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El invisible saldo negro del 2016

mexican-ghost-town_optSiempre es difícil hacer un balance noticioso del año que termina. Son muchos los acontecimientos que marcaron al país que merecen ser mencionados y, sin embargo, hay algunos que permanecen dolorosamente constantes en el registro de cada ciclo. Me refiero en específico a los asesinatos de periodistas y de ministros religiosos, cuyos sendos reportes puntuales ayudan a comprender el clima social que prevalece en México.

En el primer caso, el informe anual de Reporteros Sin Fronteras registró nueve periodistas asesinados en México durante el 2016, lo que terminó ubicando al país como “el más peligroso para la prensa de entre todas las naciones que no están en guerra”. Y, en el tema de los ministros religiosos, el Centro Católico Multimedial registró los asesinatos de tres sacerdotes católicos y dos intentos de secuestro frustrados. En el 2016, México refrendó su título de campeón en estas áreas, en una tendencia que desde hace una década parece no disminuir.

No sólo las muertes de estos dos tipos de servidores sociales causan preocupación; las condiciones en las que realizan su labor y su oficio ubican a México en un singular vecindario internacional de países en guerra, sumidos en conflictos geopolíticos y religiosos, naciones que sufren un abierto intervencionismo de potencias militares y económicas o cuyos niveles de corrupción e impunidad amenazan las funciones básicas de sus gobiernos.

México lleva ya varios años que se asentó en este peligroso vecindario mundial (junto a Siria, Afganistán, Irak, Yemen y Venezuela) y los asesinatos de periodistas y sacerdotes son sólo un reflejo de su código postal. Los casos de profesionales de la información y de ministros religiosos ultimados son un tema importante porque representan a dos de las estructuras intermedias de la sociedad cuyo servicio se traduce indefectiblemente en cultura, conocimiento, experiencia y costumbres de una población.

Las estructuras intermedias (como son los medios de comunicación y las iglesias) son precursoras y dinamizadoras de cultura. Son espacios y comunidades donde se ‘cultiva’ y se modula la convivencia, el diálogo y el servicio; son espacios que hacen lo que el ejercicio de poder institucional no puede. Porque allí donde las autoridades instruyen, ordenan, comandan o sancionan las acciones a cumplir por la gente; las organizaciones intermedias transmiten, interpretan, enseñan y discuten. Secuestrar y asesinar a los líderes o protagonistas de estas estructuras es romper uno de los más sensibles procesos de socialización, formación y coexistencia.

Con todo, los periodistas y los ministros silenciados no son el único sector intermedio en riesgo (quizá los más visibles) pero también lo están las escuelas y universidades, los negocios particulares y el pequeño empresariado, los servicios médicos y las organizaciones de la sociedad civil. De todos estos hay muy poca –si no nula- información sobre las situaciones de riesgo en que se encuentran.

Los casos de extorsiones, amenazas, secuestros, atentados y asesinatos de profesores, artesanos, comerciantes, doctores o defensores de derechos humanos son el saldo negro invisible de nuestro país. La intimidación contra estos articuladores de comunidad redunda en un silencio e inmovilidad social que abre espacio a los poderes fácticos, los cuales disputan áreas de influencia a las autoridades formales y propician desesperadas sobrerreacciones militares para intentar controlar lo ingobernable.

Esperemos que el 2017 no sólo se visibilicen los problemas que viven las estructuras intermedias de la sociedad mexicana sino que se reduzcan los riesgos en los que ofrecen sus dones y sus servicios porque es sólo a través de ellas como se hace palpable la idea de nación, la idea de un pueblo con un propósito y un ideario compartido. @monroyfelipe

La unidad está en la piel y el corazón

abrazoNunca deja de sorprenderme la sabiduría que reside en el corazón sencillo del mundo indígena. Quizá tienen los pies bien puestos en la tierra o quizá los lejanos horizontes que divisan les ensanchan la mirada tanto como su corazón. El mundo indígena tiene, en sus palabras y sus conceptos, sagaces intuiciones y demoledores principios de sentido común que ayudan a resolver muchas madejas mentales.

