Roberto Fontanarrosa

Lecturas pamboleras

noticia-130222No voy a engañarlos, el futbol es el pretexto en las lecturas siguientes. Lo que realmente hay que saborear detrás de los trabajos de estos escritores en su aproximación a este fenómeno deportivo, no son los goles, las reglas ni las estadísticas del popular balompié, es reconocer ese poder irresistible de la pasión humana que se expresa en los márgenes del deporte más humilde y más tiránico que ha inventado hasta ahora la humanidad.

Escribir entorno al futbol es una de las actividades más ingratas y limitadas; no importa la belleza ni el equilibrio ni lo salvaje ni lo intrépido que pueda ser un texto sobre el futbol, el peor drible del más torpe de los jugadores en el más inapropiado de los momentos durante el más lánguido de los partidos puede ser más elocuente que todo un estilo narrativo o todo el esfuerzo del literato pambolero por provocar un ápice de emoción en sus lectores.

reda6

En Las llaves del reino, el escritor argentino y periodista deportivo, Eduardo Sacheri expresa: “Esté bien o mal, el fútbol para mí es, también, eso. Una llave que conduce a lugares más profundos. Más importantes. Probablemente yo sería un hombre más profundo, más digno, más cabal, si pudiese entrarle a los temas importantes de la vida y de la muerte sin mediaciones, sin rodeos y sin antecámaras. Aunque, si quiero ser benévolo conmigo mismo, puedo conformarme y agradecerle al fútbol actuar como una puerta, un territorio conocido, una zona feliz de mi vida en la que puedo sentirme en casa. Y una vez allí, en esa casa segura y conocida sí, abrir esas puertas necesarias donde habitan, a veces, el dolor y la tragedia”.

red4Es decir, el futbol como un vehículo que conduce a infinidad de experiencias o quizá a una sola, la necesaria.  Eduardo Galeano, en su extensa disección del balompié El futbol a sol y sombra, por ejemplo, reprocha a los críticos del futbol utilizar su esnobismo como vacuna de humanidad: “Como si hubiera gente señalada por el dedo de Dios, para decir cuáles son las alegrías permitidas y cuáles no”. El uruguayo es capaz de comparar al futbol con la divinidad y se coloca en el equipo de los piadosos: “Se parecen en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.

red3En Cerrado por futbol, el mismo Galeano utiliza ese vehículo para explorar los marcos oscuros de la humanidad y su historia gracias al girar de este terrible esférico. De las historias más estremecedoras, aquella de los famélicos obreros ucranianos contra la poderosa Alemania de la segunda guerra mundial. Los jugadores de Kiev se crecieron después de que fueran amenazados con ser fusilados si ganaban a los nazis. Un contundente 4-1 a favor de Ucrania y una veintena de cadáveres ante un barranco reflejan el temple y orgullo que sólo el futbol es capaz de dar.

“El futbol es sencillo, pero es muy difícil jugar sencillamente”. Johan Cruyff

redaNo podemos pasar de largo las obras pamboleras de Juan Villoro (Dios es redondo, Balón Dividido y Los once de la tribu). En Balón dividido Villoro intenta explicar las razones y pasiones de su propia historia personal al experimentar el fenómeno futbolero: desde la intimidad de la relación de los padres e hijos en el estadio hasta las dinámicas económicas de las estrellas del juego. Es filosofía pura su interpretación lúdica, política y humanista del futbol: “Disputar por una pelota es una peculiar forma de estar unidos”. En Los once de la tribu, sin embargo, Villoro vuelve a la erudición sobre el futbol: una mezcla de lo que han dicho los protagonistas de la historia respecto al humildísimo deporte de anécdotas tanto anodinas como definitorias de la cultura futbolera.

Finalmente, en Dios es redondo Villoro explora la extravagancia de las escenas más costumbristas emanadas de la fiebre futbolera: la filosofía del triunfo, el sacrificado canje del dolor por el trofeo, los héroes debilitados, el delirio de la fama, la diferencia entre un triunfo amargo y una derrota dulce, psicología pura del futbol nutrida con datos exactos del fenómeno: “El juego sucede dos veces, en la cancha y en la mente del público”.

Galeano y Villoro intentan darle sentido al futbol, a sus personajes, exploran el juego desde ideas académicas y brillantes. Pero hay otros dos tipos de aproximaciones literarias al deporte: la periodística y la exclusivamente lúdica.

red5En los grandes ensayos periodísticos se encuentra La guerra del futbol del genial Ryszard Kapuscinski; más contemporáneo El futbol y la guerra: entre balas y balones de Luis Felipe Silva Schurmann que logra recrear pasajes históricos que no habrían sido como los conocemos sin el aderezo del balompié.

