Vaticano

Diplomacia vaticana echa hombro a la incertidumbre en México por la amenaza Trump

Muy pronto ha sido llamado a Roma el nuncio apostólico en México, Franco Coppola. Con sólo cinco meses y algunos cientos de kilómetros recorridos en el país ha sido convocado a la Santa Sede para dar un informe general de su breve periodo de exploración.Esto ha comunicado el nuncio “…estaré en Roma, desde el lunes 27 de febrero hasta el jueves 9 de marzo: la primera oportunidad para hacer el punto sobre mi misión en México con los superiores a cinco meses desde mi llegada a ese grande y complejo, país donde la iglesia tiene que hacer frente a los desafíos de la modernidad para seguir acompañando a este pueblo como lo ha hecho por siglos”. Pero, ¿qué esperamos de aquellos encuentros que sostenga Coppola en Roma?

La última vez que tuve oportunidad de reunirme con el número dos del Vaticano, el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, éste me preguntó: “¿Cómo está México?” Lo expresó como si preguntara por un familiar, por su estado de salud. Sin embargo, las inquietudes que los dicasterios vaticanos le harán a Coppola serán mucho más prácticos: ¿Cuántos obispos están en edad de jubilación? ¿Cuáles son las diócesis apremiantes para hacer cambios? ¿Cómo valora el perfil de restitución episcopal con la cantera de sacerdotes? ¿Cómo ha sido el trabajo con las autoridades mexicanas, particularmente con la Secretaría de Gobernación y la de Relaciones Exteriores? ¿Cuál podría ser la mejor vía para apoyar, desde la diplomacia, la relación entre México y Estados Unidos, ya que sus propias autoridades civiles han confirmado que “lo único cierto es la incertidumbre”?

Las primeras inquietudes de la Santa Sede corresponden a la Congregación para los Obispos, presidida por el cardenal canadiense Marc Oullet (dicasterio donde, por cierto, el representante para México es el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano). En este terreno se preparan las sucesiones, los traslados y las promociones episcopales a lo largo del territorio. Para los no iniciados es difícil ver que en cada cambio de titulares en diócesis clave del país se juega un cambio de paradigma en el estilo y la actitud de servicio de los pastores que se descentran del poder: “Que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales”, como dijo un categórico Francisco hace un año a los obispos mexicanos.

Es claro que, la inestabilidad en la política nacional favorece la corrupción y propicia una serie de persecuciones políticas –unas más virulentas que otras- entre gobernadores, alcaldes y demás funcionarios (basta mencionar el caso paradigmático como el de Javier Duarte). Hoy por hoy, la praxis normalizada entre los obispos responde al ‘respetuoso encuentro con las autoridades’, pero es evidente que se requieren nuevas dinámicas de ‘menos encuentros amistosos’ y ‘más rigor institucional’ para no arriesgar la aún alta credibilidad de los miembros de la iglesia católica entre la sociedad mexicana.

Lo anterior porque el escenario anticipado de campañas políticas, en medio de una incertidumbre diplomática internacional y la volatilidad de la economía interna, exige un principio de orden para que el enviado diplomático de la Santa Sede se enfoque en uno de los intereses capitales del papa Francisco: El fenómeno migratorio.

En el 2016 no fue azaroso el traslado del experimentado nuncio apostólico en México, Christophe Pierre, a la representación diplomática del Papa en Washington. Su cercanía con episcopado mexicano y su servicio diplomático de la Santa Sede en la ‘era Trump’ lo hizo un participante obligado en la Bienal de obispos fronterizos de Texas y México celebrada en Brownsville a mediados de febrero y lo coloca como un operador de avanzada en la delicada misión de intervenir a favor de la dignidad humana en uno de los polos migratorios más complejos del orbe.

Hay que recordar que el papa Francisco logró derribar el muro histórico que paralizó las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. Es evidente que no intervino por intereses ideológicos o políticos sino humanitarios, en correspondencia a las dinámicas familiares y sociales que se establecieron con naturalidad pero al margen de las fronteras. Lo mismo sucede con las políticas migratorias sentenciadas por Donald Trump, más allá del muro, la radicalización de los criterios de legalidad afecta directamente la hermandad, familiaridad y articulación de los habitantes de EU con México y el resto del continente.

