obispos de México

Avanza proyecto de diócesis originarias en CDMX

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Vista aérea de la Ciudad de México

Los obispos de México, reunidos en la pasada 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), resolvieron a favor de la solicitud que el cardenal arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, les hiciera a manera de consulta para la aprobación del proyecto de creación de tres nuevas diócesis para la Ciudad de México. Ahora sólo falta la anuencia de la Santa Sede para que la capital tenga cuatro obispos residenciales con todas las potestades y obligaciones canónicas.

Actualmente la Ciudad de México tiene los mismos márgenes territoriales que la Arquidiócesis de México y esto significa que es una de las porciones eclesiales más grandes y populosas de todo el mundo (con alrededor de 8.8 millones de residentes y 1.8 millones de población flotante). Ante esta realidad, desde el inicio de su gobierno, el cardenal Aguiar Retes realizó un proyecto para fragmentar la actual arquidiócesis de México y fundar tres nuevas diócesis en la capital de la República: Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco.

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Obispo Colín, confianza del proyecto en la zona norte

El proyecto para dotar de nuevos derechos y obligaciones a cada una de estas porciones diocesanas está sustentado en los pueblos originarios capitalinos que aún guardan elementos de identidad, tradiciones y prácticas religiosas en cada una de estas circunscripciones. De culminar este proyecto, Azcapotzalco, al norte de la ciudad, tendrá un territorio que iría desde la región alta de Cuautepec hasta las colonias populares de la alcaldía Miguel Hidalgo: Tacuba, Legaria, Pensil, etc. Pasando por la zona industrial Vallejo pero principalmente por las zonas habitacionales creadas a partir de los pueblos originarios de Azcapotzalco. La catedral diocesana sería la actual parroquia de los Santos Felipe y Santiago. Un dato importante sobre la tradición católica de los pueblos chintololos es que, según los registros históricos, estos naturales fueron los primeros peregrinos al Tepeyac para venerar la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe apenas en 1532.

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Representación de la Pasión del Señor, Semana Santa en Iztapalapa

La nueva diócesis de Iztapalapa abarcaría los ocho barrios originarios asentados a las faldas del Cerro de la Estrella pero se extendería en todo el territorio de la alcaldía de Iztapalapa, la cual cuenta con casi dos millones de habitantes. Antes del largo proceso de desecación de la Ciudad de México, Iztapalapa se encontraba al margen del Lago de Texcoco; de este ancestral poblado (se tienen registros de presencia humana hasta de nueve mil años de antigüedad) fue originario el célebre tlatoani Cuitláhuac, líder de los mexicas a la muerte de Moctezuma Xocoyotzin, quien logró vencer a los españoles en la legendaria Noche Triste. La diócesis de Iztapalapa tendría un territorio que correría a lo largo de Aculco, Centro, Ermita-Zaragoza, San Lorenzo Tezonco, Paraje San Juan y la Sierra de Santa Catarina; su catedral sería el Santuario del Señor de la Cuevita desde donde parte la célebre y multitudinaria tradición de la Representación del Viacrucis del Cristo de Iztapalapa en Semana Santa.

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Niñopa de Xochimilco, profunda devoción popular

Finalmente, la nueva diócesis de Xochimilco tendría el territorio más extendido de la Ciudad de México pues abarcaría las alcaldías de Xochimilco, Milpa Alta, Tláhuac y algunas zonas de Tlalpan. Esta nueva diócesis está justificada por los barrios tradicionales asentados en la zona lacustre (aún viva de la ciudad) y al pie del Eje Neovolcánico. Esta región aún conserva profundas tradiciones indígenas y de sincretismo cristiano como la devoción al Niñopa de los barrios de Xochimilco, las procesiones de los pueblos de las montañas y las celebraciones florales y dancísticas de los pueblos originarios de la meseta de Milpa Alta. Es la única zona rural de la Ciudad de México y donde aún buena parte de la población conserva la lengua materna indígena que es pasada de generación en generación. La catedral de esta diócesis sería la parroquia de San Bernardino Xochimilco que alberga a cientos de mayordomías religiosas y que cada 2 de febrero vive una multitudinaria Fiesta de la Candelaria que atrae a cientos de miles de fieles y turistas.

El objetivo del arzobispo de México, Aguiar Retes, es reestructurar el territorio episcopal para que, de esta manera, el obispo pueda estar presente con más frecuencia en las parroquias de su demarcación. Bajo este nuevo modelo, la Arquidiócesis Primada de México conservaría las zonas más urbanizadas de la capital en una especie de diagonal desde las alcaldías Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza e Iztacalco, hasta Cuajimalpa, Álvaro Obregón, Magdalena Contreras y Tlalpan, pasando por las céntricas Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Cuauhtémoc y Coyoacán. Al ser el arzobispo de México el custodio de la imagen de la Virgen de Guadalupe, la arquidiócesis conservaría bajo su territorio la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe para el servicio a todas las diócesis del país.

Un tema que en días previos a la Asamblea fue cuestionado al Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola, fue lo referente al futuro de la labor de pastoral penitenciaria que actualmente realiza la Arquidiócesis de México en ocho centros de reclusión y readaptación social. Ya que todos estos centros penitenciaros quedarán en los territorios de las nuevas diócesis bajo la tutela de sus obispos residenciales; con lo cual el primado de México no tendría oportunidad de ‘visitar a los presos’ que es una de las ‘Obras de Misericordia’ encomendadas a los católicos. Para el Nuncio, si un obispo no tiene una cárcel en su territorio tiene la responsabilidad moral de propiciar proyectos de acompañamiento a exreclusos o a las familias de quienes se encuentren privados de su libertad en otro sitio pero, principalmente, coordinarse con los obispos y autoridades de otras diócesis para poder cumplir personalmente con ese mandato cristiano.

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Nuevos horizontes territoriales en el firmamento del catolicismo capitalino

Con el visto bueno del pleno de los obispos de México, el proyecto de reestructuración pastoral y administrativa del centro de la República será enviado a Roma para que la Sagrada Congregación de los Obispos en el Vaticano y el propio papa Francisco aprueben las nuevas diócesis a las que les serán dados nuevos derechos como catedral, obispo residencial, vicario general, canciller y consejo presbiteral; pero que también adquirirán nuevas obligaciones como la generación de espacios de formación sacerdotal (seminario), vicarías funcionales para vida consagrada, laicos, ministros ordenados, etcétera; y estructuras de pastoral social que garanticen el ejercicio de la caridad y la promoción social. Será el Vaticano quien apruebe finalmente este proyecto en el que también se contempla la posibilidad de escindir la Provincia Eclesiástica de México que actualmente tiene como sede metropolitana a la Arquidiócesis de México y sus sufragáneas Toluca, Atlacomulco, Tenancingo y Cuernavaca; pero, con las nuevas diócesis, se abre la posibilidad de que Toluca se convierta en nueva sede metropolitana. Y México pasaría de 18 a 19 arzobispos metropolitanos.

