Iglesia católica

Un nuevo horizonte para la Iglesia católica en México

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Sólo imprevistos muy graves podrían retrasar la creación de las tres diócesis de la Ciudad de México. No se habla de otra cosa en la Arquidiócesis capitalina: octubre se vislumbra como un horizonte de no retorno. Desde la Semana Santa de este 2019, los vicarios episcopales han transmitido a los presbíteros un memorándum donde se les invita a discernir y definir su estadía o su incardinación a las nuevas circunscripciones. La división es inevitable.

El cardenal arzobispo, Carlos Aguiar Retes, inició su gobierno de la Iglesia de México siguiendo esta encomienda que llevaba al menos treinta años proponiéndose desde Roma. Desde 1989, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha sostenido discusiones internas sobre la necesidad de la división territorial de la Ciudad de México.

Los argumentos sobran: es una de las diócesis más densamente pobladas y con mayor número de católicos del mundo; en la capital residen los poderes de la federación y prácticamente todas las representaciones formales de los estados, de organismos internacionales, embajadas y corporativos; también la gran mayoría de las congregaciones religiosas de representación internacional tienen su casa central mexicana en la capital; hay más de 600 territorios parroquiales, más de mil 200 templos y el número de sacerdotes incardinados, en estadía temporal o en tránsito es de vértigo.

Desde finales de los ochenta, la necesidad de la división parecía inaplazable por la cantidad de fieles. Para poner en contexto, la arquidiócesis de Madrid tiene 3.7 millones de católicos aproximadamente; Los Ángeles, 4.4; Guadalajara, 5.7; Río de Janeiro (el país con más católicos del mundo), 6.5; y finalmente, la arquidiócesis de México, 7.9.

En aquel entonces se proyectaron seis diócesis en los márgenes del entonces Distrito Federal; pero el proyecto no prosperó por las tensiones respecto a la autonomía de la Basílica de Guadalupe. Años más tarde, durante la administración pastoral de Norberto Rivera Carrera, Roma continuó insistiendo en el tema de la división territorial pero el primado de México defendió su argumento a lo largo de 22 años: El gobierno eclesiástico de la Arquidiócesis de México requiere de todo el soporte territorial y administrativo para dialogar -y en su caso, defender- los intereses de la Iglesia católica capitalina con el regente y el jefe de gobierno del Distrito Federal.

 

Delimitaciones y críticas

Finalmente, Aguiar Retes dará cuerpo al largo deseo de Roma y del episcopado mexicano; pero enfocado en sus prioridades: Habrá -por lo pronto- cuatro diócesis al interior de la Ciudad de México: 1. Azcapotzalco (con las alcaldías de Azcapotzalco, Gustavo A. Madero y Miguel Hidalgo (excepto Basílica de Guadalupe y Polanco); 2. México (Venustiano Carranza, Cuauhtémoc, Iztacalco, Benito Juárez, Coyoacán, Cuajimalpa, Magdalena Contreras y porciones de la GAM, Tlalpan y Miguel Hidalgo); 3. Iztapalapa y 4. Xochimilco (alcaldías Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta).

El criterio para la división -se ha explicado- corresponde a la presencia histórica de pueblos originarios en las tres nuevas diócesis y por los perfiles de las comunidades. También se ha insistido en que la densidad urbana hace muy complejo que el arzobispo local visite y atienda con dedicación a todas las instituciones religiosas de la diócesis. La Arquidiócesis de México tiene una consideración especial (igual que otras diócesis masivas) para realizar la Visita Apostólica en un plazo mayor al estipulado; la segunda visita pastoral del cardenal Rivera, por ejemplo, duró tres años consecutivos.

Sin embargo, los límites territoriales parecen responder a criterios urbanísticos y de perfil socioeconómico; de otra manera se hace incomprensible que la arquidiócesis no conserve para su responsabilidad pastoral ninguna de las trece cárceles capitalinas, o que la diócesis de Azcapotzalco no absorba -con naturalidad de vialidades y accesos- toda la alcaldía de Miguel Hidalgo donde se encuentra uno de los centros económicos más dinámicos de la ciudad.

La primera crítica: Una de las siete obras de misericordia que los católicos están obligados a cumplir es “Visitar a los presos”. El actual proyecto de división territorial impedirá que el arzobispo actual o sus sucesores tengan oportunidad de realizar esta actividad de manera institucional y en su propio territorio; aunque -como sucedió el Jueves Santo pasado- los presos sí han tenido oportunidad de salir momentáneamente de la cárcel para ir hasta la sede del arzobispo. La población actual de reclusorios capitalinos asciende a 25 mil 698 personas privadas de su libertad.

Otra de las críticas -no de la reorganización sino de los criterios en la delimitación- es la dinámica socioeconómica que define la división territorial de las diócesis. Según el sitio de especialistas inmobiliarios ‘Metros cúbicos’, las 20 de 20 colonias más exclusivas y con habitantes de mayor poder adquisitivo de la ciudad se ubicarán en la Arquidiócesis de México; por el contrario, según el Observatorio de Seguridad de la Ciudad de México, 25 de las 50 colonias más peligrosas estarán en las nuevas diócesis y sólo una de las zonas más seguras de la capital se encontrará en la nueva diócesis de Xochimilco.

Para atender estos contextos tan disímbolos, la arquidiócesis capitalina también hace una evaluación de los perfiles de los sacerdotes al frente de las parroquias. La intención es que cada comunidad reciba a un presbítero con el perfil más adecuado a sus realidades y a sus expectativas.

 

Guadalupe, ¿nueva diócesis?

El proceso de división territorial de la Arquidiócesis de México ha despertado el viejo debate sobre la autonomía del Santuario Nacional de la Basílica de Guadalupe y aún más con el decreto del 6 de mayo pasado con el que el arzobispo de México creó la Zona Pastoral de Guadalupe (Santuario).

Según consta en las crónicas de Homero Campa en 1989, los obispos mexicanos recibieron desde Roma la solicitud de un estudio de viabilidad para que la Basílica de Guadalupe se erigiera en Prelatura Territorial. Promovieron ese proyecto el abad Guillermo Schulemburg y el nuncio Girolamo Prigione pero los obispos mexicanos cerraron filas en torno al cardenal Ernesto Corripio Ahumada; 84 de los 86 miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano votaron a favor del planteamiento del tamaulipeco.

Desde entonces, incluso el papa Juan Pablo II tuvo que intervenir en la organización, responsabilidad y los límites de administración de servicios en el Santuario Guadalupano: el custodio del ayate es el arzobispo de México y sus sucesores; pero el Santuario es el corazón de la nación y, por tanto, los obispos mexicanos tienen voz en él.

Cada seis años, por ejemplo, se elige a seis obispos para formar parte del Consejo Nacional de la Basílica Santa María de Guadalupe; asumen responsabilidades de tesorería, catequesis y secretaría general con un suplente para cada área. Hacia el interior, el arzobispo de México mantenía una “Vicaría Funcional” porque su responsabilidad se abocaba a peregrinos y visitantes provenientes de todo el país y el resto del mundo.

