Evangelii Gaudium

De menores basculeados a la rapiña pública

ni__osgritoInaceptable. Nada justifica la orden (ni la obediencia) de esculcar a niños y niñas como parte de la seguridad que el Estado mexicano estableció durante los festejos patrios. Simplemente, no hay vergüenza suficiente para mirar las imágenes donde menores que apenas pueden andar son palpados e inspeccionados por la Policía Federal y decir que “solo era cuestión de seguridad” o que “la orden fue revisar a todos sin excepción”.

Es cierto que la inseguridad en México es un tema preocupante para todos y que un evento donde está convocada una multitud para escuchar a artistas de moda y para ver al presidente de la República cumplir con la tradición del grito de independencia requiere un despliegue de prudente seguridad. Lo que hay que preguntarse es: ¿Para quién es ese tipo de seguridad? ¿Para qué o por qué se especificó que gendarmes armados y entrenados palparan a todos los menores de edad?

Ignoro si a los asistentes a la celebración les haya provocado cierto temor o inquietud las carriolas donde algunos padres de familia llevaron a sus vástagos a ver el grito o si una niña de apenas dos años de edad, enfundada en un vestido rosa y ballerinas de satín les representara una amenaza. Sé que no sintieron temor al subirse a un extraño autobús con la promesa de unos desconocidos de que recibirían un lunch y cien pesos para ir al zócalo a divertirse. No sintieron temor aunque en la demarcación donde los invitaron a subir a esos anónimos transportes hay una tasa de 1.5 secuestros por día y el principal modo de operación de los plagiarios es precisamente el engaño y la oferta de premios inexistentes.

Quizá por eso no cuestionaron el que la policía militarizada haya ‘basculeado’ a sus hijos e hijas menores de edad, aunque esta corporación recibió 2,529 quejas el sexenio pasado y que en el presente sexenio se lleva su buena cuota de las 10,000 denuncias que recibió la Comisión Nacional de Derechos Humanos, entre las que se encuentran “desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura y tratos crueles e inhumanos” según el propio organismo. Queda claro que las órdenes de registro no eran ‘para la seguridad de ellos’ ni tenían un ‘para qué’ útil y eficaz en mente.

Insisto en que de ningún modo podría justificar tal acción pero hay que reconocer que tenemos un vergonzoso antecedente cultural que hace desconfiar. ¿Por qué el exceso de las fuerzas federales? ¿Habría alguna razón para sospechar el que algún adulto utilice a los menores para pasar alcohol, drogas, armas a un evento donde todo eso está prohibido? ¿Deberíamos preocuparnos si los niños se usan de escudos humanos, mulas traficantes, mercancía barata o como el simple subproducto de desecho en la industria de la muerte?

Con tristeza debemos asentir. El absurdo de la mexicanidad kafkiana vuelve junto a cada tragedia. Lo testificamos recientemente en Baja California Sur después del paso del huracán Odile que destrozó gran parte del Pacífico mexicano: hordas irracionales orientando su sed de rapiña hacia los centros comerciales, robando televisores para una ciudad sin energía eléctrica, llevándose bicicletas para esos caminos destrozados, sustrayendo motonetas ante la escasez de gasolina, cerveza para remediar el desabasto de comida y agua potable.

¿Por qué el exceso de la policía? Porque el absurdo es posible. Porque no solo padecemos una cultura corrupta, también sufrimos liderazgos cuestionables y cínicos, porque hacer el bien, obrar correctamente es relativismo puro; porque el acarreo no es solo político, porque sentir temor y tomar ventaja es código de supervivencia: temor de los otros, ventaja de mis fuerzas; temor del otro, ventaja de sus carencias.

Algo de esto lo retrató crudamente José Agustín en su Ciudades desiertas, donde Susana y Eligio viven su relación bajo esa tensión de miedo y dominación. Hay un pasaje, justo a la mitad de la novela, en el que ambos viajan en un coche en carretera en medio de las interminables planicies norteamericanas. Para Eligio, el campo es monótono, aburrido, está vacío. Susana le dice: “todavía no te sintonizas con estos campos, son un espejo, mi amor, reflejan el cielo, ¿te has fijado qué cielo?” Con ello Susana quiere decir que en esa tierra y bajo ese cielo, ella encuentra todo para vivir; mientras Eligio no encuentra absolutamente nada. Su pensamiento es opuesto. Por ello, a lo largo de la novela, la pareja expresa temor y ambos sacan ventaja del temor del otro, el resultado es una relación absurda, dolorosamente absurda.

