México

Lujitos institucionalizados

El uso de recursos públicos (o corporativos) para satisfacciones o ‘lujitos’ personales es completamente reprobable. Es una de las acciones que más destruye la confianza en instituciones por obra directa de los individuos. Y es, al mismo tiempo, muy fácil para las personas creer que merecen esos ‘pellizcos’ que le dan al erario cuando tienen oportunidad.

Lo que recientemente se hizo público con el caso de la senadora que a todas luces ha utilizado su posición para hacer gastos personales con carga al presupuesto de la Cámara Alta es, sin ser complacientes ni minimizando la gravedad de los hechos, una práctica generalizada en todos los sectores de la administración pública e incluso de no pocas organizaciones privadas, aunque estas últimas exigen una reflexión de otra naturaleza.

Algunos de estos actos son en extremo evidentes como comprar con recursos públicos artículos de uso personal; pero se vuelven más sutiles cuando se trata de pagar ciertos servicios cuya necesidad es debatible costear con dinero público o con los emolumentos personales: gastos de representación (alimentos, traslados y hospedajes), servicios de imagen personal (peluquero, maquillista, asesores de imagen), choferes y seguridad privada, consumo ilimitado de gasolina y peajes, servicios de salud y bienestar (nutriólogos, entrenadores, masajistas), formación y educación (capacitaciones, diplomados, entrenamientos, etcétera).

Por supuesto, mucha gente no quiere comparar lo que “roban los políticos” con lo que “toma la sociedad”. Pero pongamos el ejemplo de las conchas sin azúcar, muebles y artículos personales que la senadora cargó al gasto público frente a lo que muchos ciudadanos hicieron al registrar sus automóviles (muchos de lujo) en el estado de Morelos para no pagar tenencia y evitar fotomultas. ¿Cuál actitud provoca una mayor pérdida a los recursos públicos? ¿Cuál es más sancionable moral y públicamente? ¿Qué consecuencias penales puede tener el primero y cuáles el segundo? Y finalmente, ¿cuál estaría dispuesto a hacer usted, querido lector, si tuviera la oportunidad?

Por supuesto, es muy probable que afirme que la primera acción (ser funcionario y aprovechar la posición para cargar al gasto público satisfactores personales) es más grave porque pone todas las alarmas sobre esa persona en el ejercicio honesto y desinteresado de sus responsabilidades: ¿No acaso un funcionario que gasta sin pudor los recursos de la nación puede también pedir una tajada por negocios, licitaciones o adjudicaciones directas? ¿No acaso un servidor público que no se ruboriza al pellizcar la partida presupuestal puede también crear enormes boquetes financieros en deuda o engañosos proyectos de infraestructura con material de cuarta que terminan en socavones mortales? Y ni siquiera estamos hablando de la prepotencia, la impunidad, el fuero o el tráfico de influencias que también podrían considerarse lujitos institucionales.

Pero los ciudadanos de a pie también pecamos del mismo mal: desde la simulación o evasión en el pago de impuestos hasta la innoble recepción de bienes o beneficios económicos a cambio de la venta de la conciencia o del voto. En general no se critica esta actitud, todo lo contrario: se aplaude a aquel individuo que descubre oportunidades de ganancia ocultas para la mayoría de las personas, aún cuando esas oportunidades lindan en la frontera de lo legal, lo legítimo o lo moralmente correcto.

Aceptar un bien que se obtiene de una manera injusta habla de una cultura del agandalle que hace mucho mal a las sociedades donde se le da carta de naturalización. Y hay que reconocer con vergüenza que México ha adoptado este estilo cuya imagen más cruda es la del pernicioso victimismo pegado a la ubre del presupuesto o del grosero acaparamiento de ventajas inmorales, pero perfectamente legales.

@monroyfelipe

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Ideas para un debate

Este domingo 22 de abril se realizará el primer debate presidencial del proceso electoral 2018, acuden cinco candidatos bajo un escenario que, si se simplificase al extremo, sería como sigue: el aspirante opositor va a la cabeza con varios puntos de ventaja en las encuestas; el abanderado del partido en el poder va en un lejano tercer lugar; el segundo lugar se sostiene sobre una explosiva amalgama artificial; y, al final de la carrera, dos candidatos sin partido que atacan al puntero más por ser como es que por alcanzarlo en el frente de las preferencias.

Por supuesto, la simplificación se hace caricatura y peca en objetividad. La construcción histórica de cada candidatura, la constitución real de cada estructura partidista, el panorama actual y futuro del país al que se aspira a gobernar y los acuerdos cupulares institucionales, políticos o económicos, hacen mucho más complejo el escenario en el que los ciudadanos deben valorar con criterio su apoyo a uno u otro aspirante. Pero bien dicen los mercadólogos de la política: el debate no es la oportunidad ciudadana para someter a los candidatos a escrutinio, es la oportunidad de los candidatos a sembrar ideas (reales o falsas) de su persona o de sus contrincantes.

Esos mismos mercadólogos afirman que el ganador del debate sube cuatro puntos en las encuestas de intención de voto popular y por eso preparan a los candidatos con técnicas y artilugios para salir victoriosos; sin embargo, en debates modernos ha habido candidatos que no acuden a estos ejercicios y de igual manera ganan elecciones (Theresa May del Reino Unido, por ejemplo) o debates donde son las reacciones del público presente las que ajustan los estilos o las temáticas de las propuestas políticas.

