sociedad

Inmoral e inefable búsqueda de privilegios

“No las armas arrebatadas a los vencidos, ni los carros ensangrentados con las vidas de los bárbaros, ni los despojos conseguidos en guerra. El poder, el verdadero poder, consiste en salvar masas de gente y colectividades”. Las palabras del sabio Séneca en su reflexión ‘Clementia’ sobre el ejercicio del gobierno deja entrever que, aún en las más primitivas teorías políticas, un sutil valor ético y moral es indispensable para no perder de vista la razón de la libertad o la legitimidad del poder.

Por supuesto, era de esperar que tanto la convocatoria para la construcción de una Constitución Moral como la misma distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes en pleno siglo XXI levantarían tantas cejas como suspicacias. El pragmatismo del poder (desde el más anodino como el cargar gasolina; hasta el mayúsculo, como cualquier dictadura autoritaria) consiste en pequeñas porciones de egoísta búsqueda de privilegios, de obtención de bienes sin contemplar no sólo los sacrificios o las afectaciones de los demás sino la naturaleza humana que comparten.

En esto coinciden líderes religiosos como el papa Francisco quien señala que una cultura de privilegios egoístas fomenta la corrupción y la violencia mientras se descarta a los indefensos de la Tierra: los niños, los ancianos, las mujeres, los indígenas y los pobres. Pero también es una alerta que hace la vanguardia del pensamiento contemporáneo como el lingüista Noam Chomsky quien ha criticado las formas de poder que, aun sin admirar el egoísmo o el capricho, son capaces de trasgredir la naturaleza humana del prójimo para acallar la moral y la ética que les reclama su privilegio de desecharlos.

¿Por qué es importante que cada tanto nos detengamos para observar a detalle los principios y valores que constituyen nuestra naturaleza y nuestra convivencia? ¿Por qué provoca tanta animadversión el sugerir siquiera que la inercia de nuestras actividades nos arranca de los valores que nos dieron cobijo y libertad en primer lugar? ¿Por qué nos pone irascibles el sólo imaginar que debemos ponernos en zapatos del prójimo en desgracia? ¿Por qué nos lastima tanto pensar por un segundo en el bien del resto antes del privilegio de nuestra persona?

La sociedad o el mero concepto de comunidad están soportados en ideas más complejas que el salvaje egoísmo. Incluso para titanes del liberalismo económico moderno como Dee W. Hock, el éxito de las comunidades radica en “emplear, confiar y recompensar a aquellos cuya perspectiva, capacidad y opinión son radicalmente distintas a las nuestras”. 

Las aparentemente inviolables leyes del mercado y la ficticia libertad de nuestras pantallas de entretenimiento nos han colocado en una ruta de solidaridad onanística; sin ninguna clase de compromiso, sin exigirnos humildad o tolerancia o sabiduría. Por si fuera poco, las ideologías modernas (tendientes a sólo buscar cambios legales que justifiquen los controversiales actos morales) también ofrecen panoramas de autosatisfacción personal antes de plantear corresponsabilidades colectivas superiores al gremio. Porque ¿a quién en su sano juicio le pueden incomodar las palabras de los poetas González Martínez o Ruyard Kipling que llaman a tener respeto o a mantener la templanza? ¿Qué clase de triunfos del poder quieren ver?

@monroyfelipe

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Nueva economía y justa medianía burocrática: el discurso de la Cuarta Transformación

El primer mensaje a la nación del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, estuvo soportado por una crítica absoluta al modelo neoliberal económico, al que definió como fuente y culmen de los efectos de corrupción, impunidad, pobreza, violencia e injusticias en México desde 1983.

Ante un muy agitado Congreso de la Unión (el cual no olvidó de hacer el pase de lista de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa), López Obrador repitió varios de sus principales mensajes de las últimas tres campañas presidenciales: combate a la corrupción y la impunidad, la transformación de la vida pública del país y un plan de pacificación y reconciliación mediante la defensa soberana de las instituciones mexicanas.

Pero la línea guía de su disertación se enfocó en las afectaciones que ha dejado el modelo político neoliberal en México. Al hacer un recuento grosso modo de la historia económica postrevolucionaria, López Obrador insistió en que la cuarta transformación política de México “transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical”, acabará con la corrupción y con la impunidad al abandonar las prácticas administrativas e ideológicas del neoliberalismo económico.

Para contrastar el neoliberalismo, López Obrador propone no sólo el modelo del Estado de Bienestar sino “la honestidad y la fraternidad como forma de vida y de gobierno”. Y aseguró: “No se trata de un asunto retórico o propagandístico. Estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio de la más inmunda corrupción pública y privada. En otras palabras, como lo hemos repetido en los últimos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la principal causa de la crisis de la inseguridad y la violencia que padecemos. Y, en cuanto a la ineficiencia del modelo económico neoliberal, ni siquiera en términos cuantitativos ha dado buenos resultados”.