Sin embargo, el nuevo decreto del cardenal Carlos Aguiar para la creación de la Zona Pastoral de Guadalupe (Santuario) contempla que el complejo guadalupano más veinte territorios parroquiales estarán bajo una nueva jurisdicción pastoral. El responsable es el rector de la Basílica, Salvador Martínez Ávila; desde esa posición tiene facultades de verificar la cura pastoral de los fieles, de garantizar y procurar la administración de los sacramentos (incluso de aquellos propios de los obispos como la Confirmación), y de atender la Visita Pastoral de sus decanatos, párrocos y parroquias con la consecuente revisión de los libros y finanzas.

Es un modelo que recuerda -aunque con enormes distancias por los estatutos definidos por el papa Juan Pablo II en 1998- a la Prelatura Territorial del Santuario de Loreto. La Basílica de Loreto funge como catedral arzobispal y administra cinco pequeños territorios parroquiales atendidos por cinco congregaciones religiosas diferentes. Las razones de esta prelatura son históricas y en algún momento fue administrada totalmente por Roma; pero poco a poco la Santa Sede ha favorecido la integración de la prelatura del santuario a la región episcopal italiana y a la arquidiócesis de Ancona-Osimo, donde se ubica territorialmente.

Pero eso no significa que en el corto plazo la Basílica de Guadalupe llegue a convertirse en una diócesis autónoma; para ello se necesitaría más que la autorización o sugerencia de Roma, requiere un acuerdo transversal de los obispos mexicanos y la explícita cesión del arzobispo metropolitano al título histórico de custodio de la imagen. Un proceso que se antoja sumamente difícil.

Con todo, el horizonte de la iglesia capitalina bajo la administración del arzobispo Carlos Aguiar y los nuevos obispos que designe el papa Francisco sugiere cambios de relaciones sociales, de relaciones con las instituciones civiles y culturales de la ciudad. Las nuevas diócesis capitalinas habrán de compactar sus equipos y estrechar la confianza de cada obispo con su círculo de colaboradores, de clarificar los desafíos más apremiantes y atender las dinámicas de sus territorios con autonomía e independencia. Habrá retos comunes como la formación de nuevos sacerdotes o la evangelización de una urbe masiva e interconectada; pero, principalmente, la búsqueda de una voz pública que supere las fronteras del ‘territorialismo’.

@monroyfelipe

 

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Laicismo sin superioridad y derechos humanos plenos

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La creciente tasa de incidentes violentos y criminales contra ministros de culto en el país hace imperante un debate sobre reformas profundas al régimen de Asociaciones Religiosas vigente y una reflexión sobre el cuidado de los derechos humanos de estos olvidados líderes comunitarios. Esta es la lectura que hizo la diputada federal, Graciela Zavaleta, en el marco de la presentación del documental “Tragedia y Crisol del Sacerdocio en México”, realizado por el Centro Católico Multimedial en el Palacio Legislativo.
El documental, producido por el sacerdote paulino Omar Sotelo Aguilar, presenta las voces e historias de más de medio centenar de agresiones criminales contra ministros de culto en la última década en el país; y, para la legisladora Zavaleta, es una evidencia de la necesidad de reflexión sobre el cuidado que el Estado provee a los derechos humanos de este colectivo ciudadano.
Un tema muy pocas veces abordado desde la esfera pública nacional debido a lecturas institucionales de laicismo que invisibilizan al colectivo de ministros de culto. Los delitos contra sacerdotes, líderes religiosos y agresiones a templos se han multiplicado exponencialmente (de tres o cuatro casos por sexenio pasamos a más de 25) y, según constata Sotelo Aguilar, la gran mayoría de estos casos quedan en la sombra de la impunidad o peor, en el olvido.
Los realizadores del documental, los políticos o los representantes de la Iglesia en México no olvidan que el país se encuentra en una descomposición social alarmante que provoca miles de muertes violentas prácticamente en todos los estados y a los sectores vulnerables más diversos; pero destacan que el colectivo de ministros de culto prácticamente ha sido omitido de la procuración de sus derechos humanos.
Son interesantes de reflexión las palabras de la legisladora Zavaleta: “[Se trata de] los derechos humanos de un sector social que prácticamente está en las sombras; son pocos los estudios que abonan al conocimiento del estado de vulnerabilidad de este sector social particularmente por el trabajo que desarrollan acompañando comunidades y pueblos cuando la autoridad está ausente y los grupos criminales pretender sustraerse al imperio de la ley que nos hemos dado”.
Para la diputada, los ministros de culto suelen ser “factor de estabilidad en comunidades golpeadas por la violencia” y por ello los atentados contra éstos, desestabilizan la paz: “El homicidio de cualquier ministro de culto toca fatalmente a sus comunidades… no son hechos de efectos aislados, repercuten socialmente”.
La presentación del documental en el palacio legislativo también fue la oportunidad para que, en nombre de la Iglesia católica de México, se hiciera un reconocimiento de que, en la historia de la humanidad, “no siempre fue claro para las diferentes culturas y sociedades que todo miembro de la especie humana es persona y que posee una altísima dignidad, y que ella se desprenden todos los derechos humanos”.
El obispo Alfonso Miranda Guardiola, secretario general del Episcopado Mexicano, admite que la propia Iglesia Católica “ha vivido sus propias conquistas, omisiones y negaciones en referencia a los derechos humanos”; pero que, gracias a muchos testimonios y reflexiones históricas de personajes cristianos, hoy hay un abierto compromiso por la promoción y defensa de los derechos de todas las personas: “Hay un llamado a contribuir con coraje y determinación a respetar los derechos fundamentales de cada persona, especialmente de las personas ‘invisibles’ que viven en los márgenes de la sociedad o son descartados”.
De hecho, en la actualidad operan en el país veinte Centros de Derechos Humanos y más de 2 mil 466 obras sociales patrocinados y operados por la Iglesia católica. Y se planea poner en marcha un plan de Construcción de Paz con el que la Iglesia quiere colaborar al Plan Nacional de Paz y Seguridad del gobierno federal, a través de espacios de encuentro para colaborar en la reconstrucción de la dignidad de las personas, del diálogo con la sociedad civil, del fortalecimiento de centros de derechos humanos, la asistencia a personas vulnerables, la promoción del liderazgo femenino y el fomento al desarrollo integral de las comunidades.
Es un trabajo que ya ha comenzado el arzobispo de Morelia, vicepresidente de la CEM y responsable de coordinar los trabajos desde la Iglesia para la pacificación en México, Carlos Garfias Merlos: “Implementar el Proyecto Integral para la Construcción de Paz es sumarse a los esfuerzos del Plan Nacional presentado por el presidente López Obrador… la realización es a través de tres líneas de acción: Atención y acompañamiento a víctimas de la violencia; capacitación, prevención y dignificación de la persona; y la vinculación interinstitucional para mayor impacto social”.
Pero, todos estos proyectos podrían estar aún más vulnerables si las instituciones civiles no participan bajo principios de laicidad positiva y respeto a los derechos humanos de los propios ministros de culto: “Estaríamos en una situación grave de discriminación teniendo a ciudadanos de segunda”, como señala la diputada Zavaleta.
“Se trata exclusivamente de la defensa y promoción de los derechos humanos: Hoy los ministros de culto se convierten en blanco de la violencia por ser incómodos estabilizadores de comunidades y procuradores de la paz”, explica la legisladora y urge a revisar la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público promulgada en 1992 y desfasada tras las reformas constitucionales del 2011 con la garantía de la libertad de religión y la declaratoria del Estado laico.
De este modo, el documental del Centro Católico Multimedial sobre la violencia contra ministros de culto en México aporta dos reflexiones necesarias en la inflexión histórica de la Cuarta Transformación de la vida pública del país: una laicidad moderna y positiva que garantice los derechos humanos de un colectivo social cuyo compromiso es contrubuir a la pacificación de los pueblos. “La violencia en México es una batalla enorme y fuerte; pero no es un reto indabatible. Sólo si el enemigo nos encuentra divididos, caeremos uno a uno”, sintetiza el sacerdote Sotelo Aguilar.
El arte y el periodismo pueden y quizá deban provocar reflexiones sobre nuestra realidad y contexto; en ello radica el potencial del documental sobre crímenes contra ministros de culto: ofrece lecturas sobre lo que se ha dejado de trabajar en conjunto con las Asociaciones Religiosas en materia de construcción de paz debido a extremismos antirreligiosos y también visibiliza las graves omisiones cometidas desde las instituciones sobre los crímenes contra líderes religiosos y comunitarios.

