crimen organizado

Hacer periodismo, aunque en ello nos vaya la vida

IMG_6670Se preguntaba Suso del Toro hace años en un artículo muy breve: “¿Se puede escribir cuando estamos llenos de asco por la infamia, de ira ante el descaro, del asesino que irrumpe obsceno y se pasea? ¿Se puede escribir otra cosa que panfletos contra el crimen, contra los canallas, contra ellos?”

Ante las tumbas de Nadia, Yesenia, Alejandra, Nicole y Rubén vuelven estas preguntas crudas, sin retórica, que en efecto nos plantean si en verdad nos quedan fuerzas, lágrimas o valor para seguir escribiendo cuando la persecución se hace tan evidente y, también nos preguntamos si será posible escribir de otra cosa que no sea de los canallas porque parece que, de suyo, es el contexto que nos asfixia.

Un par de semanas atrás leía de la desaparición de los periodistas Ángel Sastre, José Manuel López y Antonio Pampliega en Siria; dolía la noticia porque conocíamos sus trabajos y porque tanto en Medio Oriente como en Latinoamérica, logramos meternos en los pliegues de los conflictos gracias a su audacia y servicio. La distancia y  la esperanza de que aparezcan nuevamente, vivos y libres, nos hace creer que lo correcto es seguir apostando por ese periodismo sin filtros y audaz; consciente de llevar a la luz de cada mañana, los matices de esa naturaleza humana bajo las sombras de la guerra, de la oscuridad del crimen y el despojo desalmado.

Pero es parte de la condición humana sentir más duro el golpe cuando cae justo en medio de la nariz.

No pude dejar de sentir escalofríos cuando supe que el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa, junto al de las otras cuatro mujeres, sucedió justo en la misma calle donde hace esquina esta pequeña redacción de revista independiente. Un espacio en el que hemos dado voz a activistas sociales que luchan contra el abuso de funcionarios públicos, a organizaciones que buscan desaparecidos en las fosas clandestinas, a comunidades que reclaman justicia ante el despojo de sus tierras, su trabajo, su dignidad o su libertad. A voces como la de Karla Jacinto que padeció la esclavitud en su propio país, o la de  Mario Vergara que busca a su hermano entre el lodo de las incontables fosas clandestinas de Guerrero; también voces de religiosos como Julián Verónica que defiende junto a su grey el derecho al acceso al agua responsabilizando a empresarios y políticos sin escrúpulos, y  Miguel Patiño quien resistió junto a su Iglesia de Apatzingán las muchas horas de balas y violencia, y acusó al gobierno de lastimar directamente a civiles inocentes.

En estos últimos años, los periodistas hemos tenido que dar noticia de las más de 100,000 ejecuciones en el sexenio de Felipe Calderón y las más de 20, 000 en la mitad del sexenio de Enrique Peña; también hemos informado de los sacerdotes asesinados en el país, 24 en 18 años; y, con ese mismo dolor, reportar las muertes de 103 periodistas (25 desaparecidos) en 15 años. México aparece lo mismo como uno de los peores lugares del mundo para ejercer el sacerdocio como el periodismo; un país que no está en guerra, que suma algo más de 80% de católicos y una nación pretendidamente democrática que respeta los derechos civiles de información. Es decir: ni los sacerdotes eran misioneros en tierras paganas ni los periodistas corresponsales de un país hecho trizas por la guerra… ¿O sí?

Alrededor de una rotonda sobre una avenida icónica y transitada de cualquier ciudad de este país hay una manifestación que pide justicia; en la esquina abrillantada y perfumada de una calzada de boutiques de lujo, un miserable pide caridad; en el empobrecido hogar de un maduro exempleado crecen las deudas tan rápido como la rabia; en las politizados y manipulados colegios, la impotencia de los niños por su futuro se manifiesta en violencia y abuso; en una iglesia una mujer llora por sus muertos y por sus desaparecidos; un sacerdote usa un chaleco antibalas debajo de la sotana y  levanta un muro en su parroquia para que las detonaciones no lastimen a la grey. Es hora de que los periodistas nos sumemos en un compromiso con estas personas de las que diario escribimos sus historias, en un compromiso para marchar hombro con hombro, con la mirada puesta en la esperanza y en justicia, un compromiso para mencionar por su nombre a los desaparecidos, para llorar como nuestros a todos quienes se han marchado, a encender una veladora como signo de indignación y de paciente espera, para hablar de todo lo que se hunde en el orgullo y se enaltece en la humildad, de todo lo que es humano que es también, al fin divino.

