religiosidad

AMLO: Espiritualidad, religiosidad y Estado

amlorezAl margen de las filias o fobias políticas que se puedan tener con Andrés Manuel López Obrador, no hay que minimizar algunos de los sentimientos pseudorreligiosos que provoca su persona, su discurso y sus actos. Es bien sabido que el político nunca ha desdeñado los frutos, los esfuerzos ni la potencialidad de las diferentes expresiones religiosas del pueblo mexicano; por ello no siente empacho de citar al liberal periodista decimonónico, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “Me hinco donde se hinca el pueblo”.

Sin embargo, el tema no es tan sencillo. La línea entre el respeto institucional a las diferentes expresiones religiosas y la generosa condescendencia del poder para dialogar con las asociaciones religiosas es muy difusa. Máxime en un país que aún carga la pesada losa de un institucionalismo antirreligioso, heredado más de la conformación del partido hegemónico (con Plutarco Elías Calles, fundador del PNR y creador de leyes de abierta persecución religiosa) que de las Leyes de Reforma juaristas que separaron a la Iglesia del Estado.

Uno de los principales problemas del modelo “Revolucionario e Institucional” de la política en el siglo XX en México fue el permanente desdén al ardor interno de la religión en el corazón de los mexicanos. Para la persona es casi imposible dejar sus búsquedas religiosas al entrar en las instituciones revolucionarias y, si lograra hacerlo, terminaría esquizofrénica al vivir una moral de orden privado diferente de esa otra moral que le exige el orden público. El resultado: sistemas de creencias populares confusos, irracionales y supersticiosos.

Es un hecho que el alma humana necesita el ardor de una vida espiritual tal como una vela requiere el fuego para iluminar o consumirse; por ello llama la atención que, entorno al próximo presidente de México, existan expresiones populares de intensa carga religiosa. Tras el triunfo del 1 julio, en la llamada “Casa de la Transición” donde López Obrador ya despacha y atiende asuntos nacionales e internacionales no ha cesado la presencia de personas que le esperan con fervor, sacrificios y esperanza. Pero en la tercera semana del triunfo, Teresa Rueda Cantú -originaria de Coahuila- hizo un acto irreversible: colocó un altar con velas, agua, oraciones y una estampa de la Virgen María; junto a José Luis Rosas y Jorge Reyes oró un Padre Nuestro y lanzaron una singular plegaria: “Queremos un presidente que sea héroe y campeón / para derrotar al vandalismo y la corrupción / para que todos nuestros niños coman pan / con mucho amor”.

Por supuesto habrá mucha gente que se escandalice con esto y se alarme ante el posible derrotero fanático; pero siguiendo la lógica del filósofo protestante Soren Kierkegaard sobre que el acto de rezar no cambia al dios, sino que cambia a quien alza la oración, no nos centremos en lo evidente. El tema no es de mesianismo sino de las diferentes dimensiones de la cultura religiosa: ¿Cuáles son las vivencias culturales de la fe y cuáles vivencias religiosas detonan búsquedas de esperanza y solidaridad en México?

Pero lo más importante: ¿Cómo actualizaremos esta dimensión cultural religiosa en una identidad nacional y una libertad religiosa más plena y menos disonante?

Algo en esta materia debe suceder en la Cuarta Transformación, porque la modernización del Estado y de sus relaciones con sus ciudadanos también pasa por instituciones que no sólo ‘toleren’ o ‘regulen’ las expresiones religiosas, sino que comprendan, vinculen y potencien los recursos de la religiosidad popular y las instituciones religiosas en relación con los diversos sentires de un país más plural y más sensible a las cualidades de sus habitantes. Pero, sobre todo, que los límites de la identidad religiosa personal de funcionarios públicos y sus responsabilidades éticas al frente de las instituciones formen parte del debate de idoneidad e integridad moral de nuevas generaciones de actores políticos.

Allí hay una tarea por atender desde la nueva dimensión que López Obrador quiera dar a la Dirección de Asociaciones Religiosas (un área de alto interés para las iglesias evangélicas que acompañaron a AMLO desde el Partido Encuentro Social) pero no desde el cabildeo político-eclesiástico; sino desde la reflexión moral de la acción social y las responsabilidades administrativas.

