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¿Es necesario el periodismo católico?

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Siempre he considerado que el periodismo católico nos es indispensable más por la identidad de quienes construyen esos medios de comunicación que por la etiqueta de la institución religiosa.
La misión del católico de oficio periodista siempre será la de explorar la realidad con la mirada y la sensibilidad del cristiano, con la confianza de que Dios tiene voz en todos los perfiles humanos y fenómenos de la naturaleza.
En la comprensión de su identidad católica en la vida contemporánea, el periodista puede ofrecer una mirada apasionada por el hombre, por su cultura y por su trascendencia; y, al mismo tiempo, desapasionarse de los poderes temporales, de las jerarquías efímeras y de las tiranías de lo inmediato.
No pocas veces he retomado el pensamiento de León Bloy sobre la actitud cristiana de inclinarse ante los abismos: “En él [el corazón del abismo] debemos aguardar a ver cuando se agoten las cosas visibles…  lo absoluto, la irrefragable morada, es el inmenso abismo que tenemos al lado, a nuestro alrededor, en nosotros mismos. Para descubrirlo es indispensable ser precipitado en él”. El católico periodista puede encontrar en estas ideas un perfil trascendente de su responsabilidad al ejercer el complejo servicio de búsqueda, diálogo y  transmisión de la verdad.
Sin embargo, no pocas veces he escuchado que el periodismo católico está asido e invariablemente sujeto al servicio a alguna institución católica (diócesis, obispo, ministerio, congregación, movimiento, pontífice, etcétera). En esos casos, se dice que la fidelidad a la institución y sus márgenes es proporcional a la fidelidad del servicio periodístico; pero no hay algo más equivocado.
Traigo a cuento la reflexión -provocadora sin duda- de Tzvetan Todorov (“Sólo las naciones muertas han adquirido una identidad inmutable”) para insistir que el periodismo católico nos es útil cuando se realiza desde la identidad del cristiano y no desde la identidad institucional. Porque lo primero es insondable; y lo segundo, apenas superficial o transitorio.
La identidad institucional es mutable, evoluciona, porque los intereses de los personajes y grupos que la conforman no coinciden, porque las instituciones humanas siempre estarán sujetas a jerarquías inestables.
El católico de oficio periodista siente ese abismo perforando su corazón permanentemente y sabe que debe arriesgarse a transitarlo con dosis semejantes de duda, asombro y confianza; porque sólo una institución muerta ha cerrado su catálogo de todo lo posible y todo lo imposible.
Por ello, la identidad del católico periodista resplandece al nombrar y actualizar el inmarcesible peregrinar de él mismo y de sus contemporáneos a través de las largas penumbras hacia la eternidad, de testificar la luz con noble duda porque la peregrinación siempre es sobre lo incógnito, de mantener vivo el asombro a cada paso y, sobre todo, compartir la confianza de que nunca nadie camina en la absoluta oscuridad. (Publicado en ‘El Observador de la Actualidad’ No. 1246)
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¿Por qué el periodismo está en crisis?

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Lo digo con toda simpleza: En el fondo siempre será más dolorosa la crisis en los periodistas que la crisis en los medios de comunicación. Los medios de comunicación pueden padecer un sinnúmero de peligros que amenazan su supervivencia (el más grave siempre será la viabilidad económica); sin embargo, cuando los periodistas entramos en crisis, la sociedad misma está en riesgo.

Es una aseveración temeraria, pero voy a explicarla más adelante.

Es cierto que los medios de comunicación se encuentran frente a desafíos mayúsculos y se hace urgente una transformación radical en su auto concepción. No sólo los cambios culturales, tecnológicos y económicos urgen a los medios a cambiar sus dinámicas laborales y de relación con sus audiencias o lectores; el nacimiento de una sociedad cuyo narcisismo e hiper suspicacia van de la mano con el consumo de auto satisfacción “informativa” sugieren vastos espejismos de popularidad a directivos y dueños de medios, trampas de las que es muy difícil salir.

En México hay que añadir a esta lista de desafíos la compleja relación con el poder político y las nuevas condiciones que el gobierno federal ha impuesto a este -muchas veces tóxico- vínculo. Una muy larga tradición de connivencia, de desencuentros muchas veces simulados y condiciones de franca persecución. Ahora mismo, muchos medios de comunicación tradicionales y otros tantos emergentes esperan con paciencia abyecta la gracia del gobierno federal para contratarles publicidad, para divulgar campañas institucionales o para construir contenidos a la medida de la administración.

Algunos de esos medios “nacionales” tienen ediciones menores a los diez mil ejemplares o redacciones con menos de cinco periodistas; hay medios de comunicación “grandes” que no cuentan con corresponsales en las principales ciudades de la República y recuperan la información gracias a publicaciones ciudadanas en redes sociales. Durante años se ha agudizado el despido constante de informadores en diferentes medios y ciudades sin que todavía encontremos reemplazos en esos vacíos. Por ello, no es raro que la ciudadanía no confíe en sus medios ni los apoye; y que, por el contrario, favorezca con su suscripción digital a productores de cuestionables video-noticiarios que, más que comunicar o informar, refuerzan las filias y fobias de sus seguidores.