Vivimos en una época compleja, de muchos desafíos de orden moral, ético y práctico; aquellos que gozan de un poco de libertad para hablar y obrar tienen que definirse (por identidad o por conveniencia) en alguno de los bandos que disputa la razón y la verdad de las cosas. En la patria, la búsqueda en el orgullo nacional y la identidad patriótica genera constantemente luchas entre quienes apuestan por la unidad apelando a los símbolos, el tótem fundacional o el líder legítimo y, por otro lado, quienes no ven ya en los símbolos ni en los liderazgos -entorno a los cuales se ratifica la adhesión- los valores éticos y morales para trabajar en consecuencia. En los sistemas de creencias pasa igual: O la unidad está en la cabeza (el líder, la ley, la doctrina, la disciplina o el dogma) o está en la horizontalidad de la libertad moral, la práctica de autorregulación y la disidencia ética frente a los altos, eruditos y burocráticos edificios de control en las fronteras de la sana doctrina y la disciplina regulatoria.

Y mientras el mundo se divide (y el hombre se desgarra en su seno intentando decidir en qué bando poner su corazón), la sentencia indígena tojolabal habla con más sabiduría: “La unidad no está en la cabeza, está en la piel”.

Aún estamos en el marco de las celebraciones patrias y, en ellas vimos cómo los mexicanos debían definirse entre sentir valores nacionales en adhesión a su presidente y los pilares de su tótem fundacional o sentir la responsabilidad patriótica al repudiar precisamente al presidente y los símbolos del poder paternalista que someten al maltrato y la confusión a los más ignorantes y débiles. La legítima resistencia a estas figuras de autoridad está alimentada por un principio aún más poderoso: la libertad y la certeza en la existencia de un bien mayor.

Algo semejante pasa en estos días en la Iglesia católica: La autoridad infalible del pontífice como persona entorno a quien sólo es posible la unidad en la interpretación de la verdad y el ejercicio de la misión apostólica no sólo es debatida sino incluso cuestionada por muchos miembros de la institución que, ahora sí, voltean a rescatar las certezas que nunca necesitaron cuando el líder era su aliado en convicciones. El conflicto entre la unidad inapelable a la revolución bergoliana y la radical resistencia moral de paradigmas inalterables desgarra y confunde al hombre de fe sencilla y débil esperanza. Un hombre que se convierte finalmente en rehén de ambos bandos.

Entonces, ¿en dónde está garantizada la unidad? ¿Se confirma por la gracia de la cabeza o se encuentra en la armonía de las extremidades en comunión?

Si apostamos por la jerarquía y directriz de la cabeza es preciso contemplar que la unidad sólo puede alcanzarse por medio de la disciplina y ésta sólo puede ejercerse a través de la coerción o de un profundo convencimiento personal. En el primero de los casos, la obediencia garantiza la aplicación de la norma pero también limita las fronteras de su razón (homogeneiza la actitud y las respuestas prácticas que son reducidas a principios de recompensa, amenaza y castigo). El segundo, el convencimiento, debe pasar por un largo, sinuoso, lento y no siempre exitoso camino de madurez, comprensión y libertad. En este ámbito hay que considerar la caída y el error constante porque la disciplina aquí siempre es un proceso inacabado.

Por el contrario, si apostamos por la búsqueda en la armonía de las periferias la unidad es más un ideal pulsante que una realidad pétrea; una inasible pluralidad convocante y líquida que puede permear todas las murallas y todas las fronteras. Unidad en la heterogeneidad donde, sin embargo, también se corre el riesgo de la ligereza; de principios diluidos, licuados y difuminados. La inseguridad de las débiles certezas a las cuales asirse en medio de la tormenta conlleva el peligro de no poder ofrecer nada más que la oportunidad de cambiar de barco. Aunque, soportar la mayor de todas las tribulaciones con la más débil de las certezas es sinónimo del más noble misterio de fe.

Elegir bando parece obligar a aborrecer al contrario. “No se puede ser tibio. No elegir es ser relativo”. Pero entre uno y otro, está la piel.

