Michoacán

Hiperextremismo islámico y populismo de derecha vulneran libertad religiosa en el mundo: AIN

img_3057La persecución religiosa continúa ganando terreno en buena parte de los escenarios globales debido, en gran medida, a dos fenómenos sociopolíticos recientes: el hiperextremismo islámico, cuya más cruda expresión es la daesh del ISIS; y el resurgimiento de grupos populistas de derecha con actitudes de agresión y discriminación a grupos o credos minoritarios.

Según el informe 2016 sobre Libertad Religiosa en el Mundo realizado por la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada, la situación ha empeorado en casi la mitad de los países cuyas realidades ya tienen signos de acoso a la libertad de los creyentes y apenas tres de los 38 países con graves violaciones a la libre expresión religiosa muestran “signos de mejoría”.

Más allá de los datos del informe elaborado a lo largo del 2016 por la fundación en 196 naciones, las historias detrás de cada acto contra la libertad religiosa en el mundo reflejan fenómenos sociales y culturales cuyos crímenes no suelen ser visibilizados ni atendidos por autoridades internacionales. Las agresiones contra las expresiones religiosas de comunidades enteras van desde la discriminación hasta el artero asesinato de personas cuyo único ‘delito’ es profesar un credo distinto al del grupo dominante.

“Este informe pone de manifiesto que en el periodo estudiado, la libertad religiosa ha disminuido en 11 de los 23 países clasificados como de ‘persecución’. En otros siete de los países incluidos en esta categoría, los problemas ya son tan agudos que apenas pueden empeorar”, apunta AIN.

En las conclusiones del informe se aclara que “contrariamente a la opinión generalizada, los gobiernos no son los principales responsables de la persecución” y señala a organizaciones fundamentalistas o terroristas como principales perseguidores, los cuales utilizan tácticas de intimidación y crueldad con sus víctimas, reclutan a seguidores a través de redes sociales, siembran miedo a través de la exhibición de sus atrocidades en medios de comunicación y cuyas operaciones están financiadas por redes dotadas de grandes recursos económicos.

Para los especialistas de AIN, gran parte de la problemática nace del surgimiento de un ‘hiperextremismo’ cuya principal ideología es “sustituir el pluralismo religioso por una sola religión”. El reporte de libertad religiosa apunta que, si bien, la mayoría de los casos de ‘hiperextremismo’ corresponde al fundamentalismo islámico no se limita a esta religión y pone de muestra casos donde grupos de derecha populista comienzan a agredir a minorías étnicas o religiosas (principalmente a migrantes refugiados) o países con regímenes autoritarios que ejercen nuevas campañas contra grupos religiosos que se niegan a seguir la línea del partido dominante. [Sigue…]img_3054

AIN también alerta sobre los ataques terroristas derivados de la intolerancia o persecución religiosa, dice que “desde mediados del 2014 se han cometido violentos atentados islamistas en uno de cada cinco países del mundo, desde Suecia hasta Australia, pasando por 17 países africanos” y afirma que “por lo menos una de cada tres personas en el mundo vive en un país sin libertad religiosa”.

México estable, pero…

El reporte 2016 de Libertad Religiosa de AIN concluye que “la naturaleza de la persecución en México es estable”. El informe aborda los parámetros legales a los que están obligadas todas las asociaciones religiosas en el país, recuerda que las leyes mexicanas impiden que los ministros religiosos sean sujetos a elección popular, evita que participen como funcionarios públicos y sanciona a los grupos religiosos que se opongan a las leyes del país u ofendan los símbolos patrios. AIN insiste en mencionar que todo grupo religioso en México “tiene su propia existencia a través del Estado y éste no otorga ningún reconocimiento de ellos fuera de su constitución” pero explica que el Estado tiene, a la vez, prohibido influir o intervenir en los asuntos internos de las asociaciones religiosas.

Con todo, AIN reconoce la existencia de ‘incidentes’ que desde 1990 afectan a grupos religiosos presentes en el país –principalmente a miembros de la Iglesia católica- y que ubican a México en el primer lugar en crímenes contra ministros ordenados.

Entre los ‘incidentes’, AIN enumera algunos asesinatos de sacerdotes católicos pero también incluye la discriminación de un miembro de la comunidad Sikh, las agresiones de católicos contra evangélicos en el sureste, agresiones jurídicas para nacionalizar inmuebles de asociaciones religiosas y reporta una turba que incendió una iglesia evangélica en Santa Fe de la Laguna.

AIN mantiene una preocupación especial por México “por los serios problemas sociales que en él convergen… donde la violencia se ha extendido a todos los sectores sociales y que, en el caso de libertad religiosa, se concreta en ataques, secuestros y asesinatos de ministros del clero”.

La presentación del informe de AIN en México, por ejemplo, estuvo enmarcada en dos casos de agresiones a ministros en el mes de noviembre. En el primero, la intentona de secuestro del sacerdote Luis Antonio Salazar de la Torre en Baborigame, Chihuahua, devino en un enfrentamiento armado entre militares y secuestradores que dejó un saldo de dos personas muertas; y, en la misma semana, el secuestro del sacerdote José Luis Sánchez Ruiz, generó disturbios en las calles de Catemaco, Veracruz, y el incendio del Palacio del Ayuntamiento local; Sánchez Ruiz fue liberado dos días más tarde con huellas de tortura. Pero no son casos aislados, en septiembre, dos sacerdotes de Veracruz fueron asesinados y uno de Michoacán fue privado de su libertad y de su vida sin que se conocieran los motivos de sus agresores.

