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Ideas para un debate

Este domingo 22 de abril se realizará el primer debate presidencial del proceso electoral 2018, acuden cinco candidatos bajo un escenario que, si se simplificase al extremo, sería como sigue: el aspirante opositor va a la cabeza con varios puntos de ventaja en las encuestas; el abanderado del partido en el poder va en un lejano tercer lugar; el segundo lugar se sostiene sobre una explosiva amalgama artificial; y, al final de la carrera, dos candidatos sin partido que atacan al puntero más por ser como es que por alcanzarlo en el frente de las preferencias.

Por supuesto, la simplificación se hace caricatura y peca en objetividad. La construcción histórica de cada candidatura, la constitución real de cada estructura partidista, el panorama actual y futuro del país al que se aspira a gobernar y los acuerdos cupulares institucionales, políticos o económicos, hacen mucho más complejo el escenario en el que los ciudadanos deben valorar con criterio su apoyo a uno u otro aspirante. Pero bien dicen los mercadólogos de la política: el debate no es la oportunidad ciudadana para someter a los candidatos a escrutinio, es la oportunidad de los candidatos a sembrar ideas (reales o falsas) de su persona o de sus contrincantes.

Esos mismos mercadólogos afirman que el ganador del debate sube cuatro puntos en las encuestas de intención de voto popular y por eso preparan a los candidatos con técnicas y artilugios para salir victoriosos; sin embargo, en debates modernos ha habido candidatos que no acuden a estos ejercicios y de igual manera ganan elecciones (Theresa May del Reino Unido, por ejemplo) o debates donde son las reacciones del público presente las que ajustan los estilos o las temáticas de las propuestas políticas.

En México seguimos teniendo formatos muy rígidos, muy cómodos para los candidatos. De tal suerte que sigue siendo poco claro saber qué esperamos en realidad de estos ejercicios de comunicación política. ¿Qué se evalúa en un debate? ¿Las ideas? ¿La claridad con la que se exponen? ¿El temple y el carácter del candidato para recibir o sortear ataques? ¿El ingenio para hacerlos? Y finalmente, ¿quiénes hacen esas evaluaciones? ¿La audiencia como espectador entretenido o como ciudadanía receptiva? ¿O en el fondo es la opinocracia interesada la que califica bajo sospechosos o arbitrarios criterios?

¿Quiénes deben contrastar las palabras con la realidad? ¿Qué instancias verifican la viabilidad de las promesas? Pero, sobre todo, ¿cómo hacer para que la ciudadanía incida en la elección de los tópicos, de los formatos y de los candidatos sobre los que sí tiene interés escuchar?

Y es que en los debates se somete al crisol mucho más que las palabras y actitudes de los candidatos; se pone en evidencia el tipo de sociedad que somos y el nivel de la participación ciudadana que está convocada a pensar y reflexionar sus intenciones electorales.

Que los debates en México estén organizados para que cada candidato (independientemente de cómo haya llegado a la contienda o de sus posibilidades reales de ganar) pueda expeler cualquier agresión que le venga a la mente o prometer la fantasía más alucinante, refleja nuestro oscuro deseo de hablar sólo por tener el micrófono y la falta de sanciones sociales a la mentira. Pero, esa libertad, no explica esa falsa cortesía o protección a los políticos que no tienen posibilidad ni capacidad de soportar el juicio público cuando debaten. Que los moderadores de estos encuentros políticos en México sean periodistas no se compara con la presencia de público general en debates de Estados Unidos o el Reino Unido, ni con la preselección de candidatos a los que se les exige debatir sin ser distraídos por otros aspirantes que, aunque tengan legítimo derecho de contender, no representan plataformas de interés nacional ni debates sociales urgentes (como en Francia, por ejemplo).

La posibilidad para que -legítima, legal o paralegalmente- casi cualquier ciudadano mexicano pueda aspirar a puestos ejecutivos es parte de los avances y tropezones de la democracia; los debates también lo son. Ambos mecanismos son perfectibles y ambos siguen necesitando más participación popular.

@monroyfelipe

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Apertura, opción frente a las enfermedades de la Iglesia

15531644909_0d5ccd1528_o.jpgCuando el papa Francisco expuso su famosa frase: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”, algunos sectores eclesiales se lo tomaron con cautela. Como si escucharan sólo un buen eslogan, pero en el fondo continuaron mirando de los muros hacia adentro con temor por contaminarse del terrible ambiente externo. Sin embargo, esta semana, la prestigiada revista Nature publica una tesis que parece darle la razón a Bergoglio: cerrar las puertas y fronteras ante enfermedades o epidemias potenciales puede no ser la mejor idea para enfrentarlas.

