Estado de México

¿Cree que se pongan interesantes (ahora sí) las elecciones en el Edomex?

elecciones_Edomex-700x443Esta semana fueron publicados dos datos casi imperceptibles sobre las campañas electorales que suceden ahora en el Estado de México: que de los 10 mil mexiquenses con credencial para votar residentes en el extranjero, sólo 118 han mostrado interés para elegir al próximo gobernador (en comparación con los 4 mil que votaron por el presidente en 2012); y que el Instituto Electoral del Estado de México ha difundido menos spots para incentivar al voto que los emitidos por el Tribunal Electoral para recordar que son la instancia donde se dirimirán los anticipados conflictos por gastos de campaña y prácticas ilícitas en la que incurran los partidos políticos.

Es decir, no sólo no parece remontar el interés de la ciudadanía (el abstencionismo en 2011 de la misma elección rondó el 57%) sino que todos se empeñan en desanimarla a toda costa. Comenzando por los perfiles y los estilos de campaña de los candidatos: fuera de tono, reciclados, repetitivos, poco creativos, con guiones y estrategias predecibles y cuestionables. Cada uno defiende lo suyo, no arriesgan, no ceden. Y, si no lo están pensando aún, deberían saber que la única manera de cambiar este marasmo es dar un sólido golpe de timón.

En el fondo el principal problema hasta ahora es la construcción de una narrativa de interés para el ciudadano respecto a lo que realmente representa y significa el proceso electoral del Estado de México para el destino del país. Los partidos políticos lo saben con claridad: el triunfo de esta zona del país representa el control económico de un sinnúmero de puestos burocráticos para fondear la campaña presidencial del 2018, el hacerse de una maquinaria de operación política indispensable para controlar a ras de suelo diversas estrategias de movilización, reclutamiento y andamiaje electoral; y un nuevo grupo de operarios protegidos bajo los fueros del poder para arriesgar lo menos posible cada paso en la frontera de lo legal que se haga para alcanzar la próxima sucesión presidencial. Pero, ¿será igual de importante para el ciudadano mexiquense?

Hace falta que los candidatos y sus partidos (en lo singular o a través de decisiones conjuntas que aún no se revelan del todo) definan con claridad quiénes son protagonistas y quiénes antagonistas en esta narrativa por el poder. Han gastado demasiado tiempo en ubicarse en el mismo lado del acontecimiento: ser cada uno la opción y hacer saber por qué sus contrincantes no lo son. En esas dos ideas se resumen sus campañas pero ni una de las casi 17 millones de personas que habitan el Estado de México, figura en sus estrategias.

Lo que se ha visto en los debates, por ejemplo, es el intento de cada uno de los candidatos por construir la idea de ser protagonistas (ellos los buenos; el resto, los malos) y por ello enfilan sus argumentos para insistir en el mucho bien que ellos mismos han hecho y el mucho mal que sus adversarios podrían seguir haciendo. ¿Pero quiénes son entonces ‘los ciudadanos’ o ‘los electores’ para ellos? ¿En dónde participan de esa narración?

Si alguno de los candidatos quiere resolver el atolladero y la falta de interés popular en los que se encuentra esta elección (o cualquiera de las siguientes) debe reconocer que el protagonista no es él, sino la ciudadanía. Debe hacer de tripas corazón y, con humildad, dar espacio a la realidad.

Y para lograr el interés del respetable y del electorado hace falta definir perfectamente al antagonista: a esa persona, acontecimiento o grupo político que realmente hace una excepcional oposición a las debilidades de los protagonistas, que los interpele y los empuje a tomar decisiones muy difíciles (como perder las prebendas cíclicas de compra de conciencias).

Los partidos enfrascados en esta batalla deben preguntarse cuáles son los verdaderos detonantes de acción para los ciudadanos porque, quién sabe, quizá con el papel de antagonista podrían lograr más de lo que creen.

@monroyfelipe

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La batalla por el EdoMex: Lo que sí sucedió en el debate

xcarlosloret.jpg_594723958No entraré en la necedad de apuntar quién ganó o quién perdió en el primer debate realizado por los seis candidatos a la gubernatura del Estado de México porque precisamente ese es el estilo rancio e insustancial que aprovechan los pseudoanalistas para expresar –en el mejor caso- sus fobias y filiaciones políticas; tampoco secundaré las voces victimizadas del ‘pueblo’ que caen en el fácil y cursilón discurso de que los ciudadanos perdemos cada vez que los políticos ganan.