Preguntaba Suso del Toro: “¿Se puede escribir cuando estamos llenos de asco por la infamia, de ira ante el descaro, del asesino que irrumpe obsceno y se pasea? ¿Se puede escribir otra cosa que panfletos contra el crimen, contra los canallas, contra ellos?”

Sí, la respuesta es sí.

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Del diálogo exterminador al argumento ciudadano

geantsEl crimen y el gobierno mexicanos entraron en una etapa de diálogo en el que se entienden muy bien. Después de largos soliloquios maniáticos y sordos con los que el crimen organizado y autoridades aprovecharon los recursos a su alcance y los silencios de la ciudadanía para instaurar su orden por vía del miedo o la ley salvaje (salvaje aunque fuera constitucional); ahora parecen haber encontrado el canal de comunicación adecuado para sus fines: la venganza.

Si en el pasado hubo una gran especulación en torno a ciertos murmullos y arreglos en tono bajo entre fuerzas públicas (municipales, estatales o federales) con particulares células u organismos criminales para liquidar a otros grupos delictivos, la dura confrontación de argumentos homicidas que percibimos en estos días es un altanero pleito discursivo cuyos salivazos y escupitajos dan justo en la cara a la ciudadanía.

El todavía inexplicable derribamiento de un helicóptero del ejército mexicano por parte del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y la consecuente respuesta de las autoridades con la ejecución sumaria de 42 criminales vinculados al mismo grupo generó la amenaza más directa de la que se hubiera tenido noticia por parte del cártel: acabar con el mal gobierno, acabar con el narco gobierno.

La amenaza fue difundida a través de un video. En la imagen se aprecia a medio centenar de hombres encapuchados, armados, con chalecos antibalas y en actitud disciplinar altiva; detrás la bandera con las siglas de la organización y los estados de la República en los que tienen influencia. Días antes, el comisionado de Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, había ofrecido una declaración a los medios; como siempre, enmarcado en las siglas de la institución, con la bandera y escudo del país y flanqueado por superiores militares y policiacos en un disciplinado y gallardo firme marcial que hacen lucir las condecoraciones. Así el diálogo simbólico, ahora que hay que esperar los adjetivos y verbos que lance cada interlocutor.

Todo parece indicar que hay urgencia de terminar la cháchara. Ambos frentes quieren restablecer relaciones comerciales internacionales y diversificar sus negocios en el mercado con los socios del Pacífico. El pleito les reduce oportunidades. Ya en el pasado, la exportación de minerales mexicanos por parte del crimen organizado a la mafia china tuvo un relativo éxito comercial; al mismo tiempo, el gobierno mexicano busca estabilizar la proporción de importaciones y exportaciones con China puesto que aún no desciende de 10 partes de importación (productos chinos en México) por cada parte de exportación (productos mexicanos en China).

Por ello no parece descabellado pensar que estamos a las puertas de un ‘diálogo exterminador’ en el que se pondrán a prueba todas las capacidades disuasivas o destructivas del cártel y aquellas persuasivas o extrajudiciales con las que cuenta la fuerza pública y militar de la nación. Ojalá aquello fuera lo más terrible del escenario pero en el terreno de la política electoral, candidatos y partidos graznan sin cesar las fantasías de sus promesas, deseosos de ocupar el sitio de diálogo y negociación aunque evidencien su incapacidad de articular una propuesta sensata y madura.

En medio de todo esto ¿qué dice o querrá decir la ciudadanía? ¿Qué argumento suficientemente alto y claro puede poner en la arena de la disputa?

El próximo 7 de junio tendremos nuevamente un proceso electoral. Por fortuna –y a pesar de las dificultades- aún tenemos oportunidad de ello. Cuesta trabajo confiar en ‘la fuerza potencial del voto’ cuando el propio presidente del Instituto Nacional Electoral se refiere con un desprecio locuaz respecto a los ciudadanos; cuesta creer en el ‘derecho libre y soberano’ cuando grupúsculos radicales amenazan con impedir la instalación de casillas; cuesta tener esperanza en el ‘equilibrio de poderes’ cuando el corporativismo traducido en voto duro compra y enajena conciencias; pero, principalmente, cuesta trabajo –muchísimo trabajo- comprender que solo entre el patético circo político-partidista que padecemos hoy se encuentra la oportunidad de dar un poco más de tiempo de vida a una ciudadanía que no merece vivir encadenada a los condicionamientos de intereses y componendas del poder ni sometida a la violencia de los poderes fácticos imperantes.

Hay quienes proponen el permanecer callados, afirman que la ausencia ciudadana en el debate envía un mensaje muy claro a los vocingleros; pero no. El no ir a votar o el anular el voto es tristemente semejante a una condición de silencio. Nadie se dará por enterado y el gigante con el garrote utilizará los muchos o pocos recursos que le otorguen las huestes de su voto duro para alimentar su certeza vociferante.

