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Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

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Los indelebles casos de corrupción

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Con su singular talento, Bertolt Brecht dijo alguna vez que “hay muchos jueces que son incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”; y esa amarga ironía es lo que sienten hoy muchos mexicanos al intentar comprender las razones detrás de las decisiones de los jueces o de las autoridades encargadas de investigar e implementar la justicia en el país.

Para variar, la explicación más sencilla -la que más deja satisfecho el prurito inquisidor que todos llevamos dentro- es que el ejercicio de la ley y la justicia están supeditados a los intereses políticos y económicos. Nadie en sus cabales tiene ganas ni tiempo de convertirse en un perito judicial o experto abogado (o ingeniero civil, ya que estamos en esas) sólo para convencer a sus vecinos sobre la noticia del día.

Y es que, aunque se expliquen con peras y manzanas sus resoluciones, nadie estaría dispuesto a meter las manos al fuego por la honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad de aquellos jueces o instituciones que abrieron la puerta a extrañas decisiones como la liberación de Elba Esther Gordillo, la reclasificación de los delitos a Javier Duarte, el sometimiento del sistema penitenciario a los caprichos del capo criminal “Betito”, el caso del juez de amparo que decidió prestar sus servicios profesionales al exgobernador César Duarte, la resolución de ese otro juez de no vinculación a proceso contra otro exgobernador (Rogelio Medina) quien comenzó siendo acusado por desvío de 3 mil millones de pesos y ahora sólo le resta comprobar unos tickets de gasolina.

Con esos ejemplos resulta muy difícil confiar en el sistema judicial y la procuración de justicia en el país. No es sorpresa para nadie, pero los datos son más elocuentes: Según el reporte “Perspectivas económicas 2018. Repensando las instituciones para el desarrollo” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), sólo el 32% de los mexicanos manifestó tener confianza en el sistema judicial y los tribunales del país; y el 85% de la población considera que la corrupción es el principal factor para no confiar en las instituciones.

¿Y el remedio para que vuelva la confianza? Fácil: o se hace verdadera justicia en los tribunales o por lo menos se debe generar la sensación de que se ha hecho justicia. La sociedad merece tener certeza de que puede beber del vino de la justicia sin sospechar veneno alguno, pero ya lo dijo el poeta romano Horacio: “Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

Es un hecho que siempre es un encanto tomar de donde hay mucho; y si hay mucha confusión en el sistema judicial mexicano, también habrá placer en los jueces y litigantes en optar por el caos que por la escasa -muy escasa- claridad. Al respecto, me viene en mente la enigmática novela El indeleble caso de Borelli del intelectual y divulgador de cultura universal, Ernesto de la Peña. La historia comienza con el juicio que se hace al asistente y cómplice de un personaje monstruoso y criminal (condenado previamente a la guillotina). En la aprehensión del cómplice y durante la ejecución de quien fuera su superior, la gente sabía que aquel era culpable; pero tras los alegatos de su abogado, “tras la línea siempre infalible de sus razonamientos, las patéticas señales de su contrición y el ardor con que pidió que se le castigara su culpable debilidad” no sólo el cómplice logró la exculpación de los delitos fincados (y una liberación preventiva con arraigo domiciliario) sino la adhesión de buena parte del pueblo y la atención obsesiva de los reporteros. Pero el pueblo jamás esperó a que el proceso concluyera, perdió la paciencia, “se olvidó de él y se ocupó de otros temas; y el caso quedaba cerrado definitivamente para el vulgo”, aunque no para la justicia. En realidad, el problema de fondo del sistema judicial es la abundancia, de casos, confusión, impericia e ignorancia; es entonces cuando la gente corre el riesgo de olvidarlos y hasta de exculparlos, aunque el signo de la impunidad permanezca indeleble; incorruptible, diría Brecht.