El estudio “No cierren esas fronteras” del epidemiólogo Samuel V. Scarpino, profesor adjunto de Ciencias Marinas Ambientales y Física de la Northeastern University, revela los resultados de los modelos matemáticos de dispersión de enfermedades contagiosas realizados por el investigador español José Gómez-Gardeñes en el que la movilidad de los sujetos reduce la heterogeneidad en la distribución de la población que puede ser afectada potencialmente por una enfermedad. En otras palabras: la movilidad de los sujetos en un espacio vulnerado genera una menor probabilidad de que un brote se convierta en una dispersión epidémica incontrolable. El investigador de modelos predictivos de diseminación de enfermedades contagiosas del Emergent Epidemics Lab afirma además que el riesgo epidémico aumenta cuando el control de las poblaciones vulneradas es más rígido. Una tesis absolutamente contraintuitiva pero, hasta donde parece, científicamente correcta.

Dicho esto, el “accidentarse por salir” parece ser incluso menos riesgoso que permanecer encerrado en las certezas de control. Pero ¿será adecuada esta comparación de modelos matemáticos con el principio que el papa Francisco impulsa en la Iglesia? ¿Cuáles podrían ser los riesgos epidemiológicos que amenazan a la Iglesia católica? ¿Serán riesgos externos como la secularización o el clericalismo? ¿O internos como el conservadurismo, el relativismo o la falta de ortodoxia? ¿Serán las enfermedades diagnosticadas por Francisco en las Iglesias particulares como el alzheimer espiritual, la mundanidad, la rivalidad y vanagloria, la esquizofrenia existencial, la divinización del superior o la acumulación? ¿Será que esos males podrían propagarse o desarrollarse bajo el mismo modelo que lo hace un esparcimiento epidemiológico?

Tomemos, por ejemplo, uno solo de los desafíos externos que la Iglesia católica en México tiene en los próximos años: la disminución en la tasa de fieles. Según algunos investigadores, la tasa de católicos en México podría no superar el 70% de mexicanos en el próximo censo poblacional del 2020. Elio Masferrer Kan, sociólogo, refiere que apenas la mitad de los bebés nacidos en México se bautizan en la religión católica y cada vez un mayor porcentaje de parejas opta por no bautizar a sus hijos bajo ningún credo. ¿Cuál sería la opción viable para evitar la propagación de este fenómeno? ¿Defender con más control lo que idealmente debe suceder en las familias católicas y resguardarse con más ahínco de una realidad que se asoma incontenible? ¿O arriesgarse a salir colocando esas débiles fuerzas y profundos valores en las nuevas dinámicas sociales?

¿Y qué hay de las enfermedades espirituales y culturales que pueden estar diseminándose lenta y peligrosamente en las múltiples estructuras sociales? Si seguimos la lógica, una mayor defensa y claridad en las fronteras evitarían que los brotes de estos males pululen en la sociedad; sin embargo, el modelo revisado por Gómez-Gardeñes parece sugerir otra cosa: Más movilidad, más puentes y más contacto podrían evitar que un brote supere el umbral epidemiológico y la enfermedad se convierta en pandemia. En la sociedad y cultura contemporánea eso podría significar más diálogo, más contacto y más implicación para mantener la salud social.

La adecuación misma que ha trabajado la Iglesia desde la segunda mitad del siglo XX y el camino que emprende para mantener vigentes su mensaje y opción de vida en el siglo XXI pasan hoy por esta disyuntiva: guarecerse bajo los edificios que le dieron vigor y seguridad durante siglos o arriesgarse al accidente, peregrinando a los linderos de la humanidad para evitar que las verdaderas epidemias enfermen aún más el cuerpo de la Iglesia. No es una decisión sencilla y si algo ha provocado el pontificado de Francisco ha sido revelar a los que optan por la primera opción y quienes van por la segunda; y el tema no se reduce a grupos antibergoglianos o sectores pro-Francisco, la concreción de una de estas vías seguramente dará una personalidad a la Iglesia católica para el resto del siglo.

@monroyfelipe

¿Son peligrosas las sociedades secretas? ¿Cómo enfrentarlas?

masks“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”. Nadie en su buen juicio podría estar en contra de esta frase, pero ¿qué tal si la declarase el extravagante líder de una oscura organización de la que se sospechan actos secretos e inhumanos? ¿Por qué nuestra intuición comienza a lanzar luces rojas y se encienden las sirenas advirtiéndonos que aquella expresión es apenas la fachada cosmética de lo que realmente sucede en aquella asociación?

Las sociedades secretas son un fenómeno humano extensamente estudiado, más por morbo que por relevancia. Tal como lo apuntan los estudiosos del fenómeno, las sociedades secretas pueden ser secretas porque: a) La sociedad y sus fines son públicos pero sus miembros permanecen en el anonimato; b) La sociedad y sus miembros son públicos pero sus fines son reservados o disfrazados; o c) La misma sociedad es un hermético secreto.