John Pontifex, editor en jefe del informe sobre Libertad Religiosa en el Mundo, explica que son precisamente estas  experiencias trágicas de persecución religiosa las que han comenzado a sensibilizar a la sociedad, principalmente a los medios de comunicación quienes han dado un mayor seguimiento a las atrocidades cometidas con yazidíes, cristianos, bahaíes, judíos y musulmanes ahmadíes, pero que también reportan los casos de violencia extrema contra grupos o minorías religiosos; y concluye: “Las tensiones sobre el lugar que ocupa la religión en Occidente palidecen en comparación con los problemas de otras zonas del mundo, aunque aquí los grupos religiosos se ven sometidos a la presión de un proceso de secularización. En occidente, las cuestiones que rodean la fe se han ido centrando cada vez más en el tema de la objeción de conciencia. En una sociedad laica que trata a la religión como un asunto privado y la elección personal como el derecho principal, un incidente tras otro han ido manifestando los problemas que surgen por sacar a la religión de la esfera pública”. @monroyfelipe

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Morir en fama de pecadores

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Andrés Mario Ramírez / Cartel

Frente al diminuto think tank de analistas, el obispo preguntó consternado: “¿Por qué se ensañan con nosotros, con la Iglesia?” La reunión emergente con especialistas quería dar contexto a los brutales asesinatos de dos sacerdotes en Poza Rica y el secuestro de otro ministro en Michoacán. Los puntos en la agenda eran responder a las acusaciones que desde un portal de noticias se hacían al sacerdote desaparecido por presuntamente haber llevado a un menor a un hotel con presuntas non-sanctas intenciones y también querían dar respuesta a la justificación -vía la alcoholemia- mediante la cual autoridades ministeriales explicaban el crimen de los dos veracruzanos.

El obispo preguntó a los expertos si era una práctica común que los medios de comunicación y las autoridades tomaban frente a crímenes que involucraran a sacerdotes. La respuesta fue unánime: Sí, pero no es una actitud exclusiva contra los ministros, ni contra la Iglesia católica. La criminalización de víctimas se ha protocolizado y sistematizado a tal grado que los sectores sociales sólo meten al fuego las manos por los miembros de su propio gremio y, en ocasiones, ni eso.

Cuando se trata de desapariciones forzadas, secuestros, ejecuciones extrajudiciales o vulgares asesinatos, al menos una línea de investigación intenta socavar la moral, la decencia o la inocencia de las víctimas. Y quizá funcione para las autoridades ministeriales; les da tiempo de revisar los hechos y los datos para intentar dar una razón coherente tras los crímenes. Ganar tiempo no es cosa menor cuando se compite en  la era de la velocidad y la información, donde es más fácil que fuentes no formales revelen hechos o teorías y generen conspiraciones, manifiestos o acusaciones a una labor de investigación que podría no haber iniciado aún.

Sin embargo, las autoridades no son las únicas que caen en esta trampa de prejuicio. La sociedad informada prefiere simplificar en héroes y villanos la convivencia y, claro, cada uno se autodesigna un lugar privilegiado en el bando de los buenos.

En el fondo, no importa quién sea la víctima, las autoridades o las audiencias encontrarán manchas a su humanidad, lo hemos visto una y otra vez, por desgracia: Si una mujer es violada o asesinada, no falta quien deslice la idea de que ella misma lo provocó mediante su vestimenta o su actitud; si un grupo de jóvenes es ‘rafagueado’ en plena calle, alguien querrá saber si no eran narcomenudistas, sicarios o adictos; si algunos estudiantes son raptados, “seguro no eran inocentes palomitas”; si un homosexual, trasvesti o transgénero es brutalmente golpeado hasta la muerte, sin duda alguno intentará explicar el crimen partiendo de la identidad sexual de las víctimas; si un empresario es secuestrado, siempre habrá quien minimice la situación arguyendo que aquellos sí tienen con qué pagar los rescates; y, finalmente –para responder a la inquietud original del obispo-: frente al asesinato de un sacerdote, la sociedad le exige una especie de ‘fama de santidad inmaculada’ antes de compartir un gramo de indignación por los hechos.

Esta es la verdadera razón por la que, casi por protocolo, se criminaliza a las víctimas durante la investigación de sus muertes o desapariciones. Las autoridades escurren una línea de investigación que ‘mata moralmente’ a la víctima porque en el fondo alguien está dispuesto a creer que un sacerdote, una adolescente, un joven, un homosexual, un burócrata, un periodista, un empresario, un activista o una mujer “se buscaron su suerte”: por pedófilo, por desobediente, por buscona, por transa, por metiche, por facilote, por borracho, por marihuano, por rebelde, por corrupto, por idiota…

En términos religiosos parece que todos moriremos en fama de pecadores, que nadie gozará de la gracia suficiente para que nuestros hermanos exijan justicia unánimemente y que, por el contrario, nos serán cuestionadas y enumeradas con ironía todas nuestras faltas. Y, para variar, esta terrible interpretación no es culpa de la religión. Incluso en una fe tan rigurosa como la católica respecto a santos y pecadores, la misericordia es un camino obligado para que los creyentes puedan abrazar lo inasible de los ausentes.

