tecnología

Conectados y comunicados

mapofrigacenter_71620Vivimos la era de las comunicaciones. Y no sólo me refiero a las telecomunicaciones, los medios de comunicación masiva o la conexión a redes de datos. Es cierto que los avances tecnológicos nos ofrecen perspectivas infinitas respecto a los horizontes por descubrir y conquistar gracias a aplicaciones y nuevos medios de comunicación, pero también gozamos ahora un mejor enlace entre los poblados y las poblaciones. Esto puede contemplarse en la disminución tiempos en los recorridos de las distancias que hay entre las ciudades o entre los países, en los medios de transporte cada vez más eficientes y rápidos, en los viajes que cada vez están más al alcance de la persona promedio en todos los países.

A mediados del siglo XIX, el geógrafo mexicano Antonio García Cubas recorría amplios trechos del país a lomo de caballo con su equipo de trabajo: un topógrafo, un dibujante y un explorador. Por fortuna, García Cubas era además un gran cronista y sus aventuras quedaron plasmadas en largas relatorías de viaje, gracias a las cuales hoy podemos imaginar lo difícil que era explorar esta vasta tierra mexicana (sólo un dato: en esa época para cruzar el Lago de Texcoco de la ciudad de México hacia Acolman podía llevar casi un día entero).

Con la aparición de la locomotora y otros medios de transporte, los viajes comenzaron a estar más al alcance de ciertos grupos sociales; o al menos en su deseo. El caso que mejor refleja este sentimiento es del escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera. En varios de sus relatos describe perfectamente el ambiente parisino o las calles romanas pero se dice que su viaje más largo que este escritor hizo en su vida fue de la Ciudad de México a Puebla.

Hoy no es raro que los oficios o los trabajos de la clase media mexicana exijan por lo menos ciertos viajes a la República; y, extraordinariamente, al extranjero, principalmente a los Estados Unidos, a Brasil o a España. También, durante los tiempos de esparcimiento o vacación, la gente tiene mayores oportunidades de acudir a diferentes centros turísticos en México o fuera de él.

Hoy, la mayoría de las crónicas modernas de estos viajes de placer o de trabajo, se hacen a través de selfies, cambios de status y confirmaciones de ingreso en las muchas plataformas de redes sociales existentes. Hace años tuve oportunidad de viajar a cinco ciudades europeas junto a un amplio grupo de periodistas de todas las edades. Nada más llegar, algunos colegas tenían sus rituales muy específicos: Dos de ellos registraban su ingreso en Tinder, esperando que alguna persona pudiera quedar con ellos tras las jornadas de trabajo; la gran mayoría se tomaba una selfie y la compartía en su Facebook o en Twitter. Sólo uno de los periodistas tomaba un tiempo para elegir cinco postales, comprar los timbres de correo y enviarlas a familiares o amigos a través deln buzón.

La necesidad de comunicarnos y estar conectados es vital. Y, aunque en ocasiones pareciera que la Internet ha destruido las barreras y las distancias, nos olvidamos que el vertiginoso recorrido lo realiza la imaginación humana en diálogo con la ciencia. Al igual que en el pasado, es muy importante recordar que toda distancia se recorre a través del esfuerzo. Eso fue lo que aprendí del último periodista: Cierta noche, mientras llegábamos a uno de los destinos, el departamento de seguridad nacional había bloqueado el wi-fi y la red de telefonía en el aeropuerto debido a una amenaza terrorista. El único que pudo enviar un mensaje fue el colega de las tarjetas postales porque para él, el mundo aún seguía ahí. @monroyfelipe

Anuncios

Tomorrowland, impaciencia por el futuro

TOMRRWLNDEn la simplicidad postmoderna de hoy se dice que hay dos clases de personas según sus preferencias y la manera de jerarquizar valores y prioridades. Y si esto fuera cierto, la premisa de Tomorrowland (EUA, 2015) apuesta a preguntarle al espectador lo siguiente: “¿Vivimos el mejor mundo de todos los mundos posibles? ¿Será esta la mejor de las épocas?” Al final, dependerá de la respuesta que cada quien tenga para saber si pertenece al aparentemente grueso social desencantado y pesimista o al casi exclusivo grupo de los inconformes, impacientes y soñadores.

