esperanza

Vivir después del sismo

IMG_2987Dice el libro de Job: “Hay un sitio de donde se extrae la plata y un lugar donde se refina el oro; el hierro se saca del polvo y la piedra fundida da el cobre”. Con los sismos del 7 y 19 de septiembre en México, el pueblo y la ciudadanía ha demostrado que buena parte de su identidad bruñida se forja entre los escombros de las tragedias.

Han sido los sismos los que, a pesar de su breve instante, no sólo dejan una larga estela de desastres sino los primeros cimientos de una cultura que acompañará décadas a una nación que sigue siendo joven por la vía de la reinvención. Desde el minuto cero de la calamidad, el mexicano pisa sin sacralidad ni afectación lo que antes fue habitado por lo indebido, posa su planta sobre los muros derrumbados y de entre las piedras busca lo único que siempre ha sido importante: la posibilidad de salvar una vida y la convicción de estar allí para fundar un fragmento de la nueva historia.

Son estos gestos solidarios en esta escena desolada los que cambian el cauce de lo inevitable. Se abandona el derrotismo y la indolencia porque la entrega y el sacrificio toman un cariz multitudinario; sobre el asfalto, como si fuese un provisional hogar escarpado, lo mínimo se vuelve esencial y el exceso no merece una segunda mirada. En cada rincón, de entre cuatro manos, nace un centro de acopio; y cada hogar sabe que, ante la necesidad, puede hacer el milagro de ensancharse. Mientras, los albergues, tan necesarios, tan indispensables, lucen paradójicamente indiferentes, fríos y pasajeros.

Sentimos que hacía falta calor.

Por ello, un taquero movió su trompo de carne al pastor hasta la frontera de las ruinas, por eso miles de ciudadanos llevan sobre sus hombros la obra de su ardiente corazón para derramar sobre lo siniestrado. Es el calor de la generosidad lo que mueve los pies de los voluntarios hasta los espacios de dolor, hasta los confines de la prudencia. Es el fuego de la esperanza el que alza el puño y aguza el oído para rescatar lo improbable.

Como apuntó José Emilio Pacheco: “La tierra desconoce la piedad”; pero no hay lugar desconocido donde el pie de la caridad humana no haga cimiento. Las ciudades afectadas no duermen sólo sobre el polvillo y las rocas de tanta desgracia, se funden en la fragua de la voluntad hasta revelar su verdadero brillo, el que siempre ha sido pero que se reviste de oscura jactancia e hipócrita certeza.

Los sismos y las ruinas que dejan a su paso desnudan el alma de un pueblo vulnerable, atado a la mezquindad de quienes construyeron la ciudad vertical con varillas a medio desgaste, aprovechando con perversidad la especulación de vivienda; revela la indiferencia institucional ante los edificios históricos e iglesias que sobrevivieron cinco siglos y desaparecieron tras treinta años de indolente burocracia; evidencia lo poco que hicimos para corregir las grietas estructurales de nuestra sociedad.

Los escombros nos interpelan con su cruda verdad, nos dicen que lo más firme se quiebra; pero sobre ellos es donde debemos volver a construir nuestra historia, con los pies sobre el dolor y las manos junto a la herida. Porque la riqueza erigida en el corazón humano es interminable y porque el único desecho de la historia sería una vida sin la posibilidad heroica y un despojo que no quiere afrontar otras ruinas y otras terribles desventuras.

Con cariño y solidaridad para los sobrevivientes.

@monroyfelipe

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Tomorrowland, impaciencia por el futuro

TOMRRWLNDEn la simplicidad postmoderna de hoy se dice que hay dos clases de personas según sus preferencias y la manera de jerarquizar valores y prioridades. Y si esto fuera cierto, la premisa de Tomorrowland (EUA, 2015) apuesta a preguntarle al espectador lo siguiente: “¿Vivimos el mejor mundo de todos los mundos posibles? ¿Será esta la mejor de las épocas?” Al final, dependerá de la respuesta que cada quien tenga para saber si pertenece al aparentemente grueso social desencantado y pesimista o al casi exclusivo grupo de los inconformes, impacientes y soñadores.

La nueva película de Disney fue largamente promocionada a través de las múltiples plataformas de la firma; la intención fue presentar un filme vinculado a los valores que idealmente mantienen a la mayor franquicia de entretenimiento y espectáculo para niños: imaginación, creatividad, inventiva y tesón por construir ‘el mundo del mañana’.