Coppola volverá de su encuentro con el Papa en Roma con esta misión bajo el brazo. ¿Encontrará interlocutores en SEGOB o SRE que no estén obsesionados con el precio de los energéticos y la estabilidad macroeconómica? ¿Con qué obispos contará para apoyarle en esta encomienda? Por lo pronto, el cardenal Carlos Aguiar Retes ya ha establecido un acercamiento estratégico con grupos de otras iglesias cristianas en Estados Unidos, en un hecho inédito se ha reunido con Elder Russell Nelson, presidente del quórum de los doce apóstoles de la iglesia de los santos de los últimos días. Por su parte, el cardenal Norberto Rivera Carrera refuerza las relaciones con organizaciones católicas en EU; en agosto acudió a la conferencia anual de la Asociación Católica de Líderes Latinos celebrada en Chicago y el 10 de febrero fue a Dallas, al Centro Nacional Católico de Bioética. El primero es un acercamiento interreligioso con claras vistas diplomáticas; y, los segundos, gestos de unidad católica en el servicio transfronterizo. Ambos útiles, a menos que usted quiera construirle muros al Papa.

Felipe Monroy

@monroyfelipe

Anuncios

De comunión y comuniones

 “Todo bien, por naturaleza, no tiene límite”. San Gregorio de Nisa

burbujas-de-dialogo-dibujadas-a-mano_23-2147494778Nuevamente sobreabundan las relecturas de un aparente conflicto dentro de la Iglesia y en ellas, las mentes más fantasiosas ya han hecho de la celebración del sínodo extraordinario de la familia en el Vaticano un campo de batalla donde invariablemente habrá vencidos y vencedores. Sin caer en la imaginería de sendos ejércitos comandados por cardenales/generales en los que la disputa por la certeza de la doctrina cristiana es el trofeo de la fidelidad, es oportuno ver en estos acontecimientos la riqueza del diálogo y el debate, la actualización del magisterio y la renovación del valor profético de la tradición y la palabra en la realidad absoluta que vivimos.

El llamado del papa Francisco al sínodo, así como los cambios en la metodología o el cuestionario abierto a los obispos y al pueblo fiel, ha descolocado a muchos de las pocas certidumbres a las que estaban asidos. Quizá sean partidarios de aquella convicción donde esperar órdenes y argumentos es más sencillo y menos arriesgado que proponer y confiar en la perspectiva de estrechar la realidad con el Misterio.

En la mitología, es la diosa Calipso quien hace uso de sus artes para hacer olvidar y ocultar a sus víctimas la tierra donde nacieron así como la conciencia de ser hombres y no cerdos. En concreto, les arrebata su identidad y los hace prisioneros. En el drama del Odiseo cautivo por Calipso, solo es a través de Hermes, el mensajero, que la libertad del peregrino retoma su cauce. A este mensajero se le conoce por sus habilidades en el uso de la palabra, en la elocuencia, se le reconoce por prudente y circunspecto, y principalmente por su astucia. Desvelando a Calipso, Hermes revela la verdad para Odiseo y la voluntad que los dioses tienen para él.

Me viene a la mente todo lo anterior porque, de cierto modo, el ‘estilo Francisco’ ha propiciado –con gestos y mensajes- correr el velo de los personajes y de lo que hay en sus corazones cuando de dialogar al interior de la Iglesia se refiere. En esto, no basta decir que la Iglesia ha pecado de verticalidad burocrática o que la pluralidad de opiniones pone en riesgo la doctrina. Lo que encontramos son expresiones faltas de caridad que acucian intensas divisiones y tensiones nada fraternas; expresiones donde la casa se ha hecho estrecha para la distancia que requieren sus moradores.