La nueva película de Disney fue largamente promocionada a través de las múltiples plataformas de la firma; la intención fue presentar un filme vinculado a los valores que idealmente mantienen a la mayor franquicia de entretenimiento y espectáculo para niños: imaginación, creatividad, inventiva y tesón por construir ‘el mundo del mañana’.

La película tiene constantes ‘guiños’ al “lugar más feliz de la tierra” que probablemente serán muy emotivos para quienes conozcan los parques de diversiones de Disneyland que han marcado tendencia en el ‘ambiente-entretenimiento’. Pero, aun incluso si no se descubren los mensajes de promoción del universo del Mickey Mouse, la película logra un extraordinario ambiente futurista y fantástico, inundado de ideas tangibles y creaciones imposibles gracias a la audacia y a la fantasía.

En el inicio de la historia conocemos a Frank Walker (Thomas Robinson) quien es un precoz y audaz inventor que presenta su mochila-cohete en la Feria Mundial de Nueva York de 1964. Aunque es rechazado por los innovadores de la época, Frank será conducido por un vertiginoso viaje a una dimensión poco convencional donde la realidad está trazada por los alcances de la creatividad y la imaginación. Nos volveremos a encontrar con Frank en el futuro (George Clooney), una vez que ha experimentado todas las fibras de un mundo de innovación irrefrenable.

Gran parte del atractivo de Tomorrowland se debe a la buena fotografía y la realización de efectos especiales que asombran positivamente; es la recreación utópica de un mundo futuro dinámico y formidable, de cielo transparente, risas, gozo y plena libertad que contrasta con los muchos desafíos de nuestro propio mundo cuyos dramas ensombrecen la vida cotidiana y la esperanza por un futuro mejor.

Para ser equilibrados en el juicio hay que precisar que Tomorrowland no aborda profundamente el sentido de la justicia, la paz, la trascendencia y la complejidad de la naturaleza humana (con todas sus glorias y bajezas) y a veces parece perderse en el sendero místico de una sociedad secreta de exclusivos visionarios dinamizadores del mundo. Pero mirando con cuidado el terreno no barnizado por el estilo Disney, podemos encontrar una distopía moderna producida por lo que el corto de Pixar dice sobre Tomorrowland: “Desde los albores de la historia, la humanidad ha perseguido audazmente su destino animada por una creencia inquebrantable en el progreso. Sin embargo, el progreso tiene un costo oscuro: con cada avance viene la gran tentación de dar mal uso al nuevo conocimiento, usarlo para la dominación. Tanta innovación ingobernable por la conciencia conduce hacia la destrucción. Y aun así, no hay tal cosa como la fe, podemos y debemos siempre trabajar por nuestro propio futuro”.

¿Cuál es nuestra respuesta?: ¿Vivimos en el mejor de todos los mundos posibles? ¿Será esta la mejor de las épocas? ¿Por qué tenemos tanta impaciencia por conocer el futuro? @monroyfelipe

Futuro de la educación católica en México

DSC_0255Cuando el episcopado mexicano presentó su documento Educar para una Nueva Sociedad, la doctora María Luisa Aspe Armella, presidenta del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), advertía que en el tema específico de la educación católica en México se requería, además de un diagnóstico preciso y complejo, la formulación de “estrategias para la formación de formadores y de maestros católicos en formación permanente con el mundo secular y el de las culturas, que participen activamente en las iniciativas de la sociedad civil”.

Para acompañar este reto de los centros docentes, la editorial SM realizó el Tercer Foro Nacional de Reflexión sobre la Escuela Católica con el fin de plantear desafíos y rumbos de la educación católica en México.

La temática en general giró en torno a la participación y la corresponsabilidad de religiosos y laicos en la misión compartida de educar en el contexto nacional y global actual. Superiores y directivos de colegios en el país tuvieron oportunidad de compartir experiencias y enfoques teóricos-prácticos de su tarea magisterial.

