Iglesia en México

Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

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Szymanski

szymanski_2En persona parecía muy alto y de muy fácil sonrisa; tras saludarlo en el soleado jardín de su casa en San Luis Potosí no tardé mucho en darme cuenta de que Szymanski mantenía permanentemente una mirada vivaz y una interesante conversación de los acontecimientos actuales. Tenía 92 años entonces y, aunque fui a entrevistarlo para que hablara del pasado (en ese entonces era uno de los cuatro obispos sobrevivientes del histórico Concilio Vaticano II de 1962), a don Arturo le fascinaba el futuro porque hacia allá planteaba todas sus ideas, sus inquietudes y sus anhelos.

La primera vez que supe del ya legendario obispo emérito de San Luis Potosí, Arturo Antonio Szymanski Ramírez, fue en 2008 cuando la muerte de otro ilustre católico tampiqueño nos hizo coincidir. Tras las exequias del cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de México, su amigo y coterráneo escribió una homilía donde destacaba algo que llamó “la segunda conversión” que no es otra cosa sino la amorosa renuncia del ser al Creador y a sus designios. Szymanski intentaba decir que, tras el vigor juvenil para abandonar lo material para seguir con bríos el camino de Jesús, en el ocaso de la vida sólo quedaba cargar la Cruz sin quejarse y enfrentar el final confiados en que Dios sabrá cuánto se intentó hacer el bien en su nombre.

Pero el que crea que el nonagenario Szymanski había perdido los bríos, está muy equivocado. Aquella tarde en su hogar me presumió que a sus 92 años aún podía hacer lagartijas y sentadillas (y realizó dos de estas últimas para demostrarlo); que comía y bebía con disciplina, pero con el apetito y la frugalidad de un jovial obrero; que seguía con interés varias publicaciones y noticiarios para debatir con actualidad los temas más urgentes de reflexión; y que prefería recorrer el país en carretera en lugar de acortar la distancia en un avión. Sin ir lejos, apenas hace año y medio realizó un viaje trasatlántico para encontrase con el papa Francisco y dialogar con él sobre lo que sus 56 años de experiencia episcopal le habían dejado en el caminar de la Iglesia católica antes y después del Concilio Vaticano II.

En sus últimos años, Szymanski profundizó mucho en la “teología del encuentro” y planteaba que si las personas no comparten el mismo temperamento necesitan dialogar, construir, participar y compartir más; consideraba que el cristianismo “siempre es revolución en un mundo revuelto” y promovió el uso de la palabra, la razón, la prensa y el diálogo como pilares de un mundo donde sea posible respetarnos como personas, para promover la libertad y la alegría de la existencia humana.

Don Arturo Szymanski murió la mañana de este 29 de mayo del 2018 a los 96 años de edad, falleció aquel obispo que a sus cuarenta años manejaba por las carreteras europeas explorando el mundo que se avecinaba tras esa ventana que la Iglesia católica estaba abriendo pensando en futuro y en aires nuevos; fue un obispo de inagotables anécdotas (conoció en los años 60 al joven Karol Wojtila -futuro san Juan Pablo II- cuando el legendario cardenal, Stefan Wyszynski, invitó a todos los obispos del mundo de apellido polaco a una pequeña recepción en Roma) y fue un hombre de mucha fortaleza incluso frente al dolor que provoca la verdad (un sacerdote de mucha confianza para él fue hallado culpable de abuso sexual a menores).

En uno de nuestros últimos encuentros, el obispo insistía en que en México faltaba humanismo y sobraban los tecnócratas: “Tenemos que renovarnos interiormente, renovar nuestro corazón. Creo que el tema básico es la caridad, querernos, tratarnos bien. Si usted es de un modo, por qué no voy a quererlo, por qué voy a estarme peleando. Hay tres cosas que he tenido muy claro que se debe ser: Una persona que se entrega a algo, como usted al periodismo, debe ser primero un profesional, después un servidor y, lo tercero, un santo. Para mí, ese es el camino que Dios nos pone. Puede ser que haya unos muy listos como profesionales y hasta serviciales, pero de santidad tienen cero. Creo que nos hace falta tener una poquita de fe”.

Descanse en paz, don Arturo.

@monroyfelipe

Años de retraso

nuncioDespués de un año de estancia en México, con cientos de reuniones con círculos sociales, fieles, obispos y con diversas autoridades mexicanas que se afirman católicos, tenemos que dar cierto crédito -y también tomar cierta distancia- a lo que el representante del papa Francisco, Franco Coppola, está diciendo sobre el país y sobre la Iglesia que aún suma una tremenda mayoría de la población: vivimos en un retraso notable.

Coppola ya lo había expresado en el 2016 cuando dijo a obispos que no alcanzaba a ver proyectos concretos de transmisión de la fe católica a los jóvenes; pero la respuesta de las estructuras eclesiales mexicanas se hizo práctica cuando se concretó la creación de la nueva dimensión de Jóvenes y Adolescentes del Episcopado Mexicano, también con los esfuerzos para estructurar las actividades juveniles católicas que existen en cada rincón del país y para participar colectivamente en los trabajos para el próximo Sínodo de la Juventud y, de hecho, desde octubre pasado y hasta octubre del 2018, la Iglesia mexicana vive el “Año de la Juventud”.

Pero durante su visita a Coahuila para participar de la ceremonia de ordenación episcopal y toma de posesión del nuevo obispo de Torreón, Luis Martín Barraza, el nuncio Coppola fue más directo: “Hay que reconocer que la manera de la Iglesia de transmitir la fe, de ayudar a su pueblo a crecer en la fe, es la misma desde hace 50 años… Ese es el problema, el Evangelio siempre es el mismo, pero la manera de pasarlo a las nuevas generaciones no ha cambiado”.

Los medios de comunicación interpretaron correctamente al salentino: “La Iglesia mexicana tiene medio siglo de retraso”. No es una crítica indolora, significa que en todos los espacios en los que el Nuncio ha participado no ha encontrado alguna acción que parezca actuar más allá de la inmediata coyuntura.  Sobre ello, Coppola ha criticado que algunos católicos busquen cambiar leyes para resolver el hoy pero que en seis meses se derogan sin que a nadie parezca importarle; también ha señalado que esa ‘masividad católica’ que presume ser el segundo país con más católicos en el mundo no significa nada frente a la cultura de la muerte y la corrupción que permea en toda la nación; ha dicho, en cada oportunidad, lo absurdo de una sociedad de innumerables tradiciones y sustratos cristianos que convive con incontables asesinatos, secuestros y crímenes impunes.

