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Retos de la post-democracia

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Imagen de eak_kkk en Pixabay

Se realizó en Madrid, la XIV edición de la Cumbre Mundial de Comunicación Política, encuentro que reúne a los especialistas de las diferentes disciplinas que construyen las campañas de comunicación electoral, marketing político, de administración pública y contienda del escenario del debate social.

El encuentro convoca a un amplio espectro de profesionales que van desde la mera audacia creativa hasta la más sofisticada implementación de herramientas tecnológicas para comprender y modificar los patrones de conducta de electores o ciudadanos. Sin embargo, sólo muy pocos consultores -que ven más allá de la vorágine de creación o promoción de personajes- se han enfocado en la reflexión del modelo cultural, social y económico que supone esta tarea en este muy avanzado siglo XXI.

No es un tema menor. Mientras los políticos, sus partidos y grupos de poder siguen extasiados en las posibilidades que dan las tecnologías para la manipulación de las masas o decreciente ética o moral de los mercadólogos que hacen campañas de odio, miedo y fantasía, sólo un puñado de expertos visualiza con preocupación el futuro de la construcción del Estado, la ciudadanía, la democracia y la participación social.

La tesis es radical: Las democracias se han pervertido a tal grado que no sólo ya no representan la posibilidad de auténtico gobierno de los pueblos sino que adormecen la conciencia de los potenciadores sociales y simulan la cooperación entre grupos y naciones. Los indistintos ciclos de triunfo y derrota, de transiciones y alternancias, nada parecen representar para el verdadero desarrollo o bienestar de las estructuras y poblaciones. Por algún motivo aún complejo de explicar, la ciudadanía elige decididamente la mentira y la ignominia: el fanatismo pararreligioso, el anticientificismo radical, el egomesianismo político y la autopreservación onanista. Y el horizonte de este panorama es espeluznante: Entre el poder y la naturaleza humana se crea una distancia tan absoluta que la realidad se hace insoportable.

Paul Virilio (1932-2018), el filósofo de la velocidad y el poder, ya alertaba desde los años setenta que la sociedad tecnificada se encaminaba hacia “el accidente integral”, una colisión tan violenta que la realidad queda desgarrada. Y hoy en día, con las herramientas de comprensión y manipulación mental de la percepción, consumo y obediencia de los usuarios y audiencias, la política se aproxima hacia su horizonte de sucesos, hacia su ‘meteorito fractal’ que engulle de oscuridad todas las futuras confrontaciones entre lo real y lo ficticio, entre la verdad y la mentira.

Sin duda, la velocidad trae consigo la colisión y, en política, ese choque comienza a desgajar conceptos que ya no significan lo mismo como servicio, bienestar, seguridad, control, administración, confrontación, elección o participación. En la post-democracia, como en un agujero negro, la velocidad y masividad informática de los procesos superan al proceso en sí, el simulacro del poder vence a la política y la idea de la democracia somete a la democracia.

Como en una superautopista, el paisaje se torna borroso mientras se incrementa la velocidad; la comunicación política experimenta esa falta de visión si continúa en el torbellino caótico de sus ambiciones. Bajar la velocidad, detenerse un poco y mirar con amplitud el ambiente basta para optar por caminos que reencuentren las necesidades originales del hombre político, sus búsquedas legítimas, la verdad de su naturaleza y la dignidad de su servicio.

@monroyfelipe

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Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe

Cuando los poderes se enfrentan en una República

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En los relatos de las guerras púnicas, Tito Livio expone el diferendo que los jueces de Cártago tuvieron con el estratega militar y jefe magistrado electo Aníbal hace 2 mil 200 años. El historiador refiere que el general acusó públicamente a los jueces “cuya demasiada soberbia y riquezas eran tan desordenadas que, por causa de ellas menospreciaban las mismas leyes”.

Las palabras de Tito Livio son casi poéticas: “Luego consideró Aníbal que eran muy gratas en los oídos de todos estas palabras y que, con callados pensamientos y ánimos, favorecía todo el pueblo a esta acusación que era justa y verdadera. Y, que los que eran en la República de la más baja condición, eran por extremo agraviados por la soberbia de estos jueces”.