Pero donde la literatura se hace igual de grave y patética que el futbol es en los relatos breves, la ficción lúdica que explora con más naturalidad por qué fascina el futbol. Están los cuentos futboleros de Roberto Fontanarrosa como en Memorias de un wing derecho donde el escritor habla de la pasión desde la pasión misma: “Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad. ¡Por favor!”

Fontanarrosa es conocido por su humor sencillo, lleno de ingenuidad y de sentimiento, en ¡Qué lástima Cattamarancio! el autor juega con la posibilidad de la destrucción global a la mitad de un partido de futbol que ni siquiera es tan emocionante. Fontanarrosa usa el lenguaje simplón, de lugares comunes, apasionadamente lerdo, el hombre de barro haciéndose de oro puro mientras relata su hazaña, la exageración, la tierna devoción eterna a la camiseta, a los colores y al himno incoherente del equipo.

reda2Sachieri, por el contrario, usa sus cuentos como una vitrina de vidas ordinarias: “escribo de futbol… tal vez porque me seduce y me emociona lo que hay de excepcional y de sublime en nuestras existencias ordinarias y anónimas. […] En esas vidas habita con frecuencia el futbol” dice en su nota introductoria a La vida que pensamos.

Sachieri, en sus cuentos, recompone al juego desde la confrontación personal, de los enemigos que no están en la cancha, de la imposibilidad ontológica de cambiar el bando, del tremendo peso que dejan las decisiones absolutas que sí importan en la vida como elegir un equipo o participar involuntaria pero dócilmente de ese fenómeno que es el futbol porque en el fondo se trata “de esos nudos de la historia que, para cuando uno nace, ya están anudados”.

@monroyfelipe

Anuncios

Moral, futbol y el estanque de la corrupción

3843143751_3bb0746192_bQuizá no le diga mucho el nombre de Amelia Bolaños. Pero, después de mirar el partido entre México y Panamá en la reciente Copa Oro y cuyo desenlace ha despertado un inverosímil debate moral, más vale que conozca su historia.

Amelia fue una joven salvadoreña que, cuando vio a su selección nacional de futbol caer 1-0 ante la escuadra de Honduras ese fatídico 8 de junio de 1969, tomó la pistola de su padre y se quitó la vida con un disparo al corazón.

Gracias a la crónica de Ryzard Kapuscinski en La Guerra del Futbol nos enteramos de este episodio que, como cualquier historia, tiene su antes y su después. En el contexto estaban los dos partidos que El Salvador y Honduras debían disputar para calificar al mundial de futbol a celebrarse en México 1970; también, en el marco del suicidio, estuvo la trágica noche antes del partido en Tegucigalpa, cuando los hinchas hondureños fastidiaron toda la noche al equipo salvadoreño que intentaba dormir en un hotel de la capital. Una intimidación brutal que se reflejó en el marcador. La muerte de Amelia fue una afrenta nacional que asumió toda la población y el gobierno. Para el partido de vuelta, en San Salvador, la respuesta fue la esperada: no solo la hinchada sino la población entera intimidó y agredió a los hondureños, y no solo al equipo sino a quienes habían ido a ver el partido. Un partido que terminó a favor del conjunto salvadoreño, que dejó un saldo de mucha sangre y un par de muertos.

“Menos mal que perdimos este partido”, alcanzó a decir el entrenador del equipo hondureño; aunque el daño ya estaba hecho. Salpimentadas las heridas abiertas que ya existían entre las naciones centroamericanas por disputas económicas, fronterizas y migratorias, esos partidos de futbol fueron el detonante de odio esperado para una guerra que vibraba en silencio.

En sí, la guerra duró poco, se realizó con el armamento más viejo del planeta y, como toda guerra, dejó su cuota de muertos y sus consecuencias sociales que se agravaron en los años subsecuentes (incluida la guerra civil salvadoreña de la que son mártires visibles el arzobispo Óscar Romero, el cura Rutilio Grande y los jesuitas de la Universidad Centroamericana).

Sin embargo, a pesar de la sangre, el balón siguió rodando. Para desempatar, las escuadras de El Salvador y Honduras disputaron otro juego, ahora en México. El Salvador ganó y, tras otro triunfo frente a Haití, pasó al Campeonato de Futbol solo para perder consecutivamente frente a la Unión Soviética, Bélgica y México. Fue el peor equipo del mundial con nuevo goles en contra y ninguno a favor.

