ética

#Elección2018: Patrones oscuros y hoteles de cucarachas

candidatosPara los políticos en campaña este julio les parece como la frontera de otro país, de otro México en el que todo estaría definido y ordenado a su placer o a su pesar. Detrás de ellos -cadáveres de la ambición-, quedarán los restos de una demencial campaña encarnizada por obtener el poder. Las tácticas y estrategias de sus respectivos búnkeres habrán calculado sólo los riesgos de anteponer escrúpulos frente a la eficiencia del dinero y las promesas inviables; pero, instalados en el triunfo o el fracaso, los excandidatos, sus equipos de campaña y simpatizantes enajenados no lograrán salir de una sutil y sugerente trampa: el miedo a lo posible.

Queda claro que gane quien gane, pierda quien pierda, seguirá existiendo una sociedad sumamente polarizada y fanatizada. Es decir, ni julio es una frontera ni nos habremos liberado de esta pequeña prisión de superficial fanfarronería política. Esta pequeña mazmorra que fue diseñada para mantenernos intoxicados de pedante superioridad defendiendo a ultranza a nuestro candidato preferido y atacando sin razón a sus opositores.

Hemos caído en un patrón oscuro de insatisfacciones. Y es muy riesgoso.

En el diseño de páginas web, aplicaciones y demás interfaces pantalla-usuario existe una práctica muy cuestionable de mercadotecnia que se denomina precisamente: “patrones oscuros”. Se trata de diseños engañosos que hacen que el usuario elija algo que en realidad nunca deseó, compre bajo condiciones que le fueron encubiertas o entregue su información ‘dios-sabe-dónde’. Pero el que más llama la atención de estos diseños es el llamado “Hotel de cucharachas”. Se trata de lugares donde es muy fácil (y muy atractivo) entrar, pero muy difícil salir. Están inspirados (vaya ironía) en un producto antiplaga: las trampas para cucarachas. El sistema de este producto es sencillo: los insectos entran allí atraídos por algo en su interior y, satisfecha o no su curiosidad, les es imposible salir.

Por desgracia, eso justo es lo que parece que sucede en la sociedad mexicana en estas campañas políticas: Entramos muy fácilmente en el discurso de odio y miedo, y ahora nos es casi imposible salir. Tal cretinismo y furia expresados en medios de comunicación e interacciones sociales sobre los políticos y la política nunca se había experimentado. Ha sido tal es asedio en la siembra de odio, miedo, beligerancia y alarmismo en las redes sociales que algunos usuarios claman por paz en sus muros o historiales. Estos usuarios, pocos por otra parte, son muy probablemente el grueso de votantes indecisos que advierte pequeña esta trampa de odios y fanatismos políticos.

Salir de este patrón oscuro significa pensar que el mejor escenario para las próximas elecciones es que la democracia mexicana pueda mejorarse en sus instituciones y en su confianza, que las búsquedas políticas no se limitan a procesos electorales sino a la vigilancia de las políticas públicas cotidianas, que los derrotados entiendan cómo pueden ser una mejor oposición, que los vencedores involucren indefectiblemente los talentos y las ideas fuera de su círculo de influencias, que la ciudadanía se apasione menos de las elecciones y más de la participación ciudadana.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, escribió en su ‘Révolution’ un potente llamado a salir de estas cárceles oscuras de la política: “Todos debemos salir de nuestros hábitos. El estado, los políticos, los altos funcionarios, los líderes de sindicatos y los cuerpos intermedios. Es nuestra responsabilidad y sería un error robarnos a nosotros mismos para acomodarnos en el statu quo. Estamos acostumbrados a un mundo que nos preocupa. Que realmente no queremos nombrar ni mirar a la cara. Entonces nos quejamos, gemimos. Los dramas están llegando. La desesperación también. El miedo se instala y nosotros lo jugamos. Deseamos cambios, pero sin realmente quererlos”.