Con el respaldo popular, el general Aníbal promovió dos decisiones que afectaron a los jueces de la época. La primera, que los jueces no podían permanecer a perpetuidad en sus cargos como se estilaba; y, segundo, que las deudas se pagarían del control de la renta pública porque hasta el momento “las rentas públicas que [los jueces y aristócratas] consumían y destruían sin provecho ninguno, parte por la negligencia y parte por los robos y rapiñas, los aplicaban a sí mismos como si fueran bienes particulares”.

“Pronunció en la congregación de todo el pueblo que, con los dineros que restaban y sin demandar nada de los particulares, la República era harto rica para pagar… Entonces, aquellos que habían sido sustentados muchos años con el robo de las rentas públicas, así como si les hubieran quitados sus propios bienes y no sacado de sus manos por fuerza el robo público, concibieron grave odio contra Aníbal y procuraban de provocar la indignación de los Romanos contra él, y buscando causas de odio los instigaban a que le tuviesen por nuevo enemigo”.

En este 2018, pleno siglo XXI, el diferendo que mantiene en tensión al presidente de la República con jueces, magistrados y ministros del poder judicial no es muy diferente del que tuvo Aníbal con el senado y los jueces cartagineses. Aníbal aprovechó su poderío y popularidad para evidenciar que la administración de la República no sólo era corrupta sino injusta; y sus decisiones en efecto lograron recaudar fondos para saldar las deudas del gobierno sin afectar a “los de más baja condición”; aunque sí afectó a muchos intereses.

En el fondo, lo que no podemos permitirnos en el México de la cuarta transformación sería olvidar la independencia y autonomía de los poderes de la federación. Es un principio republicano imperioso para la democracia y el bien general; y por ello debe explicarse con claridad para que se arraigue en la convicción popular.

Pero hay que reconocer que, por desgracia, el poder judicial en México representa a las instituciones más lejanas, desconocidas y opacas al conocimiento popular. No hay cómo defenderlas cuando se les conoce más por su “politización de la justicia” o la “judicialización de la política” que por el servicio institucional de la justicia; cuando la petición de transparencia del uso de recursos parece que no los alcanza de la misma manera que se exige al ejecutivo o al legislativo; cuando el nepotismo y el influyentismo han logrado construir imperios y linajes judiciales en las altas esferas del poder; cuando las interpretaciones de la ley ante las controversias que deben resolver parecen inclinarse más por intereses personales o ideológicos que por el bien máximo de la sociedad.

En conclusión, magistrados y ministros que defienden -con razón- la autonomía del poder judicial para evitar caer en absolutismo del poder presidencial; están obligados a lograr que el pueblo raso comprenda el valor de la justicia, la honestidad y hasta el sacrificio del servicio público que dan en bien de la nación. Es un camino que exige señales muy claras de transformación profunda del poder judicial: sin corrupción, sin politización de la justicia, sin privilegios y sin falsas vanaglorias. De lo contrario nadie creerá los argumentos que no estén soportados en lo evidente.

Por supuesto, hay otro camino, los jueces de Cártago, por ejemplo, conspiraron con Roma contra Aníbal y lograron el autoexilio del general. Esto representó el principio del fin de Cártago como potencia en la región, se sometió a las condiciones, al desprecio y al hostigamiento del imperio romano. El relato de esta ilustre sociedad termina así: “La ciudad fue arrasada y su población exterminada, los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos”.

Es un complejo escenario para el país, máxime porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación debe incorporar a un nuevo ministro de la terna enviada por López Obrador y también debe elegir un nuevo presidente apenas iniciando enero. El diferendo de lectura política y legal entre el poder ejecutivo y el poder judicial en México no es cosa menor, hay muchos intereses en juego y grupos de poder que esperan que esta confrontación debilite a las instituciones y los poderes de la federación. Roma se frotó las manos al ver que Cártago perdía unidad, ¿quiénes estarán en la misma posición mientras miran a nuestro estado mexicano?

@monroyfelipe

Transfiguraciones republicanas

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Hay una monumental diferencia entre cerrar filas en apoyo a la administración de López Obrador y la exaltación hiperbólica de la persona del presidente de la República. Las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, puede que hayan reflejado su sentimiento auténtico, pero no cabe duda fueron una desafortunada exageración místico-idílica del tabasqueño que a nadie sirve: ni al presidente, ni a sus aliados, ni al pueblo raso. Vaya, ni a sus opositores. Explico.