Y, sin embargo, insisto en que la crisis más dolorosa no es la de los medios de comunicación sino la de los periodistas. Quienes ejercemos este oficio y esta profesión aún estamos dilucidando cuál es o cuál debe ser nuestro papel en la sociedad que está fuertemente influenciada por el descrédito de cualquier autoridad y en la soberbia de sus propias búsquedas y seguridades.

Ha sido muy sencillo culpar a los saltos tecnológicos de esta distancia entre el periodista y su comunidad (audiencia). Los informadores se empeñan mucho en actualizarse en las tecnologías y herramientas de comunicación modernas; pero, por muy modernos que sean los soportes de información, la credibilidad del periodista no se compra con software.

La crisis que debe preocupar a la sociedad no está en los medios, sino en los periodistas y en particular la identidad de los profesionales del oficio periodístico. ¿Quiénes somos y para qué realizamos este servicio? ¿Qué deseamos ser para la sociedad, qué queremos que suceda en nuestras comunidades? ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante el poder (y no sólo ante sus administradores)? El veterano periodista colombiano, Javier Darío Restrepo, lleva años insistiendo en que el periodismo debe volverse “indispensable” a los ojos de la sociedad y no sólo el ruido de fondo cotidiano que generan millones de personas con un dispositivo o herramienta de comunicación.

Pero ¿cómo ser ‘indispensables’ en una sociedad donde los usuarios tienen acceso casi ilimitado a todas las fuentes de información (reales y falsas), en una economía que premia la docilidad de la prensa ante el poder (incluso ante la fantasía de su propio poder) y en una cultura que prefiere radicalizarse en sus certezas (aunque sean erróneas) en lugar de arriesgarse a conocer algo nuevo y a confiar en alguien más?

Esa es la verdadera crisis periodística para la cual no hay respuestas fáciles ni atajos. Hace falta reencontrarnos con nuestra identidad en los márgenes de los siempre desafiantes cambios sociales y culturales. Hoy, ante tantos conflictos en la prensa y en sus profesionales, quizá sea oportuno recordar que el trabajo del periodista no es indispensable porque diga la verdad absoluta sino porque siempre mantiene la sana duda y busca permanentemente el sentido a la realidad; la naturaleza del periodismo no está en su poder sino en su servicio; y su supervivencia no yace en su economía sino en su credibilidad.

@monroyfelipe

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Tom Wolfe: el explorador del estilo

wolfeas.jpgIrónicamente, la noticia de la muerte del ícono del periodismo internacional, Tom Wolfe, aterrizó en el universo de información este 15 de mayo justo con los métodos y elementos periodísticos que el escritor pensó habían envejecido terriblemente. Si hay alguna aportación brillante que el oficio periodístico debe homenajear a este escritor norteamericano en este siglo digital es justamente la reflexión sobre el ‘nuevo periodismo’ y cómo la narración inteligente de los acontecimientos puede salvar a una profesión que, como muchas otras, está amenazada por robots y la inteligencia artificial.

Con cierta unanimidad, tanto el gremio cultural como el periodístico coinciden en que Wolfe fue el padre del nuevo periodismo, no sólo por ejercerlo, sino por descubrir ese estilo en los perfiles de otros periodistas que hacían crecer el oficio con las herramientas de la literatura. Wolfe, sin embargo, fue el primer sorprendido de los estilos periodísticos que fueron naciendo en la década de los 60 en revistas especializadas y en las redacciones de audaces diarios para la época: “Al principio no logré entenderlo, francamente”: narraciones íntimas sumamente detalladas, digresiones personales,  adornos metafóricos, escenarios crudamente explicativos y descripciones llenas de una franqueza inquietante. Estilos que rompían con todo lo que se hacía bajo la fórmula clásica de jerarquización de información norteamericana de las cinco w’s (what, who, when, where, why); Wolfe advirtió que el lenguaje periodístico tradicional no alcanzaba a relatar todos los matices de las historias y entrevistas pero contempló con satisfacción cómo el oficio periodístico comenzaba a cobrar una dimensión estética.

Esta audacia cultural y literaria –pensaba Wolfe- podía ser el remedio a los efectos soporíferos que los diarios proponían a su público lector pero también una oportunidad creativa para que los buenos reporteros no terminaran sus días como malos columnistas. El nuevo periodismo, para el escritor, era la ventana que abría el viciado ambiente de un periodismo que no podía sorprender a nadie, del periodismo “que sólo hacía lo que se esperaba de él”.

“Al mentir se puede engañar siempre a alguien pero revela una gran verdad: Que eres débil”: Tom Wolfe

Han pasado 50 años de este ‘descubrimiento’, de la audacia del gremio periodístico a traspasar las barreras de lo ‘culturalmente correcto’ y, sin embargo, en este 2018, ningún medio digital informó la noticia de la muerte de Wolfe intentando siquiera un deferencia o un reconocimiento a ese nuevo periodismo que elevó a alturas literarias un oficio despreciado muchas veces por la cultura y la historia. El peor homenaje a este tremendo escritor fueron los obituarios genéricos y las notas inmediatistas y superficiales de su fallecimiento; con todo, en cuanto los audaces logren dar orden a su mirada de este acontecimiento se estarán proponiendo lecturas más atractivas de la vida, obra, genio y figura de Tom Wolfe.

