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La estrategia del último debate

debateHay que ser muy claros, si todo sigue el curso esperado, será la última vez que los cuatro aspirantes a la presidencia de la República estarán frente a frente compartiendo el mismo salón. Es el tercer y último debate donde los candidatos y sus estrategas se jugarán su última carta dentro del marco legal; el último ejercicio abierto al juicio de los ciudadanos para ver y escuchar a los aspirantes responder ante tres temas generales (desarrollo sustentable, educación y salud) y comportarse frente al último señalamiento que sus contrincantes les hagan en su cara.

En general, para los estrategas políticos, el último debate es donde se establecen todos los diferenciadores posibles entre candidatos. Por ejemplo, en el último debate Clinton-Trump, los dos candidatos expusieron radicalmente sus diferencias: si para la primera, la actuación de los jueces de la Suprema Corte le parecía correcta, el segundo los criticaba ácidamente; cuando Clinton pidió la regulación en la posesión de armas, Trump le reviró que el norteamericano común cree profundamente en la Segunda Enmienda que le garantiza la posesión y portación de armas.

Así continuó la noche, Clinton y Trump ahondaron el abismo que les separaba: aborto, inmigración, el muro con México, seguridad interior. Las acusaciones iban de ida y vuelta, pero aún con datos correctos: Clinton acusó a Trump de usar inmigrantes ilegales para construir sus icónicos edificios aprovechándose de su necesidad y vulnerabilidad; Trump acusó a Clinton de deportar masivamente a indocumentados como una política permanente como secretaria de Estado con Obama. Sin embargo, el clímax del debate fue la provocación de Clinton contra Trump sobre su relación con Rusia y el presidente Putin, que derivó en una vulgar recriminación mutua sobre qué candidato era ‘marioneta’ de Rusia; la demócrata acusó a Trump de usar recursos de su fundación para mandarse a hacer retratos de 2 metros de altura; y el republicano le reviró con el escándalo de la fuga de información a través de los mails de la secretaria de Estado.

En síntesis: el último debate es la oportunidad de que los candidatos muestren una imagen lo suficientemente definida como para sobrevivir al alto contraste. Esa imagen tiene que durar hasta que el elector esté frente a la boleta.

No obstante, el tema en la actual contienda presidencial en México no es el contraste o la diferenciación entre candidatos, es justamente lo contrario: cómo convencer a esa gran porción de indecisos que exigen puntos medios de convergencia a los candidatos: más modernidad administrativa a López Obrador, más empatía con el anti-corporativismo a Meade, más sencillez y humildad a Anaya y más seriedad institucional a Rodríguez Calderón.

Sin embargo, nada parece apuntar a que los candidatos suavizarán el tono; por el contrario, seguirán el manual e irán hasta el final en la confrontación: Anaya insistirá en la alianza Peña-AMLO, Meade continuará con la estrategia del miedo, López Obrador reiterará su posición ante la mafia del poder y ‘El Bronco’ repetirá su condición ingobernable de independiente.

Bajo este modelo, los que realmente perderán serán los temas: Crecimiento económico, pobreza y desigualdad; educación, ciencia y tecnología; y desarrollo sustentable, salud y cambio climático. Es probable que ningún candidato utilice su tiempo frente al micrófono para explicar a profundidad alguna propuesta de política pública en estos rubros; al final, en realidad tampoco es lo que esperan los ciudadanos espectadores.

El debate se realizará este martes 12 de junio en el Gran Museo del Mundo Maya en Mérida, Yucatán, a las 21:00 horas. Desde el último encuentro, el único golpe mediático nuevo fue la divulgación de un video donde vuelve a posicionarse la trama del presunto lavado de dinero de Ricardo Anaya a través del empresario Barreiro en Querétaro; mientras, en el war room de José Antonio Meade se hace sentir la narrativa mercadológica de Carlos Alazraki quien caricaturiza a López Obrador con actitudes de anciano senil; y, por su parte, los estrategas de Andrés Manuel continúan pidiéndole al tabasqueño que se mantenga en su discurso de amor y paz. Sin embargo, las encuestas parecen no dar virajes importantes. Insisto, el tercer debate es la última oportunidad de usar la última carta legal de los candidatos, aunque eso abra la puerta a otras estrategias paralegales o francamente criminales. Esperemos que no.