Personalmente, creo que Coppola hace una crítica más allá de la estructura eclesial, apunta a la cultura mexicana, al país en sí mismo: el retraso es sistemático, ideológico y religioso. Si del 84% de mexicanos (inmensa pluralidad de ciudadanos que se identifican católicos) ninguno ha logrado ver cuánto tiempo ha pasado, cuánto ha cambiado el mundo, es verdaderamente improbable que algún miembro de otro conjunto social sí lo haya hecho. ¿No acaso al ‘destape’ del precandidato del PRI a la presidencia de México se le llamó ‘ritual’, ‘liturgia añeja’? ¿Los partidos políticos estarán adaptándose a los cambios del mundo o buscan el poder bajo el mismo esquema anquilosado y predecible? ¿Qué decir de las instituciones de servicio público? ¿Cómo miran al futuro? ¿Porqué aplaudieron al director del IMSS, Mikel Arriola, por garantizar la viabilidad de la institución que vela por la salud de los mexicanos, tan sólo por dos años más? ¿Por qué cada ‘nuevo modelo’ o ‘nuevo sistema’ en México parece que va persiguiendo a modelos o sistemas que en mundo llevan funcionando varias décadas?

En efecto, vamos retrasados décadas, medio siglo quizá. Pero aceptar esta realidad no es claudicar en lo posible. Que la Iglesia católica en México muestra signos de anquilosamiento en algunas actitudes y lenguajes es cierto, ni siquiera hay que debatir, es evidente; sin embargo, hay audaces que miran los desafíos venideros, ponen la mirada en el futuro y abrazan la realidad con aceptación y cariño.

Para esos años de retraso: aggiornamento, no hay más. Luego, el horizonte del tiempo.

@monroyfelipe

Coppola, un nuncio con visión alternativa para México

coppolaqroaDe nada sirve prohibir porque lo prohibido se vuelve más deseable en automático, no sirven tampoco los cabildeos legislativos contra el aborto o la eutanasia si no van acompañados de un cambio cultural profundo y, finalmente, no sirven los acuerdos cupulares con políticos o funcionarios porque los políticos cambian sus ideologías y principios sin ruborizarse al ritmo que marcan las encuestas o las modas pasajeras. De esta manera ve el Nuncio apostólico en México, Franco Coppola, el panorama actual del país. La famosa “solución mexicana” que el embajador del Vaticano cree que puede ser la vía para superar entuertos sociales y culturales se aleja mucho del maniqueísmo tradicional en donde parece que se han entrampado grandes grupos antagonistas.

Mientras algunos sectores religiosos (no sólo católicos) no paran de hablar de ‘guerra’, ‘brazos armados’ y ‘batallas de la fe’ que suceden en la arena política; el enviado del papa Francisco (que proviene de naciones donde estas expresiones no son sólo figurativas) siempre propone vías de diálogo que exigen un mínimo ejercicio de autocrítica. Una perspectiva que puede venir muy bien ante los tiempos electorales que comienzan a inquietar a los mexicanos.

En principio, al nuncio Coppola le llama la atención que la filiación religiosa de los políticos mexicanos sub-represente la cantidad de católicos en el país: “Me ha extrañado –dijo en Querétaro durante su participación en un encuentro de laicos- que en un país tan católico entre comillas, con 80% de fieles, a nivel político, los que profesionalmente tratan o deberían tratar de conseguir el bien común, haya una presencia muy escasa de católicos. Casi no se ven, hay algunas personas pero muy pocas. No son para nada representativas del hecho que los católicos son el 80% de la población, para nada”.

Sin embargo, Coppola tampoco considera apremiante usar sólo la ficha de la masividad católica como apuesta para construir una verdadera nación de valores humanos y cristianos: “No hay que estar muy atentos sólo en concentrarse en estos hechos. Este es un aspecto importante pero no sirve de nada si no se trabaja con la gente, con el pueblo; si no se construye esta familia, este espíritu de familia en el pueblo mexicano. Hubo un tiempo –ejemplifica Coppola-, el de la conquista, o hace un siglo, incluso hasta hace sólo 40 o 50 años, cuando era posible convertir al jefe y enseguida todos los demás seguían automáticamente. Bastaba convertir al rey y todo el reino seguía. Bastaba con ponerse de acuerdo y hacer unas leyes y todo estaba arreglado. Esto iba bien hace un siglo, ahora no”.

De tal suerte que el diplomático señala sin medias tintas: “Si no se fortalece la conciencia cristiana de la población, no sirve de nada trabajar con los políticos, no se consigue nada. Se puede obtener una ley pero en seis meses será cancelada, no se llega a nada”.

La lectura del nuncio replantea fuertemente las búsquedas que varios sectores sociales han planteado para garantizar en el marco legal mexicano los derechos fundamentales de la vida y la dignidad humana. Coppola no los desanima ni desacredita los esfuerzos de aquellos grupos, sólo les propone una visión alternativa: “Es equivocado pretender defender la vida desde el nacimiento sólo prohibiendo el aborto, no sirve de nada; o defender la vida hasta el último momento prohibiendo la eutanasia. ¿A quién sirven las prohibiciones? Cuando se hace una cosa prohibida, la única consecuencia que uno la desee más; eso psicológicamente es automático”.

Franco Coppola ha planteado en varios foros la perspectiva de promoción de valores humanos y cristianos que el papa Francisco desea en las naciones: “La protección de la vida desde el principio hasta el último momento significa, siempre siguiendo el mensaje del Papa, estar cercanos a la gente. Para que ninguna mujer, ninguna joven, se sienta tan sola que no se sienta capaz de acoger la vida que el Señor le ha dado en su seno. Para estar bien cercanos a los enfermos, a nuestros viejitos, para que no sientan la necesidad o el deseo, como última cosa, de ser liberados de esta enfermedad. No es la ley lo que va a darnos estas cosas, es la cercanía a las personas. Si nosotros no estamos cercanos a las personas, las personas se alejan y tratan de encontrar la solución más fácil: el aborto o la eutanasia. No sirve de nada tapar estas salidas, porque siempre hay muchas maneras ilegales y de todas maneras no sirven. Se puede ganar la batalla si se obtiene una legislación que nosotros queremos, pero si no se hace nada para estar al lado de los adolescentes, las mujeres o los enfermos, no sirve de nada. Es una batalla ganada pero la guerra está perdida”.

