realidad

Blade Runner 2049: Esencia de la distopia

blade_runner_2049Más allá del momento nostálgico ochentero en el que Hollywood se encuentra sumido -y al que nos arrastra desde ya hace más de un lustro-, Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017) no cede a la tentación de agradar fácilmente a ese público que le fascina conectar sus emociones juveniles con la pantalla. A semejanza de su filme predecesor de Ridley Scott, esta segunda entrega, treinta y cinco años después, no simplifica la narrativa para ganar espectadores; por el contrario, insiste en grandes arcos narrativos donde oculta la sutileza del argumento: ¿Se pueden definir las fronteras del alma frente a la realidad?

Aunque sin la identidad sonora ejecutada en los ochenta por Vangelis y que hizo icónica la incómoda vida distópica de aquella visión de Los Ángeles del 2019, Denis Villeneuve logra el ambiente visual correcto para seguir construyendo en la historia esas preguntas emocionales que se hacen sus personajes: ¿Qué nos hace humanos, verdaderamente humanos? ¿Son nuestros sueños o nuestras memorias? ¿Nuestro dolor o el sacrificio voluntario que hacemos por nuestros semejantes? ¿Qué significa tener un propósito y qué fragmento de nuestro ser perdemos si no lo tenemos?

En la secuela de esta historia basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, el agente K. (Ryan Gosling) es un androide mejorado –y obediente- de la singular estirpe Nexus; su trabajo como blade-runner es cazar a los androides rebeldes de su propia casta y ‘retirarlos’ dándoles muerte. Pero un fortuito encuentro con Sapper Morton (Dave Bautista), un singular Nexus-8 que envejece custodiando un terrible secreto, detona la búsqueda de furtivas respuestas sobre la piel de un mundo que ha perdió tanto su memoria como su humanidad.

En su viaje al descubrimiento de su propia especie, K. se vuelve la conciencia más real y sufriente sobre una costra social ficticia y simulada, poblada de espejismos sensoriales como lo demuestra la presuntuosamente fértil arquitectura de las instalaciones del nuevo titán empresarial Niander Wallace (Jared Leto), quien paradójicamente busca lo que su estilo de vida desecha en los tiraderos de un postapocalíptico San Diego.

La búsqueda de K. le lleva hasta Rick Deckard (Harrison Ford), el blade-runner quimérico, quien podría tener la respuesta al porqué la última generación del androide Nexus es capaz de hablar de milagros sin ruborizarse y porqué Wallace -el nuevo remedo de Dios que intenta crear los más perfectos androides humanizados- sigue sin poder alcanzar al ‘unicornio’ de la creación.

Ha sido un acierto la dirección de Villeneuve (The Arraival, 2016) que ya había confirmado su donaire cinematográfico al crear ambientes complejos de una ciencia-ficción dolorosamente cercana e inquietantemente etérea.  Villeneuve, junto a los guionistas Hampton Fancher y Michael Green, y la fotografía de Roger Dakins, hace un gran homenaje al poema de W.B Yeats que Philip K. Dick usa de epígrafe al comienzo de su famosa novela: “No adores hazañas polvorientas / ni quieras –pues esto es cierto también– / ansiar intensamente la verdad, / no sea que tus afanes alimenten / sueños y sueños: la verdad no existe / sino en tu propio corazón. No busques /el vano conocer de esos ilusos / que con sus cristales ópticos siguen / las sendas rotatorias de los astros”.

Blade Runner 2049 es una gran estampa distópica, refleja su esencia como el final oscuro de la esperanza. La distopia es precisamente lo que se percibe en la piel del poema de Yeats y la novela de Dick: el renunciar a la búsqueda de la verdad, poner fronteras al alma para participar de una realidad adormilada, creer que no hay sorpresas bajo las leyes absolutas, creer que se acabaron los milagros ahí donde sobreabundó el conocimiento. Pero Villeneuve, al igual que en The arrival, desliza la posibilidad de vivir en gozosa y plena satisfacción, de comprender la verdad a pesar del conocimiento o de la dolorosa fatalidad.