En la segunda mitad del siglo XX, las sociedades secretas comenzaron a tomar un papel injustamente relevante en el escenario mundial. A estas organizaciones -independientemente del cariz ideológico o pseudoreligioso- se les adjudicaron los mayores éxitos y los peores desastres políticos y económicos. En realidad, todos los ‘códigos’ de sus arcanos y misterios que las sociedades secretas se autoimponen solamente han atraído con más fruición a periodistas, analistas políticos, cazadores de misterios y charlatanes. De tal suerte que, en la era de la información, hay más datos (reales y ficticios) de las sociedades secretas en internet que de cualquier otro tipo de organizaciones sociales de interés público.

Sólo el Centro por la Integridad Pública, equipo periodístico ganador del premio Pulitzer dos veces en esta década, ha publicado casi doscientas historias del 2014 a la fecha sobre grupos secretos que patrocinan campañas electorales en EU, motivan cambios legislativos, hacen componendas políticas para inversiones industriales y hasta costean exorbitantes multas a empresarios señalados por crímenes ambientales.

En realidad, tener ‘secretos’ no es un crimen ni una razón suficiente para desconfiar de alguna organización, empresa o institución. Algunos periodistas de investigación deben guardar en secrecía -incluso por varios meses- cierta información para poder construir una historia que revele con justicia y relevancia alguna denuncia o gran descubrimiento. Dice bien el sacerdote Julio de la Vega-Hazas -profundo estudioso de las sectas y grupos secretos- que los empresarios incluso la obligación de guardar secretos sobre sus negocios; los abogados, de sus clientes; y los médicos, de sus pacientes.

El verdadero problema con las ‘sociedades secretas’ son los códigos de conducta, los marcos morales sobre la dignidad de sus miembros y la ilusión pseudo-mesiánica con la que se auto perciben. Por ejemplo: El Grupo Bilderberg, cuyos miembros se dicen son expresidentes, premier-ministros, banqueros y familias de élite, afirma en sus principios: “Que nos acusen de estar luchando por un gobierno mundial es exagerado, pero no del todo injusto”. Sobre el Grupo Carlyle, que ha recibido inversiones de príncipes saudíes y de la familia Bin-Laden al tiempo de tener a George H. Bush entre sus consejeros, nunca prosperaron los cuestionamientos morales sobre su conflicto de interés tras los atentados de las torres gemelas en Nueva York y la guerra sobre Afganistán e Irak. También está “La Arboleda Bohemia” donde los titanes petroleros, ex mandatarios y secretarios de estado conviven tras un ritual donde se incinera teatralmente una monumental efigie de lechuza.

“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”, así explica el vocero de NXIVM el propósito de la organización que, según el reportaje del New York Times, somete a las mujeres a dietas de hambre, sojuzgamiento y hasta la hierra (marcación con metal al rojo vivo) mientras promueve cursos de capacitación, coaching y personal management.

Cuando estas organizaciones comienzan a hablar de la quimera del éxito supremo y proponen nuevos códigos de conducta de sus miembros, los cuales están muy lejos de respetar la dignidad y la vida de la persona humana, nos enfrentamos al oscuro rostro de las sociedades secretas. Cuando advertimos esto en nuestra sociedad, ¿cómo deberían atenderse o enfrentarse estas complejas realidades?

Por supuesto, lo primero es develar los actos ilegales, inmorales o perjudiciales que promueve o realiza la organización. El periodismo que denuncia desde las voces de las víctimas es un elemento muy importante para evitar que más gente caiga en estos grupos o que los patrocinadores descubran y comprendan también lo perverso que resulta apoyar a organizaciones de este estilo.

Sin embargo, hablar de ellas y descubrir sus ‘secretos’ en realidad no son la única forma de combatirlas o contrarrestar su ficticia importancia. Lo mejor es probar su inocente inutilidad y ello, por ejemplo, se palpa cuando las personas y sus comunidades se organizan en una abierta acción social y solidaria. Y aunque suene utópico, hay momentos muy concretos que comprueban lo contrario.

Por ejemplo, se vivió en México un episodio así tras los sismos del 7 y 19 de septiembre: la sociedad civil hizo su parte; la ciudadanía sin códigos ni secretos contribuyó al rescate y la reconstrucción; la sociedad organizada desde la libertad de asociación, sin ataduras rituales o pseudo-dogmáticas, construye ese bien común, se hace red de esfuerzo y buena voluntad en medio de las necesidades sociales. Sin secretos, ni ceremonias ni intereses ocultos, la ciudadanía en acción es la mejor herramienta para desempolvar a esos grupos enfermos de encierro.