Porque a pesar del avance con la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de 1992 aún hay materia de actualización sobre derechos humanos, libertad de manifestación y participación social de las instituciones religiosas. Si alguna experiencia puede ser verdaderamente revolucionaria y transformadora en el proyecto que está por iniciar es reencontrar senderos institucionales para sanar aquella ruptura abismal (aunque algunas veces simulada) entre el Estado y las iglesias, pero artificialmente dolorosa y esperanzadoramente indomable en el sentir de los mexicanos.

@monroyfelipe

Anuncios

De la nostalgia al nuevo ardor religioso

DSC_0120

Un ‘nuevo estilo’ religioso se actualiza y deja atrás viejos estereotipos de piedad

Desde el sur de España, el historiador Mario Sarmiento comparte en video las majestuosas y masivas procesiones de la Semana Santa en aquellos lugares: grandes bandas de viento y percusiones que inundan pueblos enteros con las notas lastimeras de la Pasión, cientos y cientos de cofrades enfundados en solemnes hábitos y capuchas, millares de ceras escamadas encendidas, toneladas de flores, monumentales efigies de Cristo y la Virgen que, llevadas en andas, presiden en todo lo alto las masivas concentraciones públicas… de jóvenes.

Uno pensaría que estas cofradías y procesiones religiosas estarían sólo conformadas por ancianos y jubilados, pero no. Al parecer estos actos comienzan a atraer a más jóvenes cuyo sentido de la religión no es desde la nostalgia sino desde la cultura y el arte, del comunitarismo sensible.

Al mismo tiempo, leo un reportaje que afirma ha crecido el número de cofradías en España: 10 mil organizaciones de cofrades que en Semana Santa organizan sendas procesiones con Cristo y la Virgen. Al artículo lo ilustra la fotografía de un joven andaluz que no tendrá más de 25 años, cabello y barba en plan milenial, arete de plata con crucifijo y la mirada abierta, entregada al acto, absolutamente devota. El reporte es más esclarecedor: los nazarenos (los que cargan una pesada cruz de madera en procesiones públicas) han pasado de un millón a tres millones en la última década; sólo en Sevilla, de 100 mil miembros cofrades que había en 1998, hoy son más de 215 mil. El fenómeno llama la atención por las voces que afirman que la secularización es un proceso inevitable y que sólo va en una dirección.

De vuelta a México, es notorio que poco a poco se van afirmando (entre ciertos jóvenes) algunas tradiciones de religiosidad popular que parecían estar condenadas al olvido o al oscuro rincón del hogar de una anciana. El joven artista plástico Luis Alberto Rosales, por ejemplo, lleva una larga trayectoria diseñando y montando altares devocionales con un giro contemporáneo a los novohispanos. En su labor ha buscado rescatar el Altar de Dolores, una tradición nacida en México para “distraer a la Virgen del dolor”; los Monumentos Ornados del Jueves Santo; Ofrendas y Relicarios para Día de Muertos y Todos los Santos; Nacimientos llenos de simbolismos populares; etcétera. No es el único; decenas de diseñadores, grabadores, pintores, escultores e incluso orfebres y talladores trabajan en versionar clásicos de la plástica religiosa novohispana.

La plástica sobre temas religiosos comienza a pasar de la agresión a una nueva valoración del carácter cultural del costumbrismo y la fiesta. Hay interés por este arte-objeto devocional, a mitad de este año, el Antiguo Colegio de San Ildefonso en México recibirá 160 piezas de arte directamente de los Museos Vaticanos. Los objetos son artísticos y devocionales al mismo tiempo; por ejemplo, la réplica de la tumba de San Pedro es igual una pieza maestra del arte como un símbolo del incesante peregrinaje de católicos a la Basílica de San Pedro en Roma.

Y las procesiones religiosas también crecen en interés por parte de la comunidad juvenil en México. Es el caso de la Procesión del Viernes Santo de Puebla de los Ángeles, sus organizadores afirman que es la más numerosa del continente americano y en su equipo de coordinadores comienzan a verse más rostros jóvenes. Estas procesiones estuvieron prohibidas en México desde 1862 y fueron reanudadas en 1992, por lo que son tradiciones ‘recientes’ o quizá ‘recuperadas’ que crecen en participantes y en espectadores. El comité de esta procesión poblana planea una transmisión en vivo para los más de mil 500 usuarios que tienen interés en seguir vía internet esta singular tradición que convoca a más de 180 mil asistentes.