En México seguimos teniendo formatos muy rígidos, muy cómodos para los candidatos. De tal suerte que sigue siendo poco claro saber qué esperamos en realidad de estos ejercicios de comunicación política. ¿Qué se evalúa en un debate? ¿Las ideas? ¿La claridad con la que se exponen? ¿El temple y el carácter del candidato para recibir o sortear ataques? ¿El ingenio para hacerlos? Y finalmente, ¿quiénes hacen esas evaluaciones? ¿La audiencia como espectador entretenido o como ciudadanía receptiva? ¿O en el fondo es la opinocracia interesada la que califica bajo sospechosos o arbitrarios criterios?

¿Quiénes deben contrastar las palabras con la realidad? ¿Qué instancias verifican la viabilidad de las promesas? Pero, sobre todo, ¿cómo hacer para que la ciudadanía incida en la elección de los tópicos, de los formatos y de los candidatos sobre los que sí tiene interés escuchar?

Y es que en los debates se somete al crisol mucho más que las palabras y actitudes de los candidatos; se pone en evidencia el tipo de sociedad que somos y el nivel de la participación ciudadana que está convocada a pensar y reflexionar sus intenciones electorales.

Que los debates en México estén organizados para que cada candidato (independientemente de cómo haya llegado a la contienda o de sus posibilidades reales de ganar) pueda expeler cualquier agresión que le venga a la mente o prometer la fantasía más alucinante, refleja nuestro oscuro deseo de hablar sólo por tener el micrófono y la falta de sanciones sociales a la mentira. Pero, esa libertad, no explica esa falsa cortesía o protección a los políticos que no tienen posibilidad ni capacidad de soportar el juicio público cuando debaten. Que los moderadores de estos encuentros políticos en México sean periodistas no se compara con la presencia de público general en debates de Estados Unidos o el Reino Unido, ni con la preselección de candidatos a los que se les exige debatir sin ser distraídos por otros aspirantes que, aunque tengan legítimo derecho de contender, no representan plataformas de interés nacional ni debates sociales urgentes (como en Francia, por ejemplo).

La posibilidad para que -legítima, legal o paralegalmente- casi cualquier ciudadano mexicano pueda aspirar a puestos ejecutivos es parte de los avances y tropezones de la democracia; los debates también lo son. Ambos mecanismos son perfectibles y ambos siguen necesitando más participación popular.

@monroyfelipe

De estafas maestras y la paradoja de San Petersburgo

apostarmexEl que, por segundo año consecutivo, México caiga sólidamente en el Índice de Percepción de la Corrupción publicado por Transparencia Internacional no debería sorprender a nadie. Estos meses hemos sido testigos de la capacidad creativa con la que ciertas personas que están al frente de instancias públicas o privadas desfalcan al respetable mientras saquean al erario: triangulación financiera, simulación de gasto, retorno fantasma de inversiones, etcétera. Sin embargo, en el fondo, todos los actos de corrupción están fundamentados en la teoría de juegos y, especialmente, en la paradoja de San Petersburgo.

No nos dejemos llevar por el nombre, la paradoja de San Petersburgo no fue creada por rusos sino por suizos y -vaya sorpresa- nació el mismo año (1713) que el famoso ‘secreto bancario’ que ha hecho de Suiza uno de los paraísos fiscales más exitosos y controversiales de la historia. Los hermanos Nicolau II y Daniel, de la afamada familia de matemáticos Bernoulli, idearon este juego de azar donde la casa comienza con un fondo base y se incentiva a un apostador a lanzar una moneda al aire y, si sale cruz, la casa dobla la cantidad del fondo base; pero, si sale cara, el apostador se lleva el bote disponible en ese momento. Al apostador le conviene que la moneda no salga cara en los primeros lances y siempre se lleva algo de dinero; pero, como el apostador siempre gana, la casa debe cobrar una cuota inicial para participar en el juego. Los Bernouilli se preguntaron cuál debería ser la cantidad de la cuota de entrada para que el juego fuese justo o, incluso, viable.

La paradoja de San Petersburgo reside en que las ganancias en el juego crecen exponencialmente mientras que las probabilidades de ganar decrecen también exponencialmente. Los teóricos matemáticos -más allá de los debates minuciosos y los cálculos estratosféricos- resuelven que la paradoja de San Petersburgo depende del cálculo del riesgo y la ganancia que haga el apostador o la casa. ¿Qué tiene que ver todo esto con los casos de corrupción, estafa, triangulación, simulación, desvío o vil robo que soporta el edificio de la corrupción en nuestro país? Bien, casi todo.

Los apostadores son funcionarios públicos o facinerosos emprendedores que aprovechan su posición para ganar sobre la casa, que es el erario; las reglas son las mismas: mientras más riesgoso y prolongado se torna el juego, mayores ganancias se asoman en el horizonte de posibilidades; y mientras más se invierta en jugar, más posibilidades de vencer el umbral de riesgo.

Veamos la llamada ‘estafa maestra’: Se afirma que en ella se utilizan ciertas lagunas legales para hacer fluir capitales del erario mediante adjudicaciones directas a otras instancias de gobierno de aparentes menores responsabilidades para transparentar uso de recursos (como las universidades públicas) y de allí a ser utilizado con nuevos contratos para obtener productos o servicios que finalmente resultan casi imposibles de comprobar siquiera su existencia. El riesgo para los corruptos que apostaron por este ‘método’ no es que se descuba el hilo del dinero, porque la ruta y el método -aunque cuestionables- son legales y la ganancia es cuantiosa; el riesgo mayor es precisamente no haber invertido lo suficiente como para hacer rentable el ‘método’ antes de que la suerte los ponga en el banquillo de los acusados.