Se trata, por tanto, de reflexionar en la construcción de un Estado en el que se superen las visiones políticas o moralizantes del laicismo o de la laicidad. Se requiere un Estado que viva la laicidad sin la superioridad moral de una confesión religiosa o de un humanismo sin religión; un Estado en el que los derechos humanos fundamentales sean garantizados para todos sus ciudadanos, sus habitantes, migrantes y refugiados. La justicia y la alteridad que pueden recomponer el tejido social y el funcionamiento de las instituciones.

Por último hay que señalar un último logro de este documental. Es la primera vez que en el recinto legislativo federal convergen constructores de leyes, sociedad civil, líderes religiosos y representantes de los tres niveles de gobierno que estarían involucrados en las reformas necesarias para lograr una participación colectiva, ciudadana y plural contra las violencias.
Al evento asistieron representantes de la Secretaría de Gobernación: el director de Asociaciones Religiosas, Héctor Miranda Anzá; el director de Diseño de Construcción de Paz, Fernando Villalovs; y el director de Ministros de Culto, Jorge Basaldúa. Por parte de la Mesa Directiva de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el vicepresidente y arzobispo de Morelia, Carlos Garfias; y el secretario general, obispo Alfonso Miranda. También estuvieron presentes los representantes estatales de Morelos y Veracruz de las unidades de Asuntos Religiosos: Luis Héctor Herrera y Sergio Ulises Montes, respectivamente.

 

@monroyfelipe

La cumbre no es el final, apenas abre camino

La cumbre antipederastia convocada por el papa Francisco ha sido, sin lugar a dudas, la audacia más trascendente del pontificado de este pastor latinoamericano. Lo que es decir mucho puesto que Bergoglio llegó a la cátedra de San Pedro con una inmensa reserva de gestos, reformas y transformaciones discursivas para el seno de la Iglesia católica.

Con esta cumbre, los abusos sexuales contra menores o adultos en condición de vulnerabilidad dejaron de ser tema episódico de cierta frecuencia que escandalizaban más o menos a las sociedad para convertirse en parte de una conciencia transgeneracional de los católicos. Las historias están allí aunque por mucho tiempo fueron desoídas y también los casos aunque se hayan archivado en burocráticas actitudes; ahora hay toda una oportunidad para que, recuperando el centro del mensaje cristiano, se abrace a los heridos y despojados bajo la confianza de que Dios acompaña a la humanidad incluso cuando los cimientos de la tierra estén abrasados hasta el tuétano.

La cumbre -se sabía también- no podía quedarse en circunloquios perfectos tras los controlados muros de la diplomacia. Al igual que se comanda la prédica del Evangelio, en lo alto y en las calles, no había otra manera de mirar y atender a este mal y al efecto de sus crímenes sino bajo el escrutinio de la ‘polis’, de los ciudadanos, los medios de comunicación, las autoridades de los pueblos e, incluso, a pesar de la comprensible resistencia de quienes se busca ayudar.

A lo largo de las sesiones, la cumbre nos ha recordado que el dolor se reparte sin avaricia y nos ha mostrado lo difícil que es abajarse del empíreo de las certezas para situarse junto al error y conducirlo (conducirnos) hacia la verdad.

No pocos delegados de esta cumbre quisieron llegar a Roma con parte de la difícil tarea ya hecha en sus países para afrontar, castigar y prevenir los casos de abuso sexual contra menores o encubrimiento cometidos por sacerdotes y obispos: protocolos más o menos afinados, diálogo con las víctimas, transparencia de gestión, apertura de archivos privados, etcétera; pero la misma cumbre mostró que esto no es el final del camino. Para una institución que tiene la confianza puesta en la perenne presencia y asistencia del Espíritu Santo, este punto de los acontecimientos abre ruta en la historia misma de la salvación.

La cumbre, inaugurada por la estremecedora frase “el santo pueblo de Dios nos mira”, ha expuesto sin reservas los horrores que tanto dolor costó evidenciarlos, que tanto ahínco se puso desde las instituciones eclesiales acallar y minimizar. Ahora, el pueblo santo militante, purgante y triunfante de Dios mira esta inflexión en un largo y oscuro contexto de ocultamiento y simulación; clama porque se concrete una profunda transformación de la comunidad cristiana y, como hizo en el pasado, transforme también el mundo en el que vivimos.

@monroyfelipe

Abusos en la Iglesia, el nudo por desatar

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Dijo Orson Welles que, si deseamos tener un final feliz, eso dependerá del lugar donde detengamos la historia. Con el caso de los abusos sexuales cometidos por ministros o agentes de la Iglesia católica pasa algo semejante, el final de este terrible escándalo depende del sitio en el que pongamos la mirada.

A una semana de la cumbre mundial convocada por el papa Francisco en el Vaticano que reunirá a los presidentes de conferencias episcopales para abordar el tema de los abusos sexuales de la Iglesia católica; en México, el nudo dramático está aún lejos de haber sido resuelto.

Si bien es cierto que, en lo particular algunas diócesis mexicanas y congregaciones religiosas han realizado esfuerzos para atender, prevenir y resolver los casos de abuso sexual cometidos por miembros del clero; los mayores avances en esta materia se han dado en los últimos tres años y eso es lo que el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, lleva en su valija para compartir con sus homólogos en la cumbre.

