Norberto Rivera Carrera

Cardenal Aguiar valora desmembrar la poderosa iglesia capitalina

34598765_1185626698254713_8690352044071976960_n.jpgEl cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, estudia dividir la Arquidiócesis de México. Tras cuatro meses de haber recibido la Iglesia capitalina de manos del cardenal Norberto Rivera Carrera, el purpurado nayarita ya realiza valoraciones para que la diócesis que preside, que hasta el momento coincide en delimitación geográfica con la Ciudad de México, se divida en dos o tres territorios más que tendrían un obispo autónomo residencial con todas las facultades, derechos y responsabilidades canónicas y representativas.

A través de un comunicado signado por la directora de Comunicación de la Arquidiócesis de México el 6 de junio -justo en el cumpleaños del cardenal Rivera Carrera-, las instituciones eclesiales afirman que se ha iniciado un Proceso de Consulta para la Creación de Nuevas Diócesis, desmembradas de la Arquidiócesis Primada de México.

Las diócesis que se crearían -adelanta el comunicado-, podrían ser la que hoy está delimitada en la Primera Vicaría Episcopal cuyo territorio integra las delegaciones Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, y las vicarías Séptima y Octava cuyos territorios abarcan las delegaciones Iztapalapa, Tláhuac, Milpa Alta y Xochimilco. Al frente de estas demarcaciones pastorales, Rivera dejó a los obispos auxiliares Florencio Armando Colín, Jesús Antonio Lerma y Andrés Vargas Peña.

El estudio de la división territorial de la Iglesia capitalina ha sido permanente, incluso el arzobispo Rivera Carrera recibió varias valoraciones sobre los positivos y negativos que generaría tal división. Para el purpurado duranguense, la coincidencia territorial del entonces Distrito Federal con la Arquidiócesis Primada facilitaba la relación de las autoridades eclesiales con las de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México: Un jefe de gobierno – un sólo obispo residencial titular; pero también ayudaba a manifestar la unidad simbólica de los capitalinos como habitantes culturales de una ciudad de inmensos contrastes.

Por el otro lado, la Iglesia arquidiocesana es a todas luces ingobernable; el cardenal Rivera utilizó un modelo de responsabilidades gerenciales y cedió gran parte de su representación en sus ocho obispos auxiliares; pero una administración centralizada exige muy altas capacidades de gobierno y no pocos sacrificios para caminar en una iglesia tan masiva y dinámica. Sólo los arzobispos de Milán y de Madrid tienen más sacerdotes, parroquias y centros neurálgicos de la política y la economía como los que tiene la Ciudad de México.

De esta manera, si los obispos de México, la Nunciatura y el propio papa Francisco lo validan, en breve existiría una diócesis autónoma al norte de la ciudad que separaría a la Provincia de Tlalnepantla de la Ciudad de México y que sólo salvaría el polígono del Santuario Mariano del Tepeyac porque el arzobispo de México es el custodio histórico del Ayate de Juan Diego, la venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe; y una diócesis más (si no dos) al sur y oriente capitalino, que es la zona que aún conserva áreas rurales y naturales protegidas, donde se concentran más de 3 millones de habitantes, así como las expresiones religiosas católicas populares más icónicas y masivas de la Ciudad de México: la Candelaria del Niñopa en Xochimilco y Semana Santa de Iztapalapa. Sitios de profundo arraigo religioso que son el principal proveedor de vocaciones sacerdotales de la capital.

Aguiar Retes quedaría como primado capitalino y arzobispo metropolitano con la Basílica de Guadalupe y los territorios más urbanizados, de mayor desarrollo vertical y de alto potencial económico comercial de la ciudad: desde Polanco, Tacubaya, la Condesa, Juárez, Centro, Lomas, Santa Fe, Del Valle, Mixcoac, San Ángel, Coyoacán, Churubusco, Pedregal y Tlalpan.

Si se aprobase la creación de nuevas diócesis: la del norte de la ciudad (en Azcapotzalco básicamente) se quedaría con una diócesis muy estructurada parroquialmente hablando pero con un cuerpo sacerdotal cuyo promedio de edad es muy superior a los 65 años y con pocas vocaciones sacerdotales en el corto plazo; mientras que la potencialmente nueva diócesis del sur se quedaría con la delegación Iztapalapa que es la zona más densamente poblada, marginada, empobrecida y tristemente violenta de la capital y con Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac, los únicos territorios con espacios aún rurales de la capital que cuentan con las parroquias, capillas, barrios, mayordomías y expresiones populares más ricas de religiosidad católica.

@monroyfelipe

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Sucesión de la sede primada: un informe abierto

aasdaMenudo informe presentó el cardenal Norberto Rivera Carrera sobre su servicio de 22 años al frente de la Arquidiócesis Primada de México; lo hace en el marco de las reuniones que sostiene el arzobispo electo, cardenal Carlos Aguiar Retes, con los diferentes consejos arquidiocesanos que llegará a liderar a partir del próximo 5 de febrero.

En una primera lectura resulta evidente que el documento divulgado por el actual administrador apostólico Rivera Carrera, a través del Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México, no es en modo alguno -ni creo que tenga intención de serlo- un informe detallado del “estado de las cosas” en la Iglesia circunscrita en la Ciudad de México; es, a mi parecer, un profuso inventario y una instantánea de la muy compleja y extendida organización gerencial y administrativa de una de las diócesis más abismales que yo conozca.

Muy rápido han salido algunas voces que reclaman que en dicho informe no se incluyen algunos de los pasajes más delicados de la administración pastoral de Rivera Carrera en estos años. En efecto, en el informe no se encuentran las historias personales y las razones de fondo que han hecho de la Arquidiócesis de México una de las instituciones religiosas más comentadas y hasta criticadas -con y sin justicia- en la última década. Para ejemplificar esto: en ninguna de las 84 páginas se nombra siquiera por asomo a quien coordinó durante 20 años la pastoral diocesana para el arzobispo Rivera; y, junto con esa, hay omisiones enormes que también reflejan lo que cada área piensa sobre sí misma.

Sin embargo, parece que ese no es el propósito del informe que hoy puede consultarse libremente. Para conocer el corazón interno y el pulso más profundo de la Iglesia capitalina se requiere caminarla, escucharla en voz de los miles de sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que participan y cooperan con ella diariamente; es necesario despojarse de prejuicios y sentarse largas horas a escuchar al gran cuerpo de operadores, animadores y partícipes de la iglesia arquidiocesana; tantas, como las horas que se deben destinar a salir y caminar con quienes esperan atención, caridad, consuelo, justicia o asistencia por parte de esta masiva institución religiosa.

Pero el informe sí ofrece algunos puntos de partida para que nadie se hunda en la densísima estructura eclesial de la Ciudad de México. Quizá de manera involuntaria, a lo largo de las páginas que constituyen el informe, son revelados algunos de los temas más arduos que deberá atender la administración del cardenal Aguiar Retes. Por ejemplo, el rector de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, Enrique Glennie Graue, explica que en la Plaza Mariana: “Aún quedan aspectos legales-administrativos por regularizar, que están detenidos en espera de la sentencia definitiva de las demandas impuestas por Grupo Autofin, mismos que dependen de lo que se determine en la sentencia del juez. Este punto también ha dificultado la comercialización de los nichos”. El rector del Seminario Hispano (un seminario en el que se forma a migrantes hispanos para ser sacerdotes destinados a comunidades latinas en diócesis de EU) indica que se busca evitar que este centro de formación se convierta en un “puente migratorio” con el que ciertos ‘dreamers’ logran su visado, pero abandonen la preparación para el ministerio; y la Universidad Pontificia de México reconoce que esta magna e histórica institución educativa tiene problemas económicos para equilibrar los gastos para atender al profesorado y a la matrícula estudiantil.