@monroyfelipe

Morir en fama de pecadores

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Andrés Mario Ramírez / Cartel

Frente al diminuto think tank de analistas, el obispo preguntó consternado: “¿Por qué se ensañan con nosotros, con la Iglesia?” La reunión emergente con especialistas quería dar contexto a los brutales asesinatos de dos sacerdotes en Poza Rica y el secuestro de otro ministro en Michoacán. Los puntos en la agenda eran responder a las acusaciones que desde un portal de noticias se hacían al sacerdote desaparecido por presuntamente haber llevado a un menor a un hotel con presuntas non-sanctas intenciones y también querían dar respuesta a la justificación -vía la alcoholemia- mediante la cual autoridades ministeriales explicaban el crimen de los dos veracruzanos.

El obispo preguntó a los expertos si era una práctica común que los medios de comunicación y las autoridades tomaban frente a crímenes que involucraran a sacerdotes. La respuesta fue unánime: Sí, pero no es una actitud exclusiva contra los ministros, ni contra la Iglesia católica. La criminalización de víctimas se ha protocolizado y sistematizado a tal grado que los sectores sociales sólo meten al fuego las manos por los miembros de su propio gremio y, en ocasiones, ni eso.

Cuando se trata de desapariciones forzadas, secuestros, ejecuciones extrajudiciales o vulgares asesinatos, al menos una línea de investigación intenta socavar la moral, la decencia o la inocencia de las víctimas. Y quizá funcione para las autoridades ministeriales; les da tiempo de revisar los hechos y los datos para intentar dar una razón coherente tras los crímenes. Ganar tiempo no es cosa menor cuando se compite en  la era de la velocidad y la información, donde es más fácil que fuentes no formales revelen hechos o teorías y generen conspiraciones, manifiestos o acusaciones a una labor de investigación que podría no haber iniciado aún.

Sin embargo, las autoridades no son las únicas que caen en esta trampa de prejuicio. La sociedad informada prefiere simplificar en héroes y villanos la convivencia y, claro, cada uno se autodesigna un lugar privilegiado en el bando de los buenos.

En el fondo, no importa quién sea la víctima, las autoridades o las audiencias encontrarán manchas a su humanidad, lo hemos visto una y otra vez, por desgracia: Si una mujer es violada o asesinada, no falta quien deslice la idea de que ella misma lo provocó mediante su vestimenta o su actitud; si un grupo de jóvenes es ‘rafagueado’ en plena calle, alguien querrá saber si no eran narcomenudistas, sicarios o adictos; si algunos estudiantes son raptados, “seguro no eran inocentes palomitas”; si un homosexual, trasvesti o transgénero es brutalmente golpeado hasta la muerte, sin duda alguno intentará explicar el crimen partiendo de la identidad sexual de las víctimas; si un empresario es secuestrado, siempre habrá quien minimice la situación arguyendo que aquellos sí tienen con qué pagar los rescates; y, finalmente –para responder a la inquietud original del obispo-: frente al asesinato de un sacerdote, la sociedad le exige una especie de ‘fama de santidad inmaculada’ antes de compartir un gramo de indignación por los hechos.

Esta es la verdadera razón por la que, casi por protocolo, se criminaliza a las víctimas durante la investigación de sus muertes o desapariciones. Las autoridades escurren una línea de investigación que ‘mata moralmente’ a la víctima porque en el fondo alguien está dispuesto a creer que un sacerdote, una adolescente, un joven, un homosexual, un burócrata, un periodista, un empresario, un activista o una mujer “se buscaron su suerte”: por pedófilo, por desobediente, por buscona, por transa, por metiche, por facilote, por borracho, por marihuano, por rebelde, por corrupto, por idiota…

En términos religiosos parece que todos moriremos en fama de pecadores, que nadie gozará de la gracia suficiente para que nuestros hermanos exijan justicia unánimemente y que, por el contrario, nos serán cuestionadas y enumeradas con ironía todas nuestras faltas. Y, para variar, esta terrible interpretación no es culpa de la religión. Incluso en una fe tan rigurosa como la católica respecto a santos y pecadores, la misericordia es un camino obligado para que los creyentes puedan abrazar lo inasible de los ausentes.