La misión de Coppola en México parece ser la de sembrar estas ideas entre los obispos y los ministros de nueva generación, dejar de alimentar el purismo excluyente porque la revancha es un refugio sombrío. Kasuo Ishiguro el nobel de literatura 2017 plantea en su Gigante enterrado: “No sé qué tipo de desesperación nos lleva a instalarnos en parajes tan lúgubres”. La alternativa cristiana, incluso en la política, no levanta muros en las fronteras sino puentes, no llama a la guerra santa profetizando cataclismos: confía y se implica mientras los desesperados echan suertes.

 

@monroyfelipe

 

“Los pobres, antes; los otros después”, pide Nuncio al nuevo obispo de Tlaxcala

21167345_1374907019289643_4809848607011037537_oA inicios de este año no había ni escaleras eléctricas ni sucursales de Starbucks en todo el estado, pero Tlaxcala está a poco más de un mes para que todo el mundo hable de él. El próximo 15 de octubre, el papa Francisco celebrará la canonización de Cristóbal, Antonio y Juan, los tres indígenas adolescentes mártires tlaxcaltecas del siglo XVI, asesinados con tremenda brutalidad -propia del miedo a lo nuevo y lo desconocido- durante los primeros años del contacto entre las civilizaciones precolombinas y la conquista española.

Sin duda, es quizá el tema principal que ocupa la mente del nuevo obispo de la diócesis de Tlaxcala, Julio César Salcedo Aquino, un misionero josefino originario de la Ciudad de México quien recibió el pasado 30 de agosto el largo camino de la canonización de los mártires para culminarlo en su papel de obispo residencial en un evento histórico, de talla internacional y trascendental, no sólo para el más pequeño de los estados de la República mexicana sino para el país entero y la Iglesia universal.

Sin embargo, durante la preconización de su nuevo obispo residencial, la pequeña diócesis fue el escenario perfecto desde el cual, tanto el representante del Papa en México como su flamante obispo residencial lanzaron mensajes de mayúsculo significado para las estructuras eclesiales país. Franco Coppola, nuncio apostólico en México, insistió en que la Iglesia católica está compelida a acudir a los pobres: “Estos son los primeros a quienes somos enviados: los pobres. Tiene que ser muy claro, son los primeros a quien el señor nos envía. Los otros, después; antes, los pobres”.

En un mensaje ante los medios de comunicación el nuncio Coppola comentó que, durante su estancia en México ha visto que “hay gente que está muy bien. No se puede decir que el país es pobre o donde todos son pobres y no se puede hacer nada. Es un país donde hay muchos recursos y la riqueza está mal distribuida […] Debemos ayudar a entender que no podemos decirnos católicos si hay esta facilidad de usar violencia hacia nosotros; no podemos decirnos católicos si, al mismo tiempo, nosotros tenemos tanto que nos sobra y otros les falta lo necesario”.

Salcedo habló en la misma sintonía. Aunque no dejó de agradecer y reconocer el trabajo que la diócesis ya ha hecho con los preparativos frente a la canonización, entre los actos protocolarios y las celebraciones litúrgicas, el novel obispo deslizó lo que parecen serán principios de su particular actuación pastoral: “Hermanos, en el Evangelio no todo fue escrito, el Evangelio de la misericordia es un libro abierto donde se continúan escribiendo los signos y gestos concretos de amor de los discípulos de Cristo”; después aseveró categóricamente: “No creo que sea lo mejor condenar, rechazar o apartar. Hay que dialogar, hay que analizar situaciones. No se trata nada más de imponer una norma o una ley”.

Entre las palabras de ambos se advierten las líneas de una generación de obispos plenamente identificados con la actitud de salida, de asumir incluso los riesgos que conlleva implicarse directamente en las fronteras de la existencia humana: “Aquí, como en todos los lugares, siempre hay situaciones difíciles. Hace rato el Nuncio me dijo: ‘Quiero que vayas a los pobres’. La pobreza existe de muchas maneras, y para responder a esa gama de problemas tenemos que saberlos asumir y enfrentar, no espantarnos”, confirmó Salcedo en conferencia de prensa.

Salcedo afirmó que desea salir con misericordia al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a la grey. Dijo querer llegar a las heridas de cada uno para curarlas, salir de sí mismo para ir a las periferias geográficas y existenciales.

La brújula pastoral de Salcedo parece que está en la misma ruta que la del pontífice argentino y su embajador Coppola: “El Papa nos invita a la conversión pastoral -dijo en entrevista-: Nos dice claramente que no podemos dejar las cosas como están. Necesitamos estar en una continua conversión, en un continuo cambio… yo sueño también como el papa Francisco, con una Iglesia que esté en continua conversión. No podemos dejar las cosas como están y se requiere esta actitud de abrirse a una conversión interior, a una conversión de las estructuras, de nuestros procesos. No pensar que ya estamos seguros, cuando estamos en búsqueda, cuando estamos ante todos ofrecer la riqueza de la Iglesia que es la evangelización, necesitamos estar en esa Iglesia en salida”.

Sí, más allá de escaleras eléctricas y sucursales de cafeterías multinacionales, Tlaxcala tiene aún capacidad de sorprender enormemente.

@monroyfelipe

El primer año del nuncio Coppola en México: la Iglesia debe cambiar

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Foto: Diócesis de Querétaro

Ha pasado un año desde que Franco Coppola fue enviado como embajador del Papa a México tras una estancia nada sencilla -aunque sumamente productiva- en la representación del Vaticano en la República Centroafricana; a inicios de septiembre del 2016 recibió de viva voz del papa Francisco los objetivos de su encomienda y, desde su arribo en octubre pasado, el salentino prácticamente ya ha explorado los principales perfiles políticos y eclesiales del este país que aún se jacta de tener el segundo lugar en el número de católicos a nivel mundial.