Ya se cuenta con protocolos muy claros de actuación para obispos o superiores de congregación cuando un caso de estos les hace crisis en las manos; hay un organismo de protección al menor (el Centro de Investigación Interdisciplinar para la Protección del Menor, CEPROME); hay organismos católicos cuyo principal esfuerzo es prevenir este crimen y certificar que colegios e instituciones eclesiales sean “espacios libres de agresión y abuso”; se han logrado diálogos y encuentros con víctimas y defensores de víctimas de abuso sexual y; de lo más radical, se han puesto las condiciones para que la propia Conferencia asuma facultades de acción e intervención en aquellos obispados cuyas autoridades se vean rebasadas para dar sano seguimiento a estos actos criminales.

Es un avance, sin duda alguna, que finalmente el episcopado mexicano tenga una idea del tamaño del problema de abuso sexual en los márgenes de las instituciones católicas del país. Por primera vez, desde los primeros escándalos en México, una autoridad eclesiástica expone un escenario con datos concretos sobre el fenómeno: 152 sacerdotes suspendidos del ministerio desde 2010 por casos de pederastia.

Para las autoridades eclesiásticas, el conocimiento real del problema es una tarea indispensable; incluso el arzobispo Cabrera López deja entrever que en la próxima cumbre el papa Francisco podría solicitar a cada país un centro de información general de lo que sucede en sus diócesis.

En el pasado, sólo las organizaciones de abogados representantes de víctimas de abuso sexual presentaban estimados del número de ministros religiosos culpables de estos delitos; muchas veces mal integradas o con evidentes faltas. En 2005, por ejemplo, la Red de Sobrevivientes de Abusos cometidos por Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) afirmó que había 40 curas acusados de abuso sexual refugiados en México y en 2010, incrementó su lista a 65 ministros.

Ha sido, no obstante, la cooperación de la Nunciatura apostólica dirigida por el italiano Franco Coppola la que ayudó a la CEM a tener los datos de los 152 sacerdotes suspendidos pues, la sanción canónica exige que cada caso pase por la nunciatura para ser enviado al Vaticano, tanto a la Congregación para el Clero como en la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se definen las sanciones de suspensión definitiva del ministerio a los sacerdotes hallados culpables de los delitos de abuso sexual.

Nos encontramos ante una apertura y transparencia inéditas tanto de la Nunciatura como de la Conferencia de Obispos. El propio arzobispo Cabrera López reafirma que la Iglesia católica tiene un deber con la sociedad para exponer con claridad cómo está el panorama real de abusos cometidos por sacerdotes.

Finalmente se ha desatado un gigantesco nudo de desconocimiento u ominoso silencio en la Iglesia católica mexicana sobre este terrible flagelo y, como apuntó Welles, podría ser un final satisfactorio si nos detenemos en este punto; sin embargo, el hilo narrativo ahora se extiende hacia otros complejos escenarios: ¿Qué sugerencias emitió la Nunciatura desde 2010 -por lo menos- a los obispos que suspendieron a sacerdotes por pederastia? ¿Cómo actuaron cada diócesis o congregación religiosa con los casos de abuso sexual? ¿En qué casos los culpables fueron llevados a la justicia civil, en cuáles no y por qué? ¿En qué casos se llegó a acuerdos económicos y cómo se ha procurado ‘reparar’ el daño a las víctimas? ¿Actuarán las diócesis mexicanas como lo han hecho episcopados en otras partes del mundo abriendo sus archivos al escrutinio público? ¿Cómo evitar el descrédito de aquellas iglesias particulares cuya actuación frente a estos casos fue, cuando menos, inhábil y, cuando más, cómplice?

Si nos detenemos justo detrás de los actos criminales poco podemos hacer para prevenir otras circunstancias futuras. Pero también se cae en el error cuando se detiene el relato en el momento en que la institución concreta protocolos anti-abusos, revela cifras y datos de agresiones, transparenta sus casos, reprende a sus victimarios o satisface las búsquedas de justicia solicitadas por las víctimas. Parece que todo se ha dicho y cumplido, pero corremos el riesgo de dejar todo en una compleja anécdota.

Lo mismo sucede en la sociedad. Quizá este largo y doloroso proceso para la Iglesia católica satisfaga en cierta medida la conciencia de la sociedad respecto a la cultura de abusos sexuales (la gran mayoría cometidos en el seno del hogar); pero si algo puede enseñar esta historia es que estos crímenes pueden decantar en más dolor o pueden construir en iluminación y crecimiento. Lo más importante no es quedarse en la atención de las crisis (que pueden ser más o menos cíclicas) sino en crear fuentes de formación y aprendizaje continuo, el establecimiento de medidas de prevención y de permanente evaluación y supervisión de los espacios de convivencia. Sí, de todos los espacios de convivencia social.

@monroyfelipe

Abuso en la Iglesia: Lo que Pensilvania reveló

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La publicación del extenso informe sobre los más de mil casos de abuso sexual contra menores acontecidos en seis diócesis de la Provincia Eclesiástica de Filadelfia no deja lugar a la indiferencia. La terrible indignación, vergüenza y dolor que deja en la Iglesia católica ese conjunto de detallados reportes que evidencian los abusos cometidos por más de 300 ministros y miembros de las comunidades arañan apenas la superficie de una profunda y desgarradora realidad social cuya problemática no ha logrado atenderse del todo.

El informe de mil 356 páginas intitulado 40th Statewide Investigating Grand Jury Report 1 es un gran compendio de informaciones obtenidas de investigaciones sobre casos de abuso sexual contra menores realizadas en seis diócesis del estado de Pensilvania desde los años 40: Allentown, Eire, Greensburg, Harrisburg, Pittsburg y Scranton. En la parte introductoria (de las seis partes en que está constituido el profuso informe) se asegura que “se recabaron decenas de testimonios, los cuales fueron contrastados con millones de páginas de documentos diocesanos; ellos contenían alegaciones creíbles contra trescientos sacerdotes abusadores. Más de mil menores víctimas fueron identificados tan sólo de los propios registros de las iglesias”.

En el proceso de recopilación de información, el Gran Jurado advirtió una especie de “procedimiento” o “manual” con el que las diócesis intentaron resolver las acusaciones contra sus ministros: Primero, usar eufemismos. Nunca decir ‘violar’ sino ‘contacto inapropiado’. Segundo, no realizar pesquisas genuinas sino enviar a otros clérigos cercanos. Tercero, enviar a sacerdotes a ‘evaluaciones’ en centros psiquiátricos administrados por la propia Iglesia. Cuarto, no informar a la grey de las verdaderas razones del cambio del sacerdote. Quinto, aun cuando un sacerdote haya violado a un menor seguir proveyéndolo de alojamiento y medios de vida, recursos que en muchos casos le facilitaron cometer otros crímenes. Sexto, cuando el comportamiento de un ministro se hace del conocimiento de la grey (y se genera el escándalo), transferirlo a una nueva localidad. Y séptimo, no pedir la intervención policial.

jury.jpgEl informe del Gran Jurado es un terrible pero necesario registro del tipo de documentación que suele transitar por las viejas venas de instituciones sumamente grandes, burocratizadas y embozadas de códigos jerárquicos, de control y de poder. Entre las páginas del profuso reporte se encuentran desde el inmenso pantano del historial de los casos (en el que muchos medios de comunicación han deseado regodearse), hasta los “códigos de comportamiento pastoral” que algún obispo instruyó entre su clero, hasta reproducciones de cartas confidenciales en las que queda evidencia de la impericia o el dolo (cada caso es diferente) con el que superiores y obispos atendieron estos crímenes.