Tras una veintena de compromisos de gobierno (entre los que incluye la reducción del precio de combustibles condicionado a la conclusión y remodelación de refinerías en el país), López Obrador destacó el cariz moral de su administración federal: “Haremos a un lado la hipocresía neoliberal. No se condenará a morir pobres a los que nacen pobres. Es inhumano utilizar el gobierno para generar beneficios personales y desvanecerlo en beneficio de las mayorías. Vamos a atender y gobernar a todos pero daremos preferencia a los vulnerables y los desposeídos. Nuestra consigna de siempre es a partir de hoy principio de gobierno. Por el bien de todos, primeros los pobres”.

1-12-18 FOTOS 01 TOMA PROTESTA ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR, PRESIDENTE DE MÉXICO

A diferencia de su campaña, en su discurso de una hora cuarenta minutos no mencionó el papel de las instituciones religiosas o de los valores morales y espirituales del pueblo mexicano para lograr la transformación esperada. Tampoco, entre la larga lista de los saludos a líderes y representantes de las naciones, mencionó a Franco Coppola, Nuncio Apostólico del papa Francisco en México, quien se encontraba en el recinto.

AMLO más allá de su entourage

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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe

Pienso muy lejos la nota roja

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Les llamamos monstruos, no por su aspecto físico, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad: empatía, emoción, otredad, compasión y el sentido filosófico del mundo. Y, sin embargo, los asesinos seriales en México son siempre una historia compartida. A diferencia de los criminales solitarios de los países de primer mundo, venidos de quién sabe dónde, motivados por extraños pensamientos internos; nuestros monstruos son muy nuestros, criados en el mismo contexto que compartimos, alimentados por los mismos ambientes donde todos transitamos, su humor es nuestro humor, el borde de su desequilibrio se encuentra escalofriantemente cercano al nuestro.

El caso de Juan Carlos Hernández Bejar, bautizado como ‘El Monstruo de Ecatepec’, nos vuelve a colocar frente a ese abismo. En sentido frío, se trata de un multi homicida que revela sin escrúpulos los crímenes cometidos contra un número indefinido de mujeres y que incluso, envalentonado, amenaza a las autoridades de cometer muchos más feminicidios si tuviera la oportunidad.

Pero no podemos dejar de implicarnos en la historia: el asesino emerge en el municipio más peligroso de México, en la localidad con más feminicidios registrados. Es, sin embargo, el ambiente con más parámetros de coincidencia con las mejores zonas urbanizadas del país: alfabetización, media de edad, dependencia económica, promedio de hijos, disponibilidad de servicios y acceso a tecnologías. La diferencia: extrema densidad habitacional y de transporte; prácticamente se vive por encima o por debajo de alguien, pisando o siendo pisado, observando con desconfianza y siendo observado, arrebatando la oportunidad o dejando que alguien más se salga con la suya.

Por ello parece que vivimos una dolorosa correspondencia cultural con el monstruo. Se desarrolló en el espacio propicio donde se camufló entre tantos otros que pasan aún hoy inadvertidos y, si volviera, se asimilaría nuevamente en el océano indeterminado de la megalópolis. Quizá usted mismo, al estar leyendo estas líneas, llegue a sentir el impulso de voltear a ver a los transeúntes con los que se cruza todos los días, les pondrá la mirada que desea escudriñar el perverso interior sólo para darse cuenta de que ellos ya le vigilaban dos cuadras más atrás.

La historia del Monstruo de Ecatepec no sólo es terrorífica por el sujeto, sino por los espacios donde otros dementes semejantes continúan viviendo sin levantar demasiadas sospechas y comienzo a penar muy lejos la nota roja de este criminal Juan Carlos. En el pasado, los periodistas de nota policiaca daban un seguimiento inmisericorde a historias como esta: Sus motivaciones criminales, las declaraciones ante los peritos, las estratagemas legales de los fiscales, los marcos del derecho que no alcanzan a cubrir la monstruosidad de los actos, las opiniones expertas de los psiquiatras, la recreación de los primeros hechos comprobables, las entrevistas con las familias de las víctimas.

Pero nuestros diarios, nuestra prensa cotidiana no tuvo oportunidad de centrarse en esta tarea porque volvió a reportar otros asesinatos de mujeres en el mismo lugar, aunque debían aclarar “no están vinculados al Monstruo de Ecatepec”; y, quince días más tarde: la decisión de enviar al ejército mexicano y la policía federal al municipio para evitar más feminicidios. Una idea aparentemente positiva, aunque con fallas estructurales.