Así el resto de los casos de corrupción: ¿Valía la pena el riesgo de aumentar peaje en autopistas para pagar vacaciones y sobornos a funcionarios? ¿Y el riesgo de comprar un inmueble de 89 millones de pesos a una empresa a la que se favoreció mediante licitaciones? ¿Fue razonable el riesgo de endeudar las arcas del estado en diferentes actos de desvío de recursos? ¿Fue positivo defraudar a la banca con 585 millones de dólares con facturas apócrifas de una paraestatal sumamente cuestionada en transparencia?

La teoría de juegos y la paradoja de San Petersburgo son muy claras: si hasta este punto se ha ganado más de lo que se ha perdido y si el riesgo sigue muy por debajo de nuestros escrúpulos, entonces hay que seguir apostando. Usted se preguntará: ¿Valdrá la pena hacer una apuesta por la corrupción en México dos veces? Y la respuesta redunda en obviedad: ¿Ya vio cuántos candidatos quieren el papel de apostador?

@monroyfelipe

Coco, frondoso sincretismo cultural

Coco Trailer 1.1No es un secreto, la muerte en México transita entre la festividad y tragedia, existe igual en el jolgorio burlón que en el dolor melodramático. Hacer una historia donde la muerte alcance esos rangos de personalidad no es cosa sencilla y, sin embargo, el trabajo que la casa Disney/Pixar realizó en Coco (2017) bajo el comando de Lee Unrik (quien también escribió y dirigió Toy Story 3) es precisamente aquello: un gran escenario donde los imposibles tienen parentesco con la cultura mexicana.

Coco relata la historia del niño Miguel y de su familia en un ‘día de muertos’. Son una familia mexicana de un pueblo bello y pintoresco; la abuela es la cabeza de una gran familia ampliada, conduce y cuida a todos los miembros bajo la norma que su madre y la madre de su madre le dejó. Reglas que Miguel está a punto de romper y, con ello desatar una insólita experiencia.

Miguel y su familia contemplan y respetan sus tradiciones como el altar moral de su identidad, pero en el fondo son tradiciones que no detienen sus pasiones individuales; todo lo contrario, las alimentan o las encausan. Si la tradición logró normalizar una terrible prohibición en la familia fue gracias al oscuro poder que ejercen el despecho y el rencor mezclados con protección y cariño; y, al mismo tiempo, es la tradición lo que alimenta la rabiosa búsqueda de Miguel y su insurrección ante lo establecido.

El algún momento, todo en Coco nos parece el recuerdo de algo difuso. Quizá el espectador mexicano promedio termina de mirar esta emotiva película y comienza una involuntaria introspección memorial de su propia experiencia, ya sea con la muerte de sus seres queridos o sobre la estridente piel de su amada cultura mexicana. Ahí están los signos, sus elementos y sus construcciones simbólicas: la cultura y la familia mexicana en una estampa poliédrica, simultánea, sincrética y ligeramente absurda pero encantadora, vibrante, festiva y orgullosa.

Coco es un frondoso árbol de sincretismo cultural mexicano. Ya muchos han hablado de los lugares, los objetos, los personajes, los ritmos y las esencias que encuentran en el filme y que evocan diferentes experiencias de la mexicanidad; destaco, sin embargo, la sensibilidad de esta película extranjera con los perfiles culturales icónicos que han recogido las letras y la literatura mexicana.

Fieles a disimular las profundas tensiones religiosas que subyacen en las culturas del mundo, el equipo de Disney/Pixar resguarda cauteloso su melodrama bajo la premisa que ofrece el refrán mexicano: “Los muertos se van cuando el olvido los sepulta”. Y sin pudor hace convivir en el más allá a mártires y a asesinos, a arrepentidos y a irredentos; mientras, cual moneda de cambio, el recuerdo de los vivos es la riqueza que construye las clases sociales y levanta los muros de exclusión en el mundo de los muertos.

Es imposible no sentir piedad por esos miserables, los muertos melancólicos que añoran que sus seres queridos no los olviden del todo; sentir compasión por esos quienes podrían rezan como Manuel Acuña: “A veces pienso en darte mi eterna despedida, borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión” o como lo haría Amado Nervo: “Faro de mi devoción, perenne cual mi aflicción es tu memoria bendita. ¡Dulce y santa lamparita dentro de mi corazón!”.

Para aquellos muertos, los del fondo de la poza, los descartados de la memoria de los vivos su única esperanza para levantar ese puente entre el mundo de los vivos y de los muertos es la que Xavier Villaurrutia descubre en su poema: “Amar es una angustia, una pregunta… Amar es reconstruir, cuando te alejas”.

Octavio Paz apuntó que cuando una civilización niega a la muerte acaba por negar a la vida; y Coco es la excusa perfecta para reencontrar esos matices culturales que la mexicanidad guarda sobre la vida y la muerte. No sólo en la bravuconería de burlar a la muerte o de vestirse superficialmente de ella durante la fiesta y la alegría, sino de comprenderla como quien habita siempre la sublime trascendencia. No es casualidad que José Gorostiza en su titánico poema ´Muerte sin fin’ expresara: “En la médula de esta alegría, no ocurre nada, no; sólo un cándido sueño que recorre las estaciones todas de su ruta; tan amorosamente, que no elude seguirla a sus infiernos”.

@monroyfelipe

¿De veras escuchar a los jóvenes?

joven misa FranciscoAl principio, la sociedad descubrió a la generación millennial como quien contempla un portento o una proeza sobrehumana; pero, con el tiempo, no faltaron los críticos que siempre ven el vaso medio vacío y se preguntaron de qué sirven ciertas hazañas extraordinarias en el mundo real. Entonces se hizo viral aquel video de un sujeto afirmando que la generación del milenio está compuesta básicamente por jóvenes impacientes, muy mimados, algo ingenuos y demasiado confiados de sí mismos pero incapaces de hacerse cargo de alguien más.

