Guerrero

“Los motivos del lobo”, el poema que inspira a obispo mexicano para hablar con el narco

18920419_10209338733934159_8034887677974637305_n.jpg“Francisco salió: al lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra él. Francisco, con su dulce voz,  alzando la mano,  al lobo furioso dijo: ¡Paz, hermano lobo!”, así imaginó el poeta Rubén Darío al santo de Asís en su diálogo con una bestia que asolaba rebaños y pastores; y para Salvador Rangel Mendoza, obispo de Chilpancingo-Chilapa, en el estado de Guerrero, México, es la inspiración necesaria para que desde su ministerio episcopal tienda puentes de diálogo con los narcotraficantes de la región sur del país.

“No podemos tapar el sol con un dedo y no estoy de acuerdo con ese discurso triunfalista del gobierno federal, estatal o municipal de que tienen todo bajo control: sabemos que todo Guerrero está en manos del narcotráfico”, afirma categórico el obispo Rangel Mendoza, quien en meses pasados ha tenido oportunidad de dialogar con narcotraficantes en el estado para evitar que aumente la escalada de violencia en la región.

El obispo, de formación franciscana, considera que su misión como pastor le obliga a mantener las puertas abiertas al diálogo, incluso con narcotraficantes: “Como pastor no le puedo cerrar las puertas a nadie y, como ha sucedido en otras ocasiones, lo que yo quiero con este diálogo es asegurar a los sacerdotes, a las religiosas, a los seminaristas y a los catequistas. Y yo prefiero tener esa puerta abierta, esa puerta de diálogo; por eso lo he hecho. Y no es que esté todos los días con ellos, simplemente es para protección del clero”.

Sin embargo, el diálogo que ha sostenido con criminales ha sido duramente cuestionado por las autoridades: “Ya he hablado con el secretario de gobierno y también hemos tratado la situación con el gobernador Héctor Astudillo, a ellos no les ha parecido, no les gusta que esté dialogando con estas personas y me lo han dicho. Lo que busco es sembrar la paz, invitarlos a dejar estos asesinatos y la conversión de todo mundo; pero es la gente de gobierno la que no quiere dar su brazo a torcer, que no dialogan con criminales, con gente fuera de la ley. Yo me pregunto: ¿En dónde está la gente mala, adentro o afuera?”.

Pero en el diálogo con narcotraficantes, ¿no se llegó a ningún tipo de negociación o intercambio de favores?

No, de ninguna manera. Es un diálogo, no es ninguna negociación. Yo aprovecho ese momento, les digo clarito: “Yo vengo aquí como amigo; vengo a ofrecerles la palabra de Dios; vengo a ofrecerles los sacramentos; vengo, no a juzgarlos, sino simplemente decirles que son parte de la diócesis y quiero estar con ustedes. Hasta allí únicamente. Los invito a que en lo posible no asesinen, no hagan levantones, no hagan cosas inconvenientes; y ellos, queriendo que no, hacen caso de este llamado. Prefiero tenerlos cerca que lejanos, y que escuchen alguna voz. Yo siempre los invito a la paz, a la concordia y a la tolerancia. Creo que muchas veces me escuchan esas personas.

Les hace un llamado a la conversión…

Efectivamente. Y a la misericordia.

Para el obispo Salvador Rangel, la situación en el estado de Guerrero es dramática. Semanas atrás denunció que grupos criminales cobraban derecho de piso a las autoridades de la Catedral de Tlapa pero que tras establecer un diálogo con aquel grupo se logró detener el abuso: “Se logró erradicar ese cobro de piso porque se lo pedí a un personaje de estos y él se encargó de arreglar ese asunto. Desgraciadamente, después llegaron otros y creo que ahora, de parte del municipio o del gobierno estatal, tienen montada una guardia de planta allí en la Catedral”.

Pero las amenazas son la menor de sus preocupaciones: “Este fin de semana tuvimos 26 asesinatos en Guerrero; el sábado solamente tuvimos siete asesinados aquí en Chilpancingo. Por ello no estoy de acuerdo con ese discurso triunfalista del gobierno federal, estatal o municipal de que tienen todo bajo control. Y en lo personal sí tengo un cierto temor. Pero tengo más temor de algunas autoridades o instituciones que de los mismos narcotraficantes”. Este pasado fin de semana se encontraron dos cabezas humanas precisamente en su diócesis: una en Chilpancingo y otra en Chilapa

¿Cómo se dialoga con alguien que en su universo de vida no tiene una orientación positiva con su prójimo, que le roba, que lo asesina, que trata de aventajarse de sus debilidades? ¿Cómo hace usted para dialogar con ellos?