@monroyfelipe

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Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

Obispos llegan a una asamblea de definiciones

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Este 12 de noviembre comienza la 106 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Como cada trienio, los líderes de la grey católica mexicana realizan votaciones para elegir a los obispos representantes en diferentes áreas de servicio. Los reflectores, sin embargo, están puestos en la elección del próximo presidente del organismo colegiado porque de ello depende, en buena medida, las relaciones institucionales con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, presidió el organismo episcopal por dos periodos de suma convulsión de la Iglesia Universal: primero con la histórica renuncia del papa Benedicto XVI y después con el ascenso del primer cardenal latinoamericano a la silla del sucesor de san Pedro. Pero también de graves circunstancias en México: “violencia, corrupción, impunidad y cultura de la muerte” como las distinguió el propio episcopado.

Robles, al igual que los otros cardenales y arzobispos latinoamericanos, comenzó a tomar un peso moderadamente relevante en el concierto internacional pero, desde la presidencia del colegio de obispos mexicanos, su participación en los dos periodos se percibe apenas testimonial. Fueron sus secretarios generales los que destacaron mediáticamente. El primero, Eugenio Lira Rugarcía, quien cargó con más errores que aciertos en la organización de la visita del papa Francisco en 2013 y en la relación de la CEM con el entonces nuncio apostólico, Christophe Pierre; y en el segundo periodo, el obispo auxiliar de Monterrey, Alfonso Miranda Guardiola, quien enfocó su servicio en el rescate de la memoria episcopal, la sistematización de la vinculación de todas las diócesis y comisiones de la Iglesia católica, y la creación de varias alianzas y convenios institucionales, a veces con más audacia que contenido.

La administración saliente de la CEM pone entre sus logros la conformación de un Observatorio Nacional que compila y actualiza la vasta pero muchas veces desconocida información de las diócesis mexicanas que ofrecen servicios de caridad y asistencia social o humanitaria; un departamento de historia que reanudó un trabajo suspendido en 2009 para conservar documentación valiosa del organismo; un organismo interdisciplinario para dar seguimiento y fortalecer la prevención a los casos de abuso sexual de menores en la Iglesia; una batería de protocolos de acción operativa ante diferentes crisis institucionales; y un bloque de convenios con organismos federales como la Procuraduría General de la República (PGR), la Fiscalía Especializada para Prevenir Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Cultura, el INAH, entre otros.

Es, sin embargo, el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) el más audaz de los trabajos de la presidencia y secretaría salientes: la proyección de los trabajos de animación pastoral de la Iglesia católica en México con la mirada puesta en los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los dos mil años de la Redención.

Es en esta última materia donde los obispos mexicanos deben tomar definiciones profundas. El cardenal Robles Ortega no puede ser reelecto y, aunque Miranda Guardiola sí; no suele ser una práctica común cambiar al presidente conservando al secretario. En los corrillos eclesiales destacan los arzobispos de Monterrey y Morelia como posibles sucesores del cardenal Robles en la presidencia de la CEM. El primero, Rogelio Cabrera López, por su compromiso en el proceso y continuidad del PGP; y el segundo, Carlos Garfias, por su trabajo en el área de paz y reconciliación nacional, un tema de interés central del próximo gobierno federal por su aspiración de contar con la participación del papa Francisco en este proceso.

Pero, junto a la relación con el próximo gobierno y  dar continuidad de trabajos articulados dentro del organismo, existe un tercer factor para la próxima presidencia de la CEM: su participación institucional ante el Censo de Población y Vivienda 2020. El instrumento censal para registrar las creencias religiosas de los mexicanos ya ha recibido fuertes críticas, tanto de sociólogos como de asociaciones religiosas que se sienten sub representadas en los reactivos de consulta.

Diversas encuestas y estudios aislados ya hacen proyecciones que podrían ser muy duras para la idea de catolicidad mexicana. Hay tendencias demográficas que ubican a los católicos con márgenes de 72 a 68 por ciento de la población mientras muestran una sensible proliferación y mayor influencia política a las diferentes expresiones evangélicas, protestantes y pentecostales. Este contexto también pone un escenario para los obispos católicos poco previsto: el urgente paso del diálogo interreligioso a la cooperación interinstitucional con otras asociaciones religiosas.

En el Plan Global, los obispos mexicanos aseguran tener seis compromisos: construir dignidad humana, comprometerse con las causas sociales, ser una Iglesia pueblo, misionera y compasiva principalmente con los jóvenes y adolescentes. “Concretar respuestas”, apuntan; pero sin la cooperación con otras expresiones religiosas, sus esfuerzos puede que no resulten relevantes o significativos para el país que desean servir.

Hay un último factor que no se debe minimizar, el cardenal Carlos Aguiar Retes comenzará a tomar un papel de suma relevancia para el episcopado mexicano. Como arzobispo primado de México es naturalmente un foco de atención política y mediática; sus proyectos de administración pastoral (desterritorialización parroquial, reforma a la formación sacerdotal y redistribución episcopal) y el papel que irá adquiriendo como ‘papabile’ mientras se acerque el ocaso de la era Bergoglio lo perfilan como un importante referente para la configuración del episcopado de los próximos siete u ocho años. Aguiar llega a la asamblea plenaria aún con el doble cargo de arzobispo primado y administrador apostólico de Tlalnepantla, con un muy relevante trabajo en el pasado Sínodo de los Jóvenes en Roma; con la confianza del nuncio Coppola en sus proyectos y sin jugar las dinámicas de confrontación moral con el presidente electo por los temas que han polarizado a la sociedad. Tiene la oportunidad para hacer un liderazgo que signifique pero, para comunicarlo, siempre hace falta tomar riesgos.

@monroyfelipe

Obispos de México, muchas dudas ante las definiciones del país

obisposcemDel 9 al 13 de abril, los obispos de México se reúnen para participar de la 105ª asamblea plenaria en un momento de particular complejidad social y política para el país. Sin dejar de lado el programa de trabajo que vienen desarrollando, los líderes de las comunidades católicas de la República se enfrentan a diversos dramas para los cuales nunca hay suficiente experiencia.