Sólo así se puede comprender a profundidad el amargo poema de Martin Niemöller: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. / Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. / Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

 

Epílogo

La parcialidad de la justicia en México sí se alimenta de nuestros propios prejuicios culturales. Días después de los asesinatos de sacerdotes, se dio noticia de que cuatro jóvenes católicos evangelizadores de Apatzingán (es decir, seriamente involucrados con las labores de la Iglesia católica) fueron torturados y asesinados. Me pareció importante comentar la noticia a un religioso que se había mostrado sumamente indignado por los asesinatos de sus homólogos, incluso había asegurado que en México “hay una persecución directa contra la Iglesia”. Le expliqué por teléfono:

—Parece que han torturado y asesinado a cuatro evangelizadores más en Michoacán.

—¿Eran sacerdotes? Ya ves cómo sí es una persecución contra la Iglesia –dijo el religioso del otro lado de la línea.

—No. Eran laicos, católicos, comprometidos, la gente de su parroquia habla bien de ellos…

—Bueno –me interrumpió el ministro-, habrá que ver si no andaban en algo malo…

@monroyfelipe

Michoacán, otra vez la Iglesia manifiesta desconfianza por violencia en el estado

16043990048_cb76228000_zEl territorio michoacano ha vivido una década difícil en temas de seguridad pública. Desde 2006 no cesan las informaciones que dan cuenta de terribles acontecimientos en el estado; por si fuera poco, el periodismo local ha perdido a trece informadores en 16 años y, junto con ellos, la sociedad también ha perdido la oportunidad de conocer con más detalle lo que sucede en esta región.

La crisis de la zona conocida como ‘Tierra Caliente’ ha visto episodios dramáticos en localidades sureñas del estado como Apatzingán, Aguililla, Tepalcatepec, Arteaga, Lázaro Cárdenas y, toda esa depresión geográfica entre Huetamo y La Huacana. En toda la región han surgido grupos de autodefensa ciudadana y policías comunitarias para intentar proteger lo que las autoridades constitucionales no han podido frente a los sicarios y grupos criminales.

En este panorama, las cinco diócesis católicas presentes en el estado (Morelia, Apatzingán, Cd. Lázaro Cárdenas, Tacámbaro y Zamora) así como las diferentes instituciones eclesiales de Michoacán han padecido en carne propia los efectos de la violencia y la incertidumbre. En 2013, fue cerrado el Seminario de Apatzingán debido a la inseguridad; según el Centro Católico Multimedial, en Michoacán han sido asesinados seis sacerdotes en los últimos 20 años; y, no son pocos los reportes de amenazas, intimidaciones y presiones que reciben los ministros en el territorio.

 

“Nada ha cambiado”

En noviembre del 2013, el entonces obispo de Apatzingán, Miguel Patiño, escribía una carta pública donde denunciaba: “El estado de Michoacán tiene todas las características de un Estado Fallido. Los grupos criminales: Familia Michoacana, Zetas, Nueva Generación y Caballeros Templarios, principalmente, se lo disputan como si fuera un botín. La Costa: para la entrada de la droga y los insumos para la producción de las drogas sintéticas; la Sierra Madre del Sur y la zona aguacatera: para el cultivo de mariguana y amapola, el establecimiento de laboratorios para la producción de drogas sintéticas y refugio de los grupos criminales. Las ciudades más importantes y todo el Estado: para el trasiego y comercio de la droga, venta de seguridad (cuotas), secuestros, robos y toda clase de extorsión”.

Patiño también expresaba su desconfianza en las autoridades locales y en los pocos resultados de la presencia militar y de policía federal en la región.

Su carta fue respaldada por el arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda (nombrado cardenal dos años después) y por los obispos de Michoacán de entonces.

Tres años más tarde nada ha cambiado, la violencia en el estado no da tregua y, con la emboscada del pasado 6 de septiembre en La Huacana donde se presume que un helicóptero de la Policía Federal fue derribado por miembros del crimen organizado dejando cuatro muertes, la Iglesia del estado nuevamente manifiesta su preocupación y desconfianza a las autoridades y a la opinión pública.

El cardenal Suárez Inda, junto a los obispos Cristóbal Ascencio, Armando Ortíz, Gerardo Díaz, Javier Navarro, Carlos Suárez, Víctor Aguilar, Herculano Medina y Jaime Calderón firmaron una carta donde aseguran constatar que la realidad en Michoacán sigue siendo preocupante y enumeran: “Continúan las extorsiones, suceden con frecuencia asesinatos en plena luz del día y en espacios públicos, es frecuente el bloqueo de carreteras…” y expresan su preocupación por los manifestantes contra la Reforma Educativa, el robo de vehículos en carreteras, la desaparición de personas, la escasez de fuentes de trabajo y las amenazas para pagar derecho de piso, entre otras cosas.

Los obispos aseguran que los propios hogares son violentados por grupos que secuestran o asesinan a domicilio, que en el campo las familias son presionadas a abandonar sus tierras, que la sociedad tiene desconfianza en sus autoridades y que el Mando Único de las fuerzas federales sólo ha generado confusión.

Todas estas percepciones son las que los obispos recogen y respaldan de los cientos de sacerdotes que viven en medio de esta situación a lo largo y ancho del estado, de las muchas casas de religiosas y de los miles laicos que manifiestan todas estas inquietudes a sus pastores.

 

“No nos resignamos”

No todo es negativo, los propios obispos aplauden fenómenos positivos en la región fruto de las condiciones extremas en que se vive: “Nos llena de esperanza constatar algunos signos de que,  ante la desafiante realidad, no nos refugiamos en la resignación que nos paraliza para la acción”.