La otra propuesta es apostar por quienes hoy no forman parte de la disputa tan solo por su tamaño o por el acceso restringido al espacio de la querella: Dotar a liderazgos pequeños y espontáneos un banco para quedar a la altura donde el diálogo exterminador ya se lleva a cabo. Pero ¿qué si los grandes vociferadores los querían allí desde un principio para gritar más alto y escupir más abundantemente? ¿Qué si no portan la voz de la ciudadanía sino el eco aturdidor del supremo escandaloso? Tenemos antecedentes: Pequeños partidos políticos que alcanzaron su registro solo para aliarse al poder, para ganar aun perdiendo, para engrosar a los gigantes y vivir cómodamente con los desperdicios que caen de sus bocazas.

En la búsqueda del mejor bien posible, aunque parezca quimérico, la ciudadanía debe darse tiempo para confiar en la ciudadanía, para sumarse a los esfuerzos colectivos y desinteresados en la construcción de paz, para facultar con voz a la sociedad que denuncia corrupción y exige dignidad para todos, para equilibrar las demandas populares junto a las responsabilidades ciudadanas, para amparar mediante la justicia y la caridad a los miserables que se les negó siempre el derecho a la dignidad. En la búsqueda del mejor bien posible, reflexionar el voto y sus responsabilidades es indispensable para creer que la ciudadanía aún tiene argumentos inteligentes, creativos, pacíficos, audaces y plurales para emprender un diálogo con un lenguaje que no esté manchado de sangre y horror.

El otro camino, intuirá el lector, es dar poder a quien tiene capacidad de hacer callar, de una vez por todas y bajo los medios que sean necesarios, el griterío criminal; y así liberarnos de la irracionalidad que nos rodea. Aunque queda claro que, bajo ese ‘ángel exterminador’, también nosotros seremos silenciados.

¿Hay riesgo de mexicanización en América Latina? 

Publicado en Vida Nueva Cono Sur (Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile)

 



Dos frases de Francisco, contundentes y privadísimas, cuyo contenido quizá habría quedado en la conciencia del receptor de un e-mail, saltaron, sin embargo, al mundo entero: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización” y “allá la cosa es de terror”.

Las expresiones nacieron en un intercambio de correos electrónicos entre el papa Francisco y su connacional Gustavo Vera. Ante la inquietud del legislador, el pontífice imploró que la nación argentina no llegue a los niveles de México en el tema del crecimiento en el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción de las autoridades.

Más allá de la indignación oficial del gobierno mexicano (poco respaldada por la ciudadanía), de la ‘minimización’ que procuraron algunos al recluir el tema al ‘estrictamente personal’ (habría que recordarles las palabras del Papa a los obispos mexicanos del 19 de mayo pasado) y del affaire diplomático que obligó a una ‘operación cicatriz’ exprés, queda la inquietud sobre qué significa mexicanización y si es verdad que los países latinoamericanos deben evitar esta condición antes de que vivan momentos “de terror”.

Encontrar una historia que sume narcotráfico, crimen organizado, violencia, corrupción, impunidad y brutal salvajismo en México es igual que tirar un dardo en cualquier dirección con los ojos vendados, y acertar en el centro de un episodio infame que, a nuestro juicio, podría ser el más cruel con el que nos podríamos haber topado… hasta que volvemos a tirar el dardo.

Esto comenzó hace una década, cuando encapuchados lanzaron desde una camioneta en movimiento bolsas negras con las cabezas cercenadas de sus rivales en el negocio; con esto, querían dejar una idea clara: el crimen goza de total impunidad. Por eso luego hubo un sujeto que se deshacía de los cadáveres disolviéndolos en tambos de ácido, un grupo de secuestradores enterró a más de doscientos migrantes en fosas clandestinas (después aparecieron decenas de fosas con restos de personas que también habían desaparecido), el líder de un cártel desmembraba a sus víctimas aún con vida y con frecuencia les arrancaba el rostro, otro grupo ‘levantaba’ y secuestraba menores para obligarlos al oficio de ‘sicario’

Las confrontaciones entre cárteles de la droga llevaron a situaciones inverosímiles: una docena de cadáveres colgados de un puente vehicular, centenares de ‘encobijados’ sembrados en todos los páramos, enfrentamientos en plena luz del día, ciudadanos que murieron en medio del fuego cruzado, localidades enteras que debían pagar ‘protección’ al crimen organizado, carreteras enteras usurpadas por los criminales, largas tardes de balaceras interminables en varias ciudades del país. La respuesta del gobierno entonces fue la confrontación directa y la persecución de los criminales; la estrategia no calculó que las fuerzas públicas estaban infiltradas y corrompidas por el crimen. Tropa y mandos de las policías municipales y estatales completamente dedicadas a la protección y al servicio de bandas criminales y cárteles de la droga. El caso de Ayotzinapa, con la desaparición de 43 estudiantes de mano de la policía local y bajo el conocimiento del Ejército, como convidados de piedra, es el mejor ejemplo de aquello.