A nivel territorial, algunas zonas de la Ciudad argumentan que las dificultades son los efectos que fiscalías y mayordomías heredaron tras siglos de operación religiosa y social; otras zonas informan mayores preocupaciones por la regulación contable, laboral, de declaración y pago de impuestos; la gran mayoría de los vicarios territoriales manifiesta una preocupación por las aportaciones económicas que las parroquias deben hacer a la Curia arquidiocesana y a las Vicarías Episcopales; y para todos, la opción entre ‘conservar fieles’ o ‘aventurarse en la misión’ pasa por las obligaciones sacramentales que deben cumplir cada día.

El Tribunal Eclesiástico, que es la instancia donde se dirimen los juicios canónicos, reporta que realiza más de 800 entrevistas y recibe casi 350 causas (la gran mayoría de juicios que solicitan la declaración de nulidad matrimonial); y advierte que la disposición del papa Francisco y del arzobispo Rivera Carrera para que a nadie se le obligue a cubrir los costos de estos procesos canónicos podría incrementar aún más la carga de trabajo de un pequeño y muy especializado equipo de jueces y abogados.

Finalmente, es la primera vez que se ofrecen datos muy concretos sobre las primeras instancias y colaboradores del arzobispo primado: la Arquidiócesis tiene 467 parroquias en mil 500 kilómetros cuadrados (Guadalajara tiene un número cercano de parroquias, pero en esta diócesis están distribuidas en más de 20 mil kilómetros cuadrados); en la Ciudad de México están registrados 2 mil 67 sacerdotes (mil 59 de clero regular) de los cuales el 36% supera los 60 años y sólo 14% tienen menos de 40 años.

Así están los datos de este muy singular informe; es un punto de partida para explicar la complejidad operativa y funcional de la Arquidiócesis Primada; para entender que, si se implementan cambios, requerirán mucho esfuerzo y muchos meses, para comenzar a ver su real andadura.

@monroyfelipe

 

Cardenal Aguiar: reto intelectual de la populosa capital

7674256008_baf35a9e4f_oQuizá nunca se agoten las especulaciones políticas del arribo del cardenal Carlos Aguiar Retes a la sede primada de la Arquidiócesis de México, pero los verdaderos retos pastorales de quien toma las riendas de una ciudad casi surrealista permanecen sin que les preocupen los largos análisis.

Si bien el cardenal Aguiar Retes adelantó que encarará el aparente nudo gordiano que representa la Iglesia de la Ciudad de México desde una actitud de misión, diálogo y escucha; la respuesta no es nueva ni es simple. Hacer presente la fe en forma de caridad y consuelo entre aquellos que les necesitan implica trabajo directo, personal y a ras de suelo.

En 1992 esas eran las conclusiones del II Sínodo Arquidiocesano de la Ciudad de México que encabezó el extinto cardenal Ernesto Corripio Ahumada: “Este anhelo de la Iglesia, llegar al corazón humano por medio de la evangelización de la cultura […] supone asumir ese fenómeno de ‘la gran Ciudad’: la Megalópolis; con todas sus características negativas y positivas. La pastoral exige una evangelización encarnada, capaz de revisar todos sus métodos, formas y expresiones acostumbradas hasta ahora, para responder a las múltiples y variadas necesidades de los grupos, su vida y ambientes”.

Ha pasado un cuarto de siglo desde aquel anhelo y, por supuesto, muchas cosas han cambiado. No sólo hay diversidad de culturas y diferentes problemas conocidos en la megalópolis; también hay un pulso de cambios que dificultan incluso darle seguimiento desde las instituciones a las delicadas y profundas transformaciones de las personas, las familias y sus relaciones sociales.

No sólo las instituciones políticas, mediáticas o sociales tienen problemas de seguirle el paso a estos cambios culturales; también las instituciones religiosas son incapaces de albergar en sus modelos tradicionales a la gente que ya no siente las condiciones de existencia, espacio o trascendencia en sus vidas.

Tiene razón el cardenal Aguiar Retes al retomar los planteamientos del papa Benedicto XVI sobre “el cambio de época” que supone el disenso y confrontación de valores en la conducta social; sin embargo, hay que advertir que dicho cambio en México tiene efectos paradójicos, muy particularmente en la capital donde confluyen no sólo las últimas influencias culturales sino donde se imbrican sobre una acrisolada costra de tradición que se reafirma ante infundados temores.

El riesgo sería creer que se camina al ritmo de las transformaciones cuando lo que se promueve es una insensata carrera hacia viejos estereotipos y representaciones anacrónicas que paulatinamente ganan terreno. Aguiar Retes lo tiene presente y lo explica en un nivel filosófico: “Hay fractura del consenso de valores que sostienen la cultura”; es decir, no todas las personas que construyen la cultura comparten hoy los mismos valores. Incluso, muchos de los valores en los que la gente común sustenta su vida cotidiana en ocasiones son equidistantes, mutuamente excluyentes.

Es cierto que la Ciudad de México registra los personajes más seculares, el diálogo cultural irreligioso más profuso y ha transformado a sus últimas generaciones hacia una mayor independencia de los valores católicos-cristianos en la toma de decisiones. Pero sería ceguera funcional el no ver el fenómeno religioso masivo y popular del día de San Judas Tadeo; la multitudinaria y mediatizada Semana Santa en Iztapalapa; la enraizada y transgeneracional presencia del Niñopa en Xochimilco o la incesante e inexplicable peregrinación de fieles al Santuario de Guadalupe. La religiosidad se expresa en los pueblos originarios que fueron aislándose entre los ejes viales o las zonas industriales; en las ancestrales colonias que se edificaron junto a sus parroquias; en las periferias que han recibido cíclica asistencia de los conventos y sus religiosas. En fin, la complejidad no se agota en filiaciones políticas o ideológicas.

Por supuesto, son inevitables las lecturas en clave política que analistas hacen del traslado del cardenal Aguiar Retes a la sede de la Ciudad de México; lecturas politiqueras que, por otro lado, hemos aprendido a desconfiar gracias al bajo nivel de discurso al que nos tiene acostumbrados la clase política. No se pueden desdeñar, pero tampoco representan todas las aristas sociales y culturales que implican los cambios de personalidades al frente de grandes responsabilidades.

Resulta un simplismo ofensivo y es el típico error del analista de escritorio el mirar por encima las cifras y lanzar sentencias que nada aportan. La realidad de la Iglesia en la Ciudad de México y la zona conurbada (donde está no sólo la arquidiócesis de Tlalnepantla de donde Carlos Aguiar fue obispo sino la Provincia Eclesiástica más poblada y con más obispos residenciales del planeta) es de una complejidad absoluta, millones de personas que buscan comprender su existencia y trascendencia; millones más, que ni la buscan ni la necesitan.

Aún hace falta la evaluación sosegada de los 22 años del cardenal Norberto Rivera Carrera frente a la Ciudad de México en esta materia. Rivera dio seguimiento a lo planteado por los sacerdotes de la ciudad al final del siglo pasado; ofreció orientaciones pastorales cada año desde esta perspectiva y organizó una Gran Misión Guadalupana en el año 2000. En su planteamiento pastoral y administrativo secundó la idea de que la Iglesia capitalina debía “abrirse a una diversidad de culturas, tan disímbola en valores, tan abrumada y amenazada también por problemas de índole muy diversa”.

Sin duda, obispos auxiliares, sacerdotes y no pocas congregaciones religiosas reclaman a Rivera su estilo de gobierno, su personalidad, las malas decisiones en un par de obispos auxiliares, la distancia con los vicarios generales, los virajes gerenciales en las dinámicas económicas de la diócesis, la poca promoción del clero y vida religiosa local que ha sido -bien y mal- la primera línea de trabajo frente a los inmensos desafíos culturales y religiosos de la capital.