Coppola no deja pasar oportunidad para mencionar lo que el papa Bergoglio le confió un año atrás: “Te envío a un país que es un tesoro para la Iglesia; [los mexicanos] tienen una fe y una devoción que no tiene igual en el mundo. Pero es un país donde la Iglesia, empezando por su jerarquía, tiene que cambiar mucho”; así lo confió a El Observador en quizá la única entrevista que hasta ahora Coppola ha concedido en México. Pero también lo ha comentado frente a las comunidades que ha visitado en este año: “El gran problema de México es su falta de congruencia, muchas expresiones de fe y una gran cantidad de católicos, pero vive grandes problemas con la violencia, el crimen y la corrupción”.

Antes de tomar el descanso veraniego en su tierra natal, Coppola aseguró que la necesidad de un cambio radical en las estructuras eclesiales debe empezar por los obispos y los ministros ordenados: “Tiene que cambiar mucho pero no es un juicio negativo sobre la jerarquía. La jerarquía, en el sentido de los obispos y los sacerdotes, tiene que enfrentar retos y desafíos nuevos […] los tiempos han cambiado, antes de obedecía más a los padres. Lo que era bueno era bueno y lo que era malo era malo. Ahora se cuestiona todo”.

En realidad, el análisis no es nuevo. Los últimos dos pontífices han descrito sin eufemismos la situación de la Iglesia mexicana: para el papa Francisco, México tiene un grave problema cuando sus ciudadanos “buscan el privilegio” pues generan “terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión, la violencia, el secuestro y la muerte”. Benedicto XVI, por su parte, fue más categórico: “En no pocos católicos se percibe cierta esquizofrenia entre moral individual y pública: personalmente, en la esfera individual, son católicos, creyentes, pero en la vida pública siguen otros caminos que no corresponden a los grandes valores del Evangelio, que son necesarios para la fundación de una sociedad justa”.

Para Coppola, las celebraciones masivas, las grandes peregrinaciones y las muchas expresiones de devoción popular que ha palpado en México son motivo de gran orgullo para el catolicismo; pero le inquieta que el país también tenga los funestos triunfos de “los campeonatos negros” en asesinatos, violencia, corrupción y pobreza. Sin ir lejos, México ha consolidado en una década su vergonzosa posición como el país de occidente más peligroso para ejercer el sacerdocio.

A los obispos mexicanos, el enviado pontificio les ha manifestado su intranquilidad con claridad absoluta: “No sé si me equivoco, pero me impresiona ver cómo, desde una perspectiva nacional, a nivel del episcopado, la Iglesia parece no haber logrado elaborar aún una propuesta específica como camino de vida cristiana para los adolescentes, los jóvenes y los jóvenes-adultos”, les espetó en su más reciente asamblea plenaria.

El cambio que propone Coppola exige, por si fuera poco, sentido común y que los católicos mexicanos conserven los pies en la tierra. Como muestra, la historia de Sandra, una mujer que auxilia a un centenar de niños huérfanos en Burundi. El nuncio relata con frecuencia en sus redes sociales el drama que atraviesa aquella generosa cristiana y pide a sus amigos que donen recursos para que la obra permanezca. Sin duda no ha faltado la piadosa alma mexicana que desinteresadamente ofreció ayuda económica al nuncio, pero Coppola le ha enfriado el entusiasmo por una razón nodal: “Le comento que escribí en italiano expresamente porque este mensaje lo envío a mis amigos italianos […] Me dirijo para pedir ayuda y solidaridad a mis amigos italianos y no a los mexicanos que, si lo quieren y pueden, tienen ya, muy cerca, a quienes ayudar”.

“Católicos, alíviense a sí mismos”, parece insistir Coppola en cada rincón de México. Así de simple, la catolicidad mexicana no puede sólo jactarse de su potencial y de su aún masiva presencia en el país; para iluminar las oscuridades de su propio seno, la Iglesia católica requiere asumir muchos cambios, de lo contrario tendrá frente a sí una gran ruptura cultural donde no sólo sea marginal sino, incluso, prescindible.

@monroyfelipe

Iglesia alerta sobre colapso sanitario en México

imss-1-1024x576No importa cuánto lo repitan las campañas mediáticas, las cosas en el sistema de salud pública no mejoran; basta mirar un poco las clínicas y los hospitales de segundo nivel para advertir que están al borde del colapso. Las razones pueden ser muchas y a estas alturas ya es ocioso buscar responsables. Lo que es parece inevitable es que cada vez son más distantes y menos accesibles los servicios médicos al grueso de la población.

Por si fuera poco, la Iglesia católica en México y sus instituciones sanitarias afiliadas (que también participan de no pocas acciones a favor de la salud) advierten que también sus centros de atención “están comenzando a ser rebasados” por un fenómeno que podría colapsar en breve todo el sistema de atención médica y hospitalaria: las enfermedades crónico-degenerativas.

En el comunicado del estudio “¿De qué están muriendo los mexicanos?” que publicó esta semana la Dimensión de Pastoral de la Salud de la Conferencia del Episcopado Mexicano, los agentes sanitarios de la Iglesia católica en México alertan a la sociedad que las enfermedades que actualmente están desencadenando un alto índice de muertes en el país son principalmente la diabetes, la obesidad y el cáncer.

La Iglesia no quiere resignarse y por ello lanzó la Campaña Nacional de Prevención de Pastoral de la Salud que es “una propuesta integral para evitar que las instituciones de salud colapsen”. El plan involucra tres fases donde se opta por la concientización, la activación y la transformación de la sociedad ante la enfermedad y la prevención. La campaña -dicen- podría contar con el gran apoyo de todos los fieles católicos que ya participan en actividades de asistencia humanitaria. Son el principal recurso con el que cuenta la Iglesia católica.

Los agentes de pastoral sanitaria o de pastoral de la salud son hombres y mujeres que realizan diferentes acciones a favor de la salud de sus comunidades. Las directrices de su acción están descritas de la siguiente manera: “Son presencia de la comunidad eclesial con los enfermos y sus familias; al mismo tiempo son los ‘oídos’ de la comunidad para detectar necesidades, para suscitar respuestas de la comunidad, para ser ‘puente’ entre los enfermos-familias y la comunidad”.

En el reglamento de estos agentes está claramente definido que sus servicios son gratuitos, llevados bajo total confidencialidad y siempre en orden a respetar a las instituciones de sanidad.

