violencia en México

Víctimas y victimarios; las fronteras del verdugo

Sobre el caso Nestora Salgado, ¿en realidad sólo podemos entenderlo bajo criterios absolutos? ¿Es ella únicamente víctima o solamente victimaria en toda la historia? ¿Nos es lícito juzgar a una persona como perfectamente buena o absolutamente mala? Sus defensores: ¿Podrían sentir compasión por las personas que la acusan de secuestro? Y sus acusadores: ¿Podrán compartir la posibilidad que, bajo las ingobernables condiciones de violencia y corrupción de autoridad en sus comunidades, hubo algo positivo en las acciones lideradas por esta policía comunitaria? ¿Podríamos tener una mirada desde la alteridad respecto a lo que ella denunció fue su encarcelamiento injusto y, al mismo tiempo, expresar otredad con quienes la acusan de secuestro? ¿Por qué para juzgar preferimos armarnos también bajo la actitud de verdugo, pero eludimos intentar comprender la naturaleza de los actos y responsabilidades de cada ser humano, así como de las instituciones?

Los relatos sobre las situaciones extremas que padecen innumerables pueblos de México ante la ausencia de autoridad (o de su ignominiosa corrupción) y los abusos que personas o grupos cometen en esos páramos sin ley pueden ser releídos desde perspectivas diversas. Por un lado, nos podemos estremecer ante el dolor de centenares de víctimas que padecen actos de absoluta barbarie institucionalizada en estas fronteras olvidadas, pero también nos enternece cada gesto de bondad que algún hombre o mujer común realiza para evitar abusos, despojo o cualquier intento de atropello a la dignidad de su prójimo, aun si estos actos están fuera del orden legal o el casi utópico ‘Estado de derecho’.

Que la sociedad mexicana se debata furibunda entre acusaciones maniqueas, revela la poca comprensión que intentamos sobre la naturaleza humana y social. En ‘Frente al límite’ de Tzvetan Todorov, el filósofo recupera historias de sobrevivientes de campos de concentración nazis y soviéticos; pero no se limita a escuchar sólo la parte de la población que fue recluida y dispuesta a sufrir las torturas y crímenes más atroces del siglo XX, también recupera los testimonios de los que estuvieron fuera de las rejas (custodios, guardias, directores de los campos de concentración) y la manera en cómo asimilaban e intentaban comprender sus responsabilidades y sus actos. Son estos últimos testimonios los más complejos de comprender: ¿Cómo es posible que un monstruo conduzca a cientos de personas al patíbulo mientras escribe tiernas cartas de amor y nostalgia a sus padres y hermanos? ¿Cómo la vigilante en jefe de Birkenau era capaz de ordenar las torturas más inhumanas, pero abrazaba y regalaba chocolate a los niños en el campo de concentración? ¿Qué tipo de padre fue el comandante Schwarzhuber que le colocó un letrero al cuello a su hijo para que, mientras el niño vagaba por la prisión, los soldados no lo confundieran con los condenados a la cámara de gas?

En las situaciones extremas (y no podemos negar que muchas comunidades de México padecen esta condición), la fragmentación de la psique es un recurso de la mente para la supervivencia no sólo de nuestra persona sino del mundo en el que creemos o deseamos existir. Dice el escritor Primo Levi (sobreviviente del campo de concentración de Monowice) que “una cosa que uno no puede comprender se convierte en un vacío doloroso, una picadura, una irritación permanente”. ¿Qué queremos comprender del caso Nestora Salgado y las víctimas de secuestro en medio de un contexto de Estado fallido? ¿Con qué actitud queremos explorar las tinieblas morales y criminales de un caso tan extremo como el que debieron enfrentar Salgado, el pueblo, las autoridades y las víctimas? ¿Seremos capaces de otredad o nos contentaremos con permanecer en la posición de verdugo, esperando la víctima perfecta de nuestros prejucios?

@monroyfelipe

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Un crimen sagrado

padreApenas un kilómetro y una semana de distancia separan la más reciente escena del crimen contra un sacerdote mexicano de la reunión de los obispos con los candidatos a la presidencia de la República en la sede de la Conferencia Episcopal en el Estado de México, mismo municipio, misma diócesis pero un abismo en el discurso. El asesinato del vicario judicial de la diócesis de Izcalli, Rubén Díaz Alcántara, es la prueba irrefutable de que la violencia y el crimen prevalecen como una especie de ‘orden social’ en el territorio nacional.

El Centro Católico Multimedial -organización que da seguimiento a los crímenes contra ministros de culto y miembros de la iglesia católica en México- reportó que con Díaz Alcántara se alcanzó la cifra de 22 sacerdotes asesinados en el país desde el inicio de la administración del presidente Enrique Peña Nieto; además, han sido asesinados 40 periodistas, 73 políticos y más de diez mil mujeres, para redondear en 117 mil, la cifra de homicidios de este sexenio.