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‘El nuevo periodismo’, una propuesta audaz

Wolfe exploró los estilos periodísticos de la mano de la narración y la creatividad, del exhaustivo trabajo de recuperación de datos, de la incómoda observación del perfil de la historia; el periodista en este terreno es un personaje que se implica, se compromete con los fenómenos sociales hasta el más nimio detalle.

 

No es una tarea fácil pero tampoco imposible, el propio Wolfe consideraba que “con frecuencia le resulta más fácil a un reportero penetrar una situación delicada de lo que él mismo u otra persona pudiera imaginar”; el desafío radica más en las dinámicas del medio que en la exposición frente a la costra social: La franqueza del trabajo periodístico puede poner en riesgo al propio medio. Esa es la audacia a la que incitó Tom Wolfe a varias generaciones de periodistas, a explorar nuevos estilos, a arriesgar la comodidad de la cotidianidad. El escritor sentenció que “el periodismo perfecto trataría constantemente de un tema: el estatus”; a las 10 de la mañana, en una redacción de noticias de la Ciudad de México nos enteramos de la partida de Wolfe y nos enfrentamos a dos opciones: mantener o trasgredir el estatus al que estamos acostumbrados.

@monroyfelipe

Candidatos y periodistas: ¿condescendencia premeditada?

img_0078-1.jpgEl desfile de candidatos en los medios de comunicación es un imperativo del tiempo de campañas políticas; en principio, es el momento idóneo para que periodistas y medios noticiosos den espacio a los políticos para que la ciudadanía evalúe sus perfiles y propuestas. Los periodistas fungen como un ciudadano altamente informado y con habilidades probadas para ser los facilitadores del diálogo y los actores que inquieren con sagacidad las dudas que los diferentes sectores sociales tienen de los candidatos a representación popular.

En las semanas posteriores al debate de los candidatos a la presidencia de la República –y debido al alto raiting que produce la presencia de las principales figuras políticas- varios medios de comunicación organizaron mesas redondas donde los políticos acuerdan comparecer y establecer un diálogo ante los periodistas titulares de las principales empresas mediáticas del país.

El ejercicio parece simple: en libertad, con los juicios individuales y en representación de sector social, ideológico o económico de su predilección, los periodistas realizan una serie de preguntas a los candidatos y éstos deben expresar con claridad sus ideas y su aprovechar el espacio masivo para promover la imagen. El objetivo central de los periodistas es abrir el diálogo; el de los políticos, el convencer de entre las audiencias algún potencial votante. Sin embargo, algo parece no estar convenciendo a las audiencias ni a la ciudadanía.

Gracias a que el espacio de opinión ya no está sólo bajo el control de instituciones políticas o mediáticas formales, la ciudadanía cada vez utiliza más los recursos tecnológicos a su alcance para reclamar tanto la capacidad y desenvoltura de los candidatos como el profesionalismo o la probidad de los mismos comunicadores. Las redes sociales otorgan una herramienta democratizadora a la opinión pública, con todas las bondades y riesgos que ello conlleva; y en el particular caso de la contienda electoral actual, el fenómeno parece anteponer los negativos. Pero no hay que apasionarse mucho en esta idea.

¿Los periodistas se muestran más condescendientes con alguno de los candidatos? ¿Teniendo la oportunidad de hacer las preguntas que la sociedad realmente quiere hacer, prefieren callar beneficiando a los candidatos? ¿Por qué con ciertos políticos parecen ser más hábiles en su responsabilidad periodística que con otros? ¿Hay acuerdos innombrables que definen esta actitud de los representantes de los medios? ¿Qué tanto representan los intereses sociales los periodistas frente a los políticos? ¿Será todo responsabilidad de los comunicadores o también dependerá de las habilidades del político frente a ellos?

¿Será un problema que atañe sólo de los candidatos y los periodistas, a los políticos o a los medios? ¿Podría ser también de nosotros, las audiencias?

La respuesta es categórica: Sí.

Sin minimizar o relativizar las responsabilidades de los medios de comunicación y sus profesionales así como de los políticos y sus equipos de estrategia; las audiencias tienen hoy una gran responsabilidad en la construcción de la percepción de lo que sucede en los encuentros políticos-periodistas. Los prejuicios en contra o a favor de los participantes en estos ejercicios hablan antes de que el espectador lo note. Es un hecho que, aún sin que se haga la primera pregunta o el político exprese su primera idea, una buena parte de la audiencia tendrá su valoración o prejuicio de lo que está por seguir. Algunos querrán ver a periodistas combativos contra el político que les provoca animadversión y, aunque los periodistas hagan un trabajo moderadamente profesional, esa audiencia dirá que fueron complacientes. Otro tipo de audiencia creerá que el candidato de su preferencia fue ferozmente atacado por los periodistas, pero no será fácil que esos espectadores acepten que quizá no estuvo fino ni brillante el político de su predilección.

La comunicación contemporánea se realiza en un mundo complejo; políticos, periodistas y ciudadanía debemos reconocer esa complejidad y saber que los temas de la sociedad no se resuelven bajo prejuicios o simplificaciones porque eso sólo ayuda a la polarización social, al error, y al miedo. Saber la verdad es muy difícil en nuestra cultura actual, existe mucho escepticismo y demasiada confianza sectaria; pero la verdad existe, no es relativa, y para llegar a ella se requiere ecuanimidad, humildad. Reconocer que no se sabe todo, que nuestra cosmovisión puede mejorar con la evidencia y con la experiencia de otros, incluso cuando no piensan como nosotros.