Un gran volumen de policías federales ya vive en esas periferias urbanas (Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán) padecen el hacinamiento, la misma falta de oportunidades, la misma tensa violencia y agresión, el mismo miedo que sus vecinos. Lo revela así la Encuesta Nacional de Seguridad Pública: El 33.2% de la gente de esta localidad cree que la delincuencia seguirá igual de mal y el 25.1% piensa que empeorará el año entrante. El 64.6% de los encuestados dijo haber presenciado robos o asaltos; el 53.4% vandalismo en las viviendas o negocios, el 44.5% presenció venta o consumo de drogas, el 41% disparos frecuentes con armas y el 37.1% vio bandas violentas o pandillerismo.

Les llamamos monstruos, pero no por cómo lucen, sino porque al parecer se ha desdibujado en ellos todo trazo de humanidad. Así que no basta mirar al espejo, es preciso mirar más profundamente, preguntarnos qué alimenta a esta sociedad de odio al prójimo (y especialmente odio a las mujeres) que dejó 301 feminicidios en el Estado de México en 2017 y que lleva 168 casos en lo que va del 2018.

El Ministerio Público de Ecatepec, involuntariamente nos dio una pista cuando se filtró un video de esta instancia procuradora de justicia donde tres empleados someten a uno de sus compañeros, le bajan pantalones y ropa interior para nalguearlo mientras lo graban “jugando”. Participar en un acto donde se somete, humilla y vulnera a alguien trasvasa ese borde de desequilibrio; y lo miramos con cierto alivio porque -creemos- no nos parecemos al verdadero monstruo.

@monroyfelipe

Ideas para un debate

Este domingo 22 de abril se realizará el primer debate presidencial del proceso electoral 2018, acuden cinco candidatos bajo un escenario que, si se simplificase al extremo, sería como sigue: el aspirante opositor va a la cabeza con varios puntos de ventaja en las encuestas; el abanderado del partido en el poder va en un lejano tercer lugar; el segundo lugar se sostiene sobre una explosiva amalgama artificial; y, al final de la carrera, dos candidatos sin partido que atacan al puntero más por ser como es que por alcanzarlo en el frente de las preferencias.

Por supuesto, la simplificación se hace caricatura y peca en objetividad. La construcción histórica de cada candidatura, la constitución real de cada estructura partidista, el panorama actual y futuro del país al que se aspira a gobernar y los acuerdos cupulares institucionales, políticos o económicos, hacen mucho más complejo el escenario en el que los ciudadanos deben valorar con criterio su apoyo a uno u otro aspirante. Pero bien dicen los mercadólogos de la política: el debate no es la oportunidad ciudadana para someter a los candidatos a escrutinio, es la oportunidad de los candidatos a sembrar ideas (reales o falsas) de su persona o de sus contrincantes.

Esos mismos mercadólogos afirman que el ganador del debate sube cuatro puntos en las encuestas de intención de voto popular y por eso preparan a los candidatos con técnicas y artilugios para salir victoriosos; sin embargo, en debates modernos ha habido candidatos que no acuden a estos ejercicios y de igual manera ganan elecciones (Theresa May del Reino Unido, por ejemplo) o debates donde son las reacciones del público presente las que ajustan los estilos o las temáticas de las propuestas políticas.

En México seguimos teniendo formatos muy rígidos, muy cómodos para los candidatos. De tal suerte que sigue siendo poco claro saber qué esperamos en realidad de estos ejercicios de comunicación política. ¿Qué se evalúa en un debate? ¿Las ideas? ¿La claridad con la que se exponen? ¿El temple y el carácter del candidato para recibir o sortear ataques? ¿El ingenio para hacerlos? Y finalmente, ¿quiénes hacen esas evaluaciones? ¿La audiencia como espectador entretenido o como ciudadanía receptiva? ¿O en el fondo es la opinocracia interesada la que califica bajo sospechosos o arbitrarios criterios?

¿Quiénes deben contrastar las palabras con la realidad? ¿Qué instancias verifican la viabilidad de las promesas? Pero, sobre todo, ¿cómo hacer para que la ciudadanía incida en la elección de los tópicos, de los formatos y de los candidatos sobre los que sí tiene interés escuchar?

Y es que en los debates se somete al crisol mucho más que las palabras y actitudes de los candidatos; se pone en evidencia el tipo de sociedad que somos y el nivel de la participación ciudadana que está convocada a pensar y reflexionar sus intenciones electorales.