@monroyfelipe

El invisible saldo negro del 2016

mexican-ghost-town_optSiempre es difícil hacer un balance noticioso del año que termina. Son muchos los acontecimientos que marcaron al país que merecen ser mencionados y, sin embargo, hay algunos que permanecen dolorosamente constantes en el registro de cada ciclo. Me refiero en específico a los asesinatos de periodistas y de ministros religiosos, cuyos sendos reportes puntuales ayudan a comprender el clima social que prevalece en México.

En el primer caso, el informe anual de Reporteros Sin Fronteras registró nueve periodistas asesinados en México durante el 2016, lo que terminó ubicando al país como “el más peligroso para la prensa de entre todas las naciones que no están en guerra”. Y, en el tema de los ministros religiosos, el Centro Católico Multimedial registró los asesinatos de tres sacerdotes católicos y dos intentos de secuestro frustrados. En el 2016, México refrendó su título de campeón en estas áreas, en una tendencia que desde hace una década parece no disminuir.

No sólo las muertes de estos dos tipos de servidores sociales causan preocupación; las condiciones en las que realizan su labor y su oficio ubican a México en un singular vecindario internacional de países en guerra, sumidos en conflictos geopolíticos y religiosos, naciones que sufren un abierto intervencionismo de potencias militares y económicas o cuyos niveles de corrupción e impunidad amenazan las funciones básicas de sus gobiernos.

México lleva ya varios años que se asentó en este peligroso vecindario mundial (junto a Siria, Afganistán, Irak, Yemen y Venezuela) y los asesinatos de periodistas y sacerdotes son sólo un reflejo de su código postal. Los casos de profesionales de la información y de ministros religiosos ultimados son un tema importante porque representan a dos de las estructuras intermedias de la sociedad cuyo servicio se traduce indefectiblemente en cultura, conocimiento, experiencia y costumbres de una población.

Las estructuras intermedias (como son los medios de comunicación y las iglesias) son precursoras y dinamizadoras de cultura. Son espacios y comunidades donde se ‘cultiva’ y se modula la convivencia, el diálogo y el servicio; son espacios que hacen lo que el ejercicio de poder institucional no puede. Porque allí donde las autoridades instruyen, ordenan, comandan o sancionan las acciones a cumplir por la gente; las organizaciones intermedias transmiten, interpretan, enseñan y discuten. Secuestrar y asesinar a los líderes o protagonistas de estas estructuras es romper uno de los más sensibles procesos de socialización, formación y coexistencia.

Con todo, los periodistas y los ministros silenciados no son el único sector intermedio en riesgo (quizá los más visibles) pero también lo están las escuelas y universidades, los negocios particulares y el pequeño empresariado, los servicios médicos y las organizaciones de la sociedad civil. De todos estos hay muy poca –si no nula- información sobre las situaciones de riesgo en que se encuentran.

Los casos de extorsiones, amenazas, secuestros, atentados y asesinatos de profesores, artesanos, comerciantes, doctores o defensores de derechos humanos son el saldo negro invisible de nuestro país. La intimidación contra estos articuladores de comunidad redunda en un silencio e inmovilidad social que abre espacio a los poderes fácticos, los cuales disputan áreas de influencia a las autoridades formales y propician desesperadas sobrerreacciones militares para intentar controlar lo ingobernable.

Esperemos que el 2017 no sólo se visibilicen los problemas que viven las estructuras intermedias de la sociedad mexicana sino que se reduzcan los riesgos en los que ofrecen sus dones y sus servicios porque es sólo a través de ellas como se hace palpable la idea de nación, la idea de un pueblo con un propósito y un ideario compartido. @monroyfelipe

El nombre de la Navidad

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Deborah Nell, 2014

Llega la Navidad con su buena carga de felices deseos, festividades de alegría y la natural pausa en la agitada cotidianidad de la vida. No hay quien escape de las ilusiones del mercado y del consumo; se cumple con mayor o menor devoción los rituales sociales o religiosos; y se perdona todo porque es tiempo para eludir —brevemente- el rostro del sufrimiento. Y, sin embargo, quizá como siempre para quien mira en la Navidad ese acto desgarrador en que Dios se hace hombre con el único propósito de amarlo en las fronteras de su tacto, su llanto y su risa, su presencia entre nosotros vuelve a estar tocada por el clamor de los que sufren, las innumerables víctimas, las voces de los pueblos que imploran justicia y paz o de quienes padecen la enfermedad o la barbarie. Es verdad que siempre habrá motivos para el llanto y el dolor, para la angustia y la soledad, para la rabia y el desahucio, pero la esperanza sucede en fragmentos inesperados de misericordia, solidaridad y humanización.