Sin embargo, sucedió el temblor y la generación millennial hizo su parte superando cualquier expectativa del resto de la sociedad. Aprovecharon sus habilidades y el acceso que tienen a la tecnología para hacer algo más que tomarse selfies con filtros e hicieron trabajar su creatividad y sus músculos en la calle y no en los espacios de control que se han erigido para embellecer lo que de por sí ya es bello.

La generación del milenio demostró que es capaz de tender la mano por su prójimo en el mundo real y no sólo con los pulgares arriba de los likes. Por supuesto, la ilusión por el éxito inmediato o la gratificación instantánea que contamina la percepción de toda la sociedad también adormeció pronto la conciencia de los millennials: rápidamente se creyó que basta un día extraordinario, quizá dos o tres, para que todo el país cambie, para transformar toda la realidad, para superar los fantasmas que pueblan la profunda idiosincrasia mexicana. Con un par de días todos fuimos nuevos y el ‘volver a la normalidad’ significaba casi un regreso a las cavernas.

Pero ‘la normalidad’ es la realidad, con sus pros y sus contras, con los desafíos cotidianos y las búsquedas sociales que llevan años –si no décadas- poder concretar. Así que, sin que parezca un sinsentido: muchos de los triunfos culturales que busca la juventud, si se empeña buenamente en conseguirlos, quizá podrán alcanzarse cuando sus promotores ya no sean jóvenes. Y, de igual manera: los cambios que hoy transforman la sociedad son fruto de grandes empeños que las generaciones previas vienen realizando desde hace décadas.

Por eso es tan importante escuchar la voz de los jóvenes, nos explica su sentir en un mundo construido y nos abre una mirilla en el tiempo hacia un futuro que podría construirse.

En estos días, la Iglesia católica ha iniciado un año jubilar de la juventud; su interés es escuchar a los jóvenes y atisbar un poco el porvenir de esta institución en las décadas que vienen. Para ello, el papa Francisco convocó para la XV Asamblea Ordinaria de obispos a un “Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Desde su mirada, la Iglesia advierte que la juventud del mundo está más cómoda en sociedades multiculturales y multirreligiosas, de alto pragmatismo tecnológico y en espacios que se adaptan rápidamente a culturas mixtas; pero también mira con preocupación que la falta de adaptación de grandes grupos de jóvenes a estos cambios deriva rápidamente en actitudes de integrismo o fundamentalismo, sea de corte nacionalista, ideológico o religioso.

Habrá que esperar los resultados del cuestionario global que la Iglesia católica está realizando entre los jóvenes creyentes y no creyentes; y contrastarlo con el otro cuestionario que está haciendo a los jóvenes que participan ya en alguna actividad de la Iglesia. Será altamente interesante porque los lenguajes empleados en cada uno de los cuestionarios son muy diferentes. Mientras al amplio público le preguntan: “¿Qué cosa has visto o te han platicado sobre cómo algún miembro o institución de la iglesia ha ayudado a la vida plena de un joven?”; a los jóvenes de la Iglesia católica les preguntan sobre “contribuciones a la formación en el discernimiento vocacional”, “aplicación en práctica pastoral ordinaria” o “interpretación de la paternidad espiritual”.

Escuchar a los jóvenes es un imprescindible social, más en países como México donde la población de entre 15 y 29 años aún supera el 25% del total (en países europeos este grupo social rasguña un promedio del 15%) y que representan casi el 50% del total de emigrantes que buscan fuera de México nuevos espacios y culturas para vivir.

Si hoy 2 de cada 10 jóvenes mexicanos no estudian ni trabajan quizá es porque la oportunidad de empleo para los jóvenes no ha hecho sino decrecer en las dos últimas décadas (la razón de empleo respecto a la población para jóvenes entre 15 y 29 años ha caído sostenidamente del 52% al 44%) y si, como  han venido declarando los obispos de México, los jóvenes representan un porcentaje mínimo de las asambleas dominicales de las parroquias quizá esté sucediendo algo que, para variar, sería bueno que esos mismos jóvenes pudieran explicarlo.

@monroyfelipe

Lo que nadie dice sobre la excomunión a políticos corruptos

corrupcion-millones-dolares-desarrollo-ONU_MEDIMA20131123_0279_5El 17 de junio pasado, durante el informe final del Coloquio Internacional sobre Corrupción realizado en el Vaticano, se deslizó la posibilidad de que el papa Francisco podría dar cauce a una iniciativa legislativa conducente a aplicar la pena de excomunión por actos de corrupción y asociación criminal; y aunque la iniciativa no tiene destinatarios específicos, de inmediato se pensó en los miembros de la clase política y funcionarios cuyos actos de corrupción parecen afectar con más gravedad a la sociedad.

La excomunión sigue siendo la máxima pena que puede ser impuesta a un católico, significa quedar fuera de la Iglesia, apartado de los medios de salvación. Además, la pena está estipulada para evitar que el pueblo se escandalice de una autoridad que permite que las conductas delictivas graves queden impunes. Así que, si la Iglesia católica llega a formalizar la excomunión a políticos corruptos o a liderazgos económicos o gremiales por actos de asociación criminal, serán los obispos quienes tendrán una mayor responsabilidad en el tema.

Sin duda, muchas voces -dentro y fuera de la Iglesia- han aplaudido la iniciativa del pontífice argentino pues es claro que los actos de corrupción no sólo son indeseables, sino que sus efectos son desastrosos para cualquier sociedad.