Para quienes dudan de la capacidad técnica o profesional de esta área de servicio humanitario de los fieles católicos hay que recordarles que mientras el gobernador de Veracruz acusaba a su predecesor de facilitar la administración de medicamentos falsos a niños con cáncer, la Iglesia católica local implementó la campaña “Dónalos a Cáritas” como respuesta a las 250 solicitudes diarias de medicamentos que la población veracruzana hacía a los 52 centros de pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Xalapa solamente.

La colecta de medicamentos organizada no sólo satisfizo la emergencia sanitaria de abril pasado, sino que la generosidad de los fieles y la confianza de los ciudadanos en Cáritas rebasó las expectativas de la campaña. Eva Leticia Villagrán, tesorera de Cáritas Xalapa, explicó que las donaciones de medicamentos se distribuyen aún hoy a los dispensarios médicos del estado para seguir atendiendo a los veracruzanos que son las principales víctimas de la pésima administración del sector salud. La respuesta de estos agentes sanitarios quizá no remedia las 109 instalaciones de salud que dejó inconclusas el anterior gobernador, ni los 2 mil 860 millones de pesos en pasivos por daño patrimonial, tampoco paga los 7 mil millones de deuda que el sistema de salud estatal tiene con proveedores, pero para cada familia que, a través de un médico y un voluntario, recibe un medicamento para auxiliar a un familiar es toda la diferencia.

La campaña nacional Mejor prevenir que remediar ya comenzó con su primera fase a través de jornadas de salud infantil y vídeos para generar conciencia. Los facilitadores de esta etapa –sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral- trabajan implementando la “feria de la salud”; durante la segunda fase se entregará “La Cartilla de Salud”, para que papás e hijos registren actividades como visitas al doctor, deporte, dormir adecuadamente y orar; al final de cada mes, se evaluará el avance. Para la última etapa, agentes capacitados guiarán a la población con enfermedades como cáncer, diabetes u obesidad, para que se atiendan de una forma correcta; y para evitar que, en un futuro cercano, este fenómeno no continúe colapsando al sistema de salud.

La última caída del padre Machorro

Machorro-Miguel-sacerdote-c-702x336El 3 de agosto pasado, justo la víspera del santo que celebra a los sacerdotes, el cura José Miguel Machorro finalmente dejó de respirar; dos meses y medio desde que fuera brutalmente atacado en la Catedral de México. Durante todo ese tiempo el ministro se debatió entre la vida y la muerte debido a las graves heridas que su atacante le provocó. Sin embargo, a lo largo de su ministerio y en el umbral de su agonía, Machorro fue víctima de más de una circunstancia.

Según lo relata la periodista Zoila Bustillo, el 24 de julio de 2010, José Miguel Machorro subió al altar mayor de la Catedral de México y celebró una misa de acción de gracias por sus 25 años de ministerio sacerdotal. Junto a él estuvo el obispo Antonio Ortega Franco, el vicario episcopal que -en nombre del cardenal Norberto Rivera- le encomendó el cuidado de una rectoría y algunos servicios de asistencia social. En aquel entonces, Machorro habló de su historia personal y de las razones de su vocación: “Recuerdo que mi abuela -dijo- rezaba fervorosamente para luego ir a misa a comulgar; esto lo hacía todos los días. Ella me enseñó a amar profundamente a los pobres y a la Iglesia; tenía un gran respeto por los sacerdotes del pueblo, a quienes invitaba con frecuencia a comer a la casa”.

Machorro estudió, fue formado y ordenado sacerdote en la diócesis de Papantla; pero después de serios conflictos en el seminario diocesano local donde colaboraba, el religioso enfiló camino a la Ciudad de México en 1993 donde continuó su ministerio. Tal como consigna el reportaje, Machorro estudió derecho civil y continuó su trabajo con poblaciones vulnerables de la ciudad, incluso la reportera lo llama “defensor de los desvalidos”.

Sin embargo, la condición ‘foránea’ del sacerdote asentado en la Arquidiócesis de México nunca se pudo regularizar; sin estar incardinado, era difícil promover al ministro a actividades de mayor responsabilidad que también pudieran mejorar sus ingresos y su condición de vida. Machorro, al igual que cientos de sacerdotes ubicados en las periferias y las sombras de la megalópolis, contaba con el apoyo de sus generosos feligreses, pero también se veía en necesidad de completar sus ingresos ayudando a sacerdotes en misas que éstos no podían realizar. De hecho, fue uno de estos servicios extraordinarios el que lo puso en el camino de su agresor.

Por supuesto, los medios de comunicación y la Iglesia católica se mantuvieron al pendiente de la evolución de la salud del sacerdote pues, en los últimos 75 años de historia mexicana, no se había registrado un acto tan brutal contra un ministro como el de aquel 15 de mayo cuando el atacante apuñaló a Machorro justo frente al altar del recinto religioso más importante del continente mientras éste terminaba de oficiar los sagrados misterios.

No se puede dejar de lado que las agresiones a sacerdotes y religiosos en la última década prácticamente se han cuadruplicado (9 ministros asesinados entre 1997 y 2007; y 34, del 2007 a la fecha) pero el caso de José Miguel Machorro obliga a reflexionar: no sólo porque el detonante de su muerte sucedió junto al altar sino porque se ha vuelto cotidiano que muchos sacerdotes se ven en la necesidad de realizar estos servicios de suplencia para hacerse de un ingreso extra para su supervivencia; no sólo merece un amplio reconocimiento la actitud de las autoridades arquidiocesanas y los sacerdotes capitalinos de proveer los recursos y gestiones necesarios para que se atendiera oportunamente al sacerdote herido, es necesario que los católicos se pregunten cuánto hacen y cómo supervisan el uso de sus limosnas para que sus ministros vivan dignamente y cuenten con los apoyos necesarios, para que el sacerdote y todos quienes participan en los templos cuenten con recursos suficientes para garantizar su salud, su sustento y su seguridad; y, finalmente, además de la gran cobertura que los medios de comunicación dieron al caso del padre Machorro es preciso reflexionar sobre las fronteras de la privacidad, la especulación y la reducción a “noticia-espectáculo” de una persona que se debatió largas semanas entre la vida y la muerte.