Cada crimen, desaparición o secuestro revela la ineficacia de las estrategias de seguridad propuestas en los últimos dos sexenios, desnuda también la crisis humana y moral en la que ha caído gran parte de la sociedad mexicana. Por eso sorprende que el mensaje que los obispos mexicanos dieron a los candidatos a próximo presidente de México hablara tan poco y con ambigua cortesía de este gran drama nacional: “No podemos concebir un orden social basado en la impunidad, la corrupción, la inseguridad, la violencia, la cultura de la muerte”, expuso el cardenal Francisco Robles en nombre del episcopado nacional sólo para matizar más adelante: “Muchas cosas las hemos hecho bien. En los últimos años hemos logrado conformar avances significativos en materia política, económica y social”.

Frente a ese cuerpo episcopal que ha perdido a 22 sacerdotes en menos de un lustro y una cantidad desconocida de fieles católicos, el cardenal Robles dijo a los aspirantes a dirigir el país: “Hay indignación y graves realidades de exclusión que nos sacuden y violentan. Sin embargo, éstos no pueden opacar nuestra mirada sobre el bien conquistado”. Las únicas conquistas en el rubro de inseguridad han sido, sin embargo, indeseables: el 2017 se convirtió en año más violento de la era moderna del país, los crímenes contra ministros pasaron de tres (1994-2000), a cuatro (2000-2006), a 17 (2006-2012) y finalmente a 22 (2012-abril 2018). El Índice de Paz reporta que en 25 de los 32 estados de la República experimentaron un deterioro del nivel de paz y más de 100 millones de personas ven afectadas las relaciones sociales en sus hogares y comunidades por la violencia. Por si fuera poco, la tasa nacional de delitos aumentó en 15% y la tasa mensual de violencia en la familia escaló 32% en los últimos tres años.

El arzobispo Robles aseguró a los políticos que, en el extranjero, hay “admiración” de ciertos avances en México (especialmente en materia macroeconómica, salud, educación, vivienda y democracia) y planteó que “la crisis ética, hay que decirlo, no es exclusiva del gobierno, ni de nuestra Nación, sino que es un cáncer presente en toda la humanidad”. Pero es claro que a ningún obispo se le puede exigir atender el cáncer de la humanidad sino el drama que padece su prójimo inmediato: “El obispo -apuntó el papa Francisco en 2016- debe ante todo vivir para los fieles, y no solamente presidirlos […] estar cercanos a los pobres, a los débiles, a los que no tienen hogar y a los inmigrantes. Miren a los fieles en los ojos. Pero miren el corazón. Y que aquel fiel tuyo sea presbítero, diacono o laico, pueda mirar tu corazón. Pero mirar siempre en los ojos”.

Los obispos tuvieron la oportunidad que millones de fieles católicos no tienen: estar frente a los que aspiran a gobernar el país; tuvieron oportunidad de expresar con claridad evangélica los dramas que su grey y su clero padecen todos los días, tuvieron oportunidad de utilizar las palabras precisas para denunciar “la alarmante violencia” como mencionaron en las condolencias por el asesinato del sacerdote Díaz Alcántara; para iniciar ese “diálogo nacional en el que se escuchen todas las voces, especialmente de aquellos y aquellas que sufren violencias e injusticias” como propusieron en su mensaje final de la 105 asamblea plenaria; o para “reconstruir nuestra Patria […] ante la injusticia e inequidad, la corrupción e impunidad, las violencias, el narcotráfico, los asesinatos y desaparecidos, la inseguridad y extorsión” como dijeron en la 104 asamblea nacional. Una oportunidad que se diluyó en cortesías políticas y que silenciaron buena parte de una indignación social ante una crisis que, si bien no es exclusiva del país, sí es la más cercana y es la que podemos ver directamente a los ojos.

@monroyfelipe

La última caída del padre Machorro

Machorro-Miguel-sacerdote-c-702x336El 3 de agosto pasado, justo la víspera del santo que celebra a los sacerdotes, el cura José Miguel Machorro finalmente dejó de respirar; dos meses y medio desde que fuera brutalmente atacado en la Catedral de México. Durante todo ese tiempo el ministro se debatió entre la vida y la muerte debido a las graves heridas que su atacante le provocó. Sin embargo, a lo largo de su ministerio y en el umbral de su agonía, Machorro fue víctima de más de una circunstancia.

Según lo relata la periodista Zoila Bustillo, el 24 de julio de 2010, José Miguel Machorro subió al altar mayor de la Catedral de México y celebró una misa de acción de gracias por sus 25 años de ministerio sacerdotal. Junto a él estuvo el obispo Antonio Ortega Franco, el vicario episcopal que -en nombre del cardenal Norberto Rivera- le encomendó el cuidado de una rectoría y algunos servicios de asistencia social. En aquel entonces, Machorro habló de su historia personal y de las razones de su vocación: “Recuerdo que mi abuela -dijo- rezaba fervorosamente para luego ir a misa a comulgar; esto lo hacía todos los días. Ella me enseñó a amar profundamente a los pobres y a la Iglesia; tenía un gran respeto por los sacerdotes del pueblo, a quienes invitaba con frecuencia a comer a la casa”.

Machorro estudió, fue formado y ordenado sacerdote en la diócesis de Papantla; pero después de serios conflictos en el seminario diocesano local donde colaboraba, el religioso enfiló camino a la Ciudad de México en 1993 donde continuó su ministerio. Tal como consigna el reportaje, Machorro estudió derecho civil y continuó su trabajo con poblaciones vulnerables de la ciudad, incluso la reportera lo llama “defensor de los desvalidos”.