El problema no concluye allí: líderes políticos, representantes populares, legisladores, directivos de partidos políticos, empresarios y toda clase de funcionarios públicos han sido evidenciados por sus vínculos con el crimen organizado; algunos bajo amenaza y otros por convicción, dejan trabajar a los delincuentes en el ejercicio del poder. Sin duda, con cierta regularidad han caído los líderes de estos grupos criminales; a veces, en medio de un festín de sangre, como en el caso de los Beltrán Leyva o Edgar Valdéz La Barbie; y otras con total control como con Joaquín El Chapo Guzmán o Servando Gómez La Tuta. Con todo, los ejecutados y desaparecidos se acumulan cada semana, muchos criminales continúan operando desde prisión. Del otro lado, los muertos y secuestrados son ciudadanos inocentes, líderes sociales, defensores de derechos humanos, activistas políticos y, también, sacerdotes.

Esto le platicaron los obispos mexicanos al papa Francisco en la visita Ad Limina del año pasado y de allí la expresión que, aunque no le haya gustado a la administración del presidente Peña Nieto, fue ampliamente asumida con vergüenza por la ciudadanía.

¿Hay riesgo de esto en Argentina o en los países latinoamericanos? Leo un breve resumen sobre las noticias de los últimos diez días sobre el crimen organizado en La Nación: jueces y fiscales amenazados por la mafia, un tiroteo entre narcotraficantes deja muertos y heridos en un asentamiento, apresan a un sicario presunto responsable del asesinato de un subcomisario, robo de avionetas para trasiego de drogas y armas, madre e hija en prisión por narcomenudistas, guerra de narcos en Rosario, un cura denuncia el problema de la droga en su comunidad, la banda delictiva de Los Monos opera crímenes desde la cárcel y la autocomplacencia del Estado en sus estrategias y medidas de seguridad… Sí, Argentina, al igual que todo el subcontinente, tiene riesgos de ‘mexicanización’.

El problema está en el imperio de la ley y del peculio, en la corrupción de las autoridades y en la apatía de la ciudadanía; en la impunidad con que gozan los criminales y el egoísmo con el que se afrontan los problemas; en la ambición de éxito y poder que vende valores por dinero. Pero Francisco no señala carencias si no anticipa propuestas, las dijo a los obispos de México: “Ustedes con su pueblo siempre y desde allí promover este espíritu de concordia a través de la cultura del encuentro, del diálogo y de la paz”. Esperamos, junto al Papa, que otras naciones aún estén a tiempo.

 

Aves sobre la ceiba

IMG_2608María ofrece un vaso grande de tepache frío. Está algo amargo y ácido, le falta piloncillo. María se disculpa porque no lo ha conseguido en la tienda. No importa, el líquido es refrescante. Desde la sala de su casa se observa una orilla de la bahía de Acapulco, estamos a 32° de temperatura y por la humedad tengo la camisa adherida al cuerpo.

–Ahora sí, platíqueme. ¿Qué pasó?

–Pues qué va a pasar, que mataron a mi hijo.

Escucho cerca de media hora; la historia inicia con un secuestro, la solicitud del pago por el rescate, el drama que la gente pobre padece en juntar ahorros, préstamos y deudas con extraños y familiares en cuestión de minutos, son horas de angustia. Al final, la única certeza que les pudo dar la autoridad pública: “Encontramos a su hijo. Muerto”. El relato es semejante a varios que vengo escuchando desde que llegué al puerto dos días atrás.

Acapulco lleva meses liderando las estadísticas de rapto en el país, aunque no es necesario conocer las cifras,  el miedo se constata en la vida cotidiana.

Al llegar a mi hotel, por ejemplo, pusieron un cincho de plástico en mi muñeca mientras decían que con el brazalete podía hacer uso de todas las instalaciones del lugar, comer y beber en los restaurantes. “Pero si va a salir mejor tápelo con la camisa o con el reloj”. Minutos después cuando tomé un taxi para encontrarme con un viejo amigo el conductor dijo mientras me estiraba una tarjeta con su número telefónico: “No confíe en cualquiera, anda la cosa muy grave; llámeme y yo lo llevo muy segurito”. Nuevamente cuando llamé al mismo taxi y me dijo que no podía llevarme porque tenía servicios ‘especiales’.