Pertrechados en sus seguridades parecen reclamar derrotados a su hermano con las palabras de Ignacio Padilla: “Eran otros los cimientos del edificio de tu pensamiento y tu lenguaje”. La petición del papa Francisco de una Iglesia en salida, ha movido a no pocos a tomar rumbo hacia la puerta, abandonando comodidades y rincones de ambiente enrarecido, pero una vez en el umbral de la puerta se han dado cuenta que vivían como extraños en la misma casa y, antes de salir, se reparten la herencia de la misma que creen les corresponde.

Ante los desvaríos de muchos, algunas voces sensatas ya advierten que el sínodo que ahora empieza es de cierto modo preparativo, no de un documento sino de actitudes, una oportunidad de encontrarse y dialogar, de recuperar las voces que los obispos conocen en cada uno de sus territorios y de plantear preguntas, de proponer senderos para recobrar la comunión, para que todos sean uno.

Para los católicos, la esperanza de que encuentros de esta naturaleza hagan crecer la idea de comunión y que esta trascienda a la exclusivamente jerárquica, que haga de la fraternidad una evidencia tautológica y que comporte una dimensión más eclesial, más horizontal y en sintonía con el Concilio Vaticano II, no es una prueba de la pureza de cada uno frente a la piedra de toque sino de reconocerse en la responsabilidad de hacer el bien. Así lo expresó Francisco: “la Iglesia se comporta como Jesús. No nos da lecciones teóricas sobre el amor, sobre la misericordia. No difunde en el mundo una filosofía, una vía de sabiduría… Cierto, el cristianismo también es todo esto, pero como consecuencia, como reflejo. La madre Iglesia, como Jesús, enseña con el ejemplo, y las palabras sirven para iluminar el significado de sus gestos”. @monroyfelipe

Garantías sociales ausentes

mb-progresonacionalEl proceso de reformas en el que se ha empeñado el Estado mexicano desde hace un par de años ha supuesto un enorme esfuerzo por parte del propio sistema estatal, de sus organismos y de los partidos políticos que detentan -no siempre con justicia ni sin interés particular- la vocería y representación del pueblo mexicano. Las reformas estructurales no significan otra cosa sino las modificaciones de los parámetros legales para la supuesta mejora en la operatividad, inversión y manejo de recursos materiales y sociales para el desarrollo de la nación.

Las reformas que abarcan las dimensiones de energía, educación, telecomunicaciones, hacienda y la del propio Estado mantienen con inquietud a gran parte de la sociedad mexicana sobre los beneficios reales que la conclusión de estos debates hará tangibles entre la población. El debate y el análisis de dichas reformas ha traspasado los causes del discurso legislativo en el país y las interrogantes desde diferentes miembros de la sociedad civil no se han tardado en hacer presencia mediática.

Así lo ha hecho la Conferencia del Episcopado Mexicano quien a nombre de los obispos del país ha publicado en el marco de su 97° Asamblea Plenaria el mensaje ¡Actuemos ya! el cual básicamente secunda el cuestionamiento que se ha hecho en diferentes espacios ciudadanos sobre el interés prevalente de la población en el tema de las reformas estructurales y advierte que la verdadera reforma debe acontecer en la mente y el corazón: “Si no se reforma la mente y el corazón, si no se reforma la conciencia que genere una auténtica escala de valores y nuestra capacidad de encuentro y fraternidad solidaria no habrá reforma que nos ayude a superar las intolerables desigualdades e injusticias sociales”.

En las palabras de los obispos de México resuenan las del papa Francisco en aquella entrevista al sacerdote jesuita Antonio Spadaro, director de la Civiltà Cattolica: “Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser de las actitudes”. Y este cambio de actitud que propone el episcopado mexicano compromete a los bautizados tanto como les compromete a ellos mismos: “Los obispos, especialmente han de ser hombres capaces de apoyar con paciencia los pasos de Dios en su Pueblo, de modo que nadie quede atrás, así como de acompañar al rebaño, con su olfato para encontrar veredas nuevas”, dice el Papa.