En materia pedagógica, los retos que señalan los obispos mexicanos como prioritarios para un desarrollo social y cultural en México son: mejorar en equidad la calidad y la cobertura educativa, revertir los bajos índices de aprendizaje, responder ante la deserción escolar y promover una educación significativa y atractiva para el alumno y para su contexto específico.

A dichos retos, la escuela católica ha dado un paso al frente. El objetivo es certificar lo que se espera de ella: “formar con mayor libertad a sus alumnos a través de una adecuada educación profesional y mayor conciencia social efectiva; no basta la ‘excelencia académica’, México necesita hombres y mujeres capaces de asumir –como responsabilidad propia- las necesidades de los demás, en especial, de los más pobres y marginados”. Para el religioso marista Alexandro Aldape Barrios, presidente de la Confederación de Escuelas Particulares de México, es importante que en los colegios haya una formación humanista, que debe partir de los maestros, basada en valores universales como el respeto, la libertad, la justicia, la honestidad y la equidad.

En nuestra edición impresa de Vida Nueva México publicamos una reseña de lo trabajado durante este Tercer Foro Nacional: las nuevas fronteras y desafíos pedagógicos planteados por Mons. Alberto Agustín Bustamante, consejero superior de educación católica de la región Cono Sur; y la voz de las congregaciones religiosas femeninas con misión docente en México, representada por Georgina Zubiría, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. En concreto, hay avances y aún hay retos en la respuesta al desafío de una ‘educación con valores’ lanzado por los obispos: que los valores sean reconocidos e interiorizados al grado que se conviertan en ideales que orienten la vida.

Baumgarthner, un corazón y los planetas

Felix_-Baumgartner_edge_spaceLa hazaña humana y tecnológica tiene las mismas fronteras que las de la imaginación, eso quedó demostrado por el equipo de operaciones que llevó a cabo el ascenso de Félix Baumgarthner a la estratósfera terrestre para, desde allí, dejarse caer sobre la costra de nuestro planeta.

Mientras seguía la transmisión por televisión de esta histórica secuencia no dejé de pensar en la posibilidad de convocar todas las artes y experiencias humanas para ser sintetizadas en un par de minutos de hechos inauditos. ¿No vale la pena la preparación, el coraje, la audacia, la ciencia, la fe y la razón para caer vertiginosamente sobre nuestro propio planeta? ¿No valdría más hacer lo mismo para caer así sobre planetas diferentes? Y no me refiero a los planetas físicos, a los que ya conocemos o a aquellos que conoceremos gracias a los grandes avances científicos o a las sondas espaciales.

Pienso en los planetas internos, en los que el corazón es toda una geografía accidentada y el alma que es nuestra atmósfera toda.

Las cámaras que siguieron a Baumgarthner al confín de la Tierra nos lograron mostrar esa esfera azul que es nuestro planeta; tan diminuto, terso y vacilante lucía que, en un momento del salto, me pareció ver que el atleta quería abrazarlo completamente.

En nuestro país, donde ronda un viento de muerte y venganza, cuyas flores y aromas artificiales revelan una vida social y política simulada aún hay esperanza en el abrazo. Por supuesto, esta actitud requiere de perdón, reconciliación y de todos nuestros esfuerzos para acompañar en el dolor pues, aunque para nadie es noticia que nuestro país es una patria herida, hay quienes se empeñan en no reconocer que el principal problema es la indolencia del sufrimiento ajeno.

Hay una geografía personal lacerada, erosionada por el horror del crimen y la violencia, hay un aire contaminando nuestra región transparente con densa niebla de inseguridad y miedo. El tocar esta realidad implica también sufrimiento y sacrificio, significa compartir heridas pero también participar de una misma mirada de esperanza.