Sólo así se puede comprender a profundidad el amargo poema de Martin Niemöller: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. / Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. / Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

 

Epílogo

La parcialidad de la justicia en México sí se alimenta de nuestros propios prejuicios culturales. Días después de los asesinatos de sacerdotes, se dio noticia de que cuatro jóvenes católicos evangelizadores de Apatzingán (es decir, seriamente involucrados con las labores de la Iglesia católica) fueron torturados y asesinados. Me pareció importante comentar la noticia a un religioso que se había mostrado sumamente indignado por los asesinatos de sus homólogos, incluso había asegurado que en México “hay una persecución directa contra la Iglesia”. Le expliqué por teléfono:

—Parece que han torturado y asesinado a cuatro evangelizadores más en Michoacán.

—¿Eran sacerdotes? Ya ves cómo sí es una persecución contra la Iglesia –dijo el religioso del otro lado de la línea.

—No. Eran laicos, católicos, comprometidos, la gente de su parroquia habla bien de ellos…

—Bueno –me interrumpió el ministro-, habrá que ver si no andaban en algo malo…

@monroyfelipe

Laudato si’ no ha podido con el monstruo del dinero

corrupt-politicianEl 18 de junio pasado se conmemoró el primer año de la publicación Laudato si’ Sobre el cuidado de la casa común, la encíclica ecológica-social del papa Francisco. El acontecimiento no ha sido menor, quizá sólo Rerum Novarum del papa León XIII hace más de un siglo recogió tanta lectura e inspiró a tantos liderazgos ideológicos y sectores sociales para fomentar cambios culturales y estructurales en las relaciones del ser humano en sus medios para alcanzar el desarrollo y para preservar su entorno en clave de justicia y trascendencia.

Pero Laudato si’ no es sólo una alerta de emergencia ante la crisis ecológica mundial, no es un alarido desesperado ante la destrucción vertiginosa del equilibrio en el medio ambiente. Es, sobre todo, una propuesta de mirada humanista –y cristiana- sobre la verdadera riqueza de las personas y las sociedades, una repulsa a las actitudes que justifican con promesas de vanguardia y desarrollo la explotación de los más débiles y una severa crítica a la cultura económica-comercial del descarte.

En el marco de este aniversario, como lo recuerdan la Comisión Episcopal de Pastoral Social en México (CEPS-Cáritas) y el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMODOSC), se ha fortalecido un lazo que se tenía ciertamente en el olvido: el diálogo entre los creyentes y los pensadores católicos con los científicos e investigadores de los fenómenos naturales de nuestra era y nuestro tiempo.

En esto se ha avanzado mucho, no sólo con las conferencias y encuentros conjuntos que se han logrado con expertos biólogos, sino en las acciones que algunos sectores eclesiales (Iglesia Recicla, por ejemplo) han puesto en marcha como parte de su compromiso para aportar actitudes de responsabilidad frente a la Creación.

 

Ecología sí, economía no

Un espacio, sin embargo, donde la perspectiva de Laudato si’ no ha entrado es en la economía global. Lo advertía Francisco en el capítulo V: “La política y la empresa reaccionan con lentitud, lejos de estar a la altura de los desafíos mundiales”. El pontífice expresó un deseo fuertemente arraigado en la sociedad civil pero incomprensible para quienes optan por soluciones cortoplacistas e inmediatas a las crisis económicas: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia”.

La decisión de los ciudadanos ingleses para salir de la Unión Europea, con todas las consecuencias que ello conlleve, es un reflejo de cómo la perspectiva social y humanitaria de los bienes –en la esfera de las responsabilidades compartidas- no ha convencido a quienes, en ideal o en nostalgia, creen tener la verdadera riqueza sólo entre sus manos.