El miedo, como estrategia y narrativa para trastocar las emociones del respetable, ha tenido un perverso éxito político y un caótico efecto social. No hay nada peor que el sentimiento de alienación conducido por confusas emociones. Desconfiemos sí, pero también de nuestras filias y nuestras fobias inmediatistas y pasajeras. Por eso me gustan las palabras que Macron usó en la introducción de su plataforma política, creo que inspiran a mirar más allá de procesos electorales cíclicos: “Estoy convencido de que este siglo XXI, en el que finalmente entramos, también está lleno de promesas, cambios que pueden hacernos más felices”.

@monroyfelipe

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Lecciones de periodismo para mundos confrontados

journalism.jpgEs triste, pero es un deber ético reconocer que hablar de religión provoca muchas tensiones y muy profundas discordias. Y no solo sucede cuando se confrontan las posturas de creyentes y no creyentes, sino entre creencias divergentes, dentro de las mismas convicciones y hasta en el corazón de una misma institución religiosa.

Ser testigo de tan sutiles conflictos y traductor para la sociedad de la relevancia que tienen dichas dinámicas para dar lecturas a destinatarios tan íntimos como la fe de una persona o tan públicos como la manifestación social de sus credos, no es un trabajo simple. Pero si esa difícil responsabilidad debe caer en alguien, más vale que sea en las de un periodista; y no de cualquiera, sino de un profesional capaz de amar la verdad aunque ésta siempre le sea esquiva.

El oficio exige compromisos que parecen mínimos, pero que se tornan enormes frente a ciertas circunstancias. En la Declaración Final del Primer Encuentro Internacional de Periodistas de Información Religiosa, realizado esta semana en Madrid, los amanuenses de la información que abordan los perfiles religiosos de este mundo coinciden en que el periodista debe “amar la verdad, vivir con profesionalidad y respetar la dignidad humana”.

Insisto, parece poca cosa, pero son muchas las tentaciones que orillan al periodista a simular el noble oficio y complacer así a formalismos vanos, instituciones pasajeras, personajes mortales o condescendencias cómodas. A veces, el periodista que ha perdido la brújula se convence de su superioridad y la defiende a ultranza.

Por eso llama mucho la atención que en su Declaración, el cuerpo de periodistas de información religiosa haya retomado las palabras que el papa Francisco dejó en su encíclica Laudato si’: “Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco”.

Como decía al inicio, hablar de religión provoca muchas discordias pero resulta esperanzador que los diferentes liderazgos internacionales en materia de periodismo religioso aceptemos que hemos tenido, en buena medida, parte de la responsabilidad para que esos aparentes abismos que existen entre partidarios de posturas contrarias sólo se ahonden y se enardezcan más.

Y creo que si los profesionales de la información religiosa (nicho despreciado en casi todas las naciones) pueden hallar vías para reencontrase con el verdadero servicio social que conlleva el oficio periodístico aún en esos temas de tal gravedad humana; los colegas del resto de tópicos informativos también pueden alzar la mirada y reencontrar en el oficio las claves del servicio que la ciudadanía requiere de ellos. A esto se comprometen este puñado de servidores de la información religiosa en un momento en que el propio pontífice máximo de la Iglesia católica es confrontado desde las almenas de altas catedrales y no debe ser minimizado ni instrumentalizado.

Que los periodistas evitemos ser utilizados como instrumentos ideológicos o políticos; que la búsqueda de la verdad la hagamos desde la honestidad, la transparencia, el rigor y la imparcialidad. Que nuestro trabajo busque siempre –denunciando y proponiendo- la igualdad, la justicia, la solidaridad, la libertad, la paz y el cuidado del ambiente. Que nuestra mediación favorezca el encuentro, la escucha, el diálogo, la sinergia y confrontación de ideas.

¿O no cree, querido lector, que usted merezca esto, cuando menos estos principios éticos y morales de los medios de comunicación que consulta –o que lo invaden en sus redes sociales-, y que hoy le presentan a terribles personajes políticos como los nuevos e inmaculados paladines de la democracia?

