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¿Por qué no escribes sobre los gays?

31278-Through-The-Looking-Glass“¿Por qué no escribes sobre los gays?” Lo dijo así, con la cabeza un poco hundida en la sopa y lamentándose, miraba de vez en cuando hacia la ventana con los ojos al punto de lágrima, se notaba ligeramente derrotado. Llevaba minutos hablando de cierta guerra que los gays habían declarado a la humanidad, del sucio dinero que ese lobby inyectaba en proyectos que atentaban la salvación del hombre en la tierra, los gays eran culpables básicamente de todas las tragedias. Un poco antes habíamos escuchado a otro sujeto –este sí con la cabeza por todo lo alto, altanerísima y engreída- que aseguraba que “el triunfo contra los sodomitas” estaría del lado de los ‘soldados de Cristo’, que era cuestión de esperar ‘los tiempos perfectos’ y que veríamos muertos en su pecado a todos los que contravienen las leyes de Dios.

Pero él no, su corazón no era político ni pendenciero como el del predicador que escuchamos antes. Él tomaba su sopa con verdadera amargura, su afectación me parecía muy sincera. Su rostro era igual al del icónico sujeto francés que llora mientras atestigua la ocupación nazi de su ciudad. Él mira a la calle con el horror de la sibila y no sé cómo imagina que serían las calles ‘si los gays ganan’.

“¿En verdad parezco un idiota esclavizado?” Esta vez soy yo quien hace esta pregunta a un gran amigo. Y lo hago afectadamente. Salimos de escuchar a un líder –ateo según pude entender después de escucharle una hora de insultos a los creyentes- que para hablar de ‘la última frontera de los derechos civiles’ (en particular de la comunidad gay) básicamente había que erradicar a los cristianos: “porque son muchos, son muy idiotas y son esclavos de una mentira. La ciencia está en guerra contra la ignorancia, y la religión es un reflejo de toda esa ignorancia”, dijo.

Soy periodista y no podría decir que jamás me habían insultado tanto, la verdad he escuchado peores, pero me inquietaba que mi amigo aplaudiera rabiosamente al mal remedo de Richard Dawinks. Aquel predicador ateo tenía algunas buenas ideas, pero los argumentos y la estrategia de reclutamiento me parecieron igual de burdos, tóxicos y crueles como la del predicador cristiano. Desde las antípodas, ambos eran igual de cretinos. Los generales viven de la guerra; tanto, que –si no hay alguna- son capaces de crearla. Pero a mí me importan más los reclutas, todas esas personas que son extirpadas de su vida cotidiana para unirse a los bandos de la guerra. Ellos no viven de la guerra pero sufren las esquirlas de las explosiones y ello les mete de lleno a la batalla. Estoy convencido que, dependiendo del color de la esquirla que les hirió y se alojó en el corazón, serán soldados del bando opuesto.

Esa misma tarde, un colectivo (cristiano en su mayoría aunque no exclusivamente) salió a protestar en las calles de San Luis Potosí para que los magistrados no abrieran la posibilidad de unión civil legal entre parejas del mismo sexo. En la marcha se expresaron tantas necedades que, desgraciadamente, era difícil no darle la razón al predicador ateo.

Sin embargo, he escuchado interesantes argumentos, tanto de creyentes como de no creyentes, en contra del matrimonio gay. El más aséptico, lejos de religiones ideologizadas, es aquel que estipula que el Estado no tiene influencia ni responsabilidades en relaciones no articuladoras de estructuras sociales o antropológicas; asegura esta idea que, por mucho amor que haya, la potencialidad natural (que no artificial ni obligatoria) de tener hijos (o ciudadanitos) y el que estos constituyan la base social co-creadora de instituciones civiles solo se encuentra en las uniones matrimoniales entre un hombre y una mujer. Esto implicaría que, por muy importante que sea para la persona un bautismo, un bar mitzvah o el amor, fidelidad y esperanza que encuentra en la amistad con sus semejantes, estas acciones de pareja, sociales o comunitarias no son de la incumbencia del Estado (como sí lo son el garantizar y responsabilizar la crianza bajo los propios derechos de los menores).