–¿Cómo especiales?

–Es la hora en que salen de la escuela los niños y los papás nos pagan servicios especiales por recogerlos y llevarlos hasta su casa.

–Así, los niños van muy seguritos…

–Qué le digo. No se puede confiar en cualquiera…

María paga 1,000 pesos al mes por un servicio especial para su hija menor.

–No puede dejarlos solos, ya ve cómo está la cosa.

–Así que diario pasa un taxista y trae a su hija a casa. ¿El taxista es de su confianza?

–Era amigo de mi esposo, de mi exesposo, trabajaban juntos.

–¿En qué trabajaban?

–En el sector turístico. Mi esposo era mesero y temprano vendían paquetes para el Continental. Javier perdió el trabajo después de lo de nuestro hijo; y también por otras razones nos separamos. El señor Raúl también dejó de trabajar y comenzó con lo del taxi.

FullSizeRender (2)María es enfermera con el turno nocturno, también vende comida y renta el piso de debajo de su casa. Su hija y la mujer de abajo le ayudan con la cocina. El pequeño negocio es un buen ingreso para el matrimonio que llegó a rentar allí; según cuenta María, la pareja estaba amenazada en su pueblo natal, después de varios intentos de extorsión, el matrimonio y su pequeño vástago huyeron desde la montaña de Guerrero a Acapulco donde tenían familiares.

–¿Tenían?

–Según tenían quesque un tío rico que tenía un bar en la Costera.

Con el brazalete del hotel bajo el reloj camino unos pasos por la Costera Miguel Alemán, el corazón turístico del puerto acapulqueño. Ya ha pasado el atardecer y hasta donde la memoria y las leyendas recuerdan, caminar por la Costera o subir a una calandria iluminada, son el inicio del paseo-bulevar con más ambiente festivo de la zona. Hasta hace poco, los bares, discotecas, restaurantes y espectáculos de Acapulco daban un significado apoteótico al término “vida nocturna”.

El que vi era un espectáculo lamentable. Decenas de bares cerrados, clausurados o simplemente abandonados; tanto polvo de tantos días vacíos, el persistente e inquietante correo acumulándose tras las puertas, la humedad y el salitre arrancando trozos de los muros, algunos adornos hurtados por el malandrín furtivo, pintas y grafiti que se hicieron bajo la lóbrega ausencia de un farol que no han reparado hace meses. Alguna mirada que indaga desde las sombras, manchas viejas y basura descolorida por una incuantificable cantidad de soles sobre la acera. En la esquina, una tienda de veinticuatro horas es la única luz de la cuadra. Cruzando el bulevar hay un bar de gran tamaño, tiene decoración de un galeón pirata, está iluminado y se escucha una melodía caribeña. Junto a él un restaurante pequeño y dos meseros que invitan a pasar. El interior luce desierto.

–Pase. Tenemos vista al mar. Mire la carta. –Uno extiende la carta, el otro con una sonrisa exagerada indica la puerta

–No gracias, ya he cenado.

–Bueno, véngase a desayunar. –insiste el sonriente.

–¿Y a qué hora abren? –pregunto.

–¿Cómo a qué hora quiere venir?

FullSizeRenderSeguro hubo un tiempo en que la gente esperaba turno para cenar aquí porque el bar contiguo se daba el lujo de ‘dosificar’ a su clientela. Zona VIP, acceso exclusivo, shows en vivo, meseros en disfraces, valet parking. Solo cuando termina la música merengue se escucha a dos mujeres conversar en una mesa del bar, fuman y toman alguna especie de coctel. Después de algunos segundos, el diyei decide poner otra canción, una balada; poco afortunada porque ahora parece un galeón fantasma. De hecho, todo en derredor lo parece.

“Acapulco está agonizando. Es un paciente moribundo. Y la poquita transfusión de vida que se le puede dar, nos la ahorcan con los bloqueos y con la mala fama”.

El derrochador de metáforas es Manuel Pineda, administra una agencia de turismo, “la mejor experiencia de Acapulco. Paquete Total”. Viste camisa y mocasines negros, pantalón blanco, cabello hirsuto con algunas canas: “Hay que repensar Guerrero, repensar Acapulco. Yo creo que aún tiene destino este maravilloso puerto”.