Sobre las representaciones del Viacrucis de la Pasión de Cristo el tema es casi inabarcable. Las autoridades de la Ciudad de México registran más de 180 representaciones simultáneas en la capital; las más populosas en Iztapalapa y San Pedro Cuajimalpa. Pero decenas de mayordomías preparan sus propias representaciones de Semana Santa con sendas efigies de Cristo, algunas con más de tres siglos de antigüedad.

Sin lugar a dudas, la secularización de una sociedad forjada en tradiciones religiosas se deja notar en la Semana Santa cuando millones de ciudadanos prefieren acudir a exóticos viajes de descanso a playas y resorts en lugar de participar de los actos conmemorativos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; pero no cabe duda que la fibra devocional aún se manifiesta en estas fechas ‘de guardar’ y se actualiza con inquietudes artísticas y culturales contemporáneas.

@monroyfelipe

Semana Santa, entre la tradición y el simbolismo

Cada año, los católicos conmemoran la Semana de la Pasión de Cristo comúnmente llamada Semana Santa, la cual inicia el Domingo de Ramos y concluye el Domingo de Pascua o de Resurrección. Son los días conclusivos de la larga preparación que los cristianos hacen durante la Cuaresma para poder vivir la experiencia de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor con un espíritu abierto a los Misterios de la Redención.

Para fijar la Semana Santa en el calendario se sigue la tradición lunar hebraica de los tiempos de Jesús para la celebración de la Pascua (la fiesta judía que celebra la liberación del pueblo hebreo del dominio del faraón egipcio). La fórmula es la siguiente: primero se fija el domingo de Pascua de Resurrección que es el domingo siguiente a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. A partir del domingo se fija el triduo pascual que son del jueves al sábado inmediatos anteriores y el Domingo de Ramos, con el que inicia formalmente la Semana Santa. Del Domingo de Ramos se cuentan cuarenta días hacia atrás para fijar el Miércoles de Ceniza con el que inicia la Cuaresma que es ese periodo de preparación en el que se recomienda a los católicos renueven su compromiso cristiano a través de la conversión, arrepentimiento y de las obras de caridad.

En el marco de esta semana, los católicos expresan varios de los memoriales de la vida de Jesús a través de tradiciones que en cada país o cultura van adquiriendo. Por ejemplo, en México aún se conserva la tradición del Altar de Dolores, colocado el viernes anterior al domingo de Ramos, en el que se recuerda la profecía que el anciano Simeón hace a María sobre el destino doloroso de su hijo y las ‘siete espadas que atravesarán su corazón’. En algunas iglesias y casas particulares se erigen altares con la imagen de la Virgen Dolorosa, con banderitas doradas, naranjas agrias, retoños de trigo, esferas de cristal y vitroleros con agua de sabor que representan las lágrimas de la Virgen. En la Ciudad de México, los altares de Dolores más famosos y tradicionales se montan en el Barrio del Carmen, en San Ángel, al sur de la capital.

Comienza la Semana Santa

El Domingo de Ramos, los católicos acuden a su templo parroquial en procesión con las tradicionales palmas para que sean bendecidas y colocadas en sus hogares. Es un recuerdo de cómo recibió el pueblo de Jerusalén a Jesús, en medio de vítores y de alegría, aunque aquel iba montado en un burro. A los católicos esta escena les recuerda que el Salvador “no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército… quien lo acoge es gente humilde”, dice el papa Francisco en su meditación sobre este día y los símbolos que lleva.

Este domingo en la misa, se narra la parte central de la Pasión de Jesús. Desde la llamada Última Cena con sus apóstoles donde instituye la Sagrada Eucaristía hasta la muerte del propio Jesús en la cruz. Y a partir de este día, los católicos y las personas que profesan diferentes expresiones de credo cristiano conmemoran la Semana Santa con diferentes recomendaciones de sus obispos o pastores.