Sin embargo, la condición ‘foránea’ del sacerdote asentado en la Arquidiócesis de México nunca se pudo regularizar; sin estar incardinado, era difícil promover al ministro a actividades de mayor responsabilidad que también pudieran mejorar sus ingresos y su condición de vida. Machorro, al igual que cientos de sacerdotes ubicados en las periferias y las sombras de la megalópolis, contaba con el apoyo de sus generosos feligreses, pero también se veía en necesidad de completar sus ingresos ayudando a sacerdotes en misas que éstos no podían realizar. De hecho, fue uno de estos servicios extraordinarios el que lo puso en el camino de su agresor.

Por supuesto, los medios de comunicación y la Iglesia católica se mantuvieron al pendiente de la evolución de la salud del sacerdote pues, en los últimos 75 años de historia mexicana, no se había registrado un acto tan brutal contra un ministro como el de aquel 15 de mayo cuando el atacante apuñaló a Machorro justo frente al altar del recinto religioso más importante del continente mientras éste terminaba de oficiar los sagrados misterios.

No se puede dejar de lado que las agresiones a sacerdotes y religiosos en la última década prácticamente se han cuadruplicado (9 ministros asesinados entre 1997 y 2007; y 34, del 2007 a la fecha) pero el caso de José Miguel Machorro obliga a reflexionar: no sólo porque el detonante de su muerte sucedió junto al altar sino porque se ha vuelto cotidiano que muchos sacerdotes se ven en la necesidad de realizar estos servicios de suplencia para hacerse de un ingreso extra para su supervivencia; no sólo merece un amplio reconocimiento la actitud de las autoridades arquidiocesanas y los sacerdotes capitalinos de proveer los recursos y gestiones necesarios para que se atendiera oportunamente al sacerdote herido, es necesario que los católicos se pregunten cuánto hacen y cómo supervisan el uso de sus limosnas para que sus ministros vivan dignamente y cuenten con los apoyos necesarios, para que el sacerdote y todos quienes participan en los templos cuenten con recursos suficientes para garantizar su salud, su sustento y su seguridad; y, finalmente, además de la gran cobertura que los medios de comunicación dieron al caso del padre Machorro es preciso reflexionar sobre las fronteras de la privacidad, la especulación y la reducción a “noticia-espectáculo” de una persona que se debatió largas semanas entre la vida y la muerte.

“Es un mártir”, consignó un diario mexicano en la crónica de los funerales del sacerdote José Miguel Machorro; en la fotografía -féretro al pie del altar- aparece el mismo obispo auxiliar que le tendió la mano, Antonio Ortega. Flanquean el féretro algunos sacerdotes que fueron vecinos parroquiales del finado, ellos conocen mejor que nadie los claroscuros de la vida ministerial de su hermano sacerdote, parecen escuchar los vivas al sacerdote muerto que el pueblo exclama y esperan que en esa esperanza se encuentren también ellos.

Michoacán, otra vez la Iglesia manifiesta desconfianza por violencia en el estado

16043990048_cb76228000_zEl territorio michoacano ha vivido una década difícil en temas de seguridad pública. Desde 2006 no cesan las informaciones que dan cuenta de terribles acontecimientos en el estado; por si fuera poco, el periodismo local ha perdido a trece informadores en 16 años y, junto con ellos, la sociedad también ha perdido la oportunidad de conocer con más detalle lo que sucede en esta región.

La crisis de la zona conocida como ‘Tierra Caliente’ ha visto episodios dramáticos en localidades sureñas del estado como Apatzingán, Aguililla, Tepalcatepec, Arteaga, Lázaro Cárdenas y, toda esa depresión geográfica entre Huetamo y La Huacana. En toda la región han surgido grupos de autodefensa ciudadana y policías comunitarias para intentar proteger lo que las autoridades constitucionales no han podido frente a los sicarios y grupos criminales.

En este panorama, las cinco diócesis católicas presentes en el estado (Morelia, Apatzingán, Cd. Lázaro Cárdenas, Tacámbaro y Zamora) así como las diferentes instituciones eclesiales de Michoacán han padecido en carne propia los efectos de la violencia y la incertidumbre. En 2013, fue cerrado el Seminario de Apatzingán debido a la inseguridad; según el Centro Católico Multimedial, en Michoacán han sido asesinados seis sacerdotes en los últimos 20 años; y, no son pocos los reportes de amenazas, intimidaciones y presiones que reciben los ministros en el territorio.

 

“Nada ha cambiado”

En noviembre del 2013, el entonces obispo de Apatzingán, Miguel Patiño, escribía una carta pública donde denunciaba: “El estado de Michoacán tiene todas las características de un Estado Fallido. Los grupos criminales: Familia Michoacana, Zetas, Nueva Generación y Caballeros Templarios, principalmente, se lo disputan como si fuera un botín. La Costa: para la entrada de la droga y los insumos para la producción de las drogas sintéticas; la Sierra Madre del Sur y la zona aguacatera: para el cultivo de mariguana y amapola, el establecimiento de laboratorios para la producción de drogas sintéticas y refugio de los grupos criminales. Las ciudades más importantes y todo el Estado: para el trasiego y comercio de la droga, venta de seguridad (cuotas), secuestros, robos y toda clase de extorsión”.

