crisis

¿Tiene sentido debatir si estamos o no en crisis?

“El presidente comenzó por hacer comentarios casuales alrededor de ideas que ponía sobre la mesa sin que estuviera claro por qué lo hacía. Algunos pensaron que su intención era crear una discusión académica más que pretender un propósito práctico, sobre todo porque algunos de esos comentarios eran audaces. Lo curioso fue ver, que una vez encendido el debate, él no asumía una posición específica sino que cambiaba constantemente de bando, por lo que nunca quedaba claro si estaba a favor o en contra de una idea vertida por él…”. El anterior es un fragmento de la novela La inoportuna muerte del Presidente de Alfredo Acle Tomasini. Mejor conocido como “el libro que sí leyó Enrique Peña Nieto”.
En el fondo, aquello es realmente lo que está sucediendo en Los Pinos. Los discursos presidenciales están sustentados en un nivel académico con argumentos con los que no se sabe si el propio Peña Nieto está de acuerdo o no. Cuando ofreció ese largo pronunciamiento respecto a la desaparición y muerte de los jóvenes de Ayotzinapa llamó a que los deudos “superaran el dolor” de las pérdidas de sus hijos; ahora, afirmó sin miramientos que “la crisis sólo está en la mente de algunos”.

En juicio desapasionado, Peña Nieto podría tener razón. Pero su responsabilidad no es convencer a nadie de nada, no está obligado a explicar cómo debe funcionar la resiliencia o el optimismo, su responsabilidad es práctica, representativa y ejecutiva; no por nada así se le conoce a su función.

Como sabrá todo viejo lobo de mar, en la política se puede decidir una u otra cosa, eso realmente no importa; lo importante es comprender que solo hay un error y es: no decidir. Por eso parece tan desastroso este último tercio de gobierno, porque en el discurso no hay definiciones sino conceptos que buscan jugar en el debate. Un debate al que, en principio, se entra para perder.

La crisis, por definición, es una ruptura. Para Borges, las palabras ‘creación’ y ‘crisis’ provenían de la misma raíz indoeuropea ‘kri’, que era el sonido de algo desgarrándose, el grito de un cristal perdiendo su perfección. Esto significa que tanto lo creado como la crisis generan un escándalo, quiebran la naturalidad de la inercia y su evidencia es incuestionable.

Si Peña no ve crisis o quiere montar un debate sobre si México está o no en crisis, solo puede significar dos cosas: Que en realidad no hay o que él no escucha dónde es que gime él país. Sucede igual con quienes justifican ese decir: No escuchan el quebranto.

Pero la crisis existe, su terrible grito se escucha en forma de extorsiones, de los crímenes sumarios que no cesaron después del sexenio pasado; la crisis suena cuando no hay ni un gramo de pudor en la competencia salvaje por el poder y el dinero, el grito viene de quienes han sido despojados, engañados, ultimados y revictimizados. La crisis suena del lado de quien padece la impunidad pero jamás la escuchará quien la domina.

Así que, en principio, no hay razón alguna para debatir si estamos o no en crisis. Lo importante es reconocer el origen de ese lamento, escucharlo con atención y actuar para remediarlo, decidir hacer algo, lo que sea, como sea, pero hacerlo porque, de lo contrario, alguien más querrá decidir por nosotros y, sí, hay quienes prefieren los estertores perennes. @monroyfelipe

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Despertar de un sueño letárgico, ¿hay vida después del pacto?

No puedo dejar de pensar que estamos en 1981 otra vez. La euforia sobre el inmejorable destino de la industria petrolera en México devino en sonrisa congelada por la misma razón que hace 35 años: el dispendio y la poca transparencia en el valor y uso de los activos del crudo nos volvieron a colocar entre la desesperación y la crisis.

Nuevamente, la presunción oficial de que México se encontraba mejor que nunca se desplomó por el mismo lado de nuestra cojera crónica: los veneros del petróleo. A diferencia del pasado, hoy es imposible hablar de abundancia en el recurso y, del mismo modo, el viraje hacia nuevos productos energéticos menos contaminantes tornan anacrónicas las añoranzas de una pujante industria que resuelva nuestro problema inmediato; sin embargo, lo que no ha cambiado ha sido la dependencia económica con los Estados Unidos por la vía de las importaciones y la ineficacia del desarrollo industrial nacional en la producción de combustibles y energéticos.