00782F75-60EA-4300-B8D1-D5321C7492B8

Obispo Flores, descanso y reflexión 

Luis Artemio Flores Calzada, obispo de Tepic, explica en entrevista que los católicos tienen la oportunidad, durante la Semana Santa, de recordar el triunfo de Cristo sobre el mal y el pecado: “Que no se sientan sólo espectadores sino partícipes de esta experiencia, saber que son portadores de paz y amados por un rey que no impone, sino que conquista por el amor”. En parroquias y catedrales de México, por ejemplo, del lunes al miércoles santos se realizan meditaciones, rezo del Rosario y pláticas de formación sobre los Misterios de la Redención y la Pascua de Resurrección. El órgano oficial de la Arquidiócesis de México recomienda a los fieles católicos: “Cuando se habla de Semana Santa por lo general se piensa sólo en jueves, viernes y sábado santos, pero la llamada Semana Mayor también abarca lunes, martes y miércoles. Estos tres días nos dan la oportunidad de disponer nuestro espíritu para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo con verdadera fe y recogimiento. ¿Qué se recomienda hacer en estos días? Disponer nuestro espíritu y abrir el corazón para escuchar la Palabra de Dios. Reflexionar sobre la vida que nos ha regalado Dios. La meditación nos debe ayudar a entender dónde nos encontramos y hacia dónde debemos caminar, según la voluntad del Señor. Y aprovechar estos días para acercarnos al sacramento de la Reconciliación, donde se experimenta el gran amor misericordioso del Padre bueno que nos espera para darnos el perdón”.

El obispo Flores Calzada secunda: “Los que tengan oportunidad, pueden participar en la Eucaristía porque ahí se meditan los últimos días de Jesús antes de su Pasión; y los que no puedan asistir, les recomendaría empezar a leer la Pasión del Señor en cualquiera de los Evangelios. Y, finalmente, los que puedan acercarse al sacramento de la Penitencia, la confesión, es buen momento para hacerlo”.

Turismo sí, pero con reflexión y devoción

Del jueves al domingo santos se realiza el llamado Triduo Pascual y se siguen los pasajes bíblicos que más se representan en pueblos y parroquias como en el Santuario de la Cuevita en Iztapalapa que llega a convocar a más de un millón de turistas por año para ver la escenificación y representación de la Pasión de Cristo. Sin embargo, a lo largo de México, la gran mayoría de poblados realiza procesiones, representaciones con actores o con efigies de Cristo. Estas actuaciones o representaciones pueden estar acompañadas o no por los sacerdotes de cada localidad y, por ello, hay discordancias entre los textos bíblicos y los que emiten los actores; llegando en ocasiones a confundir entre lo tradicional y la palabra de las sagradas escrituras.

En las últimas dos décadas se ha incrementado la presencia de turistas y visitantes que, buscando experiencias de religiosidad popular, admiran y acuden a las representaciones del Viacrucis. Alex Pérez Cevallos, director general de la agencia de turismo Ideas Tours, revela: “Existe un despunte del turismo religioso. Las agencias de viajes en el exterior hoy organizan grupos bajo la denominación de peregrinaciones, las mismas que vienen acompañadas de un sacerdote. Desde nuestra experiencia, los países que nos han solicitado estos paquetes son Ecuador, Costa Rica, Colombia y Brasil”.

EB85619A-1F14-43FB-AFF7-E0AE576CBA2ADe los 47 mil 613 millones de pesos que en promedio deja como derrama económica la Semana Santa en los distintos destinos turísticos en México, una buena fracción de turismo acude a destinos de experiencia religiosa: “El 70% de los turistas latinoamericanos que recibimos y que visitan México vienen por la Virgen de Guadalupe; en los últimos años también el 2 de noviembre se ha convertido en una fecha emblemática pues atraen mucho las tradiciones. Desde nuestra experiencia cada vez más se dan a conocer otros destinos que ya son solicitados con más frecuencia, como el Cerro del Cubilete, San Juan de los Lagos y Zapopan”, explica el director de agencia turística.

Y es que la experiencia religiosa y el turismo no están peleados. El obispo Luis Artemio Flores es pastor de una amplia zona turística del país (Puerto Vallarta, Riviera Nayarita y San Blas) y recomienda: “En mi diócesis tenemos muchas zonas de vacacionistas; primero le digo a la gente de aquí que los atiendan y los reciban bien. Y a la gente que viene a las playas les diría que disfruten pero que, así como se dan tiempo para ellos mismos, para descansar, que se den tiempo para ir a los oficios litúrgicos, que son en la tarde. Sí podemos vivir la Semana Santa como turistas y también desde nuestro lugar”.