Pero ¿será allí dónde se perdió aquel ímpetu de los católicos defeños que llamaron a “reconstruir la calle, el barrio, el tejido social donde cada cual pudiera dar satisfacción a las exigencias justas de su personalidad”? ¿Fue sólo responsabilidad del primado y de su consejo episcopal? ¿Cuántas de las prioridades pastorales fueron realmente prioridades para cada sacerdote, religioso o congregación religiosa en la ciudad?

Esas son las principales preguntas que hoy seguramente debe estarse haciendo el arzobispo electo de México y, para responderlas, no hay como ir con cada uno de ellos a dialogar y preguntarles; escuchar el pulso de la diócesis; hacerse líder sí, pero hacerse hermano primero, procurar la amistad de una ciudad que aún no pierde del todo la fe. Dice Henri Nouwen en Camino a casa: “El amigo que puede estar callado con nosotros en un momento de desesperanza o confusión; puede estar con nosotros en un momento de tristeza y duelo; puede tolerar no saber, no curar, no sanar y enfrentar con nosotros la realidad de nuestra impotencia. Ese es un amigo al que le importa”.

@monroyfelipe

Norberto Rivera, al alto contraste

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Foto: Vida Nueva México

Es el último cardenal mexicano en funciones creado por Juan Pablo II, arzobispo de la ciudad de México desde hace 22 años, dirige la diócesis con mayor número de católicos en el mundo (más de 7 millones de feligreses) y sede de los poderes de la Federación. Es el líder religioso más mediático del país y prácticamente cada domingo, desde el púlpito y desde su semanario Desde la fe, imprime el sello de la agenda religiosa en el país.

En julio de 2015, cuando lo entrevistaba para Vida Nueva, el cardenal Rivera parecía profetizar el ánimo que se despertaría después de que él presentara su renuncia: “El que piense que va a guiar esta comunidad con sus propias capacidades o sus propias estrategias, se equivoca”.

Por todo eso, y en ocasión de la presentación de su renuncia canónica al servicio arzobispal, el cardenal Norberto Rivera Carrera sigue despertando involuntariamente una serie de loas y críticas por igual. Parece que para el purpurado mexicano todas las lecturas de su ministerio episcopal deben ser extremas y apasionadas.

Cuando fue anunciada su promoción del obispado de Tehuacán  a la sede primada arzobispal de la Ciudad de México, las lecturas eran de lo más distantes: “Algunos lo veían como ‘un elefante en cristalería’, se preguntaban si estaba a la altura de un cardenal sumamente brillante e influyente como lo fue Corripio Ahumada; pero otros lo consideraban un ‘diamante en bruto’ pues el propio Juan Pablo II le confiaba –a pesar de su juventud- el gobierno y la ortodoxia formativa en la diócesis más visible del país”, confía un veterano sacerdote capitalino.

Y ahora, al final de 22 años de conducción de la Arquidiócesis de México, Rivera Carrera se enfrenta a la misma polarización: criminal o santo, humilde servidor o autoritario jerarca. Para hacer una evaluación atemperada del ministerio de Rivera al frente de la iglesia de la ciudad de México es necesario mirar esos claroscuros que alimentan la percepción de sus fieles y sus detractores.

 

Gobierno y poder

Desde su llegada a la arquidiócesis capitalina, Rivera Carrera mantuvo un consejo de gobierno muy definido para atender los pormenores de la vida de las parroquias, las congregaciones religiosas y los movimientos laicales. Para conducir una diócesis con cerca de 600 territorios parroquiales y mil 200 templos en donde es prácticamente imposible hacerse presente en persona, Rivera ha endurecido la división de la arquidiócesis en ocho vicarías episcopales territoriales, una vicaría de Guadalupe, tres vicarías pastorales funcionales y una vicaría para congregaciones religiosas.

Delegar altas responsabilidades a sus obispos auxiliares y a sus vicarios le ha permitido tener tiempo para cultivar relaciones y administrar otras tareas, e incluso responder sin titubear ante responsabilidades encomendadas en dicasterios romanos.

Rivera Carrera ha gobernado la Arquidiócesis mediante decretos operativos que instruyen a las estructuras a responder a un plan. El 30 de noviembre de 1996 publicó el Decreto sobre la reordenación económica de las diversas estructuras de la iglesia particular (actualizado el 4 de agosto del 2007) pero fue en 1998 cuando firmó quizá el más polémico de sus decretos: la Organización y Gobierno Pastoral de la Arquidiócesis de México donde especifica, de los numerales 84 al 136, las facultades reservadas a su persona; todas gerenciales y directivas, que le han valido reclamos de los sacerdotes por gobernar impersonalmente. Según dicho decreto, el arzobispo Rivera se reservó cuatro facultades para atender con su presbiterio: conferir canonjías, incardinar o excardinar clérigos, otorgar licencias y dar autorización para que ministros participen en partidos políticos.

Son, en el fondo, los obispos vicarios territoriales quienes han debido llevar la tarea de escucha, animación y acompañamiento a los sacerdotes en sus labores cotidianas. El trabajo de “padre y pastor”, Norberto lo hace prácticamente por interpósita persona. De allí, los tragos amargos que ha debido afrontar cuando sus obispos auxiliares deben ser removidos cuando se han encontrado faltas morales como sucedió con Luis Fletes Santana y Rogelio Esquivel.

El gobierno de decretos se ha debido ajustar según los tiempos y las necesidades que se advierten con el paso de los años (existe desde 2002 un Decreto sobre los Decanos y Decanatos, y desde 2012, otro para Diáconos) pero la falta de interacción y cercanía entre los ministros ordenados de la Arquidiócesis de México permanece. Como ejemplo, cuando el sacerdote José Miguel Machorro Alcalá fue agredido brutalmente el pasado 15 de mayo en la Catedral de México, las autoridades diocesanas tardaron horas en identificar el origen y el estatus del ministro.

El gobierno pastoral del cardenal Rivera ha sido, pese a todo, la prueba de que el paternalismo trasnochado ya no es imprescindible para configurar la relación de respeto y orden entre el clero con su obispo. Allí donde Rivera ha logrado adhesión, respeto y lealtad en sus ministros se debe al ejercicio de la libertad y la madurez de sus subordinados; y eso no es poco. Cuando finalmente se publicó en la Arquidiócesis de México el manual de “Criterios en relación a comportamientos inadecuados, principalmente con menores, que pudieran suceder por parte de los clérigos” –después de un largo proceso legal que quiso afrontar Norberto Rivera sobre acusaciones de encubrimiento y en el que básicamente se deslindaba completamente de los delitos de sus ministros- las reacciones fueron nuevamente contrastantes: algunos sacerdotes decían que ‘los abandonaba a su suerte’ y otros simplemente consideraron natural el deslinde pues argumentaron: “todos los ministros deben ser adultos responsables de sus actos”.

 

Administración

Cuando Norberto Rivera toma el control de la Arquidiócesis de México, la ley de Asociaciones Religiosas y Culto público apenas tenía dos años y medio de haberse promulgado; por tanto, la gran mayoría de los recintos religiosos de la diócesis aún no habían sido regularizados ante las autoridades correspondientes.

El proceso de regularización y administración de los bienes nacionales en manos de la Iglesia católica ha sido lento y difícil. Pero a lo largo de estos 22 años de administración diocesana del cardenal Rivera Carrera resulta casi inverosímil que la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe se encuentre en controversia jurídica respecto a su estatus como patrimonio y bien nacional.

Sin tener la obligación para atender personalmente el acompañamiento a los sacerdotes, parecería que el pontificado de Rivera Carrera estaría robustecido en lo administrativo y gerencial. Sin embargo, también ha sido uno de los problemas recurrentes, nuevamente debido a la gigantesca dimensión de la Arquidiócesis. La administración de los recursos para la actividad burocrática y pastoral de la iglesia capitalina está regida por el Decreto de Reordenación Económica donde el punto de quiebre reside en la aportación del 10% de todos los ingresos de parroquias, cuasiparroquias, rectorías y capellanías para la administración de las Vicarías Territoriales y de la Curia central arquidiocesana.