En México, el tema es muy sensible ya que, según Transparencia Internacional, nuestro país cayó 28 lugares del 2015 al 2016 en materia de percepción de corrupción y es el último lugar entre las 35 economías que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Para el Instituto Mexicano para la Competitividad y el Centro de Investigación y Docencia Económicas, la corrupción nos cuesta 906 mil millones de pesos, el 10% del Producto Interno Bruto del país. Esto es: que por cada 100 pesos de riqueza que generamos, 10 se destinan a corrupción; y la gente de a pie tiene que desembolsar hasta el 14% de su salario o ingresos para cubrir gastos extraordinarios correlacionados a los efectos de la corrupción. Por si fuera poco, por la corrupción se pierden hasta 480 mil empleos anuales.

Sin embargo, contrario a lo que mucha gente cree, el proceso jurídico que conduce a la excomunión de un cristiano no es sencillo. Primero hay que distinguir que, para la Iglesia católica, hay dos ‘formas’ en que se incurre en excomunión: latae sententiae y ferendae sententiae.

Según el Código de Derecho Canónico, se sugiere que por norma general la pena de excomunión se realice por la vía de ferendae sententiae que es una ‘sentencia ejercida’ resultada de la intervención de una autoridad eclesial (por ejemplo, un obispo diocesano) quien a través de un procedimiento administrativo en el Tribunal Eclesiástico (o algún otro tribunal competente) se dirimen las acusaciones, las pruebas, las circunstancias y, en su caso, se evalúa si el infractor enmendó o no su actuar tras las advertencias previas y obligatorias que debieron haberle hecho.

Ahora ya se ve por qué no sería fácil que por vía de la intervención jurídica eclesial algún político, empresario o poderoso llegue a ser excomulgado. Sería necesarísimo –imprescindible incluso- que antes de procesar en un juicio de excomunión a un acusado, se tuvieran pruebas irrefutables del acto criminal (lo cual ya se antoja imposible) y, además se debe hacer una valoración de la contumacia o la insistencia del acusado a persistir en el error después de la amonestación que la autoridad le hiciera. Es decir: que las autoridades eclesiales deberán hacer amonestaciones concretas a personas concretas por delitos comprobados, darles un tiempo prudente para enmendar el acto y, en todo momento, actuar anteponiendo la dignidad, la buena fama y todas las garantías eclesiales del imputado.

Hay otra figura, sin embargo, que podría ser más cercana a lo esperado: el latae sententiae que es una especie de ‘excomunión en automático’ cuando aquel creyente corruptor o partícipe de un acto corrupto –consciente de lo que hace, de la ley que viola y del mal que implica- no hace nada para impedir el camino de su condena. Este tipo de sentencia inmediata la sugiere el canon 1318 para “delitos dolosos especiales que pueden causar un escándalo más grave”.

Y, en efecto, sería un escándalo gravísimo que políticos corruptos cuyos actos laceran ostensiblemente a una comunidad no sean repudiados por las autoridades eclesiásticas.

Por supuesto, en un Estado laico como México, una sentencia de excomunión a políticos o funcionarios parecería inocua y carente de sentido para el desarrollo de las instituciones; pero, en el fondo, la búsqueda del apoyo social y de amplios estratos del país que requieren los políticos y empresarios pasa indefectiblemente por el juicio moral de millones de mexicanos y de liderazgos de identidad católica.

La excomunión, sin embargo, también es un privilegio de la autoridad eclesiástica; es una sanción vertical y jerárquica. Y allí es donde la ‘excomunión por corrupción’ tiene un riesgo tremendo porque el reto con la corrupción es precisamente acabar con los pequeños o grandes privilegios que son utilizados para aventajar o engañar al bien común. Por desgracia, en los anales de la historia pasada y contemporánea, abundan los casos en que los propios jueces de la moral son artífices de actos de cohecho con las propias autoridades corruptas. Por lo que si un obispo intenta divulgar alguna sentencia de excomunión por corrupción está obligado a contar con una inmaculada e inobjetable estatura moral, una perfecta asepsia política y una historia libre de los clásicos ‘favores’ que ofrecen facinerosos empresarios y políticos; de lo contrario, la sombra de un uso pernicioso de la sanción canónica causaría aún más escándalo entre los creyentes.

@monroyfelipe

Chedraoui, la finalidad de un icono jerárquico

Sayedna-2-1Conocí al arzobispo Antonio Chedraoui Tannous gracias al fotógrafo David Ross; para él, uno de los mejores retratos que había realizado con su famosa técnica de “fundido al negro” había sido al titular de la iglesia ortodoxa de Antioquía en México, Venezuela, Centroamérica y el Caribe. Más que una fotografía parecía un icono lleno de símbolos de poder: el arzobispo en rason  y epanókamelaukion negros (sobretodo y tocado) luciendo el stauros pectoral y la panaguia bajo sendas cadenas de oro y remates de rubí, empuñando con severidad un tremendo kazranion (báculo) mientras sonríe con gentileza, casi condescendiente.

El arzobispo metropolita Antonio Chedraoui destilaba jerarquía por los cuatro costados; su servicio a la iglesia antioqueña lo resume claramente la nota de su fallecimiento divulgada este 14 de junio: “Ha tenido relaciones con la mayoría de los Presidentes de la República del Líbano desde 1950 hasta la fecha. Y se ha entrevistado con diversos Jefes de Estado, como los Reyes de Grecia, Pablo y Federica, y los Presidentes de Venezuela, Argentina, Brasil y Chile. Se le ha considerado como uno de los líderes más destacados de la Colonia Libanesa en México y de las demás Colonias Árabes. Ha tenido el privilegio de contar con la amistad de varios Presidentes de la República Mexicana, desde el Lic. Gustavo Díaz Ordaz hasta el actual Presidente, Lic. Vicente Fox Quesada (sic); además de contar con el aprecio y la amistad de diversos Secretarios de Estado, de líderes religiosos de diversas Iglesias, así como también de los líderes políticos mexicanos y de la iniciativa privada”.