Pienso entonces que sí vale la pena saltar en vacío sobre el corazón ajeno, explorarlo, descubrirlo. Reconocer que hay lugares en donde se puede visitar y sentirse agradable, como en el corazón de los amigos y en el de nuestras familias, con quienes compartimos experiencias semejantes y donde hallamos consuelo mutuo. También reconocer que hay otros sitios en los que el aire es tan tóxico que parece imposible estar cinco minutos allí, pero no dejan de ser corazones humanos necesitados de comprensión. A veces hay quienes quieren modificar un planeta: hacer lagos donde hay desiertos, quitar montañas, cambiar cauces de ríos violentos; pero eso es imposible, al menos de forma inmediata y contando sólo con las fuerzas humanas.

De alguna manera pienso en el momento cuando, con todo el valor que alguien puede juntar, decide caer sobre sí mismo, descubrir su propio planeta, porque debe saber que ese salto interior revelará tanto su belleza como sus pantanos; no es sólo mirarse al espejo, es tocarlo hasta traspasarlo completamente. Esto suele sorprender enormemente.

Un libro abierto al tiempo

ebookLo reconozco, tengo un centenar de libros electrónicos en dispositivos tecnológicos de bolsillo que, con cierta frecuencia me detengo a leer. Suele ser muy cómodo ‘abrir’ estos libros durante un trayecto, un viaje, una estancia larga fuera de casa o haciendo sala de espera. Pero, de este centenar de obras, apenas habré leído unas diez en los últimos años. La razón no es la practicidad de estos gadgets, pues al leer un libro electrónico en ellos nos recuerdan en qué capítulo o renglón dejamos la lectura sin la necesidad de doblarle la esquinita a la página o colocarle un tradicional y colorido separador predilecto por nosotros; además, el libro digital tiene funciones interesantes como el subrayado o las notas al pie, y al hacerlo no me siento tan culpable como cuando lo hago en una página de papel. Al mismo tiempo, las funciones metatextuales suelen ser fantásticas cuando con un clic o dedazo nos da oportunidad de abrir el diccionario o el traductor en alguna frase o palabra incomprensible, nos contextualiza y retroalimenta instantáneamente.

Pero si no he utilizado con mayor frecuencia esta posibilidad tecnológica se debe a que, los libros electrónicos –a diferencia de los periódicos y cotidianos- no satisfacen la identidad de mis libreros, ni de mi persona. Además, no siento apego alguno por estos libros. Si los borro o se estropea el dispositivo, basta recuperarlos del archivo guardado en mi ordenador; no son como algunos libros que, gente muy querida, me ha dedicado u obsequiado; incluso valoro libros que me han acompañado en episodios de gran relevancia en mi vida.

Seguí intermitentemente por la web, el Simposio Internacional del Libro Electrónico en Español que se realizó en el Museo de Antropología e Historia en la Ciudad de México, evento de singular importancia porque el español es el segundo idioma con mayor presencia en la Internet, con un dignísimo 10 por ciento de eñes distribuidas en las marañas de la web.

Las reflexiones de los expertos en la materia no dejaron de provocarme inquietud: la lectura sobre plataforma digital no reemplaza a la lectura de impresos, pero sí modifica actitudes e identidades. Me sorprendió gratamente que ya no se hablara del fatal destino de los impresos, que la materia de expresión papel-tinta sea ya un artilugio del pasado o que una tecnología reemplace a la precedente. Me quedo con la reflexión realizada sobre el proceso de apropiación e identidad que genera la lectura sobre el papel pero que requiere otros lenguajes, nuevos lenguajes, cuando el libro salta a la pantalla. Aún creo que un libro es un libro y no un televisor, radio, teléfono, mapa o videojuego; pero también acepto el reto de escribir y leer para quienes un libro también puede ser todo eso y más, para quienes un lector es también un televidente, radioescucha y usuario.

Pienso en el futuro de quienes nos dedicamos a la prensa escrita y en los lectores a los que deseamos llegar, considero no sólo su generación o su plataforma de lectura, quiero comprender qué de este esfuerzo desean consumir y qué de su identidad pueden apropiarse para que les acompañe en algunos de sus momentos importantes del día y ser un impreso abierto al tiempo.