Como fraile franciscano tengo siempre presente el diálogo y abrirse a los demás. Tengo muy presente esa poesía de Rubén Darío “Los motivos del lobo”, como san Francisco acudía a escuchar al lobo, a escuchar sus motivos de por qué se portaba mal. Y yo he ido a escuchar los motivos de esas personas, porque no están metidos gratuitamente sino por las circunstancias. Por ejemplo, uno de ellos dice: “Mataron a mi padre”; y otro: “Secuestraron a mi esposa y a mis hijos”. Entonces hablo con ellos y son personas humanas como nosotros, no dejan de tener fe.

Rubén Darío termina así su famoso poema después de verificar que tras la acción violenta del hombre el lobo vuelve a la violencia feroz: “El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…”

@monroyfelipe

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Inestabilidad en México, más profunda de lo que parece

43 Ayotzinapa Vivos los Queremos

En no pocas ocasiones se ha insistido en que los 43 normalistas de Ayotzinapa son un símbolo. Aunque no lo eran cuando protestaban por la reivindicación de su causa o cuando eran sometidos por las fuerzas del orden; no lo eran incluso cuando fueron detenidos y desaparecidos ese 26 de septiembre. Pero los 43 se convirtieron en ese símbolo que ejemplifica en toda su crudeza la crisis institucional que se venía añejando en el país.

Esa crisis, hasta antes de que el símbolo fuera más importante que la realidad, se debía a tres factores que corroen toda estructura y organización: corrupción, impunidad y violencia.

El cansancio, el hartazgo, el repudio y la necesaria movilización masiva están plenamente justificados por esa escandalosa verdad nacional en la que pueden morir 49 niños en una guardería vigilada por el Estado o donde 22 personas pueden ser acribilladas extrajudicialmente por el ejército apenas por una ligera presunción no comprobada –ni comprobable- de que pertenecían a un grupo criminal. Esa verdad que no ve ni ilegal ni inmoral el enriquecimiento inexplicable de una pléyade de líderes sindicales y políticos, que no cuestiona prácticas como el tráfico de influencias con sus consecuente baile de millones de dólares y que censura informaciones bajo el argumento de ‘seguridad nacional’ cuando casi 60 mil personas han sido ejecutadas en menos de dos años.

Pero la escandalosa verdad no es un símbolo, es la realidad.

Atacar el símbolo, tratar de recomponerlo, de reconfigurarlo o rediseñarlo puede ser una tarea importante pero igual insuficiente. Piense en el símbolo de un cigarrillo encendido en un círculo rojo; luego, reconfigurar el símbolo haciendo cruzar una banda roja por en medio cambia su significado y en lugar de decir ‘zona para fumar’ dice ‘prohibido fumar’ pero eso no remedia los problemas del consumo de tabaco, ni los enfisemas pulmonares que provoca ni genera una cultura de respeto y tolerancia entre fumadores y no fumadores.

Pero el símbolo es importante. Tanto, que la fundación Teletón usó sus mejores armas para intentar reparar un símbolo que la corrupción y la impunidad le habían resquebrajado: la bondad solidaria y desinteresada con los niños discapacitados.

Incluso el presidente Peña Nieto ha girado su mirada al símbolo (y con la de él, la de todo el aparato nacional). Su ‘Todos somos Ayotzinapa’ no ampliaba el drama de la crisis, lo restringió al símbolo de la crisis.

Atender al símbolo fue la recepción en el senado de los familiares de los 43, la llamada de los obispos a los familiares de Alexander Mora para ofrecerle consuelo incluso el mensaje a la nación de Peña; sin embargo, entrar en la realidad más allá del símbolo es la operación de directrices que construyan nuevas relaciones de servicio, trabajo y convivencia con la representación política, la participación ciudadana y la organización comunitaria.

La inestabilidad en el país es más profunda de lo que parece porque no importa que, uno a uno, los normalistas sean reconocidos entre las cenizas o que la administración federal, los partidos políticos y hasta los medios de comunicación paguen caro con los contribuyentes, electores o audiencias su ineficiente actuar. La inestabilidad es profunda porque nadie voltea a ver el terreno de esa realidad que sí está estable, ese terreno que aún tiene esos tres venenos que lo erosionan: corrupción, impunidad y violencia.

La importancia del símbolo es que la crisis mexicana pudo llegar a la conciencia de mucha gente. En varios idiomas y contextos se entiende que el 43 está tatuado en la frente de los mexicanos para vergüenza de una nación entera. Un símbolo que no se ve en el egoísmo sino en el encuentro con el otro, en sus temores, padecimientos y humillaciones. Ese 43 que, aunque se quede con nosotros por muchos años, tiene que recordarnos cotidianamente las razones del esfuerzo que habremos de hacer para no volver a repetirlo. @monroyfelipe

Para concluir la guerra

“¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas? también les queda discutir con dios tanto si existe como si no existe tender manos que ayudan / abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno / sobre todo les queda hacer futuro a pesar de los ruines de pasado y los sabios granujas del presente”. -Mario Benedetti