La batalla por el gobierno del Estado de México es, por mucho, el proceso electoral local más desafiante del país. Los once millones y medio de electores en el padrón electoral son, al mismo tiempo, un sueño y una pesadilla. Un sueño porque, con solo entrar en la contienda, los partidos políticos punteros tienen oportunidad de alcanzar una masa crítica de más de un millón y medio de votos potenciales, que representarían algo cercano al 12% de lo que necesitarían en una elección nacional para obtener, por ejemplo, el triunfo de un candidato a presidente de la República. La pesadilla radica en que de esos 11 millones de electores, el abstencionismo raya el 60%.

Más allá de lo evidente –lo esperado de las acusaciones y mutuas descalificaciones- en el primer debate de candidatos al gobierno del Estado de México, hay tres reflexiones por compartir:

 

Primero: Comunicación arcaica

Ninguna plataforma de comunicación propuso un modelo diferente a lo que tradicionalmente se realiza en los debates políticos. Es verdad que el formato de debate no cooperó para trabajar mejor el ritmo y mantener el interés de la audiencia; pero resultó casi ofensivo el que los candidatos se ciñeran al esquema que los libros de comunicación política publicaron hace más de cuatro décadas: “Frases cortas, ideas reiterativas, refuerzos gráficos, implantar la llamada a la acción”.

Los representantes de los partidos políticos –incluso la candidata independiente- se presentaron como las figuras tradicionales de ejercicio del poder, presumieron capacidades de acción y de decisión, desacreditaron a sus oponentes y, sin pensar más allá de una audiencia pasiva, repitieron la retahíla de propuestas geniales –todas buenas, todas eficientes, todas exitosas- que realizarían si ganaran.

Nadie apeló a la ciudadanía como agente del poder colectivo, no se habló desde los lenguajes que expresan democracia y participación bajo el principio de interacción y responsabilidad ciudadana. La persistente visión, desde la clase política, del electorado como una colectividad sin identidad ni capacidad racional organizativa, que sólo ‘merece’ o que sólo ‘pide’, perpetúa un modelo de comunicación donde sólo existen benefactores y mendicantes en el fondo de la estrategia. Y por ello, las expresiones condescendientes, las promesas vacías, el triunfalismo vano.

 

Segundo: Normalización de la corrupción

Las intentonas de desacreditación no son relevantes, lo relevante radica en el trasfondo de los ataques. En este primer debate se acordó atender tres temáticas centrales y de gran interés para la ciudadanía mexiquense: la violencia, la corrupción y el horizonte del desarrollo social. El Estado de México lleva décadas de una descomposición social sostenida que afecta el tejido social, principalmente a las instituciones intermedias de la sociedad (escuelas, empresas, iglesias y demás agrupaciones socio-culturales), mediante la violencia, la impunidad y los excesos de corrupción. El escenario, por tanto, fue el idóneo para que todos los candidatos recriminaran a sus contrarios los actos de corrupción, la falta de transparencia  y la ineficacia de sus previas gestiones administrativas. Cada uno justificó su propio éxito y se encargó de lanzar ‘mordaces cuestionamientos’ (bajo una corrección política soporífera) a sus contrincantes. Nadie salió impoluto (excepto la candidata independiente a la cual todos ignoraron olímpicamente) por una razón: el ejercicio de la administración pública en México está acompañada indefectiblemente de la práctica generalizada de corruptelas, cochupos y transas.

El reparto de dinero en efectivo para ‘incentivar’ la operación gubernamental es una denuncia recurrente del burdo camino mediante el cual los personajes o partidos políticos conservan su influencia con el empresariado formal o los poderes fácticos presentes en el territorio. Pero no es el único método de corrupción: la profesionalización de dicha práctica llega a tal grado de especialización en técnica legaloide que la corrupción en México puede ser inmoral pero no ilícita: el cobro de cuotas vía nomina a empleados de gobierno, los mecanismos de ingeniería fiscal para que las fugas de dinero sean prácticamente invisibles, el cobro del ‘moche’ en licitaciones e, incluso, la aparentemente legal adjudicación de contratos de inversión pública mediante concurso pero cuyo favorecimiento está fríamente calculado con la contraprestación que las empresas hacen al funcionario público.