Patiño también expresaba su desconfianza en las autoridades locales y en los pocos resultados de la presencia militar y de policía federal en la región.

Su carta fue respaldada por el arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda (nombrado cardenal dos años después) y por los obispos de Michoacán de entonces.

Tres años más tarde nada ha cambiado, la violencia en el estado no da tregua y, con la emboscada del pasado 6 de septiembre en La Huacana donde se presume que un helicóptero de la Policía Federal fue derribado por miembros del crimen organizado dejando cuatro muertes, la Iglesia del estado nuevamente manifiesta su preocupación y desconfianza a las autoridades y a la opinión pública.

El cardenal Suárez Inda, junto a los obispos Cristóbal Ascencio, Armando Ortíz, Gerardo Díaz, Javier Navarro, Carlos Suárez, Víctor Aguilar, Herculano Medina y Jaime Calderón firmaron una carta donde aseguran constatar que la realidad en Michoacán sigue siendo preocupante y enumeran: “Continúan las extorsiones, suceden con frecuencia asesinatos en plena luz del día y en espacios públicos, es frecuente el bloqueo de carreteras…” y expresan su preocupación por los manifestantes contra la Reforma Educativa, el robo de vehículos en carreteras, la desaparición de personas, la escasez de fuentes de trabajo y las amenazas para pagar derecho de piso, entre otras cosas.

Los obispos aseguran que los propios hogares son violentados por grupos que secuestran o asesinan a domicilio, que en el campo las familias son presionadas a abandonar sus tierras, que la sociedad tiene desconfianza en sus autoridades y que el Mando Único de las fuerzas federales sólo ha generado confusión.

Todas estas percepciones son las que los obispos recogen y respaldan de los cientos de sacerdotes que viven en medio de esta situación a lo largo y ancho del estado, de las muchas casas de religiosas y de los miles laicos que manifiestan todas estas inquietudes a sus pastores.

 

“No nos resignamos”

No todo es negativo, los propios obispos aplauden fenómenos positivos en la región fruto de las condiciones extremas en que se vive: “Nos llena de esperanza constatar algunos signos de que,  ante la desafiante realidad, no nos refugiamos en la resignación que nos paraliza para la acción”.

De este modo animan y respaldan “la aparición de organizaciones ciudadanas de autodefensa de comunidades,  la atención especializada y permanente de víctimas de violencia, los foros de construcción de paz y la consolidación de liderazgos sociales que reproduzcan modelos de convivencia pacífica”.

Los obispos concluyen su mensaje con el deseo de que la paz llegue al estado, aseguran que es un don: “Es responsabilidad de todos conservarla y promoverla”, dicen.

En conclusión, la paz es un don tal como es la inspiración y, como decía, Pablo Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. @monroyfelipe

Hacer periodismo, aunque en ello nos vaya la vida

IMG_6670Se preguntaba Suso del Toro hace años en un artículo muy breve: “¿Se puede escribir cuando estamos llenos de asco por la infamia, de ira ante el descaro, del asesino que irrumpe obsceno y se pasea? ¿Se puede escribir otra cosa que panfletos contra el crimen, contra los canallas, contra ellos?”

Ante las tumbas de Nadia, Yesenia, Alejandra, Nicole y Rubén vuelven estas preguntas crudas, sin retórica, que en efecto nos plantean si en verdad nos quedan fuerzas, lágrimas o valor para seguir escribiendo cuando la persecución se hace tan evidente y, también nos preguntamos si será posible escribir de otra cosa que no sea de los canallas porque parece que, de suyo, es el contexto que nos asfixia.

Un par de semanas atrás leía de la desaparición de los periodistas Ángel Sastre, José Manuel López y Antonio Pampliega en Siria; dolía la noticia porque conocíamos sus trabajos y porque tanto en Medio Oriente como en Latinoamérica, logramos meternos en los pliegues de los conflictos gracias a su audacia y servicio. La distancia y  la esperanza de que aparezcan nuevamente, vivos y libres, nos hace creer que lo correcto es seguir apostando por ese periodismo sin filtros y audaz; consciente de llevar a la luz de cada mañana, los matices de esa naturaleza humana bajo las sombras de la guerra, de la oscuridad del crimen y el despojo desalmado.

Pero es parte de la condición humana sentir más duro el golpe cuando cae justo en medio de la nariz.

No pude dejar de sentir escalofríos cuando supe que el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa, junto al de las otras cuatro mujeres, sucedió justo en la misma calle donde hace esquina esta pequeña redacción de revista independiente. Un espacio en el que hemos dado voz a activistas sociales que luchan contra el abuso de funcionarios públicos, a organizaciones que buscan desaparecidos en las fosas clandestinas, a comunidades que reclaman justicia ante el despojo de sus tierras, su trabajo, su dignidad o su libertad. A voces como la de Karla Jacinto que padeció la esclavitud en su propio país, o la de  Mario Vergara que busca a su hermano entre el lodo de las incontables fosas clandestinas de Guerrero; también voces de religiosos como Julián Verónica que defiende junto a su grey el derecho al acceso al agua responsabilizando a empresarios y políticos sin escrúpulos, y  Miguel Patiño quien resistió junto a su Iglesia de Apatzingán las muchas horas de balas y violencia, y acusó al gobierno de lastimar directamente a civiles inocentes.