La película tiene constantes ‘guiños’ al “lugar más feliz de la tierra” que probablemente serán muy emotivos para quienes conozcan los parques de diversiones de Disneyland que han marcado tendencia en el ‘ambiente-entretenimiento’. Pero, aun incluso si no se descubren los mensajes de promoción del universo del Mickey Mouse, la película logra un extraordinario ambiente futurista y fantástico, inundado de ideas tangibles y creaciones imposibles gracias a la audacia y a la fantasía.

En el inicio de la historia conocemos a Frank Walker (Thomas Robinson) quien es un precoz y audaz inventor que presenta su mochila-cohete en la Feria Mundial de Nueva York de 1964. Aunque es rechazado por los innovadores de la época, Frank será conducido por un vertiginoso viaje a una dimensión poco convencional donde la realidad está trazada por los alcances de la creatividad y la imaginación. Nos volveremos a encontrar con Frank en el futuro (George Clooney), una vez que ha experimentado todas las fibras de un mundo de innovación irrefrenable.

Gran parte del atractivo de Tomorrowland se debe a la buena fotografía y la realización de efectos especiales que asombran positivamente; es la recreación utópica de un mundo futuro dinámico y formidable, de cielo transparente, risas, gozo y plena libertad que contrasta con los muchos desafíos de nuestro propio mundo cuyos dramas ensombrecen la vida cotidiana y la esperanza por un futuro mejor.

Para ser equilibrados en el juicio hay que precisar que Tomorrowland no aborda profundamente el sentido de la justicia, la paz, la trascendencia y la complejidad de la naturaleza humana (con todas sus glorias y bajezas) y a veces parece perderse en el sendero místico de una sociedad secreta de exclusivos visionarios dinamizadores del mundo. Pero mirando con cuidado el terreno no barnizado por el estilo Disney, podemos encontrar una distopía moderna producida por lo que el corto de Pixar dice sobre Tomorrowland: “Desde los albores de la historia, la humanidad ha perseguido audazmente su destino animada por una creencia inquebrantable en el progreso. Sin embargo, el progreso tiene un costo oscuro: con cada avance viene la gran tentación de dar mal uso al nuevo conocimiento, usarlo para la dominación. Tanta innovación ingobernable por la conciencia conduce hacia la destrucción. Y aun así, no hay tal cosa como la fe, podemos y debemos siempre trabajar por nuestro propio futuro”.

¿Cuál es nuestra respuesta?: ¿Vivimos en el mejor de todos los mundos posibles? ¿Será esta la mejor de las épocas? ¿Por qué tenemos tanta impaciencia por conocer el futuro? @monroyfelipe

La angustia y el principio de esperanza en Little Boy

Little-Boy-PosterPepper Flynt Busbee (Jakob Salvati) es un niño de ocho años que a los ojos de todo un pueblo no crece y que, en su aparente pequeñez, se ve orillado a encarar una difícil situación familiar al ver marchar a su padre hacia las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, particularmente en el conflicto de los Estados Unidos contra Japón.

La guerra, la ausencia, la angustia y la soledad harán hogar en la casa y la vida de los Busbee; pero la inocencia del más pequeño de todos le hará inquietarse ante dos afirmaciones simultáneas e increíbles; una proveniente del mundo del espectáculo y otra, de su iglesia local: “He puesto mi poder en él” y “La fe mueve montañas”.

La búsqueda de respuestas frente a esta inquietud es el detonador de un breve pero altamente significativo camino de esperanza bajo estas dos persuasiones. Su héroe fantástico Ben Eagle (un mago todopoderoso) y un joven y avinagrado sacerdote local, Crispín (Eduardo Verástegui), hablan a una audiencia genérica y anónima sin saber que sus palabras se vuelven semilla en el corazón de un chico desesperado por ver concluida la guerra y, consecuentemente, por ver a su padre de regreso. Una semilla que tiene la misma potencialidad de transformarse en una higuera fecunda de sabiduría tanto como en una oscura selva de decepción.