@monroyfelipe

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La unidad está en la piel y el corazón

abrazoNunca deja de sorprenderme la sabiduría que reside en el corazón sencillo del mundo indígena. Quizá tienen los pies bien puestos en la tierra o quizá los lejanos horizontes que divisan les ensanchan la mirada tanto como su corazón. El mundo indígena tiene, en sus palabras y sus conceptos, sagaces intuiciones y demoledores principios de sentido común que ayudan a resolver muchas madejas mentales.

Vivimos en una época compleja, de muchos desafíos de orden moral, ético y práctico; aquellos que gozan de un poco de libertad para hablar y obrar tienen que definirse (por identidad o por conveniencia) en alguno de los bandos que disputa la razón y la verdad de las cosas. En la patria, la búsqueda en el orgullo nacional y la identidad patriótica genera constantemente luchas entre quienes apuestan por la unidad apelando a los símbolos, el tótem fundacional o el líder legítimo y, por otro lado, quienes no ven ya en los símbolos ni en los liderazgos -entorno a los cuales se ratifica la adhesión- los valores éticos y morales para trabajar en consecuencia. En los sistemas de creencias pasa igual: O la unidad está en la cabeza (el líder, la ley, la doctrina, la disciplina o el dogma) o está en la horizontalidad de la libertad moral, la práctica de autorregulación y la disidencia ética frente a los altos, eruditos y burocráticos edificios de control en las fronteras de la sana doctrina y la disciplina regulatoria.

Y mientras el mundo se divide (y el hombre se desgarra en su seno intentando decidir en qué bando poner su corazón), la sentencia indígena tojolabal habla con más sabiduría: “La unidad no está en la cabeza, está en la piel”.

Aún estamos en el marco de las celebraciones patrias y, en ellas vimos cómo los mexicanos debían definirse entre sentir valores nacionales en adhesión a su presidente y los pilares de su tótem fundacional o sentir la responsabilidad patriótica al repudiar precisamente al presidente y los símbolos del poder paternalista que someten al maltrato y la confusión a los más ignorantes y débiles. La legítima resistencia a estas figuras de autoridad está alimentada por un principio aún más poderoso: la libertad y la certeza en la existencia de un bien mayor.

Algo semejante pasa en estos días en la Iglesia católica: La autoridad infalible del pontífice como persona entorno a quien sólo es posible la unidad en la interpretación de la verdad y el ejercicio de la misión apostólica no sólo es debatida sino incluso cuestionada por muchos miembros de la institución que, ahora sí, voltean a rescatar las certezas que nunca necesitaron cuando el líder era su aliado en convicciones. El conflicto entre la unidad inapelable a la revolución bergoliana y la radical resistencia moral de paradigmas inalterables desgarra y confunde al hombre de fe sencilla y débil esperanza. Un hombre que se convierte finalmente en rehén de ambos bandos.

Entonces, ¿en dónde está garantizada la unidad? ¿Se confirma por la gracia de la cabeza o se encuentra en la armonía de las extremidades en comunión?

Si apostamos por la jerarquía y directriz de la cabeza es preciso contemplar que la unidad sólo puede alcanzarse por medio de la disciplina y ésta sólo puede ejercerse a través de la coerción o de un profundo convencimiento personal. En el primero de los casos, la obediencia garantiza la aplicación de la norma pero también limita las fronteras de su razón (homogeneiza la actitud y las respuestas prácticas que son reducidas a principios de recompensa, amenaza y castigo). El segundo, el convencimiento, debe pasar por un largo, sinuoso, lento y no siempre exitoso camino de madurez, comprensión y libertad. En este ámbito hay que considerar la caída y el error constante porque la disciplina aquí siempre es un proceso inacabado.

Por el contrario, si apostamos por la búsqueda en la armonía de las periferias la unidad es más un ideal pulsante que una realidad pétrea; una inasible pluralidad convocante y líquida que puede permear todas las murallas y todas las fronteras. Unidad en la heterogeneidad donde, sin embargo, también se corre el riesgo de la ligereza; de principios diluidos, licuados y difuminados. La inseguridad de las débiles certezas a las cuales asirse en medio de la tormenta conlleva el peligro de no poder ofrecer nada más que la oportunidad de cambiar de barco. Aunque, soportar la mayor de todas las tribulaciones con la más débil de las certezas es sinónimo del más noble misterio de fe.