De este modo animan y respaldan “la aparición de organizaciones ciudadanas de autodefensa de comunidades,  la atención especializada y permanente de víctimas de violencia, los foros de construcción de paz y la consolidación de liderazgos sociales que reproduzcan modelos de convivencia pacífica”.

Los obispos concluyen su mensaje con el deseo de que la paz llegue al estado, aseguran que es un don: “Es responsabilidad de todos conservarla y promoverla”, dicen.

En conclusión, la paz es un don tal como es la inspiración y, como decía, Pablo Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. @monroyfelipe

En riesgo la ‘estructura intermedia’ de la Iglesia

El antecedente tiene tintes dramáticos: los ecos de la desamortización de bienes eclesiásticos, la persecución y la subsecuente sublevación religiosa en México a inicios del siglo XX mantenía prácticamente exiliado al clero nacional. Obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas abandonaron el país por el clima de violencia y sólo la solidaridad norteamericana logró que muchos de ellos encontraran casa de formación en el legendario Seminario de Montezuma, en Nuevo México.

El Pontificio Seminario Central Mexicano de Nuestra Señora de Guadalupe en Montezuma fue el centro formativo de casi la quinta parte del clero mexicano hacia los años 50 y alma mater de casi una veintena de obispos, varios de ellos actualmente en activo. Cerró en 1972, cuando –se explica- su propósito fundacional (ofrecer un espacio a la Iglesia perseguida de México) había sido superado.

Pero desde hace casi una década, la violencia en México –además de cobrar víctimas- clausura proyectos y entre ellos está el del Seminario de Apatzingán, Michoacán, iniciado en 1996, y que se vio orillado a cerrar bajo el asedio de la incertidumbre. De cierto modo, algo de esto ya había adelantado el obispo local, Miguel Patiño Velázquez en semanas pasadas al reconocer que la diócesis sufría el acoso del crimen: “aquel sentido de indefensión se hace desesperación, rabia y miedo a causa de la impunidad en la que obran los delincuentes, a causa de la misma ineficacia y la debilidad de las autoridades, pero sobre todo de la complicidad (forzada o voluntaria) que se da entre algunas autoridades y la delincuencia organizada; hecho que a muchos consta y del que nada se puede decir por obvias razones”.

Patiño llegó a afirmar que la población está “de rodillas” ante esta situación y aseguró que hay un “desamparo total en que se encuentran esos pueblos, ante la debilidad, la ineficacia, la complicidad y hasta el descarado abandono de la población por las autoridades gubernamentales en las garras de la delincuencia organizada”.

Hace apenas un par de meses, Patiño Velázquez había compartido una propuesta por hacer desde la Iglesia: la resistencia pacífica. “Nunca se ha de rendir la mente y el corazón a estas lacras deshumanizantes. No se puede aceptar vivir como normal en una situación de violencia y abuso. No se debe permitir que el engaño y la mentira crezcan llegando a tomar como verdad lo que es mentira, lo que es justicia y libertad con lo que es abuso prepotente y sometimiento al poder violento del crimen; nunca se ha de confundir los valores con los antivalores, la paz de los sepulcros con la paz de la justicia y la verdad… Esta actitud interna es una postura de resistencia pacífica que debe ser comunicada, contagiada, sobre todo a jóvenes y niños”, suscribió. Resistencia que, al menos, no podrá ya realizarse desde el Seminario local.

Michoacán, por desgracia, no es el único sitio ingobernable en el país. En situación semejante está Guerrero y la evidencia está en los miles de desplazados por la violencia en la zona de la montaña y de tierra caliente.

Los acontecimientos en San Miguel Totolapan durante el mes de julio han sembrado terror e indignación en toda la población del sur del país. Lo que aparentemente había quedado en un cambio de estrategia por parte del gobierno federal para enfrentar al crimen organizado simplemente fue un repliegue negociado que confirmó los vacíos del Estado en zonas controladas en su totalidad por cárteles del narcotráfico o células de coerción e intimidación social.

El caso de Guerrero es crítico: la ausencia del Estado en la zona prácticamente ha permitido que las poblaciones rurales en la zona montañosa y la de tierra caliente estén a merced de traficantes y capos de la mafia. La amenaza directa que distintas redes criminales aparentemente hicieron a estos pobladores de obligar a sus jóvenes para que se sumaran a sus filas de sicarios o que las mujeres estuvieran forzadas a resguardarlos de la confrontación con otros grupos criminales generó pánico. Este miedo que contagia a otras poblaciones debería indignar y orillar al Estado a atender integralmente este fenómeno; pero las capturas de líderes criminales se realizan “sin disparar una sola bala” bajo el fantasma de una negociación anticipada.

Los cerca de 2,000 desplazados de las trece comunidades que se ubican entre los municipios de Totolapan y Heliodoro Castillo ya han comenzado su retorno a sus hogares pero aún con reservas sobre la presencia extraordinaria de los efectivos militares.

Si algunos temen que este despliegue de fuerza no será suficiente para mantener la paz en San Miguel otros aseguran que precisamente la presencia de los militares provocará más tensión en estas comunidades que viven en la zozobra de no saber si el territorio es del Estado mexicano o de las bandas criminales que allí hacen su ley.