La construcción de sociedades más abiertas, participativas y corresponsables es un deseo que claman diferentes organizaciones sociales, culturales y comunitarias; es una respuesta al modelo oligopólico asentado en el país durante todo el siglo pasado. En su mensaje, los obispos han puesto ejemplo en esta apertura, sin hacer exclusivo al destinatario de su mensaje ni cerrarse a las propuestas que no emerjan de cierto grupo social o gremio cultural. En su ¡Actuemos ya! se lee un plural incluyente que destierra a las tercera personas, a ‘aquellos’ y lo transforma en un ‘nosotros’.

Esto ha sido lo que manifestaron los obispos mexicanos al Papa durante su peregrinación a Roma, el cardenal Francisco Robles Ortega lo sintetizó en un panorama claro-oscuro: un pueblo que busca desarrollo justo y sustentable pero mantiene una “extendida y endémica pobreza”; un pueblo alegre que ama la vida pero que “enseñorea la cultura de la muerte”; un pueblo que practica la solidaridad pero con “hondas divisiones”.

Para el cristiano participar es acompañar y el acompañamiento -como dice el clásico- es el arte de aprender siempre a quitarse las sandalias, ante el terreno sagrado del otro. Este terreno en particular es el de las garantías sociales que, si bien jamás alcanzó en plenitud la sociedad mexicana, por lo menos se encontraban en fragmentos legislativos de ideales por trabajar. Estas garantías, hoy ausentes, podrían convertirse en apenas una ilusión del pasado si las reformas actuales se agotan en tecnicismos sin ubicar como fin último de su propósito el bienestar de cada persona humana.

“Estilo franciscano, recuérdelo”

faustino-enroma-300x225Ha concluido la Visita Ad limina de los obispos mexicanos al papa Francisco. Diferente a las anteriores, en general el ambiente fue más franco, distendido. Los obispos de México pudieron hablar sin los titubeos que la mediación del idioma sugiere, sin mediadores que interpretaran de más o de menos. Algo que se está volviendo costumbre del pontífice.

Las capacidades tecnológicas acercaron también mucho más allá de los reportes periodísticos, detalles del encuentro, convivencia, celebración y peregrinación espiritual de los pastores del país en la Ciudad Eterna. Los propios obispos fueron los principales reporteros, fotógrafos e informadores, armados con sus teléfonos inteligentes publicaron en sus redes sociales postales y fragmentos de interés sobre la visita y que los feligreses de sus diócesis agradecieron recibir en sus muros o time line.

Sin duda ha sido una gran oportunidad para conocerse y reconocerse, para charlar sobre los temas qué más apremian en la Iglesia católica mexicana. Los temas más recurrentes: la violencia en el país, la destrucción del medio ambiente, los desafíos educativos y culturales, la ofensiva pobreza, la tragedia migratoria, la falta de liderazgos políticos, la crisis vocacional y familiar, el activismo de la vida religiosa, la resistencia  desde la trinchera antropológica, la difícil gobernanza de congregaciones y presbíteros, así como la caída de viejos paradigmas sociales.

Frente a todos estos temas, el Papa ha escuchado y compartido; ha dado un mensaje claro y contundente: “En la actualidad, las múltiples violencias que afligen a la sociedad mexicana, particularmente a los jóvenes, constituyen un renovado llamamiento a promover este espíritu de concordia a través de la cultura del encuentro, del diálogo y de la paz. A los pastores no compete, ciertamente, aportar soluciones técnicas o adoptar medidas políticas, que sobrepasan el ámbito pastoral; sin embargo, no pueden dejar de anunciar a todos la Buena Noticia: que Dios, en su misericordia, se ha hecho hombre y se ha hecho pobre”, dejó expresado el 19 de mayo.

A lo largo de sus alocuciones insistió en la responsabilidad y, al mismo tiempo en que reconocía la labor de las comunidades, las parroquias o la “insustituible” labor de los laicos, expresó su esperanza en que estos hombres y mujeres puedan transformar y edificar un mundo más justo y solidario.

