por medio de la disciplina y ésta sólo puede ejercerse a través de la coerción o de un profundo convencimiento personal. En el primero de los casos, la obediencia garantiza la aplicación de la norma pero también limita las fronteras de su razón (homogeneiza la actitud y las respuestas prácticas que son reducidas a principios de recompensa, amenaza y castigo). El segundo, el convencimiento, debe pasar por un largo, sinuoso, lento y no siempre exitoso camino de madurez, comprensión y libertad. En este ámbito hay que considerar la caída y el error constante porque la disciplina aquí siempre es un proceso inacabado.

Por el contrario, si apostamos por la búsqueda en la armonía de las periferias la unidad es más un ideal pulsante que una realidad pétrea; una inasible pluralidad convocante y líquida que puede permear todas las murallas y todas las fronteras. Unidad en la heterogeneidad donde, sin embargo, también se corre el riesgo de la ligereza; de principios diluidos, licuados y difuminados. La inseguridad de las débiles certezas a las cuales asirse en medio de la tormenta conlleva el peligro de no poder ofrecer nada más que la oportunidad de cambiar de barco. Aunque, soportar la mayor de todas las tribulaciones con la más débil de las certezas es sinónimo del más noble misterio de fe.

Elegir bando parece obligar a aborrecer al contrario. “No se puede ser tibio. No elegir es ser relativo”. Pero entre uno y otro, está la piel.

La unidad que está en la piel no rechaza a las otras consideraciones de unidad, al contrario, las enriquece. La piel que sí es tibia porque está conectada al flujo vital de todo el cuerpo, que pone en relación todo aquello que está dentro de las fronteras hacia adentro y también hacia las fronteras de los sentidos, del otro y del infinito. La piel va de la cabeza a los pies y de un brazo hacia otro; da sentido al cuerpo, protege al interior y es el órgano que pone en contacto con lo exterior. La piel es la zona del intercambio de sensaciones y es la superficie donde se experimenta el mundo. La piel conoce el dolor propio y es capaz de abrazar el dolor ajeno; gracias a la piel, el hombre es uno en sí y uno también cuando toca las llagas de la humanidad herida. Nada aprende la cabeza sin la experiencia sensorial sobre su cuerpo; nada hace el cuerpo sin la guía lógica de la cabeza; y todo, gracias a esa membrana que envuelve al universo interno y que se extiende a rozar las estrellas del cielo. Entonces ya no es importante elegir bando, simplemente no hay que dejar de abrazar.

En su concepción, el tojolabal es tojolabal porque constantemente pone en práctica su identidad en su dimensión comunitaria (uno puede tojolabalizarse o destojoabalizarse según la práctica de su vida); y así, cuando se alcanza la unidad se dice la expresión lajan lajan ‘aytik que significa “estamos emparejados” y, a veces, se dice una expresión casi poética: jk’ujoltik ‘aytik que significa “estamos de un corazón”. @monroyfelipe

Adhesión del Episcopado Mexicano al hartazgo social

Publicado el mensaje final de los obispos mexicanos reunidos en su 98 Asamblea Plenaria me gustaría destacar un par de cosas en primera instancia: finalmente las palabras hacen justicia a la violenta realidad del país y las pautas dibujadas del rechazo social al drama de la corrupción e impunidad les incluyen como destinatarios (y no solo como testigos) del clamor popular.

Además de reiterar en primera persona el hartazgo compartido de la sociedad mexicana manifiestan su adhesión al “clamor generalizado” y visibilizan a “las miles de víctimas anónimas” de todo el país. Con esta declaración, se ubican en una posición y en su consecuente compromiso.

“Reconocemos que la situación del país ha empeorado, desatando una verdadera crisis nacional. Muchas personas viven sometidas por el miedo, la desconfianza al encontrarse indefensas ante la amenaza de grupos criminales y, en algunos casos, la lamentable corrupción de las autoridades. Queda al descubierto una situación dolorosa que nos preocupa y que tiene que ser atendida por todos los mexicanos, cada uno desde su propio lugar y en su propia comunidad”, dice el comunicado.