La unidad que está en la piel no rechaza a las otras consideraciones de unidad, al contrario, las enriquece. La piel que sí es tibia porque está conectada al flujo vital de todo el cuerpo, que pone en relación todo aquello que está dentro de las fronteras hacia adentro y también hacia las fronteras de los sentidos, del otro y del infinito. La piel va de la cabeza a los pies y de un brazo hacia otro; da sentido al cuerpo, protege al interior y es el órgano que pone en contacto con lo exterior. La piel es la zona del intercambio de sensaciones y es la superficie donde se experimenta el mundo. La piel conoce el dolor propio y es capaz de abrazar el dolor ajeno; gracias a la piel, el hombre es uno en sí y uno también cuando toca las llagas de la humanidad herida. Nada aprende la cabeza sin la experiencia sensorial sobre su cuerpo; nada hace el cuerpo sin la guía lógica de la cabeza; y todo, gracias a esa membrana que envuelve al universo interno y que se extiende a rozar las estrellas del cielo. Entonces ya no es importante elegir bando, simplemente no hay que dejar de abrazar.

En su concepción, el tojolabal es tojolabal porque constantemente pone en práctica su identidad en su dimensión comunitaria (uno puede tojolabalizarse o destojoabalizarse según la práctica de su vida); y así, cuando se alcanza la unidad se dice la expresión lajan lajan ‘aytik que significa “estamos emparejados” y, a veces, se dice una expresión casi poética: jk’ujoltik ‘aytik que significa “estamos de un corazón”. @monroyfelipe

Para concluir la guerra

“¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas? también les queda discutir con dios tanto si existe como si no existe tender manos que ayudan / abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno / sobre todo les queda hacer futuro a pesar de los ruines de pasado y los sabios granujas del presente”. -Mario Benedetti

En realidad me ha costado trabajo encontrar el texto de Carlos Vigil Lagarde Guerra, Justicia y Derecho. Cuando llegó a mis manos en fotocopias hace años me quedó grabada su frase: “Cuando la justicia se acompaña de la caridad, se desvanece el espectro de la guerra; así, la fórmula para la felicidad de las naciones y la humanidad es, pues: vivir en la justicia y la caridad”.
En ese ensayo, Vigil daba nueve sugerencias para erradicar la guerra, algunas suenan descabelladas pero otras están llenas de sensatez: “Establecimiento de una educación antibélica, educar a los padres de familia para erradicar toda violencia en la vida familiar, colocación de placas con informes sobre los daños de la guerra en los monumentos conmemorativos de las batallas”.
Algunas otras ideas de Vigil son de índole punitivo-administrativo e incluso represoras de la libertad, en síntesis: el fermento ideal de violencia institucionalizada sobre la conciencia. Sin embargo, me detengo en las que a mi juicio suenan positivas porque hablan de construir una sociedad con cimientos de educación y de memoria.
Reflexiono esto frente al Museo Memoria y Tolerancia, en el Centro Histórico del Distrito Federal; un recinto lanzado, fuertemente patrocinado y promovido por la comunidad judía en México y que, en sus palabras, ha sido su regalo de agradecimiento a la nación mexicana en el marco de la celebración del bicentenario de su Independencia y del centenario de su Revolución.
Los objetivos del museo se intuyen, son transparentes: primero, no olvidar los horrores que deja a su paso la violencia; y, segundo, construir respeto en la convivencia plural social.
Anima -y no poco- el que este espacio de íntimo reconocimiento y búsqueda de entendimiento registre una nutrida e inusual afluencia de visitantes -muchos niños, por cierto-, porque es en este tipo de proyectos donde se condensa el vaporoso sueño de Vigil y de tantos otros hombres y mujeres de buena voluntad: el fin de la violencia.
La guerra, que hace estéril toda la superficie del mundo, se alimenta a temprana edad de un olvido selectivo y de una paulatina adaptación a las violencias entre los seres humanos.
Por ello preocupa la creciente opinión de varios líderes sociales sobre la construcción del futuro del país a base de una nueva revolución o una resistencia civil pertrechada de rabia y de repudio. Quizá se hayan adaptado tanto a las violencias que piensen que una nueva y definitiva puede controlar la situación; en el fondo no hacen sino seguir el modelo de quienes creen “poder adminstrar el infierno”, como criticó Javier Sicilia.
Inquieta percibir que, como la humedad, la desesperanza ha minado la confianza en la paciencia, la templanza, la justicia y la prudencia, en la fortaleza de las ‘armas débiles’ que son el diálogo y la caridad.
Pero hay caminos de paz, estoy seguro que aún los hay. Eso es lo que pude constatar en una corta vista a Guerrero, donde la violencia se expresa en todas sus dimensiones, en todos sus rostros y en toda su crueldad. Sucedió en el saludo de paz durante una misa en Acapulco, a sugerencia del párroco los participantes nos miramos, nos abrazamos, lloramos juntos nuestras pérdidas, nos perdonamos y nos dimos la oportunidad de confiar en las manos del prójimo, de creer nuevamente en la bondad de los extraños.