@monroyfelipe

Custodios de noticias

media-2-1.jpgCada 24 de enero, desde 1967, los pontífices de la Iglesia católica envían un mensaje para celebrar y reflexionar los fenómenos entorno a los cambios en las comunicaciones sociales. Desde Paulo VI hasta Francisco, los máximos jerarcas de la iglesia han aportado sus ideas respecto a la prensa, la publicidad, el cine, la radio y el internet; pero también han profundizado en fenómenos humanos intrínsecos de la comunicación como la reconciliación, la interpretación, la claridad de la palabra, el valor del silencio, la verdad y la mentira.

Este 24 de enero, día de san Francisco de Sales -patrono de los periodistas y escritores-, el papa Bergoglio publicó su quinto mensaje de reflexión sobre la comunicación. En su pontificado, Francisco ha meditado sobre lo que “debe” ser comunicado en el contexto contemporáneo: “la cultura del encuentro”, “la gratuidad del amor”, “la misericordia” y “la esperanza”. Pero en este 2018, el argentino alerta sobre un fenómeno que no ha dejado a nadie indiferente en el negocio de las noticias y el servicio de la información: las noticias falsas o “fake news”.

Francisco alerta que las “fake news” son un fenómeno complejo. Dice que básicamente se trata de desinformación difundida basada en datos inexistentes o distorsionados que tienen como fin engañar y manipular a las audiencias. Y su perversidad radica en parecerse a la realidad (‘se mimetizan’, dice Bergoglio). Son “falsas pero verosímiles” y parecen ser más verosímiles mientras más apelan a los sentimientos gremiales, populares, a los prejuicios sociales, a la frustración, las ansias o al desprecio.

Bergoglio no se toma con sutileza este fenómeno: si esa ‘divulgación de información’ sigue la “lógica de la serpiente” (es decir: es capaz de camuflarse, engañar, ser insidiosa y morder) entonces proviene de una sola persona: del ‘padre de la mentira’ que en el catolicismo no es sino el mismo diablo.

Para el papa Francisco, la mejor manera de combatir a las “noticias falsas” es por medio de periodistas que sean “verdaderos custodios de la noticia”, que los profesionales de la comunicación no se dejen vencer por los eslóganes ni por el ruido de las declaraciones altisonantes (esto creo que es muy pertinente para los periodistas que informamos procesos electorales); el pontífice le pide a los periodistas a ser verdaderamente hostiles a la falsedad y que, principalmente, no se pierdan ni desgasten “quemando las noticias” -escribir una tras otra las noticias que provienen de todos y ningún lado a la vez- sino que busquen sus causas reales, contemplen a la gente y su humanidad en ellas y favorezcan a esclarecer una ruta de solución, una potencial respuesta al conflicto.

Custodiar la veracidad y la integridad de las noticias es un mínimo social para el bien común que hacen los periodistas, que deberíamos hacer todos. Pensemos en la actual carrera por el poder en el proceso electoral el México: ¿Cuánto de lo que se divulga y se declara debemos creer que es verdad o mentira? ¿Cuántos intereses subyacen para que una información falsa sobre candidatos y partidos llegue hasta nuestros ojos y oídos? ¿Cuánto hacemos para mantenernos ecuánimes ante la información que nos presentan cuando evidentemente apelan a nuestros prejuicios, creencias, discriminaciones o egocentrismos? ¿Dónde podemos informarnos con moderada objetividad y quiénes son esos “custodios de noticias” en los que confiamos? ¿Quiénes, por el contrario, son mercenarios de la noticia, títeres de la manipulación mediática o víctimas del ‘padre de la mentira’?

El Papa concluye que “la verdad” es una especie de soporte: “La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer”. Y con esa metáfora me viene en mente ese proverbio del funambulista (esos acróbatas que cruzan el espacio vacío suspendidos en delgados cables atados a grandes alturas) que explica la diferencia entre ‘creer’ y ‘confiar’. Sabemos que el artista ha cruzado siempre con éxito un gran abismo y, para ‘creer’ que lo hará nuevamente, basta mirar desde abajo para comprobarlo; pero ‘confiar’ en que lo hará es porque vamos montados en sus hombros mientras intenta la proeza una vez más.

En conclusión: ¿Ya se preguntó en quién o quiénes confía usted, que son verdaderos soportes de la verdad en las noticias que consume todos los días en estas campañas electorales? Si no. Piénselo bien; muy, pero muy bien.

@monroyfelipe

Lecciones de periodismo para mundos confrontados

journalism.jpgEs triste, pero es un deber ético reconocer que hablar de religión provoca muchas tensiones y muy profundas discordias. Y no solo sucede cuando se confrontan las posturas de creyentes y no creyentes, sino entre creencias divergentes, dentro de las mismas convicciones y hasta en el corazón de una misma institución religiosa.