Para ser justos, hay que reconocer que la economía global –gracias al modelo tecnócrata neoliberal- se ha constituido en una madeja de imbricadas relaciones difíciles de comprender gracias a la exquisita complicación de terminología y argumentos causales muy diferentes a los de antaño. El caso es que la distancia entre las personas con mayor poder adquisitivo y el resto de los sectores no había sido jamás tan amplía ni tan vergonzosa.

Y eso, aunque pueda tener más de una explicación, no puede sino exigir sensibilidad. Más sensibilidad ante la realidad con la que deben lidiar millones de personas. Una realidad de dificultades que no sólo tiene que ver con los esfuerzos personales y la satisfacción de las propias necesidades; sino en la pobreza de una sociedad que, por mucho que labore honestamente, ya no puede participar de la construcción de la equidad, la justicia y la colaboración solidaria de su pueblo o su comunidad.

Por ello, los pactos económicos desde 1987 no han tenido efectos constructivos sino apenas paliativos; y no hay razón para creer que con el Acuerdo convocado por Peña Nieto ante la tribulación y encono social, esto vaya a ser diferente.

En resumidas cuentas, el presente Acuerdo busca vigilar y sancionar los aumentos de precios injustificados, simplificar los modelos de inversión y reducir el endeudamiento público con medidas de austeridad, siempre y cuando las bases sociales no polaricen la legítima protesta popular.

Lo que no se contempla es que el Estado simplemente no cuenta con recursos técnicos ni humanos para vigilar la escalada de precios; los cuales, por otra parte, pueden justificar objetivamente su modificación debido a la alza de combustible.

La vía de la simplificación en los modelos de inversión suena plenamente coherente y es, sin duda, necesaria; sin embargo, puede interpretarse como un grito desesperado ante las amenazas de que los Estados Unidos, con Trump en el timonel, continúen forzando a las empresas norteamericanas a no invertir en México; dejando al país a merced de feroces inversionistas que condicionen su permanencia mediante el chantaje y el abuso.

Finalmente, las medidas de austeridad si no se aplican en áreas de verdadero dispendio (como en el rubro de imagen) guardan el riesgo de ralentizar el mercado interno provocando el crecimiento de los sectores en franca protesta.

Es por ello que el último punto del acuerdo es un pacto de no agresión: promete funcionar mientras no exista violencia o caos en las calles.

De pronto ya no hay más fantasía, despertamos a una realidad que nos negamos a ver hace mucho tiempo. Atrás quedaron los idilios reformistas que quemaron todo el capital político de básicamente todas las fuerzas partidistas; el emperador (los pequeños emperadores) se descubren desnudos de la retórica que les revistió de gloria y majestuosidad. ¿Hay vida después del pacto? Evidentemente. Pero la pregunta sigue siendo: ¿Hemos soñado que despertamos o despertamos en un sueño que nos negamos a dejar de soñar? @monroyfelipe

¿Qué lección da a la Iglesia el escándalo en Volkswagen?

volkswagen-scandal-2“¿Qué hacía Dios antes del Big-Bang?”, pregunta el comediante.

“Le decía a la prensa que todo lo tenía bajo control…”

Volkswagen es la segunda compañía automotriz con mayor volumen de producción en el mundo; hace ocho años anunciaba con bombo y platillo sus nuevos modelos diesel que, además de abaratar el consumo de combustible, prometía ser altamente eficiente y menos contaminante. Su compromiso, además de comercial era aparentemente ético y responsable con el medio ambiente. Sin embargo, un estudio (casi un accidente) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos reveló que desde el 2009, 11 millones de sus automóviles diesel contaban con un “dispositivo de defensa” que reducía las emisiones contaminantes sólo cuando se realizaban las pruebas de verificación; al salir, simplemente los automóviles contaminaban muy por encima de lo permitido por las autoridades.

Ahora, en medio del escándalo, el grupo automotriz ha perdido credibilidad, valor de sus acciones, ha salido el CEO y probablemente sus problemas financieros se agudicen al retirar de las calles las unidades manipuladas, recompensar a sus clientes y pagar las multas que los gobiernos decidan imponerles por hacer trampa. ¿Qué tiene esto que ver con la Iglesia?