Francisco  advierte en Evangelii Gaudium  que en esto hay “un relativismo todavía más peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida”. Y sentencia que tal ‘relativismo práctico’ es “soñar como si los demás no existieran”. Viendo aquellos casos irracionales opino que más nos vale despertar, porque en ese sueño toda crueldad, injusticia, indiferencia, abuso o egoísmo son ese absurdo posible al que podríamos estar tercamente aferrados.

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Ética de los conflictos

iph5_JOR2 125Imagine, estimado lector, un conflicto en el que ambas partes tienen razón y cuya válida satisfacción moral para cada uno es completamente opuesta al del adversario.

Pienso, por ejemplo, el caso abierto tras la captura del líder de las autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, por parte de la autoridad federal; misma que meses atrás, había requerido pactar con los hombres armados de Mireles para lograr la pacificación en la región. En el conflicto, ambas partes parecen tener razón: el gobierno apela al derecho exclusivo de la fuerza y la violencia por parte del Estado; las autodefensas apelan al derecho de supervivencia en medio de una crisis armada y sanguinaria. La satisfacción para el primero es el libre tránsito con armas de defensa y la organización comunitaria para enjuiciar abusos; para el segundo, es desarmar a toda la población y reinstaurar el orden legal bajo instituciones representativas.

Bajo la aséptica de la ley y sus reglamentos, un dilema de esta naturaleza tiene solución a ‘tabla rasa’ imponiendo la moral del sistema, del imperio, estado, religión o convenio previo. Esto es: se aplica la ley, pero no la justicia, no hay bondad ni equidad y, claro, mucho menos caridad.

En el terreno humano, sin embargo, es mucho más complejo ofrecer una respuesta que logre dar plenitud. Según el filósofo Hartmann, aquello solo es posible si se cumplen algunas condiciones: que se reconozca la validez de más de una ‘moral’, que ‘la virtud’ no se equipare con ‘la perfección’ y que se encuentre un punto intermedio entre la ‘perseverancia resuelta’ y la ‘precaución prudente’. Incapaz de poner nombre a esto de alguna manera, lo define como un estado entre la valentía y la audacia.

En el cristianismo, no obstante, la moral es una, las virtudes fueron sembradas por la perfección y la práctica de la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza alimentan y disponen al entendimiento y a la voluntad a obrar con razón iluminada por la fe. No se puede buscar el equilibrio estático sino la inclinación ascendente: “Mostrar en nuestra fe, virtud; en la virtud, ciencia; en la ciencia, templanza; en la templanza, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, fraternidad; y en la fraternidad, caridad”, dice la carta de Pedro. Esto tiene un nombre muy preciso, aunque ciertamente inasible: El Reino de Dios en la Tierra, como explica Dietrich Bonhoeffer.

La ruta para la convivencia aun en medio de los conflictos está bien delineada por el apóstol, pero en el mundo contemporáneo no deja de ser una posición unilateral y apegada a la doctrina, dejando en terrenos muy lejanos el reconocimiento de la libertad del otro o la posibilidad de conceptos primarios no compartidos.

Por ello “hay otras puertas que tampoco se deben cerrar”, dice el papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium y, todavía más pide obrar “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible”. Luis González-Caraval lo expresaba en las páginas de Vida Nueva: “A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno”, y secundo su idea de promover e invitar al ideal, no como ideal absoluto, pero sí como el único ideal que en estos momentos está a nuestro alcance, estableciendo una sucesión de objetivos posibles.

Del odio a la vergüenza

ShameHandsBenjamin Franklin decía que cualquier cosa que comienza con odio termina en vergüenza, y eso coloca en retrospectiva mucha de la ignominia que se ha mostrado y difundido en los medios de comunicación en recientes fechas: todo parece estar puesto para confrontar bandos, partidos, posturas, creencias y razones. La presentación de los acontecimientos es un ping-pong interminable en el que se invita a permanecer en un lado, instigando al opuesto y devolviendo -en cada ocasión con más rabia- los argumentos de nuestra particular opción.

Los que nos dedicamos al periodismo y en general todos quienes participamos de la producción cultural sabemos que nuestras audiencias no nos eligen para confrontar su pensamiento, ni para abrirse a nuevas expresiones, nuevas ideas o diferentes estilos de nombrar a la realidad; quienes prefieren un medio en lugar de otro en el fondo esperan certeza, ratificación, reafirmación e identificación de un razonamiento aceptable que nos auxilie en el debate cotidiano en las mismas convicciones por las que nosotros mismos nos hemos persuadido por luchar.

Hasta aquí todo parece inalterable o fatídico; sin embargo, en el interior de esta actitud late el corazón de una pasión divisoria y la tentación de esperar el arribo del amor en lugar de salir a buscarlo. John Henry Newman ofrece un camino diferente: “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. Las fronteras dibujadas entre el hombre y su misterio deben transitarse, no solo señalarse desde detrás del refugio.