Por supuesto, todos los reflectores se los llevarán los candidatos a la presidencia de la República que visitarán a los obispos. Los políticos presentarán sus ideales y plataformas pero también deberán escuchar las inquietudes de los pastores de una grey aún masiva, fuertemente simbólica de la identidad nacional y sumamente plural.

El episcopado recibirá a los candidatos en plena campaña. Los obispos conocen bien a todos, excepto quizá a Ricardo Anaya, quien se estrena en este foro de por sí complejo para presentar, cual Víctor Frankenstein, las razones de crear un Frente que parece sólo un amasijo de confusiones pragmáticas e ideológicas. El queretano de 39 años tiene contra sí una lectura –ya no digamos inmoral- sino poco ética de su persona pues quedó evidenciado que sólo a costa de traiciones y acuerdos inconfesables ha construido la plataforma de sus ambiciones.

Andrés Manuel López Obrador pisa terreno conocido. Estuvo frente al pleno de obispos en 2006 y en 2012 y sorteó las dudas de los obispos sobre su ‘peligrosidad’ para el país. El tabasqueño carga en su valija no pocas heridas políticas y también su propio golem partidista; pero lleva consigo el argumento irrefutable de que los gobiernos de Calderón y Peña no han resuelto la violencia, la corrupción y la impunidad (donde coinciden todos). El catolicismo practicante y la cercanía pública de sus predecesores con la iglesia católica no fue garantía para hacer permear los principios morales y cristianos en la conducción del país: la normalización de la corrupción, la legal inmoralidad y el nulo compromiso con la dignidad de la vida humana de los últimos dos sexenios han sido más que evidentes. Con todo, López Obrador sigue cargando con el estigma de su extraña personalidad y, para muestra, acude ante los obispos con esa confusión republicana-juarista-cristiana como su estandarte moral.

A José Antonio Meade se le conoce bien y se le reconocen sus buenos oficios al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores; pues con su gestión mejoraron sustancialmente las relaciones entre la Santa Sede y México; y, por ende, con el cuerpo colegiado del episcopado nacional. Sin embargo, la madurez institucional alcanzada en un despacho se convirtió fácilmente en perfidia política cuando se traicionó la palabra (“Las causas del Papa son también las causas de México”, dijo Peña a Francisco sólo para trabajar 15 días después iniciativas que molestaron a los obispos) y cuando el gobierno peñista tomó ventaja una y otra vez de esa buena voluntad. Pero si a Meade se le reconoce el oficio y la técnica, se le cuestiona el liderazgo o la capacidad de controlar a un partido que suma 22 gobernadores cuyas administraciones han dañado los recursos públicos sólo durante la gestión de Peña Nieto. Incluso, sobre Meade pesa la duda razonable de que sea capaz de romper la cadena de impunidad con el gobierno del que formó parte y que está obligado a responder por casos de corrupción (institucionalmente encubiertos) como los de PEMEX-Odebrecth, la ‘Estafa maestra’, el espionaje ‘Pegasus’, la Casa Blanca, etcétera.

Para Margarita Zavala, el encuentro con los obispos no anticipa tensión. Ni su catolicismo militante está bajo duda ni su trayectoria acusa baches. Pero sin partido, sin estructura y sin definiciones sobre ese feminismo conservador que predica, parece que la presencia de la abogada tiene mucho más de cortesía que de posicionamiento.  Como siempre, Zavala carga con los éxitos y fracasos de la administración de Felipe Calderón; está, por supuesto, la sombra de fraude y el ‘haiga sido como haiga sido’ (incompatibles con la doctrina social cristiana); pero, el Waterloo calderonista con el país y el episcopado mexicano es la enorme mancha de violencia que despertó el único presidente que se ha vestido de militar desde la Guerra Cristera y que triplicó los asesinatos de sacerdotes en México.

Ahí están los entretelones de la agenda política sin descartar que los obispos recibirán al secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, quien inquirirá diplomáticamente “qué ocurrió” antes, durante y después de la reciente reunión del obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, con miembros del narcotráfico. Una acción pastoral que a todas luces cuestiona la capacidad rectora del Estado mexicano y evidencia el dominio de la corrupción que ha permeado todas las estructuras legítimas y legales del orden y la administración pública. Y que, al mismo tiempo, da cuenta de los recursos con los que aún cuenta la iglesia católica –autoridad y argumentos- para establecer diálogo y compromisos a favor del respeto a la dignidad de la vida humana, a las familias y a las libertades.

Es claro que los obispos mexicanos advierten que en todo el espectro social, político y cultural se requieren definiciones inaplazables para desterrar la violencia, la corrupción y la impunidad. En su mensaje conjunto frente al proceso electoral en marcha, los ministros católicos urgen “a trabajar comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan”. Por supuesto, los procesos electorales son indispensables para alcanzar este deseo, pero no sólo y esa posibilidad sólo está en la ciudadanía.

@monroyfelipe

Elecciones llenan de desconfianza y recelo a obispos mexicanos

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Reunión del Consejo Permanente de Obispos Mexicanos con el Consejero Presidente del INE

Ya fuere en sus últimos mensajes del 2017 o en la celebración de la Jornada Mundial de la Paz el primer día del 2018, los obispos mexicanos no desaprovecharon la oportunidad de enviar en sus mensajes una concienzuda preocupación por el año que comienza; particularmente por el proceso electoral en marcha y los efectos que dejarán las campañas en un país fuertemente lastimado por la corrupción y la violencia.

En el corazón de la capital, el teólogo canónigo de la Catedral de México, Julián López Amozurrutia -en suplencia del cardenal administrador apostólico Norberto Rivera Carrera-, afirmó que el 2018 se vislumbra como un año “en el que las esperanzas son tibias” pues dijo son “demasiados los desengaños acumulados”. El teólogo reprochó que en México la persona humana no se encuentre en el centro de las prácticas colectivas y lamentó que los más indefensos “sigan siendo víctimas de atropellos indecibles”.

Sin embargo, fueron los obispos del interior quienes hicieron hincapié en que gran parte de la responsabilidad de aquellos desengaños y atropellos provienen de los partidos políticos y los funcionarios: Arturo Lona Reyes, obispo emérito de Tehuantepec, afirmó que en el proceso electoral próximo todos los partidos políticos carecen de credibilidad por ser responsables de la crisis política, social y económica del país.