Entre el martes y jueves santo, los obispos celebran en sus catedrales con todo su clero el ritual de la bendición de los óleos y la renovación de promesas sacerdotales. Pero la celebración central del día es la Misa de la Cena del Señor donde se conmemora la institución de la Eucaristía y simbólico lavado de pies que representa el principal servicio de los cristianos a los necesitados: la caridad. El papa Francisco insiste: “Entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, sino que debemos ayudarnos los unos a los otros. Esto es lo que Jesús nos enseña”.

—¿Qué hay que comprender de los símbolos de los días santos señor obispo?

— El jueves santo tenemos la Cena del Señor y participamos de la institución de la Eucaristía, también tenemos el lavatorio de los pies que es otro signo que indica que aquel que quiera ser el primero, no debe ser dominador sino servidor de sus hermanos. El viernes participamos del Viacrucis meditando cuánto nos ama el Señor que aceptó la Pasión, la traición, los golpes y la muerte porque nos ama, reconocemos que esto que Jesús pasó es porque nos ama y para liberarnos de lo que nos hace daño y también para descubrir que también debemos entregar la vida, que podemos encontrar momentos duros difíciles en nuestra vida, pero debemos permanecer fieles como Cristo. Y, sobre todo, la liturgia de la tarde nos invita a meditar en la Pasión del Señor, en el trofeo, la Cruz. Porque la cruz, que era considerado un signo de maldición, se convierte en un signo de bendición porque Cristo con su cruz destruyó el mal. La Vigilia Pascual (el sábado por la noche) con todos sus símbolos como el fuego, que significa a Cristo emergiendo de la tierra, de las tinieblas venciendo la muerte y el pecado. Él surge como una luz que viene a disipar todo lo negativo. Y allí, al encender nuestro cirio pascual, significa que participamos en el triunfo de Cristo y con él disipamos las tinieblas e iniciamos una etapa nueva. El domingo de Resurrección debemos meditar qué hace el Señor desde la Creación hasta la Nueva Creación; es decir: de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Esta creación es un mundo mejor, que pasa de la violencia a la paz, de los odios al amor. Es el significado de una Pascua que debemos realizar y después renovar nuestro bautismo como hijos de Dios. Es el triunfo y el encuentro con Cristo el Resucitado, por ello debemos ser actores no sólo espectadores de la Semana Santa.

Las autoridades eclesiásticas han insistido en los últimos años que la participación de los fieles en la Semana Santa no sólo debe ser tradicional sino que debe transformar las vidas de los creyentes y sus semejantes; a propósito, el sacerdote Rogelio Alcántara, director de la Comisión para la Doctrina de la Fe en la Ciudad de México, explica: “Quien más participa en la Redención, no es el que materialmente asiste a los oficios de Semana Santa, sino el que se une vitalmente al Misterio Pascual del Señor; y es que alguien puede ir a todo lo que organice su parroquia pero no por mera costumbre, incluso hay quien acude con deseos de protagonismo de fama y prestigio o para sacar ventajas personales… quien no rectifique su intención le aprovechará poco ir a la iglesia”.

—Señor obispo Luis Artemio, ¿qué decir a las personas que, aún queriendo, no pueden participar de los ritos de semana santa por su trabajo o sus responsabilidades?

—Pienso que si en un ratito tienen la oportunidad lean algún pasaje de la Pasión del Señor. Ahora se pueden hacer lecturas en los teléfonos inteligentes. Que ojalá mediten los días santos, que lean un pasaje pequeño de la Biblia y que, si no tienen oportunidad por su trabajo o labor, que sepan que en esta Semana celebramos el triunfo de Jesús, que sepan que haciendo bien su papel y su trabajo están atendiendo a Cristo. Y, finalmente, que ofrezcan su trabajo al Señor: que pongan en práctica el amor.

Algunas tradiciones populares

Además de los actos religiosos litúrgicos y oficiales, los creyentes católicos viven con diferentes tradiciones estas fechas. Por ejemplo, el jueves santo se distribuye y come el “pan bendito con manzanilla”. Según la liturgia católica, el viernes santo no se celebra misa y, por tanto, los creyentes no pueden tomar la Eucaristía; por ello, el pan y la manzanilla bendecidos el jueves suelen consumirse como sacramentales al día siguiente. También el jueves permanece la tradición de la Visita de las Siete Casas, los fieles visitan siete templos en los cuales está expuesto el Santísimo Sacramento en sus Monumentos adornados; este gesto recuerda el recorrido que hizo Jesús la noche que fue aprehendido y llevado a las autoridades romanas y judías para ser juzgado.