Ser testigo de tan sutiles conflictos y traductor para la sociedad de la relevancia que tienen dichas dinámicas para dar lecturas a destinatarios tan íntimos como la fe de una persona o tan públicos como la manifestación social de sus credos, no es un trabajo simple. Pero si esa difícil responsabilidad debe caer en alguien, más vale que sea en las de un periodista; y no de cualquiera, sino de un profesional capaz de amar la verdad aunque ésta siempre le sea esquiva.

El oficio exige compromisos que parecen mínimos, pero que se tornan enormes frente a ciertas circunstancias. En la Declaración Final del Primer Encuentro Internacional de Periodistas de Información Religiosa, realizado esta semana en Madrid, los amanuenses de la información que abordan los perfiles religiosos de este mundo coinciden en que el periodista debe “amar la verdad, vivir con profesionalidad y respetar la dignidad humana”.

Insisto, parece poca cosa, pero son muchas las tentaciones que orillan al periodista a simular el noble oficio y complacer así a formalismos vanos, instituciones pasajeras, personajes mortales o condescendencias cómodas. A veces, el periodista que ha perdido la brújula se convence de su superioridad y la defiende a ultranza.

Por eso llama mucho la atención que en su Declaración, el cuerpo de periodistas de información religiosa haya retomado las palabras que el papa Francisco dejó en su encíclica Laudato si’: “Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco”.

Como decía al inicio, hablar de religión provoca muchas discordias pero resulta esperanzador que los diferentes liderazgos internacionales en materia de periodismo religioso aceptemos que hemos tenido, en buena medida, parte de la responsabilidad para que esos aparentes abismos que existen entre partidarios de posturas contrarias sólo se ahonden y se enardezcan más.

Y creo que si los profesionales de la información religiosa (nicho despreciado en casi todas las naciones) pueden hallar vías para reencontrase con el verdadero servicio social que conlleva el oficio periodístico aún en esos temas de tal gravedad humana; los colegas del resto de tópicos informativos también pueden alzar la mirada y reencontrar en el oficio las claves del servicio que la ciudadanía requiere de ellos. A esto se comprometen este puñado de servidores de la información religiosa en un momento en que el propio pontífice máximo de la Iglesia católica es confrontado desde las almenas de altas catedrales y no debe ser minimizado ni instrumentalizado.

Que los periodistas evitemos ser utilizados como instrumentos ideológicos o políticos; que la búsqueda de la verdad la hagamos desde la honestidad, la transparencia, el rigor y la imparcialidad. Que nuestro trabajo busque siempre –denunciando y proponiendo- la igualdad, la justicia, la solidaridad, la libertad, la paz y el cuidado del ambiente. Que nuestra mediación favorezca el encuentro, la escucha, el diálogo, la sinergia y confrontación de ideas.

¿O no cree, querido lector, que usted merezca esto, cuando menos estos principios éticos y morales de los medios de comunicación que consulta –o que lo invaden en sus redes sociales-, y que hoy le presentan a terribles personajes políticos como los nuevos e inmaculados paladines de la democracia?

@monroyfelipe

Terrorismo y radicalismo: Demasiada información, poca visión

OC 2Elija un tema, cualquiera de que se haya hablado en los medios de comunicación en las últimas semanas. Podría ser la rampante corrupción, la ineficiencia del gobierno, los errores de los liderazgos, el terrorismo y el fanatismo, cualquier servicio público al borde del colapso o affaire internacional. Quizá sea un tema que le ha interesado desde hace tiempo o quizá le tomó por imprevisto y ahora no puede dejar de pensar en ello.

Los medios de comunicación -con más y menos claridad de por qué lo hacen- despliegan constantemente sus esfuerzos para acercar a sus audiencias la mayor cantidad de información sobre el asunto o el fenómeno. La información se exhibe con celeridad y -en principio- con moderada precisión para ser consumida por la mayor cantidad de gente cercana al medio. La información no es neutral, no sólo responde a la línea editorial, carga ideológica o compromisos económicos del medio o sus directivos, también es claro que cada lector o espectador pertenece a un tipo de audiencia que comulga con la línea o la ideología del medio y por ello lo elige o se encuentra en el área de influencia del mismo.

Sin embargo, a pesar de proporcionar una gran cantidad de información, los medios no suelen ofrecer visión.

Entre las leyendas de los nativos americanos se cuenta que cierto jefe de una tribu entre las montañas convocó a sus posibles sucesores, los envió a una exploración a la más alta cumbre de la serranía y les solicitó que volvieran con un regalo extraordinario, el mejor de los cuales les daría derecho a asumir el liderazgo de la tribu. El primero regresó con la flor más hermosa que halló y el segundo volvió con todo lo que encontró por el camino y que pudo cargar en sus brazos. El tercero parecía llevar las manos vacías, pero portaba algo más valioso: la visión. Visión de una oportunidad mejor, de futuro y esperanza, de sentido y ruta para el porvenir de la tribu.

En estos días, mientras compiten por las audiencias, los medios de comunicación portan florituras atractivas en forma de noticias o saturan con información a las audiencias creyendo que con eso satisfacen no sólo las búsquedas de sus lectores sino, incluso, su responsabilidad social.

¿Pero, sólo para eso está la información? ¿Para llenarnos el ojo o para complacer nuestras dudas? ¿No hay una responsabilidad de los medios de comunicación y de sus profesionales para influir en la sociedad, generar cambios? ¿Y, si creen tenerla, en realidad la ofrecen a sus audiencias?