Elegir bando parece obligar a aborrecer al contrario. “No se puede ser tibio. No elegir es ser relativo”. Pero entre uno y otro, está la piel.

La unidad que está en la piel no rechaza a las otras consideraciones de unidad, al contrario, las enriquece. La piel que sí es tibia porque está conectada al flujo vital de todo el cuerpo, que pone en relación todo aquello que está dentro de las fronteras hacia adentro y también hacia las fronteras de los sentidos, del otro y del infinito. La piel va de la cabeza a los pies y de un brazo hacia otro; da sentido al cuerpo, protege al interior y es el órgano que pone en contacto con lo exterior. La piel es la zona del intercambio de sensaciones y es la superficie donde se experimenta el mundo. La piel conoce el dolor propio y es capaz de abrazar el dolor ajeno; gracias a la piel, el hombre es uno en sí y uno también cuando toca las llagas de la humanidad herida. Nada aprende la cabeza sin la experiencia sensorial sobre su cuerpo; nada hace el cuerpo sin la guía lógica de la cabeza; y todo, gracias a esa membrana que envuelve al universo interno y que se extiende a rozar las estrellas del cielo. Entonces ya no es importante elegir bando, simplemente no hay que dejar de abrazar.

En su concepción, el tojolabal es tojolabal porque constantemente pone en práctica su identidad en su dimensión comunitaria (uno puede tojolabalizarse o destojoabalizarse según la práctica de su vida); y así, cuando se alcanza la unidad se dice la expresión lajan lajan ‘aytik que significa “estamos emparejados” y, a veces, se dice una expresión casi poética: jk’ujoltik ‘aytik que significa “estamos de un corazón”. @monroyfelipe

¿Por qué no escribes sobre los gays?

31278-Through-The-Looking-Glass“¿Por qué no escribes sobre los gays?” Lo dijo así, con la cabeza un poco hundida en la sopa y lamentándose, miraba de vez en cuando hacia la ventana con los ojos al punto de lágrima, se notaba ligeramente derrotado. Llevaba minutos hablando de cierta guerra que los gays habían declarado a la humanidad, del sucio dinero que ese lobby inyectaba en proyectos que atentaban la salvación del hombre en la tierra, los gays eran culpables básicamente de todas las tragedias. Un poco antes habíamos escuchado a otro sujeto –este sí con la cabeza por todo lo alto, altanerísima y engreída- que aseguraba que “el triunfo contra los sodomitas” estaría del lado de los ‘soldados de Cristo’, que era cuestión de esperar ‘los tiempos perfectos’ y que veríamos muertos en su pecado a todos los que contravienen las leyes de Dios.

Pero él no, su corazón no era político ni pendenciero como el del predicador que escuchamos antes. Él tomaba su sopa con verdadera amargura, su afectación me parecía muy sincera. Su rostro era igual al del icónico sujeto francés que llora mientras atestigua la ocupación nazi de su ciudad. Él mira a la calle con el horror de la sibila y no sé cómo imagina que serían las calles ‘si los gays ganan’.

“¿En verdad parezco un idiota esclavizado?” Esta vez soy yo quien hace esta pregunta a un gran amigo. Y lo hago afectadamente. Salimos de escuchar a un líder –ateo según pude entender después de escucharle una hora de insultos a los creyentes- que para hablar de ‘la última frontera de los derechos civiles’ (en particular de la comunidad gay) básicamente había que erradicar a los cristianos: “porque son muchos, son muy idiotas y son esclavos de una mentira. La ciencia está en guerra contra la ignorancia, y la religión es un reflejo de toda esa ignorancia”, dijo.

Soy periodista y no podría decir que jamás me habían insultado tanto, la verdad he escuchado peores, pero me inquietaba que mi amigo aplaudiera rabiosamente al mal remedo de Richard Dawinks. Aquel predicador ateo tenía algunas buenas ideas, pero los argumentos y la estrategia de reclutamiento me parecieron igual de burdos, tóxicos y crueles como la del predicador cristiano. Desde las antípodas, ambos eran igual de cretinos. Los generales viven de la guerra; tanto, que –si no hay alguna- son capaces de crearla. Pero a mí me importan más los reclutas, todas esas personas que son extirpadas de su vida cotidiana para unirse a los bandos de la guerra. Ellos no viven de la guerra pero sufren las esquirlas de las explosiones y ello les mete de lleno a la batalla. Estoy convencido que, dependiendo del color de la esquirla que les hirió y se alojó en el corazón, serán soldados del bando opuesto.