Que los debates en México estén organizados para que cada candidato (independientemente de cómo haya llegado a la contienda o de sus posibilidades reales de ganar) pueda expeler cualquier agresión que le venga a la mente o prometer la fantasía más alucinante, refleja nuestro oscuro deseo de hablar sólo por tener el micrófono y la falta de sanciones sociales a la mentira. Pero, esa libertad, no explica esa falsa cortesía o protección a los políticos que no tienen posibilidad ni capacidad de soportar el juicio público cuando debaten. Que los moderadores de estos encuentros políticos en México sean periodistas no se compara con la presencia de público general en debates de Estados Unidos o el Reino Unido, ni con la preselección de candidatos a los que se les exige debatir sin ser distraídos por otros aspirantes que, aunque tengan legítimo derecho de contender, no representan plataformas de interés nacional ni debates sociales urgentes (como en Francia, por ejemplo).

La posibilidad para que -legítima, legal o paralegalmente- casi cualquier ciudadano mexicano pueda aspirar a puestos ejecutivos es parte de los avances y tropezones de la democracia; los debates también lo son. Ambos mecanismos son perfectibles y ambos siguen necesitando más participación popular.

@monroyfelipe

Apertura, opción frente a las enfermedades de la Iglesia

15531644909_0d5ccd1528_o.jpgCuando el papa Francisco expuso su famosa frase: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”, algunos sectores eclesiales se lo tomaron con cautela. Como si escucharan sólo un buen eslogan, pero en el fondo continuaron mirando de los muros hacia adentro con temor por contaminarse del terrible ambiente externo. Sin embargo, esta semana, la prestigiada revista Nature publica una tesis que parece darle la razón a Bergoglio: cerrar las puertas y fronteras ante enfermedades o epidemias potenciales puede no ser la mejor idea para enfrentarlas.

El estudio “No cierren esas fronteras” del epidemiólogo Samuel V. Scarpino, profesor adjunto de Ciencias Marinas Ambientales y Física de la Northeastern University, revela los resultados de los modelos matemáticos de dispersión de enfermedades contagiosas realizados por el investigador español José Gómez-Gardeñes en el que la movilidad de los sujetos reduce la heterogeneidad en la distribución de la población que puede ser afectada potencialmente por una enfermedad. En otras palabras: la movilidad de los sujetos en un espacio vulnerado genera una menor probabilidad de que un brote se convierta en una dispersión epidémica incontrolable. El investigador de modelos predictivos de diseminación de enfermedades contagiosas del Emergent Epidemics Lab afirma además que el riesgo epidémico aumenta cuando el control de las poblaciones vulneradas es más rígido. Una tesis absolutamente contraintuitiva pero, hasta donde parece, científicamente correcta.

Dicho esto, el “accidentarse por salir” parece ser incluso menos riesgoso que permanecer encerrado en las certezas de control. Pero ¿será adecuada esta comparación de modelos matemáticos con el principio que el papa Francisco impulsa en la Iglesia? ¿Cuáles podrían ser los riesgos epidemiológicos que amenazan a la Iglesia católica? ¿Serán riesgos externos como la secularización o el clericalismo? ¿O internos como el conservadurismo, el relativismo o la falta de ortodoxia? ¿Serán las enfermedades diagnosticadas por Francisco en las Iglesias particulares como el alzheimer espiritual, la mundanidad, la rivalidad y vanagloria, la esquizofrenia existencial, la divinización del superior o la acumulación? ¿Será que esos males podrían propagarse o desarrollarse bajo el mismo modelo que lo hace un esparcimiento epidemiológico?

Tomemos, por ejemplo, uno solo de los desafíos externos que la Iglesia católica en México tiene en los próximos años: la disminución en la tasa de fieles. Según algunos investigadores, la tasa de católicos en México podría no superar el 70% de mexicanos en el próximo censo poblacional del 2020. Elio Masferrer Kan, sociólogo, refiere que apenas la mitad de los bebés nacidos en México se bautizan en la religión católica y cada vez un mayor porcentaje de parejas opta por no bautizar a sus hijos bajo ningún credo. ¿Cuál sería la opción viable para evitar la propagación de este fenómeno? ¿Defender con más control lo que idealmente debe suceder en las familias católicas y resguardarse con más ahínco de una realidad que se asoma incontenible? ¿O arriesgarse a salir colocando esas débiles fuerzas y profundos valores en las nuevas dinámicas sociales?

¿Y qué hay de las enfermedades espirituales y culturales que pueden estar diseminándose lenta y peligrosamente en las múltiples estructuras sociales? Si seguimos la lógica, una mayor defensa y claridad en las fronteras evitarían que los brotes de estos males pululen en la sociedad; sin embargo, el modelo revisado por Gómez-Gardeñes parece sugerir otra cosa: Más movilidad, más puentes y más contacto podrían evitar que un brote supere el umbral epidemiológico y la enfermedad se convierta en pandemia. En la sociedad y cultura contemporánea eso podría significar más diálogo, más contacto y más implicación para mantener la salud social.

