Pedro

Ética de los conflictos

iph5_JOR2 125Imagine, estimado lector, un conflicto en el que ambas partes tienen razón y cuya válida satisfacción moral para cada uno es completamente opuesta al del adversario.

Pienso, por ejemplo, el caso abierto tras la captura del líder de las autodefensas michoacanas, José Manuel Mireles, por parte de la autoridad federal; misma que meses atrás, había requerido pactar con los hombres armados de Mireles para lograr la pacificación en la región. En el conflicto, ambas partes parecen tener razón: el gobierno apela al derecho exclusivo de la fuerza y la violencia por parte del Estado; las autodefensas apelan al derecho de supervivencia en medio de una crisis armada y sanguinaria. La satisfacción para el primero es el libre tránsito con armas de defensa y la organización comunitaria para enjuiciar abusos; para el segundo, es desarmar a toda la población y reinstaurar el orden legal bajo instituciones representativas.

Bajo la aséptica de la ley y sus reglamentos, un dilema de esta naturaleza tiene solución a ‘tabla rasa’ imponiendo la moral del sistema, del imperio, estado, religión o convenio previo. Esto es: se aplica la ley, pero no la justicia, no hay bondad ni equidad y, claro, mucho menos caridad.

En el terreno humano, sin embargo, es mucho más complejo ofrecer una respuesta que logre dar plenitud. Según el filósofo Hartmann, aquello solo es posible si se cumplen algunas condiciones: que se reconozca la validez de más de una ‘moral’, que ‘la virtud’ no se equipare con ‘la perfección’ y que se encuentre un punto intermedio entre la ‘perseverancia resuelta’ y la ‘precaución prudente’. Incapaz de poner nombre a esto de alguna manera, lo define como un estado entre la valentía y la audacia.

En el cristianismo, no obstante, la moral es una, las virtudes fueron sembradas por la perfección y la práctica de la justicia, la templanza, la prudencia y la fortaleza alimentan y disponen al entendimiento y a la voluntad a obrar con razón iluminada por la fe. No se puede buscar el equilibrio estático sino la inclinación ascendente: “Mostrar en nuestra fe, virtud; en la virtud, ciencia; en la ciencia, templanza; en la templanza, paciencia; en la paciencia, piedad; en la piedad, fraternidad; y en la fraternidad, caridad”, dice la carta de Pedro. Esto tiene un nombre muy preciso, aunque ciertamente inasible: El Reino de Dios en la Tierra, como explica Dietrich Bonhoeffer.

La ruta para la convivencia aun en medio de los conflictos está bien delineada por el apóstol, pero en el mundo contemporáneo no deja de ser una posición unilateral y apegada a la doctrina, dejando en terrenos muy lejanos el reconocimiento de la libertad del otro o la posibilidad de conceptos primarios no compartidos.

Por ello “hay otras puertas que tampoco se deben cerrar”, dice el papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium y, todavía más pide obrar “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible”. Luis González-Caraval lo expresaba en las páginas de Vida Nueva: “A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno”, y secundo su idea de promover e invitar al ideal, no como ideal absoluto, pero sí como el único ideal que en estos momentos está a nuestro alcance, estableciendo una sucesión de objetivos posibles.

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Primer año del papa Francisco. Los incómodos (I)

ImagenAquel 13 de marzo de hace un año, millones de mexicanos apreciaron en vivo la nominación del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, como el nuevo pontífice de la Iglesia Católica. De él, solo tenían dos datos: que era argentino y que llevaría Francisco como nombre apostólico. “Sencishito y carismático”, fueron los primeros comentarios en tono de sorna como se estila en México cuando se habla de algún argentino. Pero sí, Francisco ha resultado un Papa sumamente sencillo en su estilo y rotundamente carismático para los medios.

Para no pocos, Francisco es visto como un líder que pronuncia con claridad sus sentimientos y que, sin dobleces, denuncia las pobrezas espirituales de su propia persona y de la Iglesia que representa. Y aunque es aplaudido por muchos, hay aún algunos correligionarios incómodos que chasquean el gesto y se sienten, lo menos, desamparados.

Es una peculiaridad del pueblo latinoamericano –si bien sumamente mexicana- el acostumbrar a doblar el espinazo sin ton ni son; solemos ser, en una cultura cortesana, la zalamería andante. Y aunque resulta cómodo saber en qué dirección hacer reverencia, Francisco se ha colocado en la periferia; descolocando al adulón que, buscando el tótem, se encontró con Pedro.

Así, han sido bien recibidas “la revolución de la ternura”, “la reforma de las actitudes” y “el primerear en el amor” con los más urgidos de caridad; pero tras la ovación se olvida el contorno. Casi la totalidad de los medios festejan las frases del Papa y les colocan una especie de ‘amén’ al final de cada una, situación diferente a Benedicto XVI, al que se le cuestionaba y regateaba todo.

Francisco parece no requerir cortesanos consentidores ni cruzados defensores a ultranza que alaben su profética misión buscando el martirio mediático, quizá de allí el desamparo. Al parecer este primer año de pontificado ha propiciado un camino hacia la autenticidad de la Iglesia, autenticidad que –nos guste o no- refleja lo que es y lo que ha sido, pero también del potencial que guarda.