En el segundo día de la administración lopezobradorista, Muñoz Ledo escribió: “Confirmé que López Obrador ha tenido una transfiguración… se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado… un auténtico hijo laico de Dios”. Y la reacción no se hizo esperar. Los más críticos adelantan que es una especie de ‘endiosamiento’ de López, pero la mayoría coincide en que, por lo menos, esas expresiones traicionan los horizontes laicos de la República.

La ‘transfiguración’ proviene de los evangelios cristianos. Se da el nombre a este acontecimiento cuando Jesús, frente a tres de sus discípulos, cambia de apariencia y se revela en toda su divinidad: “El rostro de Jesús resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir exteriores se hicieron esplendorosas como la luz”. En griego, la transfiguración es ‘metasquematizo’ y el término intenta explicar un cambio interno (imperceptible para los demás) y externo (evidente). La Transfiguración es una revelación de lo divino en Jesús, anticipa la gloria de su Resurrección, es la confirmación maravillosa de la revelación dada a los profetas y la promesa a los libertadores del pueblo de Dios y reafirma la confesión de su primer apóstol, Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Pues bien, Muñoz Ledo ha llamado “hijo laico de Dios” a López Obrador. Un estrafalario apelativo que, antes de ayudar a fortalecer un camino hacia la auténtica libertad religiosa bajo los criterios republicanos del Estado laico, revive viejos enconos ideológicos.

Si bien hay sectores que exigen laicismos antirreligiosos y hasta denigrantes a una ciudadanía mayoritariamente creyente; también hay otros sectores que desean instaurar criterios de credo religioso a instituciones cuya misión central es escuchar y atender sin distingo a toda persona independientemente de su religión.

Para muestra un botón: Luego que López Obrador recibiera los ritos de una ceremonia propia de los pueblos originarios en el Zócalo capitalino, comenzaron a publicarse alucinantes acusaciones de tinte fanático que afirmaron el presidente realizó una especie de “consagración demoniaca” a ídolos paganos.

Por desgracia, no extrañan este tipo de fanatismos. Frente a ellos también hay una actitud antirreligiosa que rechaza totalmente la plena y madura libertad religiosa. Que exige a los funcionarios vivir una esquizofrenia práctica de dejar guardada (bajo llave y con todos sus valores morales) su identidad religiosa en casa mientras en público asume una actitud ideologizada complaciente a la conveniencia del mercado, la dominación cultural o la corrección política.

Muñoz Ledo atiza esa incómoda hoguera de polarización. Nadie gana reviviendo ese conflicto entre los límites de las ideologías y los credos. En la rispidez de los argumentos se perderá la oportunidad de madurar como ciudadanía hacia una plena, responsable y consecuente libertad religiosa en el país. Volverán los señalamientos y las cacerías de brujas, la oposición acusará desde la pereza del calificativo fácil, los aliados responderán con pobreza de criterio o argumentos.

En síntesis: la ciudadanía se refugiaría en las certezas de su obcecación y no abrirá su criterio a la posibilidad de un diálogo franco que normalice y humanice la libertad religiosa con todas sus oportunidades, pero también con todas sus responsabilidades.

En todo caso, la transfiguración que etimológicamente explica un cambio interno tan poderoso que se hace evidente, no la necesita sólo el presidente sino la sociedad mexicana.

@monroyfelipe

 

Continuidad operativa pero nueva agenda para la Iglesia católica

La 106ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) eligió al arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, como el nuevo presidente del organismo colegiado por un periodo de tres años. Los obispos católicos también han ratificado a su obispo auxiliar, Alfonso Miranda Guardiola, como Secretario General, con lo cual los dos pastores de la Sultana del Norte se convertirán en las principales figuras de articulación entre las instituciones eclesiásticas en México y las instituciones políticas y organizaciones sociales del país.

Al mismo tiempo, el otro fuerte candidato a la presidencia del organismo debido a su compromiso en los procesos de reconciliación y paz en México, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, asumirá la vicepresidencia de la CEM; por lo cual, se confirma un equipo de trabajo que mantendrá los procesos del Plan Global de Pastoral 2031-2033 al tiempo de poner ahínco en la reconciliación y pacificación del país. Todo bajo la carta fuerte del arzobispo Cabrera: promover una nueva agenda de la Iglesia contemporánea en el concierto cultural, social y político de México.