@monroyfelipe

¿Son peligrosas las sociedades secretas? ¿Cómo enfrentarlas?

masks“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”. Nadie en su buen juicio podría estar en contra de esta frase, pero ¿qué tal si la declarase el extravagante líder de una oscura organización de la que se sospechan actos secretos e inhumanos? ¿Por qué nuestra intuición comienza a lanzar luces rojas y se encienden las sirenas advirtiéndonos que aquella expresión es apenas la fachada cosmética de lo que realmente sucede en aquella asociación?

Las sociedades secretas son un fenómeno humano extensamente estudiado, más por morbo que por relevancia. Tal como lo apuntan los estudiosos del fenómeno, las sociedades secretas pueden ser secretas porque: a) La sociedad y sus fines son públicos pero sus miembros permanecen en el anonimato; b) La sociedad y sus miembros son públicos pero sus fines son reservados o disfrazados; o c) La misma sociedad es un hermético secreto.

En la segunda mitad del siglo XX, las sociedades secretas comenzaron a tomar un papel injustamente relevante en el escenario mundial. A estas organizaciones -independientemente del cariz ideológico o pseudoreligioso- se les adjudicaron los mayores éxitos y los peores desastres políticos y económicos. En realidad, todos los ‘códigos’ de sus arcanos y misterios que las sociedades secretas se autoimponen solamente han atraído con más fruición a periodistas, analistas políticos, cazadores de misterios y charlatanes. De tal suerte que, en la era de la información, hay más datos (reales y ficticios) de las sociedades secretas en internet que de cualquier otro tipo de organizaciones sociales de interés público.

Sólo el Centro por la Integridad Pública, equipo periodístico ganador del premio Pulitzer dos veces en esta década, ha publicado casi doscientas historias del 2014 a la fecha sobre grupos secretos que patrocinan campañas electorales en EU, motivan cambios legislativos, hacen componendas políticas para inversiones industriales y hasta costean exorbitantes multas a empresarios señalados por crímenes ambientales.

En realidad, tener ‘secretos’ no es un crimen ni una razón suficiente para desconfiar de alguna organización, empresa o institución. Algunos periodistas de investigación deben guardar en secrecía -incluso por varios meses- cierta información para poder construir una historia que revele con justicia y relevancia alguna denuncia o gran descubrimiento. Dice bien el sacerdote Julio de la Vega-Hazas -profundo estudioso de las sectas y grupos secretos- que los empresarios incluso la obligación de guardar secretos sobre sus negocios; los abogados, de sus clientes; y los médicos, de sus pacientes.

El verdadero problema con las ‘sociedades secretas’ son los códigos de conducta, los marcos morales sobre la dignidad de sus miembros y la ilusión pseudo-mesiánica con la que se auto perciben. Por ejemplo: El Grupo Bilderberg, cuyos miembros se dicen son expresidentes, premier-ministros, banqueros y familias de élite, afirma en sus principios: “Que nos acusen de estar luchando por un gobierno mundial es exagerado, pero no del todo injusto”. Sobre el Grupo Carlyle, que ha recibido inversiones de príncipes saudíes y de la familia Bin-Laden al tiempo de tener a George H. Bush entre sus consejeros, nunca prosperaron los cuestionamientos morales sobre su conflicto de interés tras los atentados de las torres gemelas en Nueva York y la guerra sobre Afganistán e Irak. También está “La Arboleda Bohemia” donde los titanes petroleros, ex mandatarios y secretarios de estado conviven tras un ritual donde se incinera teatralmente una monumental efigie de lechuza.

“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”, así explica el vocero de NXIVM el propósito de la organización que, según el reportaje del New York Times, somete a las mujeres a dietas de hambre, sojuzgamiento y hasta la hierra (marcación con metal al rojo vivo) mientras promueve cursos de capacitación, coaching y personal management.