“Es un mártir”, consignó un diario mexicano en la crónica de los funerales del sacerdote José Miguel Machorro; en la fotografía -féretro al pie del altar- aparece el mismo obispo auxiliar que le tendió la mano, Antonio Ortega. Flanquean el féretro algunos sacerdotes que fueron vecinos parroquiales del finado, ellos conocen mejor que nadie los claroscuros de la vida ministerial de su hermano sacerdote, parecen escuchar los vivas al sacerdote muerto que el pueblo exclama y esperan que en esa esperanza se encuentren también ellos.

Norberto Rivera, al alto contraste

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Foto: Vida Nueva México

Es el último cardenal mexicano en funciones creado por Juan Pablo II, arzobispo de la ciudad de México desde hace 22 años, dirige la diócesis con mayor número de católicos en el mundo (más de 7 millones de feligreses) y sede de los poderes de la Federación. Es el líder religioso más mediático del país y prácticamente cada domingo, desde el púlpito y desde su semanario Desde la fe, imprime el sello de la agenda religiosa en el país.

En julio de 2015, cuando lo entrevistaba para Vida Nueva, el cardenal Rivera parecía profetizar el ánimo que se despertaría después de que él presentara su renuncia: “El que piense que va a guiar esta comunidad con sus propias capacidades o sus propias estrategias, se equivoca”.

Por todo eso, y en ocasión de la presentación de su renuncia canónica al servicio arzobispal, el cardenal Norberto Rivera Carrera sigue despertando involuntariamente una serie de loas y críticas por igual. Parece que para el purpurado mexicano todas las lecturas de su ministerio episcopal deben ser extremas y apasionadas.

Cuando fue anunciada su promoción del obispado de Tehuacán  a la sede primada arzobispal de la Ciudad de México, las lecturas eran de lo más distantes: “Algunos lo veían como ‘un elefante en cristalería’, se preguntaban si estaba a la altura de un cardenal sumamente brillante e influyente como lo fue Corripio Ahumada; pero otros lo consideraban un ‘diamante en bruto’ pues el propio Juan Pablo II le confiaba –a pesar de su juventud- el gobierno y la ortodoxia formativa en la diócesis más visible del país”, confía un veterano sacerdote capitalino.

Y ahora, al final de 22 años de conducción de la Arquidiócesis de México, Rivera Carrera se enfrenta a la misma polarización: criminal o santo, humilde servidor o autoritario jerarca. Para hacer una evaluación atemperada del ministerio de Rivera al frente de la iglesia de la ciudad de México es necesario mirar esos claroscuros que alimentan la percepción de sus fieles y sus detractores.

 

Gobierno y poder

Desde su llegada a la arquidiócesis capitalina, Rivera Carrera mantuvo un consejo de gobierno muy definido para atender los pormenores de la vida de las parroquias, las congregaciones religiosas y los movimientos laicales. Para conducir una diócesis con cerca de 600 territorios parroquiales y mil 200 templos en donde es prácticamente imposible hacerse presente en persona, Rivera ha endurecido la división de la arquidiócesis en ocho vicarías episcopales territoriales, una vicaría de Guadalupe, tres vicarías pastorales funcionales y una vicaría para congregaciones religiosas.

Delegar altas responsabilidades a sus obispos auxiliares y a sus vicarios le ha permitido tener tiempo para cultivar relaciones y administrar otras tareas, e incluso responder sin titubear ante responsabilidades encomendadas en dicasterios romanos.

Rivera Carrera ha gobernado la Arquidiócesis mediante decretos operativos que instruyen a las estructuras a responder a un plan. El 30 de noviembre de 1996 publicó el Decreto sobre la reordenación económica de las diversas estructuras de la iglesia particular (actualizado el 4 de agosto del 2007) pero fue en 1998 cuando firmó quizá el más polémico de sus decretos: la Organización y Gobierno Pastoral de la Arquidiócesis de México donde especifica, de los numerales 84 al 136, las facultades reservadas a su persona; todas gerenciales y directivas, que le han valido reclamos de los sacerdotes por gobernar impersonalmente. Según dicho decreto, el arzobispo Rivera se reservó cuatro facultades para atender con su presbiterio: conferir canonjías, incardinar o excardinar clérigos, otorgar licencias y dar autorización para que ministros participen en partidos políticos.

Son, en el fondo, los obispos vicarios territoriales quienes han debido llevar la tarea de escucha, animación y acompañamiento a los sacerdotes en sus labores cotidianas. El trabajo de “padre y pastor”, Norberto lo hace prácticamente por interpósita persona. De allí, los tragos amargos que ha debido afrontar cuando sus obispos auxiliares deben ser removidos cuando se han encontrado faltas morales como sucedió con Luis Fletes Santana y Rogelio Esquivel.

El gobierno de decretos se ha debido ajustar según los tiempos y las necesidades que se advierten con el paso de los años (existe desde 2002 un Decreto sobre los Decanos y Decanatos, y desde 2012, otro para Diáconos) pero la falta de interacción y cercanía entre los ministros ordenados de la Arquidiócesis de México permanece. Como ejemplo, cuando el sacerdote José Miguel Machorro Alcalá fue agredido brutalmente el pasado 15 de mayo en la Catedral de México, las autoridades diocesanas tardaron horas en identificar el origen y el estatus del ministro.

El gobierno pastoral del cardenal Rivera ha sido, pese a todo, la prueba de que el paternalismo trasnochado ya no es imprescindible para configurar la relación de respeto y orden entre el clero con su obispo. Allí donde Rivera ha logrado adhesión, respeto y lealtad en sus ministros se debe al ejercicio de la libertad y la madurez de sus subordinados; y eso no es poco. Cuando finalmente se publicó en la Arquidiócesis de México el manual de “Criterios en relación a comportamientos inadecuados, principalmente con menores, que pudieran suceder por parte de los clérigos” –después de un largo proceso legal que quiso afrontar Norberto Rivera sobre acusaciones de encubrimiento y en el que básicamente se deslindaba completamente de los delitos de sus ministros- las reacciones fueron nuevamente contrastantes: algunos sacerdotes decían que ‘los abandonaba a su suerte’ y otros simplemente consideraron natural el deslinde pues argumentaron: “todos los ministros deben ser adultos responsables de sus actos”.

 

Administración

Cuando Norberto Rivera toma el control de la Arquidiócesis de México, la ley de Asociaciones Religiosas y Culto público apenas tenía dos años y medio de haberse promulgado; por tanto, la gran mayoría de los recintos religiosos de la diócesis aún no habían sido regularizados ante las autoridades correspondientes.