Frente a este incontrovertible reporte, las diócesis aludidas (al igual que la Iglesia norteamericana y la Iglesia Universal en voz del propio Papa Francisco) han intentado dar acciones concretas no sólo de vergüenza y arrepentimiento moral sino de cambios radicales de organización y liderazgo para ayudar de veras a las víctimas y para establecer protocolos que eviten estos crímenes en sus organizaciones e instituciones diocesanas. Las diócesis del reporte ya han levantado oficinas y servicios especializados (incluso bilingües) para ayudar a víctimas de abuso sexual; también han autorizado nuevos modelos de cooperación con las autoridades locales. Por supuesto, los obispos, los ministros y la grey católica no esperan recuperar la confianza de la sociedad de inmediato, pero en general -y a pesar de lo que algunos han señalado- confían en que las medidas de “tolerancia cero”, implementadas desde el pontificado de Benedicto XVI son las correctas.

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Los datos obtenidos por el Gran Jurado de Pensilvania revelan que en esas diócesis hubo casos de abuso sexual contra menores aún después de la “tolerancia cero” e incluso ya en el pontificado de Francisco; pero hay un dato esclarecedor también proveniente del informe: En la diócesis de Pittsburgh, los incidentes reportados por década desde los años 40, indican que entre 1960 y 1989 existió un crecimiento exponencial de reportes de abusos (entre 60 y 80 casos por década) pero disminuyen radicalmente a partir de los 90 (15 casos) y a menos de cinco y seis en las primeras décadas del siglo XXI.

Lo acontecido en la Iglesia católica de Pensilvania no es exclusivo de los Estados Unidos, hay muchas latitudes y países que deben reflejarse en ese espejo del informe del Gran Jurado. Hay que reconocer también los esfuerzos a largo plazo que algunas instituciones intentan desarrollar hoy para que solidifiquen y prosperen mañana: Ahí está el programa de la Facultad de Psicología de la Universidad Anáhuac, el Centro Especializado en el Tratamiento Preventivo y Restaurativo de casos de Abuso y certificación de comunidades seguras (REPARARE). Todas las grandes instituciones cuya masividad, burocracia y códigos jerárquicos de control y de poder suelen acallar las voces de las víctimas y eluden el acto definitivo de la justicia; pero si algún cambio puede propiciar el caso de Pensilvania, sería la rotunda convicción de que aquello no puede ser nunca tolerado.

@monroyfelipe

La Iglesia católica, activo de equilibrio social

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 Card. Nzapalaing de RCA entrega pan a musulmanes refugiados /Getty Images

Al finalizar el 2017, dos singulares informes dieron cuenta de parte de la acción social que la Iglesia católica realiza alrededor del mundo. El primero, proveniente de Estados Unidos, reveló que la fundación Catholic Extension patrocinó con 12 millones de dólares el servicio de asistencia a migrantes en la frontera con México; el segundo, el reporte económico de la empresa católica BOSCO, que se confirmó como una de las más grandes proveedoras de internet en Uganda, originalmente fundada para ofrecer una plataforma de contacto e información para confrontar al terrorismo y remediar la brecha social en regiones marginales del norte del país.

No son los únicos reportes del año; en realidad, las fundaciones sociales católicas alrededor del mundo se cuentan por centenas de millares y el análisis financiero del impacto que dichas asociaciones de caridad tienen en sus realidades concretas ya ha sido materia de trabajo de sociedades de inversión como Wilminton Trust, la cual publicó en 2016 un documento de trabajo sobre “El avance de las fundaciones basadas en organizaciones religiosas en los Estados Unidos” y en el que analiza la importancia de estas estructuras de apoyo filantrópico organizadas y administradas por la Iglesia católica.

Aunque el documento explica que el financiamiento a organizaciones de caridad de la Iglesia católica en Estados Unidos disminuyó tras los casos de abuso sexual revelados por los medios de comunicación en la primera década del siglo, los analistas ven una mayor confianza en los donantes católicos norteamericanos con el papa Francisco al frente de la Iglesia universal: “De acuerdo con la encuesta realizada por FADICA (Fundaciones y Donantes Interesados en Actividades Católicas) el 24% de los católicos norteamericanos han incrementado sus donativos en el último año [2014]. El estudio también menciona que el 77% de los encuestados aseguran que es el propio papa Francisco quien los ‘inspira’ para donar, incluidos los 42% de quienes afirman que el Papa tiene un impacto positivo en su acción caritativa”.

Sin embargo, más allá del análisis financiero, las obras de caridad que realizan las instituciones católicas alrededor del orbe tienen potencial de mejorar la calidad de vida de no pocas comunidades; incluso, de poder salvarlas. Esa fue la intención original de BOSCO-Uganda, el servicio de internet que la iglesia católica instaló en varios poblados del norte de Uganda durante el régimen terrorista de Lord’s Resistance Army que llegó a asesinar a más de cien mil ciudadanos y desplazar a dos millones de ugandeses. El servicio de internet logró conectar a ciudadanos para defenderse de asaltos armados, minas antipersonales y las amenazas de los soldados radicalizados; Tony Okwonga, el director general y jefe de operaciones de BOSCO explicó a National Catholic Reporter, que el servicio comenzó como un equilibrio de acceso social (el servicio ordinario de internet cuesta 72 dólares al mes cuando el 35% de los ugandeses tiene un ingreso de 2 dólares al día) pero que ha escalado a un nivel de competitividad regional a pesar de no contar con los derechos para comercializar espacios digitales.

Lo mismo sucede con Catholic Extension. El cardenal Blaise Cupich, de Chicago, reveló a Catholic News Agency que los fieles de la parroquia del Sagrado Corazón en McAllen, Texas, lograron ayudar a 74 mil mujeres y menores migrantes en los Estados Unidos a través de esta fundación durante la crisis de menores migrantes del 2014 y que, a través de la fundación se destinarán 10 millones de dólares para construir un nuevo centro de atención humanitaria en la diócesis.

Los servicios humanitarios de la Iglesia católica permanecen a pesar de los regímenes políticos y las debilidades estructurales locales. The Catholic Herald publicó recientemente un análisis de David Paton, profesor titular de la Universidad de Negocios de Nottingham y profesor visitante de la Universidad de Santa María en Twickerham, en el que afirma que la Iglesia católica opera en el mundo más de 140 mil escuelas, 10 mil orfanatos, 5 mil hospitales y más de 16 mil clínicas. Tan sólo la organización Cáritas (que agrupa a instituciones de caridad diocesana) estima que sus gastos en promoción humanitaria ronda los 2.8 y 3.8 billones de dólares; eso, sin contar las obras de caridad a pequeña escala que realizan las más de 200 mil parroquias alrededor del mundo.