Rogelio Cabrera y Miranda Guardiola han demostrado que la Iglesia católica tiene oportunidad de actualizarse ante los desafíos culturales del llamado “cambio de época”. Un proceso complejo que involucra el reconocimiento de su identidad, un redescubrimiento de su historia y una rearticulación de nuevos lenguajes que involucren la obra humanitaria de los creyentes, la trascendencia del mensaje espiritual y el compromiso de la catolicidad con la agenda actual del ser humano.

La elección del nuevo Consejo de Presidencia de la CEM sucede en un contexto de singular trascendencia para el país. La transición política que va haciendo camino tras el rotundo triunfo de Andrés Manuel López Obrador parece mostrar los nuevos perfiles de relación entre los poderes políticos y las instituciones intermedias de la sociedad. Mientras con algunas, parecen crecer las tensiones históricas (financieras, empresariales); en otras organizaciones intermedias se abre una oportunidad de diálogo y cooperación, principalmente con las religiosas a las que el político se acercó en su última campaña.

El presidente saliente de la CEM, el cardenal Francisco Robles Ortega, en su mensaje de apertura de la Asamblea aborda este importante factor: “Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba… el resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras… e incluso la presidencia de la República… tal concentración de poder requiere de un renovado sistema de pesos y contrapesos. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este sistema se encuentra gravemente debilitado”.

El presidente entrante amplía la reflexión: “Estamos en un quiebre moral y ético en el que todos tenemos qué ver, ojalá esto no vaya creciendo. Hoy lo que necesita el país es paz para progresar, tranquilidad para que tengamos una vida mejor. Estamos en un momento muy delicado”, aseguró en un encuentro público con ‘influencers’ mexicanos. Ante ello, Rogelio Cabrera propone una nueva actitud para actualizar la Iglesia en el ‘cambio de época’: “Son muy importante los rostros. De los que hablan y los que escuchan. En este diálogo se debe animar a la comunidad a trabajar por la paz […] La amistad social es el preámbulo para la paz […] Es muy importante generar espacios donde podemos amar y ser amados […] Veo que aún hay en la sociedad una respuesta ante el dolor humano. Veo que hay gente que apoya, que está allí. Es un bono que tiene la sociedad y que debemos cuidar”.

La pastoral del siglo XXI, los lenguajes nuevos de la llamada ‘Nueva Evangelización’ y la promoción de una vivencia católica desde la identidad guadalupana son los retos de la Iglesia católica para la tercera década del milenio. Cabrera ha afirmado tajantemente: “La fe no se hereda es un don para cada uno y una conquista para cada uno”. A partir de esta renovada estructura al interior de la Conferencia veremos de qué manera Cabrera y equipo acompañan esas personales conquistas en las fronteras del contexto contemporáneo.

@monroyfelipe

No se confundan, la agenda es sólo una

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Buena parte de la privilegiada comentocracia afirma que el principal factor de incertidumbre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador será la poca disciplina de los miembros de su equipo al opinar, sugerir y promover temas, agendas o proyectos que entran en discordancia con las del próximo presidente. Aún peor, no pueden creer que el mandatario dé más confianza a la opinión popular que a la opinión publicada o erudita.

Inquieta no ver la estricta verticalidad ni la alineación oprobiosa de los pensamientos de los operadores políticos a aquellos definidos, no digamos por el presidente sino por los expertos gurúes de la comunicación y estrategias del poder.

Es claro que la cadena de mando es imprescindible en el ejercicio de la administración nacional; sin embargo, resulta evidente que López Obrador –hasta el momento- parece dejar “muy suelto” a su equipo de trabajo. En ocasiones, sus secretarios y miembros de la transición opinan, reaccionan y dialogan con amplia libertad, incluso anteponiendo opiniones personales a los márgenes del proyecto nacional del presidente. Por eso es inevitable que esto provoque dudas sobre la unidad en el estilo, lenguaje, conceptos, búsquedas y oportunidades de los miembros del equipo presidencial.

Es por ello que algunos sectores (como el empresariado mexicano, las asociaciones religiosas y diversos sectores educativos) han sido muy claros con el presidente electo: ¿Cuál es la verdadera agenda que esperamos? ¿Es la planteada por sus secretarios, la que impulsan los grupos mayoritarios de la sociedad civil o la que usted ha prometido en campaña? Así, los empresarios y megaconcesionarios de proyectos de infraestructura han sido tajantes en su cuestionamiento: ¿En verdad vamos a esperar a que una consulta popular defina las inversiones más importantes del país? Los obispos y líderes religiosos han hecho lo propio: ¿En verdad estos temas antropológicos serán consultados libremente o ya hay compromisos para adoptar agendas polarizantes? Y, finalmente, el sector educativo: ¿Qué podemos esperar: adecuación, derogación o cancelación a la reforma laboral-educativa?