Aunque aparentemente lógico, este argumento tiene su punto débil al homologar ‘el potencial’ para engendrar, con el ‘gasto energético’ a largo plazo que implica la crianza. Y ni negar que ese potencial se destina muchas veces para engendrar salvaje e insensatamente (se advierte en el creciente número de parejas adolescentes embarazadas incapacitadas para la paternidad) mientras un buen número de parejas homosexuales alzan la mano dispuestas a cubrir esa cuota de gasto energético. Oferta que el Estado mira con interés con tal de reducir sus gastos y responsabilidades frente a ciertos sectores vulnerables de la población, sin detenerse mucho a pensar en las fronteras de los niños y sus derechos de crianza.

“¿Por qué no escribes de los gays? ¿Por qué no escribes algo en contra de los gaymonios?” Me lo decía con pesar, con esperanza de que en mis tristes palabras pudiera encontrar un aliado en esa guerra donde él mismo sufría. Entonces le conté la siguiente historia:

—Hace dos días, a la hora del almuerzo, entré en un pequeño restaurante; en el pórtico un letrero advertía que estaba en terreno neutral: ‘En este establecimiento no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o económica, ni por ningún otro motivo’. Dentro, una pareja me esperaba, les conocí tiempo atrás, por un amigo en común, y me habían citado allí para platicarme de su inminente boda. Se les veía alegres e impacientes. Me contaron de los preparativos; desde cuando lo venían hablando, de cómo lo habían tomado sus respectivas familias y cómo querían que participaran sus padres (en verdad les preocupaba porque unos estaban divorciados y con segundas nupcias). Dijeron que querían algo sencillo y sabían que por la crisis, el dólar por las nubes y por sus trabajos casi enajenantes no podrían tomarse una buena luna de miel. Hice un par de preguntas de cortesía: cómo se habían conocido y dónde planeaban vivir. Me peguntaron, en cambio, sobre mi matrimonio y mi esposa; con cierta indiscreción debo decir, pero les comprendí porque sé que tenían inquietudes, algo de miedo y un gran deseo de que su unión funcionara.

—¿Y eran gays? –me interrumpió. Tal era su obsesión y su principal preocupación. Yo le iba a decir lo que en realidad había sucedido pero por su mueca de asco preferí cambiar la conversación.

EPÍLOGO

Dice el cómico que hay tres clases de personas frente al fin del mundo: las que van al bar a beber, las que van al templo a rezar y las que hacen una venta de liquidación en su garaje. Yo no sé bien qué haría o a donde iría pero de algo estoy seguro: en el fin del mundo, si fuese al bar o al templo, de ninguna manera intentaría vender allí mis opiniones.

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¿Vivir la fe en un espacio virtual?

0b56a071-da21-44f7-8e41-6a589fb25dd1-460x276Imaginemos un mundo paralelo, virtual. Un universo en el que podemos crear, en donde podemos incluso hacernos a nosotros mismos, a nuestra semejanza o no. En este mundo virtual es posible romper las reglas de la física, de la lógica, de lo natural; vaya, podemos hacer las leyes que deseamos que los demás sigan, leyes adoptadas por los otros por miedo o por conciencia. En esta virtualidad incentivaríamos con promesas las acciones de los otros; forjadas las camarillas las pondríamos a crear o destruir imperios a voluntad. Seríamos como dioses.

Eso pasó durante el boom del fenómeno ‘Second Life’ en los ordenadores de muchos cibernautas de la década pasada y, por supuesto, se llegó a afirmar que los avatares (esas simulaciones en código binario de nuestra persona) eran una descarga emocional de lo que querríamos hacer si no tuviéramos restricciones sociales, culturales, legales o religiosas. Por supuesto, en varios espacios de este universo paralelo abundaban los excesos y la expresión de los deseos más reprimidos.