Lo que nos hace falta es visión. Altura de miras respecto al devenir cotidiano en todo lo que es noticia, que nos inquieta y que nos construye como sociedad.

Tomemos el caso de los atroces y viles actos de terrorismo en forma de atropellamiento masivo de peatones en Francia, Estados Unidos y España. El curso de esas noticias se convierte en asignaciones casi mecánicas y repetitivas en las redacciones del orbe: la devastadora crónica en vivo que provoca espanto e inquietud; la paulatina confirmación de primeras versiones, sospechas y testimonios; la declaración oficial de las autoridades; la búsqueda y presentación de los responsables; la búsqueda y presentación las víctimas y sus familiares; y las historias detrás de las víctimas. Cuando la historia comienza a enfriarse sólo quedan los análisis, las odiosas comparaciones, el desmenuzamiento de los porqués y las condenas que fijan la postura del medio y sus periodistas.

En cada episodio de estas tragedias perdemos la oportunidad de estar en la cumbre de la montaña y no mirar más allá de lo obvio. El tema del terrorismo, el racismo, el fanatismo y la seguridad internacional merece estudiarse con perspectiva de futuro, con visión: ¿A dónde queremos llegar? ¿Cómo haremos para lograrlo? ¿Qué tipo de sociedad podemos ser con el curso que toman los liderazgos políticos, económicos y culturales?

Sucede igual con otros temas como el de la volatilidad económica, la debilidad de las instituciones, los avances científicos y tecnológicos, o el sutil testimonio de una cultura en construcción: simplificando en maniqueísmos morales y absolutizando el fenómeno en bandos adversarios olvidamos dar espacio a la perspectiva.

Algunos dicen que la prensa y los medios de comunicación son la conciencia moral de la sociedad. Ahora voltee nuevamente a esos medios de información que consume cotidianamente, ¿qué tanta perspectiva o visión le ofrece esa conciencia sobre nuestro contexto y nuestro devenir? ¿Parece que sólo van persiguiendo los trenes que ya partieron o le ofrece una verdadera red de comunicación para poder transitar y convivir en el futuro?

@monroyfelipe

El verdadero riesgo del silenciar a la prensa

415_OldGenerals_detail_webAnte el sexto asesinato de un colega periodista en el año, me atrevo a parafrasear a José Emilio Pacheco: “Si ellos vivieron nuestras posibles muertes, correspondamos a tanta gentileza tratando de escribir las páginas que aquellos no tuvieron tiempo de escribir”. El artero crimen contra Javier Valdez provoca en el gremio la sensación de haber descendido más en un pantano de horrible incertidumbre; no sólo por pensar en las vidas que se arriesgan en cada jornada, sino por el destino de este oficio y profesión cuyo único fin es servir como intermediación entre la sociedad y la construcción de su identidad.

Que el ejercicio del periodismo esté amenazado de muerte cada día en México debería ser suficientemente grave para cuestionar el rumbo del país, pero hay que apuntar (el oficio exige que no miremos sólo nuestras heridas) que la devastación de los hijos de esta nación alcanza a todos los rincones, primordialmente a las estructuras intermedias: familias, escuelas y universidades, pequeños negocios, asociaciones comunitarias como organizaciones de participación social o iglesias.

Hemos llegado al punto en que el seguimiento a la numeralia de la muerte en México se ha tornado irrelevante. Con metodología correcta o no, la evidencia expuesta por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos que coloca a nuestro país como un territorio de conflicto donde la muerte violenta y la desaparición forzada son más que una cuestión de probabilidad, es simplemente inapelable. Olvidando los números, resulta estremecedor que México comparta, en las muestras, los mismos niveles de muerte que países donde tres o hasta cinco ejércitos fuertemente patrocinados crean desolación a través de salvajes incursiones militares.

Y provoca escalofrío que los periodistas silenciados, quienes se esfuerzan en informar de este panorama, compartan el mismo destino de las víctimas a quienes en principio se les intentó dar voz. Porque la aniquilación de la oportunidad para comunicar, la imposición del silencio, es el signo inequívoco de una dictadura en construcción.

Me viene a la mente una historia que explica esto: En la recepción de una oficina que defiende los derechos humanos hay un cuadro de absoluto color negro con una descripción al calce que cuenta la historia de aquel hombre que debía decir que el cuadro era color blanco por ‘sugerencia’ de aquel que detentaba el poder. El hombre veía paulatinamente cómo sus compañeros de trabajo, sus amigos y familiares cedían a la invitación de los poderosos y le pedían (casi le suplicaban) que aceptara que el cuadro era blanco. Pero él continuó diciendo que el cuadro negro, era negro. Primero el hombre perdió su trabajo y a muchos de sus amigos; más tarde recibió visitas muy incómodas en su casa ‘por error’ hasta que terminó perdiendo a su familia y su casa. Para él, la imagen en el cuadro seguía siendo negra aunque de manera inexplicable recibiera golpizas y amenazas de muerte de manera casi aleatoria; seguía siendo negra aunque el llanto de su mujer y sus hijos desde el exilio le tentaran a ceder. El cuadro, para él, continuó siendo de color negro todos los años que pasó en la cárcel  y, en medio de la tortura, quiso decir que era blanco pero sabía que aquello ya había dejado de tener sentido. Cuando fue liberado, llegó a creer que estaba loco porque afuera, todos los libres, los intelectuales, los medios de comunicación, los colegios y universidades, hasta algunos de sus viejos cómplices que en voz baja habían dicho en el pasado que sabían que el cuadro era negro, afirmaban ahora que el cuadro siempre había sido blanco.