En el viernes santo es común que la gente participe del Vía Crucis que es acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario cargando la cruz; atender la reflexión de las “siete palabras”. Por la tarde-noche, dar el Pésame a la Virgen, realizar la Procesión del Silencio y hacer el Vía Matris, que es acompañar a la Virgen María en su doloroso camino de vuelta del Calvario.

El sábado santo ya no se llama sábado de gloria por una adecuación de la fiesta pascual en el siglo XVI por ello no es recomendable que los fieles se mojen recordando el bautismo; las autoridades tampoco promueven ya otra tradición de este día como es la Quema de Judas. Ambos actos afectan directamente al medio ambiente y no ayudan a reflexionar en este día que simboliza la espera de la Resurrección de Jesús.

Finalmente, el Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, se vive la fiesta más importante para todos los cristianos. La fiesta litúrgica dura ocho días y el tiempo pascual cincuenta días a partir de este domingo. Es tan importante esta fecha para los católicos que las autoridades eclesiales promueven entre los fieles que se celebre, además de acudir a Misa, con una reunión familiar donde se comparta la alegría y, en lo posible, el pan de la unidad. Dice el papa Francisco: “El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer las paces. Esas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona alzada en la Cruz”.

@monroyfelipe

Apertura, opción frente a las enfermedades de la Iglesia

15531644909_0d5ccd1528_o.jpgCuando el papa Francisco expuso su famosa frase: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”, algunos sectores eclesiales se lo tomaron con cautela. Como si escucharan sólo un buen eslogan, pero en el fondo continuaron mirando de los muros hacia adentro con temor por contaminarse del terrible ambiente externo. Sin embargo, esta semana, la prestigiada revista Nature publica una tesis que parece darle la razón a Bergoglio: cerrar las puertas y fronteras ante enfermedades o epidemias potenciales puede no ser la mejor idea para enfrentarlas.

El estudio “No cierren esas fronteras” del epidemiólogo Samuel V. Scarpino, profesor adjunto de Ciencias Marinas Ambientales y Física de la Northeastern University, revela los resultados de los modelos matemáticos de dispersión de enfermedades contagiosas realizados por el investigador español José Gómez-Gardeñes en el que la movilidad de los sujetos reduce la heterogeneidad en la distribución de la población que puede ser afectada potencialmente por una enfermedad. En otras palabras: la movilidad de los sujetos en un espacio vulnerado genera una menor probabilidad de que un brote se convierta en una dispersión epidémica incontrolable. El investigador de modelos predictivos de diseminación de enfermedades contagiosas del Emergent Epidemics Lab afirma además que el riesgo epidémico aumenta cuando el control de las poblaciones vulneradas es más rígido. Una tesis absolutamente contraintuitiva pero, hasta donde parece, científicamente correcta.

Dicho esto, el “accidentarse por salir” parece ser incluso menos riesgoso que permanecer encerrado en las certezas de control. Pero ¿será adecuada esta comparación de modelos matemáticos con el principio que el papa Francisco impulsa en la Iglesia? ¿Cuáles podrían ser los riesgos epidemiológicos que amenazan a la Iglesia católica? ¿Serán riesgos externos como la secularización o el clericalismo? ¿O internos como el conservadurismo, el relativismo o la falta de ortodoxia? ¿Serán las enfermedades diagnosticadas por Francisco en las Iglesias particulares como el alzheimer espiritual, la mundanidad, la rivalidad y vanagloria, la esquizofrenia existencial, la divinización del superior o la acumulación? ¿Será que esos males podrían propagarse o desarrollarse bajo el mismo modelo que lo hace un esparcimiento epidemiológico?

Tomemos, por ejemplo, uno solo de los desafíos externos que la Iglesia católica en México tiene en los próximos años: la disminución en la tasa de fieles. Según algunos investigadores, la tasa de católicos en México podría no superar el 70% de mexicanos en el próximo censo poblacional del 2020. Elio Masferrer Kan, sociólogo, refiere que apenas la mitad de los bebés nacidos en México se bautizan en la religión católica y cada vez un mayor porcentaje de parejas opta por no bautizar a sus hijos bajo ningún credo. ¿Cuál sería la opción viable para evitar la propagación de este fenómeno? ¿Defender con más control lo que idealmente debe suceder en las familias católicas y resguardarse con más ahínco de una realidad que se asoma incontenible? ¿O arriesgarse a salir colocando esas débiles fuerzas y profundos valores en las nuevas dinámicas sociales?