Esa misma tarde, un colectivo (cristiano en su mayoría aunque no exclusivamente) salió a protestar en las calles de San Luis Potosí para que los magistrados no abrieran la posibilidad de unión civil legal entre parejas del mismo sexo. En la marcha se expresaron tantas necedades que, desgraciadamente, era difícil no darle la razón al predicador ateo.

Sin embargo, he escuchado interesantes argumentos, tanto de creyentes como de no creyentes, en contra del matrimonio gay. El más aséptico, lejos de religiones ideologizadas, es aquel que estipula que el Estado no tiene influencia ni responsabilidades en relaciones no articuladoras de estructuras sociales o antropológicas; asegura esta idea que, por mucho amor que haya, la potencialidad natural (que no artificial ni obligatoria) de tener hijos (o ciudadanitos) y el que estos constituyan la base social co-creadora de instituciones civiles solo se encuentra en las uniones matrimoniales entre un hombre y una mujer. Esto implicaría que, por muy importante que sea para la persona un bautismo, un bar mitzvah o el amor, fidelidad y esperanza que encuentra en la amistad con sus semejantes, estas acciones de pareja, sociales o comunitarias no son de la incumbencia del Estado (como sí lo son el garantizar y responsabilizar la crianza bajo los propios derechos de los menores).

Aunque aparentemente lógico, este argumento tiene su punto débil al homologar ‘el potencial’ para engendrar, con el ‘gasto energético’ a largo plazo que implica la crianza. Y ni negar que ese potencial se destina muchas veces para engendrar salvaje e insensatamente (se advierte en el creciente número de parejas adolescentes embarazadas incapacitadas para la paternidad) mientras un buen número de parejas homosexuales alzan la mano dispuestas a cubrir esa cuota de gasto energético. Oferta que el Estado mira con interés con tal de reducir sus gastos y responsabilidades frente a ciertos sectores vulnerables de la población, sin detenerse mucho a pensar en las fronteras de los niños y sus derechos de crianza.

“¿Por qué no escribes de los gays? ¿Por qué no escribes algo en contra de los gaymonios?” Me lo decía con pesar, con esperanza de que en mis tristes palabras pudiera encontrar un aliado en esa guerra donde él mismo sufría. Entonces le conté la siguiente historia:

—Hace dos días, a la hora del almuerzo, entré en un pequeño restaurante; en el pórtico un letrero advertía que estaba en terreno neutral: ‘En este establecimiento no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o económica, ni por ningún otro motivo’. Dentro, una pareja me esperaba, les conocí tiempo atrás, por un amigo en común, y me habían citado allí para platicarme de su inminente boda. Se les veía alegres e impacientes. Me contaron de los preparativos; desde cuando lo venían hablando, de cómo lo habían tomado sus respectivas familias y cómo querían que participaran sus padres (en verdad les preocupaba porque unos estaban divorciados y con segundas nupcias). Dijeron que querían algo sencillo y sabían que por la crisis, el dólar por las nubes y por sus trabajos casi enajenantes no podrían tomarse una buena luna de miel. Hice un par de preguntas de cortesía: cómo se habían conocido y dónde planeaban vivir. Me peguntaron, en cambio, sobre mi matrimonio y mi esposa; con cierta indiscreción debo decir, pero les comprendí porque sé que tenían inquietudes, algo de miedo y un gran deseo de que su unión funcionara.

—¿Y eran gays? –me interrumpió. Tal era su obsesión y su principal preocupación. Yo le iba a decir lo que en realidad había sucedido pero por su mueca de asco preferí cambiar la conversación.

EPÍLOGO

Dice el cómico que hay tres clases de personas frente al fin del mundo: las que van al bar a beber, las que van al templo a rezar y las que hacen una venta de liquidación en su garaje. Yo no sé bien qué haría o a donde iría pero de algo estoy seguro: en el fin del mundo, si fuese al bar o al templo, de ninguna manera intentaría vender allí mis opiniones.