El decreto garantiza autonomía financiera de las vicarías, pero en no pocas ocasiones ha puesto en dificultades administrativas a la curia central cuyas oficinas se han tenido que enfrentar a diferentes carencias para subsidiar nomina, materiales, planes y asesorías necesarias para el clero y las parroquias de la ciudad.

Es por ello que el cardenal Norberto Rivera también debió adaptar la administración de la Iglesia al difícil fenómeno del envejecimiento de los sacerdotes de la ciudad con los retos en materia de atención médica y pensiones. Rivera logró acuerdos con la Secretaría de Salud del Distrito Federal y hospitales privados para que los sacerdotes accedieran a servicios médicos básicos y especializados bajo el esquema llamado SIGAMED; y, por otra parte, impulsó la estructura FRATESA que complementa las aportaciones para pensiones de ministros retirados de la Iglesia mexicana OCEAS (Obra de Clérigos en Ayuda Solidaria, antes Centro Cultural y Asistencia Sacerdotal).

Sin embargo, fueron dos mayores cambios a la inercia administrativa de los templos los que orillaron a adecuar la forma de trabajo de la Arquidiócesis de México: Ley Federal para la prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita del 2012 y las disposiciones de la miscelánea fiscal puesta en marcha en 2014. Las reformas no cambiaron el régimen fiscal de los templos y asociaciones religiosas, pero sí exigían nuevas informaciones periódicas. Esta situación, dificultosa para muchos templos sin personal ni herramientas para cumplir la ley, incluso llegó a dialogarse airadamente entre el presidente Enrique Peña Nieto y el cardenal Norberto Rivera, tras la cual se llegaron a acuerdos benéficos para ambas partes.

Rivera ha sabido responder a los desafíos internos y las amenazas externas en materia de administración de la Iglesia y de sus bienes temporales; incluso bajo su dirección la arquidiócesis de México destaca muy por encima de otras diócesis en materia de cooperaciones. Como en la Universidad Pontificia de México, donde la sola ciudad de México ha llegado a aportar hasta el 40% del total de recursos para el centro educativo de los obispos del país.

Esa cualidad, junto a su cercanía con notables empresarios mexicanos (los hermanos Vázquez Raña, Carlos Slim, Amancio Ortega, Lorenzo Servitje, etc), convenció a Benedicto XVI quien le solicitó colaborar en la Comisión de Asuntos Económicos de la Santa Sede; hoy la Secretaría de Economía, a la que seguirá asesorando hasta que el papa Francisco se lo solicite, incluso aún después de que acepte su renuncia como arzobispado capitalino.

 

Piedad y devoción

Para Norberto Rivera, la dinámica social de la Ciudad de México tiene en sus expresiones religiosas una compleja riqueza y, por ello ha sido cauto al explotar las muchas variantes de la fe popular. En la ciudad aún existen un gran número de poblados con tradiciones religiosas muy arraigadas y la devoción a la Virgen de Guadalupe es casi antonomástica de la mexicanidad, pero la delgada línea entre la piedad y la superchería sigue construyendo ramas de religiosidad que han llegado a preocupar seriamente al arzobispo primado.

Su gran logro en la materia –y al mismo tiempo su gran tara- fue la canonización de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente del milagro guadalupano. La enorme predilección del papa Juan Pablo II por México se vio coronada con su última visita en 2002 y con la canonización del indio Juan Diego. El gran regalo de Rivera Carrera a la Virgen Morena de Guadalupe fue la elevación a los altares universales del santo indígena a quien ella eligió como portador de su mensaje; pero la falta de devoción o la falta de interés por Juan Diego ha retrasado 15 años la edificación de su santuario.

Y, sin embargo, en materia de devoción popular, ese es el menor de los problemas. Durante la gestión de Rivera Carrera, el culto al fenómeno de la ‘santa muerte’ creció exponencialmente desde un pequeño rincón del centro de la ciudad hasta exportarse a otros estados del país e, incluso, mediante la migración al extranjero. El sincretismo entre lo ‘tradicionalmente católico’ y las devociones ‘impuras’ ha sido para el arzobispado una batalla constante. Contra las desviaciones religiosas Rivera ha intentado salir del paso mediante la prohibición expresa para que los católicos no participen de actos y rituales no autorizados por la Iglesia católica pero el propio arzobispo sabe que prohibir no es suficiente; Rivera Carrera suele sintetizar el fenómeno con una advertencia que insiste en sus mensajes: “los vacíos, se llenan”.

 

Desafíos culturales y polémicas

En no pocas ocasiones, Norberto Rivera contrasta el tiempo en que inició misión en la capital y los muchos cambios culturales y legales que ha debido vivir en el cambio de siglo. El cardenal ha dicho que cuando fue nombrado arzobispo de México la ley aún consideraba el matrimonio sólo entre un hombre y una mujer o que no existía tal cosa como ‘interrupción legal del embarazo’. Incluso no había ese particular endurecimiento de medidas penales contra ministros que ejerzan abuso sexual sobre menores ni era notoria la explosión de diversas expresiones religiosas en la ciudad.

En aquella conversación, Rivera Carrera sintetizaba su mirada sobre la capital de la República: “Nuestra ciudad de México no solamente es grande, sino que concentra muchas de las realidades positivas y negativas de todo México; pero además de ser grande y tener esa concentración nacional, aquí vemos que se dan los cambios más profundos, más significativos que después van a las ciudades. Porque aquí tenemos los tres poderes, los centros de cultura y los centros de comunicación más importantes del país. Es normal que aquí se den grandes cambios y esto evoluciona. Constantemente, en el diálogo con los laicos, les digo que esta ciudad ha cambiado totalmente desde que llegué a la fecha. Va en constante evolución. Y por lo tanto no podemos seguir haciendo lo mismo porque la ciudad es otra”.

Sin embargo, los cambios culturales en la ciudad han sido quizá el menor de los desafíos para el arzobispo. La relación con las autoridades del Gobierno del Distrito Federal pasó de tersa a tensa, tirante y hasta adversa. De cordialidad y respeto con el ingeniero Cárdenas, a incomprensión con Rosario Robles; de amistad a extrañamiento con López Obrador y de franco diálogo con Alejandro Encinas; de la desconfianza con Marcelo Ebrard a la fría institucionalidad con Miguel Mancera. Eso, sin contar los encontronazos con delegados, asambleístas, diputados y no pocos activistas políticos.

¿Y tras 22 años de ministerio en la ciudad, qué ha dejado Norberto Rivera como legado? Él mismo lo expresa así: “He contribuido a que esta Iglesia crezca en varios aspectos, no solamente en cuestiones materiales, como en ayudar a que la Catedral esté en pie o que se reconstruyera la Antigua Basílica o que se construyera algún templo o en fundar dos seminarios; creo que la principal contribución, que el Señor me ha permitido poder dar, es el dar ánimos para que esta Iglesia sea misionera, para que esta Iglesia tenga laicos, religiosas, sacerdotes mejor formados para ejercer su ministerio”.

Por supuesto, será el próximo arzobispo de México quien habrá de valorar si habrá sido suficiente.