Sin embargo, el abanico no es tan amplio como parece: hay una agenda y un estilo.

Se sabe que, por lo menos a los obispos católicos de México –durante su visita a Monterrey-, el presidente electo les ha manifestado una certeza: la agenda es una, no importa lo que en lo personal opine ni la próxima secretaria de gobernación, ni los intereses que existan entorno a temas de las fronteras de la bioética social. Además, les adelantó que para la designación del próximo titular de la Dirección de Asociaciones Religiosas (ahora bajo la subsecretaría de Participación Ciudadana de Diana Álvarez Maury) no hay compromiso político con el Partido Encuentro Social para que un evangélico presida la oficina. Los obispos aseguran no buscar favoritismo sino neutralidad en esa oficina que es el puente natural entre las diversas asociaciones religiosas y el gobierno federal.

No obstante, con el resto de los sectores, Andrés Manuel ha sido más ambiguo. Quizá porque aquellos temas son más delicados y le interesa ver quienes al final muestran los dientes en el engranaje de lo que llamó ‘la mafia del poder’. Por ello, el presidente electo insiste: hay sólo una agenda, la suya; y un estilo: perdón pero no olvido. Y en esa agenda –a veces demasiado abierta a la opinión popular-, Andrés Manuel no olvidará a quienes operaron en contra suya; los perdonará, sí, pero no van a dejar de estar en el rabillo de su mirada.

@monroyfelipe

Lujitos institucionalizados

El uso de recursos públicos (o corporativos) para satisfacciones o ‘lujitos’ personales es completamente reprobable. Es una de las acciones que más destruye la confianza en instituciones por obra directa de los individuos. Y es, al mismo tiempo, muy fácil para las personas creer que merecen esos ‘pellizcos’ que le dan al erario cuando tienen oportunidad.

Lo que recientemente se hizo público con el caso de la senadora que a todas luces ha utilizado su posición para hacer gastos personales con carga al presupuesto de la Cámara Alta es, sin ser complacientes ni minimizando la gravedad de los hechos, una práctica generalizada en todos los sectores de la administración pública e incluso de no pocas organizaciones privadas, aunque estas últimas exigen una reflexión de otra naturaleza.

Algunos de estos actos son en extremo evidentes como comprar con recursos públicos artículos de uso personal; pero se vuelven más sutiles cuando se trata de pagar ciertos servicios cuya necesidad es debatible costear con dinero público o con los emolumentos personales: gastos de representación (alimentos, traslados y hospedajes), servicios de imagen personal (peluquero, maquillista, asesores de imagen), choferes y seguridad privada, consumo ilimitado de gasolina y peajes, servicios de salud y bienestar (nutriólogos, entrenadores, masajistas), formación y educación (capacitaciones, diplomados, entrenamientos, etcétera).

Por supuesto, mucha gente no quiere comparar lo que “roban los políticos” con lo que “toma la sociedad”. Pero pongamos el ejemplo de las conchas sin azúcar, muebles y artículos personales que la senadora cargó al gasto público frente a lo que muchos ciudadanos hicieron al registrar sus automóviles (muchos de lujo) en el estado de Morelos para no pagar tenencia y evitar fotomultas. ¿Cuál actitud provoca una mayor pérdida a los recursos públicos? ¿Cuál es más sancionable moral y públicamente? ¿Qué consecuencias penales puede tener el primero y cuáles el segundo? Y finalmente, ¿cuál estaría dispuesto a hacer usted, querido lector, si tuviera la oportunidad?

Por supuesto, es muy probable que afirme que la primera acción (ser funcionario y aprovechar la posición para cargar al gasto público satisfactores personales) es más grave porque pone todas las alarmas sobre esa persona en el ejercicio honesto y desinteresado de sus responsabilidades: ¿No acaso un funcionario que gasta sin pudor los recursos de la nación puede también pedir una tajada por negocios, licitaciones o adjudicaciones directas? ¿No acaso un servidor público que no se ruboriza al pellizcar la partida presupuestal puede también crear enormes boquetes financieros en deuda o engañosos proyectos de infraestructura con material de cuarta que terminan en socavones mortales? Y ni siquiera estamos hablando de la prepotencia, la impunidad, el fuero o el tráfico de influencias que también podrían considerarse lujitos institucionales.