Solo con madurez, el espacio religioso puede promover la libertad

IMG_3553“Cuando comencé en esto, la religión aparecía muy de vez en cuando en los periódicos y siempre estaba ligada a la sección de sociales: se casaron fulanito y menganita, bautizaron al hijo de tal matrimonio, etcétera. Los ministros solo éramos ese sujeto sonriente en la fotografía, siempre con la casulla encima”. El comentario es de un veterano religioso mientras sigue las noticias.

El detonante de la charla es lo que publicamos el 16 de diciembre sobre el inicio de una nueva voluntad entre los líderes de Estados Unidos y Cuba para reanudar relaciones diplomáticas entre estas naciones profundamente distanciadas. En realidad, lo que llamó la atención al religioso es la preeminencia de la figura del papa Francisco en la concreción de acuerdos y en la búsqueda de los primeros pasos de una nueva etapa para ambos países. En ese momento recodamos las palabras del pontífice ante el parlamento europeo durante su visita a Estrasburgo y la repercusión política que causó su posicionamiento desde el Evangelio frente a las dinámicas contemporáneas de la política, el mercado y la globalización. Sucedió igual con su intervención entre los liderazgos de Palestina e Israel para buscar la paz, con su cercanía con personajes como José Mujica para denunciar el modelo de descarte humano, etcétera.

Pero no es solo el Papa. Obispos de todo el mundo, clérigos, miembros de la vida religiosa y movimientos laicales de inspiración cristiana llenan algunas páginas de los principales medios de comunicación desde su protagonismo en su contexto: Atención a migrantes, auxilio de frontera a enfermos, negociación para la construcción de paz o manifestaciones que buscan concretar en las políticas públicas los valores inalienables de la vida, el derecho humano, la libertad, la ética y la moral, hay un discurso religioso partícipe en ello. Algo de lo más reciente fue la Jornada “La Iglesia frente a la corrupción, la injusticia y la violencia” organizada por estudiantes e la Universidad Pontificia de México y que convocó a liderazgos poco cómodos para el Estado y la Iglesia misma. En el encuentro, académicos de mi propia casa de estudios, la UNAM, reconocían con vergüenza que una iniciativa así  –libre y plural- hubiera sido disuadida en nuestra universidad que se jacta de autonomía, pluralidad y vanguardia social. Sin embargo, paradójicamente, la libertad de asociación y manifestación fue posible en la universidad de los obispos de México, un centro educativo vinculado al Papa y a la Iglesia universal.

Por estos ejemplos, el hablar de la esfera religiosa y su servicio en las diferentes dimensiones sociales ha saltado de las páginas anecdóticas al horizonte político, cultural y económico de las sociedades.

Sin embargo, la inserción en la dinámica pública y política por parte de los miembros de las asociaciones religiosas requiere madurez para no confundir ni crear falsas expectativas de lo que significa ser una voz más en el concierto de opiniones con legítimo derecho de expresión y participación.

Adrien Candiard, fraile dominico, explica en el dossier de Religión y Razón de La Maleta de Portbou, que el fenómeno de integración de las religiones a la arena pública y mediática exige un cambio de principio de autoridad: “Expresar las diferencias desde la perspectiva religiosa no divide a la humanidad en muchas, sino que se trata de una humanidad común que comparte el uso de la misma razón. Cualquier opinión, incluso si es religiosa, es discutible desde la razón y negarla es respetar  una opinión pero no significa respetar a la persona que la sostiene. Si nos limitamos a manifestar nuestra creencia, invocamos una posición de superioridad basada en la experiencia, pero discutir con el otro es estar a su mismo nivel, solo así puedo demostrar que lo que piensa es falso y ese es un modo de tomar seriamente lo que el otro piensa. Intentar demostrar honestamente que el otro está equivocado significa también correr el riesgo de que se nos demuestre lo contrario. Exponer nuestras razones es correr el riesgo de mostrar en público la propia debilidad”.

En pocas palabras, el nuevo protagonismo de la Iglesia exige madurez, solo allí puede aportar para transformar y transformarse positivamente.