El Papa no puede elegir qué tipo de feligreses quiere en México, y es evidente que él no ha elegido el amplio cosmos episcopal en el país. Pero sí puede animar y conducir con un tono especial, armonizar las sutiles tensiones y hacer partícipes a todos de un camino abierto, libre, misericordioso y de esperanza. Eso es todo. La colegialidad, de la que muchos habían comprado un boleto, se profundiza y extiende con la aquiescencia pontificia, se ha hecho más manifiesta aunque para algunos haya sido como sacarse la rifa del tigre.

Para tales tribulaciones, el Papa ha dado un consejo: tomar en cuenta el estilo franciscano. Mirar nuevamente a san Francisco de Asís y a su comunidad fraterna: “el estilo franciscano, ten en cuenta, ten en cuenta” dijo el Papa a José de Jesús González Hernández, obispo prelado de Jesús María El Nayar.

¿En qué consiste ese famoso estilo franciscano? Mucho de él se lee entre las líneas de los escritos del Povorello de Asís: practicar la misericordia con los urgidos, vivir con caridad en favor de los necesitados, ubicarse siempre como forastero y peregrino,  evitar añadir parafernalia inútil, expresar la virtud a través de la sencillez y, sobre todo, los pobres, acordarse de los pobres.

Rivera Carrera y las piezas clave de la Secretaría de Economía

Tal como adelantaba la constitución del nuevo instituto de economía de la Santa Sede que el papa Francisco creó el pasado 24 de febrero, se nombraría a un Consejo de Economía que tuviera como tarea el supervisar la gestión económica y vigilar las estructuras y actividades administrativas y financieras de los Dicasterios de la Curia Romana, de las Instituciones relacionadas con la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Este Consejo quedó definido en sus quince miembros, ocho cardenales y siete laicos expertos en competencias financieras y económicas. El arzobispo de Múnich y Frisinga, Reinhard Marx, será el coordinador. Cabe destacar que los cardenales convocados ya eran miembros del Consejo de Estudio para los Problemas Organizativos y Económicos de la Santa Sede (creado en 1981 por Juan Pablo II con 15 cardenales miembros ordinarios), consejo que fue disuelto con la entrada en vigor de la Secretaría de Economía y de su nuevo consejo.

En un comentario explicativo, la Santa Sede asegura que este consejo mantendrá nuevas relaciones estatutarias con la Secretaría de Economía y se tratará de un cuerpo colegiado con autoridad de decisión en políticas financieras y no sólo como un órgano consultivo.

A pesar de lo novedoso de esta noticia, esta reforma del papa Francisco es un proceso iniciado por su predecesor Benedicto XVI que está encontrando causes a los trabajos iniciados en el 2010 por el anterior consejo. En aquel entonces, se quería dar una respuesta a varios problemas financieros de la Santa Sede, entre ellos la sospecha por presunto lavado de dinero desde el Instituto para las Obras Religiosas (IOR) mejor conocido como Banco Vaticano y el déficit recurrente en los balances anuales de la gestión económica de la Santa Sede.

Tan solo como un par de datos: para el 2012, los gastos en el governatorato de la Santa Sede ascendieron a más de 230 millones de euros; la Curia erogó casi 250; la Pastoral, 72; y las obras de caridad (sostenidas casi íntegramente por donativos de fieles), 274. Las otras áreas obtuvieron ingresos por la actividad comercial y la gestión patrimonial de sus bienes.

Miembro de ambos consejos, el cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de la ciudad de México, aparentemente ha sido una pieza clave en este proceso de saneamiento y reorganización financiera. La gestión administrativa ha sido siempre de gran interés para el purpurado; como responsable de una de las diócesis más grandes, vastas, complejas y políticamente delicadas del mundo, Rivera ha trabajado por dejar claras las reglas del gobierno administrativo y pastoral, aunque esto siempre ha supuesto conflictos y tensiones internas. Intentar ordenar los bolsillos de monjes y curas siempre provoca lágrimas y risas.