Es cierto que la esperanza no parece obvia en medio del terror, de gobiernos criminales o autoridades corrompidas, de la indiferencia de los poderosos o la criminalización de la sociedad, no es tampoco perceptible la esperanza en medio de la superioridad, el desprecio y la agresividad con la que se malconvive con el prójimo en nuestras ciudades. Pero, paradójicamente, es precisamente allí donde podemos encontrarla. La esperanza no es una entelequia; tiene un nombre depositado en las personas y en sus obras, en su realidad incontrovertible.

La esperanza marcha en el sendero de la historia de cada ser humano, y más entre aquellos a los que se les ha despojado todo y no son sino descartables para el estándar de valor de esta sociedad. El nombre de esa esperanza, para los cristianos, es Jesús. En su persona se sintetiza el anhelo máximo que habla de una humanidad llamada a la ulterior dignidad. El hijo del hombre habla y se hace presente, abaja la mirada del ‘ser’ para ‘hacer’ con nosotros, para caminar, luchar, sufrir, consolar y acompañar la travesía individual y colectiva de todos los pueblos.

La esperanza contiene la fuerza para liberar de la opresión, comunica el ímpetu de caridad al corazón indolente y, frente al ostracismo de los últimos, dona la palabra justa para rescatarlos del olvido. Porque es el misterio encarnado el que consigue avenir la realidad con la esperanza. @monroyfelipe

No es hora de abandonar

enmDonde termina el camino crece la hierba, la maleza invade el terreno. Y hay que decir sobre la tierra mexicana que se abandonaron muchos senderos, algunos desde hace mucho tiempo.

No solo por miedo se desolaron los caminos, que no es para menos; también se renunció a ellos por mezquindad, por malsana complicidad e intereses, por suprema comodidad.

La semana pasada, un grupo de estudiantes sacudió las conciencias aletargadas de muchos para construir caminos de unidad frente a una urgencia nacional ineludible. Su iniciativa tuvo mayor repercusión de lo que cualquier medio de comunicación pueda asegurar.

Porque vi a un grupo de estudiantes colocarse en el seno del dolor de las víctimas y no sectorizar la agonía, ni privatizar la justicia.

Porque vi a un rector universitario y a un colegiado académico que custodian a su comunidad estudiantil, porque de su cercanía y orientación dependerá el futuro de las instituciones que acompañen o conduzcan.

Porque no faltaron las detracciones, los extrañamientos y murmuraciones que criticaron el porqué del acercamiento con las ‘ovejas negras’. ¿Por qué curar en sábado? ¿Por qué saludar a los impuros?

Porque la búsqueda de acuerdos, de diálogo y de construcción de paz no es cuestión de partidismos ni gobiernismos.

Hay universalidad cuando se promueve, propicia y resguarda la misión ulterior de un centro que produce cultura con el respeto por la historia y la audacia por el futuro… ojalá otras universidades tomaran ejemplo de esto que he visto.

“No demoren en acudir a lo que deben, se pierde tiempo”, urgía santa Guadalupe García Zavala a sus religiosas. Pero ¿qué es lo que se debe hacer? El papa Francisco exaltó la misión más importante de religiosa: “Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto daño, sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza, de afecto sincero y de amor”.

Haríamos muy mal en subrayar con rojo todas las desgracias en el país sin proponer ningún camino para enmendar la plana, para remediar las injusticias o, por lo menos, atenderlas. Nos gusta señalar pero no participar.

Compartimos los cadáveres de un sistema asesino, que reprende a los disidentes, hipnotiza a los indiferentes y descarta a los miserables; y, en el caso de los desparecidos, las sombras de su ausencia habitan en nuestro duelo tanto como en nuestra esperanza.

La conciencia de este dolor por el país nos mueve a exigir justicia, a manifestar nuestra indignación y a anunciar nuestro legítimo derecho a discrepar de los modelos políticos, económicos y culturales que no educar en la paz ni respetan la dignidad de las personas.

Pero, precisamente, para dar marcha a un camino de reeducación social requerimos un cambio de actitud. No basta señalar el mal y atrincherarse en las fantasías de seguridad que provee el dinero y el poder; porque hemos visto que solo se traducen en prepotencia e impunidad.

Todos somos responsables del grave momento que pasa el país, del grado de descomposición social, de la indiferencia frente al prójimo, de la apatía ante a la vida y de los múltiples atropellos a la dignidad del prójimo, sea vecino, hermano, migrante, mujer, menor, discapacitado, pobre, desempleado, desplazado o marginado.