En estos últimos años, los periodistas hemos tenido que dar noticia de las más de 100,000 ejecuciones en el sexenio de Felipe Calderón y las más de 20, 000 en la mitad del sexenio de Enrique Peña; también hemos informado de los sacerdotes asesinados en el país, 24 en 18 años; y, con ese mismo dolor, reportar las muertes de 103 periodistas (25 desaparecidos) en 15 años. México aparece lo mismo como uno de los peores lugares del mundo para ejercer el sacerdocio como el periodismo; un país que no está en guerra, que suma algo más de 80% de católicos y una nación pretendidamente democrática que respeta los derechos civiles de información. Es decir: ni los sacerdotes eran misioneros en tierras paganas ni los periodistas corresponsales de un país hecho trizas por la guerra… ¿O sí?

Alrededor de una rotonda sobre una avenida icónica y transitada de cualquier ciudad de este país hay una manifestación que pide justicia; en la esquina abrillantada y perfumada de una calzada de boutiques de lujo, un miserable pide caridad; en el empobrecido hogar de un maduro exempleado crecen las deudas tan rápido como la rabia; en las politizados y manipulados colegios, la impotencia de los niños por su futuro se manifiesta en violencia y abuso; en una iglesia una mujer llora por sus muertos y por sus desaparecidos; un sacerdote usa un chaleco antibalas debajo de la sotana y  levanta un muro en su parroquia para que las detonaciones no lastimen a la grey. Es hora de que los periodistas nos sumemos en un compromiso con estas personas de las que diario escribimos sus historias, en un compromiso para marchar hombro con hombro, con la mirada puesta en la esperanza y en justicia, un compromiso para mencionar por su nombre a los desaparecidos, para llorar como nuestros a todos quienes se han marchado, a encender una veladora como signo de indignación y de paciente espera, para hablar de todo lo que se hunde en el orgullo y se enaltece en la humildad, de todo lo que es humano que es también, al fin divino.

Preguntaba Suso del Toro: “¿Se puede escribir cuando estamos llenos de asco por la infamia, de ira ante el descaro, del asesino que irrumpe obsceno y se pasea? ¿Se puede escribir otra cosa que panfletos contra el crimen, contra los canallas, contra ellos?”

Sí, la respuesta es sí.

Del diálogo exterminador al argumento ciudadano

geantsEl crimen y el gobierno mexicanos entraron en una etapa de diálogo en el que se entienden muy bien. Después de largos soliloquios maniáticos y sordos con los que el crimen organizado y autoridades aprovecharon los recursos a su alcance y los silencios de la ciudadanía para instaurar su orden por vía del miedo o la ley salvaje (salvaje aunque fuera constitucional); ahora parecen haber encontrado el canal de comunicación adecuado para sus fines: la venganza.

Si en el pasado hubo una gran especulación en torno a ciertos murmullos y arreglos en tono bajo entre fuerzas públicas (municipales, estatales o federales) con particulares células u organismos criminales para liquidar a otros grupos delictivos, la dura confrontación de argumentos homicidas que percibimos en estos días es un altanero pleito discursivo cuyos salivazos y escupitajos dan justo en la cara a la ciudadanía.

El todavía inexplicable derribamiento de un helicóptero del ejército mexicano por parte del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y la consecuente respuesta de las autoridades con la ejecución sumaria de 42 criminales vinculados al mismo grupo generó la amenaza más directa de la que se hubiera tenido noticia por parte del cártel: acabar con el mal gobierno, acabar con el narco gobierno.

La amenaza fue difundida a través de un video. En la imagen se aprecia a medio centenar de hombres encapuchados, armados, con chalecos antibalas y en actitud disciplinar altiva; detrás la bandera con las siglas de la organización y los estados de la República en los que tienen influencia. Días antes, el comisionado de Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, había ofrecido una declaración a los medios; como siempre, enmarcado en las siglas de la institución, con la bandera y escudo del país y flanqueado por superiores militares y policiacos en un disciplinado y gallardo firme marcial que hacen lucir las condecoraciones. Así el diálogo simbólico, ahora que hay que esperar los adjetivos y verbos que lance cada interlocutor.

Todo parece indicar que hay urgencia de terminar la cháchara. Ambos frentes quieren restablecer relaciones comerciales internacionales y diversificar sus negocios en el mercado con los socios del Pacífico. El pleito les reduce oportunidades. Ya en el pasado, la exportación de minerales mexicanos por parte del crimen organizado a la mafia china tuvo un relativo éxito comercial; al mismo tiempo, el gobierno mexicano busca estabilizar la proporción de importaciones y exportaciones con China puesto que aún no desciende de 10 partes de importación (productos chinos en México) por cada parte de exportación (productos mexicanos en China).