Que el debate estuviera plagado de estas acusaciones es un síntoma inequívoco de que estas prácticas están más arraigadas y vigentes que nunca en todo el sector político y administrativo del Estado de México.

 

Tercero: Ningún cambio en el horizonte

La inducción no logra vence la deducción. Todos los candidatos formularon explicaciones sobre sus éxitos personales alcanzados en actividades administrativas o de gobierno; pero ninguno planteó cómo ellos mismos son víctimas de un ecosistema perverso que desean remediar.

La inducción explicaría que los “triunfos” en municipios específicos o secretarías de gobierno influirían en la ciudadanía para que ésta concluyera que los candidatos harían el mismo buen trabajo ya en el gobierno del Estado; sin embargo, la deducción insistiría en que la podredumbre del modelo social del Estado hace a cada uno de los candidatos apenas vencedores de la miseria.

¿En dónde se visualizan a ellos mismos en los nuevos escenarios de movilización política? ¿Qué mensajes de campaña expusieron para responder a los desafíos de la identidad ciudadana, de las complejas interacciones comunitarias, de la relación de la ciudadanía con las autoridades, de la operatividad de medios de información y denuncia, de las dinámicas de co-gobierno, de su participación en seguridad pública?  ¿Qué guiños de comunicación y mejora de competencias de gobierno a través de la reestructuración burocrática tradicional presentaron a las audiencias? ¿Cómo abordaron –sin la bravuconería incumplible de meter a la cárcel a todos los exfuncionarios- los medios y mecanismos de regulación de gobierno, la vigilancia ciudadana de la administración pública, en temas como seguridad y política económica?

No. Nadie trató con un mínimo de respeto a esos 11 millones de electores potenciales, la promesa de perpetuar el asistencialismo y generar nuevas dádivas disfrazadas de apoyo social fue todo lo que ofrecieron.  Eso sí fue lo que sucedió en el debate y, a mi juicio, eso es lo más preocupante.

@monroyfelipe

De migrantes, desamparados, albergues e indiferencias

DSC01376b¿Qué tienen en común la crisis humanitaria de migrantes con el drama de la casa-albergue de Mamá Rosa? Todo. Enumero algunos puntos coincidentes para no obviarlos o perderlos de vista: pobreza, falta de oportunidades, precariedad, descomposición del tejido social, inercia destructiva, apatía, egoísmo, corrupción, abuso, explotación, usufructo inmoral… Y cruzando todas esas terribles convergencias está la llana y cruel indiferencia.

Al seguir las noticias entorno al desmantelamiento de la casa hogar La Gran Familia con la consecuente captura de Mamá Rosa y responsables del albergue por mantener en situaciones infrahumanas y abusar de la precaria condición de cientos de hombres, mujeres y niños recordé el episodio del cierre de la Casa de Migrantes San Juan Diego en Tutlitlán, Estado de México.

La primera vez que llegué a Tultitlán escuché diversas historias con una línea transversal en ellas que podría resumirse así: Durante los años 80 y 90, los migrantes que seguían el camino del tren ahora llamado La Bestia hacían una parada obligatoria, allí recibían ayuda de samaritanos, familias que conocían las dificultades de la pobreza y compartían los deseos de mejorar la condición de vida de sus familias. Algunos varones de esas localidades se sumaban al camino de los migrantes; otros se quedaban y hacían nueva familia allí. Había en general una sensibilidad humanitaria con los varones migrantes. Pero muchos hombres no volvieron, solo llegaba con irregularidad el dinero desde Estados Unidos. Niños y mujeres crecieron con cierto rencor, con sentimiento de abandono. Mientras, los migrantes crecían en número y en necesidades. Algunas mujeres comenzaron a emigrar, solas o con sus hijos. Algunos residentes nuevos de la explosión demográfica vieron oportunidad de ganar algo con las muchas necesidades de los migrantes y con los dólares que cargaban. Los migrantes cargaban dólares para pagar a los que en la frontera habían encontrado una veta empresarial altamente rentable: polleros. En la ‘ruta migratoria’ aparecieron con gran éxito bares, locales de table-dance y prostíbulos, mujeres y jóvenes locales y migrantes comenzaron a ser explotados y violentados. Con el tiempo había que proporcionar otra necesidad adquirida en la inhumana ruta: la droga. Aparecieron los ‘picaderos’ y las ‘mulas’. Drogados, vejados, alcoholizados y empobrecidos, los migrantes fueron presa ideal para el secuestro y para el tráfico de estupefacientes. Por la inseguridad, los migrantes dejaron de portar efectivo pues, llegando a un punto en la frontera cobrarían el envío que algún familiar haría desde su lugar de origen; estos servicios tanto como el crimen organizado abusaron sistemáticamente del drama del migrante. Volviendo a Tultitlán, era evidente que el migrante acarreaba toda esta podredumbre social y la portaba de igual modo en su camino. Aunque en el pasado, iglesias, cooperativas, samaritanos y ciudadanos solidarios apostaron por casas, centros o albergues temporales para migrantes, aportando recursos, auxilio, alimento, ropa, cobijas, camas, medicinas. La realidad es que los migrantes eran absolutamente indeseables.