Pero los ciudadanos de a pie también pecamos del mismo mal: desde la simulación o evasión en el pago de impuestos hasta la innoble recepción de bienes o beneficios económicos a cambio de la venta de la conciencia o del voto. En general no se critica esta actitud, todo lo contrario: se aplaude a aquel individuo que descubre oportunidades de ganancia ocultas para la mayoría de las personas, aún cuando esas oportunidades lindan en la frontera de lo legal, lo legítimo o lo moralmente correcto.

Aceptar un bien que se obtiene de una manera injusta habla de una cultura del agandalle que hace mucho mal a las sociedades donde se le da carta de naturalización. Y hay que reconocer con vergüenza que México ha adoptado este estilo cuya imagen más cruda es la del pernicioso victimismo pegado a la ubre del presupuesto o del grosero acaparamiento de ventajas inmorales, pero perfectamente legales.

@monroyfelipe

#Debate2018 Ganó el formato, faltaron aportaciones de fondo

asd.JPGConcluido el primero de tres debates entre los candidatos a la Presidencia de la República, los cinco candidatos –como ya lo habían trabajado en sus equipos de campaña- se declararon ganadores de su trinchera y pusieron en marcha sus tácticas para posicionarse en los espacios noticiosos de la semana. Sin embargo, como nunca antes, las estrategias en las redes sociales presidieron el análisis de lo acontecido en tiempo real y con miles de matices de opinión. Lo que quedó fuera, no obstante, fue la oportunidad de abordar los temas de fondo, que sí los hubo, pero palidecieron bajo las tácticas de imagen y campaña.

Los esfuerzos del Instituto Nacional Electoral para trabajar con las empresas controladoras de las principales redes sociales del mundo y que éstas operaran a favor de lograr audiencias y conversación fueron notorios, pero inquieta mirar los resultados: un inmenso volumen de participantes, pero igualmente inmensa la basura que allí se produce. Eso, sin contar aquello que los vendedores de fantasías llaman “estrategias de redes” pero que no son sino la compra burda de tecleadores obsesivos.

Las redes sociales rompieron el monopolio de opinión de los medios de comunicación tradicionales de noticiarios. Nueve de las diez tendencias masivas en Twitter en México hablaban sobre el debate; además, la utilización de diversos hashtags del INE para generar y concentrar la conversación que produjeron cientos de miles de usuarios facilitó dar seguimiento no sólo a las intervenciones de la sociedad sino a los usos que los equipos de campaña de los candidatos están dando a estas herramientas. Por supuesto, Facebook y Whatsapp también fueron receptáculos inmensos donde creció la exposición de lo acontecido en el debate pero hay datos muy preocupantes sobre este enorme esfuerzo: sólo uno de los diez principales influencers en México decidió participar y colaborar en la conversación sobre el debate presidencial; el resto, para mantener su autenticidad y lo que sus audiencias les piden, decidieron no intervenir, ni voluntariamente ni por medio de intereses económicos que les sugirieron tuitear a favor de ciertos candidatos a cambio de un atractivo bono económico.

Esto quedó reflejado involuntariamente en una encuesta realizada por la empresa Pauta: tras el debate realizó mil 196 llamadas telefónicas a hogares mexicanos, sólo 27% de los encuestados había seguido el ejercicio democrático. Es decir, aún permanece un gran volumen de indiferencia social ante estos temas políticos. Y, cuando los hay, la banalización o la burla antecede a la reflexión desapasionada. En la encuesta de un destacado informativo de Jalisco, más de la mitad de sus audiencias confirmó que lo más importante del debate fueron los ‘memes’ y los ataques. Así que, al igual que otras redacciones de noticias, se colocaron en portada principal dos notas: Los memes de los candidatos y un contador de ataques durante el debate.

Ya se esperaba, los ataques se centraron en el candidato puntero y los analistas coinciden en que esta circunstancia redujo las posibilidades de que los participantes expusieran temas concretos y exploraran respuestas a los temas que se les presentaron en este primer debate. Según el contador de ataques emitidos y recibidos: Anaya hizo 17 ataques y recibió 14; Zavala atacó 14 veces y recibió sólo una crítica; Rodríguez no recibió ninguna embestida pero hizo 15; Meade arremetió en 17 ocasiones y recibió 7 agresiones; y, finalmente, López Obrador, atacó dos veces y recibió 43 señalamientos de sus opositores.