En realidad me ha costado trabajo encontrar el texto de Carlos Vigil Lagarde Guerra, Justicia y Derecho. Cuando llegó a mis manos en fotocopias hace años me quedó grabada su frase: “Cuando la justicia se acompaña de la caridad, se desvanece el espectro de la guerra; así, la fórmula para la felicidad de las naciones y la humanidad es, pues: vivir en la justicia y la caridad”.
En ese ensayo, Vigil daba nueve sugerencias para erradicar la guerra, algunas suenan descabelladas pero otras están llenas de sensatez: “Establecimiento de una educación antibélica, educar a los padres de familia para erradicar toda violencia en la vida familiar, colocación de placas con informes sobre los daños de la guerra en los monumentos conmemorativos de las batallas”.
Algunas otras ideas de Vigil son de índole punitivo-administrativo e incluso represoras de la libertad, en síntesis: el fermento ideal de violencia institucionalizada sobre la conciencia. Sin embargo, me detengo en las que a mi juicio suenan positivas porque hablan de construir una sociedad con cimientos de educación y de memoria.
Reflexiono esto frente al Museo Memoria y Tolerancia, en el Centro Histórico del Distrito Federal; un recinto lanzado, fuertemente patrocinado y promovido por la comunidad judía en México y que, en sus palabras, ha sido su regalo de agradecimiento a la nación mexicana en el marco de la celebración del bicentenario de su Independencia y del centenario de su Revolución.
Los objetivos del museo se intuyen, son transparentes: primero, no olvidar los horrores que deja a su paso la violencia; y, segundo, construir respeto en la convivencia plural social.
Anima -y no poco- el que este espacio de íntimo reconocimiento y búsqueda de entendimiento registre una nutrida e inusual afluencia de visitantes -muchos niños, por cierto-, porque es en este tipo de proyectos donde se condensa el vaporoso sueño de Vigil y de tantos otros hombres y mujeres de buena voluntad: el fin de la violencia.
La guerra, que hace estéril toda la superficie del mundo, se alimenta a temprana edad de un olvido selectivo y de una paulatina adaptación a las violencias entre los seres humanos.
Por ello preocupa la creciente opinión de varios líderes sociales sobre la construcción del futuro del país a base de una nueva revolución o una resistencia civil pertrechada de rabia y de repudio. Quizá se hayan adaptado tanto a las violencias que piensen que una nueva y definitiva puede controlar la situación; en el fondo no hacen sino seguir el modelo de quienes creen “poder adminstrar el infierno”, como criticó Javier Sicilia.
Inquieta percibir que, como la humedad, la desesperanza ha minado la confianza en la paciencia, la templanza, la justicia y la prudencia, en la fortaleza de las ‘armas débiles’ que son el diálogo y la caridad.
Pero hay caminos de paz, estoy seguro que aún los hay. Eso es lo que pude constatar en una corta vista a Guerrero, donde la violencia se expresa en todas sus dimensiones, en todos sus rostros y en toda su crueldad. Sucedió en el saludo de paz durante una misa en Acapulco, a sugerencia del párroco los participantes nos miramos, nos abrazamos, lloramos juntos nuestras pérdidas, nos perdonamos y nos dimos la oportunidad de confiar en las manos del prójimo, de creer nuevamente en la bondad de los extraños.

Aves sobre la ceiba

IMG_2608María ofrece un vaso grande de tepache frío. Está algo amargo y ácido, le falta piloncillo. María se disculpa porque no lo ha conseguido en la tienda. No importa, el líquido es refrescante. Desde la sala de su casa se observa una orilla de la bahía de Acapulco, estamos a 32° de temperatura y por la humedad tengo la camisa adherida al cuerpo.

–Ahora sí, platíqueme. ¿Qué pasó?

–Pues qué va a pasar, que mataron a mi hijo.

Escucho cerca de media hora; la historia inicia con un secuestro, la solicitud del pago por el rescate, el drama que la gente pobre padece en juntar ahorros, préstamos y deudas con extraños y familiares en cuestión de minutos, son horas de angustia. Al final, la única certeza que les pudo dar la autoridad pública: “Encontramos a su hijo. Muerto”. El relato es semejante a varios que vengo escuchando desde que llegué al puerto dos días atrás.

Acapulco lleva meses liderando las estadísticas de rapto en el país, aunque no es necesario conocer las cifras,  el miedo se constata en la vida cotidiana.

Al llegar a mi hotel, por ejemplo, pusieron un cincho de plástico en mi muñeca mientras decían que con el brazalete podía hacer uso de todas las instalaciones del lugar, comer y beber en los restaurantes. “Pero si va a salir mejor tápelo con la camisa o con el reloj”. Minutos después cuando tomé un taxi para encontrarme con un viejo amigo el conductor dijo mientras me estiraba una tarjeta con su número telefónico: “No confíe en cualquiera, anda la cosa muy grave; llámeme y yo lo llevo muy segurito”. Nuevamente cuando llamé al mismo taxi y me dijo que no podía llevarme porque tenía servicios ‘especiales’.

–¿Cómo especiales?