Constaté la labor encomiable del sacerdote y de fieles que mantuvieron en medio de estas dificultades la Casa de Migrantes San Juan Diego, lo que hacían tiene toda la categoría del heroísmo humanitario. Pero los vecinos no pensaban igual, para ellos los ‘defensores de migrantes’ eran ‘protectores de maleantes’, bastaba ver alrededor: migrantes drogados, enfermos, alcoholizados, sucios, ladrones, mendicantes y agresivos. El resultado: el cierre de la casa-albergue.

Aunque el trabajo a favor de migrantes continúa realizándose de manera heroica, la crisis humanitaria se decretó recientemente cuando 52,000 menores aparentemente surgidos de la nada colapsaron el sistema de captura y repatriación en los Estados Unidos. Más que crisis política este drama parece crisis emocional: ¿De dónde vinieron? ¿Por qué están desamparados? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Quién permitió que esto sucediera?

Miro ahora las imágenes de la casa La Gran Familia, cuartos insalubres, reclusión maléfica, condiciones infrahumanas, suciedad y podredumbre por todos lados. Rosa del Carmen Verduzco es presentada como un capo de la mafia, con el alias por delante enumerando las acusaciones: secuestro, abuso, extorsión, tortura, asociación delictuosa, etcétera. Cuestiona que esa casa-albergue-escuela era la institución modelo para paliar los efectos de la pobreza y la segregación social, inquieta gravemente que en el pasado haya recibido tanto apoyo de instituciones civiles y políticas, desconcierta la disparidad de testimonios que santifican o satanizan a Mamá Rosa y a su organización.

Medios, analistas y opinadores profesionales hablarán al cansancio de responsabilidades políticas, del papel de las instituciones, de regulaciones, de estado de derecho, de orden social, de legalidad y de justicia social. Llegará un punto en que esos cientos de personas vulneradas del albergue de Zamora se conviertan en miles, decanas de miles, quizá millones de casos de orfandad y situación de calle, entonces será también una ‘crisis humanitaria’ y se buscarán culpables tanto como respuestas.

De migrantes y desamparados se puede hablar mucho, pero ¿cuánto de ello tiene intenciones de ternura, de compasión, de misericordia y de entrega solidaria?

Ningún gesto humano habla más del egoísmo o de violencia que el dejar de mirar a las periferias de siempre, a los desposeídos, a aquellos que no solo carecen de todo lo necesario sino que también padecen la avaricia de quienes acaparan y especulan con las ganancias de su tregedia. Esto se comprueba en grande y pequeña escala. Allí apreciamos la obsesiva vanidad o el narcisismo de grandes emporios para quienes mirarse a sí mismos es ver el mundo entero y comprender, al mismo tiempo, todos sus enigmas; también ocurre en el fuero personal, en esa pequeña escala de la indiferencia, en la tentación de usar solo las ventajas para beneficio individual y no colectivo. ¿En dónde están nuestras violencias? ¿En contra de quién o quiénes las ejercemos? ¿De qué tamaño son nuestras obsesiones que dejamos de mirar el bosque por salvar un árbol? ¿Cuánta es nuestra indiferencia que en el campo florido no miramos el drama de una planta?