¿De veras escuchar a los jóvenes?

joven misa FranciscoAl principio, la sociedad descubrió a la generación millennial como quien contempla un portento o una proeza sobrehumana; pero, con el tiempo, no faltaron los críticos que siempre ven el vaso medio vacío y se preguntaron de qué sirven ciertas hazañas extraordinarias en el mundo real. Entonces se hizo viral aquel video de un sujeto afirmando que la generación del milenio está compuesta básicamente por jóvenes impacientes, muy mimados, algo ingenuos y demasiado confiados de sí mismos pero incapaces de hacerse cargo de alguien más.

Sin embargo, sucedió el temblor y la generación millennial hizo su parte superando cualquier expectativa del resto de la sociedad. Aprovecharon sus habilidades y el acceso que tienen a la tecnología para hacer algo más que tomarse selfies con filtros e hicieron trabajar su creatividad y sus músculos en la calle y no en los espacios de control que se han erigido para embellecer lo que de por sí ya es bello.

La generación del milenio demostró que es capaz de tender la mano por su prójimo en el mundo real y no sólo con los pulgares arriba de los likes. Por supuesto, la ilusión por el éxito inmediato o la gratificación instantánea que contamina la percepción de toda la sociedad también adormeció pronto la conciencia de los millennials: rápidamente se creyó que basta un día extraordinario, quizá dos o tres, para que todo el país cambie, para transformar toda la realidad, para superar los fantasmas que pueblan la profunda idiosincrasia mexicana. Con un par de días todos fuimos nuevos y el ‘volver a la normalidad’ significaba casi un regreso a las cavernas.

Pero ‘la normalidad’ es la realidad, con sus pros y sus contras, con los desafíos cotidianos y las búsquedas sociales que llevan años –si no décadas- poder concretar. Así que, sin que parezca un sinsentido: muchos de los triunfos culturales que busca la juventud, si se empeña buenamente en conseguirlos, quizá podrán alcanzarse cuando sus promotores ya no sean jóvenes. Y, de igual manera: los cambios que hoy transforman la sociedad son fruto de grandes empeños que las generaciones previas vienen realizando desde hace décadas.

Por eso es tan importante escuchar la voz de los jóvenes, nos explica su sentir en un mundo construido y nos abre una mirilla en el tiempo hacia un futuro que podría construirse.

En estos días, la Iglesia católica ha iniciado un año jubilar de la juventud; su interés es escuchar a los jóvenes y atisbar un poco el porvenir de esta institución en las décadas que vienen. Para ello, el papa Francisco convocó para la XV Asamblea Ordinaria de obispos a un “Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Desde su mirada, la Iglesia advierte que la juventud del mundo está más cómoda en sociedades multiculturales y multirreligiosas, de alto pragmatismo tecnológico y en espacios que se adaptan rápidamente a culturas mixtas; pero también mira con preocupación que la falta de adaptación de grandes grupos de jóvenes a estos cambios deriva rápidamente en actitudes de integrismo o fundamentalismo, sea de corte nacionalista, ideológico o religioso.

Habrá que esperar los resultados del cuestionario global que la Iglesia católica está realizando entre los jóvenes creyentes y no creyentes; y contrastarlo con el otro cuestionario que está haciendo a los jóvenes que participan ya en alguna actividad de la Iglesia. Será altamente interesante porque los lenguajes empleados en cada uno de los cuestionarios son muy diferentes. Mientras al amplio público le preguntan: “¿Qué cosa has visto o te han platicado sobre cómo algún miembro o institución de la iglesia ha ayudado a la vida plena de un joven?”; a los jóvenes de la Iglesia católica les preguntan sobre “contribuciones a la formación en el discernimiento vocacional”, “aplicación en práctica pastoral ordinaria” o “interpretación de la paternidad espiritual”.

Escuchar a los jóvenes es un imprescindible social, más en países como México donde la población de entre 15 y 29 años aún supera el 25% del total (en países europeos este grupo social rasguña un promedio del 15%) y que representan casi el 50% del total de emigrantes que buscan fuera de México nuevos espacios y culturas para vivir.

Si hoy 2 de cada 10 jóvenes mexicanos no estudian ni trabajan quizá es porque la oportunidad de empleo para los jóvenes no ha hecho sino decrecer en las dos últimas décadas (la razón de empleo respecto a la población para jóvenes entre 15 y 29 años ha caído sostenidamente del 52% al 44%) y si, como  han venido declarando los obispos de México, los jóvenes representan un porcentaje mínimo de las asambleas dominicales de las parroquias quizá esté sucediendo algo que, para variar, sería bueno que esos mismos jóvenes pudieran explicarlo.

@monroyfelipe

Bergoglio, la reinvención de Francisco

Este 13 de marzo del 2017, el argentino Jorge Mario Bergoglio cumple cuatro años de presidir la cátedra de san Pedro. Un pontificado intenso si se pone en la balanza la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre él, de sus discursos y su participación en el ámbito político-diplomático. Francisco ha firmado dos encíclicas y dos exhortaciones apostólicas, quince motu proprio que se traducen en nuevos estatutos para varias oficinas vaticanas y, según el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, coordinador del Consejo de Cardenales, ya se han logrado dieciocho reformas a la Curia romana que establecerán la base de la nueva constitución del gobierno de la Iglesia católica.En este periodo, sin embargo, no le han faltado opositores ni detractores y, si continúa la tendencia de abiertos cuestionamientos a su estilo y decisiones, es claro que en su quinto año de pontificado empeorarán las tensiones antagonistas. Este fenómeno ya lo anticipaba Benedicto XVI con tanta claridad que comprendió debía cimbrar el pontificado no sin antes dejar el testimonio del milenio cristiano en código de las virtudes teologales centrales: fe, esperanza y caridad.

Ahora, el pontificado de Francisco es el primero del siglo XXI que ya no debate en las fronteras culturales ideológicas tradicionales, pues los desafíos contemporáneos ya no pueden enfrentarse a través de contingentes abanderados o uniformados; hoy, la dignidad y la salvación de la persona (objetivos centrales de la cristiandad) ya no dependen de gremios ni de etiquetas sino de la universalidad que reside en el corazón etimológico del catolicismo.

En ese contexto, la Iglesia católica puso en el timón de su barca a un hombre que ya no habita corrientes ideológicas que aseguran llegar al destino más rápido, pero tampoco se refugia en la seguridad de las islas administrativas para garantizar unidad en torno suyo. Pero hay que ser claros: Francisco no reinventa al papado; en todo caso, Francisco reinventa a Bergoglio. Porque la ‘reforma de las actitudes’ propuesta por el Papa va de las instituciones hacia la persona, inclina la filosofía sobre la realidad y vive en diluidas fronteras culturales arriesgando los fueros que alguna vez se creyeron imperturbables. Explico:
Inclinar la filosofía sobre la realidad

No puedo iniciar esta exploración de los cuatro años de pontificado de Francisco sin recuperar la dimensión filosófica sobre la cual Bergoglio soporta su caminar pontifical. Las expone con claridad en su revolucionaria exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “Quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero: El tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea; y el todo es superior a la parte”.