–Es la hora en que salen de la escuela los niños y los papás nos pagan servicios especiales por recogerlos y llevarlos hasta su casa.

–Así, los niños van muy seguritos…

–Qué le digo. No se puede confiar en cualquiera…

María paga 1,000 pesos al mes por un servicio especial para su hija menor.

–No puede dejarlos solos, ya ve cómo está la cosa.

–Así que diario pasa un taxista y trae a su hija a casa. ¿El taxista es de su confianza?

–Era amigo de mi esposo, de mi exesposo, trabajaban juntos.

–¿En qué trabajaban?

–En el sector turístico. Mi esposo era mesero y temprano vendían paquetes para el Continental. Javier perdió el trabajo después de lo de nuestro hijo; y también por otras razones nos separamos. El señor Raúl también dejó de trabajar y comenzó con lo del taxi.

FullSizeRender (2)María es enfermera con el turno nocturno, también vende comida y renta el piso de debajo de su casa. Su hija y la mujer de abajo le ayudan con la cocina. El pequeño negocio es un buen ingreso para el matrimonio que llegó a rentar allí; según cuenta María, la pareja estaba amenazada en su pueblo natal, después de varios intentos de extorsión, el matrimonio y su pequeño vástago huyeron desde la montaña de Guerrero a Acapulco donde tenían familiares.

–¿Tenían?

–Según tenían quesque un tío rico que tenía un bar en la Costera.

Con el brazalete del hotel bajo el reloj camino unos pasos por la Costera Miguel Alemán, el corazón turístico del puerto acapulqueño. Ya ha pasado el atardecer y hasta donde la memoria y las leyendas recuerdan, caminar por la Costera o subir a una calandria iluminada, son el inicio del paseo-bulevar con más ambiente festivo de la zona. Hasta hace poco, los bares, discotecas, restaurantes y espectáculos de Acapulco daban un significado apoteótico al término “vida nocturna”.

El que vi era un espectáculo lamentable. Decenas de bares cerrados, clausurados o simplemente abandonados; tanto polvo de tantos días vacíos, el persistente e inquietante correo acumulándose tras las puertas, la humedad y el salitre arrancando trozos de los muros, algunos adornos hurtados por el malandrín furtivo, pintas y grafiti que se hicieron bajo la lóbrega ausencia de un farol que no han reparado hace meses. Alguna mirada que indaga desde las sombras, manchas viejas y basura descolorida por una incuantificable cantidad de soles sobre la acera. En la esquina, una tienda de veinticuatro horas es la única luz de la cuadra. Cruzando el bulevar hay un bar de gran tamaño, tiene decoración de un galeón pirata, está iluminado y se escucha una melodía caribeña. Junto a él un restaurante pequeño y dos meseros que invitan a pasar. El interior luce desierto.

–Pase. Tenemos vista al mar. Mire la carta. –Uno extiende la carta, el otro con una sonrisa exagerada indica la puerta

–No gracias, ya he cenado.

–Bueno, véngase a desayunar. –insiste el sonriente.

–¿Y a qué hora abren? –pregunto.

–¿Cómo a qué hora quiere venir?

FullSizeRenderSeguro hubo un tiempo en que la gente esperaba turno para cenar aquí porque el bar contiguo se daba el lujo de ‘dosificar’ a su clientela. Zona VIP, acceso exclusivo, shows en vivo, meseros en disfraces, valet parking. Solo cuando termina la música merengue se escucha a dos mujeres conversar en una mesa del bar, fuman y toman alguna especie de coctel. Después de algunos segundos, el diyei decide poner otra canción, una balada; poco afortunada porque ahora parece un galeón fantasma. De hecho, todo en derredor lo parece.

“Acapulco está agonizando. Es un paciente moribundo. Y la poquita transfusión de vida que se le puede dar, nos la ahorcan con los bloqueos y con la mala fama”.

El derrochador de metáforas es Manuel Pineda, administra una agencia de turismo, “la mejor experiencia de Acapulco. Paquete Total”. Viste camisa y mocasines negros, pantalón blanco, cabello hirsuto con algunas canas: “Hay que repensar Guerrero, repensar Acapulco. Yo creo que aún tiene destino este maravilloso puerto”.

Manuel parafrasea el artículo de Ramón Sosamontes de esa mañana en el Novedades de Acapulco pero no lo interrumpo y prosigue: “Tenemos bellezas naturales, selva, montañas, playas… como el gran Acapulco que se niega a morir… necesitamos una inyección de oxígeno urgentemente para este paciente moribundo”.

A pesar de la imprecisión médica, su preocupación es comprensible. El fin de semana anterior el bloqueo en la caseta Palo Blanco de la autopista México-Acapulco por parte del FUNPEG (Frente Unido de Normales Públicas del Estado de Guerrero) desanimaron al turismo nacional; pero es la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa (a 15 kilómetros de Chilpancigo) y la aparición de fosas clandestinas en Iguala así como asesinatos arteros contra inocentes por parte de autoridades presuntamente vinculadas a grupos del crimen organizado, lo que puede desanimar al más entusiasta.