Aparentemente poco, pero si este escándalo tiene que ser una lección para toda la sociedad, principalmente para las grandes organizaciones, algunos organismos eclesiales podrían reconocer una que otra similitud con el problema de la compañía automotriz alemana.

Más allá de la misión y la mística trascendente que debe tener cada asociación religiosa, es claro que su trabajo y operación debe funcionar bajo las reglas y los mínimos de convivencia ética y de responsabilidad social. Porque al hablar de ética y responsabilidad (ya no digamos santidad) sería odioso que se torciera el modo o la ley para sacar algo de ventaja tal como lo hizo la VW.

Ante los obispos norteamericanos, el papa Francisco habló sin nombrar directamente de los abusos sexuales, acusaciones de encubrimiento y problemas derivados de la mala actuación que se dio ante la gravedad de crímenes perpetrados por miembros del clero*. Dejó en el pasado el episodio al que llamó “momento oscuro en el itinerario eclesial” y reconoció en los obispos de Estados Unidos “la valentía con que los han afrontado […] sin temer a la autocrítica ni evitar humillaciones y sacrificios, sin ceder al miedo de despojarse de cuanto es secundario con tal de recobrar la credibilidad y la confianza propia de los Ministros de Cristo, como desea el alma de su pueblo”.

Aunque esta crisis –como muchas otras dentro de los organismos de Iglesia- no ha concluido, es muy atinado el comentario del pontífice: para recobrar la credibilidad y confianza es preciso asumir las humillaciones y sacrificios, y despojarse de todo lo que en momentos de bonanza se cree indispensable pero es, en el fondo, accesorio.

Hay ejemplos aparentemente menos complejos que el de la pederastia en la Iglesia pero sus consecuencias podrían ser mayores si se minimizan como, en algún momento se intentó con aquel: En una reunión de varias parroquias, cierto obispo quería ‘valorar’ el trabajo con jóvenes que habían hecho los párrocos. Solo una iglesia logró juntar jóvenes para acudir al encuentro con el obispo. Para no dejar en mal a los vecinos, los chicos tomaron por propia una parroquia que no conocían, a la que no pertenecían, para llenar el ojo al obispo visitante. Se tuercen un poco las reglas para simular un buen desempeño, justo como intentó mentir la VW.

En otros casos, aún más delicados, se le da vuelta a la ley para eludir responsabilidades financieras o para sacar ventaja económica de una forzada interpretación de las fisuras de la regla. También se llega a ejercer doble rasero con las penas previstas: a unos se les aplican como lápida, a otros con inexplicable suavidad. Ambas, sin embargo, provocan indignación.

El problema de Volskswagen está lejos de resolverse y sus consecuencias no sólo afectarán a los del apellido alemán, será natural sospechar de todas las compañías automotrices y de sus armadoras (no hay que olvidar que una de las principales armadoras de VW está en México). Ante esto es normal también investigar y denunciar con mucha claridad, sin traicionar la verdad por los compromisos con tufillo de corrupción que puedan adquirirse en el camino. También, ni hablar, hay que asumir nuestra cuota de vergüenza, asumir la crítica, comprender la pérdida de confianza y el que mucha gente nos dé la espalda cuando le hemos traicionado.

Un analista del ramo automotor reflexionaba: “No sé qué decir, es una pena; pero entre Donald Trump y Volkswagen, desafortunadamente los periodistas y los cómicos tienen mucho trabajo”. Así funciona para todo fenómeno que causa escándalo, también los de la Iglesia, y hay que reconocer que si no se deja hacer su trabajo a los periodistas entonces habrá que soportar algo más a los comediantes, que suelen ser aún más mordaces y cáusticos en su oficio.

*Lo abordaría días después en el Encuentro Mundial de Familias tras reunirse con víctimas de abuso sexual cometido por sacerdotes. Ante cardenales y obispos participantes reconoció que esos escándalos no pueden permanecer en secreto y prometió que los responsables afrontarían consecuencias.