Una fábrica de pequeños emprendedores

bos_16971_1Le dieron la noticia esa mañana, no fue el único del grupo que la recibió. Él habría dicho que se trataba de un despido, como de otros despidos que antes había vivido, pero no. Lo habían destituido, arrancado del sistema sin liquidación, indemnización ni recomendación alguna, era un servidor público cesado y juzgado públicamente. La causa argumentada por sus superiores para expulsarlo de la corporación podría haber sido cualquiera: corrupción, alcoholismo, uso de drogas, abuso de autoridad, cohecho, llegar tarde, manchar el uniforme, perder las llaves de la patrulla, una bala perdida no justificada, una foto en el Facebook jugando con ‘la fusca’, incluso todas juntas. ¡Vaya, igual también quizá por ser ‘demasiado honesto’, por no prestarse al cochupo, a la transa interna, a la cuota al comandante, al informe maleado, al agandalle!

Ahora está en la calle. Su destitución incluyó la pena de vergüenza pública: el gobernante lo señaló sin piedad y le cargó el sambenito de nuestra sociedad aterrada para dejarlo en manos del oprobio del pueblo; la gente escupe a sus pies, lo vilipendia, lo llama ‘perro’ y le desea la muerte para que acabe la rabia. Al terminar el impacto mediático todos se olvidan de él, pero le quedan la mala fama, las deudas impagables, la desconfianza de su familia, las nulas oportunidades, las cuotas de la escuela, la inaccesible canasta básica, las caras medicinas, la renta asfixiante y las manos llenas de impotencia que, si pudieran… si tan solo pudieran…

“Ahora, que se rasque con sus propias uñas”, dijeron. Y eso va a hacer.

Seamos positivos. Intentará rehabilitarse, reintegrarse al orden, a la vida productiva, formarse por la derecha, desintoxicarse, ceder el asiento a ancianos y mujeres embarazadas, dejar la botella, hacer ejercicio y buscar un trabajo. Será un hombre de mediana edad, con certificado de bachillerato y diploma del instituto de profesionalización policial. ¿El tipo de trabajo? Fácil: seguridad privada. Sus ventajas: es casado, con responsabilidades, capacitado y entrenado. Las desventajas: va a formarse en una fila junto a un millón de jóvenes desempleados en su estado, un estado lleno de violencia, que se muere de miedo y donde los cuerpos de seguridad privada son ya un mercado saturado. Los demás, como sea, llevan mano por la ley del fomento al primer empleo; él, sin embargo, carga con su deshonroso antecedente.

Veamos la segunda opción: el autoempleo. Bueno, no siempre le gustó, es muy sacrificado, hay que dedicarle tiempo, dinero –que no tiene- y algo de estómago para aguantar los corajes. ¿Pondrá un negocio formal, legal, que paga impuestos, que invierte en publicidad? ¿Con seguro social, prima de riesgos, registrado ante Hacienda, con facturación electrónica y terminal para tarjetas de crédito? No, seguro que no. Se meterá en la cocina a preparar tortas, hacer tamales, vender tacos; le entrará a la compra-venta de ropa o aparatos electrónicos; le hará de vagonero, ambulante, torero, encantador de serpientes, timador, mercachifles. Cualquiera que sea el caso, saldrá a la calle y pagará ‘mordida’ para que el líder, el delegado, el subsecretario y el policía que lo reemplazó lo dejen vender su producto, para que le permitan mendigar el legítimo sustento que en su hogar desde hace tiempo parece quimera.

Mientras tanto, las deudas crecen y las emergencias arrancan las monedas de sus desiertos bolsillos. “El dinero no es la raíz de toda maldad, sino el no tenerlo”, dicen que dijo Mark Twain. Él no se sabe esta frase, pero la entiende. La entiende perfectamente.

El gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila Villegas, hace su trabajo: purga total de elementos policiales corrompidos en corporaciones y anuncia nuevas vacantes. Son dos millares de personas en cada lado de la puerta. En conferencia de prensa, el funcionario reconoció que “existe el riesgo” de que los ahora ex policías puedan sumarse al crimen pero sentenció: “No los podemos andar cuidando. Yo quiero ser muy franco con ustedes: nos faltan miles de elementos; se va el elemento y le vamos a poner a uno que lo cuide. Yo diría que corremos menos riesgo que estén afuera que adentro porque dentro tienen información privilegiada en trabajo de halconeo”. Interesante invitación a reclutamiento para futuros elementos.

El ex policía apaga las noticias, le vienen a la mente un par de ideas no del todo claras pero testarudas; mientras, le asalta un vago recuerdo que se disipa lentamente, era de una frase que escuchó de su entonces nuevo gobernador en el Teatro Morelos aquel 15 de septiembre cuando iniciaba su mandato: “Que quede claro: todos somos necesarios”.