@monroyfelipe

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La verdad oculta: consecuencias de la verdad

film2016En cartelera para este primer mes del 2016 se encuentran al menos tres películas que abordan crudamente el tema de la verdad; todas grabadas y producidas en 2015.  La Chica Danesa (Danish Girl), que relata la vida del pintor danés Einar Wegener quien en 1912 comienza a asumir su condición de mujer como Lili Elbe hasta someterse a riesgosas y experimentales cirugías que finalmente la conducen a la muerte. Elbe es reconocida como una de las primeras transgénero femeninas de la historia quien además de asumir cambios superficiales y físicos consiguió que la ley le reconociera en su nuevo nombre su identidad femenina. Asumir la verdad que Lili sentía en su persona le hizo renunciar a todo lo que implicaba ser Einar, incluso pintar, que era una de las pasiones de su personalidad masculina dejada atrás. En el papel de Elbe, el actor Eddie Redmayne (ganador del Óscar al mejor actor por La Teoría del Todo) trabaja más los matices del conflicto emocional que el del orgullo a la irreversible decisión.

En Primera Plana (Spotlight) recrea los acontecimientos en Boston durante la divulgación de los crímenes de abuso sexual contra menores perpetrados por ministros religiosos. A través de un grupo de periodistas de  The Boston Globe se realiza la investigación sobre una perniciosa complicidad entre autoridades de la Iglesia y las entrañas del sistema judicial para que los ministros queden impunes y las víctimas silenciadas.  La búsqueda de la verdad, sin embargo, no es un camino en línea recta y, si es honesta, dicha búsqueda no tiene como objetivo una meta, sino un servicio. Los riesgos de seguir las migajas de la verdad histórica no sólo se encuentran en quienes se oponen a la investigación sino a la complejidad de la realidad y de la naturaleza humana.

Finalmente, La Verdad Oculta (Concussion) cuenta el improbable suceso forense que es capaz de vulnerar toda la industria cultural del futbol americano. El médico nigeriano Bennet Omalu (con un Will Smith ligeramente sobreactuado) es un forense de Pittsburgh cuyos estudios sobre Encefalopatía Traumática Crónica revelan que los consecutivos y aparentemente inofensivos choques craneales (como los que invariablemente realizan los jugadores de futbol americano) desarrollan una serie de afecciones mentales graves a largo plazo, irreversibles y mortales. Sus investigaciones no sólo incomodan a los inversionistas del deporte favorito de los Estados Unidos sino que el conocimiento de la verdad y su necesaria divulgación tiene implicaciones más allá de las comerciales o políticas, afecta la alegría de las personas y algunas eligen no reconocer la verdad para, literalmente, seguir jugando.

Estos tres filmes están basados en sucesos reales y personajes verídicos; todos hablan sobre la verdad como la consecución lógica de lo que sentimos, creemos y conocemos. Pero la verdad no es una pieza de rompecabezas que ajusta perfectamente en un espacio vacío; la verdad puede ser esa ausencia, ilógica e irracional, pero absolutamente necesaria. Quien busca honestamente la verdad está dispuesto a sentirse sorprendido, cuestionado y vulnerado en sus más profundas creencias; está dispuesto a padecer la burla, la persecución y la amenaza de quienes creen ya haber alcanzado la verdad; y, finalmente, quien busca la verdad, está consciente de que aun cuando la necesiten, muchos optarán por no mirarla aunque por ello pierdan la vida.

Resulta interesante que estas tres películas coincidan en cartelera y que, a pesar de haber sido concluidas en la segunda mitad del 2015, sean exhibidas en México en el inicio el 2016. Parecen pedir a gritos que las audiencias reconozcan lo dramática y emotiva que puede ser la realidad, pero vivimos en la surrealidad total y nos hace falta más inverosimilitud para que creamos que algo es verdad. @monroyfelipe

¿Vivir la fe en un espacio virtual?

0b56a071-da21-44f7-8e41-6a589fb25dd1-460x276Imaginemos un mundo paralelo, virtual. Un universo en el que podemos crear, en donde podemos incluso hacernos a nosotros mismos, a nuestra semejanza o no. En este mundo virtual es posible romper las reglas de la física, de la lógica, de lo natural; vaya, podemos hacer las leyes que deseamos que los demás sigan, leyes adoptadas por los otros por miedo o por conciencia. En esta virtualidad incentivaríamos con promesas las acciones de los otros; forjadas las camarillas las pondríamos a crear o destruir imperios a voluntad. Seríamos como dioses.

Eso pasó durante el boom del fenómeno ‘Second Life’ en los ordenadores de muchos cibernautas de la década pasada y, por supuesto, se llegó a afirmar que los avatares (esas simulaciones en código binario de nuestra persona) eran una descarga emocional de lo que querríamos hacer si no tuviéramos restricciones sociales, culturales, legales o religiosas. Por supuesto, en varios espacios de este universo paralelo abundaban los excesos y la expresión de los deseos más reprimidos.