@monroyfelipe

Del viejo sendero del crimen a la diáspora de la palabra

IMG-20140319-00758Soy periodista de una generación que creció leyendo los episodios de la guerra sucia, las desapariciones forzadas y el genocidio institucional en libros (no oficiales) de historia y en las crónicas que nuestros maestros del oficio dejaron para la posteridad en las hemerotecas. Nunca pensé que escucharía esas voces desgarradoras que ellos testificaron en quienes perdieron a algún ser querido bajo la orden o las balas del propio sistema político. Jamás pecamos de ingenuidad; la muerte, el crimen y la corrupción pertenecen a ese ambiente natural de la sociedad humana, pero confiábamos en que aún ellas se actualizarían según el orden político, económico o cultural en el que se registraran.

En las últimas tres décadas, el orden neoliberal levantó los muros más altos e inexpugnables de un imperio lleno de símbolos de privilegio y exclusión. La muerte, el crimen y la corrupción permanecían con su mismo grado de horror pero solo en las olvidadas esquinas y los lúgubres rincones del descarte. El sistema no dejaba de ser criminal y las fuerzas invisibles de esa maquinaria tenían la conciencia manchada por la muerte de tantos y tantos miserables. No era la sangre lo que escandalizaba, sino los fantasmas de un sistema aséptico que aniquilaba de olvido, de hambre, de miedo, desesperanza o ignorancia. Utilidad, ganancia y riesgo como el camino sobre una cuerda floja hacia el éxito y en el cual una inmensa población caía en el vacío lejos de la mirada o consternación de esos triunfadores que jamás perdieron el objetivo: conquistar.

Se suponía que el sadismo de la tortura, la brutalidad seca de las balas, los cadáveres degradándose al ras del suelo o esa orden de desprecio desde las sombras para hacer desaparecer a alguien había concluido. Pero no, no ha sido así. Quizá el orden solo renovó la ruta sobre la que ya crecía la maleza de nuestra confianza.

Vino a dar luz a la memoria el libro póstumo de  Miguel Ángel Granados Chapa titulado Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, en él nos dejó una pincelada de su preocupación en voz de su hijo Tomás Granados Salinas: “Ojalá los lectores vean aquí no solo una biografía o un libro de historia, sino también un útil diagnóstico de las condiciones que hicieron posible algunos horrores del México presente”.

A treinta años de distancia el crimen de Manuel Buendía parece más indignante que nunca pues casi un centenar de periodistas han muerto en circunstancias sospechosas mientras un sistema sigue acallando las voces que reclaman justicia y paz. Para muestra, esto que escribió en su ´Red privada´ en abril de 1982: “Se acumulan evidencias de que en México algunos empleados públicos pueden cometer crímenes impunemente –homicidios, secuestros, robos, etcétera-, porque otros empleados y aun funcionarios de superior jerarquía se encargarán de protegerlos… En México el terrorismo ya no existe oficialmente, excepto el que tal vez ejerzan entidades oficiales. De hecho, según los archivos periodísticos, se vive ahora la peor época de los crímenes encubiertos por funcionarios”.

Los extensos depósitos de información con los que ahora contamos y que están al alcance de una búsqueda por la web nos dibujan un panorama algo más negativo del que percibió Buendía.

Y, sin embargo, en el viejo sendero del crimen autoritario también camina la palabra que relata, que denuncia y esparce por la ruta de la historia la ignominia del poder.

Nos lo recuerda Ryszard Kapuściński en su libro Shah-in-shah sobre la tragedia de Kernán, Irán, en tiempos de Agha Muhammad Khan: “En su lucha por alcanzar el trono, el Sháh ordena asesinar o cegar sin excepción a toda la población de Kernán. Sin excepción, sus soldados acataron la orden: formaron en fila a los habitantes, a los adultos les cortaron la cabeza, a los niños les arrancaron los ojos. A pesar de los pequeños descansos, al cabo de cierto tiempo los soldados están completamente exhaustos, sin siquiera poder levantar la espada o el cuchillo. Solo gracias al cansancio de los carniceros es que una parte de la población salva la vida o la vista. Fue así que desde aquella ciudad salieron huyendo procesiones de niños ciegos. Vagaban por Irán pero con frecuencia perdían la ruta y morían de sed y hambre en el desierto. Algunos acuden a asentamientos donde piden comida entonando los cantos de la masacre de Kernán”.