La adecuación misma que ha trabajado la Iglesia desde la segunda mitad del siglo XX y el camino que emprende para mantener vigentes su mensaje y opción de vida en el siglo XXI pasan hoy por esta disyuntiva: guarecerse bajo los edificios que le dieron vigor y seguridad durante siglos o arriesgarse al accidente, peregrinando a los linderos de la humanidad para evitar que las verdaderas epidemias enfermen aún más el cuerpo de la Iglesia. No es una decisión sencilla y si algo ha provocado el pontificado de Francisco ha sido revelar a los que optan por la primera opción y quienes van por la segunda; y el tema no se reduce a grupos antibergoglianos o sectores pro-Francisco, la concreción de una de estas vías seguramente dará una personalidad a la Iglesia católica para el resto del siglo.

@monroyfelipe

¿Son peligrosas las sociedades secretas? ¿Cómo enfrentarlas?

masks“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”. Nadie en su buen juicio podría estar en contra de esta frase, pero ¿qué tal si la declarase el extravagante líder de una oscura organización de la que se sospechan actos secretos e inhumanos? ¿Por qué nuestra intuición comienza a lanzar luces rojas y se encienden las sirenas advirtiéndonos que aquella expresión es apenas la fachada cosmética de lo que realmente sucede en aquella asociación?

Las sociedades secretas son un fenómeno humano extensamente estudiado, más por morbo que por relevancia. Tal como lo apuntan los estudiosos del fenómeno, las sociedades secretas pueden ser secretas porque: a) La sociedad y sus fines son públicos pero sus miembros permanecen en el anonimato; b) La sociedad y sus miembros son públicos pero sus fines son reservados o disfrazados; o c) La misma sociedad es un hermético secreto.

En la segunda mitad del siglo XX, las sociedades secretas comenzaron a tomar un papel injustamente relevante en el escenario mundial. A estas organizaciones -independientemente del cariz ideológico o pseudoreligioso- se les adjudicaron los mayores éxitos y los peores desastres políticos y económicos. En realidad, todos los ‘códigos’ de sus arcanos y misterios que las sociedades secretas se autoimponen solamente han atraído con más fruición a periodistas, analistas políticos, cazadores de misterios y charlatanes. De tal suerte que, en la era de la información, hay más datos (reales y ficticios) de las sociedades secretas en internet que de cualquier otro tipo de organizaciones sociales de interés público.

Sólo el Centro por la Integridad Pública, equipo periodístico ganador del premio Pulitzer dos veces en esta década, ha publicado casi doscientas historias del 2014 a la fecha sobre grupos secretos que patrocinan campañas electorales en EU, motivan cambios legislativos, hacen componendas políticas para inversiones industriales y hasta costean exorbitantes multas a empresarios señalados por crímenes ambientales.

En realidad, tener ‘secretos’ no es un crimen ni una razón suficiente para desconfiar de alguna organización, empresa o institución. Algunos periodistas de investigación deben guardar en secrecía -incluso por varios meses- cierta información para poder construir una historia que revele con justicia y relevancia alguna denuncia o gran descubrimiento. Dice bien el sacerdote Julio de la Vega-Hazas -profundo estudioso de las sectas y grupos secretos- que los empresarios incluso la obligación de guardar secretos sobre sus negocios; los abogados, de sus clientes; y los médicos, de sus pacientes.

El verdadero problema con las ‘sociedades secretas’ son los códigos de conducta, los marcos morales sobre la dignidad de sus miembros y la ilusión pseudo-mesiánica con la que se auto perciben. Por ejemplo: El Grupo Bilderberg, cuyos miembros se dicen son expresidentes, premier-ministros, banqueros y familias de élite, afirma en sus principios: “Que nos acusen de estar luchando por un gobierno mundial es exagerado, pero no del todo injusto”. Sobre el Grupo Carlyle, que ha recibido inversiones de príncipes saudíes y de la familia Bin-Laden al tiempo de tener a George H. Bush entre sus consejeros, nunca prosperaron los cuestionamientos morales sobre su conflicto de interés tras los atentados de las torres gemelas en Nueva York y la guerra sobre Afganistán e Irak. También está “La Arboleda Bohemia” donde los titanes petroleros, ex mandatarios y secretarios de estado conviven tras un ritual donde se incinera teatralmente una monumental efigie de lechuza.

“Fuimos fundados para hacer el bien, para crecer en una gran red de voluntades con interés de influir en eventos importantes para nuestra sociedad, como en procesos electorales”, así explica el vocero de NXIVM el propósito de la organización que, según el reportaje del New York Times, somete a las mujeres a dietas de hambre, sojuzgamiento y hasta la hierra (marcación con metal al rojo vivo) mientras promueve cursos de capacitación, coaching y personal management.