Por ello no parece descabellado pensar que estamos a las puertas de un ‘diálogo exterminador’ en el que se pondrán a prueba todas las capacidades disuasivas o destructivas del cártel y aquellas persuasivas o extrajudiciales con las que cuenta la fuerza pública y militar de la nación. Ojalá aquello fuera lo más terrible del escenario pero en el terreno de la política electoral, candidatos y partidos graznan sin cesar las fantasías de sus promesas, deseosos de ocupar el sitio de diálogo y negociación aunque evidencien su incapacidad de articular una propuesta sensata y madura.

En medio de todo esto ¿qué dice o querrá decir la ciudadanía? ¿Qué argumento suficientemente alto y claro puede poner en la arena de la disputa?

El próximo 7 de junio tendremos nuevamente un proceso electoral. Por fortuna –y a pesar de las dificultades- aún tenemos oportunidad de ello. Cuesta trabajo confiar en ‘la fuerza potencial del voto’ cuando el propio presidente del Instituto Nacional Electoral se refiere con un desprecio locuaz respecto a los ciudadanos; cuesta creer en el ‘derecho libre y soberano’ cuando grupúsculos radicales amenazan con impedir la instalación de casillas; cuesta tener esperanza en el ‘equilibrio de poderes’ cuando el corporativismo traducido en voto duro compra y enajena conciencias; pero, principalmente, cuesta trabajo –muchísimo trabajo- comprender que solo entre el patético circo político-partidista que padecemos hoy se encuentra la oportunidad de dar un poco más de tiempo de vida a una ciudadanía que no merece vivir encadenada a los condicionamientos de intereses y componendas del poder ni sometida a la violencia de los poderes fácticos imperantes.

Hay quienes proponen el permanecer callados, afirman que la ausencia ciudadana en el debate envía un mensaje muy claro a los vocingleros; pero no. El no ir a votar o el anular el voto es tristemente semejante a una condición de silencio. Nadie se dará por enterado y el gigante con el garrote utilizará los muchos o pocos recursos que le otorguen las huestes de su voto duro para alimentar su certeza vociferante.

La otra propuesta es apostar por quienes hoy no forman parte de la disputa tan solo por su tamaño o por el acceso restringido al espacio de la querella: Dotar a liderazgos pequeños y espontáneos un banco para quedar a la altura donde el diálogo exterminador ya se lleva a cabo. Pero ¿qué si los grandes vociferadores los querían allí desde un principio para gritar más alto y escupir más abundantemente? ¿Qué si no portan la voz de la ciudadanía sino el eco aturdidor del supremo escandaloso? Tenemos antecedentes: Pequeños partidos políticos que alcanzaron su registro solo para aliarse al poder, para ganar aun perdiendo, para engrosar a los gigantes y vivir cómodamente con los desperdicios que caen de sus bocazas.

En la búsqueda del mejor bien posible, aunque parezca quimérico, la ciudadanía debe darse tiempo para confiar en la ciudadanía, para sumarse a los esfuerzos colectivos y desinteresados en la construcción de paz, para facultar con voz a la sociedad que denuncia corrupción y exige dignidad para todos, para equilibrar las demandas populares junto a las responsabilidades ciudadanas, para amparar mediante la justicia y la caridad a los miserables que se les negó siempre el derecho a la dignidad. En la búsqueda del mejor bien posible, reflexionar el voto y sus responsabilidades es indispensable para creer que la ciudadanía aún tiene argumentos inteligentes, creativos, pacíficos, audaces y plurales para emprender un diálogo con un lenguaje que no esté manchado de sangre y horror.

El otro camino, intuirá el lector, es dar poder a quien tiene capacidad de hacer callar, de una vez por todas y bajo los medios que sean necesarios, el griterío criminal; y así liberarnos de la irracionalidad que nos rodea. Aunque queda claro que, bajo ese ‘ángel exterminador’, también nosotros seremos silenciados.

Iluminar los caminos

 “Si Jesús hubiera sido diplomático, no tendríamos el Evangelio”, escribe el obispo Mario de Gasperín, en su columna quincenal para Vida Nueva México y nos invita a mirar los dramas humanos que tenemos más próximos. Es cierto que cuando existe una persecución tan rabiosa e inhumana en contra de los cristianos en el medio oriente y en el nordeste africano es importante para las comunidades cristianas de todos los rincones del mundo el auxiliarlos en sus necesidades, el orar por ellos, en hacerles notar que no están solos y que, si su fe los soporta para vivir en la antesala del infierno, su fe les guardará en la eternidad y en nuestra memoria.

Pero ¿qué sucede con los dramas humanos más próximos? ¿Quiénes también padecen esa tortura cotidiana que quizá nos hemos acostumbrado a ver? En México, no es la fe la que es perseguida, ni hay un exterminio o persecución directa contra ninguna comunidad cristiana solo por profesar su fe; pero sí hay hombres, mujeres y niños que padecen la maldad y la obra funesta desde muchas trincheras.