La procesión de los niños ciegos de Kernán es un símbolo de una especie de oposición ambulante al régimen porque en su voz portan la única arma más poderosa que cualquiera a las que pueda aspirar el tirano: la memoria.

Con diferentes palabras escucho de varias personas la convicción de que hemos vuelto a ser una sociedad en la mirilla de oscuros francotiradores, miembros de grupos que en el pasado se les denominó “fuerzas invisibles” y que con el tiempo se dijo que eran “poderes fácticos”. Lo cierto es que, sin metáforas, la responsabilidad de una ciudadanía madura que se resiste a ser víctima debe iniciar por rescatar de los meandros de la tierra y la memoria la cicatriz dolorosa de nuestras omisiones, y emprender la marcha que denuncia la corrupción y anuncia la esperanza de una sociedad mejor. @monroyfelipe

De menores basculeados a la rapiña pública

ni__osgritoInaceptable. Nada justifica la orden (ni la obediencia) de esculcar a niños y niñas como parte de la seguridad que el Estado mexicano estableció durante los festejos patrios. Simplemente, no hay vergüenza suficiente para mirar las imágenes donde menores que apenas pueden andar son palpados e inspeccionados por la Policía Federal y decir que “solo era cuestión de seguridad” o que “la orden fue revisar a todos sin excepción”.

Es cierto que la inseguridad en México es un tema preocupante para todos y que un evento donde está convocada una multitud para escuchar a artistas de moda y para ver al presidente de la República cumplir con la tradición del grito de independencia requiere un despliegue de prudente seguridad. Lo que hay que preguntarse es: ¿Para quién es ese tipo de seguridad? ¿Para qué o por qué se especificó que gendarmes armados y entrenados palparan a todos los menores de edad?

Ignoro si a los asistentes a la celebración les haya provocado cierto temor o inquietud las carriolas donde algunos padres de familia llevaron a sus vástagos a ver el grito o si una niña de apenas dos años de edad, enfundada en un vestido rosa y ballerinas de satín les representara una amenaza. Sé que no sintieron temor al subirse a un extraño autobús con la promesa de unos desconocidos de que recibirían un lunch y cien pesos para ir al zócalo a divertirse. No sintieron temor aunque en la demarcación donde los invitaron a subir a esos anónimos transportes hay una tasa de 1.5 secuestros por día y el principal modo de operación de los plagiarios es precisamente el engaño y la oferta de premios inexistentes.

Quizá por eso no cuestionaron el que la policía militarizada haya ‘basculeado’ a sus hijos e hijas menores de edad, aunque esta corporación recibió 2,529 quejas el sexenio pasado y que en el presente sexenio se lleva su buena cuota de las 10,000 denuncias que recibió la Comisión Nacional de Derechos Humanos, entre las que se encuentran “desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura y tratos crueles e inhumanos” según el propio organismo. Queda claro que las órdenes de registro no eran ‘para la seguridad de ellos’ ni tenían un ‘para qué’ útil y eficaz en mente.

Insisto en que de ningún modo podría justificar tal acción pero hay que reconocer que tenemos un vergonzoso antecedente cultural que hace desconfiar. ¿Por qué el exceso de las fuerzas federales? ¿Habría alguna razón para sospechar el que algún adulto utilice a los menores para pasar alcohol, drogas, armas a un evento donde todo eso está prohibido? ¿Deberíamos preocuparnos si los niños se usan de escudos humanos, mulas traficantes, mercancía barata o como el simple subproducto de desecho en la industria de la muerte?

Con tristeza debemos asentir. El absurdo de la mexicanidad kafkiana vuelve junto a cada tragedia. Lo testificamos recientemente en Baja California Sur después del paso del huracán Odile que destrozó gran parte del Pacífico mexicano: hordas irracionales orientando su sed de rapiña hacia los centros comerciales, robando televisores para una ciudad sin energía eléctrica, llevándose bicicletas para esos caminos destrozados, sustrayendo motonetas ante la escasez de gasolina, cerveza para remediar el desabasto de comida y agua potable.