Little Boy es una película que se esfuerza en demostrar que la vida no depende de los deseos ni del poder irreal que podría ofrecer una fe mágica; sino que, en la complejidad de los actos humanos, en sus miedos, miserias, pobrezas y prejuicios es donde se aprenden las razones por las cuales vale la pena tener fe y esperanza. El viejo cura párroco Oliver (Tom Wilkinson) ayuda a Pepper a encontrar el sentido de ambas convicciones y le pide tantear en la oscuridad del siempre incógnito desenlace: ¿Qué si, finalmente, Pepper en efecto tiene un gran poder y su fe le hace mover montañas? ¿Y si no?

Nada es más corrosivo para el alma como la angustia y nada la libera de todas las cargas de la vida como la esperanza. Y, sin embargo, tener algo de ambas es absolutamente necesario para encontrar la paz en el camino; de hecho, angustia y esperanza “son complementarias y mutuamente dependientes” como apuntó Jürgen Moltmann. Por ello creo que Little Boy quiere ofrecer un mensaje de fe, pero no se desvive por intentar transmitirlo a la audiencia tal como fue recibido. Deja atrás el lenguaje propagandístico y purista que, por desgracia suele ser común en películas que exploran el tema de la fe y el destino.

Para ser justos, hay aún varias obsesiones arbitrarias en Little Boy provenientes de un simplismo moral que, lejos de apoyar en la profundidad psicológica de ciertos personajes, los caricaturiza, y que llegan a justificar la lógica de la historia. Con todo, hay que aplaudir la madurez y mirada fuera de las fronteras ideológicas que los guionistas y productores intentaron. Una escena es reveladora: Tras una de las fechorías cometidas por Pepper, un anticuado padre Crispín intenta explicarle a un niño desesperado el significado de la fe mediante una fórmula vetusta e intelectualizada. Una sutil crítica a los paradigmas del diálogo que las religiones y sus adeptos ofrecen a una humanidad sedienta de compasión.

Este 15 de mayo se estrenó en México el filme Little Boy, para el público latinoamericano subtitulado ‘Un gran chico’ y que quizá refleja mal la dimensión de minoridad que es más congruente con la trama y con el concepto contra intuitivo de ser pequeño… y esperar seguir siéndolo.

Futbol

Foto: F.M.

Wadi Feynan, Jordania /Felipe Monroy

Me gusta el futbol. Aunque no suele apasionarme tanto frente al televisor o en el estadio. A mi edad debo confesar que solo una vez acudí a un partido en un estadio, pero en aquella ocasión me dediqué más a la observación sociológica. También sucede que, al seguir las transmisiones deportivas, pongo más interés en las ocurrencias de los narradores que en la cancha de juego.

Pero allí donde dos o tres están reunidos en torno a un balón, la pasión se despierta. Así me sucedía de niño jugando diariamente a la mitad de la calle junto a mi hermano y la camarilla de la colonia; cuando en la reunión familiar primos y tíos armaban la ‘cascarita’; cuando en la escuela se armaban los campeonatos ‘relámpago’ entre grupos.

La más reciente oportunidad que tuve de jugar futbol fue a más de 13,500 kilómetros de mi hogar. Fue en la localidad de Tafilah, también llamada Wadi Feynan, en la zona desértica de Jordania.

Este valle árido tiene historia: entre sus montañas se advierten los ecos de las mineras más antiguas de la humanidad. Minas de cobre de las cuales se dice provino el metal con el que Moisés forjó la serpiente sanadora durante aquel éxodo de cuarenta años en el desierto que vivió el pueblo hebreo antes de llegar a la tierra prometida. Se dice que el cobre infinito de Wadi Feynan fue la fuente de riqueza del Rey Salomón y, si así fuera, Jerusalén tuvo los muros de su templo decorados por el cobre de las minas de Talifah. Sus inmensas montañas de rocas verdes nos dicen que quizá así fue.

Esta región tiene una historia larga, cruel y dolorosa. La explotación del cobre no concluyó con el Antiguo Testamento; durante el imperio romano guiado por Maximinus Thrax (235-238) los cristianos sufrieron explotación y persecución. Los mineros de Feynan que habían vivido cierta paz con Alexander Severus fueron esclavizados. La historia dice que los soldados sobrepagados del emperador cortaron las piernas de hombres, mujeres y niños para obligarlos a trabajar en las minas hasta morir. Hoy Feynan tiene las ruinas de una basílica bizantina y más de 5,000 tumbas cristianas que dan testimonio de tal genocidio. Desde entonces, la tierra luce ennegrecida por la explotación de la tierra y manchada de sangre por el odio humano.