A pocos meses de su llegada a la Arquidiócesis de México promulgó un Decreto de Reordenación Económica. Entró en vigor en 1997 y declaraba entre otras cosas: que el monto total de la colecta del Seminario Conciliar de México se destinaría íntegramente al Seminario; que la colecta del Óbolo de San Pedro se dividiría a la mitad: una que a través de la curia arzobispal y la Nunciatura Apostólica se entregara a la Santa Sede y la otra mitad, quedaría en las parroquias de la ciudad; la colecta a las Obras del Episcopado Mexicano: el 75% a la curia y al Episcopado y el 25% a las parroquias; el 100% de la colecta del Domingo Mundial de las Misiones se entregaría a las Obras Misionales Pontificias Episcopales.

Aquel decreto también actualizaba los procedimientos de un seguro médico accesible a todos los clérigos así como la reorganización del fondo económico para la pensión de los sacerdotes jubilados tras cumplir la edad canónica del retiro. Un tópico de naturaleza grave y que se complica conforme el promedio de edad asciende entre los ministros religiosos.

Este decreto fue actualizado en el 2000 y en el 2007, clarificando áreas de competencia y validando con los organismos de la Santa Sede los alcances legales y canónicos del decreto. En la última reforma, el arzobispo insistió en la creación en todas las parroquias del DF de un “Consejo de Asuntos Económicos” en el que, de manera gradual, pudieran participar tanto sacerdotes como religiosas y laicos, así como la simplificación de procesos administrativos mediante una aportación mensual obligatoria del 10% de los ingresos brutos constatados de cada parroquia, rectoría y capilla capitalina.

Sin duda, en la ciudad de México persiste el manejo discrecional de los fondos de las iglesias y aún hace falta la solidaridad intraeclesial para apoyar a las comunidades más desfavorecidas; las reglas, sin embargo, están puestas y esperamos que, aunque a nivel vaticano también lo estén, no se repitan las vergonzosas historias de malversación de los recursos de la Iglesia.

Por la fisura de la roca: comunicación para una reforma

ImagenHace un par de semanas tuve oportunidad de escuchar e inquirir a una docena de funcionarios de la Curia romana sobre las particularidades de cada oficina que representan, sus competencias y jurisdicciones, sus carencias y necesidades. En el ambiente permanecía una inquietud junto a los temas coyunturales: el papa Francisco ha propuesto una reforma ‘a todo nivel’, una ‘descentralización del aparato eclesial’, un ‘cambio verdadero y eficaz’ y una ‘conversión del papado’.

La Curia romana es el organismo que, en principio, cumple el cometido de auxiliar al Obispo de Roma en el ejercicio de la caridad y el gobierno para una Iglesia diseminada por todos los continentes y casi todas las naciones del mundo. La pregunta para los funcionarios es obligada: ¿Qué espera cada uno de ustedes de la reforma propuesta y emprendida por Francisco? Las respuestas son diversas, pero unánimemente ambiguas; en síntesis: Algo tiene que mejorar, aunque no se sepa bien qué o no se sepa qué consecuencias conlleve dicha mejora.

Dos semanas más tarde y durante el consistorio de cardenales de este 2014, Francisco creó la Secretaría y el Consejo de Economía de la Santa Sede para ejercer “el control económico y la vigilancia de los entes vaticanos… [y] la supervisión de la gestión económica así como vigilar las estructuras en cuanto su actividad administrativa y financiera de los Dicasterios de la Curia Romana, los Institutos relacionados a la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano”. De hecho, en el último año, Francisco ha signado cuatro reformas del aparato interno de la curia: la nueva estructura de coordinación de asuntos económicos, los nuevos estatutos de la Autoridad de Información Financiera, el Comité de Seguridad Financiera para prevenir el blanqueo, financiación del terrorismo y la proliferación de armas; y la adecuación de la jurisdicción en materia penal de los órganos judiciales del Estado Vaticano.

Además de las dificultades obvias que implica tal revolución interna, la Iglesia tiene frente a sí un gran desafío para saber cómo comunicar este fenómeno y esta coyuntura en el marco de su contexto. Aunque es cierto que la figura del papa Francisco parece no requerir grandes estrategias de comunicación para hacer llegar sus potentes mensajes, la Iglesia como institución y referente moral ha sufrido constantemente el asedio de medios de comunicación que trastocan o malinterpretan sus convicciones o –en la mayoría de los casos- que simplemente no quedan lo suficientemente satisfechos de la cantidad ni la calidad de la información que la estructura eclesial ofrece de sus prácticas, reglas y procedimientos propios. ¿Qué hacer entonces?