Para la Iglesia católica en México el episodio toma un cariz revelador sobre la misión que le compete realizar para favorecer a los más vulnerables. Los desplazados, temiendo al narcotráfico y desconfiando del Estado, pidieron refugio en una iglesia. La parroquia de San Miguel Totolapan fue el albergue que requirieron cuando la paz se esfumó de sus vidas. La Iglesia, aún es terreno franco en donde los peligros se conjuran. Pero queda claro que la labor no está solamente en la protección espiritual, también es misión de la Iglesia la creación de redes, de comunidades en las que se pueda mantener comunicadas e informadas a las poblaciones fuera de las cabeceras municipales. Las comunidades eclesiales son esos espacios de participación ciudadana cuando todo parece haber fallado alrededor. (Días más tarde aparecería asesinado el sacerdote Ascensón Acuña)

La potencia socializadora y solidaria de la Iglesia es una de las vías para fomentar a la sociedad civil y para animar a las asambleas a ser corresponsables de los miembros de las poblaciones vulnerables. Esto me quedó claro cuando platiqué con el sacerdote que lleva la pastoral en Totolapan, en este momento de crisis, una de las estructuras intermedias de acción solidaria es la parroquia, la comunidad cristiana que ora pero que también acerca una mano y arriesga su tranquilidad por el beneficio de su prójimo.

El documento del episcopado mexicano Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna del 2010 sintetiza esto: “La vida comunitaria es la primera víctima de la violencia… la violencia acaba con la  vida comunitaria y, cuando esto sucede, se propicia la violencia. Si se quiere romper este ciclo perverso es necesario fortalecer la vida en comunidad, este servicio lo ofrecen las instituciones sociales, las iglesias y los grupos intermedios, que aseguran la cohesión social” (76).

En el antecedente está el horror, sí; pero también el ejemplo.

En defensa del periodismo

“La mentira imposibilita toda comunicación leal”. Alex Grijelmo

teclado-maquina-de-escribirNo puedo dejar de pensar que detrás del nuevo ‘videoescándalo’ en el que se muestra a dos periodistas vender y cobrar sus servicios profesionales a un exaltado capo de la mafia michoacana existe una estructura de complicidad y criminalidad que ha estado allí siempre, frente a nuestros ojos, tan grande y cercana que es casi imposible distinguirla a simple vista.

Las imágenes donde los periodistas Eliseo Caballero, corresponsal de Televisa en Michoacán, y José Luis Díaz Pérez, dueño y director de la agencia de noticias Esquema, aparecen charlando con Servando Gómez “La Tuta”, denominado líder de la organización criminal “Los Caballeros Templarios”, trascienden a la presunta complicidad de estos tres personajes sentados en torno a una mesa portátil. En la ecuación también está el mensaje junto a los videos que recibe la periodista Carmen Aristegui por parte de la misma organización apelando a una conocida ‘rivalidad’ entre ella y los servicios de noticias de la cadena Televisa; se entiende que los videos son una especie de arma argumentativa a favor de Aristegui en contra de lo que ella ha denunciado sobre el estilo de trabajo en la poderosa televisora mexicana. Y, por si fuera poco, sorprende el silencio –que dice tanto- por parte de las autoridades de investigación y procuración de justicia del país que por años han declarado estar buscado a Gómez Martínez, creándole un perfil casi mítico, excusándose de no lograrlo capturar porque el capo vive en las cuevas, yendo y viniendo entre las orografía de la Sierra Madre del Sur, cuando el video muestra a un despreocupado Gómez en medio del patio de una residencia que no podría pasar desapercibida.

De esta historia nos avergüenza la superficie que descubrimos en el acto de periodismo inmoral pero alarma aún más la certeza de saber que detrás de esa cicatriz herrumbrada hay una sólida columna de corrupción aparentemente imperturbable y sobre la cual también nosotros hacemos pie. El toparnos con esta percepción de la realidad solo lleva a una consecución lógica: tener desconfianza y sentir pesimismo.

Pero podemos y debemos ser mejores que eso, aunque aquello no sea nada fácil.

Por ejemplo, apenas un día antes de que estos hechos fueran revelados, el 21 de septiembre, el gremio periodístico lamentaba el asesinato del reportero gráfico Raúl López Mendoza de Cambio de Michoacán. Cuando se tuvo noticia de su desaparición (el 18 de septiembre), “en un hecho sin precedentes en la historia del periodismo michoacano, medios de comunicación, reporteros, camarógrafos, redactores y conductores buscaron afanosamente dar con el paradero del reportero gráfico”, relataba el corresponsal de Apro, Francisco Castellanos.

¿Se habrían solidarizado Caballero y Díaz Pérez a este reclamo que el gremio hizo al comisionado de seguridad en Michoacán, Alfredo Castillo, para dar con su colega desaparecido? ¿Habrían tenido conciencia de sus acciones al reclamar respuestas bajo la vieja consigna de que ‘atacar a un periodista es atacar a la sociedad’ cuando todo parece indicar que sostienen una perversa relación con el crimen organizado? ¿Podemos confiar en el resto de los periodistas? ¿Será distinta esa complicidad que se advierte entre la prensa y el crimen organizado, que la que tradicionalmente se realiza con las autoridades civiles? ¿Aquel que desconfía de todos los actores anteriores realmente está haciendo un mejor periodismo?

Carlos Monsiváis era escéptico ante toda esta desconfianza y la creciente denuncia de escándalos públicos que, en teoría forjaba un periodismo más combativo, crítico y comprometido, porque “por mucho que se desacredite a los implicados, muy poco hace que suceda y, mientras, el sistema sigue intacto, fascinado por su capacidad auto regenerativa y con la conversión del escándalo en industria del desquite efímero… y la prensa sirve al deseo de cambio hasta que la corrompen, o se corrompe para que llegue tarde el intento de cambio, o se burocratiza para impedir que la corrupción la corrompa”. Pero, ¿cuál es la causa del pesimismo? Lacónico Monsiváis decía que el problema era la creencia de que la información es poder.