Esto es lo que aún no ha logrado Laudato si’. Pero es una de las tareas que se abre en el horizonte como respuesta a las gigantescas contradicciones sociales que siguen prevaleciendo en el mundo. Y, nuevamente, la lectura del pontífice a la economía global no tiene como objetivo delinear estrategias para revertir la tendencia de hiper-concentración de riqueza o generar modelos laborales que satisfagan los mínimos derechos y necesidades del gran grueso poblacional. La aportación de Laudato si’ sugiere una exploración racional y espiritual de los estilos de vida: “Mientras más vacío está el corazón de una persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir”, “la sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora”, explica Francisco.

Algo, sin embargo, se ha comenzado a dibujar en algunos productos culturales sobre estas inquietudes. En el mundo cinematográfico hay que destacar “Lobo de WallStreet”, “La gran apuesta” o “Arbitrage”. El más reciente intento es “Money Monster” de Jodie Foster, un thriller sobre las conspiraciones macroeconómicas en el que las historias de las personas nada importan, se diluyen bajo la poderosa cifra de un dinero incapaz de visualizar físicamente. El conductor de un show de TV para inversionistas sobre análisis financiero que mendiga compañía para cenar; el hombre desesperado en bancarrota a nada de ser padre; la directora de comunicación de una compañía que le oculta la información; la productora de TV que lleva mejor relación con nicknames de hackers globales que con el sujeto que tiene enfrente; en fin. Pero nada de ellos sobre su identidad y su horizonte personal. El dinero los ha puesto allí, en medio de una crisis de seguridad y dinero que se viraliza hasta reducirse al chiste de la semana.

Esta misión es la que tiene Laudato si’ y sus promotores para el segundo año de su publicación. Veremos hasta dónde encuentra eco en el impersonal monstruo de la economía global. @monroyfelipe

Solo con madurez, el espacio religioso puede promover la libertad

IMG_3553“Cuando comencé en esto, la religión aparecía muy de vez en cuando en los periódicos y siempre estaba ligada a la sección de sociales: se casaron fulanito y menganita, bautizaron al hijo de tal matrimonio, etcétera. Los ministros solo éramos ese sujeto sonriente en la fotografía, siempre con la casulla encima”. El comentario es de un veterano religioso mientras sigue las noticias.

El detonante de la charla es lo que publicamos el 16 de diciembre sobre el inicio de una nueva voluntad entre los líderes de Estados Unidos y Cuba para reanudar relaciones diplomáticas entre estas naciones profundamente distanciadas. En realidad, lo que llamó la atención al religioso es la preeminencia de la figura del papa Francisco en la concreción de acuerdos y en la búsqueda de los primeros pasos de una nueva etapa para ambos países. En ese momento recodamos las palabras del pontífice ante el parlamento europeo durante su visita a Estrasburgo y la repercusión política que causó su posicionamiento desde el Evangelio frente a las dinámicas contemporáneas de la política, el mercado y la globalización. Sucedió igual con su intervención entre los liderazgos de Palestina e Israel para buscar la paz, con su cercanía con personajes como José Mujica para denunciar el modelo de descarte humano, etcétera.

Pero no es solo el Papa. Obispos de todo el mundo, clérigos, miembros de la vida religiosa y movimientos laicales de inspiración cristiana llenan algunas páginas de los principales medios de comunicación desde su protagonismo en su contexto: Atención a migrantes, auxilio de frontera a enfermos, negociación para la construcción de paz o manifestaciones que buscan concretar en las políticas públicas los valores inalienables de la vida, el derecho humano, la libertad, la ética y la moral, hay un discurso religioso partícipe en ello. Algo de lo más reciente fue la Jornada “La Iglesia frente a la corrupción, la injusticia y la violencia” organizada por estudiantes e la Universidad Pontificia de México y que convocó a liderazgos poco cómodos para el Estado y la Iglesia misma. En el encuentro, académicos de mi propia casa de estudios, la UNAM, reconocían con vergüenza que una iniciativa así  –libre y plural- hubiera sido disuadida en nuestra universidad que se jacta de autonomía, pluralidad y vanguardia social. Sin embargo, paradójicamente, la libertad de asociación y manifestación fue posible en la universidad de los obispos de México, un centro educativo vinculado al Papa y a la Iglesia universal.