¿Cómo remediarlo? Con pequeñas obras y actitudes cotidianas que reviertan la indiferencia. Precisamente en Vida Nueva México siempre buscamos a diferentes actores de la sociedad civil a que compartan un mínimo común desde el cual se puede construir la acción de paz. Sean de liderazgos notables, o de hombres y mujeres soterradas en el olvido de la marginación y el descarte, sus voces deben ser escuchadas y sus anhelos acompañados.

Desde el nacimiento de esta revista, en nuestras páginas, sociólogos, educadores, activistas sociales y líderes religiosos nos han compartido sus experiencias que marcan pautas para la construcción de paz: el respeto al medio ambiente, la convivencia entre creencias, garantizar los derechos humanos, el rechazo explícito de la violencia. Todo aquello en el contexto de la familia, de la comunidad, la escuela, el trabajo, el espacio público, el religioso y en el acompañamiento de las periferias materiales y existenciales.

Basta de quejarnos. Basta de creer que solo los demás son responsables de cambiar el panorama en que vivimos. Basta de poner la culpa exclusivamente en los otros por la situación de México. Con actitudes sencillas y prácticas, el día a día puede ser distinto; y con una manifestación social consciente, fortalecida y corresponsable son posibles las grandes transformaciones que requiere el país. Eso queremos demostrar. Si comenzamos a tener acciones que denuncien la iniquidad y que anuncien la justicia, que denuncien la corrupción y que anuncien la responsabilidad, que denuncien las violencias y anuncien la fraternidad, la solidaridad y la esperanza, entonces podremos aspirar a la construcción de paz, a lograr ambientes sin violencia, sanos y cordiales.

No es hora de abandonar aunque parezca demasiado débil nuestra difícil comunión y mientras sea tan fácil poner etiquetas, marcar diferencias y juzgar. Eso solo trae discordia y aislamiento en guetos.

No estoy dispuesto a creer que ese es el camino de mi comunidad ni el del país. Por ello en la convocatoria fueron todos, de manera inédita, todos juntos, con sus fascinaciones por los reflectores, con sus peculiares modos de pensar y sus loables trabajos. Los que no quisieron ir fue porque no querían ‘mancharse’, no querían ‘arriesgarse’; prefirieron amurallarse con sus colectivos que les festejan todo y no les critican nada.

Con frecuencia, los miembros de la Iglesia católica solemos no hacer mucha justicia al principio de solidaridad, hermandad y comunión que en principio debería convocarnos; en ocasiones sentimos que hay una Iglesia demasiado dividida entre diferentes sociedades, tanto por actitudes como por perspectivas ideológicas; por eso no solo saludamos esta iniciativa sino que nos involucramos con ella, nos ha sido grata porque intenta evitar que esas divisiones tan notorias dentro de los colectivos eclesiales, interrumpan esta misión trascendental que tenemos frente al país que es la recuperación de una estabilidad y la articulación de diferentes procesos de paz.

Porque solo hay dos maneras para que crezcan las flores: cuando se siembran y cuando son necesarias.

Garantías sociales ausentes

mb-progresonacionalEl proceso de reformas en el que se ha empeñado el Estado mexicano desde hace un par de años ha supuesto un enorme esfuerzo por parte del propio sistema estatal, de sus organismos y de los partidos políticos que detentan -no siempre con justicia ni sin interés particular- la vocería y representación del pueblo mexicano. Las reformas estructurales no significan otra cosa sino las modificaciones de los parámetros legales para la supuesta mejora en la operatividad, inversión y manejo de recursos materiales y sociales para el desarrollo de la nación.

Las reformas que abarcan las dimensiones de energía, educación, telecomunicaciones, hacienda y la del propio Estado mantienen con inquietud a gran parte de la sociedad mexicana sobre los beneficios reales que la conclusión de estos debates hará tangibles entre la población. El debate y el análisis de dichas reformas ha traspasado los causes del discurso legislativo en el país y las interrogantes desde diferentes miembros de la sociedad civil no se han tardado en hacer presencia mediática.

Así lo ha hecho la Conferencia del Episcopado Mexicano quien a nombre de los obispos del país ha publicado en el marco de su 97° Asamblea Plenaria el mensaje ¡Actuemos ya! el cual básicamente secunda el cuestionamiento que se ha hecho en diferentes espacios ciudadanos sobre el interés prevalente de la población en el tema de las reformas estructurales y advierte que la verdadera reforma debe acontecer en la mente y el corazón: “Si no se reforma la mente y el corazón, si no se reforma la conciencia que genere una auténtica escala de valores y nuestra capacidad de encuentro y fraternidad solidaria no habrá reforma que nos ayude a superar las intolerables desigualdades e injusticias sociales”.