En el balance de los analistas políticos y de imagen pública hay cierta coincidencia en que el candidato Ricardo Anaya, fue el que realizó un mejor desempeño en la técnica; que José Antonio Meade, desaprovechó la oportunidad de salir del tercer lugar en la intención de votos; que Andrés Manuel López Obrador, aportó muy poco en el ejercicio y soportó con estoicismo las acérrimas críticas de sus oponentes; que Margarita Zavala, se esforzó demasiado en el tono y en la emoción pero no en el fondo de las ideas; y que Jaime Rodríguez, destacó por las insensateces vertidas y la disruptiva actitud.

Con todo, más allá de la imagen y desenvoltura de los aspirantes, finalmente los temas de fondo sí aparecieron en estos ejercicios democráticos, aunque con tibieza y abordados sin claridad. Quedan para posteriores reflexiones y diálogos: La elección de un fiscal independiente para combatir la corrupción en el gobierno, la exploración de una reforma legislativa para revocar el mandato presidencial, el diálogo por una estrategia de seguridad eficiente y la gobernabilidad en medio de una crisis de Estado.

En conclusión, ganó el formato del debate y será un error dar marcha atrás en ello. Eso obliga a los aspirantes a mejorar sus técnicas y sus argumentos, a ordenar sus ideas y plantearse una imagen que converja con sus planteamientos y a aprovechar su tiempo porque es el tiempo que los ciudadanos (los pocos interesados) les están dando. El terreno está asentado y la audiencia interesada está deseosa de participar, esperemos que –ahora sí- haya más propuestas para hacer coincidir esos dos espacios.

@monroyfelipe

De ‘alianzas aberrantes’ y narrativa moral electoral

La conformación de las extravagantes amalgamas electorales rumbo al 2018 han despertado la somnolienta moralidad de periodistas y analistas políticos. Como quizá nunca, hoy se cuestiona a los partidos políticos y sus precandidatos sobre sus doctrinas y posicionamientos morales frente a las de sus nuevos compañeros de fórmula aliancista.

No sólo han reclamado al PAN la traición de sus principios -a los que consideran casi religiosos- con la alianza con Movimiento Ciudadano y PRD; también critican que la ideología “evangélica” del PES es irreconciliable con la moralidad jacobina y marxista del PT. Aún más, las ya clásicas críticas al líder de Morena han cambiado del carril del ‘peligro de facto’ a la autopista de la ‘locura inmoral’; y al candidato del PRI le cuestionan que sea el PRI el partido que lo arrope y posicione, como si él fuera mucho mejor persona que todos los priistas juntos.

Es como si quisieran mostrar a sus audiencias que periodistas y analistas conocen más a los partidos y a los políticos que lo que estos dicen de sí mismos. Toman la actitud de un padre que siente placer al decirle a su propio hijo que lo que hace es incorrecto. Olvidan que en la política -la descarnada búsqueda del poder- las razones pragmáticas anteceden a las ideológicas.

Entonces, ¿por qué hemos escuchado en estos días más análisis sobre el mundo de la moral que del campo de la política? ¿Por qué se enfocan en las diferencias que han declarado los políticos ante los medios y no en lo que realmente se configura en estos nuevos armatostes políticos de operación? Los politólogos hablan de congruencia ideológica en dirigentes partidistas cuando la única congruencia que vale en la política es perseguir, conseguir y administrar el poder.

Ya lo dijo con absoluto desparpajo el tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson: “Comercio con todas las naciones, alianza con ninguna. Ese debería ser nuestro lema”.

¿En realidad importa si hay convergencia ideológica o no entre los partidos que van juntos para el 2018? Y sí, a todas luces es claro que no ¿qué sí debería interesarnos de estos amarres partidistas?

Las amalgamas -lejos de ser verdaderas alianzas- tienen como objetivo remediar una carencia que partidos y movimientos políticos notaron en las últimas elecciones: la construcción de estructuras operativas funcionales que definan en cada una de las etapas electorales lo que esperan los partidos.

Ningún partido en solitario tiene la capacidad operativa para vencer la estructura promotora, coercitiva y defensora del voto corporativo que recibe apoyo desde el gobierno independientemente del color que tenga. Los procesos, la jornada electoral y la disputa en tribunales de las elecciones en este año dejaron en claro este punto.