Allí, bajo un sol ardiente y 38° de temperatura a la sombra, dos niños beduinos seminómadas nos invitan a jugar futbol, su amplia sonrisa y un balón agonizante fueron todo el protocolo para iniciar la justa internacional. La cancha es un terraplén de rocas filosas y cenizas; las porterías son dos montones de piedras y las reglas, las que todos conocemos.

Me inquietó que estos niños jugaran descalzos con tanta habilidad y soltura pues debajo de las suelas de mis irónicas botas mineras sentía la roca incrustándose a cada zancada. Me sorprendió además que el driblar es un lenguaje universal, que arriesgarlo todo para evitar un gol siempre va ser heroísmo puro, que la gambeta habla de carácter y que el tiro a gol es siempre una esperanza colgada en el viento.

Jugamos brevemente, de lo contrario yo habría desfallecido de insolación; además de la agreste serranía verdinegra, el paisaje se componía de esporádicas haimas, tendejones beduinos hechos de lana de cabra, y  de rebaños caprinos trashumantes. Aquellos niños y yo no compartíamos el idioma, la raza, la religión o la cultura; no había mucho con qué comunicarnos formalmente y aún si lo hubiéramos logrado, nuestros conceptos eran diferentes: para ellos el hogar es movimiento y para mi estabilidad.

Sin embargo, para todos, el futbol era la misma cosa. Es un gozo hipnótico, es alegría en transición, es la habilidad que triunfa frente al engaño, es un reto personal y colectivo, es aprendizaje sobre la marcha.  El futbol quizá podría ser aquello que Charles Bukowski definía como genialidad: “la habilidad de decir cosas profundas de la manera más sencilla”.

Bullying: tapar el pozo y quedarse sin agua

Holding the kid handLas agresiones entre estudiantes en escuelas y colegios en México ya han cobrado víctimas mortales; el fenómeno denominado bullying parece crecer tanto en crueldad como en frecuencia y, frente al espanto, también aumenta la indignación, la cacería de culpables y la exigencia de más controles institucionales.

El nivel dramático de esta situación ha orillado a las instancias de educación pública a establecer medidas de control e intervención en las aulas y espacios educativos, a endurecer la ley, a incrementar la vigilancia y a certificar la ejecución de los protocolos previstos por nuevos reglamentos emergentes. Es lo que llamaríamos ‘tapar el pozo’ y parece correcto, al menos por lo pronto, pero la expresión intuye situaciones difíciles comúnmente obviadas.

Tapar el pozo es la reacción radical, lógica y busca ser proporcionalmente inversa al daño original pero es claro que nada puede remediar. Cuando se tapa el pozo se pretende evitar probabilísticamente daños posteriores terribles pero, mientras tanto (y hasta que la razón que llevó a su clausura se olvide), el pueblo debe aguantar la sed. Al ocurrir esto, es frecuente que el rencor crezca, que surjan nuevas avaricias y que la desconfianza tome asiento entre la gente.

Comienzan las expresiones: “No ha sido culpa mía, ni de los míos, ¿por qué deberíamos padecer estas medidas si han sido otros los culpables?” o “No sé los demás, no me importan; pero con nuestros recursos podemos sobrellevar esta situación con comodidad”; y finalmente: “No creo que la medida lleve a ningún lado, los malhechores no tienen remedio, más que soportar privaciones todos, habría que castigar a los culpables”.

Esto está pasando con el bullying en México: salvaguardándonos de la autocrítica, señalamos a todos los que creemos responsables: al Estado, a la televisión, las películas, la indisciplina, la familia, el consumismo, los horarios de trabajo, los salarios y un largo etcétera. Pero dice el proverbio inglés que cuando apuntamos con el dedo, otros tres nos señalan de vuelta. En este, como en muchos casos, todos debemos pagar nuestra cuota de sudor y de vergüenza para avanzar en la construcción de una cultura menos violenta y más corresponsable.

Tapar el pozo es el voto unánime de legisladores locales al crear ‘leyes antibullying’, es endurecer las penas del código para agresores, practicar el escarmiento público a infractores, es implementar métodos de centros de readaptación social en los colegios y las escuelas, es hacer campañas sensibileras que escandalicen a las ‘buenas conciencias’. Nada de esto tendrá resultados fecundos, no habrá frutos porque no habrá con qué regar la siembra.