Aquella mañana, había llegado a Acapulco y compré los diarios locales. Conocía los antecedentes y en realidad no sorprende mucho el titular de la página dos de los tres periódicos disponibles: “En Acapulco no hay policías”.

Quizá inquiete por dos razones: uno, que aparezca en el diario como novedad porque aquello no es noticia, sino un hecho que se ha añejado ocho meses por lo menos; y dos, porque los dos lugareños que me han llevado entre las colonias y barrios de este aún paradisíaco y turístico lugar han dicho con el mismo entusiasmo: “¡Mejor! ¡Ya no hay quienes muerdan!”.

No lo han dicho al unísono, cada uno habla frente a su propio volante de un taxi volskswagen con los tradicionales colores blanquiazules del puerto. Seguro es un chiste que han escuchado varias veces. Pero, en efecto, no hay policías. Y la vialidad, lo mismo en la Costera como en las callejas de la colonia Progreso, no llega a reglamento es más un ‘pacto de no agresión’ tácito.

IMG_2485Mientras escucho al conductor una más de las historias de tragedia que conoce, recuerdo el relato La mariposa y el tanque de Ernest Hemingway y me pregunto cómo relatar esta guerra si uno puede ir allí, escuchar los lamentos de los deudos, presenciar sus lágrimas perderse entre sus puños apretados y su callada oración, y después dejarlos atrás, volver a la comodidad de un hotel, a la tranquilidad de saberse visitante y no habitante de la desgracia. ¿Cómo sobrevivir tras mirar el caudal de su incontenible furia y después abandonarlos a su suerte?

Pienso en esos policías, el texto de los periódicos dice que la mayoría no volverá a ser servidor público, que otros pocos tendrán una larga y difícil capacitación.

Dice el periódico El Sur de Acapulco: “Día violento en el estado y siguen sin aparecer los 43 normalistas” y, enseguida: “Balean policías ministeriales a estudiantes del Tec de Monterrey; uno de ellos, alemán, resulta herido”.

El taxista dice: “Ahora todo mundo habla del estudiante alemán herido pero nadie habla del policía ministerial que murió. Mi madre fue a su velorio. Fue muy difícil ver que los familiares del ministerial no recibieron apoyo alguno, el policía llevaba poco en la corporación… y toda la atención se centró en el estudiante herido, incluso se vio como si el propio policía muerto había sido el culpable de su herida”.

El conductor habla de Raúl Gallegos Mendoza, policía ministerial de Chilpancingo asesinado a balazos cuando participaba en el rescate de una persona secuestrada. Es el primer relato de violencia en la página del lunes 13 de octubre en el El Sur, más abajo se consigna otro enfrentamiento en Chilpancingo donde resultan heridos dos policías ciudadano; dos muertos y cinco heridos –quizá más- en Ajuchitlán también por un enfrentamiento; dos hermanos ejecutados en Coyuca de Catalán; un marino atacado a balazos en la carretera Cayaco-Puerto Marqués; y un inquietante etcétera.

–¿Qué cree que se pueda hacer? –pregunto al conductor.

–Yo ya no confío en la policía, está muy difícil. Tampoco en ninguna autoridad. Creo que no hay sino comenzar en casa, tuvimos que regresar a lo básico, a enseñar a nuestros hijos.

FullSizeRender (1)El taxi aparca frente a la iglesia de San Cristóbal, en la colonia El Progreso. Afuera hay una manta blanca que dice: “Arquidiócesis de Acapulco. Jornada de oración por la paz en Guerrero y por las víctimas de la violencia. En especial por los asesinados y desaparecidos en Iguala. Octubre 2014”.

Es martes a mediodía, el templo está lleno. Al pie del altar un par de mujeres ponen veladoras a algunas fotografías de fieles desaparecidos o asesinados; en una esquina están las 43 fotografías de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa que ya se han convertido en un símbolo de repudio de la violencia sistemática de Guerrero y México.

La Jornada de Oración por la Paz es una iniciativa de la Iglesia de Acapulco, es itinerante y constante. Es coordinada por el sacerdote local, Jesús Mendoza Zaragoza. Ésta en particular la anunció el día anterior a través de su columna en El Sur.  La misa da inicio, participan ocho ministros, y es como cualquier otra pero el acento está en la construcción de paz y en las muy detalladas peticiones por los secuestrados y asesinados. La oración por la paz se hace al unísono, se hace un clamor que estremece: “Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, / mira nuestra Patria dañada por la violencia / y dispersa por el miedo y la inseguridad. // Consuela el dolor de quienes sufren. / Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. / Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos / y provocan sufrimiento y muerte. / Dales el don de la conversión.”

María llora. La fotografía de su hijo está frente al altar. Accede a relatarme su historia.