Con estos principios, Francisco propone que los miembros de la Iglesia católica deben abandonar la idea de ‘un catolicismo’ entendido como una porción ganada de los territorios del orbe y recobrar la mirada trascendente más allá de nuestras obsesiones. En la audaz revolución bergogliana el ‘ismo’ deja de ser un concepto inasible entre las páginas de un magisterio bimilenario o una fracción de la identidad confrontándose a su destino; por el contario, el ser cristiano, la identidad católica y la realidad superior de la salvación se debaten en el horizonte de la divinidad que yace en el seno del ser humano, allí donde realmente pertenecen, en el riesgo que implica creer con la mirada puesta en el horizonte de la promesa.

Para Francisco, la perspectiva filosófica es fundamental para entender el papel de los cristianos en el hoy y ahora, pues el cambio de época es absoluto: “El cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos en distintos campos de la naturaleza y de la vida”. Es por ello que sus aportaciones al magisterio cotidiano intentan adjuntar, en estos saltos, el mensaje atemporal cristiano pero sin jactancia de su triunfo sino en la esperanza de creer en el camino: “¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?”, como Francisco interroga en la introducción de su encíclica Lumen fidei.
Vivir fronteras disueltas arriesgando el status

Francisco no sólo ha manifestado constantemente su preocupación por las últimas fronteras de las periferias materiales y existenciales del ser humano, las habita con una simplicidad que incomoda a no pocas personas. En el mundo de la cultura líquida, Francisco vive en fronteras disueltas. Fronteras entre el ‘catolicismo’ y el resto de los credos, entre la pobreza y el privilegio, entre el valor y el baluarte. No por nada se le identifica con un pontífice implicado en el fenómeno migratorio, en la radicalidad de habitar la creación como la casa común, en su evidente participación diplomática en la geopolítica y en su insistencia en el ‘encuentro’, en el ‘contacto’, en el accidente y la salida. Francisco convence a Bergoglio a renunciar al fortín y al palacio, a la comprensión dramática de la sublime trascendencia atada a la miseria atemporal. 

Por ello creo que, como navegante de la barca petrina, Francisco no opta ni por corrientes ni por islas. Prefiere, por el contrario, habitar el piélago inmenso de contradicciones donde ya naufragan el creyente y su idea de Dios, el poder y la política, la familia y su naturaleza, los derechos y las injusticias. Es un riesgo que asume Bergoglio por las complejas ambigüedades de la cultura contemporánea.

En esta convicción, Francisco arriesga los fueros recobrando la simpleza de la falibilidad de Bergoglio. La historia de aquella tarde-noche romana cuando se elevó la columna de humo blanco desde la chimenea de la Capilla Sixtina dice que Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, eligió el nombre de Francisco por pensar en los pobres a quienes ha puesto en el centro de sus documentos y ministerios; sin embargo, en el turbio océano del siglo XXI, la posibilidad es que ha sido Francisco y sus pobres quienes eligieron a Bergoglio y ahora lo reinventan porque Jesús siempre interpela. Porque en el ocaso de los castillos institucionales, abundan los desterrados, los parias. 

Don Marcelo Sánchez Sorondo, titular de la Academia Pontificia de la Ciencia, sintetiza esto con un comentario sobre el pensamiento de Bergoglio: “El Papa Francisco plantea que la solución no pasa tanto por discurrir sobre la esencia del cristianismo, porque es relativamente fácil entender el umbral del misterio, sino sobre todo por practicar el ejercicio concreto de la fe y de la caridad, que es más difícil. En esto es existencial como Kierkegaard, quien decía que el cristianismo no tiene esencia sino una práctica a realizar en la ‘existencia’: la de hacernos contemporáneos con Cristo por la participación activa de su gracia y de la caridad de su Espíritu”.

Hacernos contemporáneos es reinventarnos, ir de la certeza de la institución a la fragilidad de la persona. Bergoglio vive esto cada día siendo Francisco. Algo que puede ser sumamente ejemplar para los cristianos. @monroyfelipe

7 mil jóvenes mexicanos en Polonia, ¿qué llevan, qué encontrarán?

13698209_811947085572809_3259879454799805308_oA partir de este 26 de julio y hasta fin de mes la ciudad de Cracovia, Polonia, recibirá el encuentro juvenil bienal que la Iglesia católica propone para refrescar y dejarse rejuvenecer por las nuevas generaciones que abren paso en el siglo. Las Jornadas Mundiales de la Juventud han sido, en cada sede donde se realizan, una oportunidad de mostrar el rostro joven de la Iglesia y renovar un deseo del papa Juan Pablo II: que los jóvenes cristianos se redescubran en la alegría, la sorpresa y la audacia de construir mundo haciendo a un lado el desánimo, el inmovilismo y el miedo provocados por los muchos flagelos de la sociedad contemporánea.

Aunque en esta edición se han registrado más de medio millón de jóvenes peregrinos a la JMJ de Cracovia, resulta interesante que al menos 7,000 de ellos serán mexicanos. Son muchas las delegaciones de sacerdotes y jóvenes que comenzaron su peregrinar veraniego hace algunas semanas. Han partido en grupos compactos desde sus localidades y en Polonia se reencontrarán con sus connacionales. Algunos lo hacen ya a través de grupos en redes sociales, utilizan las etiquetas #JovenesDeMéxico y #YoVoyaCracovia para compartir imágenes de su periplo y de los encuentros que van teniendo en el camino. En la próxima semana, los jóvenes acudirán a los centros de acogida, las catequesis generales en parroquias, las peregrinaciones a santuarios y a las actividades festivas y celebrativas de la JMJ presididas por el Papa.

Estos jóvenes peregrinos a la JMJ de Cracovia ya no son la famosa generación Juan Pablo II, pero irán “a donde todo comenzó” para el pontífice que dio perfil a la segunda mitad del siglo XX. A su país, a su casa, a su sede arzobispal donde aprendió a ser pastor y a confiar en que su ser cristiano puede transformar el mundo. Eso es lo que encontrarán los jóvenes en Cracovia, la tierra que Juan Pablo II fue animando como sacerdote, obispo y como pontífice en las siete visitas apostólicas, el sitio que se erige como un nuevo centro de peregrinación hasta donde ya han acudido el papa Benedicto XVI en mayo del 2005 y ahora Francisco este mes.

Los jóvenes encontrarán en Cracovia uno de los pilares que la Iglesia católica conserva en el Viejo Continente. Una resistencia de tradición y eclesialidad en la frontera del este europeo, un dique de cristiandad, historia y organización social que impugna el camino hacia la secularización y el radicalismo frente a la multiculturalidad acelerada por las migraciones y los refugiados. En palabras simples, para el catolicismo occidental, Polonia significa la posibilidad de mirar en la devoción mariana, el martirio por persecución y en el sacrificado ministerio (Polonia tiene una larga lista de obispos y sacerdotes santos) un reducto cristiano que los jóvenes católicos de hoy están obligados a conocer y a preservar.