Se trata de un mensaje inusual porque no apela a las autoridades hoy legalmente constituidas, no les exhorta, exige, reclama o recomienda nada, porque la respuesta no solo está en sus manos. En el mensaje, los obispos reconocen en las instituciones de ciudadanía, sociedad civil, familia y Estado valores superiores al de los regímenes vigentes en cada nivel de la administración pública: “Estamos en un momento crítico. Nos jugamos una auténtica democracia que garantice el fortalecimiento de las instituciones, el respeto de las leyes, y la educación, el trabajo y la seguridad de las nuevas generaciones, a las que no debemos negarles un futuro digno. Todos somos parte de la solución que reclama en nosotros mentalidad y corazón nuevos, para ser capaces de auténticas relaciones fraternas, de amistad sincera, de convivencia armónica, de participación solidaria”.

Como respuesta al enardecimiento social presente en diferentes latitudes del país, los obispos sugieren pasar de la indignación a la acción, de la protesta a la propuesta; pues de lo contrario, afirman, serán los “buitres” quienes estarían al acecho “de los despojos del país”.

En el mensaje, los obispos se comprometen y comprometen a los miembros de la Iglesia católica a participar en los procesos de reconciliación y búsqueda de paz. A proponer “la vía pacífica, que privilegia el diálogo y los acuerdos transparentes, sin intereses ocultos, es la que asegura la participación de todos para edificar un país para todos”. Una delicada declaración toda vez que las células del poder señalados de corrupción han buscado a diferentes liderazgos sociales, mediáticos, empresariales y religiosos para ‘pactar el silencio’ y minimizar el drama social estructural.

“En medio de esta crisis vemos con esperanza el despertar de la sociedad civil que, como nunca antes en los últimos años, se ha manifestado contra la corrupción, la impunidad y la complicidad de algunas autoridades”.

Lo dicho: palabras más próximas a la realidad en este mensaje y una serie de compromisos que pueden (y deben) ser verificados y juzgados por la ciudadanía durante la deseable reconstrucción de la confianza entre las instituciones que logren dinamizar la paz, la concordia y la reconciliación. @monroyfelipe

Ética de los conflictos

iph5_JOR2 125Imagine, estimado lector, un conflicto en el que ambas partes tienen razón y cuya válida satisfacción moral para cada uno es completamente opuesta al del adversario.

Pienso, por ejemplo, el caso abierto tras la captura del líder de las autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, por parte de la autoridad federal; misma que meses atrás, había requerido pactar con los hombres armados de Mireles para lograr la pacificación en la región. En el conflicto, ambas partes parecen tener razón: el gobierno apela al derecho exclusivo de la fuerza y la violencia por parte del Estado; las autodefensas apelan al derecho de supervivencia en medio de una crisis armada y sanguinaria. La satisfacción para el primero es el libre tránsito con armas de defensa y la organización comunitaria para enjuiciar abusos; para el segundo, es desarmar a toda la población y reinstaurar el orden legal bajo instituciones representativas.

Bajo la aséptica de la ley y sus reglamentos, un dilema de esta naturaleza tiene solución a ‘tabla rasa’ imponiendo la moral del sistema, del imperio, estado, religión o convenio previo. Esto es: se aplica la ley, pero no la justicia, no hay bondad ni equidad y, claro, mucho menos caridad.

En el terreno humano, sin embargo, es mucho más complejo ofrecer una respuesta que logre dar plenitud. Según el filósofo Hartmann, aquello solo es posible si se cumplen algunas condiciones: que se reconozca la validez de más de una ‘moral’, que ‘la virtud’ no se equipare con ‘la perfección’ y que se encuentre un punto intermedio entre la ‘perseverancia resuelta’ y la ‘precaución prudente’. Incapaz de poner nombre a esto de alguna manera, lo define como un estado entre la valentía y la audacia.