Cuando estas organizaciones comienzan a hablar de la quimera del éxito supremo y proponen nuevos códigos de conducta de sus miembros, los cuales están muy lejos de respetar la dignidad y la vida de la persona humana, nos enfrentamos al oscuro rostro de las sociedades secretas. Cuando advertimos esto en nuestra sociedad, ¿cómo deberían atenderse o enfrentarse estas complejas realidades?

Por supuesto, lo primero es develar los actos ilegales, inmorales o perjudiciales que promueve o realiza la organización. El periodismo que denuncia desde las voces de las víctimas es un elemento muy importante para evitar que más gente caiga en estos grupos o que los patrocinadores descubran y comprendan también lo perverso que resulta apoyar a organizaciones de este estilo.

Sin embargo, hablar de ellas y descubrir sus ‘secretos’ en realidad no son la única forma de combatirlas o contrarrestar su ficticia importancia. Lo mejor es probar su inocente inutilidad y ello, por ejemplo, se palpa cuando las personas y sus comunidades se organizan en una abierta acción social y solidaria. Y aunque suene utópico, hay momentos muy concretos que comprueban lo contrario.

Por ejemplo, se vivió en México un episodio así tras los sismos del 7 y 19 de septiembre: la sociedad civil hizo su parte; la ciudadanía sin códigos ni secretos contribuyó al rescate y la reconstrucción; la sociedad organizada desde la libertad de asociación, sin ataduras rituales o pseudo-dogmáticas, construye ese bien común, se hace red de esfuerzo y buena voluntad en medio de las necesidades sociales. Sin secretos, ni ceremonias ni intereses ocultos, la ciudadanía en acción es la mejor herramienta para desempolvar a esos grupos enfermos de encierro.

@monroyfelipe

El invisible saldo negro del 2016

mexican-ghost-town_optSiempre es difícil hacer un balance noticioso del año que termina. Son muchos los acontecimientos que marcaron al país que merecen ser mencionados y, sin embargo, hay algunos que permanecen dolorosamente constantes en el registro de cada ciclo. Me refiero en específico a los asesinatos de periodistas y de ministros religiosos, cuyos sendos reportes puntuales ayudan a comprender el clima social que prevalece en México.

En el primer caso, el informe anual de Reporteros Sin Fronteras registró nueve periodistas asesinados en México durante el 2016, lo que terminó ubicando al país como “el más peligroso para la prensa de entre todas las naciones que no están en guerra”. Y, en el tema de los ministros religiosos, el Centro Católico Multimedial registró los asesinatos de tres sacerdotes católicos y dos intentos de secuestro frustrados. En el 2016, México refrendó su título de campeón en estas áreas, en una tendencia que desde hace una década parece no disminuir.

No sólo las muertes de estos dos tipos de servidores sociales causan preocupación; las condiciones en las que realizan su labor y su oficio ubican a México en un singular vecindario internacional de países en guerra, sumidos en conflictos geopolíticos y religiosos, naciones que sufren un abierto intervencionismo de potencias militares y económicas o cuyos niveles de corrupción e impunidad amenazan las funciones básicas de sus gobiernos.

México lleva ya varios años que se asentó en este peligroso vecindario mundial (junto a Siria, Afganistán, Irak, Yemen y Venezuela) y los asesinatos de periodistas y sacerdotes son sólo un reflejo de su código postal. Los casos de profesionales de la información y de ministros religiosos ultimados son un tema importante porque representan a dos de las estructuras intermedias de la sociedad cuyo servicio se traduce indefectiblemente en cultura, conocimiento, experiencia y costumbres de una población.

Las estructuras intermedias (como son los medios de comunicación y las iglesias) son precursoras y dinamizadoras de cultura. Son espacios y comunidades donde se ‘cultiva’ y se modula la convivencia, el diálogo y el servicio; son espacios que hacen lo que el ejercicio de poder institucional no puede. Porque allí donde las autoridades instruyen, ordenan, comandan o sancionan las acciones a cumplir por la gente; las organizaciones intermedias transmiten, interpretan, enseñan y discuten. Secuestrar y asesinar a los líderes o protagonistas de estas estructuras es romper uno de los más sensibles procesos de socialización, formación y coexistencia.

Con todo, los periodistas y los ministros silenciados no son el único sector intermedio en riesgo (quizá los más visibles) pero también lo están las escuelas y universidades, los negocios particulares y el pequeño empresariado, los servicios médicos y las organizaciones de la sociedad civil. De todos estos hay muy poca –si no nula- información sobre las situaciones de riesgo en que se encuentran.