Del viejo sendero del crimen a la diáspora de la palabra

IMG-20140319-00758Soy periodista de una generación que creció leyendo los episodios de la guerra sucia, las desapariciones forzadas y el genocidio institucional en libros (no oficiales) de historia y en las crónicas que nuestros maestros del oficio dejaron para la posteridad en las hemerotecas. Nunca pensé que escucharía esas voces desgarradoras que ellos testificaron en quienes perdieron a algún ser querido bajo la orden o las balas del propio sistema político. Jamás pecamos de ingenuidad; la muerte, el crimen y la corrupción pertenecen a ese ambiente natural de la sociedad humana, pero confiábamos en que aún ellas se actualizarían según el orden político, económico o cultural en el que se registraran.

En las últimas tres décadas, el orden neoliberal levantó los muros más altos e inexpugnables de un imperio lleno de símbolos de privilegio y exclusión. La muerte, el crimen y la corrupción permanecían con su mismo grado de horror pero solo en las olvidadas esquinas y los lúgubres rincones del descarte. El sistema no dejaba de ser criminal y las fuerzas invisibles de esa maquinaria tenían la conciencia manchada por la muerte de tantos y tantos miserables. No era la sangre lo que escandalizaba, sino los fantasmas de un sistema aséptico que aniquilaba de olvido, de hambre, de miedo, desesperanza o ignorancia. Utilidad, ganancia y riesgo como el camino sobre una cuerda floja hacia el éxito y en el cual una inmensa población caía en el vacío lejos de la mirada o consternación de esos triunfadores que jamás perdieron el objetivo: conquistar.

Se suponía que el sadismo de la tortura, la brutalidad seca de las balas, los cadáveres degradándose al ras del suelo o esa orden de desprecio desde las sombras para hacer desaparecer a alguien había concluido. Pero no, no ha sido así. Quizá el orden solo renovó la ruta sobre la que ya crecía la maleza de nuestra confianza.

Vino a dar luz a la memoria el libro póstumo de  Miguel Ángel Granados Chapa titulado Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, en él nos dejó una pincelada de su preocupación en voz de su hijo Tomás Granados Salinas: “Ojalá los lectores vean aquí no solo una biografía o un libro de historia, sino también un útil diagnóstico de las condiciones que hicieron posible algunos horrores del México presente”.

A treinta años de distancia el crimen de Manuel Buendía parece más indignante que nunca pues casi un centenar de periodistas han muerto en circunstancias sospechosas mientras un sistema sigue acallando las voces que reclaman justicia y paz. Para muestra, esto que escribió en su ´Red privada´ en abril de 1982: “Se acumulan evidencias de que en México algunos empleados públicos pueden cometer crímenes impunemente –homicidios, secuestros, robos, etcétera-, porque otros empleados y aun funcionarios de superior jerarquía se encargarán de protegerlos… En México el terrorismo ya no existe oficialmente, excepto el que tal vez ejerzan entidades oficiales. De hecho, según los archivos periodísticos, se vive ahora la peor época de los crímenes encubiertos por funcionarios”.

Los extensos depósitos de información con los que ahora contamos y que están al alcance de una búsqueda por la web nos dibujan un panorama algo más negativo del que percibió Buendía.

Y, sin embargo, en el viejo sendero del crimen autoritario también camina la palabra que relata, que denuncia y esparce por la ruta de la historia la ignominia del poder.

Nos lo recuerda Ryszard Kapuściński en su libro Shah-in-shah sobre la tragedia de Kernán, Irán, en tiempos de Agha Muhammad Khan: “En su lucha por alcanzar el trono, el Sháh ordena asesinar o cegar sin excepción a toda la población de Kernán. Sin excepción, sus soldados acataron la orden: formaron en fila a los habitantes, a los adultos les cortaron la cabeza, a los niños les arrancaron los ojos. A pesar de los pequeños descansos, al cabo de cierto tiempo los soldados están completamente exhaustos, sin siquiera poder levantar la espada o el cuchillo. Solo gracias al cansancio de los carniceros es que una parte de la población salva la vida o la vista. Fue así que desde aquella ciudad salieron huyendo procesiones de niños ciegos. Vagaban por Irán pero con frecuencia perdían la ruta y morían de sed y hambre en el desierto. Algunos acuden a asentamientos donde piden comida entonando los cantos de la masacre de Kernán”.