No son sólo los migrantes, cuya marcha ininterrumpida relatamos en nuestras páginas; no son solo las personas sujetas a la trata de personas ante el silencio cómplice de las autoridades y ciudadanos; no son solo los diez ministros religiosos asesinados en el presente sexenio. Los nuevos crucificados son también los pueblos que mendigan sus recursos vitales a aquellos poderosos que se los han escamoteado; los crucificados de nuestra inmediatez son las 400 niñas secuestradas en el Estado de México, sus padres que están incrustados en la angustia, sus comunidades que no encuentran sosiego. Los nuevos crucificados son los jóvenes a los que las oportunidades se les cierran en las narices, los que no tienen cabida en el sistema educativo pero tampoco en el sistema laboral; en las generaciones intoxicadas de fantasías y evasiones como las drogas, la televisión, el dinero fácil y la milagrería irracional. Nuestros martirizados son los pobres, los miserables, las minorías vulnerables y los inocentes sin voz que colisionan en la muerte más repugnante como el aborto, el asesinato artero o la pesarosa inanición.

¿Qué hacer para no caer en ese silencio cómplice, en esa indiferencia globalizada que el papa Francisco ha denunciado con tanta insistencia? En Vida Nueva México no tenemos las respuestas pero sí nos aproximamos a esas experiencias que proponen y denuncian, que alimentan el espíritu al anunciar la Buena Noticia; eso nos mantiene en la frontera de la esperanza y en la alegría de compartir. En nuestra más reciente edición, el obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa, quien fuera la persona más cercana al próximo beato Oscar Arnulfo Romero, nos comparte: “Gozamos una luz que tiene la obligación de iluminar los caminos del país”. Le invito a leerlas y a compartirlas.

Aplaudir o censurar; mientras, armas

rapidoEn un país con un ín­dice de lectura por los suelos, el libro del periodista Manuel Buendía La CIA en México llegó a vender más de 10,000 ejem­plares en los primeros meses tras su lanzamiento en 1983. La razón: el periodista había reunido en largos años de in­vestigación un esquema bas­tante completo de los agentes norteamericanos directivos, estrategas y operativos que mantenían funciones en Mé­xico a pesar del estricto marco de soberanía que reclamaba la República en sus leyes y estatutos.

Como se sabe, Buendía fue asesinado el 30 de mayo de 1984 y la investigación del caso llegó a tener 298 hipó­tesis de autores intelectuales y 58 de posibles autores ma­teriales del crimen. Algunas de ellas apuntaban a los agen­tes de Estados Unidos. En 30 años, la presencia de agentes extranjeros armados en te­rritorio mexicano no ha sido ajena a las autoridades. In­cluso en 2103, Manuel Bart­lett -quien fuera secretario de Gobernación en los años 80- denunció la “invasión” de agentes de la CIA y la DEA en territorio nacional.

Pongo esto en contexto por­que el 24 de febrero pasado, el presidente Enrique Peña Nieto envió una iniciativa al Congreso de la Unión para modificar la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos para atender dos “reciprocidades internacionales”. Una: que agentes aduanales de Es­tados Unidos puedan portar armas de fuego en territorio mexicano para labores de vi­gilancia en centros de expor­tación y, dos: que agentes de seguridad de jefes de estado, jefes de gobierno, ministros o equivalentes puedan portar en México revólveres o pistolas de funcionamiento semiau­tomático cuyo calibre no sea mayor a .40 pulgadas.

Extraña iniciativa hace re­cordar el proyecto Gunrunner y el operativo Rápido y Furioso que implementaron el sexenio anterior el Departamento de Justicia y la Oficina de Control de Tabaco y Armas de Fuego de EU cuyo plan dejó pasar casi 2,000 armas de fuego al país para “rastrear cárteles y células del crimen organiza­do”. Esas armas terminaron matando a muchas personas durante la Guerra contra el Narco emprendida por el pre­sidente Felipe Calderón.

Como casi todas las iniciati­vas presidenciales, parece que ésta también pasará casi sin modificaciones por la Cámara de Diputados y quizá tenga la misma suerte en el Senado; aún más, podría ser una de las primeras reformas alcanzadas por la próxima legislatura cuyos representantes estarán votando los mexicanos el 6 de junio entrante.

Lo inquietante es el origen de la iniciativa. En el fondo, es un reclamo internacional a México ante la imposibilidad de garantizar la seguridad de sus líderes e intereses en nues­tro territorio y es carta abierta para que ellos mismos salva­guarden esta garantía.

“Ya sé que no aplauden” murmuró Peña Nieto frente a los reporteros tras una rueda de prensa hace unas semanas. Habrá que recordarle el dis­curso del periodista Francisco Martínez de la Vega, cuando recibió la medalla al mérito cívico seis meses después del asesinato de Buendía: “El pe­riodismo bien concebido es el que aplaude sin cortesanía y censura sin injurias”. @monroyfelipe

¿Hay riesgo de mexicanización en América Latina? 

Publicado en Vida Nueva Cono Sur (Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile)

 



Dos frases de Francisco, contundentes y privadísimas, cuyo contenido quizá habría quedado en la conciencia del receptor de un e-mail, saltaron, sin embargo, al mundo entero: “Ojalá estemos a tiempo de evitar la mexicanización” y “allá la cosa es de terror”.

Las expresiones nacieron en un intercambio de correos electrónicos entre el papa Francisco y su connacional Gustavo Vera. Ante la inquietud del legislador, el pontífice imploró que la nación argentina no llegue a los niveles de México en el tema del crecimiento en el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción de las autoridades.