Ventana interior

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En cada oportunidad que tengo de viajar, de salir del espacio y el horizonte en el que cotidianamente hago vida, me repito aquella frase de Mary Ann Evans (George Eliot), la escritora inglesa del siglo XIX: “La aventura no está fuera del hombre, está adentro”. Es una idea que, en mi opinión, suministra fuerza, intuye movimiento, propicia ruptura y es pura inestabilidad. Quien hace un viaje interior, supongo, encuentra las fuerzas para ponerse en marcha, para romper el quietismo o la inercia.

Me convencía de vivir así un viaje de 13,500 kilómetros hacia Medio Oriente para participar de la Peregrinación que el papa Francisco hizo a Tierra Santa el mes de mayo pasado; y el ánimo de tal acontecimiento se mecía frente a mis ojos con aquel espíritu de explorador interior mientras volaba sobre el mar Atlántico rumbo a esa porción de territorio que reclama la heredad del único Dios.

A bordo del vuelo, sin embargo, topé con el filme La vida secreta de Walter Mitty (2013) y que está basado en el texto homónimo de James Thurber de 1939. La historia, como se sabe, es la de un hombre poblado de sueños diurnos; afianzado en la cotidianidad y la confianza del entorno, no hace sino soñar con altas expectativas y aún en ellas fracasar trágicamente. En el filme suena la canción Space Oddity de David Bowie que habla del exótico viaje espacial del Mayor Tom.  Me gustan los versos que anticipan el nacer de ese sentimiento que intuye un viaje sin retorno: “Este es el Mayor Tom a Control en Tierra: / Estoy cruzando la puerta / y ahora estoy flotando /del modo más peculiar /y las estrellas lucen muy diferentes hoy”.

Tras ver el filme comprendí que también hay aventuras fuera de nosotros. Por ejemplo: solo al mirarlos podemos concluir que los paisajes albergan relatos e historias veladas a nuestra lectura y a veces a nuestra imaginación; advertimos que lenguajes desconocidos, tierras inhóspitas o civilizaciones enteras fluyen sobre las arenas del tiempo indiferentes a lo que creamos o pensemos sobre ellos; y llegué a pensar que quizá las únicas aventuras internas que verdaderamente importan son apenas las que están dentro del otro, dentro del prójimo. Creo que solo en esta actitud de salida, de encuentro y de apertura sincera a la sorpresa se logra comprender el sentido de los versos de Antonio Machado sin sentir angustia ni escalofríos: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”.

Digo todo lo anterior porque solo estando en un país árabe, al otro lado del mundo, donde occidente solo la logrado poblar la superficie de un profundo e intrincado cuerpo cultural y antropológico, y cuyas raíces tocan el mismo origen de la civilización humana, se puede dar uno cuenta que la ciencia, los códigos, el lenguaje y las bases de convivencia que tomamos como ‘naturales’ o ‘necesarios’, simplemente no lo son. No dejan de ser trascendentes, importantes, indispensables y hasta lógicos para nosotros, pero en efecto hay aventuras de la humanidad que están a una larga distancia de nuestra mirada y nuestros prejuicios; una distancia que más que física, es emocional.

Hay oportunidades de encuentro que precisan el desembarazarse de ideas y conceptos duramente arraigados, el desterrar todo lo preconcebido y colocarse con honesta otredad frente al alfeizar del paisaje que hemos irrumpido. Cuando no ocurre así es natural que se viertan expresiones de incomprensión, de indiferencia o de crítica infecunda. Así, ni se enriquece el espíritu ni se crece en confianza.

Pongamos de ejemplo al propio papa Francisco y a sus interlocutores durante su estancia en ese epicentro religioso habitado por los pueblos árabes, israelíes y cristianos: las palabras Salam, Shalom y Paz significaron únicamente lo que había en el corazón de los presentes y no la suma de conceptos históricos, religiosos y geopolíticos que también han dado significado a estas palabras en el pasado.