Cuando estas organizaciones comienzan a hablar de la quimera del éxito supremo y proponen nuevos códigos de conducta de sus miembros, los cuales están muy lejos de respetar la dignidad y la vida de la persona humana, nos enfrentamos al oscuro rostro de las sociedades secretas. Cuando advertimos esto en nuestra sociedad, ¿cómo deberían atenderse o enfrentarse estas complejas realidades?

Por supuesto, lo primero es develar los actos ilegales, inmorales o perjudiciales que promueve o realiza la organización. El periodismo que denuncia desde las voces de las víctimas es un elemento muy importante para evitar que más gente caiga en estos grupos o que los patrocinadores descubran y comprendan también lo perverso que resulta apoyar a organizaciones de este estilo.

Sin embargo, hablar de ellas y descubrir sus ‘secretos’ en realidad no son la única forma de combatirlas o contrarrestar su ficticia importancia. Lo mejor es probar su inocente inutilidad y ello, por ejemplo, se palpa cuando las personas y sus comunidades se organizan en una abierta acción social y solidaria. Y aunque suene utópico, hay momentos muy concretos que comprueban lo contrario.

Por ejemplo, se vivió en México un episodio así tras los sismos del 7 y 19 de septiembre: la sociedad civil hizo su parte; la ciudadanía sin códigos ni secretos contribuyó al rescate y la reconstrucción; la sociedad organizada desde la libertad de asociación, sin ataduras rituales o pseudo-dogmáticas, construye ese bien común, se hace red de esfuerzo y buena voluntad en medio de las necesidades sociales. Sin secretos, ni ceremonias ni intereses ocultos, la ciudadanía en acción es la mejor herramienta para desempolvar a esos grupos enfermos de encierro.

@monroyfelipe

¿Cómo llegó ese video a mi whatsapp?

coberturaPasaba del mediodía del 18 de enero cuando a través de un mensaje de whatsapp recibí el fragmento de video de un circuito cerrado de televisión donde se ve a un adolescente entrar a cierto salón de clases con un arma de fuego y disparar contra un par de compañeros y su maestra; un par de segundos más tarde, él mismo detona pistola contra su sien. No tiene sonido. En la esquina superior, aparecen inmutables la fecha y el reloj con segunderos: 18-01-2017 08:51:24 y en uno de los muros del salón la malograda palabra “ONESTY”. Solo eso.

Soy periodista y desde las nueve de la mañana sabía el contexto. Junto a muchos colegas estuvimos al pendiente de los acontecimientos en el Colegio Americano del Noreste en Monterrey. La información fluía sin cesar y, por ello, por responsabilidad profesional, debía verificar el origen y la veracidad del video antes de contemplarlo como un material audiovisual legítimo. Una vez verificado, la siguiente responsabilidad fue preguntarse si se debe publicar este tipo de información o no. Y, en ese debate aún nos encontramos.

Sin embargo, quien me envió el video no es periodista y no trabaja en ningún medio, quizá pensó que, como yo sí, podría interesarme o hacerlo llegar a más gente. Personalmente decidí no divulgarlo pero me inquietó una pregunta: ¿Cómo llegó el video del crimen a mi whatsapp? Así que le pregunté a mi fuente cómo lo había obtenido él; me dijo que se lo había enviado alguien más –un primo-. Le pedí que le preguntara a su primo quién se lo había enviado. Dijo que lo había recibido de un compañero del trabajo quien a su vez lo recibió de un amigo periodista; pero el colega afirmaba que, a su vez, había recibido el video de un familiar que trabaja en el gobierno. En ese punto desistí en la misión de encontrar el origen del video y llegué a una reflexión: Aun si el medio para el que trabajo divulgaba el vídeo, seguramente no llegaría a tanta gente como ya había llegado en ese momento y como lo seguiría haciendo a cada segundo mientras en las redacciones nos debatíamos entre éticas y deontologías legales si se publicaba o no.

Esto es lo que debemos poner en perspectiva antes de abordar la ética profesional periodística que guarda un largo cuerpo de experiencia e investigación, pero no existe nada respecto a todo lo que sucede en redes sociales o aplicaciones de mensajería grupal.