Lona Reyes, aseguró que los partidos políticos “están matando a pausas a los pobres de México” y que sus empeños por el poder restan posibilidades de una vida mejor y de dignidad a la ciudadanía.

En cierta consonancia, Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, obispo de Veracruz, dijo que en el país se “ha retrocedido en materia política” toda vez que los partidos se han desprestigiado y que frente a las próximas elecciones las opciones presentadas son decepcionantes: “Cada vez más la sociedad no se ve representada en los partidos y sus gobernantes, cada vez más la percepción de la sociedad es que lo que hace toda esta gente es hacer carrera política para ganar dinero, para hacerse ricos y de ahí corrupciones y todo lo que sabemos, entonces si los partidos han ido desmereciendo la confianza pues lo estamos viendo en las elecciones… Casi casi la mayoría se pone a pensar cuál es el menos peor, porque en realidad está la cosa decepcionante”.

Aunque la mayoría de los obispos de México solicitaron a su grey estudiar bien y analizar el voto que darán a los aspirantes a cargos de elección, el obispo de Saltillo, Raúl Vera López, afirmó que la solución del país no pasará sólo por las urnas. El obispo, que ha sido nominado al Premio Nobel de la Paz y acreedor de varios premios internacionales de derechos humanos, animó al trabajo comunitario de los fieles y rechazó que los desafíos del país en el 2018 vayan a encontrar solución en las elecciones del 1 de julio próximo ni que los comicios lograrán cambios en las cúpulas del poder.

“Se espera un año difícil”, resumió el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, en su mensaje de año nuevo ante los feligreses de Morelos; y, aunque pidió recibir al 2018 con esperanza, reconoció lo difícil que es dejar las páginas de corrupción e irresponsabilidad. Lo dice con conocimiento de causa porque en el 2017, Castro sufrió una persecución política por su crítica ante las acciones deliberadas de agresión, corrupción e intimidación del poder criminal en el estado.

Quien expresó con más crudeza las dificultades del año en medio de una compleja contienda electoral y una violencia inédita en el país fue el obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, quien consideró que los recientes asesinatos de alcaldes y candidatos en el estado de Guerrero ya adelantan que “las cosas se van a caldear demasiado”. Al finalizar la misa del primero de enero en la catedral de Chilpancingo, el obispo Rangel afirmó que su perspectiva del 2018 “no es tan halagüeña” y, aunque deseó un feliz año a los fieles, remató: “No creo que sea tan feliz”.

El proceso electoral en el que se elegirán 3 mil 415 cargos de elección popular el próximo 1 de julio mantiene cautos a los representantes de la Iglesia católica en México; Sigifredo Noriega Barceló, obispo de Zacatecas, dijo que el 2018 será un año muy significativo para el país, porque después de que 2017 ha sido uno de los años más violentos de su historia, los mexicanos tienen la oportunidad de revisar la vida y tomar un nuevo camino. Noriega pidió que los votantes no dejen al final su reflexión sobre los candidatos y aseguró que la Iglesia católica colaborará “inyectando esperanza, creando conciencia y trabajando por la paz” con la reflexión en la dimensión política de los ciudadanos.

Se refiere, por cierto, al Manual de Construcción Ciudadana publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) en noviembre pasado en el que ofrecen una serie de talleres orientados a fortalecer la democracia participativa y la reconstrucción del tejido social justo frente a los comicios de julio, pero enfocados en generar liderazgos comunitarios más allá de los procesos electorales.

La propia Conferencia de Obispos en voz de su presidente el cardenal arzobispo de Guadalajara, Francisco Robles Ortega, invitó a los fieles a prepararse “muy bien” para las elecciones; el cardenal dijo que es un evento trascendente en la vida política del país y exhortó a los votantes a tener mucho cuidado y a observar bien. Finalmente, el cardenal Robles pidió que el juicio que la ciudadanía tenga hoy de sus funcionarios se deje en manos del Supremo: “que sea Dios mismo el mejor juez de quienes hasta ahora en los últimos años nos han gobernado”. Algo que seguramente desearían con fervor los 16 exgobernadores mexicanos que hoy se encuentran prófugos o investigados por diversos delitos y actos de corrupción.

@monroyfelipe

Traslado de arzobispo a Acapulco consolida grupo episcopal

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Con la notificación del traslado del obispo de Tapachula, Leopoldo González González, a la sede metropolitana de Acapulco, se consolida un amplio grupo de obispos mexicanos vinculados a un proyecto que ya es transgeneracional y cuya figura en común es el distinguido arzobispo emérito de Morelia, el cardenal Alberto Suárez Inda.

El cardenal originario de Celaya tiene una relación sumamente íntima con al menos 18 obispos mexicanos que él mismo ha consagrado o participado en su consagración, de los cuales cinco son arzobispos metropolitanos en activo: Francisco Moreno, Tijuana; Rogelio Cabrera, Monterrey; Carlos Garfias, Morelia; Fabio Martínez, Tuxtla Gutiérrez; y el propio Leopoldo González, ahora en Acapulco.

Por si fuera poco, estos obispos a él vinculados por la herencia episcopal ya han consagrado a otros 12 obispos en activo; uno de ellos, José Fernández Hurtado, que es arzobispo de Durango, seis más son obispos residenciales y el resto auxiliares que forman una cantera importante para las próximas dos décadas de la Iglesia mexicana.

El otro prelado mexicano con una gran cantidad de obispos consagrados es el cardenal Norberto Rivera Carrera (29) pero sólo uno de ellos ha tomado posesión de una sede metropolitana, Víctor Sánchez Espinosa, hoy arzobispo de Puebla; y por lo menos 16 han sido sus propios obispos auxiliares (con un registro negativo de dos obispos que tuvieron que abandonar el ministerio bajo señalamientos graves de moral: Luis Fletes y Rogelio Esquivel).

Por su parte, el cardenal José Francisco Robles, arzobispo de Guadalajara, acumula 12 obispos consagrados (un arzobispo); y el cardenal arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes, ha fungido como consagrante para 14 obispos mexicanos (ninguno ha sido elevado a sede arzobispal).