Podría reafirmar coincidencia con Evans, sobre aquello que la aventura está adentro del hombre bajo una condición: que al encontrar y acompañar al ser humano en cada una de sus realidades y cosmogonías culturales nos arriesgamos a la aventura solo cuando abrimos nuestra ventana interior. Si allí dentro todo está ocupado, amueblado y dispuesto, si no hay nada que exija un habitante más, si no hay lugar para las sorpresas, entonces sí que no vale la pena seguir mirando.

“Estilo franciscano, recuérdelo”

faustino-enroma-300x225Ha concluido la Visita Ad limina de los obispos mexicanos al papa Francisco. Diferente a las anteriores, en general el ambiente fue más franco, distendido. Los obispos de México pudieron hablar sin los titubeos que la mediación del idioma sugiere, sin mediadores que interpretaran de más o de menos. Algo que se está volviendo costumbre del pontífice.

Las capacidades tecnológicas acercaron también mucho más allá de los reportes periodísticos, detalles del encuentro, convivencia, celebración y peregrinación espiritual de los pastores del país en la Ciudad Eterna. Los propios obispos fueron los principales reporteros, fotógrafos e informadores, armados con sus teléfonos inteligentes publicaron en sus redes sociales postales y fragmentos de interés sobre la visita y que los feligreses de sus diócesis agradecieron recibir en sus muros o time line.

Sin duda ha sido una gran oportunidad para conocerse y reconocerse, para charlar sobre los temas qué más apremian en la Iglesia católica mexicana. Los temas más recurrentes: la violencia en el país, la destrucción del medio ambiente, los desafíos educativos y culturales, la ofensiva pobreza, la tragedia migratoria, la falta de liderazgos políticos, la crisis vocacional y familiar, el activismo de la vida religiosa, la resistencia  desde la trinchera antropológica, la difícil gobernanza de congregaciones y presbíteros, así como la caída de viejos paradigmas sociales.

Frente a todos estos temas, el Papa ha escuchado y compartido; ha dado un mensaje claro y contundente: “En la actualidad, las múltiples violencias que afligen a la sociedad mexicana, particularmente a los jóvenes, constituyen un renovado llamamiento a promover este espíritu de concordia a través de la cultura del encuentro, del diálogo y de la paz. A los pastores no compete, ciertamente, aportar soluciones técnicas o adoptar medidas políticas, que sobrepasan el ámbito pastoral; sin embargo, no pueden dejar de anunciar a todos la Buena Noticia: que Dios, en su misericordia, se ha hecho hombre y se ha hecho pobre”, dejó expresado el 19 de mayo.

A lo largo de sus alocuciones insistió en la responsabilidad y, al mismo tiempo en que reconocía la labor de las comunidades, las parroquias o la “insustituible” labor de los laicos, expresó su esperanza en que estos hombres y mujeres puedan transformar y edificar un mundo más justo y solidario.

El Papa no puede elegir qué tipo de feligreses quiere en México, y es evidente que él no ha elegido el amplio cosmos episcopal en el país. Pero sí puede animar y conducir con un tono especial, armonizar las sutiles tensiones y hacer partícipes a todos de un camino abierto, libre, misericordioso y de esperanza. Eso es todo. La colegialidad, de la que muchos habían comprado un boleto, se profundiza y extiende con la aquiescencia pontificia, se ha hecho más manifiesta aunque para algunos haya sido como sacarse la rifa del tigre.

Para tales tribulaciones, el Papa ha dado un consejo: tomar en cuenta el estilo franciscano. Mirar nuevamente a san Francisco de Asís y a su comunidad fraterna: “el estilo franciscano, ten en cuenta, ten en cuenta” dijo el Papa a José de Jesús González Hernández, obispo prelado de Jesús María El Nayar.

¿En qué consiste ese famoso estilo franciscano? Mucho de él se lee entre las líneas de los escritos del Povorello de Asís: practicar la misericordia con los urgidos, vivir con caridad en favor de los necesitados, ubicarse siempre como forastero y peregrino,  evitar añadir parafernalia inútil, expresar la virtud a través de la sencillez y, sobre todo, los pobres, acordarse de los pobres.