Para continuar con la alegoría, opino que hay que mirar al pozo, reconocernos en el reflejo oscuro de su fondo, dolernos por los que allí han caído y construir cultura trascendente a partir de nuestro honesto arrepentimiento. Mirar el pozo es no olvidarlo, es buscar la transformación desde el contacto con la realidad y su esencia, es imaginar alternativas desde el centro de nuestra desgracia y compartir en perspectiva y esperanza, conciencia de nuestro pasado y expectativa de nuestro futuro.

Por desgracia en medio del fenómeno del bullying, aún nada hay como respuesta al drama personal de las víctimas o de los victimarios, de sus familiares y de quienes son testigos cotidianos de la agresión y la vulnerabilidad a la que están expuestos. Son solo pocas las voces que dan esperanza y trazan rutas de trabajo en el horizonte emocional de niños y jóvenes, de padres y maestros, y que desean abrazar a una sociedad que vive constantemente bajo el asedio de la violencia, la superioridad y el desprecio por el prójimo. Quizá solo así, tanto autoridades como las familias puedan encontrar salidas humanitarias a la crisis social que nos agobia.

La canonización va por la persona no por el pontificado

santsHenri Nouwen apuntó que una de las áreas primordiales de la teología es encontrar palabras que no dividan sino que sumen, que no creen conflicto sino unidad y que no lastimen sino que curen. Renace este deseo en el seno de la Iglesia con la canonización de dos de los pontífices más trascendentes para el catolicismo y su relación con el universo moderno: Juan XXIII y Juan Pablo II.
El primero, italiano proveniente de una realidad aún rural que se veía avasallada por severos cambios de paradigmas sociales y culturales, Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II, una experiencia que cimbró la estructura de la Iglesia en su estilo, su práctica y su autopercepción sobre su participación en la misión que le ha sido encomendada. Y cuyo espíritu ha alimentado las fuerzas vivas de la Iglesia en el último medio siglo.
El segundo, de origen polaco, testigo y sufriente de la transformación política y económica en su nación y en el orbe, Karol Józef Wojtyla, Juan Pablo II, concretó a lo largo de su pontificado modelos de gobierno, evangelización, misión y encuentro con las realidades sociopolíticas. La vigilancia, disciplina, animación y sacrificio del camino elegido para el cristiano como signo de contradicción en el mundo entusiasmó al mundo entero y colocó a la Iglesia católica como un interlocutor indispensable en la búsqueda por la construcción de sociedades humanitarias y libres.
Juan Pablo II llega a los altares, distinguiendo su experiencia de fe y de pastor en el libro de los santos; sin embargo, para el pueblo el Papa Wojtyla ya era santo y lo exigió así a la Iglesia que sirvió y a su sucesor el papa Benedicto XVI quien respondió al grito unísono de “¡Santo subito!” concediendo la excepción pontificia para iniciar su proceso de canonización sin esperar los cinco años que prescribe la reglamentación de la Congregación para los Santos. Por su parte, Juan XXIII también es inscrito en el Canon de los santos por una concesión pontificia que el papa Francisco solicitó para eximir del estudio y comprobación de un segundo milagro atribuido a la intercesión del Papa Roncalli, como beato también es reconocido por la comunión anglicana.
Ambos titanes del siglo XX configuraron un estilo de Iglesia, una búsqueda de servicio y abrieron la posibilidad de dialogar en un mundo que ya no precisaba de cruzadas ideológicas sino de presencia testimonial, de encuentro y de experiencia latente de la fe en cada cultura existente en los cinco continentes.
Hay, por tanto, más coincidencia que distancia entre ambos pontífices. Frente a la inminencia de la canonización de Juan Pablo II se suele esgrimir la idea de la ‘compensación’ que Francisco quiso hacer con la exención de la regla para equilibrar con la canonización de Juan XXIII la abrumadora personalidad del Papa polaco y de sus 26 años de ministerio petrino. Suele argumentarse desde una mentalidad acostumbrada a los malabares, condicionada e inconsecuente, que juzga en la santidad al gobierno pontificio de cada uno. La santidad, como apunta nuestro amigo y director global de Vida Nueva, Juan Rubio, va por la persona no por el pontificado.
¿Puede haber más diferencia entre un pontificado de cuatro años y medio frente a uno de más de 26? ¿Es válido comparar la cantidad de magisterio pontificio, de las decisiones de gobierno, de los acontecimientos vividos entre un pontificado de apenas un lustro frente a otro de más de un cuarto de siglo? La santidad que ahora reconoce la Iglesia de Roncalli y Wojtyla no está sujeta a su función ni a su dignidad pontificia sino a la elección que hicieron de Dios y de su mensaje, de su búsqueda incansable del corazón de los seres humanos, de su respuesta positiva frente a un horizonte de desafíos, de la esperanza experimentada en medio de los grandes cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, en una palabra: de su fe encarnada en la realidad de su contexto inmediato.
Es innegable que este 27 de abril, domingo de la Misericordia se coloque en el centro al Papa del Concilio, a Juan XXIII “El Bueno” y al Papa Viajero, a Juan Pablo II “El Grande”. Ojalá puedan estar con su pensamiento y su disposición frente a la necesidad de Dios por el hombre que barbecha la tierra para que Él siembre la eternidad en la humanidad. Ojalá esté san Juan XXIII en su frase: “Miré con mis ojos dentro de los tuyos, puse mi oído junto a tu corazón” y san Juan Pablo II con su convicción sobre que “el futuro inicia hoy, no mañana”.
Dice la frase anónima que “Dios no bendice los toques a retirada” y ambos hombres eligieron permanecer junto al Misterio, tal como ahora lo hacen el papa emérito Joseph Aloisus Ratzinger y el pontífice Jorge Mario Bergoglio. La riqueza de la Iglesia está precisamente en la diversidad de sus carismas y en la pluralidad de miras tanto como lo está en la comunión de sus miembros, la certeza de su tarea y la unidad en torno al destino del hombre.
Esta doble canonización es la certificación que hace la Iglesia de la conclusión del siglo XX y de la apertura que hacemos en el siglo XXI como comunidad renovada en espíritu, misión y desafíos. Ha aparecido un nuevo continente para el hombre -el digital- y los parámetros culturales y sociales han dejado de ser los del siglo de las dos guerras mundiales; hoy las economías no dependen de dos centroides de poder y la polarización del mundo no es entre dos naciones o dos conceptos de sociedad. Los desafíos se perfilan en torno al relativismo indolente, la deshumanización de la vida, el individualismo ideológico y la distancia entre el ser y la ficción de ser. Y en esta realidad también habrá santos que caminen con provisiones de fe, esperanza y caridad.