México aún registra un alto porcentaje de jóvenes (27.3% del total de la población) los cuales proporcionan un dinamismo y una riqueza importante a la sociedad, pero también sus necesidades de educación, trabajo y esparcimiento son todo un desafío. Muchos de los jóvenes que hoy se encuentran en Polonia para vivir la experiencia de la JMJ tienen que lidiar en su ciudad o estado de origen con la búsqueda de oportunidades. El sistema educativo patrocinado por el Estado ha corroborado una y otra vez la imposibilidad institucional de dar educación superior y media superior a toda la demanda actual de jóvenes; mientras que las modalidades de educación particular privada requieren de grandes inversiones para proveer opciones educativas a una mayor matrícula juvenil. La situación en el sector laboral para jóvenes no es más halagüeña: la precarización de las condiciones de trabajo, las cada vez menores responsabilidades patronales y la pulverización del sentido colectivo del trabajo mantiene en una efímera ilusión adquisitiva a aquellos que tienen trabajo y en una apática búsqueda de trabajos sin horizontes de estabilidad. Para la revista Forbes, el verdadero problema en el fenómeno de jóvenes que no estudian ni trabajan (llamados ninis) es que desistan definitivamente de buscar trabajo o de volver a las aulas.

Muchos de los jóvenes mexicanos optan por emprender sus propios proyectos alentados por los muchos testimonios de éxito e independencia; sin embargo, la gran mayoría de observatorios de negocios apuntan que apenas 8 de cada 100 proyectos logran mantenerse apenas tres años y, si a ese panorama se agregan variables como el crimen organizado, la violencia, la volatilidad en el mercado cambiario y la corrupción, los emprendedores tienen un panorama muy difícil. El camino fácil, sin embargo, se abre hacia la corrupción, el abuso y la criminalidad como procuradores de supervivencia.

A diferencia de la JMJ de 1991 que presidió Juan Pablo II también en Polonia (en Czestochowa concretamente), hoy la juventud ya no padece la división de bloques ideológicos y militares, ya han caído los altos muros de acero y concreto que partían al mundo en dos (aunque aún existan liderazgos que no lo comprenden). Logros en parte animados por el grito de libertad y el llamado a no tener miedo que Wojtyla insistió durante su pontificado. Hoy, la JMJ de Cracovia quiere desmontar nuevos muros alimentados de temor y de egoísmo, de consumismo y relativismo, de indiferencia y de insatisfacción (la tercera causa de muerte en menores mexicanos es suicidio). Y frente a los nuevos retos que enfrenta hoy la sociedad, la propuesta de Francisco es misericordia: “una mirada que es capaz de cambiar la vida de ustedes y de sanar sus almas, una mirada que sacia la profunda sed que demora en sus corazones jóvenes: sed de amor, de paz, de alegría y de auténtica felicidad”. Esperemos que eso sea suficiente para ese medio millón de jóvenes que volverán a sus países a intentar ponerla en práctica y para esos siete mil mexicanos que puedan compartir con sus connacionales que el futuro es mucho más que una salvaje supervivencia. @monroyfelipe

Solo con madurez, el espacio religioso puede promover la libertad

IMG_3553“Cuando comencé en esto, la religión aparecía muy de vez en cuando en los periódicos y siempre estaba ligada a la sección de sociales: se casaron fulanito y menganita, bautizaron al hijo de tal matrimonio, etcétera. Los ministros solo éramos ese sujeto sonriente en la fotografía, siempre con la casulla encima”. El comentario es de un veterano religioso mientras sigue las noticias.

El detonante de la charla es lo que publicamos el 16 de diciembre sobre el inicio de una nueva voluntad entre los líderes de Estados Unidos y Cuba para reanudar relaciones diplomáticas entre estas naciones profundamente distanciadas. En realidad, lo que llamó la atención al religioso es la preeminencia de la figura del papa Francisco en la concreción de acuerdos y en la búsqueda de los primeros pasos de una nueva etapa para ambos países. En ese momento recodamos las palabras del pontífice ante el parlamento europeo durante su visita a Estrasburgo y la repercusión política que causó su posicionamiento desde el Evangelio frente a las dinámicas contemporáneas de la política, el mercado y la globalización. Sucedió igual con su intervención entre los liderazgos de Palestina e Israel para buscar la paz, con su cercanía con personajes como José Mujica para denunciar el modelo de descarte humano, etcétera.

Pero no es solo el Papa. Obispos de todo el mundo, clérigos, miembros de la vida religiosa y movimientos laicales de inspiración cristiana llenan algunas páginas de los principales medios de comunicación desde su protagonismo en su contexto: Atención a migrantes, auxilio de frontera a enfermos, negociación para la construcción de paz o manifestaciones que buscan concretar en las políticas públicas los valores inalienables de la vida, el derecho humano, la libertad, la ética y la moral, hay un discurso religioso partícipe en ello. Algo de lo más reciente fue la Jornada “La Iglesia frente a la corrupción, la injusticia y la violencia” organizada por estudiantes e la Universidad Pontificia de México y que convocó a liderazgos poco cómodos para el Estado y la Iglesia misma. En el encuentro, académicos de mi propia casa de estudios, la UNAM, reconocían con vergüenza que una iniciativa así  –libre y plural- hubiera sido disuadida en nuestra universidad que se jacta de autonomía, pluralidad y vanguardia social. Sin embargo, paradójicamente, la libertad de asociación y manifestación fue posible en la universidad de los obispos de México, un centro educativo vinculado al Papa y a la Iglesia universal.

Por estos ejemplos, el hablar de la esfera religiosa y su servicio en las diferentes dimensiones sociales ha saltado de las páginas anecdóticas al horizonte político, cultural y económico de las sociedades.

Sin embargo, la inserción en la dinámica pública y política por parte de los miembros de las asociaciones religiosas requiere madurez para no confundir ni crear falsas expectativas de lo que significa ser una voz más en el concierto de opiniones con legítimo derecho de expresión y participación.

Adrien Candiard, fraile dominico, explica en el dossier de Religión y Razón de La Maleta de Portbou, que el fenómeno de integración de las religiones a la arena pública y mediática exige un cambio de principio de autoridad: “Expresar las diferencias desde la perspectiva religiosa no divide a la humanidad en muchas, sino que se trata de una humanidad común que comparte el uso de la misma razón. Cualquier opinión, incluso si es religiosa, es discutible desde la razón y negarla es respetar  una opinión pero no significa respetar a la persona que la sostiene. Si nos limitamos a manifestar nuestra creencia, invocamos una posición de superioridad basada en la experiencia, pero discutir con el otro es estar a su mismo nivel, solo así puedo demostrar que lo que piensa es falso y ese es un modo de tomar seriamente lo que el otro piensa. Intentar demostrar honestamente que el otro está equivocado significa también correr el riesgo de que se nos demuestre lo contrario. Exponer nuestras razones es correr el riesgo de mostrar en público la propia debilidad”.

En pocas palabras, el nuevo protagonismo de la Iglesia exige madurez, solo allí puede aportar para transformar y transformarse positivamente.