La paz de Sant’Egidio

ImagenEntre los grupos católicos más reconocidos en el mundo se encuentra la Comunidad de Sant’Egidio, una organización que ha sabido conjugar fe y compromiso civil, catolicidad y espíritu de diálogo.

Gianni Labella, quien fuera responsable de la oficina económica y social del Pontificio Consejo Justicia y Paz de la Santa Sede, nos ha escrito para Vida Nueva un amplio reportaje sobre lo que este movimiento significa tanto en el concierto de la política internacional como en el corazón de los descartados sociales. A Sant’Egidio se le conoce como la ONU  del Trastévere (pues nació en la iglesia de Santa María en Trastévere, Roma, en 1968 y allí continúan reuniéndose para orar cada tarde) y “se ha extendido por las periferias urbanas y sociales del mundo, conjugando cercanía a los pobres con una diplomacia desde lo bajo que ha traído frutos de paz en diferentes contextos de guerra”.

Las fuerzas ‘débiles’ de Sant’Egido han procurado la acogida de refugiados libaneses durante la guerra del Líbano en 1982 o a perseguidos caldeos en Siria en 1988; también el diálogo y la amistad los ha hecho partícipes y promotores de la firma de paz por Mozambique en 1992, en la negociaciones de paz entre el gobierno de Honduras y las guerrillas, en el conflicto por Guatemala, los diálogos por la paz en Argelia en 1994, en las intervenciones diplomáticas para la liberación de secuestrados en Colombia y en la firma de la paz por Bangui (República Centroafricana).

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Andrea Riccardi

¿Cuál es el motor y el método de la Comunidad de Sant’Egidio para la búsqueda de paz? En principio, la comunidad trabaja a favor de los pobres, los desamparados y los últimos, y para ellos “la guerra es la madre de todas las pobrezas” así que el camino hacia la paz no busca la estabilidad de gobiernos sino la transformación del hombre. Su fundador, Andrea Riccardi suele afirmar que si en el pasado las grandes potencias decidían la guerra y la paz, hoy cada uno puede hacer algo relevante por la paz y por la guerra. El camino es simple, pero no fácil, para los miembros de Sant’Egidio la relación humana es decisiva, se necesita comprender razones y sentimientos de cada parte en combate, se requiere tiempo y paciencia para hacer brotar la confianza. Todo esto necesita un impulso y ellos lo encuentran en la oración a la que recurren constantemente: “la oración –explican- manifiesta participación y compasión hacia estas realidades y no resignación impotente e indiferente”.

Baumgarthner, un corazón y los planetas

Felix_-Baumgartner_edge_spaceLa hazaña humana y tecnológica tiene las mismas fronteras que las de la imaginación, eso quedó demostrado por el equipo de operaciones que llevó a cabo el ascenso de Félix Baumgarthner a la estratósfera terrestre para, desde allí, dejarse caer sobre la costra de nuestro planeta.

Mientras seguía la transmisión por televisión de esta histórica secuencia no dejé de pensar en la posibilidad de convocar todas las artes y experiencias humanas para ser sintetizadas en un par de minutos de hechos inauditos. ¿No vale la pena la preparación, el coraje, la audacia, la ciencia, la fe y la razón para caer vertiginosamente sobre nuestro propio planeta? ¿No valdría más hacer lo mismo para caer así sobre planetas diferentes? Y no me refiero a los planetas físicos, a los que ya conocemos o a aquellos que conoceremos gracias a los grandes avances científicos o a las sondas espaciales.

Pienso en los planetas internos, en los que el corazón es toda una geografía accidentada y el alma que es nuestra atmósfera toda.

Las cámaras que siguieron a Baumgarthner al confín de la Tierra nos lograron mostrar esa esfera azul que es nuestro planeta; tan diminuto, terso y vacilante lucía que, en un momento del salto, me pareció ver que el atleta quería abrazarlo completamente.

En nuestro país, donde ronda un viento de muerte y venganza, cuyas flores y aromas artificiales revelan una vida social y política simulada aún hay esperanza en el abrazo. Por supuesto, esta actitud requiere de perdón, reconciliación y de todos nuestros esfuerzos para acompañar en el dolor pues, aunque para nadie es noticia que nuestro país es una patria herida, hay quienes se empeñan en no reconocer que el principal problema es la indolencia del sufrimiento ajeno.