Lo que destaca en el caso de los pastores vinculados al cardenal Alberto Suárez Inda es que sus arzobispos suman una tercera parte de los titulares de las 18 provincias episcopales en las que está organizada pastoralmente la república mexicana. Esto es relevante toda vez que los metropolitanos tienen una importante función en la configuración y renovación de la geografía episcopal. Así, los estados de Guerrero, Michoacán, Baja California, Nuevo León, Durango y Chiapas prácticamente guardarán un estilo de trabajo y el proyecto pastoral en las próximas décadas; pero es la presencia de obispos afines al estilo del cardenal Suárez Inda en otras latitudes lo que anticipa que regiones como la Costa del Pacífico, el Noroeste, Oaxaca, el Bajío y el Centro del país podrían tomar la ruta inspirada por el cardenal celayense.

Son, sin embargo, los jóvenes obispos auxiliares los que tendrán un papel relevante en los próximos diez o quince años pues según los méritos de su servicio y trabajo tienen posibilidad de acceder a diócesis residenciales o a responsabilidades de gran representatividad como hoy la tiene Juan Espinoza, auxiliar de Morelia, como secretario general de la Conferencia Episcopal Latinoamericana; o el obispo Alfonso Miranda, auxiliar de Monterrey (consagrado por Rogelio Cabrera, muy cercano a Suárez Inda), como secretario general del Episcopado Mexicano.

Pero ¿cuál es esa ruta, el estilo y el proyecto que comparten este robusto grupo episcopal en México? El propio Suárez Inda parece sintetizarlo en una entrevista con Vatican Insider: “Reconocer que la mayoría de nuestro pueblo es noble, con una gran tradición cristiana, tenemos riquezas naturales, historia muy rica en cuanto a instituciones y personas relevantes a través de los siglos. Por la religiosidad muy arraigada resultan paradójicos y contradictorios los problemas de pobreza, desempleo, violencia e inseguridad que padecemos […] no hay que dramatizar los problemas en el país porque hay muchos aspectos muy bellos, muy positivos. De manera que: ¡No vivimos en un infierno! En general vivimos un ambiente muy humano, aunque los sobresaltos no faltan”.

¿Serán estas líneas las que marcarán los próximos años a la Iglesia católica de México? ¿Valorar la tradición religiosa, no dejar de mirar los desafíos sociales y no satanizar la realidad? En fin, sólo el tiempo y los inminentes relevos en San Cristóbal de las Casas, Antequera-Oaxaca, Torreón, Mixes, Veracruz y México podrán confirmar la ruta.

@monroyfelipe

 

Diplomacia vaticana echa hombro a la incertidumbre en México por la amenaza Trump

Muy pronto ha sido llamado a Roma el nuncio apostólico en México, Franco Coppola. Con sólo cinco meses y algunos cientos de kilómetros recorridos en el país ha sido convocado a la Santa Sede para dar un informe general de su breve periodo de exploración.Esto ha comunicado el nuncio “…estaré en Roma, desde el lunes 27 de febrero hasta el jueves 9 de marzo: la primera oportunidad para hacer el punto sobre mi misión en México con los superiores a cinco meses desde mi llegada a ese grande y complejo, país donde la iglesia tiene que hacer frente a los desafíos de la modernidad para seguir acompañando a este pueblo como lo ha hecho por siglos”. Pero, ¿qué esperamos de aquellos encuentros que sostenga Coppola en Roma?

La última vez que tuve oportunidad de reunirme con el número dos del Vaticano, el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, éste me preguntó: “¿Cómo está México?” Lo expresó como si preguntara por un familiar, por su estado de salud. Sin embargo, las inquietudes que los dicasterios vaticanos le harán a Coppola serán mucho más prácticos: ¿Cuántos obispos están en edad de jubilación? ¿Cuáles son las diócesis apremiantes para hacer cambios? ¿Cómo valora el perfil de restitución episcopal con la cantera de sacerdotes? ¿Cómo ha sido el trabajo con las autoridades mexicanas, particularmente con la Secretaría de Gobernación y la de Relaciones Exteriores? ¿Cuál podría ser la mejor vía para apoyar, desde la diplomacia, la relación entre México y Estados Unidos, ya que sus propias autoridades civiles han confirmado que “lo único cierto es la incertidumbre”?

Las primeras inquietudes de la Santa Sede corresponden a la Congregación para los Obispos, presidida por el cardenal canadiense Marc Oullet (dicasterio donde, por cierto, el representante para México es el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano). En este terreno se preparan las sucesiones, los traslados y las promociones episcopales a lo largo del territorio. Para los no iniciados es difícil ver que en cada cambio de titulares en diócesis clave del país se juega un cambio de paradigma en el estilo y la actitud de servicio de los pastores que se descentran del poder: “Que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales”, como dijo un categórico Francisco hace un año a los obispos mexicanos.

Es claro que, la inestabilidad en la política nacional favorece la corrupción y propicia una serie de persecuciones políticas –unas más virulentas que otras- entre gobernadores, alcaldes y demás funcionarios (basta mencionar el caso paradigmático como el de Javier Duarte). Hoy por hoy, la praxis normalizada entre los obispos responde al ‘respetuoso encuentro con las autoridades’, pero es evidente que se requieren nuevas dinámicas de ‘menos encuentros amistosos’ y ‘más rigor institucional’ para no arriesgar la aún alta credibilidad de los miembros de la iglesia católica entre la sociedad mexicana.

Lo anterior porque el escenario anticipado de campañas políticas, en medio de una incertidumbre diplomática internacional y la volatilidad de la economía interna, exige un principio de orden para que el enviado diplomático de la Santa Sede se enfoque en uno de los intereses capitales del papa Francisco: El fenómeno migratorio.

En el 2016 no fue azaroso el traslado del experimentado nuncio apostólico en México, Christophe Pierre, a la representación diplomática del Papa en Washington. Su cercanía con episcopado mexicano y su servicio diplomático de la Santa Sede en la ‘era Trump’ lo hizo un participante obligado en la Bienal de obispos fronterizos de Texas y México celebrada en Brownsville a mediados de febrero y lo coloca como un operador de avanzada en la delicada misión de intervenir a favor de la dignidad humana en uno de los polos migratorios más complejos del orbe.

Hay que recordar que el papa Francisco logró derribar el muro histórico que paralizó las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. Es evidente que no intervino por intereses ideológicos o políticos sino humanitarios, en correspondencia a las dinámicas familiares y sociales que se establecieron con naturalidad pero al margen de las fronteras. Lo mismo sucede con las políticas migratorias sentenciadas por Donald Trump, más allá del muro, la radicalización de los criterios de legalidad afecta directamente la hermandad, familiaridad y articulación de los habitantes de EU con México y el resto del continente.