Pero algo pasó. Un avatar comenzó a rezar. Un pastor virtual edificó una catedral para guiar la oración de los fieles. Judíos, budistas, hindúes también forjaron los espacios para vivir su fe real en el espacio virtual por el que estaban de paso. Un musulmán de carne y hueso daba clic a la acción “rezar” de su propio avatar en la tierra virtual mientras él mismo hacía las oraciones prescritas por el Corán. Sobre estas islas virtuales se codificaba la conciencia trascendente. Todo esto parecería confirmar que algunos hombres buscan a Dios, incluso cuando tienen la posibilidad de ponerse en su lugar.

Hoy ‘Second Life’ está renovando su dimensión. La empresa programadora Lidnen Lab ya ha anunciado que relanzará con Facebook y sus prometidos Oculus Rift las nuevas configuraciones de este mundo virtual, más apropiadas a las tecnologías en boga y las actitudes de interfaz que los usuarios ya han adoptado. La reprogramación de dicho juego es un tema apasionante no solo por los comandos e instrucciones lógicas que requiere la nueva plataforma sino porque hay gente que ‘ha vivido’ allá por más de diez años. Hay usuarios cuyos avatares han edificado estructuras bellas e imposibles, quienes han hecho pequeñas fortunas por su esfuerzo y habilidad en ‘Second Life’, personas que han conocido sentimientos humanos difíciles de vivir en la realidad. 

Nuevamente los dioses programadores retan a los hombres de carne y hueso a preguntarse si podrán dominar ese nuevo universo que se presenta seductor, quizá la vida virtual que ya experimentamos en nuestra vida cotidiana no les es suficiente y trasladarnos allá es el tributo que exigen para que su mundo exista. Si esto último fuera cierto: ¿cómo hacemos patente nuestra humanidad, nuestra espiritualidad y convicción ética o religiosa sobre la gran carretera de la información, en medio de esta red global, presente en esta segunda vida?

El temor de los días

flower_in_desertParece haber llegado el día que siempre temimos, aquel en el que no hay más autores en los diarios ni en las revistas. Nosotros, los que quedamos, apenas juntamos algunas frases para intercalar entre las imágenes, videos y metatextos que lanzan a las audiencias a un viaje al espacio exterior, sin arnés ni carta astronómica; mientras, en el siglo de enfrente, con frecuencia hallamos que las noticias parecen calcas de otras noticias y ni siquiera de noticias de otro día sino del mismo día: comienzan igual, continúan igual y llegan al mismo lugar, como si cualquier cosa fuera vivir.

Por alguna razón hoy siento falta de esos periodistas de larga prosa y creativa lírica que comenzaron a vivir como escritores, artífices de ficciones tan sublimes cuyos argumentos podrían salir sin problema en las ocho columnas del diario de mañana; también faltan esos otros peritos amantes de las letras que para sobrevivir y hacerse famosos no les quedó de otra que hacerle al picateclas informativo y dejaron, sutiles, fuentes fértiles donde mana el arte entre la miseria.

No sé bien qué sucede en estos aires que los maestros en el oficio se nos mueren como inalterable secuencia de fichas de dominó. No nos habíamos recuperado de José Emilio, ni de Fuentes; y por supuesto están aún las ausencias de Monsiváis, Montemayor y Granados Chapa. También tenemos que aguantarnos las partidas de Gabo, Mutis, Marré, José María Pérez-Gay y Carballo. Esta década nos está obligando a la triste costumbre de ir a funerales y a homenajes post-mortem; y es que, a veces, la muerte irrumpe con tanta cadencia seductora que se nos olvida cómo comportarnos ante un nacimiento o una boda. “Pobres, lo que les espera”, he llegado a escuchar en alguno de estos últimos. Aunque tampoco es tan grave, decimos todo esto mientras intentamos colocarnos en la fila.

Javier Marías suele decir que el hombre contemporáneo recibe sin tregua la razón de su pesimismo: desastres incesantes, desgracias encadenadas, terror en sesión continua, y que por lo mismo se le puede disculpar cierta insensibilidad, el desánimo, la falta de entusiasmo. Basta mirar la edición de nuestro diario predilecto de hoy para asentir cómplices.

Hay tanto tedio en este periodismo que incluso hay ‘informativos’ que disfrazan al hecho, lo tuercen a propósito y a conciencia, y nos advierten que sus noticias son remedos de nuestra realidad; ‘parodias’, dicen, pero en el fondo son el fiel retrato de un alma llena de hastío. Hasta dónde habrá llegado el aburrimiento que la realidad ya no asombra, nos distraemos inventando el matiz de nuestro entorno solo para reírnos de nuestro chiste o para anestesiar nuestra conciencia.