Hay una geografía personal lacerada, erosionada por el horror del crimen y la violencia, hay un aire contaminando nuestra región transparente con densa niebla de inseguridad y miedo. El tocar esta realidad implica también sufrimiento y sacrificio, significa compartir heridas pero también participar de una misma mirada de esperanza.

Pienso entonces que sí vale la pena saltar en vacío sobre el corazón ajeno, explorarlo, descubrirlo. Reconocer que hay lugares en donde se puede visitar y sentirse agradable, como en el corazón de los amigos y en el de nuestras familias, con quienes compartimos experiencias semejantes y donde hallamos consuelo mutuo. También reconocer que hay otros sitios en los que el aire es tan tóxico que parece imposible estar cinco minutos allí, pero no dejan de ser corazones humanos necesitados de comprensión. A veces hay quienes quieren modificar un planeta: hacer lagos donde hay desiertos, quitar montañas, cambiar cauces de ríos violentos; pero eso es imposible, al menos de forma inmediata y contando sólo con las fuerzas humanas.

De alguna manera pienso en el momento cuando, con todo el valor que alguien puede juntar, decide caer sobre sí mismo, descubrir su propio planeta, porque debe saber que ese salto interior revelará tanto su belleza como sus pantanos; no es sólo mirarse al espejo, es tocarlo hasta traspasarlo completamente. Esto suele sorprender enormemente.

El papel de una sociedad fraterna

16111432ffe78c3medA finales del 2012, las cifras de muertos y desaparecidos en México desde el inicio de la guerra en contra del crimen organizado y el narcotráfico emprendida por el Gobierno Federal en el año 2006 eran de vértigo. Mientras que las muertes violentas eran contabilizadas entre 60,000 y 70,000, los desaparecidos van en el orden de los 20,000. El cambio de estrategia no ha cesado los ríos de sangre pero sí los ríos de tinta que denunciaban esto.

Al igual que en aquellos días, hoy también poco se habla del contexto humano, todos estos muertos no son las únicas víctimas de la cruel batalla por el control del territorio y su gobernabilidad. También están los millares de huérfanos y viudas, los familiares fantasmas de muertos anónimos; también están los heridos en su paz y su tranquilidad, los que han sido expulsados de sus comunidades, los que viven encerrados a piedra y lodo en sus casas, los que temen del prójimo, los que no viven sino sobreviven aterrados de vivir. Y es que, todos los días, la violencia cobra mucho más que víctimas mortales en el país; en su estela de destrucción se encuentran los despojos del miedo y de la desesperanza asentados en ciudades enteras. Es en este escenario en el que movimientos sociales han querido intervenir sensiblemente.

Destaca el trabajo anunciado por el colectivo “Por los vientos de la guerra”, iniciativa del periodista José Luis Arévalo, corresponsal de guerra por más de 14 años. El movimiento, en principio tiene la finalidad de reunir recursos para apoyar a los hijos de soldados del Ejército Mexicano caídos en el cumplimiento de su deber. Digo en principio pues el trabajo que se desea emprender es auxiliar en la reconstrucción del tejido social, sensibilizando, desanimando deseos de venganza y, quizá por qué no, también ayudar a los familiares de los criminales para que no renueven ciclos de violencia y rencor. A este movimiento se han sumado las organizaciones Pro Mazahua, Viva la Gente, Bécalos, la AAA, así como las universidades La Salle, Panamericana, Intercontinental, la Alianza para la Educación Superior (ALPES), además la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Desde la publicación del documento “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna” en el 2010 las comunidades parroquiales, religiosas y diocesanas también han propuesto con creatividad y dignidad diversos programas y acciones de prevención, resolución de conflictos y acompañamiento fraterno en los heridos por las balas y en los heridos por la maldad. Tal es el caso de los talleres de modelos de atención a víctimas de la violencia cuya finalidad es evitar ciclos de venganza, culpa y resentimiento.

Para toda la sociedad mexicana, la atención a los vulnerados por ‘efectos colaterales’ de la guerra es imprescindible para lograr cierta reconstrucción del tejido social y detener, en los límites de lo razonable, la escalada de violencia que ha azotado al país en los últimos años.