Baumgarthner, un corazón y los planetas

Felix_-Baumgartner_edge_spaceLa hazaña humana y tecnológica tiene las mismas fronteras que las de la imaginación, eso quedó demostrado por el equipo de operaciones que llevó a cabo el ascenso de Félix Baumgarthner a la estratósfera terrestre para, desde allí, dejarse caer sobre la costra de nuestro planeta.

Mientras seguía la transmisión por televisión de esta histórica secuencia no dejé de pensar en la posibilidad de convocar todas las artes y experiencias humanas para ser sintetizadas en un par de minutos de hechos inauditos. ¿No vale la pena la preparación, el coraje, la audacia, la ciencia, la fe y la razón para caer vertiginosamente sobre nuestro propio planeta? ¿No valdría más hacer lo mismo para caer así sobre planetas diferentes? Y no me refiero a los planetas físicos, a los que ya conocemos o a aquellos que conoceremos gracias a los grandes avances científicos o a las sondas espaciales.

Pienso en los planetas internos, en los que el corazón es toda una geografía accidentada y el alma que es nuestra atmósfera toda.

Las cámaras que siguieron a Baumgarthner al confín de la Tierra nos lograron mostrar esa esfera azul que es nuestro planeta; tan diminuto, terso y vacilante lucía que, en un momento del salto, me pareció ver que el atleta quería abrazarlo completamente.

En nuestro país, donde ronda un viento de muerte y venganza, cuyas flores y aromas artificiales revelan una vida social y política simulada aún hay esperanza en el abrazo. Por supuesto, esta actitud requiere de perdón, reconciliación y de todos nuestros esfuerzos para acompañar en el dolor pues, aunque para nadie es noticia que nuestro país es una patria herida, hay quienes se empeñan en no reconocer que el principal problema es la indolencia del sufrimiento ajeno.