En las palabras de los obispos de México resuenan las del papa Francisco en aquella entrevista al sacerdote jesuita Antonio Spadaro, director de la Civiltà Cattolica: “Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser de las actitudes”. Y este cambio de actitud que propone el episcopado mexicano compromete a los bautizados tanto como les compromete a ellos mismos: “Los obispos, especialmente han de ser hombres capaces de apoyar con paciencia los pasos de Dios en su Pueblo, de modo que nadie quede atrás, así como de acompañar al rebaño, con su olfato para encontrar veredas nuevas”, dice el Papa.

La construcción de sociedades más abiertas, participativas y corresponsables es un deseo que claman diferentes organizaciones sociales, culturales y comunitarias; es una respuesta al modelo oligopólico asentado en el país durante todo el siglo pasado. En su mensaje, los obispos han puesto ejemplo en esta apertura, sin hacer exclusivo al destinatario de su mensaje ni cerrarse a las propuestas que no emerjan de cierto grupo social o gremio cultural. En su ¡Actuemos ya! se lee un plural incluyente que destierra a las tercera personas, a ‘aquellos’ y lo transforma en un ‘nosotros’.

Esto ha sido lo que manifestaron los obispos mexicanos al Papa durante su peregrinación a Roma, el cardenal Francisco Robles Ortega lo sintetizó en un panorama claro-oscuro: un pueblo que busca desarrollo justo y sustentable pero mantiene una “extendida y endémica pobreza”; un pueblo alegre que ama la vida pero que “enseñorea la cultura de la muerte”; un pueblo que practica la solidaridad pero con “hondas divisiones”.

Para el cristiano participar es acompañar y el acompañamiento -como dice el clásico- es el arte de aprender siempre a quitarse las sandalias, ante el terreno sagrado del otro. Este terreno en particular es el de las garantías sociales que, si bien jamás alcanzó en plenitud la sociedad mexicana, por lo menos se encontraban en fragmentos legislativos de ideales por trabajar. Estas garantías, hoy ausentes, podrían convertirse en apenas una ilusión del pasado si las reformas actuales se agotan en tecnicismos sin ubicar como fin último de su propósito el bienestar de cada persona humana.

El temor de los días

flower_in_desertParece haber llegado el día que siempre temimos, aquel en el que no hay más autores en los diarios ni en las revistas. Nosotros, los que quedamos, apenas juntamos algunas frases para intercalar entre las imágenes, videos y metatextos que lanzan a las audiencias a un viaje al espacio exterior, sin arnés ni carta astronómica; mientras, en el siglo de enfrente, con frecuencia hallamos que las noticias parecen calcas de otras noticias y ni siquiera de noticias de otro día sino del mismo día: comienzan igual, continúan igual y llegan al mismo lugar, como si cualquier cosa fuera vivir.

Por alguna razón hoy siento falta de esos periodistas de larga prosa y creativa lírica que comenzaron a vivir como escritores, artífices de ficciones tan sublimes cuyos argumentos podrían salir sin problema en las ocho columnas del diario de mañana; también faltan esos otros peritos amantes de las letras que para sobrevivir y hacerse famosos no les quedó de otra que hacerle al picateclas informativo y dejaron, sutiles, fuentes fértiles donde mana el arte entre la miseria.

No sé bien qué sucede en estos aires que los maestros en el oficio se nos mueren como inalterable secuencia de fichas de dominó. No nos habíamos recuperado de José Emilio, ni de Fuentes; y por supuesto están aún las ausencias de Monsiváis, Montemayor y Granados Chapa. También tenemos que aguantarnos las partidas de Gabo, Mutis, Marré, José María Pérez-Gay y Carballo. Esta década nos está obligando a la triste costumbre de ir a funerales y a homenajes post-mortem; y es que, a veces, la muerte irrumpe con tanta cadencia seductora que se nos olvida cómo comportarnos ante un nacimiento o una boda. “Pobres, lo que les espera”, he llegado a escuchar en alguno de estos últimos. Aunque tampoco es tan grave, decimos todo esto mientras intentamos colocarnos en la fila.

Javier Marías suele decir que el hombre contemporáneo recibe sin tregua la razón de su pesimismo: desastres incesantes, desgracias encadenadas, terror en sesión continua, y que por lo mismo se le puede disculpar cierta insensibilidad, el desánimo, la falta de entusiasmo. Basta mirar la edición de nuestro diario predilecto de hoy para asentir cómplices.

Hay tanto tedio en este periodismo que incluso hay ‘informativos’ que disfrazan al hecho, lo tuercen a propósito y a conciencia, y nos advierten que sus noticias son remedos de nuestra realidad; ‘parodias’, dicen, pero en el fondo son el fiel retrato de un alma llena de hastío. Hasta dónde habrá llegado el aburrimiento que la realidad ya no asombra, nos distraemos inventando el matiz de nuestro entorno solo para reírnos de nuestro chiste o para anestesiar nuestra conciencia.