Por estos ejemplos, el hablar de la esfera religiosa y su servicio en las diferentes dimensiones sociales ha saltado de las páginas anecdóticas al horizonte político, cultural y económico de las sociedades.

Sin embargo, la inserción en la dinámica pública y política por parte de los miembros de las asociaciones religiosas requiere madurez para no confundir ni crear falsas expectativas de lo que significa ser una voz más en el concierto de opiniones con legítimo derecho de expresión y participación.

Adrien Candiard, fraile dominico, explica en el dossier de Religión y Razón de La Maleta de Portbou, que el fenómeno de integración de las religiones a la arena pública y mediática exige un cambio de principio de autoridad: “Expresar las diferencias desde la perspectiva religiosa no divide a la humanidad en muchas, sino que se trata de una humanidad común que comparte el uso de la misma razón. Cualquier opinión, incluso si es religiosa, es discutible desde la razón y negarla es respetar  una opinión pero no significa respetar a la persona que la sostiene. Si nos limitamos a manifestar nuestra creencia, invocamos una posición de superioridad basada en la experiencia, pero discutir con el otro es estar a su mismo nivel, solo así puedo demostrar que lo que piensa es falso y ese es un modo de tomar seriamente lo que el otro piensa. Intentar demostrar honestamente que el otro está equivocado significa también correr el riesgo de que se nos demuestre lo contrario. Exponer nuestras razones es correr el riesgo de mostrar en público la propia debilidad”.

En pocas palabras, el nuevo protagonismo de la Iglesia exige madurez, solo allí puede aportar para transformar y transformarse positivamente.

Del “he decidido” al “me he visto forzado” y otras anfibologías de un mensaje presidencial en tiempos de crisis

27376-800-533El presidente de lo que queda de la República, Enrique Peña Nieto, emitió el “Mensaje a la Nación: Por un México en Paz con Justicia, Unidad y Desarrollo” a dos meses de los acontecimientos de Iguala, Guerrero, cuyos tristes despojos se han vuelto símbolos de la crisis transversal en el aparato institucional en cada rincón del país.

Tanto en la apertura como en las conclusiones, el ejecutivo nacional dibujó un panorama de los acontecimientos en el país y de los sentimientos que provoca dicha crisis institucional. En realidad, la crónica de los eventos y su adhesión a la indignación no convenció a quienes han y hemos seguido hombro a hombro el clamor de la gente y las víctimas, pero quizá sí permeó entre sus correligionarios, sus miembros operativos, sus primeros colaboradores y sus más radicales defensores. Ahora es posible decir que vivimos en un ‘Estado fallido’ no solo entre los ciudadanos que hemos constatado esa verdad cada día, sino entre los muros del palacio y las cumbres del poder, como los asesores, los secretarios, funcionarios públicos y beneficiarios del modelo económico vigente; es hasta ahora que pueden hablar de esto abiertamente porque “el Estado ha cedido espacios”, lo ha dicho el presidente. La primera ambigüedad es suponer que el mensaje iba dirigido a quienes sostenemos una crítica frente al régimen; todo lo contrario, sus destinatarios eran quienes se preguntaban por qué había tanto escándalo en las calles.

Entonces habrá quienes aplaudan y reconozcan en este mensaje al estadista que esta crisis necesita. Pero he aquí su primer error: ¿Qué significa que el primer mandatario, uno que doblegó a la oposición para hacer pasar las reformas de su interés, se sume a la exigencia de la justicia en su propio país? ¿Qué significa la (re)afirmación de su voto de servicio y compromiso a un tercio del camino sexenal? ¿Será él quien al asumir la responsabilidad de liberar a México de la criminalidad, asuma también los costos políticos de esta declaración?

Peña se colocó nuevamente como blanco de diana y le han disparado nada más que la verdad: “¡Tú no eres Ayotzinapa!”