Pero algo pasó. Un avatar comenzó a rezar. Un pastor virtual edificó una catedral para guiar la oración de los fieles. Judíos, budistas, hindúes también forjaron los espacios para vivir su fe real en el espacio virtual por el que estaban de paso. Un musulmán de carne y hueso daba clic a la acción “rezar” de su propio avatar en la tierra virtual mientras él mismo hacía las oraciones prescritas por el Corán. Sobre estas islas virtuales se codificaba la conciencia trascendente. Todo esto parecería confirmar que algunos hombres buscan a Dios, incluso cuando tienen la posibilidad de ponerse en su lugar.

Hoy ‘Second Life’ está renovando su dimensión. La empresa programadora Lidnen Lab ya ha anunciado que relanzará con Facebook y sus prometidos Oculus Rift las nuevas configuraciones de este mundo virtual, más apropiadas a las tecnologías en boga y las actitudes de interfaz que los usuarios ya han adoptado. La reprogramación de dicho juego es un tema apasionante no solo por los comandos e instrucciones lógicas que requiere la nueva plataforma sino porque hay gente que ‘ha vivido’ allá por más de diez años. Hay usuarios cuyos avatares han edificado estructuras bellas e imposibles, quienes han hecho pequeñas fortunas por su esfuerzo y habilidad en ‘Second Life’, personas que han conocido sentimientos humanos difíciles de vivir en la realidad. 

Nuevamente los dioses programadores retan a los hombres de carne y hueso a preguntarse si podrán dominar ese nuevo universo que se presenta seductor, quizá la vida virtual que ya experimentamos en nuestra vida cotidiana no les es suficiente y trasladarnos allá es el tributo que exigen para que su mundo exista. Si esto último fuera cierto: ¿cómo hacemos patente nuestra humanidad, nuestra espiritualidad y convicción ética o religiosa sobre la gran carretera de la información, en medio de esta red global, presente en esta segunda vida?

Operar entre tensiones bipolares

third-way-300x241Benjamin Franklin decía que cualquier cosa que comienza con odio termina en vergüenza, y eso coloca en retrospectiva mucha de la ignominia que se ha mostrado y difundido en los medios de comunicación en recientes fechas: todo parece estar puesto para confrontar bandos, partidos, posturas, creencias y razones. La presentación de los acontecimientos es un ping-pong interminable en el que se invita a permanecer en un lado, instigando al opuesto y devolviendo -en cada ocasión con más rabia- los argumentos de nuestra particular opción.

Los que nos dedicamos al periodismo y en general todos quienes participamos de la producción cultural sabemos que nuestras audiencias no nos eligen para confrontar su pensamiento, ni para abrirse a nuevas expresiones, nuevas ideas o diferentes estilos de nombrar a la realidad; quienes prefieren un medio en lugar de otro en el fondo esperan certeza, ratificación, reafirmación e identificación de un razonamiento aceptable que nos auxilie en el debate cotidiano en las mismas convicciones por las que nosotros mismos nos hemos persuadido por luchar.

Hasta aquí todo parece inalterable o fatídico; sin embargo, en el interior de esta actitud late el corazón de una pasión divisoria y la tentación de esperar el arribo del amor en lugar de salir a buscarlo. John Henry Newman ofrece un camino diferente: “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. Las fronteras dibujadas entre el hombre y su misterio deben transitarse, no solo señalarse desde detrás del refugio.

En todo espacio público y privado parece que prevalece el conflicto, que hay posturas irreconciliables y que las consecuencias de la libertad parten de la confrontación. Nada más absurdo. Y, sin embargo, ya sea el tema de la familia, el matrimonio, la vida, la política, la justicia, la religión, la cultura, la economía y, evidentemente, el deporte, el odio y las pasiones de la camiseta suelen ser el centro de interés para la reflexión y la acción social.