Manuel parafrasea el artículo de Ramón Sosamontes de esa mañana en el Novedades de Acapulco pero no lo interrumpo y prosigue: “Tenemos bellezas naturales, selva, montañas, playas… como el gran Acapulco que se niega a morir… necesitamos una inyección de oxígeno urgentemente para este paciente moribundo”.

A pesar de la imprecisión médica, su preocupación es comprensible. El fin de semana anterior el bloqueo en la caseta Palo Blanco de la autopista México-Acapulco por parte del FUNPEG (Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero) desanimaron al turismo nacional; pero es la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa (a 15 kilómetros de Chilpancigo) y la aparición de fosas clandestinas en Iguala así como asesinatos arteros contra inocentes por parte de autoridades presuntamente vinculadas a grupos del crimen organizado, lo que puede desanimar al más entusiasta.

Aquella mañana, había llegado a Acapulco y compré los diarios locales. Conocía los antecedentes y en realidad no sorprende mucho el titular de la página dos de los tres periódicos disponibles: “En Acapulco no hay policías”.

Quizá inquiete por dos razones: uno, que aparezca en el diario como novedad porque aquello no es noticia, sino un hecho que se ha añejado ocho meses por lo menos; y dos, porque los dos lugareños que me han llevado entre las colonias y barrios de este aún paradisíaco y turístico lugar han dicho con el mismo entusiasmo: “¡Mejor! ¡Ya no hay quienes muerdan!”.

No lo han dicho al unísono, cada uno habla frente a su propio volante de un taxi volskswagen con los tradicionales colores blanquiazules del puerto. Seguro es un chiste que han escuchado varias veces. Pero, en efecto, no hay policías. Y la vialidad, lo mismo en la Costera como en las callejas de la colonia Progreso, no llega a reglamento es más un ‘pacto de no agresión’ tácito.

IMG_2485Mientras escucho al conductor una más de las historias de tragedia que conoce, recuerdo el relato La mariposa y el tanque de Ernest Hemingway y me pregunto cómo relatar esta guerra si uno puede ir allí, escuchar los lamentos de los deudos, presenciar sus lágrimas perderse entre sus puños apretados y su callada oración, y después dejarlos atrás, volver a la comodidad de un hotel, a la tranquilidad de saberse visitante y no habitante de la desgracia. ¿Cómo sobrevivir tras mirar el caudal de su incontenible furia y después abandonarlos a su suerte?

Pienso en esos policías, el texto de los periódicos dice que la mayoría no volverá a ser servidor público, que otros pocos tendrán una larga y difícil capacitación.

Dice el periódico El Sur de Acapulco: “Día violento en el estado y siguen sin aparecer los 43 normalistas” y, enseguida: “Balean policías ministeriales a estudiantes del Tec de Monterrey; uno de ellos, alemán, resulta herido”.

El taxista dice: “Ahora todo mundo habla del estudiante alemán herido pero nadie habla del policía ministerial que murió. Mi madre fue a su velorio. Fue muy difícil ver que los familiares del ministerial no recibieron apoyo alguno, el policía llevaba poco en la corporación… y toda la atención se centró en el estudiante herido, incluso se vio como si el propio policía muerto había sido el culpable de su herida”.

El conductor habla de Raúl Gallegos Mendoza, policía ministerial de Chilpancingo asesinado a balazos cuando participaba en el rescate de una persona secuestrada. Es el primer relato de violencia en la página del lunes 13 de octubre en el El Sur, más abajo se consigna otro enfrentamiento en Chilpancingo donde resultan heridos dos policías ciudadano; dos muertos y cinco heridos –quizá más- en Ajuchitlán también por un enfrentamiento; dos hermanos ejecutados en Coyuca de Catalán; un marino atacado a balazos en la carretera Cayaco-Puerto Marqués; y un inquietante etcétera.

–¿Qué cree que se pueda hacer? –pregunto al conductor.

–Yo ya no confío en la policía, está muy difícil. Tampoco en ninguna autoridad. Creo que no hay sino comenzar en casa, tuvimos que regresar a lo básico, a enseñar a nuestros hijos.

FullSizeRender (1)El taxi aparca frente a la iglesia de San Cristóbal, en la colonia El Progreso. Afuera hay una manta blanca que dice: “Arquidiócesis de Acapulco. Jornada de oración por la paz en Guerrero y por las víctimas de la violencia. En especial por los asesinados y desaparecidos en Iguala. Octubre 2014”.

Es martes a mediodía, el templo está lleno. Al pie del altar un par de mujeres ponen veladoras a algunas fotografías de fieles desaparecidos o asesinados; en una esquina están las 43 fotografías de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa que ya se han convertido en un símbolo de repudio de la violencia sistemática de Guerrero y México.