 

Medios y ética

Como siempre sucede en eventos que estremecen y polarizan rápidamente a la opinión pública, es necesario hacer una valoración del deber de los medios de comunicación, así como de los usuarios particulares que generan y propagan información a través de múltiples redes.

El crimen del Colegio Americano del Noreste ha suscitado un nuevo debate sobre el papel que deben asumir los medios de comunicación y los usuarios de redes de información frente este tipo de acontecimientos.

Por un lado, se promueve un principio legal –vigente en México- que prohíbe claramente la difusión y divulgación de datos o registros personales de menores involucrados en crímenes; junto a ello, se cuestiona si, además de la ley, es necesario establecer principios morales –aduciendo respeto a las víctimas y a sus familiares- para evitar la difusión de imágenes crudas de violencia que poco aportan a la responsabilidad de mantener y mantenerse informados.

Por supuesto, hay otra perspectiva: Muchos medios de comunicación y usuarios se han manifestado contra la restricción y propugnan por el derecho y la libertad de transmitir entre sus audiencias tanto datos como detalles, registros fotográficos o audiovisuales, de crímenes de alto impacto social sin importar las condiciones ni ciertas atenuantes morales o legales tipificadas para ello.

Los argumentos de estos últimos no refieren “utilidad” o “necesidad” de la información comprendida como un servicio, sino como un crudo registro, real y verídico, de un acontecimiento en el cual la sociedad puede reflejarse y revalorar sus conductas.

El tema de la ética de la información se ha hecho más complejo porque se han diversificado casi al infinito las fuentes y los objetivos de la práctica informativa. De hecho, cualquier debate en el tema finalmente no alcanza a los particulares porque –aunque pueden hacerlo- no suelen tener conocimiento ni les interesa saber cuál es el principio que les garantiza su derecho a informarse y a compartir información; y tampoco tienen un objetivo para hacerlo.

Soy un periodista fraguado en nota roja y por tanto mi opinión es parcialísima. Reconozco que hubo veces, muchas, en que debí deshumanizar el crimen para digerirlo yo y transmitirlo a la audiencia; en el trabajo al pie de la víctima hay carne y vísceras, hay ley y castigo, hay causas y efectos, nada más. La audiencia se encarga del resto, de “ponerse en sus zapatos”, de “sentir otredad” o de “tener compasión”. Todo en comillas porque es tan fugaz como pasar a la sección de espectáculos.

Sin embargo, creo que el periodismo de nota roja ha tenido una función importante entre las sociedades pues modula los comportamientos excéntricos, es pura moral envuelta en primitivas advertencias. Esto no lo comprenden -no pueden comprenderlo- quienes creen que todos sus actos son actos de la razón; pero lo entiende nuestro cerebro primitivo, el que nos mantiene a salvo o nos engaña haciéndonos creer que lo estamos.

Hoy, la diferencia es que todos tienen oportunidad de fustigar con su personal moralidad los eventos sociales que llegan a su conocimiento, eventos que no saben cómo o porqué llegaron hasta ellos. Y esto es lo que requiere un análisis profundo porque están en juego principios básicos de realismo y causalidad en nuestro contexto social, de ello depende la cultura que se construye día a día. Una cultura que sí depende de la legislación (como fue la intención de limitar la difusión del video) pero que tiene sus raíces más profundas en las prácticas, las costumbres, la tradición y la narrativa cotidiana de nuestro sentido social. @monroyfelipe

¿Qué lección da a la Iglesia el escándalo en Volkswagen?

volkswagen-scandal-2“¿Qué hacía Dios antes del Big-Bang?”, pregunta el comediante.