Los casos de extorsiones, amenazas, secuestros, atentados y asesinatos de profesores, artesanos, comerciantes, doctores o defensores de derechos humanos son el saldo negro invisible de nuestro país. La intimidación contra estos articuladores de comunidad redunda en un silencio e inmovilidad social que abre espacio a los poderes fácticos, los cuales disputan áreas de influencia a las autoridades formales y propician desesperadas sobrerreacciones militares para intentar controlar lo ingobernable.

Esperemos que el 2017 no sólo se visibilicen los problemas que viven las estructuras intermedias de la sociedad mexicana sino que se reduzcan los riesgos en los que ofrecen sus dones y sus servicios porque es sólo a través de ellas como se hace palpable la idea de nación, la idea de un pueblo con un propósito y un ideario compartido. @monroyfelipe

El nombre de la Navidad

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Deborah Nell, 2014

Llega la Navidad con su buena carga de felices deseos, festividades de alegría y la natural pausa en la agitada cotidianidad de la vida. No hay quien escape de las ilusiones del mercado y del consumo; se cumple con mayor o menor devoción los rituales sociales o religiosos; y se perdona todo porque es tiempo para eludir —brevemente- el rostro del sufrimiento. Y, sin embargo, quizá como siempre para quien mira en la Navidad ese acto desgarrador en que Dios se hace hombre con el único propósito de amarlo en las fronteras de su tacto, su llanto y su risa, su presencia entre nosotros vuelve a estar tocada por el clamor de los que sufren, las innumerables víctimas, las voces de los pueblos que imploran justicia y paz o de quienes padecen la enfermedad o la barbarie. Es verdad que siempre habrá motivos para el llanto y el dolor, para la angustia y la soledad, para la rabia y el desahucio, pero la esperanza sucede en fragmentos inesperados de misericordia, solidaridad y humanización.

Es cierto que la esperanza no parece obvia en medio del terror, de gobiernos criminales o autoridades corrompidas, de la indiferencia de los poderosos o la criminalización de la sociedad, no es tampoco perceptible la esperanza en medio de la superioridad, el desprecio y la agresividad con la que se malconvive con el prójimo en nuestras ciudades. Pero, paradójicamente, es precisamente allí donde podemos encontrarla. La esperanza no es una entelequia; tiene un nombre depositado en las personas y en sus obras, en su realidad incontrovertible.

La esperanza marcha en el sendero de la historia de cada ser humano, y más entre aquellos a los que se les ha despojado todo y no son sino descartables para el estándar de valor de esta sociedad. El nombre de esa esperanza, para los cristianos, es Jesús. En su persona se sintetiza el anhelo máximo que habla de una humanidad llamada a la ulterior dignidad. El hijo del hombre habla y se hace presente, abaja la mirada del ‘ser’ para ‘hacer’ con nosotros, para caminar, luchar, sufrir, consolar y acompañar la travesía individual y colectiva de todos los pueblos.

La esperanza contiene la fuerza para liberar de la opresión, comunica el ímpetu de caridad al corazón indolente y, frente al ostracismo de los últimos, dona la palabra justa para rescatarlos del olvido. Porque es el misterio encarnado el que consigue avenir la realidad con la esperanza. @monroyfelipe

No es hora de abandonar

enmDonde termina el camino crece la hierba, la maleza invade el terreno. Y hay que decir sobre la tierra mexicana que se abandonaron muchos senderos, algunos desde hace mucho tiempo.

No solo por miedo se desolaron los caminos, que no es para menos; también se renunció a ellos por mezquindad, por malsana complicidad e intereses, por suprema comodidad.

La semana pasada, un grupo de estudiantes sacudió las conciencias aletargadas de muchos para construir caminos de unidad frente a una urgencia nacional ineludible. Su iniciativa tuvo mayor repercusión de lo que cualquier medio de comunicación pueda asegurar.

Porque vi a un grupo de estudiantes colocarse en el seno del dolor de las víctimas y no sectorizar la agonía, ni privatizar la justicia.

Porque vi a un rector universitario y a un colegiado académico que custodian a su comunidad estudiantil, porque de su cercanía y orientación dependerá el futuro de las instituciones que acompañen o conduzcan.

Porque no faltaron las detracciones, los extrañamientos y murmuraciones que criticaron el porqué del acercamiento con las ‘ovejas negras’. ¿Por qué curar en sábado? ¿Por qué saludar a los impuros?

Porque la búsqueda de acuerdos, de diálogo y de construcción de paz no es cuestión de partidismos ni gobiernismos.

Hay universalidad cuando se promueve, propicia y resguarda la misión ulterior de un centro que produce cultura con el respeto por la historia y la audacia por el futuro… ojalá otras universidades tomaran ejemplo de esto que he visto.