@monroyfelipe

La Arquidiócesis de México: los candidatos y el ‘factor Francisco’

mexicodfUno a uno y cada quien a su modo, los obispos mexicanos que han sido “destapados” como posibles candidatos a suceder al cardenal Norberto Rivera Carrera en la arquidiócesis capitalina de México han expresado en perfecto tono evangélico las palabras que el mismo Jesús dijo antes de su Pasión: “Padre, si es posible aparta de mí ese cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Por ejemplo, el arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes, quien lidera todas las quinielas de la sucesión de Rivera, comentó: “Yo preferiría, con toda honestidad lo digo, continuar en Tlalnepantla. Sé que la Ciudad de México es un gran desafío, y si a mí no me toca yo le doy gracias a Dios”. Algo parecido expresó el obispo de Morelos, Ramón Castro Castro: “Le pido a Dios, con toda mi alma, que no sea yo; estoy tan a gusto y contento que amo a mi esposa la diócesis de Cuernavaca”. El arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez Espinoza –el tercero en la terna que probablemente considere el papa Francisco para relevar a Rivera Carrera-, también sentenció: “Yo estoy tranquilo aquí en Puebla… desde luego nosotros vamos a donde nos pida la Iglesia y nos pida el Santo Padre servir”.

Y aunque no lo han expresado abiertamente, puedo asegurar que comparten el mismo pensar otros obispos que también se mencionan en las probabilidades sucesorias. En efecto, al final quien elija el Papa para ser el trigésimo sexto arzobispo de México no le quedará sino apechugar.

Y es que, a pesar de que el gobierno de la Arquidiócesis Primada de México parezca sinónimo de poder, lujo y privilegio, en el fondo es un verdadero desafío para cualquier obispo. En cada rincón de esta diócesis, que es una de las más grandes y complejas del mundo, salta un conflicto por atender: ya sea por el estatus jurídico de territorios parroquiales (hay aproximadamente 1,200 templos católicos en la ciudad), por el cuidado y vigilancia de casi dos mil sacerdotes o por las múltiples relaciones institucionales que la Iglesia local debe mantener con autoridades, fuerzas políticas, medios de comunicación, centros educativos, organizaciones de la sociedad civil y líderes empresariales.

Sin pensarlo demasiado, menciono tres tareas nada sencillas que deberá asumir el nuevo arzobispo: el gordiano proceso de nacionalización de la Basílica de Guadalupe; la aparentemente imposible renovación generacional de ministros diocesanos ancianos y jubilados; y la delicada reparación de la relación con un presbiterio capitalino que reclama de su pastor cercanía, diálogo y accesibilidad. Eso, sin contar los procesos de evangelización de una ciudad cada vez más secularizada y un balance de los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac que mire al futuro de la piedad y religiosidad de los nuevos católicos mexicanos.

Como se ha insistido, la presentación de la renuncia de Norberto Rivera al papa Francisco no implica una acción inmediata de sustitución. Al arzobispo tapatío Juan Sandoval Íñiguez, por ejemplo, el Papa lo mantuvo casi cuatro años adicionales al frente de Guadalajara y, por el contrario, al legendario obispo de San Cristóbal de las Casas, jtatic Samuel Ruiz, Juan Pablo II le aceptó su renuncia al día siguiente. Es decir, no todo está dicho.

Ahora bien, a las ternas y las planillas de candidatos que barajean los expertos como posibles sucesores de Norberto Rivera habrá que agregarles el ‘factor Francisco’. Porque es un hecho que el pontífice argentino tomará personalmente esta decisión y, si nos atenemos al carácter que ha mostrado en otros nombramientos importantes, su único interés para elegir el perfil del próximo arzobispo primado de México será que aquel esté plenamente comprometido al estilo de la ‘Iglesia en salida’, la ‘revolución de la ternura’ y la ‘reforma de las actitudes’.

Es decir,  aquel que se “saque la rifa del tigre” como próximo arzobispo metropolitano de México será un peregrino que quiera acudir hasta el borde de la realidad y de las periferias humanas de la Ciudad de México, porque en este momento ya es lo que hace a ras de suelo de su propia diócesis. Y entonces las ternas de sucesores ya no se limitan a los obispos favoritos, sino a los últimos, los que por el momento pasan más tiempo en la terracería que bajo los reflectores.

 

*Papa sorprende a tlaxcaltecas

Esta primavera el papa Francisco ha dado dos guiños muy importantes a la Iglesia de Tlaxcala. Primero –aunque la sede episcopal se encontraba vacante- aprobó el decreto para la canonización de los niños indígenas mártires tlaxcaltecas Cristóbal, Juan y Antonio; y este 15  de junio, despertó a la Diócesis de Tlaxcala con el nombramiento de un nuevo obispo. Se trata del sacerdote Julio César Salcedo Aquino, misionero josefino y director de un colegio católico mexiquense, quien será consagrado cuarto obispo de Tlaxcala. Salcedo, de 66 años, será quien el próximo 15 de octubre participe junto al papa Francisco en la histórica canonización de los que se consideran “los primeros mártires del continente”.

@monroyfelipe

¿Por qué la renuncia del cardenal Rivera vuelve locos a todos?

norberto-riveraaEl próximo martes 6 de junio, el cardenal arzobispo de México, Norberto Rivera Carrera, cumple 75 años y según lo marca el Código de Derecho Canónico, el purpurado está conminado a presentar su renuncia al Santo Padre. Es un procedimiento burocrático –diría incluso ordinario- pero por alguna razón son varios los interesados en apurar este evento que en principio detona la búsqueda de su sucesor.

La cátedra arzobispal de la Ciudad de México siempre ha estado en la mira de los medios de comunicación, de los intelectuales y de no pocos sectores de gobierno. A muchos opinantes de temas religiosos parece no importarles las otras 92 diócesis de México y, mucho menos, los cientos y cientos de órdenes, congregaciones y asociaciones religiosas que realizan diferentes servicios en el país. Su obsesión con la sede primada responde a un lenguaje político que confunde el juego del poder con los ministerios encomendados a los obispos.

Esa reflexión es primaria y simple: el titular de la Iglesia católica en la ciudad donde se concentra el poder político, económico, mediático y cultural de todo el país debe ser, al mismo tiempo, el representativo concentrado de toda la catolicidad de la nación. Y quizá aquellos que piensan de este modo no tienen del todo la culpa, porque así funcionó por muchos años: la prosapia, el preclaro linaje, el potencial administrativo y económico de una sede obispal merecía honores y distinciones al pastor quien, así acumulando títulos nobiliarios, pasaba de servidor a jerarca.

Por ello, frente a la renuncia del arzobispo Norberto Rivera Carrera más de uno quisiera ser el primer heraldo que pronuncie: “El Rey ha muerto. ¡Que viva el rey!” y desvelar al sucesor que tomará la sede de la Catedral Metropolitana de México. Sin embargo, a estos entusiastas hay que decirles que, además de no entender a la Iglesia católica, no han terminado de comprender lo que ha estado haciendo el pontificado de Francisco.

Entonces ¿qué pasará con el arzobispo Rivera? ¿Cuándo será aceptada su renuncia y cuándo conoceremos a su sucesor?

Empecemos con la renuncia. El cardenal Rivera presenta su renuncia por principio de orden pero la Santa Sede y el Papa valoran cada caso en particular. En la historia ha habido casos de obispos con más de cuatro años de “tiempo extra”, esto se ha debido a dos fenómenos particulares: el primero es un periodo moderadamente racional (‘tiempo de gracia’) para que el obispo vaya administrando su retiro, encuentre un espacio dónde vivir, deje en orden la casa y participe de cierto modo en el proceso de la búsqueda de su sucesor.

En ese punto ya se encuentra Norberto Rivera: solicitando informes del estado de las cosas en la Arquidiócesis de México que es una iglesia inmensa con ocho obispos auxiliares, 52 decanatos, más de 650 territorios parroquiales y más de mil 200 templos; un territorio donde convergen más de una docena de universidades católicas, cientos de conventos y cientos de servicios de caridad social como hospitales, albergues, comedores populares, refugios, etcétera. Y, por si fuera poco, el Santuario de Guadalupe con sus más de 20 millones de visitantes al año y que está bajo su jurisdicción. ¿Cuánto durará este tiempo para poner orden? Tres a cuatro meses más aproximadamente.