¿Y qué hay de las enfermedades espirituales y culturales que pueden estar diseminándose lenta y peligrosamente en las múltiples estructuras sociales? Si seguimos la lógica, una mayor defensa y claridad en las fronteras evitarían que los brotes de estos males pululen en la sociedad; sin embargo, el modelo revisado por Gómez-Gardeñes parece sugerir otra cosa: Más movilidad, más puentes y más contacto podrían evitar que un brote supere el umbral epidemiológico y la enfermedad se convierta en pandemia. En la sociedad y cultura contemporánea eso podría significar más diálogo, más contacto y más implicación para mantener la salud social.

La adecuación misma que ha trabajado la Iglesia desde la segunda mitad del siglo XX y el camino que emprende para mantener vigentes su mensaje y opción de vida en el siglo XXI pasan hoy por esta disyuntiva: guarecerse bajo los edificios que le dieron vigor y seguridad durante siglos o arriesgarse al accidente, peregrinando a los linderos de la humanidad para evitar que las verdaderas epidemias enfermen aún más el cuerpo de la Iglesia. No es una decisión sencilla y si algo ha provocado el pontificado de Francisco ha sido revelar a los que optan por la primera opción y quienes van por la segunda; y el tema no se reduce a grupos antibergoglianos o sectores pro-Francisco, la concreción de una de estas vías seguramente dará una personalidad a la Iglesia católica para el resto del siglo.

@monroyfelipe

Cardenal Aguiar: reto intelectual de la populosa capital

7674256008_baf35a9e4f_oQuizá nunca se agoten las especulaciones políticas del arribo del cardenal Carlos Aguiar Retes a la sede primada de la Arquidiócesis de México, pero los verdaderos retos pastorales de quien toma las riendas de una ciudad casi surrealista permanecen sin que les preocupen los largos análisis.

Si bien el cardenal Aguiar Retes adelantó que encarará el aparente nudo gordiano que representa la Iglesia de la Ciudad de México desde una actitud de misión, diálogo y escucha; la respuesta no es nueva ni es simple. Hacer presente la fe en forma de caridad y consuelo entre aquellos que les necesitan implica trabajo directo, personal y a ras de suelo.

En 1992 esas eran las conclusiones del II Sínodo Arquidiocesano de la Ciudad de México que encabezó el extinto cardenal Ernesto Corripio Ahumada: “Este anhelo de la Iglesia, llegar al corazón humano por medio de la evangelización de la cultura […] supone asumir ese fenómeno de ‘la gran Ciudad’: la Megalópolis; con todas sus características negativas y positivas. La pastoral exige una evangelización encarnada, capaz de revisar todos sus métodos, formas y expresiones acostumbradas hasta ahora, para responder a las múltiples y variadas necesidades de los grupos, su vida y ambientes”.

Ha pasado un cuarto de siglo desde aquel anhelo y, por supuesto, muchas cosas han cambiado. No sólo hay diversidad de culturas y diferentes problemas conocidos en la megalópolis; también hay un pulso de cambios que dificultan incluso darle seguimiento desde las instituciones a las delicadas y profundas transformaciones de las personas, las familias y sus relaciones sociales.

No sólo las instituciones políticas, mediáticas o sociales tienen problemas de seguirle el paso a estos cambios culturales; también las instituciones religiosas son incapaces de albergar en sus modelos tradicionales a la gente que ya no siente las condiciones de existencia, espacio o trascendencia en sus vidas.

Tiene razón el cardenal Aguiar Retes al retomar los planteamientos del papa Benedicto XVI sobre “el cambio de época” que supone el disenso y confrontación de valores en la conducta social; sin embargo, hay que advertir que dicho cambio en México tiene efectos paradójicos, muy particularmente en la capital donde confluyen no sólo las últimas influencias culturales sino donde se imbrican sobre una acrisolada costra de tradición que se reafirma ante infundados temores.

El riesgo sería creer que se camina al ritmo de las transformaciones cuando lo que se promueve es una insensata carrera hacia viejos estereotipos y representaciones anacrónicas que paulatinamente ganan terreno. Aguiar Retes lo tiene presente y lo explica en un nivel filosófico: “Hay fractura del consenso de valores que sostienen la cultura”; es decir, no todas las personas que construyen la cultura comparten hoy los mismos valores. Incluso, muchos de los valores en los que la gente común sustenta su vida cotidiana en ocasiones son equidistantes, mutuamente excluyentes.