La moraleja de este relato es que el drama de este hombre en medio de una terrible dictadura (que puede ser cualquier hombre y la dictadura, cualquier presión de poder) pudo haberse perdido absolutamente, desaparecido de la faz de la tierra y de la Historia, pero alguien la contó, alguien recogió de él o de un tercero el testimonio y lo publicó; lo divulgó y por eso es que ahora lo conocemos. Esa es una de las muchas funciones del verdadero periodismo: dar voz a quienes fueron callados sistemáticamente.

Así que, si han querido callar a catorce periodistas en los últimos doce meses, aquí estaremos los que escribiremos las páginas que ellos no pudieron escribir, que no les dejaron escribir, y optaremos por el color que mejor refleje la verdad.

@monroyfelipe

¿Cómo llegó ese video a mi whatsapp?

coberturaPasaba del mediodía del 18 de enero cuando a través de un mensaje de whatsapp recibí el fragmento de video de un circuito cerrado de televisión donde se ve a un adolescente entrar a cierto salón de clases con un arma de fuego y disparar contra un par de compañeros y su maestra; un par de segundos más tarde, él mismo detona pistola contra su sien. No tiene sonido. En la esquina superior, aparecen inmutables la fecha y el reloj con segunderos: 18-01-2017 08:51:24 y en uno de los muros del salón la malograda palabra “ONESTY”. Solo eso.

Soy periodista y desde las nueve de la mañana sabía el contexto. Junto a muchos colegas estuvimos al pendiente de los acontecimientos en el Colegio Americano del Noreste en Monterrey. La información fluía sin cesar y, por ello, por responsabilidad profesional, debía verificar el origen y la veracidad del video antes de contemplarlo como un material audiovisual legítimo. Una vez verificado, la siguiente responsabilidad fue preguntarse si se debe publicar este tipo de información o no. Y, en ese debate aún nos encontramos.

Sin embargo, quien me envió el video no es periodista y no trabaja en ningún medio, quizá pensó que, como yo sí, podría interesarme o hacerlo llegar a más gente. Personalmente decidí no divulgarlo pero me inquietó una pregunta: ¿Cómo llegó el video del crimen a mi whatsapp? Así que le pregunté a mi fuente cómo lo había obtenido él; me dijo que se lo había enviado alguien más –un primo-. Le pedí que le preguntara a su primo quién se lo había enviado. Dijo que lo había recibido de un compañero del trabajo quien a su vez lo recibió de un amigo periodista; pero el colega afirmaba que, a su vez, había recibido el video de un familiar que trabaja en el gobierno. En ese punto desistí en la misión de encontrar el origen del video y llegué a una reflexión: Aun si el medio para el que trabajo divulgaba el vídeo, seguramente no llegaría a tanta gente como ya había llegado en ese momento y como lo seguiría haciendo a cada segundo mientras en las redacciones nos debatíamos entre éticas y deontologías legales si se publicaba o no.

Esto es lo que debemos poner en perspectiva antes de abordar la ética profesional periodística que guarda un largo cuerpo de experiencia e investigación, pero no existe nada respecto a todo lo que sucede en redes sociales o aplicaciones de mensajería grupal.

 

Medios y ética

Como siempre sucede en eventos que estremecen y polarizan rápidamente a la opinión pública, es necesario hacer una valoración del deber de los medios de comunicación, así como de los usuarios particulares que generan y propagan información a través de múltiples redes.

El crimen del Colegio Americano del Noreste ha suscitado un nuevo debate sobre el papel que deben asumir los medios de comunicación y los usuarios de redes de información frente este tipo de acontecimientos.

Por un lado, se promueve un principio legal –vigente en México- que prohíbe claramente la difusión y divulgación de datos o registros personales de menores involucrados en crímenes; junto a ello, se cuestiona si, además de la ley, es necesario establecer principios morales –aduciendo respeto a las víctimas y a sus familiares- para evitar la difusión de imágenes crudas de violencia que poco aportan a la responsabilidad de mantener y mantenerse informados.

Por supuesto, hay otra perspectiva: Muchos medios de comunicación y usuarios se han manifestado contra la restricción y propugnan por el derecho y la libertad de transmitir entre sus audiencias tanto datos como detalles, registros fotográficos o audiovisuales, de crímenes de alto impacto social sin importar las condiciones ni ciertas atenuantes morales o legales tipificadas para ello.

Los argumentos de estos últimos no refieren “utilidad” o “necesidad” de la información comprendida como un servicio, sino como un crudo registro, real y verídico, de un acontecimiento en el cual la sociedad puede reflejarse y revalorar sus conductas.

El tema de la ética de la información se ha hecho más complejo porque se han diversificado casi al infinito las fuentes y los objetivos de la práctica informativa. De hecho, cualquier debate en el tema finalmente no alcanza a los particulares porque –aunque pueden hacerlo- no suelen tener conocimiento ni les interesa saber cuál es el principio que les garantiza su derecho a informarse y a compartir información; y tampoco tienen un objetivo para hacerlo.