Algo suena detrás de cada inquietud que presenta el mandatario: si el presidente exige justicia, ¿quién la está impartiendo hoy en día?; si anuncia su compromiso a mitad del camino, ¿no lo había asumido hasta ahora?; si Peña recogerá los lastres de la batalla, ¿quién recibirá el relevo sin la presión de la inmovilidad?

Con todo, el verdadero cuerpo del mensaje está en las nuevas diez medidas prácticas y operativas para “recomponer el rumbo, para impulsar el cambio de fondo en materia de seguridad, justicia y Estado de Derecho”: 1. Aprobación de una ley contra la infiltración del crimen organizado en autoridades (municipales, principalmente); 2. Redefinición de competencias de autoridades en el combate al delito; 3. Policía estatal única con 32 corporaciones; 4. Teléfono único de emergencias en materia de seguridad (911); 5. Clave única de identidad; 6. Operativo especial en Tierra Caliente; 7. Reformas de acceso a la justicia; 8. Fortalecimiento de instituciones de defensa de Derechos Humanos (articulación de un Sistema Nacional de Búsqueda de Personas no Ubicadas, Banco Genético y Registro Nacional de Víctimas); 9. Aprobación de leyes anticorrupción; y 10. Fortalecer mecanismos de transparencia y rendición de cuentas.

La primera crítica que recibe Peña Nieto sobre este decálogo es precisamente lo que le habrá motivado a pronunciarlas: Si no logra hacer cumplir mínimamente las leyes vigentes, ni responde al clamor popular para remover funcionarios, ¿para qué proponer nuevas leyes, para qué proponer nuevos organismos que indefectiblemente estarán en manos de funcionarios intocables?

Cada una de las propuestas merecen un análisis exhaustivo y serán estudiadas por los especialistas; sin embargo, me atrevo a señalar que todas las medidas están encaminadas a lo que el presidente enfatizó: unidad. Pero cierta unidad que sueña con uniformidad, unidad a la que no le basta el equilibrio. Esto no es nuevo, paulatinamente parece que vamos mudando de las instituciones ‘federales’, a las instituciones ‘nacionales’. Se busca armonía pero se sacrifica autonomía. Ante la desarticulación del país, parece obvio buscar una mayor centralización en el ejercicio del gobierno y el control administrativo, judicial, electoral, legislativo incluso; pero no podemos menospreciar la reaparición de fantasmas hegemónicos absolutamente inoperantes en la era de la ciudadanía politizada y participativa.

En el mensaje también anunció la creación de tres Zonas Económicas Especiales (ZEE) en el sur del país, algo de no poca trascendencia. Las ZEE en el mundo son muy valoradas en el marco de la economía global, por su éxito en la reactivación productiva y comercial de economías ralentizadas,  aunque muchas veces a costa de dos sacrificios muy claros: el ‘cierto grado’ de explotación laboral, la pérdida de tierras de cultivo y una (aún) menor intervención del gobierno en las empresas y sus relaciones inmobiliarias en la zona.

Aún hay más respecto a la narrativa de estas propuestas: ¿Habrían sido presentadas sin la emergencia que vivimos? ¿Era necesaria la sangre de las víctimas, la ausencia de los desaparecidos, la indiferencia de las fuerzas del orden, la corrupción de las autoridades, el mar infinito de muertos anónimos? ¿Era necesario reconocer que “el Estado había cedido espacios”? ¿Hacía falta que el presidente asumiera personalmente la responsabilidad de “liberar a México de la criminalidad, la corrupción y la impunidad”? Todo el mensaje parece señalar que sí: que se aplicarán medidas emergentes para un escenario no previsto.

De allí la inquietud por el “he decidido” presidencial que, en el fondo, habla de un viraje inesperado que doblega a los cambios y no de una reflexionada estrategia a largo plazo. Fuera de las propuestas emergentes, el mensaje denota una serie de ambigüedades que intentan cubrir cierta verdad subyacente.

Cuando Peña Nieto dice que “México sufrió uno de los ataques más cobardes y crueles del crimen organizado” es claro que no habla de los estudiantes de Ayotzinapa sino del propio Estado a través de autoridades corruptas y delincuentes. Cuando habla de “indignación y agravio” no hay elementos emocionales sino pragmáticos y políticos.