Coppola volverá de su encuentro con el Papa en Roma con esta misión bajo el brazo. ¿Encontrará interlocutores en SEGOB o SRE que no estén obsesionados con el precio de los energéticos y la estabilidad macroeconómica? ¿Con qué obispos contará para apoyarle en esta encomienda? Por lo pronto, el cardenal Carlos Aguiar Retes ya ha establecido un acercamiento estratégico con grupos de otras iglesias cristianas en Estados Unidos, en un hecho inédito se ha reunido con Elder Russell Nelson, presidente del quórum de los doce apóstoles de la iglesia de los santos de los últimos días. Por su parte, el cardenal Norberto Rivera Carrera refuerza las relaciones con organizaciones católicas en EU; en agosto acudió a la conferencia anual de la Asociación Católica de Líderes Latinos celebrada en Chicago y el 10 de febrero fue a Dallas, al Centro Nacional Católico de Bioética. El primero es un acercamiento interreligioso con claras vistas diplomáticas; y, los segundos, gestos de unidad católica en el servicio transfronterizo. Ambos útiles, a menos que usted quiera construirle muros al Papa.

Felipe Monroy

@monroyfelipe

¿Una nueva época en panorama episcopal mexicano? (Parte 4 y última: Pastores periféricos)

15above1-master768Nadie como el escritor Samuel Beckett (Esperando a Godot, Final de Partida) para reconocer que aun en el más profundo nihilismo, en el terrible aislamiento o el aparente vacío hay espacio para la compasión: “En el paisaje de la extinción, la precisión está al lado de la piedad”, dice una de sus irónicas y lúgubres sentencias.

Sin embargo, aquello expresado por Beckett es en realidad saber andar por las periferias geográficas y existenciales del hombre, con asertividad y misericordia aun cuando parezca que algo dentro o fuera de nosotros se derrumba. Ese ha sido la incesante petición del papa Francisco a sus obispos que representan a la iglesia católica alrededor del mundo: abandonar los espacios y las actividades donde priva la comodidad; reflexionar sobre si todo aquello que tradicionalmente se hace sólo satisface las necesidades y el orgullo propios o si también explora con la luz de la verdad ese profuso horizonte de incertidumbres.

¿Habrá pastores en México que estén pensando en esto? ¿Cómo reconocer a quienes van abriéndose espacio con nuevos discursos y narrativas en un moderno tejido de la fe? Creo, ateniéndome a mi falible juicio, que sí hay católicos quienes, con honestidad, se preguntan cómo andar por esas orillas del alma y de la vida humana; y que, siguiendo el consejo de Albert Einstein hacen suya la convicción de que “si buscamos resultados distintos no podemos hacer siempre lo mismo”.

Pero esta es la pregunta central: ¿Esta inquietud ha permeado en el colegio episcopal mexicano? ¿Qué tanto ha madurado entre los obispos y las estructuras eclesiales de México la convicción de un ‘nuevo estilo’ ante el carácter que ya ha impreso este siglo en la sociedad y cultura contemporáneas?

Esto puede llegar a ser importante para quienes tienen la responsabilidad de influir y configurar el próximo horizonte episcopal en México; en el cual el relevo de la sede metropolitana de la Ciudad de México –como hemos dicho en las otras entregas– juega un papel definitorio.

Más allá de aquellos candidatos a suceder al cardenal Norberto Rivera Carrera que parecen ir en caballo de hacienda o de los perfiles que abren su juego con una participación diferente en el ambiente popular debemos hablar de aquellos personajes que hacen cosas distintas tanto en los salones de la interacción global como en los márgenes de un mundo invisible.

Pongamos el ejemplo de Gerardo Alonso Garza Treviño, obispo de Piedras Negras (Coahuila), este obispo ha sido representante del episcopado mexicano en tres sínodos consecutivos convocados por el Papa (primero elegido por sus homólogos y luego invitado personalmente por Francisco). En el salón Paulo VI en Roma, frente a las representaciones mundiales de la colegialidad católica, Garza no se destacó por exponer un sólido discurso teológico-doctrinal-moral-disciplinar perfecto sino por llevar hasta los oídos de cada cultura en el orbe, el relato intimísimo de un niño y de sus padres, de su inocencia y sus dudas, de lo poco que el manual tradicional puede darle a alguien que vive tales tribulaciones pero lo mucho que un católico puede hacer para abrazar, consolar y acompañar esas realidades.

Garza además ha desarrollado con ingenio y creatividad un ministerio episcopal sencillo y ordenado en la frontera norte. Su proximidad a la cultura norteamericana y su comprensión por las nuevas comunidades, así como su notable disposición por el permanente aprendizaje, lo perfila como un pastor que puede dar mucha lucidez al nuevo panorama eclesial que requiere México.

¿Podría Garza llegar a ser arzobispo de México? El manual dice que no. Y, aunque hay que estar abiertos a las sorpresas; en el fondo, lo importante es que experiencias tan sensibles como las de él permeen en el mapa nacional independientemente del lugar de su residencia.

Miremos alguien más: Gustavo Rodríguez Vega, actual arzobispo de Yucatán. Originario de Monterrey, fue obispo durante ocho años de la también fronteriza diócesis de Nuevo Laredo. Su trabajo de gobierno a ras de suelo (y en medio de una de las más dolorosas crisis de violencia en el país) estuvo armonizado con un servicio en la dimensión social de la iglesia. Su papel al frente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social simplemente es un parteaguas en la comprensión de la estrecha relación de los valores cristianos que fundamentan la iglesia católica con las diferentes búsquedas de paz, justicia y dignidad de la realidad mexicana. Así, para construir procesos de paz que a México aún le apremian, Rodríguez Vega conjuntó el llamado moral con la articulación práctica de experiencias de paz en otras naciones como Colombia; para denunciar la inmoral agresión del hombre contra la Creación, hizo estudiar y divulgar el grave deterioro de la tierra con bases científicas; y, para evidenciar el abuso sistemático de los pobres y los marginales, también colocó la mirada de los pecados con el prójimo.

Sin embargo, un par de gestos el día de su toma de posesión como arzobispo de Yucatán revelan su sensibilidad a la nueva época que se abre: el quiebre de su voz al recordar a la grey que despedía y con la cual conservó la esperanza aun en medio de la avasallante violencia en Nuevo Laredo era imposible de fingir, habla de honestidad y de vulnerabilidad, de hacerse uno con el prójimo más allá de los discursos. Y uno más: aunque marginales y pequeños, en las fronteras de Yucatán aún hay pueblos originarios que conservan la lengua mayense; Rodríguez Vega les dirigió en su idioma un mensaje de cercanía. Antes de llegar con su nuevo pueblo, se dio tiempo para ellos, para estudiar algo de su lenguaje y cultura, practicó la pronunciación varias horas o varios días quizá. Ese es el grado de compromiso que se espera de un pastor.