La Jornada de Oración por la Paz es una iniciativa de la Iglesia de Acapulco, es itinerante y constante. Es coordinada por el sacerdote local, Jesús Mendoza Zaragoza. Ésta en particular la anunció el día anterior a través de su columna en El Sur.  La misa da inicio, participan ocho ministros, y es como cualquier otra pero el acento está en la construcción de paz y en las muy detalladas peticiones por los secuestrados y asesinados. La oración por la paz se hace al unísono, se hace un clamor que estremece: “Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, / mira nuestra Patria dañada por la violencia / y dispersa por el miedo y la inseguridad. // Consuela el dolor de quienes sufren. / Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. / Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos / y provocan sufrimiento y muerte. / Dales el don de la conversión.”

María llora. La fotografía de su hijo está frente al altar. Accede a relatarme su historia.

–Quiero pensar que no se ha ido. Que es como un pajarito que nos visita. Que no le mocharon sus alas. Es mi angelito, siempre será mi angelito.

En la ventana de su sala, la luz de la bahía se ha hecho mortecina; entre el color violeta del cielo se yergue la silueta de una arbolada y muy por encima, una parvada de gaviotas se dirige hacia el mar.

Acapulco, Guerrero. 17 de octubre 2014.

Del viejo sendero del crimen a la diáspora de la palabra

IMG-20140319-00758Soy periodista de una generación que creció leyendo los episodios de la guerra sucia, las desapariciones forzadas y el genocidio institucional en libros (no oficiales) de historia y en las crónicas que nuestros maestros del oficio dejaron para la posteridad en las hemerotecas. Nunca pensé que escucharía esas voces desgarradoras que ellos testificaron en quienes perdieron a algún ser querido bajo la orden o las balas del propio sistema político. Jamás pecamos de ingenuidad; la muerte, el crimen y la corrupción pertenecen a ese ambiente natural de la sociedad humana, pero confiábamos en que aún ellas se actualizarían según el orden político, económico o cultural en el que se registraran.

En las últimas tres décadas, el orden neoliberal levantó los muros más altos e inexpugnables de un imperio lleno de símbolos de privilegio y exclusión. La muerte, el crimen y la corrupción permanecían con su mismo grado de horror pero solo en las olvidadas esquinas y los lúgubres rincones del descarte. El sistema no dejaba de ser criminal y las fuerzas invisibles de esa maquinaria tenían la conciencia manchada por la muerte de tantos y tantos miserables. No era la sangre lo que escandalizaba, sino los fantasmas de un sistema aséptico que aniquilaba de olvido, de hambre, de miedo, desesperanza o ignorancia. Utilidad, ganancia y riesgo como el camino sobre una cuerda floja hacia el éxito y en el cual una inmensa población caía en el vacío lejos de la mirada o consternación de esos triunfadores que jamás perdieron el objetivo: conquistar.

Se suponía que el sadismo de la tortura, la brutalidad seca de las balas, los cadáveres degradándose al ras del suelo o esa orden de desprecio desde las sombras para hacer desaparecer a alguien había concluido. Pero no, no ha sido así. Quizá el orden solo renovó la ruta sobre la que ya crecía la maleza de nuestra confianza.

Vino a dar luz a la memoria el libro póstumo de  Miguel Ángel Granados Chapa titulado Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, en él nos dejó una pincelada de su preocupación en voz de su hijo Tomás Granados Salinas: “Ojalá los lectores vean aquí no solo una biografía o un libro de historia, sino también un útil diagnóstico de las condiciones que hicieron posible algunos horrores del México presente”.

A treinta años de distancia el crimen de Manuel Buendía parece más indignante que nunca pues casi un centenar de periodistas han muerto en circunstancias sospechosas mientras un sistema sigue acallando las voces que reclaman justicia y paz. Para muestra, esto que escribió en su ´Red privada´ en abril de 1982: “Se acumulan evidencias de que en México algunos empleados públicos pueden cometer crímenes impunemente –homicidios, secuestros, robos, etcétera-, porque otros empleados y aun funcionarios de superior jerarquía se encargarán de protegerlos… En México el terrorismo ya no existe oficialmente, excepto el que tal vez ejerzan entidades oficiales. De hecho, según los archivos periodísticos, se vive ahora la peor época de los crímenes encubiertos por funcionarios”.

Los extensos depósitos de información con los que ahora contamos y que están al alcance de una búsqueda por la web nos dibujan un panorama algo más negativo del que percibió Buendía.

Y, sin embargo, en el viejo sendero del crimen autoritario también camina la palabra que relata, que denuncia y esparce por la ruta de la historia la ignominia del poder.