Durante mi estancia en Roma tuvo lugar el episodio del ‘Súper Papa’, sucedió a escasos metros del Vaticano: el artista Mauro Pallotta montó un grafiti del papa Francisco simulando a Superman. El acto rápidamente se tornó un fenómeno de comunicación global por las miles de fotos tomadas y compartidas por las redes sociales, incluso la cuenta oficial del Pontificio Consejo para las Comunicaciones de la Santa Sede la retuiteó y se sumó a la tendencia. El fenómeno duró dos días, el 28 y 29 de enero, y dejó en claro que el Papa no requiere de estrategias que lo posicionen en las principales tendencias de la comunicación global.

Sin embargo, el anterior es uno de los muchos casos de comunicación sin contenido que se ha vuelto la gran tentación de los medios (y hasta de ciertos organismos eclesiales). Junto al caso del grafiti del Papa tuvo lugar el error de la oficina vaticana de prensa al compartir la prematura alegría de que la revista Rolling Stone hubiera elegido a Francisco para su portada tal como lo hicieron Time, Vanity Fair, Forbes, Esquire o The New Yorker. En el contenido, como es de todos sabido, había mucho más en juego que el simple éxito de comunicación del pontífice argentino.

Los abundantes valores positivos del papa Francisco para los modelos de comunicación moderna han provocado no solo el uso sino el abuso de su imagen y de su extensa credibilidad entre la opinión pública por parte de los más insospechados medios y liderazgos de comunicación comercial. Con todo, estos valores positivos mediáticos parecen no casar con el contenido que primordialmente representa el papa Bergoglio: los del Evangelio, la Iglesia, su tradición y su orientación moral. Muchas veces incluso se “jala marca” desde el pontífice para falazmente verificar aspectos contrarios de la Iglesia y su doctrina.

Este problema, sin embargo, no es exclusivo de la coyuntura pontificia, tiene sus raíces en una serie de prácticas negativas de comunicación, también sin contenido, a las que los diferentes organismos de la Iglesia católica se han acostumbrado. Informaciones subterráneas cuando se precisa transparencia, ambiguas cuando se exige puntualidad, simuladas cuando es necesario el compromiso, parciales cuando el tema pide exhaustividad, dogmáticas frente al diálogo y legalistas frente a la caridad. Y, en todos los casos, parece apelarse más a la falacia ad baculum (de la autoridad) para validar los argumentos como certeros. Esto, en una época donde todas las instituciones viven una crisis de representatividad y liderazgo, sencillamente no es eficaz para participar de la comunicación contemporánea.

El ‘momento Francisco’ es una gran ola positiva que la Iglesia puede aprovechar para abrir canales de diálogo y comunicación de su contenido más atesorado: su fe. Esto tiene implicaciones en la responsabilidad diocesana, en las Iglesias particulares y los miembros de las estructuras intermedias configuradoras del tejido social.

Concluyo con la imagen plástica que ha hecho famosa el papa Francisco: la de una Iglesia que sale al encuentro. Si la Iglesia en ocasiones parece encerrada, mirando apenas por el cristal de la ventana, “autista y paranoica”, “autorreferencial y enferma de encierro”, la comunicación eclesial suele vivir en el sótano de esa casa, recibiendo lecturas del exterior y elaborando discursos en un lenguaje que no escucha ni conoce.

El momento actual, abiertamente positivo, es el de una fisura en la roca, entra luz, aire y sonido a través de ella; lo que debemos preguntarnos es si los comunicadores de Iglesia optarán por resanar la grieta para volver a su zona de confort o si utilizarán todos los recursos de su imaginación, audacia y creatividad para establecer un diálogo con el exterior, para aprender sus lenguajes, su brillantez y sus sombras.