Para los medios de comunicación y la clase política, el arzobispo Chedraoui se reducía al día de san Antonio Abad, su cumpleaños y onomástico; a una solemne ceremonia de tremenda pompa bizantina y una frugal recepción donde convergían los políticos de moda y los poderosos líderes transexenales. Hay que mencionar que desde 1966, Chedraoui fue el obispo vicario patriarcal para todas las comunidades católicas ortodoxas antioqueñas de México, Venezuela, Centroamérica y el Caribe (la región fue elevada a dignidad archiepiscopal y, por tanto, desde 1996, Chedraoui fue el primer arzobispo metropolitano).

Pero el trabajo del arzobispo tenía efecto en cada comunidad que presidía, fuera en México, Martinica, Guatemala, Honduras o Venezuela. Tan solo en Guatemala, la única institución privada que continúa proveyendo hogar, educación y capacitación laboral a niños huérfanos (hijos y nietos del conflicto armado) es el albergue Rafael Ayub, de las monjas católicas ortodoxas antioqueñas quienes, bajo el amparo de la enorme figura de Antonio Chedraoui, han resistido el embate de los gobiernos que han centralizado los orfanatos con el riesgo de que terminen administrados por la desquiciada corrupción que reina en aquel país.

El legado de Chedraoui, la finalidad de ese estilo de gobierno soportado en esa retórica de poder, ha sido  la visibilización de una iglesia ortodoxa con presencia muy limitada en comunidades pequeñas y dispersas en el continente pero cuya cooperación económica y subsidiaria es muy generosa y que hace que sus servicios de asistencia humanitaria sean altamente reconocidos por la sociedad y los gobiernos latinoamericanos.

Aunque pequeña, la iglesia ortodoxa antioqueña –una breve porción de la pujante comunidad libanesa en México- se ha abierto paso en la conversación política, económica y social en el país. Hoy, la comunidad Ortodoxa se concentra en la catedral de San Jorge ubicada en la ciudad de México; y en su área metropolitana, la magnífica y esplendorosa catedral de San Pedro y San Pablo ubicada en Huixquilucan, Estado de México. Además, los monjes presbíteros, diáconos y archimandritas se congregan en el Monasterio de San Antonio el Grande, Jilotepec; en Yucatán llevan la parroquia de la Dormición de la Virgen y en Tijuana, la misión ortodoxa se denomina Proyecto México.

Chedraoui será recordado como el icono jerárquico de la iglesia antioqueña lationoamericana por antonomasia. Un hombre que provino de una familia humilde avecindada en Trípoli, Líbano, como confesó al periodista Mario Alberto Mejía: “Yo lo digo con orgullo, nací en una familia pobre. Estudié en escuelas de gobierno, que hoy muchos creen que es algo malo. Después, cambié al seminario; a los 13 años me fui al seminario y ahí me incliné hacia la vida sacerdotal. Padecer carencias fue algo muy importante en mi vida y muchos hermanos que estuvimos juntos en el sacerdocio también recuerdan esos días, no recuerdan los días de hoy, donde tenemos más lujos. Aquellos días nos hicieron hombres para poder manejar una sociedad”.

@monroyfelipe

¿Tiene sentido debatir si estamos o no en crisis?

“El presidente comenzó por hacer comentarios casuales alrededor de ideas que ponía sobre la mesa sin que estuviera claro por qué lo hacía. Algunos pensaron que su intención era crear una discusión académica más que pretender un propósito práctico, sobre todo porque algunos de esos comentarios eran audaces. Lo curioso fue ver, que una vez encendido el debate, él no asumía una posición específica sino que cambiaba constantemente de bando, por lo que nunca quedaba claro si estaba a favor o en contra de una idea vertida por él…”. El anterior es un fragmento de la novela La inoportuna muerte del Presidente de Alfredo Acle Tomasini. Mejor conocido como “el libro que sí leyó Enrique Peña Nieto”.
En el fondo, aquello es realmente lo que está sucediendo en Los Pinos. Los discursos presidenciales están sustentados en un nivel académico con argumentos con los que no se sabe si el propio Peña Nieto está de acuerdo o no. Cuando ofreció ese largo pronunciamiento respecto a la desaparición y muerte de los jóvenes de Ayotzinapa llamó a que los deudos “superaran el dolor” de las pérdidas de sus hijos; ahora, afirmó sin miramientos que “la crisis sólo está en la mente de algunos”.

En juicio desapasionado, Peña Nieto podría tener razón. Pero su responsabilidad no es convencer a nadie de nada, no está obligado a explicar cómo debe funcionar la resiliencia o el optimismo, su responsabilidad es práctica, representativa y ejecutiva; no por nada así se le conoce a su función.

Como sabrá todo viejo lobo de mar, en la política se puede decidir una u otra cosa, eso realmente no importa; lo importante es comprender que solo hay un error y es: no decidir. Por eso parece tan desastroso este último tercio de gobierno, porque en el discurso no hay definiciones sino conceptos que buscan jugar en el debate. Un debate al que, en principio, se entra para perder.

La crisis, por definición, es una ruptura. Para Borges, las palabras ‘creación’ y ‘crisis’ provenían de la misma raíz indoeuropea ‘kri’, que era el sonido de algo desgarrándose, el grito de un cristal perdiendo su perfección. Esto significa que tanto lo creado como la crisis generan un escándalo, quiebran la naturalidad de la inercia y su evidencia es incuestionable.