La información, sin embargo, es un servicio; buscarla y compartirla es un ejercicio de libertad e independencia, el transmitirla con exactitud e íntegramente solo puede inducir y proteger la libertad de las personas. Los periodistas pueden ser agentes que propicien la libertad en la toma de decisiones cuando comparten la información que constituye conocimiento. Adelino Cattani sugiere cómo hacer de la información un servicio: “Trata de decir la verdad; y si pretender la verdad es excesivo, basta con no decir lo que uno sabe que es mentira, para lo cual no tiene pruebas suficientes y no puede justificar o defender”.

En defesa del periodismo, casi providenciales resultaron las distinciones que recibieron Marcela Turati (México) y Javier Darío Restrepo (Colombia) por sendas trayectorias periodísticas, pues es vital y urgente tener referencias certeras de un periodismo ético y corresponsable. Más en estos momentos tan complejos que vivimos.

La prensa y los periodistas necesitamos preguntarnos constantemente en ánimo autocrítico cómo resistir desde esta trinchera ante las seducciones o las coacciones de los poderes, cómo desterramos esa idea que hace de la información un poder y no un servicio, cómo sobrevivir a este pesimismo que nos agobia, cómo confiar de nuevo y porqué debemos confiar nuevamente. El ideal y la utopía son indispensables para nuestro oficio, sin ellos no hay un punto de referencia al cual aspirar cotidianamente. @monroyfelipe

De migrantes, desamparados, albergues e indiferencias

DSC01376b¿Qué tienen en común la crisis humanitaria de migrantes con el drama de la casa-albergue de Mamá Rosa? Todo. Enumero algunos puntos coincidentes para no obviarlos o perderlos de vista: pobreza, falta de oportunidades, precariedad, descomposición del tejido social, inercia destructiva, apatía, egoísmo, corrupción, abuso, explotación, usufructo inmoral… Y cruzando todas esas terribles convergencias está la llana y cruel indiferencia.

Al seguir las noticias entorno al desmantelamiento de la casa hogar La Gran Familia con la consecuente captura de Mamá Rosa y responsables del albergue por mantener en situaciones infrahumanas y abusar de la precaria condición de cientos de hombres, mujeres y niños recordé el episodio del cierre de la Casa de Migrantes San Juan Diego en Tutlitlán, Estado de México.

La primera vez que llegué a Tultitlán escuché diversas historias con una línea transversal en ellas que podría resumirse así: Durante los años 80 y 90, los migrantes que seguían el camino del tren ahora llamado La Bestia hacían una parada obligatoria, allí recibían ayuda de samaritanos, familias que conocían las dificultades de la pobreza y compartían los deseos de mejorar la condición de vida de sus familias. Algunos varones de esas localidades se sumaban al camino de los migrantes; otros se quedaban y hacían nueva familia allí. Había en general una sensibilidad humanitaria con los varones migrantes. Pero muchos hombres no volvieron, solo llegaba con irregularidad el dinero desde Estados Unidos. Niños y mujeres crecieron con cierto rencor, con sentimiento de abandono. Mientras, los migrantes crecían en número y en necesidades. Algunas mujeres comenzaron a emigrar, solas o con sus hijos. Algunos residentes nuevos de la explosión demográfica vieron oportunidad de ganar algo con las muchas necesidades de los migrantes y con los dólares que cargaban. Los migrantes cargaban dólares para pagar a los que en la frontera habían encontrado una veta empresarial altamente rentable: polleros. En la ‘ruta migratoria’ aparecieron con gran éxito bares, locales de table-dance y prostíbulos, mujeres y jóvenes locales y migrantes comenzaron a ser explotados y violentados. Con el tiempo había que proporcionar otra necesidad adquirida en la inhumana ruta: la droga. Aparecieron los ‘picaderos’ y las ‘mulas’. Drogados, vejados, alcoholizados y empobrecidos, los migrantes fueron presa ideal para el secuestro y para el tráfico de estupefacientes. Por la inseguridad, los migrantes dejaron de portar efectivo pues, llegando a un punto en la frontera cobrarían el envío que algún familiar haría desde su lugar de origen; estos servicios tanto como el crimen organizado abusaron sistemáticamente del drama del migrante. Volviendo a Tultitlán, era evidente que el migrante acarreaba toda esta podredumbre social y la portaba de igual modo en su camino. Aunque en el pasado, iglesias, cooperativas, samaritanos y ciudadanos solidarios apostaron por casas, centros o albergues temporales para migrantes, aportando recursos, auxilio, alimento, ropa, cobijas, camas, medicinas. La realidad es que los migrantes eran absolutamente indeseables.

Constaté la labor encomiable del sacerdote y de fieles que mantuvieron en medio de estas dificultades la Casa de Migrantes San Juan Diego, lo que hacían tiene toda la categoría del heroísmo humanitario. Pero los vecinos no pensaban igual, para ellos los ‘defensores de migrantes’ eran ‘protectores de maleantes’, bastaba ver alrededor: migrantes drogados, enfermos, alcoholizados, sucios, ladrones, mendicantes y agresivos. El resultado: el cierre de la casa-albergue.