Hay, sin embargo, una tercera vía, una opción conciliadora, la propuesta que logra hacer prevalecer la unidad frente al conflicto, donde el tiempo es mucho más grande que el espacio, para la cual la realidad es más importante que las ideas pues tiene intención de buscar que el todo sea mayor a la suma de las partes. Son cuatro estrategias que operan en medio de las tensiones bipolares, “cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común”, como manifiesta Francisco en Evangelii Gaudium.

“Tomemos las cosas como las encontramos, no intentemos distorsionarlas. No podemos crear hechos, todos nuestros deseos no pueden cambiarlos. Así debemos aprovecharlos”, prosigue Newman. Más que el rechazo de la realidad, las situaciones adversas al hombre requieren una aceptación creativa, propositiva y promotora de hermandad antes de que nos avergoncemos de nuestras acciones.

Baumgarthner, un corazón y los planetas

Felix_-Baumgartner_edge_spaceLa hazaña humana y tecnológica tiene las mismas fronteras que las de la imaginación, eso quedó demostrado por el equipo de operaciones que llevó a cabo el ascenso de Félix Baumgarthner a la estratósfera terrestre para, desde allí, dejarse caer sobre la costra de nuestro planeta.

Mientras seguía la transmisión por televisión de esta histórica secuencia no dejé de pensar en la posibilidad de convocar todas las artes y experiencias humanas para ser sintetizadas en un par de minutos de hechos inauditos. ¿No vale la pena la preparación, el coraje, la audacia, la ciencia, la fe y la razón para caer vertiginosamente sobre nuestro propio planeta? ¿No valdría más hacer lo mismo para caer así sobre planetas diferentes? Y no me refiero a los planetas físicos, a los que ya conocemos o a aquellos que conoceremos gracias a los grandes avances científicos o a las sondas espaciales.

Pienso en los planetas internos, en los que el corazón es toda una geografía accidentada y el alma que es nuestra atmósfera toda.

Las cámaras que siguieron a Baumgarthner al confín de la Tierra nos lograron mostrar esa esfera azul que es nuestro planeta; tan diminuto, terso y vacilante lucía que, en un momento del salto, me pareció ver que el atleta quería abrazarlo completamente.

En nuestro país, donde ronda un viento de muerte y venganza, cuyas flores y aromas artificiales revelan una vida social y política simulada aún hay esperanza en el abrazo. Por supuesto, esta actitud requiere de perdón, reconciliación y de todos nuestros esfuerzos para acompañar en el dolor pues, aunque para nadie es noticia que nuestro país es una patria herida, hay quienes se empeñan en no reconocer que el principal problema es la indolencia del sufrimiento ajeno.

Hay una geografía personal lacerada, erosionada por el horror del crimen y la violencia, hay un aire contaminando nuestra región transparente con densa niebla de inseguridad y miedo. El tocar esta realidad implica también sufrimiento y sacrificio, significa compartir heridas pero también participar de una misma mirada de esperanza.

Pienso entonces que sí vale la pena saltar en vacío sobre el corazón ajeno, explorarlo, descubrirlo. Reconocer que hay lugares en donde se puede visitar y sentirse agradable, como en el corazón de los amigos y en el de nuestras familias, con quienes compartimos experiencias semejantes y donde hallamos consuelo mutuo. También reconocer que hay otros sitios en los que el aire es tan tóxico que parece imposible estar cinco minutos allí, pero no dejan de ser corazones humanos necesitados de comprensión. A veces hay quienes quieren modificar un planeta: hacer lagos donde hay desiertos, quitar montañas, cambiar cauces de ríos violentos; pero eso es imposible, al menos de forma inmediata y contando sólo con las fuerzas humanas.

De alguna manera pienso en el momento cuando, con todo el valor que alguien puede juntar, decide caer sobre sí mismo, descubrir su propio planeta, porque debe saber que ese salto interior revelará tanto su belleza como sus pantanos; no es sólo mirarse al espejo, es tocarlo hasta traspasarlo completamente. Esto suele sorprender enormemente.