Si Peña no ve crisis o quiere montar un debate sobre si México está o no en crisis, solo puede significar dos cosas: Que en realidad no hay o que él no escucha dónde es que gime él país. Sucede igual con quienes justifican ese decir: No escuchan el quebranto.

Pero la crisis existe, su terrible grito se escucha en forma de extorsiones, de los crímenes sumarios que no cesaron después del sexenio pasado; la crisis suena cuando no hay ni un gramo de pudor en la competencia salvaje por el poder y el dinero, el grito viene de quienes han sido despojados, engañados, ultimados y revictimizados. La crisis suena del lado de quien padece la impunidad pero jamás la escuchará quien la domina.

Así que, en principio, no hay razón alguna para debatir si estamos o no en crisis. Lo importante es reconocer el origen de ese lamento, escucharlo con atención y actuar para remediarlo, decidir hacer algo, lo que sea, como sea, pero hacerlo porque, de lo contrario, alguien más querrá decidir por nosotros y, sí, hay quienes prefieren los estertores perennes. @monroyfelipe

¿Estamos preparados para la post-verdad?

n_artejoven_circuitos2-1024x724Por primera vez, México tendrá una larga carrera electoral hacia el 2018 con un nuevo elemento a considerar en el horizonte: la post-verdad. Es cierto que las fronteras de la verdad, las promesas y las mentiras no son nuevas para los políticos y los ciudadanos pero, a diferencia del pasado, hoy muchas de las estrategias y campañas políticas estarán aderezadas con este juego perverso que se condensan en las expresiones que la administración Trump ha hecho virales: fake news (noticias falsas) y alternative facts (hechos alternativos).

Decir que los políticos mienten es claramente una obviedad, todos tienen que hacerlo y valorar cuánto de ello les supone un riesgo controlable o no. Politifacts, una empresa norteamericana dedicada a verificar los hechos que los políticos dicen en discursos ha asegurado, por ejemplo, que durante sus dos periodos presidenciales Barack Obama promedió un 25% de mentiras en sus declaraciones. Esa misma empresa aseguró que, durante su campaña, Donald Trump alcanzó en sus discursos hasta un 70% de afirmaciones con premisas falsas.

Cuando sus opositores y algunos medios de comunicación criticaron al magnate por estos alarmantes números, él y su equipo reviraron la acusación y señalaron que los medios hacían ‘noticias falsas’ y que, por el contrario, sólo ellos podían confirmar ‘hechos alternativos’.

Es decir, Trump no sólo calculó que el riesgo en su campaña era mucho menor que el daño que podría causar el mantener un discurso de hasta 70% de mentiras; sino que, cuando fue cuestionado, utilizó la mentira como plataforma para revirar las acusaciones.

Así ganó la presidencia de los Estados Unidos. Y ahora, no son pocos los aspirantes presidenciales (en México y el mundo) que quieren ser “el Donald Trump inculturado”.

Lo peor, es que muchos medios de comunicación también caen en la trampa: llaman a Greert Wilders “el Donald Trump holandés”; a Marine LePen “la Donald Trump francesa”; etcétera. Es más, dependiendo el perfil de informativo que usted tenga, seguramente se habrá convencido de quien, entre los personajes políticos de México, podría ser “el Donald Trump mexicano”.

En realidad las ‘noticias falsas’ y los ‘hechos alternativos’ funcionan de la siguiente manera: un personaje del ambiente digital publica una opinión sobre su contexto (por ejemplo, “el partido demócrata utiliza millones de votantes ilegales”); el planteamiento lo recogen medios de comunicación ideologizados y lo muestran con cierta objetividad (“Ciudadano denuncia votación ilegal de millones de indocumentados”); la información llega a un líder-tomador de decisiones para quien es útil ese planteamiento (“Mis opositores hacen fraude electoral por los millones de votos ilegales”); al ser un personaje público, la información se disemina globalmente (“Trump denuncia de fraude al partido demócrata por utilizar millones de votos ilegales”). De ese modo, cuando se le pregunta a Trump o a sus asesores de dónde salió la información, basta que busquen en Google “millón de votos ilegales” para verificar que la noticia es real. Sí, la noticia es real; aunque el hecho no haya sido verificado ni argumentado con pruebas.

¿Ha visto las noticias donde Andrés Manuel López Obrador le grita ‘¡cállate!’ a uno de los padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa? ¿Qué me dice del famoso pacto entre el presidente del PAN y Peña Nieto para evitar que López Obrador llegue a Los Pinos? ¿Y de los miles de pesos que la fundación de la excandidata presidencial, Vázquez Mota, recibió del gobierno federal?

Seguro tiene su postura frente a cada una de ellas, alguna más o menos favorable, lo que es un hecho es que este tipo de informaciones se multiplicará en los próximos 12 meses. Los asesores de los políticos ya analizan qué tipo de historia quieren vender de ellos y de sus oponentes.

En el fondo, el problema no es de la clase política o sus mercadólogos; como dije, ellos calcularán cuántas mentiras y de qué tipo podrán decir sin despeinarse o sin desplomarse en las encuestas. La responsabilidad recae en las audiencias y en el potencial electorado.

Esto lo comprendió Politifacts en Estados Unidos o el ‘Décodex’ de Le Monde donde las audiencias pueden verificar el nivel de confianza de los medios e informativos de donde provienen ‘los hechos’ porque lo siguiente es una realidad: La comprobación de los datos es de las pocas respuestas que tenemos contra el discurso político que usa y abusa de la mentira, incluso nos previene de un lavado de cerebro.