“Le decía a la prensa que todo lo tenía bajo control…”

Volkswagen es la segunda compañía automotriz con mayor volumen de producción en el mundo; hace ocho años anunciaba con bombo y platillo sus nuevos modelos diesel que, además de abaratar el consumo de combustible, prometía ser altamente eficiente y menos contaminante. Su compromiso, además de comercial era aparentemente ético y responsable con el medio ambiente. Sin embargo, un estudio (casi un accidente) de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos reveló que desde el 2009, 11 millones de sus automóviles diesel contaban con un “dispositivo de defensa” que reducía las emisiones contaminantes sólo cuando se realizaban las pruebas de verificación; al salir, simplemente los automóviles contaminaban muy por encima de lo permitido por las autoridades.

Ahora, en medio del escándalo, el grupo automotriz ha perdido credibilidad, valor de sus acciones, ha salido el CEO y probablemente sus problemas financieros se agudicen al retirar de las calles las unidades manipuladas, recompensar a sus clientes y pagar las multas que los gobiernos decidan imponerles por hacer trampa. ¿Qué tiene esto que ver con la Iglesia?

Aparentemente poco, pero si este escándalo tiene que ser una lección para toda la sociedad, principalmente para las grandes organizaciones, algunos organismos eclesiales podrían reconocer una que otra similitud con el problema de la compañía automotriz alemana.

Más allá de la misión y la mística trascendente que debe tener cada asociación religiosa, es claro que su trabajo y operación debe funcionar bajo las reglas y los mínimos de convivencia ética y de responsabilidad social. Porque al hablar de ética y responsabilidad (ya no digamos santidad) sería odioso que se torciera el modo o la ley para sacar algo de ventaja tal como lo hizo la VW.

Ante los obispos norteamericanos, el papa Francisco habló sin nombrar directamente de los abusos sexuales, acusaciones de encubrimiento y problemas derivados de la mala actuación que se dio ante la gravedad de crímenes perpetrados por miembros del clero*. Dejó en el pasado el episodio al que llamó “momento oscuro en el itinerario eclesial” y reconoció en los obispos de Estados Unidos “la valentía con que los han afrontado […] sin temer a la autocrítica ni evitar humillaciones y sacrificios, sin ceder al miedo de despojarse de cuanto es secundario con tal de recobrar la credibilidad y la confianza propia de los Ministros de Cristo, como desea el alma de su pueblo”.

Aunque esta crisis –como muchas otras dentro de los organismos de Iglesia- no ha concluido, es muy atinado el comentario del pontífice: para recobrar la credibilidad y confianza es preciso asumir las humillaciones y sacrificios, y despojarse de todo lo que en momentos de bonanza se cree indispensable pero es, en el fondo, accesorio.

Hay ejemplos aparentemente menos complejos que el de la pederastia en la Iglesia pero sus consecuencias podrían ser mayores si se minimizan como, en algún momento se intentó con aquel: En una reunión de varias parroquias, cierto obispo quería ‘valorar’ el trabajo con jóvenes que habían hecho los párrocos. Solo una iglesia logró juntar jóvenes para acudir al encuentro con el obispo. Para no dejar en mal a los vecinos, los chicos tomaron por propia una parroquia que no conocían, a la que no pertenecían, para llenar el ojo al obispo visitante. Se tuercen un poco las reglas para simular un buen desempeño, justo como intentó mentir la VW.

En otros casos, aún más delicados, se le da vuelta a la ley para eludir responsabilidades financieras o para sacar ventaja económica de una forzada interpretación de las fisuras de la regla. También se llega a ejercer doble rasero con las penas previstas: a unos se les aplican como lápida, a otros con inexplicable suavidad. Ambas, sin embargo, provocan indignación.

El problema de Volskswagen está lejos de resolverse y sus consecuencias no sólo afectarán a los del apellido alemán, será natural sospechar de todas las compañías automotrices y de sus armadoras (no hay que olvidar que una de las principales armadoras de VW está en México). Ante esto es normal también investigar y denunciar con mucha claridad, sin traicionar la verdad por los compromisos con tufillo de corrupción que puedan adquirirse en el camino. También, ni hablar, hay que asumir nuestra cuota de vergüenza, asumir la crítica, comprender la pérdida de confianza y el que mucha gente nos dé la espalda cuando le hemos traicionado.