–Quiero pensar que no se ha ido. Que es como un pajarito que nos visita. Que no le mocharon sus alas. Es mi angelito, siempre será mi angelito.

En la ventana de su sala, la luz de la bahía se ha hecho mortecina; entre el color violeta del cielo se yergue la silueta de una arbolada y muy por encima, una parvada de gaviotas se dirige hacia el mar.

Acapulco, Guerrero. 17 de octubre 2014.

Comunicación como auténtico encuentro

vnm69Del 13 al 16 de octubre, nos encontramos en la Provincia de Acapulco para participar en el XII Encuentro Nacional de Pastoral de la Comunicación cuyo primordial objetivo es mirar hacia los nuevos escenarios donde se experimenta la adquisición, transmisión y correspondencia de una cultura de la información y que, al mismo tiempo, transforma la vida cotidiana de millones de seres humanos.

Bajo el lema Comunicación al Servicio de una Auténtica Cultura del Encuentro, la Comisión Episcopal de Pastoral de la Comunicación busca en este encuentro –además de poder compartir experiencias desde las diferentes trincheras de la información se han acumulado en los servicios que periodistas, fotoreporteros, camarógrafos, administradores de portales y sitios web de noticias, etcétera- proveer técnicas, herramientas, servicios y conocimientos para enfrentar el gran reto de comunicar en la era digital.

Este es el vigésimo segundo encuentro entre los responsables de información y comunicación de las diócesis, con lo cual se confirma la importancia en la profesionalización que las diferentes circunscripciones particulares han puesto en la ruta del diálogo y encuentro con las culturas.

El reto de los comunicadores no es solo el de proponer la verdad y la realidad bajo el análisis de nuevas configuraciones tecnológicas o sociales sino el de reflexionar desde dónde aquellas configuraciones pueden construir puentes para resarcir fenómenos como la corrupción, la desconfianza, la desesperanza y la mentira.

Frente a ese complejo horizonte, compartimos dos convicciones: la  del periodista Alex Grijelmo quien apunta que “la mentira imposibilita toda comunicación leal” y la del escritor Carlos Monsiváis quien acuciaba a desterrar la creencia de que “la información es poder”.

La comunicación leal se hace solo con la verdad y la información es un servicio. Estas son dos condiciones sin las cuales no hay ejercicio periodístico o informativo verdaderamente digno, responsable y solidario. Por desgracia, muchas veces advertimos que la verdad y el servicio son, podríamos figurar, los dos remos de una barcaza en un océano de información, donde buques, trasatlánticos y submarinos nucleares avasallan con poder, prepotencia y desprecio. Pero la navegación no se hizo para hombres o mujeres temerosos, ni para aquellos que confían demasiado en sus propios aparejos. Además, la historia enseña que hasta un simple leño está convocado al inmarcesible sino del ejemplo.

Gracias a la oportunidad y la convocatoria del presidente de la CEPCOM, Luis Artemio Flores, obispo de Tepic, y a la hospitalidad del arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias Merlos, es que al menos un centenar de profesionales de la comunicación provenientes de varios rincones del país estarán llegando a un puerto donde realimentarse del primer deseo de su oficio comunicador: compartir. Compartir desde la incesante lucha contra la mentira y desde sus heroicos esfuerzos por sobrevivir.

Y, sin embargo, no es este –como ningún otro- un puerto tranquilo. Desde hace ya varios años en esta ciudad y estado federado se han testimoniado una serie de eventos que laceran y vulneran la posibilidad de confianza y de encuentro. La violencia en casi todas sus trágicas expresiones se ha manifestado en esta región bajo una no siempre eficiente ni honesta vigilancia de las autoridades. La descomposición del orden social en el que incluso los supuestos democráticos, representativos, de justicia, paz y equidad son fuertemente cuestionados hace más urgente la propuesta de una comunicación al servicio de una auténtica cultura de encuentro.

Finalmente, hay que mencionar que este encuentro de comunicadores se suma a otros grandes esfuerzos por compartir el camino de diálogo con las culturas presentes en el país. Por ejemplo, en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, también se testifica una cumbre para analizar la teología indígena y, en la ciudad de Puebla de los Ángeles, los especialistas en bienes muebles e inmuebles de arte sacro fueron convocados para el Taller de Bienes Eclesiásticos Mexicanos cuyo interés es preservar y mejorar los diferentes acervos artísticos e históricos de temática religiosa en México.

La muerte del párroco Ascensión

Ascensión-Acuña-Osorio1El 25 de agosto del 2013 publicábamos en Vida Nueva México la historia de San Miguel Totolapan, un municipio localizado en la denominada “Tierra caliente” del estado de Guerrero. El relato periodístico recuperaba las voces de más de un centenar de familias desplazadas por la violencia. Las amenazas del crimen organizado las narraron los vecinos: “Nos dijeron que nos saliéramos o nos iban a quemar adentro de nuestras casas”. La única y precaria tranquilidad que lograron encontrar esas 631 personas fue en la iglesia de la cabecera municipal donde pidieron refugio. De este templo era párroco Ascensión Acuña Osorio quien apareció muerto el 24 de septiembre pasado.