La verdad, que suele mostrar su piel desnuda y brillante, en ocasiones es obvia pero hallarla jamás es simple y portarla es como llevar el agua en el cuenco de las manos.  Encontrar en ella alguna historia para contar y compartir es como buscar una aguja en un pajar; pero allí donde algunos usarían un imán, otros encenderían un cerillo.

¿Puede dejar de sorprenderse el oficio que busca sorpresas del mundo? Parecería un sinsentido pero frente a esto nos sentamos día a día; ya sea el televisor, la radio, el internet o un medio impreso: informaciones trasferibles, anónimas, autógenas e inconexas. La dificultad de encontrar al autor, al instigador de miradas y reflexiones, aquel a quien Segura Munguía llama “el que hace crecer, brotar o surgir algo; el que aumenta la confianza, el fiador, garante y responsable” es –casi siempre- una búsqueda sin caminos.

El periodista y escritor Vicente Leñero, maestro en el oficio para varias generaciones, recoge esta voz en La voz adolorida que hoy debe hacernos temer por estos días pero también debe llenarnos de esperanza: “¿De qué está enferma… quiero saber de qué está enferma mi pobre mamá, encerrada para siempre sin ver la luz del sol, sin ver los charcos de agua que se forman en el patio de la casa de San Ángel después que ha llovido muy fuerte; sin ver los mastuerzos del jardín… sin ver la reja, sin ver la calle a la que sale por donde está la reja, y los árboles que hay afuera, y el viejo empedrado de la calle, de ciudad empedrada toda, y donde uno que otro coche pasa de repente y se va dando tumbos…”. Los nuevos autores, los que recojan el gran legado de tantos hombres y mujeres de palabra, los que nos hagan superar el temor de los días, deben preguntarse de qué está enferma esta sociedad y, al preguntárselo, han de mirar con certeza, el hermoso horizonte que hoy nos estamos perdiendo.

Operar entre tensiones bipolares

third-way-300x241Benjamin Franklin decía que cualquier cosa que comienza con odio termina en vergüenza, y eso coloca en retrospectiva mucha de la ignominia que se ha mostrado y difundido en los medios de comunicación en recientes fechas: todo parece estar puesto para confrontar bandos, partidos, posturas, creencias y razones. La presentación de los acontecimientos es un ping-pong interminable en el que se invita a permanecer en un lado, instigando al opuesto y devolviendo -en cada ocasión con más rabia- los argumentos de nuestra particular opción.

Los que nos dedicamos al periodismo y en general todos quienes participamos de la producción cultural sabemos que nuestras audiencias no nos eligen para confrontar su pensamiento, ni para abrirse a nuevas expresiones, nuevas ideas o diferentes estilos de nombrar a la realidad; quienes prefieren un medio en lugar de otro en el fondo esperan certeza, ratificación, reafirmación e identificación de un razonamiento aceptable que nos auxilie en el debate cotidiano en las mismas convicciones por las que nosotros mismos nos hemos persuadido por luchar.

Hasta aquí todo parece inalterable o fatídico; sin embargo, en el interior de esta actitud late el corazón de una pasión divisoria y la tentación de esperar el arribo del amor en lugar de salir a buscarlo. John Henry Newman ofrece un camino diferente: “Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. Las fronteras dibujadas entre el hombre y su misterio deben transitarse, no solo señalarse desde detrás del refugio.

En todo espacio público y privado parece que prevalece el conflicto, que hay posturas irreconciliables y que las consecuencias de la libertad parten de la confrontación. Nada más absurdo. Y, sin embargo, ya sea el tema de la familia, el matrimonio, la vida, la política, la justicia, la religión, la cultura, la economía y, evidentemente, el deporte, el odio y las pasiones de la camiseta suelen ser el centro de interés para la reflexión y la acción social.

Hay, sin embargo, una tercera vía, una opción conciliadora, la propuesta que logra hacer prevalecer la unidad frente al conflicto, donde el tiempo es mucho más grande que el espacio, para la cual la realidad es más importante que las ideas pues tiene intención de buscar que el todo sea mayor a la suma de las partes. Son cuatro estrategias que operan en medio de las tensiones bipolares, “cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común”, como manifiesta Francisco en Evangelii Gaudium.

“Tomemos las cosas como las encontramos, no intentemos distorsionarlas. No podemos crear hechos, todos nuestros deseos no pueden cambiarlos. Así debemos aprovecharlos”, prosigue Newman. Más que el rechazo de la realidad, las situaciones adversas al hombre requieren una aceptación creativa, propositiva y promotora de hermandad antes de que nos avergoncemos de nuestras acciones.