Es cierto que la Ciudad de México registra los personajes más seculares, el diálogo cultural irreligioso más profuso y ha transformado a sus últimas generaciones hacia una mayor independencia de los valores católicos-cristianos en la toma de decisiones. Pero sería ceguera funcional el no ver el fenómeno religioso masivo y popular del día de San Judas Tadeo; la multitudinaria y mediatizada Semana Santa en Iztapalapa; la enraizada y transgeneracional presencia del Niñopa en Xochimilco o la incesante e inexplicable peregrinación de fieles al Santuario de Guadalupe. La religiosidad se expresa en los pueblos originarios que fueron aislándose entre los ejes viales o las zonas industriales; en las ancestrales colonias que se edificaron junto a sus parroquias; en las periferias que han recibido cíclica asistencia de los conventos y sus religiosas. En fin, la complejidad no se agota en filiaciones políticas o ideológicas.

Por supuesto, son inevitables las lecturas en clave política que analistas hacen del traslado del cardenal Aguiar Retes a la sede de la Ciudad de México; lecturas politiqueras que, por otro lado, hemos aprendido a desconfiar gracias al bajo nivel de discurso al que nos tiene acostumbrados la clase política. No se pueden desdeñar, pero tampoco representan todas las aristas sociales y culturales que implican los cambios de personalidades al frente de grandes responsabilidades.

Resulta un simplismo ofensivo y es el típico error del analista de escritorio el mirar por encima las cifras y lanzar sentencias que nada aportan. La realidad de la Iglesia en la Ciudad de México y la zona conurbada (donde está no sólo la arquidiócesis de Tlalnepantla de donde Carlos Aguiar fue obispo sino la Provincia Eclesiástica más poblada y con más obispos residenciales del planeta) es de una complejidad absoluta, millones de personas que buscan comprender su existencia y trascendencia; millones más, que ni la buscan ni la necesitan.

Aún hace falta la evaluación sosegada de los 22 años del cardenal Norberto Rivera Carrera frente a la Ciudad de México en esta materia. Rivera dio seguimiento a lo planteado por los sacerdotes de la ciudad al final del siglo pasado; ofreció orientaciones pastorales cada año desde esta perspectiva y organizó una Gran Misión Guadalupana en el año 2000. En su planteamiento pastoral y administrativo secundó la idea de que la Iglesia capitalina debía “abrirse a una diversidad de culturas, tan disímbola en valores, tan abrumada y amenazada también por problemas de índole muy diversa”.

Sin duda, obispos auxiliares, sacerdotes y no pocas congregaciones religiosas reclaman a Rivera su estilo de gobierno, su personalidad, las malas decisiones en un par de obispos auxiliares, la distancia con los vicarios generales, los virajes gerenciales en las dinámicas económicas de la diócesis, la poca promoción del clero y vida religiosa local que ha sido -bien y mal- la primera línea de trabajo frente a los inmensos desafíos culturales y religiosos de la capital.

Pero ¿será allí dónde se perdió aquel ímpetu de los católicos defeños que llamaron a “reconstruir la calle, el barrio, el tejido social donde cada cual pudiera dar satisfacción a las exigencias justas de su personalidad”? ¿Fue sólo responsabilidad del primado y de su consejo episcopal? ¿Cuántas de las prioridades pastorales fueron realmente prioridades para cada sacerdote, religioso o congregación religiosa en la ciudad?

Esas son las principales preguntas que hoy seguramente debe estarse haciendo el arzobispo electo de México y, para responderlas, no hay como ir con cada uno de ellos a dialogar y preguntarles; escuchar el pulso de la diócesis; hacerse líder sí, pero hacerse hermano primero, procurar la amistad de una ciudad que aún no pierde del todo la fe. Dice Henri Nouwen en Camino a casa: “El amigo que puede estar callado con nosotros en un momento de desesperanza o confusión; puede estar con nosotros en un momento de tristeza y duelo; puede tolerar no saber, no curar, no sanar y enfrentar con nosotros la realidad de nuestra impotencia. Ese es un amigo al que le importa”.

@monroyfelipe