La procesión de los niños ciegos de Kernán es un símbolo de una especie de oposición ambulante al régimen porque en su voz portan la única arma más poderosa que cualquiera a las que pueda aspirar el tirano: la memoria.

Con diferentes palabras escucho de varias personas la convicción de que hemos vuelto a ser una sociedad en la mirilla de oscuros francotiradores, miembros de grupos que en el pasado se les denominó “fuerzas invisibles” y que con el tiempo se dijo que eran “poderes fácticos”. Lo cierto es que, sin metáforas, la responsabilidad de una ciudadanía madura que se resiste a ser víctima debe iniciar por rescatar de los meandros de la tierra y la memoria la cicatriz dolorosa de nuestras omisiones, y emprender la marcha que denuncia la corrupción y anuncia la esperanza de una sociedad mejor. @monroyfelipe

Legalización de drogas: ¿estar en el debate o en la caridad?

aDrogas-chris brittLa presentación de iniciativas legislativas en México para regular la producción, distribución, consumo y liberación comercial de sustancias psicoactivas o psicotrópicas como la marihuana ha acaparado la atención del debate público y privado entorno a las ventajas y riesgos que el país asumiría frente a su responsabilidad social.

En un primer escenario los argumentos a favor de la legalización intuyen que la regulación de la producción y distribución de la droga supondría un cese a la escalada de violencia que genera el mercado negro de su comercialización. Mercado que, para garantizar rentabilidad, adultera los psicotrópicos causando aún más estragos en la salud de los consumidores.

Además, están los considerandos fiscales y económicos que suponen ingresos importantes para la nación provenientes de esta actividad una vez que esté regulada (solo el cártel de Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”, capturado el pasado 22 de febrero, se dice que vende 10,000 toneladas de marihuana por mes a Estados Unidos); y los aspectos laborales de esta actividad que, según la Secretaría de Defensa Nacional, en el 2008 ‘daba trabajo’ a medio millón de mexicanos, sólo 300,000 dedicados a la siembra del estupefaciente.

Del otro lado del debate hay voces preocupadas porque una regulación de la producción, venta y consumo de la marihuana desarrollaría una sociedad indolente frente al uso de psicoactivos y que éstos, al estar a un alcance mayor de las personas, provocarían adicciones en un gran volumen de la población a las que ningún gobierno podría atender de una manera sistemática ni organizada. En esto último, me inclino a creer que tienen razón.

El principal efecto de las sustancias psicoactivas es la alteración de los sentidos frente a los efectos de la realidad, hasta aquí no hay ningún problema si en verdad hay enfermedades que merecen la prescripción de alguna de estas sustancias. Sin embargo, la liberalización de su uso supone que la sociedad está enferma de realidad y cuya única cura radica en la elusión momentánea de aquella.

Afortunadamente, en medio de todo debate, hay experiencias que trascienden cualquier discusión de esta naturaleza: son las de los hombres y mujeres que por décadas llevan acompañando, curando, desintoxicando y reeducando a quienes han caído en los excesos de la droga, en la toxicomanía y en la pérdida de su voluntad frente a la lógica despiadada de los traficantes que los mantienen atados a su adicción. Estas experiencias, nunca suficientes y no siempre edificantes, han sabido estar lo mismo en la alegría de un rehabilitado que en la impotencia de testimoniar vidas que que se diluyen en la búsqueda de falso placer.

La solidaridad humanitaria siempre ha estado allí. Si hay legisladores que se ufanan de estar a la vanguardia de estos debates; miles de centros de atención de adicciones han primereado en la caridad la atención humanitaria de quienes padecen los efectos de este fenómeno. Es el caso de Hermelinda Villarreal, directora del Centro de Rehabilitación Mi Casa, de Chihuahua, quien durante 25 años ha trabajado con la rehabilitación de alrededor de 50,000 drogadictos a quien no le preocupa el debate político sobre la legalización de la marihuana: “no hay que poner tanta atención en el tema, sino buscar y trabajar en cómo proteger a los potenciales usuarios de estupefacientes”. El centro ‘Mi Casa” es apenas un ejemplo entre una pléyade de gente comprometida con su prójimo; y que con sus actos certifica lo que Walt Withman aclara: “Yo no doy conferencias o un poco de caridad. Cuando doy, me doy a mí mismo”.