Es esto lo que aún no mira el presidente y por eso no logra empatía con el pueblo que representa. Él se ha visto forzado, mientras que el pueblo ha decidido a plantear un nuevo modelo de relación con el gobierno. Esperemos que esto último sí logre dar frutos. @monroyfelipe

Para concluir la guerra

“¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas? también les queda discutir con dios tanto si existe como si no existe tender manos que ayudan / abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno / sobre todo les queda hacer futuro a pesar de los ruines de pasado y los sabios granujas del presente”. -Mario Benedetti

En realidad me ha costado trabajo encontrar el texto de Carlos Vigil Lagarde Guerra, Justicia y Derecho. Cuando llegó a mis manos en fotocopias hace años me quedó grabada su frase: “Cuando la justicia se acompaña de la caridad, se desvanece el espectro de la guerra; así, la fórmula para la felicidad de las naciones y la humanidad es, pues: vivir en la justicia y la caridad”.
En ese ensayo, Vigil daba nueve sugerencias para erradicar la guerra, algunas suenan descabelladas pero otras están llenas de sensatez: “Establecimiento de una educación antibélica, educar a los padres de familia para erradicar toda violencia en la vida familiar, colocación de placas con informes sobre los daños de la guerra en los monumentos conmemorativos de las batallas”.
Algunas otras ideas de Vigil son de índole punitivo-administrativo e incluso represoras de la libertad, en síntesis: el fermento ideal de violencia institucionalizada sobre la conciencia. Sin embargo, me detengo en las que a mi juicio suenan positivas porque hablan de construir una sociedad con cimientos de educación y de memoria.
Reflexiono esto frente al Museo Memoria y Tolerancia, en el Centro Histórico del Distrito Federal; un recinto lanzado, fuertemente patrocinado y promovido por la comunidad judía en México y que, en sus palabras, ha sido su regalo de agradecimiento a la nación mexicana en el marco de la celebración del bicentenario de su Independencia y del centenario de su Revolución.
Los objetivos del museo se intuyen, son transparentes: primero, no olvidar los horrores que deja a su paso la violencia; y, segundo, construir respeto en la convivencia plural social.
Anima -y no poco- el que este espacio de íntimo reconocimiento y búsqueda de entendimiento registre una nutrida e inusual afluencia de visitantes -muchos niños, por cierto-, porque es en este tipo de proyectos donde se condensa el vaporoso sueño de Vigil y de tantos otros hombres y mujeres de buena voluntad: el fin de la violencia.
La guerra, que hace estéril toda la superficie del mundo, se alimenta a temprana edad de un olvido selectivo y de una paulatina adaptación a las violencias entre los seres humanos.
Por ello preocupa la creciente opinión de varios líderes sociales sobre la construcción del futuro del país a base de una nueva revolución o una resistencia civil pertrechada de rabia y de repudio. Quizá se hayan adaptado tanto a las violencias que piensen que una nueva y definitiva puede controlar la situación; en el fondo no hacen sino seguir el modelo de quienes creen “poder adminstrar el infierno”, como criticó Javier Sicilia.
Inquieta percibir que, como la humedad, la desesperanza ha minado la confianza en la paciencia, la templanza, la justicia y la prudencia, en la fortaleza de las ‘armas débiles’ que son el diálogo y la caridad.
Pero hay caminos de paz, estoy seguro que aún los hay. Eso es lo que pude constatar en una corta vista a Guerrero, donde la violencia se expresa en todas sus dimensiones, en todos sus rostros y en toda su crueldad. Sucedió en el saludo de paz durante una misa en Acapulco, a sugerencia del párroco los participantes nos miramos, nos abrazamos, lloramos juntos nuestras pérdidas, nos perdonamos y nos dimos la oportunidad de confiar en las manos del prójimo, de creer nuevamente en la bondad de los extraños.