El proceso de regularización y administración de los bienes nacionales en manos de la Iglesia católica ha sido lento y difícil. Pero a lo largo de estos 22 años de administración diocesana del cardenal Rivera Carrera resulta casi inverosímil que la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe se encuentre en controversia jurídica respecto a su estatus como patrimonio y bien nacional.

Sin tener la obligación para atender personalmente el acompañamiento a los sacerdotes, parecería que el pontificado de Rivera Carrera estaría robustecido en lo administrativo y gerencial. Sin embargo, también ha sido uno de los problemas recurrentes, nuevamente debido a la gigantesca dimensión de la Arquidiócesis. La administración de los recursos para la actividad burocrática y pastoral de la iglesia capitalina está regida por el Decreto de Reordenación Económica donde el punto de quiebre reside en la aportación del 10% de todos los ingresos de parroquias, cuasiparroquias, rectorías y capellanías para la administración de las Vicarías Territoriales y de la Curia central arquidiocesana.

El decreto garantiza autonomía financiera de las vicarías, pero en no pocas ocasiones ha puesto en dificultades administrativas a la curia central cuyas oficinas se han tenido que enfrentar a diferentes carencias para subsidiar nomina, materiales, planes y asesorías necesarias para el clero y las parroquias de la ciudad.

Es por ello que el cardenal Norberto Rivera también debió adaptar la administración de la Iglesia al difícil fenómeno del envejecimiento de los sacerdotes de la ciudad con los retos en materia de atención médica y pensiones. Rivera logró acuerdos con la Secretaría de Salud del Distrito Federal y hospitales privados para que los sacerdotes accedieran a servicios médicos básicos y especializados bajo el esquema llamado SIGAMED; y, por otra parte, impulsó la estructura FRATESA que complementa las aportaciones para pensiones de ministros retirados de la Iglesia mexicana OCEAS (Obra de Clérigos en Ayuda Solidaria, antes Centro Cultural y Asistencia Sacerdotal).

Sin embargo, fueron dos mayores cambios a la inercia administrativa de los templos los que orillaron a adecuar la forma de trabajo de la Arquidiócesis de México: Ley Federal para la prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita del 2012 y las disposiciones de la miscelánea fiscal puesta en marcha en 2014. Las reformas no cambiaron el régimen fiscal de los templos y asociaciones religiosas, pero sí exigían nuevas informaciones periódicas. Esta situación, dificultosa para muchos templos sin personal ni herramientas para cumplir la ley, incluso llegó a dialogarse airadamente entre el presidente Enrique Peña Nieto y el cardenal Norberto Rivera, tras la cual se llegaron a acuerdos benéficos para ambas partes.

Rivera ha sabido responder a los desafíos internos y las amenazas externas en materia de administración de la Iglesia y de sus bienes temporales; incluso bajo su dirección la arquidiócesis de México destaca muy por encima de otras diócesis en materia de cooperaciones. Como en la Universidad Pontificia de México, donde la sola ciudad de México ha llegado a aportar hasta el 40% del total de recursos para el centro educativo de los obispos del país.

Esa cualidad, junto a su cercanía con notables empresarios mexicanos (los hermanos Vázquez Raña, Carlos Slim, Amancio Ortega, Lorenzo Servitje, etc), convenció a Benedicto XVI quien le solicitó colaborar en la Comisión de Asuntos Económicos de la Santa Sede; hoy la Secretaría de Economía, a la que seguirá asesorando hasta que el papa Francisco se lo solicite, incluso aún después de que acepte su renuncia como arzobispado capitalino.

 

Piedad y devoción

Para Norberto Rivera, la dinámica social de la Ciudad de México tiene en sus expresiones religiosas una compleja riqueza y, por ello ha sido cauto al explotar las muchas variantes de la fe popular. En la ciudad aún existen un gran número de poblados con tradiciones religiosas muy arraigadas y la devoción a la Virgen de Guadalupe es casi antonomástica de la mexicanidad, pero la delgada línea entre la piedad y la superchería sigue construyendo ramas de religiosidad que han llegado a preocupar seriamente al arzobispo primado.

Su gran logro en la materia –y al mismo tiempo su gran tara- fue la canonización de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente del milagro guadalupano. La enorme predilección del papa Juan Pablo II por México se vio coronada con su última visita en 2002 y con la canonización del indio Juan Diego. El gran regalo de Rivera Carrera a la Virgen Morena de Guadalupe fue la elevación a los altares universales del santo indígena a quien ella eligió como portador de su mensaje; pero la falta de devoción o la falta de interés por Juan Diego ha retrasado 15 años la edificación de su santuario.

Y, sin embargo, en materia de devoción popular, ese es el menor de los problemas. Durante la gestión de Rivera Carrera, el culto al fenómeno de la ‘santa muerte’ creció exponencialmente desde un pequeño rincón del centro de la ciudad hasta exportarse a otros estados del país e, incluso, mediante la migración al extranjero. El sincretismo entre lo ‘tradicionalmente católico’ y las devociones ‘impuras’ ha sido para el arzobispado una batalla constante. Contra las desviaciones religiosas Rivera ha intentado salir del paso mediante la prohibición expresa para que los católicos no participen de actos y rituales no autorizados por la Iglesia católica pero el propio arzobispo sabe que prohibir no es suficiente; Rivera Carrera suele sintetizar el fenómeno con una advertencia que insiste en sus mensajes: “los vacíos, se llenan”.

 

Desafíos culturales y polémicas

En no pocas ocasiones, Norberto Rivera contrasta el tiempo en que inició misión en la capital y los muchos cambios culturales y legales que ha debido vivir en el cambio de siglo. El cardenal ha dicho que cuando fue nombrado arzobispo de México la ley aún consideraba el matrimonio sólo entre un hombre y una mujer o que no existía tal cosa como ‘interrupción legal del embarazo’. Incluso no había ese particular endurecimiento de medidas penales contra ministros que ejerzan abuso sexual sobre menores ni era notoria la explosión de diversas expresiones religiosas en la ciudad.