Aún recuerdo su voz del otro lado del teléfono: “Por favor, no vaya a publicar mi nombre. No es por otra cosa. Usted sabe”.

Le respondí que sí, aunque no sé bien por qué; le dije que perdiera cuidado y le hice una promesa. Ahora me apena no haber roto ese juramento, la labor de Acuña era simplemente heroica.

“La situación en Guerrero, pero muy particularmente en esta zona de Tierra Caliente nos habla de un estado convulsionado. Se ha convertido en un foco rojo donde todo está intimidado por el crimen organizado. Y cuando digo todo, quiero decir que no se puede pasear por ninguna población de estos municipios sin constatar que está controlado por el crimen organizado… Esto ha sido un caos total”, me relató Acuña aquella mañana de agosto.

El tiempo ha decantado las crónicas de ese caos en Tierra Caliente: los jóvenes abatidos por la policía en  la escuela Normal Rural de Ayotzinapa; el grupo armado que asesinó a miembros de un equipo de futbol; el crimen del dirigente político Braulio Zaragoza Maganda; las 23 personas ejecutadas por el ejército en Tlatlaya; etcétera.

¿Qué hacía Ascensión Acuña? ¿Qué hacía la Iglesia en medio de esta crisis?

Durante el éxodo de Totolapan, los poblados presenciaban enfrentamientos armados entre grupos criminales y de los mismos grupos contra el ejército. Muchos fueron despojados de sus casas y, los que no, permanecían escondidos por largas temporadas, teniendo casi tanto miedo a las balas que a morir de hambre. Solo la figura del sacerdote zigzagueaba entre las veredas del campo de miedo llevando víveres y algunos recursos hasta esos refugios forzados: “Tratamos de acercar estas despensas a la gente que está allí, llevar comida a los amigos, a los conocidos, a los feligreses. Gracias a Dios vemos que los sacerdotes no hemos tenido dificultad para ir y venir entre las poblaciones”. Es claro, que Acuña se mentía: años atrás otro sacerdote, Habacuc Hernández, y dos seminaristas fueron ultimados a tiros en la misma región.

Ante la cruel, ignominiosa y constante violencia, el obispo local Maximino Martínez había instruido a los sacerdotes de ese territorio a que realizaran “dinámicas de oración” y “una encuesta sobre la situación”.

La muerte del párroco Ascensión es también la de cientos de familias que permanecen asediadas por el crimen organizado, es la prueba inobjetable de un estado fallido que le da la espalda a la población, donde se criminaliza y erradica la organización social. Tierra Caliente es una tormenta disuasoria para las estrategias pero aún no para el testimonio.

“La potencia socializadora y solidaria de la Iglesia es una de las vías para fomentar a la sociedad civil y para animar a las asambleas a ser corresponsables de los miembros de las poblaciones vulnerables. Esto me quedó claro cuando platiqué con el sacerdote que lleva la pastoral en Totolapan, en este momento de crisis, una de las estructuras intermedias de acción solidaria es la parroquia, la comunidad cristiana que ora pero que también acerca una mano y arriesga su tranquilidad por el beneficio de su prójimo”, escribía aquí mismo aquella vez.

Reporte en Vida Nueva México 42

En riesgo la ‘estructura intermedia’ de la Iglesia

El antecedente tiene tintes dramáticos: los ecos de la desamortización de bienes eclesiásticos, la persecución y la subsecuente sublevación religiosa en México a inicios del siglo XX mantenía prácticamente exiliado al clero nacional. Obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas abandonaron el país por el clima de violencia y sólo la solidaridad norteamericana logró que muchos de ellos encontraran casa de formación en el legendario Seminario de Montezuma, en Nuevo México.

El Pontificio Seminario Central Mexicano de Nuestra Señora de Guadalupe en Montezuma fue el centro formativo de casi la quinta parte del clero mexicano hacia los años 50 y alma mater de casi una veintena de obispos, varios de ellos actualmente en activo. Cerró en 1972, cuando –se explica- su propósito fundacional (ofrecer un espacio a la Iglesia perseguida de México) había sido superado.

Pero desde hace casi una década, la violencia en México –además de cobrar víctimas- clausura proyectos y entre ellos está el del Seminario de Apatzingán, Michoacán, iniciado en 1996, y que se vio orillado a cerrar bajo el asedio de la incertidumbre. De cierto modo, algo de esto ya había adelantado el obispo local, Miguel Patiño Velázquez en semanas pasadas al reconocer que la diócesis sufría el acoso del crimen: “aquel sentido de indefensión se hace desesperación, rabia y miedo a causa de la impunidad en la que obran los delincuentes, a causa de la misma ineficacia y la debilidad de las autoridades, pero sobre todo de la complicidad (forzada o voluntaria) que se da entre algunas autoridades y la delincuencia organizada; hecho que a muchos consta y del que nada se puede decir por obvias razones”.