En el cristianismo, no obstante, la moral es una, las virtudes fueron sembradas por la perfección y la práctica de la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza alimentan y disponen al entendimiento y a la voluntad a obrar con razón iluminada por la fe. No se puede buscar el equilibrio estático sino la inclinación ascendente: “Mostrar en nuestra fe, virtud; en la virtud, ciencia; en la ciencia, templanza; en la templanza, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, fraternidad; y en la fraternidad, caridad”, dice la carta de Pedro. Esto tiene un nombre muy preciso, aunque ciertamente inasible: El Reino de Dios en la Tierra, como explica Dietrich Bonhoeffer.

La ruta para la convivencia aun en medio de los conflictos está bien delineada por el apóstol, pero en el mundo contemporáneo no deja de ser una posición unilateral y apegada a la doctrina, dejando en terrenos muy lejanos el reconocimiento de la libertad del otro o la posibilidad de conceptos primarios no compartidos.

Por ello “hay otras puertas que tampoco se deben cerrar”, dice el papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium y, todavía más pide obrar “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible”. Luis González-Caraval lo expresaba en las páginas de Vida Nueva: “A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno”, y secundo su idea de promover e invitar al ideal, no como ideal absoluto, pero sí como el único ideal que en estos momentos está a nuestro alcance, estableciendo una sucesión de objetivos posibles.

Del odio a la vergüenza

ShameHandsBenjamin Franklin decía que cualquier cosa que comienza con odio termina en vergüenza, y eso coloca en retrospectiva mucha de la ignominia que se ha mostrado y difundido en los medios de comunicación en recientes fechas: todo parece estar puesto para confrontar bandos, partidos, posturas, creencias y razones. La presentación de los acontecimientos es un ping-pong interminable en el que se invita a permanecer en un lado, instigando al opuesto y devolviendo -en cada ocasión con más rabia- los argumentos de nuestra particular opción.

Los que nos dedicamos al periodismo y en general todos quienes participamos de la producción cultural sabemos que nuestras audiencias no nos eligen para confrontar su pensamiento, ni para abrirse a nuevas expresiones, nuevas ideas o diferentes estilos de nombrar a la realidad; quienes prefieren un medio en lugar de otro en el fondo esperan certeza, ratificación, reafirmación e identificación de un razonamiento aceptable que nos auxilie en el debate cotidiano en las mismas convicciones por las que nosotros mismos nos hemos persuadido por luchar.

Hasta aquí todo parece inalterable o fatídico; sin embargo, en el interior de esta actitud late el corazón de una pasión divisoria y la tentación de esperar el arribo del amor en lugar de salir a buscarlo. John Henry Newman ofrece un camino diferente: “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. Las fronteras dibujadas entre el hombre y su misterio deben transitarse, no solo señalarse desde detrás del refugio.

En todo espacio público y privado parece que prevalece el conflicto, que hay posturas irreconciliables y que las consecuencias de la libertad parten de la confrontación. Nada más absurdo. Y, sin embargo, ya sea el tema de la familia, el matrimonio, la vida, la política, la justicia, la religión, la cultura, la economía y, evidentemente, el deporte, el odio y las pasiones de la camiseta suelen ser el centro de interés para la reflexión y la acción social.

Hay, sin embargo, una tercera vía, una opción conciliadora, la propuesta que logra hacer prevalecer la unidad frente al conflicto, donde el tiempo es mucho más grande que el espacio, para la cual la realidad es más importante que las ideas pues tiene intención de buscar que el todo sea mayor a la suma de las partes. Son cuatro estrategias que operan en medio de las tensiones bipolares, “cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común”, como manifiesta el papa Francisco en Evangelii Gaudium.

“Tomemos las cosas como las encontramos, no intentemos distorsionarlas. No podemos crear hechos, todos nuestros deseos no pueden cambiarlos. Así debemos aprovecharlos”, prosigue Newman. Más que el rechazo de la realidad, las situaciones adversas al hombre requieren una aceptación creativa, propositiva y promotora de hermandad antes de que nos avergoncemos de nuestras acciones.