Lo grave del asunto es que aún ningún medio mexicano ha comenzado a trabajar en la comprobación de datos y hechos. Así que ahí hay un riesgo que nos puede estallar en la cara.

Como dije, no es algo nuevo, pero deberá tenerlo muy presente en este trepidar electoral que ya ha tomado camino porque quizá mucho de lo que usted ya está viendo o leyendo, sea básicamente una mentira bien armada.

@monroyfelipe

Decálogo de una dependencia consentida

willkommen-zum-mexiko-zeichen-23168857¿Por qué los grandes esfuerzos y acuerdos de trabajo de los principales líderes mexicanos no son capaces de mover un ápice el ambiente de los mercados ni la economía en el país? Y, ¿por qué un tuit de Trump sí deprecia la moneda mexicana? ¿Por qué hay tal dependencia de México frente a su vecino del norte? ¿Qué nos ha colocado en esa posición de terrible vulnerabilidad? He aquí diez posibles razones:

Despreciamos otros destinos de exportación

A la hora de vender, México ha preferido los dólares frente a otras divisas. Hacer de los Estados Unidos el prácticamente absoluto destino de exportación parece el negocio obvio más rentable. Hoy, el 75% de nuestras exportaciones depende del consumo norteamericano; por lo cual, una política proteccionista o de consumo interno en EU afecta directamente a casi un tercio de de nuestra economía.

 

Importamos mucha gasolina de EU

No sólo compramos 200 mil millones de dólares a EU cada año: casi el 10% de esas importaciones corresponden a gasolina. Y todos sabemos lo importante que es este producto para todas las actividades. Si se opta por una política para potenciar el mercado interno o diversificar el origen de importaciones se corre el riesgo de una fuerte escalada de precios.

 

Inversión extranjera en México

México es un destino atractivo para la inversión extranjera: por las exenciones fiscales, los incentivos en costo de terreno, los bajos salarios y el que los mexicanos –según la propia OCDE- trabajan más que cualquier otro pueblo, unas 500 horas más por año que el promedio. Las empresas extranjeras (especialmente las norteamericanas) favorecen la economía mexicana con la creación de empleos a largo plazo, transforman las ciudades y crean polos de desarrollo. Según datos de la Secretaría de Economía, las empresas norteamericanas invirtieron 5 mil millones de dólares en el primer semestre del 2016 y representan el 35% del total de inversión extranjera en México.

 

Sujeción al modelo de seguridad

EU no sólo es el epicentro de grandes imperios económicos; su política internacional se ha posicionado mediante la diplomacia, el mercado o la guerra por todo el mundo. Por ello, la seguridad de su territorio es crucial. Al compartir frontera y un inmenso volumen de intercambios con México, obliga a ambos países a compartir estrategias de seguridad, casi siempre desequilibradas. Así, México se ha visto obligado a mantener acuerdos de seguridad internacional con EU aun en detrimento de la propia soberanía.

 

Impericia diplomática

La privilegiada posición geográfica de México en América sirvió en otros años para capitanear el rumbo político y económico de Centroamérica, el Caribe y el Cono Sur del continente. La neutralidad del país y el buen oficio diplomático en México fueron importantes para resolver problemas de la región entre los años 60 y 70, pero tras las crisis de los 80, la diplomacia mexicana se enfocó en promover al país como destino de inversiones e incluso fue capaz de poner en riesgo sus relaciones diplomáticas con países latinoamericanos por instrucción de los EU.

 

Dependencia alimenticia

En 1994, México compraba apenas el 10% de alimentos en el extranjero; hoy la importación alimentaria asciende a más del 55% y más del 70% de éste proviene de los EU. En 2016, compramos dos mil millones de dólares anuales en carne, cereales y productos lácteos a otros países, ocho veces más de los productos del agro que vendemos al exterior.

 

Migración de talento

Estados Unidos es el principal destino migratorio y laboral de los mexicanos. No sólo tiene la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo, la fuerza de trabajo de mexicanos les representa un potencial importante para su economía (entre 2005 y 2010 casi medio millón de mexicanos emigraron a EU). Mientras, México recibió 25 mil millones de dólares vía envíos de remesas norteamericanas en 2015. El dinero enviado a familiares desde EU representa casi el 3% del Producto Interno Bruto de México, aunque en algunos estados alcanza hasta el 10%.

 

Sujeción a políticas económicas globales

A “toro pasado” estas políticas económicas no parecen ser las más adecuadas; sin embargo, han sido las que organismos supranacionales en materia de economía y comercio han sugerido a México… y las ha adoptado disciplinadamente.

 

Fascinación cultural por EU

No hay mucho qué explicar de esto. No sólo es la música, el cine, la televisión y el resto de la industria cultural de EU la más difundida en México, también sus modelos de entretenimiento, el lenguaje, las aspiraciones de éxito, etc.

 

Prácticas de corrupción normalizadas

Finalmente, un elemento que es transversal a todos los anteriores y que tienen efectos sobre México más graves de los pensados: Somos el país más corrupto calificado por la OCDE (con 35 de 100 puntos); el segundo lugar en impunidad a nivel mundial (95% de crímenes impunes según el Índice Global de Impunidad) y la inmensa cantidad de actos legales pero inmorales no hacen ni parpadear a las autoridades; esto no sólo provoca desconfianza en el interior, le resta fuerza a las decisiones que el gobierno mexicano toma para remediar su rumbo. De allí el preciso mensaje que el papa Francisco dio a México: “Esta realidad lleva inevitablemente a reflexionar sobre la propia responsabilidad a la hora de construir el México que queremos… un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común”. Habrá que reflexionar en eso. @monroyfelipe

Publicado en El Observador