“No demoren en acudir a lo que deben, se pierde tiempo”, urgía santa Guadalupe García Zavala a sus religiosas. Pero ¿qué es lo que se debe hacer? El papa Francisco exaltó la misión más importante de religiosa: “Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto daño, sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza, de afecto sincero y de amor”.

Haríamos muy mal en subrayar con rojo todas las desgracias en el país sin proponer ningún camino para enmendar la plana, para remediar las injusticias o, por lo menos, atenderlas. Nos gusta señalar pero no participar.

Compartimos los cadáveres de un sistema asesino, que reprende a los disidentes, hipnotiza a los indiferentes y descarta a los miserables; y, en el caso de los desparecidos, las sombras de su ausencia habitan en nuestro duelo tanto como en nuestra esperanza.

La conciencia de este dolor por el país nos mueve a exigir justicia, a manifestar nuestra indignación y a anunciar nuestro legítimo derecho a discrepar de los modelos políticos, económicos y culturales que no educar en la paz ni respetan la dignidad de las personas.

Pero, precisamente, para dar marcha a un camino de reeducación social requerimos un cambio de actitud. No basta señalar el mal y atrincherarse en las fantasías de seguridad que provee el dinero y el poder; porque hemos visto que solo se traducen en prepotencia e impunidad.

Todos somos responsables del grave momento que pasa el país, del grado de descomposición social, de la indiferencia frente al prójimo, de la apatía ante a la vida y de los múltiples atropellos a la dignidad del prójimo, sea vecino, hermano, migrante, mujer, menor, discapacitado, pobre, desempleado, desplazado o marginado.

¿Cómo remediarlo? Con pequeñas obras y actitudes cotidianas que reviertan la indiferencia. Precisamente en Vida Nueva México siempre buscamos a diferentes actores de la sociedad civil a que compartan un mínimo común desde el cual se puede construir la acción de paz. Sean de liderazgos notables, o de hombres y mujeres soterradas en el olvido de la marginación y el descarte, sus voces deben ser escuchadas y sus anhelos acompañados.

Desde el nacimiento de esta revista, en nuestras páginas, sociólogos, educadores, activistas sociales y líderes religiosos nos han compartido sus experiencias que marcan pautas para la construcción de paz: el respeto al medio ambiente, la convivencia entre creencias, garantizar los derechos humanos, el rechazo explícito de la violencia. Todo aquello en el contexto de la familia, de la comunidad, la escuela, el trabajo, el espacio público, el religioso y en el acompañamiento de las periferias materiales y existenciales.

Basta de quejarnos. Basta de creer que solo los demás son responsables de cambiar el panorama en que vivimos. Basta de poner la culpa exclusivamente en los otros por la situación de México. Con actitudes sencillas y prácticas, el día a día puede ser distinto; y con una manifestación social consciente, fortalecida y corresponsable son posibles las grandes transformaciones que requiere el país. Eso queremos demostrar. Si comenzamos a tener acciones que denuncien la iniquidad y que anuncien la justicia, que denuncien la corrupción y que anuncien la responsabilidad, que denuncien las violencias y anuncien la fraternidad, la solidaridad y la esperanza, entonces podremos aspirar a la construcción de paz, a lograr ambientes sin violencia, sanos y cordiales.

No es hora de abandonar aunque parezca demasiado débil nuestra difícil comunión y mientras sea tan fácil poner etiquetas, marcar diferencias y juzgar. Eso solo trae discordia y aislamiento en guetos.

No estoy dispuesto a creer que ese es el camino de mi comunidad ni el del país. Por ello en la convocatoria fueron todos, de manera inédita, todos juntos, con sus fascinaciones por los reflectores, con sus peculiares modos de pensar y sus loables trabajos. Los que no quisieron ir fue porque no querían ‘mancharse’, no querían ‘arriesgarse’; prefirieron amurallarse con sus colectivos que les festejan todo y no les critican nada.

Con frecuencia, los miembros de la Iglesia católica solemos no hacer mucha justicia al principio de solidaridad, hermandad y comunión que en principio debería convocarnos; en ocasiones sentimos que hay una Iglesia demasiado dividida entre diferentes sociedades, tanto por actitudes como por perspectivas ideológicas; por eso no solo saludamos esta iniciativa sino que nos involucramos con ella, nos ha sido grata porque intenta evitar que esas divisiones tan notorias dentro de los colectivos eclesiales, interrumpan esta misión trascendental que tenemos frente al país que es la recuperación de una estabilidad y la articulación de diferentes procesos de paz.

Porque solo hay dos maneras para que crezcan las flores: cuando se siembran y cuando son necesarias.