Sin embargo, hay un segundo fenómeno para que un obispo haga ‘tiempo extra’ en la diócesis: la carencia de un claro sucesor o de un perfil adecuado para asumir una carga de esa naturaleza. Este es un tema casi tabú en México pues sería inimaginable que el segundo país del mundo con más católicos tuviera un déficit en candidatos al solideo episcopal  o al palio arzobispal. Pero hay que recordar que las más recientes sucesiones arzobispales en México indican que tanto la Nunciatura como la Santa Sede tienen una responsabilidad más difícil de lo que parece.

Así que, si Rivera Carrera goza de salud y tiene buen ánimo para continuar administrando la iglesia capitalina por algunos meses más, seguramente la Santa Sede no querrá urgir ni poner en predicamento al Papa ni a la Iglesia mexicana para encontrar un sucesor de inmediato.

Y eso nos pone en el segundo tema: ¿Quién podría ser el próximo arzobispo primado de México?

Volvamos al papa Francisco y a su peculiar estilo de gobernar la Iglesia universal. Con los cardenalatos anunciados del pasado 21 de mayo quedó muy claro que para Bergoglio el birrete púrpura en realidad va por la persona y no por el abolengo ni el poderío de la ciudad que administra.

Para Francisco, mientras más grande y compleja sea la diócesis representa más servicio y no más privilegios; más tierra de misión y menos principados; más sacrificios y menos “carrierismo eclesial”. Es así que la monumental Arquidiócesis de México no sería precisamente “un premio” ni “la joya de la corona”.

De tal suerte que el sucesor de Rivera Carrera no necesariamente debe apuntar a un pastor de meteórica carrera entre los corrillos episcopales, sino a un perfil más modesto en la labranza al servicio de la grey, con muchas horas de calle y varios kilómetros en carretera a ras de suelo. Y todas esas historias suceden en esas 92 diócesis restantes que los analistas e intelectuales casi nunca miran y que casi siempre desdeñan, pero que seguro no pasan desapercibidas para el pontífice argentino. @monroyfelipe

¿Una nueva época en panorama episcopal mexicano? (Parte 3: Pastores de nueva generación)

rampast“El liderazgo no habla de la próxima elección, sino de la próxima generación”, dice el escritor británico Simon Sinek, y no podría estar más acertado. En las anteriores entregas abordamos los cambios en el panorama episcopal mexicano con los traslados, promociones y elecciones de nuevos obispos para el peculiar escenario del relevo del arzobispo primado de México.

La sede catedralicia de la Ciudad de México no es “la joya de la corona de la iglesia católica mexicana” como suele pensarse en términos políticos; sin embargo, su historia misma ha demostrado que el peso específico del arzobispo capitalino aporta un cariz importante en la configuración de la iglesia católica nacional y de la relación que institucionalmente se mantiene entre la jerarquía eclesiástica y los representantes de los diferentes poderes de la Federación.

Por ello, la sucesión del cardenal Norberto Rivera Carrera genera tanta expectativa –y quizá hasta morbo-; pues en el sucesor y en el ‘cómo’ se haga la transición se juega buena parte del estilo, el tono, el discurso y los objetivos de la Iglesia mexicana en la próxima década al menos.

Si bien, la mirada parece enfocarse en el cardenal arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes; los corrillos eclesiales también ven como opción el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro; incluso, miran fuera del país al arzobispo ad personam Jorge Carlos Patrón Wong, actual secretario pontificio para los Seminarios de la Sagrada Congregación del Clero en Roma.

Ramón Castro, después de un súbito traslado de Campeche a Morelos, ha sido una figura visible y de suficiente altura moral en el constante cuestionamiento de las políticas del gobernador Graco Ramírez y del crimen organizado en Morelos; difícil misión que realiza no sin riesgos confiando en su experiencia en el arte político y diplomático. En sus actos, Castro Castro refleja las búsquedas del líder moderno: no sólo convoca o autoriza, participa y se involucra. Por ello ha encabezado marchas multitudinarias por las calles de Cuernavaca, hombro a hombro suma comunidades en sus búsquedas de paz y justicia; es un obispo que no sólo condena desde su escritorio los incontables actos de violencia mediante comunicados oficiales, acude al margen del dolor de la gente, toca y abraza a quienes han perdido a sus seres queridos, entra en los jacales de miseria que la ‘política correcta’ intenta hacer invisibles y clama por la conversión de las autoridades junto a los féretros de quienes murieron debido a su corrupción, impunidad o desdén.

Tiene la edad (61 años) y la vecindad con la Ciudad de México para explorar paulatinamente los contextos de la vida pastoral de la urbe. Al pertenecer a la misma Provincia de México (el grupo de diócesis sufragáneas a la Metrópoli capitalina) conoce a los obispos circundantes y, mejor aún, a los obispos auxiliares del cardenal Rivera cuya labor es imprescindible en la transición y los procesos que requerirán las ocho vicarías episcopales, las más de 650 parroquias y los más de mil templos bajo el gobierno arzobispal.

Castro ha logrado, además, configurar la “comunidad virtual”; esa presencia aparentemente inasible pero decididamente representativa del catolicismo en la web. Castro apenas suma 6,753 seguidores en Twitter pero su actividad, lejos de ser propagandística, intenta reflejar la realidad de su diócesis y los pueblos que la integran.

Quien hace igual y con más de 14 mil followers es el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong, oriundo de Mérida (59 años) quien fue obispo coadjutor y residencial de Papantla, Veracruz; se habla de él como posible sucesor de Rivera Carrera porque fue especialmente elegido por el papa Francisco para llevar un área clave para la iglesia católica del mañana: la formación de sacerdotes.

La experiencia de Patrón Wong en el área es indiscutible pero lo que más llama la atención de este pastor de ‘nueva generación’ es que lo mismo camina con tanta humildad y sencillez por las calles de Roma como lo hacía en Mérida o Teziutlán. Su actitud dialogante y abierta evitó que se convirtiera en un “burócrata de oficina vaticana” en su actual servicio en la Congregación del Clero. En las calles de Teziutlán me confió, un mes antes de partir a Roma, que sentía cierto temor de encerrarse en las paredes de un frío dicasterio vaticano; meses después, ya en el cargo, me reveló que sentía una gran alegría por haber descubierto personalmente a la grey, al pueblo de carne y hueso para el que había sido llamado a servir. Lo hace, por supuesto, al final de su jornada de trabajo.

Patrón Wong parece conjugar bien los meticulosos servicios de gobierno con la permanente presencia entre la gente para la cual fue llamado a servir. Algo más, en medio de un huracán terrible de tensiones en todas las áreas del Vaticano, este arzobispo mexicano ha estado fuera de la foto pero sin indiferencia por el rumbo que toma la reforma de la iglesia que Bergoglio. Su posición quedó plasmada en el documento sobre El Don de la vocación presbiteral divulgado apenas en diciembre del 2016: “Podrían emerger nuevos desafíos, concernientes al ministerio y la vida del presbítero: […] el riesgo de sentirse funcionarios de lo sagrado [… y] la atracción del poder y la riqueza”.

Pero, ¿son estos los perfiles que la Ciudad de México necesita para un pastor que acompañe a una nueva generación? ¿Cómo deben ser los nuevos liderazgos para la tercera década del siglo XXI? ¿Qué aportarían estos obispos al horizonte pastoral de la iglesia mexicana? Aún no lo hemos abordado pero la iglesia católica mexicana acaba de entrar en un profundo periodo de reflexión porque desde este 2017 y hasta el 2031 se conmemoran 500 años de presencia sacramental, educativa y cultural del catolicismo en México. Medio milenio no sólo de ‘evangelización’ sino de ‘institucionalidad’ de la iglesia en el cuerpo social del pueblo mexicano. ¿Qué ha aportado esta institución a la realidad mexicana? ¿Qué se ha arraigado en la cultura y qué se corrompió en el camino?