¿Por qué el exceso de la policía? Porque el absurdo es posible. Porque no solo padecemos una cultura corrupta, también sufrimos liderazgos cuestionables y cínicos, porque hacer el bien, obrar correctamente es relativismo puro; porque el acarreo no es solo político, porque sentir temor y tomar ventaja es código de supervivencia: temor de los otros, ventaja de mis fuerzas; temor del otro, ventaja de sus carencias.

Algo de esto lo retrató crudamente José Agustín en su Ciudades desiertas, donde Susana y Eligio viven su relación bajo esa tensión de miedo y dominación. Hay un pasaje, justo a la mitad de la novela, en el que ambos viajan en un coche en carretera en medio de las interminables planicies norteamericanas. Para Eligio, el campo es monótono, aburrido, está vacío. Susana le dice: “todavía no te sintonizas con estos campos, son un espejo, mi amor, reflejan el cielo, ¿te has fijado qué cielo?” Con ello Susana quiere decir que en esa tierra y bajo ese cielo, ella encuentra todo para vivir; mientras Eligio no encuentra absolutamente nada. Su pensamiento es opuesto. Por ello, a lo largo de la novela, la pareja expresa temor y ambos sacan ventaja del temor del otro, el resultado es una relación absurda, dolorosamente absurda.

Francisco  advierte en Evangelii Gaudium  que en esto hay “un relativismo todavía más peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida”. Y sentencia que tal ‘relativismo práctico’ es “soñar como si los demás no existieran”. Viendo aquellos casos irracionales opino que más nos vale despertar, porque en ese sueño toda crueldad, injusticia, indiferencia, abuso o egoísmo son ese absurdo posible al que podríamos estar tercamente aferrados.