Patiño llegó a afirmar que la población está “de rodillas” ante esta situación y aseguró que hay un “desamparo total en que se encuentran esos pueblos, ante la debilidad, la ineficacia, la complicidad y hasta el descarado abandono de la población por las autoridades gubernamentales en las garras de la delincuencia organizada”.

Hace apenas un par de meses, Patiño Velázquez había compartido una propuesta por hacer desde la Iglesia: la resistencia pacífica. “Nunca se ha de rendir la mente y el corazón a estas lacras deshumanizantes. No se puede aceptar vivir como normal en una situación de violencia y abuso. No se debe permitir que el engaño y la mentira crezcan llegando a tomar como verdad lo que es mentira, lo que es justicia y libertad con lo que es abuso prepotente y sometimiento al poder violento del crimen; nunca se ha de confundir los valores con los antivalores, la paz de los sepulcros con la paz de la justicia y la verdad… Esta actitud interna es una postura de resistencia pacífica que debe ser comunicada, contagiada, sobre todo a jóvenes y niños”, suscribió. Resistencia que, al menos, no podrá ya realizarse desde el Seminario local.

Michoacán, por desgracia, no es el único sitio ingobernable en el país. En situación semejante está Guerrero y la evidencia está en los miles de desplazados por la violencia en la zona de la montaña y de tierra caliente.

Los acontecimientos en San Miguel Totolapan durante el mes de julio han sembrado terror e indignación en toda la población del sur del país. Lo que aparentemente había quedado en un cambio de estrategia por parte del gobierno federal para enfrentar al crimen organizado simplemente fue un repliegue negociado que confirmó los vacíos del Estado en zonas controladas en su totalidad por cárteles del narcotráfico o células de coerción e intimidación social.

El caso de Guerrero es crítico: la ausencia del Estado en la zona prácticamente ha permitido que las poblaciones rurales en la zona montañosa y la de tierra caliente estén a merced de traficantes y capos de la mafia. La amenaza directa que distintas redes criminales aparentemente hicieron a estos pobladores de obligar a sus jóvenes para que se sumaran a sus filas de sicarios o que las mujeres estuvieran forzadas a resguardarlos de la confrontación con otros grupos criminales generó pánico. Este miedo que contagia a otras poblaciones debería indignar y orillar al Estado a atender integralmente este fenómeno; pero las capturas de líderes criminales se realizan “sin disparar una sola bala” bajo el fantasma de una negociación anticipada.

Los cerca de 2,000 desplazados de las trece comunidades que se ubican entre los municipios de Totolapan y Heliodoro Castillo ya han comenzado su retorno a sus hogares pero aún con reservas sobre la presencia extraordinaria de los efectivos militares.

Si algunos temen que este despliegue de fuerza no será suficiente para mantener la paz en San Miguel otros aseguran que precisamente la presencia de los militares provocará más tensión en estas comunidades que viven en la zozobra de no saber si el territorio es del Estado mexicano o de las bandas criminales que allí hacen su ley.

Para la Iglesia católica en México el episodio toma un cariz revelador sobre la misión que le compete realizar para favorecer a los más vulnerables. Los desplazados, temiendo al narcotráfico y desconfiando del Estado, pidieron refugio en una iglesia. La parroquia de San Miguel Totolapan fue el albergue que requirieron cuando la paz se esfumó de sus vidas. La Iglesia, aún es terreno franco en donde los peligros se conjuran. Pero queda claro que la labor no está solamente en la protección espiritual, también es misión de la Iglesia la creación de redes, de comunidades en las que se pueda mantener comunicadas e informadas a las poblaciones fuera de las cabeceras municipales. Las comunidades eclesiales son esos espacios de participación ciudadana cuando todo parece haber fallado alrededor. (Días más tarde aparecería asesinado el sacerdote Ascensón Acuña)

La potencia socializadora y solidaria de la Iglesia es una de las vías para fomentar a la sociedad civil y para animar a las asambleas a ser corresponsables de los miembros de las poblaciones vulnerables. Esto me quedó claro cuando platiqué con el sacerdote que lleva la pastoral en Totolapan, en este momento de crisis, una de las estructuras intermedias de acción solidaria es la parroquia, la comunidad cristiana que ora pero que también acerca una mano y arriesga su tranquilidad por el beneficio de su prójimo.

El documento del episcopado mexicano Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna del 2010 sintetiza esto: “La vida comunitaria es la primera víctima de la violencia… la violencia acaba con la  vida comunitaria y, cuando esto sucede, se propicia la violencia. Si se quiere romper este ciclo perverso es necesario fortalecer la vida en comunidad, este servicio lo ofrecen las instituciones sociales, las iglesias y los grupos intermedios, que aseguran la cohesión social” (76).

En el antecedente está el horror, sí; pero también el ejemplo.