Por ello, en ese horizonte se hacen las consultas y las ternas para el sucesor del primado de México, se contemplan estos candidatos ‘fuertes’ pero también otros candidatos ‘débiles’ (Alonso Garza, Sigifredo Noriega, Eduardo Carmona, Eduardo Cervantes, Faustino Armendariz, etcétera). Personajes que no cumplen dos o más de los criterios clásicos para el tradicional sucesor de Zumárraga pero que guardan evidencia de la sacudida eclesial que ha propuesto Francisco y que no dejará que México –el aún segundo país con más católicos del mundo- sea una isla en esta revolución. De esto hablaremos en la última entrega de esta serie: de los pastores periféricos para una nueva época en el panorama episcopal mexicano. @monroyfelipe

¿Una nueva época en panorama episcopal mexicano? (Parte 2: El relevo capitalino)

cardesMoore decía que la política sucede como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está equivocado. En la entrega anterior dejé puesta la pregunta sobre cómo impacta el proceso de sucesión del primado de México en el discurso, la narrativa y las estructuras de la iglesia católica mexicana y cuáles serán los horizontes de los mismos dependiendo del perfil que asuma la cátedra capitalina.

Algunos analistas presentan a tres o cuatro candidatos ‘fuertes’ para suceder a Norberto Rivera Carrera en el arzobispado de México. Pero recordemos: todo lo que no es totalmente correcto, está equivocado. Además, en el terreno religioso, la ‘debilidad’ adquiere un cariz importante para dar testimonio de los principios cristianos: “Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, dice la Biblia.

La idoneidad del candidato tiene que ver con el destino: en el siglo XX, la Arquidiócesis de México recibió a obispos relativamente jóvenes (entre los 53 y 60 años), con trayectorias diferentes pero al menos con experiencia como obispos coadjutores, residenciales o arzobispos metropolitanos. Al ser la sede primada en México, es claro que los arzobispos capitalinos ya no pueden ser trasladados a otra representación (quizá sólo promovidos fuera del país); de hecho, en 486 años y sólo en durante el Virreinato tres arzobispos de México fueron promovidos a diócesis en España. Eso ha provocado largos periodos de gobierno que, si bien general estabilidad y confianza, también decantan en pesadas inercias. Un tema que hoy se analiza con seriedad para pensar que el primer arzobispado capitalino del siglo XXI no necesariamente tenga un horizonte de 20 años sino 15, o incluso diez.

Los candidatos ‘fuertes’ son el novel cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla; el secretario pontificio para los Seminarios, el arzobispo ad personem Jorge Patrón Wong; y el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro. En algunos espacios también se habló del arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez, quien a fuerza de un entregado y desgastante servicio a ras de suelo se le veía como un posible sucesor de Rivera –con quien trabajó hombro a hombro como obispo auxiliar en la populosa Iztapalapa- pero su actual estado de salud parece descartarle de la terna.

El cardenal Retes parece llevar mano en el horizonte por muchos elementos a su favor. El purpuardo nayarita ha cubierto todas las áreas de representación organizativa de la Iglesia en México y Latinoamérica como presidente del Episcopado Mexicano (CEM) y de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM). Además, ha sido notoria una cierta cercanía –y hasta amistad- con el papa Francisco que se forjó cuando colaboró con el entonces cardenal Bergoglio en la V CELAM, realizada en Brasil, cuyo documento final (Documento de Aparecida) ha definido la voz y el estilo pastoral también de todo el continente americano.

Hay, además, un antecedente muy cercano que apoya la tesis de que el cardenal Rivera será reemplazado por otro cardenal: la sucesión del dominante cardenal arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, en 2011, exigió que se trasladara de Monterrey a Jalisco al novel purpurado, Francisco Robles Ortega. En aquella ocasión se explicó en los corrillos eclesiales con el refrán: “Para que la cuña apriete, tiene que ser del mismo palo”.

Pero eso no es todo. Aguiar Retes dejó un fuerte legado en la reestructuración de la Iglesia en México y las nuevas dinámicas han sido plenamente asimiladas por casi todos los rincones del país. Desde su servicio como obispo en Texcoco y Tlalnepantla, Aguiar ha conformado una gran Provincia pastoral mexiquense que alberga el mayor volumen de creyentes de todo el país. Esto lo ha logrado mediante el diálogo con sus homólogos obispos pero también con un grácil tacto político con las autoridades del Estado de México, el gobierno federal y grandes sectores empresariales. Razones suficientes para que el papa Francisco –sin que él manifestara interés particular- finalmente celebrara la multitudinaria misa dominical en Ecatepec durante su visita en México de febrero del 2016.

Por si fuera poco, el cardenal Aguiar se anota el único pronunciamiento televisado del episcopado mexicano transmitido en cadena nacional. Todo esto hace al actual arzobispo de Tlalnepantla sea el candidato más evidente a la sede primada; pero también, gracias al cappello cardenalicio otorgado por Francisco, se contempla como un serio papabile, un pastor en construcción de su perfil pontificio, en ruta a la continuidad de la revolución bergogliana de cariz latinoamericano en la Iglesia católica universal.

¿Cómo influirá este escenario la elección de alguno de los otros candidatos ‘fuertes’ a suceder a Rivera Carrera? ¿Quiénes son los otros candidatos “débiles” pero ciertamente potenciales y fuertemente considerados a asumir la titularidad de la Arquidiócesis de México? ¿Qué desafíos se abren en el horizonte de la iglesia mexicana para la tercera década del siglo XXI? Eso lo veremos en las siguientes partes. @monroyfelipe

La Iglesia mexicana, camino al 2031

asamblea-cem-2011Del 7 al 11 de noviembre próximos, se realizará la 102ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) donde casi un centenar y medio de obispos podrán ponerse en sintonía con los acontecimientos del último semestre del año. Hay noticias por celebrar y hay decisiones que se deben ir tomando anticipando los escenarios del 2017.

Los dos acontecimientos centrales que los obispos mexicanos estarán conociendo de primera mano son: la llegada del Nuncio apostólico, Franco Coppola, quien hace apenas dos semanas entregó sus cartas credenciales al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y quien además sostuvo un encuentro con el secretario de Gobernación el 3 de noviembre pasado; y además, está el nombramiento cardenalicio que el papa Francisco confió al arzobispo Carlos Aguiar Retes, el cual será impuesto el próximo 19 de este mes en Roma.

Estos dos hechos reconfiguran sutil pero eficientemente el perfil del episcopado mexicano frente a la difícil agenda eclesiástica que se aproxima. Por un lado, los cinco cardenales mexicanos (nunca hubo tantos purpurados mexicanos con tanto peso de participación) podrán asumir un protagonismo interesante en las futuras sucesiones arzobispales de gran impacto para el país (Morelia*, México, Oaxaca) y, por otro, va a ser fundamental el conocimiento y diálogo del Nuncio con la Iglesia nacional para encontrar coincidencias en esa ‘vía mexicana’ que el propio Coppola desea para abordar agendas sociales polémicas.

Aunque la mayoría de los analistas religiosos ocupan largas conjeturas sobre las decisiones que el Papa estará en breve tomando para reemplazar a dos polos importantes de la vida eclesial en México (el cardenal Alberto Suárez Inda, de Morelia, está a meses de cumplir 78 años; y el cardenal Norberto Rivera Carrera, de México, cumple la edad canónica de retiro en junio próximo); la propia Conferencia del Episcopado intentará llevar más allá de las coyunturas un plan global pastoral cuyo cuerpo esté soportado en un muy amplio lapso del siglo: 2017-2031.

El periodo no es un capricho. Responde a la conmemoración de medio milenio de presencia católica en México: desde los primeros actos de evangelización realizados por los misioneros españoles con los nativos hasta el mayúsculo Acontecimiento Guadalupano, el cual confirmó la plena inculturación cristiana en los pueblos indígenas mexicanos.