Ni la sangre, ni la guerra detuvieron el negocio o el espectáculo porque que el show bussines marcha a otro ritmo. El ilustrador, cuentista y humorista Roberto Fontanarrosa plasmó fantásticamente en su cuento ¡Qué lástima Cattamarancio! esta ‘hilarante desgracia’. En el cuento, unos comentaristas de futbol narran un partido mientras se desata la madre de todas las guerras atómicas pero ni los comerciales ni los comentarios apasionados de los cronistas le dan importancia. Lo importante (¡lo verdaderamente importante!) era lo que sucedía en la cancha aunque el cielo se comenzara a poner verde de la radiación nuclear.

No quiero comparar superficialmente nada de esto a lo que sucedió en los partidos de México en esta Copa Oro; pero en lo profundo, creo que el problema no está solo en los penales inexistentes a favor que fulminaron a los contrincantes de la Concacaf sino en la actitud indolente ante un hondo drama social que padece el país, solo porque los patrocinadores y la pasión maniquea del balón mandan.

Hay quienes aseguran que no se les puede exigir tal altitud de miras o tal cualidad ética a las estrellas del balompié, que por lo que hacen cobran lo que cobran. Pero, si no es a ellos, ¿a quién sí se le pueden exigir mínimos éticos?

Quizá fue una exageración, pero la muerte de Amelia Bolaños fue la propaganda más convincente del gobierno salvadoreño para armar sus milicias e iniciar la invasión a Honduras; y es que la actitud de la cancha legitima la acción social en niveles insospechados.

Como se verifica en casi cada estudio, México está entre los países más corruptos del mundo y es el primero en percepción de corrupción de los países miembros de la OCDE. En síntesis: somos corruptos y, además, pensamos que el prójimo lo es. Lo que pasa en la cancha, entonces, es reflejo y reafirmación de una actitud de corrupción ampliamente asumida (cultural, afirmarían algunos) en la sociedad mexicana.

¿Por qué la palabra más repetida en las redes sociales y en el debate futbolístico sobre este encuentro fue ‘vergüenza’?  ¿Por qué los fanáticos del futbol llegaron a sugerir que los jugadores (el entrenador idealmente) asumieran un compromiso ético y audaz en contraste a la rapiña carroñera que siempre exige la competencia más apasionada que tiene el mundo? ¿Por qué a los maniáticos del balompié les ilusionó ver a su equipo lleno de dignidad y entereza moral, incluso si por ello eran derrotados? ¿Por qué hasta en el deporte más popular, envanecido y enajenante el ganar ‘bien o mal pero ganar’ llega a avergonzar?

Los futbolistas no están para dar clases de moral, es cierto, pero el aceptar un bien que se obtuvo de manera injusta y capitalizarlo burdamente solo por intereses egoístas no fue una clase, fue un espejo desnudo de nuestra vida cotidiana. ¿No acaso hubo gente que recogió pantallas gratuitas para los pobres en camionetas de lujo durante el ‘apagón analógico’? ¿No un gobernante y miembros de su gabinete ‘aprovecharon’ las facilidades crediticias de una empresa (a la que le daban contratos) para comprar sus casas particulares? ¿No es inmoral predicar paz y justicia mientras se reciben bienes o ventajas del líder que sojuzga y somete a los más débiles? ¿No es frecuente que las adjudicaciones y licitaciones van a parar a las manos de empresarios que sobornan a funcionarios públicos? ¿No los ciudadanos ofertaban ‘al mejor postor’ su voto y finalmente votaron por quienes prometieron ‘bajar recursos’ o, de plano, les dieron monederos electrónicos? ¿No tuvimos un presidente que ya asentado en el poder se jactaba de su triunfo (‘haiga sido como haiga sido’) en unas elecciones turbias e irregulares que polarizaron a todo el país?

El agandalle como estilo, como estanque de corrupción, es epítome del pernicioso victimismo pegado a la ubre del presupuesto y del grosero acaparamiento de ventajas inmorales pero perfectamente legales. El futbol refleja la superficie de ese estanque, lo hizo evidente y, como vimos, puede ser útil fuera de la cancha. Quizá aún no le diga mucho el nombre de Amelia Bolaños pero sí que le dice algo el nombre de Andrés Guardado. Imagine ahora al futbolista reconociendo lo negativo que resulta aprovecharse de un bien obtenido injustamente, imagine que cobra el penal con esas reflexiones en mente, imagine que chuta el balón hacia el banderín de tiro de esquina y luego, ante el pasmo de todos, abraza al portero.  Imagine que México pierde el partido y cuando el reportero le pregunta al jugador por qué no tiró a gol, el futbolista diga: “No habría sido justo aprovecharse”.  Hubiera sido bueno, algo que ya no se ve por estos lares; tan fantástico, que no lo hubiera imaginado ni Fontanarrosa. @monroyfelipe