Hay una geografía personal lacerada, erosionada por el horror del crimen y la violencia, hay un aire contaminando nuestra región transparente con densa niebla de inseguridad y miedo. El tocar esta realidad implica también sufrimiento y sacrificio, significa compartir heridas pero también participar de una misma mirada de esperanza.

Pienso entonces que sí vale la pena saltar en vacío sobre el corazón ajeno, explorarlo, descubrirlo. Reconocer que hay lugares en donde se puede visitar y sentirse agradable, como en el corazón de los amigos y en el de nuestras familias, con quienes compartimos experiencias semejantes y donde hallamos consuelo mutuo. También reconocer que hay otros sitios en los que el aire es tan tóxico que parece imposible estar cinco minutos allí, pero no dejan de ser corazones humanos necesitados de comprensión. A veces hay quienes quieren modificar un planeta: hacer lagos donde hay desiertos, quitar montañas, cambiar cauces de ríos violentos; pero eso es imposible, al menos de forma inmediata y contando sólo con las fuerzas humanas.

De alguna manera pienso en el momento cuando, con todo el valor que alguien puede juntar, decide caer sobre sí mismo, descubrir su propio planeta, porque debe saber que ese salto interior revelará tanto su belleza como sus pantanos; no es sólo mirarse al espejo, es tocarlo hasta traspasarlo completamente. Esto suele sorprender enormemente.

Navegar la tormenta con provisión de esperanza

BESDecidí nombrar como “El Buena Esperanza” a esta crónica por dos razones: la primera, porque es el nombre del barco que llenó de emociones mi infancia al seguir las aventuras de Richard Shelton en la novela “La Flecha Negra” de Robert Louis Stevenson. El Buena Esperanza es “un barquito que aparecía casi solitario a escasa distancia de la entrada del puerto, donde se balanceaba suave y rítmicamente sobre el oleaje” pero sobre él se desarrollan las más increíbles hazañas: el barco es robado por Shelton y su tropa para, con él, intentar el rescate de su amada Joanna. Tras una escaramuza trágica, Shelton y compañía regresan al mar con la derrota en sus corazones. Un mar picado, violentísimo, que amenaza hacer naufragar al Buen Esperanza, amotina naturalmente a los marineros, pero la catástrofe que todos esperan es enfrentada con valentía por Lawless, al timón, quien dice por qué no tiene miedo: “¿Por qué, señor? Si hubo un hombre con mala tripulación para llegar a buen puerto, ese hombre soy yo… fraile renegado, ladrón y todo lo demás. Pues bien, quizá os maraville, pero aún llevo en las alforjas provisión de esperanzas, y si he de ahogarme, creed que me ahogaré con la vista clara y la mano firme”.
Lo que sucede en el barco a continuación es un cambio de actitud frente a la desgracia: nace la solidaridad entre los marineros, crece el perdón entre los enemigos y late la esperanza en medio de los nubarrones de tormenta.
Por ello, la segunda razón para nombrar así a esta crónica es porque no puedo dejar de pensar que nuestra patria y el particular momento que vivimos, con tormentas azarosas y atribuladas circunstancias, requieren de una nueva actitud frente a los problemas. La tempestad mexicana luce en los diarios en noticias de corrupción, violencia, pobreza, injusticia y abuso sistemáticos; pero nuestra sociedad padece un problema aún mayor: nos hemos acostumbrado a lamentarnos de nuestras circunstancias, a destacar sólo lo negativo e irreconciliable en las ideas del prójimo, a hacer una crítica absoluta e infructuosa al papel que unos y otros tienen en el concierto de esta sociedad; la falta de voluntad y el individualismo es el desértico estilo de vida que gravemente hemos asumido.
Nuestro gran Alfonso Reyes, en su inmortal Visión del Anáhuac, retrata el incomprensible y dramático esfuerzo por secar la tierra mexicana, que alguna vez lució rebosada de ríos, lagos y lagunas; y sentencia profético: “Cuando los creadores del desierto acabaron su obra, irrumpe el espanto social”.
En estos días, la mirada de muchos está llena de espanto y nos topamos cotidianamente con corazones desérticos, sin vida, angustiosamente ocupados en sus obsesiones y fantasías. A ellos no podemos renunciar el llevarles la aventura de vivir, de decirles que este ejercicio periodístico cuenta con su propio navío de fe y alegría; decirles, en medio de la gravedad de nuestro tiempo, que aún llevamos en las alforjas nuestra provisión de esperanza.