Soy un periodista fraguado en nota roja y por tanto mi opinión es parcialísima. Reconozco que hubo veces, muchas, en que debí deshumanizar el crimen para digerirlo yo y transmitirlo a la audiencia; en el trabajo al pie de la víctima hay carne y vísceras, hay ley y castigo, hay causas y efectos, nada más. La audiencia se encarga del resto, de “ponerse en sus zapatos”, de “sentir otredad” o de “tener compasión”. Todo en comillas porque es tan fugaz como pasar a la sección de espectáculos.

Sin embargo, creo que el periodismo de nota roja ha tenido una función importante entre las sociedades pues modula los comportamientos excéntricos, es pura moral envuelta en primitivas advertencias. Esto no lo comprenden -no pueden comprenderlo- quienes creen que todos sus actos son actos de la razón; pero lo entiende nuestro cerebro primitivo, el que nos mantiene a salvo o nos engaña haciéndonos creer que lo estamos.

Hoy, la diferencia es que todos tienen oportunidad de fustigar con su personal moralidad los eventos sociales que llegan a su conocimiento, eventos que no saben cómo o porqué llegaron hasta ellos. Y esto es lo que requiere un análisis profundo porque están en juego principios básicos de realismo y causalidad en nuestro contexto social, de ello depende la cultura que se construye día a día. Una cultura que sí depende de la legislación (como fue la intención de limitar la difusión del video) pero que tiene sus raíces más profundas en las prácticas, las costumbres, la tradición y la narrativa cotidiana de nuestro sentido social. @monroyfelipe

El invisible saldo negro del 2016

mexican-ghost-town_optSiempre es difícil hacer un balance noticioso del año que termina. Son muchos los acontecimientos que marcaron al país que merecen ser mencionados y, sin embargo, hay algunos que permanecen dolorosamente constantes en el registro de cada ciclo. Me refiero en específico a los asesinatos de periodistas y de ministros religiosos, cuyos sendos reportes puntuales ayudan a comprender el clima social que prevalece en México.

En el primer caso, el informe anual de Reporteros Sin Fronteras registró nueve periodistas asesinados en México durante el 2016, lo que terminó ubicando al país como “el más peligroso para la prensa de entre todas las naciones que no están en guerra”. Y, en el tema de los ministros religiosos, el Centro Católico Multimedial registró los asesinatos de tres sacerdotes católicos y dos intentos de secuestro frustrados. En el 2016, México refrendó su título de campeón en estas áreas, en una tendencia que desde hace una década parece no disminuir.

No sólo las muertes de estos dos tipos de servidores sociales causan preocupación; las condiciones en las que realizan su labor y su oficio ubican a México en un singular vecindario internacional de países en guerra, sumidos en conflictos geopolíticos y religiosos, naciones que sufren un abierto intervencionismo de potencias militares y económicas o cuyos niveles de corrupción e impunidad amenazan las funciones básicas de sus gobiernos.

México lleva ya varios años que se asentó en este peligroso vecindario mundial (junto a Siria, Afganistán, Irak, Yemen y Venezuela) y los asesinatos de periodistas y sacerdotes son sólo un reflejo de su código postal. Los casos de profesionales de la información y de ministros religiosos ultimados son un tema importante porque representan a dos de las estructuras intermedias de la sociedad cuyo servicio se traduce indefectiblemente en cultura, conocimiento, experiencia y costumbres de una población.

Las estructuras intermedias (como son los medios de comunicación y las iglesias) son precursoras y dinamizadoras de cultura. Son espacios y comunidades donde se ‘cultiva’ y se modula la convivencia, el diálogo y el servicio; son espacios que hacen lo que el ejercicio de poder institucional no puede. Porque allí donde las autoridades instruyen, ordenan, comandan o sancionan las acciones a cumplir por la gente; las organizaciones intermedias transmiten, interpretan, enseñan y discuten. Secuestrar y asesinar a los líderes o protagonistas de estas estructuras es romper uno de los más sensibles procesos de socialización, formación y coexistencia.

Con todo, los periodistas y los ministros silenciados no son el único sector intermedio en riesgo (quizá los más visibles) pero también lo están las escuelas y universidades, los negocios particulares y el pequeño empresariado, los servicios médicos y las organizaciones de la sociedad civil. De todos estos hay muy poca –si no nula- información sobre las situaciones de riesgo en que se encuentran.

Los casos de extorsiones, amenazas, secuestros, atentados y asesinatos de profesores, artesanos, comerciantes, doctores o defensores de derechos humanos son el saldo negro invisible de nuestro país. La intimidación contra estos articuladores de comunidad redunda en un silencio e inmovilidad social que abre espacio a los poderes fácticos, los cuales disputan áreas de influencia a las autoridades formales y propician desesperadas sobrerreacciones militares para intentar controlar lo ingobernable.

Esperemos que el 2017 no sólo se visibilicen los problemas que viven las estructuras intermedias de la sociedad mexicana sino que se reduzcan los riesgos en los que ofrecen sus dones y sus servicios porque es sólo a través de ellas como se hace palpable la idea de nación, la idea de un pueblo con un propósito y un ideario compartido. @monroyfelipe