La canonización va por la persona no por el pontificado

santsHenri Nouwen apuntó que una de las áreas primordiales de la teología es encontrar palabras que no dividan sino que sumen, que no creen conflicto sino unidad y que no lastimen sino que curen. Renace este deseo en el seno de la Iglesia con la canonización de dos de los pontífices más trascendentes para el catolicismo y su relación con el universo moderno: Juan XXIII y Juan Pablo II.
El primero, italiano proveniente de una realidad aún rural que se veía avasallada por severos cambios de paradigmas sociales y culturales, Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II, una experiencia que cimbró la estructura de la Iglesia en su estilo, su práctica y su autopercepción sobre su participación en la misión que le ha sido encomendada. Y cuyo espíritu ha alimentado las fuerzas vivas de la Iglesia en el último medio siglo.
El segundo, de origen polaco, testigo y sufriente de la transformación política y económica en su nación y en el orbe, Karol Józef Wojtyla, Juan Pablo II, concretó a lo largo de su pontificado modelos de gobierno, evangelización, misión y encuentro con las realidades sociopolíticas. La vigilancia, disciplina, animación y sacrificio del camino elegido para el cristiano como signo de contradicción en el mundo entusiasmó al mundo entero y colocó a la Iglesia católica como un interlocutor indispensable en la búsqueda por la construcción de sociedades humanitarias y libres.
Juan Pablo II llega a los altares, distinguiendo su experiencia de fe y de pastor en el libro de los santos; sin embargo, para el pueblo el Papa Wojtyla ya era santo y lo exigió así a la Iglesia que sirvió y a su sucesor el papa Benedicto XVI quien respondió al grito unísono de “¡Santo subito!” concediendo la excepción pontificia para iniciar su proceso de canonización sin esperar los cinco años que prescribe la reglamentación de la Congregación para los Santos. Por su parte, Juan XXIII también es inscrito en el Canon de los santos por una concesión pontificia que el papa Francisco solicitó para eximir del estudio y comprobación de un segundo milagro atribuido a la intercesión del Papa Roncalli, como beato también es reconocido por la comunión anglicana.
Ambos titanes del siglo XX configuraron un estilo de Iglesia, una búsqueda de servicio y abrieron la posibilidad de dialogar en un mundo que ya no precisaba de cruzadas ideológicas sino de presencia testimonial, de encuentro y de experiencia latente de la fe en cada cultura existente en los cinco continentes.
Hay, por tanto, más coincidencia que distancia entre ambos pontífices. Frente a la inminencia de la canonización de Juan Pablo II se suele esgrimir la idea de la ‘compensación’ que Francisco quiso hacer con la exención de la regla para equilibrar con la canonización de Juan XXIII la abrumadora personalidad del Papa polaco y de sus 26 años de ministerio petrino. Suele argumentarse desde una mentalidad acostumbrada a los malabares, condicionada e inconsecuente, que juzga en la santidad al gobierno pontificio de cada uno. La santidad, como apunta nuestro amigo y director global de Vida Nueva, Juan Rubio, va por la persona no por el pontificado.
¿Puede haber más diferencia entre un pontificado de cuatro años y medio frente a uno de más de 26? ¿Es válido comparar la cantidad de magisterio pontificio, de las decisiones de gobierno, de los acontecimientos vividos entre un pontificado de apenas un lustro frente a otro de más de un cuarto de siglo? La santidad que ahora reconoce la Iglesia de Roncalli y Wojtyla no está sujeta a su función ni a su dignidad pontificia sino a la elección que hicieron de Dios y de su mensaje, de su búsqueda incansable del corazón de los seres humanos, de su respuesta positiva frente a un horizonte de desafíos, de la esperanza experimentada en medio de los grandes cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra: de su fe encarnada en la realidad de su contexto inmediato.
Es innegable que este 27 de abril, domingo de la Misericordia se coloque en el centro al Papa del Concilio, a Juan XXIII “El Bueno” y al Papa Viajero, a Juan Pablo II “El Grande”. Ojalá puedan estar con su pensamiento y su disposición frente a la necesidad de Dios por el hombre que barbecha la tierra para que Él siembre la eternidad en la humanidad. Ojalá esté san Juan XXIII en su frase: “Miré con mis ojos dentro de los tuyos, puse mi oído junto a tu corazón” y san Juan Pablo II con su convicción sobre que “el futuro inicia hoy, no mañana”.
Dice la frase anónima que “Dios no bendice los toques a retirada” y ambos hombres eligieron permanecer junto al Misterio, tal como ahora lo hacen el papa emérito Joseph Aloisus Ratzinger y el pontífice Jorge Mario Bergoglio. La riqueza de la Iglesia está precisamente en la diversidad de sus carismas y en la pluralidad de miras tanto como lo está en la comunión de sus miembros, la certeza de su tarea y la unidad en torno al destino del hombre.
Esta doble canonización es la certificación que hace la Iglesia de la conclusión del siglo XX y de la apertura que hacemos en el siglo XXI como comunidad renovada en espíritu, misión y desafíos. Ha aparecido un nuevo continente para el hombre -el digital- y los parámetros culturales y sociales han dejado de ser los del siglo de las dos guerras mundiales; hoy las economías no dependen de dos centroides de poder y la polarización del mundo no es entre dos naciones o dos conceptos de sociedad. Los desafíos se perfilan en torno al relativismo indolente, la deshumanización de la vida, el individualismo ideológico y la distancia entre el ser y la ficción de ser. Y en esta realidad también habrá santos que caminen con provisiones de fe, esperanza y caridad.

Futuro de la educación católica en México

DSC_0255Cuando el episcopado mexicano presentó su documento Educar para una Nueva Sociedad, la doctora María Luisa Aspe Armella, presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), advertía que en el tema específico de la educación católica en México se requería, además de un diagnóstico preciso y complejo, la formulación de “estrategias para la formación de formadores y de maestros católicos en formación permanente con el mundo secular y el de las culturas, que participen activamente en las iniciativas de la sociedad civil”.

Para acompañar este reto de los centros docentes, la editorial SM realizó el Tercer Foro Nacional de Reflexión sobre la Escuela Católica con el fin de plantear desafíos y rumbos de la educación católica en México.

La temática en general giró en torno a la participación y la corresponsabilidad de religiosos y laicos en la misión compartida de educar en el contexto nacional y global actual. Superiores y directivos de colegios en el país tuvieron oportunidad de compartir experiencias y enfoques teóricos-prácticos de su tarea magisterial.

En materia pedagógica, los retos que señalan los obispos mexicanos como prioritarios para un desarrollo social y cultural en México son: mejorar en equidad la calidad y la cobertura educativa, revertir los bajos índices de aprendizaje, responder ante la deserción escolar y promover una educación significativa y atractiva para el alumno y para su contexto específico.