En aquella conversación, Rivera Carrera sintetizaba su mirada sobre la capital de la República: “Nuestra ciudad de México no solamente es grande, sino que concentra muchas de las realidades positivas y negativas de todo México; pero además de ser grande y tener esa concentración nacional, aquí vemos que se dan los cambios más profundos, más significativos que después van a las ciudades. Porque aquí tenemos los tres poderes, los centros de cultura y los centros de comunicación más importantes del país. Es normal que aquí se den grandes cambios y esto evoluciona. Constantemente, en el diálogo con los laicos, les digo que esta ciudad ha cambiado totalmente desde que llegué a la fecha. Va en constante evolución. Y por lo tanto no podemos seguir haciendo lo mismo porque la ciudad es otra”.

Sin embargo, los cambios culturales en la ciudad han sido quizá el menor de los desafíos para el arzobispo. La relación con las autoridades del Gobierno del Distrito Federal pasó de tersa a tensa, tirante y hasta adversa. De cordialidad y respeto con el ingeniero Cárdenas, a incomprensión con Rosario Robles; de amistad a extrañamiento con López Obrador y de franco diálogo con Alejandro Encinas; de la desconfianza con Marcelo Ebrard a la fría institucionalidad con Miguel Mancera. Eso, sin contar los encontronazos con delegados, asambleístas, diputados y no pocos activistas políticos.

¿Y tras 22 años de ministerio en la ciudad, qué ha dejado Norberto Rivera como legado? Él mismo lo expresa así: “He contribuido a que esta Iglesia crezca en varios aspectos, no solamente en cuestiones materiales, como en ayudar a que la Catedral esté en pie o que se reconstruyera la Antigua Basílica o que se construyera algún templo o en fundar dos seminarios; creo que la principal contribución, que el Señor me ha permitido poder dar, es el dar ánimos para que esta Iglesia sea misionera, para que esta Iglesia tenga laicos, religiosas, sacerdotes mejor formados para ejercer su ministerio”.

Por supuesto, será el próximo arzobispo de México quien habrá de valorar si habrá sido suficiente.

@monroyfelipe

Traslado de arzobispo a Acapulco consolida grupo episcopal

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Con la notificación del traslado del obispo de Tapachula, Leopoldo González González, a la sede metropolitana de Acapulco, se consolida un amplio grupo de obispos mexicanos vinculados a un proyecto que ya es transgeneracional y cuya figura en común es el distinguido arzobispo emérito de Morelia, el cardenal Alberto Suárez Inda.

El cardenal originario de Celaya tiene una relación sumamente íntima con al menos 18 obispos mexicanos que él mismo ha consagrado o participado en su consagración, de los cuales cinco son arzobispos metropolitanos en activo: Francisco Moreno, Tijuana; Rogelio Cabrera, Monterrey; Carlos Garfias, Morelia; Fabio Martínez, Tuxtla Gutiérrez; y el propio Leopoldo González, ahora en Acapulco.

Por si fuera poco, estos obispos a él vinculados por la herencia episcopal ya han consagrado a otros 12 obispos en activo; uno de ellos, José Fernández Hurtado, que es arzobispo de Durango, seis más son obispos residenciales y el resto auxiliares que forman una cantera importante para las próximas dos décadas de la Iglesia mexicana.

El otro prelado mexicano con una gran cantidad de obispos consagrados es el cardenal Norberto Rivera Carrera (29) pero sólo uno de ellos ha tomado posesión de una sede metropolitana, Víctor Sánchez Espinosa, hoy arzobispo de Puebla; y por lo menos 16 han sido sus propios obispos auxiliares (con un registro negativo de dos obispos que tuvieron que abandonar el ministerio bajo señalamientos graves de moral: Luis Fletes y Rogelio Esquivel).

Por su parte, el cardenal José Francisco Robles, arzobispo de Guadalajara, acumula 12 obispos consagrados (un arzobispo); y el cardenal arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes, ha fungido como consagrante para 14 obispos mexicanos (ninguno ha sido elevado a sede arzobispal).

Lo que destaca en el caso de los pastores vinculados al cardenal Alberto Suárez Inda es que sus arzobispos suman una tercera parte de los titulares de las 18 provincias episcopales en las que está organizada pastoralmente la república mexicana. Esto es relevante toda vez que los metropolitanos tienen una importante función en la configuración y renovación de la geografía episcopal. Así, los estados de Guerrero, Michoacán, Baja California, Nuevo León, Durango y Chiapas prácticamente guardarán un estilo de trabajo y el proyecto pastoral en las próximas décadas; pero es la presencia de obispos afines al estilo del cardenal Suárez Inda en otras latitudes lo que anticipa que regiones como la Costa del Pacífico, el Noroeste, Oaxaca, el Bajío y el Centro del país podrían tomar la ruta inspirada por el cardenal celayense.

Son, sin embargo, los jóvenes obispos auxiliares los que tendrán un papel relevante en los próximos diez o quince años pues según los méritos de su servicio y trabajo tienen posibilidad de acceder a diócesis residenciales o a responsabilidades de gran representatividad como hoy la tiene Juan Espinoza, auxiliar de Morelia, como secretario general de la Conferencia Episcopal Latinoamericana; o el obispo Alfonso Miranda, auxiliar de Monterrey (consagrado por Rogelio Cabrera, muy cercano a Suárez Inda), como secretario general del Episcopado Mexicano.

Pero ¿cuál es esa ruta, el estilo y el proyecto que comparten este robusto grupo episcopal en México? El propio Suárez Inda parece sintetizarlo en una entrevista con Vatican Insider: “Reconocer que la mayoría de nuestro pueblo es noble, con una gran tradición cristiana, tenemos riquezas naturales, historia muy rica en cuanto a instituciones y personas relevantes a través de los siglos. Por la religiosidad muy arraigada resultan paradójicos y contradictorios los problemas de pobreza, desempleo, violencia e inseguridad que padecemos […] no hay que dramatizar los problemas en el país porque hay muchos aspectos muy bellos, muy positivos. De manera que: ¡No vivimos en un infierno! En general vivimos un ambiente muy humano, aunque los sobresaltos no faltan”.

¿Serán estas líneas las que marcarán los próximos años a la Iglesia católica de México? ¿Valorar la tradición religiosa, no dejar de mirar los desafíos sociales y no satanizar la realidad? En fin, sólo el tiempo y los inminentes relevos en San Cristóbal de las Casas, Antequera-Oaxaca, Torreón, Mixes, Veracruz y México podrán confirmar la ruta.

@monroyfelipe