En todo espacio público y privado parece que prevalece el conflicto, que hay posturas irreconciliables y que las consecuencias de la libertad parten de la confrontación. Nada más absurdo. Y, sin embargo, ya sea el tema de la familia, el matrimonio, la vida, la política, la justicia, la religión, la cultura, la economía y, evidentemente, el deporte, el odio y las pasiones de la camiseta suelen ser el centro de interés para la reflexión y la acción social.

Hay, sin embargo, una tercera vía, una opción conciliadora, la propuesta que logra hacer prevalecer la unidad frente al conflicto, donde el tiempo es mucho más grande que el espacio, para la cual la realidad es más importante que las ideas pues tiene intención de buscar que el todo sea mayor a la suma de las partes. Son cuatro estrategias que operan en medio de las tensiones bipolares, “cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común”, como manifiesta el papa Francisco en Evangelii Gaudium.

“Tomemos las cosas como las encontramos, no intentemos distorsionarlas. No podemos crear hechos, todos nuestros deseos no pueden cambiarlos. Así debemos aprovecharlos”, prosigue Newman. Más que el rechazo de la realidad, las situaciones adversas al hombre requieren una aceptación creativa, propositiva y promotora de hermandad antes de que nos avergoncemos de nuestras acciones.

Primer año del papa Francisco. Repetidores (II)

Imagen“Ojalá el nuevo Papa, de entrada, sea menos Papa, que sea ante todo obispo de Roma y lazo de unión con todas las Iglesias del mundo”, ese era el deseo del sacerdote escolapio Eduardo Bonnin Barceló en el diálogo organizado por Vida Nueva México que sostuvimos en el 2013 junto al filósofo Gerardo Martínez Cristerna un par de semanas antes del inicio del cónclave que eligió a Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice.

La procedencia latinoamericana del Papa así como sus primeros gestos frente al balcón en aquella tarde noche del 13 de marzo parecieron cumplir con creces las expectativas de este erudito sacerdote y que no eran sino resonancia de lo que muchos católicos del mundo esperaban; con la elección de Francisco es obvio que los cardenales guardaban el mismo sentimiento.

No obstante, al paso de los primeros días del pontificado creció un fenómeno inesperado: el avasallamiento mediático y comercial del Papa. El carácter de Bergoglio en la silla pontificia ha sido noticia prácticamente cada día desde entonces, todos los periodistas que cubren la Santa Sede me han dicho algo que ya es cliché: “cada palabra de Francisco es todo un titular periodístico”. Debido a este fenómeno hay quienes con mezquindad quieren hacer contrastes con los anteriores pontífices aún en donde siempre ha habido coincidencias; esto ha sido injusto en la mayoría de las veces y en otras, la intención ha sido francamente innoble: Francisco vende, y hay que saber venderse aprovechando su imagen.

Sin embargo, entre católicos también hay actitudes que no aportan mucho respecto a este fenómeno. Se trata de los ‘repetidores’ (el término me lo dijo un arzobispo mexicano); fieles de buena voluntad que han abandonado la audacia y la creatividad que les exige su propia realidad al repetir al Papa exclusivamente. Esto lo confirma Paul Tighe, secretario del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, quien declaró en agosto pasado, que Francisco era el “líder de las redes sociales y el más retuiteado del mundo”.

Aunque esto ha causado mucha alegría y satisfacción, parece advertirse ya un riesgo de idealización personal, tema que traicionaría las grandes expectativas que se tienen de la Iglesia católica: de ser voz junto a las voces del mundo, de hacerse cultura en cada región del planeta y de compartir en lo local los valores universales de su creencia; de ser comunidad, vaya, y no una secta de entusiastas.

Parte del éxito de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium es la valoración que desde ella se hace al trabajo eclesial en el orbe, del reconocimiento de la creatividad y los retos de la vida concreta de cada Iglesia particular. Si bien es un acierto que Aparecida y los trabajos del episcopado latinoamericano estén en el programa del papa Francisco, es un error que aquellos deban estar en el programa de toda la Iglesia universal.

El pontífice siempre ha sido un referente, esto no está en duda; pero los protagonistas de la vida de la Iglesia son los miembros de la misma, junto con él, los laicos, las religiosas, los sacerdotes y los obispos tienen la gran responsabilidad de construir paz, crear cultura y compartir misericordia, no basta ser ‘repetidores’ o ‘retuiteadores’. Incluso el Papa Bergoglio ha dicho que se siente incómodo con tal idealización: “me resulta ofensivo”, declaró recientemente a Il Corriere della Sera.