La verdad, que suele mostrar su piel desnuda y brillante, en ocasiones es obvia pero hallarla jamás es simple y portarla es como llevar el agua en el cuenco de las manos.  Encontrar en ella alguna historia para contar y compartir es como buscar una aguja en un pajar; pero allí donde algunos usarían un imán, otros encenderían un cerillo.

¿Puede dejar de sorprenderse el oficio que busca sorpresas del mundo? Parecería un sinsentido pero frente a esto nos sentamos día a día; ya sea el televisor, la radio, el internet o un medio impreso: informaciones trasferibles, anónimas, autógenas e inconexas. La dificultad de encontrar al autor, al instigador de miradas y reflexiones, aquel a quien Segura Munguía llama “el que hace crecer, brotar o surgir algo; el que aumenta la confianza, el fiador, garante y responsable” es –casi siempre- una búsqueda sin caminos.

El periodista y escritor Vicente Leñero, maestro en el oficio para varias generaciones, recoge esta voz en La voz adolorida que hoy debe hacernos temer por estos días pero también debe llenarnos de esperanza: “¿De qué está enferma… quiero saber de qué está enferma mi pobre mamá, encerrada para siempre sin ver la luz del sol, sin ver los charcos de agua que se forman en el patio de la casa de San Ángel después que ha llovido muy fuerte; sin ver los mastuerzos del jardín… sin ver la reja, sin ver la calle a la que sale por donde está la reja, y los árboles que hay afuera, y el viejo empedrado de la calle, de ciudad empedrada toda, y donde uno que otro coche pasa de repente y se va dando tumbos…”. Los nuevos autores, los que recojan el gran legado de tantos hombres y mujeres de palabra, los que nos hagan superar el temor de los días, deben preguntarse de qué está enferma esta sociedad y, al preguntárselo, han de mirar con certeza, el hermoso horizonte que hoy nos estamos perdiendo.

El papel de una sociedad fraterna

16111432ffe78c3medA finales del 2012, las cifras de muertos y desaparecidos en México desde el inicio de la guerra en contra del crimen organizado y el narcotráfico emprendida por el Gobierno Federal en el año 2006 eran de vértigo. Mientras que las muertes violentas eran contabilizadas entre 60,000 y 70,000, los desaparecidos van en el orden de los 20,000. El cambio de estrategia no ha cesado los ríos de sangre pero sí los ríos de tinta que denunciaban esto.

Al igual que en aquellos días, hoy también poco se habla del contexto humano, todos estos muertos no son las únicas víctimas de la cruel batalla por el control del territorio y su gobernabilidad. También están los millares de huérfanos y viudas, los familiares fantasmas de muertos anónimos; también están los heridos en su paz y su tranquilidad, los que han sido expulsados de sus comunidades, los que viven encerrados a piedra y lodo en sus casas, los que temen del prójimo, los que no viven sino sobreviven aterrados de vivir. Y es que, todos los días, la violencia cobra mucho más que víctimas mortales en el país; en su estela de destrucción se encuentran los despojos del miedo y de la desesperanza asentados en ciudades enteras. Es en este escenario en el que movimientos sociales han querido intervenir sensiblemente.

Destaca el trabajo anunciado por el colectivo “Por los vientos de la guerra”, iniciativa del periodista José Luis Arévalo, corresponsal de guerra por más de 14 años. El movimiento, en principio tiene la finalidad de reunir recursos para apoyar a los hijos de soldados del Ejército Mexicano caídos en el cumplimiento de su deber. Digo en principio pues el trabajo que se desea emprender es auxiliar en la reconstrucción del tejido social, sensibilizando, desanimando deseos de venganza y, quizá por qué no, también ayudar a los familiares de los criminales para que no renueven ciclos de violencia y rencor. A este movimiento se han sumado las organizaciones Pro Mazahua, Viva la Gente, Bécalos, la AAA, así como las universidades La Salle, Panamericana, Intercontinental, la Alianza para la Educación Superior (ALPES), además la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Desde la publicación del documento “Que en Cristo Nuestra Paz México tenga Vida Digna” en el 2010 las comunidades parroquiales, religiosas y diocesanas también han propuesto con creatividad y dignidad diversos programas y acciones de prevención, resolución de conflictos y acompañamiento fraterno en los heridos por las balas y en los heridos por la maldad. Tal es el caso de los talleres de modelos de atención a víctimas de la violencia cuya finalidad es evitar ciclos de venganza, culpa y resentimiento.

Para toda la sociedad mexicana, la atención a los vulnerados por ‘efectos colaterales’ de la guerra es imprescindible para lograr cierta reconstrucción del tejido social y detener, en los límites de lo razonable, la escalada de violencia que ha azotado al país en los últimos años.