Más allá de la indignación oficial del gobierno mexicano (poco respaldada por la ciudadanía), de la ‘minimización’ que procuraron algunos al recluir el tema al ‘estrictamente personal’ (habría que recordarles las palabras del Papa a los obispos mexicanos del 19 de mayo pasado) y del affaire diplomático que obligó a una ‘operación cicatriz’ exprés, queda la inquietud sobre qué significa mexicanización y si es verdad que los países latinoamericanos deben evitar esta condición antes de que vivan momentos “de terror”.

Encontrar una historia que sume narcotráfico, crimen organizado, violencia, corrupción, impunidad y brutal salvajismo en México es igual que tirar un dardo en cualquier dirección con los ojos vendados, y acertar en el centro de un episodio infame que, a nuestro juicio, podría ser el más cruel con el que nos podríamos haber topado… hasta que volvemos a tirar el dardo.

Esto comenzó hace una década, cuando encapuchados lanzaron desde una camioneta en movimiento bolsas negras con las cabezas cercenadas de sus rivales en el negocio; con esto, querían dejar una idea clara: el crimen goza de total impunidad. Por eso luego hubo un sujeto que se deshacía de los cadáveres disolviéndolos en tambos de ácido, un grupo de secuestradores enterró a más de doscientos migrantes en fosas clandestinas (después aparecieron decenas de fosas con restos de personas que también habían desaparecido), el líder de un cártel desmembraba a sus víctimas aún con vida y con frecuencia les arrancaba el rostro, otro grupo ‘levantaba’ y secuestraba menores para obligarlos al oficio de ‘sicario’

Las confrontaciones entre cárteles de la droga llevaron a situaciones inverosímiles: una docena de cadáveres colgados de un puente vehicular, centenares de ‘encobijados’ sembrados en todos los páramos, enfrentamientos en plena luz del día, ciudadanos que murieron en medio del fuego cruzado, localidades enteras que debían pagar ‘protección’ al crimen organizado, carreteras enteras usurpadas por los criminales, largas tardes de balaceras interminables en varias ciudades del país. La respuesta del gobierno entonces fue la confrontación directa y la persecución de los criminales; la estrategia no calculó que las fuerzas públicas estaban infiltradas y corrompidas por el crimen. Tropa y mandos de las policías municipales y estatales completamente dedicadas a la protección y al servicio de bandas criminales y cárteles de la droga. El caso de Ayotzinapa, con la desaparición de 43 estudiantes de mano de la policía local y bajo el conocimiento del Ejército, como convidados de piedra, es el mejor ejemplo de aquello.

El problema no concluye allí: líderes políticos, representantes populares, legisladores, directivos de partidos políticos, empresarios y toda clase de funcionarios públicos han sido evidenciados por sus vínculos con el crimen organizado; algunos bajo amenaza y otros por convicción, dejan trabajar a los delincuentes en el ejercicio del poder. Sin duda, con cierta regularidad han caído los líderes de estos grupos criminales; a veces, en medio de un festín de sangre, como en el caso de los Beltrán Leyva o Edgar Valdéz La Barbie; y otras con total control como con Joaquín El Chapo Guzmán o Servando Gómez La Tuta. Con todo, los ejecutados y desaparecidos se acumulan cada semana, muchos criminales continúan operando desde prisión. Del otro lado, los muertos y secuestrados son ciudadanos inocentes, líderes sociales, defensores de derechos humanos, activistas políticos y, también, sacerdotes.

Esto le platicaron los obispos mexicanos al papa Francisco en la visita Ad Limina del año pasado y de allí la expresión que, aunque no le haya gustado a la administración del presidente Peña Nieto, fue ampliamente asumida con vergüenza por la ciudadanía.

¿Hay riesgo de esto en Argentina o en los países latinoamericanos? Leo un breve resumen sobre las noticias de los últimos diez días sobre el crimen organizado en La Nación: jueces y fiscales amenazados por la mafia, un tiroteo entre narcotraficantes deja muertos y heridos en un asentamiento, apresan a un sicario presunto responsable del asesinato de un subcomisario, robo de avionetas para trasiego de drogas y armas, madre e hija en prisión por narcomenudistas, guerra de narcos en Rosario, un cura denuncia el problema de la droga en su comunidad, la banda delictiva de Los Monos opera crímenes desde la cárcel y la autocomplacencia del Estado en sus estrategias y medidas de seguridad… Sí, Argentina, al igual que todo el subcontinente, tiene riesgos de ‘mexicanización’.

El problema está en el imperio de la ley y del peculio, en la corrupción de las autoridades y en la apatía de la ciudadanía; en la impunidad con que gozan los criminales y el egoísmo con el que se afrontan los problemas; en la ambición de éxito y poder que vende valores por dinero. Pero Francisco no señala carencias si no anticipa propuestas, las dijo a los obispos de México: “Ustedes con su pueblo siempre y desde allí promover este espíritu de concordia a través de la cultura del encuentro, del diálogo y de la paz”. Esperamos, junto al Papa, que otras naciones aún estén a tiempo.