A dichos retos, la escuela católica ha dado un paso al frente. El objetivo es certificar lo que se espera de ella: “formar con mayor libertad a sus alumnos a través de una adecuada educación profesional y mayor conciencia social efectiva; no basta la ‘excelencia académica’, México necesita hombres y mujeres capaces de asumir –como responsabilidad propia- las necesidades de los demás, en especial, de los más pobres y marginados”. Para el religioso marista Alexandro Aldape Barrios, presidente de la Confederación de Escuelas Particulares de México, es importante que en los colegios haya una formación humanista, que debe partir de los maestros, basada en valores universales como el respeto, la libertad, la justicia, la honestidad y la equidad.

En nuestra edición impresa de Vida Nueva México publicamos una reseña de lo trabajado durante este Tercer Foro Nacional: las nuevas fronteras y desafíos pedagógicos planteados por Mons. Alberto Agustín Bustamante, consejero superior de educación católica de la región Cono Sur; y la voz de las congregaciones religiosas femeninas con misión docente en México, representada por Georgina Zubiría, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. En concreto, hay avances y aún hay retos en la respuesta al desafío de una ‘educación con valores’ lanzado por los obispos: que los valores sean reconocidos e interiorizados al grado que se conviertan en ideales que orienten la vida.

Emergencia educativa: la crisis que no vemos

DSC_0255Todo pareció empeorar en el tema educativo en México justo cuando comenzó la evaluación de su calidad, de sus procesos y de sus procuradores.

Después de las políticas de evaluación impulsadas hacia finales del siglo XX, mucho se habla y muy constantemente de un pobre desempeño escolar, generalizado, en todos los ambientes, lo mismo en la escuela pública que en la privada; pero también han quedado en evidencia las múltiples carencias materiales y formativas que padece el sistema educativo: aulas, espacios lúdicos, materiales de enseñanza modernos, formación, capacitación y control de profesores, etcétera. Basta atender la alerta que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) hizo en su reciente documento “Panorama Mundial de la Educación 2012” para constatar que la educación en México sufre una crisis que ha provocado ya situaciones sociales muy específicas.

Por ejemplo, se afirma que México ocupa el tercer lugar mundial con el mayor número de jóvenes que no estudian ni trabajan (24%, empatado con España y sólo por debajo de Turquía e Israel) pero también pronostica que en los próximos años sólo el 47% de los jóvenes concluirá el bachillerato y el 18% de ellos, la universidad.

En este panorama, siempre surgen culpables.

Se culpa al sindicato, a los maestros, a los padres de familia, al gobierno, etcétera. Incluso se llega a culpar a los niños, adolescentes y jóvenes, y se dice que son ellos los responsables, pues ya no les interesa estudiar.

Sin embargo, para la Iglesia en México, estos problemas son apenas la superficie de una crisis educativa mayor: nuestro país padece una verdadera emergencia educativa según han señalado los obispos mexicanos en su pasada asamblea nacional. Una crisis que no tiene que ver con recursos humanos o materiales, sindicatos o evaluaciones.

Es una crisis de concepto, de significado: de humanidad.

Es por ello que debemos atender al otro rostro de la crisis educativa en México, la crisis que muchos no desean ver. Lo hacemos en el marco de la presentación del documento “Educar para una Nueva Sociedad. Reflexiones y orientaciones sobre la educación en México” que la Dimensión de Educación de la Conferencia del Episcopado Mexicano realizó junto a un grupo de expertos sobre el papel que la Iglesia ha tenido y puede tener en la atención de esta tarea humanizadora que no ha logrado concretarse por los vacíos en la educación formal, informal y familiar.

Debemos abrir la reflexión hacia el horizonte antropológico de la necesidad del hombre de ser educado y educar en humanidad; en otras palabras: ¿qué preocupaciones y esperanzas depositamos en el término ‘emergencia educativa’ en México? En esta ‘otra crisis educativa’, la responsabilidad no sólo se deposita en el gobierno mexicano o en el gremio magisterial, se encuentra primordialmente en los padres de familia y, al mismo tiempo, en toda la sociedad en su conjunto.