¿Podría Rodríguez Vega llegar a ser arzobispo de México? Llegó apenas en julio del 2015 a Yucatán  y el manual dice que no, pero –como dije- podría haber sorpresas e, incluso si no, el próximo arzobispo de México deberá tomar en cuenta esto que se vivió aquella tarde en Mérida.

Junto a estos dos casos hay muchos otros ejemplos: Sigifredo Noriega, de Zacatecas; José María Huerta, de El Salto; Eduardo Cervantes, de Orizaba; Fidencio López, de San Andrés Tuxtla, Héctor Luis Morales, de Nezahualcóyotl; etcétera. Cada uno, con su personalidad propia ha comprendido cómo interactúan los temas centrales de su fe y la doctrina con las realidades periféricas en las urbes y en el alma de sus congéneres.

“Hay un paisaje eterno, una geografía del alma; buscamos sus contornos toda nuestra vida”, escribió la escritora irlandesa Josephine Hart y así parece describir en una bellísima línea el sentido de andar por las periferias geográficas y existenciales, un trabajo que tendrá que asumir la iglesia en la ruta de una cultura transformándose a velocidades vertiginosas. @monroyfelipe

¿Una nueva época en panorama episcopal mexicano? (Parte 3: Pastores de nueva generación)

rampast“El liderazgo no habla de la próxima elección, sino de la próxima generación”, dice el escritor británico Simon Sinek, y no podría estar más acertado. En las anteriores entregas abordamos los cambios en el panorama episcopal mexicano con los traslados, promociones y elecciones de nuevos obispos para el peculiar escenario del relevo del arzobispo primado de México.

La sede catedralicia de la Ciudad de México no es “la joya de la corona de la iglesia católica mexicana” como suele pensarse en términos políticos; sin embargo, su historia misma ha demostrado que el peso específico del arzobispo capitalino aporta un cariz importante en la configuración de la iglesia católica nacional y de la relación que institucionalmente se mantiene entre la jerarquía eclesiástica y los representantes de los diferentes poderes de la Federación.

Por ello, la sucesión del cardenal Norberto Rivera Carrera genera tanta expectativa –y quizá hasta morbo-; pues en el sucesor y en el ‘cómo’ se haga la transición se juega buena parte del estilo, el tono, el discurso y los objetivos de la Iglesia mexicana en la próxima década al menos.

Si bien, la mirada parece enfocarse en el cardenal arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes; los corrillos eclesiales también ven como opción el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro; incluso, miran fuera del país al arzobispo ad personam Jorge Carlos Patrón Wong, actual secretario pontificio para los Seminarios de la Sagrada Congregación del Clero en Roma.

Ramón Castro, después de un súbito traslado de Campeche a Morelos, ha sido una figura visible y de suficiente altura moral en el constante cuestionamiento de las políticas del gobernador Graco Ramírez y del crimen organizado en Morelos; difícil misión que realiza no sin riesgos confiando en su experiencia en el arte político y diplomático. En sus actos, Castro Castro refleja las búsquedas del líder moderno: no sólo convoca o autoriza, participa y se involucra. Por ello ha encabezado marchas multitudinarias por las calles de Cuernavaca, hombro a hombro suma comunidades en sus búsquedas de paz y justicia; es un obispo que no sólo condena desde su escritorio los incontables actos de violencia mediante comunicados oficiales, acude al margen del dolor de la gente, toca y abraza a quienes han perdido a sus seres queridos, entra en los jacales de miseria que la ‘política correcta’ intenta hacer invisibles y clama por la conversión de las autoridades junto a los féretros de quienes murieron debido a su corrupción, impunidad o desdén.

Tiene la edad (61 años) y la vecindad con la Ciudad de México para explorar paulatinamente los contextos de la vida pastoral de la urbe. Al pertenecer a la misma Provincia de México (el grupo de diócesis sufragáneas a la Metrópoli capitalina) conoce a los obispos circundantes y, mejor aún, a los obispos auxiliares del cardenal Rivera cuya labor es imprescindible en la transición y los procesos que requerirán las ocho vicarías episcopales, las más de 650 parroquias y los más de mil templos bajo el gobierno arzobispal.

Castro ha logrado, además, configurar la “comunidad virtual”; esa presencia aparentemente inasible pero decididamente representativa del catolicismo en la web. Castro apenas suma 6,753 seguidores en Twitter pero su actividad, lejos de ser propagandística, intenta reflejar la realidad de su diócesis y los pueblos que la integran.

Quien hace igual y con más de 14 mil followers es el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong, oriundo de Mérida (59 años) quien fue obispo coadjutor y residencial de Papantla, Veracruz; se habla de él como posible sucesor de Rivera Carrera porque fue especialmente elegido por el papa Francisco para llevar un área clave para la iglesia católica del mañana: la formación de sacerdotes.

La experiencia de Patrón Wong en el área es indiscutible pero lo que más llama la atención de este pastor de ‘nueva generación’ es que lo mismo camina con tanta humildad y sencillez por las calles de Roma como lo hacía en Mérida o Teziutlán. Su actitud dialogante y abierta evitó que se convirtiera en un “burócrata de oficina vaticana” en su actual servicio en la Congregación del Clero. En las calles de Teziutlán me confió, un mes antes de partir a Roma, que sentía cierto temor de encerrarse en las paredes de un frío dicasterio vaticano; meses después, ya en el cargo, me reveló que sentía una gran alegría por haber descubierto personalmente a la grey, al pueblo de carne y hueso para el que había sido llamado a servir. Lo hace, por supuesto, al final de su jornada de trabajo.

Patrón Wong parece conjugar bien los meticulosos servicios de gobierno con la permanente presencia entre la gente para la cual fue llamado a servir. Algo más, en medio de un huracán terrible de tensiones en todas las áreas del Vaticano, este arzobispo mexicano ha estado fuera de la foto pero sin indiferencia por el rumbo que toma la reforma de la iglesia que Bergoglio. Su posición quedó plasmada en el documento sobre El Don de la vocación presbiteral divulgado apenas en diciembre del 2016: “Podrían emerger nuevos desafíos, concernientes al ministerio y la vida del presbítero: […] el riesgo de sentirse funcionarios de lo sagrado [… y] la atracción del poder y la riqueza”.