Aunque el trabajo a favor de migrantes continúa realizándose de manera heroica, la crisis humanitaria se decretó recientemente cuando 52,000 menores aparentemente surgidos de la nada colapsaron el sistema de captura y repatriación en los Estados Unidos. Más que crisis política este drama parece crisis emocional: ¿De dónde vinieron? ¿Por qué están desamparados? ¿Qué hacemos con ellos? ¿Quién permitió que esto sucediera?

Miro ahora las imágenes de la casa La Gran Familia, cuartos insalubres, reclusión maléfica, condiciones infrahumanas, suciedad y podredumbre por todos lados. Rosa del Carmen Verduzco es presentada como un capo de la mafia, con el alias por delante enumerando las acusaciones: secuestro, abuso, extorsión, tortura, asociación delictuosa, etcétera. Cuestiona que esa casa-albergue-escuela era la institución modelo para paliar los efectos de la pobreza y la segregación social, inquieta gravemente que en el pasado haya recibido tanto apoyo de instituciones civiles y políticas, desconcierta la disparidad de testimonios que santifican o satanizan a Mamá Rosa y a su organización.

Medios, analistas y opinadores profesionales hablarán al cansancio de responsabilidades políticas, del papel de las instituciones, de regulaciones, de estado de derecho, de orden social, de legalidad y de justicia social. Llegará un punto en que esos cientos de personas vulneradas del albergue de Zamora se conviertan en miles, decanas de miles, quizá millones de casos de orfandad y situación de calle, entonces será también una ‘crisis humanitaria’ y se buscarán culpables tanto como respuestas.

De migrantes y desamparados se puede hablar mucho, pero ¿cuánto de ello tiene intenciones de ternura, de compasión, de misericordia y de entrega solidaria?

Ningún gesto humano habla más del egoísmo o de violencia que el dejar de mirar a las periferias de siempre, a los desposeídos, a aquellos que no solo carecen de todo lo necesario sino que también padecen la avaricia de quienes acaparan y especulan con las ganancias de su tregedia. Esto se comprueba en grande y pequeña escala. Allí apreciamos la obsesiva vanidad o el narcisismo de grandes emporios para quienes mirarse a sí mismos es ver el mundo entero y comprender, al mismo tiempo, todos sus enigmas; también ocurre en el fuero personal, en esa pequeña escala de la indiferencia, en la tentación de usar solo las ventajas para beneficio individual y no colectivo. ¿En dónde están nuestras violencias? ¿En contra de quién o quiénes las ejercemos? ¿De qué tamaño son nuestras obsesiones que dejamos de mirar el bosque por salvar un árbol? ¿Cuánta es nuestra indiferencia que en el campo florido no miramos el drama de una planta?

Ética de los conflictos

iph5_JOR2 125Imagine, estimado lector, un conflicto en el que ambas partes tienen razón y cuya válida satisfacción moral para cada uno es completamente opuesta al del adversario.

Pienso, por ejemplo, el caso abierto tras la captura del líder de las autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, por parte de la autoridad federal; misma que meses atrás, había requerido pactar con los hombres armados de Mireles para lograr la pacificación en la región. En el conflicto, ambas partes parecen tener razón: el gobierno apela al derecho exclusivo de la fuerza y la violencia por parte del Estado; las autodefensas apelan al derecho de supervivencia en medio de una crisis armada y sanguinaria. La satisfacción para el primero es el libre tránsito con armas de defensa y la organización comunitaria para enjuiciar abusos; para el segundo, es desarmar a toda la población y reinstaurar el orden legal bajo instituciones representativas.

Bajo la aséptica de la ley y sus reglamentos, un dilema de esta naturaleza tiene solución a ‘tabla rasa’ imponiendo la moral del sistema, del imperio, estado, religión o convenio previo. Esto es: se aplica la ley, pero no la justicia, no hay bondad ni equidad y, claro, mucho menos caridad.

En el terreno humano, sin embargo, es mucho más complejo ofrecer una respuesta que logre dar plenitud. Según el filósofo Hartmann, aquello solo es posible si se cumplen algunas condiciones: que se reconozca la validez de más de una ‘moral’, que ‘la virtud’ no se equipare con ‘la perfección’ y que se encuentre un punto intermedio entre la ‘perseverancia resuelta’ y la ‘precaución prudente’. Incapaz de poner nombre a esto de alguna manera, lo define como un estado entre la valentía y la audacia.

En el cristianismo, no obstante, la moral es una, las virtudes fueron sembradas por la perfección y la práctica de la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza alimentan y disponen al entendimiento y a la voluntad a obrar con razón iluminada por la fe. No se puede buscar el equilibrio estático sino la inclinación ascendente: “Mostrar en nuestra fe, virtud; en la virtud, ciencia; en la ciencia, templanza; en la templanza, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, fraternidad; y en la fraternidad, caridad”, dice la carta de Pedro. Esto tiene un nombre muy preciso, aunque ciertamente inasible: El Reino de Dios en la Tierra, como explica Dietrich Bonhoeffer.

La ruta para la convivencia aun en medio de los conflictos está bien delineada por el apóstol, pero en el mundo contemporáneo no deja de ser una posición unilateral y apegada a la doctrina, dejando en terrenos muy lejanos el reconocimiento de la libertad del otro o la posibilidad de conceptos primarios no compartidos.

Por ello “hay otras puertas que tampoco se deben cerrar”, dice el papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium y, todavía más pide obrar “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible”. Luis González-Caraval lo expresaba en las páginas de Vida Nueva: “A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno”, y secundo su idea de promover e invitar al ideal, no como ideal absoluto, pero sí como el único ideal que en estos momentos está a nuestro alcance, estableciendo una sucesión de objetivos posibles.