Un analista del ramo automotor reflexionaba: “No sé qué decir, es una pena; pero entre Donald Trump y Volkswagen, desafortunadamente los periodistas y los cómicos tienen mucho trabajo”. Así funciona para todo fenómeno que causa escándalo, también los de la Iglesia, y hay que reconocer que si no se deja hacer su trabajo a los periodistas entonces habrá que soportar algo más a los comediantes, que suelen ser aún más mordaces y cáusticos en su oficio.

*Lo abordaría días después en el Encuentro Mundial de Familias tras reunirse con víctimas de abuso sexual cometido por sacerdotes. Ante cardenales y obispos participantes reconoció que esos escándalos no pueden permanecer en secreto y prometió que los responsables afrontarían consecuencias.

@monroyfelipe

Ética de los conflictos

iph5_JOR2 125Imagine, estimado lector, un conflicto en el que ambas partes tienen razón y cuya válida satisfacción moral para cada uno es completamente opuesta al del adversario.

Pienso, por ejemplo, el caso abierto tras la captura del líder de las autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, por parte de la autoridad federal; misma que meses atrás, había requerido pactar con los hombres armados de Mireles para lograr la pacificación en la región. En el conflicto, ambas partes parecen tener razón: el gobierno apela al derecho exclusivo de la fuerza y la violencia por parte del Estado; las autodefensas apelan al derecho de supervivencia en medio de una crisis armada y sanguinaria. La satisfacción para el primero es el libre tránsito con armas de defensa y la organización comunitaria para enjuiciar abusos; para el segundo, es desarmar a toda la población y reinstaurar el orden legal bajo instituciones representativas.

Bajo la aséptica de la ley y sus reglamentos, un dilema de esta naturaleza tiene solución a ‘tabla rasa’ imponiendo la moral del sistema, del imperio, estado, religión o convenio previo. Esto es: se aplica la ley, pero no la justicia, no hay bondad ni equidad y, claro, mucho menos caridad.

En el terreno humano, sin embargo, es mucho más complejo ofrecer una respuesta que logre dar plenitud. Según el filósofo Hartmann, aquello solo es posible si se cumplen algunas condiciones: que se reconozca la validez de más de una ‘moral’, que ‘la virtud’ no se equipare con ‘la perfección’ y que se encuentre un punto intermedio entre la ‘perseverancia resuelta’ y la ‘precaución prudente’. Incapaz de poner nombre a esto de alguna manera, lo define como un estado entre la valentía y la audacia.

En el cristianismo, no obstante, la moral es una, las virtudes fueron sembradas por la perfección y la práctica de la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza alimentan y disponen al entendimiento y a la voluntad a obrar con razón iluminada por la fe. No se puede buscar el equilibrio estático sino la inclinación ascendente: “Mostrar en nuestra fe, virtud; en la virtud, ciencia; en la ciencia, templanza; en la templanza, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, fraternidad; y en la fraternidad, caridad”, dice la carta de Pedro. Esto tiene un nombre muy preciso, aunque ciertamente inasible: El Reino de Dios en la Tierra, como explica Dietrich Bonhoeffer.

La ruta para la convivencia aun en medio de los conflictos está bien delineada por el apóstol, pero en el mundo contemporáneo no deja de ser una posición unilateral y apegada a la doctrina, dejando en terrenos muy lejanos el reconocimiento de la libertad del otro o la posibilidad de conceptos primarios no compartidos.

Por ello “hay otras puertas que tampoco se deben cerrar”, dice el papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium y, todavía más pide obrar “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible”. Luis González-Caraval lo expresaba en las páginas de Vida Nueva: “A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno”, y secundo su idea de promover e invitar al ideal, no como ideal absoluto, pero sí como el único ideal que en estos momentos está a nuestro alcance, estableciendo una sucesión de objetivos posibles.