Pero, ¿son estos los perfiles que la Ciudad de México necesita para un pastor que acompañe a una nueva generación? ¿Cómo deben ser los nuevos liderazgos para la tercera década del siglo XXI? ¿Qué aportarían estos obispos al horizonte pastoral de la iglesia mexicana? Aún no lo hemos abordado pero la iglesia católica mexicana acaba de entrar en un profundo periodo de reflexión porque desde este 2017 y hasta el 2031 se conmemoran 500 años de presencia sacramental, educativa y cultural del catolicismo en México. Medio milenio no sólo de ‘evangelización’ sino de ‘institucionalidad’ de la iglesia en el cuerpo social del pueblo mexicano. ¿Qué ha aportado esta institución a la realidad mexicana? ¿Qué se ha arraigado en la cultura y qué se corrompió en el camino?

Por ello, en ese horizonte se hacen las consultas y las ternas para el sucesor del primado de México, se contemplan estos candidatos ‘fuertes’ pero también otros candidatos ‘débiles’ (Alonso Garza, Sigifredo Noriega, Eduardo Carmona, Eduardo Cervantes, Faustino Armendariz, etcétera). Personajes que no cumplen dos o más de los criterios clásicos para el tradicional sucesor de Zumárraga pero que guardan evidencia de la sacudida eclesial que ha propuesto Francisco y que no dejará que México –el aún segundo país con más católicos del mundo- sea una isla en esta revolución. De esto hablaremos en la última entrega de esta serie: de los pastores periféricos para una nueva época en el panorama episcopal mexicano. @monroyfelipe

¿Una nueva época en panorama episcopal mexicano? (Parte 2: El relevo capitalino)

cardesMoore decía que la política sucede como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está equivocado. En la entrega anterior dejé puesta la pregunta sobre cómo impacta el proceso de sucesión del primado de México en el discurso, la narrativa y las estructuras de la iglesia católica mexicana y cuáles serán los horizontes de los mismos dependiendo del perfil que asuma la cátedra capitalina.

Algunos analistas presentan a tres o cuatro candidatos ‘fuertes’ para suceder a Norberto Rivera Carrera en el arzobispado de México. Pero recordemos: todo lo que no es totalmente correcto, está equivocado. Además, en el terreno religioso, la ‘debilidad’ adquiere un cariz importante para dar testimonio de los principios cristianos: “Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, dice la Biblia.

La idoneidad del candidato tiene que ver con el destino: en el siglo XX, la Arquidiócesis de México recibió a obispos relativamente jóvenes (entre los 53 y 60 años), con trayectorias diferentes pero al menos con experiencia como obispos coadjutores, residenciales o arzobispos metropolitanos. Al ser la sede primada en México, es claro que los arzobispos capitalinos ya no pueden ser trasladados a otra representación (quizá sólo promovidos fuera del país); de hecho, en 486 años y sólo en durante el Virreinato tres arzobispos de México fueron promovidos a diócesis en España. Eso ha provocado largos periodos de gobierno que, si bien general estabilidad y confianza, también decantan en pesadas inercias. Un tema que hoy se analiza con seriedad para pensar que el primer arzobispado capitalino del siglo XXI no necesariamente tenga un horizonte de 20 años sino 15, o incluso diez.

Los candidatos ‘fuertes’ son el novel cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla; el secretario pontificio para los Seminarios, el arzobispo ad personem Jorge Patrón Wong; y el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro. En algunos espacios también se habló del arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez, quien a fuerza de un entregado y desgastante servicio a ras de suelo se le veía como un posible sucesor de Rivera –con quien trabajó hombro a hombro como obispo auxiliar en la populosa Iztapalapa- pero su actual estado de salud parece descartarle de la terna.

El cardenal Retes parece llevar mano en el horizonte por muchos elementos a su favor. El purpuardo nayarita ha cubierto todas las áreas de representación organizativa de la Iglesia en México y Latinoamérica como presidente del Episcopado Mexicano (CEM) y de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM). Además, ha sido notoria una cierta cercanía –y hasta amistad- con el papa Francisco que se forjó cuando colaboró con el entonces cardenal Bergoglio en la V CELAM, realizada en Brasil, cuyo documento final (Documento de Aparecida) ha definido la voz y el estilo pastoral también de todo el continente americano.

Hay, además, un antecedente muy cercano que apoya la tesis de que el cardenal Rivera será reemplazado por otro cardenal: la sucesión del dominante cardenal arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, en 2011, exigió que se trasladara de Monterrey a Jalisco al novel purpurado, Francisco Robles Ortega. En aquella ocasión se explicó en los corrillos eclesiales con el refrán: “Para que la cuña apriete, tiene que ser del mismo palo”.

Pero eso no es todo. Aguiar Retes dejó un fuerte legado en la reestructuración de la Iglesia en México y las nuevas dinámicas han sido plenamente asimiladas por casi todos los rincones del país. Desde su servicio como obispo en Texcoco y Tlalnepantla, Aguiar ha conformado una gran Provincia pastoral mexiquense que alberga el mayor volumen de creyentes de todo el país. Esto lo ha logrado mediante el diálogo con sus homólogos obispos pero también con un grácil tacto político con las autoridades del Estado de México, el gobierno federal y grandes sectores empresariales. Razones suficientes para que el papa Francisco –sin que él manifestara interés particular- finalmente celebrara la multitudinaria misa dominical en Ecatepec durante su visita en México de febrero del 2016.

Por si fuera poco, el cardenal Aguiar se anota el único pronunciamiento televisado del episcopado mexicano transmitido en cadena nacional. Todo esto hace al actual arzobispo de Tlalnepantla sea el candidato más evidente a la sede primada; pero también, gracias al cappello cardenalicio otorgado por Francisco, se contempla como un serio papabile, un pastor en construcción de su perfil pontificio, en ruta a la continuidad de la revolución bergogliana de cariz latinoamericano en la Iglesia católica universal.

¿Cómo influirá este escenario la elección de alguno de los otros candidatos ‘fuertes’ a suceder a Rivera Carrera? ¿Quiénes son los otros candidatos “débiles” pero ciertamente potenciales y fuertemente considerados a asumir la titularidad de la Arquidiócesis de México? ¿Qué desafíos se abren en el horizonte de la iglesia mexicana para la tercera década del siglo XXI? Eso lo veremos en las siguientes partes. @monroyfelipe