Aceptar o no, confiar o no en la narrativa moral que los medios plantean sobre los precandidatos y las plataformas de los partidos corresponde únicamente a los ciudadanos; no sólo para la emisión de su voto y el descanso de su moral obedeciendo a historias sobre quién es “más honesto”, “más congruente” o “más independiente” sino porque la moral ciudadana no puede preocuparse por las presuntas “doctrinales” partidistas, debe preocuparse de las luchas de las familias en medio de las injusticias, de la búsqueda de la dignidad ante las opresiones económicas y la garantía de la seguridad mínima de su existencia.

En síntesis: es sintomático que los medios se preocupen más de la moral de los políticos que de la moral de la ciudadanía, obliga a pensar que el último personaje en relevancia para el concierto democrático es el ciudadano.

@monroyfelipe

Lecciones de periodismo para mundos confrontados

journalism.jpgEs triste, pero es un deber ético reconocer que hablar de religión provoca muchas tensiones y muy profundas discordias. Y no solo sucede cuando se confrontan las posturas de creyentes y no creyentes, sino entre creencias divergentes, dentro de las mismas convicciones y hasta en el corazón de una misma institución religiosa.

Ser testigo de tan sutiles conflictos y traductor para la sociedad de la relevancia que tienen dichas dinámicas para dar lecturas a destinatarios tan íntimos como la fe de una persona o tan públicos como la manifestación social de sus credos, no es un trabajo simple. Pero si esa difícil responsabilidad debe caer en alguien, más vale que sea en las de un periodista; y no de cualquiera, sino de un profesional capaz de amar la verdad aunque ésta siempre le sea esquiva.

El oficio exige compromisos que parecen mínimos, pero que se tornan enormes frente a ciertas circunstancias. En la Declaración Final del Primer Encuentro Internacional de Periodistas de Información Religiosa, realizado esta semana en Madrid, los amanuenses de la información que abordan los perfiles religiosos de este mundo coinciden en que el periodista debe “amar la verdad, vivir con profesionalidad y respetar la dignidad humana”.

Insisto, parece poca cosa, pero son muchas las tentaciones que orillan al periodista a simular el noble oficio y complacer así a formalismos vanos, instituciones pasajeras, personajes mortales o condescendencias cómodas. A veces, el periodista que ha perdido la brújula se convence de su superioridad y la defiende a ultranza.

Por eso llama mucho la atención que en su Declaración, el cuerpo de periodistas de información religiosa haya retomado las palabras que el papa Francisco dejó en su encíclica Laudato si’: “Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco”.

Como decía al inicio, hablar de religión provoca muchas discordias pero resulta esperanzador que los diferentes liderazgos internacionales en materia de periodismo religioso aceptemos que hemos tenido, en buena medida, parte de la responsabilidad para que esos aparentes abismos que existen entre partidarios de posturas contrarias sólo se ahonden y se enardezcan más.

Y creo que si los profesionales de la información religiosa (nicho despreciado en casi todas las naciones) pueden hallar vías para reencontrase con el verdadero servicio social que conlleva el oficio periodístico aún en esos temas de tal gravedad humana; los colegas del resto de tópicos informativos también pueden alzar la mirada y reencontrar en el oficio las claves del servicio que la ciudadanía requiere de ellos. A esto se comprometen este puñado de servidores de la información religiosa en un momento en que el propio pontífice máximo de la Iglesia católica es confrontado desde las almenas de altas catedrales y no debe ser minimizado ni instrumentalizado.

Que los periodistas evitemos ser utilizados como instrumentos ideológicos o políticos; que la búsqueda de la verdad la hagamos desde la honestidad, la transparencia, el rigor y la imparcialidad. Que nuestro trabajo busque siempre –denunciando y proponiendo- la igualdad, la justicia, la solidaridad, la libertad, la paz y el cuidado del ambiente. Que nuestra mediación favorezca el encuentro, la escucha, el diálogo, la sinergia y confrontación de ideas.

¿O no cree, querido lector, que usted merezca esto, cuando menos estos principios éticos y morales de los medios de comunicación que consulta –o que lo invaden en sus redes sociales-, y que hoy le presentan a terribles personajes políticos como los nuevos e inmaculados paladines de la democracia?

@monroyfelipe