Nos lo recuerda Ryszard Kapuściński en su libro Shah-in-shah sobre la tragedia de Kernán, Irán, en tiempos de Agha Muhammad Khan: “En su lucha por alcanzar el trono, el Sháh ordena asesinar o cegar sin excepción a toda la población de Kernán. Sin excepción, sus soldados acataron la orden: formaron en fila a los habitantes, a los adultos les cortaron la cabeza, a los niños les arrancaron los ojos. A pesar de los pequeños descansos, al cabo de cierto tiempo los soldados están completamente exhaustos, sin siquiera poder levantar la espada o el cuchillo. Solo gracias al cansancio de los carniceros es que una parte de la población salva la vida o la vista. Fue así que desde aquella ciudad salieron huyendo procesiones de niños ciegos. Vagaban por Irán pero con frecuencia perdían la ruta y morían de sed y hambre en el desierto. Algunos acuden a asentamientos donde piden comida entonando los cantos de la masacre de Kernán”.

La procesión de los niños ciegos de Kernán es un símbolo de una especie de oposición ambulante al régimen porque en su voz portan la única arma más poderosa que cualquiera a las que pueda aspirar el tirano: la memoria.

Con diferentes palabras escucho de varias personas la convicción de que hemos vuelto a ser una sociedad en la mirilla de oscuros francotiradores, miembros de grupos que en el pasado se les denominó “fuerzas invisibles” y que con el tiempo se dijo que eran “poderes fácticos”. Lo cierto es que, sin metáforas, la responsabilidad de una ciudadanía madura que se resiste a ser víctima debe iniciar por rescatar de los meandros de la tierra y la memoria la cicatriz dolorosa de nuestras omisiones, y emprender la marcha que denuncia la corrupción y anuncia la esperanza de una sociedad mejor. @monroyfelipe

El papel de una sociedad fraterna

16111432ffe78c3medA finales del 2012, las cifras de muertos y desaparecidos en México desde el inicio de la guerra en contra del crimen organizado y el narcotráfico emprendida por el Gobierno Federal en el año 2006 eran de vértigo. Mientras que las muertes violentas eran contabilizadas entre 60,000 y 70,000, los desaparecidos van en el orden de los 20,000. El cambio de estrategia no ha cesado los ríos de sangre pero sí los ríos de tinta que denunciaban esto.

Al igual que en aquellos días, hoy también poco se habla del contexto humano, todos estos muertos no son las únicas víctimas de la cruel batalla por el control del territorio y su gobernabilidad. También están los millares de huérfanos y viudas, los familiares fantasmas de muertos anónimos; también están los heridos en su paz y su tranquilidad, los que han sido expulsados de sus comunidades, los que viven encerrados a piedra y lodo en sus casas, los que temen del prójimo, los que no viven sino sobreviven aterrados de vivir. Y es que, todos los días, la violencia cobra mucho más que víctimas mortales en el país; en su estela de destrucción se encuentran los despojos del miedo y de la desesperanza asentados en ciudades enteras. Es en este escenario en el que movimientos sociales han querido intervenir sensiblemente.

Destaca el trabajo anunciado por el colectivo “Por los vientos de la guerra”, iniciativa del periodista José Luis Arévalo, corresponsal de guerra por más de 14 años. El movimiento, en principio tiene la finalidad de reunir recursos para apoyar a los hijos de soldados del Ejército Mexicano caídos en el cumplimiento de su deber. Digo en principio pues el trabajo que se desea emprender es auxiliar en la reconstrucción del tejido social, sensibilizando, desanimando deseos de venganza y, quizá por qué no, también ayudar a los familiares de los criminales para que no renueven ciclos de violencia y rencor. A este movimiento se han sumado las organizaciones Pro Mazahua, Viva la Gente, Bécalos, la AAA, así como las universidades La Salle, Panamericana, Intercontinental, la Alianza para la Educación Superior (ALPES), además la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Desde la publicación del documento “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna” en el 2010 las comunidades parroquiales, religiosas y diocesanas también han propuesto con creatividad y dignidad diversos programas y acciones de prevención, resolución de conflictos y acompañamiento fraterno en los heridos por las balas y en los heridos por la maldad. Tal es el caso de los talleres de modelos de atención a víctimas de la violencia cuya finalidad es evitar ciclos de venganza, culpa y resentimiento.

Para toda la sociedad mexicana, la atención a los vulnerados por ‘efectos colaterales’ de la guerra es imprescindible para lograr cierta reconstrucción del tejido social y detener, en los límites de lo razonable, la escalada de violencia que ha azotado al país en los últimos años.