Carta Miguel Patiño, obispo de Apatzingán (13/11/2013)

Al Pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Apatzingán y personas de buena voluntad:

“¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme?” (Hab 1,2).

Tal pareciera que el profeta estuviera denunciado la situación que se está viviendo en el país, en el Estado de Michoacán y concretamente en nuestro querido Valle de Apatzingán.

Los filósofos nos dicen que para que haya un Estado de Derecho se necesita que éste sea regido por la ley, que nos lleve a la práctica de la justicia, y de esta manera dar seguridad y bienestar al pueblo. La justicia conduce a la paz, donde se viven valores tan fundamentales como la alegría, la fraternidad, el amor, el respeto a la vida, la libertad y el trabajo. Todo esto tiene como resultado el desarrollo, la prosperidad y el bienestar para toda la comunidad social.

Su contraparte es el Estado Fallido, donde hay ausencia de la ley y la justicia provocando inseguridad, miedo, tristeza, ira, desconfianza, rivalidades, indiferencia, muerte y opresión. Cuando no hay justicia, tampoco hay paz, ni desarrollo, ni prosperidad, ni bienestar en la sociedad.

El Estado de Michoacán tiene todas las características de un Estado Fallido. Los grupos criminales: Familia Michoacana, Zetas, Nueva Generación y Caballeros Templarios, principalmente, se lo disputan como si fuera un botín. La Costa: para la entrada de la droga y los insumos para la producción de las drogas sintéticas; la Sierra Madre del Sur y la zona aguacatera: para el cultivo de mariguana y amapola, el establecimiento de laboratorios para la producción de drogas sintéticas y refugio de los grupos criminales.

Las ciudades más importantes y todo el Estado: para el trasiego y comercio de la droga, “venta de seguridad” (cuotas), secuestros, robos y toda clase de extorsión.

Nuestro pueblo de Michoacán tiene años sufriendo las injusticias del crimen organizado, que se han recrudecido en los últimos meses.

Han aumentado los levantones, los secuestros, los asesinatos, el cobro de cuotas se ha generalizado y familias enteras han tenido que emigrar por el miedo y la inseguridad que se está viviendo. En los últimos días se está obligando a líderes sociales y a las personas en general para que firmen y pidan que el Ejército y los federales se vayan de Michoacán, y a los comisariados ejidales se les ha amenazado para que vayan ante el Congreso de la Unión a hacer la misma petición.

Los gobiernos municipales y la policía están sometidos o coludidos con los criminales, y cada vez más crece el rumor que el Gobierno Estatal también está al servicio del crimen organizado, lo que provoca desesperanza y desilusión en la sociedad.
Son ya seis municipios que, al ver sus gobiernos municipales vendidos con el crimen organizado y la incapacidad del Gobierno Federal para restablecer el Estado de Derecho, han tomado la determinación de organizarse para autodefenderse. En estos municipios se expulsaron a los miembros del crimen organizado, con lo que se acabaron las cuotas, extorsiones, levantones, secuestros, asesinatos y violaciones. Pero ahora son agredidos constantemente por los Caballeros Templarios, que intentan recuperar las plazas perdidas y ahogarlos, dificultándoles la comercialización de sus productos o impidiendo que las pipas de gasolina surtan las gasolineras que se encuentran en esos municipios.

Desde mayo tenemos la presencia de las fuerzas federales (Policía Federal, Ejército y Marina) con una estrategia para devolver la paz a Michoacán. Su presencia se constata por todas partes, pero hasta la fecha no hemos visto la efectividad de su estrategia, porque no se ha capturado a ninguno de los capos principales del crimen organizado, aun sabiendo dónde se encuentran; prácticamente en su presencia se extorsiona, se cobran cuotas, se secuestra y se levanta a personas. Nos llama la atención cómo no han sido capaces de descubrir las casas de seguridad del crimen organizado, y hasta la fecha no hayan liberado a nadie cuando se cuentan por decenas las personas levantadas. No obstante, les damos el voto de confianza y esperamos tengan el firme propósito de solucionar el problema.

La Iglesia Católica que peregrina en esta Diócesis de Apatzingán: su Obispo, sacerdotes, religiosas y laicos, hemos hecho un firme compromiso con la paz y nos hemos trazado como meta pastoral la construcción de la cultura de la paz desde la catequesis infantil, los movimientos de niños, adolescentes, jóvenes y adultos; las agrupaciones y comunidades. También estamos promoviendo la pastoral del consuelo para la atención a las víctimas de la violencia y ayudarles en su proceso de sanación para evitar que con el tiempo ellos se conviertan en victimarios.

Invitamos a las autoridades competentes a sumarse en este esfuerzo por hacer de Michoacán un Estado de Derecho, y que su apoyo sea efectivo en inversiones en nuestro Estado para que los jóvenes tengan alternativas de trabajo.

Queremos invitar a nuestro pueblo a unirse, a formar comunidad y ser solidarios unos con otros, porque sólo así podemos solucionar la problemática que enfrentamos.

No perdamos la esperanza porque, como dice el himno: “El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación. Tú me guías por sendas de justicia, me enseñas la verdad…

Aunque pase por valle de tinieblas, yo nunca temeré”.

Mi agradecimiento y bendición para todos.

MONS. MIGUEL PATIÑO VELÁZQUEZ, M.S.F

OBISPO DE APATZINGÁN