El plan parece ambicioso y veremos si es posible llevarlo a cabo, porque para lograr un extendido consenso entre los obispos, antes se requiere que los organismos de la CEM realmente trabajen coordinadamente y logren articular los diferentes esfuerzos que a lo largo y ancho del país se realizan en áreas específicas de la llamada ‘Nueva Evangelización’. Un desafío no menor para el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, quien como presidente del Episcopado Mexicano se ha mantenido al margen de varios de los escenarios de la Iglesia en México quizá siguiendo las sugerencias del Papa: “el objetivo general y los proyectos que elaboremos han de favorecer que nos acerquemos más a nuestra gente… Esto es lo esencial… no perdamos tiempo y energías en cosas secundarias, como habladurías e intrigas, carrerismo, planes de hegemonía, clubs de intereses o de consorterías, murmuraciones y maledicencias”, dijo el cardenal apenas en abril pasado parafraseando al papa Francisco.

Lo cual lleva al último punto –pero no el menos importante- por reflexionar para la presente asamblea general: ¿Qué dejó el papa Francisco en su paso por México? ¿Qué dinámicas, compromisos o acciones se han puesto en marcha para no dejar el mensaje del pontífice en mero espectáculo? En febrero del 2017 se cumplirá un año de su trepidante estancia en el país y aún hay sectores eclesiales que no han pasado de la anécdota. ¿Dónde se ha manifestado el compromiso de la Iglesia con la juventud, esa ‘riqueza de México’? ¿Cuáles obras religiosas sí han dado un paso adelante en la audacia por transformar al país y no resignarse al modelo de exclusión imperante? ¿Qué tanto se ha trabajado con las comunidades indígenas para que la sociedad mexicana aprenda de su relación ecológica con la Tierra? ¿Cómo se ha involucrado la grey católica en el diálogo, confrontación y encuentro entre el mundo empresarial y el sector laboral para remediar la inequidad y desigualdad económica? ¿Cómo se ha llevado el consuelo maternal de la Iglesia –siguiendo la mirada de Guadalupe- a los desposeídos, las víctimas, los migrantes, las familias en situación de pobreza, los heridos, los hambrientos, los excluidos, los discriminados…?

Entre las peticiones del Papa a la Iglesia de México, Coppola tiene su propia encomienda: mejorar las relaciones entre los episcopados mexicano y estadounidense. Tema de gran interés para Francisco pues no en vano ha enviado al exnuncio en México, Christophe Pierre a su sede diplomática en Washington, dio luz verde para la diócesis fronteriza de Nogales y quizá se sigan escuchando muchas sorpresas de los obispos y diócesis ubicadas en la frontera de ambas naciones. Las coyunturas políticas, económicas y sociales de ambos países requieren de un gran diálogo entre sus Iglesias.

Porque para conmemorar los 500 años de catolicismo en México no son pocas las obras y los actos históricos de los creyentes que se pueden –y se deben- celebrar; pero para no sólo jactarse del pasado y para dar razones de futuras conmemoraciones es preciso que cada generación dé un testimonio que perdure porque “el tiempo es superior al espacio”. @monroyfelipe

 

*Tras la publicación de este artículo; el 5 de noviembre del 2016 el papa Francisco aceptó la renuncia del cardenal Suárez Inda y nombró a Carlos Gafias Merlos, como arzobispo de Morelia.

Norberto Rivera, sobrio festejo sacerdotal

13592240_1037407216349756_6572957690495526533_nEl pasado 3 de julio, el cardenal arzobispo de México celebró su 50° aniversario de ordenación sacerdotal; una ordenación que vivió a sus 24 años en la Basílica de San Pedro, en Roma, de manos del papa Paulo VI en los albores del Concilio Vaticano II. El audaz pontífice consagraba en aquel entonces a 72 jóvenes como símbolo de los 72 discípulos que Jesús envío a dar paz, a asistir a los enfermos y principalmente ir a los hogares a llevar un mensaje de esperanza.

Medio siglo después, la ceremonia de festejos en la Catedral Metropolitana de México mantuvo un carácter sobrio, casi impersonal, pero no sorprende. Ese es el estilo que el cardenal prefiere en los actos litúrgicos y públicos; es lo esperado, lo propio y lo necesario para dignificar más al ministerio que al ministro, más al servicio que al servidor, más al pastor que a la persona, más al cardenal arzobispo que a Norberto, el padre Beto. Eso es lo que queda claro en la carta que le hizo llegar el papa Francisco y en los ministros que respondieron al llamado institucional del arzobispo: respeto a la investidura, a quien lleva el gobierno eclesial, a la figura que no sólo representa poder sino la última palabra en la decisión y conducción del horizonte de trabajo pastoral.

Entre 2007 y 2009, Rivera Carrera realizaba su segunda visita pastoral a la Arquidiócesis de México; durante una pausa en la apretada agenda en una visita parroquial me acerqué a preguntarle por qué había elegido la vocación sacerdotal. En pocas palabras explicó que quería seguir estudiando y que en su pueblo ya no había oportunidades, por lo que el seminario era la opción lógica. A partir de allí, no dejó de seguir los consejos y órdenes de sus mayores y de sus prefectos. Parece poco, pero eso puede sintetizar el caminar sacerdotal del arzobispo: Norberto ha optado por la lógica y por el respeto a la investidura de sus superiores. Y, al mismo tiempo, sintetiza su estilo de gobierno: que sus colaboradores obren con lógica y con respeto a su investidura, el resto es cursilería.

Hace años, una periodista del diario Reforma solicitó una entrevista con el cardenal, envió una batería de casi treinta preguntas, casi todas tenían un pie en la política pero me llamaron la atención dos de ellas: “Cuando duerme, ¿en qué sueña señor cardenal?, ¿Alguna vez ha soñado con Dios?”. La entrevista nunca se concretó pero me hubiera gustado conocer alguna de esas respuestas. Pasaba igual cuando en aquella visita pastoral yo le preguntaba qué sentía cuando entraba en la habitación de los enfermos, qué veía en la mirada de los niños y los jóvenes católicos, cómo intentaba ayudar a sus clérigos cuando éstos sentían desazón, tristeza, desesperanza, orfandad, soledad, miedo. Las respuestas fueron casi siempre las mismas: “Tenemos que…”, “Nuestro deber es…”, “La Iglesia nos pide…”.

Por ello, para Rivera, la joya del pastel en los festejos de la catedral de México –en Tehuacán también celebró, con un pequeño desaguisado en el que una asistente a la misa mostró la frase ‘Norberto protector de pederastas’- ha sido la carta recibida por el Papa, del único que le precede en dignidad jerárquica. Son muy elocuentes las palabras que recuerdan cada uno de los trabajos asumidos y las dignidades que ha acumulado por las responsabilidades. Es lo que importa; las opiniones y gustos se rompen en géneros. Las otras dos presencias de la ceremonia (ministros y la pintura del Papa) hablan de lo mismo: solidaridad institucional, respeto a la investidura.

Ahora, con la experiencia de estos 50 años de vida sacerdotal, a sus 74 años de vida, Rivera Carrera enfrenta su último año canónico de ministerio al frente de la Arquidiócesis de México. Incluso dentro de la Iglesia son pocos los que tienen preguntas sobre él, sus planes personales, sus sentimientos. En los corrillos políticos y eclesiales se preguntan si Francisco le dará o no algunos meses de gracia a su gobierno y ya se hacen especulaciones sobre su sucesor. Hay muchos deseos recurrentes entre la grey y los sacerdotes para el próximo arzobispo: “que sea más cercano con sus sacerdotes; más sensible con las realidades socio-culturales del país; menos gerente, más pastor; menos trabajo de oficina, más calle; menos traje talar, más mangas de camisa”. El proceso está en marcha y no es difícil predecir la actitud del arzobispo. @monroyfelipe